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A. El Plan de Dios en El At

A. El Plan de Dios en El At

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Una breve teología del Antiguo Testamento de la Biblia Cristiana
Una breve teología del Antiguo Testamento de la Biblia Cristiana

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Las palabras con que comienza el Antiguo Testamento hablan
de orígenes. Los orígenes de que se habla son los de la creación del
cielo y de la tierra. Se presupone que Dios es alguien que ya existía
antes de este principio. Las Escrituras dicen poco sobre lo que
precedió a la creación del mundo y, por tanto, lo que la precedió no
es esencial para el conocimiento humano.
Las Escrituras tienen dos respuestas para nuestra curiosidad
sobre estas cosas: una en el Antiguo Testamento y la otra en el
Nuevo. Primeramente, en el Antiguo Testamento, en Deuteronomio
29.29, Dios nos dice que las cosas secretas pertenecen al Señor,
pero lo que ha sido revelado nos pertenece a nosotros y a nuestra
descendencia para siempre. Esto es lo mismo que decirnos que
debiéramos preocuparnos de lo que Dios ha revelado, y no ser
demasiado curiosos con respecto a lo demás. Lo revelado basta
para atraer toda nuestra preocupación y nuestra atención.
Sin embargo, las Escrituras sí nos revelan de manera parcial
algunos aspectos concernientes al propósito creador que estaba en
la mente de Dios. Este concepto del propósito de Dios en la crea-
ción es algo sumamente importante para nuestro conocimiento.
Aunque a través de todas las Escrituras, este propósito divino apa-

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

rece implícito, se nos enseña explícitamente en Efesios 1.4. Aquí se
nos dice que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del
mundo, esto es, antes de la creación. Por tanto, se nos muestra cuál
era el propósito de Dios: que fuésemos santos y sin mancha delante
de él en amor.

Sé que algunas traducciones ponen la frase «en amor» con la
oración siguiente (el original griego permite ambas construcciones).
Pero dicha frase es necesaria para completar el concepto prece-
dente, y en realidad así lo hace, por lo cual es preferible traducir así,
no solo desde el punto de vista gramatical sino también porque está
más de acuerdo con la verdad divina, tal como ha sido revelada a
través de las Escrituras.
La enseñanza es la siguiente: Dios, antes de la creación, se
hizo el propósito de llegar a tener un pueblo que pasara la eternidad
con él y con el que pudiera compartir las bendiciones de toda esa
eternidad. El solo pensamiento de esta realidad nos maravilla, por-
que se halla más allá de toda nuestra comprensión. Nos habla de un
Dios de amor que por amor nos incluye en sus designios eternos.
Un Dios que nos escoge específicamente a nosotros para que le
acompañemos para siempre. Y se propuso realizar nuestra entrada
en su familla por medio de su Hijo Jesucristo. Aquí queda implícito
todo el plan de salvación, tal y como las Escrituras lo desarrollan.
La cuestión realmente importante es que Dios nos escogió en Cris-
to antes de crear el cielo y la tierra. Así vemos cómo los propósitos
fundamentales de ese Dios, afectan a todo lo que comienza a hacer
cuando crea al mundo y al hombre.
A continuación sigue una explicación sobre la clase de pueblo
que Dios se proponía llegar a tener. Sus individuos deberían ser
santos y sin mancha. Las dos ideas no son sinónimas. «Santo» es
la palabra usada para todo lo que es apartado para Dios. Este pue-
blo debería ser un pueblo santo, es decir, un pueblo que fuera pro-
piedad exclusiva de Dios. «Sin mancha» nos enseña que debería

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Los orígenes del pueblo de Dios

ser un pueblo sin pecado y sin defecto, ya que solo un pueblo así
podría permanecer para siempre en la presencia de Dios.
Además, debería estar delante de Dios, en su presencia, en
una relación de amor. Dios nos habla aquí del amor, relación esen-
cial que debe ser el lazo que una a los miembros del pueblo de Dios,
y que lo una a él con dicho pueblo. En las Escrituras se presenta
frecuentemente el amor como el lazo de unión entre las Personas
de la Trinidad (Jn 3.35; 15.9; 17.23,26), lo que hace que el hombre,
que ha de ser creado a imagen de Dios, deba poseer también esta
característica.

Efesios 1.4 nos ayuda por tanto a ver qué es lo que tenía Dios en
su mente cuando comenzó a crear el cielo y la tierra y cuando puso al
hombre en ella. Necesitamos este concepto para poder ver la mara-
villosa unidad de la Palabra de Dios cuando intentamos discernir
cuáles son las motivaciones de Dios en todas sus relaciones con el
hombre. El propósito inicial de Dios nunca quedará frustrado; él se
mantiene firme en sus intenciones, y va llevando gradualmente sus
propósitos iniciales a su perfecto cumplimiento. Esta es la maravillo-
sa historia que se va desarrollando en la revelación de Dios, es decir,
en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento.
El primer párrafo de las Escrituras (Gn 1.1-5) presenta la labor
creadora de Dios. El verbo usado aquí para la acción de «crear» es
una palabra que únicamente aparece en las Escrituras teniendo a
Dios por sujeto. Por tanto, quiere significar únicamente la labor
divina que trae a la existencia aquello que antes no existía.
Para revelarnos aun más sobre el poder creador de Dios, se
nos dice que él sacó el orden del caos, y la luz de las tinieblas (v. 2).
El versículo segundo es un comentario del primero, y no una adi-
ción. Para su propia gloria, Dios creó primeramente el cielo y la
tierra, pero en un estado caótico y tenebroso, y posteriormente puso
el orden y la luz en lo que ya había hecho.

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

La palabra usada aquí para nombrar a Dios es un término gené-
rico que en el idioma hebreo es una palabra en plural. Es correcto
traducirla como un singular, puesto que el verbo hebreo «creó» está
en singular. La razón por la cual el nombre de Dios está en plural es
que se desea expresar la majestad de Dios, siendo además muy po-
sible que haya sido para indicar la pluralidad de personas existente en
la Divinidad. El mismo versículo presenta al Espíritu de Dios como
una persona, indicando así la existencia de una pluralidad de perso-
nas en la divinidad única. Aquí se encuentra implícita la doctrina trini-
taria, aunque debamos esperar al Nuevo Testamento para verla ex-
presada en forma explícita. En otras palabras, el uso de una forma
plural para mencionar a Dios, y la presentación del Espíritu de Dios
como persona, tiene en cuenta, aunque no lo enseñe de manera ex-
plícita, la personalidad trinitaria de Dios.
Debemos notar que los conceptos presentados aquí, de un or-
den sacado del caos y de una luz sacada de las tinieblas, son usados
en el Nuevo Testamento para presentarnos la obra redentora reali-
zada por Dios en nuestras vidas. En 2 Corintios 5.17 se nos dice
que si alguno está en Cristo nueva criatura es. Las cosas viejas
pasaron y él es hecho nuevo. Pablo se refiere de nuevo a Génesis
1.2 en 2 Corintios 5: 17, cuando dice que Dios, que ordenó que de
las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nues-
tros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de
Dios en la faz de Jesucristo. Aquí se nos está hablando de la obra
de nuevo nacimiento o regeneración que ocurre en el corazón de
todo creyente, haciéndole posible conocer a Dios y tener salvación.
Así como el Espíritu estaba activo en la primera creación y en su
iluminación, así también lo está en nuestra nueva creación espiri-
tual, que nos incorpora como miembros a la familia de Dios. Juan
1.4,5 hace alusión en forma similar a la luz de Dios que estaba en
los hombres, y que supera a las tinieblas.

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Los orígenes del pueblo de Dios

Algo que también necesitamos dejar señalado aquí es que la
secuencia de tarde y mañana (Gn 1.5) que constituye el orden bíbli-
co del período de 24 horas, refleja una y otra vez este triunfo de la
luz sobre las tinieblas. Aquí se nos muestra cómo Dios ha puesto
dentro de la creación misma, y dentro del orden de noche y día, una
enseñanza que nos habla de que él creó la luz para derrotar las
tinieblas, y del inevitable triunfo de la luz espiritual sobre las tinie-
blas espirituales. La revelación natural de Dios comienza desde el
mismo día primero de la creación.
Los versículos 6 y 8 hablan de la forma primitiva de la tierra en
el momento de ser creada por Dios. Es importante fijarse aquí cuál
es la enseñanza que se presenta. La palabra «firmamento» estaría
mejor traducida si se dijera «expansión».*

Hace referencia al área
vital que Dios hizo para el hombre en la tierra. Había agua almace-
nada por encima y por debajo de esa expansión. Nos damos cuenta
de que las cosas no son así en el mundo de hoy. No conocemos la
existencia de tales acumulaciones de agua por encima y por debajo
del área vital del hombre sobre la tierra. No existen en la actuali-
dad. Esa es la cuestión: el mundo que Dios hizo al principio, parece
haber sido diferente del que hoy conocemos. Durante el diluvio,
este mundo sufrió cambios catastróficos en su totalidad, que lo hi-
cieron convertirse en el mundo que hoy conocemos. Este era pre-
cisamente el argumento de Pedro cuando escribía a la iglesia, al
final de su vida.

En 2 Pedro 3.3-7 se hace referencia a unos tiempos faltos de
fe, en los cuales los hombres, desconociendo voluntariamente lo
que Dios había hecho para juzgar al mundo antiguo con el diluvio,
dejarían de creer en la segunda venida de Cristo. Afirmarían que,
de acuerdo con sus observaciones, el mundo permanece el mismo
desde el principio. Pedro insiste en el versículo 5 en que descono-

* Así aparece traducida en la revisión de 1960 (N. Del T.).

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

cerán voluntariamente la doctrina de la creación tal como aparece
en el capítulo primero del Génesis. El mundo anterior al diluvio, nos
dice Pedro, era muy diferente del actual. Provenía del agua. Y en el
diluvio, por medio de los grandes depósitos de agua que se hallaban
por encima y por debajo de la tierra, el mundo que existía entonces
fue destruido. De esta forma, Pedro presenta el contraste entre
aquel mundo y el cielo y la tierra actuales (v. 7).
Es importante notar que el mundo como Dios lo creó al princi-
pio era bastante diferente de como es hoy en día. Los grandes
depósitos de agua que estaban por encima y por debajo de la tierra
habitable fueron abiertos en el momento del diluvio, y en conse-
cuencia produjeron en la tierra unos cambios tan catastróficos que
alteraron radicalmente toda su estructura y su aspecto mismo. Más
tarde veremos cómo el diluvio significó mucho más que una lluvia
que duró cuarenta días con sus noches. Fue también la ruptura de
las fuentes de los abismos y la apertura de las cataratas del cielo
(Gn 7.11). La lluvia fue solamente el tercer elemento del diluvio, y
probablemente resultó ser el más insignificante en cuanto a los da-
ños producidos (Gn 7.12. Ver también Gn 8.2) .
Esta es la consistencia interna de las Escrituras. No tenemos
aquí alusión a ningún concepto mitológico antiguo sobre la estructu-
ra de la tierra, sino la Palabra de Dios, claramente revelada tanto
en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y dando testimonio de
la misma realidad. Los que en el día de hoy dejan de lado la revela-
ción bíblica en su búsqueda de la verdad sobre el mundo y sus
orígenes, y que por tanto calculan la evolución de la tierra hasta su
forma presente en millones o miles de millones de años, simple-
mente están desconociendo la obra creadora de Dios y su poder de
juicio para cambiar en un momento lo que él mismo ha creado.
Pasan por alto los efectos catastróficos que tuvo el diluvio sobre el
mundo, en su insistencia sobre la necesidad de miles de millones de
años para que en la tierra se lleguen a producir grandes cambios. Y

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Los orígenes del pueblo de Dios

aunque ellos puedan llegar a descubrir muchas grandes verdades
sobre el universo, por las que les debemos estar agradecidos, en la
interpretación de dichas realidades debemos guiarnos por la Pala-
bra de Dios. No puedo ver cómo podría un cristiano actuar en
forma diferente.

El resto del capítulo primero, dando el orden de la creación,
primero la luz, después un lugar donde habitar, y posteriormente la
tierra firme y las aguas para que las distintas formas de la creación
viviesen en ellas, nos presenta una evidencia aun mayor del trabajo
ordenado que realiza la mente de Dios. Después de esto, son he-
chas las lumbreras que han de iluminar al hombre. A continuación,
las aguas y la tierra se llenan de toda clase de criaturas.
El versículo 26 presenta la creación del hombre, obra cumbre
del Creador, en el sexto día. En todo esto vemos el orden y el plan
de Dios a medida que va desarrollando su obra creadora. Esto en sí
mismo presenta a Dios como un ser ordenado y lleva implícita la
idea de que aun antes de comenzar la creación, ya había un propó-
sito fijo en la mente divina, que fue el que tuvo como consecuencia
la creación del hombre, para el cual había preparado ya un mundo
en todo adecuado. Se describe aquí al hombre como creado a ima-
gen de Dios. No se nos dice qué implica esta afirmación, pero
posteriormente una revelación más amplia de la Palabra de Dios,
nos enseña que el hombre fue creado para Dios para tener compa-
ñerismo con él. Como ya hicimos notar, en Efesios 1.4 se afirma
que el hombre fue hecho para vivir ante Dios, en su presencia en
amor. Esto sugiere la existencia en el hombre de capacidades simi-
lares a las que se hallan presentes en Dios mismo. Ser a la imagen
de Dios, por tanto, es ser capaz de tener amistad con Dios, y de
experimentar amor recíproco por él, reflejando así el amor que él
nos tiene. El hombre es, pues, un ser único, puesto que reúne cua-
lidades que no se encuentran en ninguna otra criatura conocida.

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Vemos también cómo las frases «hagamos al hombre» y «nuestra
imagen» implican, aunque tampoco expongan en forma explícita,
una referencia a la personalidad plural de Dios.
Por otra parte, Dios le da al hombre un quehacer y una respon-
sabilidad ante él. El hombre habría de llenar y someter la tierra,
ejerciendo dominio sobre todo lo que Dios había creado (1.28).
Luego que Dios hubo terminado su obra creadora se sintió compla-
cido, y declaró que todo era bueno en gran manera. Esto cierta-
mente lleva implícito que la creación no tenía defectos, y que el
hombre, tal como fue hecho por Dios, era también bueno en gran
manera (sin pecado).
Hagamos una pausa en este momento para notar que todos los
factores señalados en Efesios 1.4 están presentes en el momento
de la creación. Dios creó al hombre santo (es decir, para él) y sin
mancha (bueno en gran manera) para vivir delante de él (en su
presencia e imagen) en una relación de amor. Esto último se mani-
fiesta en el hecho de que Dios le había dado ya al primer hombre
mandamientos por los cuales este podría, a través de la obediencia,
demostrarle su amor. Jesús mismo lo dijo más tarde: «Si me amáis,
guardad mis mandamientos» (Jn 14.15; cf. Jn 15.14). La obedien-
cia, por tanto, ha sido siempre una manifestación del amor que le
tienen sus hijos a Dios. La situación que habría de permitir el cum-
plimiento del propósito de Dios al crear al hombre fue establecida
desde el principio. Todos los elementos esenciales para el cumpli-
miento de este propósito estaban presentes y habían sido constitui-
dos desde el momento mismo de la creación.
En el capítulo 2, versículos 1 al 3, se nos presenta la idea del
Sabbath, el tiempo en que Dios descansó de su labor creadora.
Esto sugiere también la intención divina de traer a su culminación
todas las cosas que Dios había comenzado. Para inculcar esta ver-
dad en el hombre se afirma expresamente aquí que Dios descansó
en el séptimo día, y santificó (hizo santo) ese día.

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Los orígenes del pueblo de Dios

Más tarde el escritor de la Epístola a los Hebreos nos mostrará
cómo este séptimo día fue establecido de forma simbólica para
indicar la entrada definitiva del pueblo de Dios en el descanso y la
amistad con Dios (Heb 4.3-11). Por lo tanto, desde los tiempos de
la creación cada séptimo día se nos presenta como un recordatorio
del gran propósito de Dios de tener un pueblo ante él para siempre.
Cada Sabbath a partir de entonces habría de recordar esta espe-
ranza al pueblo de Dios, y era en realidad como un pequeño antici-
po de eternidad en un ensayo de lo que sería el cielo mismo, ya que
en dicho día, el pueblo de Dios debía dejar a un lado las labores
profanas de este mundo y entregarse por completo a gozar de Dios.
Más adelante veremos cómo esta doctrina se desarrolla.
En el capítulo 2, versículo 4, Dios se nos presenta en una forma
personal. Su nombre propio, Yahweh, o Jehová, o el Señor, como
dicen algunas traducciones, aparece aquí por vez primera. Es signi-
ficativo que sea aquí, porque en los versículos siguientes se hace
énfasis en que Dios cuida personalmente del hombre, satisfaciendo
todas sus necesidades: físicas, emocionales, y espirituales. Mien-
tras que el capítulo 1 ha señalado el orden de la creación, el tema
principal del capítulo 2 es el hombre como obra cumbre de la crea-
ción, mostrándonos cómo en el propósito de Dios todo fue hecho
para el hombre y para su bien. Es por eso que en este capítulo se
hace énfasis sobre todo en el orden lógico, más que en el cronológico.
El capítulo 2 nos demuestra el amor que Dios le tiene al hombre,
que es hechura suya.
El versículo 5 sugiere la idea de que hace falta el hombre para
completar la creación. El versículo 7 explica en detalle la creación
del hombre, tanto para mostrar su humilde origen del polvo de la
tierra, como su otro origen, tan encumbrado, que procede del alien-
to mismo de Dios.

Los versículos 8 al 14 hablan de la abundancia con que Dios
satisfizo las necesidades físicas del hombre, dándole un lugar espe-

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

cial que pudiera considerar suyo en esta hermosa tierra, y
proveyéndole de toda clase de buenos frutos para nutrir su cuerpo.
En el versículo 9 se nos dice que había dos árboles en medio
del jardín. Se los presenta en forma misteriosa, sin explicar su natu-
raleza; solo se dice que uno es el Árbol de la Vida y el otro el Árbol
de la Ciencia del Bien y el Mal.
Fuera del contexto de los capítulos 2 y 3, el segundo de los
árboles no vuelve a ser mencionado. Puesto que recibe el nombre
de Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal, sin duda fue colocado allí
para probar a través de la obediencia el amor que Adán le tenía a
Dios. La alternativa sería: «¿Deberá el hombre conocer el bien y el
mal a través de la revelación de Dios, o mediante su propia expe-
riencia independientemente de esa revelación divina?» Su sola pre-
sencia allí en consecuencia, ponía a Adán en la obligación de esco-
ger entre depender de la voluntad revelada de Dios o buscar la
manera de existir sin depender de él. Lo primero pondría de mani-
fiesto su amor a Dios; lo segundo, su odio.
Dios satisfizo también las necesidades emocionales del hom-
bre. Puesto que era imagen de Dios, es obvio que el hombre había
sido creado para cargar con grandes responsabilidades. Debido a
ello Dios le dio una tarea que debía realizar (vv. 15-17). Asimismo
Adán recibió órdenes específicas, con cuyo cumplimiento mani-
fiesta su amor a Dios.
Por último, Dios satisfizo la necesidad del hombre en un área
especial. El hombre había sido creado para tener amistad con Dios,
pero en un contexto de convivencia con hombres similares a él. Se
nos dice que Dios creó al hombre varón y hembra (1.27). Aquí, en
el capítulo 2, tenemos una ampliación de esta creación de la mujer,
lo que nos muestra una vez más que toda la obra de Dios fue hecha
pensando en el hombre y en su bien, nacida del amor de Dios para
con el hombre.

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Los orígenes del pueblo de Dios

Se describe aquí a la mujer como una ayuda idónea para el
hombre, una respuesta a sus necesidades. Fue hecha para el hom-
bre, y para completar al hombre. El hombre solo estaba incomple-
to; así es como la necesidad mutua del hombre y la mujer está
hondamente marcada en la fibra misma de la humanidad.
Dios sacó a la mujer del cuerpo del hombre y ordenó que a
partir de entonces, los hombres nacieran de mujer, poniendo el acento
de nuevo en una dependencia del uno respecto al otro, y en la
necesidad mutua que solo el otro puede satisfacer. Sin embargo, el
hombre era la obra cumbre, y en este sentido, la mujer estaba suje-
ta a él; no que fuera inferior, sino que le estaba sujeta.
Dios dispuso en la creación el concepto de la familla como la
forma en la que llamaría a su pueblo y lo redimiría. La relación
entre esposo y esposa habría de reflejar la relación eterna entre
Cristo y su iglesia (Ef 5.22-33).
Concluimos esta sección, pues, haciendo de nuevo la observa-
ción de que el propósito divino, tal como se expresa en Efesios 1.4,
está plenamente manifestado en el momento de la creación del
hombre a imagen de Dios: tenemos aquí unos seres humanos que
son santos y sin defecto ante Dios, en un estado de amor. Pero la
carencia de pecado y el amor deben ser probados. Por encima de
todo, debía someterse a prueba el sentido de la necesidad de Dios
en Adán, si habría de haber aquel compañerismo eterno que Dios
mismo había propuesto y deseado.

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