EL PLAN DE DIOS

EN EL

ANTIGUO TESTAMENTO Jack B. Scott

CONTIENE UN ESTUDIO PROGRAMADO POR LA

FACULTAD LATINOAMERICANA TEOLÓGICOS

DE

ESTUDIOS

Publicado y distribuido por Editorial Unilit

EL PLAN DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
© 2002 Logoi. Inc. 14540 S. W. 136 St. Suite 200 Miami, FL. 33186 Título original en inglés: God’s Plan Unfolded © 1976 by Jack B. Scott Diseño textual: Logoi, Inc. Portada: Meredith Bozek Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, ni procesada, ni transmitida en alguna forma o por algún medio —electrónico o mecánico— sin permiso previo de los editores, excepto breves citas en reseñas y debidamente identificada la fuente.

Producto: 496723 Categoría: Comentario/Exposición ISBN: 0-7899-1115-9 Impreso en Colombia

CONTENIDO
PREFACIO .................................................................... 7 1. VISIÓN DE CONJUNTO (DESDE GÉNESIS HASTA MALAQUÍAS) .......................................................... 9 2. LOS ORÍGENES DEL PUEBLO DE DIOS (GÉNESIS) 21 I. La creación del mundo (caps. 1 y 2) ....................... 21 II. El reto de Satanás al propósito divino (cap. 3) ......... 31 III. Siguiendo las dos descendencias hasta el diluvio (caps. 4—8) ..................................................................... 39 IV. El nuevo comienzo y el viejo problema del hombre (caps. 9—11) ......................................................... 47 V. El desarrollo de la fe en Abraham (caps. 12—22) ... 53 VI. El período de transición: la muerte de Abraham y la vida de Isaac (23—28.9) ........................................ 67 VII. Jacob, de pecador a santo (25.19—33.20) ............. 69 VIII. Los hijos de Jacob, la familla de Dios (34—50) ...... 74 3. LA LIBERACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS (ÉXODO DEUTERONOMIO) ............................................... 81 I. Rescate de Egipto (Éx 1—19) ................................ 81 II. La entrega de la Ley al pueblo de Dios (Éx 20 - Dt.) 92 4. EL PUEBLO HEREDA LA TIERRA (JOSUÉ) ............ 135 5. LA DECADENCIA ESPIRITUAL DE ISRAEL (JUECES, RUT, 1 SAMUEL 1,2) .......................................... 145

I. II.

El libro de los Jueces ............................................ 146 La otra cara de los hechos: Elimelec y Elcana y sus familias (Rut, 1 S caps. 1 y 2) ............................... 157

6. EL REAVIVAMIENTO ESPIRITUAL Y LA PROSPERIDAD DEL PUEBLO DE DIOS (1 Samuel 2.12- 1 Reyes 11) ................................................................. .................................................................................. 161 I. Comienza a amanecer: Samuel (1 S 2.12 - cap. 7) 161 II. La elección de un rey: Saúl (1 S 8-15) .................. 166 III. El surgimiento de David (1 S 16—31) ................... 172 IV. El reinado de David (2 S 1—24) .......................... 176 V. El reinado de Salomón (1 R 1—11) ...................... 187 7. LA ÉPOCA DE LOS PROFETAS (1 REYES 12—2 REYES 25) ........................................................... 195 I. El período de estabilización (950 a 850 A.C. aprox.) ... ............................................................................ 199 II. El período de infidelidad (850-800 A.C. aprox.; 2 R 1—11) ................................................................. 207 III. El último período de grandeza de Israel (800 - 750 A.C.; 2 R 12—15.7) ............................................ 214 IV. Los últimos días de Israel (750-722 A.C.; 2 R 15.8— 16.41) .................................................................. 217 V. Los últimos días de Judá (725-586 A.C.; 2 R 18.1— 25.30) .................................................................. 220 8. LOS PROFETAS DEL SIGLO NOVENO ............... 227 I. Joel (circa 850 A.C.) ............................................ 227 II. Jonás (circa 800 A.C.) .......................................... 239

9. LOS ESCRITOS PARA CONTRARRESTAR LOS DESATINOS DE SALOMÓN (ECLESIASTÉS Y EL CANTAR DE LOS CANTARES) ............................. 253 I. Eclesiastés ............................................................ 254 II. El Cantar de los Cantares ..................................... 261 10 LOS PROFETAS DEL SIGLO OCTAVO ................ 271 I. Amós ................................................................... 271 II. Oseas ................................................................... 281 III. Isaías .................................................................... 293 IV. Miqueas ............................................................... 342 11. LOS PROFETAS DEL SIGLO SÉPTIMO ................ 351 I. Jeremías ............................................................... 351 II. Las lamentaciones de Jeremías .............................. 384 III. Sofonías ............................................................... 392 IV. Nahum ................................................................. 396 V. Abdías ................................................................. 397 VI. Habacuc ............................................................... 401 12. EL TIEMPO DE EXPIACIÓN (586-400 A.C.).......... 407 I. La historia del período .......................................... 407 II. Ezequiel ................................................................ 412 III. Daniel ................................................................... 435 IV. Ester .................................................................... 455 13. LA RESTAURACIÓN Y LA ESPERANZA FUTURA DEL PUEBLO DE DIOS .............................................. 461 I. 1 y 2 Crónicas ...................................................... 461 II. Esdras .................................................................. 471 III. Nehemías ............................................................. 479

IV. Hageo .................................................................. 483 V. Zacarías ............................................................... 486 VI. Malaquías ............................................................. 496 14. LOS LIBROS DE DEVOCIÓN Y CONDUCTA DEL PUEBLO DE DIOS .............................................. 503 I. Job ....................................................................... 503 II. Salmos ................................................................. 515 III. Proverbios ............................................................ 526 GUÍA DE ESTUDIO .................................................. 545 Mapas ........................................................................... 608

PREFACIO
Este trabajo es una introducción al contenido del Antiguo Testamento, concebido para introducir al estudioso de la Palabra de Dios a un conocimiento más profundo del mensaje de esa parte de la Biblia. Es sólo un instrumento y nada más. Si el resultado del uso de este libro no es un amor más profundo por la Palabra Escrita de Dios y un mayor deseo de estudiar el contenido de dicha Palabra, el autor habrá fallado en su intento. El orden en que están los libros del Antiguo Testamento en este libro es básico pero no totalmente cronológico. El propósito, hasta donde ha sido posible, es presentar el fondo histórico contenido en la Escritura, seguido por los escritos de los profetas en orden cronológico contrastados con dicho fondo. El orden cronológico puede que difiera de otros; es hecho por mí mismo, y basado en mi comprensión del contenido de los diversos libros de la Biblia y el fondo histórico general del antiguo Oriente Medio. No hay notas de pie de página, ni citas de otros autores, no porque no tengan nada qué decir, sino porque mi deseo es que el lector permanezca en la Palabra de Dios y aprenda a estudiarla por sí mismo. He tratado de que tanto el libro como los comentarios sean breves, porque, en último análisis, a donde se debe apelar únicamente es a la Palabra de Dios. El libro no tiene ninguna intención de ser un comentario. Ha habido necesidad de pasar por encima de muchos pasajes muy importantes sin hacer otra cosa que una breve mención de ellos.

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Insisto en que no estaba dentro de las miras de la obra el dar comentarios detallados de ningún pasaje. Que el Señor bendiga el uso de este libro concediéndoles una comprensión mayor de las Escrituras del Antiguo Testamento a sus hijos.

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CAPÍTULO

1

VISIÓN DE CONJUNTO (DESDE GÉNESIS HASTA MALAQUÍAS)
El desarrollo histórico del trato de Dios con su pueblo del Antiguo Testamento es en sí mismo una verdad emocionante. Especialmente cuando nos damos cuenta de que la historia del pueblo de Dios que se desarrolla en la Palabra de Dios es también nuestra propia historia, si hemos creído en el Señor. Nosotros somos también pueblo de Dios. Lo que él le dijo a su pueblo hace miles de años tiene ciertamente una gran significación para nosotros hoy en día, porque Dios nunca cambia, y la necesidad que de Él tiene su pueblo tampoco cambiará jamás. Ni cambiará tampoco la naturaleza humana, a no ser por la gracia de Dios. En realidad, la revelación del Antiguo Testamento es la narración de cómo Dios ha cambiado a una muchedumbre de pecadores, transformándolos en propiedad suya, escogida entre los pueblos de la tierra. Puesto que esa labor comenzada en el Edén continúa hoy en día, la nube de testigos de los milenios pasados tiene mucho que decirnos a los de hoy. El libro del Génesis nos habla sobre los orígenes del pueblo de Dios sobre la tierra. Nos cuenta sobre el propósito creador de Dios, y cómo creó ordenadamente todas las cosas, buenas y para su gloria. En Él se recoge la entrada del pecado en la vida del hombre, junto con la consiguiente pérdida de su amistad con Dios, que a su vez lo condujo al sufrimiento y al juicio. La crónica de la perversión
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

del hombre que trajo como consecuencia el juicio terrible del diluvio da testimonio de la necesidad que el hombre tiene de Dios y de su gracia y salvación. Así, la idea de Dios como Salvador, que proporciona esperanza a través de su gracia, se convierte en una de las grandes doctrinas del Génesis y de toda la Palabra de Dios. A través de todo el Antiguo Testamento podemos seguir una de las señales distintivas de los hijos de Dios, a saber, aquella sensación de necesidad de él. Vemos así cómo Jacob, Moisés, David, y Ezequías, entre muchos otros fieles, aprenden a confiar en Dios por encima de todo, y a buscar en él las respuestas a todas las perplejidades y pruebas de la vida. Este es el pueblo de Dios, cuyos miembros son llamados uno a uno a pertenecer a la familia de Dios, y señalados por su fe en él. Así es como Dios llama a los que han de ser suyos, y este llamado aparece por vez primera en el Génesis. Abraham, Isaac, Jacob, Judá, y sus hermanos, son todos llamados a la fe en Dios. También vemos cómo la fe que ha entrado por la gracia de Dios en los corazones de los miembros de su pueblo crece en cada uno de ellos. En ninguna otra parte del Antiguo o del Nuevo Testamento ofrece la Escritura una visión más clara del crecimiento de la fe en un hombre que cuando presenta el crecimiento de la fe de Abraham. Al mismo tiempo vemos cómo se va desarrollando otra cualidad esencial del pueblo de Dios. El amor nace y crece en los que por naturaleza eran pecadores hostiles luego que la gracia de Dios efectúa su obra en sus corazones. Y así vemos a la familia de Jacob, egoísta y beligerante, unirse más profundamente con lazos de amor a través de las dificultades y las pruebas. Lo notamos de manera especial en dos hombres del Génesis, Judá y José. Además de la fe y el amor, otra marcada característica de los hijos de Dios que se ve con frecuencia cada vez mayor en la Escritura es la esperanza. Esta esperanza le llega al pueblo de Dios,
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Visión de conjunto

especialmente a Abraham y a sus hijos, a través de las promesas de Dios. Dichas promesas abarcan principalmente dos grandes esperanzas: la esperanza de una simiente (una multitud de descendientes), y la esperanza de una herencia (un lugar permanente donde vivir en la presencia de Dios). En el Antiguo Testamento; vemos cómo se desarrollan ambos conceptos. La promesa de una simiente, dada por primera vez en Génesis 3.15, donde es llamada «la simiente de la mujer», es renovada posteriormente a Abraham. Se le da un hijo, Isaac, a través del cual se canalizan todas las promesas de Dios. Se le asegura que esa descendencia terminará convirtiéndose en una multitud. Y, como señala el Nuevo Testamento, la simiente prometida a Abraham culmina en una persona: el Cristo (Gá 3.16) . De igual manera, la herencia prometida primeramente a Abraham es la tierra de Canaán, tierra de promisión donde habrá de habitar su descendencia. En la época de Josué la posesión se convierte en una realidad, y en la de David, mil años después de Abraham, crece hasta alcanzar desde el río de Egipto hasta el Eufrates. Sin embargo, Israel a causa de su pecado, no es capaz de retener su posesión, y el imperio se va hundiendo, hasta que la misma Jerusalén cae en manos del enemigo. En los días de la decadencia en particular el Señor comienza a mostrarles un nuevo concepto, la esperanza de un nuevo cielo y una nueva tierra, de una nueva Jerusalén. Ahora los ojos del pueblo de Dios se levantan para esperar una herencia que no se desvanecerá, y hacia esa misma esperanza sigue señalando el Nuevo Testamento (1 P 1.3,4; Ap 21 y 22). Aunque la llamamos «esperanza nueva», el escritor de la Epístola a los Hebreos aclara bien que aun Abraham llevó consigo esta elevada esperanza hasta su muerte, y lo mismo sucedió con los demás creyentes del Antiguo Testamento (Heb 11.9,10,13-16).

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Es necesario añadir una última observación con respecto al pueblo de Dios cuando, en los días de Abraham, comenzó a estar consciente de su llamamiento. El propósito de Dios no era solamente derramar sus bendiciones sobre ellos sino también que se convirtieran en un pueblo santo. Debían honrarlo y glorificarlo con sus vidas, en medio de los hombres de la tierra. Para que pudieran hacer esto, Dios los llamó a vivir una vida que lo honrara a través de la obediencia a su Palabra. Una de las expresiones más claras de este continuo deseo de Dios para su pueblo se encuentra en Génesis 18.19, donde el Señor habla del principal propósito por el cual había llamado a Abraham. Dice el Señor: «Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él». Aquí vemos expresado llanamente que Dios, al escoger primero a Abraham y llamarlo, tenía la intención de que tanto él como su descendencia vivieran con una fidelidad tal que reflejaran la voluntad de Dios en sus vidas. La realización misma de las bendiciones que Dios había prometido a su pueblo dependía de si resultaba evidente en sus vidas que eran verdaderos hijos suyos. Los términos «justicia» y «juicio» usados aquí describen a través de toda la Escritura las altas esperanzas que Dios tenía puestas en su pueblo. Nunca suavizó sus exigencias, y a través de todo el período de la revelación del Antiguo Testamento reclamó continuamente de sus hijos esta vida y estos niveles de exigencia. Profeta tras profeta midió Israel a través de esas exigencias de justicia y juicio. Hay un momento en el que el Señor le dice a Abraham: «Anda delante de mí y sé perfecto» (Gn 17. 1). Dios nunca altera ni suaviza estas exigencias. Así vemos a Jesús decir mucho más tarde a sus discípulos: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mt 5.48). No puede haber exigencia mayor para el pueblo de Dios.
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Visión de conjunto

Más tarde, el Señor les dijo en el monte Sinaí a los que habían salido de Egipto que ellos eran su pueblo santo. Inmediatamente después de esta declaración, que está en el capítulo 19 del Éxodo, en el siguiente capítulo, el 20, les dio a conocer su voluntad bajo la forma de los Diez Mandamientos. Estos fueron, por tanto, dados al pueblo de Dios como expresión de la clase de vida que él quería que manifestaran al mundo. A continuación de estas reglas específicas de conducta, que abarcan la totalidad de la voluntad revelada de Dios y que exponen más a fondo la voluntad de Dios con respecto a su pueblo, es decir, el «hacer justicia y juicio», Dios les dio un gran número de ejemplos o «juicios» que afectan a todos los aspectos de la vida. Así, siguiendo el Éxodo, en el capítulo 21 les da numerosos ejemplos tomados de la vida diaria y les enseña cómo toda faceta de su vida debe reflejar un esfuerzo conscientes por hacer la voluntad de Dios (los Diez Mandamientos). Es aquí también donde Dios describe al pueblo los sacrificios o los medios de hacer que se dé cuenta de sus pecados y de su consiguiente necesidad del perdón divino. El pueblo no daría la talla de las altas normas establecidas por Dios. Por lo tanto, Dios les dio los sacrificios para impresionarlos con esta realidad y, al mismo tiempo, con la seriedad misma del pecado. Este debería romper el corazón de los hijos de Dios y hacerlo contrito ante él; así aprenderían a confiar en él. La totalidad del sistema sacrificial fue el medio que usó el Antiguo Testamento para humillar al pueblo de Dios y enseñarle a confiar en él. Además de todo eso, el sistema señalaba la necesidad de un salvador que pudiera rescatarlos del pecado. El tabernáculo, introducido también en este período de la revelación, fue diseñado para mostrar al pueblo de Dios su necesidad espiritual y para llevarlo a confiar en el Salvador que Dios habría de enviarle. En sí mismo era un esquema de la obra de Cristo, como testifica posteriormente el autor de la Epístola a los Hebreos (Heb 9 y 10).
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

El libro del Génesis recoge también el inicio de la obra de Satanás, el gran enemigo de Dios y de su pueblo. A medida que se revelan el plan y el propósito de Dios para con su pueblo, se ve a Satanás en total oposición a los mismos y teniendo éxito cuando provoca al hombre, creado por Dios, a adoptar el mismo corazón rebelde y la misma naturaleza que él poseía. El Génesis recoge la tentación y la caída del hombre y el origen de los hijos de Satanás, los cuales continúan oponiéndose, a través de toda la historia de la redención, a Dios y a su familia, los hijos de Dios. Satanás comienza en el Edén, pero no se detiene allí. Después de la caída, vemos a Caín, descendencia de Satanás, oponerse a Abel, quien, no obstante ser su hermano según la carne, era alguien totalmente ajeno a él en asuntos espirituales. Caín, como su padre el diablo, intenta destruir al hijo de Dios y logra matar al justo Abel, pero no puede frustrar el plan divino. Tan pronto como muere Abel, Dios hace surgir de Adán y Eva otro hijo, Set, en cuyos días, los hijos de Dios comenzaron a buscar al Señor. Es así como aparecen y se desarrollan las dos sucesiones de seres humanos en la superficie de la tierra. Desde el punto de vista de Dios, nunca ha habido más que dos clases de hombres: los hijos de Dios y los hijos de Satanás. La trayectoria de ambos grupos puede seguirse a través de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, y sus respectivas categorías permanecen en realidad hasta nuestros días. Gran parte de las riquezas de la Palabra de Dios la vemos en la revelación bíblica con respecto a la naturaleza de los hijos de Dios y los hijos de Satanás, y el trato que Dios da a cada uno de ellos. La oposición de Satanás continúa incluso después del diluvio. Así encontramos, por ejemplo, que Abraham y sus hijos se enfrentan con la continua hostilidad de la descendencia de Satanás que vive en Canaán. Más tarde, en Egipto, la malvada oposición de la simiente de Satanás en la persona del faraón y los egipcios es bien evidente. Cuando Israel sale de Egipto y se dirige de nuevo hacia
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Visión de conjunto

Monte Sinaí

Canaán, esta hostilidad de los enemigos de Dios aumenta. Toda la historia de Israel está repleta de enemigos. Trágicamente vemos cómo los hijos de Satanás se van infiltrando gradualmente en la familia del pueblo de Dios, la iglesia del Antiguo Testamento. Pronto habrá tantos incrédulos como creyentes, o quizá aun más, en la iglesia, el cuerpo visible del pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento las hostilidades culminan con la caída de Jerusalén y la consiguiente cautividad en Babilonia. Pero la enemistad no termina ahí. Después del regreso, encontramos a Jerusalén y a Judea llenas de enemigos del pueblo de Dios. En los tiempos del Nuevo Testamento la iglesia se ve penetrada de nuevo por los no creyentes. Los agentes de Satanás en la iglesia, la mayoría de los judíos de la época de Jesús, se alían finalmente con el poder secular de Roma para expresar el máximo de su hostilidad con la crucifixión del mismo Jesucristo, Hijo de Dios. El Nuevo Testamento abunda aun más con respecto a la continua hostilidad entre el pueblo de Dios y los hijos de Satanás. Esto lo vemos vivamente descrito en el capítulo doce del Apocalipsis.
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Al señalar estos importantes temas en el Génesis, hemos mostrado también cómo están presentes a todo lo largo del Antiguo Testamento: la necesidad que tiene el hombre de Dios; el llamado del pueblo de Dios; la labor opositora de Satanás. La Escritura traza después la historia del trato de Dios con su pueblo en la historia de Israel. Dicha historia ha sido escrita teniendo como fondo la del mundo secular. El surgimiento y la caída de las naciones y de los grandes imperios están entretejidos en el plano posterior de la historia bíblica. La obra de Dios para redimir a su pueblo no fue algo aislado de la realidad cotidiana de la historia que se desarrollaba alrededor de Israel. La historia del pueblo de Dios resulta ser la compilación de los éxitos y fracasos de Israel, que dependen de su mayor o menor obediencia a su Señor. Cuando Israel heredó la tierra de Canaán, tuvo éxito y prosperó en ella solo mientras se mantuvo sujeto a la Palabra y a la voluntad de Dios. Cuando los padres comenzaron a dejar de preocuparse por instruir a sus hijos de acuerdo con el deseo expreso de Dios manifestado en Deuteronomio 6.4ss, toda la nación sufrió. Así lo leemos en el recuento de los trágicos días de los jueces. Cuando el pueblo era quebrantado por sus enemigos, y alcanzaba el punto extremo de la desesperación, Dios hacía surgir hombres del estilo de Samuel y David, quienes le hablaban de volverse a él. Los ejemplos de caudillaje de Saúl y de David muestran el marcado contraste que existe entre un pastor del rebaño de Dios que es infiel y otro que es fiel, confrontación que es típica de toda la historia del Antiguo Testamento. Cuando fallan los dirigentes, como sucedió en los tiempos de Salomón y sus sucesores, los trágicos resultados afectan a toda la iglesia, y todos sufren, tanto los pecadores como los santos. Tanto la descendencia de Satanás en Israel como los creyentes verdaderos sufren las consecuencias de las infidelidades de Israel.

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Para contrarrestar la mala influencia de Salomón y de otros como él, que llevaron a Israel por caminos de perdición, ciertos escritores anónimos de la Palabra de Dios les hicieron resistencia escribiendo obras como el Cantar de los Cantares y el Eclesiastés. El estudio de dichos libros muestra lo devastadora que puede ser la infidelidad de los líderes para toda la iglesia. También para contrarrestar la mala influencia de Salomón y sus malvados sucesores al trono de Israel, Dios hizo surgir una continua oleada de profetas. Estos profetas se enfrentaron valientemente a la hostilidad de la falta de fe que existía en Israel para exhortar a aquellos que confiaban en Dios a continuar siéndole fieles. Desde Joel en el siglo noveno antes de Cristo, quien previene contra la decadencia espiritual, mientras el gozo de servir a Dios desaparece de los corazones del pueblo; a través de todo el siglo octavo, con el gran número de profetas que denuncian los pecados sociales y las injusticias de sus días; y hasta los siglos séptimo y sexto, con su deterioro espiritual, Dios envía profeta tras profeta para que llamen al pueblo al arrepentimiento y al regreso a su Señor. Amós reprende su falta de amor mutuo, mientras que Oseas describe su falta de amor a Dios. Jonás representa la aversión de algunos de los verdaderos hijos de Dios a obedecerle y someterse a sus designios redentores para con los hombres. Jeremías enfoca la condición pecadora de los corazones en el pueblo, y señala con esperanza una solución definitiva que vendrá de parte de Dios: el cambio de corazón. En la cautividad, profetas como Ezequiel y Daniel dan testimonio de la gracia continua de Dios y de cómo él sostiene a quienes ponen en él toda su confianza. La doctrina del remanente, que fue presentada en el siglo octavo por los profetas Amós e Isaías, y desarrollada posteriormente por los profetas Jeremías y Ezequiel, muestra que aunque el pueblo

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

de Dios deberá pasar por grandes pruebas y terribles juicios, Dios preservará a todos aquellos que pongan su confianza en él. En ningún otro lugar tenemos una expresión mejor y más ferviente de esta esperanza que en el profeta Habacuc, cuyo ministerio se desarrolla en la época de la caída de Jerusalén. El remanente del pueblo de Dios regresó de veras a su tierra. De la cautividad de Babilonia salió el gran contingente de todos aquellos que querían hacer la voluntad de Dios. Este remanente regresó a Jerusalén y reconstruyó su templo y sus muros. Esta época está marcada por un gran amor por la Palabra de Dios, y en especial por la Ley de Moisés. Es un período de reavivamiento y de regreso, o al menos, de un gran deseo de regresar a los altos niveles de exigencia que Dios había fijado para su pueblo en la Ley de Moisés. Durante todo este tiempo, de avivamiento o decadencia espiritual del pueblo de Dios según se narra en el Antiguo Testamento, hay continuamente salmos, cantos, y proverbios que expresan la fe de los hijos de Dios que vivieron a través de todas esas épocas. Los autores de la mayoría de esos escritos nos son desconocidos. Pero puesto que han sido conservados en la Palabra de Dios, sabemos que lo que expresan, como cualquiera otra porción de las Escrituras, es Palabra de Dios. Job manifiesta la fe de un hijo de Dios, probada en la confrontación con pruebas sumamente difíciles, pérdidas y sufrimientos. Es un testimonio de la longanimidad de Dios, comunicada a su vez a un hijo suyo, dándole fuerzas para mantenerse en su fe, aun en los momentos en que las personas más cercanas a él estaban en duda. Los Salmos recogen en forma bella la fe de muchos de los hijos de Dios, además de David, el gran salmista. Quizá el Salmo primero es el que mejor ejemplifica el contenido de todo el libro. Presenta la justicia del pueblo de Dios, en contraste con la maldad de los que no tienen fe. Aquí, como en muchos otros lugares, el hijo de Dios se
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Visión de conjunto

describe como un árbol trasplantado junto a corrientes de aguas de gracia y de la Palabra de Dios. Da su fruto a su tiempo y su hoja no cae. Ilustra maravillosamente la dependencia absoluta de los hijos de Dios en la Palabra y el poder sustentador de ese Dios. La pone también en fuerte contraste con la estéril vida del malvado, y su inevitable final sin esperanza y sin herencia. Hemos esquematizado aquí solo brevemente el desarrollo del contenido del mensaje que Dios presentó a su pueblo en el Antiguo Testamento. Ello basta para demostrar la gran importancia que tiene este antiguo mensaje de Dios para su pueblo de hoy en día. La validez siempre actual de la Palabra de Dios fue elocuentemente expresada por el mismo Jesús cuando le hablaba a su propia generación. En cierta ocasión les replicó a los fariseos: «Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día, y lo vio, y se gozó.... Antes que Abraham fuese, yo soy» (Jn 8.56,58). Como afirma también el autor de la Epístola a los Hebreos: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Heb 13.8). El Cristo eterno hace que la Palabra de Dios sea siempre para el pueblo de Dios algo importante y de sabor contemporáneo. En los capítulos siguientes, pues, haremos algo más que estudiar la vida de un pueblo antiguo y aprender cosas sobre el mismo. Vamos a estudiar la revelación que hace Dios mismo sobre su verdad y su voluntad con respecto a su pueblo, no solo el pueblo de las épocas antiguas sino el de todos los tiempos. En este estudio tenemos mucho que aprender para nuestros días y para nuestra vida cotidiana.

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CAPÍTULO

2

LOS ORÍGENES DEL PUEBLO DE DIOS (GÉNESIS)
I. La creación del mundo (caps. 1 y 2)
Las palabras con que comienza el Antiguo Testamento hablan de orígenes. Los orígenes de que se habla son los de la creación del cielo y de la tierra. Se presupone que Dios es alguien que ya existía antes de este principio. Las Escrituras dicen poco sobre lo que precedió a la creación del mundo y, por tanto, lo que la precedió no es esencial para el conocimiento humano. Las Escrituras tienen dos respuestas para nuestra curiosidad sobre estas cosas: una en el Antiguo Testamento y la otra en el Nuevo. Primeramente, en el Antiguo Testamento, en Deuteronomio 29.29, Dios nos dice que las cosas secretas pertenecen al Señor, pero lo que ha sido revelado nos pertenece a nosotros y a nuestra descendencia para siempre. Esto es lo mismo que decirnos que debiéramos preocuparnos de lo que Dios ha revelado, y no ser demasiado curiosos con respecto a lo demás. Lo revelado basta para atraer toda nuestra preocupación y nuestra atención. Sin embargo, las Escrituras sí nos revelan de manera parcial algunos aspectos concernientes al propósito creador que estaba en la mente de Dios. Este concepto del propósito de Dios en la creación es algo sumamente importante para nuestro conocimiento. Aunque a través de todas las Escrituras, este propósito divino apa21

El plan de Dios en el Antiguo Testamento

rece implícito, se nos enseña explícitamente en Efesios 1.4. Aquí se nos dice que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, esto es, antes de la creación. Por tanto, se nos muestra cuál era el propósito de Dios: que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor. Sé que algunas traducciones ponen la frase «en amor» con la oración siguiente (el original griego permite ambas construcciones). Pero dicha frase es necesaria para completar el concepto precedente, y en realidad así lo hace, por lo cual es preferible traducir así, no solo desde el punto de vista gramatical sino también porque está más de acuerdo con la verdad divina, tal como ha sido revelada a través de las Escrituras. La enseñanza es la siguiente: Dios, antes de la creación, se hizo el propósito de llegar a tener un pueblo que pasara la eternidad con él y con el que pudiera compartir las bendiciones de toda esa eternidad. El solo pensamiento de esta realidad nos maravilla, porque se halla más allá de toda nuestra comprensión. Nos habla de un Dios de amor que por amor nos incluye en sus designios eternos. Un Dios que nos escoge específicamente a nosotros para que le acompañemos para siempre. Y se propuso realizar nuestra entrada en su familla por medio de su Hijo Jesucristo. Aquí queda implícito todo el plan de salvación, tal y como las Escrituras lo desarrollan. La cuestión realmente importante es que Dios nos escogió en Cristo antes de crear el cielo y la tierra. Así vemos cómo los propósitos fundamentales de ese Dios, afectan a todo lo que comienza a hacer cuando crea al mundo y al hombre. A continuación sigue una explicación sobre la clase de pueblo que Dios se proponía llegar a tener. Sus individuos deberían ser santos y sin mancha. Las dos ideas no son sinónimas. «Santo» es la palabra usada para todo lo que es apartado para Dios. Este pueblo debería ser un pueblo santo, es decir, un pueblo que fuera propiedad exclusiva de Dios. «Sin mancha» nos enseña que debería
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Los orígenes del pueblo de Dios

ser un pueblo sin pecado y sin defecto, ya que solo un pueblo así podría permanecer para siempre en la presencia de Dios. Además, debería estar delante de Dios, en su presencia, en una relación de amor. Dios nos habla aquí del amor, relación esencial que debe ser el lazo que una a los miembros del pueblo de Dios, y que lo una a él con dicho pueblo. En las Escrituras se presenta frecuentemente el amor como el lazo de unión entre las Personas de la Trinidad (Jn 3.35; 15.9; 17.23,26), lo que hace que el hombre, que ha de ser creado a imagen de Dios, deba poseer también esta característica. Efesios 1.4 nos ayuda por tanto a ver qué es lo que tenía Dios en su mente cuando comenzó a crear el cielo y la tierra y cuando puso al hombre en ella. Necesitamos este concepto para poder ver la maravillosa unidad de la Palabra de Dios cuando intentamos discernir cuáles son las motivaciones de Dios en todas sus relaciones con el hombre. El propósito inicial de Dios nunca quedará frustrado; él se mantiene firme en sus intenciones, y va llevando gradualmente sus propósitos iniciales a su perfecto cumplimiento. Esta es la maravillosa historia que se va desarrollando en la revelación de Dios, es decir, en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. El primer párrafo de las Escrituras (Gn 1.1-5) presenta la labor creadora de Dios. El verbo usado aquí para la acción de «crear» es una palabra que únicamente aparece en las Escrituras teniendo a Dios por sujeto. Por tanto, quiere significar únicamente la labor divina que trae a la existencia aquello que antes no existía. Para revelarnos aun más sobre el poder creador de Dios, se nos dice que él sacó el orden del caos, y la luz de las tinieblas (v. 2). El versículo segundo es un comentario del primero, y no una adición. Para su propia gloria, Dios creó primeramente el cielo y la tierra, pero en un estado caótico y tenebroso, y posteriormente puso el orden y la luz en lo que ya había hecho.

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La palabra usada aquí para nombrar a Dios es un término genérico que en el idioma hebreo es una palabra en plural. Es correcto traducirla como un singular, puesto que el verbo hebreo «creó» está en singular. La razón por la cual el nombre de Dios está en plural es que se desea expresar la majestad de Dios, siendo además muy posible que haya sido para indicar la pluralidad de personas existente en la Divinidad. El mismo versículo presenta al Espíritu de Dios como una persona, indicando así la existencia de una pluralidad de personas en la divinidad única. Aquí se encuentra implícita la doctrina trinitaria, aunque debamos esperar al Nuevo Testamento para verla expresada en forma explícita. En otras palabras, el uso de una forma plural para mencionar a Dios, y la presentación del Espíritu de Dios como persona, tiene en cuenta, aunque no lo enseñe de manera explícita, la personalidad trinitaria de Dios. Debemos notar que los conceptos presentados aquí, de un orden sacado del caos y de una luz sacada de las tinieblas, son usados en el Nuevo Testamento para presentarnos la obra redentora realizada por Dios en nuestras vidas. En 2 Corintios 5.17 se nos dice que si alguno está en Cristo nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron y él es hecho nuevo. Pablo se refiere de nuevo a Génesis 1.2 en 2 Corintios 5: 17, cuando dice que Dios, que ordenó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Aquí se nos está hablando de la obra de nuevo nacimiento o regeneración que ocurre en el corazón de todo creyente, haciéndole posible conocer a Dios y tener salvación. Así como el Espíritu estaba activo en la primera creación y en su iluminación, así también lo está en nuestra nueva creación espiritual, que nos incorpora como miembros a la familia de Dios. Juan 1.4,5 hace alusión en forma similar a la luz de Dios que estaba en los hombres, y que supera a las tinieblas.

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Algo que también necesitamos dejar señalado aquí es que la secuencia de tarde y mañana (Gn 1.5) que constituye el orden bíblico del período de 24 horas, refleja una y otra vez este triunfo de la luz sobre las tinieblas. Aquí se nos muestra cómo Dios ha puesto dentro de la creación misma, y dentro del orden de noche y día, una enseñanza que nos habla de que él creó la luz para derrotar las tinieblas, y del inevitable triunfo de la luz espiritual sobre las tinieblas espirituales. La revelación natural de Dios comienza desde el mismo día primero de la creación. Los versículos 6 y 8 hablan de la forma primitiva de la tierra en el momento de ser creada por Dios. Es importante fijarse aquí cuál es la enseñanza que se presenta. La palabra «firmamento» estaría mejor traducida si se dijera «expansión».* Hace referencia al área vital que Dios hizo para el hombre en la tierra. Había agua almacenada por encima y por debajo de esa expansión. Nos damos cuenta de que las cosas no son así en el mundo de hoy. No conocemos la existencia de tales acumulaciones de agua por encima y por debajo del área vital del hombre sobre la tierra. No existen en la actualidad. Esa es la cuestión: el mundo que Dios hizo al principio, parece haber sido diferente del que hoy conocemos. Durante el diluvio, este mundo sufrió cambios catastróficos en su totalidad, que lo hicieron convertirse en el mundo que hoy conocemos. Este era precisamente el argumento de Pedro cuando escribía a la iglesia, al final de su vida. En 2 Pedro 3.3-7 se hace referencia a unos tiempos faltos de fe, en los cuales los hombres, desconociendo voluntariamente lo que Dios había hecho para juzgar al mundo antiguo con el diluvio, dejarían de creer en la segunda venida de Cristo. Afirmarían que, de acuerdo con sus observaciones, el mundo permanece el mismo desde el principio. Pedro insiste en el versículo 5 en que descono* Así aparece traducida en la revisión de 1960 (N. Del T.).

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cerán voluntariamente la doctrina de la creación tal como aparece en el capítulo primero del Génesis. El mundo anterior al diluvio, nos dice Pedro, era muy diferente del actual. Provenía del agua. Y en el diluvio, por medio de los grandes depósitos de agua que se hallaban por encima y por debajo de la tierra, el mundo que existía entonces fue destruido. De esta forma, Pedro presenta el contraste entre aquel mundo y el cielo y la tierra actuales (v. 7). Es importante notar que el mundo como Dios lo creó al principio era bastante diferente de como es hoy en día. Los grandes depósitos de agua que estaban por encima y por debajo de la tierra habitable fueron abiertos en el momento del diluvio, y en consecuencia produjeron en la tierra unos cambios tan catastróficos que alteraron radicalmente toda su estructura y su aspecto mismo. Más tarde veremos cómo el diluvio significó mucho más que una lluvia que duró cuarenta días con sus noches. Fue también la ruptura de las fuentes de los abismos y la apertura de las cataratas del cielo (Gn 7.11). La lluvia fue solamente el tercer elemento del diluvio, y probablemente resultó ser el más insignificante en cuanto a los daños producidos (Gn 7.12. Ver también Gn 8.2) . Esta es la consistencia interna de las Escrituras. No tenemos aquí alusión a ningún concepto mitológico antiguo sobre la estructura de la tierra, sino la Palabra de Dios, claramente revelada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y dando testimonio de la misma realidad. Los que en el día de hoy dejan de lado la revelación bíblica en su búsqueda de la verdad sobre el mundo y sus orígenes, y que por tanto calculan la evolución de la tierra hasta su forma presente en millones o miles de millones de años, simplemente están desconociendo la obra creadora de Dios y su poder de juicio para cambiar en un momento lo que él mismo ha creado. Pasan por alto los efectos catastróficos que tuvo el diluvio sobre el mundo, en su insistencia sobre la necesidad de miles de millones de años para que en la tierra se lleguen a producir grandes cambios. Y
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aunque ellos puedan llegar a descubrir muchas grandes verdades sobre el universo, por las que les debemos estar agradecidos, en la interpretación de dichas realidades debemos guiarnos por la Palabra de Dios. No puedo ver cómo podría un cristiano actuar en forma diferente. El resto del capítulo primero, dando el orden de la creación, primero la luz, después un lugar donde habitar, y posteriormente la tierra firme y las aguas para que las distintas formas de la creación viviesen en ellas, nos presenta una evidencia aun mayor del trabajo ordenado que realiza la mente de Dios. Después de esto, son hechas las lumbreras que han de iluminar al hombre. A continuación, las aguas y la tierra se llenan de toda clase de criaturas. El versículo 26 presenta la creación del hombre, obra cumbre del Creador, en el sexto día. En todo esto vemos el orden y el plan de Dios a medida que va desarrollando su obra creadora. Esto en sí mismo presenta a Dios como un ser ordenado y lleva implícita la idea de que aun antes de comenzar la creación, ya había un propósito fijo en la mente divina, que fue el que tuvo como consecuencia la creación del hombre, para el cual había preparado ya un mundo en todo adecuado. Se describe aquí al hombre como creado a imagen de Dios. No se nos dice qué implica esta afirmación, pero posteriormente una revelación más amplia de la Palabra de Dios, nos enseña que el hombre fue creado para Dios para tener compañerismo con él. Como ya hicimos notar, en Efesios 1.4 se afirma que el hombre fue hecho para vivir ante Dios, en su presencia en amor. Esto sugiere la existencia en el hombre de capacidades similares a las que se hallan presentes en Dios mismo. Ser a la imagen de Dios, por tanto, es ser capaz de tener amistad con Dios, y de experimentar amor recíproco por él, reflejando así el amor que él nos tiene. El hombre es, pues, un ser único, puesto que reúne cualidades que no se encuentran en ninguna otra criatura conocida.

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Vemos también cómo las frases «hagamos al hombre» y «nuestra imagen» implican, aunque tampoco expongan en forma explícita, una referencia a la personalidad plural de Dios. Por otra parte, Dios le da al hombre un quehacer y una responsabilidad ante él. El hombre habría de llenar y someter la tierra, ejerciendo dominio sobre todo lo que Dios había creado (1.28). Luego que Dios hubo terminado su obra creadora se sintió complacido, y declaró que todo era bueno en gran manera. Esto ciertamente lleva implícito que la creación no tenía defectos, y que el hombre, tal como fue hecho por Dios, era también bueno en gran manera (sin pecado). Hagamos una pausa en este momento para notar que todos los factores señalados en Efesios 1.4 están presentes en el momento de la creación. Dios creó al hombre santo (es decir, para él) y sin mancha (bueno en gran manera) para vivir delante de él (en su presencia e imagen) en una relación de amor. Esto último se manifiesta en el hecho de que Dios le había dado ya al primer hombre mandamientos por los cuales este podría, a través de la obediencia, demostrarle su amor. Jesús mismo lo dijo más tarde: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Jn 14.15; cf. Jn 15.14). La obediencia, por tanto, ha sido siempre una manifestación del amor que le tienen sus hijos a Dios. La situación que habría de permitir el cumplimiento del propósito de Dios al crear al hombre fue establecida desde el principio. Todos los elementos esenciales para el cumplimiento de este propósito estaban presentes y habían sido constituidos desde el momento mismo de la creación. En el capítulo 2, versículos 1 al 3, se nos presenta la idea del Sabbath, el tiempo en que Dios descansó de su labor creadora. Esto sugiere también la intención divina de traer a su culminación todas las cosas que Dios había comenzado. Para inculcar esta verdad en el hombre se afirma expresamente aquí que Dios descansó en el séptimo día, y santificó (hizo santo) ese día.
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Más tarde el escritor de la Epístola a los Hebreos nos mostrará cómo este séptimo día fue establecido de forma simbólica para indicar la entrada definitiva del pueblo de Dios en el descanso y la amistad con Dios (Heb 4.3-11). Por lo tanto, desde los tiempos de la creación cada séptimo día se nos presenta como un recordatorio del gran propósito de Dios de tener un pueblo ante él para siempre. Cada Sabbath a partir de entonces habría de recordar esta esperanza al pueblo de Dios, y era en realidad como un pequeño anticipo de eternidad en un ensayo de lo que sería el cielo mismo, ya que en dicho día, el pueblo de Dios debía dejar a un lado las labores profanas de este mundo y entregarse por completo a gozar de Dios. Más adelante veremos cómo esta doctrina se desarrolla. En el capítulo 2, versículo 4, Dios se nos presenta en una forma personal. Su nombre propio, Yahweh, o Jehová, o el Señor, como dicen algunas traducciones, aparece aquí por vez primera. Es significativo que sea aquí, porque en los versículos siguientes se hace énfasis en que Dios cuida personalmente del hombre, satisfaciendo todas sus necesidades: físicas, emocionales, y espirituales. Mientras que el capítulo 1 ha señalado el orden de la creación, el tema principal del capítulo 2 es el hombre como obra cumbre de la creación, mostrándonos cómo en el propósito de Dios todo fue hecho para el hombre y para su bien. Es por eso que en este capítulo se hace énfasis sobre todo en el orden lógico, más que en el cronológico. El capítulo 2 nos demuestra el amor que Dios le tiene al hombre, que es hechura suya. El versículo 5 sugiere la idea de que hace falta el hombre para completar la creación. El versículo 7 explica en detalle la creación del hombre, tanto para mostrar su humilde origen del polvo de la tierra, como su otro origen, tan encumbrado, que procede del aliento mismo de Dios. Los versículos 8 al 14 hablan de la abundancia con que Dios satisfizo las necesidades físicas del hombre, dándole un lugar espe29

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cial que pudiera considerar suyo en esta hermosa tierra, y proveyéndole de toda clase de buenos frutos para nutrir su cuerpo. En el versículo 9 se nos dice que había dos árboles en medio del jardín. Se los presenta en forma misteriosa, sin explicar su naturaleza; solo se dice que uno es el Árbol de la Vida y el otro el Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal. Fuera del contexto de los capítulos 2 y 3, el segundo de los árboles no vuelve a ser mencionado. Puesto que recibe el nombre de Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal, sin duda fue colocado allí para probar a través de la obediencia el amor que Adán le tenía a Dios. La alternativa sería: «¿Deberá el hombre conocer el bien y el mal a través de la revelación de Dios, o mediante su propia experiencia independientemente de esa revelación divina?» Su sola presencia allí en consecuencia, ponía a Adán en la obligación de escoger entre depender de la voluntad revelada de Dios o buscar la manera de existir sin depender de él. Lo primero pondría de manifiesto su amor a Dios; lo segundo, su odio. Dios satisfizo también las necesidades emocionales del hombre. Puesto que era imagen de Dios, es obvio que el hombre había sido creado para cargar con grandes responsabilidades. Debido a ello Dios le dio una tarea que debía realizar (vv. 15-17). Asimismo Adán recibió órdenes específicas, con cuyo cumplimiento manifiesta su amor a Dios. Por último, Dios satisfizo la necesidad del hombre en un área especial. El hombre había sido creado para tener amistad con Dios, pero en un contexto de convivencia con hombres similares a él. Se nos dice que Dios creó al hombre varón y hembra (1.27). Aquí, en el capítulo 2, tenemos una ampliación de esta creación de la mujer, lo que nos muestra una vez más que toda la obra de Dios fue hecha pensando en el hombre y en su bien, nacida del amor de Dios para con el hombre.

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Se describe aquí a la mujer como una ayuda idónea para el hombre, una respuesta a sus necesidades. Fue hecha para el hombre, y para completar al hombre. El hombre solo estaba incompleto; así es como la necesidad mutua del hombre y la mujer está hondamente marcada en la fibra misma de la humanidad. Dios sacó a la mujer del cuerpo del hombre y ordenó que a partir de entonces, los hombres nacieran de mujer, poniendo el acento de nuevo en una dependencia del uno respecto al otro, y en la necesidad mutua que solo el otro puede satisfacer. Sin embargo, el hombre era la obra cumbre, y en este sentido, la mujer estaba sujeta a él; no que fuera inferior, sino que le estaba sujeta. Dios dispuso en la creación el concepto de la familla como la forma en la que llamaría a su pueblo y lo redimiría. La relación entre esposo y esposa habría de reflejar la relación eterna entre Cristo y su iglesia (Ef 5.22-33). Concluimos esta sección, pues, haciendo de nuevo la observación de que el propósito divino, tal como se expresa en Efesios 1.4, está plenamente manifestado en el momento de la creación del hombre a imagen de Dios: tenemos aquí unos seres humanos que son santos y sin defecto ante Dios, en un estado de amor. Pero la carencia de pecado y el amor deben ser probados. Por encima de todo, debía someterse a prueba el sentido de la necesidad de Dios en Adán, si habría de haber aquel compañerismo eterno que Dios mismo había propuesto y deseado.

II. El reto de Satanás al propósito divino (cap. 3)
El capítulo tercero presenta la figura de la serpiente, que se describe como astuta y a la vez como una de las criaturas de Dios. No había, pues, nada inherentemente malo en la naturaleza de la serpiente. Como todas las demás criaturas de Dios, había sido creada buena. Cuando comienza a hablarle a la mujer, nos damos cuenta inmediatamente de que aquí hay algo más que una simple criatura
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sujeta al hombre. Se está revelando una personalidad que ya era anteriormente hostil a Dios y perjudicial para el hombre. Aunque no se declara en forma específica en este capítulo, se demuestra claramente en muchos otros lugares que esta serpiente fue usada por Satanás al hacer su entrada en el mundo del hombre para tentarlo y hacerlo pecar. En Apocalipsis 12.9, cuando se describe a Satanás, se lo llama «el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero». Satanás se describe, aquí y dondequiera que aparece en las Escrituras, como alguien que hace oposición a Dios y al bien del hombre basándose en mentiras y con las motivaciones de un asesino (Jn 8.44). No hay duda de que es este Satanás el que es presentado como carácter dominante en la narración del pecado y la caída del hombre. Sus intenciones son claras. Quiere echar a perder el buen plan y el propósito que Dios tenía para el hombre, y hacer de este uno como él, un rebelde ante Dios. No hay duda de que el diablo escogió la serpiente por ser la criatura que más se adecuaba a sus propósitos, puesto que era más astuta que las demás. Fijémonos cómo comienza a hablar Satanás: «¿Con que Dios os ha dicho... ?» Desafía abiertamente la Palabra de Dios, regla y autoridad por medio de la cual el hombre ha de vivir y prosperar. La sutileza de la insinuación de Satanás está en la forma en que siembra la semilla de la duda acerca de la Palabra de Dios en el corazón de Eva. Incluso cita en forma equivocada o plantea exageradamente lo dicho por Dios a fin de que pareciera irracional el que Dios le hubiera ordenado algo al hombre. Vemos cómo añade astutamente a la Palabra de Dios las palabras «todo árbol». Satanás sabía qué era lo que Dios había dicho, pero exagera la Palabra divina con el fin de hacer pensar a Eva que Dios había sido cruel. Es importante que nos fijemos en que Eva también hace lo mismo. Cuando le responde a Satanás, al principio cita a Dios con exactitud, pero después añade las palabras «ni le tocaréis» (v. 3) a
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la orden dada por Dios. Ella también, siguiendo el ejemplo de Satanás, añadió algo al mandato divino, manifestando así que estaba resentida por la severidad de Dios. No es de extrañar que posteriormente Dios nos advierta a través de Moisés, y más tarde a través del apóstol Juan, que no debemos nunca añadirle ni quitarle nada a su Palabra (Dt 4.2; 12.32; Ap 22. 18,19). Tanto al principio como al final de la revelación dada por Dios a su pueblo, nos advierte severamente que no debemos usar su Palabra en forma descuidada. El hecho mismo de que Eva la usara tan a la ligera, es ya una demostración de que había rebelión en su corazón. Habiendo echado ya a un lado la autoridad de la Palabra de Dios, se hallaba indefensa y no podría vencer a Satanás. Así fue como él pudo inculcarle las mentiras que aparecen en el versículo 4. Cuando se rechaza la Palabra de Dios como medida de la verdad, el hombre se vuelve incapaz de distinguir entre la verdad y la mentira. En los versículos 6ss, las acciones y los pensamientos de la mujer nos dan un excelente retrato del pecado operando en el corazón. Eva vio que el árbol era bueno para comer, aunque Dios no había dicho eso. En Génesis 2.9 Dios había distinguido cuidadosamente entre los frutos que eran buenos para comer, y los que no lo eran. Ahora el juicio de la mujer, que ya no estaba guiado por la Palabra de Dios, era susceptible de error pecaminoso. Ahora fue su propio deseo el que tomó las riendas. Después de esto, ya no fue la verdad de Dios sino el placer carnal lo que guió sus acciones. Vio que el árbol y sus frutos eran agradables a sus ojos, y esta sensación se convirtió en la motivación de sus actos. Por último, aunque su mente le decía todavía que estaba prohibido, ella sometió su mente a sus carnales deseos a base de razonar una mentira: que el árbol les haría alcanzar sabiduría. El acto manifestado de comer del fruto fue el siguiente paso como culminación del pecado que había comenzado en su corazón
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cuando decidió que no se dejaría guiar más por la Palabra de Dios. Es provechoso comparar esta situación con dos retratos similares del pecado que aparecen en el Nuevo Testamento, el primero en 1 Juan 2.16 y el segundo en Santiago 1.14,15. Nos quedamos asombrados cuando nos damos cuenta de que su esposo había estado junto a ella durante todo este tiempo y, aparentemente, no protestó nunca ni ocupó el lugar que por derecho le correspondía como jefe espiritual de su hogar. Simplemente se limitó a seguirla, cometiendo el mismo pecado que ella. El pecado de Adán puede, por lo tanto, ser resumido de esta manera: no ejerció sobre las demás criaturas el dominio que Dios le había ordenado ejercer (1.26). Ciertamente, la serpiente estaba bajo la autoridad de Adán, y por tanto sujeta a él. No había excusa posible. En segundo lugar, él, en la acción de su esposa, pasó por alto las palabras terminantes y el deseo revelado de Dios con respecto al fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Y por último, permitió que su esposa lo gobernara espiritualmente, lo cual es lo contrario del plan bien definido que Dios había señalado en el capítulo 2 del Génesis. Mucho más tarde, cuando Pablo trató el asunto de la dirección espiritual en la iglesia, explicó cómo Dios había destinado desde el principio al hombre para este oficio, y no a la mujer (1 Tim 2.11-15). Las consecuencias de este primer pecado cometido por nuestros primeros padres están detalladas con claridad en el texto que se halla a continuación (vv. 7-24) . Fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos. Ahora que ya habían conocido el pecado por experiencia propia, se había afectado drásticamente su concepto de la vida. La inocencia original había desaparecido. La culpa había tomado control de la situación. Ahora, al oír la voz de Dios, ellos, que habían sido hechos para tener amistad con él, huyeron de su presencia y se escondieron (v. 8).

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La penetrante pregunta de Dios, «¿Dónde estás tú?», está más relacionada con el estado espiritual de la pareja que con su situación física. La respuesta a dicha pregunta no dice donde estaban dentro del jardín, sino que señala el hecho de que estaban escondiéndose de Dios. Con esto, queda dicho todo (v. 10). A través de sus sentimientos de culpa ante Dios, se evidencia la naturaleza pecadora que acaban de adquirir. Su prisa por esconderse de su presencia y echarles la culpa de su pecado a otros, incluso a Dios mismo, son adicionales manifestaciones de su culpabilidad (vv. 12,13). Después de esto, Dios se dirige ahora a las tres personalidades implicadas en la tentación y la caída. Primeramente le habla a la serpiente (Satanás). La criatura-serpiente es maldecida en forma visible, y más que ninguna otra bestia. De ahora en adelante, será un recordatorio visible de las consecuencias de la maldición de Dios para el hombre (v. 14). Sin embargo, en el versículo 15, mientras se dirige a Satanás, Dios hace la primera gran promesa y da la primera gran esperanza de redención al hombre. El versículo 15 del capítulo 3 del Génesis ha sido llamado con razón «el primer evangelio». En realidad, todo el resto de las Escrituras no es otra cosa que un desarrollo de la verdad expresada allí. El primer concepto que encontramos en Génesis 3.15 es el de las dos simientes. «Tu simiente y la simiente suya» es una expresión que sugiere la existencia en sentido espiritual de dos líneas de descendencia entre los hombres. A través de todas las Escrituras nunca se hace otra distinción que esta: la simiente de la mujer (los hijos de Dios) y la simiente de la serpiente (la descendencia de Satanás). Se podría y se debería seguir tanto a través del Antiguo como del Nuevo Testamento este concepto de dos famillas de hombres en sentido espiritual: los de Dios y los de Satanás. Esta es una distinción y un concepto de máxima importancia.
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En el Nuevo Testamento se ve con claridad que nuestro Señor sigue haciendo esta misma distinción. La vemos bien definida en Juan 8.42-44. En este pasaje Jesús habla de Dios como el Padre de los que aman a su Cristo (v. 42), y del diablo como el padre de los que ahora se le oponen (v. 44). En forma similar, Juan habla en 1 Juan 3.8-10 de los hijos de Dios y los hijos del diablo. Las Escrituras no conocen de otra distinción entre los hombres que sea más importante que esta. En Cristo, todas las diferencias quedan borradas, pero entre los hombres siguen existiendo estas dos categorías de humanidad: la simiente de la mujer (los hijos de Dios), y la simiente de la serpiente (los hijos de Satanás). Gran parte de la revelación posterior de Dios tendrá que ver con las características de cada una de las dos famillas entre los hombres, y con la enemistad que existe entre ambas. En las Escrituras, las dos simientes se distinguen generalmente a base de los términos «justos» y «pecadores». En segundo lugar, notamos que el versículo habla de una enemistad entre ambos grupos. Fue Dios mismo quien puso esa enemistad entre ellos con el objeto de mantener la distinción. Cada vez que las dos simientes hacen las paces, los hijos de Dios salen perdiendo, como nos demostrarán posteriormente las Escrituras. Veremos desarrollarse esta enemistad muy temprano, en el cuarto capítulo de Génesis, y nos es posible seguirla a través de toda la Escritura. Por ejemplo, todavía en el capítulo 12 del Apocalipsis se manifiesta con mucha claridad. Finalmente, el versículo nos dice que la serpiente herirá (aplastará) el calcañar de la simiente de la mujer, y dicha simiente herirá (aplastará) su cabeza. Esto hace alusión tanto al sufrimiento de la simiente de la mujer, como a su triunfo final sobre la serpiente (la cabeza aplastada sugiere la idea de un golpe fatal). Así también, a través de toda la Escritura, leemos del sufrimiento de los hijos de Dios a manos de Satanás y su descendencia, pero siempre aparece la promesa del triunfo final de los hijos de Dios.
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Al llegar a este punto es necesario que enfaticemos el resultado final de las cosas, tal como lo predice el versículo. La simiente de la mujer, como ya hemos visto, se refiere a los hijos de Dios. Pero por encima de todo es una sugerencia de Cristo. En Isaías 7.14 se nos habla de uno que nacerá de una mujer virgen, que es «Dios con nosotros». En Mateo 1.18,22,23 esta profecía de Isaías es aplicada a Jesucristo. En Gálatas 4.4,5 se nos dice que en el cumplimiento de los tiempos Dios envió a su Hijo para que naciera de una mujer. Y finalmente, en Romanos 16.20 tenemos la promesa de que el Dios de paz aplastará a Satanás bajo nuestros pies. Todos estos pasajes forman parte del evangelio de Génesis 3.15. Señalan hacia el triunfo final de la simiente de la mujer, Cristo, sobre Satanás. Aquí deberíamos comparar con Hebreos 2.14,15, donde vemos que Cristo actúa en nombre de nosotros, como la semilla tomada de entre mucha otra simiente, en su triunfo por nosotros sobre el diablo. En la vida de Cristo sobre la tierra vemos la resistencia de Satanás y sus intentos de destruirlo. En la cruz vemos a un tiempo al Cristo herido y a Satanás con la cabeza aplastada, ya que Cristo murió y resucitó para triunfar sobre todos sus enemigos, que son también nuestros. Es por eso que con toda razón se llama a Génesis 3.15 «el primer evangelio» o protoevangelio. Trae seguridad y esperanza para todos aquellos que confían en que el Señor dará el triunfo sobre Satanás y la liberación de su poder. Habiéndose dirigido así a Satanás en forma directa, y en forma indirecta a todos los que ponen su confianza en Dios, el Señor se dirige ahora a la mujer. El inevitable juicio divino sobre ella tiene dos aspectos: solo podrá dar a luz a su simiente en medio de mucho dolor, y estará ahora sometida al hombre pecador, el que la dominará arbitrariamente, y en ocasiones pecaminosamente.

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Tengamos en cuenta que no es el dar a luz el castigo o consecuencia del pecado, sino el dar a luz con dolor. Era plan de Dios que el libertador vendría por el nacimiento de una simiente. Estimo que este es el significado de la expresión de Pablo en 1 Timoteo 2.15. Dar a luz es el oficio de la mujer por el cual, como en el nacimiento de Cristo, ella y todos serán salvos si creen. Es un oficio nobilísimo que comparten todas las mujeres fieles, pero por causa del pecado es una experiencia dolorosa. Notemos también que la sujeción al esposo no es consecuencia del pecado. Como ya hemos indicado, cuando Dios creó a la mujer y fundó el hogar estableció esta relación. Ahora sin embargo, el esposo del que se habla es un pecador, y por consiguiente su dominio será con frecuencia cruel, injusto, duro, y, por supuesto, poco juicioso. Y sin embargo, la sujeción de la esposa sigue siendo voluntad de Dios. Pablo nos muestra cómo esto sigue siendo verdad, incluso después de que la salvación ha entrado en el hogar (Ef 5.22,23). Finalmente, el Señor se dirigió al esposo, a Adán. Ahora las consecuencias de su pecado serán que cuando intente someter la tierra esta se le resistirá. Solo con el sudor de su rostro podrá sacar de ella su sustento. Al final, la tierra que él debía someter lo someterá a él, y regresará a su seno. Aquí se presenta la muerte, castigo por el pecado, como una realidad cierta para Adán (v. 19) de acuerdo con la advertencia que Dios había hecho en 2.17. El versículo 21 establece que el Señor hizo túnicas de pieles para Adán y Eva. Esto significa sin duda, que fueron matados animales ante sus propios ojos para cubrir su desnudez. Quizá esto era una preparación para el sistema sacrificial que sería practicado más tarde por los hombres. Sin embargo, deberíamos ser cautelosos en darle demasiada importancia. Básicamente, es un acto de la misericordia de Dios y de su amorosa preocupación por estos pecadores necesitados. No se está enseñando aquí la doctrina del
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sacrificio expiatorio de forma específica. Trataremos de este asunto en el momento en que se presente, en el capítulo 22 del Génesis. El tercer capítulo termina diciéndonos que Dios bloqueó el camino de acceso al Árbol de la Vida para que el hombre nunca pudiera alcanzarlo por su propio esfuerzo. Esto sugiere que Dios le estaba mostrando al hombre que con su propio esfuerzo nunca podría recuperar la vida con Dios que había perdido. Solo podría hacerlo por la gracia de Dios, como veremos. El Árbol de la Vida es símbolo de vida eterna en otros lugares de la Escritura (ver especialmente Ap 2.7 y 22.2,14). El acceso al Árbol de la Vida se concede solo a los que han lavado sus ropas, esto es, han sido limpiados de sus pecados por la sangre de Cristo (cf. Ap 7.14) . Los querubines que guardan el camino de acceso aparecen después en Éxodo 25.18ss, donde son tallas que extienden sus alas sobre el asiento de la misericordia en el santo de los santos del tabernáculo. Posteriormente veremos su significado, cuando lleguemos a dicho pasaje. Ahora vemos al hombre, no como Dios lo había creado sino como su propio pecado lo ha desfigurado. Ha caído del estado de bondad en que Dios lo había creado, y ya no puede ser lo que Dios quería que fuera. Ya no es santo ni ama a Dios su hacedor ni a los demás hombres, y no puede vivir en la presencia de Dios.

III. Siguiendo las dos descendencias hasta el diluvio (caps. 4—8)
A pesar del estado de pecado y muerte del hombre caído, vemos en las palabras de Eva al principio del capítulo 4 una verdadera expresión de fe, puesto que espera en las promesas de Dios. Eva pensó que Caín era el cumplimiento de la promesa divina de darle a la mujer una simiente que triunfaría sobre la simiente de la serpiente. Estaba equivocada con respecto a Caín, pero sí estaba en lo
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cierto al mirar a Dios como el que le proporcionaría la simiente de esperanza. En el nacimiento de estos dos hijos, Caín y Abel, tenemos los comienzos de las dos líneas de descendencia de Adán: la una, la línea de descendencia de la simiente de la serpiente, los malvados; y la otra, la línea de descendencia de la simiente de la mujer, los justos. Aquí tienen su comienzo las dos famillas de hombres que pueden distinguirse en una línea espiritual a través de toda la historia de la humanidad hasta nuestros días. Todos los hombres pertenecen en un momento dado, al grupo de los hijos de Dios, o a la descendencia de Satanás. El Nuevo Testamento, como hemos señalado, nos habla de las dos famillas, y sitúa con precisión a Abel y a Caín respectivamente en la familia de Dios y en la de Satanás (Heb 11.4; 1 Jn 3.12). En cuanto al hecho de las ofrendas presentadas a Dios, se nos dice que Caín traía de los frutos de la tierra y Abel de los ganados. No hay ninguna indicación aquí de que el material de la ofrenda de Caín no agradara a Dios. Sería demasiado suponer que Dios había ordenado que solo se hicieran sacrificios sangrientos. Las Escrituras no establecen esto en ningún lugar en conexión con Adán y su generación. Lo que es importante no es el tipo de sacrificios sino el corazón del sacrificador. En muchos otros lugares las Escrituras nos hablan con frecuencia de las ofrendas de granos. El contexto muestra aquí llanamente que el corazón de Caín era malvado, como también lo testifica 1 Juan 3.12. El corazón de Abel en cambio era un corazón recto para con Dios y un corazón lleno de fe. En consecuencia, lo que él hacía (la ofrenda que presentaba) era aceptable ante Dios. Posteriormente, Dios rechazaría los sacrificios de Israel, no porque no estuviera ofreciendo sacrificios correctos en términos de los materiales presentados ante él, sino porque sus corazones estaban lejos de Dios (ver Is 1.11-20) .
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Aquí aparece claramente el corazón de Caín como malvado, y se lo presenta incluso en su actitud con respecto a Dios y su aspecto externo (4.5). Dios le había informado a Caín de su responsabilidad de no pecar ante Dios. Así, cuando pecara, tendría que darle cuenta plena de sus actos a Dios (4.7). Su acción posterior ciertamente lo presenta como hijo de Satanás y simiente de la serpiente. Primeramente, es seguro que engañó a su hermano con palabras, aunque no se nos dice qué fue exactamente lo que le dijo. Después, mató al justo Abel, reflejando plenamente con sus mentiras y con el asesinato la naturaleza de su padre el diablo (4.8). Con la pregunta que le dirigió a Caín, Dios demostró que este era totalmente responsable y debería darle cuenta de todos sus actos. Somos responsables de nuestro hermano. Todos los pecadores, aunque estén en rebeldía contra Dios, tienen, sin embargo, que darle a Dios cuenta final de sus hechos. Aquí vemos, por tanto, el principio de la enemistad y la hostilidad entre las dos simientes, algo que puede seguirse tanto a través del Antiguo como del Nuevo Testamento, y a través de toda la historia humana hasta nuestros días. La señal que Dios le dio a Caín parece haber sido única (4.15). Es inútil tratar de identificarla con ninguna clase de marca visible o distinción en ningún pueblo del mundo actual. Sin embargo, la descripción de Caín como fugitivo y vagabundo sí identifica plenamente la situación de cada pecador con respecto a Dios. Los versículos 16-24 siguen la línea de descendientes de Caín, la simiente de la serpiente, por siete generaciones. La referencia a la esposa de Caín ha preocupado a algunos, pero la única explicación posible es que se trataba de su hermana (v. 17). El Génesis recoge solo los nombres de tres de los hijos de Adán y Eva, a pesar de que nos dice que Adán tuvo numerosos hijos e hijas y vivió más de 900 años (Gn 5.5). Es importante tener en cuenta que entre los descendientes de Caín hubo muchos hombres de talento: invento41

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res, artistas, y propagadores de cultura. Los hijos de Satanás siempre se han desenvuelto bien en el mundo, de acuerdo con las normas de los hombres. Incluso han sido los gobernantes la mayor parte del tiempo. Lo que más resalta, sin embargo, es que, por naturaleza, los hijos de Satanás no mejoran sino que empeoran cada vez más. Lamec, el séptimo desde Adán por la línea de Caín, ejemplifica las profundidades en que caen los no regenerados cuando no solo mata como su antepasado Caín había hecho sino que, lejos de tener pesar alguno, ¡se enorgullece de su acto ante sus esposas, y hasta compone un pequeño poema para burlarse en su canto la longanimidad manifestada por Dios para con su antepasado Caín (vv. 2324)! También es él de quien primero se dice que fue bígamo o polígamo (v. 23). Aquí vemos la tendencia de violar no solo la voluntad de Dios con respecto al amor hacia los demás, sino también el propósito divino por el que fue establecida la familla: un hombre y una mujer unidos en la carne como una sola persona. El resto del capítulo cuarto, una vez trazada la descendencia de Caín, nos enseña que el plan divino no será frustrado por las argucias del diablo. Dios levanta otra simiente para que tome el lugar de Abel, que ha sido asesinado (v. 25). De nuevo vemos a Eva en una expresión de esperanza y confianza en que Dios satisfará sus necesidades. En esta línea de descendientes, encontramos hombres de fe. La expresión «comenzaron a invocar el nombre de Jehová» es una expresión que denota fe. La vemos también en el Génesis haciendo referencia a la fe de Abraham (12.8) y a la de Isaac (26.25). Y el profeta Joel declara que «todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo» (Jl 2.32). Así tenemos en el capítulo siguiente la línea de descendencia de los que son fieles, en contraste con el capítulo 4. En la séptima generación a partir de Adán, a través de Set, tenemos a Enoc, quien hace un vivo contraste con el Lamec del capítulo 4. Enoc anduvo con
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Dios, y por su gracia fue tomado directamente para permanecer con él. En Hebreos 11.4 se nos dice que anduvo ante Dios en fe y por ello fue hallado agradable a Dios. Si Lamec, el séptimo desde Adán a través de Caín, nos muestra las profundidades a las que caen los hijos de Satanás, Enoc, el séptimo desde Adán a través de Set, señala hacia las alturas que alcanzan sus hijos en el propósito final de Dios. Por la gracia de Dios, alcanzan la plena santificación y el privilegio de vivir en la presencia divina para siempre. Aunque las secciones genealógicas de las Escrituras son generalmente pasadas por alto, muestran mucho de la gracia de Dios en su manera de tratar a los que son suyos. La línea de Set llega en el capítulo quinto hasta Noé y sus hijos. El enfoque principal se hace, por supuesto, en Noé, a causa de su importancia en los capítulos siguientes. Él es el eslabón que une a Set y Abraham. Los cálculos bíblicos indican aquí que Set vivió hasta los días de Noé. El nombre de este, como los de muchos personajes bíblicos, es significativo al presentar el carácter y la vida del personaje. Su nombre significa «alivio» (v. 29), y en tiempo de angustia sería para el ser humano el alivio y la seguridad de que la vida continuaría. Finalmente, con respecto al capítulo quinto, hemos de señalar que todos los descendientes de Adán, aun los de la línea de Set, eran pecadores lo mismo que Adán. Así como Dios había hecho a Adán originalmente a su propia imagen, ahora también los hijos de Adán eran semejanza de él (la semejanza del Adán caído). Esta doctrina del pecado original significa simplemente que todos los hombres que nacen en el mundo son, por razón natural, sin la intervención de la gracia de Dios, pecadores y muertos en el pecado, como lo diría Pablo mucho después (Ef 2.1-3). Donde aparece realmente la fe, esto es señal de la gracia especial de Dios obrando en el corazón. Porque, como sigue diciendo Pablo, por gracia somos salvos por medio de la fe y esta salvación no es de nosotros, pues es don de Dios (Ef 2.8,9).
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En el capítulo 6 se nos presentan los hijos de Dios y las hijas de los hombres. A continuación se habla del matrimonio entre ellos. La pregunta sobre quiénes eran estos dos grupos ha sido motivo de discusión durante siglos. Algunos han llegado a la conclusión de que los hijos de Dios son alguna clase de seres angélicos y las hijas de los hombres son humanas terrestres, pero la Escritura usa en casi todas partes el término «hijos de Dios» para describir a los que son hijos suyos por la fe, en medio de la humanidad (Gá 3.26; Jn 1.12,13). Además, en el juicio que sigue se hace evidente que los pecados cometidos son cometidos por hombres, y no por seres angélicos. Por tanto, es mucho más razonable suponer que el término «hijos de Dios» identifica a la línea de hombres fieles trazada en el capítulo 5, y equivale a la simiente de la mujer. Por tanto, «hijas de los hombres», sería el término que identificaría a las hijas de Satanás del capítulo 4. El pecado consiste, por tanto, en el casamiento de los hijos de Dios con las hijas de Satanás, el intento de borrar la enemistad que ha sido establecida por Dios. Cuando los hijos de Dios hacen las paces con el mundo y con los pecadores que hay en él, la verdad de Dios se ve comprometida y la iglesia se debilita sobre la faz de la tierra. Posteriormente Pablo advertirá sobriamente sobre dicho matrimonio de creyentes y no creyentes como algo que perjudica a la iglesia toda (2 Co 6.14-18), puesto que amenaza el hogar, que es el baluarte, humano y social de la iglesia. De nuevo notamos que, aunque esto era desagradable a los ojos de Dios, las generaciones resultantes fueron, sin embargo, nobles y poderosas a los ojos de los hombres (6.4). Por tanto, se nos está advirtiendo que no juzguemos como lo hacen los hombres sino más bien a través de los ojos de la Palabra de Dios. Lo que complace a los hombres no tiene que ser necesariamente agradable a Dios. Comenzando en Génesis 6.5, y a través de los siguientes capítulos, hasta el 8, encontramos registrado el juicio hecho por Dios

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sobre el mundo de entonces, del cual también hace mención, como hemos señalado, la Segunda Epístola de Pedro . Primero se presenta el estado del hombre. Es malvado e incapaz de tener un pensamiento que agrade a Dios. Solo puede hacer el mal continuamente. La trayectoria del pecado es siempre la misma. Pablo lo demuestra muy bien en Romanos 1.18-32. La expresión «se arrepintió Jehová» que aparece en el versículo 6, como otras expresiones similares que aparecen en las Escrituras, no significa que Dios cambie de forma de pensar o tenga que admitir su error, en el sentido en que los hombres se arrepienten (1 S 15.29). Es más bien una expresión fuerte usada frecuentemente para comunicar el gran desagrado que le producen los hombres a Dios. Enfatiza cuán totalmente han fallado los hombres respecto a lo que Dios se proponía que fueran. Tampoco significa que Dios estaba admitiendo su derrota. En lugar de ello, Dios intervendría ahora en el curso natural de los acontecimientos, una vez que el hombre había demostrado que por sí mismo no podía mejorar su suerte. En primer lugar tenemos el juicio de Dios: «Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado» (6.7). No hay excepciones a este solemne pronunciamiento, pero sí podemos ver aquí la gracia de Dios interviniendo. En 6.8 se nos dice que Noé halló gracia a los ojos del Señor. Debemos suponer que Noé, en forma natural, no era una excepción con respecto a los demás hombres, pero la gracia de Dios tomó posesión de su vida y lo hizo diferente. La gracia se manifiesta siempre en las Escrituras como un acto de Dios para con el pecador, que nada merece. La gracia que se agrega aquí nos enseña llanamente que la salvación de Noé no se debió a que él fuera bueno sino más bien a que Dios lo había cambiado, separándolo para que hiciera obras buenas. La justicia de Noé mencionada en el versículo 9, como la de Abraham, y la de todos los hijos que Dios tiene entre los hombres, les es imputada a través

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de la fe por gracia. Las obras buenas vienen después. Así establece Pablo esta relación entre gracia, fe, y buenas obras en Efesios 2.8-10. Hebreos 11.7 afirma también que las acciones de Noé se basaban en su fe. Por tanto, su obediencia a Dios demostraba bien a las claras su fe en el Dios por el cual vivía (6.22) . En la primera parte del capítulo 7 encontramos la lista detallada de los que entraron en el arca antes de que llegara el diluvio. Fijémonos de que Dios invita a Noé a entrar, porque le ha imputado justicia (v. 1). Por virtud de la invitación hecha por Dios a Noé, entran no solo él sino también toda su casa, y ciertos animales específicos. La explicación lógica para la mención hecha aquí sobre los animales limpios está en que después del diluvio, Dios les permitiría a los hombres comer de ellos. Por tanto, son salvados en cantidades mayores, para que proporcionen la comida necesaria después del diluvio. Muy particularmente en el capítulo 7, y también en el 8, se nos dice que la naturaleza del diluvio, es decir, sus fuentes, no fueron solamente lluvias venidas del cielo. A decir verdad, este es el elemento tercero y menos importante del diluvio. Las dos fuentes principales son las aguas almacenadas por encima y por debajo de la región donde viven los hombres, tal como vimos en la creación (7.11,12; 8.2; ver atrás 1.7). Recordemos cómo Pedro lo llama «el mundo que existía entonces y que fue destruido». La naturaleza catastrófica de una liberación así de poder hidráulico almacenado, queda fuera de los alcances de nuestra imaginación. Fue la causa de los grandes cataclismos terrestres que todavía intrigan a los geólogos de hoy. Aquí vemos también que el diluvio fue total y que cubrió toda la tierra. Los arqueólogos sugieren que se halla cierta evidencia de una gran inundación en Mesopotamia. Sin embargo, según dicen, dicha inundación fue un fenómeno local, aunque considerable en tamaño. Por tanto, no puede ser identificada con el diluvio bíblico.
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Este cubrió toda la tierra (7.19). En este juicio murieron todos los que se hallaban fuera del arca (7.22,23). El capítulo 8 nos presenta la compasión de Dios por Noé cuando seca la tierra que había inundado. La narración del diluvio y de cómo la tierra se secó se parece mucho a otras narraciones del Medio Oriente sobre una gran inundación. Esto ha hecho surgir la teoría de que el relato bíblico no es más que una de esas muchas historias. Sería mucho mejor pensar que en la Biblia tenemos el relato verdadero, tal como Dios lo conservó para su pueblo, mientras que en otros lugares del Oriente se conservó el recuerdo de esta gran desgracia, aunque de manera imperfecta, llena de mitología y politeísmo.

IV. El nuevo comienzo y el viejo problema del hombre (caps. 9—11)
Cuando empezamos a leer el capítulo 9 nos parece estar presenciando un nuevo comienzo. El versículo primero nos suena muy parecido a Génesis 1.28, como si Dios estuviera comenzando de nuevo con el hombre. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. El final del capítulo 8 nos muestra que el hombre sigue siendo malo. Ya no tiene la inocencia del Edén. No obstante, ha de continuar teniendo responsabilidades y llenando la tierra. Es un nuevo comienzo, pero la vieja naturaleza pecadora está muy en evidencia. También está muy presente la maldición. El hombre no dominará ni someterá la tierra tan perfectamente como Dios se proponía que lo hiciera. Las demás criaturas le temerán pero no se le someterán (9.2). Ahora los animales le servirán de alimento al hombre, mostrando de nuevo cómo cargan ellos también con la maldición que cayó sobre todas las criaturas al caer Adán (Ro 8.20,21). Cuando pronunciaba la pena de muerte sobre todos los animales que deberían alimentar al hombre pecador, Dios estaba también recordándole al hombre, al santificar la sangre de esos animales, la condi47

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ción sagrada de la vida, incluso esa vida que le importaba tan poco a la humanidad (Gn 4.8,23). En este punto Dios establece la pena de muerte para el asesino. Dicha pena no fue dada en un contexto de falta de respeto por la vida humana, sino al contrario, en un contexto de grandísimo respeto por parte de Dios, hasta por las vidas de los pecadores (9.5,6). La Ley fue dada en el contexto de la misión humana de multiplicarse y llenar la tierra (9.7), es decir, en un contexto de vida. Por consiguiente, el Dador de la ley tenía las mejores intenciones para la humanidad con su pensamiento. Los argumentos de hoy en día que se oponen a esta ley, por tanto, y que exigen que no se siga aplicando la pena capital, no pueden estar dirigidos a beneficiar al hombre. El pacto mencionado primeramente en 6.18 y ahora en 9.9 es un pacto con toda la humanidad en general (9.17). Noé y su descendencia incluyen en sí obviamente a todos los hombres nacidos después de él. El pacto incluye también a los animales de la creación que fueron rescatados por Noé. Como la mayoría de los pactos bíblicos, es hecho para bien de los incluidos en él. Es establecido por Dios, es incondicional, y tiene un sello o señal. Dios es quien establece este pacto para conservar la vida sobre la tierra. Su objetivo es evitar que los hombres vuelvan a caer en el estado de perversión en el que habían caído previamente, con anterioridad al diluvio. No le pone condiciones al hombre, pero se compromete a no destruir nuevamente a la raza humana con el diluvio (9.15). Hasta el día del juicio final, Dios nunca borrará de nuevo a los hombres de la faz de la tierra, como lo hizo en el diluvio. Esto no impide que juzgue de manera local a través de inundaciones o por otros medios, claro está. Ni tampoco quiere decir que Dios no juzgará al mundo en el último día. Pedro aclara bien que Él juzgará una vez más al mundo entero, en 2 Pedro 3.7. La señal de este pacto es el arco iris en el cielo, que es visible tanto para el
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hombre como para Dios. Esto les recuerda a los hombres que Dios se acuerda de su promesa cada vez que se reúnen las nubes, reminiscencia del diluvio. En esencia, el pacto declara que una destrucción total como la que ya cayó en una ocasión sobre la humanidad no volverá a suceder hasta el final de la historia humana; no porque los hombres sean mejores, sino porque Dios en su bondad se ha propuesto conservarlos hasta el final de los tiempos. El viejo problema de la naturaleza pecadora del hombre resalta en forma gráfica nuevamente en los versículos finales del capítulo 9. No hay un cambio verdadero en las inclinaciones naturales del hombre hacia el pecado. Hasta Noé, considerado justo en su generación, está todavía lleno de una naturaleza pecadora que no ha sido totalmente sometida. Después del diluvio, Noé se emborracha, usando mal las bendiciones que Dios le había dado, y como consecuencia, yace por el suelo en vergonzosa desnudez ante sus hijos, en lastimoso y chocante aspecto (9.20,21). Cam, uno de sus hijos, hace también despliegue de su tendencia natural al pecado. Cuando ve la desnudez de su padre, su reacción es ridiculizarlo, en lugar de ayudarlo y compadecerse de él tal como debería ser entre padre e hijo. No sabemos qué les dijo a sus hermanos, como tampoco sabemos lo que Caín le dijo a Abel, pero en ambos casos, las Escrituras los reprueban, y sobreviene un juicio. El delicado amor y respeto de Sem y Jafet presenta un agudo contraste con la acción de Cam (9.23). La profecía que sigue a este incidente no es de contenido racial histórico sino espiritual. Básicamente plantea dos categorías de hombre. Los primeros son los descendientes de Cam (Canaán y los suyos), y representan la continuidad de los descendientes de Caín antes del diluvio. Son los injustos, cuya injusticia está ejemplificada en las acciones de su padre Cam. La mención específica de Canaán en este lugar señala simplemente que la profecía se refiere también a su descendencia.
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La otra categoría de hombres son los descendientes de Sem, comparables a los de Set antes del diluvio. Son los justos, y su justicia está ejemplificada en la conducta de Sem. Canaán, simiente de Cam, recibe la maldición. Al final, será siervo de Sem y de sus descendientes. Sem en cambio es bendecido. El Señor es su Dios. Toda la profecía es espiritual y tiene que ver con las dos famillas de seres humanos, tal como vimos en los capítulos anteriores al diluvio. Pero al igual que antes del diluvio, la simiente de Satanás parece prosperar y destacarse a los ojos de los hombres. Los descendientes de Cam, según el capítulo 10, parecen serlo todo menos siervos. Entre ellos encontramos los más grandes imperios del mundo antiguo: Acad, Asiria, Fenicia, Babilonia, Egipto, los hititas. Como a través de toda la historia humana, la simiente de Satanás se considera a sí misma dueña del mundo, pero en realidad es sirviente de los hijos de Dios. Esta realidad está gráficamente ilustrada en la forma en que los egipcios fueron usados para proteger al pueblo de Dios en tiempos de hambre y para educar a un siervo de Dios, Moisés, para que fuera el caudillo de Israel. Posteriormente los egipcios les entregan sus pertenencias a los israelitas cuando estos salen de Egipto, y después Dios destruye sus ejércitos cuando ya habían prestado su ayuda a Israel. Canaán sirvió al pueblo de Dios desarrollando el alfabeto usado posteriormente por Moisés y sus sucesores para escribir la Palabra de Dios para su pueblo. También sirvió para cultivar la tierra que los israelitas habrían de tomar totalmente preparada, con viñedos, tierras y ciudades construidas. Años más tarde, Asiria, Babilonia y Persia surgirían y caerían según la voluntad divina para que se llevara a término el propósito de Dios para su pueblo: conservar un remanente de creyentes. Vemos por último cómo el imperio de Alejandro Magno esparce la cultura y el idioma griegos por todo el mundo y Roma establece el

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gobierno mundial, todo como preparación para la llegada del Cristo y la proclamación del evangelio hasta los confines de la tierra. Ninguno de estos pueblos y sus dirigentes tenía en mente hacer servicio alguno a Dios o a su pueblo, pero en realidad, todos los imperios y todas las naciones de los hombres, y todos sus esfuerzos en los inventos y en el arte, son utilizados por el pueblo de Dios para su gloria y para bien del pueblo. Así es como Cam y su simiente son en verdad siervos de los hijos de Dios. Por tanto, vemos que la profecía de Noé no tiene que ver con las razas de los hombres tal como las conocemos hoy, ni es una justificación para que los blancos sometan así a las demás razas humanas. ¡Todo lo contrario! Jafet representa aquí no una categoría separada de hombres, sino aquellos de todas las naciones que serían llamados a formar parte de la familla divina. Aquí hay por lo tanto una promesa misionera que nos dice que de toda la humanidad, de todos los pueblos establecidos sobre la tierra, Dios estará llamando continuamente un pueblo para que sea suyo. En los tiempos del Antiguo Testamento eran pocos los de otros pueblos que se unían a Israel pero la venida de Cristo cambió esta situación, y el evangelio se difundió rápidamente, incluyendo así gente de todos los rincones de la tierra. Estos son, pues, los que han recibido la bendición de que morarán en las tiendas de Sem, es decir, serán parte de la Iglesia de Cristo, la que recibirá todas las bendiciones del pueblo de Dios para siempre. El capítulo 10 detalla sucintamente las descendencias de los tres hijos de Noé. En primer lugar Jafet, al que se le presta menos atención, ya que su papel en la historia de la salvación comienza mucho más tarde; en segundo lugar, Cam, del que ya hemos hablado; y finalmente Sem, en el que se enfocará ahora toda la atención. Dios escogió a Sem para establecer en él las promesas y las bendiciones que finalmente incluirán gentes de toda la tierra.

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El comienzo de las bendiciones de Dios sobre Sem ocurre en un acto divino realizado con el propósito de dispersar a los hombres por toda la faz de la tierra. Utilizando este medio, Dios separó a un pueblo, el de los descendientes de Sem por la línea de Arfaxad, uno de sus hijos (10.22). El motivo del acto divino en el capítulo 11 es de nuevo el pecado del hombre. Los seres humanos quisieron unirse contra la voluntad divina y borrar las distinciones que Dios había establecido entre los justos y los malvados, como ya se había hecho antes del diluvio. De nuevo se ve con claridad que los intentos de unión fueron motivados por gente sin Dios y por fines contrarios a él. En sus aspiraciones de construir una gran torre y una ciudad, y hacerse un nombre, no hay lugar en sus planes para Dios. Su lema es «Hagamos» (11.3,4). La respuesta de Dios a su «Edifiquemos una ciudad» (v. 4) fue: «Descendamos y confundamos allí su lengua» (11.7). Este acto de Dios era en realidad una bendición general sobre los hombres. Era un acto de la gracia común de Dios, ya que la maldad concentrada corrompe rápidamente hasta el punto de destrucción, como hizo con anterioridad al diluvio entre todos los hombres, y como podemos ver después en los sucesos de Sodoma y Gomorra. Tenemos la contrapartida de esta difusión de los hombres a través de la confusión de lenguas en el Nuevo Testamento, cuando Dios, a través del don de lenguas del Espíritu Santo en Pentecostés, unió a los hombres de las diferentes culturas e idiomas en una Iglesia de la cual Cristo es la cabeza (Hch cap. 2). De entre todos los pueblos dispersos sobre la faz de la tierra, Dios escogió un pueblo, una familla, la de Arfaxad, hijo de Sem, por una gracia y atención especiales. Protegió a sus descendientes hasta que fuera tiempo de comenzar a establecer un pueblo en la tierra para que fuera su pueblo particular de entre todas las famillas de los hombres (11.10-32).

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El foco de la atención se pone ahora en sus descendientes, cuya línea se sigue hasta Taré, quien vivía en Mesopotamia, en la antigua ciudad de Ur (11.24-28). Entre los hijos de Taré había uno llamado Abram. Y finalmente, el Señor llama a Abram para que deje su cultura y su pueblo y se convierta en el hijo de Dios en medio de un mundo descreído.

V. El desarrollo de la fe en Abraham (caps. 12—22)
Es importante recordar el fondo cultural del que provenía Abram, o Abraham, como fue llamado posteriormente. Cuando aún se llamaba Abram y vivía en Ur, su padre se mudó a Harán, que se encontraba al noroeste de Ur, y caminó hacia Canaán por el mejor camino disponible en aquel entonces. Sin embargo, Taré nunca fue más allá de Harán; sería Abraham quien Dios quería que lo hiciera. Para ello debería separarse de su familla. Este acto de Abraham de separarse de su familia e irse a Canaán era en sí mismo un acto de fe, como nos dice el autor de Hebreos (Heb 11.8). Debemos tener siempre presente que los antepasados de Abraham no eran adoradores del Señor sino de dioses paganos y formaban parte del paganismo de Ur. Josué nos lo recuerda (Jos 24.2). Esto quiere decir que el paso de fe que dio Abraham estaba en contra de las tradiciones de sus padres. Tuvo también que dejar a su padre, lo cual es algo muy difícil de hacer. El tiempo de vida de Taré indica que probablemente siguió viviendo en Harán unos sesenta años después de la partida de Abraham. Todo esto nos pone de manifiesto la gran fe de Abraham al dejar tras sí su cultura y su familla para seguir a Dios rumbo a un mundo desconocido. Es Dios quien toma la iniciativa con Abraham, como lo había hecho con Noé, al llamarlo y prometerle que lo bendeciría. Primeramente, promete hacer de Abraham una nación grande, pero más que esto, promete bendecirlo. La palabra «bendición» trae consigo un significado especial de gracia divina. Es usada con Adán antes
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de la caída, con Noé después del diluvio, y con Abraham y su simiente en la fe. El salmista declara su significado especial para el justo (Sal 5.12). Se destaca de manera especial el nombre de Abraham con un honor especial, porque Dios lo hará grande (Abraham debería ser el padre de los creyentes: Romanos 4.11,12). Más aun, a través de las bendiciones dadas a Abraham, serían benditas todas las famillas de la tierra (12.3).Tenemos aquí una promesa de proporciones misioneras, al mismo tiempo que Dios muestra que su propósito desde el principio ha sido llamar y formarse un pueblo de todas las partes de la tierra para que reciba su bendición especial. Hacemos una pausa aquí para tener en cuenta que todas las grandes promesas de Dios dadas hasta ahora con implicaciones en el evangelio contienen la esperanza de la salvación de los hombres. En Génesis 3.15 se da por primera vez el concepto de una simiente, llamada la simiente de la mujer. Esta simiente triunfará sobre la de la serpiente (Satanás). En La profecía de Noé (Gn 9.25-27), Dios se identifica con un pueblo compuesto por los descendientes de Sem, pero se deja lugar en la bendición para Jafet y juntamente con su familla. Y aquí en Génesis 12.3, una vez más, no solo se escoge a una familia en particular de entre la descendencia de Sem sino que también, a través de dicha familia la bendición alcanzará a una vasta multitud de pueblos de toda la tierra. El propósito de la elección de Dios se estrecha de toda la humanidad a una sola raza (Sem), y de esta a una familia (la de Abraham), pero el impacto de la bendición continúa alcanzando hasta los confines de la tierra. Hebreos 11.8 nos dice que Abraham salió por fe, y este primer acto de fe se registra en Génesis 12.4. Si Abraham actuó en fe, ¿de dónde había venido esta fe? Efesios 2.8,9 nos da la única respuesta posible a esta pregunta. Nuestra fe es un don de Dios; puede llegar solamente a alguien que ha vuelto a nacer en él. Se da nueva evidencia de la fe de Abraham en el versículo 8: «Invocó el nombre de
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Jehová». Como ya hicimos notar en Génesis 4.26, en las Escrituras esta expresión significa que estaba ejercitando su fe para con Dios. En Romanos 10.12-15 Pablo cita a Joel y declara que los hombres invocan al Señor solo si son creyentes. Este es el sentido bíblico, aunque no sea el ordinario, de la frase «invocar el nombre del Señor». Aquí está representado para nosotros, por tanto, el inicio de la fe de Abraham. De ahora en adelante, la veremos crecer. Sacado del paganismo, su fe, como una semilla de mostaza, crece ante nuestros ojos. Génesis 12.10-20 nos muestra la fragilidad de su fe cuando fue probada en sus primeros tiempos. Al verse forzado a entrar en Egipto, parece haber dudado de la capacidad o del deseo de Dios de protegerlo en ese lugar. Quizá la reputación de aquel imperio que ya era antiguo le producía verdadero temor. Su gesto de hacer pasar a su esposa Sara por hermana suya es inexcusable. Tratar de excusarlo es no darse cuenta de qué es lo que sucedió realmente. Su fe fue débil, y en su debilidad mintió y actuó como un cobarde. Sin embargo, a pesar de ello, Dios lo protegió y continuó bendiciéndolo. En el capítulo 13 vemos aumentar considerablemente la fuerza de su fe. Regresa a Canaán y prospera tanto que llega el momento en que no puede seguir viviendo junto con su sobrino Lot. Aunque Abraham era sin duda el más fuerte, le ofrece con generosidad a Lot que sea él quien escoja en qué tierra quiere habitar. Con esto demuestra que no se estaba buscando a sí mismo. El amor por los demás era ya uno de los frutos de la madurez espiritual que se estaba manifestando en la vida de Abraham. Por contraste, Lot aparece como acaparador, buscándose a sí mismo y espiritualmente torpe. Por consiguiente, escoge mal, prefiriendo la prosperidad mundana aparente de Sodoma. Escogió mal porque Sodoma era un pueblo de pecadores (13.13). Dios estaba complacido con la manifestación de fe hecha por Abraham aquí al confiarle su futuro a Él y no a los hombres. Dios le
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promete a Abraham toda la tierra, incluso, irónicamente, la que Lot había escogido. Aquí es donde se menciona por primera vez la descendencia de Abraham. Las promesas hechas a Abraham eran para él y su descendencia para siempre (13.15). Es Pablo quien señala posteriormente que la promesa de una descendencia dada a Abraham culminaría finalmente en un descendiente, el Cristo, a través del cual todas las bendiciones llegarían a su cabal cumplimiento (Gá 3.16). De manera que a través del Nuevo Testamento vemos que la simiente de la mujer en 3.15 y la descendencia de Abraham en 13.15 culminan en Cristo y en los que creen en él. Dios sugiere a Abraham que recorra toda la tierra que será dada a su descendencia. Posteriormente Josué recibe una promesa similar (Jos 1.2-4) que se convirtió en realidad en sus días. Con respecto a Abraham, el escritor del Nuevo Testamento en la Epístola a los Hebreos nos dice que comprendió las promesas como pertenecientes a algo más que una tierra de aquellos días en sentido literal. Las Escrituras dicen: «Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Heb 11.10). Y también: «Anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad» (Heb 11.16). En otras palabras, Abraham vio por fe que la promesa de una tierra tenía su realización no en un país terrenal sino en la ciudad eterna de Dios y su pueblo en los cielos. Más tarde sería simbolizada por Jerusalén, pero la Nueva Jerusalén procedente de lo alto es la que era en realidad la ciudad del pueblo de Dios, y no la Jerusalén terrena. Debemos siempre tener esto en cuenta hoy en día que muchos intentan ver en el retorno del pueblo judío a Jerusalén algún cumplimiento de las Escrituras. El pueblo de Dios debe mirar siempre a la ciudad que viene de lo alto, y no a la ciudad terrena (Cf. 4.25,26; Heb 12,22; Ap 3.12; 21.2,10) .

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El capítulo 14 nos narra una lección sumamente importante aprendida por Abraham durante el crecimiento de su fe. La ocasión fue el ataque hecho por algunos ejércitos de la región de Mesopotamia contra ciudades cananeas, y entre ellas, Sodoma y Gomorra, donde vivía Lot. La mayoría de los ciudadanos de Sodoma, entre ellos Lot, habían sido tomados prisioneros (14.12). Cuando Abraham regresó, todos los que habían quedado en el pueblo salieron a recibirle. Abraham se estaba enfrentando aquel día a dos reyes, el de Sodoma y el de Salem. El primero representaba el mundo y le ofrecía fama y riquezas, junto con la gloria de los hombres. El segundo le ofrecía en cambio alabanzas a Dios y no a Abraham, y le enseñó a Abraham que era Dios, y no él, quien tenía derecho a ser el héroe del momento. Quién era realmente Melquisedec, aparte de ser el rey de Salem y sacerdote de Dios, no podemos decirlo. Posteriormente será identificado como un tipo de Cristo (Heb 7.1s). En aquel día representaba simplemente las reclamaciones de Dios sobre Abraham. Confrontado de un lado con la gloria y las alabanzas de los hombres y sus recompensas, y del otro con las reclamaciones de Dios sobre su propia vida, Abraham actuó en fe, alabando a Dios como Melquisedec le había enseñado, y dando el diezmo de todo lo que poseía, rehusando tomar cosa alguna procedente del rey de Sodoma. Estaba lleno de entusiasmo por el nombre de Dios (14.2023). Este acto era, sin embargo, un acto de la fe personal de Abraham, y no quiso comprometer en él a los que no tuvieran una fe semejante. Su fe no le costaría a nadie más que a él mismo (14.24). Ya en este momento nos impresiona el rápido crecimiento de la fe de Abraham. El capítulo 15 muestra a Dios complacido también. Después de que Abraham volvió las espaldas a las recompensas de este mundo, el Señor le confirma su apoyo con las palabras «Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande». Porque
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por pequeñas que sean las cosas de este mundo que el siervo del Señor deje tras sí, Dios lo recompensa con riquezas espirituales fuera de toda medida. La única gran preocupación de Abraham en este momento, estaba en que aún no tenía una descendencia a través de la cual todas estas esperanzas pudieran realizarse (15.2). Las tabletas de arcilla que se han descubierto en el área de Mesopotamia y que han sido traducidas contienen un recuento de las costumbres en los tiempos en que Abraham vivió en Mesopotamia. Nos muestran cómo Abraham expresaba aquí la noción común en aquellos tiempos de que cuando un hombre no tenía hijos, su sirviente se convertía en su heredero, es decir, era adoptado como hijo. Este era el problema que preocupaba a Abraham grandemente en ese momento. Para comenzar, se encontraba ante un problema que era incapaz de solucionar. Su esposa no le daba heredero y, sin embargo, Dios le prometía una descendencia y una multitud de herederos (15.5). La respuesta de Abraham a esta promesa sobrenatural fue creer en el Señor. Esa expresión de fe complació a Dios, y le fue tenida en cuenta o imputada por justicia a Abraham. Pablo dirá más tarde que, en realidad, todos los que permanecen justos ante el Señor y son, por tanto, justificados en su presencia, lo son por la fe como lo fue Abraham (Ro 4.3s, Gá 3.6s). Aquí queda establecido, por tanto, el gran principio de justificación por la fe, en contraste con el de justificación por las obras. Nadie es aceptable a Dios por sus obras; solo por la fe puede serlo (Heb 11.6). Aquí es necesario decir una palabra con respecto al significado del término bíblico «fe». La palabra raíz utilizada aquí en la Biblia hebrea es una palabra que tiene el sentido de algo muy fuerte, cierto y seguro, como lo son los brazos de un hombre meciendo a un niño (Nm 11.12), o los pilares de un edificio (2 R 18.16). En la forma pasiva, toma el significado de «ser afirmado, o asegurado, o establecido» (Is 7.9). En la forma causal significa «hacer que algo
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esté seguro, o cierto, o firme». Esta última forma es el término comúnmente usado en la Biblia para «creer», es decir, «hacer estar cierto, seguro». Esa misma raíz es usada frecuentemente por Jesús en el Nuevo Testamento cuando quiere poner énfasis en la certeza de algo. En nuestra Biblia se registran como dichas por él con frecuencia, las palabras «de cierto, de cierto». La palabra que él utilizó era esta misma palabra hebrea. Nosotros también la usamos cada vez que oramos, y con frecuencia, al final de nuestros himnos. Decimos «amén», que es la misma palabra hebrea que significa «certeza», y en determinada forma significa «creer». Todo esto es para decir que el concepto de fe en la Biblia no es el de inseguridad, sino el de seguridad. Alguien podrá decir: «Creo que es verdad, pero no estoy seguro». En términos bíblicos, esto es una imposibilidad. Creer es estar seguro, con una certeza basada no en razonamientos humanos sino en la autoridad de la Palabra de Dios. Cuando se dice que Abraham creyó en el Señor, significa que tenía certeza de que se cumplirían las promesas que Dios le había dado y que se basaba para ello en la autoridad de la Palabra divina. En el contexto de esta gran afirmación de la fe de Abraham, Dios hace un pacto con él (15.8-21). El pacto incluye la revelación del sufrimiento, la redención de la cautividad, y la rica herencia de la tierra prometida (vv. 13,14,18-20). Esas experiencias a través de las cuales pasaría su descendencia, habrían de reflejar el trabajo redentor de Dios en cada uno de los suyos cuando nos trae desde el pecado y la muerte hasta la redención en Cristo, y de ahí a la herencia eterna. Por tanto, el capítulo 15 contiene muchas cosas que señalan hacia la historia toda de la redención del hombre. Después de la gran expresión de la fe de Abraham que vimos en el capítulo 15, leemos con desaliento en el capítulo siguiente acerca de la debilidad de su fe. En el asunto de Agar, la sierva de Sara, Abraham no actuó en fe.
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De nuevo Abraham, todavía muy dependiente de su cultura original, recurre a una práctica comúnmente conocida a través de los escritos antiguos, la de tener un hijo con la sierva de su esposa. Era una solución humana al problema que Abraham había hallado en 15.2. Sin embargo, no era de fe, y lo que no es de fe es pecado (Ro 14.23). En muchos aspectos, el pecado de Abraham en esta circunstancia se parece al de Adán. No hizo caso de la palabra divina, no buscó la voluntad de Dios, y dejó que su esposa lo guiara en esta decisión espiritual. Su propósito era ayudar a Dios, pero al final lo que logró fue traer infelicidad sobre todos los afectados: su esposa, Agar, Ismael, él mismo, e incluso Isaac. Sara misma descubriría pronto el pecado que habían cometido, y reaccionó equivocadamente (16.6). Sin embargo, Dios no sería frustrado por esta manifestación de pecado en la familia de Abraham. No bajó el grado de sus exigencias con respecto a Abraham sino que de nuevo le reiteró el propósito que tenía para con sus hijos: «Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto» (17.1). Dios nunca aminora sus normas éticas cuando trata con los hombres a fin de acomodarse a la fragilidad humana. Lo que siempre hace es impulsar a los hombres adelante, hacia la alta meta que él ha fijado, y por su gracia todos sus hijos la alcanzarán al final. Debemos ser santos y sin mancha ante Él en amor. Cada vez que nosotros, como hijos suyos, le fallamos en esto, Él nos vuelve a llamar a esta alta meta que será Él quien alcance en nosotros. Mucho tiempo después, Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, dirá: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mt 5.48). No hay meta más alta. Pablo expresa esto muy bien en Filipenses 3.12s: «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido

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por Cristo Jesús.... Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús». Abraham falla aquí, pero Dios no se da por vencido con él. Renueva la promesa y le da un nuevo nombre (17.5). Ahora con el pacto, Dios le da un sacramento, la circuncisión de la carne, signo exterior de la obra interior de limpieza realizada por Dios. En este momento es introducido un concepto importante. Puesto que las promesas eran no solo para Abraham sino también para su descendencia, toda esta debería recibir el sello o sacramento de la promesa del pacto. La circuncisión exterior no los salvaba. Lo que era necesario para la salvación era la circuncisión interior del corazón, y que Dios limpiara sus corazones. Este fue siempre el significado de la circuncisión en la carne. Era un signo exterior de una obra interior que solo Dios podía realizar. Hacérsela a un hijo equivalía a confesar que solo Dios podía salvar a ese niño limpiando su corazón. Era hecha a todo hijo de creyentes que, por medio de ella, profesaran su fe en Dios y expresaran la necesidad que tenían sus hijos de ser limpiados. Pero la circuncisión del corazón es siempre lo esencial (Dt 10.16; 30. 6; Jer 4.4; 9.25-26; Ro 2.28-29). En todo sentido, el sacramento de la circuncisión del Antiguo Testamento es comparable al del bautismo en el Nuevo. Ambos sacramentos son signos exteriores del trabajo interior del Espíritu Santo que es necesario para la salvación del hombre. En ambos, la purificación del corazón es lo simbolizado. En ambos, los hijos de los creyentes son incluidos (Cf. 1 P 3.21; Heb 9.14; 10.22; 1 P 1.2 y Hch 2.39; Tit 3.5). La acción de Abraham en este momento nos muestra de nuevo que los hombres de fe pueden vacilar. Ruega que sea Ismael la simiente de la promesa, pero Dios insiste en que ha de ser Sara quien lleve en su seno a esa simiente, y le da al niño que aún no había nacido el nombre de Isaac (17.19). Esto quiere decir que para Dios, la simiente sí importa. No sirve cualquier simiente. To61

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dos los verdaderos hijos de Abraham son escogidos por Dios, y la simiente de la promesa tiene su culminación en Cristo. El plan de Dios para su pueblo solo puede tener éxito por su propósito y voluntad. Los esfuerzos poco sabios y los ruegos de Abraham no pueden alterar los propósitos divinos. Vemos la continua duda de Sara en el capítulo 18, cuando se ríe al oír que ella, que es demasiado anciana desde el punto de vista natural para concebir un hijo, daría a luz sin embargo a Isaac (18.12). Se rió, y por ello su hijo Isaac, con su nombre, le recordaría para siempre su falta de fe de aquel día. El nombre Isaac significa «risa». En esencia, lo que ella y Abraham tenían que aprender en ese momento es que nada es demasiado difícil para el Señor (18.14). El incidente de Mamre presentado en el versículo 1 del capítulo 18 habla sobre uno de los juicios más significativos de Dios en el Antiguo Testamento, superado solamente por el diluvio. Es el juicio contra Sodoma y Gomorra. Los tres hombres que se presentaron a Abraham (18.2) fueron identificados posteriormente como el Señor mismo, en forma humana, y acompañado por dos ángeles (18.33, 19.1) . Estas apariciones antropomórficas de Dios en la historia de los hombres son raras. El motivo de esta es, por una parte, la declaración de Dios acerca de sus intenciones para con Abraham y su familia, y de otra, su propósito de juzgar el mal. Estos asuntos se presentan en Génesis 18.16. El asunto principal de Génesis 18.16 al capítulo 19 es el juicio de Sodoma y Gomorra. Sin embargo, insertada en medio de esta narración, encontramos una importante revelación con respecto a las intenciones y el propósito de Dios sobre el creyente y su familla. Veamos esto primeramente. Se encuentra en el versículo 19. Basado en su pacto con Abraham y su descendencia, Dios expresa su voluntad con respecto a Abraham, como si hablara consigo mismo o con sus dos acompañantes. Declara que ha conocido
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a Abraham con un fin o propósito definido. La palabra «conocer» significa más que «haber sido presentados». Trae consigo todo el impacto de algo que se ha escogido. Es decir, «lo he escogido con el fin de...». Y después señala su propósito: que mande «a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él». Es muy significativa la responsabilidad paternal establecida en el hogar de los creyentes. Los padres deben instruir a sus famillas en la obediencia al Señor, es decir, a su voluntad. Esta se presenta aquí por primera vez expresada en términos de hacer justicia y juicio. Veremos cómo estas dos palabras serán usadas de ahora en adelante continuamente para expresar la voluntad de Dios para con su pueblo. Son un resumen de la voluntad de Dios con respecto a sus hijos. Solo cuando estos sean reflejo de la voluntad divina, recibirán sobre sí la bendición de Dios. En otras palabras, la justicia y el juicio deberán ser la señal que marque la vida de los hijos de Dios. Acabamos de ver que la justicia puede venir a la vida de los hijos de Dios solamente basada en su fe. No hay obras propias de ellos que sean justas, excepto si han confiado primeramente en el Señor. Hacer justicia es por tanto ser un creyente que, por fe, vive ante Dios. Todo lo que hace un creyente en fe le será imputado a justicia en la presencia de Dios, o sea, será aceptable ante él. Sobre el significado de la palabra justicia hablaremos más tarde en el lugar adecuado. Ese día el Señor hizo partícipe a Abraham de su intención de destruir la malvada ciudad de Sodoma. El estado de Sodoma entonces era comparable al del mundo antes del diluvio. Pero Abraham estaba interesado en Sodoma por causa de los justos que vivían allí (18.23). Su ruego de que Sodoma sea salvada debido a la presencia en ella de un cierto número de justos es razonable, pero aquel día iba a aprender una lección importante de evangelismo. En última
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instancia, la tarea del creyente en un mundo que está bajo juicio no es la de tratar de salvarlo sino la de sacar a los hombres de él. El Señor juzgará a los injustos. El mundo está reservado para juicio (2 P 3.7). Como dijo Pedro el día de Pentecostés: «Sed salvos de esta perversa generación» (Hch 2.40). La maldad de Sodoma se pone de manifiesto en el capítulo 19, cuando Lot, por contraste, demuestra que es hijo de Dios al manifestar amor por los extranjeros (los dos ángeles) (19.1-3). No hay evidencias de que en ese momento él supiera que eran ángeles de Dios. Los hombres de Sodoma expusieron sus malos deseos y sus intenciones de conocer carnalmente a los extranjeros (19.5). El término «conocer» significa aquí, como en muchos otros lugares de las Escrituras, conocer sexualmente. El ofrecimiento de sus dos hijas que les hace Lot nos puede parecer drástico a nosotros, pero su intención era proteger a estos huéspedes bajo su techo, y evitar crímenes mayores. Cuando Lot supo quiénes eran y oyó su mensaje de que saliera de Sodoma antes de que fuera destruida, vaciló. Ahora se hace evidente el desatino de Lot al escoger. Era un justo, un hijo de Dios (2 P 2.7,8), pero había escogido contemporizar con la vida mundana. Las palabras que Jesús dijo siglos después tienen aplicación para Lot: «No os hagáis tesoros en la tierra» (Mt 6.19) . Resultaba duro para Lot dejar todas aquellas cosas terrenales (19.16). Lo que es más, no era una atmósfera propicia para educar a su familla. Así vemos que algunas de sus propias hijas aparentemente se habían casado con no creyentes y estaban demasiado envueltas en el mundo, para oír la súplica de su padre (19.14). Solo dos hijas solteras y su esposa accedieron a marcharse con él, e incluso su misma esposa no logró arrancarse a la poderosa atracción de Sodoma. En 19.26 se nos dice que la esposa de Lot miró atrás, desobedeciendo a los ángeles. No deberíamos considerar esto como un
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simple acto de curiosidad por parte suya. La palabra usada aquí para decir «miró atrás» es poco frecuente en la Biblia hebrea. Tiene el sentido especial de «mirar con confianza, expectación, o añoranza». Ella, con esta mirada, estaba revelando que su corazón deseaba quedarse. Amaba demasiado al mundo. Esta misma palabra es usada en el incidente de la serpiente de bronce a la que deberían mirar los israelitas para ser salvados en el desierto (Nm 21.9). También se usa la palabra en conexión con Jonás, cuando se hallaba en peligro en medio del mar y miraba con confianza hacia el santo Templo del Señor, (Jon 2.4). En todos los casos, el sentido de la palabra es «mirar anhelante hacia», y este fue el pecado de la esposa de Lot. Miró anhelante hacia la ciudad pecadora de Sodoma. Lot y sus dos hijas fueron salvados aquel día no por su voluntad sino por la misericordia de Dios (19.16-29). La línea de Lot en la familia de Dios, va rápidamente hacia su ruina. De hecho, sus propios hijos, nacidos en su unión con sus hijas, no representarán a la familia de Abraham sino a los que después serían enemigos de Israel (19.37,38). Los capítulos 20 y 21 describen dos grandes pasos definitivos en el crecimiento de la fe de Abraham. El incidente del capítulo 20 solo puede entenderse como una falla en su fe, evidencia de que la misma era todavía imperfecta. Aparentemente, aún creciendo en fe, Abraham no había sabido darse cuenta de que Dios está presente en todas partes. Donde no se le honraba, parecía pensar Abraham, no estaba presente (20.11). Su pecado, como el descrito en el capítulo 12, no tiene excusa posible. Todo lo que no es de la fe es pecado. En el capítulo 21, sin embargo, Dios le enseña a Abraham a contar en él siempre, dándole a Isaac, el hijo tan esperado. Abraham aprende con esto una gran lección sobre la confianza en Dios (21.1). El nacimiento de Isaac abría viejas heridas, y le hacía recordar a Abraham otros días en que confiaba menos, y en los cuales, fuera
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de la voluntad de Dios, se había apresurado a actuar, teniendo un hijo con Agar. Ahora, este acto anterior de insensatez chocaba con las bendiciones que estaba recibiendo de Dios en el presente, y el resultado, como sucede siempre con el pueblo de Dios cuando se actúa fuera de la fe, era el pesar (21.9-14). En este tiempo de pesar sin duda la fe de Abraham creció. Aprendió a obedecer a través del sufrimiento. Ahora estaba ya listo para que su fe le fuera probada. Y esto nos lleva al capítulo 22. Este capítulo nos habla de la prueba hecha a la fe de Abraham. Fue una prueba sumamente difícil. Ya hemos visto cómo el crecimiento de Abraham en la fe no fue un impulso continuo y suave hacia arriba, sino que estuvo erizado de contrariedades a cada paso. Esto es típico en el crecimiento de la fe de todos los creyentes. Ahora, para la gloria de Dios, esa fe debería ser probada, porque el Señor había escogido a Abraham para que fuera el ejemplo de todos los creyentes. El mandato que Abraham debía obedecer era muy difícil. Debería ofrecer a su hijo como sacrificio a Dios. El libro de los Hebreos nos dice que él obedeció con gran fe (Heb 11.17-19). Había aprendido tan bien la lección sobre la confianza en Dios que ahora creía que Dios, que había prometido bendecir a su simiente, haría incluso levantarse a Isaac de entre los muertos, si es que ahora debía morir (Heb 11.19). Abraham no demuestra tener ninguna duda en lo absoluto con respecto a esto. Cuando Isaac preguntó por el cordero para el holocausto, también en fe, su padre le respondió proféticamente: «Dios se proveerá de cordero para el holocausto» (22.7,8). Era una respuesta profética, porque se apoyaba en la antigua promesa de Dios de que proporcionaría a través de la mujer la simiente que triunfaría sobre Satanás. Y era un anticipo de Isaías 53, donde está la vívida descripción del Cordero de Dios que moriría por su pueblo. Sin duda, Juan el Bautista tenía en su mente esta profecía cuando, en una
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ocasión, dijo a los que le seguían: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1.29). No podemos decir si Abraham lo entendió así, o hasta qué punto lo logró entender, pero de lo que sí estamos seguros es de que su profecía de aquel día señalaba hacia la obra de Cristo en el futuro. La intervención del Señor en el acto de obediencia de Abraham (22.12) indica que nunca fue la intención de Dios que Abraham llevara a cabo el sacrifico, sino solamente que estuviera dispuesto a hacerlo. Aquí también, como en un cumplimiento parcial de la profecía de Abraham, Dios proporciona un sustituto para Isaac, el carnero (22.13). Ese día le fue dado a Abraham por primera vez el principal motivo para los sacrificios de animales, es decir, la expiación vicaria. No importa lo que hayan significado anteriormente los sacrificios de animales para los oferentes; de ahora en adelante, para el pueblo de Dios, querrían decir que Dios proporcionaría un sacrifico como sustituto por el pueblo de Dios, a fin de que este no tuviera que morir por sus pecados. Una vez más, en este lugar tan; apropiado, Dios renueva su alianza con Abraham en términos de su descendencia. Las palabras «tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos» son un claro enlace con Génesis 3.15, el triunfo de la simiente de la mujer sobre la de la serpiente.

VI. El período de transición: la muerte de Abraham y la vida de Isaac (23—28.9)
Estos capítulos pueden ser llamados «período de transición». La vida de Isaac no tiene el colorido ni el interés que tienen las de Abraham y Jacob. Es algo así como un valle entre dos montañas. Estos capítulos representan en cierta forma el anticlímax en la vida de Abraham. El capítulo 23 narra la búsqueda de un lugar para enterrar a Sara, y muestra la fe de Abraham en la promesa de Dios. Escoge ser enterrado en la tierra que Dios le ha prometido,
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aunque hasta el presente no posee nada de ella, sino que todavía es un extranjero. El capítulo 24 nos lo presenta buscando una esposa para Isaac e introduce a la familla de Labán, quien tendría un papel muy significativo en la vida de Jacob. También destaca la comprensión de Abraham con respecto a los deseos de Dios de que tuviera una simiente fiel. Abraham veía que en Canaán no había mujer apta para ser la esposa de este hijo de la promesa que Dios le había dado, pues había mucha maldad entre ellos. Compartiendo la preocupación de Dios con respecto a tener una simiente fiel, mandó a buscar a su tierra natal una esposa adecuada para Isaac. Pero notemos que debería ser una dispuesta a venir, dejando atrás su familia, como lo había hecho Abraham, si quería cualificar para poder ser esposa de Isaac. La primera parte del capítulo 25 hace un balance de la vida de Abraham y narra su muerte. Puesto que Abraham vivió hasta los 175 años de edad (v. 7), y Sara murió a la edad de 127 años, aparentemente, Abraham tuvo una vida más larga con Cetura, su segunda esposa (Abraham era exactamente 10 años mayor que Sara, y tenía por tanto 137 años cuando ella murió; ver Gn 17.17). Sin embargo, toda la última parte de su vida pasa en unas pocas frases. Solo Isaac es la simiente de la promesa, aunque Abraham tuvo muchos otros hijos (v. 2). La vida de Isaac traslapa la de Abraham por un lado y la de Jacob por el otro. Es muy poco lo que se dice de él en forma exclusiva. De hecho solo hay un capítulo, el 26. De este capítulo se puede deducir que Isaac se parecía a su padre en muchos aspectos. Cometió los mismos errores (vv. 1-11), y sobre todo, siguió sus pasos. El versículo 18 hace un buen resumen de su vida. Cavó los mismos pozos que su padre había cavado, y les dio los mismos nombres que su padre les había dado, expresión de una vida poco brillante, cuya única recomendación fue seguir tras las huellas de un gran hombre. Fue la simiente escogida de Dios, y el Señor reno68

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vó con él las promesas que le había hecho a Abraham mucho tiempo antes (vv. 23-24), e Isaac respondió con la misma fe que había sido mostrada por su padre (v. 25; cf. 12.8). El resto de la vida de Isaac está mezclado con las de Jacob y Esaú, sus dos hijos, hacia los cuales dirigiremos ahora nuestra atención.

VII. Jacob, de pecador a santo (25.19—33.20)
Con frecuencia encontramos en las Escrituras que el Señor ha mantenido sin descendencia a algunas mujeres piadosas. Ha sido para probar su fe. Lo vimos en el caso de Sara, y lo volveremos a ver ahora con Rebeca. También lo veremos con Raquel, y después con Ana, la madre de Samuel, y Elizabet, la madre de Juan el Bautista. En cada uno de los casos la descendencia era una bendición, y en cada uno también el Señor probó que era fiel para con todos los que acudieron a él en busca de descendencia. Así lo vemos en los versículos 19ss con respecto al nacimiento de Jacob y Esaú. Cuando Dios le prometió los dos hijos a Rebeca, le habló de dos naciones que surgirían. Dios mismo hizo la elección entre ambos, haciendo a uno mayor que el otro (v. 23). La frase «el mayor servirá al menor» recuerda la profecía de Noé (9.25-27). De manera que nos hallamos de nuevo en presencia de la distinción entre los hijos de Dios y los de Satanás. Esta vez, la distinción se hace entre dos que son hijos de los mismos padres humanos y concebidos al mismo tiempo. Dios es quien hace la distinción, escogiendo a Jacob y no a Esaú. Pablo, en Romanos 9.6ss, trata sobre las importantes lecciones que se desprenden de este incidente con respecto a la elección divina. Pertenecer a la simiente carnal de Abraham (su descendencia) no es motivo para que seamos hijos de Dios (Ro 9.7,8). La salvación se basa en las promesas de Dios, y de acuerdo con su voluntad.

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El «propósito de Dios» (Ro 9.11) de llegar a tener un pueblo está basado en que él mismo elige a algunos del estado de muerte en el pecado, para la vida eterna (Ro 9.11; cf. Ef 2.1-3). Nadie puede ser salvo por sus obras, ya que la naturaleza de todos los hombres está corrompida. La salvación nos viene solamente por la gracia de Dios, quien obra en los corazones de aquellos que elige para traerlos de la muerte espiritual a la vida en Cristo (Ef 2.4-9). Lo diferente de las naturalezas espirituales de ambos niños, Esaú y Jacob, se hace patente en un suceso de su vida temprana registrado aquí (vv. 27-34). La preferencia que Isaac tenía por Esaú no se basaba en la voluntad revelada de Dios (v. 23) sino en el deseo de la carne (v. 28), y al final tendría como resultado gran pena y sufrimiento, para él personalmente y para su familla. El incidente narrado aquí nos habla de un día en que Esaú vio un guisado de lentejas que Jacob había preparado, y lo quiso para sí. Queda manifiesta su orientación carnal cuando se le ve dispuesto a vender su primogenitura por este momento de placer físico. Solo se trataba de una transacción infantil que no podía tener validez real en sí misma, como cuando los niños juegan, pero reveló la naturaleza de Esaú. La Biblia dice que él desdeñó su primogenitura (v. 34). Jacob no sale tampoco demasiado bien del incidente. Parece actuar egoístamente, guardándose algo que su hermano necesitaba. Sin embargo, sí revela un profundo sentido y una gran apreciación por la herencia espiritual de su padre y su abuelo (v. 31). Todo el episodio revela que Esaú era un profano, es decir, un hijo de Satanás en la familia de los hijos de Dios. Evidencias posteriores de su naturaleza nos revelan lo mismo. Cuando escogió sus esposas, estas fueron cananeas (26.34-35; 36.2,3). Cuando Jacob lo disgustó, su corazón se llenó con sentimientos de asesino (27.41), lo que nos recuerda a otro fratricida, Caín. El escritor de la Epístola a los Hebreos resume así la naturaleza de Esaú: profano (Heb 12.16).

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Hemos dejado sentado y reiteramos de nuevo que Dios no llamó ni escogió a Jacob porque fuera naturalmente bueno, sino de acuerdo con sus planes, y lo hizo de nuevo, convirtiendo a Jacob el pecador en Israel el santo. A Jacob el pecador lo vemos en el capítulo 27. La continua testarudez de Isaac fue el motivo de los tristes incidentes allí narrados. Isaac escoge a Esaú para bendecirlo, aunque Dios no lo había escogido (27.1). Este pecado se complica con el pecado de Rebeca y Jacob en su plan para escamotear la bendición de Esaú. Ella sabía cuál era la voluntad de Dios, pero le faltó paciencia y fe para esperar en él. Como ya habían hecho Sara y Abraham, trató de ayudar a Dios por caminos torcidos. Jacob estaba totalmente complicado en su pecado, y en apariencia, su único temor era el de ser atrapado (v. 12). La fácil respuesta de Rebeca al temor de Jacob, atrayendo la maldición sobre sí misma, tuvo mayores repercusiones de las que ella creía. En realidad, nunca volvió a ver a su hijo Jacob después de esto. Lo que parecía que iba a ser una separación de unos pocos días (v. 44) se convirtió en una ausencia de veinte años. Para entonces, es de suponer que ella ya hubiera muerto. Los pecados de Jacob cayeron uno sobre otro. Primero, le miente a su padre (vv. 18,19), después blasfema el nombre de Dios, tratando de complicar a Dios en su propia maldad (v. 20). La farsa tuvo éxito, y Jacob recibe la bendición que Dios había dispuesto para él, pero la recibe por medios pecaminosos. Cuando Isaac supo lo que había pasado, se sometió definitivamente a la voluntad divina (v. 33). Esaú, como ya hemos dicho, no era tan sumiso (v. 41). La sumisión de Isaac aparece en 28.1s. Cuando se despide de Jacob, renueva la bendición que le había dado, y esta vez voluntariamente. Por tanto, parece que Isaac se culpó a sí mismo, más que a Jacob, por lo que se había hecho. El libro de Hebreos nos dice

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que Isaac bendijo a Jacob y a Esaú en fe (Heb 11.20). Mientras tanto, Esaú continuaba en sus caminos carnales (28.9). Cuando Jacob dejó Canaán estaba lejos de ser un gigante espiritual. En Betel se encontró con Dios cara a cara en un sueño, estando totalmente solo (28.12,13). La escala vista por Jacob se menciona posteriormente como un tipo de Cristo (Jn 1:51). Lo importante aquí parece ser que Dios desciende hacia el hombre, donde quiera que este se halle necesitado. Jacob había huido lleno de miedo de Esaú, era un pecador y se hallaba solo. Dios descendió a él, al lugar en el que estaba, y manifestó su amor por él (vv. 13-15). En sus palabras dirigidas a Jacob, le da tanto el consuelo como la promesa, y es esta la bendición realmente importante, la que da Dios y no la que da el hombre. La respuesta de Jacob deja mucho que desear. Busca la manera de regatear con Dios en una manera que parece orgullosa: «Si fuere Dios conmigo ... Jehová será mi Dios ... y de todo ... el diezmo apartaré para ti» (vv. 20-22). Qué gran contraste hace esta reacción de Jacob con la reacción espiritual de Abraham a la bendita misericordia divina (14.20). Jacob el engañador se encuentra con su igual y más que su igual en su tío Labán, con el que vivió en Mesopotamia. Labán lo burló una y otra vez, como revelan los capítulos 29 y 30. Hay algo de justicia poética en la forma en que, vez tras vez, Jacob era engañado hasta verse forzado a permanecer durante veinte años como esclavo de su tío. Sin embargo, en el tiempo de prueba, Jacob aprendió a confiar en Dios y no en sí mismo. Así fue como vio que, a pesar de los engaños de Labán, y sin sus trucos, Dios lo prosperaba (31.7-13). Cuando Jacob huyó con sus dos esposas (31.17s), Labán lo persiguió y lo capturó. De nuevo interviene Dios para evitar un choque entre ambos hombres. La arqueología nos ayuda a comprender el gesto de Raquel cuando se roba los dioses de su padre.
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De acuerdo con las costumbres que prevalecían en aquel momento en Mesopotamia, el hijo que tuviera dichos dioses familiares, tenía derecho a la herencia. Esta vez, Jacob era inocente. De nuevo, en su encuentro con Labán, Jacob expresa su completa fe en Dios (31.38-42). Cuando los dos hombres por fin se separaron, erigieron una marca fronteriza entre sus dos pueblos, para que le recordara a cada uno que no debía traspasar esa frontera para hacerle daño al otro. Jacob la llamó Mizpa, o «Torre del vigía». El versículo 49 no es una bendición, aunque se use tan frecuentemente para concluir encuentros de jóvenes. El contexto indica que estos dos hombres no se están expresando mutuamente buenos sentimientos, sino que en esencia, lo que dicen es: «Que Dios te mantenga vigilado cuando yo no pueda hacerlo, para que no me hagas daño». Tan pronto como Jacob quedó libre de la persecución de Labán, recibió noticias de que Esaú se acercaba para aniquilarlos (32.1s). En este momento, con la retirada hacia Mesopotamia bloqueada por su tío Labán y enfrentado a un hermano hostil que lo busca, Jacob alcanza las alturas de su estatura espiritual. Su oración, en 32.9-12, expresa un espíritu de gran humildad y confianza. Su fe se parece ahora a la de Abraham. Ya no confía en su propia habilidad, ni espera en ella, sino solo en la misericordia de Dios. Basa su oración en las promesas de Dios, de las que hace un recuento (32.12). Estando solo aquella noche tuvo una extraña experiencia con un hombre que luchó con él durante toda la noche (vv. 22ss). Aquella noche recibió un nuevo nombre: Israel, que significa «el que se esfuerza [lucha] con Dios». La razón de este nuevo nombre está en que Jacob ha luchado con hombres y con Dios y ha prevalecido. Ha triunfado sobre los hombres que eran sus enemigos, no por su propia agudeza, sino por su fe en Dios. Le ha ganado a Dios, no por sus regateos, sino por medio de su humildad y sumisión, la única manera en que podremos jamás «ganarle» a Dios.
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En resumen, podemos decir que Dios escogió a Jacob, como lo hace con todos sus hijos, no porque sean naturalmente buenos sino por razón de sus propósitos y su voluntad para con ellos. Después, rehace a esos pecadores que ha llamado, para que sean lo que Él desea que sean. Según vemos en la vida de Jacob, notamos cómo el Señor va quemando, a través de todas las pruebas y dificultades, todo su sentido de orgullo. En el capítulo 33 el encuentro entre Esaú y Jacob revela que Dios se encargó de verdad, de librar a Jacob de sus enemigos, incluso de Esaú. También revela una vez más la orientación materialista de Esaú. Este expresa en el versículo 9 que tenía suficiente, y por lo tanto estaba satisfecho (con las posesiones que tenía). Aparentemente, todo el tiempo, su gran preocupación había sido que Jacob lo había engañado llevándose sus bendiciones materiales. Sin embargo, cuando vio que no había sido así, y que tenía muchas cosas materiales, ya no tuvo más intención de matarlo. Podría haber sentido la pérdida de las bendiciones espirituales que Jacob había recibido, pero no lo hizo. Era en verdad un profano.

VIII. Los hijos de Jacob, la familla de Dios (34—50)
La última sección del Génesis nos relata diversos episodios de la vida de los hijos de Jacob. Este aún vive, pero ya no ocupa el centro de la escena. El tema de esta sección, podría ser la pregunta: ¿Quién tendrá la preeminencia entre los hijos de Jacob ? Cada vez que es probado uno de ellos, esta pregunta sale a la luz. La primera prueba para los hijos de Dios aparece para los hijos de Jacob en la aventura de Dina que se recoge en el capítulo 34. En su evidente curiosidad esta se hace demasiado amistosa con las hijas cananeas de la ciudad de Siquem. Uno de los jóvenes del lugar, también llamado Siquem, se acostó con ella y se enamoró de ella. Sus hermanos se indignaron con razón cuando supieron lo que había pasado (34.7).
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Los orígenes del pueblo de Dios

Por supuesto que la proposición que le hace el padre de Siquem a la familia de Israel de que se casaran con cananeos era contraria a la voluntad de Dios (v. 9s). Recordamos el pecado de los hijos de Dios antes del diluvio, y también el de Esaú al casarse con cananeas. Abraham había sido muy cuidadoso, y había evitado que pasara esto con su propio hijo Isaac. Sin embargo, los hermanos estaban igualmente equivocados en sus mentiras y en el engaño hecho a los hombres de Siquem (v. 13). Estaban particularmente implicados Simeón y Leví, el segundo y tercer hijo de Jacob (vv. 25-26). En breve tiempo, los hijos de Jacob cometieron engaño, asesinato, y robo (34.27-29), y todo sin el consentimiento paterno (v. 30). A pesar de esto, Dios siguió protegiendo a la familia de Jacob durante el tiempo en que tuvieron que seguir habitando en la tierra de Canaán (35.5). El capítulo 35 contiene varias otras cosas notables: la muerte de Débora, ama de Rebeca (v. 8); el nacimiento de Benjamín, el último hijo de Jacob (v. 18); y la muerte de Raquel, la esposa amada de Jacob (v. 19). Quizá en esos tiempos de ansiedad, Rubén, el primogénito de Jacob, se sintiera inseguro y cargado de responsabilidades. Por lo que fuera, lo cierto es que leemos que se acostó con la concubina de su padre. Este acto nos es familiar a través de otros lugares de las Escrituras, y evidencia la intención del que toma las concubinas de su señor, de convertirse en cabeza de la familia o de la tierra. Por tanto, era un acto de arrogancia, y no solamente deseo carnal. Por consiguiente, ya en este momento, los tres primeros hijos de Jacob: Rubén, Simeón y Leví, habían actuado todos de una forma que levantaba serios interrogantes con respecto a que fueran personas adecuadas para ser los guías del pueblo de Dios. El capítulo 36 se dedica exclusivamente a seguir a los descendientes de Esaú, para mostrarnos que ahora se han convertido en un pueblo distinto del israelita. Dios ya había separado a ambos
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

hombres cuando aun se hallaban en el seno materno. Cada uno debería convertirse en toda una nación: Jacob se convirtió en la nación israelita, y Esaú en la de los edomitas. Ambas naciones tienen una larga historia en la tierra, pero son distintas entre sí. Mucho después será dado un informe final sobre Edom a través de las palabras del profeta Abdías. Comenzamos un nuevo relato con el capítulo 37: la historia de José, el personaje predominante hasta el final del libro, y de sus hermanos. Los días de la primera juventud de José son bastante poco afortunados. Se nos cuenta que era el favorito de su padre (v. 3), pero al mismo tiempo, algo así como un soplón de todo lo que hacían sus hermanos (v. 2). Todo esto hizo alzarse el resentimiento en los corazones de los demás hermanos, como es natural. La llana narración que hace José de los sueños en que aparecía como señor no solo de sus hermanos sino también de sus padres, no lo ayudaba en nada (v. 5s). Además de esto tenemos la insensatez de Jacob de enviarlo a donde están sus hermanos, cuando se hallan lejos del hogar. Aquí tenemos todos los ingredientes de una tragedia que al fin y al cabo sucedió. La intervención de Dios a través de Rubén, el hijo mayor, evitó la muerte de su hermano, que ya habían planeado. Sin embargo, cuando lo vendieron a los ismaelitas que viajaban hacia Egipto, no esperaban volver a verlo de nuevo (v. 28). En este infame episodio se destacan dos hermanos, que se hacen dignos de algún elogio: Rubén, porque trató de salvar a José, y Judá, porque evitó la muerte de su hermano (v. 26). Pero todos estaban involucrados en la mentira que le dijeron a su padre (vv. 29ss). Dejaremos por el momento el capítulo 38 para seguir un poco más allá la carrera de José. El capítulo 39 toma el hilo de la narración y relata cómo prosperó en Egipto. Fue un tiempo de prueba para el joven José. Era apuesto y robusto, y atraía a la esposa de su dueño (39.7). Cuando ella quiso seducirlo, su respuesta reveló la
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profunda fe que poseía. Para José, tener una aventura amorosa con la esposa de su dueño no era solamente una cuestión de que fuera socialmente incorrecto sino que era en realidad un pecado contra Dios (v. 9). Aunque sufrió por su determinación, Dios lo recompensó por todo lo que había perdido, bendiciéndolo en la prisión (39.21). En la providencia divina se le proporcionó una forma de salir de la prisión, cuando su reputación como intérprete de sueños alcanzó al rey. Aquí vemos nuevamente que José jamás actuó buscando su propio beneficio sino para glorificar a Dios (40.8; 41.16). Ahora vemos un hombre distinto del jovencito de diecisiete años presentado en el capítulo 37.2. Dios se acordó de él, y lo exaltó en riqueza y dignidad, llevándolo desde el estado de prisionero en la cárcel hasta el de ser el segundo en la tierra, por debajo únicamente del Faraón en su dignidad (41.37s). Este hombre de treinta años (41.46) era ahora un hombre de autoridad, y con el auxilio divino fue un administrador capaz que salvó a Egipto en el tiempo de hambre del que Dios había hablado en el sueño del faraón (41.53-57). Antes de seguir adelante con la narración del encuentro de José con sus hermanos, regresemos al capítulo 38, que contiene un episodio de la vida de Judá, uno de los hermanos de José, que es el cuarto hijo de Jacob. En este capítulo lo vemos en una situación desagradable. Se casa con una cananea, lo cual era contra la voluntad de Dios (38.2). No es capaz de educar adecuadamente a sus hijos, por lo que los actos de estos desagradan al Señor y les acarrean la muerte (vv. 6-10). Tampoco atiende a las necesidades de su nuera Tamar (vv. 11s). Como si esto fuera poco, sigue deseando a las rameras de la tierra y tiene una aventura con su propia nuera, que lo engaña así para que le proporcione descendencia. Sin embargo, sorprende ver que Dios, a pesar de esta serie de actos vergonzosos de parte de Judá, lo disciplina (v. 26) y le da un
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hijo de Tamar, Fares, a través del cual dará más tarde sus bendiciones a Israel (38.29). Cuando sobrevino el hambre predicha por Dios al faraón a través de José, la familia de Jacob, junto con todos los de la tierra, comenzaron a sufrir. En la providencia divina, por tanto, los hijos de Jacob fueron a Egipto y se tuvieron que enfrentar con José, al que creían que no volverían a ver jamás. No pudieron reconocerlo debido a que cuando lo habían vendido como esclavo era un jovencito, y ahora era ya un hombre maduro (42.6s). El juego del gato y el ratón que mantiene José con sus hermanos es sin duda voluntad de Dios. Les había llegado el momento de ser probados, como ya lo había tenido José. Es evidente que los hermanos, al sentir la presión que José les hacía, mostraron señales de arrepentimiento y remordimiento por sus hechos pasados (42.21). Cuando regresaron a donde estaba Jacob sin Simeón, y le dijeron cuáles eran las demandas del señor de la tierra, que regresaran trayendo a Benjamín si querían volver a ver a Simeón, Jacob, como es natural, desahogó toda la amargura almacenada en su alma (42.36). En este momento, Rubén, el hijo mayor, es probado de nuevo, y falla. Su respuesta a las necesidades de su padre, solo puede recibir el nombre de cruel (42.37). No es capaz de persuadir a su padre con sus toscas medidas. De nuevo demuestra Rubén que no podía ser el caudillo del pueblo de Dios. Es entonces cuando Judá surge para dirigir a sus hermanos, como el que lleva la voz cantante en la familia. Al contrario de lo que vemos en Rubén, Judá se manifiesta compasivo y sacrificado, dispuesto a ser la seguridad de Benjamín, y a dar su vida por su hermano a causa de su amor por su padre (43.8,9). Así manifiesta poseer cualidades espirituales de las que carecían por completo los demás. De ahora en adelante, la frase «Judá y sus hermanos» se hará frecuente, señalando así el nuevo papel de caudillo que Judá
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acaba de adquirir (44.14). El crecimiento espiritual de Judá se hace evidente en su encuentro con José, que es aún un desconocido para él, con motivo de la aparente falta de Benjamín (44.18-34). Cumple la promesa hecha a su padre, mostrando su gran amor, tanto por su padre como por Benjamín. Muestra también el gran cambio de actitud habido en los hermanos que un día pudieron ver fríamente cómo su hermano José era vendido como esclavo. Ahora Judá estaba listo y deseoso de ofrecer su vida por Benjamín, aunque pensaba que este había hecho algo incorrecto (44.32-34). También José muestra un cambio notable. El jovencito más bien orgulloso y vano de diecisiete años es ahora un hombre espiritualmente maduro y humilde (45.5-8). Su visión de la soberanía de Dios con respecto a su vida y a la de los demás hermanos (45.7-8) puede compararse a la declaración de Pedro en Pentecostés (Hch 2.23,24). Pedro pudo ver que, aunque el Señor de la Gloria había sido crucificado por hombres perversos con manos malvadas, todo había sido parte del propósito de Dios, y en última instancia redundaría en bien para el pueblo de Dios. La bendición de Jacob al llegar a Egipto, y la fraternidad reinstaurada con José, son una profecía que resume mucho de lo que ya hemos visto (cap. 49). Rubén, Simeón, y Leví son eliminados de la preeminencia en la familia de Jacob (49.2-7) debido a los serios fallos que había en su personalidad. La atención se centra en Judá, que es proclamado jefe (v. 8). Más aun, la predicción del triunfo que obtendría contra sus enemigos parece hacer referencia a la promesa de Génesis 3.15, señalando que la semilla tanto tiempo esperada saldría de él (49.8). La imagen del león usada en el versículo 9 será aplicada más tarde al pueblo de Dios (Mi 5.2-8), y más específicamente al Cristo de la casa de David (Ap 5.5) . El versículo 10, que se refiere al cetro de la casa de Judá, predice claramente el establecimiento de la realeza entre el pueblo de Dios, y el nombre Siloh puede que haga referencia al Rey de
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Reyes. La palabra «Siloh» puede ser traducida «aquel a quien pertenece», esto es, el reino de Dios. Las referencias en los versículos 11 y 12 a la sangre y al color rojo pueden tener también tonos mesiánicos y aludir a la cruz. Pero algo sí es seguro: Este pasaje le da a Judá la preeminencia por encima del pueblo de Dios y mira hacia él como quien traería al Libertador. Después de la muerte de Jacob, los temores de los hermanos con respecto a la posible venganza de José fueron rápidamente disipados por él mismo en sus palabras de consuelo (50.19-21). La visión interior que había ido adquiriendo con respecto al significado de su propia experiencia sobre la forma en que Dios había convertido todo en bien podría ser un resumen muy adecuado de la lección recibida por el pueblo de Dios en todo este período de los patriarcas: «Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo». Cuando el pueblo se quedó en Egipto, la promesa hecha por Dios a Abraham se convirtió en la esperanza de Israel. Aquí podemos ver por tanto, el principio de la obra de Dios en medio de su pueblo, que el propósito divino de tener un pueblo santo, sin mancha, delante de él en amor, no pudo ser torcido por los fallos de los hombres. Dios escogió y llamó a pecadores, los hizo hijos suyos, y los moldeó para que llegaran a ser lo que Él quería que fueran. Desde Set hasta Noé, desde Sem hasta Abraham, desde Isaac hasta Jacob y Judá, Dios siguió llevando adelante esa Semilla que habría de triunfar sobre sus enemigos y los de su pueblo. El propósito divino nunca pudo ser derrotado por las maldades y los fallos de los hombres. Este primer libro de las Escrituras, es un grandioso testimonio de la gracia soberana de Dios.

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CAPÍTULO

3

LA LIBERACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS (ÉXODO - DEUTERONOMIO)
I. Rescate de Egipto (Éx 1—19)
La familia de Jacob había bajado a Egipto en tiempos de José con una compañía de unas 70 personas. Esto había sucedido de acuerdo con la palabra dada por Dios mucho antes a Abraham (Gn 15.13). Cuando Jacob entró a Egipto para ver a su hijo, el Señor le aseguró que iría con él y le haría allí una gran nación (Gn 46.3). Tanto a Abraham como a Jacob y a José, Dios les da seguridad de que traería a su pueblo de regreso a Canaán (15.14; 46.4; 50.24). Ahora, después de varios cientos de años, el pueblo está todavía en Egipto, y en estado de esclavitud. A pesar de esto, Dios lo ha bendecido ricamente y lo ha hecho crecer (1.7). A medida que Dios bendecía a los israelitas, los egipcios se iban haciendo más duros con ellos. La razón que se da es el cambio de monarquías en Egipto. Los que habían favorecido a José y a los israelitas ya no estaban gobernando (1.8). La referencia a un nuevo rey puede significar una nueva dinastía en Egipto, una nueva familia en el poder. Algunos creen que los que gobernaban cuando José y su familia fueron a Egipto eran los hicsos, un pueblo de origen semítico que gobernó a Egipto por algún tiempo. Siendo semitas, se inclinarían más a favorecer a los israelitas, también de ascendencia semita, que los egipcios nativos.
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Como quiera que fuese, los egipcios eran ahora hostiles a Israel, y lo esclavizaban cruelmente (1.10-14). Su crueldad alcanzó grandes dimensiones, hasta el punto de exterminar a todos los hijos varones (1.15s) aunque las parteras de Israel, que eran fieles, lo evitaron (1.17). Un hecho notable de precaución para proteger a su hijo fue el de la madre de Moisés. Esta mujer piadosa, no teniendo fuerza en sí misma para proteger a su niño recién nacido, se lo encomienda a Dios y lo pone dentro de un bote de papiro en el río Nilo (2.1ss). Por providencia divina esta confianza en el Señor fue bendecida, y Moisés no solo fue salvado de ser matado sino que fue criado en el palacio del rey. Encima de ello, fue cuidado por su propia madre. Así quedaba expuesto a la vez a la mejor educación posible en el mundo antiguo, y a la alimentación espiritual de su fe por su propia madre. Dios le tenía preparada una labor especial a este niño. En el capítulo 2 se nos cuenta de un fracasado intento realizado por Moisés para liberar a su pueblo de la opresión (2.11s). Lo que hizo, lo hizo como un acto de fe. Así nos dice el escritor de Hebreos (11. 24-26). Sin embargo, fracasó y se vio forzado a huir de Egipto. Todavía no estaba preparado para la gran tarea que Dios le tenía reservada: la liberación de su pueblo. Le hacían falta aún varios años de humillación, de aprender a ser paciente, y a confiar solo en Dios. El Señor le proporcionó un lugar en el desierto y unas circunstancias que le permitieron llegar a la madurez espiritual que Dios deseaba (2.16-22). Mientras tanto, Dios no había olvidado a Israel en su sufrimiento (2.24). Estaba preparándole el camino de su liberación en la persona de Moisés, que es ya un hombre maduro (cap. 3). Moisés era pastor. Es notable la cantidad de grandes caudillos de Dios que fueron pastores antes de guiar al pueblo de Dios. Por supuesto, pensamos en Abel, Abraham, Isaac, y Jacob, que fueron todos cuidadores de ganado. Más tarde, David aprenderá muchas de las
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verdades básicas del cuidado que Dios tiene con su pueblo, mientras trabajaba como pastor (ver Salmo 23). El profeta Amós fue también un pastor, y los profetas se referían con frecuencia a los líderes de Israel como pastores. En el Nuevo Testamento Jesús se llama a sí mismo el «Buen Pastor» y se presenta como ejemplo de lo que deben ser todos los que Dios llame a guiar a su pueblo (Jn 10). Pedro hace referencia a los jefes de la iglesia como a pastores del rebaño (1 P 5.1-4; cf. Hch 20.28s). Cuando Moisés tenía unos ochenta años de edad, Dios tuvo un encuentro con él en medio de una zarza en el desierto de Sinaí, o de Horeb, como también es llamado (3.1). Sabemos su edad aproximada gracias a diversos pasajes que hemos podido comparar. Éxodo 7.7 y Hechos 7.23 indican que en este momento tenía unos ochenta años. Esto significaría que Moisés había estado ya unos cuarenta años en el desierto, cuidando los ganados de su suegro. A pesar de ser un hombre de educación y cultura, tuvo que ser moldeado para llegar a ser el hombre que Dios quería que fuera. En el primer encuentro que tiene Moisés cara a cara con el Señor, este se le aparece como el Dios de sus padres, estableciendo con ello una continuidad con el pacto que había hecho con los patriarcas (3.6). Tal como le había prometido anteriormente a Abraham, estaba ya listo para sacar a su pueblo de la esclavitud. En el versículo 10 le dice detalladamente a Moisés cuál ha de ser su papel. Podemos notar que Moisés ha perdido ya su vana confianza en sí mismo, y en sus años de humillación ha llegado a darse cuenta de sus propias limitaciones (3.11). Esto es algo imprescindible para los siervos de Dios. La respuesta de Dios es más que adecuada: «Yo estaré contigo» (3.12). Fijado ya este contexto, Dios procede a designar el nombre por el cual le habrá de conocer su pueblo (3.14,15). El nombre que Dios se da —la mejor forma de traducirlo— es «Yo seré», o «Yo
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estaré». En el contexto, podemos ver que su significado es que Dios estará con su pueblo. No es solamente una expresión de la esencia de Dios, sino más bien expresa su presencia con su pueblo. En el versículo 12 había dicho: «Yo estaré contigo». Ahora, en el versículo 14 declara que su nombre es «Yo seré» (la forma verbal en hebreo es exactamente la misma en ambos versículos: la primera persona singular del verbo hebreo «ser o estar» en la forma del imperfecto, o acción incompleta). Por consiguiente, cuando dice en el versículo 15 que este será su nombre para siempre, hemos de entender que él pueblo de Dios lo conocerá de ahora en adelante como el Dios que estará con su pueblo para siempre. Así, el nombre personal del Señor se convierte en Yahweh en el idioma hebreo (la tercera persona del imperfecto del verbo «ser o estar»). Muchas Biblias lo escriben como Jehová, o el Señor, es decir, «Él estará con nosotros». Posteriormente, el Señor le dará a su pueblo el modelo del tabernáculo como signo visible de su presencia en el mismo centro del campamento de Israel. Y mucho más tarde, en una época de decadencia para Israel, cuando está amenazado por sus enemigos, Dios declarará que nacerá un hijo en Israel, como señal de esperanza, y su nombre será llamado Emmanuel (Dios con nosotros) (Is 7.14). Cuando nace Jesús en Belén, Mateo nos dice que este fue el cumplimiento de la profecía de Isaías en el Antiguo Testamento. Jesús es Dios con nosotros. En realidad, sus palabras finales a la Iglesia antes de subir al Padre, fueron: «He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28.20). Ver también en Hechos 18.9,10 la continua seguridad de su presencia con su pueblo después de su ascensión. La revelación dada aquel día a Moisés debería convertirse por tanto en la gran esperanza del pueblo de Dios y la gran respuesta a todas sus necesidades: la presencia continua de Dios con su pueblo. Veremos cómo una y otra vez les asegura a su pueblo y a sus
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verdaderos jefes, que él estaba con ellos. Esto es lo único que hace posible la labor continua de la iglesia hoy en el mundo. A pesar de todo esto Moisés no se sentía seguro todavía. Su miedo seguía basándose en sus sentimientos de incapacidad. Con razón, temía que el pueblo no le escuchara, ni aceptara lo que él decía como procedente del Señor (4.1). La respuesta de Dios fue darle poderes milagrosos ese día para demostrar la presencia de Dios y su aprobación de lo que él dijera e hiciera (4.2s). En el versículo 5 se nos dice explícitamente cuál habría de ser la función de los milagros que Dios realizaría a través de Moisés: hacer creer al pueblo que Moisés era un enviado del Señor, y que no había ido a él a hablarle con su propia autoridad humana. Este pasaje es muy importante para ver la relación exacta que hay entre los milagros bíblicos y la revelación. Dicho llanamente, los milagros fueron dados a Moisés para dejar en claro que hablaba en nombre de Dios y para darle autoridad a lo que enseñaba. Vemos además que los milagros de la Biblia aparecen principalmente en los tiempos de una nueva revelación escrita. Hay ciertos grupos de milagros en este período, que es el primero de la revelación escrita, la época de Moisés. Posteriormente, en tiempos de Elías y Eliseo, que fueron los precursores de los grandes profetas escritores, tenemos otro grupo de milagros; y un grupo menor en la época de Daniel. En el Nuevo Testamento el grupo mayor se halla por supuesto alrededor de Cristo, en la presentación del evangelio, y en menor grado, alrededor de sus apóstoles, tanto antes como después de su resurrección y ascensión. Dios les dio estos poderes milagrosos a sus siervos con un propósito específico, y a través de ellos afirmó su autoridad como dadores de una nueva revelación que provenía de Dios. Por tanto, parece válido concluir que la era de los milagros quedó cerrada cuando se cerró la de la nueva revelación, al final de la Era Apostólica.

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A pesar de la renuencia de Moisés, Dios lo hace salir del desierto y presentarse al faraón (4.13; 5.1). Los capítulos 5 a 11 narran los encuentros entre Moisés y el faraón, y aunque este segundo intento de liberar al pueblo de Dios parecía destinado al fracaso, al igual que el primero, de hacía cuarenta años, el Moisés con que nos encontramos ahora es distinto. No vuelve a huir al desierto. Se presenta ante Dios como un auténtico mediador, en busca de seguridad (5.22,23). Y que Dios le da a Moisés la seguridad de que él está de veras con él, recordándole cuál era su nombre: «Dios está contigo» ( 6.2s) . La respuesta de Dios a Moisés en aquella ocasión contiene lo que podríamos llamar en verdad el vocabulario de la redención [6.68. Habla de sacar de debajo de las tareas pesadas de Egipto (v. 6; cf Mt 11.28); la liberación de su servidumbre (v. 6; cf. Ro 3.24); adopción (v. 7; cf. Ef 1.5); saber que él es Dios, o creer en él (v. 7; cf. Os 4.6; Flp 3.10; 2 Tim 1.12); meter en la tierra (v. 8; cf. Mt 25.21); y la heredad (v. 8; cf. 1 P 1.4). Lo que queremos decir con esto es que Dios en aquel día le hizo saber a Moisés cuáles eran sus propósitos inmediatos para Israel pero al decirlo, utilizó un vocabulario que se convertiría en el vocabulario esencial del pueblo de Dios para comunicar al mundo el evangelio de salvación. El capítulo 7 comienza a relatar la serie de milagros y señales que serían hechos por la mano de Moisés. Se hace claro que lo que él debía hacer se encuentra unido a lo que debía decir. Aquí se presenta claramente el oficio del profeta de Dios. Dios sería con respecto a su profeta lo mismo que Moisés era con respecto a Aarón. Tal como Aarón debería hablar lo que Moisés le dijera que hablara, el profeta debería hablar lo que Dios le dijera (7.1,2). La expresión utilizada aquí y en otros lugares, de que Dios endureció el corazón del faraón, necesita ser explicada (7.3,13ss). En Génesis 6.5 y 8.21 se nos dice que el corazón natural del hombre es siempre malvado y solo malvado. Por tanto, suponer que en
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este momento Dios hace que el corazón del faraón sea obstinado y rebelde cuando por naturaleza habría estado inclinado a obedecerle, es erróneo. La palabra «endurecido» usada aquí estaría mejor traducida como «dejó que se endureciera». Dios no hizo peor al faraón; simplemente, rehusó frenarlo para que no hiciera el mal. Dejó que el corazón del faraón se fijara en sus tendencias naturales a la maldad. En el Nuevo Testamento, Pablo describe un fenómeno similar en Romanos capítulo 1, cuando habla de los malvados que «Dios entregó a pasiones vergonzosas ... a una mente reprobada» (Ro 1.26,28). Dios aquí simplemente se abstiene de intervenir, como hace con frecuencia en las vidas de los hombres, y no impide que el faraón realice toda la maldad que estaba en su corazón. Quizá la razón por la que Dios permitió que los magos y encantadores de Egipto igualaran algunos de los milagros suyos, era poder probar la fe de Moisés y Aarón, provocando al mismo tiempo pensamientos de vanidad en los egipcios (7.11,22ss). Las obras de esos magos fueron reales muy probablemente, y no simples ilusiones. Las Escrituras dicen que las hicieron, pero no por su propio poder, claro está. Deben de haber estado tan sorprendidos como lo estaba la bruja de Endor más tarde, cuando, con la ayuda de Dios, trajo a Samuel de entre los muertos hasta su presencia. Los capítulos siguientes narran los diversos milagros que sirvieron para mostrar el favor de Dios hacia su pueblo (8.22, 9.4,6ss) y para humillar a los egipcios (9.22ss). Pero el corazón del faraón continuó siendo duro hasta el final. Aunque parecía fluctuar entre la sumisión a la voluntad de Dios y el obstinado rechazo de la idea de permitir que Israel se marchara, no hay evidencias de que su corazón haya cambiado realmente jamás, sino que siguió en la dureza que le era connatural. En el capítulo 11 leemos la culminación de las plagas milagrosas lanzadas contra Egipto. El propósito divino era a un tiempo bendecir a su pueblo y juzgar a Egipto. Para hacerlo, le dio riquezas
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a Israel y le proporcionó una vía de escape para que no sufriera el juicio que estaba a punto de caer sobre la tierra. Las riquezas eran los despojos de joyas y tesoros tomados a los egipcios (11.2,3). El juicio era la muerte de los primogénitos de todo Egipto en una sola noche (11.4-6). La forma como Israel se libraría de este terrible juicio estaba en conexión con la Pascua y la fiesta del pan sin levadura (11.7, cap. 12). Las instrucciones para el sacrificio del cordero pascual, dadas en 12.1-11, tienen en sí todos los elementos de la redención. Primeramente, hay un cordero por cada casa, un cordero macho sin defecto (12.3,5), comparable al Cordero de Dios (Jn 1.29; 1 P 1.19), cuya sangre deberá ser derramada (12.7; Heb 9.22; 1 Jn 1.7). También hay juicio contra el pecado (12.13; ver también Mt 23.33; Lc 21.36; Ro 2.3; Heb 2.3; 12.25). Para los que obedecían a Dios y confiaban en él, el cordero era un sacrificio vicario (12.13; cf. Gn 22; Jn 1.29; 1 P 1.18,19). Finalmente, se establece un sacramento como memorial de este suceso, una señal y sello de la obra que el Señor había hecho (12.14; cf. Lc 22.20; 1 Co 5.7; 11.25; Ro 3.25). En este suceso, Dios pone énfasis una vez más en la importancia que tiene la instrucción de los padres en relación con el conocimiento de Dios entre los hijos de los creyentes. Como le había dicho a Abraham, de nuevo hace recaer sobre los padres creyentes la responsabilidad de aprovechar todas las oportunidades para dar a sus hijos razón de su fe y glorificar a Dios delante de ellos (12.26,27). La verdadera obra de redención se narra en 12.29ss. El despojo de los egipcios, ayudado por Dios (12.35,36), estaba acorde con el hecho de ser Dios el poseedor de todas las cosas. Él le confió a Israel esas posesiones en aquel día. Y a Israel se le exigiría que diera buena relación de su uso de ellas como administrador, tal como lo habían sido los egipcios.

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Se nos dice que había unos 600.000 hombres, sin contar los demás que dejaron Egipto. Hay quien ha estimado la población total de los israelitas que vivieron en Egipto en alrededor de dos millones y medio (12.37). La multitud de toda clase de gentes mencionada en 12.38 (ver también Nm 11.4) puede que haya estado integrada por egipcios y otros extranjeros que se habían ido uniendo a los israelitas durante los últimos 400 años de su historia. Sin embargo, una explicación mejor parece ser que el término «multitud de toda clase de gentes» haga referencia a la mezcla espiritual que había entre los israelitas. No todos los que salieron de Egipto eran hijos de Dios. Abundaban entre ellos los no creyentes. Esto se manifiesta claramente en las pruebas que Israel tuvo que sufrir en el desierto. Al parecer, este era el sentido que Pablo le daba al texto (1 Co 10.1-11). También podríamos comparar las palabras del escritor de Hebreos (Heb 3.16-19) y de Judas (v. 5). La época en que tuvo lugar el Éxodo sigue siendo un gran problema. En 12.40 se nos dice que el tiempo que Israel estuvo en Egipto fue de 430 años. Esto está de acuerdo con los 400 años de aflicción que Dios le había predicho a Abraham (Gn 15.13). También Pablo hace referencia a los 430 años como el tiempo transcurrido entre la promesa por fe y la entrega de la Ley. Al parecer, considera la promesa en fe como lo que Jacob llevó consigo a Egipto, y sirvió de apoyo al pueblo de Dios durante los 430 años que habitó allí (Gá 3.17). En 1 Reyes 6.1 se considera que han pasado 480 años desde el Éxodo hasta el cuarto año del reinado de Salomón. Debido a ciertas inconsistencias aparentes en las fechas que tenemos y a nuestra imposibilidad de conocer el método usado para contarlas, los eruditos conservadores no se han podido poner todos de acuerdo con respecto a la fecha del Éxodo. Hay buenos argumentos a favor de considerarlo de una fecha que se remonta al siglo quince antes de Cristo, pero también los hay a favor de una
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fecha posterior, el siglo trece. No vamos a intentar aquí dejar resuelta una cuestión que nunca lo ha sido satisfactoriamente. No es imprescindible saber la fecha secular de este suceso; lo que es importante es saber que sucedió unos 430 años después de la llegada de Jacob a Egipto. Durante ese tiempo, la familia se convirtió en una gran nación formada en el seno de la opresión egipcia. El significado de la experiencia de la Pascua se desarrolla más ampliamente en el capítulo 13. Aquí podemos ver que, al salvar a los primogénitos de Israel el Señor reclama su derecho sobre ellos (13.2). Más tarde tomará a los levitas en lugar de los primogénitos de todo Israel para que se dediquen especialmente a su servicio. Lo que quiere decir esto es que los primogénitos representan a todo el pueblo. El juicio sobre los primogénitos de Egipto es un juicio contra todo el pueblo. La salvación de los primogénitos de Israel es la salvación de todo el pueblo. Ahora Dios reclama para sí a los primogénitos, lo que equivale a reclamar a todo el pueblo para que le sirva. Es posesión divina. Al final, todos habrán de ser un reino de sacerdotes (19.6). El derrocamiento del enemigo, Egipto, está presentado en forma narrativa en el capítulo 14, y celebrado en forma poética en el 15. En este suceso vemos al mismo tiempo la debilidad de la fe del pueblo (14.10-12) y la fortaleza de la fe de Moisés cuando los impulsa a confiar en Dios (14.13-14). Al final, la meta sería la gloria de Dios (14.18). El mensaje de Génesis 3.15 se hace presente de nuevo, puesto que Dios ha prometido derrotar a los enemigos de su pueblo. El himno de victoria de Moisés recogido en el capítulo 15 alaba tanto las obras de Dios (v. 1 s) como su poder (v. 6 s). El himno está centrado en la idea de que el Dios de Israel es único (v. 11). Se cierra con una fuerte expresión de confianza en que Dios llevará a cabo sus propósitos de atraer a su pueblo hacia sí (v. 17). El versículo final (18) declara el reinado de Dios sobre su pueblo para siempre. Para los que sean fieles nunca habrá más rey que el Señor.
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Apenas había el pueblo visto a sus enemigos derrotados, tuvo que enfrentarse a nuevas pruebas a su fe en Dios (14.31; 15.2226). La mayoría de los lugares o paradas mencionadas en el camino de Israel a través del desierto son con seguridad desconocidas hoy en día. Hasta el emplazamiento del monte Sinaí ha estado en discusión. Pero más importante que localizar estos sitios es saber lo que Dios le fue enseñando al pueblo a medida que pasaba de un lugar a otro, forzado a vivir confiando en él. Las murmuraciones frecuentes del pueblo (15.24; 16.2; 17.3, etc.) indican tanto la debilidad en esos momentos, de la fe de los hijos de Dios como la resistencia de los no creyentes entre el pueblo de Dios. La promesa del maná para que el pueblo comiera es solamente un ejemplo de cómo Dios les fue proporcionando el pan de cada día (16.4-15). La palabra «maná» viene de dos palabras hebreas que significan «¿Qué es esto?» Al parecer, el pueblo le dio este nombre: «Como quiera que se llame». Es significativo que Dios le haya hablado de la observancia del sábado al pueblo aun antes de darle los Diez Mandamientos (16.22-30). Esto indica en primer lugar que el descanso sabático ya era una ordenanza establecida en el pueblo de Dios. Sus orígenes se remontan hasta los mismos tiempos de la creación. Por tanto, la observancia del sábado era la voluntad de Dios para todos los hombres. En segundo lugar, como se indica aquí, la observancia sabática está en el contexto de la promesa divina de proporcionar suficiente para el sustento familiar en seis días, de modo que pudieran descansar en el séptimo de todas sus preocupaciones diarias. Por tanto, nadie tendría que trabajar en día sábado por necesidad. Esto está de acuerdo con la afirmación hecha por Jesús de que el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (Mr 2.27). A pesar de la murmuración del pueblo, se manifiesta la paciencia de Dios en la forma en que satisface sus necesidades (17.6) y los libera de su enemigo (17.8-16).
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El capítulo 18 muestra cómo el pueblo de Dios usó lo que había aprendido en el mundo secular al servicio del reino de Dios. El consejo del suegro de Moisés con respecto a su posición dirigente, fue un consejo muy acertado (18.18-23). El que Moisés haya respondido favorablemente a dicho consejo es algo digno de elogio (18.24). También los hombres de la estatura de Moisés pueden aprender de los demás, aunque sean inferiores a ellos. Esto es algo que debe aprender todo jefe. El capítulo 19 es el punto culminante de toda la sección (Éx 1—19). Cuando Israel llega al monte Sinaí y Moisés se presenta ante el Señor, este le recuerda primeramente al pueblo lo que ha hecho por él. El rescate de manos de los egipcios se describe como «ser tomados en alas de y águilas, y traídos ante Él. En este momento, Dios expresa también una vez más su propósito de tener un pueblo santo, un reino de sacerdotes (19.6). Así vemos que se presenta una vez más la fórmula: 1) lo que he hecho por ti; 2) lo que te he llamado a hacer y ser. También en el Nuevo Testamento vemos expresiones similares con respecto a la obra de Dios, seguidas de lo que él espera de nosotros: Romanos 12.1,2 está a continuación del largo desarrollo que hace Pablo sobre lo que Dios ha hecho por nosotros; 1 Pedro 2.1-9 expresa los propósitos divinos en términos muy similares a los que encontramos aquí en el Éxodo. También podríamos compararlos con Apocalipsis 1.6 y 5.10, que utilizan la frase «reino de sacerdotes» para expresar la meta final que Dios le tiene preparada a su pueblo. Por tanto, estamos viendo cómo las metas y los propósitos de Dios nunca han cambiado en realidad.

II. La entrega de la Ley al pueblo de Dios (Éx 20 - Dt.)
A. Los Diez Mandamientos (Éx 20.1-17) Debemos enfatizar de nuevo que los Diez Mandamientos son dados en un contexto en el que se expresan las metas que tiene
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Dios para su pueblo y según el agrado de su voluntad. Por tanto, son un retrato de esa voluntad, y a menos que pensemos que son una expresión arcaica de la voluntad divina que ya no tiene importancia, sería bueno que recordásemos que el Nuevo Testamento no abroga sino que confirma la Ley de Dios. Juan declara, en 1 Juan 2.3,4,7, que demostramos ser hijos de Dios si obedecemos sus mandamientos. Pablo, en Romanos 3.31, después de predicar sobre lo esencial del evangelio, declara que este no invalida la Ley, sino al contrario, la confirma, es decir, hace posible que los hijos de Dios la obedezcan. Por último, nuestro Señor, en el Sermón del Monte, declara sin dejar lugar a dudas que la Ley de Dios es parte muy importante de su reino, y que los hijos de Dios deberán obedecerla (Mt 5.17-19). A continuación da una exposición de los Diez Mandamientos, como para no dejar lugar a dudas acerca de qué ley era a la que se estaba refiriendo (ver Mt 5.21ss). La introducción a los Diez Mandamientos sirve para recordar una vez más lo que Dios ha hecho por su pueblo. Por tanto, sobre la base de que Dios ha liberado a su pueblo de la casa de esclavitud, es decir, en la demostración del amor de Dios por su pueblo (20.2), ahora deben expresarle su amor por él obedeciendo su voluntad (20.3ss). Fue Jesús mismo quien dijo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Jn 14.15; ver 1 Jn 5.2,3). Jesús enseña también que el amor hacia Dios y hacia nuestro prójimo es el resumen de toda la Ley de Dios (Mt 22.34-40). De manera que nos encontramos una vez más con el propósito de Dios de tener un pueblo santo y sin mancha ante él, en amor. En el primer mandamiento (20.3), la traducción estaría mejor si dijera «junto a mí» con el sentido de «además de mí». La palabra que se usa aquí nunca significa «en lugar de». Aquí Dios está exigiendo toda la devoción de su pueblo. Nunca deberá haber espacio en sus vidas para otra clase de dios u objeto de devoción o entrega además de él.
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En los días de Acab, perverso rey de Israel, apareció de repente la figura de Elías para sacar al pueblo de la vacilación en que se hallaba entre el Señor y Baal. Elías los acusa de oscilar entre dos posiciones (1 R 18.21) y los exhorta a escoger entre seguir al Señor o seguir a Baal, pero nunca tratar de seguirlos a ambos. También Jesús, usando un lenguaje muy llano, declara que no podemos servir a Dios y a Mamón (las riquezas). O apreciamos a uno y menospreciamos al otro, o viceversa. No podemos servir a dos señores (Mt 6.24). De igual manera Santiago nos previene contra la doble inclinación (Stg 1.8). Pablo se refiere tristemente al destino de algunos que aparentan buscar la fraternidad cristiana, pero cuyo dios era su propio vientre (Ro 16.18, Flp 3.19). Por último, Jesús ilustra gráficamente la insensatez de los que tratan de vivir así en la parábola del mayordomo infiel (Lc 16.1-13). El tema de esa parábola es que los hijos de este mundo (la descendencia de Satanás) sirven fielmente a su dios, Mamón, mientras que los hijos de Dios no son tan perseverantes ni tan hábiles para servir al Señor (16.8). Dios llama a sus hijos a serle fieles, lo que quiere decir que han de servirle solo a él (16.10-13). El segundo mandamiento tiene por objeto un conocimiento correcto de Dios. El Señor, con todo derecho, llama a los suyos a que lo conozcan con verdad y rectitud (ver Os 4.1; 6.6). Los hombres no pueden conocer a Dios a base de expresar sus propios conceptos de él nacidos en sus corazones vanos y pecadores, ya sea a través de ídolos hechos con sus manos, o con sus vanos pensamientos filosóficos sobre Dios. No se puede conocer a Dios a través de los pensamientos y conceptos humanos con respecto a él. Una y otra vez, el Señor advierte a Israel que no haga imágenes talladas, que responden a las imágenes que el hombre se hace de él (Éx 34.14-16). Cada vez que desobedecían y se hacían imágenes, como en el incidente del becerro de oro (Éx 32), los resultados eran trágicos (ver también 2 R 21.7-9).
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Cuando leemos escritos antiguos como las mitologías babilónicas —sus dioses, su narración de la creación—, o los mitos de los griegos, vemos que los hombres intentaron crear a sus dioses siguiendo su propia imagen, es decir, como hombres pecadores. Pero si el segundo mandamiento prohíbe que expresemos de forma alguna nuestros propios conceptos de Dios nacidos en nuestros corazones pecadores, también señala la forma verdadera de llegarlo a conocer, es decir, la revelación que él hace de sí mismo. En Éxodo 33, después del incidente del becerro de oro, Moisés quiso conocer a Dios correctamente para enseñar a su pueblo la verdad con respecto a él (33.13). Cuando Moisés pide ver la gloria de Dios (33.18), la respuesta del Señor es: «Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro» (v. 19). En realidad, lo que el Señor le mostró a Moisés aquel día, tenía la forma de una revelación verbal sobre sí mismo. Así lo vemos en el capítulo siguiente (34). Éxodo 34.6,7 es la revelación verbal que Dios hace de sí mismo: su gloria y su bondad. Esto se convirtió en el conocimiento básico de Dios que retendría su pueblo a través de todo el período de la revelación. Esta descripción y conocimiento de Dios serían más tarde la base de la intercesión de Moisés a favor de Israel en un momento en que Dios estaba disgustado con el pueblo (Nm 14.18). También sirvió de base al llamado hecho por Joel, uno de los primeros profetas escritores, para que Israel se arrepintiese y volviese a Dios (Jl 2.13). Incluso era el motivo que daba Jonás a su oposición a ir a Nínive para predicar: sabía que Dios era así, y no deseaba la salvación de Nínive (Jon 4.2). El salmista recordará con frecuencia esta revelación verbal de Dios como la base de la esperanza (Sal 103.8). Finalmente, en la época de la restauración después del exilio, esta revelación recibida por Moisés fue la base del llamamiento posterior al exilio a que el pueblo de Dios regresara a la fe (Neh 9.17).

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Cuando entramos en el Nuevo Testamento leemos en Juan 1.1 que la Palabra era Dios y que la Palabra se hizo carne y habitó en medio de nosotros (1.14). Así, la revelación verbal de Dios dada a Moisés, ahora en Cristo se reviste de carne y sangre y vive ante los ojos de los hombres. Diversos textos del Nuevo Testamento establecen el hecho de que Jesucristo es la imagen misma del Dios invisible (Flp 2.6; 2 Co 4.4; Col 1.15; Heb 1.3). Además, el Nuevo Testamento llama a los creyentes a llevar en sí la imagen de Cristo, reflejándola en sus propias personas (Ro 8.29; 1 Co 15.49; 2 Co 3.18; Col 3.10). Por tanto, podemos ver por qué Dios prohibió hacer imágenes talladas por manos de hombres. Él nos tenía reservada una revelación mucho mayor de sí mismo: primeramente en forma verbal, y posteriormente en la carne; primero en su Hijo, y después en sus hijos, quienes por fe son conformados a la imagen de su Hijo. Cuando consideramos esta revelación verbal de Dios en Éxodo 34.6,7, vemos en ella dos cosas: en primer lugar, la misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos; misericordioso, bondadoso, tardo para la ira, abundante en amor y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado. En segundo lugar, la severidad y el juicio de Dios contra los pecadores. Dios no tiene el menor deseo de pasar de largo junto al pecado o sus consecuencias. Él es santo y su pueblo debe ser santo también. El pecado será tratado, o bien por medio del perdón, cuando los hombres reconozcan su pecado y crean en el Señor, o por medio del castigo, cuando no lo hagan. Puesto que este segundo mandamiento y la revelación de Éxodo 34 son ambos para el pueblo de Dios, debemos comprender la advertencia hecha contra el pecado. El Dios que perdona a aquellos que se arrepientan y crean en Él, enviará a pesar de todo las consecuencias de ese pecado sobre ellos. David es un ejemplo claro de esto, puesto que, aunque Dios le aseguró que le había perdonado sus pecados, pagó sus con96

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secuencias por todo el resto de su vida, y estas consecuencias alcanzaron a sus propios hijos y a los hijos de sus hijos. El tercer mandamiento está estrechamente relacionado con el segundo (20.7). La palabra «tomar» estaría mejor traducida por «llevar». Esto es lo que significa: «cargar», «llevar» el nombre de Dios ante los hombres. Las palabras «en vano» significan «sin propósito» o «descuidadamente». A menudo pensamos que este mandamiento se opone a las maldiciones y a las cosas profanas en las que se usa el nombre de Dios. Ciertamente se opone a esta práctica, pero significa mucho más que eso. Hemos visto cómo los hijos de Dios deben llevar el nombre, la imagen, y la gloria de Dios en sus vidas diarias, por la obediencia a su Palabra. Dios tiene en gran estima su nombre, y toda su naturaleza divina que ha sido revelada a los hombres en él (Éx 3.15). Su intención es que, por medio de sus hijos, su nombre sea llevado por toda la tierra (Éx 9.16,17). Así vemos cómo el salmista expresa este propósito en su vida (Sal 22.22) y exhorta a todos los hijos de Dios a que hagan lo mismo (Sal 34.1-3). En el libro de los Hechos, se presenta el nombre del Señor como algo vital para la salvación de los hombres (Hch 2.21; 2.38; 3.16; 4.12,18; 5.40; 9.15,27; 10.43). Por consiguiente, todo hijo de Dios debe llevar su nombre ante los hombres, no vanamente, o en forma ociosa, o sin propósito alguno, sino en forma tal que toda su conducta glorifique a Dios y les muestre a los hombres de forma correcta lo que es esperar en Cristo. Así vemos cómo Pablo exhorta a los creyentes para que hagan todo lo que hacen, en el nombre del Señor (Col 3.17; cf. 2 Tim 2.19). Así es como se lleva el nombre de Dios ante el mundo en una forma que le es agradable a él. El tercer mandamiento prohíbe cualquier otra forma de llevar el nombre de Dios ante los hombres. El cuarto mandamiento tiene relación con el sábado. Como ya señalamos, la ordenanza del sábado no es nueva para el pueblo de Dios (Éx 16.23). El principio sabático fue establecido, en realidad,
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en la creación (Gn 2.1-3). Aquí hay dos mandamientos: el primero es recordar el día sábado (puesto que ya estaba establecido como un día especial por Dios); el segundo, santificarlo, separarlo de los demás días de la semana, que son llamados días profanos, es decir, días en los que se hacen los trabajos y actividades ordinarios. Debemos destacar diversos principios con respecto al significado y observancia del sábado que están relacionados con este mandamiento. Primeramente, en el sábado no tendremos que satisfacer nuestras propias necesidades trabajando. Encontramos esta lección en Éxodo 16.23s, al que ya nos hemos referido. Dios proveyó suficiente en los seis días profanos o días de trabajo de la semana para cubrir las necesidades del pueblo en el séptimo. El sábado era por tanto, en cierta forma, una manera de recordar la providencia de Dios, puesto que el creyente descansaba y se acordaba que lo que Dios le proveía era suficiente. Trabajar para ganarse la vida en sábado indicaba una falta de fe en la provisión divina. El segundo principio es que debemos usar el día para dar culto a Dios. Levítico 23.3 llama al sábado la convocación sagrada hecha al pueblo de Dios. Por consiguiente, algunos, es decir, los sacerdotes, encontrarían que era un día de trabajo muy activo con respecto a diversas labores sacerdotales (Lv 24.8; Nm 28.9). Debía ser un día para reverenciar el santuario de Dios (Lv 19.30; 26.2). El tercer principio es que el sábado es un día especial en el cual Dios deleita al creyente. Primeramente, Isaías dice que el creyente es bendecido por guardar el día sábado (Is 56.2-5), y después señala que en este día debemos buscar no nuestra propia satisfacción sino lo que agrade a Dios. Debe ser algo deleitoso, un día para gozar de la amistad de Dios. En este sentido, podemos ver la celebración del día sábado como una especie de muestra del mismo cielo. Ni que decir tiene que si no podemos disfrutar de este único día en la semana con el Señor y con el pueblo de Dios, estamos muy lejos de estar preparados para pasar la eternidad con Dios en el cielo.
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El cuarto principio revelado en la Palabra de Dios es que el sábado es una prueba para la fe del creyente. Según Jeremías 17.2123 Israel fue probado en esa forma. El hecho de que tantos prefirieran las actividades profanas al gozo de la amistad con el Señor era una manera de mostrar la extensión de la falta de fe en Israel. En Ezequiel 20.12 se da un quinto principio. El sábado debe ser para el pueblo de Dios, una señal, tanto de la necesidad de ser santificado, como de la actividad de Dios para santificar a su pueblo. Por ello, los sábados los pensamientos del pueblo de Dios deberían estar en la meditación de su Palabra y la contemplación de cómo él iba limpiando sus pecados día tras día. Es un tiempo para reflexionar sobre la obra continua que Dios realiza en la vida de sus hijos, para alabanza de la gloria divina. Por último, aprendemos otro principio más en Isaías 66.23. El día sábado ha de expresar en la tierra el ideal del mismo cielo. Isaías expresa el ideal del cielo en términos de la adoración que le rinde a Dios su pueblo de un sábado a otro, es decir, continuamente. Por tanto, en el sábado el pueblo de Dios da una muestra de la adoración continua del cielo (cf. Ap 22.3). Cuando pasamos al Nuevo Testamento, notamos primeramente cómo interpreta Jesús la comprensión correcta del sábado como un día que ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para él (Mr 2.27. Podemos ver ejemplos de cómo Jesús mismo usaba el sábado en diversos pasajes: Marcos 6.2; Lucas 4.31; 13.10, y lo mismo podemos hacer con sus discípulos: Hechos 13.27,42; 15.21; 16.13; 17.2; 18.4. Vemos cómo en el día sábado ellos ocupaban su tiempo predicando el evangelio, orando, y estudiando las Escrituras. Se dan a los creyentes varias palabras de precaución con respecto a la observancia del sábado. En una ocasión en que Jesús fue acusado de violarlo junto con sus discípulos, enseñó que el uso farisaico del sábado estaba falto de misericordia (Mt 12.7) y prohibía hacer el bien, es decir, lo que agrada a Dios (vv. 11,12). Esto basta
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para advertir que la observancia del sábado nunca podrá ser usada como excusa para juzgar sin misericordia, o para no tener compasión hacia los demás. Jesús sanaba en sábado, como vemos aquí; era recibido en las casas como invitado a cenar en sábado (Lc 14.1), y le ordenó a un hombre que cargara con su propia camilla en sábado, porque al hacerlo estaba glorificando a Dios (Jn 5.10). Pablo exhorta también a los cristianos a que no permitan que los demás los juzguen con respecto a su observancia del sábado o de cualquier otro día por esta razón (Col 2.16s). Es erróneo permitir que otros legislen sobre como o por que medios podemos o debemos observar el sábado. La observancia sabática es algo que queda estrictamente entre el creyente y su Señor. Lo que hagamos o dejemos de hacer en ese día debe estar basado en nuestro amor a Dios y nuestro deseo de estar en paz con él. Como se sugiere en Hebreos 4.1ss, la observancia del sábado es una figura del descanso eterno del pueblo de Dios con él, y debería ser para nosotros como una muestra de lo que será el cielo. Por tanto, debería ser utilizado para esas cosas que esperamos hacer en el cielo cuando habitemos con Dios y su pueblo en amor, gozo, paz, y alabanza para siempre. El Nuevo Testamento introduce la práctica del Día del Señor, o primer día de la semana, como el sábado cristiano, no por enseñanza específica, sino por vía de ejemplo. Hallamos una práctica que se va desarrollando gradualmente: la de hacer las reuniones cristianas de adoración en el primer día de la semana (Hch 20.7; 1 Co 16.2) en honor de la resurrección de Cristo, que tuvo lugar en ese día. Así como el último día de la semana marcaba el final de la primera creación, el primero es el principio de la nueva creación en Cristo. El quinto mandamiento se considera como un mandamiento de transición que separa los primeros cuatro mandamientos de los últimos cinco. Está en este lugar porque, como ya hemos señalado, el hogar es el punto donde comienza la instrucción de los hijos con respecto al Señor y a las relaciones con los demás hombres. Dios
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ordenó que los padres fundaran hogares en los que se enseñaran los rudimentos de su verdad (Gn 1.27; 2.18ss; 18.19). Enseñó además que la salvación misma les vendría a los hombres a través de su hogar (la simiente de la mujer) (Gn 3.15) . En Deuteronomio 6.4-9 se insiste en que haya un amor recto a Dios y a su Palabra en los corazones de los padres, para que puedan enseñarles en forma correcta a sus hijos la voluntad de Dios. Como veremos posteriormente, el libro entero de Proverbios trata de cómo han de instruir los padres a los hijos en la honra de Dios y en el amor que deben tener para con los demás. El pasaje de Efesios 6.1-4 en el Nuevo Testamento es el equivalente de estos pasajes del Antiguo. Los padres tienen un lugar único en la iglesia. Si son fieles a Dios, será a través de ellos como aprenderemos primero las cosas de Dios. Por consiguiente, la honra debida a nuestros padres es una manifestación al mismo tiempo de amor y respeto a Dios, y la forma de aprender cómo convivir con los hombres en el mundo. Solo si Israel obedecía este mandamiento y si los padres fieles enseñaban la Palabra de Dios, podía Israel esperar tener larga vida en la tierra que Dios le había dado. Cuando se disolvieron el respeto a los padres y la disciplina de los hijos, igual sucedió con la paz de Israel en la tierra. Los cuatro mandamientos siguientes deben ser estudiados juntos. También hacen referencia al mismo tiempo a nuestro amor a Dios y al amor por los demás seres humanos. Todos tienen que ver con violaciones hechas al trabajo de Dios. El sexto mandamiento prohíbe tomar la vida que Dios le ha dado al hombre, El séptimo prohíbe violar el hogar que Dios ha establecido. El octavo nos prohíbe quitarle a alguien las posesiones que Dios le ha dado, ya que Dios es el dueño de todo, y solamente confía sus propiedades a los hombres según le place. El noveno nos advierte que no debemos dañar el nombre o la reputación de un hombre, que también le vienen de Dios. La falta de amor a Dios tendrá
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como consecuencia una serie de actos de violencia contra nuestro prójimo, en lugar de obras de amor. El décimo mandamiento nos enseña que todos estos mandamientos pueden ser violados tanto en el corazón como abiertamente con obras de maldad. A Dios le interesa el corazón, y sus mandamientos deben ser obedecidos en el corazón, y no con una simple conformidad exterior. Es posible quebrantar los Diez Mandamientos en el corazón sin haber hecho exteriormente ninguna maldad visible. El pecado de codicia es pecado del corazón. Codiciar el hogar de mi prójimo significa violar el octavo mandamiento. Codiciar a su esposa es violar el séptimo. Jesús lo muestra llanamente en Mateo 5.21,22,27ss. Desde que nos dio los mandamientos, el Señor nos está señalando que deben ser obedecidos de corazón. Aquí también Dios le enseña al pueblo que el motivo por el cual le da los Diez Mandamientos es para que el pueblo de Dios no peque (20.20). Y sin embargo, Dios sabía que ellos habrían de pecar, por lo que muy adecuadamente ordena leyes respecto al sacrificio junto con los Diez Mandamientos (20.24-26). Esas leyes no son explicadas en ese momento. Posteriormente, en el Levítico, expondrá el sistema sacrificial. Bástenos con indicar que el sistema se presenta al mismo tiempo que los Diez Mandamientos, a fin de que veamos que el deseo de Dios es que no pequemos, pero cuando, lo hagamos, tenemos que enfrentarnos a ese pecado.
B. La Ley como una aplicación de la justicia a todos los aspectos de la vida (Éx 21-24) Los pocos capítulos que siguen muestran de manera muy práctica cómo espera Dios que sus hijos relacionen su voluntad expresada en los Diez Mandamientos, con todas y cada una de las facetas de sus vidas.

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La sección entera recibe el nombre de «ordenanzas», o mejor, «justicias». La palabra usada aquí es la misma palabra «justicia» que encontramos en Génesis 18.19. Por tanto, hace referencia a la voluntad de Dios con respecto a las relaciones de sus hijos con los demás hombres. En otras palabras, expresa las formas como los hijos de Dios deben mostrarse amor unos a otros, en términos de los sucesos diarios de la vida, en toda circunstancia. Esta es la justicia que Dios busca continuamente en las vidas de sus hijos. Una rápida visión de los aspectos tratados en estos capítulos indica que prácticamente tienen que ver con toda clase de circunstancias que puedan ocurrir en la vida diaria. Aquí vemos al Señor mostrándole a Israel cómo aplicar su Ley a todos los momentos de la vida. Muchos de los detalles de los capítulos señalados tienen que ver con la vida y costumbres que prevalecían en todo el ámbito del Medio Oriente de aquellos días. Dios comenzó con su pueblo donde estaba. Siempre debemos tener en mente que quiso colocar estas justicias entre la entrega de los Diez Mandamientos y la revelación de la gloria de Dios (cap. 24), para poder reclamar para sí la devoción y la obediencia de su pueblo en todos los aspectos de la vida. En principio, aprendemos en esta sección, que en todos los sucesos e incidentes de nuestra vida, incluso los más pequeños, debemos tratar de aplicar la Ley de Dios.
C. El tabernáculo (Éx 25—31; 35—40) La entrega del tabernáculo a Israel se hace de acuerdo con un plano celestial diseñado por Dios (25.9). Por tanto, es razonable suponer que cada parte del mismo tiene algún significado que comunica a Israel algo sobre la verdad espiritual que necesitaba conocer. Se explica su estructura y toda pieza de mobiliario que ha de ser utilizada en él con lujo de detalles. El diseño general era una estructura cubierta de pieles de unos sesenta pies de largo y quince
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de ancho. Esta estructura o tienda estaba subdividida en dos partes básicas llamadas el lugar santo y el santo de los santos o lugar santísimo, el cual era la sección más pequeña. Los sacerdotes de la tribu de Leví deberían ministrar en la tienda regularmente ante Dios, de acuerdo con instrucciones específicas (28.3). Pero solo el sumo sacerdote podía entrar en el lugar santísimo una vez al año, en el día de la expiación (Lv 16.12s; Éx 30.10). El propósito general, incluso del mobiliario, era enseñarle al pueblo qué es necesario para acercarse adecuadamente a la misma presencia de Dios. Recordamos de nuevo el deseo expreso de Dios de tener un pueblo en amistad con él, santo y sin mancha. Por ello, se hacía necesario que se le enseñara el camino hacia el Señor. Y él decidió hacerlo utilizando una estructura visible que había de ser colocada en medio del campamento de Israel. Al acercarnos al tabernáculo, la primera cosa que encontramos es el altar para los sacrificios. Aquí deberían ser ofrecidos diariamente los sacrificios del pueblo mañana y tarde. Esto debía de enseñarle a Israel la necesidad de derramar sangre por sus pecados sí había de venir a la presencia de Dios (Heb 9.22). Más allá, pero todavía fuera de la tienda, estaba la fuente de las abluciones, donde los sacerdotes debían lavarse antes de entrar en la tienda. Esto simbolizaba la necesidad de estar continuamente limpio cuando uno se acerca a Dios. Dentro de la tienda, en el lugar santo, hay tres objetos. A la izquierda está el candelero, que ilumina todo el lugar simbolizando la necesidad de que la luz divina ilumine nuestro paso si hemos de seguir el camino correcto hacia Dios (Sal 27.1; 119.105; Prv 6.23). A la derecha se halla la mesa de los panes, que simboliza, como lo hace con frecuencia el pan, la forma en que Dios suple a nuestro sostenimiento, tanto espiritual como físico, en nuestra vida diaria (como el maná en el desierto).

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El tercer objeto que hay en estos lugares el altar del incienso, que está quemándolo continuamente y le da un suave olor a todo el recinto. El incienso simboliza con frecuencia la elevación de nuestras oraciones a Dios en las Escrituras (Prv 141.2; Lc 1.10; Ap 5.8; 8.3,4). Esta área exterior está separada por una gran cortina o velo del lugar santísimo. Detrás de dicha cortina está el arca de la alianza, donde se halla la presencia de Dios en medio de su pueblo. En el arca está el asiento de la misericordia, y cerniéndose sobre este asiento, los querubines. La última vez que vimos a los querubines hacían el oficio de guardianes del camino que conduce al árbol de la vida (Gn 3.24). Es de suponer que su presencia aquí quiere indicar que toda la estructura del tabernáculo ha sido diseñada para enseñarles a los hombres el camino de regreso a Dios y a la vida eterna en él. En Hebreos, capítulos 8 y 9, se nos dice que el diseño del tabernáculo en el Antiguo Testamento representaba la obra de ministerio de Dios, a través de Jesucristo (8.1,2). El tabernáculo del Antiguo Testamento es llamado «sombra de las cosas celestiales» (8.5). Por tanto toda la estructura y el mobiliario del tabernáculo del Antiguo Testamento, señalaban simbólicamente hacia la obra que tendría su cumplimiento en Jesucristo (9.1-10). Hebreos 9.11s nos señala que Jesucristo cumplió todo lo que estaba representado simbólicamente en el Antiguo Testamento por el tabernáculo, y por nosotros se ha acercado realmente a la misma presencia de Dios. El tema principal del autor de Hebreos es que todo lo que había sido simbolizado por el tabernáculo del Antiguo Testamento fue cumplido en Jesucristo. Él se llegó por nosotros hasta la misma presencia de Dios (9.24). Por tanto, es razonable suponer que toda esta estructura del Antiguo Testamento fuese un retrato visible de la futura obra de Cristo para realizar todo lo necesario para podernos acercar a Dios. El altar de los sacrificios, donde diariamente se ofrecía el cordero, lo vemos en el Nuevo Testamento en Cristo, quien es lla105

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mado Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1.29). La fuente de las abluciones, para mantener una limpieza continua, apunta hacia dos pasajes del Nuevo Testamento que se refieren a la obra de Cristo. En el evangelio Jesús les dice a sus discípulos que, habiendo sido limpiados una vez, ya no hay más necesidad que la de lavarse los pies, y es de suponer que se refiere a la limpieza del pecado de una vez por todas a través de su labor redentora, y posteriormente a la necesidad de confesar diariamente el pecado en la vida del creyente, para su propio bien (Jn 13.10). Asociado con este pasaje encontramos también 1 Juan 1.7-9, donde leemos que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado, y sin embargo, debemos confesar nuestros pecados continuamente, en la seguridad de que el Señor nos limpiará de toda injusticia. El candelero y los panes de la proposición nos recuerdan, por supuesto, las palabras que Jesús dijo sobre sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8.12), y «Yo soy el pan de vida» (Jn 6.35). El altar del incienso trae a la mente las palabras de Hebreos 7.25 sobre Cristo: «...viviendo siempre para interceder por ellos» (los que se acercan a Dios a través de Cristo). Finalmente, el arca de la alianza, el símbolo de la presencia misma de Dios con su pueblo, situado tras el velo, seguramente señala hacia las palabras de Cristo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn 14.6). Así como el sumo sacerdote entraba tras el velo una vez al año, simbólicamente, en la presencia misma de Dios, así también Cristo ha entrado de una vez por todas a su presencia, por nosotros (Heb 8.1s; 9.11s, 24-28; 10.19-23). Por esto fue que el día de la muerte de Jesús el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo. Ya no hace falta más simbolismo. Para cumplirlo, Cristo ha realizado todo lo que el mismo señalaba (Mt 27.51; Heb 10.20). Como el tabernáculo estaba situado en medio del campamento para señalar la presencia de Dios con su pueblo, los hijos de Dios
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aprendieron a buscarlo en su templo. En años posteriores se hará referencia con frecuencia a que su pueblo ora hacia el santo templo, acercándose a Dios por los medios que él le ha dado (1 R 8.29; Jon 2.4,7; Sal 5.5).
D. La apostasía y la nueva revelación (Éx 32—34) Dos incidentes ocurren en el proceso de las instrucciones que Dios le está dando a Moisés con respecto al tabernáculo, y antes de que este sea construido. Ambos tienen que ver parcialmente con el segundo mandamiento y con el conocimiento de Dios y la forma de adorar del pueblo. El capítulo 32 narra el incidente del becerro de oro que hizo Aarón mientras Moisés estaba en la cima de la montaña. Las acciones de Aarón fueron urgidas por el pueblo, pero no puede negarse su culpa y su involucramiento en el hecho. La referencia que se hace al becerro, como el dios de ellos (v. 4), puede tener alguna relación con el concepto antiguo del Medio Oriente de que había deidades invisibles que cabalgaban sobre animales visibles. Sea como fuere, se trataba de una idolatría manifiesta, en contradicción con el mandato específico de Dios. Vemos en este incidente la labor de Moisés como mediador. Intercede por el pueblo no porque no merezca el castigo de Dios sino porque se hallan involucrados el propio nombre y el honor de Dios (vv. 11,12). También recuerda el pacto hecho con los padres, que era el terreno donde se afianzaba su propia fe (v. 13) . La preocupación de Moisés por el pueblo está bellamente expresada en su oración de intercesión (vv. 30-32). De vez en cuando aparecen referencias al «libro» (vv. 32, 33) en las Escrituras (Sal 69.28; Dn 12.1; Mal 3.16,17; Flp 4.3; Ap 3.5; 13.8; 20.15). El Libro de la Vida contiene los nombres de todos los elegidos de Dios. En el Salmo 69.28 vemos que «ser borrado» es paralelo o equivalente a «no ser escrito con los justos». No es que
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Dios cambie de idea, sino que desde nuestra perspectiva hombres que parecerían justos podrían ser borrados, esto es, no haber estado nunca incluidos en el número de los justos. La respuesta que Dios da en este momento establece el principio que después expondrá Ezequiel de que cada hombre deberá dar cuenta a Dios por sus propios pecados (v. 33). En el capítulo 33 encontramos a Moisés deseando saber más sobre la verdad de Dios. Pide ver la gloria del Señor (v. 18). Al parecer, estaba pidiendo más de lo que se le podía permitir (v. 20). Sin embargo, Dios le responde, prometiéndole que le mostrará su bondad, que asocia con su nombre (v. 19). En realidad, no se nos dice qué vio Moisés en aquel día, solo que no vio la faz de Dios sino solo su espalda (v. 23). Lo que es de mayor importancia es la revelación verbal recibida por Moisés en aquel día. En 34.6,7 la revelación verbal de la bondad de Dios está registrada tal como Moisés la recibió. Ya hemos hablado de esta revelación cuando estudiamos el segundo mandamiento. Dicha revelación verbal se convirtió en el conocimiento de Dios que siempre tenían en mente los fieles cuando lo necesitaban, o cuando le rendían culto. Este pasaje está citado en el Antiguo Testamento, o se hace referencia o alusión de él, con mayor frecuencia que ningún otro. Unos cuantos son Números 14.18; Joel 2.13; Jonás 4.2; con frecuencia también en los Salmos, por ejemplo 103.8; en Nehemías 9.17, y en muchos más. El pueblo de Dios sabía cómo orar y que creer con respecto a Dios en todas las circunstancias porque tenía en su mente esta revelación verbal. Dios siempre sería así. Por eso, en Juan 1.14, se nos dice que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Jesús en la carne era todo lo que Dios había revelado de Sí mismo (Flp 2.6; 2 Co 4.4; Heb 1.3).

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E. El sistema de sacrificios (Levítico) Después de que se había levantado la tienda siguiendo los mandatos específicos de Dios, leemos en el libro de Levítico la revelación que Dios hace a Israel desde esa tienda (Lv 1.1). Esta revelación está relacionada sobre todo con aspectos del culto al Dios santo. Cuando fue entregada la Ley, según podemos recordar, Dios también estableció que se hicieran sacrificios (Éx 20.24-26). En aquella época no se había formado un sistema de sacrificios. Ahora esto se convierte en el asunto más importante de la revelación de Dios en el tabernáculo. Los capítulos que van del 1 al 6.7 contienen diversas ordenanzas para la regulación del sistema sacrificial. Dios ya le había mostrado a su pueblo cuál era el significado básico de la ofrenda al sacrificar un carnero en lugar de Isaac, es decir, la expiación vicaria. El carnero murió en lugar de Isaac. En la Pascua, el cordero por familia y por los primogénitos de Israel les enseñaba de nuevo que el sacrificio era en sustitución del pueblo (Éx 12). La sangre derramada por el sustituto debería recordarle por tanto al creyente continuamente que otro debería morir por él. Como dice el libro de Hebreos: «Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Heb 9.22). Aquí en los primeros capítulos del Levítico se nos dan los detalles de los sacrificios exigidos por los pecados del pueblo. Podemos clasificarlos de varias maneras. En términos de la cantidad del sacrificio había ofrendas parcialmente quemadas y totalmente quemadas (holocaustos); estos animales, generalmente del propio rebaño, deberían ser machos sin defecto. Con respecto al material ofrecido, había sacrificios de animales y de vegetales, que incluían granos, aceite, y frutas. Los tipos de sacrificios incluían ofrendas de paz, ofrendas por el pecado, y las ofrendas de expiación. Las ofrendas de paz eran
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hechas para expresar agradecimiento a Dios. Las ofrendas por el pecado, aparentemente eran por los pecados que eran reconocidos posteriormente, y que habían sido cometidos inadvertidamente, y las de expiación parecen estar relacionadas con toda clase de violaciones de la Ley de Dios, aunque en ocasiones la terminología usada no refleja una división estricta entre estos dos últimos tipos. En cuanto a las personas que ofrecían estos sacrificios, se mencionan algunas que ofrecían todos los tipos arriba mencionados, y otras que ofrecían sacrificios especiales en momentos especiales, o sea, en tiempos de inmundicia. Algunos sacrificios se ofrecen por familias enteras, como la Pascua. Otros son sacrificios nacionales, como por ejemplo el holocausto ofrecido dos veces al día por Israel. Hay también sacrificios especiales ofrecidos por los guías en tiempos señalados. Como podemos ver, la extensión del sistema sacrificial era grande. Se ha calculado, a base del censo registrado en Números, que debe haber habido cerca de dos millones y medio de personas en Israel durante su estancia en el desierto. Cuando pensamos en un número tan grande de personas y en el gran número de sacrificios que se debían hacer diariamente, la realidad supera toda posible imaginación. Añadamos a esto la exigencia adicional de Deuteronomio 12, de que todos los sacrificios han de ser hechos en un solo lugar escogido por Dios. Aquí vemos la total imposibilidad de semejante tarea. Dios estaba exigiendo con toda claridad algo que estaba más allá de toda posibilidad humana, más allá del alcance del hombre, y esto es precisamente lo que él quiere. Dios no quiso simplificar las cosas por causa de las dificultades que traía consigo el realizar tan gran número de sacrificios en un mismo lugar y con tanta frecuencia. La intención divina al darles a los hombres el sistema sacrificial era hacerles ver su propia condición terrible de pecadores, y su total incapacidad para resolver su situación. El sentido de la enormidad
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del pecado, y el consiguiente quebrantamiento de los corazones del pueblo, era el resultado deseado por Dios. El nunca pensó en hacer de los sacrificios un sustituto a la obediencia debida al Señor, sino un medio para reconocer el pecado y la culpa del pecador ante Dios. Este principio está bien ilustrado en el gran contraste entre Saúl y David, en tiempos posteriores de la historia de Israel. Aquí solo lo señalaremos brevemente, para verlo más tarde con detenimiento. Bástenos señalar que la actitud de Saúl era que el sacrificio era solo una ceremonia que debía llevarse a cabo para apaciguar a Dios (1 S 13.8-13; 15.20-21). La respuesta que le da Samuel en ese momento (15.22,23) demuestra con claridad que Dios nunca pretendió que el sacrificio fuera un sustituto para el cumplimiento de la Ley. Esta misma verdad es reiterada a través de todo el Antiguo Testamento (Sal 40.6; Is 1:11s; Am 5.21-24; Mi 6.6). Desdichadamente, la mayoría de los israelitas parecen haber seguido a Saúl en ver el sacrificio como una simple ceremonia que ha de celebrarse para aplacar a un Dios airado. Esto se hizo una de las grandes herejías judías, como lo demuestra la historia posterior. Por contraste, David comprendió muy bien que cuando hemos pecado, lo que Dios desea, más que el sacrificio, es un corazón quebrantado y contrito. Así lo expresó en la ocasión de sus grandes pecados y su arrepentimiento (Sal 51.16,17). El sacrificio debería llevar a la persona al quebrantamiento del corazón, al darse cuenta de su propio pecado y de lo desvalido de nuestra condición para poder hacer algo por nosotros mismos. Solo podían enseñar a ser humildes ante el Dios santo, con un corazón quebrantado. Esto es lo que le sucedió a David y Dios se complació en él. Por supuesto, el sistema sacrificial, que era inadecuado en sí mismo para borrar los pecados pero que mostraba la necesidad de la obra redentora de Dios, culmina en la obra real de Jesucristo, quien fue el verdadero sacrificio por nuestros pecados, y cuya muer111

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te pagó realmente la pena debida por los pecados de aquellos que crean en él. Este es uno de los temas centrales del libro de Hebreos, desde el capítulo 7 hasta el 10. El resto del libro de Levítico contiene indicaciones variadas que se refieren a la adoración y al sistema sacrificial. Se le presta gran atención a la consagración de Aarón y sus hijos para las funciones sacerdotales específicas que se relacionan con el sistema sacrificial (caps. 6, 8—10). La necesidad de que se realizara un sacrificio por ellos mismos subraya la advertencia hecha por el escritor de Hebreos de que el sistema del Antiguo Testamento era totalmente inferior a la obra de Cristo, y solo podía prefigurarla. En las regulaciones sobre los sacerdotes, están las ordenanzas con respecto a la parte que les correspondía en los sacrificios apartados para Dios (7.32s). Vemos la importancia de una obediencia perfecta a todas las indicaciones de Dios en lo que les sucede a Nadab y Abiú. Leemos que ofrecieron fuego extraño ante el Señor. Este fuego extraño es definido como un fuego que no era el que Dios había ordenado (10.1). Por tanto, no necesitamos suponer que lo que hicieron era particularmente extraño. En apariencia, se trataba de una simple innovación, algo añadido al culto que estaba prescrito. Pero tergiversaba la verdad divina, y como tal, era una amenaza para todo el propósito con el que Dios había establecido el ministerio de los sacerdotes delante de él. Vemos nuevamente lo importante que Dios considera su Palabra, y cómo su pueblo debe aprender a tenerle el respeto debido. Las leyes de limpieza que están en los capítulos del 11 al 24 han sido ideadas también para enseñarle al pueblo que Dios hace distinción entre los limpios y los que no lo están. Por este medio, Dios les infundió sensibilidad sobre lo que es santo (separado para Dios), como opuesto a lo que es profano. Muy en particular, Dios se proponía que el pueblo reconociera su propia santidad como pueblo de Dios, en contraposición con el resto de las naciones,
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que no lo eran. Esto se afirma de manera explícita en el capítulo 20, versículos 24 y 25. En medio de estas leyes tan tediosas, que son difíciles incluso hasta de leer, nos encontramos con un versículo que dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (19.18), y de pronto nos damos cuenta de que no se trata de unas leyes sin importancia sino que tienen mucho que decir con respecto a Dios y a nosotros mismos. Dios le estaba detallando su voluntad a un pueblo pecador en el que había la inclinación a desobedecerlo y a hacerse daño unos a otros. Iban a vivir en medio de una cultura pagana, como pueblo de Dios. En medio de los millares de leyes dadas por Dios, en estas ocho palabras se encuentra la esencia misma de la Ley, como ya hemos señalado. Por tanto, cada mandato que encontramos aquí era realmente una amplificación del gran mandamiento, tal como fue definido por Jesús: Amar a Dios con todo el corazón y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Las ordenanzas con respecto al año del jubileo (cap. 25) son buena ilustración de que la ley del amor es el espíritu que llena toda esta sección. Se coloca dentro del mismo calendario del pueblo de Dios una periodicidad cuyo fin será recordarle el amor que Dios le tiene al darles sus ricas herencias a sus hijos (vv. 23,24) y dar oportunidad de que se manifiesten su amor mutuo restituyendo toda la tierra cada cincuenta años a aquellos a quienes Dios se la dio primero, o a sus herederos (vv. 25-28). La sección que trata de los votos (cap. 27) indica las maneras en que se podían hacer compromisos especiales con el Señor. Estos compromisos incluían personas y posesiones, e incluso las casas y las tierras. Se hacían como dones ofrecidos especialmente a Dios y apuntan a la manera de administrar más fielmente los dones de Dios. Nada de lo que ya había sido reclamado por Dios podía ser consagrado de esta manera especial, como por ejemplo las primicias de los animales, que ya pertenecían a Dios (v. 26; ver Éx
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13.2); o el diezmo (v. 30). Toda la sección señala hacia la exhortación de Pablo a los cristianos de Roma de que nuestros cuerpos han de ser presentados a Dios en sacrificio vivo, que es nuestro culto racional (Ro 12.1,2).
F. Los años de vida errante (Nm 1—20) Una vez que había sido dada la legislación básica, el Señor, hablando todavía desde el tabernáculo, da a Moisés las instrucciones de que haga un censo. Esta enumeración, junto con un segundo censo al final de los cuarenta años, registrado en el capítulo 26, le da al libro su nombre en español. El censo debería incluir solamente los varones de veinte años en adelante que estaban en condiciones de ir a la guerra (1.2,3). El número total alcanzó 603.550 (v. 46), y no incluía a los levitas (v. 47). A continuación se da el orden en que han de marchar las tribus, con Dan y las dos tribus asociadas a él a la cabecera. Después venía Judá con sus dos asociadas en el flanco derecho, Efraín y sus dos en el izquierdo, y Rubén y sus dos en la retaguardia. En Éxodo 13.2, Dios había reclamado para sí los primogénitos en ocasión de su acto de salvarlos del juicio que cayó sobre Egipto. Deberían ser suyos de manera especial. Sin embargo, en lugar de que todos ellos se dedicaran especialmente al servicio de Dios como sacerdotes, estos se escogen una tribu, los levitas, para que se dediquen a su servicio. Ahora se hace recuento de todos los primogénitos de Israel y de todos los varones de la tribu de Leví. Los levitas eran 22.000 (3.39), y los primogénitos de Israel 22.273 (v. 43). Por consiguiente, el Señor tomó para sí a los levitas en lugar de todos los primogénitos de Israel. La diferencia era satisfecha por la redención de los primogénitos que estaban en exceso sobre el número de levitas, con cinco ciclos por cada primogénito que hubiera además de los 22.000 (vv. 44-51).

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De esta manera el Señor reclamaba a todo Israel como posesión suya, puesto que al salvar a los primogénitos, como ya hemos indicado, salvaba a todo Israel, e igualmente, al escoger a los primogénitos, representados ahora por los levitas, para que se dedicaran enteramente a su servicio, estaba en realidad reclamando a todo Israel como posesión suya, y para su servicio. El capítulo 4 contiene leyes sobre los distintos oficios de los levitas en el servicio de Dios. Los capítulos 5 y 6 contienen diversas leyes referentes a la relación entre Dios y su pueblo, cuando se preparen a entrar en la tierra prometida. La ley del celo del capítulo 5 se crea para combatir el problema del adulterio, que podía amenazar el hogar. La metodología utilizada para probar el adulterio es similar a la de otras leyes similares que existían en las diversas culturas del Medio Oriente en la antigüedad. La diferencia entre esta ley y las de esas culturas está en que se establece bajo la autoridad de Dios, a causa de la preocupación divina por la familia y por las bendiciones de la descendencia. Las leyes de los nazarenos del capítulo 6 son un tipo especial de votos, y pertenecen al grupo de leyes sobre votos que se encuentran en el capítulo 27 del Levítico. Al parecer, los nazarenos eran escasos en Israel, y sirven de ejemplo de vidas santas separadas para Dios. Así como en otras leyes sobre votos, el propósito aquí parece haber sido mostrarle al pueblo los ideales de servir personalmente a Dios, sin necesidad de que él lo exigiera. El deseo de Dios era que todo compromiso especial con él partiera del corazón, es decir, fuera voluntario. En la preparación final para dejar el Sinaí, los capítulos del 7 al 9 recogen las ofrendas de los príncipes de Israel, el momento en que es encendida la lámpara del santuario, y el recuerdo hecho de las diversas leyes que habían sido dadas, tales como la purificación de los levitas y las leyes sobre la Pascua.

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Los capítulos del 10 al 12 hablan sobre la salida del Sinaí, y constituyen la primera prueba de la Ley de Dios en las vidas de los israelitas en medio del camino. Lamentablemente, la fe del pueblo era débil, y muchos no observaron la Ley de Dios. Pronto se convirtieron en murmuradores y Dios comenzó a purificar a Israel de su escoria (11.1). Se nos dice que Israel estaba compuesto de una multitud mezclada. El significado exacto de esta expresión es incierto. Algunos lo toman como que eran extranjeros. Sin embargo, prefiero pensar que la mezcla era el mismo tipo de mezcla que hemos estado viendo desde el principio, es decir, entre la simiente de la mujer y la de la serpiente, o sea, entre los hijos de Dios y los de Satanás. En la iglesia visible del desierto, es decir, entre los israelitas, había verdaderos creyentes y otros que no lo eran. Aquí Dios, como siempre que trata con su pueblo, no permite este estado de cosas. El siempre está purificando a su Iglesia. Por tanto aquí, la matanza de los murmuradores era un acto de limpieza por parte de Dios. Pablo entiende así el incidente, según leemos en 1 Corintios 10.1-6. Habla de «nuestros padres», los israelitas, que eran parte todos de la iglesia visible de Dios. Y sin embargo dice que Dios no se complacía en la mayoría de ellos, y por tanto, fueron desechados en el desierto. Judas 5 dice prácticamente lo mismo, explicando que cuando Dios sacó la masa del pueblo israelita de Egipto, destruyó sin embargo a aquellos de entre ellos que no creían. No debemos olvidar que la iglesia visible no equivale al verdadero pueblo de Dios. Siempre habrá una multitud mezclada en la iglesia. La fe del propio Moisés fue probada en estos días de jornada desde el Sinaí hasta Canaán. Primeramente, pudo ver sus propias limitaciones (11.14) y Dios le proveyó la ayuda que necesitaba (11.16ss). Dios no prueba nunca a los suyos más allá de lo que sean capaces de hacer, sino que suple las necesidades que tengan (1 Co 10.13).
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Después, la propia familia de Moisés, su hermano y su hermana, lo tientan haciendo un reto a su jefatura (12.1ss). Pero Dios lo sostiene y lo exalta sobre los demás (12.6ss). Por tanto, antes de que el pueblo hubiera tan siquiera llegado a Canaán, en unos pocos meses ya habían manifestado una gran debilidad y ser incapaces de permitir a la voluntad divina obrar en su vida. Ni el pueblo ni sus jefes estaban preparados para disfrutar de la tierra en presencia del Señor, en su adoración y servicio. El informe de los espías que aparece en 13.27-29 era favorable en una tercera parte, y lleno de prevenciones y temores en las dos terceras partes restantes, lo cual indica la falta de fe que había entre los jefes. Un hombre, Caleb, parece haber demostrado, de entre estos jefes, una fe digna de recibir la herencia (v. 30). Notemos cómo los «jefes» se dejan llevar por el pensamiento del pueblo, y ahora hablan en contra de entrar en la tierra (v. 31ss). Esto subraya la clase de dirigentes que la iglesia no necesita: los que buscan indicaciones en el temperamento de la gente que se supone que debe ser guiada. De nuevo aparece Moisés como el gran mediador entre Dios y su pueblo, e intercede por él cuando Dios está a punto de destruirlo (14.11-19). Moisés, en su ruego de que sea perdonado, trae a recuento la revelación que Dios le había dado en el Sinaí (Nm 14.19; cf. Éx 34.6,7). La inmediata respuesta que le da Dios indica que una vez más ha estado probando a Moisés con lo que dijo para ver si Moisés se acogía con fidelidad a la revelación que él le había dado. Debido a su oposición a entrar en el país y a su murmuración, Dios comenzó de nuevo a purificar a Israel de todos los que no creían. Solo permitiría entrar a la herencia a aquellos que creyeran (14.26-35). La siguiente prueba de Moisés fue la rebelión de Coré (caps. 16; 17). Era el segundo reto a la autoridad de Moisés y demostraba cuán extendida estaba la rebelión en los corazones de aquellos des117

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creídos. Ellos se consideraban santos, pero su espíritu y sus palabras decían lo contrario (16.3). Ese día Dios volvió a presentarse y mantenerse junto a Moisés, reivindicando su jefatura y destruyendo la oposición. El que el pueblo no aprobara lo sucedido demuestra lo extendida que estaba la falta de fe entre los israelitas (16.41ss). Después de dicho incidente queda reafirmada una vez más la autoridad de Aarón, puesto que Coré y sus compañeros habían pertenecido a la misma tribu (17.1-11). También son purificados una vez más los levitas para el servicio específico de Dios, tal como él lo ha determinado para ellos (cap. 19). Se suceden las tragedias una tras otra, a medida que Dios va purificando a Israel de toda su falta de fe en sus años de vida errante en el desierto. De esos años se registran solo unos pocos incidentes. El capítulo 20 narra que en una ocasión, mientras el pueblo estaba murmurando, Moisés actuó de forma inconsistente con su fe y, por consiguiente, no honró a Dios ante Israel (20.1013). El resultado fue que Dios le rehusó la entrada en la tierra prometida. Los cargos contra Moisés eran que no había creído en el Señor en lo que había hecho. Por tanto, no lo había glorificado ante el pueblo (v. 12). Lo que hizo nos podrá parecer poca cosa a nosotros. Después de todo, ¿quién podría culparlo de ser impaciente, después de tantos años? La pena que tuvo que pagar era muy pesada. De nuevo le está manifestando Dios a su iglesia con esto que a sus ojos ningún pecado es cosa leve. Incluso Moisés, el dador de la Ley, tuvo que permanecer sujeto siempre a la Ley de Dios, y honrar al Señor por medio de ella. La importancia que tiene para Dios el fin de la Ley, queda claramente manifestada aquí. Moisés en ese día no mostró amor por el Señor o por su pueblo. Dios no pasará por alto nunca ni el que nos parezca más leve de entre nuestros pecados. Por supuesto, Moisés fue perdonado, pero tuvo que arrastrar las consecuencias de su pecado. No pudo entrar a la tierra de
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Canaán. Cuando fue rechazado, Moisés aceptó el castigo como corresponde a un hijo de Dios, demostrando que era de verdad un hijo suyo y no un bastardo (Heb 12.7,8). Podemos notar el contraste entre la reacción de amargura de Caín, cuando se enfrenta con la acusación de Dios, o más tarde, la de Saúl cuando Samuel lo enfrenta con su propio pecado. Moisés y David nos muestran como debe comportarse un hijo de Dios ante la corrección divina. El capítulo 20 nos narra la muerte de María (v. 1) y la de Aarón (v. 28). Antes de que Aarón muriese, su oficio es traspasado a su hijo Eleazar (vv. 25ss).
G. El final de la jornada (Nm 21—36) A medida que el pueblo se acercaba a Canaán, aproximándose con ello al final de la jornada, se iba haciendo evidente que aún había algunos que no creían (cf. Jud 5). A pesar de la victoria que les fue dada sobre los enemigos cananeos, estando todavía fuera del territorio de Canaán, algunos murmuraban y no creían (vv. 1-5). Dios envió las serpientes ardientes como juicio para todo el campamento de Israel para desechar a los que aún no creían (v. 6). Para aquellos que se arrepintieron y confesaron su pecado, es decir, los que tuvieron corazón contrito, Dios puso una manera de obtener la liberación: la serpiente de bronce. Mirarla era vivir. Tampoco dejaremos de repetir que la palabra usada aquí para decir «mirar» (v. 9) no es la corriente. Esta palabra significa mirar con expectación, con anhelo. En este contexto significa sin duda mirar con fe. La razón por la que digo esto es porque Jesús hizo una comparación entre este suceso y el momento en que él mismo sería levantado en alto. Jesús dice que si los hombres creen en él cuando sea levantado en alto tendrán vida eterna (Jn 3.14,15). Aquel día, cuando Moisés levantó la serpiente, todos los que confiaban en Dios miraron a la serpiente con fe en que Dios los sanaría, y fueron sanados. Los que no creían murieron. Parece como si en cierto
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sentido el levantamiento de esta serpiente de bronce fuera similar o relacionado con el momento de Génesis 3.15, cuando Dios promete darles victoria a todos aquellos que confíen en él sobre nuestro verdadero enemigo, Satanás, la serpiente. Los siguientes capítulos narran la conquista de la tierra del lado este del Jordán. Se les presta mucha atención a los sucesos relativos a Balac y Balaam. Balaam sigue siendo un personaje raro dentro de las Escrituras. Su reputación era grande, puesto que Balac había oído hablar de él en Moab, aunque todavía vivía en Mesopotamia (22.5). Tenía reputación de tener poder para bendecir y para maldecir (v. 6). Balaam parece haber dependido del Señor en su sabiduría (v. 8). Cómo llegó a conocerlo, no lo sabemos. Recordemos, sin embargo, que Labán conocía al Dios de Jacob. Los antepasados de Abraham habían vivido allí por largo tiempo. Es posible que quedara algún conocimiento cierto de Dios en el este, después de que Abraham y Jacob hubieron partido. Dios le hizo ver a Balaam que él había bendecido a Israel y, por tanto, él no lo debía maldecir (v. 19). Dios, después de manifestarle su disgusto por su insistencia en ir, le permitió hacerlo, pero solo con el fin de bendecir a Israel. Balaam bendijo a Israel cuatro veces, de acuerdo con el deseo de Dios, aunque Balac protestaba ardientemente (23.7ss, 18ss; 24.3ss, 15ss). Se sentía comprometido por la palabra de Dios, aunque sin duda deseaba la recompensa de Balac. A diferencia de Abraham, que rechazó las riquezas con que quería recompensarlo el rey de Sodoma (Gn 14.23), Balaam ha de haber codiciado estas dádivas que estaban aparentemente tan lejos de su alcance. Las Escrituras nos dicen que después de su cuarta bendición, regresó a su lugar. No estoy seguro de si significa que regreso a Mesopotamia, o simplemente al lugar donde habitaba en Moab. Las Escrituras nos hablarán más adelante sobre Balaam.
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En 25.1ss leemos sobre la fornicación de los hijos de Israel con las hijas de Moab. Evidentemente se unieron sexualmente con ellas y hasta dieron culto a sus dioses. Rompieron su pacto con Dios y lo hicieron airarse. A consecuencia de esto, murieron 24.000 (v. 9). En 31.16 leemos también que la mezcla de estas madianitas de Moab con Israel se había realizado por consejo de Balaam. Tenemos que reconstruir lo que debe haber sucedido. Evidentemente, Balaam, frustrado por no haber conseguido su recompensa, y viendo que Dios no le iba a permitir maldecir a Israel, aconsejó a Moab que sedujera a los israelitas e hiciera que pecaran contra su Dios. No sabemos si recibió recompensa por su consejo o no. Como quiera que fuese, no vivió para disfrutarla. Fue matado en guerra contra los madianitas. Para tener una visión mejor del mal consejo dado por Balaam se pueden ver también Judas 11 y Apocalipsis 2.14, que comentan este suceso. De hecho, Judas usa los nombres de Caín, Coré, y Balaam como ejemplos de hombres descreídos y sin Dios que pueden aparecer incluso en la iglesia. El segundo censo, realizado al final de los cuarenta años de vagar por el desierto, muestra que el tamaño de Israel era ahora muy distinto del que había tenido anteriormente. En los cuarenta años de purificación, el Señor bendijo a Israel con más descendientes, esta vez una descendencia más disciplinada y obediente que estaba preparada para entrar a la tierra prometida. La primera generación que se había negado a entrar, ya había muerto toda (26.64). El carácter noble de Moisés queda de manifiesto en su preocupación sobre lo que sería de su pueblo después de su muerte. Sigue actuando de mediador, y ruega que, por el bien de ellos, se le dé un sucesor (27.16). El Señor lo consoló aquel día, nombrando a Josué (27.18). La tierra de Canaán sería entregada a los que habían sobrevivido a la experiencia del desierto (26.52). La labor de Josué sería conquistarla y distribuirla. La tierra repartida quedaría perpetua121

El plan de Dios en el Antiguo Testamento

mente en posesión de la misma familia (26.55). Aquí se presentaba el problema de las hijas y su reclamación de la parte que les correspondía al morir su padre (27.1). El Señor había establecido que todas las mujeres, al igual que los hombres, tenían derecho a su porción de la herencia familiar. Sin embargo, ninguna heredera podía casarse fuera de su tribu, y llevarse así su tierra de una tribu a la otra (ver cap. 36). Cuando comenzó la conquista de las tierras al este del Jordán, dos tribus y media solicitaron tener la tierra conquistada, a causa de sus grandes cantidades de ganado (32.1ss). Les fue concedida, a condición de que no disfrutaran de su herencia antes de que las demás tribus hubieran recibido la suya. En estos asuntos relativos a la herencia podemos ver la preocupación de Dios por todos, y el lazo de amor y sentido de responsabilidad mutua que estaba construyendo en los corazones de los hijos del pueblo. La tierra era en realidad del Señor, y podía ser usada por Israel mientras le fuese fiel. Se repetía el pacto antiguo que les daba bendiciones en la tierra, siempre que obedecieran a Dios. Su obediencia era esencialmente una indicación de que seguían amando a Dios y amándose unos a otros. Mientras siguieran preocupándose los unos por los derechos y privilegios de los otros, se manifestarían amor. Si se volvían egoístas y se desinteresaban de las necesidades de los demás, dejándolos de amar, entonces Dios les quitaría todo. Aquí vemos a Dios estableciendo un principio para inculcarles responsabilidad mutua, al mismo tiempo que entran juntos en la tierra del Señor.
H. El segundo grupo de leyes (Deuteronomio) El nombre Deuteronomio significa «la segunda ley». Se refiere a los mensajes dados por Moisés a Israel al final de su largo viaje a través del desierto. No era una ley nueva, sino una interpretación de la Ley y de las experiencias de Israel en los años de desierto. El
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lugar donde son entregados estos mensajes es el lado este del Jordán, frente a Jericó. El Arabá es el valle del Jordán (1.1) . El primer discurso (1.4—4.40) es más que nada un resumen histórico de las relaciones de Dios con Israel. Acentúa aquí el concepto de que el Dios que ha tratado con Israel es único (3.24; 4.39). Esta condición de único se presenta en las formas en que Dios ha ido bendiciendo o castigando a Israel, de acuerdo con la relación que el pueblo ha tenido con él. En su carácter de exclusividad ante Israel, el Señor hace un llamado para que sea su pueblo y le rinda completa obediencia a Dios (4.1). Lo que Dios ha enseñado debe ser obedecido si Israel quiere complacer al Señor. No se debe tomar a la ligera ninguna parte de la revelación divina (4.2). La obediencia a la Palabra de Dios constituye el sello distintivo de su pueblo, y lo hace sobresalir de entre todos los que lo rodean (4.6,7). Tal como vimos cuando entrega los Diez Mandamientos, Dios está pidiendo no una simple conformidad exterior con la Ley sino una obediencia de corazón. Por tanto, el problema del corazón recibe aquí un nuevo énfasis. Es en el corazón donde Dios debe ser obedecido, si es que se le va a obedecer (4:9). El tema del corazón es uno de los temas centrales de Deuteronomio. Podemos seguirlo a través de unos cuantos versículos para ver su significación aquí. En 4.9 Moisés enseña que la obediencia debe nacer en el corazón. Puesto que el corazón del hombre está inclinado a alejarse de Dios, el Señor habla de lo mucho que su pueblo necesita un nuevo corazón para que lo puedan obedecer, amar, y temer (5.29). En 10.16 esa necesidad se expresa en términos de un corazón circunciso. Aquí vemos que el sacramento de la circuncisión tenía por objeto ser un signo de la limpieza interior que era necesaria para la salvación del pueblo de Dios. Siguiendo más allá el tema del corazón, en 29.4 Moisés reconoce que Dios no les ha dado aún un corazón capaz de obedecer, es decir, un corazón nuevo. Aún están faltos de fe. Pero en 30.6 les
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habla de la promesa de un corazón que hará la voluntad de Dios. Es un corazón circuncidado, limpiado, nacido de nuevo. En este tratado sobre el corazón que está entretejido en el texto del Deuteronomio, Dios está mostrando que él mismo proveerá aquello que exija y que Israel no sea capaz de producir por sí mismo. Además de presentar el tema del corazón en el capítulo cuarto, Moisés previene también contra la idolatría (v. 15), puesto que Israel ha de ser únicamente propiedad exclusiva de Dios (v. 20). Es de notar a través de todo el Deuteronomio, el elemento profético referente al futuro estado espiritual de Israel. Donde primero lo encontramos es en el capítulo 4. Moisés predice que vendrá el día en que Israel le fallará a Dios y será castigado (4.25ss). También le señala el camino para regresar a Dios (v. 29). La seguridad que tiene Moisés de que Dios está dispuesto a perdonar los pecados de Israel cuando se arrepienta se basa sin duda en la revelación que Dios le ha dado anteriormente (Éx 34.6,7). El primer mensaje, que está basado en la exclusividad de Dios con respecto a Israel, y la exclusividad de Israel en medio de las naciones, termina en forma adecuada con la nota sobre el único Dios de Israel. No hay ningún otro (v. 39). Entre el primer discurso y el segundo hay un breve intermedio histórico (vv. 41-43). Después de haberles dado la seguridad de que entrarán en Canaán, Moisés establece tres ciudades de refugio, aun antes de que hayan cruzado el Jordán. El segundo discurso (4.44—26.19) presenta la misma disposición que el primero. Comienza recordando la Ley de Dios y distinguiendo al pueblo de Dios del mundo. La Ley se presenta de nuevo en 5.6-21, y varía muy poco del original dado en el Sinaí y escrito en el Éxodo, capítulo 20. Es obvio que Dios reconoce que ellos no pueden guardar la Ley por sus propias fuerzas cuando pide lo que es necesario: un corazón que quiera obedecer a Dios. El versículo 29 puede compararse con Génesis 18.19. Así vemos la continuidad
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que hay en el trato de Dios con su pueblo. El no altera nunca sus propósitos para con él. Pasamos a continuación al capítulo 6. Aquí se define al corazón recto como un corazón que ama a Dios en forma total. No puede haber lugar en el corazón de la persona justa para amar a nadie que no sea Dios (6.4). Sin embargo, dentro de nuestro amor a Dios está contenido nuestro amor mutuo. Como Juan señalaría más tarde, si no nos amamos unos a otros no tenemos el amor de Dios en nuestros corazones (1 Jn 4.20). Este pasaje que comienza en Deuteronomio 6.4 recibe el nombre de «Shemá», porque comienza con la palabra hebrea «Shemá», que significa «oye». Este pasaje en particular contiene instrucciones específicas con respecto a los deberes de los padres. No puede ser visto aislado, sino que ha de tomarse en el contexto de pasajes como Génesis 18.19 y el quinto mandamiento. La Iglesia de Dios está edificada con las familias que Dios llama. Moisés por tanto está llamando a los padres a que crean a Dios y lo amen, y a que enseñen a sus hijos a creerlo y amarlo también. Dios ha dispuesto que la instrucción de la iglesia comience en el hogar. Las clases de la escuela dominical o de la escuela bíblica de vacaciones nunca podrán hacer lo que se exige aquí. Ni aun la escuela cristiana puede ser un sustituto de la instrucción de los padres en casa. Es un deber paternal imperativo que concierne a todos los padres cristianos. Cuando se toma con seriedad este mandato, el pueblo de Dios prospera, tal como está prometido en el quinto mandamiento. En el capítulo 7 Moisés abunda en la razón por la cual Dios ha escogido a Israel. Lo ha escogido para que sea santo (separado para Dios). Esto lo hace algo único en toda la tierra. La razón que se les da para que Dios los haya escogido como pueblo suyo es siempre y solamente el amor. No podemos ir más allá de esto (vv. 7,8).

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Ahora, cuarenta años después de que el primer intento de entrar a Canaán fallara por causa de su falta de fe, Moisés trata de construir esa fe del pueblo en Dios, y no sobre ellos mismos (7.17,18,23). Los exhorta a que aprendan de las lecciones recibidas en los pasados cuarenta años de vida errante (8.2-5). Deberán confiar, de manera especial, en la Palabra del Señor (v. 3). Mientras que antes el problema del pueblo era el miedo a sus enemigos, ahora se ha presentado otro problema. El pueblo está amenazado por el orgullo espiritual. No deberían suponer que Dios les estaba dando la tierra porque ellos con su justicia la estaban mereciendo. La maldad de los cananeos es la que hace que Dios los expulse (9.4-5). De nuevo nos encontramos aquí con la doctrina de la soberanía de Dios sobre toda la tierra. Todo es propiedad suya, y él a quien le plazca lo da. Todos hemos de rendirle cuentas a Dios. En 10.12 Moisés pone énfasis una vez más en la obediencia de corazón, y resume toda la Ley como el amor de Dios con todo el corazón, al mismo tiempo que se le sirve con el corazón. Aquí es donde se plantea de nuevo el problema del corazón. Deberá ser circuncidado (limpiado) si el pueblo se decide a obedecer a Dios (10.16). En 11.26 se le presentan dos alternativas a Israel: la bendición o la maldición. Será bendecido si obedece a Dios; si no lo hace, será maldecido. Las bendiciones traen consigo responsabilidades únicas a este pueblo privilegiado. Esto tiene el propósito de poner énfasis en la verdad de que el pueblo de Dios, que tiene el privilegio único de ser bendecido por Dios por encima de los demás pueblos, debe también aceptar la responsabilidad que trae consigo tal privilegio, o sufrir grandemente por su falta de fidelidad. La historia posterior de Israel ilustrará la relación existente entre la bendición y el sistema de sacrificios, tal como se presenta en Levítico, notamos lo difícil que sería hacerlo así, debido a la gran cantidad de ofrendas que se necesitaban diariamente por los pecados de tantas
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personas. Y esta es exactamente la cuestión. Dios les estaba enseñando que solo había un lugar de sacrificio que fuera aceptable ante él, sin importarle lo difícil que les resultaba obrar de acuerdo con ello. Sin duda, este lugar, que Dios habría de designar, señalaría hacia el único lugar verdadero, del único sacrificio auténtico, el Calvario. En el capítulo 13 se habla de ciertas amenazas a la continua bendición de Dios sobre su pueblo. Estas amenazas vienen a través de los falsos profetas o maestros que pueden surgir en Israel. Aunque obren señales impresionantes, o prediquen cosas que han de suceder para convencer al pueblo, no deben ser seguidos si su enseñanza es contraria a la palabra revelada de Dios. Esto hace de la Ley de Moisés el patrón de todas las revelaciones y enseñanzas siguientes. La Palabra infalible de Dios es la única autoridad para el pueblo de Dios. No se le debe permitir a nadie que nos aparte de la Palabra, ni a los profetas (13.1), ni a los miembros de nuestra propia familia (13.6), ni tan siquiera a una ciudad entera (13.12,13). La preocupación de Dios por los pobres de su pueblo está expresada en el capítulo 15. Aquí Dios advierte, a través de Moisés, que no debemos usar nunca la Ley como un medio para herir a las personas, o aprovecharnos de ellas. Más tarde, el Señor acusará a los fariseos de haber cometido precisamente este tipo de pecado (Mr 7.10-13). Una interesante advertencia contra la presencia de reyes sobre el pueblo en un futuro, la encontramos en el capítulo 17. Los impresionantes detalles de similitud entre estas advertencias y la conducta observada por Salomón mucho después demuestran la gran profundidad espiritual que le fue dada a Moisés cuando preparaba al pueblo para todas las contingencias que le pudieran suceder de acuerdo con su obediencia o desobediencia (vv. 14-17). Tal como Dios habría de revelar nuevas verdades a través de otros profetas que habían de venir, así como había hecho adverten127

El plan de Dios en el Antiguo Testamento

cias previamente contra los falsos profetas (13.1ss), ahora prepara el camino para los verdaderos (18.15-19). El profeta verdadero ha de ser como Moisés, esto es, ha de estar en armonía con la Palabra de Dios a través de Moisés. También hablará Palabra de Dios y no pensamientos humanos. Como le sucede a Moisés, así le sucederá a él: lo que diga tendrá autoridad, porque permanece dentro de la Palabra de Dios (v. 19). La prueba que se da aquí para identificar al verdadero profeta es una prueba secundaria. Siempre estará sujeta a la primera, que es su concordancia con las revelaciones recibidas a través de Moisés. Lo sabemos porque Dios había dicho anteriormente que un profeta podría predecir lo que sucedería realmente, y sin embargo ser falso (13.1,2). Pero solo el profeta verdadero estará en armonía con la Palabra de Dios. (Comparar Hechos 17.11, donde hay un ejemplo del Nuevo Testamento sobre este principio). En el capítulo 20 notamos que hay dos instrucciones diferentes con respecto a los enemigos de Israel. Los que están lejos, es decir, en tierras que no han sido prometidas a Israel serán sondeados en son de paz, y se los ha de atacar solo si rechazan esa paz (20.10-12). Por el contrario, las ciudades que están al alcance de la mano, esto es, en Canaán, que ha sido prometido a Israel deberán ser destruidas por completo, porque Dios no quiere que su pueblo more en medio de gentes pecadoras (vv. 16-18). Fue en un intento inútil de observar esta ley que más tarde Josué se metió en serias dificultades que resultarían nocivas para toda la historia de Israel (Jos 9.3-15). El capítulo 22 contiene pasajes que reflejan la preocupación de Dios no solo por Israel y por los seres humanos en general sino hasta por las pequeñas criaturas de la tierra (vv. 6,7). Nos demuestra que Dios se preocupa de todas sus criaturas y conoce las necesidades de cada una, las protege de sus enemigos y las alimenta según su necesidad. Esta doctrina sirve de gran consuelo también al pueblo de Dios, como vemos en los capítulos 38 al 41 de Job y en Mateo 6.25-34.
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Los capítulos restantes de este discurso (24—26) contienen leyes diversas referentes a las relaciones entre los ciudadanos del reino de Dios. Entre ellas encontramos, en 24.1-4, la ley relativa al divorcio. Es bueno recordar que aquí el divorcio es permitido por causa de los pecados del corazón de los hombres, como el mismo Jesús enseñaría más tarde (Mt 19.7,8). La ocasión de divorcio, tal como lo permitía Moisés, es que el esposo haya dejado de amar a la esposa porque encontró algo indecente en ella (24.1). A menos que la haga sufrir por crueldad, o le haga daño, el divorcio es permitido. Pero, como enseñó el Señor, al principio no era así. Dios nunca propone el divorcio como algo bueno o deseable. La preocupación de Dios por los débiles y desamparados se hace muy evidente en estos capítulos. Además de su preocupación por la esposa maltratada, como ya hemos señalado, en 24.14, manifiesta su interés en el pobre contratado como siervo, y en 24.17,19 por el extranjero, el huérfano, y la viuda. Hasta un buey ha de ser tratado justamente (25.4). Esta última ley fue aplicada por Pablo como un principio con respecto a los ministros de la Palabra. También ellos han de recibir su paga de aquellos a quienes ministran la Palabra (ver 1 Co 9.9). Vemos aquí expuesto también el principio de la culpa individual (24.16). Evidentemente, en años posteriores el pueblo llegó a pensar que este principio no era cierto, y a quejarse de que eran castigados por los pecados de sus padres (Jer 31.30; Ez 18.2-4). El discurso se cierra con una declaración final sobre la meta que Dios tiene fijada a su pueblo. Deberán llegar a ser, por encima de todas las naciones, un pueblo de Dios único y santo (26.19). Los capítulos 27 a 30 recogen la renovación del pacto de Dios con su pueblo. Primeramente se establece lo que Dios espera: que todos los mandamientos sean guardados (27.1). A continuación, da instrucciones que sirven para recordarle al pueblo la voluntad de Dios. La Ley debería ser escrita en concreto en el
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corazón de la tierra prometida a fin de que todos puedan verla y recordarla (vv. 2-8). La ceremonia del monte Garizim y el monte Ebal, descrita en 27.11ss, deberá servir como un nuevo y solemne recordatorio de la seriedad del pacto hecho por el pueblo con Dios. Las dos montañas, que se levantan en el corazón de la tierra, cerca de Siquem, están separadas por un estrecho valle. Las personas que se pararan al pie, o en las partes bajas de las dos montañas, una frente a otra, podían oírse mutuamente con facilidad. La mayoría de las maldiciones que encontramos aquí se refieren a pecados secretos que podrían pasar desapercibidos del pueblo. Esto los hacía particularmente peligrosos, y a ello se deben las terribles maldiciones que traían consigo. Más tarde, en la época de Josué, veremos cómo un pecado secreto estuvo a punto de destruir al pueblo (Jos 7.1ss). La médula del pacto de Dios con Israel se presenta con claridad en este capítulo 28. Mientras el pueblo permanezca fiel a Dios, continuará en la tierra de Canaán y prosperará (vv. 1-14). Pero si dejan de vivir como hijos de Dios, entonces él traerá juicio sobre ellos y dará por terminada su permanencia y su prosperidad en la tierra (vv. 15-68). En el juicio van incluidas las maldiciones (vv. 20ss), los castigos (vv. 25ss), la cautividad (vv. 36ss), el sufrimiento (vv. 47ss), y la dispersión (vv. 64ss). Notaremos en la historia posterior de Israel lo completamente que se cumplieron estos juicios sobre un Israel desobediente. Este era el antiguo pacto, basado en la capacidad que tuviera Israel de obedecer a Dios y guardar sus mandamientos. Mientras fueran fieles Dios les prometía la prosperidad en la tierra de Canaán. No en balde el escritor de Hebreos habla del nuevo pacto basado en la obediencia y la obra de Cristo como más segura y portadora de mayores promesas, o sea, una herencia eterna en un hogar celestial (Heb 8.6-13). El antiguo pacto sirvió para demostrarle al pueblo de Dios que necesitaba el nue130

La liberación del Pueblo de Dios

vo. El nuevo dependía no de las obras de los hombres sino solamente de la gracia de Dios y de su obra a través de Jesucristo. Si fallaba el antiguo, se perdía la tierra. Pero por el triunfo del nuevo a través de Jesucristo hay una herencia eterna asegurada para todos aquellos que crean en Cristo. Esta herencia no se desvanecerá, como le pasó a la tierra de Canaán (1 P 1.3-5). Aun aquí, en el contexto del antiguo pacto, Moisés habla de la necesidad y de la segura venida del nuevo pacto (cap. 30). Algo básico en la esperanza del nuevo pacto que ha de venir es el cambio de los corazones del pueblo (la circuncisión del corazón, v. 6). Esto es sin duda lo mismo que el nuevo nacimiento de que habla Jesús en Juan, capítulo 3. Pablo ve estas promesas en el contexto del evangelio que él predicaba, y cita este pasaje (vv. 11ss) en Romanos 10.6-8. Por tanto vemos que aunque Moisés es el mediador humano del antiguo pacto, le es permitido ver ese otro pacto mayor, hecho por mediación de una persona mayor que él, Jesucristo, quien tiene promesas mejores para el pueblo de Dios. Los capítulos 31 a 33 contienen las últimas palabras que dijo Moisés al pueblo al que había dirigido tan fielmente durante cuarenta años. En sus palabras finales intentó llevarlos a una total confianza y dependencia del Señor (31.6). El Señor le permitió ver que Israel sería infiel en los años siguientes. El largo poema que se encuentra en el capítulo 32 habla de las caídas futuras de Israel. Es una expresión poética de la tenebrosa historia futura del pueblo. También tenía por fin llevar al pueblo a confiar en el Señor y no en sí mismo. El poema, o cántico, debería ser aprendido de memoria por todo el pueblo, y enseñado a sus hijos, con el fin de preparar a los fieles para lo que habría de venir (v. 19). El poema va contando todo lo que Dios ha hecho por Israel, así como su rebeldía posterior y su castigo. Termina con una nota de esperanza en la obra de expiación que Dios hará por su pueblo (32.43) .
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Al final del poema Moisés presenta una vez más, de forma sucinta, los términos del pacto (vv. 46-47). Notemos cómo está relacionado este pasaje tanto con las palabras dichas anteriormente por Dios a Abraham (Gn 18.19), como con el quinto mandamiento y con Deuteronomio 6.4ss. Este antiguo pacto se basaba en la perseverancia del pueblo en su fidelidad a Dios. El capítulo 33 es una bendición final de Moisés sobre el pueblo, tribu por tribu, que de alguna forma trae a la memoria la bendición dada anteriormente por Jacob, que se encuentra en Génesis, capítulo 49. El Deuteronomio termina con el relato de la muerte de Moisés y rindiéndole tributo a este gran hombre. No necesitamos insistir en que Moisés no es el autor de este capítulo. Su estilo es muy similar al de las palabras iniciales del libro de Josué, y es muy razonable suponer que fue este quien escribió este último capítulo, como epílogo a todos los escritos de Moisés, y también como una manera de conectarlos con sus propios escritos, que se hallan a continuación, en el libro de Josué. Al repasar el Pentateuco notamos que los dos primeros capítulos del Génesis nos narran la creación, y nos dicen el propósito de Dios para el hombre, al que hizo a su imagen. Cuando leemos sobre la caída del hombre en Génesis 3, que lo descarriaría de la voluntad divina, hallamos también inmediatamente el plan de redención de Dios para rescatar un pueblo para sí. Los capítulos 4 al 11 presentan cómo Dios preservó, por largo tiempo, una línea de personas que permanecían fieles por su gracia, hasta que en el capítulo 12 entra Abraham, que habrá de ser el padre de un pueblo fiel a Dios. El resto del Génesis sigue la línea de hombres fieles que se convirtieron en la familia de Dios, a través de Abraham, Isaac, y Jacob. Los primeros diecinueve capítulos del Éxodo nos presentan a Dios rescatando a este pueblo suyo de sus enemigos. Ahora ya había crecido y era una nación grande que habitaba en Egipto. El
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La liberación del Pueblo de Dios

Tabernáculo

resto del Pentateuco está dedicado a enseñarle al pueblo cómo vivir como pueblo de Dios. Desde Éxodo capítulo 20, hasta Números, se relata la entrega de la ley de Dios a Israel al mismo tiempo que se dan ciertas formas de aprender qué es lo que Dios quiere que el pueblo haga para agradarle. En este punto, como ya hemos señalado, el tabernáculo y el sistema de sacrificios en última instancia están presentando a Cristo como el cumplimiento de todo lo que Dios exige en cuanto a obediencia y adoración. El libro de Deuteronomio, reflexionando sobre los cuarenta años de vida errante que llevó Israel en el desierto, interpreta la Ley, predice que el pueblo no será capaz de cumplirla en el futuro, y por último señala hacia la esperanza de que Dios habrá de rescatar a su pueblo de sus pecados. Ciertamente, el Pentateuco es el fundamento de nuestra comprensión de todo el resto de la revelación verbal de Dios. Por eso, hemos de hacer referencias constantes a él, a medida que progresemos en el estudio del resto del Antiguo Testamento, así como del Nuevo.
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CAPÍTULO

4

EL PUEBLO HEREDA LA TIERRA (JOSUÉ)
El libro de Josué puede dividirse fácilmente en dos partes casi iguales de doce capítulos cada una. Los primeros doce capítulos narran la conquista de la tierra de Canaán, y los doce restantes, la división de las tierras entre las tribus de Israel. Ya vimos en el Pentateuco cómo el Señor estableció y llamó a una familia a través de Abraham y en Egipto la convirtió en una nación; y cómo sacó a Israel de la esclavitud, afianzándolo como una nación para Dios y dándole la Ley del Sinaí. Ahora que Israel ha madurado en el desierto y está listo para entrar en Canaán, el libro de Josué recuerda nuevamente la promesa que Dios le había hecho a Abraham y había mantenido de darle a su descendencia la tierra de Canaán en herencia. El libro de Josué es una especie de escatología del Antiguo Testamento, ya que habla de la entrada del pueblo a la herencia que Dios le ha preparado. Por tanto, Canaán es un tipo del lugar eterno que Dios ha preparado para todos sus hijos. Aunque a través del antiguo pacto fueron dueños de Canaán por un tiempo, el escritor de la Epístola a los Hebreos nos muestra que incluso Abraham comprendió que el verdadero cumplimiento de las promesas de Dios iba mucho más allá de la tierra de Canaán, hasta una ciudad eterna no hecha por manos humanas, cuyo Hacedor es Dios mismo (Heb 11.10,16). Esto es lo que tanto el Antiguo Testamento como el Nue135

El plan de Dios en el Antiguo Testamento

vo llaman los nuevos cielos y la nueva tierra (Is 65.17; 66.22; 2 P 3.13; Ap 21.1) o la nueva Jerusalén (Ap 21.2). Puesto que el libro de Josué es el recuento de cómo los cananeos fueron desposeídos de la tierra de Canaán, lo primero que debemos observar es la declaración hecha por el propio Dios respecto a su derecho a hacer esto con cualquier reino o nación sobre la tierra. Anteriormente habíamos visto en el Deuteronomio la razón por la que los cananeos serían expulsados de Canaán (9.4,5). En Jeremías 27.5 Dios declara también que él hizo la tierra y todo lo que hay en ella lo ha dado a quien le ha parecido bien. Encontramos en el primer capítulo de Josué el mandato que recibe este, después de la muerte de Moisés, de guiar al pueblo en su entrada a la herencia. Vemos aquí que predomina el pronombre personal «yo», haciendo referencia a Dios. Dios mismo es quien hace las promesas de que tendrán éxito, y es él también quien verá al pueblo, con Josué como caudillo, llegar a esa meta. Esta promesa nos recuerda las primeras palabras de Dios a Moisés. Es el familiar «estaré contigo» por el que el Señor es conocido por su pueblo en cada generación (v. 5.) Puesto que el pueblo tiene ya la Palabra de Dios escrita como la norma para sus vidas y la autoridad para todo su servicio a Dios, se les recuerda que la observen como fundamento de su éxito (v. 7). Este pasaje nos trae a la memoria los de Génesis 18.19 y Deuteronomio 6.4ss, que también insistían en la observancia de la Palabra de Dios como la forma de alcanzar su favor. Este principio es verdadero todavía y lo será siempre. Después de haber sido entregada la jefatura del pueblo a Josué ya quedan ellos preparados para la conquista (v. 11). Las dos tribus y media que ya habían recibido su herencia al este del Jordán son amonestadas a recordar su solemne promesa de no establecerse en sus propias tierras hasta que sus hermanos hubieran recibido también su herencia (vv. 12ss.)
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El pueblo hereda la Tierra

La disposición de este pueblo a hacer todo lo que ordene Josué presenta un agradable contraste con la anterior negativa de sus padres bajo Moisés a entrar en posesión de la tierra (v. 16; cf. Nm 14). Es una nueva generación; no son más numerosos que el Israel de hace cuarenta años, pero su fe sí es mayor. Como preludio a su entrada en la tierra, se envían a Jericó, que es el primer puesto firme de Canaán al otro lado del Jordán, ciertos espías (2.1ss). No se nos dice con qué propósito. Es de suponer que deberían regresar con informes alentadores sobre la preparación que ya Dios había hecho para su conquista. Entraron en la casa de una ramera, Rahab. Con riesgo para su propia vida, ella los escondió cuando el rey de Jericó intentaba capturarlos. En el versículo 9 se dice por qué lo hizo. Se había convertido a la fe en el Dios de Israel, debido a lo que ya sabía sobre él y sobre su pueblo (vv. 11,12,13). El libro de Hebreos nos dice que al recibir a los espías, actuó en fe (11.31). Santiago usa también a Rahab como uno de los dos ejemplos del Antiguo Testamento que propone sobre la fe (2.25). Es poco frecuente en el Antiguo Testamento encontrar gentiles que crean y sean incluidos en el pueblo de Dios; el período del Antiguo Testamento no era el de la extensión del evangelio a los gentiles. Pero, sin embargo, ocurren incidentes como este que son promesa de la inclusión posterior de los gentiles del mundo en el reino de Dios que había sido insinuada en la profecía de Noé (Gn 9.27). Hay otros ejemplos notorios de gentiles incluidos en la época del Antiguo Testamento, como son Tamar, la esposa de Judá, Rut la moabita, y posiblemente Betsabé, la esposa de Urías el heteo, junto con Naamán el sirio, en los días de Eliseo. Las cuatro mujeres nombradas anteriormente aparecen todas en la genealogía de Jesús que recoge Mateo en el primer capítulo de su evangelio. Algunos encuentran un dilema moral en el hecho de que Rahab no les dijo la verdad a los hombres de Jericó sino que los engañó.
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Sin embargo, las Escrituras no conocen tal dilema y su acción es aprobada por el testimonio del Nuevo Testamento al celebrar su gran fe, como ya hemos hecho notar. Bástenos decir que había estado de guerra, y en la guerra, encontramos frecuentemente en las Escrituras, el engaño es usado por el pueblo de Dios con aparente impunidad. Podemos ver un ejemplo en este mismo libro más adelante (Jos 8.15). Sin embargo, no debemos nunca valernos de estos casos para justificar la mentira. Sacar de aquí el principio de que la mentira puede estar justificada en algunas ocasiones, o invocar la perniciosa doctrina denominada de la ética situacional, tan popular hoy en día, basándose en estos hechos de las Escrituras, es hacer mal uso de ellas. El caso parece muy similar a lo que expresó Cristo con relación al divorcio. Es permitido bajo determinadas circunstancias, debido a la dureza de los corazones de los hombres, pero en el principio no era así (Mt 19.8). Dios no propuso la mentira o el engaño como una parte correcta de la conducta humana, pero a veces eran permitidas con aparente impunidad. El relato de estos espías fue bastante optimista (2.24). Por tanto, a continuación tuvo lugar el paso del río Jordán por Israel en la forma prescrita por Dios, para que toda la gloria fuera para él (capítulos 3 y 4). Se presenta el propósito declarado de Dios de realizar el milagro de secar el río en 3.7, con el fin de engrandecer a Josué, es decir, de afianzarlo en la confianza del pueblo. El río es pequeño y poco profundo, y ni en tiempos de crecidas es un gran río. Podía haber sido cruzado fácilmente sin necesidad de un milagro. Pero hacía falta uno para demostrar que así como Dios había estado con Moisés estaba también con Josué. En el capítulo cuarto se presenta una proposición posterior de que se haga un memorial de este suceso en piedra. En 4.14 se nos dicen los resultados de haber cruzado en la forma señalada por el Señor. Llanamente se nos dice que las piedras eran un memorial para su gloria (vv. 20-24). Sin embargo, es posible que más tarde
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El pueblo hereda la Tierra

estas piedras fueran adoradas, o mal usadas en alguna otra forma, como nos sugiere Amós 4.4. Sabemos con certeza que Israel sí hizo mal uso de la serpiente de bronce que Moisés había hecho en el desierto, adorándola (2 R 18). Tan pronto como el pueblo había cruzado el Jordán, los dos sacramentos que habían sido establecidos por el Señor a través de Moisés fueron cumplidos en la nueva tierra (capítulo 5). Con ellos el pueblo fue reconsagrado al Señor como pueblo suyo. No se nos dice por qué el sacramento de la circuncisión había sido descuidado en el desierto; pero aunque es posible que el pueblo hubiera tomado el sacramento a la ligera, Dios no lo hizo. En una ocasión Moisés casi recibió la muerte por haber descuidado la circuncisión de su propio hijo (Éx 4.24-26). Recordemos que para Dios el signo exterior indica la necesidad interior de limpieza de sus corazones, y este asunto no es para ser tomado a la ligera. También fue celebrada la Pascua en este momento, cuando cesó de caer el maná (v. 12), sin duda porque al fin habían llegado a una tierra cuyos frutos los podían alimentar. El suceso interesante recogido al final del capítulo 5 tenía como propósito sin duda los principios de la obra libertadora realizada por Dios con su pueblo, cuando se había manifestado a Moisés en la zarza. En ambos casos se hace énfasis en la santidad de Dios para afianzar la verdad de que nadie puede acercarse a él a menos que sea su voluntad. Nuestro exceso de familiaridad con Dios, que está relacionado con el orgullo humano, nunca es permitido por él. El capítulo 6 recoge la caída de Jericó. La forma en que se realizó su captura tenía por fin demostrar que la ciudad les había sido entregada por Dios. Y puesto que era la primera ciudad cananea en caer, como en el caso de los primogénitos de Israel Dios reclamó para sí la ciudad entera (v. 17). El término «consagrados» significa que todas las criaturas vivientes deberían ser matadas, sin respetar ninguna, y que todos sus tesoros deberían ser entregados a Dios (v. 19).
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Este muro nos recuerda al muro de Jericó

Después de la caída de la ciudad Josué pronunció una maldición sobre todo aquel que quisiera reconstruir sus murallas de nuevo, puesto que Dios la quería destruida. El efecto de esta solemne maldición se haría sentir siglos después, en una era de falta de fe, cuando se atrevieron a reconstruir la ciudad (1 R 16.34). Hay una lección de gran importancia para el pueblo de Dios en el capítulo 7. Acán, de la tribu de Judá, desobedeció el mandato divino y tomó para sí algunas cosas de los tesoros de la ciudad. Sin duda creyó que era bien poca cosa y que nadie se daría cuenta. Pero no había contado con Dios. Él lo sabía, y cuando Israel intentó tomar el siguiente pueblo, mucho más pequeño que Jericó, recibió un duro golpe. La razón de su fracaso está expresada en el versículo 11: Israel había pecado. Notemos que todo el pueblo era responsable por lo que había hecho un solo hombre, y resultaba afectado. Cuando uno falla en la Iglesia de Cristo, todos reciben las consecuencias. Y por encima de todo lo demás, la hipocresía puede destruir al pueblo de Dios y su efectividad. Un pueblo hipócrita no se puede mantener firme ante sus enemigos (v. 12). El castigo del
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pecado podrá parecer severo (v. 25), pero el bienestar de todo el pueblo se hallaba en juego. En el caso de Ananías y Safira, en el Nuevo Testamento, vemos el mismo problema, y el mismo severo castigo (Hch 5.1-11). El hecho de que Dios no fulmine a todos los hipócritas que hay en la iglesia hoy en día, no quiere decir de ninguna manera que ya no le interese. La Palabra de Dios muestra llanamente cuáles son los sentimientos suyos con respecto a esto, y lo peligroso que resulta cuando la iglesia lo tolera. La conquista de Hai está narrada en el capítulo 8, junto al relato de la lectura de la Ley en el monte Ebal. La ceremonia descrita en los versículos 30-35 tiene relación con las instrucciones específicas recibidas en Deuteronomio 27.11-14. El capítulo 9 recoge una segunda amenaza al bienestar de Israel, además de la hipocresía manifestada en el capítulo 7. Esta vez, el peligro estaba en un acuerdo con los no creyentes. Dios les había advertido seriamente con respecto a una componenda así, como vemos en Éxodo 23.32 y Deuteronomio 7.2. Sin embargo, Josué y los que estaban con él, quizá debido a los halagos, hicieron un tratado de paz con los cananeos de la tierra. Lo importante aquí es que lo hicieron sin indagar cuál sería la voluntad de Dios (14, 15). Aunque posteriormente castigaron a estos pueblos haciéndolos siervos suyos dedicados a las labores duras, esta acción se convertiría en mal. La idea de tener a los cananeos para que hicieran sus trabajos sucios y pesados, prendió prontamente, y posteriormente otros, aduciendo sin duda al ejemplo de Josué, hicieron lo mismo, para detrimento de Israel (Jue 1.35). Estas dos amenazas principales al bienestar de Israel, la hipocresía y las componendas con los no creyentes, atacarían una y otra vez a Israel, y continúan amenazando hasta nuestros días la fortaleza de la Iglesia de Cristo. De los capítulos 10 al 12 se narra la conquista del resto de la tierra en rápida sucesión, bajo la jefatura de Josué. En esta sección,
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es de gran interés la oración de Josué recogida en 10.12,13. Oró para que el sol se detuviera mientras terminaba la batalla. Se nos dice que este milagro es único en la historia. Los intentos hechos por muchos para explicarlo como algún tipo de fenómeno natural no tienen base en la llana narración de las Escrituras. Ciertamente, el Dios soberano del universo podía hacerlo si lo deseaba, y se nos dice que se complació en responder la oración de Josué, porque el Señor luchaba al lado de Israel. El capítulo 10 trata de la conquista del sur, y el 11 va siguiendo las conquistas del norte, mientras que el 12 es un resumen de todo el historial de la conquista. Aquí termina la primera gran sección del libro. La segunda sección está dedicada principalmente a la narración de la división de las tierras entre las nueve tribus y media que se habrían de asentar en el lado oeste del Jordán. Además de las herencias ordinarias de las tribus, se nos dice que fueron designadas ciudades de refugio y ciudades para los levitas, cuya herencia se encontraba esparcida en; medio de las tribus (caps. 20 y 21). El incidente señalado en el capítulo 22, cuando las tribus del este comenzaron a regresar a sus tierras, nos muestra la seriedad con la que Israel tomaba la Palabra de Dios en aquel tiempo. En verdad era entonces un pueblo lleno de fe. El problema era el peligro de que se levantara otro altar además del que había sido indicado por el Señor de acuerdo con las advertencias de Deuteronomio 12. Cuando se explicó que el altar construido por estas tribus del este no era para sacrificios, sino simplemente un memorial, como las piedras que habían sido sacadas anteriormente del Jordán, desapareció la amenaza (22.28). El discurso de despedida de Josué concluye el libro. Exhorta al pueblo como Dios lo ha exhortado a él (23.6, ver cap. 1). El que su prosperidad continuara dependía de que siguieran obedeciendo la voluntad de Dios, tal como lo establecía la Antigua Alianza (23.12,13,16) .
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En 24.2 Josué habla de los antepasados de Abraham, por lo que conocemos el pasado cultural pagano de este. Hace un recuento de la historia de la gracia de Dios con respecto a Israel, y termina dejándoles algo muy precioso: su propio testimonio personal de fe y compromiso con el Señor ( 24.14-15). A pesar del entusiasmo que manifiesta el pueblo con respecto al compromiso con el Señor (vv. 16ss), les advierte severamente sobre los peligros, y sobre lo difícil que es vivir en fe, quizá recordando que Moisés había advertido en su cántico final que vendrían tiempos amargos (ver. Dt 32). El testimonio retador y la exhortación de Josué que están escritos en el versículo 15 presentan la decisión a la que siempre se tiene que enfrentar el pueblo de Dios. Cristo declararía más tarde, como ahora lo hace Josué, que «ninguno puede servir a dos señores» (Mt 6.24). También Elías en el Carmelo le presentaría la misma obligación de decidir a un Israel pecador y vacilante (1 R 18). En los mensajes a las siete iglesias que se recogen en el libro del Apocalipsis, el reproche más severo cae sobre la iglesia de Laodicea, que no era ni caliente ni fría, sino tibia (Ap 3.15,16). Evidentemente, a pesar de lo claro que Dios enseña la necesidad de comprometerse totalmente con él, la iglesia ha tenido dentro de sí a muchos que no han tomado a Dios seriamente, y han intentado servir a dos señores, es decir, complacerlo a él y al mismo tiempo al mundo; disfrutar de la ciudadanía del cielo y de una vida mundana. Y esto, sencillamente, no puede ser. El relato de la muerte de Josué fue escrito por alguien que vino después, como profeta de la Palabra de Dios, quizá el autor de los Jueces, cuyo nombre desconocemos. El efecto de la vida de este hombre y su impacto en Israel se encuentra resumido en Josué 24.31.

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CAPÍTULO

5

LA DECADENCIA ESPIRITUAL DE ISRAEL (JUECES, RUT, 1 SAMUEL 1,2)
Nos estamos moviendo cronológicamente ahora hacia uno de los períodos más oscuros de la historia de Israel. Es imposible saber con exactitud cuántos años transcurren durante este período de los jueces. Hay inseguridad incluso con respecto a la época del Éxodo. Mientras que algunos señalan una fecha más temprana, en el siglo quince, para el Éxodo, otros señalan la existencia de numerosas evidencias a favor de una fecha posterior en algún momento del siglo trece. Hubo un tiempo en que los de tendencia conservadora se atenían a la fecha más temprana y los liberales a la segunda, pero hoy en día ya no se puede decir que sea así. Muchos conservadores insisten en un éxodo en el siglo trece, y con buenos argumentos. Las Escrituras no están de todo claras en este asunto, y no tenemos razón para preocuparnos grandemente con respecto a la fecha exacta. Igualmente la duración del período de los jueces no puede ser determinada con certeza. Parece claro que los años de los distintos jueces del período no pueden ser consecutivos, puesto que requerirían más años de los que tenemos disponibles entre el Éxodo y el tiempo de David, que se sitúa con bastante certeza alrededor del año 1000 A.C. Por tanto, podemos suponer que en los tiempos de los distintos jueces tenemos la coincidencia de varios de ellos en diferentes partes del país.
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Sería un error gastar demasiado esfuerzo tratando de elaborar una cronología que las Escrituras no nos han aclarado. Mejor veamos las lecciones de este oscuro período en la historia de Israel.

I. El libro de los Jueces
El libro en sí, al igual que el de Josué, se puede dividir en dos secciones básicas pero no iguales. La primera, que cubre los capítulos 1 a 16, trata sobre los ciclos de la historia israelita en este período. La última sección del libro, los capítulos 17 al 21, nos da algunos ejemplos del estado espiritual de Israel en aquel momento. El capítulo uno de Jueces presenta lo que siguió al período de Josué. Encontramos al principio después de la muerte de Josué un deseo por parte de Israel de conocer y seguir la voluntad del Señor (vv. 1-3). Las diversas tribus se hallaban ocupadas en terminar las conquistas. Esto quiere decir que Josué no había completado la operación de conquista, sino que había aún numerosos puntos de resistencia a través de todo el país (vv. 22,27,29-34). Se nos dice además que muchas de las tribus, aparentemente siguiendo el ejemplo de Josué que leemos en Josué capítulo 9, estaban poniendo en los trabajos duros a los cananeos vencidos, esclavizándolos en lugar de destruirlos como les había ordenado el Señor (vv. 28,30,33,35). Este estado de cosas provocó que el Señor enviara un ángel para que le advirtiera a Israel que su desobediencia al mandato divino traería sufrimiento a la tierra (2.2,3). El hecho de que el pueblo reaccionara a esta palabra proveniente de Dios con arrepentimiento es en sí una buena indicación de que en ese momento el pueblo estaba aún espiritualmente alerta. Podían sentir dolor por sus pecados (v. 45). Mientras vivían los que recordaban a Josué, el pueblo fue en general fiel al Señor (v. 7). Pero incluso aquella generación falló en

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un aspecto muy importante. No siguieron las instrucciones de Deuteronomio 6.4ss de enseñar a sus hijos lo que habían aprendido de Dios, y así vemos que se levanta después toda una generación que no sabe nada de Dios ni de la Ley de Moisés (v. 10). Este abandono por parte de los padres que no instruyen a sus hijos es un golpe asestado al mismo centro del propósito de Dios cuando llama a un pueblo y establece su pacto con él para que él sea su Dios y ellos su pueblo. Lo que Dios le había expresado primeramente a Abraham sobre los deberes de los padres (Gn 18.19), y les había dicho en forma específica a todas las familias de Israel (Dt 6.4ss), fue desoído, y con los peores resultados. Se levantó toda una generación sin fe. A través de la historia posterior del pueblo de Dios hasta nuestros días podemos observar el mismo pecado y sus consecuencias. Muchos de los males de la iglesia de hoy surgen de la negligencia de los padres cristianos en la enseñanza de la Ley de Dios a sus hijos, y su poca preocupación por vivirla ante ellos. El surgimiento de una generación sin fe, descrito en el capítulo 2 de Jueces, da entrada a la serie de ciclos que se desarrollan en los capítulos restantes del libro. El esquema de ese ciclo se nos presenta en 2.11-23, y es como sigue: 1) el pueblo hace el mal, dejando la adoración al Señor (vv. 11-13); 2) Dios, en su cólera, los castiga levantando enemigos que arrasan con ellos (vv. 14-15); 3) el pueblo en su sufrimiento apela al Señor (v. 15); 4) el Señor hace surgir jueces que lo salven de las manos de sus enemigos (v. 16). Entonces el ciclo comenzaría de nuevo, tan pronto como ellos olvidaran a su Dios y se volvieran al mal (vv. 17ss). El propósito de Dios al hacer surgir naciones que castiguen a Israel se nos dice en 3.1-6. Habían sido dejadas en la tierra para probar la fidelidad de Israel y para afirmar la fortaleza de los fieles.

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En 3.7 comienza el relato de los ciclos, que sigue hasta el capítulo 16. Hay por lo menos siete ciclos separados, como los descritos anteriormente, en este período de la historia de Israel. El primer ciclo (vv. 7-11) habla de la condición pecadora de Israel que provocó que Dios enviara contra ellos a reyes de Mesopotamia. Luego, cuando Israel había clamado a Dios en su dolor, Dios levantó a Otoniel, de la familia de Caleb, para rescatar a Israel. En este caso, como en muchos otros, se nos dice que el Espíritu del Señor vino sobre el juez para darle sabiduría y un poder especial para realizar su tarea (v. 10). La función exacta del Espíritu Santo en la época del Antiguo Testamento no está del todo clara. Ciertamente, está activo en la creación, y también guiando a Israel en particular, al dotar a ciertas personas con capacidades para realizar tareas especiales. Así lo hizo con algunos en el desierto, haciéndolos capaces de realizar hábiles trabajos en la construcción del tabernáculo que él había ordenado (Éx 31.1-4; ver también 1 S 10.6). También sabemos que el Espíritu Santo guió a los profetas llamados a poner por escrito de la Palabra de Dios (2 P 1.21). Sin embargo, no parece haber una presencia constante del Espíritu en los hijos de Dios del Antiguo Testamento, como vemos en el Nuevo después de pentecostés. El Espíritu en esta época, el período de los jueces, parece haber descendido sobre ciertas personas por un período y haberlos dejado después. Evidentemente este es el caso de Otoniel (v. 10). El segundo ciclo (vv. 12-30) relata el sangriento episodio del asesinato de Eglón, rey de Moab y enemigo de Israel. Algunos se quejan de que aparezcan escenas tan sangrientas en la Biblia y tratan de considerarla como algo escrito en un nivel inferior al cristiano. Sin embargo, no hay escenas más sangrientas que las que encontramos en el Apocalipsis. Todas ellas subrayan el hecho de que el pecado ha traído consigo la necesidad del derramamiento de sangre, y si el Antiguo Testamento o el Nuevo resultan sangrientos
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para algunos, es que están ignorando ingenuamente los problemas reales de vida o muerte, y la terrible amenaza de infierno que cuelga sobre todo el que entra en este mundo. El tercer ciclo se menciona aquí solo brevemente, sin muchos detalles (v. 31). El cuarto ciclo (4.1—5.31) nos dice que cuando los hombres no sabían cumplir con su responsabilidad en la iglesia como dirigentes, el Señor podía, y de hecho lo hizo a veces, llamar mujeres que ocuparan sus puestos. Pero no hemos de concluir por ello que Dios les ha dado a las mujeres, en paridad a los hombres, el lugar de jefes en la iglesia. Como dijo Cristo con respecto al divorcio, en este caso tampoco era así en el principio (5. 7; cf. Mt 19.7,8; 1 Tim 2.9-15). Se desprende claramente de 4.8, que la razón por la que Débora fue escogida fue que los hombres, que debían haber dirigido al pueblo, no querían hacerlo. La expresión poética de la victoria de Débora que está en el capítulo 5 pone en claro que no había sido Débora sino el Señor quien había triunfado en aquel día. Hasta las estrellas del cielo combatieron contra Sísara, el enemigo de Israel (5.20). Esto no es una referencia a la astrología, sino que, como dice Josué 10.12,13, como la soberanía de Dios lo controla todo, hasta los cuerpos celestes pueden llegar a afectar las vidas y los destinos de los hombres según la voluntad de Dios. El quinto ciclo (6.1—10.5) cubre la liberación de Israel de manos de Madián su enemigo, por medio del juez Gedeón. Este período de la historia de Israel es particularmente bajo en espiritualidad. Dios envía un profeta innominado para reprocharle al pueblo su falta de fidelidad (vv. 7-10). El llamado de Gedeón nos hace recordar los de Moisés y Josué. Aquí Dios promete estar con aquél a quien ha llamado y enviado a realizar su obra (vv. 15,16).

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La petición que hace Gedeón de una señal, según vemos en el verso 17, y el episodio subsiguiente con el vellón (vv. 36-40), no son precisamente motivo de alabanza para la figura de Gedeón. Su insistencia en que hubiera una señal no es indicio de fortaleza espiritual sino de debilidad. Aunque se le llama «hombre de fe» (Heb 11.32,33), su fe es muy débil, como indica claramente su petición de señales. La obediencia de Gedeón al Señor era la evidencia de su fe, ya que derribó el altar de Baal y construyó uno para el Señor (vv. 26,27; cf. la fe en Abraham, Gn 12.4, y de Noé, Gn 6.22). Aquí vemos un ejemplo de un hijo guiando a su padre: el padre de Gedeón desarrolla evidentemente su fe en Dios siguiendo la dirección de su hijo (vv. 30-32). El episodio del vellón que se recoge en los versículos 36 y siguientes, manifiesta, como ya dijimos, no la fortaleza de la fe de Gedeón sino su debilidad. Dios había prometido estar con él y hacerlo prosperar, y sin embargo Gedeón pidió una señal, no una vez, sino dos (vv. 36,37,39). La práctica que tienen algunos hoy en día de discernir la voluntad de Dios «extendiendo el vellón» ha de ser vista en el contexto de alguien cuya fe es tan débil que no quiere obedecer a Dios sin un signo visible. Si alguien insiste en «extender el vellón» es decir, en poner a Dios en el caso de manifestarle su voluntad por medio de alguna señal ideada por el que duda, aténgase a las consecuencias si se queda sin respuesta. No todos somos llamados como Gedeón. El método usado para escoger a los que habrían de pelear Junto a Gedeón, tal como leemos en el capítulo 7, no es el asunto principal, según creo. Hay quienes le han dado demasiado significado a la forma en que algunos bebían con sus manos, mientras que otros se echaban sobre sus rodillas para beber, tratando de probar que una forma era preferible a la otra. No estoy seguro de que sea esto lo importante. Lo principal es que Dios quería eliminar
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a la mayoría para demostrar que la victoria sería de él y no de los hombres. Los que él escogió, pueden haber sido los menos capaces de los 10.000. El sueño del madianita que se le permitió conocer a Gedeón fue una nueva seguridad de que se cumpliría la promesa de Dios de darle la victoria (vv. 9-14). La última parte del capítulo 7 relata la huida desordenada de los madianitas, cuando Dios pone confusión y miedo en sus corazones. Podemos ver la sabiduría y diplomacia de Gedeón cuando calma la ira de los efraimitas. Esencialmente, lo que hizo fue halagarlos diciendo que lo que él había hecho con su pequeña banda de hombres no era nada en comparación con lo que Efraín había hecho. Cuando el pueblo de Israel le ofreció el título de rey (8.22ss), Gedeón mostró su gran humildad ante los hombres y ante Dios al rehusarlo, a la vez que afirmaba la realeza del Señor (v. 23). En verdad, el Señor era el único con derecho a ser rey, como Moisés lo había proclamado mucho tiempo antes (Éx 15.18). Es difícil comprender cómo este mismo Gedeón haya podido desviar inmediatamente el corazón del pueblo del mismo Dios que acababa de proclamar. Y sin embargo eso es lo que hizo (vv. 2428). El final de la historia de Gedeón y su familia es triste, sin duda, por su desatino al hacer el efod (una prenda sacerdotal) que causó la caída del pueblo (v. 27). De entre los setenta hijos de Gedeón (tenía muchas esposas), solo uno, Jotam, sobrevivió a la matanza llevada a cabo por Abimelec, hijo de Gedeón con su concubina. Jotam también fue forzado a huir, después de haber pronunciado una maldición sobre Abimelec (9.7ss). La maldición era que los hombres de Siquem y Abimelec, que habían maltratado así a Gedeón y a sus hijos, se destruirían mutuamente (vv. 19-20). El resto del capítulo nuevo nos narra cómo se hizo realidad esa maldición.

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El ciclo sexto se encuentra en 10.6—12.15. Es la historia de Jefté, y de cómo condujo a Israel a la victoria sobre los amonitas. Jefté había sido despreciado por su propio pueblo, hasta que tuvieron necesidad de él (11.1ss). Entre tanto, los amonitas amenazaban a Israel y, como antes, el pueblo se volvió a Dios pidiendo ayuda (10.10). Sin embargo, esta vez el Señor no respondió inmediatamente a sus ruegos sino que les reprochó su falta de fidelidad (v. 13). Solo después de que ellos hubieron mostrado evidencias reales de arrepentimiento sincero hizo Dios surgir un libertador, Jefté. El éxito de Jefté fue que, con la ayuda de Dios, sometió al enemigo de Israel, los amonitas (11.33). La tragedia de la historia de Jefté está en que, buscando seguridad para sí mismo contra la derrota, hizo un voto apresurado e innecesario que le costaría muy caro (11.30-31). En cierto sentido, Jefté intentaba sobornar a Dios para que le diera la victoria. Ya había tenido anteriormente todas las indicaciones de que Dios estaba con él (v. 29). No puedo imaginar que esperara que le saliera desde la puerta de su casa a su regreso nadie más que algún miembro de su propia familia. Debemos decir aquí que Dios nunca ha hecho transacciones de esa clase, ni con Jefté ni con ningún otro hombre. Dios nunca estuvo de acuerdo en honrar un voto semejante. Él ya le había mostrado su presencia a Jefté, asegurándole así la victoria. La idea fue totalmente de Jefté. Es más, Dios nunca perdonó lo que había hecho Jefté. No está escrito en la Palabra de Dios como ejemplo de lo que tienen que hacer los hijos de Dios. Al contrario, lo que hizo Jefté era un crimen contra la Ley de Dios. Tampoco leemos que Dios se lo exigiera, aunque él haya hecho el voto como lo hizo. Nunca es necesario consumar un voto que esté contra la Ley de Dios. Lo que aquí encontramos no es un acto de gran fe sino un pecado sin valor ejemplar alguno para el pueblo de Dios. Aunque Jefté es enumerado entre los fieles a Dios, de ninguna manera puede servir de ejemplo en este particular hecho de su vida (Heb 11.32).
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El último ciclo, en los capítulos 13 al 16, es el conocido ciclo de Sansón y los filisteos. Desde su nacimiento Sansón había sido dedicado por sus padres para ser nazareo por indicación de Dios (13.35). Como los demás jueces, Sansón fue dotado con el Espíritu Santo de Dios (13.25). Al igual que Jefté y Gedeón, Sansón, aunque aparece entre los hombres de fe del capítulo 11 de Hebreos, no es un buen ejemplo de lo que ha de ser un hijo de Dios. Entre otras cosas, quiso casarse con una filistea (14.2), lo cual estaba en desacuerdo con la voluntad de Dios. Los episodios siguientes sobre su trato con los filisteos, y la matanza de grandes multitudes de ellos de vez en cuando, eran sin duda parte del propósito de Dios de liberar a Israel de manos de sus enemigos (14.5 a cap. 15). En el capítulo 16 leemos cómo terminó la vida de Sansón. Al parecer, no había aprendido nada de las desagradables experiencias pasadas al casarse con una filistea, puesto que se vio envuelto por otra de Gaza, una ciudad filistea, que era ramera (16.1ss). Este pecado casi le costó la vida. Después, para añadir pecado al pecado, amó a otra mujer más, Dalila, probablemente filistea, puesto que conocía muy bien a los señores filisteos (16.4-5). Desde el principio se ve que ella amaba más el dinero y su propia persona que a Sansón (16.5), y buscó la manera de traicionarlo poniéndolo en manos de sus enemigos, lo que al fin consiguió (16.18-21). El último acto de Sansón fue quizá el mayor y menos egoísta. Esperó pacientemente a que su cabello volviera a crecer, esto es, a volver a ser nazareo, para poder hacer aquello para lo que Dios lo había llamado. Pasó por grandes sufrimientos para realizar este único acto de liberación de su pueblo. Y sin embargo, este acto puede haber sido muy bien una venganza personal, más que un intento de servir a Dios y a su pueblo (16.8).
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Visto en conjunto, el grupo de jueces que se fueron levantando para liberar a Israel de vez en cuando, es un grupo muy oscuro. Vemos en todo el período muchos héroes, pero pocos caudillos espirituales auténticos que anduvieran con el Señor. La mayoría de ellos no eran ejemplos de vidas fieles. No encontramos nadie que se parezca a Moisés, o a Josué, o a Samuel, que aparecerá más tarde. Los jefes eran débiles, principalmente porque el pueblo era débil, y el clima espiritual de aquellos días era muy pobre. El hecho de que el período de los jueces es llamado con razón la Edad Oscura de la espiritualidad en Israel, queda bien ilustrado con las dos narraciones de esa época que recogen los capítulos 17 al 21. La primera narración, en los capítulos 17 y 18, nos habla de un hombre llamado Micaía, que al parecer le robó alguna plata a su madre (v. 2). Por alguna razón, le devolvió la plata, y ella decidió dedicarla al Señor haciendo una imagen de talla (v. 3). De esta forma violaba tanto el segundo como el octavo mandamiento, y también el quinto, puesto que él no había honrado a su madre. Esto hace que el autor del libro comente: «En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía» (v. 6). Esta frase bien podría ser llamada el estribillo del libro de los Jueces (cf. 18.1; 19.1; 21.25). No podemos decir con seguridad si el autor estaba escribiendo desde la perspectiva de un tiempo en el que había, o se esperaba que hubiera, reyes en Israel. Un significado seguro de esta declaración es que el pueblo había rechazado al Señor y su Palabra. El Señor no reinaba en sus corazones como rey pero él se había declarado su rey (Éx 15.18; Jue 8.23). Era una época llena de pecado. El pecado de Micaía se hizo aun mayor cuando tomó a un levita como sacerdote personal suyo (vv. 10-13). Dios nunca había permitido una cosa así. Era un abuso del ministerio de los levitas. Al parecer, en aquellos días algunas tribus no se habían aún establecido. Unos de la tribu de Dan fueron a acampar donde esta154

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ba Micaía y su sacerdote privado (cap. 18). Acabaron atrayendo al sacerdote para su tribu (vv. 19-20). Esto era algo que tampoco estaba permitido por Dios. Los intentos por parte de Micaía de que le devolvieran su sacerdote y sus ídolos se vieron frustrados por las amenazas que le lanzaron (v. 25). De esta forma, el pecado de un hombre se convirtió en pecado de toda una tribu (v. 30). Aquí tenemos, pues, una muestra de la ausencia de ley y orden que prevalecía en el Israel de aquellos tiempos. Este es el tipo de gente que los jueces trataban de guiar. Humanamente parecía una tarea imposible. Quizá la parte más triste de toda esta narración es aquella en que por fin se da el nombre del sacerdote, en 18.30, y resulta ser un descendiente de Moisés por línea directa. Esto nos habla de lo rápido que se mueve el poder de Satanás entre los hijos de Dios, haciendo estragos. Ni la familia de un hombre de Dios como Moisés estaba inmune a los ardides de Satanás. Este nieto de Moisés descendió a una escala espiritual muy baja al rebelarse contra las leyes de Moisés, su abuelo. El segundo ejemplo se relata en los capítulos 19 al 21. Esta narración también tiene que ver con un levita y con la ciudad de Belén (19.1; cf. 17.7). Es una historia horrorosa y sórdida. El levita había tomado una concubina de Belén, la que finalmente había huido de su lado para volver a su padre en Belén (19.2). El levita regresó a Belén a buscarla, y después de haber sido detenido algunos días por su suegro, al cabo partió de regreso a Efraín con su concubina. Notemos la triste situación de Israel en aquellos días, que pasa de largo una ciudad pagana, Jebús (Jerusalén), para pasar la noche entre hebreos, solo para encontrarse con que la ciudad hebrea Gabaa, de Benjamín, rezumaba hostilidad y carecía de hospitalidad (vv. 12-15). La ciudad de Gabaa resultó tener muchas de las características de Sodoma y Gomorra (podríamos comparar las palabras de Isaías mucho después, en Is 1.9). En la ciudad había un
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peregrino extranjero que sí supo mostrarle hospitalidad al levita, como Lot, extranjero en Sodoma, la había mostrado a los ángeles pensando que eran hombres necesitados de ayuda (vv. 16ss). También, al igual que en Sodoma, los benjaminitas se quejaron del extranjero y de su huésped levita, y quisieron «conocer» (tener relaciones sexuales) al levita (v. 22). El extranjero, que le había pedido al levita que entrara en su casa, como había hecho Lot anteriormente con los ángeles, ofreció su hija y también la concubina del levita a los hombres (vv. 23-24). Los hombres malvados de Benjamín abusaron de la concubina durante toda la noche, dejándola tan exhausta físicamente que murió (vv. 27-28). La acción del levita nos parece horrible a nosotros, pero fue efectiva (v. 29). Unió a todo Israel, al menos una vez, para castigar a toda la tribu de Benjamín (cap. 20). Solo quedaron unos pocos de la tribu de Benjamín cuando terminaron las luchas, y así una tribu quedó casi exterminada. Esa tribu no volvería nunca más a ser fuerte, y terminaría uniéndose con la de Judá. Las formas ingeniosas en que los israelitas resolvieron el problema de conseguirles esposas a los benjaminitas que quedaron nos muestra cómo se iban capitalizando pecado tras pecado, hasta que nada se podía hacer sin que conllevara una cierta violación de la Ley de Dios (cap. 21). En conclusión, con respecto a las lecciones que ofrece este libro, hemos visto que el período de los jueces fue básicamente un período de caos espiritual. Hemos visto ilustraciones de faltas que afectan a casi todos los Diez Mandamientos: falta de honor a los padres, robo, fabricación de imágenes, adoración a otros dioses, codicia, mentira, asesinato, y adulterio. Así era como se vivía entonces. ¿Qué fue lo que causó un caos espiritual semejante? En los primeros capítulos de Jueces encontramos la respuesta. Los padres que habían conocido a Josué, y sabían cómo Dios había librado a Israel de los cananeos, al parecer estaban demasiado ocupa156

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dos para dedicar su tiempo a enseñarles la Palabra de Dios a sus hijos. Desobedecían así las órdenes dadas específicamente por Dios en Deuteronomio 6.4ss. Esto hizo que toda una generación no conociera al Señor ni supiera de la obra que él había hecho por Israel (2.10). Y esto a su vez trajo consigo la ignorancia espiritual y el caos, como podemos ver en este libro. O sea, que está subrayando la necesidad de unos padres piadosos con fidelidad que enseñen a sus hijos la Palabra de Dios. De otra manera, no llegarán a conocer esa Palabra de Dios.

II. La otra cara de los hechos: Elimelec y Elcana y sus familias (Rut, 1 S caps. 1 y 2)
Aunque el libro de los Jueces nos presenta el cuadro de la situación espiritual que prevalecía en la época, no podemos decir que el cuadro sea total. Sin duda alguna hubo también padres piadosos en Israel que no siguieron las tendencias infieles de su época. Podemos ver esto ejemplificado en las familias de Elimelec y Elcana. El Señor, como hemos visto, desde el mismo momento de la creación, ha enfatizado grandemente la importancia de la familia. El libro de Rut y el de 1 Samuel ilustran muy bien la forma en que Dios bendecía a las familias fieles. El libro de Rut recoge las experiencias de la familia de Elimelec, casado con Noemí. Es interesante que ambos eran de Belén (1.1), como lo eran algunos de los personajes más sórdidos que encontramos en el libro de los Jueces. Debido al hambre que había en la tierra se fueron a vivir por un tiempo en la tierra de Moab. Estando allí, los dos hijos de Elimelec y Noemí se casaron con mujeres paganas de Moab. Quizá esta fuera la razón por la cual ambos murieron. Sin embargo, la piadosa Noemí ansiaba regresar a su casa. Ella no esperaba que sus dos nueras dejaran su hogar en Moab, pero una de ellas, Rut, sí prefirió a Noemí y a su Dios por encima de su propia gente y sus dioses (vv. 16-17). El versículo 16 ha sido
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

citado con frecuencia para ilustrar la gran fe y devoción de Rut, y así es, pero no podemos pasar por alto el hecho de que también elogia la estatura espiritual de Noemí, cuya devoción al Señor y amor por su nuera conmovieron a esta hasta hacerla dejar a su pueblo e irse con la anciana a un hogar extraño. De vuelta en Belén, Rut, por una providencia divina, como muestra el libro, conoció a otra persona piadosa, Booz, y por bendición de Dios, ambos terminan casándose, estableciendo así otro hogar piadoso (capítulos 2 a 4). De aquel hogar de fe descendería el gran rey David (4.22), y alguien aun más grande: el Señor Jesucristo (Mt 1.1) . Aquí volvemos a ver a una pagana, Rut, insertada en la línea de los creyentes. Una vez más, Dios da una prenda del día en el que gentes de todas las naciones del mundo vendrían para ser incluidas en el pueblo de Dios. Así bendijo Dios a la fiel Noemí, que mostró de tal manera la presencia suya en su vida que una joven pagana fue atraída a ese Dios. Dios le proporcionó un esposo creyente, juntos constituyeron una familia temerosa de Dios, de la cual vendría en el tiempo la persona de Jesucristo. No todo estaba perdido en esta edad pecadora y sin Dios, porque él es bondadoso y no permitiría que la luz se apagara en Israel. La familia de Elcana y su esposa Ana también son un buen ejemplo de la presencia de personas devotas en Israel, en la época de los jueces. Era procedente de los montes de Efraín, de donde era también Micaía, según Jueces 17 (v. 8), y de donde provenía también el levita de Jueces 19 (v. 1). Su vida espiritual se refleja en la regularidad con que adoraba al Señor con su familia en Silo, donde estaba el tabernáculo en aquel entonces (1 S 1.3; cf. Jos 18.1). Notemos el contraste entre su obediencia al mandato de Dios con respecto a la adoración en un solo lugar que Dios escoge-

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La decadencia espiritual de Israel

ría (Dt 12) y la desobediencia de los danitas, que levantaron su propio santuario separado de la casa de Dios. Ana, la esposa de Elcana, tenía como rival a la otra esposa, llamada Penina (1 S 1.6-7). Como era estéril, deseaba mucho tener un hijo y oraba incesantemente pidiéndoselo. La entrega de su hijo al Señor como sacrificio vivo para Dios contrasta con el disparatado compromiso y con el voto de Jefté (1 S 1.11; cf. Jue 11.30-31). El que Elí no haya sabido reconocer que Ana estaba orando, es en sí mismo un buen comentario sobre la corrupción espiritual de la época (1.12-13). Era tan escasa la oración en aquellos tiempos, que ni un sacerdote de Israel era capaz de reconocerla. Cuando Dios le dio un hijo a Ana, ella lo llamó Samuel. El nombre significa «Su nombre es Dios», y es un tributo al Dios que se lo había dado. Samuel fue criado en un hogar piadoso y, finalmente, fue entregado al Señor (1.22,25,28). De esta forma, Ana y su esposo demostraron ser padres fieles al Señor y llenos de amor por él. Estaban mostrándole ese amor al dedicar a su hijo al servicio del Señor para siempre. La oración de Ana que está en el capítulo dos es una de las oraciones más hermosas que se recogen en las Escrituras. Revela la gran profundidad de su fe, y su visión espiritual de la Palabra de Dios. Y sobre todo, muestra la gran obra hecha por Dios en los corazones de algunos en esos días de oscuridad espiritual. En esta oración revela tener comprensión de cómo el Señor humilla a los soberbios pero exalta a los humildes (2.1,3,4,6,7). Así es como comprende el verdadero propósito de los sacrificios, que es llevar al pueblo de Dios al quebrantamiento y contrición de corazón para que Dios lo pueda levantar. Habla de la santidad de Dios y de su soberanía sobre todos los asuntos de los hombres (vv. 6,7,8). Expresa una confianza especial en que Dios guardará a los suyos y juzgará a los malvados (v. 9) muy similar a la expresada en el Sal-

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

mo 1. Sin duda, su profundidad espiritual es un reflejo de lo que le habían enseñado sus padres, o quizá su esposo. La oración demuestra que conocía la Ley de Dios y comprendía lo que significaba para los hijos de Dios. Terminaremos este capítulo aquí. Como vemos, el período de oscuridad en Israel no fue capaz de triunfar sobre la luz de la verdad y los propósitos que tenía Dios. Aunque la mayoría del pueblo de Israel era malvado, hubo también quienes no vivieron como la mayoría sino que tomaron a Dios en serio. Aun en las épocas de oscuridad espiritual en la iglesia hace Dios surgir algunos que le son fieles. Podríamos preguntar: «¿Qué debo hacer?» Noemí y Booz, Elcana y Ana tienen la respuesta para nosotros: permanecieron fieles e hicieron lo que Dios les había dicho en su Palabra que deberían hacer como padres y como hijos de Dios. De su descendencia levantó Dios a Samuel y a David, dos de los más notables hijos de Dios del Antiguo Testamento, cuyas vidas resultaron efectivas en la empresa de traer de vuelta a Israel como toda una nación a los pies del Señor.

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CAPÍTULO

6

EL REAVIVAMIENTO ESPIRITUAL Y LA PROSPERIDAD DEL PUEBLO DE DIOS (1 Samuel 2.12- 1 Reyes 11)
I. Comienza a amanecer: Samuel (1 S 2.12 - cap. 7)
Ya se nos han presentado ambos aspectos del período de los jueces: el mal que prevalecía en esos días, y el bien que seguía sobreviviendo y mostrándose en las vidas de algunos. Las cosas se pusieron cada vez peor en Israel, hasta que Dios intervino. Como antes, vemos que interviene suscitando gente piadosa que le sirva y le sea fiel, a través de la cual va cambiando la dirección del pueblo. En las vidas de los dos hijos de Elí vemos una vez más la personificación de lo peor que había en Israel. Estos dos hijos de Elí no conocían al Señor. Eran así un producto de su época (2.12). En este libro se nos presenta un ejemplo de su maldad. Evidentemente, estos sacerdotes no solo descuidaban sus deberes para con Dios sino que hasta codiciaban para sí las ofrendas que a él se ofrecían. Al parecer, no tenían conciencia y forzaban a la gente a entregarles a ellos sus ofrendas en lugar de en la forma prescrita por la Ley de Moisés (v. 15; cf. Lv 3.3-5,16). Pero su pecado no pasó desapercibido a los ojos de Dios (v. 17). Samuel, al contrario, ministraba en la presencia del Señor (v. 18). Vemos aquí indicios de que algo se prepara. Dios había puesto sus ojos en Samuel para destinarlo a una obra grande y llena de fe (v. 21).
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El sacerdote Elí no era inocente de todo lo que hacían sus hijos. Conocía su pecado, no solo en cuanto a los sacrificios sino también en la maldad de acostarse con mujeres que velaban en el tabernáculo (v.22). Propiamente no había nada incorrecto en que las mujeres estuvieran allí. La Ley de Moisés disponía que hubiera mujeres que sirvieran en el tabernáculo (Éx 38.8). Pero lo que sucedía entre los hijos de Elí y esas mujeres era un verdadero ultraje. Parece que se trataba de un acto realizado en imitación de las prácticas religiosas de los cananeos. Sabemos, por evidencias arqueológicas, que la consumación de orgías sexuales como las aquí descritas formaba parte del culto religioso cananeo. Aunque Elí sabía los pecados de sus hijos, solo se los reprochaba de palabra, y evidentemente no hacía esfuerzo alguno para disciplinarlos (vv. 22ss). El versículo 25 parece querer hacer notar que los hijos de Elí eran culpables del imperdonable pecado de rehusar arrepentirse ante Dios. No hay perdón ni escape para un pecador así. Y este era su pecado. La frase «Jehová había resuelto hacerlos morir» significa simplemente que Dios había escogido no intervenir con su gracia para salvarlos. Ellos se habían endurecido en sus corazones y no querían arrepentirse, tal como el faraón había hecho en Egipto en los días de Moisés. Una vez más, vemos el fuerte contraste entre Samuel y los dos sacerdotes (v. 26). La gracia de Dios estaba obrando en Samuel y preparándolo para que fuera el medio para tocar al corazón de Israel. El Señor le hizo una advertencia a Elí, quien evidentemente era culpable de aprovecharse de los pecados de sus hijos, aunque los había reprendido (v. 29). El solemne «por tanto» del versículo 30 es la introducción al pronunciamiento del juicio de Dios contra él y su casa. El sacerdocio de Elí, descendiente de Aarón, había fracasado. Elí y sus hijos serían quitados de su oficio por medio de la muerte (v. 34).

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El reavivamiento espiritual y la prosperidad del pueblo de Dios

En el versículo 35 hallamos la promesa hecha por Dios de que habría un sacerdocio mejor que el de Elí y Aarón. Esta promesa puede ser aplicada inmediatamente al surgimiento de Samuel para tomar su lugar. Pero tiene un significado mucho mayor. Samuel no haría sino señalar hacia el sacerdote mayor de todos, el definitivo. Dios no construyó un sacerdocio a partir de Samuel. El sacerdocio de Aarón había fracasado. Por tanto, en última instancia el Señor estaba señalando y prometiendo que sería establecido un sacerdocio mayor, que no fracasaría. El escritor de Hebreos dice en 7.11ss que el gran sacerdocio pertenece a Jesucristo, el sacerdote perfecto que habría de ofrecer el sacrificio perfecto, esto es, a sí mismo, por nuestros pecados. En el fondo de la condición pecadora de los hijos de Elí y de su propio fracaso en el sacerdocio tenemos el tema continuo del crecimiento y el despertar espiritual de Samuel, que estaba destinado a ser el guía que sacaría a Israel del pantano en que estaba atrapado (3.1). El estado espiritual de la situación se nos describe nuevamente en la aseveración hecha en el versículo 1 de que la Palabra de Dios escaseaba en aquellos días. Dios no se estaba revelando, y la revelación que ya había hecho no estaba siendo circulada entre el pueblo. Pocos la conocían o se interesaban en ella. Pero Dios no cejó en su empeño. La lámpara de Dios a la que se refiere el versículo 3 representa la verdad y la luz de Dios (2 S 21.17; 22.29; 1 R 11.36; 15.4, Sal 119.105). La idea es que la gracia de Dios seguía adelante en estos tiempos a pesar de los pecados del hombre. Se nos dan evidencias de esta continuidad de la gracia en este capítulo, cuando Samuel es llamado por Dios y levantado para que sea profeta del Señor (3.19—4.1). Puesto que la confianza de Israel ya no estaba puesta en el Señor en aquellos días, él lo humilló con la derrota a manos de sus enemigos, los filisteos, como lo hacía en tiempos de los jueces (4.1-2).

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

El pueblo tenía puesta su confianza, no en Dios, sino en el arca, como el medio que tenían para manipular a Dios. Sentían que tenían a su Dios en una caja, y que podían obligarlo a ayudarles con solo llevar consigo el arca a la batalla (vv. 3-5). Más tarde Israel pondría su confianza en el templo, creyendo equivocadamente que Dios no dejaría que Jerusalén cayera en manos de sus enemigos porque allí estaba el templo. En cambos casos quedo probado que los israelitas, en su necedad, estaban equivocados. En estas circunstancias, el arca fue capturada, los hijos de Elí asesinados, y el ejército derrotado. Todo Israel se llenó de pesar (v. 21). Es interesante ver cómo Dios, que entregó el arca en manos de los filisteos, no les permitió sin embargo jactarse, o suponer que sus dioses eran más grandes que el Dios de Israel. El solo castigó a los filisteos y los abatió (caps. 5, 6). Ni a los mismos israelitas les permitía el Señor que trataran el arca descuidadamente, o con poco respeto (6.19-21). Hasta David tendría que aprender esta lección más tarde (2 S 6.1-11). Por fin el pueblo de Dios había sido humillado hasta el punto de tener que ir a lamentarse ante el Señor. Dios había preparado a su hombre para esa hora, y cuando los corazones del pueblo estaban contritos ante él (7.2), el hombre del momento, preparado por él, Samuel, se adelantó a mostrarle al pueblo cómo volver a la amistad con Dios. Samuel le describió a Israel el camino de regreso en tres pasos. La descripción del arrepentimiento que se da aquí (vv. 3,4) es una guía excelente para todos, ya sean los individuos o las iglesias, si tienen un corazón quebrantado y un anhelo de regresar a Dios. Primeramente, las condiciones del arrepentimiento deben ser correctas. Debe nacer del corazón, esto es, de un corazón quebrantado y contrito. Si esto es así, el primer paso consiste en dejar de hacer el mal que se estaba haciendo. Todo arrepentimiento ver164

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dadero debe manifestarse en obras dignas de arrepentimiento, en el cese de nuestras malas acciones. No podemos esperar ser restaurados en la amistad correcta con Dios si seguimos de cabeza en los mismos pecados que la rompieron. Debemos confesar que somos pecadores y que hemos pecado contra Dios, y estar adoloridos por haberlo hecho. El segundo paso es positivo: Israel tenía que dirigir su corazón al Señor para servirle solo a él. No era suficiente que dejara de hacer el mal; tenía que buscar lo que era bueno y justo ante los ojos de Dios. Más tarde Elías llamaría al pueblo a dejar de estar vacilando entre el Señor y Baal, y a servir solo al Señor (1 R 18.21), tal como Jesús les advertiría posteriormente a sus discípulos, que no se puede servir a dos señores (Mt 6.24; cf. Mt 4.10 y Dt 6.13). El tercer paso en el regreso de Israel era asunto de Dios. Cuando ellos hubieran hecho todas estas cosas desde su corazón, entonces el Señor los liberaría de sus enemigos, los filisteos. Lo que vino después de que Samuel les había enseñado el camino para regresar a Dios fue que el pueblo lo obedeció fielmente, y lo primero que hizo fue apartarse de los dioses falsos (v. 4). Después, confesaron sus pecados, y se volvieron a consagrar al Señor (vv. 5-8). Finalmente, el Señor les correspondió, dándoles la victoria sobre los filisteos (vv. 9-11). La piedra erigida en Ebenezer, en memoria de lo que Dios hizo en aquel día, era similar a la piedra de Gilgal, erigida cuando Israel cruzó el Jordán; ambas eran recordatorios visibles de la ayuda divina. El nombre Ebenezer significa «piedra de ayuda», y podríamos decir que señalaba el camino que habían seguido las bendiciones de Dios sobre Israel hasta ese momento. Después de esto Samuel fue juez de Israel por varios años. Fue el último de los jueces, y sin duda el mayor de ellos. Es de suponer que, al mismo tiempo que hacía sus recorridos anuales juzgando al pueblo y enfrentándose a sus problemas espirituales,
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

también sin duda, le enseñaba la ley de Moisés para que mejorara su condición espiritual.

II. La elección de un rey: Saúl (1 S 8-15)
En los primeros versículos del capítulo 8 leemos que los hijos de Samuel eran pecadores, como lo habían sido los de Elí. Sin embargo, notamos una gran diferencia. Cuando las Escrituras mencionan a los hijos de Elí, echa gran parte de la culpa de estos pecados al fracaso de Elí como padre. Posteriormente, se diría lo mismo de David. Sus hijos eran en gran parte un reflejo de sus fallos. Pero en el caso de Samuel, no se le culpa de nada. En realidad, Samuel es una de las poquísimas personalidades de las Escrituras sobre las cuales no se dice nada crítico o negativo. Esto no quiere decir que Samuel no tenía pecados, pero es un alto tributo que se le rinde. Los pecados de los hijos de Samuel han de contemplarse como propios de ellos al no andar por el camino señalado por su padre, que él personalmente con fidelidad se lo había enseñado (v. 3). Esto nos permite ver que en ocasiones los padres podrán hacer todo lo que deben y sin embargo sus hijos no querrán obedecer. No siempre se ha de culpar a los padres por los fallos de los hijos. Pablo y Pedro advertirían más tarde a los ministros contra este pecado en particular (1 Tim 3.3; 6.10; Tit 1.11; 1 P 5.2). La perversión de la justicia fue un pecado frecuente entre los últimos gobernantes de Israel, condenado con frecuencia por los profetas. La reacción del pueblo que recoge la primera parte del capítulo 8 nos trae a la mente las palabras de Moisés en Deuteronomio 17.14,15. Israel había sido advertido de que algún día pediría un rey, y ahora acaba de suceder. Con seguridad, la nación, la nación exclusiva de Dios, estaba dispuesta a vender su progenitura con tal de ser como las demás naciones. Samuel estaba descorazonado, pero Dios le demostró que no había sido fallo personal suyo. Después de todo, no era a Samuel a quien rechazaban como rey, sino a Dios
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El reavivamiento espiritual y la prosperidad del pueblo de Dios

(vv. 6,7). Sin embargo, el Señor le hizo ver que él controlaba la situación (v. 9). El Señor era aún el rey (Éx 15.18). La descripción de las desgracias futuras con el rey que deseaban presenta marcado contraste con las bendiciones pronunciadas por el mismo Dios sobre su pueblo en el pasado. El Señor les había dado hijos, hijas, campos, viñedos y olivares. Pero el rey les quitaría todas esas cosas (vv. 11ss). Al final habrían perdido, no solo todo lo que Dios les había dado sino también su amistad con él (v. 18). Ellos querían tener un rey que los juzgara y que fuera delante de ellos y peleara por ellos (v. 20). Dios había hecho todas esas cosas por ellos y nunca los había abandonado, pero al final sus reyes los abandonarían, como sucedió en verdad con el último rey de Judá antes de la caída de Jerusalén. Lo predicho por Samuel en aquel día sucedió tal como él lo había advertido. En esencia, lo que el pueblo decía era: «No queremos caminar por fe ante un rey invisible sino por vista ante un rey visible». Dios permitió que un rey gobernara a Israel, pero se ve claramente que él seguía dominando la situación. La forma en la que el joven Saúl entró en contacto con Samuel en este preciso momento, debido a que su padre había perdido sus asnas, demuestra que era Dios quien se iba a encargar de seleccionar el rey de Israel. La afirmación hecha en 9.2 de que no había otro más hermoso que él en Israel, indica que Dios los guió para que escogieran el mejor de todos los hombres para esa tarea. El hecho de que este mejor candidato fracasara subraya simplemente la verdad de que el mejor de los hombres no basta para guiar al pueblo de Dios. Solo hay uno que puede guiar de verdad al pueblo de Dios, y este es el Señor mismo. Es interesante observar cómo Dios parece evitar el uso del término «rey» cuando habla de Saúl. Se le llama príncipe, pero no rey. La terminología que encontramos en 9.16 es una reminiscencia del período de los jueces, como si Dios lo mirara más como un juez que como un rey.
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La humildad de Saúl la elogia al principio, presentándolo como similar al mismo Moisés (v. 21). Al ser ungido como rey (cap. 10), se le dan tres señales de su nuevo llamado. Son dignas de tenerse en cuenta ya que parecen tener relación con la forma general en que Dios aparta para una misión especial en su reino, incluso a los ministros del evangelio hoy en día. Notemos que la primera señal lo releva de su responsabilidad anterior. Las asnas son encontradas, y por tanto, no tiene que preocuparse ya más de ese problema (10.2). En segundo lugar, han de ser satisfechas sus necesidades físicas. Recordemos que no tenía nada (9.7). Ahora se le da alimento (v. 3). Finalmente, el Espíritu Santo vendría sobre él, haciéndolo capaz de servir al Señor y hacer su voluntad (v. 6). Todo esto significaría que Dios estaba con él (v. 7; cf. Éx 3.12 y Jos 1.9). Es así como el siervo de Dios, llamado a un ministerio especial en el reino de Dios, es relevado de sus obligaciones y tareas anteriores, recibe promesa de que recibirá lo que necesita para vivir, y se le dotará con cuantos dones del Espíritu Santo lo hagan capaz de realizar la labor a la que ha sido llamado. El mandato de 10.8 parece haber sido una costumbre que debería ser seguida por Saúl antes de comenzar algún nuevo proyecto para Dios. Por medio de esta costumbre, Saúl recordaría siempre que su éxito dependía de la bendición y la orientación de Dios. Su cumplimiento les recordaría, tanto a él como al pueblo, que Dios seguía siendo rey. Cuando Samuel hizo el anuncio de que Saúl sería su nuevo rey, les recordó cuidadosamente que el solo hecho de pedir un rey había sido un pecado (v. 19). A continuación señaló que el escogido había sido seleccionado por Dios (v. 24). La mayoría apoyó la selección hecha por el Señor (vv. 24,27). De nuevo señalamos que el Señor, acomodándose a la solicitud que había hecho el pueblo de un rey, lo orientó para que escogiera el mejor hombre disponible para el cargo. El que este fallara no quiere decir que Dios no supiera escoger, sino manifiesta que nin168

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gún hombre es bastante en sí mismo para ser el rey del pueblo de Dios, ni aun el mejor de todos los hombres En el capítulo 11 vemos el primer acto de Saúl en su condición de rey. En esta circunstancia se da bien a conocer. Cuando terminó la batalla y logró rescatar a los habitantes de Jabes de Galaad de manos de su enemigo, se convirtió en el héroe de Israel, y al parecer, había ya logrado unir a todo Israel tras sí. Su sabiduría al no buscar venganza sobre los que se le habían opuesto lo hace también digno de elogio (vv. 12,13). El discurso de despedida de Samuel que leemos en el capítulo 12 es muy conmovedor. La integridad de este hombre es obvia; nadie puede echarle en cara nada (v. 4). Después de un recuento de la historia de Israel como pueblo de Dios, Samuel hace una exhortación final (vv. 14,15). Según podemos ver, tiene estrecha relación con el pacto que Dios había hecho con Israel prometiéndole bendecirlo en la tierra mientras fuera obediente. Por primera vez el pueblo de Israel reconoció el pecado que había cometido pidiendo un rey (v. 19). Quizá se arrepintieron cuando contemplaron la muerte de Samuel y se dieron cuenta de que Saúl era un pobre sustituto para aquel hombre de Dios. Sin embargo, Samuel trató de consolarlos (vv. 20ss). Samuel delinea en este momento la fórmula para continuar siendo bendecidos. Han de ser fieles a Dios, y serán sostenidos por las oraciones de él. En este momento Israel tenía mucho a su favor. Es triste llegar al capítulo 13 y darse cuenta de que, después de todo, este joven Saúl, tan prometedor, tenía pies de arcilla. La caída de Saúl comenzó con ocasión de otra batalla con los filisteos. Se fue poniendo impaciente mientras esperaba que Samuel llegara a ofrecer los sacrificios de acuerdo con la fórmula señalada en 10.8. Por lo tanto, al ver que el pueblo comenzaba a dispersarse, ofreció el sacrificio él mismo. Con este hecho dejaba ver una pavorosa falta de profundidad espiritual.
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Cuando Samuel le hizo ver su pecado trató de buscar excusas. Se le hacía difícil reconocer su pecado, porque era un error. La acusación de Samuel en el versículo 13, «locamente has hecho», requiere un comentario. El loco en la Biblia es el que vive y actúa como si no hubiera Dios. Puede que sea muy respetable a los ojos de los hombres, e incluso muy admirado. El mundo no lo llamaría loco, pero aquel cuyas actividades y cuya vida van en contra de Dios, y que vive como si no tuviera nada de que darle cuenta, es un loco a los ojos de Dios; un necio. A partir de este momento vemos a Saúl declinar rápidamente. Ya David, el nuevo escogido de Dios para rey, está en el horizonte. Aquí se le identifica solamente como «un varón conforme a su corazón [al de Dios] » (13.14). Pero ya ha sido escogido por Dios, aunque aún sea desconocido de los hombres. En el siguiente capítulo, el 14, vemos cómo Saúl comienza a desmoronarse ante el pueblo. Sus tontas exigencias con respecto a que los combatientes no comieran hasta que la batalla estuviera ganada aquel día, hirieron al ejército y cercenaron la victoria (v. 24). Este hecho no era propio de un jefe militar prudente. Sin embargo, Saúl continuó llevando a Israel a la victoria, a pesar de sus debilidades, y las Escrituras continúan elogiando sus cualidades militares (v. 48). En el asunto de Agag, rey de los amalecitas, tenemos un segundo ejemplo de la depravación espiritual de Saúl (cap. 15). Dios había ordenado de manera específica que se destruyera a los amalecitas y todo lo que poseían, como lo había hecho con Jericó en los días de Josué. El acto de desobediencia de Saúl (vv. 8,9) fue ocasión de un segundo encuentro entre él y Samuel. Las palabras «me pesa haber puesto por rey a Saúl», dichas por Dios (v. 11), turban a algunos. No quieren decir que Dios cambie de idea o se equivoque, como lo hacemos los hombres. Esta interpretación es rechazada en el mismo capítulo (v. 29). Lo que
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hacen es expresar el fracaso total de Saúl con respecto a la voluntad de Dios, como si Dios hubiera cometido un error. Lo que se está diciendo en realidad es que no hay hombre, ni aun el mejor, que sea suficientemente bueno para gobernar al pueblo de Dios. En el segundo encuentro Saúl vuelve a declararse inocente, mientras Samuel le señala sus actos de desobediencia (vv. 13,14). La insistencia de Saúl en que sus intenciones habían sido buenas y su esfuerzo en echarle la culpa al pueblo para quitársela él, no hizo desistir a Samuel (vv. 20-21). En los versículos 22 y 23 se nos hace penetrar en el propósito de Dios al instituir el sistema sacrificial. Se ve claramente que nunca se pretendió que fuese un sustituto para la obediencia a la Ley de Dios. Como ya indicamos al tratar sobre el sistema sacrificial en Levítico, el propósito de los sacrificios era llevar al pueblo a darse cuenta de su pecado y ser una expresión de la necesidad que tenían de que Dios los ayudara. Para Saúl el sacrificio aparecía claramente como un sustituto a la obediencia, esto es, «puesto que no cumplí estrictamente la ley de Dios, aquí están estos animales estupendos para ser sacrificados a fin de pacificar a Dios». El contraste entre la actitud defensiva que toma Saúl en este momento y el reconocimiento que hace David de su propio pecado cuando, algún tiempo después, se lo hace ver el profeta de Dios, es de gran importancia. David expuso en el salmo 51 su propio dolor de corazón por causa de su pecado, y demostró haber comprendido rectamente el sentido del sistema sacrificial, esto es, llevar al pecador a tener un corazón quebrantado y contrito (Sal 51.16,17). Hasta la misma admisión oral de su culpa por parte de Saúl da la impresión de no ser genuina. Lo que parece estar diciendo es algo así como: «Está bien, está bien, cometí el pecado, pero sigamos adelante con el culto» (vv. 24,25). La tragedia del fracaso de Saúl no es más que un augurio del fracaso posterior de Israel. De Isaías 1.11ss y de muchos otros
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pasajes de los profetas podemos deducir que Israel como un todo no fue capaz de captar el verdadero sentido del sistema de sacrificios, y su culto no era aceptable a Dios. En sus corazones llenos de orgullo llegaban ante Dios con los sacrificios, pero sin humildad. La tragedia de Saúl es, por tanto, la tragedia de Israel. El pueblo había deseado un rey como los de las demás naciones, un hombre, un brazo de carne. Pero este no fue capaz de salir airoso a los ojos de Dios, e intentó hacer prevalecer la causa de sus ventajas personales por sobre de la obediencia, con la consecuencia de grandes pérdidas, tanto para él como para el pueblo. En medio de todo esto Samuel fue ejemplar. Herido personalmente al ser rechazado el Dios para el cual él había querido vivir, continuó sin embargo orando por ellos y nunca los abandonó. Incluso después de la segunda caída de Saúl, Samuel buscó la manera de encauzar las cosas lo mejor posible, por el bien de Israel y para la gloria de su Señor (v. 31).

III. El surgimiento de David (1 S 16—31)
En estos capítulos se nos muestra cómo Dios escogió a David para que ocupara el lugar de Saúl como rey. Recordemos que David ya ha sido descrito por el Señor como «un varón conforme a su corazón» (13.14, cf. Hch 13.22). En este momento, Dios había rechazado llanamente a Saúl, y había establecido a su escogido como rey (16.1). Veamos cómo el Señor todavía trata con las familias, poniendo el énfasis nuevamente en el lugar de la familia y la responsabilidad de los padres en el reino de Dios (v. 1). El escogido es designado como «el hijo de Isaí» hasta el versículo 12. El Señor designa al nuevo escogido como rey, sin dejar lugar a dudas (v. 1). Se nos da aquí una importante lección sobre la diferencia entre la manera humana de escoger y la divina. El hombre mira la apariencia externa, como lo hicieron los admiradores de Saúl, a quien
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hallaron digno de elogio. Pero Dios mira el corazón, esto es, lo que es un hombre realmente, debajo de su apariencia externa (v. 7). Se nos dice que el Espíritu Santo vino aquel día para permanecer en David, a diferencia de la forma en que venía y se iba con respecto a Saúl (v. 13). David habría de tener el Espíritu Santo en gran medida, ya que era el escogido por Dios para guiar a su pueblo, y habría de ser una figura del Cristo que habría de venir de su descendencia. La mención que se hace del mal espíritu que estaba en Saúl (v. 14) no tiene por qué turbarnos si recordamos que la palabra «mal» tiene dos sentidos en las Escrituras. Puede significar «mal moral», que nunca es asociado con Dios, o puede significar el juicio de Dios sobre los hombres pecadores, y este siempre viene de él. En este último sentido hemos de entender aquí que el espíritu enviado por Dios a Saúl, era un espíritu de juicio. Por supuesto que no fue una coincidencia que hubiera a mano alguien que recomendara a David como un consumado tocador de arpa que podía sosegar a Saúl (v. 18). Dios buscó la manera de que su siervo comenzara a ser entrenado en los asuntos del reino y en la guerra, tal y como había hecho antes preparando a Moisés en la corte del faraón. Tampoco fue ninguna coincidencia que David encontrara favor, tal como lo había encontrado José en la corte del faraón mucho antes. El Dios soberano es el que está siempre al frente de las cosas, y todo lo obra para su propia gloria y para el bien de aquellos que confían en él. La narración del desafío entre David con Goliat, en el capítulo 17, es bien conocida. Debemos llamar la atención sobre el hecho de que cuando se le dio oportunidad a David de pelear con Goliat, puso su confianza no en sí mismo sino en el Señor. Esta seguridad no la había ganado súbitamente, sino a través de todos los años en que había ido viendo la protección de Dios sobre su vida (vv. 34-

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37). No solo expresó su fe con palabras sino también con hechos, dándole al Señor toda la gloria por la victoria de ese día (vv. 45-47). El triunfo de David en aquel día trajo consigo dos consecuencias: su estrecha amistad con Jonatán (18.2,3) y los celos infinitos de Saúl (v. 9). De nuevo Saúl se mostraba tal cual era al decidir que destruiría a este hombre, a quien vio como una amenaza para su trono (vv. 11,17). Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, era evidente que el Señor estaba con David y lo hacía prosperar. De esta forma se hace evidente aquí la enemistad entre los hijos de Dios y los de Satanás (v. 29). Los capítulos 19 a 26 nos hablan de la persecución sin tregua que organizó Saúl contra David. La intercesión de Jonatán a favor de David fue de poco provecho (19.1-10). Cuando David se vio forzado a huir de Saúl, Jonatán y él se separaron con lágrimas. La conmovedora escena descrita en 20.14ss quizá apunte a sucesos que vendrán más tarde. No podemos pasar por alto el hecho de que la tribu de Benjamín sobrevivió en la historia posterior solo porque vino a refugiarse en la de Judá. Y más tarde aun, un descendiente de Saúl, también llamado Saúl (Saulo), se entregaría al servicio del mayor de los hijos de David, Jesucristo (Hch cap. 9). Hay mucho que decir a favor de Jonatán, por su humildad y mansedumbre y por su deseo de glorificar a Dios y hacer su voluntad, aunque fuera al precio de su propia gloria y poder. Es en verdad una de las personalidades nobles de las Escrituras. Cuando David escapa de manos de Saúl, su esposa Mical parece estar a su favor, pero sus palabras dejan entrever la falta de amor por David que tenía ya en este momento (vv. 13-17). Saúl no tuvo éxito al tratar de capturar a David, porque era contra la voluntad de Dios (v. 20). En una segunda huida que se registra en los capítulos 21 al 24, David fugitivo pone en peligro a los sacerdotes en Nob. Más tarde se echaría la culpa por la muerte de Ahimelec (22.22). No pode174

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mos saber cómo habría este reaccionado con respecto a David de haber sabido que estaba huyendo de Saúl. Pensando que estaba en una misión por encargo de Saúl, le dio el pan sagrado y la espada de Goliat. Esto, desde el punto de vista de Saúl, significaba ayudar y apoyar al enemigo. El hecho de que David pusiera a salvo a sus padres confiándolos al rey de Moab nos recuerda que su bisabuela Rut era una moabita (Rut 4.17). La muerte de Ahimelec, como ya hemos indicado, es un resultado de la mentira de David (22.11ss). Puede que la invitación que le hizo a Abiatar, hijo de Ahimelec, para que se aliara con él no le gustara del todo a este. Veremos más tarde que en la época posterior a la muerte de David, Abiatar se une a la revolución contra Salomón, el hijo que David había escogido para rey (1 R 1.7). En los lugares de En-gadí (cap.24) y Zif (cap. 26), David demostró su confianza en el Señor no matando a Saúl cuando lo tuvo entre sus manos. Saúl nunca pudo comprender esto, y nunca respetó al ungido del Señor, como David había hecho, aunque ya por este tiempo, el título de «ungido del Señor» era más adecuado para David que para Saúl. Del capítulo 27 al 31 tenemos los últimos días de Saúl, que serán también los últimos de la persecución contra David. Por ese entonces Samuel ya había muerto (25.1). Saúl estaba ya en las últimas, pero David no se sentía seguro aún (27.1). En su desesperación, cuando los enemigos filisteos comenzaron a cercarlo, Saúl intentó una vez más pedirle consejo a Samuel, que ya estaba muerto (28.1ss). La razón de su desesperado intento por comunicarse con Samuel ya muerto a través de una médium era sin duda que toda comunicación con el Señor había sido cortada (v. 6). No hay duda de que la mujer se sorprendió tanto como Saúl cuando Samuel se apareció de veras y le habló a Saúl (v. 12). No debemos suponer por esto que las Escrituras dan fe a la hechicería.
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Dios permitió que Samuel apareciera porque estaba de acuerdo con sus propósitos el hablarle una vez más a Saúl a través de Samuel sobre su juicio. Así como había permitido que los magos de Egipto convirtieran bastones en serpientes, ahora también permitía que esta hechicera invocara a Samuel, no porque ella tuviera poder en sí misma para hacerlo, sino para enseñarles, tanto a ella como a Saúl, una lección. La muerte de Saúl en la batalla se narra en el último capítulo de 1 Samuel. Las discrepancias entre el relato de su muerte de 1 Samuel 31 y la narración dada por el amalecita en 2 Samuel, capítulo 1, se explican por el deseo de este de obtener una recompensa por haber dado muerte al enemigo de David. Su mentira le acarreó la muerte. Al hacer un estimado del reinado de Saúl, sacamos en conclusión que la tragedia de su vida es que aunque era el mejor de los hombres, humanamente hablando, para la tarea de ser rey del pueblo todo su reinado demuestra que el mejor de los hombres simplemente resulta insuficiente para guiar al pueblo de Dios. Solo Dios mismo es el rey verdadero. Solo él es capaz. Por eso es que finalmente Dios mismo tendría que venir a través de la línea de David, el caudillo que supo reconocer sus limitaciones y confiar en el Señor. La grandeza de David no se nota en su superioridad a Saúl, humanamente hablando, sino en su corazón humilde y contrito, que reconocía que la verdadera grandeza sabe yacer en humildad ante el Señor, en total dependencia de él. David comprendió siempre que el rey era Dios, y no él.

IV. El reinado de David (2 S 1—24)
David fue informado con respecto a la derrota y muerte de Saúl por un amalecita anónimo, quien se adjudicó el haberlo matado, quizá esperando alguna recompensa. Cualquiera que fuese su motivación, su narración es diferente al relato bíblico de la muerte de Saúl que aparece en 1 Samuel 31 (2 S 1.10). Al parecer, esperaba alguna
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recompensa por su acción, pero en vez de ello, fue enviado a matar por David, quien fue fiel a Saúl hasta su muerte (vv. 14-16). Los sentimientos del propio David se expresan hermosamente en el canto que escribió y que recogen los versículos 19 al 27. Puede que nos preguntemos cómo es que David pudo decir de Saúl que había sido «amado y querido en la vida» (v. 23). En realidad, une a Saúl y a Jonatan aquí, y quizá vea a Saúl a través del amor que tenía por Jonatan. Esto también quiere decir algo con respecto al propio David. No hay evidencia de que hubiera jamás animosidad de parte de David con respecto a Saúl, aunque este lo persiguió muchos años. David parecía comprender por qué Saúl estaba celoso y airado, y su única reacción era una increíble paciencia. Quizá antes de los días de hostilidad, había tenido algunas experiencias agradables con respecto a Saúl. David fue muy cuidadoso, procurando ser guiado por el Señor en cada paso de la toma del poder real en Israel (2.1). Tan pronto como fue hecho rey de Judá, actuó como rey, recompensando a los que habían sido fieles al rey anterior (v. 4). Cuando Abner, el capitán del ejército de Saúl, trató de nombrar rey a un hijo sobreviviente de Saúl, David no vio su acto como una traición, ya que el problema de quién debía gobernar aún no había sido resuelto. Mostró gran paciencia hacia los que seguían leales a Saúl, lo que nos demuestra su mansedumbre y su voluntad de que fuera Dios quien afirmara su trono, como había prometido. En el capítulo 2 se menciona por primera vez a Joab, el sobrino de David (cf. 1 Cr 2.16). En este momento, o antes, surge como el jefe de los hombres de David y muestra su habilidad haciendo huir a Abner (v. 17). Al mismo tiempo dejó ver su inclinación pecaminosa y su hostilidad hacia Abner, quien había matado en batalla leal a su hermano (vv. 18-32) . Por mucho tiempo Abner fue el campeón de la causa de Isboset el hijo de Saúl (3.1). El nombre mismo de Is-boset es intere177

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sante. Durante su vida, al parecer, había sido llamado Es-baal (cf. 1 Cr 8.33 y 9.39), lo que significa literalmente «hombre del Señor», usando un nombre semítico común para señor: baal. Más tarde, sin embargo, en la época de Oseas, el nombre de Baal había llegado a estar tan asociado con el dios fenicio de la fertilidad, que Dios no permitiría que se le llamara por ese nombre nunca más (ver Os 2.16 y cf. 1 R 18.21ss). Por tanto, en tiempos posteriores se hizo costumbre, dondequiera que apareciera el nombre Baal entre los nombres hebreos, cambiar el Baal en Boset, que significa «vergüenza». Is-boset, pues, significa «hombre de vergüenza», que así de vergonzoso era el nombre de Baal. Si, como pretenden algunos, fue Elías quien escribió esta parte de la Palabra de Dios en 2 Samuel, es comprensible que él, el gran oponente del culto a Baal, no tuviera ningún deseo de usar el nombre verdadero de Es-baal. Mientras David esperaba en Hebrón el momento de ocupar el trono de todo Israel le nacieron seis hijos, tres de los cuales le traerían grandes penas posteriormente: Amnón, Absalón, y Adonías. Cuando el poder de Abner aumentó, Is-boset lo acusó de tomar su concubina (v. 7). Esto equivalía a acusarlo de traición, como ya hemos visto en un incidente anterior. Debido a esta acusación, fuera verdadera o falsa, Is-boset tuvo que pagar caro, porque Abner decidió pasarse a David. David, que por días ganaba superioridad sobre la casa de Saúl, exigió lo que podría considerarse como algo ínfimo: que regresara con él su esposa, la hija de Saúl que se había casado de nuevo con otro hombre (1 S 25.44). La escena de despedida entre Mical y su segundo esposo, es triste, pero debemos recordar que el contrato matrimonial había sido violado cuando ella se casó con este segundo hombre. David estaba totalmente en su derecho al hacerla regresar, pero al parecer, ambos nunca volvieron a vivir juntos con felicidad (6.16).

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El acuerdo entre Abner y David y la subsiguiente paz que planeaban quedaron frustrados por el asesinato de Abner por Joab. Quizá fuera parcialmente una venganza, puesto que Abner había matado a su hermano en la batalla, tragedia en verdad, pero que ciertamente no fue culpa de Abner (2.19-23). Pero seguramente Joab temió también que Abner, que era mucho más del agrado de David, fuera puesto sobre él. De nuevo demostró David sus sentimientos al alabar a Abner y condenar a Joab (3.31-34). David nunca perdonó a Joab, pero tampoco lo castigó. El porqué no aparece claramente. La negligencia de David en cuanto a disciplina era una de sus grandes fallas, como lo mostrará su vida posterior. En este momento, el pueblo de Israel viene a David y se le somete (5.1ss). A partir de entonces, durante varios años, David fue de triunfo en triunfo (cap. 5—10). Durante este tiempo, trajo el Arca de la casa de Abinadab, donde había estado por muchos años, desde la época de Samuel (1 S 7.1). El juicio sobre Uza que disgustó a David había sido dispuesto, como todos los juicios de Dios, para gloria suya y para humillar ante él a los hombres. Hasta el mismo David con todo su séquito ha de respetar la Ley de Dios y estarle sujeto. Ningún hombre estaba sobre la Ley, ni tan siquiera David, ni Moisés, el dador mismo de la Ley, como pudimos ver anteriormente (Éx 4.24-26). David planeaba traer el Arca a Jerusalén, la ciudad que había tomado (vv. 6-9), y construir un lugar permanente para adorar a Dios (cap. 7) . El Señor se complacía en su deseo de construirle una casa, pero como respuesta a ello le da una promesa que lo deja anonadado. Habla de la simiente de David que ha de venir (v. 12) y el reino que ha de ser establecido (v. 13) y la casa de Dios que él construiría (v. 13). En cierta forma, el Señor estaba hablando de Salomón, a través del cual continuaría el reino que había comenzado con David. Pero en última instancia, el Señor hablaba del mayor entre
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los hijos de David, y el reino mucho más grandioso que él establecería, y la casa mucho mayor de su propio cuerpo que Jesucristo ofrecería algún día por el pueblo de Dios y por su salvación. Al final, el reino de David sería afianzado para siempre, no en Salomón sino en Jesucristo (v. 16). David quedó anonadado de asombro ante la gracia de Dios y la decisión de que todo fuera hecho para que Dios fuera glorificado (vv. 20ss). Sin embargo, a este mismo David se le recordaría su propia fragilidad y su continua necesidad de depender de Dios, para no volverse demasiado orgulloso y lleno de confianza en sí mismo. En el capítulo 11 comienza uno de los episodios más tristes de las Escrituras. El escritor indica que el mismo David abrió la puerta a los problemas, al no hacer lo que los reyes deben hacer: ir a la guerra para dirigir sus tropas. En lugar de ello, envió a Joab, que él sabía que era un hombre poco valioso. En sus horas de pereza, vio a una mujer bañándose. Era hermosa. No había pecado en su tentación, pero cuando supo que era casada, debió haberla apartado de su mente. Al contrario, dejó que su codicia controlara la situación y la mandó a buscar para unirse sexualmente con ella. Después de haber satisfecho su lujuria, la envió a su casa (11.4). Pero ella quedó encinta, y esto significaba que habría problemas. Para encubrir su pecado, trató de que su esposo volviera a la casa y se acostara con ella, para engañarlo haciéndole pensar que su embarazo se debía a él. Pero el esposo demostró estar más deseoso de cumplir con su deber que David con el suyo. Le molestaba en la conciencia disfrutar de su esposa mientras sus compañeros estaban luchando en los campos. David lo intentó de nuevo, tratando de embriagar a Urías, pero sin resultados. Al final, tuvo que hacer que fuera muerto a manos del enemigo con el fin de cubrir su propio pecado. Joab, que era un pícaro, ha de haber saboreado el encargo de hacer que Urías fuera muerto, y quizá supiera el pecado de David. Antes que cargar con
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la culpa por haber cometido dos pecados terribles, David prefería hasta sacrificar las vidas de varios soldados a fin de llevar a cabo sus malvados deseos (v. 17). David tomó a la viuda de Urías como esposa, y aunque es posible que pensara que con esto había terminado todo, el Señor no lo había olvidado (v. 27). La manera en que Natán se dirige a David es un ejemplo clásico del profeta como siervo de Dios, dispuesto a reprender aun a los reyes cuando fuere necesario. Así como Samuel se había enfrentado en varias ocasiones a Saúl, ahora Natán, el profeta del Señor, se enfrenta a David y le hace ver su pecado. En esta circunstancia se prueba la verdadera integridad de David, no en el hecho de que había pecado sino en que ahora, al ser puesto frente a su pecado, demostraría qué clase de persona era en realidad, como Saúl había revelado tener un corazón descreído al negar su pecado, o como Caín se dio a conocer manifestando ira contra Dios y asesinando a su hermano Abel. Aquí se revela la grandeza de David, pues manifiesta que era en verdad un hombre según el corazón de Dios. Su sencilla confesión fue: «Pequé contra Jehová» (12.13). Y con la misma sencillez se le aseguró: «También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás» (v. 13). Esta sencilla confesión de su pecado era sincera sin duda, puesto que el Señor que escudriña los corazones pudo darle seguridad tan rápidamente a través de Natán, de que su pecado había sido perdonado. David habló estas palabras desde lo más profundo de su corazón, y demostró tener un corazón humillado y contrito ante Dios. Esto será siempre lo que el Señor desea de sus siervos. Vemos una revelación más completa del corazón de David en el salmo 51, que parece haber sido una confesión más completa y una oración de David con motivo de su pecado con respecto a Betsabé y a Urías el heteo. Aunque veremos este salmo y otros en

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una sección posterior, es importante señalar aquí unas cuantas cosas con respecto a él. Primeramente, David se acerca al Señor con la seguridad de que él es en verdad el que ha revelado ser en su Palabra escrita. Habla de la misericordia de Dios y de su bondad llena de amor, recordando sin duda aquella revelación de Dios que había sido dada en el Sinaí (Sal 51.1; cf Éx 34.6,7). Él también sabe que Dios no pasará por alto el pecado, a través de esa misma revelación en Éxodo 34, y por ello le pide también a Dios que le sea lavado (Sal 51.2). David sabía también que su pecado era en primer lugar contra Dios (51.4). Era verdad que había pecado contra Urías y Betsabé, y en realidad, contra todo el ejército de Israel pero en primer lugar había pecado contra el Señor. Todo pecado es en primer lugar contra el Señor, y por tanto no se puede tratar con él sin antes haberlo confesado al Señor. David conocía el privilegio de los hijos de Dios de confesarle a él sus pecados. También sabía que como hijo de Dios no podía cubrir su pecado o desconocerlo sino solamente traerlo a la luz (Sal 32.3-5). Sentía la pérdida del gozo de su salvación, no la pérdida de la salvación en sí misma. Aún seguía siendo hijo de Dios (51.12) y aún añoraba poder hacer de nuevo lo que los hijos de Dios deben hacer, es decir, traer a otros al servicio de Dios (v. 13). En los versículos 16 y 17 David llega al centro de su confesión. No es voluntad de Dios que él simplemente le ofrezca sacrificios para apaciguarlo, como había pensado Saúl. Él comprende que el verdadero propósito de los sacrificios es llevar al pecador a tener un corazón contrito y quebrantado. Este es el estado real de David, y es por eso por lo que Dios se complacía en él. Todos los hijos de Dios deben entender esto. Dios quiere que nosotros nos sintamos con respecto al pecado como él se siente. Dios no nos ha quitado la posibilidad de pecar en este mundo; lo que él quiere es que cuando pequemos tengamos el corazón quebranta182

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do. Nos quiere contritos ante él. Dios, como había visto la madre de Samuel, exalta al humilde y abate al soberbio (1 S 2.5-10). A partir de este momento, las tragedias se van sucediendo en la vida de David, muchas de las cuales se originan en su propio hogar. En esto hay otra indicación importante. El perdón del pecado no equivale a que seamos liberados de las consecuencias del pecado en esta vida. Cuando a David se le aseguró que con respecto a su posición ante el Señor había sido perdonado, al mismo tiempo se le advirtió que las tristes consecuencias de aquel pecado afectarían al resto de su vida (12.10-12). Muchos creyentes no comprenden esto, pero es importante que lo hagamos. Yo puedo mentirle a alguien y arrepentirme después, por lo que soy perdonado, pero las consecuencias de esa mentira no se borran. Por causa de haber yo mentido, quizá se le ha hecho mal a alguien, quizá se le ha negado a alguien lo que le pertenecía, quizá haya sido herida la reputación de alguien. Y eso no puede deshacerse. Puede que me ponga a conducir descuidadamente y pase el límite de velocidad y mate a un niño. Dios me perdonará si soy creyente y le confieso mi pecado, pero el niño ya está muerto, y los corazones de sus padres destrozados. Quizá tenga que ir a la cárcel y mi propia familia tenga que sufrir por mi descuido. No se puede escapar de estas consecuencias. El perdón y la liberación de las consecuencias que trae el pecado en este mundo no son la misma cosa. La diferencia entre Saúl y David está no en que el uno pecara y el otro no, ni en que el uno tuviera una vida trágica después de su pecado y el otro no. Ambas vidas estuvieron llenas de tragedias después de sus pecados. La diferencia esta en que el uno no tenía el corazón quebrantado ni obtuvo perdón, y por tanto carecía de la amistad de Dios para sostenerse, mientras que el otro tuvo todas estas cosas, y en realidad creció espiritualmente en medio de sus tragedias.
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Las tragedias de la vida de David se reflejan en sus propios hijos. Primero murió el hijo nacido de su unión ilegítima. No fue el niño, sino David, quien fue castigado (12.23). ¿Por qué eran necesarias esta y las tragedias que la seguirían? Porque David había despreciado la Palabra del Señor en su pecado, y por tanto había despreciado al mismo Señor (vv. 9,10). Esto traía gran deshonra sobre el Señor en quien confiaba David. Si no hubiera habido malas consecuencias, el mundo se habría sentido justificado en su pecado. Hemos visto en forma similar cómo el acto de impaciencia con respecto a Dios que tuvo Moisés le acarreó horrendas consecuencias. No se le permitió guiar al pueblo en su entrada a la tierra prometida, a pesar de lo bien que lo había hecho hasta el momento. El Señor no está dispuesto a excusar a nadie, ni a sus siervos más fieles, y no les permitirá que desprecien su Palabra, ni por un minuto. El capítulo 13 narra la violación de la hija de David por su hijo Amnón. Aquí queda reflejada la fealdad del acto de David cuando toma a la esposa de Urías para satisfacer su propio apetito lujurioso. El capítulo también habla de la venganza de Absalón, hijo de David, quien asesina a Amnón por haber violado a su hermana. Aquí está reflejado el asesinato de Urías urdido por David. La pérdida de Absalón cuando este huye de David le recuerda también la pérdida del hijo que le había nacido de Betsabé. Los actos de traición de Absalón contra su padre David a que hacen referencia los capítulos del 15 al 18 reflejan también el acto traicionero realizado por David contra una de las familias de Israel, la de Urías. La conspiración de Absalón nos trae también algunas de las escenas más hermosas de la vida de David, a pesar de toda su tragedia. Vemos en la huida de David las grandes manifestaciones de amor que le hacen sus verdaderos amigos (15.21). También podemos ver a David consciente de que todas estas cosas están en las manos de Dios y que su parte era buscar la ayuda de Dios y sopor184

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tar todo el castigo que fuera necesario. Sabe honrar a Dios durante su prueba (15.25; 16.10-12). Confía en el Señor y su confianza no es en vano. Todo estaba realmente en las manos de Dios, que inclinó los propósitos de los hombres para que sirvieran a sus propios fines y a su propia voluntad (17.14). Vemos también el amor que David tenía aún por su hijo rebelde. No en balde tenía un corazón según el corazón de Dios (18.5). Joab, el pariente impetuoso, orgulloso, y vano de David, no pudo comprender un corazón así y mató cruelmente a Absalón, sin consideración alguna hacia los sentimientos de su padre (18.9-15). Incluso su consejo, aunque quizá fuera sabio en esta ocasión, tenía un propósito cruel y malvado. Su intención no era consolar a David sino herirlo (19.1-6). Los problemas de David no terminaron aquí. El capítulo 20 habla de otra rebelión en Israel, acaudillada por Seba, de la tribu de Saúl. Esta rebelión no tenía ningún propósito en particular, y fue sofocada rápidamente, aunque sirvió para poner en evidencia nuevamente la maldad de Joab, quien asesina al nuevo escogido de David para capitán de su ejército, a Amasa (vv. 4-10). Tal como antes había hecho con Abner, que era una amenaza para su posición, ahora asesina a Amasa. El fallo de David de no haber disciplinado a este hombre desde mucho antes lo sigue persiguiendo. El resto de la vida de David se narra rápidamente en la Palabra de Dios. Los capítulos 22 y 23 recogen algunos de los salmos de David en alabanza a Dios. En el capítulo 22 narra él cómo Dios lo ha librado de todos aquellos que buscaban su vida. Alaba a Dios como su libertador (v. 1ss) y a la Palabra de Dios como probada y segura (v. 31). Al final, se ve reflejado en la simiente prometida, y mira sin duda al Mesías que habría de venir de su descendencia (v. 51, cf. Mt 1.1). En el capítulo 23 David declara con toda claridad que lo que él ha escrito proviene del Espíritu Santo de Dios (vv. 1,2). Reflexiona
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sobre la promesa hecha por Dios a él y a su descendencia, el pacto eterno, como le llama aquí (cf. 7.9ss). Tan claramente como lo expresa el salmista en el Salmo 1, David ve aquí claramente que solo hay dos clases de personas en el mundo, los rectos y los malvados, los de Dios y los que están contra Dios, los salvados y los perdidos, los pecadores perdonados y los pecadores sin arrepentimiento (vv. 5-7). En los últimos capítulos de 2 Samuel se nos habla de un nuevo pecado de David que trajo la tristeza tanto para él como para Israel. El pecado de David, como todo pecado, comenzó en su orgullo. Se deleitó contando la población que estaba bajo su dominio. Al hacerlo, estaba demostrando tener orgullo y vanidad (24.3.9). Tan pronto como lo había hecho, fue condenado (24.10) y tuvo que ver de nuevo las consecuencias de su pecado. De nuevo vemos a David buscar las misericordias de Dios como solución (24.14). Para ser totalmente justos con David, da la impresión de que no se hallaba solo del todo en este pecado. El pueblo entero había provocado al Señor, como se nos dice en 24.1, y por tanto, el pueblo entero tendría que soportar el castigo. Una vez más se manifiesta el gran corazón de David, semejante al propio corazón de Dios. De nuevo se le ve más preocupado por el pueblo que por sí mismo (v. 17). El lugar que David compró para colocar el altar es llamado Moriah en 2 Crónicas 3.1, y es de suponer que fuera el mismo lugar en el que Abraham había preparado en una ocasión, mucho tiempo antes, el altar en que iba a ofrecer a su propio hijo Isaac (ver Gn 22). Así llegamos al final del mandato activo de David. Hay otras vidas entretejidas con la vida de David. Los dos libros de Samuel nos dan muchos estudios interesantes de personajes y de sus contrastes. Encontramos primeramente las personalidades contrastantes de Elí y Samuel. Elí era un fracaso a los ojos de Dios porque estaba dispuesto a vivir en pecado junto a sus hijos y contemporizar con su maldad, aunque conocía la verdad. Era débil con su propia casa.
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Samuel era un modelo ante los ojos de Dios, por su integridad y su entrega total al Señor. Siempre supo verse a sí mismo como siervo de Dios y no como halagador de hombres. También está el contraste entre Saúl y David. Saúl prometía mucho al principio, pero su corazón se hallaba lejos de Dios. No era un hombre espiritual, sino que vivía de conveniencias. La vanagloria llenó su vida y acabó siendo su ruina. David también se presentó al principio como una gran esperanza para Israel. Complació a Dios porque tenía un corazón recto ante sus ojos. Ciertamente pecó, como lo había hecho Saúl, y sus pecados no fueron ligeros, pero supo cómo enfrentarse al pecado, algo que Saúl no aprendió nunca, y es aquí donde radica la grandeza de David. Aun en medio del sufrimiento por las terribles consecuencias de sus pecados, siguió creciendo espiritualmente a pesar de su dolor. Finalmente, encontramos también contraste entre Jonatán y Joab. Joab fue un fracaso porque en su papel subordinado buscó complacerse a sí mismo y no al Señor. Mientras servía a David, estaba siempre preocupándose más de sí mismo que de David, y al final demostró que no le era fiel en lo absoluto. Jonatán también tuvo un papel subordinado. Aunque era príncipe de Israel, se humilló porque quería agradar a Señor. Al final fue exaltado grandemente, y hoy en día brilla como una de las personalidades más nobles de todo el Antiguo Testamento.

V. El reinado de Salomón (1 R 1—11)
Los capítulos iniciales de 1 Reyes nos dan la transición del reinado de David al de Salomón, el escogido por David para que fuera su sucesor. Ni aun en sus últimos días sobre la tierra le sería posible a David conocer la paz. Cuando se hallaba ya cercano a la muerte, Adonías, uno de sus hijos, quiso asegurarse el trono (1.5). Aquí encontramos un comentario sumamente interesante sobre la poca
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disciplina que había tenido David con sus propios hijos. El nunca lo había llamado a cuentas por las cosas que hacía mal (v. 6), por lo que en cierto sentido, este acto de rebelión de parte de Adonías reflejaba una vez más el punto débil de su padre. Esta vez, dos que siempre habían estado antes de parte de David aparecen ahora en contra: Joab y el sacerdote Abiatar. Los que estaban con David estaban preocupados por el giro de las cosas y le avisaron del peligro a Betsabé, la madre de Salomón, el escogido por David para ser su sucesor. El Simei que se menciona aquí de parte de David puede muy bien haber sido el mismo que en una ocasión lo había maldecido (cf. 2 S 16.5ss y 19.18-21). Cuando David recibió la noticia de lo que estaba sucediendo, reunió apresuradamente a todos aquellos en quienes podía confiar e hizo que Salomón fuera ungido rey en un lugar lo suficientemente cercano a los seguidores de Adonías, como para que estos pudieran oír la celebración de la coronación del nuevo rey y supieran que su causa era desesperada (vv. 41-43) Adonías fue abandonado rápidamente y suplicó misericordia a Salomón. Este se comportó con una sorprendente clemencia para con su medio hermano (vv. 52,53). Las instrucciones dadas por David a Salomón antes de morir nos hacen recordar las últimas palabras de Jacob y de otros patriarcas de la antigüedad (2.1-4). En estas instrucciones menciona específicamente la Ley de Moisés como el fundamento de una vida fiel para el rey y para todo su pueblo. Tienen bastante parecido con las palabras habladas por Dios a Josué después de la muerte de Moisés (Jos 1). David continúa dándole instrucciones con respecto a muchos que habían pecado durante su reinado y no habían sido disciplinados. Menciona en primer lugar a Joab (2.5) y todo el mal que ha hecho. También menciona a Simei, que lo había maldecido (v. 8), y reclama la muerte de ambos hombres (vv. 6,9).
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De cierta manera, es triste ver una amargura así en el corazón de David al final de su vida. Pero David era justo y sabía que Dios no pasaría por alto el pecado, y que seguramente castigaría al que no disciplinara cuando Dios llama a disciplina. En pocas palabras, David no quería que Salomón sufriera porque él no había sabido castigar a aquellos dos hombres por sus pecados contra el ungido del Señor. También estaba preocupado porque se recompensara a los que habían honrado al ungido del Señor. Los comienzos del reinado de Salomón están escritos en 1 Reyes capitulo 2, versículo 12. Los primeros actos del nuevo rey fueron para llevar a cabo los deseos de su padre al morir. El primer problema surgió en el reino cuando Adonías puso en evidencia que no había aprendido nada de su reciente derrota. En su corazón estaba aún resentido por el hecho de que Salomón fuera el rey y no él, y no parecía haberse dado cuenta que su hermano había sido muy indulgente con él (v. 15). Al pedir a Abisag, la última mujer que se había acostado con David (v. 17), estaba haciendo más que pedir una esposa. Estaba cometiendo una traición. Como ya hemos notado antes, acostarse con una concubina de su padre equivalía a reclamar su herencia para sí. Esta es la forma en que lo interpretó Salomón y por eso ordenó que Adonías fuera eliminado (2.22-25). Aunque Abiatar había favorecido a Adonías, Salomón fue también muy indulgente con él. Se hace aquí relación entre su deposición del oficio de sacerdote y la maldición lanzada sobre la casa de Elí por el Señor mucho antes (v.27; cf. 1 S 2.27-36). Ahora vio Joab que su hora había llegado y lo contemplamos corriendo como un cobarde (v. 28). Pero Salomón estaba decidido y el juicio por tanto tiempo pospuesto sobre Joab cayó por fin sobre este hombre despiadado que, aunque ostensiblemente se mantenía del lado correcto, no era digno de David ni de sus verdaderos amigos. Todo el que no es de corazón un verdadero hijo de Dios y sin
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embargo se las arregla para aparecer como tal le hace un inmenso daño al buen nombre del Señor y de su pueblo. Dios siempre ha odiado a los hipócritas (Jos 7.25; Hch 5.1-11). Ahora quedaba solamente Simei. El delicado trato que recibía de Salomón se debía probablemente al hecho de que se había puesto de su lado durante su controversia con Adonías (vv. 36-38). Sin embargo, el hecho de que había maldecido a David, el ungido del Señor, seguía disgustando al Señor. Simei al cabo olvidó la advertencia de no salir de Jerusalén y forzó a Salomón a castigarlo. Salomón lo pone como el juicio del Señor, y hace matar a Simei. Las palabras dichas a Abraham tanto tiempo atrás seguían siendo verdaderas: aquellos que maldijeran la verdadera simiente de Abraham, serían malditos (Gn 12.3). El capítulo 3 comienza la extraña descripción del carácter tan complejo que tenía Salomón. Los contrastes que presenta siguen siendo uno de los grandes misterios de las Escrituras. Por una parte, aparecía como uno de los más devotos y piadosos de los hombres. Por otra, demostró ser al final uno de los más reprobables de entre el pueblo de Israel. Creo que la mejor manera de ver la complejidad de Salomón es seguir cada uno de sus tres rasgos salientes desde el capítulo 3 hasta el 11. Empezaremos con sus méritos, seguiremos con su debilidad (sus excesos), y finalmente consideraremos sus pecados. 1) Sus méritos. El principal de los méritos de Salomón es su amor de Dios (3.3). Veremos enfriarse este amor antes del final, pero aquí las Escrituras enseñan llanamente que, al menos por un tiempo, amó de verás al Señor. Otro rasgo encomiable de Salomón lo vemos en su humildad (v. 7) y en su agudo sentido de la responsabilidad (v. 9). El capítulo 3 continúa hablando de su gran sabiduría, maravillosa y digna de elogio (v. 28). Tuvo también otros grandes talentos y dones que lo hacen sobresalir por encima de todos los que pasaron
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antes y después de él en Jerusalén (4.32). Acumuló una gran cantidad de conocimientos durante su vida y maravillaba a todos los que lo conocían (vv. 33,34). En su oración en el momento de la dedicación del Templo tenemos una de las más hermosas oraciones que hayan sido recogidas en el mundo (8.22ss). Ciertamente, era un hombre de profundos sentimientos religiosos. Es una oración que muestra un gran amor por Dios y por los demás hombres. Se anticipa a las pruebas que habrían de sobrevenir a Israel más tarde y le pide a Dios que le dé seguridad de que él velará por el pueblo a través de sus dificultades. Incluso se anticipa al tiempo en que serán llevados cautivos (v. 46ss). La reina de Saba, entre otros, no pudo hacer otra cosa que alabar a Salomón (10.1ss). De seguro que este hombre triunfaría. Y sin embargo, en medio de estos rasgos dignos de elogio, surge un importante fallo en su carácter. 2) Su debilidad (excesos). Usamos el término «excesivo» para describir lo que parece haber sido una debilidad continua de este hombre que era Salomón. Vemos esta naturaleza excesiva y exagerada en él hasta en su adoración. Cuando rendía culto a Dios no podía sentirse satisfecho con un simple ofrecimiento de sacrificios, sino que ofrecía un millar sobre el altar (v. 4). Quizás no llegó a comprender todo el significado del sistema sacrificial como lo había hecho su padre David (Sal 40.6; 51.16,17). Los excesos de Salomón también se evidencian en su manera de vivir. Estos excesos se describen en 4.22-26. Al parecer, no era capaz de hacer nada en forma sencilla, sino que le gustaba vivir rodeado siempre de grandeza y vanidad. Vemos así que cuando construye la casa del Señor incurre en exageraciones mucho más allá de lo que el Señor deseaba. Lo sobrecargó todo de oro, incluso el piso (6.21,22,30). Parece haber pensado que la gloria del Templo estaba en proporción a la cantidad
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de oro que hubiera en él. Vale la pena mencionar que más tarde el Señor hablaría desdorosamente del templo que Salomón había construido y consideraría mucho mayor la gloria del templo construido después de la cautividad, que era mucho menos pretencioso (Hag 2.7,8). Quizá también Jesús hiciera alusión a la obsesión de Salomón con el oro cuando hablaba a los fariseos (Mt 23.16,17) que ponían tanta importancia en el oro del Templo. Al final, el oro no glorificaba a Dios, sino a los hombres. La obsesión de Salomón con el oro continúa revelando su vanidad cuando hace hasta escudos de oro (10.17), objetos sumamente inútiles, y llega hasta cubrir la hermosura del marfil con oro (v. 18). Creo muy posible que en estos marcados excesos está la clave de la depauperación espiritual de Salomón. No hay duda de que se fue depravando espiritualmente, a pesar de todos los méritos ya mencionados. 3) Sus pecados. Los pecados de Salomón están a la vista, y lo triste es que no hay la más mínima evidencia de que se arrepintiera de ellos. Primero, se casó con una extranjera que no era creyente, y hasta utilizó su matrimonio para hacer una alianza con un poder pagano (3.1). Otro pecado de Salomón, conectado con su naturaleza ambiciosa, fue que decretó una leva en Israel, convirtiendo así a los israelitas en esclavos (5.13). Esto más tarde precipitó la rebelión que causó la división del reino en la época de su hijo. Su orgullo y amor de sí mismo no se pueden pasar por alto cuando leemos que dedicó más tiempo a su propio palacio y lo construyó mayor que la Casa del Señor (ver 6.2,38; 7.1,2). Tardó siete años construyendo el Templo y trece construyendo su palacio. El Templo del Señor tenía un tamaño equivalente más o menos a la mitad del de su palacio. Debemos decir que el corazón de Salomón no era recto ante Dios como lo había sido el de David. Sus pecados y excesos nos
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llevan al capítulo 11, en el que lo vemos descrito como un reprobado. Su exceso de esposas y concubinas, muchas de ellas extranjeras, lo llevó a la idolatría, como le había advertido el Señor (11.1-4). Al final, su epitafio es igual al de los reyes malvados que vienen después de él: «E hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová» (11.6). El pasaje de Deuteronomio 17.14-17 casi parece un catálogo de los fallos de Salomón. Es interesante que Dios haya mencionado tanto tiempo antes a través de Moisés exactamente las mismas cosas que significarían la ruina del reino de Israel, y también lo cierta que la profecía de Samuel demostró ser al final (1 S 8.10-17). Es importante notar que el Nuevo Testamento no aparece impresionado de manera especial con la gloria de Salomón. Se lo menciona raramente en él, y no en una forma muy halagüeña (Mt 6.29). Salomón en toda su gloria no se podía comparar a una simple flor del campo. Esto parece que la mayoría de su gloria no le venía de Dios, sino que era la vanagloria de los hombres. Buscamos con interés qué lección nos deja la vida de Salomón, y una cosa notamos. Salomón vivió una vida sin pruebas para su fe. Su vida fue demasiado fácil, demasiado libre de durezas y pruebas, y presenta un fuerte contraste con la de su padre y otros hombres de Dios como Abraham, Jacob, José, Moisés, y Samuel. Estos hombres crecían en la fe a medida que se iban enfrentando con una prueba tras otra. Salomón no conoció nada de esto. Por tanto aprendemos de aquí la lección de que en esta vida es importante que nuestra fe sea probada. Así lo enseña también el Nuevo Testamento (Jn 16.33; 1 P 1.6-9; Heb 12.4-11). El resto de la vida de Salomón habla de cómo Dios estaba disgustado con él y del subsiguiente castigo que cayó sobre él y su reino (vv. 9-13). El principal castigo fue la división del reino. Pero Dios también le suscitó enemigos que lo hostigaran por el resto de sus días (vv. 14ss). Algunos de estos enemigos les causarían después muchos problemas a sus sucesores (11.26).
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El ofrecimiento que Dios hizo a Jeroboam a través del profeta Ahías de darle diez tribus (vv. 37-39), era ciertamente una oferta legítima que Dios habría de cumplir. Sin embargo, lamentablemente Jeroboam no tomó en serio las condiciones y la responsabilidad de asumir el mando sobre tan gran parte del pueblo de Dios y dio por ello comienzo a la rápida decadencia del reino del norte. Salomón pasó sus últimos años luchando contra enemigos y temiendo a sus competidores, y así terminó su vida, no gloriosamente sino sin gloria alguna (vv. 40ss). No somos nosotros quienes hemos de hacer juicios sobre el destino eterno del alma de Salomón. No puedo olvidar las palabras dichas en los primeros tiempos de su vida sobre su amor al Señor. Es difícil ver cómo esto podía ser verdad todavía en los últimos días de su vida, pero de nuevo repito que no somos nosotros quienes debemos juzgar sobre el destino eterno de Salomón. Este asunto está exclusivamente en manos de Dios.

Ciudad de Jerusalén
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CAPÍTULO

7

LA ÉPOCA DE LOS PROFETAS (1 REYES 12—2 REYES 25)
Al comenzar el estudio de la época de los grandes profetas del Antiguo Testamento sería de ayuda dar una breve cronología. Las fechas son aproximadas, y otros autores diferirán en sus propias cronologías de este período. No son las fechas lo más importante sino los sucesos y las vidas de esos tiempos. Sin embargo, esta cronología ayudará a enlazar los sucesos y las personas, tanto en los reinos de Israel y Judá como también en tierras extranjeras. La siguiente cronología nos llevará hasta la caída de Jerusalén y la cautividad de Babilonia (ver cuadro pp. 128 y 129). Cuando comenzamos a estudiar el período de la historia que ha sido designado como Época de los Profetas es bueno explicar por qué le damos este nombre. Estamos hablando del período en el cual los profetas escritores toman parte prominente en los hechos. Por supuesto, en cierto sentido la época de los profetas comenzó por lo menos muy atrás en la época de Abraham, quien es el primer hombre que es llamado profeta (Gn 20.7). Pero la época de los grandes profetas escritores comienza alrededor de los tiempos de Elías y Eliseo, los cuales, aunque es posible que no hayan escrito nada que se conserve (a pesar de que no podemos estar seguros de esto), fueron sin embargo precursores de los profetas escritores que comenzaron a profetizar en el siglo noveno, más o menos por la época de la muerte de Eliseo. Diremos más al respecto luego.
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El reinado de Roboam, hijo de Salomón y último rey del Israel unido, se relata en 1 Reyes capítulos 12 al 14. Cuando vemos su necedad nos damos cuenta inmediatamente de que no era un rey sabio como lo habían sido su padre y su abuelo en sus mejores años. Rechaza los consejos prudentes, lo que siempre es una señal de debilidad en un mandatario. Parte de sus fallos estaba en su deseo de gobernar con mano de hierro, quizá tratando de imitar a su padre (vv. 10,11). La rebelión dirigida por Jeroboam era cosa del Señor (v. 15), como ya lo ha mostrado el capítulo 11. Los únicos remanentes que le quedan al reino de David son Judá y Benjamín (v. 21). Dios no le habría de permitir a Roboam ni siquiera ir a la guerra para tratar de reconquistarlos (v. 24). Sin embargo, Jeroboam demostró muy pronto que no era mejor que aquellos de quienes se había separado. Aunque su rebelión contra Roboam fue del Señor, su otra rebelión posterior, esta vez contra el Señor, habría de acarrear continuos sufrimientos al reino norteño de Israel. No confió en el Señor e intentó mantener junto a sí a las tribus del norte a base de su propia astucia (vv. 26,27). Ignorando la promesa hecha por Dios de bendecirlo si le obedecía, desobedeció voluntariamente haciendo otros centros de adoración distintos a los que estaba en el lugar que Dios había escogido para que estuviera su Nombre (cf. Dt 12). Le dio al pueblo otros lugares de adoración que Dios no había escogido. Bet-el y Dan se convirtieron en causas de pecado entre los israelitas, como les recordarían los profetas posteriores (v. 30). Jeroboam no solo estableció lugares ilegítimos para el culto sino también sacerdotes ilegítimos (v. 31) y fiestas ilegítimas (v. 32). De esta forma, la división de la iglesia del Antiguo Testamento resultó trágica para todos los envueltos en ella, pero quizá nos haya dejado algunas lecciones que aprender sobre la división de las iglesias cuando el pueblo de Dios no puede seguir caminando unido.
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Por tanto, podemos hacer las siguientes observaciones sobre esta división de la iglesia. Primero, fue el Señor quien trajo la división. Lo hizo como juicio contra una iglesia infiel, y en particular, contra jefes infieles. Lo que buscaba Dios era sencillamente tener fundamentos mejores para su iglesia. Si comparamos 11.11,31 con 12.15, veremos claramente que esa fue la intención de Dios. Por tanto, podemos sacar en conclusión que cuando Dios no se complace con su iglesia debido a que esta no es capaz de glorificarlo, puede hacer surgir una división en ella. Segundo, la causa de la división de la iglesia fue el pecado. Esto no contradice la primera observación. Dios usa con frecuencia los pecados de los hombres malvados para llevar adelante sus propósitos, como ya hemos visto en el caso de José y sus hermanos, o en el de los que crucificaron a Cristo. 1 Reyes 11.9-11 deja esto en claro, como lo hacen también otras partes de las Escrituras (11. 33; 12.8-14). Tercero, se nos enseña que Dios se preocupó de ambas partes. No se podía decir que estuviera de un lado o del otro. Estaba a favor de Judá (11.13,36,39) si quería obedecerle, y estaba a favor de Israel si le obedecía también (11.37,38; cf. 2 R 17.13). La larga lista de profetas que Dios envió al norte es testimonio de su preocupación por este reino: Elías, Eliseo, Oseas, Amós, entre otros. Cuarto, hay que decir que había maldad de ambas partes. Tanto Jeroboam como Roboam pecaron (12.25,26; 13.33; 14.22; 15.3). Había pecado en ambos: rebeldía y apartamiento de Dios (14.30; 15.6). A través de todo esto vemos que, por encima de todo, Dios se preocupaba por la integridad y la fidelidad a su Palabra. Esto es lo que buscaba en ambas partes (9.4; 14.8; 15.4,5). Al final, la parte que parecía estar más en lo justo al principio se convirtió en el fracaso mayor. Israel no produjo buenos caudillos, aunque tuvo muchos profetas y creyentes fieles. Judá, que parecía estar menos justificado al comenzar la división, al final demostró ser
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más fiel y durante más tiempo, y dio varios reyes buenos, entre los cuales se encuentran Asa, Josafat, Uzías, Ezequías, y Josías. En conclusión hemos de decir que el derecho no puede determinarse por conteo sino sobre la base de sí la iglesia permanece fiel a la Palabra de Dios. Por tanto, en realidad nada quedó establecido por la división; solo mucho después, cuando una de las partes demostró ser más fiel que la otra. Los dos capítulos siguientes, 13 y 14, muestran que Dios no pasaría por alto los pecados de Jeroboam. La notable profecía sobre la venida de Josías para destruir el altar construido por aquel se cumplió exactamente en la forma predicha por el profeta anónimo (13.1,2; cf. 2 R 23). El trágico fin de este profeta, cuyo nombre desconocemos, pone énfasis una vez más en la clara lección divina de que la Palabra de Dios ha de ser tomada en serio siempre por todos, y de manera especial por aquellos a quienes Él llama para que sean sus voceros (recuérdese el severo juicio sobre Moisés). Debido a la infidelidad de Jeroboam, Dios predice su derrocamiento y caída, como en otra ocasión le había predicho a Jeroboam la caída del reino de Salomón (14.13,14). El resto del capítulo 14 habla del reinado de Roboam, a quien se presenta como un malvado (vv. 22ss). Por este tiempo la gloria de Salomón comienza a desvanecerse con la llevada a Egipto de sus escudos de oro y sus tesoros por el poderoso rey Sisac (vv. 25ss). Quizá el mejor bosquejo de esta época está en el versículo 30. Había una guerra continua entre las dos divisiones de la iglesia del Antiguo Testamento en los días de estos dos reyes que habían desobedecido al Señor. Con el capítulo 15 comenzamos a seguir la trayectoria de los dos reinos, primero de uno, luego del otro, hasta que Israel, el reino del norte, cae en el 722 antes de Cristo. En los capítulos que van del 15 al final de 1 Reyes, se nos narran los reinados de Abías, Asa, y Josafat de Judá, y de Nadab, Baasa, Ela, Zimri, Omri, y Acab de
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Israel. Este período cubre aproximadamente el centenar de años que van desde el 950 hasta el 850 antes de Cristo.

I. El período de estabilización (950 a 850 A.C. aprox.)
Tanto en el norte como en el sur fue este un período de estabilización. Primeramente notamos que en Judá, Abiam, el tercer rey desobediente sucesivo de Judá, reinó durante un corto período, tres años (15.2). Dios interviene entonces para salvar a Judá de caer en la misma senda de deterioración que estaba siguiendo Israel. Este es el significado de las palabras «Por amor a David, Jehová su Dios le dio lámpara en Jerusalén» (v. 4). Recordemos que en 1 Samuel 3.3 vimos una frase similar (ver también 2 S 21.17; 1 R 11.36). En todas estas citas el significado es similar. La luz de Dios era la vida espiritual del hombre, y Dios nunca la dejó apagar. Antes de que su pueblo se hundiera sin esperanza en el pecado, Dios siempre intervenía. Lo vemos suceder así a través de todas las Escrituras, y a través de toda la historia de la iglesia cristiana desde la conclusión de las Escrituras. En Asa, el hijo de Abiam, vemos un reavivamiento de la fidelidad por parte de los reyes de Judá (15.12-13). Gran parte de su reinado la utilizó en deshacer el mal que habían hecho sus predecesores. El escritor del libro de los Reyes solo le echa en cara una cosa: que no quitó los lugares altos, o lugares populares de culto, que eran contradictorios con la Ley de Dios (15.14; ver Dt 12, un altar). La frase «el corazón de Asa fue perfecto para con Jehová» es una forma de expresar su sincero deseo de caminar por los caminos del Señor y hacer su voluntad (ver 1 R 8.61). En otras palabras, Dios lo declara como un verdadero hijo suyo, y el juicio de Dios es el único que cuenta. Sin embargo, como David y Salomón, Asa tuvo también su debilidad. Contratar a Ben-Hadad de Siria para luchar contra el
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reino del norte era un acto similar al que realizarían más tarde otros reyes, como Joás (2 R 12.17ss) y Acaz, en los días de Isaías el profeta (2 R 16.7ss; cf. Is cap. 7). También indicaba una falta de fe por parte del rey al confiar más en las alianzas humanas que en el poder protector de Dios. Con respecto a Israel, encontramos una rápida sucesión de reyes que nos lleva hasta el período de Omri y Acab. Nadab, hijo de Jeroboam, no fue mejor que su padre, y así llega rápidamente el final de la dinastía de Jeroboam, tal como Dios le había advertido a través de su profeta Ahías (15.29; cf. 14.9-16). Baasa, el instrumento utilizado para el derrocamiento de la dinastía de Jeroboam, demostró no ser mejor (15.34). Por tanto, fue suscitado Jehú, otro profeta de Dios, para que predijera que la casa de Baasa sería derrocada también (16.1-3), lo que sucedió durante el reinado de su hijo Ela a manos de su capitán Zimri (16.8-10). A su vez, Zimri vivió una semana antes de ser derrocado por Omri (vv. 17,18). Israel vio pasar cuatro reyes en rápida sucesión, mientras Judá disfrutaba de la estabilidad del mandato de Asa. Finalmente logra dominar Omri y triunfa en su intento de darle a Israel su primer reino estable desde el momento en que había comenzado (v. 23). Cuando hablamos de la grandeza de Omri, hablamos en sentido político y no en el religioso. Desde el punto de vista de Dios, no hubo nunca un solo rey bueno en Israel. Todos llevan el mismo epitafio. Anduvieron todos en los caminos de Jeroboam, quien hizo pecar a Israel. Sin embargo, en el mundo de la política, Omri tuvo muchos logros. Primeramente, convirtió a Samaria en la capital, lo que fue una decisión excelente (v. 24). Samaria estaba en una magnífica posición para guardar todas las rutas hacia el norte y hacia el sur, siendo además fácil de defender, por encontrarse elevada por encima de la llanura y con murallas naturales de gran altura que no podían ser tomadas con facilidad. Tan grande fue su
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reputación entre las demás naciones que en los anales asirios Israel recibe siempre el nombre de «tierra de Omri» a partir de este momento. Incluso Jehú, quien más tarde derrocaría la casa de Omri, es conocido en los registros asirios como «el hijo de Omri». Con la muerte de Omri llegamos al reinado más pervertido de la historia de Israel, el de Acab (vv. 29,30). Añadió un pecado a otro al casarse con la malvada Jezabel, una pagana fenicia que adoraba a Baal. Siguiendo el ejemplo de Salomón, Acab construyó un lugar para ella en Samaria a fin de que adorara a su dios, algo contrario a todo lo que Dios había advertido a través de Moisés (Dt 7.1-5). Es ilustrativo de la gran perversión del pueblo en aquel día el acto de cierto Hiel de Bet-el, quien despreciaba tanto la Palabra de Dios, que se atrevió a reconstruir Jericó, en rebelión abierta contra las palabras de Josué, el siervo de Dios (v. 34; cf. Jos 6.26). De esta manera vemos cómo en los días de Acaz había una total desatención a las cosas de Dios y a su voluntad. Era tiempo de que Dios interviniera, como lo había hecho antes cada vez que la maldad del hombre llegaba a cierto punto. Ahora envía al gran profeta Elías para que se enfrente a Acab y a la iniquidad de sus dominios. Los capítulos 17 al 19 hablan sobre la gran confrontación entre Elías y Acab y la gran lección que Dios enseñó a través de esa experiencia. No hay ningún aviso de la aparición de Elías. Este gran hombre aparece súbitamente ante Acab y declara que no volvería a llover más, hasta que él lo dijera (v. 1). Podemos imaginarnos cómo deben haberse reído Acab y su corte de este hombre extraño vestido con ropas raras (ver 2 R 1.8).Y se rieron aun más cuando habló con la autoridad de un dios. ¿Quién se creía que era? Pero sucedió que pasaba tiempo y más tiempo y no llovía. Mientras tanto, el Señor cuidaba de Elías, como nos relata el resto del capítulo.

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Durante su permanencia con la viuda de Sarepta, en Fenicia, cerca de la casa de Jezabel, Elías demostró ser el profeta y el vocero de Dios por medio de muchas señales, como lo había hecho Moisés mucho antes. Una vez más vemos a través de las palabras de esta viuda, cuando Elías devuelve a la vida a su hijo, que los milagros bíblicos sucedían principalmente para darles autoridad a los que Dios había escogido como voceros suyos (v. 24; cf. Éx 4.1-5). Elías abre la segunda gran época de milagros; la primera había tenido lugar en los días de Moisés. Vemos numerosas señales milagrosas en los días de Elías y de su sucesor Eliseo, las que nos introducen al segundo gran período de la revelación, el de los profetas escritores que sucederían a Elías y Eliseo. En el capítulo 18 vemos una vez más una confrontación entre Elías y Acab. Esta vez Acab es mucho más respetuoso si bien más hostil hacia Elías. Le llama «el que turbas a Israel» (v. 17). La respuesta de Elías es la clásica de las gentes de Dios en cualquier época cuando son acusadas de turbar la iglesia porque defienden la verdad de Dios y le echan en cara a la iglesia sus pecados. Sus palabras, «Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová y siguiendo a los baales», van al centro de todos los problemas de la iglesia de Dios y de los miembros del pueblo de Dios. La fuente de los problemas será siempre el que algunos se aparten de la Palabra de Dios. La contienda del Carmelo dejó al descubierto la falsedad de las pretensiones de los profetas de Baal y sus sacerdotes. Después que fracasaron sin poder presentar evidencia alguna de que su dios era una realidad viviente, Elías se hizo cargo de la situación (vv. 30ss). Todo lo que hizo Elías tenía por propósito dar gloria a Dios. En lo que hizo había una lección para Israel: que volviera a los antiguos fundamentos de su fe y al Dios de los padres; de ahí las doce piedras por los hijos de Jacob, para recordarles las antiguas bendiciones dadas por Dios a los patriarcas que confiaban en él. Tam202

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bién en su oración, Elías trajo a la memoria los días de los patriarcas y la época de la fe joven de Israel (v. 36). Al declarar que todo lo que hacía era de acuerdo con la Palabra de Dios (v. 36), Elías estaba una vez más buscando la gloria de Dios y no la suya propia. La palabra a la que hace referencia podría haber sido tanto la palabra escrita a través de Moisés, como algún mandamiento nuevo que Dios le hubiera dado en aquel día. La teología de Elías era sólida y clara. Sabía que solamente si los corazones del pueblo eran cambiados creerían (v. 37). Más adelante, veremos que esto se convierte en el núcleo del mensaje profético, o sea, que el Señor habría de volver sus corazones a él si ellos habrían de creer en él. También Cristo dice en forma similar en el Nuevo Testamento que debemos nacer de nuevo, es decir, tener corazones que se hayan vuelto a Dios por su propio poder, si queremos ver el reino de Dios (Jn 3). Vemos que en una forma similar a la utilizada por Samuel anteriormente, Elías llama al pueblo al arrepentimiento y a regresar a la antigua senda, a los mismos caminos seguros del Señor (cf. 1 S 7.3). Dios correspondió enviando el fuego por el que Elías había orado, y el pueblo, viendo la evidencia, gritó aceptando a Dios por encima de Baal (v. 39). El acto de matar a los profetas de Baal puede parecernos muy severo, pero debemos recordar que estos falsos profetas eran una amenaza para todo el pueblo de Dios y su sola presencia en Israel estaba en contra de las órdenes terminantes de Dios. Dios había declarado mucho tiempo antes cuál debería ser el castigo adecuado para gente así (Dt 13.5). Podríamos esperar que hubiera en este momento en Israel un rápido reavivamiento de la fe, pero no fue así. La ira de Jezabel al enterarse de la derrota sufrida por el culto de Baal hizo que Elías tuviera que huir de la tierra (19.2ss). ¿Dónde estaban las multitudes que tan poco antes habían declarado que el Señor era Dios? Al
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parecer, su conversión no había sido verdadera. Elías se sentía ahora solo y decepcionado (v. 10). Dios había permitido que Elías alcanzara este estado espiritual en la vida para poderle enseñar a él, y a todos los creyentes que vinieran después, una lección muy importante. Primero, lo conduce de vuelta al Sinaí (Horeb) donde había dado las primeras de sus Palabras a través de su siervo Moisés (v. 8). Después hace que Elías vea muchos signos externos de poder similares al signo del fuego que lo consumía todo en el Carmelo (vv. 11ss). Pero se repite una frase después dc cada uno de esos signos externos de poder: «Pero Jehová no estaba en el viento [o el terremoto, o el fuego]» . Entonces, después de estas señales, oímos las palabras «un silbo apacible y delicado» (v. 12). ¿Qué era lo que Dios le estaba enseñando a Elías? Simplemente que los corazones no se cambian (18.36) por señales poderosas, sino por la Palabra de Dios que habla a los corazones de los hombres, el silbo apacible y delicado. En forma similar vemos las palabras de Zacarías 4.6: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos». Desde ahora oiremos hablar la Palabra de Dios a través de la gran cantidad de profetas de Dios que se van sucediendo, todos con su propia frase poderosa: «Así dice el Señor...» Esta palabra escrita de Dios es la que más tarde Pedro declarará como «más segura» que todas las señales y maravillas e incluso que la voz audible de Dios procedente del cielo (2 P 1.18-21). Esto es también lo que quiere decir Deuteronomio 30.11-14 cuando Dios declara que la Palabra de Dios en nosotros es el verdadero poder para salvación (cf. Ro 10.6ss). Por tanto, a partir de ese momento Dios prepara, empezando con Elías y su sucesor Eliseo, el anuncio de las buenas nuevas a través de los profetas. Era esto y no las señales poderosas lo que haría volver los corazones del pueblo a Dios.

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El resto del capítulo 19 relata ciertas tareas específicas encomendadas a Elías antes de que fuera arrebatado de la tierra. Debería ungir a Hazael por rey de Siria, a Jehú por rey de Israel y a Eliseo para que fuera su sucesor (vv. 15.16). A pesar de todo lo malvado que era Acab, Dios tuvo misericordia de Israel en sus días y lo libró de las manos de su enemigo, Siria. Hay algunos profetas anónimos y hombres de Dios comprometidos en la comunicación entre el Señor y Acab para darle seguridad de su victoria (20.13,22,28). En el versículo 35 tenemos la primera mención de «los hijos de los profetas», que son llamados también en otra parte «la compañía de los profetas» (1 S 10.10), y se supone que fueran una escuela donde se preparaba a los profetas y se desarrollaba su conocimiento de Dios y de su Palabra. El término «hijo» significaría aquí discípulo o alumno. Acab, en forma similar a Saúl, primer rey de Israel, fue más indulgente con su enemigo de lo que Dios había permitido (20.34; cf. 1 S 15.9). Como consecuencia, Acab fue reprendido (v. 42). El incidente de la viña de Nabot en el capítulo 21 muestra nuevamente la maldad de Jezabel y el carácter débil de Acab. Nabot intentaba obedecer la Palabra de Dios al rechazar lo que el rey pretendía (cf. Lv 25.23; Nm 36.7). Acab, educado al menos en los rudimentos de la Palabra de Dios, sabía que Nabot estaba en lo cierto. Sin embargo, Jezabel, reflejando el concepto fenicio de lo que es un rey, pensaba de manera diferente, y como veía la realeza como algo absoluto y no sometido a ninguna autoridad, ni tan siquiera a la Ley de Dios, procedió a hacer lo que mucho tiempo antes había advertido Samuel que harían los reyes de Israel (ver 1 S 8.11-17). Incluso llegó más lejos, y con sus mentiras logró la muerte de Nabot (v. 13). En forma similar a como había actuado con David después de que había pecado contra él, Dios envía una vez más a su profeta para reprender al rey Acab por su atroz pecado. Solo que esta vez
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no había otra esperanza que la de un severo castigo (vv. 17ss). El único acto de honestidad de Acab en todo su reinado fue su aparente penitencia al escuchar estas noticias (v. 27). Fue librado de ver todas las cosas terribles que Elías había predicho que le sucederían a su casa (v. 29), pero en esencia, todo esto quería decir que moriría muy pronto, lo cual es motivo de muy poco consuelo. El capítulo final de 1 Reyes contiene la extraña narración de la poco feliz alianza de Josafat con Acab. El reinado de Josafat no se presenta hasta la última parte de este capítulo. Comienza en el versículo 41, aunque la figura de Josafat se presenta al principio del capítulo. Veamos primeramente el versículo 43. En él se nos dice que Josafat era como Asa su padre, un rey que quería servir al Señor. Pero cometió un serio error al hacer las paces con el impío Acab (v. 44). Esto selló la extraña alianza entre Acab y Josafat que relata la primera parte del capítulo 22. El juicio lamentable y erróneo de Josafat al pensar que no había distinción entre el pueblo de Israel y el de Judá, descubre un punto ciego muy serio en la vida espiritual del rey (v. 4). La alianza entre el pueblo de Dios y aquellos que viven en contra de la voluntad de Dios es algo que es siempre condenado por las Escrituras. Desde la época de los patriarcas, cuando Abraham evitó los matrimonios con los cananeos, hasta las advertencias que hace Pablo a los cristianos de que no se unan en yugo desigual con los no creyentes (2 Co 6.14), vemos que Dios ha colocado enemistad entre el creyente y el no creyente (Gn 3.15). Cada vez que el creyente pasa por alto la distinción que fue establecida por Dios, compromete su vida y las de los que le siguen. Cuando Josafat buscó al profeta de Dios para que le diera palabra sobre la próxima batalla (v. 5), era culpable de haber hecho aquello acerca de lo cual Cristo advertiría posteriormente, «echar sus perlas delante de los cerdos» (Mt 7.6). Aquel hombre, Acab, era un no creyente, y no tenía ningún deseo de saber la voluntad de
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Dios. Confiarle a él sus preguntas religiosas o su propia vida era un total desatino. Primero, Acab intentó persuadirlo trayendo falsos profetas (v. 6). Después, buscó que Josafat fuera muerto en su lugar (v. 30). Este acto casi tiene como consecuencia la muerte de Josafat (v. 32). Así vemos cuán ciertas son las palabras de Jesús cuando dice que se volverían y nos despedazarían (Mt 7.6). Esto es, Acab, con el que Josafat intentaba tratar religiosamente, al final intentó destruirlo para salvarse a sí mismo, quizá esperando así liberarse de dos enemigos a la vez, de Siria y de Judá. El hecho de que Acab fuera matado a pesar de sus propios esfuerzos y la forma especial en que ocurrió su muerte habla de la soberanía de Dios para controlar todos los sucesos de acuerdo con sus propósitos, a pesar de todos los esfuerzos humanos en contra. La Palabra de Dios fue la que prevaleció (v. 38; cf. 21.19). Al parecer, Josafat aprendió su lección porque más tarde veremos que rechaza aliarse con el hijo de Acab para una empresa comercial (v. 49). El principio del reinado de Ocozías en Israel después de su padre Acab, nos introduce al segundo período de los reyes, del que se trata en los primeros once capítulos dc 2 Reyes.

II. El período de infidelidad (850-800 A.C. aprox.; 2 R 1—11)
Los primeros once capítulos del segundo libro de los Reyes hablan del período trágico que lleva hasta el reinado de Jehú inclusive. Fue Jehú quien exterminó la descendencia de Acab en Israel. También habla del libertinaje que surge en Judá como consecuencia del matrimonio entre la casa de Acab y la de Joram de Judá, el hijo de Josafat. Puesto que los relatos sobre Elías y Eliseo se encuentran entremezclados con este período, resulta fácil perder la continuidad de los reyes que gobernaron en esos días.
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El reinado de Josafat es simultáneo con varios reyes de Israel, incluyendo Acab, Ocozías, y Joram. Otra confusión de esta época es que los nombres de los reyes de Judá e Israel eran idénticos, probablemente como consecuencia de la estrecha relación entre las dos familias que se habían establecido en los días de Josafat y Acab, como ya hemos visto. De nuevo vemos el peligro de alianzas espurias como esta que culminó en un verdadero matrimonio entre las casas de Israel y de Judá. El hijo de Josafat tomó a la hija de Acab (y de Jezabel) por esposa e introdujo así la perversión de Jezabel en la casa de Judá (2 R 8.16-18). Ocozías, hijo y sucesor de Acab en Israel, no vivió mucho tiempo. Solo reinó dos años y continuó la maldad de su padre (1 R 22.1553). Su madre Jezabel seguía viva y vomitando el veneno con el que había manchado a Israel y a Judá. Tan malvado era Ocozías que cuando se cayó en un accidente y se enfermó, buscó ayuda no de Dios sino de Baal-zebub, dios de Ecron (2 R 1.2). De manera que, aunque antes, cuando algún malvado de Israel caía en desgracia buscaba ayuda en Dios (1 R 21.27-29), el estado espiritual de Israel había caído tan bajo en este momento que el rey en su dificultad mira hacia dioses paganos. De ahora en adelante, el nombre de Baalzebub se convertiría en sinónimo del mismo Satanás (Mt 10.23). Dios reprendió duramente a Ocozías y le dijo que nunca se recobraría de su enfermedad (2 R 1.3,4). El episodio registrado en los versículos 9-16 es el último que tenemos del siervo de Dios, Elías, antes de que fuera arrebatado al cielo. En él podemos ver a la vez la ira de Dios con respecto a los arrogantes y su misericordia para con los humildes. Joram, el hijo de Ocozías, sucede a su padre en el trono de Israel, de manera que en este momento el nombre de los reyes de Judá e Israel es el mismo (v. 17). Joram el hijo de Josafat fue el que se casó con la hija de Acab, como ya hemos mencionado. Es de suponer que el Joram de Judá gobernó conjuntamente por un tiem208

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po con su padre Josafat, ya que en el versículo 17 se nos dice que el Joram de Israel comenzó a reinar en el segundo año del Joram de Judá, mientras que en 3.1 se nos dice que había comenzado a reinar en el año dieciocho de Josafat. Lo más positivo que se dice del Joram de Israel es que no pecó como su padre o su madre (v. 2). Durante su reinado Elías fue arrebatado al cielo y Eliseo se convirtió en su sucesor entre los profetas. La razón por la que se presta tanta atención al reinado de Joram de Israel es que Eliseo desarrolla su actividad principalmente en sus días. Ello explica que se le den nueve capítulos a su reinado, no obstante que Joram es un rey de Israel de una importancia relativamente escasa. El comienzo de la carrera de Eliseo tiene lugar en la época de la ascensión de Elías, que se registra en 2 Reyes 2. Debe haber sido algo evidente para todos los profetas que Elías estaba a punto de ascender. Eliseo trataba cuidadosamente de permanecer a su lado. Al parecer, los continuos mandatos que le daba Elías de que se quedara detrás (vv. 2,4,6) tenían por finalidad probar la entrega de Eliseo a su vocación. Cuando Elías ascendió al cielo, se unió a un grupo pequeño y exclusivo que había ascendido al cielo sin morir. Solo Enoc, el hombre de Dios anterior al diluvio lo había hecho además de él. Solo Jesús lo volvería a hacer, después de su resurrección. Al final de los tiempos, cuando Cristo regrese, es de suponer que muchos más se levantarán para encontrarle en el aire sin morir (1 Co 15.51). El manto de Elías cayó en este momento sobre Eliseo, y este continuó el ministerio de Elías. Mucho después Malaquías profetizaría que Elías habría de regresar antes del día del Señor (Mal 4.5). Jesús interpretó este pasaje como cumplido en la venida de Juan el Bautista (Mt 11.14). Además, Elías apareció junto a Moisés con Jesús en el monte de la transfiguración (Mt 17.3).
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El grito con que Eliseo llama a Elías «carro de Israel y su gente de a caballo» es un tributo a su grandeza, mayor y más importante para Israel que todos sus ejércitos (v. 12). Más tarde, Joás, rey de Israel, rendiría el mismo honor a Eliseo (13.14) . Se registra una serie de unos quince milagros realizados por Eliseo durante el largo tiempo que vivió en Israel, habiendo alcanzado de hecho la época de los primeros profetas escritores. El primer milagro fue una copia de otro que acababa de realizar Elías (v. 14; cf. v. 8). El segundo fue la purificación de las aguas malas (vv. 19ss). El tercero, la destrucción de cuarenta y dos muchachos por medio de dos osos, puede que no haya sido un milagro, pero ha sido motivo de dificultad para algunos que han querido acusar a Eliseo de crueldad con los jovencitos (vv. 23-24). Sin embargo, hemos de recordar dos cosas en conexión con este hecho: primero, que no fue Eliseo sino Dios quien envió los osos; y segundo, que sus palabras probablemente reflejaran la burla que hacían sus padres del siervo de Dios. Una cosa es cierta: nunca habían sido enseñados a respetar a sus mayores. El no obedecer la Ley de Dios tiene siempre la muerte como castigo. En el juicio de Dios, estos niños, sus padres o ambos, merecían el castigo que él les envió en aquel día. El cuarto milagro estaba relacionado con la rebelión de Mesa, rey de Moab (3.4-27) . Tenemos noticias de este rey Mesa procedente de otra fuente, la Piedra Moabita. En esa piedra, descubierta por los arqueólogos, se halla el relato del propio Mesa con respecto a su rebelión contra Israel. En el mismo, Mesa hace alarde de que, con la ayuda de su dios, logró derribar al hijo de Acab. Una vez más, Josafat se unió con Israel debido a la insistencia de Joram. Nuevamente, Josafat quiere oír la palabra de un profeta del Señor (v. 11). Esta vez, el único en aparecer fue Eliseo, quien, dirigido por Dios, predice cómo los aliados obtendrían victoria sobre Moab. Por obra de Dios, los moabitas vieron las zanjas llenas de agua como si
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fuera sangre (vv. 22,23). Esto les hizo suponer erróneamente que los aliados se habían lanzado unos contra otros y se habían destruido mutuamente (v. 23). Este error fatal fue el que terminó con la rebelión de Moab. La quinta de las grandes señales fue el aumento milagroso del aceite de la viuda (4.1ss). La sexta señal fue la promesa de un niño a una mujer que ya era demasiado vieja para procrear. Esta mujer era de Sunem (4.8ss). Más tarde esta mujer tuvo un niño, y años más tarde el niño se enfermó y murió (vv. 17ss). La mujer encontró a Eliseo en el monte Carmelo y lo llevó consigo a su casa. El séptimo milagro fue la vuelta a la vida del muchacho (v. 35). Los milagros octavo y noveno están relacionados con la comida. En uno de ellos, Eliseo purifica una comida que había sido envenenada por accidente (v. 41). En el otro realiza algo similar a lo que hizo Jesús dos veces alimentando a una gran cantidad de personas con un poco de comida (v 42). El capítulo 5 habla de un milagro muy interesante relacionado con la lepra de Naamán. Este, capitán de los ejércitos de Siria, era enemigo de Israel. Sin embargo, cuando supo que había un profeta en Israel que podía obrar milagros, fue en su busca. Cuando Eliseo le dice que vaya a bañarse siete veces en el Jordán, Naamán se indigna, pensando que había perdido el tiempo. Pero unos siervos suyos, prudentes, le aconsejan que obedezca, y cuando lo hace, la lepra lo deja (v. 14). Este fue el milagro número diez. El suceso convenció a Naamán, quien se convirtió en un creyente manifiesto en el Señor (5.15). Su conversión parece haber sido auténtica (v. 17ss). Pero el acto engañoso de Giezi, el sirviente de Eliseo, le acarreó, no las riquezas que deseaba, sino la lepra de Naamán (v. 27). Este fue el undécimo milagro. El siguiente, el duodécimo, sucedió cuando hizo flotar una cabeza de hacha de hierro (6.6). El milagro número trece fue la visión de los ejércitos de Dios que se le presentó al sirviente de Eliseo (v. 17). El rey de Siria se había
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puesto furioso porque Israel parecía saber siempre lo que estaba planeando. Cuando se enteró de que era Eliseo el profeta quien le informaba al rey de Israel todo lo que Siria planeaba (v. 12), trató de apresarlo. Cuando el ejército vino a llevárselo, todo el ejército fue herido con ceguera y llevado cautivo a Samaria (vv. 18,19). El último milagro de la vida de Eliseo fue la súbita derrota sufrida por los sirios que estaban asediando Samaria, y la abundancia de comida que le dejó a Samaria cuando la ciudad estaba a punto de perecer de hambre (cap. 7). Antes de la ascensión de Elías, Dios le había dado tres encomiendas: ungir a Hazael como rey de Siria, a Jehú como rey de Israel, y a Eliseo como sucesor suyo (1 R 19.16). En lo que le quedaba de tiempo, Elías cumplió con el último de estos encargos, pero al hacerlo así, ha de haber considerado que Eliseo sería quien realizaría los otros dos. En 2 Reyes 8 leemos que Eliseo unge a Hazael para que sea rey en lugar de Ben-adad. En este capítulo se encuentra también el matrimonio entre Joram de Judá, hijo de Josafat, y la hija de Acab y Jezabel (v. 18). Como hicimos notar anteriormente, esto señaló un nuevo descenso para Judá, y puso en peligro, aun antes de que estuviera terminado, la descendencia toda de David. Sin embargo, de nuevo prevalece la misericordia de Dios, y la descendencia es mantenida por amor a David (v. 19); cf. 1 R 11.36). Dios manifestó su disgusto con Joram de Judá, permitiendo que esta época fuera una época de revueltas (v. 20,22). Después de un reinado relativamente corto de ocho años, Joram muere y su hijo Ocozías comienza a gobernar. En sus días fue prominente la figura de su madre Atalía, quien era hija de Acab y nieta de Omri (v.26). Como era de esperar, Ocozías de Judá se alió con Joram de Israel, y ambos, por ser parientes, se mantuvieron en estrecho contacto (v. 29). Ahora comienza a intervenir el Señor. Eliseo se prepara a cumplir el tercero de los encargos hechos por Dios a Elías mucho tiem212

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po antes. Envía a uno de los profetas para que unja a Jehú como rey de Israel. Este había sido escogido por Dios para destruir la línea de Omri y para erradicar el culto de Baal en Israel (9.8). Mientras Ocozías se encontraba visitando a Joram de Israel, Jehú dirigió una revuelta contra el rey. Al final, Jehú mató a Joram (v. 24) y a Ocozías de Judá (v. 27). Fue entonces Jehú a Jezreel, donde destruyó a la orgullosa y vana Jezabel (v. 30ss) y después a todos los hijos y descendientes de Acab (10.11). Incluso mató a todos los hermanos de Ocozías de Judá, porque ahora él también era descendiente de la línea de Acab. Mientras se hallaba ocupado en la destrucción de las casas de Israel y Judá, Jehú se encontró con Jonadab, hijo de Recab (v. 15). Mostró respeto por esta distinguida familia de Israel, que será mencionada también posteriormente en la profecía de Jeremías (35.619) como una familia modelo de fidelidad. La exterminación del culto de Baal en Israel fue muy efectiva, tanto que dicho culto nunca volvió a suscitarse en Israel a pesar de que continuó en Judá (vv. 18ss). Con Jonadab, Jehú mató a todos los adoradores de Baal en Israel (v. 28). Hasta el momento estaba siguiendo la voluntad de Dios en todo lo que hacía. Sin embargo, es triste decir que Jehú no dio honra a Dios convirtiendo en maldad sus matanzas en masa en lugar de realizarlas para agradar al Señor. Por esta razón, Oseas describirá y condenará más tarde el pecado de Jezreel (cf. 9.30ss y Os 1.4). El crimen de Jehú no fue matar a toda la casa de Acab sino hacerlo por provecho personal y no como un servicio a Dios (v. 31). Estos hechos marcaron en realidad el final de Israel como pueblo de Dios. A decir verdad, Oseas declararía que ellos no eran pueblo de Dios (cf. 2 R 10.32; 0s 1.4,9). La matanza de tantos miembros de la descendencia de Acab dejó a su hija que estaba en Jerusalén en una situación interesante. Ahora era ella la que aparecía como sucesora al trono, e intentó
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destruir a todos sus rivales, los descendientes de David (11.1). Sin embargo, en la providencia de Dios, uno fue salvado y permaneció escondido hasta que llegara el momento oportuno. Un hijo de Ocozías, Joás, de un año de edad, fue escondido en el templo durante seis años, mientras Atalía pensaba que había tenido éxito en asegurarse el trono (11.3). Cuando el sacerdote Joiada, quien había protegido a Joás, reveló su existencia a Judá, todo el pueblo estaba al parecer, listo para el cambio (vv. 12,14) .

III. El último período de grandeza de Israel (800 - 750 A.C.; 2 R 12—15.7)
Joás de Judá tuvo un reinado largo y confuso en cuanto se refiere a sus capacidades espirituales. Su fidelidad al Señor dependía de la presencia del sacerdote Joiada, su protector y consejero (12.2). Sí mostró preocupación por la reparación del templo, probablemente bajo la influencia de Joiada (vv. 4ss). Fue en general una época de buena voluntad y confianza mutua mientras Joiada vivió (v. 15). Sin embargo, una vez más, cuando se sintió amenazado por los enemigos, el rey recurrió al soborno mundano en lugar de confiar en el Señor (vv. 17,18). Compró a Hazael de Siria, que era quien lo amenazaba. En este momento no se nos dice por qué Joás fue asesinado, pero en las Crónicas sabremos más sobre sus días de reinado después de la muerte del sacerdote Joiada. En esos días, su propia esposa se derrumbó espiritualmente, y él demostró ser malvado y vengativo. Regresando ahora al reino del norte, leemos sobre el malvado gobierno de Joacaz, el hijo de Jehú, el exterminador del culto de Baal en Israel. Jehú se había mostrado infiel al Señor, y su hijo siguió su perverso camino, resultando así tan malos como la familia de Acab, que Dios había destruido (13.1ss) . Como lo había hecho en los días de los jueces, Dios de nuevo levanta enemigos, esta vez en Siria, que atormentaron a Israel en
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esos días con muchos ataques sorpresivos. Estaban complicados en estos ataques, Hazael y Ben-adad de Siria, ambos conocidos a través de documentos históricos seculares de aquella época (v. 3). Durante el tiempo de la opresión Siria, este hijo de Jehú demostró tener alguna integridad ante el Señor, ya que acudió a él en busca de ayuda. La situación nos recuerda grandemente el período de los jueces. Dios oyó su lamento y libró a Israel de sus opresores (vv. 4-6). El sucesor de Joacaz de Israel fue su hijo Joás, quien también fue malvado (v. 11). En esta época Eliseo era ya anciano y se hallaba cercano a la muerte, pero aún era reverenciado en Israel. Joás de Israel reconoció su grandeza al llamarle «carro de Israel y su gente de a caballo», como el mismo Eliseo había llamado en una ocasión a Elías (v. 14; cf. 2.12). La falta de entusiasmo de Joás con respecto a la orden final de Eliseo tuvo como consecuencia una indecisa victoria sobre los sirios. Quizá no era tan admirador de Eliseo como pretendía serlo. Hay un último milagro asociado con Eliseo, esta vez después de su muerte, cuando sus huesos dieron vida a un cadáver que fue echado dentro de su tumba. Así pudo verse el testimonio continuo que daba Dios con respecto a la grandeza y autoridad de sus profetas (v. 21). Nos maravillamos cuando vemos cómo Dios le va manifestando continuamente su gracia a Israel en aquellos días, a pesar de sus continuos pecados. La longanimidad del Señor está más allá de toda duda, tal como él mismo le había declarado a Moisés tanto tiempo antes (v. 23; cf. Éx 34.6). En Judá reinaba en este momento Amasías, hijo de Joás de Judá. Parece haber sido un hombre sensible a la voluntad del Señor y deseoso de obedecer la Ley de Moisés (14.5-6). Por primera vez desde los días de Asa de Judá y Baasa de Israel (1 R 15.32) Israel y Judá estuvieron enemistados entre sí, y
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se encontraron en batalla (vv. 8ss). Esto marcó el final de la alianza que había habido entre ambas naciones desde los días de Josafat y Acab. El resultado de esta batalla fue la derrota de Judá a manos de Israel (v. 12). Israel llevó la batalla hasta las puertas mismas de Jerusalén y saqueó el templo (v. 14). Amasías había demostrado ser tan poco listo como rey de Judá que también fue asesinado, y su hijo Azarías (Uzías) comenzó gobernar con dieciséis años de edad (v. 21). Así comienza el reinado más largo que haya tenido lugar en Judá, unos cincuenta años, que llegan hasta la época en que Isaías el profeta recibe su llamado (Is 6.1) . Aproximadamente a mediados del reinado de Amazías de Judá, comenzó a gobernar el último rey poderoso de Israel. Su nombre es ominoso: Jeroboam. Se le conoce como Jeroboam II de Israel. Su reinado fue también largo, aunque no tanto como el de Uzías. Gobernó sobre Israel unos cuarenta y un años. El nombre que adoptó es significativo, e indica la actitud rebelde que había contra Dios en aquellos días. Escogió tomar el nombre del rey que había sido el primero en hacer pecar a Israel, Jeroboam I, en los días en que sucedió la división del reino después de la muerte de Salomón. Aunque solo se habla de él brevemente en las Escrituras, es de suponer que tenía aquellas cosas que, ante los ojos de los hombres, son juzgadas como causas de un reinado de éxito (vv. 25,27,28). De sus días data la primera mención que tenemos de los profetas escritores cuyos nombres aparecen en las secciones históricas de las Escrituras. Ese profeta fue Jonás, hijo de Amitai, de Gat-hefer (v. 25). El largo reinado de Azarías de Judá, quien era también conocido bajo el nombre de Uzías, y el de Jeroboam II de Israel, marcan el final del poderío de Israel. Mientras que Jeroboam hizo lo que es malo a los ojos de Dios, Uzías trató de agradar al Señor (15.3). Así fue como la gracia especial y continua de Dios hacia Judá lo sostuvo por muchos años después de que cayera Israel.
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IV. Los últimos días de Israel (750-722 A.C.; 2 R 15.8—16.41)
Los últimos reyes de Israel gobernaron en rápida sucesión en medio de conspiraciones, y ante la amenaza aun mayor de destrucción por parte de Asiria. Zacarías el hijo de Jeroboam II, duró solo seis meses. Fue sucedido por su asesino, Salum. Este duró solo un mes, y fue asesinado por Manahem, quien reinó diez años (vv. 17ss). En esos días el poder de Asiria había logrado finalmente entrar en la tierra de Canaán y tocar a Israel. El gran rey asirio que amenazaba a Israel en aquel momento era Tiglat-Pileser III, conocido en las Escrituras como Pul (v. 19). Mientras Uzías seguía gobernando en Judá, Pekaía, hijo de Manahem, sucedió a su padre, reinando durante dos años, hasta ser asesinado por Peka, su capitán del ejército en Samaria (v. 25). Peka logró gobernar a Israel unos veinte años. Comenzó a reinar aproximadamente en el momento de la muerte de Uzías, en los días en que Isaías comenzaba a predicar en Judá (v.27). TiglatPileser comenzó a incrementar sus actividades contra Israel y Siria. En realidad, llegó a capturar partes del reino de Israel, en su porción norte (v. 29). En esos días Oseas, el último rey de Israel mató a Peka y gobernó durante nueve años, hasta la caída de Samaria en el año 722 A.C. Pero antes de llegar a este momento, todavía en los días de Peka y de Rezín, rey de Siria, estos dos se aliaron contra Judá y amenazaron con tomar Jerusalén (v. 37). En este momento era Jotam quien gobernaba en Judá en lugar de su padre Uzías. Antes de que fuera levantado el sitio, murió Jotam, y Acaz, uno de los reyes más malvados que tuvo Judá, sucedió en el trono a su padre (16.1-4). En el capítulo 7 de Isaías se nos dice cómo el profeta se llegó ante la presencia de Acaz de Judá cuando Siria e Israel lo estaban amenazando, para asegurarle que Dios no les permitiría tomar Jerusalén. Sin embargo, según leemos en 2 Reyes 16.7ss, Acaz, des217

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confiando de Dios, puso su confianza en alianzas humanas y buscó la ayuda de Asiria contra sus enemigos. De nuevo demostraba su falta de fidelidad con respecto a Dios. El mal acto de Acaz llegó a tener éxito, al acarrear la caída de Damasco en manos de los asirios en el año 732 A.C. (v. 9). Diez años después caería Samaria, capital de Israel, en el 722 A.C. (17.6). Pero los asirios no se detendrían allí. En el año 701 estaban a las puertas de Jerusalén en los días de Ezequías de Judá, como veremos más tarde. De manera que la conspiración de Acaz trajo como resultado que su propio reino se viera cercano a la destrucción en los días de su hijo Ezequías. Pero esto está más allá del presente estudio. Regresando ahora al gobierno del último rey de Israel, Oseas (2 R 17.1ss), vemos que Salmanasar V, como se le conoce en la historia secular, puso a Oseas bajo su control, obligándole a pagarle tributo (v. 3). Cuando Oseas intentó sobornar al rey de Egipto para que lo ayudara, el rey de Asiria puso sitio a Samaria. Las Escrituras dicen solamente que el rey de Asiria tomó Samaria en el año noveno de Oseas (v. 6). Sabemos por fuentes extrabíblicas que en este momento la nación asiria estaba gobernada por Sargón II, al que se le acredita el haber tomado la ciudad en el año 722 antes de Cristo (v. 6). Siguiendo la norma de conducta asiria, los ciudadanos de Israel fueron deportados a otras tierras (v. 6) y se trajo gente de otros lugares para poblar Samaria (v. 24). Así termina la historia del reino norteño de Israel. Su pueblo fue dispersado a través de todo el imperio asirio, y se perdió de vista para siempre. En este punto el libro de los Reyes hace un resumen del trato de Dios con el pueblo de Israel a través de un largo período de la historia. Se enumeran los cargos contra Israel y los pecados que le acarrearon su caída, pero fundamentalmente se dice que pecó contra el Señor, a pesar de que él estaba cuidando continuamente del reino y enviándoles un profeta tras otro para llamarlos a regresar a
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él (vv. 7,13). La única respuesta adecuada a la Palabra de Dios, tal como era entregada por sus profetas era la fe en él. Esto fue lo que Israel se negó a demostrar (v. 14). Por eso Dios quitó a Israel de delante de sus ojos no considerándolo ya más como pueblo suyo. Cuando juzgó a Israel, Dios guardó un remanente, Judá, que continuó viviendo como nación ante su presencia por otros 136 años antes de tener que ir a la cautividad en Babilonia. Sin embargo, Judá fue también desobediente, y solo se salvaría un remanente de él, como lo habrían de declarar un profeta tras otro. En la segunda mitad del capítulo 17 se nos da el origen de los samaritanos de la historia posterior. Aquí vemos que se trajo gente para poblar Samaria que procedía de diversos lugares, como ya se señaló arriba (v. 24). Debido a que estos extranjeros no le daban honra, el Señor los castigó por medio de bestias salvajes (v. 25). Con el fin de que aprendieran a complacer o apaciguar la ira de los dioses del lugar, se les dio a los samaritanos un maestro que era un sacerdote de los israelitas, quien les enseñó a adorar a la manera de ellos. La amalgama de religiones que resultó de esto está resumida en el versículo 33, donde se dice: «Temían a Jehová, y honraban a sus dioses». Lo incorrecto de la nueva religión que se desarrolló en Samaria y tuvo como final la religión samaritana aparece con claridad en los versículos finales del capítulo. Los samaritanos adquieren una significación especial en las Escrituras durante los días en que los judíos regresan de la cautividad babilónica, y posteriormente en tiempos de Jesús. Aún hay samaritanos hoy en día, los cuales adoran en el monte Gerizim y tienen su propia versión de los escritos de Moisés, aunque rechazan el resto de las Escrituras. Aún se les encuentra en Israel, muy pocos en número, pero identificables. Sin embargo, su religión, una mezcla del temor del Señor y el servicio a sus propios dioses, tiene mucho en común con el «mundo religioso» de hoy en día, incluso entre gentes que asisten a la iglesia.
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Veremos de una forma más completa la época que acabamos de pasar cuando en los próximos capítulos estudiemos a los profetas escritores de Israel.

V. Los últimos días de Judá (725-586 A.C.; 2 R 18.1—25.30)
Volviendo a Judá, ya hemos conocido el malvado reino de Acaz en el capítulo 16. Este reinó en Jerusalén durante dieciséis años y fue uno de los peores reyes. Pero su hijo Ezequías, comenzó a gobernar después de su muerte (18.1). Este, en agudo contraste con su padre, fue uno de los mejores reyes que tuvo Judá. Era como su antepasado David (v. 3). Vemos su grandeza en la fe que tenía en el Señor (v. 5). Así como el Señor había estado con Moisés, Josué, y David, estaba ahora con Ezequías (v. 7). Fue en sus días cuando Salmanasar sitió Samaria y los asirios la tomaron en el 722, como ya hemos visto (v. 9). Recordaremos que Acaz, quien no creía en el Señor como lo haría después su hijo, había empleado primeramente a los asirios para que atacaran Damasco y Samaria. Como resultado, los asirios tomaron a Damasco en el 732 A.C. y a Samaria en el 722, y se hallaban ahora golpeando a las puertas de Jerusalén en el año 701 A.C. aproximadamente (v. 13ss). Ezequías intentó primeramente utilizar sus propios recursos para apaciguar a los asirios (vv. 14-16), pero no le sirvió de nada puesto que los asirios exigían el rendimiento incondicional de Jerusalén y de su rey Ezequías (vv. 19-35). El rey de Asiria exigió su rendición a través de su mensajero. En su largo discurso ante el pueblo de Jerusalén, Rabsaces, el enviado de Senaquerib quien era entonces el rey de Asiria, expresó desprecio, y una visión contradictoria del Dios de Judá. Al principio, intentó decir que su Dios estaba disgustado con Jerusalén, y por
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La época de los profetas

ello los estaba castigando por medio de los asirios (vv. 22,25). Sin embargo, más tarde puso en ridículo a ese mismo Dios, señalando que no tenía poder para salvar a Jerusalén de las manos de los asirios (v. 32). Leemos en los anales asirios de aquellos días que Senaquerib se jactaba de tener al judío Ezequías encerrado como un pájaro en una jaula, de modo que la cruel jactancia del rey que aparece en las Escrituras está también reflejada en los anales asirios o registros históricos. En esta situación la fe del buen rey Ezequías fue puesta a dura prueba. Sus propios recursos habían fallado. En verdad que era como un pájaro en una jaula, carente de toda ayuda, pero como tenía fe, se volvió al Señor en esta hora oscura (19.1). Vemos ahora su grandeza, cuando pone toda su fe en el Señor su Dios. Su valor era similar al de su antepasado David (v. 4; cf. 1 S 17.36). Ezequías mandó a buscar a Isaías, quien era el profeta de Dios del momento. Recordemos que Isaías había sido enviado anteriormente al padre de Ezequías, Acaz, en una situación similar, para asegurarle que Jerusalén no caería ante Siria e Israel (16.5,6; cf. Is.7). Acaz no había creído en el Señor, y en su lugar, había contratado a Asiria para que lo protegiera. Ahora, como resultado de la infidelidad de Acaz en aquel momento, los asirios estaban amenazando también con tomar Jerusalén. Ezequías, sin embargo, confió en el Señor. Le hizo caso al mensajero de Dios, Isaías, quien le aseguró que Jerusalén no caería ante los asirios (vv. 6,7). Encontramos esto mismo relatado en los capítulos del 36 al 38 de Isaías. Los asirios desafiaron una vez más al Dios de Ezequías (vv. 10ss), y una vez más confió este en el Señor y elevó a él una hermosa oración de fe (vv. 14ss). De nuevo volvió Isaías con palabras reconfortantes para decirle que el Dios soberano triunfaría sobre Asiria, su gran enemigo (vv. 20ss; cf. Sal 2). El mensaje de Isaías a Ezequías declaraba que
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Dios tenía completo dominio de la situación y que se hallaba en total capacidad de derrotar a todos los enemigos suyos y de Judá (vv. 23-28). De nuevo se menciona el remanente (v. 31). Este es uno de los temas fundamentales de los profetas escritores, y define a los verdaderos creyentes de Judá, que son los hijos de Dios, y que serán salvados. No se nos dice con exactitud qué clase de plaga hirió el campamento de los asirios por voluntad de Dios, pero tuvo efectividad suficiente para obligarlos a levantar el sitio de Jerusalén (v. 35). Después de esto la fuerza de los asirios se desvaneció rápidamente, hasta que por fin los babilonios derrotaron a Asiria para convertirse en el poder dominante en el mundo antiguo del Oriente Medio. El capítulo 20 narra la enfermedad y la proximidad de la muerte de Ezequías, así como el acto de debilidad de parte suya cuando correspondió a las lisonjas de los babilonios que lo visitaban enseñándoles todos sus tesoros (v. 15). Su pecado fue una muestra de orgullo, una respuesta a los halagos del rey de Babilonia, quien había enviado hombres para que preguntaran por su salud. Fue un pecado similar al de Josué y los hombres de Israel al responder a los hombres de Gabaón (Jos 9.14,15). Es necesario mencionar otro suceso de los días de Ezequías. En el versículo 20 se da noticia de un canal construido durante su gobierno para traer agua a la ciudad. Evidentemente este fue hecho para traer agua durante el sitio. Jerusalén no tenía agua dentro de sus antiguas murallas. Todos los manantiales se hallaban fuera. Puesto que el sitio ponía a Jerusalén en muy mala situación, Ezequías emprendió una tremenda hazaña de ingeniería con el fin de traer agua desde la fuente hasta una piscina o depósito dentro de los muros de la ciudad, donde pudiera ser alcanzada con seguridad. El canal o túnel que cavó es visible aun hoy en día. A fines del siglo diecinueve, unos muchachos que estaban nadando en la pisci222

La época de los profetas

na de Siloé, encontraron un escrito del tiempo de Ezequías que relataba cómo había sido cavado el túnel. Hoy en día se puede caminar a todo lo largo del mismo y ver hasta las marcas de los zapapicos que fueron usados para cavarlo. Todavía trae agua desde la fuente por debajo de la tierra, hasta la piscina que está debajo, y que se conoce con el nombre de piscina de Siloé. Después de Ezequías gobernó su hijo Manasés. Este demostró ser tan malvado como su abuelo Acaz, y no parecerse en nada a su padre Ezequías (21.2-6). Se lo clasifica en las Escrituras entre los peores de todos los reyes de Judá (v. 9). En realidad, la maldad de Manasés trajo como consecuencia la caída final de Jerusalén, aunque ello no sucediera en sus días (vv. 11,12). La referencia al cordel de Samaria y la plomada de la casa de Acab (v. 13) habla del juicio recto de Dios en tiempos pasados contra Israel. El versículo puede compararse con Amós 7.8. Después de Manasés, su hijo Amón, quien era tan malvado como él, reinó por dos breves años (vv. 19-22). Como consecuencia de su maldad fue asesinado (v. 23), y su hijo Josías comenzó a gobernar a Judá a la tierna edad de ocho años. Josías demostró ser el más fiel de los reyes de Judá, y el último entre los fieles, y siguió los pasos de su bisabuelo Ezequías. El recuento de todo lo que realizó se recoge en los capítulos 22 y 23. Primeramente, provocó una limpieza total de la Casa del Señor (22.3ss). Mientras se estaba limpiando el templo, apareció el Libro de la Ley, que al parecer había estado perdido por algún tiempo (22.8). Se ha escrito mucho con respecto a este hallazgo. Los pensadores liberales que tienen poca confianza en las Escrituras sugieren que este escrito no sería la Ley de Moisés sino uno muy posterior. Contemplan el libro del Deuteronomio como si hubiese sido escrito en aquellos días. El libro que apareció sí parece haber sido principalmente el Deuteronomio, pero no hay razón para dudar que era un libro de
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Moisés. Las reformas subsiguientes establecidas por Josías parecen haber sido guiadas por el contenido del libro de Deuteronomio. El Señor se complació en la contrición del corazón del propio Josías como consecuencia de las palabras de juicios halladas en el libro (v. 19). Josías buscó verdaderamente la manera de hacer regresar a Judá a Dios por medio de una gran reforma en el pueblo (23.1ss). Incluso fue a Betel, el lugar de culto establecido por Jeroboam mucho tiempo antes, y lo destruyó, tal como había predicho el profeta anónimo en los días de Jeroboam (23.15-16; cf. 1 R 13.2). La fiesta de Pascua celebrada en ese momento estuvo acorde con las reglas de Deuteronomio 16.2-8; 23.21. También desechó todas las prácticas pecaminosas que había en Judá, siguiendo a Deuteronomio 18.10-12. Sin embargo, todo lo que él hizo no obró un cambio real sobre Judá. Parece evidente que aunque Josías hizo un intento grande y sincero para volver a Judá a los caminos del Señor, al final fracasó. Jeremías, al comentar estos tiempos, dijo que el pueblo se volvió a Dios fingidamente y no con todo su corazón (Jer 3.10). A pesar de las reformas de Josías, el Señor decidió castigar a Judá (23.26ss). Quizá para ahorrarle los días terribles que habrían de venir, Josías fue muerto en batalla contra el faraón Necao en Meguido (23.29). Después de la muerte de Josías gobernaron brevemente cuatro reyes en rápida sucesión antes de la caída final de Jerusalén en el año 586 antes de Cristo. El primero de los cuatro fue Joacaz. Era malvado y duró solo por un corto tiempo antes de ser tomado cautivo y llevado a Egipto (vv. 31ss). Era hijo de Josías. El rey de Egipto, después de deponer a Joacaz, puso como rey en su lugar a su hermano, también hijo de Josías. El nombre de este era Eliaquim, pero cuando fue hecho rey le fue cambiado por Joacim (v. 34) .
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En los días de Joacim, quien también era malvado, Nabucodonosor de Babilonia llegó y puso sitio a Jerusalén (24.1ss). Este fue el principio del fin para la ciudad. Los babilonios eran muy poderosos y su imperio se extendía desde el río Eufrates hasta Egipto (v. 7). En este tiempo, se llevaron a Babilonia a algunos de los mejores hijos de Judá (Dn 1.1ss). Después de la muerte de Joacim, su hijo Joaquín reinó brevemente (v. 8). En sus días, Nabucodonosor sitió a Jerusalén y se llevó a Babilonia a muchos de los mejores de Judá, incluyendo a Joaquín (vv. 10-16). Lo más probable es que fuera entonces cuando hombres como Ezequiel fueran deportados a Babilonia, donde posteriormente servirían al Señor en los días de la cautividad (v. 14; Ez 1.2). Ahora Jerusalén se hallaba bajo control babilónico, aunque aún seguía teniendo su propio rey títere. Nabucodonosor hizo rey a Matanías y le dio el nombre de Sedequías (v. 17). El reino de Sedequías fue bastante tormentoso, y en una ocasión llegó a rebelarse contra Nabucodonosor (25.1ss). En el undécimo año de su reinado, el 586 A.C. la ciudad cayó, y dos de sus hijos fueron asesinados ante sus ojos, después de lo cual a él le fueron sacados y fue llevado ciego y cautivo a Babilonia (v. 7). El final del reino de Judá había llegado. Ahora sería tarea de los profetas del exilio y posteriores el demostrar que esto no significaba el final del reino de Dios. En Jeremías se halla un reporte contemporáneo a los últimos reyes que gobernaron Judá que habla del estado espiritual de aquellos días. Lo encontraremos más adelante, cuando estudiemos a Jeremías con algún detalle. Nabucodonosor tomó todos los tesoros de Jerusalén y del templo y se los llevó a Babilonia, donde permanecieron hasta que el Señor suscitó a Ciro para que derrotara a Babilonia y devolviera estos objetos a Jerusalén (vv. 9-11). El templo y su mobiliario fueron todos destruidos en este momento.
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La narración del breve gobierno de Gedalías y su asesinato a manos de Ismael (vv. 22-26) aparece con más detalle en los capítulos 40 a 45 de Jeremías. Como una señal de su gracia en estos últimos años, Dios inclinó al rey de Babilonia a la misericordia para con Joaquín, el cual, como recordaremos, se rindió a Nabucodonosor y fue llevado cautivo a Babilonia. Al parecer, Ezequiel fue llevado aproximadamente por la misma fecha (vv. 27-30; cf. Ez 1.1-3). No he mencionado apenas el recuento paralelo de la historia de Judá que se encuentra en los libros de las Crónicas, puesto que estos fueron escritos después del regreso del exilio y obedecieron a un propósito diferente al de la historia de Judá que se recoge en los libros de los Reyes. Sin embargo, cuando lleguemos al estudio de las Crónicas, notaremos que sí contienen información que no se da en los libros de los Reyes. Habiendo visto ya la época de los profetas, y usando esto como fondo histórico, pasaremos ahora a un estudio de cada uno de los profetas, siguiendo su orden cronológico correcto.

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CAPÍTULO

8

LOS PROFETAS DEL SIGLO NOVENO
I. Joel (circa 850 A.C.)
Llegamos ahora a un estudio de los profetas escritores de Israel y Judá que comenzaron a servir la Palabra en el siglo noveno antes de Cristo. Nuestro estudio de todos los profetas se realizará por supuesto, contra el fondo histórico que acabamos de cubrir en el capítulo 7, la época de los profetas. Ya hemos visto mencionados a varios profetas cuyos escritos no tenemos, o al menos, no los podemos identificar como suyos. Nombraré solo a unos pocos: Natán, Ahías, Jehú, Elías, y Eliseo. Ahora estudiaremos aquellos cuyos escritos vinieron a formar parte de las Escrituras. El primero de estos es Joel, pero considerarlo en fecha tan temprana no está exento de problemas, y hay muchos que lo situarían mucho después, incluso entre los últimos de los profetas. Parte de la dificultad está en que en el contenido del mismo libro no hay evidencias definidas sobre los tiempos en que vivió el profeta. Sin embargo, me parece que hay muchos datos que favorecen el situarlo en fecha temprana entre los primeros de los profetas escritores. El contenido del libro de Joel revela que fue escrito en un período en el que los sacerdotes eran muy influyentes y se hallaban entre los guías espirituales del pueblo. Este caso no era frecuente en la historia de Israel posterior de los tiempos de Salomón.
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Sin embargo, desde mediados del siglo noveno hasta el final, los sacerdotes sí ocuparon un lugar de influencia, e incluso poderoso. Fue el tiempo en que gobernó Joás de Judá, el joven que fue criado en secreto muchos años por el sacerdote Joiada. Como recordaremos, Atalía había intentado matar a todos los descendientes de David (ver nuestro comentario sobre el gobierno de Atalía y el de Joás de Judá). El mismo Eliseo, el sucesor de Elías, había alcanzado este período, dando así la aprobación divina al mensaje presentado en esa época por uno de los profetas de Dios, tal como Joel ha de haber sido. Durante todo el tiempo que vivió Joiada, Joás fue un buen rey, y sin duda en esa época el prestigio de la clase sacerdotal fue en aumento. Hay también otra evidencia a favor de la fecha temprana, de la que hablaremos posteriormente al estudiar el libro. El libro de Joel está dividido en cuatro partes lógicas. La primera se refiere a un suceso terrible que acababa de ocurrir en la tierra, una plaga de langostas. Esta sección comprende del 1.2 al 2.11. La segunda contiene el llamado de Dios al pueblo para que se arrepienta, so pena de que le sucedan cosas peores. Deben regresar a Dios siguiendo la revelación que él le había dado a su pueblo a través de Moisés en el desierto. Joel los llama a la verdadera adoración y promete bendiciones mayores si se arrepienten. Esta sección incluye del 2.12 al 32. La tercera sección, 3.1-13, habla de la certeza del juicio que vendrá sobre todas las naciones del mundo. El Señor no es Dios solamente de Israel sino de todas las naciones, y gobierna sobre estas. En esta sección se pone énfasis en ciertos temas que serán vistos en casi todos los profetas: la certeza del juicio que vendrá sobre todas las naciones, y la seguridad de que el pueblo de Dios que pone su confianza en él será salvado, mientras que los malvados perecerán.
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El libro concluye con la indicación de que ahora es el momento de decisión (vv. 14-21). Esta no debe ser retardada; los hombres deben reconciliarse con Dios o ser juzgados. Volviendo ahora, con el fin de mirar más de cerca cada sección, vemos primero el versículo introductorio. La profecía de Joel comienza como lo hacen muchas otras: «Palabra de Jehová» (cf. Jer 1.2; Ez 1.3; Os 1.1). Estas palabras nos recuerdan que lo que está escrito aquí es ciertamente la Palabra de Dios, y no simplemente los pensamientos de los hombres con respecto a él. Aquí tenemos a uno levantado después de Moisés que, como Moisés, es autorizado para que hable y escriba la Palabra misma de Dios. Su mensaje, como el de todos los demás profetas, estará plenamente de acuerdo con lo que está escrito en el Pentateuco, y tendrá exactamente la misma autoridad para el pueblo de Dios. El hombre es identificado sencillamente como Joel, hijo de Petuel. No sabemos más sobre Joel ni sobre su padre, que proceda de sus escritos o del resto de las Escrituras. La primera sección, 1.2 a 2.11, llama la atención sobre una devastadora invasión de langostas que ha barrido recientemente la tierra, y demuestra como esta plaga señala hacia una aun peor que amenaza al pueblo de Dios. Se describe en este lugar a las langostas en una forma tan impresionante, que implica que el pueblo no podría olvidarlas rápidamente. No pueden ser ignoradas. Quizá más que tener aquí cuatro clases diferentes de langostas, lo que hay son solo diferentes períodos de la misma langosta. Esto no es del todo seguro (1.4). Lo que sí es seguro es que fue un suceso tan devastador, que sería recordado durante varias generaciones (v. 3). Es interesante notar la ironía del versículo 3. Anteriormente, el Señor había señalado a través de Moisés que los padres deberían contarles a sus hijos las maravillas de Dios y enseñarles su verdad (Dt 6.4ss). Pero, como recordaremos, de acuerdo con el capítulo 2
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del libro de los Jueces, evidentemente los padres fallaron en este punto, lo que trajo como consecuencia que creció toda una generación sin conocer al Señor, ni las cosas que él había hecho (Jue 2.10). Ahora acaba de suceder algo que sería contado durante generaciones; como si dijera: ¡ya que no les hablaron de las maravillas que hizo Dios con ustedes, van a tener que contarles los juicios de Dios en contra de ustedes! Los versículos del cinco al siete describen la devastación total realizada por la plaga de langosta. Es suficiente para despertar a los borrachos de su estupor (v. 5). Las langostas se describen aquí como un ejército invasor que ha de preparar el camino para lo que Joel diría más tarde. Comían todo lo que encontraban a su paso. El propósito es infundir temor en los corazones del pueblo, cuando recuerden el terror de la experiencia singular. Ahora el pueblo se lamenta del terrible suceso (vv. 8-12). Hay carestía de todo. Los sacerdotes gimen porque los sacrificios de los cuales sacan su sustento han sido detenidos. Los campesinos se lamentan porque los campos no han producido nada, ni las viñas ni los huertos. El pueblo sabe todo esto. Y por ello el pueblo está muy acongojado. Pero ahora Joel presenta algo aun más terrible que ha sucedido en la tierra, algo peor que la pérdida de comida por causa de las langostas. Es la pérdida de la alegría en el pueblo de Dios (v. 12). Es como si dijera: ¿Ven la terrible devastación física que les ha acaecido? Bien, Dios ve una devastación espiritual aun peor que ha venido sobre Israel: el gozo se ha ido del pueblo. El gozo espiritual entre Dios y su pueblo ha sido siempre una relación esencial. Es una señal del lazo de amor que los une. Cuando la relación del pueblo con Dios ya no produce gozo, tenemos la primera señal de que la religión está en decadencia, al igual que la blancura de las ramas de los árboles y las viñas indica que una terrible plaga de langostas ha pasado por la tierra.

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Joel hace un llamado al pueblo para que regrese al gozo del Señor antes de que sea demasiado tarde. Mientras que el pueblo había estado preocupado por la pérdida de sus frutos físicos, Dios se preocupaba por la pérdida de su fruto espiritual, el gozo de su pueblo. David, en el Salmo 51, al lamentarse por su propio gozo espiritual, que había perdido como consecuencia de su pecado, le pedía al Señor que se lo devolviera (v. 12). Ahora, en mayor escala, el gozo ha desaparecido del pueblo de Dios, y a menos que le sea devuelto, vendrán cosas peores. Por consiguiente, Joel hace un llamado ahora a los jefes espirituales para que guíen al pueblo al arrepentimiento (vv. 13,14). Aun habla de los sacrificios como algo lleno de significado si se hace en un espíritu recto de arrepentimiento. Esto también podría señalar hacia un período más temprano de la historia de Israel, cuando los sacrificios podían tener sentido si se hacían correctamente. Los profetas posteriores declararían que los sacrificios, dentro de la adoración toda de Israel, habían alcanzado una situación en la que eran todos juntos inaceptables para Dios, porque los corazones del pueblo estaban lejos del Señor (cf. Is 1; Am 5.21-23). El llamado repetido a clamar al Señor (v. 14) es sin duda un llamado al arrepentimiento, como lo había sido el clamor de Nínive en presencia de sus pecados ante Dios al darse cuenta del juicio divino que pendía sobre ella (Jon 3.8), o también como el clamor del mismo Jonás en su aflicción (Jon 2.1ss). Compararemos con más detalle a Joel y Jonás cuando lleguemos al caso de Jonás. Comenzando en el versículo 15, Joel compara lo que acaba de suceder en su tierra, la plaga de langostas, con el próximo día del Señor, el gran día de arreglar las cuentas entre Dios y los hombres. Una vez más, compara la falta de comida resultante de la plaga de langostas, con la escasez mucho peor de gozo y felicidad en medio del pueblo de Dios en su templo, el lugar de adoración (v. 16).
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Cuando todo marcha bien entre Dios y su pueblo, se deberían ver el gozo y la felicidad en el lugar de adoración. Sin embargo, no se los encuentra en la casa de Dios en Jerusalén. Por tanto, el profeta advierte sobre la plaga espiritual que ha azotado la tierra, una plaga que es mucho peor que la falta de alimento físico. ¿Dónde están el gozo y la felicidad en el Señor que rebasan tan abundantemente en los salmos de David y los cánticos de triunfo de una generación anterior? Están ausentes. Con esto el Señor muestra claramente lo que luego enfatizará: que lo que a él le preocupa es el corazón de los adoradores, y no simplemente el ritual y la adoración en sí mismos. En el versículo 19 compara la plaga que ha azotado la tierra con el fuego. De ahora en adelante, el juicio de Dios será comparado con frecuencia al fuego, puesto que es implacable y lo consume todo. De aquí a las advertencias de los profetas posteriores sobre el juicio de Dios sobre el pueblo por medio de ejércitos enemigos no hay más que un paso. Joel presenta aquí este concepto en las primeras palabras del capítulo 2: «Tocad trompeta en Sión, y dad alarma en mi santo monte» (v. 1). Se llama al pueblo para que esté listo para «el día de Jehová». Esta expresión la veremos frecuentemente en Joel y en otros profetas posteriores (2.1,11,31; Sof 1.14-16; Mal 4.1-5). Al mismo tiempo que hace sin lugar a dudas referencia en última instancia al juicio final y la consumación de todas las cosas entre Dios y el hombre, se refiere también a otras confrontaciones menores y otros juicios divinos menores sobre las naciones y las personas, antes del fin de los tiempos. Aquí se está refiriendo a que Dios le pedirá cuentas a Israel a menos que se arrepienta. Los versículos del 2 al 11 comparan la próxima confrontación a la de un ejército invasor. Algunas veces la terminología usada parece ajustarse más a la plaga de langostas que acaba de barrer la tierra, pero otras parece señalar hacia un auténtico ejército de hombres que invadirá el lugar. Una vez más vemos la analogía del fuego consumidor (v. 3). Es muy importante notar que el juicio es el juicio
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de Dios. El ejército, sean las langostas que han azotado la tierra, sea de gente como los asirios y babilonios que después la arrasarían, es el ejército de Dios, está bajo su dominio y hace su voluntad (v. 11). Sería de ayuda comparar este mensaje dado a Israel con otro mensaje parecido del Señor para Éfeso en el Nuevo Testamento. En Apocalipsis 2.1-7 el Señor envía a través del apóstol Juan una advertencia similar a los cristianos de Éfeso. Aunque ellos siguen siendo bastante ortodoxos en su fe y celosos del evangelio, falta entre ellos el amor del Señor que ha de tener su pueblo (el primer fruto del Espíritu) y; a menos que se arrepientan y vuelvan a él (como Israel debía volver a su gozo en el Señor), la iglesia de Éfeso será juzgada por el Señor y quitada de delante de su presencia. En ambos casos vemos el interés de Dios en tener corazones que lo amen y se regocijen en él. Toda la conformidad exterior con la Ley, o el ritual, o el evangelio carece de valor alguno si los corazones del pueblo no son rectos con Dios. Por tanto, aquí tenemos un principio que es eterno en las relaciones entre Dios y todos los cuerpos de creyentes a través de toda la historia de la iglesia. Se aplica por igual a nosotros hoy. Debemos examinarnos para conocer si nuestra ortodoxia y nuestro ritual de adoración salen o no del corazón. Es algo que significa mucho para Dios. En el versículo 12 comienza la segunda sección principal de Joel. Llega hasta el final del capítulo 2. Habiendo atraído la atención del pueblo sobre su verdadero problema espiritual, Joel presenta ahora la solución, la alternativa a la invasión y el juicio, la manera de evitar el desastre que se cierne sobre ellos. No es por medio de alianzas humanas, como se intentaba con frecuencia en Israel, según pudimos notar en nuestro estudio de su historia, sino más bien por medio de un verdadero arrepentimiento delante de Dios y de fe en él. Los problemas espirituales tienen soluciones espirituales una lección que resulta muy difícil de aprender para muchos.
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Joel está llamando aquí a un sincero arrepentimiento de la misma naturaleza que aquel al que había llamado Samuel antes, en una época similar de depravación espiritual (cf 1 S 7.3). Usa expresiones como «todo vuestro corazón», «rasgad vuestro corazón», y «convertios a Jehová vuestro Dios». Con ellas quiere señalar la necesidad de una exploración del alma de la clase que solo puede ser hecha por la Palabra de Dios en nuestros corazones. Dios exige un corazón quebrantado a sus hijos, por causa de sus pecados. El verdadero arrepentimiento y la confesión de los pecados lo requieren, como bien sabía David (Sal 51.17). Todo el sistema sacrifical debía llevar al pueblo a esta clase de arrepentimiento verdadero, como señalamos en nuestro estudio del Levítico. En este lugar se pone énfasis en el arrepentimiento interior, por contraste con el acto de rasgar las vestiduras, que era un signo exterior del corazón quebrantado en el interior, que es lo que quiere Dios. Este tipo de reconocimiento abierto del pecado ante Dios es algo necesario siempre para que sea restaurada la relación correcta entre el Señor y sus hijos (cf. 1 Jn 1.8-10 y Ro 7, donde Pablo presenta su propia lucha espiritual contra el pecado). La base para un arrepentimiento así es aquí, como siempre, la Palabra escrita de Dios. Esta es la espada de Dios que atraviesa hasta el interior del corazón y revela lo que somos en nuestro hombre interior (Heb 4.12,13). La palabra que cita Joel procede de Éxodo 34. 6, cuando Dios revela a Moisés su propia naturaleza (v. 13). Puesto que Dios es como es, tenemos motivos para esperar su perdón si nos arrepentimos. Veremos una y otra vez cómo este gran pasaje del capítulo 34 del Éxodo es citado y mencionado por los profetas de Israel y por el salmista. Es la revelación verbal de la naturaleza de Dios. Sería bueno tomar en cuenta lo que observamos cuando lo estudiamos. Los versículos 5 al 17 son, por tanto, un llamado a la adoración, como alternativa con respecto al llamado a la guerra (cf. v. 1). Esta
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ha de ser una adoración auténtica, dirigida por sacerdotes sinceramente arrepentidos, que actúen como verdaderos mediadores e intercesores en sus oraciones a favor del pueblo. Si esto se hace, seguirán inevitablemente ciertas bendiciones, de acuerdo con la palabra de nuestro Señor en Mateo 5. 4, la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (ver v. 14). En lugar de invasores y plagas que despojen la tierra, habrá abundancia (vv. 18-20). La palabra «entonces» del versículo 18 indica que cuando hay una auténtica vuelta al Señor, las cosas que corresponden ocurrirán. Si ellos se arrepienten, Dios mostrará su compasión. Vendrán los granos y la abundancia de alimentos (v. 19). El ejército del norte será quitado de su lugar (el ejército con el que se amenazaba en 4-11). De paso diremos que el juicio de Dios por medio de ejércitos, suele ser expresado como procedente del norte, es decir, Asiria y Babilonia en los años posteriores. En lugar de miedo y terror, habrá gozo (vv. 21-27). Ese gozo que falta ahora volverá, pues Dios muestra que puede restaurar todas nuestras pérdidas cuando nos arrepentimos y confiamos en él (vv. 23,25). La amistad con él que se había perdido será restaurada. Conocerán («tendrán amistad con») al Señor. En lugar de juicio recibirán el don del Espíritu del Señor (vv. 2832). Dios promete derramar su Santo Espíritu sobre ellos para hacerlos a todos profetas, en forma muy parecida a la que Moisés había expresado como su propio deseo para Israel (Nm 11.29). Dios había prometido que derramaría sus bendiciones sobre Israel en este tiempo si se arrepentían y con corazones verdaderamente quebrantados se volvían a él. Restauraría la tierra y los haría prosperar de nuevo, tanto material como espiritualmente. Pero es triste decir que Israel no se arrepintió. No vino ante Dios con un corazón contrito y quebrantado; al menos, no lo hizo como nación. Siguió adelante de una maldad en otra, como ya hemos visto en
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nuestro recorrido histórico, hasta que el Señor trajo contra él a las naciones del norte sobre las cuales le había estado advirtiendo profeta tras profeta, comenzando por Joel (v. 20). Sabemos que para la Iglesia de Dios las promesas dadas en este momento no fueron cumplidas hasta Pentecostés, como declara el mismo Pedro (Hch 2.16-21). Las maravillosas promesas dadas aquí en Joel no pudieron ser cumplidas hasta la venida de Jesucristo. No sucedieron hasta que él murió en la cruz y su sangre derramada cambió verdaderamente los corazones de los hombres. Nuestro Señor vino para impartir a su pueblo ese gozo que el pecado había destruido (Jn 15.11). Vino para hacer a su pueblo verdaderamente lleno de fruto (Jn 15.1ss). Lo que el Señor exigía aquí como la condición para derramar sus bendiciones sobre Israel, que era su Iglesia, nunca podría ser alcanzada por el pueblo, de manera que vino él mismo, en la persona de Jesucristo, para realizar todo lo que le había exigido a su pueblo, haciendo posible así que se derramara sobre Israel en Cristo Jesús la plenitud de las bendiciones de Dios. Entonces Pedro podría proclamar con razón en Pentecostés que aquellas promesas de Dios tanto tiempo retenidas eran ahora derramadas y cumplidas en la iglesia. Pero en el entretiempo, Dios estaba llamando de entre los hijos de Israel a un pueblo que se arrepentiría por su gracia y buscaría el nombre del Señor (v. 32). Este pueblo, como el escritor de Hebreos nos enseña, murió sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto como de lejos (Heb 11.13,39,40). Eran el remanente del Antiguo Testamento, los que Dios había llamado a sí y salvado antes de la venida de Cristo, aun en los momentos en que Israel y Judá como naciones eran desobedientes y estaban sometidas a juicio. La promesa dada aquí, «Todo aquél que invocare el nombre de Jehová será salvo» (v. 32), alcanza en el pasado hasta la historia más primitiva del hombre sobre la tierra (Gn 4.26; 12.8; 26.25) y distingue al verdadero remanente, a la Iglesia verdadera de todas
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las épocas, por oposición a la falsa. También alcanza en el futuro a la gran época de la evangelización posterior a Pentecostés y muestra la continuidad de la obra de Dios en su llamado para sí de un pueblo, no solo de entre los hijos de Israel sino de entre todas las naciones (Ro 10.13). Joel 3.1-13 contiene la tercera sección principal del libro. En esta sección, el Señor señala la seguridad de que habrá de pedirles cuentas a todas las naciones. En primer lugar, salvará con seguridad a su pueblo de entre todas las naciones (v. 1). En segundo, ejercerá su juicio sobre el resto de la humanidad (v. 2). Recordamos como, en el mismo principio, Dios hizo una distinción muy clara entre su pueblo, la simiente de la mujer, y los hijos de Satanás, la simiente de la serpiente. En última instancia, Dios reconoce solamente estas dos categorías entre los hombres. Ahora en Joel, proclama que todos esos hijos de Satanás y todas las naciones que se han opuesto a su pueblo a través de la historia serán juzgadas por él y destruidas. Las naciones mencionadas aquí son Tiro, Sidón, Filistea, Grecia, y los sabeos. Pero estas naciones representan sin lugar a dudas a todas las naciones de la historia (vv. 4-9). La escena del juicio descrita en los versículos 12,13 es muy similar al último juicio sobre las naciones de que habla el Apocalipsis en 14.17-20. Está simbolizada por el llamamiento a forjar espadas de sus azadones y lanzas de sus hoces (v. 10). Esto indica que precisamente cuando las naciones piensan que están prosperando y han alcanzado la paz sin Dios, él les hará la guerra. Ciertamente, como prometió Cristo, habrá guerras y rumores de guerras hasta que venga el final (Mt 24.6-8) . Posteriormente el símbolo sería invertido en el contexto de las buenas nuevas de Dios para aquellos que creyesen en él, y el símbolo contrario se convirtió en expresión de la paz eterna prometida por Dios a todos aquellos que confiasen en él (Is 2.4; Mi 4.3). La sección última de Joel (vv. 14-21) deja en claro para todos que ahora es el momento de la decisión (v. 14). El Señor deberá ser
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conocido de todos los hombres; todos tendrán que enfrentarse a él, ya sea como un león rugiente que busca a quién devorar (v. 16a) o como un refugio y un baluarte (v. 16b). Dios tendrá ante sí en amor a un pueblo santo y sin mancha, como se había propuesto desde antes de la creación (v. 17; cf. Ef 1:4). Pero el resto, los que le resistan, lo conocerán como el león capaz de devorar. No hay lugar en la habitación de Dios (la nueva y santa Jerusalén) para los extranjeros (los que no se han reconciliado con Dios; cf. Is 52.1; Ap 21.27). Los versículos finales, 18-21, describen nuevamente en términos de prosperidad material las bendiciones de Dios sobre su pueblo, los llamados, el remanente, los fieles, en contraste con las naciones que rechazan al Señor. Gran parte del tema de Joel resulta, por tanto, una indicación de lo que habría de venir en los siguientes profetas: las advertencias sobre el juicio que vendría sobre la iglesia si el pueblo no se arrepentía; la predicción del levantamiento al arrepentimiento; las promesas de bendiciones si el pueblo se arrepentía; la esperanza mantenida a un remanente que busca al Señor de verdad; el cierto juicio de Dios sobre todas las naciones de la historia, y el destino final de todos los hombres, o a la paz y seguridad en el Señor (para el remanente), o el juicio y la destrucción sin Dios (para las naciones, es decir, para los hijos de Satanás). Este mensaje es muy significativo para nosotros, que estamos hoy en la Iglesia de Cristo. Dios sigue preocupado por ver las evidencias de que realmente somos sus hijos y de que le damos gloria en el mundo. Es fácil caer en la trampa en que cayeron Israel y Judá si se toma el camino de satisfacer todas las exigencias externas de la religión pero sin tener los corazones contritos ante Dios. Esto el Señor no lo aceptará, ni en el Judá del siglo noveno antes de Cristo, ni en la iglesia de hoy en el siglo veinte. En su mensaje a la iglesia de Éfeso, el Señor dejó ver que ni tan siquiera la ortodoxia es en sí misma suficiente: debe haber gozo y amor en el corazón hacia
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Dios y hacia los demás si la iglesia quiere ser aceptable al Señor (Ap 2.1-7). Por tanto, necesitamos examinarnos con respecto a nuestros propios corazones. Si el gozo de estar en adoración ante el Señor está ausente, es que la situación exige corazones quebrantados y contritos que se arrepientan de los pecados y permanezcan entre vosotros y nuestro Señor para que no seamos quitados de nuestro lugar.

II. Jonás (circa 800 A.C.)
Estamos situando a Jonás en el siglo noveno (aunque podría ser también cerca del principio del siglo octavo A.C.). Es uno de los pocos profetas que se mencionan específicamente en la sección histórica del Antiguo Testamento (2 R 14.25). De ese contexto deducimos que su ministerio comenzó o antes del reinado de Jeroboam II, o durante el mismo, y Jeroboam III gobernó en el siglo octavo. Tanto en el libro que escribió como en el libro de los Reyes, Jonás se identifica como el hijo de Amitai (Jon 1.1). En Reyes, se le identifica también como procedente de Gathefer, un pueblo cercano a Nazaret. Es digno de tener en cuenta que la historicidad de Jonás el profeta queda verificada en las secciones históricas del Antiguo Testamento, y también en el Nuevo por las palabras del mismo Jesucristo. El Señor, en realidad, compara su propia muerte y resurrección con la experiencia de Jonás (Mt 12.39-41). Jesús enseña claramente la exactitud histórica del contenido del libro de Jonás al comparar ese contenido con sus propias muerte y resurrección históricas, sucesos que tienen que ser históricos para que el cristianismo tenga validez. No es posible suponer que Jesús hubiera comparado unos sucesos históricos tan trascendentales como su propia muerte y resurrección con una parábola del Antiguo Testamento. Decimos esto porque muchos han dudado de la historicidad de Jonás y de todo lo que le sucedió.
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Para comprender el libro hay que situarlo en el fondo histórico de los siglos noveno y octavo. Era aquel un momento en el que Asiria estaba surgiendo como un gran poder en el mundo. Los asirios eran un pueblo que vivía en el área de Mesopotamia, y aunque no son mencionados por su nombre, es de suponer que fueran el pueblo procedente del norte que ya había sido una amenaza en los días de Joel (2.20). Asiria comenzó su gran carrera hacia el poder alrededor del 900 A.C., en los días de Salmanasar, como lo indica nuestro cuadro cronológico. La capital de este vasto imperio era Nínive. Puesto que esta ciudad constituía una amenaza potencial para el pueblo de Dios, resulta comprensible que Jonás estuviera renuente a ir para avisarle a aquel pueblo de la cólera de Dios. En realidad, Jonás no podía querer más que su destrucción. Sin lugar a dudas, él sabía que debido a la maldad de los reyes y el pueblo de Israel, el juicio de Dios caería sobre ellos. Ya Joel lo había advertido claramente. Podemos ver por qué, cuando Jonás oyó la orden de ir a predicar a Nínive (1.2), no pudo tener deseo mayor que el ver a Dios borrar a Nínive del mapa y quitar así de en medio una amenaza muy cierta para Israel (v. 3). Jonás quería ir en la dirección opuesta a la voluntad expresa de Dios. De hecho, Jonás nos dirá posteriormente con exactitud por qué quería desobedecer a Dios en este momento. En Jonás 4.2, le responderá diciendo: «Sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal». ¿Cómo supo Jonás que Dios era esta clase de Dios? Como lo mostramos en Joel (2.13), Dios se había revelado mucho tiempo antes exactamente en esos términos a Moisés (Éx 34.6,7). Puesto que Jonás sabía que Dios era así y que por tanto era probable que mostrara esa misericordia hacia Nínive, cuya destrucción él quería, huyó de Dios (v. 3)

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La primera sección de Jonás (1.1-16) relata la comisión de Dios y la desobediencia de Jonás. Cuando Jonás finalmente desobedece la voluntad expresa de Dios (la Palabra de Dios que le había sido revelada), Dios interviene, demostrando que nadie puede ir en contra de sus propósitos. La voluntad secreta de Dios de salvar a Nínive de la destrucción no será impedida porque Jonás se haya negado a obedecer la voluntad revelada. Es importante distinguir entre ambas categorías de la voluntad divina y no confundirlas. La voluntad revelada de Dios puede que sea desobedecida por los hombres, pero nadie puede alterar la voluntad o el propósito secreto de Dios. El método que usa Dios para intervenir indica su soberanía en todos los asuntos de los hombres. Leemos en el versículo 4 que envió un gran viento. Comienza ahora una interesante cadena de sucesos con los cuales Dios lleva a cabo su propósito con respecto a Jonás. Quiso que este se hallara en medio del mar en un estado de desamparo. Esto sucedía a fin de que Jonás fuera humillado y tuviera que enfrentarse a su total dependencia del Dios del que intentaba huir (v. 15). Entre los versículos 4 y 15 la cadena de sucesos se va desarrollando mientras Dios lanza el viento sobre el mar. La palabra hebrea equivalente a «lanzar» se encuentra tres veces en esta sección. Primeramente, Dios «lanza» el viento. Después los marineros «lanzan» el equipaje en respuesta al viento, tratando de salvar el barco y sus vidas (v. 5). Y por último, los hombres «lanzan» a Jonás al mar (v. 15). Las traducciones usan diversas palabras en estos tres versículos, pero en hebreo son la misma palabra, señalando así la soberanía de Dios en su trato con los hombres. Dios quería a Jonás en el agua y esto es lo que sucedió, por mediación de los marinos. En el proceso de poner a Jonás en el desamparo, el Señor tuvo misericordia de ese puñado de marineros que lo acompañaban en su infortunado viaje. Hizo que todas las cosas redundaran en su bien.
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Notemos primero que nada que los marineros tuvieron miedo (v. 5). En ese momento eran totalmente paganos y aclamaban a sus propios dioses paganos. Atrapados en el juicio de Dios contra Jonás, fueron sometidos a terror primero, y después se les enseñó la verdad de Dios. Vemos una vez más la soberanía de Dios en que cuando se echan suertes, estas caen en Jonás, y no por accidente precisamente. Dios quería que las cosas pasaran así (v. 7). Ahora Jonás se convierte en el testigo maldispuesto del Dios de Israel, el Dios de su pueblo, el Dios del que había intentado huir. Ciertamente, no había sido su propósito darles testimonio a estos paganos, pero sí había sido el de Dios, quien era el que dominaba la situación. Jonás les predicó la verdad con respecto a su Dios (v. 9). Cuando mencionó la tierra firme, podemos estar seguros de que los marineros se sintieron interesados. No había palabra que pudiera sonar mejor a sus oídos en este momento. Él les estaba indicando que confiaran en su Dios, que era quien dominaba tanto sobre el mar como sobre la tierra. Los marineros trataron de salvar a Jonás (v. 13). Pero Dios había determinado que Jonás debía ir al mar. Finalmente, se sometieron a su voluntad, pero podemos darnos cuenta de cómo llegaron a conocer a Dios en el proceso. Reconocieron su total soberanía, que le permitía hacer las cosas según le pareciera (v. 14). Ahora se dirigían a él con la palabra hebrea «Señor», el nombre de Dios en la alianza. Cuando lanzaron a Jonás al mar y vieron la calma que siguió inmediatamente, temieron al Señor aun más (v. 16). Notemos que el enfoque de temor que habían puesto en la tormenta, había pasado ahora al Señor de la tormenta. Parecen haber tenido experiencias genuinas de conversión. Ofrecieron sacrificios e hicieron votos (v. 16). No tenemos derecho a rechazar la autenticidad de esta experiencia. Lo que les pasó después, no lo sabemos. Las Escrituras los dejan en este momento a merced de Dios. La atención está enfocada en la figura de Jonás.
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¿Y dónde estaba Jonás? Exactamente donde Dios lo quería, en el fondo del mar, también a su merced (v. 15) La segunda sección del libro comienza realmente con el último versículo del capítulo primero. Habla de cómo Jonás fue salvado del mar y de su confesión a Dios (vv. 1.7—2.10) Esta sección está dividida en tres partes desiguales pero bien diferenciadas. Primero, se nos habla de cómo Dios prepara el rescate de Jonás. Mientras este se hallaba en medio de un mar enfurecido y hundiéndose rápidamente, ya Dios había preparado un gran pez como el medio que utilizaría para salvarlo del mar (v. 17). Es de suponer que el Señor había preparado el pez aun antes de que Jonás fuera lanzado al mar. Esto nos conduce al gran debate sobre la naturaleza del pez que se tragó a Jonás. Muchos han discutido que ningún hombre puede vivir en el vientre de ningún pez o ballena durante tres días. Otros, con igual vehemencia, han intentado citar casos en que hubo hombres que sobrevivieron de forma similar a la de Jonás. Ambos grupos están desenfocados. Dios preparó u ordenó este pez para este propósito. Eso no significa que podamos encontrar un pez igual al que tragó a Jonás. ¡El Señor preparó a ese pez para ese propósito! Jonás no podía vivir en el agua. Se estaba hundiendo, y mientras se hundía, pensó que se estaba muriendo. Entonces, el gran pez lo salvó del mar enfurecido. La segunda parte de esta sección recoge la oración y el testimonio de Jonás, mientras esperaba en el vientre del pez a que Dios diera el siguiente paso. Vemos cómo se manifiesta claramente en este momento su propia fe personal (vv. 1-9) Jonás reflexiona en su oración sobre lo que le ha sucedido. En su aflicción (al ser echado al mar), Jonás oró a Dios, y el Señor le había respondido (v. 2). Esto ya contiene en verdad toda la historia, pero Jonás la amplía aun más. Sentía que su descenso en el agua

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era similar al descenso al mismo infierno. Sin embargo, cuando se hundía, clamó al Señor, y el Señor lo oyó. En los versículos del 3 al 6 refiere en detalle la experiencia que tuvo estando en el agua. Notemos que creía que había sido el Señor quien lo había lanzado al agua. La Biblia dice que los marineros lo tiraron, y sin embargo, Jonás sabía que ellos estaban cumpliendo el propósito divino. En estos versículos se recogen los sentimientos de un hombre que se está ahogando. La invasión del agua, las ondas y las olas, lo hicieron hundirse en lo profundo. Notemos que lo veía todo como obra de Dios: «Tus ondas... tus olas...» Más importante aun, se sintió rechazado espiritualmente por Dios (v. 4a). Sin embargo, en ese momento de la más profunda desesperación espiritual, recordó al Señor como su esperanza. Miró en fe hacia el santo templo de Dios (v. 4b). El templo, como lo enseña la Palabra de Dios, es la manera en que nos aproximamos a Dios. Recordemos que el tabernáculo, con toda su estructura y su mobiliario, fue diseñado para enseñarle al pueblo de Dios cómo se le debería acercar debidamente (cf. 1 R 8.30). La oración de Jonás en este momento de desamparo y de angustia fue un acto de fe, una mirada puesta en Dios para que le ayudara. La palabra usada aquí para la idea de «mirar» es la misma que hemos mencionado anteriormente, como por ejemplo, en el caso de la esposa de Lot, quien miró hacia Sodoma, y en el caso de los hijos del pueblo en el desierto, a quienes se les ordenó que miraran a la serpiente que estaba sobre el madero. En todos sus usos esta palabra en hebreo tiene el sentido de «mirar con anhelo» o «con esperanza», y no simplemente «mirar con los ojos». Así que Jonás miró con confianza y esperanza hacia el santo templo. Sus propias fuerzas se habían agotado, de manera que continuó hundiéndose (vv. 5,6a). Dios era su única esperanza ahora. El Dios del que había intentado escapar; él y solo él era quien podía ayudarle.
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Mientras estaba luego en el vientre del gran pez, Jonás reflexionó en cómo Dios lo había salvado realmente (v. 6b). El versículo 7 es un resumen de toda la experiencia. En conclusión, Jonás sacó una lección de todas sus experiencias con Dios (v. 8). Al parecer, el significado de este versículo es que Jonás, al considerar la engañosa vanidad de que pudiera escapar a la voluntad de Dios para con él, de lo único que estaba huyendo era de su misericordia. ¡Qué tonto había sido! La idea de que podemos marchar solos sin Dios es ciertamente una necedad. Es la vanidad de vanidades. La oración termina con una entrega al Señor (v. 9). Jonás está agradecido ahora y se propone obedecer a Dios de ahora en adelante. Su conclusión de que la salvación viene del Señor, es un eco de lo que había declarado Joel anteriormente (Jl 2.32). La última parte de esta segunda sección es la narración de la respuesta de Dios a la confesión y la oración de Jonás (v. 10). El Señor dirigió al pez a tierra firme, donde arrojó a Jonás. Ahora estaba de regreso donde Dios lo había querido primeramente, en una posición que le permitiría llevar a cabo los deseos de Dios. La tercera sección del libro comprende el capítulo tercero. Habla sobre la comisión de Dios a Jonás y la obediencia siguiente de este al mandato divino. Esta vez Jonás obedeció cuando recibió las órdenes (vv. 1-3). La descripción de Nínive como una ciudad de tres días de jornada ha provocado muchas interpretaciones diferentes. Es dudoso que pueda significar que era una ciudad tan vasta que tomaba tres días pasar a través de ella o incluso rodearla. En el contexto de la orden dada a Jonás, parece más bien que el significado sea que le tomaría a Jonás tres días pasar a través de sus calles declarando el mensaje que Dios le había dado. El mensaje era breve, y no podemos saber si solo tenemos una parte del mismo (v. 4). Considerando lo renuente que se hallaba Jonás al hecho mismo de estar en Nínive, lo más probable es que
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hablara brevemente. Todavía no se sentía feliz con la posibilidad de que Nínive se salvara. En los versículos 5-9 se da la respuesta del pueblo. Creyeron a Dios (v. 5) y proclamaron un ayuno como señal de verdadero arrepentimiento. Hasta el rey se conmovió por el mensaje y su corazón fue movido a contrición (v. 6). Como jefe de su pueblo, lo llamó a arrepentirse ante Dios (vv. 7,8). Más aun, guió al pueblo en una verdadera reforma de sus malos caminos. En el versículo 9 tenemos algo que nos recuerda las palabras que encontramos en Joel 2.14. Este pueblo miró a Dios en la esperanza de que el Altísimo desviara su terrible ira. En el versículo 10 vemos la respuesta de Dios al arrepentimiento de ellos. Dios se arrepiente del mal que había dicho que haría, y no lo realiza. Como en otros contextos similares, no debemos suponer que esto quiera decir que Dios se arrepiente en la misma forma en que se arrepienten los hombres, corrigiendo así sus errores previos. Dios no es un ser caprichoso. Esta es una forma de expresar en términos humanos que Dios está dispuesto a perdonar. Implica un cambio, pero no un cambio de Dios. Dios efectúa el cambio en los hombres de tal manera que no le sea necesario llevar adelante su anterior pronunciamiento de juicio. Esta es una manera de expresar lo que en otros lugares es llamado «misericordia de Dios». A menudo, cuando Dios advierte sobre un juicio que ha de venir, está diciendo que eso es lo que el hombre se merece. Sin embargo, por su misericordia, cambia a los hombres con frecuencia, de modo que el juicio que se merecen no caiga al cabo sobre ellos. Hay un paralelo sumamente interesante entre los capítulos 2 y 3 de Jonás. En el capítulo 2 leemos sobre la aflicción de Jonás y cómo Dios preparó una forma de librarlo de ella por medio del gran pez. Entonces leemos sobre el arrepentimiento de Jonás y su oración en medio de su angustia, y cómo Dios respondió liberándolo
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del mar y poniéndolo en la seguridad de la tierra firme. De la misma manera, en el capítulo 3 leemos sobre la angustia del pueblo de Nínive cuando se hallaba bajo el juicio de Dios. También leemos de cómo Dios preparó a Jonás para que fuera su medio de escape de ese juicio. Entonces viene el arrepentimiento de los ninivitas y su clamor a Dios, así como Jonás había clamado desde el mar. Por último, vemos la respuesta de Dios a su arrepentimiento al salvarlos del juicio que pendía sobre ellos, como antes había salvado a Jonás del mar. El paralelo establecido entre las experiencias de Jonás y la de Nínive es suficientemente obvio. El Señor hizo pasar a Jonás por esta experiencia para enseñarle cómo él trata misericordiosamente a los pecadores. Debe haber sido una lección muy clara para Jonás, pero este era lento para aprender. El capítulo 4 nos muestra que aunque Jonás obedeció el mandato de Dios la segunda vez, en realidad estaba renuente a hacerlo. De hecho, estaba disgustado con los sucesos. Estaba furioso. Se había dado cuenta anticipadamente de que la misericordia de Dios se manifestaría en Nínive, y no era eso lo que él quería (v. 2). En el versículo 3 quizá esté comparando su aflicción actual con la de Elías (1 R 19.4). Pero Jonás no era Elías, y menos en este momento. ¿Cómo pudo Jonás olvidar tan rápidamente la lección que el Señor le había enseñado mostrándole su misericordia? Dios le hace una pregunta: « ¿Haces tú bien en enojarte tanto?» (v. 4). Pero Jonás no le respondió. Simplemente, salió de la ciudad y se sentó afuera en el campo, para ver qué le sucedería a Nínive. Quizá aún tuviera esperanza de que fuera destruida (v. 5). Con el versículo 6 comenzamos la última sección del libro de Jonás (vv. 6-11). En esta sección, el Señor le da una vez más la lección a Jonás de su trato misericordioso con los hombres. En cierta forma, algunas partes de esta sección son intencionadamente ridículas, con el fin de indicar la gran debilidad de carácter que tenía Jonás.
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El vocabulario de estos versículos es humorístico a la luz del contexto. Dios prepara una enredadera para que cubra la enramada que había hecho Jonás y lo proteja del sol. La Biblia dice que era para librarse de su malestar (v. 6). Es como si Dios estuviera diciendo: «Muy bien, Jonás, eres obstinado y terco, y no has sido capaz de comprender lo que yo traté de enseñarte cuando te rescaté del mar. Probemos nuevamente. Estás sentado aquí afuera al sol, y el sol te está haciendo sentir muy incómodo. Pero yo vendré a liberarte de tu malestar». Usar esta palabra para describir la situación de un hombre testarudo sentado al sol, demasiado tonto o demasiado necio para quitarse del sol, bordea en lo ridículo. Nadie le había dicho a Jonás que se sentara al calor del sol; esto lo hizo él por iniciativa propia. Sin duda, Dios escogió estas palabras con el propósito de hacerlo sentirse avergonzado. La reacción de Jonás ante el crecimiento de la planta fue igualmente ridícula. Se alegró grandemente (v. 6). Dios acababa de salvar a toda una ciudad de la destrucción y Jonás había estado enfadado por ello, pero ahora estaba grandemente complacido porque tenía esta protección del sol. ¡Cuán grandemente se había desviado el sentido de los valores en Jonás! Sin embargo, esta vez Dios alteró su manera de tratar a Jonás y le retiró su misericordia, para enseñarle lo que es vivir sin la misericordia divina. Preparó un gusano que destruyó la enredadera (v. 7). Lo que sucede con el pez, sucede también con la enredadera y el gusano; no importa si podemos encontrar plantas así, o saber exactamente qué clase de gusano fue el que destruyó la planta. Lo importante es que todas estas cosas fueron preparadas especialmente para tratar con Jonás. Ya en este momento la reacción de Jonás es algo esperada. Se enfada nuevamente por la pérdida de la enredadera. A medida que el viento se le hace angustioso desea la muerte (v. 8). Todavía
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nadie le había dicho a Jonás que debería permanecer allí afuera; era libre de marcharse, pero prefería morir. En este momento, en los versículos 9 y siguientes, Dios le aplica la lección a Jonás. señala que este estaba furioso por la pérdida de una pequeña enredadera que duró solo 24 horas, pero no le había preocupado lo más mínimo la gran amenaza de que todo el pueblo de Nínive perdiera la vida (v. 10). Aquí compara el Señor su propio sentido de los valores, su preocupación por las vidas de los ciudadanos de Nínive, con la preocupación del sentido de los valores en Jonás, por la insignificante planta. En realidad, la preocupación de Jonás estaba centrada en sí mismo. Había sido molestado, y eso era lo que lo había puesto furioso. La descripción que hace el Señor del pueblo, como desconocedor de dónde tenía su derecha o su izquierda, probablemente es una figura de su ignorancia espiritual. Hay muchas aplicaciones útiles en las lecciones del libro de Jonás. Quizá muchos de nosotros podamos vernos reflejados en Jonás. Quizá movamos la cabeza al ver su falta de agudeza espiritual, pero ¿somos mejores que él? Consideremos lo mucho que Dios ha hecho por nosotros, y lo lentos que somos en aplicar la misericordia que Dios nos ha mostrado, a nuestras relaciones con los demás. Estamos agradecidos por lo que Dios ha hecho con nosotros. ¡Cómo nos regocijamos por la forma en que nos trata! Pero no mostramos el mismo entusiasmo por aquellos que aún están perdidos como nosotros lo estábamos antes. Como Jonás, no somos capaces de glorificar a Dios en nuestras vidas, porque aunque sabemos cómo es no reflejamos su imagen en nosotros. No podemos mostrar hacia los demás la misma misericordia y longanimidad que Dios nos ha mostrado a nosotros. Y sin embargo, esto es exactamente lo que él quiere de nosotros. Como consecuencia hay un fallo en nuestro celo misionero. Nos despreocupamos de los que aún permanecen bajo la ira de
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Dios, como lo estuvimos nosotros (ver Ef 2.3). El mensaje del libro de Jonás se destaca claramente: así como yo he sido misericordioso contigo, dice Dios, ve y conviértete en el mensajero de mi misericordia hacia los demás. Este es un gran libro misionero. Hay algo decisivo implícito en este libro que no debemos pasar por alto. Lo que acarreó la caída final de Israel en el Antiguo Testamento no fueron los enemigos externos, como Nínive y Babilonia. Ellos no eran más que los instrumentos de la ira de Dios. La caída sobrevino debido a que el pueblo, lleno de orgullo, se negó a reflejar la gloria de Dios en su vida y fracasó como había fracasado Jonás. Israel cayó debido a sus orgullos internos, y no a sus enemigos externos. En el resumen de la historia de Israel que hemos estudiado en esa sección del libro segundo de los Reyes se nos dice que el pueblo fue juzgado por haberse negado a oír la Palabra de Dios. Como veremos en nuestro estudio de los profetas posteriores, el pueblo rehusó mostrar de unos para otros el amor de Dios, tales eran de egoístas sus motivaciones diarias. Viviendo en la abundancia y el lujo, los ricos oprimían a los pobres creyentes y les quitaban cuanto poseían. Nos preguntaremos por qué el libro de Jonás se encuentra entre los profetas, siendo tan distinto a los demás. Sin embargo, a medida que analizamos el mensaje y vemos las experiencias de Jonás, vemos que el mensaje profético de las Escrituras resalta muy claramente. Se le estaba advirtiendo a tiempo a Israel y al pueblo de Dios que se sometiera a la voluntad y a los propósitos divinos si no querían sufrir un gran juicio. En muchos sentidos, el mensaje de Jonás es comparable al mensaje a los efesios en el Nuevo Testamento. En las palabras de Cristo a la iglesia de Éfeso les advierte que serán apartados de su vista, a menos que vuelvan a su primer amor (Ap 2.1-7). En la Epístola de Pablo a los Efesios, los había llamado a ser imitadores
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de Dios como hijos amados, y a andar en amor (Ef 5.1,2). Ahora, varias décadas después, los efesios estaban en peligro de juicio porque al parecer no habían sabido hacerlo, aunque habían puesto todo su interés en enseñar sana doctrina. Al igual que Jonás, conocían la verdad con respecto a Dios, y cómo es Dios, pero se negaron a reflejar su gloria en sus vidas diarias y en el trato de los unos con los otros. En este sentido vemos también una clara relación entre los mensajes de Jonás y Joel. Joel también llamaba al pueblo a que volviera a una amistad gozosa con Dios que no podía ser compensada por mera conformidad exterior. Dios siempre juzga las motivaciones del corazón, y es en eso en lo que nos afirmamos o caemos.

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CAPÍTULO

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LOS ESCRITOS PARA CONTRARRESTAR LOS DESATINOS DE SALOMÓN (ECLESIASTÉS Y EL CANTAR DE LOS CANTARES)
Antes de continuar nuestro estudio de los profetas, presentaremos dos escritos que parecerían pertenecer en líneas generales a la edad que estamos estudiando. Aunque no son libros de profecía, contienen un mensaje que no es distinto del de los profetas. Creo que en estas dos obras, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, tenemos escritos de la época algo posterior a Salomón que fueron dados para contrarrestar la mala influencia de Salomón y los de su clase. Recordemos que Salomón, en la mente del pueblo, había representado todo lo mejor. Era el escogido por David, rico, sabio, y poderoso. Por tanto, la conducta de sus últimos días tendría una gran influencia en la gente joven de aquella época y de muchas después, si no se hacía algo para demostrar que Dios no se había agradado en Salomón. Por supuesto, en la historia que hemos estudiado leemos acerca del disgusto que Salomón le había causado a Dios, pero sin duda muchos que vivieron muy cercanos a su época no podrían ver esto. De todos modos, los siguientes reyes de Judá, Roboam y Abiam, siguieron los pasos de su padre y muy bien podrían haber conducido a Judá por el mismo camino de perdición que siguió Israel cuan253

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do Israel demostró no haber llegado a tener jamás un rey que fuera fiel al Señor. Me permito decir que Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, que algunas veces es llamado el Cantar de Salomón, fueron ambos escritos para contrarrestar la mala influencia de Salomón y los de su especie, y están dirigidos al verdadero pueblo de Dios en aquellos días, para instruirlo en lo que es la voluntad de Dios, en contraste con el ejemplo dado por Salomón. Ahora procederemos a ver cada uno de estos libros y el mensaje que tenían para el pueblo de Dios en un tiempo en que predominaba la mala influencia espiritual, y veremos también su significado para los creyentes en el día de hoy.

I. Eclesiastés
La palabra «Eclesiastés» significa «aquello que pertenece a la iglesia o a la predicación», es decir, el mensaje. El libro de Eclesiastés ha de ser considerado por tanto como algo similar a un sermón. La frase introductoria (1.1) contiene la palabra «predicador» o, transliterada del hebreo, «Kohelet». Esta palabra significa básicamente «uno que preside una reunión». «Predicador» es una buena traducción, aunque la palabra «moderador» sería más exacta. La identidad del predicador no se revela nunca, aunque de la descripción del versículo 1 parecería desprenderse que se trata de Salomón. Pero todos los reyes de Judá podían ser llamados hijos de David con todo derecho. Incluso Jesús llevaría más tarde este título (Mt 1.1). La frase introductoria no significa que el predicador, quien quiera que sea, haya sido el autor del libro. En realidad, está citado en el libro, y a veces largamente, pero el autor sostiene claramente una posición que es opuesta a las palabras del predicador que se presentan en los versículos 1 y 2.

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Los escritos para contrarrestar los desatinos de Salomón

En esencia, el esquema del libro nos da primeramente una declaración hecha por el predicador, que se explica desde el versículo 2 hasta el 23. A continuación sigue una refutación del tema del predicador, del versículo 24 al 12.8. Finalmente, encontramos una conclusión para todo el conjunto. Mirando ahora a la primera parte del libro, vemos que el tema principal del predicador es «vanidad de vanidades... todo es vanidad» (v. 2). Esta afirmación vuelve a aparecer al final del libro (12.8), mostrando con ello que se ha terminado el debate. Este tema o visión de la vida aparece con más amplitud en la sección que va del 1.2 al 2.23. Además de la expresión «vanidad de vanidades» hay otra que se usa tanto por el predicador como por el autor del libro. Es la frase «bajo el sol», y se refiere a la vida tal y como los hombres la ven, la vida tal como es contemplada por el hombre, cuya visión es limitada y el cual está confinado a ese lugar bajo el sol; y no tal y como Dios la ve, en forma diferente y desde una perspectiva mucho mayor. Veamos ahora el punto de vista del predicador, el que es posible que represente a Salomón, aunque quizá represente a otros de su misma clase, como podría ser su hijo Roboam, o alguno de los otros reyes de Judá que tuvieron vidas que no fueron agradables al Señor. Ciertamente, el efecto devastador de los reyes infieles de Judá era grande en toda la tierra. Los mensajes de los profetas de Dios en aquellos días y en los posteriores señalan que todos los dirigentes, tanto reyes como sacerdotes y profetas, eran pecadores, y como son los sacerdotes, así es el pueblo. La afirmación del predicador, «todo es vanidad», resume su punto de vista y podría resumir muy bien también lo que debe haber sido el punto de vista de Salomón en la última época de su vida, cuando el rey había caído en la ruina moral (1 R 11). Al mirarse el predicador a sí mismo, podía ver que había probado de todo y que, sin embargo, no le había encontrado sentido a la vida en nada.
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Veía la creación y la providencia de Dios, pero todo lo que podía sacar en conclusión era que eran aburridas y monótonas (1.411). El amanecer y el atardecer, el viento que sopla, la lluvia que va a parar a los ríos y los ríos que van a parar al mar, todo era agotador para él. No significaba ninguna bendición (v. 8). Este punto de vista contrasta con el del salmista, que proclamaba que «los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 19.1). El salmista ve la revelación natural como si estuviera predicándole un sermón a todo el mundo sobre la gloria de Dios (vv. 4-6). Con el fin de encontrarle algún sentido a la vida, el predicador trató de usar todos los recursos disponibles. Y sus recursos eran vastos. Tenía una gran sabiduría y por ello buscó a través de ella una vida rica de sentido (1.12-18). Y sin embargo, llegaba a la conclusión, después de ejercitar esa sabiduría que Dios le había dado, de que solo le había traído aflicciones y penas (v. 18). Después, persiguió el regocijo y el placer como solo alguien con una gran fortuna podía hacerlo (2.1-3). De nuevo se sintió defraudado y vacío (v. 2). Después decidió hacer grandes estructuras y grandes obras (vv. 4-7). Con los recursos de que disponía, pudo construir toda suerte de cosas y llenar su tierra con un inmenso número de siervos y grandes rebaños de ganado. Como esto no le satisfacía, reunió riquezas y se compro las mejores diversiones (vv. 8-11). Ninguna empresa era demasiado grande para él. Todas las cosas materiales que quisiera, las tendría (v. 10). Sin embargo, todo esto no le pudo conseguir lo que deseaba encontrar, es decir, algún sentido para su vida (v. 11). Su conclusión era triste pero previsible. Odiaba la vida (v. 17). Odiaba todo lo que había hecho (vv. 18-19). Por tanto, estaba desesperado de la vida (v. 20).

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En este momento deberíamos hacer una pausa para reflexionar sobre la vida de Salomón. ¿Por qué le sucedió todo esto? Cuando pensamos en la vida de Salomón, tal como nos la presentan los capítulos del 1 al 11 del primer libro de Reyes y, particularmente, vemos su final en el capítulo 11, notamos que ha violado el primer mandamiento de Dios: «No tendrás otros dioses además de mí». Sus riquezas, su sabiduría, su poder, y sus esposas habían tenido prioridad sobre Dios y habían ocupado su vida. Al violar este mandamiento, Salomón se hizo culpable de aquello contra lo cual advertiría Jesús más tarde al decir: «No podéis servir a dos señores» (Mt 6.24). Santiago advierte así mismo contra la persona de doble ánimo (Stg 1.5-8). Veamos también las palabras de Jesús a la iglesia que no era ni fría ni caliente, sino tibia (Ap 3.15-17). Dios llama continuamente a su pueblo a una entrega total a él. Cuando sus corazones o sus mentes están divididos entre Dios y otros señores o dioses, sus vidas, como la de Salomón, terminan en un desastre y nunca podrán hallar o conocer la vida plena de los hijos de Dios. El ejemplo de Salomón tuvo evidentemente gran efecto en Israel en los años siguientes. En los tiempos de Elías encontramos a este gran profeta acusando al pueblo de vacilar entre el Señor y Baal. Lo reprende y lo llama a tomar una decisión (1 R 18.21). Hasta en los días de Jesús esto seguía siendo un problema para los hijos de Dios, y así vemos a Jesús relatar la parábola del mayordomo infiel para enseñarnos que los hijos de este mundo (que sirven a su propio interés con constancia) son más sabios que los hijos de Dios (Lc 16.8-9). Por supuesto que Jesús no estaba enseñando en esa parábola que Dios se complace con la vida de los malvados. Lo que demostraba es más bien que mientras los malvados son constantes y previsiblemente malvados, los hijos de Dios no tienen consistencia ni se puede predecir lo que hacen.

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Regresando ahora a Eclesiastés, en el 2.24 encontramos un punto de vista nuevo y diferente al presentado en el primer capítulo. Este punto de vista es el del escritor del libro del Eclesiastés y no el de Salomón. Está escrito para contrarrestar la conclusión desesperada de Salomón y su deplorable ejemplo. El tema opuesto al de Salomón, el mensaje de Dios, es que hay gozo y sentido en el trabajo y la vida que se desarrollan para gloria de Dios y en el temor de Dios, esto es, en fe. Notemos que en los versículos 24-26 el escritor afirma que la vida verdaderamente buena, en contraste con la vanidad de la vida de Salomón, es el gozo de la propia labor (el trabajo diario), mirándola como venida de la mano de Dios. Lo cual quiere decir que ha de realizarse para agradar a Dios. Este concepto es sumamente básico para la vida de los hijos de Dios. Recordemos que cuando Dios creó al hombre, lo hizo para que trabajase y le dio una responsabilidad que cumplir ante su presencia. En los versículos siguientes, el autor del Eclesiastés desarrolla este tema del gozo en el trabajo hecho para la gloria de Dios. En el versículo 3.14 le llama «el don de Dios». En realidad, es un trabajo hecho en conjunto con Dios. En el versículo 22 del mismo capítulo le llama a este gozo en el trabajo «la parte» del hombre. Notemos el gran contraste que hay entre las conclusiones anteriores sobre la vanidad por parte del predicador y la gran conclusión del pasaje 5.18-20. Se parece mucho a la gran conclusión de Pablo al final del capítulo 8 de Romanos. No podemos dejar de notar el contraste entre el gozo en el trabajo y la vida carente de significado descrita por el autor en estos capítulos y las continuas alusiones a la vida vana del propio Salomón (ver 6.1-3). De nuevo vemos que se llama la atención sobre el temor de Dios en el versículo 7.18. No se trata solamente del trabajo; por tanto, ese gozo se encontrará solamente en el trabajo hecho en el

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temor del Señor. El que teme al Señor se presenta en contraste con el malvado (8.12,13). El gozo del trabajo tiene valores internos que Salomón no encontró nunca, a pesar de toda su sabiduría, sus riquezas, y su poder. El hijo de Dios que haga su trabajo, sea cual fuere, como para el Señor y para complacer al Señor, tiene ya la seguridad de que ese trabajo suyo es aceptado (9.7). Este gran tema, hilvanado a través de todo el libro del Eclesiastés, es con seguridad uno de los temas más pasados por alto en la vida del cristiano de hoy en día, y necesita que se le dé nuevo énfasis. El Eclesiastés nos está enseñando algo que Pablo trata extensamente en sus epístolas. El hijo de Dios debe ver su valor, es decir, todas las cosas de su vida, como algo que es para el Señor y no para los hombres. No importa lo fastidiosa o agotadora que esa labor parezca ser; puede ser un gozo que llene la vida con un auténtico significado, si se hace como si fuera para el Señor. Notemos que Pablo podía decirles esto hasta a aquellos que trabajaban bajo las más duras circunstancias que podamos imaginar, como esclavos de los paganos romanos (Ef 6.5-8; Col 3.22-24). Si nosotros pudiéramos ver hoy en día, tal como nos muestra el escritor del Eclesiastés y como repite Pablo, que en todo momento somos trabajadores para el Señor, sea cual fuere nuestra labor diaria, entonces seríamos capaces de hacer ese trabajo, no para agradar al jefe o para conseguir un sueldo mejor, o escalar a posiciones más elevadas, sino más bien para complacer a nuestro Señor. Por tanto, en cualquier trabajo, nosotros los cristianos deberíamos superar al mundo en dedicación y fidelidad a nuestra labor, de manera que nuestras buenas obras brillen para la gloria de Dios y nos abran muchas puertas que nunca se habían abierto antes a nuestro testimonio. Al vernos trabajar los demás sabrán que somos diferentes. El Eclesiastés concluye la sección sobre el significado verdadero de la vida con una descripción de la ancianidad, el tiempo en el que
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ha terminado la posibilidad de trabajar, lo cual quiere decir que está dirigido en primer lugar a los jóvenes que aún tienen la oportunidad de ajustar el curso de sus vidas en armonía con la Palabra de Dios. Los jóvenes tienen tendencia a la vanidad; suponen que tienen toda una vida por delante para vivirla como les plazca. Por ello se les advierte que si intentan vivir como quieran, y no para el Señor, harán fallado en la vida ante los ojos de Dios (11.9-10). A continuación tenemos, en 12.1-7, una descripción hermosa pero patética de la ancianidad. La ancianidad es un tiempo de maldad para la vida vana (v.1). Ya no hay ningún placer en la vida (v. 1). La luz comienza a fallar y los ojos se oscurecen (v. 2). Los brazos (guardadores) y las piernas (hombres fuertes) comienzan a fallar y a temblar débilmente, y ya nunca más podrán llevar al hombre a donde él quiera ir (v. 3). Los dientes son pocos y los ojos se oscurecen (v. 3). Solo se puede oír con gran dificultad y sin embargo al mismo tiempo, cualquier ruido pequeño sobresalta (v. 4). A medida que se van cerrando la oscuridad y la muerte, lo hace también el terror (v. 5). Ya no se apetecen más los saltamontes y otras comidas delicadas de aquella época y aquel lugar del mundo; ya nada sabe bien (v. 5). Los versículos 5 al 7 son una descripción bellamente poética de la muerte y el final de toda esperanza y significado para aquel que no ha sido recto ante Dios. La sección entera es una vívida amplificación de Génesis 3.19. El versículo 9 comienza la conclusión. ¿Cómo es posible que alguien tan sabio como Salomón tuviera una vida tan carente de significado? En realidad, no lo fue del todo. Su gran sabiduría fue capaz de enseñar a muchos. Fue usado por el Señor para escribir muchos de los Proverbios que estudiaremos posteriormente (12.9,10). Notaremos que las «palabras de los sabios» mencionadas aquí (v. 11) aparecen también en Proverbios 22.17; 24.24. Más tarde veremos en qué forma son aguijones. Tengamos en cuenta que se
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entiende que todas las palabras de los Proverbios, ya sean de Salomón o de otros, son en realidad, palabras del único pastor, es decir, del Señor (v. 11). La conclusión de todo el libro dada en los versículos 13 y 14, nos llama nuevamente al temor del Señor y a una vida trabajadora acorde con su voluntad. Dios es el juez definitivo de todos los hombres y de todas sus obras. Permanecerán en pie o caerán según le hayan agradado al Señor o no. Como dice Pablo en Efesios 2.1-10, somos salvos por gracia y no por obras, pero hemos sido salvos en Cristo para las buenas obras, «las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas».

II. El Cantar de los Cantares
El Cantar de los Cantares o Cantar de Salomón, como se le llama también, tiene un fondo similar al del Eclesiastés. Las vidas de Salomón y de sus sucesores en el trono de Judá fueron una gran piedra de tropiezo para el pueblo de Dios. Mientras que, por una parte, estos hombres vivían en el esplendor del reinado de Judá, por otra desafiaban al mismo tiempo la voluntad de Dios para sus vidas. Salomón se volvió al final de su vida libertino, carnal, vano, lujurioso... resumen, un ejemplo de lo que un hijo de Dios no debería ser. Sin embargo, Salomón y sus hijos no podían ser llamados a cuenta fácilmente por los justos en la tierra. ¿Cómo podría llegar el mensaje de Dios al pueblo en tiempos así? Una forma de hacerlo fue a través de escritos como el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, que eran mensajes dirigidos al verdadero pueblo de Dios en medio de la apostasía, mostrándole cuánto más grande aparecía la voluntad de Dios en contraste con la mala influencia de los gobernantes infieles.

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Esta vista de las afueras de Jerusalén, nos recuerda a los campos a los cuales pertenecía la sulamita.

El libro que tenemos ante nosotros está escrito en forma de drama. Lo que no quiere decir que fuera hecho con el propósito de que se representara alguna vez en un escenario. No hay nada en las Escrituras que sugiera que esto haya sido hecho. Sin embargo, su forma es la de un drama, puesto que contiene ciertos personajes que tienen una participación hablada en el cuerpo principal del libro. Este es un registro del intercambio de palabras entre los personajes envueltos en la acción, sin que nos hayan sido presentados anteriormente en ninguna forma. Los tres personajes principales son la joven sulamita, que es la heroína de la narración, el pastor, que es el héroe, y Salomón, que es el malvado. Están además las hijas de Jerusalén, quienes hablan ocasionalmente. El primer verso, que da el título, nos dice que el escrito lleva el nombre de «Cantar de los Cantares» y trata sobre
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Salomón, puesto que la frase en hebreo simplemente dice que pertenece a Salomón. No quiere decir de ninguna manera que Salomón sea su autor. El ambiente de la narración puede ser visto en tres versículos separados pero similares: el 2.7, el 3.5, y el 8.4. Estos versículos sirven también para dividir el drama en cuatro partes o escenas separadas. La palabra sugiere que el pastor y su sulamita están juntos, en la paz y seguridad de su casa en los campos. El último pronombre, traducido en algunos textos «hasta que él quiera», está mejor traducido «hasta que ella quiera», de acuerdo con el hebreo. El tema del drama es que la sulamita necesita estar con su pastor en los campos, en lugar de estar en el harén de Salomón, al cual había ido a extraviarse por un tiempo. Por tanto, miramos retrospectivamente a través de los ojos de la sulamita, hacia todo lo que ha sucedido recientemente en su propia vida. Ahora, cuando se encuentra segura con su pastor de nuevo, recuerda todo lo sucedido en su vida anterior. El drama reflexiona sobre el hecho de que ella dejara a su pastor para vivir con Salomón por un tiempo, hasta que recuperó su sentido común. Las tres primeras escenas cuentan la misma historia, pero con creciente detalle. La primera presenta la narración y la da en líneas generales. La segunda nos da más detalles, y la tercera entra en detalles aun más pormenorizados. La escena primera va desde el 1.2 hasta el 2.7 y describe a la joven sulamita en la casa de Salomón. A través de todo el drama, podemos identificar a los que hablan solo por el uso del masculino y el femenino en los pronombres usados al dirigirse al otro, es decir, cuando el pastor o Salomón le hablan a ella, se dirigen a ella usando el pronombre femenino de la segunda persona singular. Cuando es la sulamita la que se dirige a Salomón o al pastor o a otros, usa el pronombre masculino o femenino adecuado. Puesto que nosotros no hacemos distinción entre masculino y femenino en el pronombre «tú»,
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las traducciones no dejan del todo claro, quién habla a quién. Solo el hebreo nos puede ayudar aquí; algunas traducciones más recientes, han intentado hacer estas distinciones a base de notas en el margen. Otra marca distintiva que nos ayuda a identificar a los varones cuando hablan, es que el pastor, cuando se dirige a la sulamita, usa continuamente una terminología rural, mientras que Salomón usa la terminología del palacio y se refiere a su preferencia excesiva de todo lo que es rico y ostentoso. Iremos haciendo notar esto a medida que vayamos progresando. En la escena primera encontramos a la joven sulamita en la casa de Salomón, reflexionando sobre su propia infidelidad y añorando a su pastor. La primera parte de la escena (vv. 2-7) contiene sus propias palabras al reflexionar sobre su infidelidad y su deseo de volver a su pastor, así como sus preguntas sobre su paradero. El versículo 4 nos orienta diciéndonos que está ahora en la casa de Salomón. Por tanto, está fuera de su debido lugar. Es una joven de campo, de vida al aire libre, y no está acostumbrada a la vida delicada de palacio (vv. 5,6). La alusión a su viña que no ha sabido cuidar, nos da la pista de cuál es su problema. Más tarde veremos cómo su cuerpo es comparado a una viña que ha de ser protegida de intrusos. Aquí está confesando que no ha guardado su cuerpo de las intrusiones de Salomón, como debería haber hecho. En la primera parte del versículo 7, pregunta sobre su pastor. Quiere irse con él. La última parte del versículo implica nuevamente que su lugar no es el harén de Salomón, «como una de las que están veladas». La parte siguiente de la escena primera, el versículo 8, es un estribillo dirigido por las hijas de Jerusalén a la joven sulamita. Parecen darle dirección y ánimos en su búsqueda, y posteriormente reprenden a Salomón por sus lujuriosos deseos para con ella. En resumen, lo que dicen aquí es: «¿Dónde esperarías encontrar a un pastor, si no es en medio de los rebaños?»
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La tercera parte de la primera escena, los versículos 9 al 11, representan los halagos de Salomón dirigidos a ella para conservarla junto a sí. El hebreo muestra claramente que es a ella a quien se dirige. La terminología usada en las palabras dirigidas a ella no es la del pastor, sino la de Salomón. Notemos la rica terminología: «joyas», «oro», «plata». ¿Quién, sino Salomón, podía compararla a una yegua de los carros de faraón? ¿No era él quien se había casado con una princesa egipcia? Lo que está haciendo es ofrecerle las riquezas de su reino para que se quede con él. La parte siguiente de la escena primera, los versículos 12 a 14, muestra claramente que mientras estaba a la mesa de Salomón su corazón iba hacia su pastor. Piensa en él con terminología campesina. Notemos en particular el versículo 14. Así, en el resto de la escena, del 15 al 2.6, vemos a los verdaderos amantes conversando: la sulamita y el pastor. Notemos nuevamente la presencia de la terminología rural durante toda esta parte. En el versículo 15, él le habla a ella del amor que le tiene. En los versículos 1.16 a 2.1, ella habla de su amor por su pastor. Todo está en la terminología de la vida al aire libre, a la que ella pertenece. En los versículos del 3 al 6 concluye explicando cómo el pastor la ha traído de regreso a su hogar campesino, donde ahora habitan juntos en paz y amor. La división entre la escena uno y la dos, como ya hemos señalado, es el 2.7, un estribillo dirigido a las hijas de Jerusalén. La escena dos, del 2.8 al 3.5, contiene una amplificación de algunos de los asuntos presentados en la escena primera. Básicamente, es una descripción de su experiencia con su pastor. La primera parte de la escena, 2.8-9, hace un recuento del llamado que le hace el pastor cuando está en la casa de Salomón para que regrese con él a la paz de la vida rural, lejos de las seducciones de la ciudad. Se le compara a un corzo o a un cervatillo que viene en su busca, atisbando a través de la ventana para encontrarla.

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Los versículos del 10 al 14 son una larga cita de las palabras del pastor, invitándola a regresar con él. Notemos nuevamente el uso que hace de la pacífica terminología rural para invitarla a salir de la vida de ciudad de Salomón que la sedujo a dejar a su pastor. Los versículos del 15 al 17, son su reafirmación del amor que le tiene al pastor. Notemos nuevamente la terminología rural. Nuevamente le entrega su corazón a su pastor. Lo que queda de la segunda escena, los versículos del uno al cuatro del capítulo 3, narra cómo fue en busca de su amado hasta hallarlo. Primero buscó en la ciudad (v. 2). Les preguntó a los guardas (v. 3). Finalmente, lo encontró, y ambos estaban casados, según lo manifiestan evidentemente las palabras «lo metí en casa de mi madre» (v. 4). Comparar el 8.2 y también el Génesis 24.67. La escena segunda está separada de la tercera por el mismo estribillo (v. 5) que vimos en el 2.7. La tercera escena, 3.6—8. 3, da los pormenores de la narración que ya ha sido presentada en las escenas primera y segunda. Comienza narrando cómo fue tentada a apartarse de su pastor en primer lugar por la seducción de Salomón. La primera parte de la escena, 3.6-11, describe a Salomón en toda su gloria en el momento en que pasa por su lado, la ve y la seduce. Notemos la descripción de Salomón, que pone de relieve sus ostentaciones y sus perfumes. Surgía del desierto, al parecer, después de haber estado cumpliendo con alguna misión de estado. Estaba fuertemente perfumado y empolvado, como solo los ricos podían estarlo (v. 6). Va acompañado de sesenta soldados que son expertos con la espada pero tienen temor de ser atacados (v. 8). A continuación, en los versículos 9 y 10, se describe su carro (palanquín) como algo sumamente adornado, en recuerdo de sus exageraciones al construir el templo y su propia casa, como vemos en 1 Reyes. La referencia en el versículo 11 a que había sido coronado por su madre, podría ser en cierto sentido un insulto a Salomón.
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La parte siguiente de la tercera escena, 4.1-15, es un largo discurso de Salomón por medio del cual seduce a la joven sulamita. Es un refinamiento de su obra de seducción que ya había sido presentada en la primera escena (1.9-11). Salomón presta gran atención a su belleza corporal, a sus atributos físicos, que él describe con gran pasión (v. 1-5). En el versículo 6 sugiere que desea conocerla carnalmente. En los versículos 7 al 8, la invita a irse de su casa rural del Líbano para vivir con él en la ciudad. Le gusta todo lo que ve en ella y está arrebatado con su belleza (v. 9). Considera que si su belleza se desperdicia en el campo del Líbano, es como un jardín cerrado o una fuente sellada. Quiere hacer que se abra a todos sus deseos (vv. 12-15). En el versículo 16 la encontramos cediendo a las tentaciones propuestas por Salomón. Le da su jardín (su cuerpo). No conserva (guarda) su propia viña (ver. 1.6). Salomón la había descrito como un hermoso jardín y había deseado que ella lo abriera para él. Por tanto, lo que le está diciendo en resumen es: «Aquí estoy, complácete». En el 5.1, leemos cómo Salomón se goza en la joven sulamita. Desvergonzadamente invita a sus amigos a gozarse también, lo cual nos recuerda al rey de Persia, quien ofreció su esposa Vasti a sus amigos para que adoraran su belleza (Est 1.10,11). La parte siguiente de la tercera escena, 5.2-8, presenta a la sulamita en la casa de Salomón. Por la noche oye a su pastor que la llama (cf. 2.8-14). Duda, y cuando finalmente abre la puerta, él ya se ha ido. Tiene que buscarlo. Notemos nuevamente la terminología rural del pastor cuando la llama a través de la puerta para que la abra y regrese con él al lugar al que pertenece (v. 2). Pero ella se excusa diciendo que está preparada para acostarse y no puede volverse a levantar (v. 3). Sin embargo, el pastor es insistente y trata de entrar en su habitación (v. 4). Cuando ella por fin se levan267

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ta y le abre la puerta, ya él se ha ido (v. 6), quizá porque ella olía demasiado a los perfumes de Salomón (v. 5). Ahora es ella la que desea desesperadamente al pastor (v. 6, cf. 3.2). Les pregunta por él a los guardas (v. 7; cf. 3.3). Notemos que aquí se nos; dice que los guardas no le mostraron compasión, sino que en lugar de ello, la golpearon. Ella pide ayuda a las hijas de Jerusalén (v. 8). Su respuesta del versículo 9 dice en resumen: «¿Qué tiene tan especial tu pastor que quieres que te ayudemos a encontrarlo?» Esto le da ocasión para describirlo con hermosos detalles (vv. 10-16). Notaremos que en esta descripción se usa tanto la terminología salomónica como la rural, como para decir que su pastor es todo lo que es Salomón y mucho más. Pero la terminología es predominantemente rural cuando describe a su pastor, que es al que verdaderamente ama, y al que ahora verdaderamente desea regresar. Las hijas de Jerusalén se convencen y desean ayudarla a encontrar a su pastor (6.1). Este está, por supuesto, donde debe estar, en los campos con sus rebaños (6.2,3; cf. 1.8). Pero ahora entra nuevamente Salomón en la escena. La parte siguiente de la tercera es un nuevo discurso prolongado de Salomón, en el que busca atraerla de nuevo a sí (6.4-13a). Le dice que lo ha cautivado con su belleza (v. 5). Ella es lo más escogido de su gran harén (vv. 8,9). Quiere entrar de nuevo a su jardín (su cuerpo), es decir, gozarse en ella (v. 11). No hay duda de que es Salomón el que está hablando ahora (v. 12). La llama para que regrese, y quiere continuar compartiendo su belleza con sus amigos (v. 13a). Ahora las hijas de Jerusalén reprenden a Salomón por su lujuria (v. 13b). Salomón, ignorando a las hijas de Jerusalén, sigue describiendo una vez más su belleza en términos lujuriosos (7.1-9), intentando seducirla.
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Sin embargo, esta vez, ella rehúsa ceder a los encantos de Salomón (7.10—8.3) . Está decidida a irse con su pastor de vuelta a los campos (v. 11). Habla narrando la vida rural a la que pertenece. Añora casarse con su pastor (8.2; cf. 3.4) y vivir con él (8.3; cf. 2.6). La división entre escenas se presenta en 8.4 y separa la escena cuarta y final de las demás. La cuarta va del 8.5 al 14. En ella vemos el triunfo del verdadero amor, cuando le vuelve las espaldas a Salomón con toda su gloria y regresa a su pastor. Los versículos 5 al 7 hablan sobre lo firme que es el verdadero amor, que puede soportar pruebas como la que acaban de pasar la sulamita y su pastor. El versículo 7 es un duro reproche a Salomón, quien ha intentado comprar su amor. La parte siguiente de la última escena, en los versículos del 8 al 12, reflexiona sobre la vida pasada de la joven sulamita y el significado de toda su experiencia. Cuando niña, había incertidumbre sobre cómo sería su vida. Sus hermanos, cuando era joven, antes de que se desarrollara convirtiéndose en una bella joven, se decidieron a tratar de ayudarla (v. 8). Si se convertía en un muro (fría y distante), tratarían de hacerla atractiva. Si fuere puerta (lista para abrirse a cualquier hombre), le pondrían un muro de protección alrededor (v. 9) Ahora se da cuenta de que debe ser un muro, que no esté abierto a cualquier hombre, y en especial a los de la clase de Salomón (vv. 10-12). Salomón había tratado de reclamarla, pero al fin y al cabo, ella le pertenecía solamente a su verdadero amor, a su pastor (vv. 11,12). En el versículo 12, lo que está diciendo ella es: «Salomón, guárdate tu dinero y tus riquezas, que yo solo quiero al pastor». Todo el drama llega a su final con un amoroso intercambio de palabras entre el pastor (v. 13) y la sulamita (v. 14). En conclusión, ¿qué podríamos decir con respecto a la intención del libro? Algunos han sugerido que muestra el contraste entre el verdadero y el falso amor. Es decir, el amor tal como se aprecia en la constancia del sentimiento del pastor por la sulamita a pesar
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de su caída infiel, en contraste con el amor de Salomón, que solo es superficial y basado en la naturaleza. Sin embargo, esta obra no es solamente una tesis sobre el amor. Habla de la historia de la fidelidad y el amor de Dios para con su pueblo, aun a pesar de que este no es fiel a él y se aparta de su Señor para seguir tras otros dioses. Su mensaje es similar al del libro de Oseas, dibujado especialmente en los primeros tres capítulos del profeta, quien habla de Israel como de una esposa infiel a pesar del amor que Dios le tiene. Salomón y los de su ralea, habían hecho mucho para apartar al pueblo de Dios y llevarlo a los dioses paganos. El Señor, el Buen Pastor, que nunca abandona a su pueblo, l busca y lo llama para que regrese a él. Igual que como había hecho el Eclesiastés, este libro enseña que la relación correcta entre el Señor y su pueblo es lo que Dios quiere, y no la vida vana ilustrada por Salomón. El mensaje del libro debe de haber sido entendido por el pueblo de Dios como el mismo mensaje de los profetas, que se estaba comenzando a oír en esos días. Les ha de haber infundido gran aliento, tal como lo hizo el libro del Apocalipsis con el pueblo de Dios en medio de las persecuciones y problemas del siglo primero. Este libro, al igual que el Apocalipsis, sigue infundiéndole ánimo al pueblo de Dios para que le sea fiel a él y no se deje seducir, ni por los llamados «dirigentes religiosos» que quisieran apartar al pueblo de su Dios. Cristo, durante su ministerio terrenal, nos previno contra los asalariados y los falsos pastores, que tendrían lugares de mando en la iglesia pero que no serían auténticos pastores enviados por Dios. También Dios nos previene aquí sobre la existencia de falsos pastores, como Salomón y sus hijos, quienes intentaron apartar a Israel. Asimismo, este libro nos advierte que no debemos seguir las promesas vanas y falsas de unos hombres que en su propia vida no son fieles a Dios, sino más bien, mirar hacia el Dios que nos ama y se dio a Sí mismo por nosotros, y a él serle fieles.
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CAPÍTULO

10

LOS PROFETAS DEL SIGLO OCTAVO
I. Amós
Con Amós llegamos a los profetas que predicaron en el siglo octavo antes de Cristo, una época de rápida decadencia espiritual, tanto para Israel como para Judá. Antes de que termine este siglo, ya Israel no existirá y Judá será atacado duramente, y su capital, Jerusalén, sometida a sitio. Amós predicó en la época de Jeroboam II, y su mensaje estaba dirigido fundamentalmente al reino del norte, o sea, a Israel. Al norte de él, se estaba levantando Tiglat-Pileser III en Asiria, la nación norteña a la que Jonás temía tanto. Al sur, Uzías ocuparía el trono de Judá durante un largo período. En Israel la mayoría del pueblo no estaba consciente del peligro, y llevaba un nivel de vida más alto que el que había tenido en largo tiempo. Jeroboam II tuvo un reinado próspero a los ojos de sus súbditos, al menos a los de los ricos y prósperos de aquel día. Sin embargo, ese reinado era malo a los ojos de Dios. Siguió el sendero de todos los reyes del norte, haciendo lo que era malo. El pueblo vivía en el lujo y el pecado, a imitación de los pecados de Salomón. El libro de Amós es básicamente un libro de juicio; juicio contra las naciones y contra Israel, el pueblo de Dios. El primer capítulo y la mitad del segundo, hasta el versículo 8, contienen una larga intro271

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ducción que trata sobre el juicio de Dios contra las naciones paganas, y también contra Israel. El resto del libro trata exclusivamente de Israel. En el resto del capítulo 2 se muestra cómo el pecado de Israel es algo especialmente inexcusable, a la luz de la bondad que Dios ha tenido para con él. Los capítulos del 3 al 5.15 hablan detalladamente sobre los pecados de Israel. A continuación hay un capítulo y medio (5.16— 6.14) que describe las desgracias que caerían sobre Israel por causa de sus pecados. El resto de los pasajes que tratan del juicio contiene una serie de visiones dadas a Amós, todas relativas al juicio inevitable que caería sobre el reino del norte. Posteriormente, en el 9.8, hay un cambio súbito de un mensaje de juicio a uno de esperanza. El libro concluye con este mensaje esperanzador para el remanente, que es el verdadero pueblo de Dios. Volviendo ahora para ver con más detalle el mensaje de Amós, encontramos en el versículo primero su origen y oficio. Procedía de Tecoa, al sur de Jerusalén, y trabajaba allí como pastor. Mas adelante nos dirá también que se dedicaba a recoger higos silvestres. Su ministerio tuvo lugar en la época de Jeroboam II, como se indica anteriormente. Era una época muy poco apropiada para un mensaje de juicio y desgracias, ya que el pueblo estaba disfrutando tiempos incomparablemente buenos. El hecho de que también fueran tiempos incomparablemente llenos de pecado no molestaba en lo más mínimo a los ricos o a los líderes de Israel. La primera unidad del mensaje de Amós, del 1.1 al 2.8, presenta el mensaje del juicio de Dios contra los pecadores. Este mensaje fue presentado dos años antes del terremoto (1.1). No sabemos cuándo sucedió; pero fue algo tan impresionante que siglos después, en la época de Zacarías, aún se lo recordaba (Zac 14.5). Es posible que sea mencionado aquí porque haya servido para impresionar al pueblo con respecto a la urgencia del mensaje de Amós.
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El texto del mensaje de Amós aparece en el versículo 2. Al parecer, cita a Joel 3.16. Joel había declarado que cuando el Señor rugiera desde Sión sería un día de terror para sus enemigos; pero él sería un refugio para su pueblo. Vemos que este es en esencia el mensaje de Amós, porque trata sobre la certeza del juicio de Dios sobre sus enemigos, tanto del mundo pagano como de la iglesia, y también les ofrece esperanza a los que pongan su confianza en el Señor. El estilo de la primera unidad de Amós es presentar el juicio de Dios sobre las naciones en dos grupos de tres naciones cada uno. En los versículos 3 a 10, el primer grupo presenta naciones que han sido enemigas tradicionales de Israel, naciones paganas sin parentesco real con Israel: Siria (Damasco), Filistea (Gaza), y Fenicia (Tiro). El segundo grupo, 1.11 a 2.3, presenta naciones que también están presentes en la historia de Israel, pero que eran en alguna forma del parentesco de Israel, naciones hermanas. Incluyen Edom (de Esaú, el hermano de Jacob); Amón y Moab (hijos de Lot, el sobrino de Abraham) Gn 19.37,38). En cada grupo, al hablarle a cada nación, el estilo es similar. Primero, presenta unas palabras de apertura: «Por tres pecados...», lo que equivale entre los hebreos a decir «porque cometiste pecado tras pecado». Después establece cuál es el acto de crueldad específico del que ese pueblo es culpable (dando el nombre de la capital o ciudad principal en el primer grupo y el de la nación en el segundo). Finalmente, se pronuncia el juicio, que es siempre fuego que destruirá la tierra. La figura del fuego como forma de juicio había sido presentada anteriormente por Joel (Jl 1.19). Tengamos en cuenta que en todos los casos, los actos específicos contra Dios que se citan son crueldades de hombres contra hombres. Algunas veces las víctimas son israelitas (1.3,13); otras veces, aunque no se menciona la víctima, es de suponer que se
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refiere a israelitas (1.6,9,11); y otras veces la víctima es también un pueblo pagano (2.1). En todos estos casos podemos estar seguros de que los israelitas se sentirían complacidos al escuchar que sus enemigos tradicionales estaban disgustando a Dios y sufrirían su ira. Pero entonces Amós se vuelve al sur, a su propia tierra, y condena a Judá de la misma manera (vv. 4-5). Ahora el pecado es que Judá ha rechazado la Ley de Dios (v. 4). Esta noticia también sería agradable para Israel, puesto que en ese momento Judá ya no era su aliado sino su enemigo. Finalmente, Amós se vuelve hacia el mismo Israel. Ahora está pisando terreno peligroso. El estilo de los cargos levantados contra Israel es el mismo de los anteriores. Sin embargo, los pecados mencionados ahora son pecados contra los mandamientos de Dios, que les ordenaban amar al Señor y a su prójimo. En cuanto a la violación de los mandamientos de Dios respecto al trato que se le había de dar al pobre en medio del pueblo de Dios, mandamientos dados específicamente en Deuteronomio 15.7ss, hay que notar dos cosas. La primera, que los pobres a los que hace referencia el Deuteronomio no son los pobres del mundo sino «de tus hermanos», es decir, de entre los hijos de Dios. La segunda, que los sinónimos que se usan en este lugar para la palabra «pobre» son: «justo», «desvalido», y «humilde». Por tanto, podemos llegar a la conclusión de que su pecado no iba contra la sociedad en general sino contra el pueblo de Dios en particular. Debemos decir esto para que no se use a Amós como base para el llamado «evangelio social» de hoy en día. Los salmistas especialmente usan los términos «pobres», «desvalido», «justo», y «humilde» para hacer referencia a los verdaderos hijos de Dios. Por tanto, sacar esto de su contexto y pretender que enseña que la voluntad de Dios es que los creyentes deben intentar redimir a la sociedad ayudando a los pobres y desheredados del mundo de hoy es torcer las Escrituras.
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Amós está tratando aquí de manera especial sobre los pecados internos de la iglesia, en la que aquellos que tienen más riquezas de este mundo les han hecho mal a los más pobres. Verdaderamente, ya tienen su ganancia al haber hecho mal a los verdaderos hijos de Dios. No solo eso, sino que han profanado el Nombre de Dios al llevar una conducta vergonzosa en el santuario (vv. 7,8). La primera parte de Amós, la introducción, termina en el versículo 8. A continuación hay un resumen muy corto de por qué la acción de Israel es particularmente inexcusable (vv. 9-16). Dios había manifestado en la historia de Israel su bondad y misericordia una y otra vez. Venció a todos sus enemigos, y le dio ricas bendiciones. Pero el pueblo manifestaba poco respeto por su Dios (v. 12). Cuando el juicio del Señor llegara, toda la fortaleza humana y el orgullo en que se apoyaba Israel se derrumbaría (2.13-16). La tercera sección de Amós (3.1— 5.15) es una presentación detallada del asunto del pecado de Israel y el consiguiente juicio de Dios. La sección comienza con una nueva presentación por parte de Dios de la atrocidad del pecado de Israel: había pecado a pesar del amor especial que Dios le había mostrado (v. 2). Después, en una serie de ejemplos de causa y efecto (vv. 3-6), Amós enseña por qué él le está trayendo en ese momento el mensaje al pueblo norteño de Israel. Se ve obligado a hacerlo porque Dios ha hablado y él no puede quedarse callado (v. 8; cf. Jr 20. 9; 1 Co 9.16). La escena descrita en 3.9-12 es una lección de geografía. Samaria, fundada sobre una alta colina, se alza sobre la llanura. Pero alrededor de esa llanura, hay montañas aun más altas. Las naciones son llamadas a sentarse sobre estas montañas, como si fueran un gigantesco anfiteatro y mirar a la escena (Samaria) en la que el Señor va a ejecutar un terrible juicio sobre Israel, como ejemplo para todas las naciones de lo que es el juicio divino. El adversario es sin lugar a dudas; el poder del norte al que hace referencia Joel (Jl 2.20). El juicio vendría del norte. Y es del norte
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de donde finalmente vino Asiria, el conquistador de Samaria, y Babilonia, el conquistador de Jerusalén. Evidentemente había algunos pecadores en Israel que seguían diciendo que aunque Israel cayera ellos serían rescatados. La descripción del versículo 12 muestra de forma vívida que no quedaría ningún remanente de los rebeldes de Israel y Samaria. Un pedazo de oreja o una pierna no le sirven de nada al cordero cuando es devorado por el león. Este versículo no enseña que se salvaría un remanente sino exactamente lo contrario. ¡Los pecadores de la iglesia de Dios que no forman parte de su pueblo no se salvarán! Una vez que comience su juicio, el Señor buscará todos los lujos vanos que hay en Samaria para destruirlos por completo (3.13—4.3). La referencia a casas de marfil ha sido clarificada por descubrimientos arqueológicos en que se han hallado restos de casas israelitas de aquella época cuyas paredes estaban recubiertas de marfil. En 4.1-3, el blanco son específicamente las mujeres gruesas de Samaria, a las que se les llama vacas de Basán, que era una región sumamente rica en las que las vacas eran gordas. Ahora nadan en su riqueza, pero al final serán llevadas a la cautividad. En los versículos 4-5 se señala la futilidad de su confianza en sus bellos cultos hechos por mano humana. Recordemos que todo su ritual había sido inventado por Jeroboam I como sustituto del verdadero culto que el Señor había ordenado (1 R 12.26-33). La longanimidad del Señor está bellamente ejemplificada en los versículos 6-11. Asimismo, encontramos aquí un ejemplo de la testarudez de Israel durante un largo período de su historia. Las plagas prometidas en Deuteronomio 28.20-25 ya habían caído sobre Israel para llevarla al arrepentimiento, pero Israel no había querido. De forma muy dramática, después de citar las numerosas veces en que el Señor ha intentado hacer que Israel regrese a él, el profeta declara (v. 12) que el juicio sobre Israel será tan terrible que no puede ni siquiera mencionarlo. En el versículo 12 nunca llega a decir
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qué es lo que hará el Señor, pero puesto que lo hará, lo mejor que puede hacer Israel es prepararse para el encuentro con su Dios. Es muy adecuado en este momento que el Señor, a través de Amós, llame al pueblo que lo está oyendo al arrepentimiento y la lamentación, como lo había hecho Joel (Jl 2.12,13; Am 5.1-3). Además de llamarlos al arrepentimiento, los llama a buscar al Señor, no en sus lugares de culto, que no están de acuerdo con la voluntad de Dios, sino donde el Señor está, es decir, de acuerdo con su voluntad revelada, haciendo la rectitud y justicia de la que se han desviado (v. 7). Sin embargo, en vez de buscar al Señor a través de la obediencia a su voluntad, se habían opuesto, tanto a él como a los que él había enviado (v. 10). Maltrataron a los hijos de Dios, y por tanto violaron la justicia que Dios demanda (vv. 11-13). En síntesis, Amós está en este momento llamando al pueblo para que cese en sus hábitos de maldad y comience a vivir como deben vivir los hijos de Dios (vv. 14-15). La referencia al remanente hecha aquí deja claro que solo hay esperanza para los que se arrepientan y obedezcan al Señor. La gran sección siguiente de Amós, desde el versículo 5.16 hasta 6.14, contiene principalmente una serie de lamentos contra la tierra, porque el pueblo persiste en sus pecados. Suponen que el día del Señor será día de buenas noticias para Israel (un día en el que el Señor destruirá a todos sus enemigos), pero en realidad es un día en el que la mayoría del pueblo de Israel será destruido también, porque Israel se ha convertido en enemigo del Señor. Por eso, tanto aquí como en muchos otros lugares, el día del Señor se describe en los términos más terribles, como un día que no sería feliz en lo absoluto para los pecadores (vv. 18-20; cf. Jl 1.15; 2.1,2,22). El juicio tiene que comenzar en la Casa de Dios, en la iglesia misma (1 P 4.17). Por si acaso queda alguna duda en la mente de alguien sobre si sus ejercicios religiosos tenían algún mérito ante el Señor, lo aclara
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bien en los versículos 21-24. De nuevo vemos al Señor levantar sus exigencias de rectitud y justicia y llamar para que sobrevenga una verdadera inundación de ellos sobre la tierra (v. 24). Pero los sustitutos inventados por el hombre para el culto y el servicio verdaderos, lo único que merecen es ser transportados a la cautividad (vv. 26,27). ¿Cómo reacciona Israel ante un mensaje así? En las palabras de 6.1-6 una buena definición sería «la misma vida de siempre». El pueblo sigue tranquilo, satisfecho con sus lujos y con su vida vergonzosa. Se resiste a creer lo que le están diciendo los siervos de Dios (v. 3). Siguen en sus antiguas costumbres y no muestran preocupación porque la iglesia se esté corrompiendo desde dentro (v. 5). La referencia hecha aquí a los instrumentos músicos, «como David», indica al parecer una actitud de burla, tratando de implicar al piadoso salmista en su libertinaje, tratando de asemejar su pereza con los momentos de inspiración en que él componía con un arpa uno de los muchos Salmos de las Escrituras. En los versículos 7-14 el Señor habla llanamente sobre el fin de Israel. La tierra irá a la cautividad (v. 7), terminando así todo el libertinaje. Dios levantará esa nación sobre la cual les había advertido en Joel (v. 14). La última sección de Amós que se refiere al juicio que había pendiente sobre Israel es una serie de visiones que fueron mostradas a Amós para ayudarlos a él y a Israel a comprender el significado de este juicio (7.1—9.8a). La primera visión es la langosta, un recuerdo del mensaje de Joel (7.1-3; ver Jl 1.2-4). Cuando Amós contempla esta visión, se siente tan sobrecogido que le ruega al Señor que libre a Israel de un destino así. La segunda visión es un cuadro del juicio por medio del fuego. También resulta algo insoportable para Amós, quien nuevamente intercede por Israel, de forma similar a como Moisés lo había hecho en el desierto (7.4-6).
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Una tercera visión, sin embargo, silencia a Amós, como Abraham había sido silenciado después de rogar por Sodoma (7.7-9). En ella el Señor le mostró a Amós cómo veía él a Israel, sosteniendo una plomada contra el pueblo de Israel. Queda implícito que cuando se hace esto, ya no queda lugar a dudas sobre si Israel merece su juicio. La espada que amenaza en 7.9 es lo mismo que el juicio por fuego de los capítulos anteriores. Señala a las destrucciones de la guerra cometidas por naciones demasiado poderosas para Israel. En este momento se narra un interludio de tipo histórico sobre la oposición hecha a Amós (7.10-17). El falso sacerdote de Betel le envía a Jeroboam palabra a Samaria, diciendo que Amós está provocando problemas en Betel. Es interesante ver cómo las palabras que le dirige al profeta demuestran que este estaba en lo cierto. Al santuario lo llama «la casa del rey». ¡Ciertamente no es la de Dios! (v. 13). Amasías, al decirle a Amós que se vaya, insinúa que el profeta está predicando para provecho propio (v. 12). La contestación de Amós no es una negación de su oficio de profeta, sino que se aparta de los falsos profetas que abundaban en aquellos tiempos, los cuales sí profetizaban por dinero y eran profesionales (vv. 14,15). Por primera vez las palabras de Amós se dirigen a una persona en particular, Amasías, quien ha de sentir la mano de Dios de una forma muy especial y personal, pero durante el juicio que caerá sobre todo Israel (v. 17). Todo el capítulo octavo está ocupado por la cuarta visión, que viene en forma de retruécano o juego de palabras. En los idiomas actuales este juego se ha perdido. El Señor le muestra a Amós un canastillo de fruta de verano, que en hebreo se pronuncia «kits». Después, declara que el fin (en hebreo «kets») ha llegado para Israel. Una vez más son enumerados los pecados del pueblo contra los hijos de Dios (vv. 4-6). Por su afán de dinero y poder, engañan y hacen daño a los pobres, y se sienten impacientes de que pase el

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sábado para poder engañar a unos cuantos más (vv. 5,6). Dios dice: «No me olvidaré jamás» (v. 7). Entre las cosas terribles que le sucederán a este pueblo que en otro tiempo había sido bendecido por el Señor, nada es tan terrible como lo que se menciona en el 8.11: hambre de oír la palabra de Dios. Nunca más volverán a oír a los profetas del Señor, o la predicación de su Palabra en el lugar adonde irán. Saúl había conocido un tiempo así al final de su vida (1 S 28.6). Ahora le sucederá a todo Israel. No se les ofrece aquí ninguna esperanza a los hijos de Israel que continúan rebeldes y desobedientes ante Dios (v. 14). La última visión (9.1ss) hace desvanecerse cuanta esperanza pudiera quedar. No solo serán destruidas las casas lujosas sino también los mismos altares que han erigido para adorar a Dios, que serán destrozados, y sus propias cabezas serán estrelladas contra las piedras de los altares (v. 1). No habrá escapatoria (vv. 2-3), ni aun en su tierra de cautiverio (v. 4). La primera parte del versículo 8 es bastante definitiva con respecto a los pecadores de Israel. En este momento, Amós se vuelve para dar esperanza a los justos que queden en la tierra (vv. 8b-15). El Señor tendrá un pueblo y lo guardará en medio del juicio. Aquí el Señor hace una distinción clara entre su pueblo y los pecadores o injustos de Israel. Estos últimos perecerán, pero el remanente se salvará (vv. 9,10). La mención de David que se hace en el versículo 11 señala la continuidad del plan de salvación del pueblo a través de la casa y la simiente de David. El libro concluye con una nota de gozo y expectación basada en el continuo propósito de Dios de tener ante sí un pueblo santo y sin mancha, en una relación de amor (vv. 13-15; cf. Ef 1.4). Las bendiciones se ponen en términos de abundancia agrícola, porque a través de todo el Antiguo Testamento esta era la forma en que Dios describía sus bendiciones sobre el pueblo y manifestaba su favor hacia ellos. Sin embargo, debemos recordar que desde los tiempos
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de Abraham en adelante, estas bendiciones significaban algo que estaba mucho más allá de las bendiciones temporales de este mundo (Heb 11.8-10; 12.22; 13.14). Para concluir podemos decir que el libro de Amós estaba dirigido a los seudo religiosos que separan su religión de la vida diaria, ignorando el principio relativo a la religión que Santiago expresaría con tanta claridad mucho después, de que «la religión pura y sin mácula ... es visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Stg 1.27). Lo que Amós le estaba diciendo a este pueblo era que Dios no pasaría por alto sus pecados sino que los castigaría. Un pueblo así no tendría lugar en medio del pueblo de Dios. No podía permanecer. Pero Dios conservaría a los fieles, a los que son justos en Israel (2.6,7), es decir, a los justos, los humildes, los pobres y los desvalidos de su rebaño. ¿Por qué destruye Dios a Israel? Porque ama demasiado a la iglesia para dejarla morir, que era lo que estaba sucediendo. La limpiaría y la volvería a plantar, no solo esta vez, sino una y otra vez, en cada una de las ocasiones en que el pueblo de Dios le fallara. Podemos sentirnos sumamente confortados por la verdad de que Dios nunca se quedará con las manos cruzadas viendo cómo su iglesia perece en la faz de la tierra, sino que la sacudirá, la podará, y le dará nueva vida.

II. Oseas
El libro de Oseas se sitúa en la época de Uzías de Judá y Jeroboam II de Israel, igual que el de Amós. El también dirige principalmente su mensaje al reino norteño de Israel poco antes de la caída de Samaria, su capital. El mensaje de Oseas se divide en cinco partes: la primera, del 1.2 al 3.3, trata sobre la triste experiencia de Oseas con su esposa Gomer y lo que Dios le enseñó a él y a Israel a través de este
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suceso; la segunda, del 4.1 al 14, es un breve resumen de las acusaciones de Dios contra Israel; la tercera, del 4.15 al 19, es un corto mensaje personal a Judá; la cuarta, del 5.1 al 10.15, que lleva la acusación de Dios contra Israel a su conclusión; y finalmente, una presentación de la gracia de Dios, que triunfa por encima del pecado y los fallos del hombre (11.1—14. 9). El nombre del padre de Oseas, es Beeri (1.1); pero no sabemos nada más sobre él. Su nombre significa «salvación», y lo llevan otros cuatro personajes, incluyendo a Josué, el sucesor de Moisés. Las únicas fuentes de información sobre Oseas aparte de esta las encontramos en la narración que el mismo libro hace de las experiencias personales del profeta. El cuerpo principal del mensaje comienza en el 1.2. Le daremos a la primera parte el nombre de «Lecciones sacadas de la experiencia de Oseas con Gomer» (1.2—3.5). Con Oseas sucede como con los otros profetas: lo que escribe no son palabras suyas sino de Dios (vv. 1,2). El mandato que Dios le da en el versículo 2 suscita para nosotros un problema de interpretación. Primero parece como si Dios le hubiera ordenado a Oseas hacer algo que está prohibido en todas las partes de las Escrituras: casarse con una persona pecadora, que practica la maldad. Puesto que Dios nunca se niega a sí mismo, tenemos que suponer que no le mandó a Oseas que hiciera el mal. Algunos alegan que esto en realidad nunca sucedió sino que era algo simbólico. Sin embargo, se les da un nombre específico a su esposa y a su padre, por lo que parece haber sido una experiencia real. Más aun, lo que quiere presentar esta primera sección es la comparación entre la experiencia de Oseas con Gomer y la de Dios con Israel. Perdería su significado si nunca hubiera acaecido. Más bien parece que Oseas mira al pasado de su matrimonio y ve que Dios lo había guiado a través de esta experiencia para que pudiera enseñarle a Israel que se había comportado como una es282

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posa infiel. En algún momento Oseas llegó a darse cuenta de que la mujer con la que se había casado era una prostituta, quizá cuando quedó encinta por primera vez después de su matrimonio. En lugar de amargarse, Oseas ve esta experiencia como algo que está bajo el control de su Dios soberano y, por tanto, tiene un buen propósito. La clave de toda la sección está al final del versículo 2: toda la tierra de Israel comete prostitución contra el Señor. A Oseas le hubiera sido difícil, o quizá imposible, casarse en aquel momento con una persona que fuera justa. El nombre de Jezreel (v. 4) recuerda la hazaña de Jehú, el rey de Israel suscitado por el Señor para destruir la casa de Acab. Fue en Jezreel donde Jehú mató a Jezabel (2 R 9.30-37) y en esa ciudad ordenó la muerte de los setenta hijos de Acab (2 R 10.1-11). En todo esto estaba haciendo lo que el Señor le había ordenado (2 R 9.7-10). Entonces, ¿cuál era el pecado que Dios estaba condenando ahora? El que Jehú hiciera todo aquello con un corazón malvado, una motivación tan torcida que Israel no había mejorado nada después de la matanza (2 R 10.29ss). El significado del nombre de la segunda hija de Oseas, Loruhama (v. 6), es «sin misericordia», pronuncia el juicio de Dios sobre un pueblo que ha rechazado corresponderle. Es significativo que el Señor siga manteniendo una esperanza para todo aquel que se arrepienta en Israel y declare que en Judá se podía hallar aún su misericordia (1.7) El nombre del último hijo es Loammi, que significa «no mi pueblo» (v.9). Por tanto vemos en los tres hijos algo sobre la descendencia del pueblo de Israel que había rehusado dar honra a Dios en su corazón, como les recordaba Jezreel, y que por tanto había dejado de conocer la misericordia de Dios y finalmente había llegado a ser apartado de Dios y dejado de ser su pueblo. Así se rompía el pacto de Éxodo 19 con ellos.
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Pero el Señor, cuya intención de tener un pueblo no será frustrada, decide ir adelante a pesar de los fallos de Israel (vv. 10— 2.1). Más tarde, Pablo considerara este verso como una profecía de la inclusión de los gentiles en último lugar dentro del pueblo de Dios (Ro 9.26). El concepto de la unión final del pueblo de Dios bajo una sola cabeza (v. 11) señala con seguridad al pasado, al pacto entre Dios y David de afirmar su trono para siempre (cf. 3.5), y también al futuro, al más grande de los hijos de David, Jesucristo (Mt 1.1; 1 Co 8.6). El Señor desarrolla su controversia con Israel (v. 7). La palabra «contended», usada en el verso 2, es un término legal o forense. Se refiere al proceso hecho por Dios contra Israel. Ha actuado como una prostituta y ha ido tras sus amantes, pero Dios ha decidido impedir su salida (v. 6). Lo hace con amor, deseando que no perezca (v. 3). Sin embargo, es necesario castigar a Israel por su infidelidad. Dios lo hace despojándola (vv. 8-13). Dios le había dado a Israel todo lo que tenía primeramente (v.8). Ahora que se ha negado a usar rectamente de sus dones, es decir, a servir al Señor, él se los quitará todos. Ahora se le negarán todas sus bendiciones, y todo lo que daba por seguro: la ropa y el alimento (v. 9); la alegría (v. 10; cf. Jl 1.12; Am 5.21; 8.10); y las buenas cosechas (v. 12). Todo esto es descrito por el Señor bajo la figura de la mujer vil a quien se despoja de todos sus vestidos con el fin de avergonzarla. Se menciona aquí el culto a Baal (v. 13), porque desde el tiempo de Acab el pueblo había seguido adorando a Baal y se había apartado de Dios (cf. 1 R 16.29-32). En el versículo 6 se menciona que Dios cerca a Israel, y se señala que es con el buen propósito de llevar a Israel al arrepentimiento y a que se vuelva a Dios (vv. 14-20). Dios, que acaba de hablar de la culpa de Israel, ahora le habla en forma alentadora (v. 14). Hace en este lugar lo que hace también a través de Isaías:
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después de hablar del pecado de Judá en su libro durante unos treinta y nueve capítulos, en el 40 comienza a decirle palabras de consuelo. Podemos ver cómo Dios quiere traer de regreso a su pueblo, como un hombre podría intentar atraer a sí de nuevo a su esposa infiel. Para lograrlo, la trae de nuevo a la experiencia del desierto, a esa situación en la que dependía totalmente de él, como en los días de Moisés (vv. 14,15). En el versículo 16 tenemos un juego de palabras. El Señor no seguirá permitiendo que su pueblo hable de él como «mi baal», aunque la palabra «baal» fuera en realidad una palabra semítica perfectamente correcta que significaba «Señor». Pero el nombre había llegado a estar tan asociado con el nombre del dios fenicio Baal, que Dios no quiso que se le siguiera llamando así (v. 17). El nombre con el cual ha de ser llamado por su pueblo es «Ishi», que significa «mi esposo». En el versículo 19 Dios habla de la renovación de su pacto con su pueblo en términos seguros y ciertos, no como el antiguo pacto que Israel no pudo guardar sino en los términos ciertos de la obra de amor del propio Dios. La promesa de que el pueblo conocería al Señor habla de un corazón transformado para que lo pueda conocer de verdad, es decir, de corazón (v. 20). El fracaso de Israel estuvo en que no había conocido al Señor de corazón, o sea, realmente (2.8; 4.6; 5.4; 11.3). Más tarde Oseas llamará al pueblo al conocimiento del Señor (6.3,6). En todos los casos, el término «conocer» significa tener esa fe cierta en Dios que él quiere que tengan todos sus hijos (ver Gn 15.6). Los versículos 21 al 23 señalan de nuevo a la esperanza futura del pueblo de Dios de estar en la presencia divina en una relación de amor, como Dios mismo se había propuesto desde antes de la creación (Ef 1.4). De nuevo, contempla a todo el pueblo de Dios, incluyendo a los gentiles que han de ser traídos a él (cf. 1.11).
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El capítulo 3, sumamente corto, muestra al Señor ayudando a Oseas a aplicar las lecciones que ha aprendido sobre la forma de actuar de Dios con Israel, su infiel esposa, a su propia tragedia personal (vv. 1-3). De esta forma, a través de su propio sufrimiento personal, Oseas quedó capacitado para ser el vocero de Dios para Israel en su época. La segunda parte del libro de Oseas trata brevemente sobre el juicio contra Israel (4.1-14). De nuevo usa Dios el término «contienda» (v. 1). Resumiéndolo, el pueblo ha puesto una vida pecadora en lugar de la justicia y santidad que Dios había esperado (vv. 12). Por tanto, habían demostrado que no eran el pueblo de Dios. Sus jefes, los profetas y los mismos sacerdotes no eran mejores que ellos (vv. 4,5). Habían rechazado el conocimiento que Dios les había enseñado a través de su Palabra (vv. 6-10). Puesto que rechazaban la vida de acuerdo a las exigencias de justicia y juicio de Dios que estaban en su Ley, sus vidas estaban llenas de pecado (vv. 7-8). Por tanto, el Señor les advierte que no se escaparán del castigo (vv. 9-10). No solo han rechazado la voluntad de Dios sino que son tan pecadores que ni se dan cuenta de su difícil situación (vv. 11-14). Como personas borrachas van dando traspiés detrás de dioses falsos, buscando las respuestas correctas en los lugares equivocados. Sus mentes están embotadas y no pueden percibir la realidad. En este lugar Oseas inserta un breve intermedio, un mensaje personal a Judá (vv. 15-19). Judá debe ver que Israel está bajo condenación, y de ninguna manera deberá aliarse con él ni con sus pecados. No hay duda de que esto se dice porque a menudo en su historia Judá se había aliado con Israel, y siempre para su perjuicio (cf. 1 R 22.1-4). Comenzamos el cuerpo principal del mensaje de Oseas en 5.1, donde el profeta comienza a desarrollar el proceso contra Israel (vv. 1—10.15).
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Lo primero que señala es que Israel no puede regresar al Señor, tan extenso y enraizado está su pecado (v. 4). El problema de Israel consiste en un corazón malvado, y ese corazón pecador le impide llegar jamás a encontrar al Señor (v. 6). Los hijos extraños nacidos, mencionados en el versículo 7, se refieren por supuesto a los primeros tres capítulos, en los que Israel era descrito como similar a una esposa infiel que da a luz a hijos ilegítimos. Es una indicación de que el pacto ha sido roto. Israel está educando a toda una generación de hijos que no conocen al Señor, en forma muy similar a lo que sucedió en los días posteriores a la muerte de Josué (Jue 2.10). Por tanto, la única solución que tenía Dios era lograr que algunos se arrepintieran después de las grandes aflicciones (vv. 8-15), como había indicado en 2.6ss. Por eso habla Oseas de la opresión de Efraín (Israel) y su aflicción para que vaya a las manos del Señor (vv. 11-14). La mención que se hace de Dios como un león recuerda a Joel 3.16 y Amós 1.2. No puede haber ayuda alguna para Israel hasta que se arrepienta y vuelva a buscar su auxilio en el Señor (v. 15). Esto está en concordancia con las palabras de Amós (5.6; 9.8ss). Todo el sistema sacrificial establecido en el desierto había tenido este propósito de traer al pueblo a un corazón quebrantado. A esto es a lo que Dios está llamando en este momento. Por esto, es adecuado que Oseas haga ahora un llamamiento al pueblo para que vuelva al Señor (6.1-3). Es un fuerte llamado evangelístico a arreglar cuentas con Dios. Él ha juzgado. También puede sanar (v. 10). La descripción sugiere no solo un león que destroza sino también un médico que puede curar. Más tarde, Isaías usará también el símbolo del médico (Is 1). La referencia a la resurrección del tercer día (v. 2) puede estar hablando de la resurrección de Cristo, también al tercer día, puesto
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que en su resurrección está también la nuestra si creemos en él. En realidad, el pueblo no se arrepintió en gran número hasta la venida de Juan el Bautista, y fue poco después de esto cuando el Señor triunfó del pecado y de la muerte para nosotros a través de Jesucristo. Pablo dice en 1 Corintios 15.4 que Cristo fue levantado de entre los muertos en el tercer día según las Escrituras. Quizá se estaba refiriendo a las palabras de Oseas 6.2. Sin embargo, una vez más es necesario recordarle a Israel que su regreso al Señor no puede ser basado en su propia bondad (vv. 4-11). Solo el Señor es el modelo de la verdadera bondad. Por tanto, la «bondad» de los hombres está lejos del modelo divino. No tiene una sustancia verdadera, sino que es como una nube que desaparece rápidamente (v. 4). Esto es cierto, tanto en el caso de Judá como en el de Efraín (Israel). Enviando un profeta tras otro, el Señor le ha mostrado a Israel que sus obras no son rectas ante él (v. 5). La confianza que Israel ha puesto en el ritual y en los sistemas sacrificiales como obras para ganar la salvación, lo continúa apartando de Dios. Las palabras del versículo 6 que resumen todo lo que el Señor desea realmente están de acuerdo con lo que hemos visto anteriormente (ver 1 S 15.22; Sal 51; Am 5.21ss). La referencia a Adán en el versículo 7 probablemente tenga que ver con el pecado de este al no guardar el pacto de obras establecido entre Dios y él en el Edén. Según ese pacto, viviría mientras obedeciera a Dios perfectamente, pero moriría el día en que pecara (Gn 2.16,17). Este versículo nos enseña simplemente que todos estamos espiritualmente muertos, y somos incapaces de hacer ninguna obra buena en nuestro propio estado natural. Como lo dirá Pablo más tarde, «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 3.23). Como había dicho Dios anteriormente, la maldad de Israel debe ser descubierta para dejar a la vista su pecado (7.1-7, cf. 2.10). No podrá haber sanidad hasta que haya sido puesta al descubierto la
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totalidad de su enfermedad espiritual (v. 1). Se compara el pecado de Israel con un horno calentado; en realidad, como un horno sumamente caliente que consume a todos y a todo (vv. 4-7). Dios conoce toda la extensión del pecado de Israel y no lo pasará por alto (v. 2). En una serie de imágenes gráficas, Oseas describe a continuación la total incapacidad de Israel para ayudarse a sí mismo (vv. 816). En primer lugar, el pueblo es asemejado a una torta mal cocida (vv. 8-10). Puede que dé buena impresión, pero si se lo ve más de cerca, es inaceptable. Simplemente no conoce sus fallos, y por tanto, no se vuelve al Señor. Después es comparado a una paloma incauta, que no es capaz de decidirse sobre dónde acudir en busca de ayuda (vv. 11-12). Vuela de un lado a otro, haciendo alianzas con Egipto y alianzas con Asiria, cuando debería volar hacia el Señor. Finalmente, es como un arco engañoso, que parece fuerte, pero se rompe cuando es forzado (vv. 1 S 16) . Evidentemente, había algunas señales de reforma en Israel en este momento, como después las habría en Judá en la época de Josías. Pero la reforma no nacía del corazón (v. 14). El regreso, fuere cual fuere, no sería hacia el Señor sino quizá solamente a unas apariencias ritualistas religiosas (v. 16). Ciertamente, era hipócrita, y no era genuino, porque se siguieron cometiendo las mismas faltas y maquinando maldades (vv. 13,15). Todo esto quiere decir que el juicio proveniente del Señor, es inevitable (8.1-14). Se llama aquí a las trompetas para que den la voz de alarma, una advertencia previa del juicio de Dios que pende sobre ellos (v.1, cf. 5.8; Jl 2.1). El pueblo dice que conoce al Señor (v. 2), pero todo lo que conocen son sus propios ídolos, hechos con sus manos, y esto Dios no lo aceptará como un culto auténtico (vv. 4-7). Además, han hecho alianzas con las naciones paganas en lugar de confiar en el
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Señor (vv. 4-7). Han puesto en lugar de él sus propios sacrificios y sus propios fines y exigencias (vv. 13-14). Por consiguiente, el Señor no aceptará sus sacrificios (v. 13), sino que los enviará de vuelta a la esclavitud entre las naciones (Egipto les recuerda sus 400 años de esclavitud en el pasado). Ya pueden construir y hacer sus planes, que Dios los destruirá todos (v. 14). La parte final de la exposición hecha por Dios de su querella contra Israel despliega las consecuencias de que haya roto el pacto con él (9.1—10.15). Recordemos que el antiguo pacto estipulaba que, para seguir disfrutando de las bendiciones de Dios en la tierra de Canaán, Israel debería seguir honrándolo y guardando sus mandamientos. Dios había intentado mantener fiel a Israel, con mucha paciencia y longanimidad, pero ahora se hace evidente que Israel ha fracasado. Por lo tanto, las consecuencias de su infidelidad se harán sentir. Primeramente, el culto verdadero en Israel tendrá su final (vv. 1-9). En este momento señala que en la cautividad a la que irán no habrá oportunidad para servir al Señor al que se han negado a servir cuando aún podían (vv. 3-5). En segundo lugar, no quedará fruto permanente en Israel (vv. 10-17). Esto significa que no hay futuro para Israel cuando vaya a la cautividad. Dios había llamado a Israel para que fuera una viña que diera fruto, para tener hijos y ser su pueblo, pero puesto que desobedeció, se secará y no tendrá futuro (vv. 11,12,14,16). En tercer lugar, su reino y por tanto su historia habrán llegado a su final (10.1-15). Puesto que rechazaron a Dios como rey, se les negará tener rey (v. 3). En lugar de ello serán llevados a Asiria con todo lo que poseen (vv. 6ss). La línea de los reyes de Samaria será cortada (v. 7). Efraín (Israel) es descrito aquí como una novilla necia que nunca será capaz de aprender disciplina (vv. 9-11). Y sin embargo, el
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Señor vuelve a llamar a la obediencia una vez más al concluir su querella contra el pueblo (v. 12). El pueblo, incapacitado para ayudarse a sí mismo, debe buscar la ayuda de Dios. Pero por la gracia de Dios, el mensaje podría muy bien haber terminado aquí, y sin embargo, el Señor, rico en su misericordia y su amor, manifiesta en los capítulos finales cómo su gracia triunfa sobre nuestros pecados (11.1—14.8). Comienza hablando del amor de Dios por Israel, incluso cuando el pueblo estaba esclavo en Egipto (v. 1). Los llamó de allí para que vinieran a ser sus hijos. El uso que hace posteriormente Mateo de este pasaje para mostrar que Dios había dispuesto que Jesús fuera llamado de vuelta a Palestina procedente de Egipto cuando era un niño pequeño simplemente indica cómo Jesús, nuestro sustituto, es identificado con su pueblo, al que vino a salvar (Mt 2.15). El Señor siguió llamando a su pueblo, profeta tras profeta. Notemos cómo sus relaciones con ellos tuvieron que cambiar; de relaciones con quienes se considera hijos, a relaciones con animales tercos (vv. 3-4). Israel merecía el castigo, porque a pesar de toda la paciencia y todo el amor de Dios se negó a volver a él (vv. 5-7). Y sin embargo, este lastimero estado de Israel, provocó a Dios a gran compasión (vv. 8-11). Dios tendrá un pueblo santo y sin defecto. No abandonará a Israel (v. 8). No lo tratará como hizo con Adma y Zeboim (ciudades hermanas de Sodoma y Gomorra, menos conocidas que estas, Gn 14.8). La representación de Dios como león rugiente aparece de nuevo, esta vez para mostrar que Dios rugirá y su pueblo de todas partes del mundo vendrá temblando a él (vv. 10,11). Esto tiene que ser una referencia a la decisión de Dios de llegar a tener un pueblo sacado de todas las naciones, tal como vimos en 1.10—2.1. Dios aclara que Efraín, el reino del norte, ha sido rechazado, pero que él continuará trabajando en Judá para llegar a tener un
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pueblo fiel (v. 12). La única respuesta para los hijos de Dios que hay en Israel, es esperar en el Señor (12.6) . Esta palabra, «esperar», es muy importante, y es palabra clave en los últimos profetas, puesto que llama al pueblo a desesperar de cualquier esperanza que tuviera puesta en sí mismo y a mirar a Dios en busca de respuesta. La siguiente sección, 12.7—14.3, es como si fueran las deliberaciones de un juez que pesa los pros y los contras de un caso, hasta llegar a hacer un veredicto final. Por una parte, Israel es vano, está lleno de orgullo, y vive en el engaño (vv. 7,8). Pero por la otra, Dios ha tenido un propósito con Israel desde los días de Egipto (vv. 9,10). Por una parte, Israel está lleno de iniquidad (v. 11). Su tierra está repleta de altares que simbolizan su rechazo de Dios. Pero por la otra, Dios ha ido protegiendo fielmente a Israel desde los días en que llamó a Jacob y lo dirigió (v. 12). Por una parte, Israel ha estado provocando continuamente a Dios a la ira con su idolatría. El pueblo es como el humo, sin sustancia (vv. 14—13.3). Por otra parte, sin embargo, Dios es su única esperanza, su único Dios verdadero (vv. 4,5). Por una parte, el pueblo merece el castigo. Se lo han acarreado ellos mismos. Sus jefes, en los que han confiado, han fallado todos (vv. 6-13). Pero por otra parte, Dios tiene poder sobre el infierno y la muerte, y los puede rescatar (v. 14). En conclusión, el Señor aclara que los pecadores que no se hayan arrepentido deben ser destruidos (vv. 15,16). Pero aquellos que miren hacia el, reconociendo sus pecados y buscando su misericordia, serán conservados (14.1-3). El veredicto final del Juez, que es el Señor, aparece en los versos 4-8. Dios decide sanar. Los amará gratis, porque solo por su gracia podrán sobrevivir. Por tanto, los llama para que se refugien en él (v. 7). Vemos, por consiguiente, que en Oseas se le hace ver a Israel en primer lugar su gran pecado contra Dios, y también, que
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no puede hacer nada para corregirse. Debe echarse en los brazos de la misericordia de Dios y refugiarse en él. Esto, que es cierto para Israel, lo es también para todos los hombres. Oseas concluye con una aplicación general de las lecciones aprendidas aquí (v. 9). Dios salvará y bendecirá a los que anden confiados en él. Estos son los justificados, como lo era Abraham (Gn 15.6), como también afirmó Habacuc (2.4). Pero los perdidos en sus delitos, los que se nieguen a arrepentirse y volverse al Señor en busca de ayuda, caerán.

III. Isaías
El profeta Isaías dirigió su mensaje a Judá, el reino del sur, en los últimos días de Israel y Siria en el norte. Fue llamado en el último año de Uzías y continuó profetizando hasta bien entrado el reino de Ezequías (1.1). Una breve visión de conjunto del contenido puede ser de ayuda antes de que miremos más de cerca la exposición de su mensaje. El libro de Isaías, en sus primeros capítulos, se desarrolla con un ciclo que se va repitiendo: 1. el propósito de Dios; 2. el pecado de Judá; 3. el juicio consiguiente; 4. la esperanza que prevalece para el remanente. Podemos ver este ciclo en especial, en los capítulos que van del 1 al 12. La siguiente sección de Isaías (capítulos 13 al 27) se refiere al juicio de Dios sobre las naciones que ha usado para disciplinar y castigar a su pueblo. Esta sección se cierra también con una expresión de esperanza para el remanente de los que crean. La tercera sección, que va del capítulo 28 al 35, hace una aplicación de las dos secciones anteriores al declarar todas las desgracias que sobrevendrán a todos los que hagan el mal, tanto en las naciones como en Judá, y al ofrecerles esperanza a aquellos que pongan su confianza en el Señor.

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La última sección de Isaías está separada de las demás por la inclusión de una sección histórica breve que sirve de ilustración a los principios de juicio y esperanza, tal como los aplica Dios a la historia del mundo (capítulos 36 a 39). La parte final del libro comienza con el capítulo 40 y desarrolla el tema de la esperanza de los capítulos anteriores. Está dirigido al remanente, el verdadero pueblo de Dios, que confía en él. Miremos ahora de cerca cada una de las grandes secciones, comenzando con la exposición del ciclo repetido del propósito divino, el pecado del hombre, el juicio consiguiente, y la esperanza que prevalece. En realidad, el capítulo primero sirve de introducción a todo el libro y al mismo tiempo nos da los primeros ejemplos de estos ciclos tan característicos de los primeros 12 capítulos. El capítulo 1 resume el mensaje de todo el libro. Termina en forma similar a la conclusión de todo el mensaje en el capítulo 66. Se presenta brevemente el propósito de Dios en la primera parte del versículo 2. Este habla sin muchos rodeos del plan de Dios de tener hijos. Sin embargo, sabemos gracias a toda la revelación anterior de Dios, que se proponía que estos hijos fueran santos y sin mancha en su presencia, en una relación de amor a Dios y amor mutuo. Por tanto, aquí solo era necesario considerar implícito ese propósito usando la palabra «engrandecí». El segundo aspecto del ciclo, el pecado de Judá, se presenta a continuación (vv. 2b-5). Israel se ha rebelado y no conoce al Señor (v. 3). Por tanto, se dirige a Israel como a nación pecadora y semilla de hacedores del mal (v. 4). En esta forma, el pueblo había despreciado al Señor que es llamado aquí el Santo. La santidad de Dios es uno de los temas principales de Isaías. Con este término se entiende la perfecta armonía de Dios en carácter, persona, y propósito. Dios es santo, y por tanto no hay lugar para ningún defecto en él, o en alguien o algo que tenga que ver con
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él. Así vemos que aquí, en el versículo 4, la santidad de Dios se contrasta con la condición pecadora del pueblo de Israel, que se suponía que fuera el pueblo de Dios. La extensión del pecado queda acentuada en el versículo 5 con las palabras «toda cabeza» y «todo corazón». A continuación viene el juicio consiguiente (vv. 6-8). Como ya habían enseñado Joel y Amós, Israel ha sido herido y golpeado para hacerlo ponerse de rodillas. Aquí aparece también (v. 7) el juicio por medio del fuego, presentado primeramente por Joel y desarrollado después por Amós (Jl 1.19; Am 1.4). Y con todo, aquí se ve también la fe que prevalece, basada en la determinación de Dios de tener un pueblo a pesar de la debilidad y los fallos del hombre. El versículo 9 insiste en la esperanza, dejando en claro que hay un remanente que sobrevivirá, a diferencia de Sodoma y Gomorra, donde no hubo remanente alguno. Más aun, es Dios el causante de este remanente; es él mismo el que ha decidido dejar un remanente, lo cual es muy distinto de que quede un remanente que sobreviva por sus propios méritos o aun por su fortaleza. En los primeros nueve versículos de Isaías, pues, vemos repetirse por primera vez el ciclo en el libro: el propósito de Dios; el pecado de Judá; el juicio consiguiente; la esperanza que persiste. A continuación, hay una sección corta que trata sobre la única solución al pecado de Israel (vv. 10-20). En la misma se le recuerda al pueblo la seriedad de su pecado, al dirigirse a él como a «Sodoma y Gomorra» (v. 10). El rechazo total que hace Dios a toda su vida religiosa, incluyendo su práctica de la oración, tacha toda esperanza en el sistema sacrificial a base de ritualismos (vv. 11-15). Todo el sistema de sacrificios y la oración habían sido instituidos por el Señor a través de Moisés desde mucho antes. Sin embargo, el pueblo se había conformado a ellos solo exteriormente y no en su corazón, por lo que Dios ahora deja en claro que un culto así, sin importar su forma o su apariencia, es algo inaceptable para él.
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Esto no es nada nuevo; Dios había rechazado las ofrendas de Caín porque su corazón estaba lejos de él. Era del maligno (1 Jn 3.12), mientras que por otra parte, el sacrificio de su hermano Abel fue aceptado porque lo trajo al Señor con fe (Heb 11.4). Por consiguiente, Israel no podría complacer a Dios, mientras el pueblo no fuera limpio de corazón y viviera una vida que viniera de corazones rectos (vv. 16,17). Hemos visto en otros lugares a Dios exigir lo que ahora está solicitando (cf. Am 5.15; Os 6.4-6). El razonamiento es que, puesto que los corazones de los hijos del pueblo están llenos de pecado, nunca van a ser capaces de cumplir con las exigencias de Dios por sí mismos. Los versículos del 18 al 20 son anticipo del capítulo 53 y por tanto ofrecen a los que lo deseen de corazón la esperanza de un corazón limpio; una obra que solo Dios puede hacer. Las manos llenas de sangre de las que se habla antes, versículo 15, proceden de corazones llenos de sangre de pecado, y solo pueden ser limpiadas por Dios. Una vez más, y con el propósito de hacer énfasis en la necesidad que tiene Israel de la ayuda de Dios, el profeta vuelve al tema de la condición tercamente pecadora de Israel (vv. 21-23). La descripción dada aquí del mal en la tierra, es típica de otros profetas estudiados anteriormente (cf Am 2.6ss). La parte final del capítulo 1 muestra cómo el Señor, al mismo tiempo que castiga y desecha a todos sus enemigos, salvará a un remanente (vv. 24-31). Los que no busquen en Dios su purificación serán desechados, porque son los enemigos de Dios (vv. 24,25). Son los prevaricadores de la tierra, que se niegan a arrepentirse y volverse a la confianza en Dios (vv. 28-31). Al final, deberán ser echados al fuego del juicio divino (cf. Am 9.10). El resto, los que queden, que serán el verdadero pueblo de Dios, y que están convertidos al Señor, habiendo vuelto a confiar en él, serán redimidos por la justicia y el juicio de Dios que les será
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aplicados (vv. 26,27). Sión es considerada aquí, y en otros lugares de las Escrituras, como el verdadero pueblo de Dios. Así pues, para los hombres solo hay dos alternativas: arrepentirse y ser salvos por su confianza en el Señor, o, de lo contrario, rehusarlo y perecer. Los capítulos del 2 al 4 siguen el ciclo presentado en 1.2-9. En estos capítulos el círculo está mejor desarrollado. Primero, describe los buenos propósitos de Dios en el 2.1-4. Aquí los últimos días se refieren a esa época en la que el propósito de Dios de llegar a tener un pueblo y haya alcanzado hasta las naciones que están en los confines de la tierra y reunido a todos los elegidos de Dios de todos los pueblos de la tierra (v. 2). El pueblo de Dios se distinguirá en la tierra, porque son aquellos que amarán la Palabra de Dios y desearán conocerla y obedecerla (v. 3; cf. Sal 1). Sucederá lo contrario de lo que se dice en Joel 3.10, y el pueblo de Dios triunfará, no con las armas de guerra, sino con la espada del Espíritu, la Palabra de Dios (cf. Mt 26.52; Ef 6.17). Estos versículos se refieren sin lugar a dudas a los días de la proclamación del evangelio en los confines de la tierra, esto es, la época posterior a la Gran Comisión de Cristo y a la venida del Espíritu Santo para darle capacidad al pueblo de Dios para hacer lo que por su propia fuerza jamás podría llegar a hacer. A continuación, vemos la segunda fase del ciclo, el pecado del pueblo en el presente (2.5-8). En contraste con los buenos propósitos de Dios, lo que realmente sucedía en los tiempos del profeta era que el pueblo había caído de lleno en costumbres mundanas y en pecado (vv. 6-8). Esto nos lleva a la tercera fase del ciclo, el juicio inevitable de Dios sobre este pueblo pecador (vv. 9—4.1). En este lugar se desarrolla notablemente el tema del juicio de Dios. En una forma similar a la de Joel, Isaías habla del día del juicio como el día del Señor (v. 12; cf. Jl 1.15ss). Los hombres orgullosos serán humillados de tal manera que solo el Señor sea exaltado (vv. 12,17). Se
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presta mucha atención al significado que esto tiene para la propia Jerusalén (3.1-1 2). Todo aquello en que el pueblo se había apoyado fallará (vv. 1-3). La ciudad quedará arruinada (v. 8). Los gobernantes (vv. 13-15) y las mujeres que aman los lujos (vv. 16-24) son objeto de una reprensión especial (cf. Am 4.1-3; 6.1-6). El juicio llegará bajo la forma de las naciones que guerrearán contra la ciudad y se llevarán cautivo al pueblo (vv. 25,26; cf. Am. 6:7ss). Pero Dios, que es rico en gracia, y no abandonará sus buenos propósitos, da aquí una vez más en la fase final del ciclo una esperanza para el remanente (4.2-6). Quedarán algunos, un remanente purgado de toda maldad, el pueblo santo de Dios (v. 3). Estos son los verdaderos ciudadanos de la verdadera Jerusalén de Dios. Aquí debemos recordar cómo el libro de Hebreos nos muestra que los verdaderos hijos de Dios han mirado siempre por fe, más allá de la ciudad terrena, a la Nueva Jerusalén, la verdadera Jerusalén, como su verdadero hogar (Heb 11.9-10; 12.22-24; 13.14; cf. Gá 4.25,26; Ap 3.12; 21.2,10). Los capítulos 5 y 6 presentan el ciclo una vez más en la forma de una parábola y un llamado de Dios a Isaías. El ciclo comienza con la ya familiar fase primera, los buenos propósitos de Dios. El Señor plantó una viña. Hizo todo lo necesario para que esa viña produjera buen fruto (5.1,2). En este pasaje, como veremos, Israel está representado por la viña. Es el pueblo del cual Dios esperaba buen fruto. Podemos comparar esto con el versículo 1.2a. Pero Israel no satisfizo las expectaciones divinas. En lugar de ello pecó contra Dios y produjo mal fruto (vv. 2b-4). Aquí encontramos de nuevo la segunda fase del ciclo, el pecado y el fracaso del pueblo (cf. 1.2b-5). A continuación viene la fase tercera, que es el juicio consiguiente (vv. 5,6). Vemos de nuevo la selección divina.

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El versículo 7 resume el pecado de Israel y su fracaso en dar el fruto esperado. En las traducciones modernas se ha perdido mucho porque aquí hay un juego de palabras sumamente interesante. Dios buscaba juicio (en hebreo, mishpat), y encontró opresión (hebreo, mispach). Dios buscaba rectitud (hebreo, sedaka) y encontró clamor (hebreo, seaka). El juego de palabras es impresionante e inolvidable. Notemos de nuevo que la voluntad de Dios está expresada en esos mismos términos, juicio y rectitud (cf. Gn 18.19). En el resto del capítulo 5 se expone el juicio de Dios contra Israel. Hay muchas cosas que nos recuerdan a otros profetas que ya hemos estudiado: v. 8 a 1 Reyes 21.17-21; Jeremías 22.13-17; Miqueas 2.2; Habacuc 2.9-12; vv. 11,12 a Amós 6.3ss; v. 13 a Oseas 4.6; v. 23 a Amós 2.6ss; vv. 26-30 a Joel capítulo 2. El juicio vendrá bajo la forma de naciones guerreras que destruirán a Jerusalén con sus asedios (vv. 26-30). Finalmente, con el capítulo 6 llegamos a la cuarta fase del ciclo, la esperanza para el remanente. Esta fase incluye aquí el llamamiento y el ministerio de Isaías y explica por qué pone su llamamiento no al principio sino en su lugar adecuado, como parte de la esperanza para el remanente de Dios. Esto está de acuerdo con lo que el Señor le había mostrado a Elías mucho antes: que la esperanza de un pueblo fiel a Dios está relacionada con el llamamiento que hace Dios a los profetas para que proclamen su Palabra, de modo que esa Palabra pueda prender en sus corazones (ver comentario sobre 1 de Reyes, capítulo 9). El llamamiento de Isaías es en realidad una ocasión de esperanza. Comienza cuando Isaías tiene una visión del Señor en su gloria y su santidad. Isaías se siente sobrecogido, como lo estaría cualquier pecador en la presencia del Dios Santo (v. 5). El Señor le asegura inmediatamente a Isaías que ha sido purificado por él (vv. 6,7). Es decir, que debido a que Isaías reconoce su condición de pecador y su necesidad de que Dios lo limpie, Dios le
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asegura que sus pecados son perdonados (v. 7). Por tanto, para Isaías, las condiciones expresadas en 1.18 son una realidad. Así es como el profeta se convierte en un ejemplo de lo que le debe suceder a todo hijo de Dios auténtico: debe llegar a darse perfecta cuenta de su propio pecado y clamar a Dios pidiendo ayuda, a fin de recibir el poder purificador que solo Dios tiene. Ahora bien, Isaías es llamado a dar testimonio y ser el mensajero de Dios a la iglesia (vv. 8-13). Su ministerio será difícil, y la mayoría no creerá su mensaje. Pero un remanente sí lo creerá: la simiente santa (v. 13). Una vez más vemos que la verdadera esperanza se ofrece solo al remanente. El capítulo 7 nos da una nueva oportunidad de ver el ciclo, esta vez en un suceso histórico de ese período. La situación histórica queda descrita en los versículos 1 y 2. Acaz estaba en ese momento en el trono de Judá, y se hallaba amenazado por los reinos del norte: Siria e Israel. En este momento el profeta Isaías llegó ante el rey Acaz para darle la seguridad de que no tenía nada que temer, porque Dios derrotaría a sus enemigos y salvaría a Jerusalén de una posible captura (v. 4). Lo único que se le pedía a Acaz era confiar en el Señor y creer en él (v. 9). Esto constituye el buen propósito de Dios de llegar a tener un pueblo, la primera parte del ciclo. Es significativo que el hijo de Isaías reciba el nombre de Sear-jasub, que significa «un remanente volverá», llevando de esta forma, como los hijos de Oseas, un mensaje para el pueblo de Israel en su propio nombre. La segunda parte del ciclo aparece en el rechazo por parte de Acaz, que se niega a creer, y por tanto, en su pecado contra Dios (vv. 10-16). El pecado de Acaz no es tan evidente aquí, puesto que finge que no quiere tentar a Dios (v. 12). Sin embargo, en 2 Reyes 16.7-9 leemos que en lugar de confiar en que el Señor derrotaría a sus enemigos, Acaz sobornó al rey de Asiria para que combatiera y
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los derrotara. Por supuesto, Tiglat-Pileser se sintió complacido de hacerlo, porque tenía la intención de llevarlo adelante de todas maneras. De esta forma, no solo lo hacía sino que Acaz le pagaba por ello. Tomó Damasco, la capital de Siria, en el 732 .C., y diez años después, en el 722, capturó Samaria. Es de destacar en este suceso histórico el hecho de que sirve de ocasión para que comiencen las profecías con respecto a un niño que nacerá y que se alzará para ser el Salvador del pueblo de Dios. En el verso 14 se predice el nacimiento de ese niño. Nacerá de una virgen. Es digno de tener en cuenta que esta promesa no fue hecha a Acaz sino al pueblo de Dios, a la casa de David, de la cual vendría el niño que habría de nacer. En los últimos años ha habido quienes discuten que el versículo 14 no promete un nacimiento virginal sino tan solo que nacería de una mujer joven. Sin embargo, la palabra usada aquí para decir «virgen» se encuentra en otras partes y en contextos en los que siempre significa «virgen». Además de esto, la traducción más antigua del Antiguo Testamento, la Septuaginta griega, usa la palabra griega que solo puede significar «virgen». Además, el punto clave está en que si esto ha de ser una señal de esperanza para el pueblo de Dios es porque es un milagro, una evidencia de que Dios obra sobrenaturalmente. Finalmente, lo más importante de todo: el Nuevo Testamento entiende que el versículo predecía el nacimiento virginal de Jesucristo (Mt 1.23; cf. Lc 1.27,31-35). El nacimiento de este niño sería la esperanza del pueblo de Dios y la señal de la venida de Dios en la carne (Lc 2.10,11). El nombre que se da aquí, Emmanuel, significa «Dios con nosotros» y señala hacia la venida del Señor en la carne para estar con su pueblo a fin de salvarlo de sus pecados. Cuando el Señor llamó por primera vez a Moisés, le prometió que estaría con él y puso su propio nombre como un recordatorio de esa promesa (ver nuestro comentario sobre el capítulo 3 del Éxodo). A partir de en301

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tonces mostró de manera continua su presencia con su pueblo. Ahora promete a través de Isaías que estaría con ellos de una manera nueva y especial, en la carne, cuando la virgen que había sido designada para ello tuviera un hijo. Debido a la falta de fe de Acaz, lo siguiente es la fase de juicio del ciclo (vv. 17-20). Ahora Dios nombra a la nación pagana que él habrá de levantar contra la tierra: es Asiria (v. 17). Asiria se describe como navaja alquilada, controlada por Dios, pero con la naturaleza de un destructor que corta donde quiera que se lo coloque (v. 20). Finalmente, el incidente histórico concluye con la promesa de esperanza para el remanente (vv. 21-25). La mantequilla y la miel en abundancia sugieren una bendición para aquellos que queden después del juicio de Dios, el remanente (v. 22). La parte final de la primera sección de Isaías, que comprende los capítulos del 8 al 12, es un entrelazamiento de los cuatro temas anteriormente presentados. Todo llega a su clímax con el triunfo de la gracia de Dios y una gran esperanza para todos aquellos que creen en el Señor. Primeramente se muestra al propio hijo de Isaías como una señal del hijo que habrá de nacer de una virgen. Su nombre sugiere la derrota de los enemigos de Judá, que eran Siria e Israel tal como lo había prometido Dios a Acaz (vv. 1-4). Israel, el reino del norte, es destruido porque rechazó la delicada corrección del Señor (las aguas de Siloé: versículo 6). Por ello, será destruido por el gran río, Asiria. Pero Asiria no se detendrá en la frontera de Judá (v. 8). El rey de Asiria bajará arrasando como un río desbordado, hasta Judá. Ahora se le da a Judá una palabra de consuelo. Gracias al Emmanuel, Dios con nosotros, Judá permanecerá (vv. 8,10). Por tanto, vemos cómo el Emmanuel es dado como una promesa en la generación de Acaz para que Judá sea librado de sus enemigos inmediatos: Siria, Israel, y Asiria. Pero en un sentido más completo,
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para todo el pueblo de Dios Emmanuel es la esperanza de liberación de manos de sus grandes enemigos: Satanás y el pecado (cf. Mt 1.21) . Isaías encarna en sí esta esperanza en las palabras de 8.16-22. En la afirmación, «esperaré a Jehová» (v. 17), Isaías une su testimonio con todo el pueblo de Dios de la época del Viejo Testamento, que esperaba (buscaba) la liberación de Dios como su única esperanza. El escritor de Hebreos afianza esta interpretación cuando cita este pasaje (Is 8.18) aplicándolo a la obra de Jesucristo para derrotar a nuestro enemigo el diablo (Heb 2.13-15). Las palabras finales del capítulo 8, los versículos del 19 al 22, contienen una advertencia para todos los que rechacen este mensaje de esperanza (v. 20). Al final del capítulo Isaías multiplica las palabras que tienen un significado de abatimiento y oscuridad (v. 22) para darle mayor énfasis a la verdad dicha anteriormente: que para aquellos que rechacen el mensaje de esperanza de Dios no habrá amanecer. El capítulo 9 es una continuación del pensamiento del capítulo 8. En contraste con el abatimiento ofrecido a los que no crean, una gran luz brillará para el pueblo de Dios en los últimos tiempos (v. 1). Mateo 4.15,16 cita estos versículos como cumplidos al llegar Jesús a la región de Capernaum. De manera que estamos viendo nuevamente que el término «últimos tiempos» hace referencia al momento de la venida de Jesús en la carne. Una vez más aparece desarrollado el tema de la esperanza que se centra en el nacimiento del niño (vv. 6,7). Esta vez se declara que es no solamente el hijo de hombre sino también Dios mismo (v. 6). Heredará el trono de David, pero probará la justicia y el juicio que es la verdadera simiente de Abraham (v. 7; cf. Gn 18.19). Esta buena noticia para aquellos que pusieran su confianza en el Señor resultará ser mala para los orgullosos y arrogantes que han rechazado a Dios, como sucedió en el reino de Israel al norte
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(vv. 8-21). Después, en 10.1-4, en una forma que trae a la mente las palabras de Amós, Isaías pronuncia una solemne lamentación sobre los malvados de la tierra que oprimen a los hijos de Dios. Como un anticipo a la segunda parte de Isaías (los capítulos del 13 al 27), el profeta se aparta brevemente del tema para hablar con Asiria, el báculo de su furor (vv. 5-19). Dios había dicho que usaría a Asiria para castigar a Israel y Judá (8.4-8). Sin embargo, Asiria ha hecho la voluntad de Dios no por motivos correctos, para servir o agradar al Señor, sino por orgullo (vv. 7-11). Esta sección nos da un cuadro excelente de la obra del Dios soberano en la historia. Toma a hombres malvados y naciones pecadoras y los usa para llevar a cabo sus propósitos. Pero ellos también deben recibir su castigo; porque han hecho lo que hicieron motivados por un corazón perverso (vv. 12-14). Estas naciones y pueblos malvados son comparados con un hacha o una sierra (v. 15). Son destructores por naturaleza. Existen para cortar, rasgar, y romper. Pero en las manos del Maestro Artífice realizan el propósito de Dios, de la misma manera que una sierra en las manos de un carpintero hace lo que él pretende que haga. El ejemplo más claro de esto es por supuesto la crucifixión de Jesús, que fue a un tiempo el más nefando de los crímenes y el cumplimiento del propósito soberano de Dios (Hch 2.23). Lo restante de la primera parte de Isaías, de 10.20 a 12.6, trata sobre el tema de la esperanza y lo lleva a un clímax de triunfo. Habla una vez más sobre el remanente (vv. 20-22). Son los salvados; los que se apoyan en el Señor (confían en él). No son todo Israel (v. 22), pero son el verdadero Israel, los verdaderos hijos de Dios. El capítulo 11 vuelve a insistirle al pueblo en que debe poner su esperanza en ese hijo que ha de nacer. Aquí se le llama «la vara del tronco de Isaí» (11.1). Él, al contrario del pueblo infiel de Israel, llevará fruto agradable a Dios (v. 1; cf. 5.1ss). Su ministerio se
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describe en los versículos 2 al 5 en términos que serán aplicados más tarde al ministerio de Jesucristo (Mt 3.16; Jn 1.32). Notemos de nuevo que él realizará por el creyente lo que el creyente no pudo realizar por sí mismo. Aquí el creyente, el hijo de Dios, el beneficiario de la obra del Salvador, es llamado pobre y manso (v. 4), en una forma similar a Amós 2.6-8. Por tanto, estamos en presencia de una cadena de revelación relativa a esa semilla prometida por primera vez en el Edén, la semilla de la mujer (Gn 3.15). Posteriormente se declara que él será la semilla de Abraham (22.18), y después, la semilla de David (Is 9.7). Todo esto, por supuesto, culmina en la persona de Jesucristo. Este es el gran tema del capítulo 1 de Mateo. La escena de paz descrita en 11.6-10 nos recuerda 2.2ss y señala hacia la paz final de Dios, que prevalecerá cuando los hijos de Dios se hayan reunido con él para siempre. El tema del remanente es el dominante en el resto del capítulo 11 (vv. 12,16). El concepto más claro de quienes componen ese remanente lo encontramos en el capítulo 12, que es una especie de testimonio del remanente. Son aquellos que han conocido tanto la ira de Dios por su pecado, como su amoroso consuelo y su perdón (v. 1). Confían en el Señor, y lo ven como su fortaleza, el que puede hacer algo para sacarlos de su apuro, y lo hace (v. 2). Por consiguiente, cuando los demás están aterrorizados por la ira de Dios, y corren a esconderse de él, los que están en paz con el Señor porque se han arrepentido de su pecado y tienen fe en él se regocijan y le dan a Dios las gracias y la gloria (vv. 2,4,5) . Él está verdaderamente con ellos, que son su pueblo (v. 6). Así termina la primera sección principal de Isaías, que comprende los capítulos 1 al 12. Podemos notar que ha tratado cuatro temas fundamentales: los buenos propósitos de Dios; el pecado de Israel; el juicio consiguiente; y finalmente la esperanza triunfante del remanente. Aun más, esta esperanza del remanente se centra
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en la persona y las obras del Hombre-Dios que vendrá para realizar toda la voluntad de Dios a favor de sus hijos, los que han creído en él. La siguiente sección principal de Isaías (los capítulos del 13 al 27) se extiende sobre la idea presentada en 10.5-19 de que el Señor juzgará también a las naciones paganas que han sido usadas por él para castigar a su pueblo, porque son malvadas y lo que hicieron fue nacido no de un deseo de obedecer a Dios sino de su orgullo y su arrogancia llenos de pecado. No estudiaremos esta sección en detalle, a pesar de que es una parte importante del mensaje todo; porque muestra claramente que Dios conoce los pecados de todas las naciones, y todos le tendrán que rendir cuentas. Por tanto, el Señor declara que juzgará a la Babilonia pecadora usando a los Medos, a los cuales él levantará (13.1—14.23). En esta sección hay un pasaje que es interpretado a menudo como referente a la caída del propio Satanás (14.12-15) . Aunque el pasaje puede tener una referencia secundaria a Satanás, aparece claro a través del contexto que de lo que primariamente está hablando es de los gobernantes orgullosos y ambiciosos que tenía Babilonia. Se señalan pasajes del Nuevo Testamento como Lucas 10.18 y Apocalipsis 9.1 como argumentos de que este pasaje es una referencia a la caída de Satanás. Ciertamente, hallamos aquí la actitud de Satanás y su orgullo. La ambición de ser como Dios (v. 14) es exactamente la sugerencia que Satanás sembró en las mentes de Adán y Eva en el Edén. En 14.24-27 Isaías se vuelve a Asiria, que había sido mencionada anteriormente (10.5ss), y señala que esa nación también sería derrocada. Después, en secciones sucesivas, se va hablando de distintas naciones que han tenido su papel en la historia de Israel, y que con frecuencia han sido usadas por Dios para castigar a Israel. Se habla una por una, de Filistea (14.28-32); Moab (15.1—16.14); Damasco (17.1-14); Etiopía (18.1-7); y Egipto (19.1—20.6).
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Necesitamos llamar la atención especialmente sobre dos cosas en estos pasajes. En primer lugar los pasajes relativos al juicio sobre las naciones se hallan intercalados con mensajes de esperanza para el remanente de Israel (14.1—3.32; 16.5). En segundo lugar, se puede encontrar aquí alguna esperanza, incluso para algunas de las naciones paganas, que también serán incluidas en el reino de Dios, como había profetizado Noé (Gn 9.27), y como el Señor le había prometido a Abraham (Gn 12.3). Veamos ahora Isaías 19.1925 y comparémoslo con Isaías 2.2-4. En el capítulo 20 encontramos una ilustración de tipo histórico sobre el principio de que Dios usa una nación pecadora para castigar a otra cuando los asirios se levantan contra Filistea y toman Asdod, lo cual es una advertencia previa de su ataque también contra Egipto y Etiopía. En el capítulo 21 se enfoca de nuevo la caída de Babilonia (v. 9), y el grito «Cayó, cayó Babilonia» se convierte en el grito de la Palabra de Dios por el seguro derrocamiento de todas las naciones de este mundo y del mismo reino de Satanás (ver. Ap 14.8; 18.2). Antes de regresar al juicio sobre las naciones, en el capítulo 22, se dirige una advertencia especial a Jerusalén, que está amenazada de invasión y captura (v. 9). El pueblo de Jerusalén está en peligro porque no ha sabido aprender de la historia (v. 11). Ha rehusado arrepentirse cuando el Señor lo llamaba al arrepentimiento y a la penitencia a través de sus profetas (vv. 12-14; cf. Jl 1.8-14). En esta sección, Sebna (v. 15), el escriba de la época de Ezequías (2 R 18.18) es sustituido por Eliaquim (v. 20) en el oficio de mayordomo de la casa del Señor, al parecer porque Sebna había demostrado no tener fe. Eliaquim, que reemplaza a Sebna, se describe como alguien a quien se le confían las llaves de la casa de David (v. 22). En este sentido, Eliaquim se convierte en un tipo de Cristo, como podemos ver en Apocalipsis 3.7).

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En el capítulo 23, Isaías regresa a los juicios pronunciados contra las naciones, específicamente contra Fenicia. En este capítulo se declara concretamente el gran propósito de todos esos juicios, a saber, envilecer la soberbia de toda gloria y abatir a todos los ilustres de la tierra (v. 9). Finalmente, con respecto a las naciones, concluye en el capítulo 24 con una declaración general y somera sobre la soberanía de Dios en la forma en que trata a las naciones, incluso a Israel y Judá, que son pecadoras como las demás (v. 2). La descripción del caos que vendrá a la tierra después del juicio es similar a la de la tierra antes de que Dios pusiera orden en la creación (ver Gn 1.2; cf. Is 24.1,3). La descripción de una tierra contaminada debido a la violación de las leyes establecidas por Dios sugiere uno de los más grandes problemas de nuestros tiempos (v. 5). Vemos un final arrasador del juicio de Dios en las palabras del versículo 21, cuando los poderes espirituales de los que están contra Dios en los lugares celestiales y en la tierra, serán castigados (cf. Ef 6.12). Como conclusión a toda la sección sobre los juicios de las naciones, Isaías señala una vez más la gran esperanza del remanente en los capítulos 25 a 27, a los cuales da el marco de un testimonio personal de Dios. Está agradecido que Dios sea soberano sobre las naciones poderosas (v. 2) y protector de los débiles que confían en él (v. 4, cf. 4.5). Por encima de todo, Isaías alaba a Dios porque triunfa sobre la muerte a favor de su pueblo (v. 8). El versículo 9 expresa que la verdadera esperanza y la fe en el Señor pueden resumirse en el concepto de «esperar en el Señor» (cf. 8.17; cap. 12). El capítulo 26 es un himno para el pueblo de Dios (v. 1). En el himno, el profeta se regocija en la paz que vendrá a aquellos cuya fe está puesta en el Señor (vv. 3,4,12). También da testimonio de su propio deseo de buscar al Señor (vv. 8,9). Celebra los buenos resultados del castigo infligido por Dios a su pueblo para traerlo de regreso a sí (vv. 16-18). En este lugar se expresa incluso la esperan308

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za de la resurrección corporal (v. 19; cf. escritos posteriormente como Ezequiel cap. 36,37; Dn 12.1,2). La derrota del enemigo, prometida en Génesis 3.15 y terminada en el juicio final (Ap 20), es anticipada en este lugar (27.1). Como consecuencia, el pueblo de Dios puede estar seguro de que al final será fructuoso (v. 6; cf. cap. 5, en el que aquel fruto había fallado bajo el antiguo pacto). Finalmente, debemos tener en cuenta que el castigo por medio de las naciones, para purificar al pueblo y preservar al remanente, tiene como intención el preservar y llamar un pueblo de todas las naciones, para que sea el pueblo santo de Dios (vv. 7-9,12,13). Ahora Isaías ha establecido que Dios juzgará a todos los pecadores, los que están en Judá y los que están en las naciones; todos los que se han negado a someterse a su voluntad. Y también salvará de Judá, y finalmente de todas las naciones, a aquellos que reconozcan su condición pecadora y se vuelvan al Señor arrepentidos y confíen en él, esperando de él la obra de su salvación. Después, en un arrasador crescendo, pronuncia solemnemente los ayes sobre los malvados y declara esperanza para el remanente que confía (caps. 28-35). Ambos temas se entrelazan a través de toda esta sección. Por tanto, aquí, como al final del capítulo 1, solo quedan dos alternativas: el juicio de Dios o la bendición de Dios, el infortunio o la esperanza, la muerte o la vida. Ay de los soberbios (28.1-8). Estos son descritos como borrachos que se tambalean en su orgullo (vv. 1,3,7,8). Al perseguir con afán la bebida, destruyen su capacidad para actuar como guías de Israel (v. 7). Los versículos 7 y 8 son una clara denuncia del exceso en la bebida. Y aun estos versos ofrecen esperanza para el remanente (v. 5). Esperanza para los que son instruidos por la Palabra de Dios (vv. 9-13). Entonces, ¿quién entenderá? ¿Quiénes son ese remanente? Los que aprendan la verdad como aprende un niño peque309

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ño, línea tras línea, un poco aquí y un poco allá, porque el pueblo es lento para aprender (v. 10). Debido a la falta de fe que prevalece en Judá, Dios les hablará por medio de aquellos que usan lenguas extrañas, y aun así, muchos no creerán (vv. 11-13). Esto es posiblemente lo que sucedió en Pentecostés (Hch 2.1-21; cf. 1 Co 14.22). Ay de los burladores que mandan sobre Judá (vv. 14-15). Estos son aquellos que han rechazado la palabra de Dios y la están sustituyendo por sus propias mentiras. Están aliados con el diablo y buscan su protección en lugar de la divina (v. 15). Aquí podríamos comparar esta porción con la descripción que hace Pedro de los últimos días (2 P 3.3). Su refugio en las mentiras contrasta con el refugio del remanente (Is 4.5,6). Esperanza por la piedra que está en Sión (vv. 16-29). Este pasaje es claramente mesiánico. Señala al Salvador que habría de venir y lo compara con una piedra, esto es, con el fundamento del pueblo de Dios (v. 16; ver Ro 9.33; 10.11; 1 P 2.6). La única relación correcta con el Salvador que vendrá, es la fe (v. 16). Solo en él la justicia y el juicio que Dios espera de sus hijos son posibles (v. 17; Gn 18.19; Is 5.7). Para escapar del juicio de Dios sobre todos los pecadores es imprescindible que el pueblo deje de burlarse de la Palabra de Dios y crea (v. 22). Ay de los falsos adoradores (29.1-21). Jerusalén es llamada en estos versículos «Ariel», que significa «el león de Dios» (v. 1). Es probable que el simbolismo venga de las palabras de Joel y Amós, que representan al Señor como un león que ruge desde Sión (Jl 3.16; Am 1.2). El león también está asociado con el trono de David (Ap 5.5; cf. Gn 49.9). Aquí el problema radica en que el pueblo celebra todo el ritual del culto (v. 1), pero aunque sus labios hablan palabras en honor de Dios, sus corazones están lejos de él (v. 13). El corazón del pueblo está equivocado, y como dispuso Dios desde el principio, los que no le rindan culto de corazón con fe no son aceptables para él (Gn
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4.4,5; cf. Heb 11.4; 1 Jn 3.12). El infortunio les sobreviene porque creen que en sus corazones pueden pensar lo que les parezca sin que Dios llegue a saberlo (v. 15). Esperanza para el remanente que se mantenga en el temor del Señor (vv. 22-24). Estos, como Abraham, respetan la Palabra de Dios y buscan el darle honra. Puede que se equivoquen y hasta que murmuren, pero Dios, con toda paciencia, los guía hacia la verdad (v. 24). Ay de los hijos rebeldes (30.1-14). Las imágenes de estos versículos están tomadas de la experiencia del desierto. Traen a la memoria la rebelión de muchos en el desierto, que al final fueron desechados por causa de su falta de fe (vv. 1,2; cf. 1 Co 10.1-5; Heb 3.17; Jud 5). Se negaron a oír la Ley de Dios (v. 9), en contraste con el remanente que mantiene temor y reverencia por Dios (v. 23). Su oposición a los verdaderos profetas, que se menciona en el versículo 10, es similar a lo que Amós había dicho (Am 2.12; 7.13). Como han despreciado la Palabra, deberán ser castigados (vv. 12,13). Esperanza en el regreso y la espera (vv. 15-33). Hay aquí un llamamiento a regresar y descansar, que es un llamamiento a esperar en el Señor (v. 15). Veremos más tarde cómo Habacuc tuvo que aprender a esperar la venida del día del castigo y aprendió a descansar en fe. Por tanto, este pasaje va dirigido a los creyentes de la tierra, los cuales, con los que no son justos, deben arrastrar ahora los infortunios que vendrán sobre Jerusalén por causa de su pecado (vv. 18-20). Dios, con su voz susurrante; continuará guiando y bendiciendo a su pueblo (v. 21; cf. 1 R 19.12). La descripción de las bendiciones que dará Dios en los últimos días a sus fieles se presenta en términos de felicidad campesina, de acuerdo con el sistema divino de enseñar verdades espirituales a base de figuras físicas. Ay de aquellos que buscan su auxilio en los hombres y no en Dios (31.1-9). En este lugar se denuncia la práctica de muchos reyes de Israel y Judá, que buscan alianzas con hombres, en lugar de confiar en Dios (vv. 1,3,6,8). Comparar también Oseas 7.11. En
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el mismo libro de Isaías, en dos secciones históricas, tenemos el fuerte contraste entre Acaz, un rey que busca las alianzas humanas (cap. 7), y Ezequías, un rey que pone su confianza en el Señor (caps 36-18). Esperanza en el rey justo que vendrá (32.1-8). El rey que ha sido mencionado anteriormente y su reino triunfara al final (v. 1; cf. 9.6,7; 11.4,5). La gracia de Dios estará activa en ese reino, y les dará la vista a los que pueden ver y el oído a los no pueden oír (vv. 3,4; cf. 6.9,10). Dios ha puesto sus ojos sobre sus hijos que han sido maltratados, y los vengará (vv. 5-8). En esto vemos que los milagros de los días de Jesús tenían por objeto señalar el poder de Dios para sanar tanto a los físicamente ciegos y sordos como a los que lo estaban espiritualmente. Ay de las mujeres indolentes (vv. 9-15). De nuevo dirige Isaías un reproche en particular a las mujeres que están en falta (cf. 3.16ss; y Am 4.1ss). El versículo 11 nos recuerda las palabras de Oseas en los capítulos iniciales de su libro. Lo que esta sección está señalando es que las cosas se pondrán cada vez peor, hasta que Dios intervenga en la historia del hombre y cambie los corazones. Isaías, en el versículo 15, mira de nuevo a la promesa hecha a través de Joel (Jl 2.28). Esperanza para aquellos que busquen la justicia y el juicio de Dios (vv. 16-20). El versículo precedente habla sobre la venida del Espíritu del Señor y la fertilidad que traerá consigo a los campos (v. 15). Construyendo sobre ello, el profeta declara a continuación que el fruto del Espíritu que se debe esperar es la justicia y el juicio que Dios les exige a sus hijos (Gn 18.19; Is 5.7; cf. Gá 5.22,23). Solo por el don del Espíritu de Dios y su obra podrá el pueblo llegar a estar en paz con Dios (v. 17) y vivir en seguridad verdadera (v. 18). Ay de los pecadores desleales de Sión (33.1-16). Se presentan las alternativas una vez más. Dios castigará y desechará a aquellos habitantes de Sión, su ciudad, que son malvados y, definitivamente,
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no son hijos suyos (vv. 1,14). Pero será misericordioso para con aquellos que han puesto su confianza en él, que esperan en él, y cuyas vidas demuestran que la justicia y el juicio de Dios están en ellos (vv. 2,5,15,16). Vemos aquí claramente el principio de que el juicio comienza por la casa de Dios, puesto que Dios desecha pecadores de entre su propio pueblo (v. 14). Amós enseñó también la misma cosa (Am 3.2). Habacuc posteriormente abundará más en este tema (cf. 1 P 4.17). Esperanza en el Señor nuestro Rey (vv. 17-24). Hemos visto cómo la esperanza se va centrando más y más en una persona, en el Señor nuestro Rey que vendrá. Dios ciertamente mantendrá su promesa de que estaría con su pueblo, como primero se lo dijo a Moisés (Éx 3.12). Ahora aparece claramente que él vendrá en la carne como el Rey de su pueblo, para gobernarlo y para salvarlo (vv. 21,22; cf. Is 7.14; 9.6,7; 11.1-5). Cuando el Señor es declarado como el único verdadero Rey de su pueblo, los sucesos del capítulo 8 del primer libro de Samuel parecen haber sido del todo inútiles. Pero la declaración de Moisés y del pueblo al cruzar el mar Rojo se mantiene. El Señor si es Rey (Éx 15.18), y él nunca abdicará de su trono. Llegamos ahora al momento final de esta serie de ayes y esperanzas. Como si fuera un resumen de todo lo que ha sido dicho en esta sección, Isaías concluye que habrá un ay para todos los que sean objeto de la indignación de Dios (34.1-17). Las naciones y los pueblos que no agraden al Señor y se rebelen contra él serán castigados para siempre (vv. 2,3,8,10). El resto de los versículos revela la destrucción total de las naciones del mundo y la prosperidad consecuente de toda clase de aves y animales allí donde una vez el hombre levantó sus ciudades de rebelión (vv. 4,11-15). Al mismo tiempo, habrá esperanza para aquellos objeto de la compasión de Dios (35.1-10). Dios puede hacer un lugar bendecido de toda esa soledad y ese desierto descritos anteriormente. En los versículos 1 y 2 se habla de la devastación descrita en el 34.11313

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15. Será convertido en un lugar de bendición para su pueblo. Los que tengan el privilegio de compartir las bendiciones del Señor en el futuro serán los débiles, los temerosos que ponen su confianza en el Señor (vv. 3,4). Como ya se dijo anteriormente, Dios abrirá ojos que vean y oídos que oigan (vv. 5,6). De nuevo hacemos notar que cuando Jesús vino abriendo ojos y oídos, estaba señalando la realidad de que el tiempo de la gracia del Señor para los hombres volver a él había llegado ciertamente (Mt 11.5). Se construirá la gran calzada hacia Sión, el camino para que el pueblo de Dios venga a él, como se había apuntado anteriormente en 2.2,3 (v. 8). Este camino de santidad es el único camino por el cual el hombre puede llegar a Dios. Por lo tanto, este es con toda seguridad el camino de salvación que el Nuevo Testamento declara que es Cristo Jesús solamente (Jn 14.1-6). No hay enemigo de Dios, no hay pecador descreído que pueda llegar a través de Jesús a Dios (vv. 8,9; cf. Ap 21.26,27). La próxima gran sección de Isaías, capítulos 36 al 39, es una ilustración histórica de la doctrina de la confianza en el Señor. Ya hemos tratado anteriormente sobre los sucesos de esta sección en el estudio de los capítulos del 18 al 20 del segundo libro de Reyes. Aquí haremos notar solamente que estos capítulos de Isaías tienen que ser estudiados en contraste con el capítulo 7. En el capítulo 7, tenemos el caso de Acaz, el padre de Ezequías, que no creyó y no descansó en el Señor sino que confió más en la fortaleza humana. Como resultado de su alianza con Asiria para derrotar a sus enemigos, que eran Siria e Israel, los instigó a invadir no solo a Siria y a Israel sino en realidad al mismo Judá, porque el rey de Asiria no estuvo satisfecho con pararse en las fronteras de Judá, como había pensado Acaz, sino que siguió adelante, hasta que en el 701 A.C. llegó hasta las mismas puertas de Jerusalén. En el entretiempo, Acaz había muerto, lo cual dejó a su hijo Ezequías frente a un enemigo formidable, y todo porque Acaz no había confiado en el Señor.
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En los capítulos del 36 al 39 de Isaías notamos cómo Ezequías, en contraste con su padre, supo mirar al Señor, animado por Isaías, el profeta fiel. Y Dios libró a Jerusalén de las manos de Asiria, porque Ezequías había puesto su confianza en Dios y no en los hombres. Llegamos finalmente a la última gran sección de Isaías, los capítulos del 40 al 66. En los capítulos precedentes hemos visto cómo Isaías ha entretejido los temas de las intenciones de Dios, el pecado de Israel, su castigo, y la esperanza para el remanente. Esta última sección es una exposición amplia del tema de la esperanza representado anteriormente y, por tanto, está dirigida al remanente. Las palabras «Consolaos, consolaos, pueblo mío» se aplican solo a ellos. El remanente de Dios son los creyentes que están en la iglesia, tanto en aquellos días como siempre. Esta sección se divide en tres partes, y todas ellas tienen que ver con el mensaje o la Palabra de Dios, como sigue: 1. La Palabra de Dios, la promesa (caps. 40-55); 2. La Palabra de Dios, el mandato (caps. 56-62); 3. La Palabra de Dios, el juicio (caps. 63 a 66). Recordemos que Dios había dicho que llevaría a cabo su gran obra de cambiar los corazones a través del oír su Palabra. Esto, como ya hemos señalado, estaba implícito en la experiencia de Elías en el Sinaí (consulte nuestro comentario sobre el capítulo 19 del primer libro de Reyes). En esta primera parte de la sección final de Isaías, en los capítulos del 40 al 55, Dios expone esta verdad. Toda la sección, del 40 al 55, está contenida entre dos fuertes afirmaciones sobre la Palabra de Dios. Primero, que la Palabra de Dios permanecerá para siempre (40.8); segundo, que la Palabra de Dios no regresará a él vacía (55.11) sino que realizará aquello que agrada a Dios y prosperará en lo que Dios le ha enviado a hacer. Por lo tanto, estamos viendo aquí la afirmación de que la promesa de Dios, tal como está expresada en su Palabra y revelada por los profetas, nunca fallará. En realidad, son los hombres los que han fallado.
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La palabra «consolaos» usada para abrir toda esta sección (40.1,2) recuerda las palabras del 12.1. Dios tiene una palabra de consuelo para su remanente; para aquellos que han creído en él. Esto nos está diciendo que toda la sección es un mensaje de consuelo para los hijos de Dios, y a continuación pasa a enumerar los motivos de ese consuelo. Hay consuelo porque Dios exalta a los humildes (vv. 3-5). De acuerdo con lo que Dios ha dicho frecuentemente, él levanta al humilde y baja al soberbio (v. 4; cf. 1 S 2; Is 2.11, etc.). El escritor del evangelio aplicó este mensaje a Juan el Bautista y a su deber como precursor de Cristo (Mt 3.3; Lc 3.4-6). Al final, Dios levantará a aquellos que han sido humillados por sus propios fallos, y que sienten que necesitan de la fuerza de Dios. Hay consuelo porque cuando todo lo demás falla, la Palabra de Dios no fallará (vv. 8-8). La salvación no puede venir por carne ni por sangre (fuerza humana); sino por la fuerza de Dios, declarada por su Palabra. Hay consuelo porque Dios es el Pastor de su rebaño (vv. 9-11). Aquí se describe al Señor como el Gran Pastor. Al mismo tiempo, su brazo es poderoso para salvar y proteger (v. 10), y también delicado para reunir a las ovejas de Dios, el remanente de los que creen (v. 11) (cf. Sal 23; Jn 10.1-18). Hay consuelo porque Dios es soberano (vv. 12-31). Este pasaje nos da una imagen sobrecogedora de la grandeza de Dios. El es grande en su poder creador (v. 12), grande en su sabiduría (vv. 13,14), grande en su trato con las naciones de la historia (vv. 15-17; cf. caps. 13 al 24). Dios es tan grande que los hombres aparecen como algo insignificante delante de él (vv. 22-24). Dios es grande en su poder (v. 26). Porque Dios es tan grande, conoce todas las cosas, y nada escapa de su vista. Él conoce las necesidades de los suyos, y en su soberano poder puede darles poder a aquellos que esperan en él
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(vv. 28-29). La única respuesta por tanto, para el remanente que confía en el Señor, es esperar en él, es decir, mirar a Dios y esperar su respuesta a sus necesidades, y su acción a favor de ellos (v. 31). La palabra «esperar» que encontramos aquí es una palabra clave de los profetas. No denota indolencia sino actitud confiada de expectación de que Dios va a hacer lo que ha prometido por sus hijos. Isaías ha usado ya la palabra varias veces, comenzando en 8.17. Un estudio del uso que hace Isaías de esta palabra «esperar» nos dará una compresión clara de su importancia. En 8.17 el profeta expresa su propia intención de esperar al Señor, hasta que el Señor le revele su faz (su favor) a su pueblo. En 25.9 indica que su propio propósito de esperar es la actitud correcta para todos los hijos de Dios. Todos esperan la salvación de Dios. En 26.8,9 dice que esta espera tiene la forma de un deseo de Dios sentido en el alma. En 30.18 Isaías muestra que los hijos de Dios deben esperar, porque Dios está esperando por el tiempo aceptable de la redención. Y todos los que esperan en él son contados entre los bienaventurados (cf. Mt 5.3-12). Finalmente, en 33.2 indica que la confianza del hijo de Dios está en que el brazo de Dios lo salvará, porque es capaz de salvar hasta los más lejanos de todos los que miran a él y confían y esperan en él. También hay consuelo porque el pacto de Dios con Abraham no fallará (41.1-16). La certeza del plan de salvación de Dios descansa solamente en el poder eterno y la presencia del Señor. No hubo nadie antes del Señor que pudiera controlar a Dios, ni habrá ninguno que venga detrás de Dios y que pueda alterar sus intenciones o su plan (v. 4). Los versículos 8 al 14 expresan hermosamente el buen propósito de Dios, que abarca a todo su pueblo, incluyendo a aquellos que él llamará desde los confines de la tierra. Basado en su amistad con Abraham y en que lo había escogido a él y a su simiente (v. 8; cf. Gn 18.19), Dios llamará un pueblo procedente de todas las nacio317

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nes de la tierra (v. 9). Su promesa para todos es igual a la que le hizo a Moisés cuando lo llamó por primera vez (Éx 3): «Yo estoy contigo» (v. 10) . Pongamos atención a las tres palabras de aliento que se les dan aquí a los hijos de Dios: «Yo te esfuerzo ... siempre te ayudaré ... siempre te sustentaré. . . » (v. 10) . Como había prometido a Abraham en Génesis 12.3, ahora aplica esa promesa a todos los creyentes (v. 11). En el versículo 14 usa el Señor la terminología que había usado en el Éxodo; se llama a sí mismo su Redentor. La idea de la semilla de Abraham que viene de todas las naciones está ampliamente explicada en Romanos 4.16-18; 9.6-8. Hay consuelo porque Dios es un Dios de compasión (vv. 1729). En los profetas que ya hemos visto hay sinónimos para identificar a los creyentes, como «los pobres», «los necesitados», y términos similares (v. 17). Dios ve las necesidades de los desamparados que reconocen su difícil situación y oirá su grito. Los hombres tienen que ser humillados para que lleguen a conocer que es Dios el único que los puede ayudar (v. 20). Con toda seguridad, no hay posibilidad de encontrar auxilio entre los hombres (vv. 28-29). Hay consuelo porque Dios tiene un siervo escogido que vendrá en medio de los hombres y que está en condiciones de hacer todo lo que Dios ha querido (42.1-25). Aquí se aplica el término «siervo» con toda seguridad al Mesías, al Cristo. Debe ser identificado con ese niño que ha de nacer de una virgen (7.14), y que es en verdad Dios en la carne (9.6-7). Dios declara su completa complacencia en el Cristo (v. 1; cf. Mt 3.17). Unida a la promesa de que llevará el evangelio a los gentiles también, está la predicción de sus sufrimientos (vv. 2,3). El llevará a cabo toda justicia (obediencia perfecta a toda la ley de Dios, v. 4) que Dios ha exigido de sus hijos desde el principio (Gn 18.19). En este pasaje, deja en claro que el Redentor, el Cristo, no es otro que el mismo Dios (vv. 6-8).

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El pueblo de Dios está en la oscuridad y necesita de la luz de Dios. Está ciego y sordo al evangelio de Dios. Necesita del poder de Dios para ver y oír (cf. Is 6.9-13). La ley expresa perfectamente cuál es la voluntad de Dios para su pueblo, pero, por sí mismos, los hijos del pueblo no pueden guardar esa ley ni complacer a Dios (v. 22). Es por esto por lo que necesitan que venga un siervo de Dios que pueda hacer a la perfección toda la justicia y el juicio de Dios. Hay consuelo porque Dios se ha propuesto redimir a su pueblo (43.1-21). En este lugar el Señor muestra claramente que él es el único Salvador y que no debían esperar s otro. En las palabras de Éxodo 3.15, él promete estar con los suyos por que los ha amado (v. 4). Notemos nuevamente cómo él muestra que llamará a los suyos de todas las naciones (vv. 5,6,7). En palabras que nos recuerdan Hechos 1.8, el Señor llama a los que él ha redimido para que sean sus testigos. Muestra que el propósito mismo por el cual los ha salvado es para que ellos lo conozcan (crean en él) y declaren que él es el único Salvador (vv. 10,11). Todos estamos llamados a ser para la alabanza de su gloria (v. 21; cf. Ef 1.6,12,14). Hay consuelo porque Dios perdona verdaderamente los pecados de sus hijos (vv. 22-28). Dejados a sí mismos, los hombres no serán capaces de invocar al Señor (v. 22). Ni siquiera pueden cumplir correctamente con la ley ceremonial que les fue dada por Dios para enseñarles arrepentimiento y humildad (v. 23). Como dice Isaías en los versículos con que inicia este libro, los pecados del pueblo son una carga y una fatiga para Dios (v. 24; cf. 1.13.14). También hemos visto esto a través de los escritos de Joel, Amós, y Oseas. Pero Dios se ocupará del pecado de sus hijos de una vez por todas, a fin de que no sigan siendo una carga para él ni para nosotros (v. 25). Toda esperanza en fortaleza humana es vana, pues no puede desprenderse del pecado (v. 27). Por tanto, solo en Dios hay esperanza.
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Hay consuelo porque Dios revivirá a los suyos; les dará vida (44.1-23). La relación personal de cada uno de los hijos de Dios comienza no cuando cree por primera vez en el Señor sino mucho tiempo antes. Dios hizo y formó a sus hijos en el vientre, aun antes de que nacieran (v. 2), y Pablo nos dice que fueron escogidos en Cristo antes aun de que creara el mundo (Ef 1.4). Como lluvia caída del cielo sobre tierra seca e improductiva, así será el derramamiento del Espíritu Santo de Dios sobre sus hijos que él ha escogido cuando venga el tiempo oportuno (v. 3). Esto nos recuerda las palabras dichas anteriormente por Joel (Jl 2.28) y por el mismo Isaías en 32.15. El versículo 5 de Isaías 44 enseña cómo los hijos de Dios llegan todos a la conciencia de que son sus hijos después de que el Espíritu Santo viene a ellos y los regenera para la vida eterna. Esta maravillosa esperanza que nos viene del Dios poderoso, está en imponente contraste con los hombres ignorantes que ponen su esperanza en imágenes que han tallado ellos mismos (vv. 6-20). Solo la redención que Dios se propone realizar trae la respuesta de los creyentes en alabanza a Dios (vv. 21-23). Hay consuelo porque Dios es el centro de toda la historia y obrará todas las cosas para el bien de su pueblo, de acuerdo con su propósito (vv. 24—46.13). El Señor comienza aquí con una afirmación de que él controla todas las cosas, como se pudo ver en la creación (v. 24) y se demuestra en toda la historia y los hechos de los hombres (v. 25), culminando en su decisión de llevar adelante sus buenos propósitos a favor de sus hijos, como habló a través de su siervo (v. 26). Inmediatamente a continuación, el Señor dice un nombre que no ha sido oído aún por los oídos de los hombres, y menciona el futuro gobernante de un gran imperio que no está aun en el horizonte de la historia; el nombre es el de Ciro (44.28; 45.1). Declara que ha predicho la venida de Ciro para servir a sus propósitos, a fin de
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que su propio pueblo tenga la seguridad de que él es en verdad el soberano de toda la historia y de la vida del hombre, no solo en el presente, sino también en el futuro (45.4). Esta sección se extiende sobre la grandeza del Dios de Israel como el Dios único y verdadero (v. 5). Esa grandeza se puede ver en forma particular en su poder para crear la luz y las tinieblas (un recuerdo del principio de la creación; Génesis 1) y para crear la paz y la adversidad (45.7). Debemos recordar que el término «adversidad» puede referirse tanto a los hechos ilegales del hombre contra la voluntad de Dios como al castigo resultante que Dios envía a los que han hecho mal. La misma palabra hebrea se usa en ambos sentidos; y por supuesto, el segundo significado es el obvio en este pasaje. Dios puede traerles a los hombres por igual la paz si confían en él, o la adversidad (el juicio) si no lo hacen (cf. 9.6; 26.3,12; 32.17; 48.22; 53.5; 57.21). Dios es el único Dios con el que los hombres tienen que ver. Por tanto, aquellos que no hagan las paces con él están en un gran peligro (45.9). Esto conduce por supuesto a una invitación para que todos miren a su Dios soberano, que es el único que tiene la respuesta a nuestras necesidades (vv. 22-24). Dios, quien es el Señor del universo, es el Redentor que se presenta ahora capaz de controlar toda la naturaleza y toda la historia (46.10,11). Por tanto, llamará a Ciro en el futuro de la historia del hombre para que haga su voluntad y libere a su pueblo de la cautividad de Babilonia. ¡Este es el Dios de Israel! Hay consuelo porque Dios juzgará ciertamente a los malvados que no quieran arrepentirse (cap. 47). Babilonia, como hemos visto en las Escrituras, representa los reinos mundanos de la tierra que se levantan contra el reino de Dios. Ellos están también bajo el control de Dios y tal como el Señor le había dicho a Israel mucho tiempo antes, lo vuelve a decir de nuevo: él derrocará a los enemigos suyos y de su pueblo (v. 1).
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La razón de la ira de Dios contra Babilonia se ve aquí en la forma en que los babilonios tratan al pueblo de Dios (vv. 5,6). Es cierto que Dios entregará a Israel en las manos de Babilonia, pero los babilonios no tratarán con Israel con sentido de servicio a Dios sino más bien como un pueblo orgulloso y jactancioso (vv. 7,10). Notemos que Dios habla de las actividades de Babilonia como si ya hubieran pasado. Esto se hace con frecuencia para que podamos ver que con Dios el futuro es tan cierto como el pasado. Notemos también que el juicio final sobre Babilonia no tendrá apelación. Será definitivo (v. 11). Toda su magia y su confianza en la carne fracasarán (vv. 12,13). Hay consuelo porque es seguro que Dios llamará a los suyos (caps. 48-50). Dios pasará por alto los pecados de Israel. Ve que hay muchos hipócritas (48.1-2). Les ha hablado de su liberación futura de Babilonia para que en ese momento no puedan decir que son sus ídolos los que los han salvado (v. 56). Dios liberará a sus propios hijos, pero no les ahorrará la aflicción de la guerra y del cautiverio (vv. 9,10). Él permitirá que sus hijos sean llevados junto con los demás de Israel que no son sus creyentes. Pero todo esto pudo haber sido evitado. Vino solamente porque el pueblo no quiso guardar los mandamientos de Dios y tener respeto a su voluntad (48.18). Ahora Dios purificará a Israel en el horno de la aflicción (Babilonia), y los malvados no conocerán allí la paz (v. 22). El capítulo 49 nos da una descripción personificada de Israel. El verdadero Israel fue escogido por Dios desde el vientre materno (v. 1). Más tarde se dirá lo mismo con respecto a uno de sus hijos, Jeremías (Jer 1.5). Dios quería ser glorificado por su pueblo cuando lo llamó del seno de Egipto (v. 3) e hizo su pacto con él en el desierto. Pero Israel aprendió a través de penosas experiencias, tanto en el desierto como después a través de toda su historia, que no podía hacer la voluntad de Dios. Su esfuerzo era en vano (v. 4). Esto se puso de manifiesto en los días de los jueces, y nada pudo
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cambiar la realidad de que Israel era demasiado débil para salvarse y para servir a Dios. Pero Dios no se da por vencido. Traerá a Israel a sí nuevamente (v. 5). Dios tiene grandes planes para su pueblo. No solamente habrán de ser su gloria sino que también lo glorificarán entre las naciones (v. 6). Lo que Dios le prometió a Abraham habrá de suceder con toda seguridad. La simiente de Abraham será una bendición para todas las naciones (ver Gn 22.18). En aquel momento, con todo y el mensaje de Isaías, daba la impresión de que Judá había sido desamparado. Posteriormente, en la caída de Jerusalén, lo parecerá aun más; pero Dios no lo ha abandonado ni olvidado, como antes tampoco olvidó a Israel en Egipto (49.14,15). La lección del momento es clara. El verdadero pueblo de Dios debe esperar grandes sufrimientos cuando la iglesia visible (en este caso Israel) ha desobedecido a Dios. Sin embargo, Dios no olvida a su pueblo que en él confía, y lo preservará para que sea su testigo ante las naciones. Notemos que Pablo usa el versículo sexto para mostrar que fue cuando los judíos rechazaron el evangelio que los apóstoles tuvieron que volverse a los gentiles (cf. Hch 13.47 y Mt 28.20). Volviendo al mismo tema dado anteriormente por Oseas, Isaías muestra ahora que aunque Dios aparta a su pueblo, como un hombre podría despedir a su esposa con un documento de divorcio, sin embargo lo puede redimir, o sea, comprarlo de nuevo (50.1,2). En el resto del capítulo Isaías habla como representante de los auténticos creyentes. Dios ha intervenido y los ha hecho obedientes (v. 5). Por tanto, ellos pueden afrontar todo lo que venga y saber que Dios no los abandonará (v. 5). Esto es muy similar a la conclusión a la que llegó Habacuc en su tercer capítulo, luego que Dios le había mostrado la necesidad del cautiverio de Babilonia. Mucho de lo que se dice aquí nos recuerda los sufrimientos de Cristo, quien en ver323

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dad sufrió por nosotros tomando nuestro lugar, y fue hasta escupido (Mt 26.67; 27.30). Sin embargo, Isaías está hablando en este momento de las aflicciones que todo creyente sufre cuando Dios tiene que juzgar a su iglesia y purificarla. Como dijimos anteriormente, la única cosa que distingue a los hijos de Dios de los hipócritas es su confianza en el Señor (v. 10; cf. Is 12.2). Hay consuelo porque Dios reafirmará constantemente su pacto con Abraham (51.1—52.2). De una manera muy similar a como Pablo haría posteriormente, Isaías apela en este momento a la institución del pacto de Dios con su pueblo en los tiempos de Abraham. Ve a todos los hijos de Dios (aquellos que buscan la rectitud) como los hijos de Abraham, que nacen del mismo pacto basado en la fe en Dios (cf. Ro 4.1-18). Este es el consuelo que Dios les ofrece a sus hijos (v. 3). Dios aclara nuevamente que lo que él exige de sus hijos (justicia y juicio; ver Gn 18.19), él lo proporcionará por sí mismo, por amor de ellos (vv. 4,5). Por tanto, llama a la salvación de ellos, su propia salvación. La evidencia de que somos hijos de Dios es que Dios ha actuado en nuestros corazones, haciendo su obra de salvación. Nosotros conocemos la justicia (la justicia de Dios que nos ha sido atribuida como a Abraham; Gn 15.6), y por tanto guardamos la Ley de Dios en nuestros corazones (v. 7). Este gozo y esta felicidad que estaban tan obviamente ausentes en los días de Joel (Jl 1) serán vistos en aquellos a los que Dios rescate del pecado y de la muerte (v. 11). En esta forma es Dios el que es el motivo de nuestro consuelo, Dios y su obra (v. 12). La particular distinción de aquellos que sean el pueblo de Dios en ese día es que ellos tienen la Palabra de Dios que les ha sido confiada, el mensaje de Dios a los hombres. Entonces, todo el pueblo de Dios se convertirá en profetas de Dios, voceros de Dios en la tierra. Tienen la Palabra de Dios en sus corazones por la acción
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directa de él al salvarlos y hacerlos sus hijos (cf. Dt 18.18; 30.14; Ro 10.8). El estupor espiritual en que Israel había caído es como el de una persona ebria (vv. 17ss). Dios ahora pondrá sobrios a los suyos que han pasado por la aflicción, para que puedan caminar rectamente ante él. Sin duda Dios mira al estado final de su pueblo cuando promete que vendrá el día en que todos los que no creen serán quitados de su iglesia (52.1,2). Entonces debemos ver que Dios está tranquilizando continuamente a su pueblo que vive en un mundo de pecado e incluso en una iglesia visible que está repleta de no creyentes e hipócritas, diciéndole que no siempre será así. La iglesia del futuro, de la eternidad, será una iglesia sin mancha y estará llena de gente santa que será capaz de permanecer ante Dios en una relación de amor (ver Ef 1.4). Dios nunca abandonará sus propósitos, y aunque las condiciones presentes son contrarias, él tendrá una iglesia así. Por lo tanto, es necesario que Dios le recuerde a su pueblo esto de vez en cuando, porque la iglesia en la era presente (hasta que Cristo vuelva) va a ser imperfecta. Hay esperanza porque Dios ha presentado su plan de redención (52.3—55.13). En una época tan temprana, podría haber sido pedir demasiado esperar que Dios presentara en vivo ese plan de salvación que llevaría a cabo unos 800 años después. Sin embargo, eso es precisamente lo que hace Dios en su misericordia. Por tanto, obtenemos en estos capítulos un anticipo de la obra de Cristo, escrito tan vívidamente que se podría pensar que Isaías había sido un testigo ocular de la labor redentora de Dios a través de Jesucristo. Isaías (52.3-12) presenta el plan de salvación de Dios que está a punto de ser revelado. Primeramente Dios le dice a Isaías que su plan no le costará nada a Israel. Ellos no tienen nada de valor con qué pagarle a Dios. Están en bancarrota espiritual y no tienen nada que puedan ofrecerle a Dios. Por ello, el plan de Dios no supondrá que ellos tengan que traerle nada a él. De hecho, solo podrán estar
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preparados para recibir su salvación cuando quieran reconocer su pobreza espiritual (vv. 3,4). Le llama «alegres nuevas» al plan que esta a punto de presentar, como había hecho anteriormente (40.9; 52.7). La buena noticia en esencia, es que Dios aún reina (v. 7). Esto le dice al pueblo que a pesar de toda la inestabilidad e incertidumbre de la historia pasada de Israel, su Dios, que es constante, aún está al frente de todo. Nada de lo que ha pasado es demasiado difícil para que el Dios de Israel lo controle. En 52.13 al 53.12 tenemos el corazón del plan de salvación de Dios. Regresando al tema del siervo que hemos visto a través de toda esta sección (Is 41.8,9; 42.1,19; 43.10; 44.1,2,21,26; 45.4; 48.20; 49.3,5,6), el Señor presenta al siervo ahora como un individuo. Se caracteriza por su sabiduría (52.13). Con esto reconocemos que él, a diferencia de Israel, será consecuente, porque no solo conocerá la Palabra de Dios sino que la obedecerá. Este es el significado bíblico de la vida sabia. Por ello, triunfará allí donde Israel, el siervo de Dios, ha fracasado. Aquí se inserta una sobria advertencia en medio de la predicción: ¡no tendrá el aspecto de un vencedor! (v. 14). Este versículo va a tener que esperar hasta el próximo capítulo para ser explicado; sin embargo, tenemos que fijar nuestra atención en él ahora. El versículo siguiente, el 15, procede a hablar de su éxito. Él rociará a muchas naciones. La referencia a que rociará, quizá se refiera al Pentateuco, en Números 19.18-21. En ese pasaje se nos dice que la persona que está limpia y debe purificar lo que no está limpio, rocía el agua purificadora sobre lo que no está limpio. Más tarde, Ezequiel haría referencia también a este hecho de rociar, que será realizado por Dios cuando purifique a sus hijos. En ese contexto posterior la acción de rociar queda plenamente identificada con la obra salvadora del Espíritu Santo (Ez 36.24-27).

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En el Nuevo Testamento esta labor purificadora aplicada por el Espíritu Santo recibe el nombre de obra de regeneración y renovación. Es el Espíritu Santo derramado en los creyentes a través de la obra de Cristo (Tit 3.3-7). El escritor de Hebreos, por tanto, ve la aspersión ceremonial del Antiguo Testamento como figurativa de la aspersión con el Espíritu Santo, es decir, la obra de regeneración (Heb 9.13,19; 10.22). Se hace bien evidente, por tanto, que el sacramento del bautismo del Nuevo Testamento ordenado por Cristo Jesús y asociado con la venida del Espíritu Santo, tiene que ser por aspersión o por derramamiento de agua y no por inmersión. Las palabras de Isaías 52 indican que cuando las naciones sean rociadas, verán y comprenderán (v. 15). Esto apunta a la obra milagrosa de renacimiento o regeneración por la cual los hombres que antes eran ciegos e ignorantes de las cosas espirituales, reciben vida y son hechos capaces de responder a la invitación que Dios les hace para que se acerquen a él. Esto no es ni más ni menos que lo que Jesús le dijo a Nicodemo posteriormente: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3.3). Así la ceguera y la ignorancia de los que oían, de las cuales había advertido el Señor a Isaías cuando lo llamó, serán resueltas por Dios dándoles nuevos ojos para ver y mentes para comprender la verdad de Dios. Este es el significado del nuevo nacimiento mismo; y por qué es que en toda doctrina sólida el nuevo nacimiento debe preceder a la expresión de arrepentimiento y fe por parte del creyente. El capítulo 53, que es mencionado frecuentemente en el Nuevo Testamento como una profecía relativa a Cristo (ver por ejemplo Hch 8.32,33), comienza haciendo una pregunta (v. 1). La pregunta está en la forma hebrea del paralelismo, esto es, que la segunda línea ha de ser tomada como un pensamiento paralelo al de la primera línea, y declara la misma cosa con palabras diferentes. Esta es la marca normal de la poesía hebrea. En este caso por tanto, la
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pregunta «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?», es respondida en la segunda línea: «¿Sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?» Como ya dijimos anteriormente, nadie puede creer, si no le es revelado primeramente a él por el Señor a través del Espíritu Santo. De manera que los que creerán son aquellos a los que la salvación de Dios ha sido revelada. La descripción de la salvación representada por el brazo de Dios está de acuerdo con lo que hemos visto en 40.10,11 con respecto al brazo de Dios, que a un tiempo es recio gobernante y tierno pastor. Ya se nos ha advertido en 52.14 que la salvación de Dios y el siervo de Dios enviado para salvar no parecerían tales. Comenzando con 53.2,3, el profeta amplifica esta idea. Es como una planta enraizada en tierra seca e improductiva (v. 2). Esto indica que no es un producto del suelo. Así el siervo no tendrá éxito por causa de su fondo cultural o ambiente. Su nacimiento virginal, mencionado ya anteriormente (7.14), corrobora también que su nacimiento ocurre por un acto de Dios y no del hombre. Él es del tronco de Isaí (11.1), pero no es un producto de la descendencia de David. Como hombre, no hay nada en su parecer que atraiga (v. 2). Esto no significa en manera que fuera feo. Pero tampoco era un hombre atractivo. Por tanto, su éxito no dependería de su apariencia. En realidad, su vida sería una vida dura. Fue despreciado (v. 3), lo cual significa simplemente que los hombres no vieron grandes valores en él (este sería el caso del hijo del carpintero). Fue un hombre de dolores, que conocía el pesar. El dolor lo rodeaba. La vida dura no estuvo ausente tampoco. No sería lo que el mundo llama un hombre triunfador en sus negocios, y por eso sería despreciado (contado como de poco valor, contado por poco entre los hombres).

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Por esto el profeta advertía anteriormente que su rostro estaba desfigurado de tal manera que no podía parecer un Salvador. Pero ahora, en los versículos 4 a 6, Isaías explica que su apariencia decepcionante fue así por una muy buena razón. El pesar y el dolor que llevó, fueron por nosotros; fueron los que nosotros deberíamos haber llevado (v. 4). Lo que aparentaba ser aflicción por su propio pecado, en realidad era su sufrimiento en lugar de nosotros. Era porque nosotros éramos pecadores, y él sufrió nuestro castigo. Así, al juzgarlo afligido y herido por Dios, los hombres se estaban juzgando a sí mismos en realidad. Lo que vieron que caía sobre él, era en realidad lo que debería haber caído sobre ellos. El concepto del sufrimiento vicario (alguien que sufre en lugar de otros para traer la paz entre el pecador y Dios), que se pudo ver por primera vez en Génesis 22.8,13, presentado nuevamente en los sucesos de Pascua (Éx 12.3-7; 12.13) y más tarde convertido en todo un sistema de sacrificios, llega aquí a su completo sentido y desarrollo. Es el concepto de un siervo fiel de Dios que se hace sustituto de todos esos siervos que en sí mismos eran incapaces de ser fieles por causa de su condición pecadora. Las úlceras y las llagas con las que fue herido Israel, de acuerdo con 1.6, se toman como las marcas del castigo que el siervo de Dios tomaría en nuestro lugar (v. 5). El hombre natural anda descarriado como oveja errante, volviéndose hacia todo lo que le atrae en oposición a los caminos de Dios (v. 6; cf. Gn 18.19). La expresión hebrea que aparece en el versículo 6, «Jehová cargó en él», en realidad debe leerse «Hizo que vinieran a pesar sobre él». Él es el punto focal de todo nuestro pecado. Los versículos del 7 al 9 detallan los sucesos que rodean su muerte: cómo sufrió sin quejarse (cf. Mt 26.63; 27.12,14). Cuando se le compara a una oveja que va al matadero, vienen a la mente las palabras de Abraham en Génesis 22.8, así como las últimas de Juan el Bautista en Juan 1.36.
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De nuevo se dice, como ya se había indicado en el versículo 52.14 y el 53.3, que todo su sufrimiento, aunque fue por el bien de los hijos de Dios, apenas fue reconocido cuando ocurrió. Su propia generación no fue capaz de ver el significado de su sufrimiento (v. 8). Aunque fue el propósito de los que lo mataron hacer caer sobre él la vergüenza del proceso, al hacerlo morir con los malvados (v. 9), Isaías predice que sin embargo, su sepultura sería la de un rico (v. 9). Es como si el Señor dijera después de su muerte: «Ya es bastante; ríndasele honor ahora». Nosotros sabemos ciertamente que Jesús, tal como lo dice este versículo, fue crucificado intencionalmente entre dos ladrones conocidos para identificarlo así con los pecadores (Mt 27.38). Sin embargo, Dios dispuso ciertamente que fuera puesto en la tumba de un hombre noble y rico (Mt 27.57-60). Este honor póstumo hecho a su cuerpo después de su muerte estaba en orden porque en realidad él no había hecho violencia o engaño (Is 53.9). Así Dios evitó que se consumara cualquier intención que hayan podido tener sus enemigos de destruir o tal vez profanar el cuerpo de su siervo. Una vez que murió, ya había pagado toda la pena; había cumplido su misión. Todo estaba terminado (cf. Jn 19.30). Los versículos finales de Isaías 53 nos dan la importancia teológica de estos sucesos referentes al sufrimiento y la muerte del siervo perfecto de Dios. Desde la época del Éxodo el Señor había estado enseñándole al pueblo que solo había un lugar escogido por él, donde debería ser ofrecido el verdadero sacrificio (Dt 12.5-11,1314). Este lugar, representado simbólicamente en el Antiguo Testamento por el altar del santuario que estuvo primeramente en Silo y después en Jerusalén, sin duda señalaba hacia el único lugar donde Dios se encontraría con el hombre, el lugar de la muerte de su siervo perfecto, esto es, en Cristo, donde los hombres pueden adorar a Dios en espíritu y en verdad (cf. Jn 4.23-24).
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Las palabras que declaran que le complace al Señor quebrantarlo parecen crueles hasta que nos damos cuenta de que esta declaración ha de ser tomada en el contexto de que él existió y se ofreció por el pecado (v. 10). Debemos recordar que Dios había dicho antes que no le complacían las obras y los esfuerzos de los hombres pecadores (Is 1.11). Por tanto, era necesario un sacrificio mejor y más perfecto. Este, según se nos enseña aquí, fue proporcionado por el siervo de Dios, con el cual el Señor estaba muy complacido (cf. Mt 3.17; 12.18; 17.5). Dios no se complació con los actos de los hombres pecadores que mataron a su siervo, pero sí en disponer la muerte de Cristo como un sustituto por nuestra propia muerte, que era lo que merecíamos (cf. Hch 2.23,24). Vemos aquí en un solo hecho tanto el juicio de Dios con respecto al pecado, como su gracia hacia sus hijos, que rescató a través de la muerte de su siervo. La recompensa para ese siervo que tanto sufrió por nosotros será que su obra triunfará. Verá su simiente (53.10), todos aquellos que el Padre le ha dado (cf. Jn 6.37,39). Él hará eternos (largos) no solo sus días sino los de los demás hijos de Dios. Dios estará satisfecho con el sufrimiento del siervo y lo aceptará en lugar de nosotros (v. 11). La clave de esta satisfacción está en la realidad de que el siervo de Dios es todo lo que Dios nos exigía que fuésemos: justo (v. 11). El versículo 12, en resumen, afirma nuevamente que su muerte fue beneficiosa para la bendición de toda una multitud (todos los que confían en el Señor, como lo enseña la Palabra de Dios a través de todas las Escrituras). Él salvó a los hijos de Dios, no solo porque murió sino también porque tuvo la muerte de un delincuente (v. 12). Él salvó a los hijos de Dios no solo porque el pecado de los muchos se centró sobre él sino también porque quiso interceder por los pecadores (v. 12; cf. Jn 17.2,9,17,20,24).

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En Isaías 54 el plan de salvación de Dios que acaba de ser revelado se aplica a los escogidos que recibirán los beneficios de la muerte de Cristo y de su triunfo sobre el pecado y la muerte. Los beneficiarios son numerosos. Son como los hijos de una mujer estéril, adoptivos (v. 1). En una evidente referencia a la profecía de Noé mucho tiempo antes, Dios enseña que la tienda de habitación del pueblo de Dios deberá ser ensanchada para que pueda entrar el gran número de los que serán añadidos a ese pueblo (vv. 2,3). Vuélvase a leer Génesis 9.25-27, donde Noé predice que Jafet (representante de los gentiles) vivirá en las tiendas de Sem. En la época del Antiguo Testamento pocos gentiles entraban en Israel para convertirse en hijos de Dios, pero esta situación habría de cambiar. Después de que el Salvador muriera y realizara su obra redentora, habría espacio suficiente para judíos y gentiles. Los creyentes de todas las naciones se unirán a la familia de Dios (v. 3; 2.3,4; Mt 28.19,20). En los versículos del 4 al 8 se hace uso de otra analogía. Esta vez Dios es presentado como el esposo y su pueblo como la esposa. Este tema es similar al de Oseas. La esposa había sido infiel y descarriada, pero Dios la trae de vuelta. El tiempo de disciplina en total parecía corto comparado con el tiempo de la misericordia de Dios, que es para siempre (v. 7,8). Esto significa que el sufrimiento y las durezas de este mundo que soportan los hijos de Dios tanto antes como después de su conversión no son nada comparado con las bendiciones eternas que se les tienen reservadas (cf. Ro 8.18). Los versículos 7 y 8 resumen dos cosas simultáneas: el juicio que Dios hace del pecado en Cristo y el definido propósito de Dios de tener un pueblo. En el versículo 9 el Señor muestra que su pacto general con toda la humanidad, establecido en el momento del diluvio, fue una preparación del pacto especial de Dios con sus propios hijos, a los que ahora promete que están en paz con él y no serán castigados
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por el pecado porque Dios está satisfecho con Cristo como sustituto nuestro (53.11). Aquí se le llama a esto el pacto de paz: la paz entre Dios y los creyentes (v. 10; cf. Ro 5.1). El resto del capítulo nos da la seguridad de ese consuelo esperado por tanto tiempo (v. 11). También enseña que la aplicación de la obra de Cristo a nosotros nos vendrá cuando seamos enseñados por Dios, esto es, regenerados por su Espíritu Santo, de tal manera que tengamos ojos para ver, oídos para oír, y corazones para comprender lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo (cf. 50.5; 51.7). Jesús mostrará más tarde que Isaías 54.13 es ciertamente una referencia a la regeneración (Jn 6.44,45; cf. 1 Tes 4.9; 1 Jn 2.27). A esto lo llama Isaías la herencia de todos los siervos del Señor (54.17). Nosotros recibimos todos los beneficios de la muerte del Cristo, el perfecto siervo de Dios descrito en el capítulo 53. Somos considerados justos, como también lo fue Abraham, porque la justicia de Dios nos es aplicada en Cristo. Así Dios nos proporciona lo mismo que nos exigía. Finalmente se presenta la bondadosa invitación de Dios a los hombres para que vengan a participar de este plan (Is 55.1-7). Dios había dicho que proveería gratuitamente el agua para los pobres y necesitados (Is 41.17). Ahora esta agua de vida es ofrecida gratuitamente a todos los que están sedientos (55.1; cf. Jn 4.1014). Notemos que la invitación es para todos los que están sedientos (v. 1). Así también la bondadosa invitación de Dios llega a todos (cf. 45.22; Mt 11.28; Ap 22.17). Por tanto, ninguno de los hijos de Dios tiene el derecho de restringir esta invitación gratuita. Por supuesto que sabemos que solo cuando Dios obre en los corazones de los hombres para hacerles darse cuenta de su pobreza y de su sed, de su necesidad de él, entonces será cuando responderán. Deben ser enseñados por Dios para conocer que tienen necesidad de él (v. 13). Pero cuando se trata del ofrecimiento de la salvación, este debe ser hecho a todos, sin distinción.
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Este ofrecimiento es un regalo gratuito que no se compra con las cosas a las que los hombres dan valor (55.1,2). Las misericordias firmes de David que se mencionan en el versículo 3 hacen referencia a la clase de misericordia que el mismo David conoció, como lo expresa en su salmo 51. Basándose en esa misma contrición y ese corazón quebrantado por el pecado, Dios mostrará su misericordia a todos los que confiesen a él su pecado y su necesidad (cf. 54.7). Esa misericordia se describe bellamente en este lugar (vv. 6,7). Es segura porque depende de Dios y no del hombre. Este plan de salvación que Dios ha presentado ahora se señala como algo que no está de acuerdo con los pensamientos del hombre, porque el hombre vería siempre sus «buenas obras» como una parte imprescindible en cualquier plan que él ayudara a trazar. Por tanto, se está advirtiendo que no rechacemos el plan de Dios simplemente debido a que no pensamos como él piensa (vv. 7-9). Dios ve nuestra pretendida «justicia» como trapos de inmundicia (ver 64.6). Como dijo el autor de los Proverbios, «hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte» (Prv 14.12). Para terminar esta primera parte toda de la última sección principal de Isaías, que trata sobre el consuelo de Dios, y que comenzó en el capítulo 40, el Señor vuelve una vez más a asegurar que su Palabra cumplirá todo lo que él se ha propuesto que haga (v. 11; cf. 40.6-8). Por consiguiente, vemos que la certeza de la palabra depende del que la habla, que es el Señor, que es el mismo que les proporciona a todos los hombres su pan cotidiano (v. 10). Él ha demostrado siempre que es digno de confianza en su providencia natural, de manera que en la misma forma su Palabra es segura cuando habla de las providencias tomadas para nuestra salvación. Los versículos 12 y 13 concluyen toda la primera parte de la gran sección final de Isaías —capítulos del 40 al 55— con una representación típicamente agrícola de las bendiciones de Dios para con su pueblo. Esa primera parte ha tratado de la Palabra de Dios como
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promesa. A continuación veremos la segunda parte de la sección final, la Palabra de Dios como mandamiento (caps. 56—62). La segunda parte de la última división de la profecía de Isaías comienza en el capítulo 56 y sigue hasta el 62. Esta sección podría titularse «la Palabra de Dios como mandamiento», porque sigue tratando sobre la Palabra de Dios pero ahora particularmente en la forma en que sirve como guía para los creyentes. Dios nos está mostrando aquí que espera algo de aquellos a quienes ha redimido. Como afirma Pablo en Efesios 2.10, somos salvos para las buenas obras, para andar en la voluntad de Dios. Aquí alza Dios una vez más las normas que espera que se cumplan en todos los creyentes: la justicia y el juicio (56.1). Estas son las mismas normas que él le había fijado originalmente a Abraham (Gn 18.19), y que nunca ha alterado. Así que los hijos de Dios, rescatados en esa forma, como Dios nos ha mostrado ya en los capítulos anteriores, ahora han de vivir de una manera que demuestre que son realmente hijos de Dios (v. 2). Es posible que se mencione aquí el mandamiento del sábado (v. 2-5), porque estaba en el propósito original de Dios apartar ese día como un símbolo de amistad eterna de Dios con su pueblo. Fue establecido en la creación, y en cuanto se estableció la Ley, fue tratado como un mandamiento que ya era conocido y practicado. No hay mandamiento que pueda probar mejor el estado espiritual del creyente. Es como ese descanso eterno con Dios. Por tanto, el hijo de Dios es señalado como alguien que disfruta del sábado. Si el sábado le resulta algo fastidioso y agotador, entonces será que lo está usando mal, o que no está listo todavía para la eternidad. El descanso sabático es, por tanto, una buena prueba para el hijo de Dios. Más tarde, en 58.13-14, el profeta hablará más extensamente sobre la observancia del sábado. Así pues, cuando lleguemos a ese punto consideraremos el asunto con más detalle.
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Se incluye aquí en el capítulo 56 entre los hijos de Dios a aquellos que habían sido tradicionalmente despreciados por la mayoría en Israel: los extranjeros (vv. 3,6,7), los eunucos (vv. 3-5), y los demás parias de Israel (v. 8). Así se extienden la gracia y el amor de Dios a todos, sin importar su situación pasada o presente: lo que importa es que confíen en el Señor (v. 8). Estos están entre aquellos que finalmente vendrán a la montaña santa del Señor, es decir, a la salvación y al cielo (v. 7; cf. Is 2.2-4). Estos no solamente estarán llenos de gozo sino que también sus obras y su adoración serán aceptables porque han confiado en el Señor y no en ellos mismos (v. 7). Queremos presentar el contraste de esto con el estado anterior de Israel sin fe en Dios (Is 1.11-15). Lo podemos comparar con la contrición de David después del pecado y su total confianza en que Dios haría su adoración aceptable otra vez (Sal 51.19). Es decir, que vemos aquí un regreso al significado del primero de los sacrificios ofrecidos por los hombres: el de Caín fue inaceptable porque confiaba en sí mismo y no en Dios, mientras que el de Abel era aceptable porque lo ofreció en fe (Gn 4.3-8; cf. 1 Jn 3.12 y Heb 11.4). En el resto del capítulo 56 (vv. 9-12) y parte del capítulo 57 vuelve a hablar para aquellos que aún no confían, y por tanto, no han salido del estado anterior de Israel de que se hablaba en el capítulo 1. En la iglesia sin fe los hombres todavía buscan sus propios caminos por razones egoístas (v. 11). Hacen sufrir al creyente justo y hasta lo decepcionan y lo echan fuera (57.1). Este tipo de gente es llamado «la simiente de una adúltera», al estilo de Oseas (57.3-10). Tienen puesta su confianza en su propia justicia, la cual es del todo inaceptable para Dios (v. 12; cf. 64.6). Habrán de ser juzgados, y no tienen esperanza (v. 13a). En contraste, Dios se complace en aquellos que ponen su confianza en él (v. 13b). Él exige un pueblo contrito de corazón y humilde, que reconozca su condición pecadora, y su total inutilidad para
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salvarse a sí mismo (v. 15). Esto es lo que significa aquí la palabra arrepentimiento (cf. Sal 51.17). Estos ponen su confianza en Dios y buscan refugio en él (v. 13b). Esto es lo que se quiere expresar con la palabra creer. Dios promete revivirlos y levantarlos (v. 15). Podemos comparar en este punto las mismas verdades en la forma en que fueron declaradas por Ana, la madre de Samuel, mucho tiempo atrás (1 S 2.1-10), o sea, que Dios juzga al soberbio y consuela al humilde. Aquí se recuerda el concepto de paz mencionado en 54.10. Habrá paz para los creyentes de cerca y de lejos (judíos y gentiles) (cf. Ro 5.1), pero no la habrá para los malvados (los que no ven en su vida la necesidad de Dios) (57.19-21). En el capítulo 58, el Señor enseña en forma específica lo que espera de los creyentes. El hombre viejo (las prácticas pecadoras del pasado) debe ser desechado, para que la vida pueda dar gloria a Dios realmente. Un proceso así puede ser penoso, porque incluso en sus intentos de agradar a Dios, pecan al no observar la Ley tal como él exige y pretende que sea guardada (58.1,2). El Señor pone como ejemplos su método de ayuno (vv. 3-9) y su observancia del sábado (vv. 13-14). Ayunan y se extrañan de que el Señor no se sienta complacido (v. 3), pero es que ayunan con espíritu egoísta y no para glorificar a Dios (vv. 3-5). En su ayuno, su preocupación se centra en la exhibición externa y no en la entrega interna. Por tanto, Dios llama a un ayuno que hará algún bien porque ayudará a los necesitados (vv. 6-7). En lugar de privarse simplemente del pan durante un día, que tomen ese pan y alimenten al hambriento. En lugar de quitarse algunas piezas de ropa para ponerse ropa de saco, que usen su ropa para cubrir al desnudo. Si hacen esto, estarán ayunando realmente, como Dios quiere. Él será glorificado, y tendrán una dulce comunión con él (vv. 8,9a). Comparemos esto con lo que dice Jesús en el Sermón de la Montaña, cuando trata en forma similar con actos de culto tales como el ayuno (Mt 6.2-18).
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En otras palabras, los que son de Dios necesitan examinar sus prácticas y su vida presente para determinar qué es lo que agrada a Dios y qué no le agrada. Necesitan dejar de hacer el mal y comenzar a hacer el bien (vv. 9b-12). Al hacerlo, serán una luz que brilla en la oscuridad de este mundo (v. 10; cf. Mt 5.14-16). También serán una bendición para los demás, como un jardín bien regado (v. 11; cf. Sal 1). Finalmente, se asemejarán al que repara una brecha, a los hacedores de paz (v. 12; cf. Mt 5.9). Con respecto a la observancia del sábado, también ha de ser realizada para gloria de Dios. Por tanto, el objetivo no está en buscar lo que nos complace a nosotros mismos sino lo que le agrada al Señor en ese día (v. 13). Esta es la única forma en que le podemos dar a Dios ese día para su gloria. Notemos que este día ha de ser algo deleitoso para el hijo de Dios. Cuando podemos emplear ese día en agradar y servir al Señor, y lo consideramos una delicia, es cuando estamos glorificando verdaderamente a Dios, y preparándonos realmente para el sábado eterno con el Señor y con su pueblo. En los capítulos del 59 al 62 tenemos un resumen de todo el mensaje de consuelo dado a través de Isaías. Al mismo tiempo, se hace una síntesis y un análisis. Comienza con el reconocimiento del pecado de Israel y su consecuencia: la separación de Dios (59.18). Sus obras no los pueden salvar; en realidad, sus obras lo que hacen son condenarlos (vv. 6,7). La culpa no es de Dios (v. 1), sino de que ellos no pueden hacer la voluntad divina (v. 8). Aquellos que miran a los demás buscando respuesta a sus necesidades miran en vano (vv. 9-15). No hay esperanza, ni hay ningún salvador entre los hombres. Dios sabe esto también, por eso, proporciona esa salvación que los hombres no podrían nunca alcanzar por sí mismos (v. 16). Aquí encontramos esa gran doctrina que ya fue expuesta en el capítulo 53. La armadura de la que se habla aquí (v. 17) es la misma arma338

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dura que se describe en Efesios 6.13ss. Constituye la prenda de salvación proporcionada por Dios (cf. Ap 7.14; 19.11-16). El Redentor que llevará al pueblo de Dios al triunfo es descrito en 59.20, 21. El pacto de Dios de gracia y misericordia es seguro porque está basado en las obras del Redentor y del Espíritu de Dios, y en la Palabra veraz de Dios puesta en boca de los suyos. Por eso es que estos son un pueblo nacido del Espíritu de Dios. Aquí, en el capítulo 60, comienza el canto de triunfo del pueblo de Dios. Es una nueva creación. La luz sale brillando de las tinieblas (60.1,2), una forma simbólica de expresar el triunfo inevitable de la gracia de Dios en los corazones de tantos (cf. Jn 1.4,5; 2 Co 4.6; Is 9.2). El versículo 3 simplemente vuelve a llamar la atención sobre el capítulo 2. Vemos ahora a la Jerusalén glorificada, la nueva Jerusalén del pueblo de Dios, que es para siempre (vv. 4-22). Es una ciudad gloriosa (cf. Ap 21.2-27). El versículo 10 parece señalar hacia la profecía dada por Noé mucho tiempo antes, de que la semilla de Canaán (los incrédulos) serviría a la semilla de Sem (los creyentes; ver la explicación de Gn 9.25-27). Jesús se aplica a sí mismo las palabras con las que comienza el capítulo 61 (Lc 4.18,19). Notamos nuevamente el tema del consuelo (61.2). El versículo 6 recuerda el pacto de Dios con Israel, tal como fue expresado en el Sinaí (Éx 19.6; cf. 1 P 2.9). Estos bienaventurados, los ciudadanos de la ciudad glorificada de Jerusalén, Sión, son la simiente de la mujer, el remanente, el verdadero pueblo de Dios (v. 9; cf. Gn 3.15). Una vez más, en 61.10—62.12, se describe a la Sión glorificada, esta vez como una esposa ataviada para su esposo. Esta figura será usada también en Apocalipsis 21.2. Dios salvará a su pueblo santo (62.12), tal como se lo había propuesto antes de la creación (Ef 1.4), y como lo dijo a Israel en el Sinaí (Éx 19.6). Llegamos ahora a la tercera y última sección de la parte final de Isaías. Esta sección trata de la Palabra de Dios como juicio (caps. 63—66).
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Hay juicio contra las naciones que no creen y que se oponen al pueblo de Dios (caps. 63,64). La figura de la sangre roja y el juicio de las naciones (63.1-6) nos recuerda tanto el canto de Débora (Jue 5.30,31) como el juicio de Cristo descrito en Apocalipsis 14.19,20; 190.13-16. Dios, después de pronunciar juicio sobre los pueblos pecadores del mundo, considera nuevamente cómo ha tratado a Israel, su pueblo escogido. Hace notar primero que él los ha tratado con misericordia y con amor (vv. 7-9), y después que ellos se han resistido obstinadamente a su bondad (v. 10). Sin embargo, la gracia de Dios triunfó al recordar el pacto antiguo, y se dispuso a salvar a su pueblo a pesar de su pecado y su necedad (v. 11—64.12). El llamado hecho en este momento es a esperar en el Señor (64.4). Este tema, que hemos notado con tanta frecuencia anteriormente (Is 8.17; 25.9; 26.8; 30.18; 33.2; 40.31) aparecerá una y otra vez a través de todo el Antiguo Testamento como un sinónimo de «poner su confianza en el Señor». Hay una advertencia muy clara de que nuestra justicia no nos puede salvar (v. 6). El final de toda la sección es el reconocimiento de que somos lo que somos solo por la gracia de Dios (vv. 8,9). A pesar de la presente situación de decadencia expresada en los versículos 10 y 11, hay un remanente que sobrevivirá. En el siguiente capítulo, el 65, el Señor vuelve a dirigirles una reprensión a aquellos en Israel (la iglesia visible) que no son obedientes. Por una parte, los que no son israelitas (los gentiles) vendrán al conocimiento del Señor (65.1), mientras que por otra, aquellos a los que Dios se ha estado revelando durante tanto tiempo (los israelitas), han mostrado indiferencia para con él. Pero Dios salvará un remanente de en medio de Israel (v. 8). Son la simiente: el pueblo escogido de Dios (v. 9).

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Para el resto de Israel, los que no se quieren arrepentir, tiene palabras de juicio (vv. 11,12). Mientras que los suyos son bendecidos, aquellos que rechazan a Dios serán maldecidos (vv. 13-15). El nuevo nombre al que se hace referencia en el versículo 15 es posible que sea el nombre que aparece en Hechos 11.26, «cristiano», en lugar de «israelita». El capítulo 65 concluye con otra visión de la gloria final de Dios y de su iglesia. Aquí se introducen términos con los cuales se expresará la esperanza en el Nuevo Testamento. Habla de los cielos nuevos y de la nueva tierra (65.17; cf. 66.22; Heb 12.26,27; 2 P 3.13; Ap 21.1). También habla de la nueva Jerusalén (v. 18; cf. Ap 21.2ss). Las promesas relacionadas con este hogar celestial de los escogidos del Señor se presentan en términos de una vida larga y bienaventurada (v. 20), y casas y viñedos que no son entregados a manos ajenas (vv. 21,22), así como de trabajos que no serán en vano (v. 23). En otras palabras, lo contrario al pacto antiguo, bajo el cual Israel no había perseverado en Canaán debido a sus fallos. Este capítulo termina con una descripción de la paz, como la que se encuentra en Is 2.2-4 y 11.6,7. La maldición impuesta a toda la creación en el momento del pecado de Adán (Gn 3.14-19) será levantada (v. 25). Esto es semejante a lo que Pablo declara con respecto a la creación en Romanos 8.20-22. De la misma manera que hay una iglesia visible (Israel) y una iglesia invisible (los elegidos y verdaderamente fieles), y las dos no son la misma, hasta el día del juicio el verdadero pueblo de Dios sufrirá persecución (cap. 66). Los verdaderos creyentes son aquellos contritos de corazón que miran la obra de Dios y la toman en serio (66.2; cf. Sal 51.17; Is 57.15). Los incrédulos de la iglesia los rechazarán, despreciándolos. Los perseguirán al mismo tiempo que proclamarán que están glorificando a Dios (v. 5). Pero el gozo y la paz pertenecerán al

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final al verdadero pueblo de Dios, al remanente (vv. 10,12,13). Para los demás solo queda el juicio de Dios (vv. 15-17). Pero de en medio de las naciones paganas, Dios tomará también un pueblo para que forme parte de su reino de sacerdotes (vv. 18-21; cf. 61.6; Éx 19.6; 1 P 2.9). La escena final del libro de Isaías deja así ante Israel las dos grandes alternativas de la eternidad: el cielo o el infierno. Los que alcancen el cielo, la verdadera simiente de Dios, permanecerán eternamente en bendiciones y en gloria ante el Señor (en su presencia, vv. 22-23). El resto, todos los que pecaron contra Dios y no se arrepintieron, se enfrentarán con un infierno eterno en el que el sufrimiento no tendrá fin (v. 24). Así, el libro se cierra en la misma forma en que comenzó: o mirar a Dios en fe, o ser condenado para siempre (cf. 1.24-31).

IV. Miqueas
Miqueas fue un contemporáneo tardío de Isaías, y su profecía fue mucho más corta, pero en líneas generales iba dirigida a las mismas personas. Ciertamente, profetizó antes de la caída de Samaria, puesto que el mensaje es de interés tanto a Samaria como a Jerusalén (v. 1). Los reyes mencionados aquí son todos de Judá, puesto que en esa época no había reyes de importancia en Israel. El mismo Miqueas es mencionado también en Jeremías 26.18 como un predecesor de Jeremías. El mensaje se dirige a las capitales, puesto que trata especialmente de la culpa de los gobernantes del pueblo y de sus pecados. La primera parte (1.2—2.11) resume los pecados del pueblo en general y presenta el desagrado de Dios por causa de ellos. Después, antes de centrarse en los jefes y en sus faltas, habla indirectamente de la esperanza que habrá de seguirse para el remanente (2.12,13). Este tema del remanente será desarrollado más tarde por Miqueas.
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En el capítulo 3 desarrolla la acusación contra los gobernantes: reyes, profetas, y sacerdotes. Y nuevamente, desde el 4.1 hasta el capítulo 5, se extiende sobre la doctrina del remanente y de la esperanza real del pueblo de Dios. Desde 6.1 hasta 7.6 se ponen a prueba tanto el pueblo como los jefes de la tierra y son hallados faltos. De manera que, como conclusión, Miqueas nos da su propio testimonio personal del Señor, en el cual esperará (7.7-20). Regresemos ahora al principio para estudiar cada sección en detalle. Primero vemos el testimonio del mismo Dios en contra de su pueblo (1.2—2.11). El testimonio de Dios viene de su santo templo, lo cual nos recuerda el principio de la visión de Isaías en el templo (Is 6) y también la profecía posterior de Habacuc, en la que se declara que Dios está en su santo templo (Hab 2.20). La santidad de Dios se presenta siempre en oposición a la condición inmensamente pecadora del pueblo. Se presenta a Dios aquí como sumamente airado, quizá caminando como el león que está a punto de destruir a su presa (1.3,4; cf. Jl 3.16, y Am 1.2) o como un hombre de guerra poderoso (Is 42.13). La razón de su ira es el pecado de Israel (tanto el norte como el sur). Ese pecado se halla concentrado en las capitales, en las que se hallan los gobernantes (v. 5). El juicio pronunciado nos trae a la mente la descripción que hace Oseas del juicio hecho contra Israel, como un juicio hecho contra una ramera (vv. 6-7). En los versículos siguientes (8-16) Miqueas se lamenta y construye un retruécano tras otro (juegos de palabras), como recurso para dejar impresa en la mente del pueblo la certeza del juicio de Dios. La mayoría de estos juegos de palabras se pierden al ser traducidos, pero con uno o dos ejemplos bastará. En el versículo 10, se hace una relación entre Bet-le-afra y «polvo», esto es, que «afra» significa polvo. En el versículo 14, Aczib y «engaño» se pronuncian

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de forma similar en Hebreo. Este recurso es usado con frecuencia por los profetas hebreos (cf. Is 5.7) . Cuando describe sus heridas como incurables (1.9) nos trae a la memoria a Isaías 1.6. Como consecuencia de sus pecados, habrá con seguridad un juicio (2.1-11). Usando la misma palabra «ay», sombría y pavorosa, que usaron Amós (Am 6.1) e Isaías en numerosas ocasiones, Miqueas pronuncia un juicio solemne sobre el pueblo por causa de su pecado. Este es un pueblo que yace despierto por la noche pensando en la maldad que tienen decidido hacer al día siguiente (v. 1). Los pecados son semejantes a los que Amós señalaba con respecto al reino del norte (Am 8.4). De nuevo notamos que Dios, en una forma expresada de manera similar por Isaías (45.7), es la causa del mal (mal para juicio) en aquellos que hacen el mal (mal moral). Así, mientras el pueblo maquina el mal en su corazón, Dios está decidido a traer un mal de juicio contra ese pueblo. Es especialmente significativa aquí la advertencia de que estos pecadores no tendrán suerte en la asamblea del Señor (v. 5). Esta imagen nos lleva atrás, a la ocasión en que se repartieron las tierras de Canaán en herencia a todas las tribus, quedándose cada una con su parte. Pero ahora, Dios desheredará a este pueblo. Las profundidades en que el pueblo ha caído espiritualmente pueden verse en el último párrafo de esta sección (vv. 6-11). El pueblo se niega a escuchar a los verdaderos profetas de Dios y prefiere escuchar a profetas borrachos que le cuentan mentiras (vv. 6,11). Por lo tanto se han convertido en enemigos de Dios (v. 8; cf. Am 4.1). Su preferencia por los profetas borrachos es un síntoma de su corrupción (cf. Is 28.7s). Pero a menos que los creyentes de Jerusalén se desesperen, Miqueas suscita ahora una esperanza (vv. 12-13) al mencionar al remanente, el rebaño que será dirigido por Dios mismo como el
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Gran Pastor. En este momento la imagen recuerda pasajes similares de Is 40.9-11 y otros, y para el Señor equivale a decir: «Recuerden las palabras de consuelo habladas a través de Isaías; no se descorazonen». Después de esto, en el capítulo 3, llega al corazón del mensaje en contra de los gobernantes de Israel y Judá, quienes le han fallado tan enormemente al Señor. La primera denuncia va contra las cabezas; es de presumir que se refiera a los reyes (3.1-4). Su responsabilidad bajo Dios era la de hacer justicia (v. 1), pero en lugar de ello han pervertido toda justicia, porque han odiado todo lo que Dios había declarado bueno. Como sus corazones eran malvados, amaron la maldad (v. 2). Los ejemplos dados aquí de su conducta (vv. 2,3) nos recuerdan a los hijos de Elí (1 S 2.12-17). Lo que Samuel había advertido cuando les dio el rey que querían, ahora había sucedido (3.4; cf. 1 S 8.18). A continuación (vv. 5-8) denuncia a los profetas. Ya había dicho anteriormente que el pueblo prefería los profetas borrachos a los que querían hablar la verdad. Aquí se describe más detalladamente a estos falsos profetas. Se les han confiado los oráculos de Dios, pero lo que han hecho es equivocar al pueblo. Su falso mensaje de paz le da al pueblo una seguridad falsa (v. 5). En la profecía de Jeremías veremos una denuncia más extensa contra los que gritan «paz» cuando no hay paz (Jer 6.14). La descripción de los profetas que se oponen a quienes no los apoyen nos recuerda nuevamente la conducta de los hijos de Elí. Esta conducta les acarreará un duro juicio (vv. 6,7). Ellos serán los que guiarán al pueblo de regreso a la época de oscuridad espiritual que se había vivido durante el período de los Jueces (cf. Am 8.11). Haciendo un contraste total con estos falsos profetas, Miqueas se alza como hombre fiel (v. 8). Sus palabras nos recuerdan las cartas de Pablo a Timoteo, un ministro de la Palabra del Nuevo Testamento (2 Tim 1.7), o las palabras de Jesús con respecto al Espíritu Santo (Jn 16.8-11).
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Para concluir esta sección, Miqueas lanza una sonada condenación sobre todos los jefes de la tierra: reyes, profetas, y sacerdotes (vv. 9-12). Todos ellos sirven no a Dios sino a Mamón (v.11; cf. Mt 6.25; 1 Tim 6.10). Y sin embargo, son tan atrevidos que proclaman que Dios está con ellos (cf. Am 5.14; Is 48.1,2). El resultado de esa falsa dirección es que Jerusalén tendrá un final triste. La iglesia que permite que los malos dirigentes conquisten el poder y la influencia no podrá servir a Dios y será echada a un lado. Así dice la carta dirigida a los cristianos del Asia Menor en los días de Juan el Apóstol (Ap 2,3). Miqueas, antes de concluir la causa contra el pueblo, se pone a desarrollar el tema del remanente al que ha hecho referencia en 2.12,13 (caps. 4—5). Comienza citando largamente parte de la profecía de Isaías (4.1-3; ver Is 2.2-4). Esa porción de Isaías había servido para darle esperanza al remanente que había puesto su confianza en el Señor en medio de la apostasía. Las palabras de los versículos cuatro y cinco nos recuerdan las escenas de bendición de los días de David y Salomón, en los que el pueblo había prosperado bajo una jefatura auténtica (ver 1 R 4.25). Lo que sucedió entonces se convirtió en un símbolo de la bendición que Dios tenía reservada al final para aquellos que se acercaran a él como a su refugio. El remanente se compondría de los humillados y contritos que llegaran a darse cuenta de su debilidad y de que necesitaban de la ayuda del Señor (4.6-8). Recordamos ahora la descripción que hace Pablo de los creyentes en su Primera Carta a los Corintios (1 Co 1.26-29). Dios es su Rey, como lo ha sido siempre de todos aquellos que le sirven: el Señor reina (Éx 15.18; cf. Is 33.22). El punto más elevado de esta profecía de esperanza está en el pasaje que va de 4.9 a 5.5. Aquí se trata sobre la esperanza de un niño que habrá de nacer, como se dijo por primera vez en el jardín del Edén (Gn 3.15) y se le repetiría desde entonces frecuentemen346

Los profetas del siglo octavo

te al pueblo de Dios. Recordemos que el profeta Isaías habló de ese niño varias veces (Is 7.14; 9.6-8; 11.1-5). En el capítulo siguiente se dice cuál será el lugar de nacimiento del niño que será el verdadero rey de Israel (5.2) y el verdadero pastor (v. 4). Él será portador de la verdadera paz (v. 5). El Nuevo Testamento nos enseña llanamente que esta es una profecía sobre el nacimiento de Jesucristo, el Salvador (Mt 2.6; cf. Lc 2.4). El pueblo debe esperar a que llegue la plenitud de los tiempos (v. 3), como enseñaría más tarde Pablo (Gá 4.4). El resto del capítulo 5 nos enseña que el remanente salvado así por Dios a través del Gran Pastor que lo conduce ha sido salvado para que sea testigo ante las naciones. Por tanto, habrá bendición para algunos (los que crean v. 7) y juicio para los demás que no respondan (v. 8). Podemos establecer en este momento una comparación con la descripción que hace Pablo de su testimonio de Cristo (2 Co 2.14-17). Las naciones que no lo acepten sentirán todo el peso del juicio de Dios (v. 15). Finalmente, se termina la acusación contra Israel (6.1—7.6). El lenguaje usado está en la terminología legal, como si se tratara de un juicio que se está celebrando. Las montañas que rodean a Jerusalén sirven de juez y de jurado. Dios es el fiscal acusador, que está presentando el caso (6.1-16). Dios pregunta primeramente si hay alguna acusación en contra suya en Israel (v. 3). Recordamos pasajes similares en Oseas 4.1 y en Isaías 1.18. Dios quiere razonar con su pueblo, darle toda la oportunidad posible de que se exonere de culpa. El Señor trae ahora a memoria el amor que les ha demostrado (v. 4.5; cf. Éx 20.1; Am 2.10). A continuación sigue una respuesta procedente del pueblo (vv. 6-7). Es arrogante, como si dijera: «¿Qué pretendes de mí?» Dios ha enseñado ya que no eran sacrificios lo que él quería, sino un corazón contrito (v. 6; cf. Sal 51.16,17). Ciertamente, el ejemplo de
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

la multitud de sacrificios de Salomón, y su posterior multitud de pecados, nos dice que no es una gran cantidad de sacrificios lo que Dios quiere (v. 7a). El último ofrecimiento, el sacrificio humano al estilo de los paganos, constituía un insulto para el Señor, y una burla con respecto a la gracia de Dios que había sido manifestada a Abraham tanto tiempo antes (Gn 22.6,7b). A continuación se presenta el veredicto, cuando las montañas parecen responder, dando su juicio (v. 8). La respuesta encuentra eco a través de toda la Escritura (Dt 30.15-20; Os 6.6; Stg 1.27). La única manera en que el pueblo puede justificarse a sí mismo es confesando su pecado, tal como había hecho David (Sal 51), en lugar de negarlo o intentar esconderlo, como hizo Saúl. Puesto que no se habían arrepentido, sus pecados serían juzgados (vv. 9-16). Sus pecados son manifiestos (v. 11) y han sido condenados desde mucho tiempo antes en las Escrituras (Lv 19.35-36; Os 12.7,8). Por tanto, no podrán escapar del juicio (vv. 13-15). Ellos no son mejores que Omri y Acab, cuyo reino había sido eliminado mucho antes (v. 16; cf. 2 R 9.7-10). Es decir, que no hay esperanza posible en el hombre. Es en vano que busquen a un hombre que pueda dirigir a Israel y sacarlo de su apuro (7.1-6). Los rectos han desaparecido de en medio de los jefes de la tierra (v. 2). Es tanto el mal que hacen todos, que el mejor de ellos es una maldición (vv. 3,4). Nadie puede confiar en nadie, porque todos son sospechosos (vv. 5,6). La descripción del estado de cosas en Jerusalén en ese momento nos muestra por qué la ciudad debería caer poco después. Nos advierte también a nosotros que la iglesia de hoy se puede desviar tanto que solo un juicio de Dios puede resolver sus problemas. Este reconocimiento del estado deplorable en que se encontraba la iglesia en los días de Miqueas conduce al profeta a dar un testimonio personal en el momento de terminar el libro (vv. 7-20).

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Los profetas del siglo octavo

Puesto que no hay esperanza posible en los hombres, Miqueas mira al Señor y en ello llama a todos sus contemporáneos a hacer otro tanto. Aunque se encuentra en tinieblas, mantiene su esperanza en aquella luz de la que había hablado antes Isaías (v. 8; cf. Is 9.1,2). Miqueas no niega su propio pecado, sino que, al igual que David, lo confiesa (v. 9). Desea al Señor no como su acusador sino como su abogado defensor (v. 9; cf. cap. 6). Tiene su esperanza puesta en la justicia de Dios y no en la suya propia (Is 61.10; 64.6). Por tanto, no temerá a ningún enemigo (vv. 10.13). Lo que Miqueas confiesa aquí ha de ser siempre la confesión del pueblo de Dios. Es inútil confiar en la propia justicia. Tenemos que mirar en fe solamente al Señor. El profeta mira al Señor como su pastor (v. 14; cf. 5.4). Ve también que es inevitable la derrota de sus enemigos, que son los malvados (vv. 16,17). La referencia a sus enemigos como la serpiente se remonta sin duda al momento de Génesis 3.15, en el que se promete la victoria sobre la serpiente (Satanás). Para concluir, Miqueas, recordando la revelación de Dios que aparece en Éxodo 34.6,7, mira la misericordia y la compasión de Dios como las bases de su fe. Todos los hombres podrán ser mentirosos, pero Dios es veraz y fiel a su Palabra (vv. 18-20).

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CAPÍTULO

11

LOS PROFETAS DEL SIGLO SÉPTIMO
I. Jeremías
El profeta Jeremías cubre con su ministerio los últimos días del reino de Judá, al sur. Cubre el período comprendido entre el año decimotercero de Josías, el último rey bueno de Judá, y el año onceavo de Sedequías, año de la caída de Jerusalén. Esto sería desde aproximadamente del 626 hasta el 586 antes de Cristo, unos 40 años (1,2,3). Sabemos más sobre la procedencia y la vida de Jeremías que sobre cualquier otro de los profetas escritores. Nos dice él que procede de la familia de sacerdotes que vivía en Anatot (1.1). Gracias a 1 Reyes 2.26-27, sabemos que Abiatar, el sacerdote de la época de David que estuvo con él a través de sus años de penuria y de triunfo, fue relevado de su cargo por Salomón al subir al trono. Fue enviado de vuelta a su hogar de Anatot. Salomón hizo esto porque Abiatar se había unido a los que apoyaban a Adonías como rey en lugar de Salomón (1 R 1.7). Es de suponer, por tanto, que Jeremías pertenecería a esa familia sacerdotal. Los reyes que reinaron después de Josías son pocos en número: Joacaz, Joacim, Joaquín, y Sedequías. Este fue el período de la rápida decadencia de Judá. Josías fue el último rey bueno, y murió relativamente joven. Todos los demás desobedecieron a Dios y fueron unos fracasos en todo sentido.
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

En 1.4-10 encontramos el llamado de Jeremías a ser profeta. Haremos cinco observaciones concretas con respecto a este llamamiento. Primeramente, antes de que Jeremías naciera, Dios ya tenía un propósito específico para él (vv. 4,5). Dios conoció y santificó a Jeremías de acuerdo con sus propias intenciones. La palabra «conoció» usada aquí está de acuerdo con el uso similar de Génesis 18.19. No es conocimiento por observación (es decir, por conocimiento humano), sino por selección, por predeterminación (conocimiento divino), como dice Jesús al referirse a los que son salvados y a los rechazados (Mt 7.23). El término «santificado» indica que Dios apartó a Jeremías de acuerdo con su propósito para que fuera exclusivamente posesión suya y lo sirviera como profeta para las naciones. La palabra «santificar» significa apartar para Dios. En segundo lugar, el Señor hizo a Jeremías de tal manera que pudiera llenar este propósito suyo. No se dejó nada a la casualidad. Dios formó a Jeremías (v. 5). Era en verdad un hombre hecho por Dios. Todo en su procedencia, su familia y su lugar de nacimiento estaba en consonancia con el propósito predeterminado por Dios de que habría de ser un profeta. En tercer lugar, Jeremías, al enfrentarse con este llamado, lo hace mostrando humildad verdadera (v. 6); nos recuerda la reacción similar de Moisés ante su llamado (Éx 3.11), y de Salomón (1 R 3.7). No hay nada de incorrecto en una reacción así al enfrentarse a un llamado, mientras no se convierta en una excusa o en una negativa para no servir. Lo que es importante tener en cuenta es que en el caso de la respuesta de Jeremías, al igual que con Moisés, la réplica de Dios fue la misma: «Yo estoy contigo» (v. 8; cf. Éx 3.15; Jos 1.5). Está bien ser humilde, pero esto debería llevarnos a la confianza en el Señor. También nosotros, como Jeremías, nos enfrentamos a la imponente tarea de ser los siervos de Cristo (Mt 28.19,20a). También nosotros hacemos bien en darnos cuenta de
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Los profetas del siglo séptimo

que el cumplimiento fiel de esta tarea es una carga demasiado grande para nosotros. Pero nos llega la réplica de Jesús, como les llegó a Moisés y a Jeremías; «Yo estoy contigo» (Mt 28.20b). En cuarto lugar, Dios aclara cuál es exactamente la misión (vv. 9.10). Es doble: a la vez negativa y positiva. En el aspecto negativo, se le exigirá arrancar, destruir, arruinar, y derribar todo lo que disgusta al Señor. Es la función del profeta. Sin duda que esta función deriva del hecho de que la Palabra de Dios nos ha sido dada para hacer precisamente eso en las vidas de los hombres. En 2 Timoteo 3.16,17 leemos que la Palabra de Dios es redargüir (echar abajo) y corregir (disciplinar). Es así que las Escrituras llaman a la Palabra «martillo» y «fuego» (Jer 23.29). El Nuevo Testamento asemeja la Palabra a una espada (Heb 4.12). También recordamos que la Palabra de Dios es la Espada del Espíritu (Ef 6.17); y el Espíritu que inspiró a los profetas tenía como función propia suya convencer a los hombres de pecado, de justicia, y de juicio (Jn 16.8). El lado positivo de su misión sería edificar y plantar (v. 10). Esto también está de acuerdo con la función de la Palabra de Dios, la cual, como dice Pablo, nos instruye en la justicia de tal manera que seamos perfectos, totalmente provistos para toda obra buena. De manera que notaremos inmediatamente que la misión de Jeremías en el Antiguo Testamento no era distinta de la que tiene todo hijo de Dios hoy en día, cuando da testimonio a través de la Palabra de Dios escrita. Quinto, el llamado de Jeremías traería consigo sufrimiento. Esto viene más adelante en el capítulo, pero es un aspecto de su llamado y por tanto debemos considerarlo aquí (vv. 17-19). La fidelidad de Jeremías en ejercitar su misión le acarrearía prontamente una fuerte oposición. Esto también es muy similar a lo que Jesús les enseñaba a aquellos que quisieran seguirle (Mt 16.24). Las visiones que acompañaban al llamado de Jeremías hacían referencia evidentemente a los aspectos principales de su misión
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

(vv. 11-16). En la primera, al ver una vara de almendro recibió la enseñanza de que la Palabra de Dios es segura (vv. 11,12). En una forma similar a la de la visión de Amós (Am 8.1-3), Dios usó aquí un juego de palabras, porque las palabras para «almendro» y «vigilar» suenan muy parecido en hebreo. En la segunda visión ve una olla que hierve, con la faz hacia el norte, indicando que el juicio de Dios vendría del norte, tal y como lo había indicado también Joel mucho tiempo antes (vv. 13-16; cf. Jl 2.20) . Después de esta introducción que incluye el llamado de Jeremías, llegamos a la primera gran sección del libro, que es una serie de mensajes de Dios a través de Jeremías (caps. 2—35). Estos mensajes varían grandemente en extensión, personas a las que se dirigen, y contenido. No están en orden cronológico, pero los tres primeros son los más largos. A continuación presentamos los títulos y los destinatarios de los mensajes. 1. Mensaje a Jerusalén en la época de Josías (caps. 2—6) Este es muy parecido a los mensajes que habían dado ya los anteriores profetas, hablando del amor de Dios por Israel, y la negación del pueblo a obedecer, y terminando con advertencias del juicio que habría de venir del ejército del norte. Nos recuerdan muchos pasajes de otros profetas: 2.2 (Os 2.14); 2.5 (Miq 6.3); 2.9 (Os 2.2; Miq 6.1; Am 7.4); 2.25 (Oseas); 2.26 (Miqueas); 2.32 (Is 1.3); 3.15 (Is 40.11; Miq 5.4; 7.14); 3.17 (Is 2.1ss); 4.5-7 (Joel, Amós); 4.14 (Is 1.16); 5.21 (Is 6); 6.14 (Mi 3.5). Mensaje en la puerta de la Casa del Señor (caps. 7—10) Este mensaje es una advertencia en particular contra la falsa esperanza (7.4ss). La tendencia a confiar en las ofrendas más que en la obediencia al Señor en la vida (vv. 21-23) nos recuer354

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Los profetas del siglo séptimo

da los pecados de Saúl (1 S 15.22) y la fe de David (Sal 15.16). La tendencia a negarse a escuchar a los profetas de Dios (vv. 25-26) nos recuerda el pronunciamiento de juicio que encontramos en 2 Reyes 17.13. Lo tardío de la hora para Jerusalén es expresado en forma efectiva en 8.20. Señala la bancarrota del poder espiritual de Israel. ¡Qué similar es Jeremías 10.2324 al mensaje de Dios dado a través de Isaías! El tema con que finaliza este mensaje es lo desesperada que es la situación del hombre sin Dios (10.23). 3. Mensaje para los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén (caps. 11,12) Estas palabras llaman a Jerusalén a poner por obra el pacto con el Señor que habían abandonado (11.3-8). También hay presagios de los problemas que Jeremías sufriría más tarde por causa de su fidelidad (vv. 18-23). En una forma similar a la que le sucedería más tarde a Habacuc, Jeremías se siente disgustado por el pecado que prevalece en Jerusalén, como debería estarlo toda persona justa (12.1ss). Dios afirma que tanto el juicio como la misericordia vendrán, tal como la misión de Jeremías era para destruir y reconstruir (vv. 14-17). 4. Mensaje referente al cinto de lino (cap. 13) Con la destrucción simbólica de un cinto de lino, Dios le muestra a Jeremías la certeza de que el orgullo de Jerusalén será humillado (vv. 1-9). Todos los jefes serán juzgados (v. 13), tal como lo había advertido Miqueas. La misericordia de Dios que se había revelado en Éx 34.6,7 es ahora retirada del pueblo (v. 14). La imposibilidad de que el pueblo cambie su propia naturaleza, escapando así de la ira de Dios, es declarada al final del mensaje (vv. 22,23).

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5. El mensaje con motivo de la sequía (caps. 14,15) De una manera parecida a la de Joel, Jeremías habla con ocasión de una gran catástrofe natural en la tierra. Cuando la langosta devastó la tierra, Joel advirtió que cosas peores vendrían si el pueblo no se arrepentía (ver nuestra explicación de Joel, cap. 1). Ahora Jeremías, durante una terrible sequía que sucedió en su tiempo, declara que las iniquidades del pueblo han sido las causantes de este día terrible (14.1-7). Interviene a favor del pueblo de manera parecida a como Moisés lo había hecho en el desierto, pero esta vez Dios se niega a aceptar su intercesión (vv. 8-12). Es tan severa la denuncia que Dios hace del pueblo y de los falsos profetas (vv. 14-15), que Jeremías casi llega a desesperar (vv. 19,20). Solo puede esperar en el Señor, que es el único que puede dar esperanza (v. 22; cf. Is 25.9; 26.8; 40.31; 49.23). Encontramos una indicación de su infortunio en la afirmación que hace Dios de que ni la intercesión de Moisés y de Samuel, que habían intercedido anteriormente ambos con éxito, sería ahora capaz de lograr nada (15.1; cf. Éx 32.11-14; 1 S 12.23). La razón de que Dios se niegue a oír está en que Manasés, el hijo de Ezequías, se había apartado demasiado de Dios para que el pueblo pudiera regresar (v. 4). Ahora ya no puede haber piedad. El arrepentimiento en este momento no sería más que una farsa (vv. 5,6). En una escena grandemente conmovedora, Jeremías grita su propio sufrimiento (v. 10; cf. Job 3.1ss). Encuentra difícil de ver cómo Dios pueda estar aún con él (vv. 15-17). La Palabra que había amado cuando comió de ella se le había vuelto amarga dentro (vv. 16,18). Esto es similar muy posiblemente a la escena de Juan comiendo el evangelio amargo dulce (Ap 10.9). Repitiendo lo que ya había dicho en el capítulo 1, Dios le asegura a Jeremías que lo cuidará (vv. 20,21).
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Los profetas del siglo séptimo

6. El mandato dado a Jeremías de que no se case ni tenga hijos (caps. 16,17) Esos últimos días del juicio serán tan duros en Jerusalén que será mejor para Jeremías no tener familia (16.1-9). Es un día en que no habrá clemencia por parte de Dios (v. 13). Es necesario un segundo éxodo para hacer volver al pueblo a la sensatez, y esto significa una segunda esclavitud en una tierra extranjera, es decir, el cautiverio de Babilonia (16.14,15; 17.4). En medio de la condenación de la tierra, Jeremías sabe volverse al Señor y mirarlo a él solamente como a Salvador (17.14). Finalmente, como Isaías en los capítulos 56 y 58, Jeremías presenta la observancia del día de reposo como la verdadera prueba de la espiritualidad del pueblo de Dios (17.20-22,24-26). En los días de Jeremías se estaban permitiendo violaciones flagrantes del día sábado (vv. 23,27). Si cesaba esa maldad, sería una indicación de que el pueblo tenia buena fe. 7. El mensaje en la casa del alfarero (cap.18) En la casa del alfarero, el Señor le dio a Jeremías una ilustración de su soberanía. Así como el alfarero tiene control total de la arcilla que tiene en sus manos, así también es como Dios, controla a todas las naciones (18.1-10). Aquí encontramos el principio por el cual Dios advierte sobre el mal y el juicio que hay pendientes sobre aquellos que él se propone destruir. Si se arrepienten, él no llevará a cabo el juicio (18.8). Por otra parte, si Dios declara su intención de construir un pueblo, pero no le obedecen, él no hará el bien que ha prometido (18.9,10). Dios usa aquí el término «arrepentirse» para describir su cambio de acción con respecto a la que había declarado previamente. Esto significa simplemente que Dios trata con frecuencia con las personas y las naciones en una forma condicional.
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Es decir, si ellos se arrepienten de su maldad, él no llevará a cabo el juicio con que los había amenazado. Por otra parte, si ellos se apartan de la obediencia, él no les concederá las bendiciones que había prometido. Para ilustrar este principio podemos regresar hasta los días anteriores al diluvio, cuando Dios se arrepintió de haber hecho al hombre (Gn 6.6). Había hecho al hombre para que lo glorificara y lo obedeciera a él, el Señor, sometiendo toda la creación al hombre. Cuando el hombre falló, el juicio que Dios pronunció fue una indicación de su desagrado. El hombre fue hecho en condición de obediencia. Nuevamente, en el desierto, el Señor amenazó con destruir a Israel en una ocasión (Éx 32.7-10). Pero después que Moisés intercedió, no lo hizo (Éx 32.11-14). Vemos ejemplos similares de este arrepentimiento de Dios en otros lugares de las Escrituras (1 S 15.11; Jon 3.9,10). Debemos recordar que para el Señor el arrepentimiento no significa un pesar o un cambio de ideas debido a error, como sucede cuando se aplica a los hombres. Dios no comete errores de tal manera que tenga que rectificarse a sí mismo. Él no se arrepiente en la forma en que se arrepienten los hombres (1 S 15.20). En ocasiones Dios declara que no se arrepentirá, lo que significa que el juicio pronunciado o la promesa dada no son condicionales (ver Jer 4.27,28). Esta es por ello la base de la certeza del juicio final sobre los malos y de la salvación final de aquellos que son hijos de Dios. El trato de Dios con Israel es un excelente ejemplo de las promesas condicionales y el juicio condicional del Señor. Aquí él amenaza con el mal (cf. Is 45.7), pero los llama al arrepentimiento (18.11). Pero el pueblo se niega (v.12) y llega hasta el punto de oponerse al siervo de Dios que es portador del men-

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saje divino de advertencia (v. 18). Todo esto llevó a Jeremías a rogar por el juicio de Dios contra este pueblo (vv. 19-23). Esto podrá parecer duro, pero debemos recordar que Dios le había prohibido que orara por ellos (14.7,11; 7.16; 11.14). Dios había puesto en claro su propósito de juzgarlos (15.1). Para Jeremías, orar en otra forma ahora habría sido contrario a la voluntad de Dios. Jeremías debe descubrir lo que había descubierto el salmista: los enemigos de Dios son los enemigos del pueblo de Dios (Sal 139.21,22). Hasta en el cielo hay tiempo para orar por la destrucción de aquellos que son enemigos de Dios (Ap 6.9-11). 8. Lecciones de la vasija del alfarero (cap. 19) Por medio de una ayuda audiovisual, Jeremías recibe la instrucción de proclamar la destrucción de Jerusalén. El cuadro de los cuerpos muertos de aquellos que son juzgados (v. 7) recuerda las últimas palabras de Isaías (Is 66.24), y es la base para una terrible escena que aparece en el libro del Apocalipsis (Ap 19.17,18). 9. Mensaje con ocasión del encuentro con Pasur ( cap. 20) Cuando Jeremías fue atacado personalmente por el sacerdote Pasur y aprisionado se sintió muy desalentado (20.1-3). El mismo nombre con el que llamó a Pasur, «Magor-misabib», significaba «terror por todas partes» e indicaba la forma en que se sentía Jeremías, rodeado por sus enemigos (cap. 20.3,10). Se sentía herido porque se habían burlado de él (v. 7) y porque sus amigos lo habían denunciado (v. 10). Sin embargo, cuando pensó en no seguir hablando más, no pudo dejar de hablar la Palabra de Dios, porque esa Palabra era como un fuego ardiente dentro de él (v. 9).

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Por una parte, Jeremías podía afirmar su fe inquebrantable en el Señor como protector suyo (20.11-13). Y sin embargo, era tan amarga la oposición que tenía que soportar que al mismo tiempo podía desear también no haber nacido (vv. 14-18). En este punto, estaba expresando los mismos sentimientos que había expresado Job (cf. Job 3.3-6). Está tan comprometido con Dios que siente todo el choque de la oposición al Señor. Antes de que nos apresuremos demasiado a condenar a Jeremías o a Job, deberíamos recordar que pocos hombres han sido llamados jamás a soportar lo que Jeremías y Job tuvieron que sufrir por tan largo tiempo. Por lo tanto, esto no es una señal de su fracaso espiritual sino de que su estatura espiritual era tanta, que Dios permitía que fueran tentados tan intensamente. Recordemos que Dios había declarado que él había llamado a Jeremías y lo había formado cuando estaba aún en el vientre de su madre, con el propósito de que fuera su testigo (cap. 1). No hay duda de que el recuerdo de esta Palabra de Dios dada en el momento de su vocación, lo consoló en esta hora. Como Pablo, él podía consolarse al darse cuenta de que Dios era glorificado en su sufrimiento (cf. 1 P 4.13; Flp 3.10; Ro 8.17). De todos modos, Jeremías pudo sobrevivir a la prueba y continuó predicando la Palabra de Dios. 10. El mensaje cuando Sedequías mandó a buscar consuelo (cap. 21) Jeremías tenía razón para consolarse puesto que se hallaba dentro de la voluntad del Señor, pero no así Sedequías. Este tenía la esperanza de que Jerusalén sería librada de Nabucodonosor en la misma forma en que Dios había salvado a Nínive y posteriormente a la propia Jerusalén en los días de Ezequías (21.2); pero esto no habría de suceder. Dios prometió las tres maldiciones con las cuales juzgaba frecuentemente a los reinos pecadores del mundo: pestilencia, espada, hambre
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(v. 7; cf. 2 S 24.13,14; Ap 6.3-8). Al final, irían cautivos a Babilonia (v. 7). Podemos ver cómo el fracaso del antiguo pacto cambió las circunstancias para Judá cuando comparamos los versículos 8 y 9 con Deuteronomio 30.15-19. En el pasaje del Deuteronomio «el camino de vida» significaba bendiciones. Aquí significaba solamente el escapar de la espada. 11. Mensajes a los reyes y jefes de Judá (caps. 22,23) Primero, el Señor se dirige en forma general a los reyes de Judá, llamándolos a la justicia y el juicio en su gobierno (v. 3). Les dice que si no hacen esto habrá un severo juicio y será el fin del reino de Judá (vv. 5-9). Después de estas indicaciones introductorias dirigidas a todos los reyes, el Señor se dirige en forma específica a los reyes uno a uno. El primero es Salum, llamado también Joaz (vv. 10-12). Era el hijo de Josías. Su reinado fue breve y triste. Gobernó durante tres meses, para ser llevado después cautivo a Egipto (2 R 23.31-33). Su destino, sin embargo, fue similar al del mismo Jeremías, quien también sería conducido a la fuerza a Egipto (Jer 43.5-7). El segundo rey es Joacim, también hijo de Josías, y al que el rey de Egipto hizo rey en lugar de su hermano (22.1323; ver 2 R 23.24). Fue acusado de granjería personal al costo de hacer obras malvadas y torcidas exactamente lo opuesto a su padre (vv. 13-17). Su reinado estuvo lleno de opresión y derramamiento de sangre (cf. 2 R 23.37; 24.4). Por todo ello, se le profetizó un entierro vergonzoso (v. 19; cf. 36.30). Entre sus más atroces hechos estuvo su intento de destruir la Palabra de Dios escrita por Jeremías (cap. 36). Sin duda su intento reflejaba su reacción al oír estas palabras de Jeremías que lo condenaban.

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El tercer rey, Conías, llamado también Joaquín, sería llevado cautivo a Babilonia y nunca regresaría (vv. 24-30). Leemos sobre estos sucesos en 2 Reyes 24.10-17. Junto con Joaquín fueron deportados 10.000 más en aquel momento (2 R 24.14), entre ellos Ezequiel (Ez 1.1-3). Después de treinta y siete años de cautividad, Joaquín fue sacado de la prisión y tratado favorablemente por el rey de Babilonia que reinaba en aquel momento (2 R 25.27-30). Después de dar tres mensajes personales que le advertían al pueblo que no confiara en ningún rey, el Señor reprende a todos estos jefes por no haber sido buenos pastores (23.1-2). Entonces promete que él mismo será el Buen Pastor de su pueblo, de acuerdo con Isaías 11.11-16; 40.1,11 (vv. 3,4). Señala la llegada de la rama justa de la familia de David, que hará lo que realmente Dios había exigido a los otros reyes (vv. 5,6; cf. Is 11.1-5; 53). Toda esperanza descansará por lo tanto en el que ha de venir, que es la justicia del pueblo de Dios, es decir, aquel por el cual llegarán a tener una relación correcta con Dios (v. 6; cf. Is 45.24,25; 54.17). Los versículos 7 y 8 nos recuerdan a Jeremías 16.14,15. La mayor parte del capítulo 23 es una denuncia de los demás gobernantes de Judá, es decir, de los falsos profetas y sacerdotes (vv. 9-40). Ambos son impíos (v. 11). Hacen errar al pueblo (vv. 13-14). Predican una falsa paz que no vendrá (vv. 15-17). Con esto demuestran que no son verdaderos profetas de Dios. Nunca han oído la Palabra de Dios, que él revela a sus profetas verdaderos (vv. 18-22; cf. Am 3.7). Dios se disocia de aquellos cuyo mensaje no está en concordancia con su propia Palabra (vv. 23-32). Esto se aplica a los «profetas» de la época de Jeremías y también a los «predicadores» de hoy en día que no predican en consonancia con la voluntad de Dios (cf. 2 Tim 4.3,4). Dios no seguirá permitiendo más que los falsos profetas usen
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expresiones que habían sido usadas por los profetas auténticos. Expresiones como «profecía de Jehová», usadas antes por los profetas legítimos, ya no pueden seguir siendo permitidas. Han sido tan usadas por los falsos profetas que se han convertido en palabras sin sentido (vv. 33-36; cf. Is 13.1; Nah 1.1; Hab 1.1). Lo que es importante es que Dios ha hablado realmente a través del verdadero profeta, y no el uso de una fórmula verbal (vv. 36-40). Dios advierte severamente ahora contra la hipocresía de parte de los que pretenden estar hablando Palabra de Dios, cuando en realidad no lo están (v. 40). 12. El mensaje de la visión de dos canastos de fruta (cap. 24) Este mensaje llegó después que Joaquín había sido llevado cautivo (24.1; cf. 22.24ss). Utilizando dos canastos de fruta, uno lleno de buena fruta y el otro lleno de mala fruta, el Señor le enseñó al pueblo que los que habían sido transportados (como Ezequiel, Daniel, y los tres compañeros de este) serían bendecidos, preparados y preservados (vv. 2-7). Serían hijos verdaderos de Dios, de acuerdo con sus planes manifestados en Éxodo 19. Dios les daría un corazón nuevo (cf. Jer 31.31-34). Pero el resto, que se resistía a cumplir la voluntad de Dios, perecería como la fruta mala (vv. 8-10). Esta revelación recuerda la esencia misma del llamado de Jeremías (v. 6; cf. Jer 1.10). El castigo triple de los desobedientes será como se menciona en el 21.7 (24.10) . El uso de la fruta para describir a aquellos con los que Dios se complace y los que le desagradan se ve por primera vez en Isaías 5.1-7, y se desarrolla más en el Nuevo Testamento (Mt 7.16; Jn 15; Stg 3.12). 13. Mensaje en el cuarto año de Joacim (cap. 25) Joacim era un rey malvado cuya muerte ignominiosa había sido
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predicha por Jeremías (22.19). Durante los 23 años que predicó Jeremías, el pueblo no había respondido a su llamado (25.3). Por tanto, Dios prometía nuevamente el juicio por medio de la cautividad en Babilonia (vv. 8-11). En este momento predice específicamente que los años de cautiverio antes de regresar a su tierra serán setenta (v. 12). Más tarde, Daniel buscará que el Señor le dé una significación más profunda de este número setenta (Dn 9.2ss). Y sin embargo, Dios traerá juicio sobre las naciones usadas por él para castigar a Judá. La caída de las naciones es declarada con una descripción vívida, similar a algunas partes de Daniel y de Ezequiel, así como el libro del Apocalipsis, que es llamada «de estilo apocalíptico» (revelación por medio de lenguaje simbólico, referente a los últimos tiempos). El principio aplicado por Dios en su juicio de las naciones está establecido en Isaías 1.12-15. Son usadas por Dios para castigar a su pueblo, pero debido a que se han enorgullecido con sus victorias y no realizan sus hechos para obedecer o agradar a Dios, ellas también serán castigadas. El principio queda claramente establecido aquí en Jeremías 25.29, y es aplicado por Pedro al juicio de Dios contra todas las naciones y todos los hombres (1 P 4.17,18). 14. El mensaje dado en el atrio de la casa del Señor (cap. 26) La época de Joacim fue especialmente hostil al Señor y desde luego a su siervo Jeremías. En el mismo comienzo de su reinado hubo un intento de asesinar a Jeremías que es relatado en este capítulo. Podemos notar el valor de Jeremías frente a la muerte (vv. 8-15). Sus palabras valientes convencieron a los príncipes y al pueblo de que los profetas y los sacerdotes estaban equivocados con respecto a Jeremías (v. 16). El profeta Miqueas fue citado para
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probar el derecho que tenía Jeremías a predicar como lo hacía (vv. 17-19). Al final, Jeremías se salvó de la muerte (v. 24). 15. El encuentro con Hananías. (caps. 27, 28) En época tan temprana como era la de Joacim, Dios había comenzado a decirle a Jerusalén que Judá caería e iría sometido en esclavitud a Babilonia (27.1-11). Entonces, en la época de Sedequías (el último rey), estas cosas comenzaron a cumplirse (vv. 3ss). Jeremías, en un gesto dramático, intentó ilustrar con una ayuda visual la realidad de la cautividad que se aproximaba (v. 2). La única manera de escapar de la ira de Dios era someterse a este yugo que él le estaba imponiendo a Judá (vv. 7-11). Por lo tanto, Jeremías le habló a Sedequías, llamándolo a que se sometiera a la voluntad de Dios (vv. 12-15). En el mismo tono Jeremías llamó también a los falsos profetas y a los sacerdotes a que se arrepintieran y buscaran a Dios (vv. 16-22). Sin embargo, Hananías, uno de los falsos profetas del reinado de Sedequías, trató de contrarrestar la profecía de Jeremías con un gesto igualmente dramático (28.1-4). Cuando fue reprendido por Jeremías y retado a demostrar sus palabras falsas (vv. 5-9), Hananías hizo de nuevo un gesto simbólico, rompiendo el yugo sobre el cuello de Jeremías (vv. 10-11). Al principio, Jeremías quedo estupefacto (v. 11b), pero evidentemente regresó con otros grilletes hechos de hierro en lugar de madera y retó a Hananías a romperlos (vv. 12-14). Porque Hananías le había hecho creer una mentira al pueblo, fue castigado con la muerte (v. 17). 16. Carta a los judíos que estaban en la cautividad (cap. 29) Recordemos que ya habían sido llevados a la cautividad varios judíos en los días de Joaquín. Ahora Jeremías les escribe una
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carta (29.4-32). En la carta los anima a permanecer allí por un tiempo. En realidad, deben orar por Babilonia y por su paz, puesto que sus propios asuntos estarían unidos a los asuntos de aquel reino por algún tiempo (vv. 5-7). Al parecer, también había falsos profetas y jefes entre los cautivos (vv. 8,9). Estos estaban prometiendo un pronto regreso, a pesar de que Jeremías había dicho que estarían allí setenta años (v. 10; cf. 25.12). El consejo de paz dado a los cautivos fue tomado en serio por algunos, como Daniel y Ezequiel, según veremos. Dios les daría paz a los que se hallaban en la cautividad, y al final, un regreso seguro. Pero los que estaban en Jerusalén sentirían en su plenitud la ira de Dios (v. 17; cf. 24.8-10). En la profecía de Daniel conocemos que había profetas fieles en Babilonia. Pero aquí leemos que en esos mismos días había falsos profetas, que son mencionados hasta por sus nombres (29.21,22). Al parecer, su final (tostados al fuego) fue como la muerte que Nabucodonosor había preparado para los tres amigos de Daniel, pero puesto que ellos sí eran sinceros para con Dios, los amigos de Daniel fueron protegidos en medio del horno (Dn 3). Un tercer falso profeta entre los cautivos, Semaías, hasta les escribió a los que estaban en Jerusalén, alentándolos a rechazar a Jeremías (29.24-48). En respuesta, Jeremías (29.24-48). En respuesta, Jeremías predijo que tendría un castigo similar al del sacerdote Elí en los días de Samuel (vv. 31-32; cf. 1 S 2.3034). Ahora vemos lo que el Señor quería decir con sus palabras en el momento del llamado de Jeremías (1.17-19). 17. La orden de escribirlo todo en un libro (30.1-3)

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18. El mensaje relativo a Israel y Judá (30.4—31.40) En medio de estos pasajes que advierten sobre la guerra y la destrucción que trae consigo, el Señor, el Príncipe de Paz, comienza a dirigirse a aquellos que están en Israel y Judá que sí respondieron a la llamada divina y pusieron su confianza en él. Para estos hay esperanza. Dios prometió salvarlos de sus enemigos (30.4-11). Sin embargo, deben pasar por un tiempo de purificación en Babilonia, del cual sus creyentes verdaderos saldrán para ser el pueblo de Dios (vv. 21-22). El amor de Dios, que permanece para siempre, triunfará al final (30.23—31.6). Aquí, en una forma que recuerda a Isaías 2.3. Dios promete que Sión (la ciudad de Dios) será exaltada al final (v. 6). Se ve claramente que estas promesas no son dirigidas a todos los israelitas sino solo al remanente (v. 7). Vemos de nuevo el tema del Pastor (31.10; cf. Gn 48.15; Nm 27.17; 1 R 22.17; Sal 23.1; Is 40). La terminología del Éxodo aparece aquí también: redimidos y rescatados (v. 11). La bondad de Dios tendrá el triunfo final: la misma bondad que él había revelado mucho tiempo antes a Moisés (vv. 12-14; cf. Éx 33.18,19; 34.6,7). Todo señalaba aquí a que todas las cosas se resolverían de acuerdo con la voluntad y el poder de Dios. Entre tanto, Raquel (representante del remanente) debería llorar (v. 15). En el Nuevo Testamento se cita este pasaje en referencia al cruel asesinato de tantos niños en Belén por orden de Herodes (Mt 2.16-18). Ese asesinato es así representativo de todo el sufrimiento que el pueblo de Dios deberá soportar de manos de sus enemigos. Pero al final, hay esperanza (v. 17). La oración de Jeremías en los versículos 18 y 19, reconociendo la necesidad de que Dios nos convierta si hemos de estar verdaderamente convertidos espiritualmente, refleja la necesidad
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de nuevos corazones, que es lo que Dios promete para el nuevo pacto (31.31-34) . Dios promete que así como él derribó y arrancó al pueblo (v. 28), en la misma forma ahora construirá y plantará. Así, los términos «edificar» o «un edificio», y «plantar» o «crecimiento» son términos que describirán al pueblo de Dios de ahora en adelante. El Señor es el constructor y el agricultor; nosotros somos el edificio y la planta (ver en el Nuevo Testamento, Mt 7.24-27; 16.18; 13.1-9; Jn 15.1-5; Ef 4.11-16). En el antiguo pacto, como ya vimos, el pueblo permanecería en Canaán mientras guardara la Ley de Dios (tuviera respeto por ella). Si lo dejaban de hacer, serían quitados. Ahora, en el nuevo pacto (31.31-34), se les darían nuevos corazones para obedecer al Señor, y puesto que esta obra era de Dios, no fracasaría. Por tanto, tal como había dicho Isaías anteriormente, Dios no volvería a recordar sus pecados (v. 34; cf. Is 43.25). Todo esto señala a la obra de Cristo en el Nuevo Testamento, a través de la cual los hombres reciben un nuevo nacimiento por el Espíritu Santo (Jn 3). Entonces se les hace capaces de creer en el Señor. Más tarde, Ezequiel en su profecía (caps. 36,37) desarrollará en forma más completa esta promesa del nuevo nacimiento. La certeza de estas promesas descansa en la soberanía de Dios, que dirige todas las cosas de acuerdo con el agrado de su voluntad (31.35-40). 19. El mensaje en el año décimo de Sedequías (caps. 32 y 33) Este mensaje fue dado en el último año antes de la caída de Jerusalén (v. 1). Jeremías estaba en prisión por causa de su fidelidad al Señor (v. 2). Estando en prisión se le dio la oportunidad de comprar un campo en Anatot, que era suyo por derecho de redención (v. 8). Puesto que el Señor le había predicho
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esto, Jeremías compró el campo para expresar su confianza en el Señor de que Dios traería de regreso a su pueblo a la tierra en total seguridad (v.15) . Jeremías no hizo esto sin antes haber orado mucho, y dándose cuenta plenamente de la aflicción total que se vivía en aquellos días (vv. 16-25). En esta ocasión el Señor le dio seguridad a Jeremías, y con él a todo el que pusiera su confianza en él, de que llegarían los días del regreso, no solamente un regreso físico sino también un regreso a un corazón recto (de manera especial, vv. 36-40). Todo concluye con una promesa del Salvador que habría de venir, en una forma similar a la de Isaías 11.1-5 y Jeremías 23.5,6; 30.9 (33.15-18). En todas estas promesas, el Señor da la seguridad de la paz y el perdón (33.6,8). El trabajo será hecho por él, y la justicia del Señor nos será atribuida (v. 16; cf. 23.6). En resumen, aparece claramente prefigurada aquí la promesa del evangelio del Nuevo Testamento (cf. Ro 5.1). El Cristo cumplirá en forma perfecta los oficios de sacerdote y rey (vv. 17,18) . Se da una vez más la certeza de esta promesa (vv. 19-25; cf. 21.35-37). El Señor ve con claridad estas promesas últimas en armonía con su promesa original a Abraham de que bendeciría a su simiente (v. 26; cf. Gn 12. 1-3; 22.18) . 20. El mensaje dado durante el sitio de Jerusalén (cap. 34) Durante este tiempo el Señor envió a Jeremías a la presencia de Sedequías, el último rey de Judá antes de su caída (v. 2). El mensaje era una advertencia sobre la cautividad y los tiempos difíciles que se avecinaban, a menos que Sedequías obedeciera al Señor (vv. 3-5). Evidentemente, hubo un intento por parte de Sedequías de hacer que el pueblo obedeciera la Ley de Dios, especialmente en lo concerniente a la liberación de los siervos después de siete años (vv. 8-15; cf. Éx 21.2), pero poco tiempo
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después de que hubieran sido liberados, los volvieron a apresar, burlándose así de la Ley de Dios (v.16). Hasta celebraron la ceremonia de dividir en dos partes un becerro, que era el símbolo de que hacían un pacto con Dios (v. 18; cf. Gn 15.10), pero puesto que todo era una exhibición externa e insincera, este pueblo sería castigado (vv. 20-22). 21. El mensaje relativo a los recabitas (cap. 35) En los días del rey Jehú de Israel, había una familia, la familia de Jonadab, el hijo de Recab, que era leal al rey (ver 2 R 10.1524). Jonadab enseñó a sus hijos, y estos a su vez enseñaron a los suyos, a observar las reglas de Jonadab con respecto a la bebida. Esta familia fue tan estricta en cumplir los deseos de Jonadab, que en los días de Jeremías, 250 años después, todavía eran fieles a su antepasado (v. 14a). Por más que lo intentó, Jeremías no pudo lograr que bebieran vino (vv. 3-11). Dios usó este ejemplo de gran lealtad a los mandatos de un hombre para hacer un contraste con los pocos deseos que tenía Israel de obedecerlo (v. 14b). Dios alabó la lealtad de estos descendientes de Jonadab y dijo que, en esencia, de los tales es el reino de los cielos (v.19). Así termina la larga serie de mensajes que Dios le dio a Jeremías con respecto a Judá en sus últimos días. Es difícil seguir con mucho orden el desarrollo. Sin embargo, hay varios temas principales que van presentándose a través de estos mensajes, y que miraremos antes de continuar. Primeramente está el tema del corazón. Dios nos muestra que los pensamientos del corazón sí le interesan a él. No quiere aceptar una simple conformidad exterior, sino que insiste en que los corazones sean rectos. Vemos esto en el capítulo 3, versículo 10, cuando el Señor rechaza las reformas hechas en los días de Josías, porque el pueblo no volvió realmente a él en
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su corazón. Pero Dios exige que aquellos que le sirvan, lo amen de todo corazón, sin retener nada para sí (Dt 6.5). En el mismo capítulo deja implícito que el pueblo vive ahora de acuerdo con la dureza de sus malvados corazones (v. 17). Es ya la forma de vivir de ellos. Sus corazones están impuros, porque, aunque, como judíos que son, estén circuncidados en la carne, sus corazones son incircuncisos todavía (sin purificar, 5.4,14; cf. Dt 10.16; 30.6). Como sucede con el corazón, sucede con sus caminos. Sus caminos están corrompidos porque tienen corazones corrompidos (4.18). Por tanto, han alcanzado el estado espiritual que le había sido descrito a Isaías cuando fue llamado: tienen ojos para ver, pero no ven, y oídos para oír, pero no oyen. No tienen corazón (5.21; cf. Is 6.9,10). Notemos aquí que la palabra que se traduce en ocasiones como «comprensión» significa «un corazón para Dios». Su corazón no solamente no hace nada para complacer a Dios sino que en realidad se rebela contra él (5.23). No hay temor de Dios en sus corazones (es decir, no hay fe; v. 24). Esto promueve la hipocresía en la iglesia, de tal manera que aunque exteriormente hablan apaciblemente unos con otros (es decir, actúan como creyentes), en su interior están tramando maldad unos contra otros (9.8; cf. 12.2). Aquí se describe su situación con frecuencia como un andar (vivir) tras la dureza de sus corazones (9.14; 11.8; 13.10; 16.12; 18.12; 23.17). Su vida es tal que en realidad no hay distinción entre aquellos que deberían ser el pueblo de Dios y el resto del mundo (9.26). Sus profetas no les sirven de ayuda, porque los falsos profetas tienen también corazones parecidos, y en realidad, hablan desbordando el engaño que hay en sus corazones (14.14; 23.16-26). Es decir, que el pecado de Judá no es un asunto de poca monta.
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Penetra hasta sus corazones. En realidad, está grabado en sus corazones en forma indeleble, como si alguien hubiera escrito en piedra con una pluma de hierro que tuviera punta de diamante (17.1). Esto nos muestra el alcance del significado de que tuvieran corazones duros, endurecidos como la roca. La descripción del corazón alcanza su punto máximo en el versículo 9. Es engañoso y totalmente corrompido. Nos vienen ahora a la mente las palabras del mismo Jesús con respecto al corazón. En Marcos 7.20-23 da una descripción gráfica de lo que hay en el corazón del hombre natural antes de ser salvado. Jeremías pregunta: «¿Quién puede conocerlo?» (v. 9), y a continuación responde en el versículo siguiente: «Yo, Jehová, que pruebo el corazón» (v. 10). Los hombres se engañan a sí mismos con respecto a sus propios corazones, y en forma natural ninguno está dispuesto a admitir que está totalmente corrompido por dentro. Pero Dios, que ve rectamente, ¡dice que lo están! Por tanto, solo por medio de la Palabra de Dios podrán los hombres llegar a conocer sus propios corazones (cf. 20.12). La causa está presentada: el hombre está totalmente corrompido en su corazón y, por tanto, no puede cambiar ese corazón. El pecado es algo indeleble en él. Por lo tanto, la única solución, si es que ha de llegar a tener un corazón recto y que agrade a Dios, es que el Señor sea quien le dé un corazón nuevo que quiera obedecer. Y esto es justamente lo que el Señor promete hacer a través de Jeremías (24.7). Entonces, Dios pondrá su ley en sus nuevos corazones, y la escribirá indeleblemente en ellos, de tal manera que sean verdaderamente su pueblo, todo los que él tenía establecido para ellos desde el principio (31.33; cf. Éx 19.5,6). Conocerán al Señor (tendrán fe) porque tienen nuevos corazones, como corresponde a una naturaleza nueva. Esta es, por supuesto, la misma promesa del nuevo nacimiento de la que habló Jesús (Jn 3; cf. también Jer 32.38,39).
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Hemos visto aquí, pues, como el tema del corazón se desarrolla en una forma hermosa desde la condición totalmente pecadora del corazón natural, hasta el corazón regenerado que se da a los hijos de Dios por su misma gracia. Hay un segundo tema, estrechamente relacionado con el anterior. Es el tema de la paz. Al principio, Jeremías tiene que enfrentarse a un dilema. El recuerda que el Señor le había dicho a su pueblo verdadero a través de Isaías que tendría paz (Is 9.7; 26.3,12; 53.5; 55.12). Y sin embargo, en los tiempos de Jeremías había de todo menos paz. Los ejércitos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, estaban sitiando a Jerusalén, y su caída parecía inminente (Jer 4.10). Parecía como si Dios los hubiera engañado. El Señor tenía que enseñarle a Jeremías que la paz que él había prometido a los suyos en este mundo no era externa sino interna. Quienes prometían paz externa a los creyentes eran falsos profetas, que prometían una paz que nunca podría llegar. ¡Era un evangelio falso! (6.14; 8.11; 14.13,19; 23.17). Esta paz externa, que consistía en estar libres de problemas exteriores, era engañosa y nunca duradera. Lo que en realidad era importante era la paz con Dios, una paz conseguida a través del conocimiento de Dios y de una relación correcta con él. Esa era la paz que se había perdido en realidad, y esa no podría ser recuperada por ninguna cantidad de paz externa por falta de guerras. Dios se había llevado de su pueblo la paz auténtica: su amorosa bondad y su tierna misericordia (16.5). Una paz así, es decir, conocer al Señor como amoroso y misericordioso, es a verdadera paz que sobrepasa todo entendimiento. Es la paz que el mundo no puede conocer, ni puede dar, ni tampoco quitar (cf. Jn 14.27; Flp 4.7). Esta es la paz de la que Isaías había hablado en 26.3.

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Pero el Señor traerá la paz para todos los que son sus hijos. Los pensamientos de Dios son paz para ellos (29.11). Por su amor y misericordia, Dios afianzará la paz con los suyos, que son los que ponen su confianza en él (33.6). Dos ilustraciones de esa paz con Dios en medio de las condiciones externas de agitación de este mundo, nos serán de ayuda en este momento. En Habacuc encontramos al profeta turbado con una situación externa de guerra, tal como le sucedía a Jeremías. Dios le muestra que es necesario purificar al pueblo. Pero aquellos que confíen en él serán justos y sobrevivirán. Después de esto, Habacuc comprende que como creyente, deberá pasar a través de grandes pruebas en la tierra, pero que puede pasarlas en paz con Dios. El Nuevo Testamento dice de una ocasión en que estaba Jesús con sus discípulos en un barco en el mar de Galilea. Estaba dormido. Una tormenta se levantó y los discípulos estaban asustados. Lo despertaron para pedirle que hiciera algo con respecto a la tormenta. Jesús calmó la tormenta, pero después los reprendió. Si ellos lo tenían a él, ¿por qué no fue esto suficiente? La paz verdadera capacita a los hijos de Dios para estar en paz en medio de las tormentas terribles que tiene la vida (Mr 4.35-41). En una escena vemos a Pablo en paz en medio de una tormenta, y aunque el barco no fue capaz de sostenerse a flote, tanto él como los que estaban con él se salvaron. Tenía paz mientras la tormenta rugía a su alrededor. Así debería ser con todos los hijos de Dios (Hch 27.14-26). Un tercer tema, también relacionado con los otros, es el tema de la confianza. El pecado del pueblo había sido poner su confianza donde no debía. Confiaba en las palabras mentirosas de los falsos profetas. Estos profetas prometían que puesto que el templo estaba en Jerusalén y representaba la presencia de Dios, nada malo le podía suceder a la ciudad (7.4,8,14). Pero Dios
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les advirtió que así como Silo, el lugar donde había estado anteriormente el arca, había perecido, así también perecería Jerusalén. Aquellos que pongan su confianza en cosas, aunque estas sean símbolos religiosos, fallarán con toda seguridad. Tampoco pueden los hombres poner su confianza en otros hombres (9.5; cf. Mi 7.5). Puesto que los corazones de los hombres están corrompidos, los hombres no pueden salvar al mundo; ¡ni tan siquiera pueden salvarse a sí mismos! Confianza en las mentiras y en las promesas de los hombres solo puede acarrear vergüenza y derrota (13.25-26) . Por tanto, aquellos que han puesto su confianza en los hombres reciben maldición (17.5). Confían en el brazo de carne, que no puede ni sostener ni salvar. Sus corazones han abandonado a Dios. Por otra parte, los que pongan su confianza en el Señor serán bendecidos. Dios no les fallará (17.7). Son como un árbol plantado junto al agua. Ellos serán los que prosperarán (cf. Sal 1). Por último, aparece el tema del remanente. ¿Quién confiará? ¿Quién tendrá paz? ¿Quién tendrá corazón puro? Primero, vemos que se dan respuestas negativas. Los que sigan alegando que son inocentes no conocerán a Dios (2.35). ¡Es necesario que se arrepientan y reconozcan su pecado! (3.13). Lo que hace falta es una confesión verdadera, tal como la que Jeremías hace en este momento, si queremos tener paz (3.25). Pero muchos en Jerusalén se niegan a sentirse culpables y se endurecen (5.3). Se niegan a creer que la maldad haría caer a la ciudad (5.12). Su negativa a arrepentirse no es más que orgullo endurecido y maldad (8.6,8). Este orgullo será la destrucción de Judá (13.9,10). Fingen ser inocentes pero tienen una mente malvada, y en realidad le echan a Dios las culpas de todo su sufrimiento (16.12). Se fijan un rumbo para seguir sus propósitos malvados (18.12) y hasta se oponen a hombres de Dios como Jeremías (18.18).
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Tienen la osadía de citar las Escrituras y burlarse de la Palabra de Dios al vivir una vida malvada y todavía declarar que son el pueblo de Dios (18.18). Este pueblo no verá el Reino de Dios. Tienen que ser desechados. Los que sobrevivan, los que confíen en el Señor y sean su pueblo, serán por tanto llamados el remanente. Jeremías no es el primero que usa este término. Es un término usado en forma general por los profetas para describir a aquellos que son realmente hijos de Dios dentro de la iglesia visible. Como había señalado Amós (Am 9.8bss), Dios no destruirá totalmente al pueblo de Israel (4.27; 5.18). De aquellos que se opusieron entonces a Dios y a sus siervos no quedará remanente en lo absoluto (11.20-23; cf. Am 3.12). Pero después de la cautividad Dios conservará a algunos sobre los cuales ha sentido compasión (12.15). Este remanente será como un ganado disperso que el Buen Pastor reunirá nuevamente (Jer 23.3; cf. Is 11.11-16; 40.10,11). Así, el verdadero pueblo de Dios, al que pertenecen las promesas, es el remanente de Israel, compuesto por todos aquellos que han confiado en él (31.7). Ellos pasarán por la cautividad que se avecina, y sobrevivirán como pueblo de Dios a través de toda la historia como un pueblo dentro de otro pueblo, la iglesia verdadera dentro del Israel externo que sobrevivirá después de que el Israel externo haya caído. Dejando ahora esta primera gran sección de Jeremías (caps. 2—35), pasaremos a continuación a la segunda gran sección, en la que aparecen los sucesos históricos de aquellos días (caps. 36—44). Los capítulos que siguen cubren sucesos históricos de los últimos días de Judá en lo que se refiere a Jeremías, uno de los pocos siervos fieles del Señor que había allí en aquellos momentos (caps.

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36—44). El capítulo 36 en particular nos habla del intento de Joacim de destruir las palabras que Jeremías había escrito. En este capítulo logramos profundizar en la forma en que la Palabra de Dios era escrita. A Jeremías se le ordenó escribir en un rollo todo lo que Dios le había hablado hasta ese momento, cuarto año de Joacim (36.1,2). Es de suponer que esto incluía la mayoría de lo que se encuentra en los capítulos del 1 al 35, aunque no todo, puesto que algunas partes fueron escritas después de esta fecha (36.32). Jeremías, a su vez, dictaba sus palabras a Baruc, que era el que las escribía (36.4). Después, hacía que Baruc las leyera en el templo, ya que él no podía ir (36.6). Nos vienen a la memoria las palabras de Pablo más tarde, mientras escribía desde la prisión (2 Tim 2.9). Cuando el pueblo estaba en disposición de adorar, en el quinto año de Joacim, Baruc leyó las palabras de manera que todo el pueblo lo escuchara (36.9,10). Las palabras causaron una verdadera conmoción, y finalmente llegaron a oídos del rey (v. 21). El acto del rey, al cortar y quemar la Escritura, y la forma indiferente en que actuaron los que estaban alrededor de él, nos muestra las profundidades a las que había descendido el estado espiritual de Judá en aquel entonces (36.23,24). Es interesante que no solo Joacim fracasara en su intento de destruir la Palabra de Dios sino que, de hecho, causara que fuera aumentada (36.32). Lo que fue añadido incluía, al parecer, todo lo que está fechado con posterioridad al quinto año de Joacim: los capítulos 24, 27, 28, 29, 32, 33, y 34, por lo menos. Este no era ni el primero ni el último de los hombres malvados que intentarían destruir la Palabra de Dios; pero ninguno de ellos ha tenido éxito en su empresa. Es de notar que se declara que la fuente de esta palabra escrita son el Señor, Jeremías, y Baruc. Cada

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uno de ellos tuvo su parte (36.4); pero se ve con claridad que el verdadero autor es el Señor. Los capítulos restantes de esta sección recogen los sucesos de los últimos días de Jerusalén, que pasan rápidamente, antes y después de la cautividad propiamente dicha, en 586 A.C . (caps. 37—44). En esos días, Sedequías, el último rey, buscó en Jeremías una palabra de aliento procedente del Señor, puesto que el ejército egipcio había hecho retroceder temporalmente a Nabucodonosor (37.5). Pero Jeremías no alteró sus predicciones anteriores de que Jerusalén habría de caer. Por aquel tiempo Jeremías fue a ver la propiedad que había comprado (37.11,12; cf. 32.8,9). Su acto fue tomado como un acto de traición, y una vez más fue puesto en prisión (vv. 13-15). Y sin embargo, es asombroso ver que Sedequías siguió buscando que le diera alguna palabra de esperanza (v. 17). El odio de los enemigos de Jeremías era fuerte. Exigían su muerte (38.4). El rey, aunque simpatizaba con Jeremías, era débil y quería que pereciera (vv. 5,6). Solo ante la insistencia de un sirviente hizo Sedequías algo para ayudar a Jeremías (vv. 7-13). Evidentemente, esperaba que Jeremías tuviera una palabra más favorable para él después de ese hecho (vv. 14-16). Si así era, se tuvo que decepcionar, puesto que la Palabra de Dios seguía siendo «ríndete o perecerás» (vv. 17-23). El capítulo 39 recoge la caída de Jerusalén, incluyendo el triste final de Sedequías, que se había negado a seguir la Palabra de Dios, y el trato bondadoso dado a Jeremías por Nabucodonosor. Como una especie de nota al margen, encontramos aquí una palabra especial de consuelo para Ebed-melec, quien había ayudado a Jeremías en su momento de angustia (39.15-18). Esto indica la preocupación que tiene Dios por todos los suyos, y nos recuerda las palabras que dirá Jesús más tarde (Mt 10.40-42; 25.40).

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Después de la caída, Jeremías decidió permanecer en Jerusalén (40.1-6). Allí sucedieron hechos que hicieron corta su estancia (40.7—41.18). El acto traicionero de Ismael, al asesinar al buen gobernador, Gedalías, trajo como consecuencia una época de terror en la ciudad que hizo que muchos huyeran a Egipto. Al principio, aquellos que se habían quedado buscaron la voluntad de Dios a través de Jeremías. Sus súplicas parecían sinceras (42.1-3). Jeremías, por primera vez en largo tiempo, se sintió libre para orar por ellos. Parecían someterse a todo lo que el Señor les indicara (vv. 5,6). La respuesta de Dios fue para bendición y no para maldición, plantando y no arrancando, si ellos realmente estaban dispuestos a obedecerle (v. 10). Se les advirtió que no debían ir a Egipto (vv. 1516). Pero al parecer, aunque Jeremías hablaba la Palabra de Dios, ellos murmuraron contra él, porque Jeremías sabía que no querrían obedecer (v. 21). No solo huyeron a Egipto sino que se llevaron consigo cautivos a Jeremías y a Baruc (43.6,7). Lo que sucede a continuación nos indica que era imposible destruir o torcer la Palabra de Dios, y además tampoco se podía escapar de ella. En Egipto Jeremías siguió declarando cuál era la Palabra de Dios y advirtiendo sobre el juicio que vendría (vv. 8—44.30). Los judíos cometieron en Egipto graves pecados contra el Señor, y en realidad, volvieron a estar en esclavitud espiritual con respecto a Egipto, y también en esclavitud corporal, la misma de la que Dios los había sacado mucho tiempo antes por medio de Moisés (44.15-19). Los razonamientos vanos del pueblo se asemejaban a los de los hebreos pecadores que murmuraron contra Moisés: el paganismo y la esclavitud eran mejores para ellos que servir a Dios (v. 19). Es interesante que Dios declarara, como nota al margen de esta historia, que su nombre no sería conocido en adelante por estos judíos de Egipto (v. 26). Los arqueólogos nos revelan que había un grupo de judíos establecido en Elefantina, una isla del Nilo que
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se hallaba muy lejos, al sur. Es de suponer que estos fueran los remanentes de aquellos que habían huido al caer Jerusalén. Su religión era una mezcla de judaísmo y paganismo, y el nombre de su Dios, Yaho, era similar, pero no era el mismo de Yahwé, el verdadero Jehová, Dios de Israel. Esa colonia desapareció repentinamente después de varios años, y nunca más se volvió a saber de ella. Tampoco la Biblia vuelve a hacer mención de ella otra vez. Después de una nota especial de consuelo para Baruc (cap. 45), el resto del libro contiene una serie de mensajes para las naciones, similares a los que encontramos en otros profetas (vv. 46— 51.58). Recordemos que Jeremías fue llamado para hablarles tanto a las naciones (los gentiles) como a su propio pueblo (1.10) . Las naciones mencionadas están en una lista que sigue una especie de orden cronológico, según el papel que han ido jugando en la historia de Israel. La primera es Egipto (cap. 46). Egipto había desempeñado un papel importante en la historia de Israel, en una época muy temprana, como la nación que lo había mantenido en el cautiverio durante cuatrocientos años, y como la nación que el Señor había juzgado severamente al final de esos años de esclavitud. La profecía habla de la batalla de Carquemis entre Egipto y Babilonia, que se desarrolló en el año 605 A.C. Egipto fue derrotado decisivamente (46.2). En su camino hacia el norte para encontrarse con Nabucodonosor, el faraón Necao fue interceptado por Josías, quien también murió en la batalla con una muerte aparentemente prematura (2 R 23.29; 2 Cr 35.20-24). La profecía hace énfasis aquí en la decadencia y caída final de Egipto (vv. 13,17). Egipto, como las demás naciones, es juzgado por causa de su vano orgullo (v. 8). En la profecía, hay también esperanza para el pueblo de Dios. En la caída de su gran enemigo, los justos pueden ver la derrota
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inevitable que les espera a todos los que son enemigos de Dios y de ellos (vv. 27-28). La parte final del versículo 28 nos recuerda la revelación de sí mismo que Dios le hace a Moisés: clemente, misericordioso, pero que no pasa por alto el pecado (Éx 34.6,7). A continuación está Filistea, el máximo oponente de Israel después de que este conquistó la tierra de Canaán (cap. 47). La profecía pone en claro que los días de sufrimiento que vendrán sobre Filistea y sus ciudades no le vienen por casualidad sino que son el juicio deliberado de Dios (vv. 4,6,7). Sigue después el pronunciamiento de juicio sobre Moab, Amón, y Edom (48—49.22). Estos tres están relacionados con Israel en la historia, como vimos en el capítulo 1 de Amós. Moab es juzgado por su confianza en sus propias obras y su creencia en Quemós, su dios, y no en el Señor (vv. 7,13). Estos descendientes de Lot, que había sido fiel, se apartaron del Dios de él (2 P 2.7). Moab, en su orgullo, se exaltó contra Dios (vv. 26,29), y había ridiculizado a Israel en medio de sus sufrimientos (v. 27). Al final, Moab deberá ser destruido y perder su identidad como pueblo (v. 42). Sin embargo, la profecía termina con una nota de esperanza para el fin último de Moab (v. 47), quizá por causa de Lot y de Rut. Cristo era descendiente de Rut y la moabita. Amón será derrotado en forma similar (49.2). Su dios Milcom demostrará que no es tal dios en lo absoluto (v. 3). Y sin embargo, también hay esperanza para Amón. Edom será abatida por causa de su orgullo (v. 15; ver el libro de Abdías). Estos descendientes de Esaú, mundanos de corazón, como Esaú, seguramente perecerían como les había sucedido a Sodoma y Gomorra (v. 18). Después sigue una breve condenación de Siria, un enemigo de la historia media y posterior de Israel (23-27). En forma similar a la de Amós en su capítulo 1, Jeremías habla del derrocamiento de Damasco (v. 27).
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Después de esto, se menciona brevemente a Cedar y Hazor (vv. 28-33). Estos hijos del oriente (v. 28) es posible que fueran allegados a Job, el hombre justo de la antigüedad (Job 1.3; cf. Jue 6.3). Estaban al este de Canaán, hacia la Arabia, quizá en la frontera con Amón (ver Ez 25.4,10). El Señor decretó su destrucción quizá porque, como nómadas, estaban muy satisfechos de sí mismos, y se sentían cómodos, pensando que eran ley para sí mismos (v. 31). El Señor, al destacarlos para el juicio, declara que incluso ellos han de rendirle cuentas a él (vv. 32,33). El siguiente juicio es el de Elam (vv. 34-49). Los elamitas eran uno de los pueblos más antiguos que todavía existía en los días de Jeremías (ver Gn 10.22; 14.1). Su ubicación geográfica estaba más allá de Mesopotamia, muy lejana de Israel y formaron parte más tarde del imperio Persa. La esperanza se extiende a este pueblo, como lo fue a Amón y Moab. Finalmente, la parte más grande de estos mensajes relativos a las naciones se dirige a Babilonia (51.58). Esta predicción sobre la caída de Babilonia hizo su aparición cuando Babilonia se hallaba en la cima de su poder. La caída vendría bajo la forma de un ejército procedente del norte (v. 9). La razón para ello está en que se sintieron contentos de destruir a Israel (v. 11). Habían sido el instrumento del juicio divino, pero el hecho de que disfrutaran siéndolo, ¡los condenaba como un pueblo malvado! La pasión de Dios por su pueblo, al que había castigado, aparece en el versículo 17. Ya es suficiente lo que se ha hecho sufrir a Israel. Dios comenzará a liberarlo ahora (vv. 18,19). La caída de Babilonia, como en Isaías 21.9, se convierte en un símbolo de la caída de los imperios terrenales ante el Señor y su reino, y en esta forma se usa en Apocalipsis 14.8; 18.2. Al final se dice quiénes serán el instrumento para su caída, los medos y finalmente los persas (51.11). Esta es aquella nación del norte que había sido mencionada anteriormente (50.3,9). El Señor muestra así
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que él es soberano sobre las naciones y dispone de ellas como le plazca (v. 15). Dirigiéndose luego a los medos, los llama hacha de batalla de Dios, como antes había hablado de los asirios como una cuchilla que había alquilado (Is 7.20). Esta hacha de batalla aplastará a Babilonia por causa de su maldad. Si Dios está en contra de una nación, ¡esta no tiene defensa posible ! (vv. 20-25). En medio de esta profecía apareció un mensaje para el pueblo de Dios. Lo que está contra los enemigos de Israel está a favor de Israel. Está hablando del pacto seguro y duradero con su pueblo (50.4,5). Le da al remanente la seguridad de que habrá de sobrevivir porque su Redentor es fuerte (v. 34). Mientras que Babilonia será abandonada, el pueblo de Dios no lo será (51.5). Por tanto, deberán huir de Babilonia (una advertencia para que no amen a Babilonia ni se identifiquen con su maldad mientras están en cautividad; vv. 6,9,45). Después de unas palabras cortas de tipo personal para Seraías (vv. 59-64), las palabras de Jeremías llegan a su fin. Seraías era uno de los que fueron a Babilonia antes de la caída final de Jerusalén (v. 59). Después de que hubiera leído las palabras referentes a la próxima caída de Babilonia, debería atar esas palabras a una roca y simbolizar con un gran gesto la caída de Babilonia en forma dramática (vv. 63,64). El libro concluye con un apéndice en el que se halla una historia de aquellos días (cap. 52, cf. 2 R 24,25). Narra cómo Jerusalén fue completamente derrocada y destruida. El templo fue destruido, y sus utensilios llevados a Babilonia, donde serán mencionados posteriormente en la profecía de Daniel (Jer 52.17ss; ver Dn 5.2-4). Jeremías distingue tres cautividades de Jerusalén: en los años séptimo, decimoctavo, y vigésimo tercero de Nabucodonosor (52.2830). Durante otra cautividad, la primera, en el año 605 A.C., que fue el año de la batalla de Carquemis, fueron tomados unos 10.000
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cautivos (Dn 1.1; 2 R 24.14). Las fechas para las cuatro cautividades son por lo tanto, más o menos como sigue: en el 605, 10.000; en el 597, 3.023; en el 586, 832; y en el 581 A.C. unos 745; en total, unos 14.600. Alrededor del 561 A.C. , Evil-merodac ensalzó a Joaquín, como mencionamos anteriormente (2 R 25.27—30). Es posible que esto fuera hecho como una evidencia de que Dios seguía estando con su pueblo.

II. Las lamentaciones de Jeremías
Este poema de las lamentaciones es probable que fuera escrito por Jeremías, y en las Biblias actuales aparece junto a su profecía. Es una hermosa expresión de esa respuesta que el Señor espera de sus hijos cuando son confrontados con su pecado. Es un poema nacido en un corazón quebrantado, el corazón quebrantado y contrito que Dios quiere para sus hijos (Sal 51.17). La estructura de este poema es muy importante para que podamos comprenderlo. Es un acróstico, o sea, que las letras del alfabeto hebreo en su debido orden guían al escritor en el desarrollo del poema. La primera palabra del versículo comienza con la primera letra del alfabeto hebreo, alef. El segundo versículo comienza con la segunda letra en el orden del alfabeto hebreo, y así sucesivamente. Como hay veintidós letras en el alfabeto hebreo, hay veintidós versículos en el primer capítulo, que van, diríamos, de la a a la z. El segundo capítulo está estructurado exactamente en la misma forma. Tiene también veintidós versículos. Pero el capítulo tercero altera el orden, usando la misma letra del alfabeto para tres versículos sucesivos. Es decir, que los versículos del 1 al 3, en el capítulo 3; comienzan todos por alef, la primera letra hebrea, los versículos 4 a 6 con la segunda letra, etc. De esta forma, el capítulo tiene sesenta y seis (3 veces 22) versículos, en lugar de los veintidós de los capítulos primero y segundo.
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El capítulo 4 regresa al esquema, de los capítulos primero y segundo, pero el capítulo final, el 5, no es acróstico en lo absoluto. El hecho de que tenga veintidós versículos no tiene nada que ver con el alfabeto, sino que probablemente fuera dividido en esa forma por los que dividieron el libro en versículos más tarde, simplemente para guardar el mismo esquema. En un poema acróstico, la palabra principal de cada versículo es la palabra del alfabeto. Es la palabra alrededor de la cual se construye todo el pensamiento de ese versículo en particular. Nos indica con claridad el énfasis que pretendía lograr el escritor. Encontramos otros poemas alfabéticos completos o en parte en los Salmos y en los Proverbios. Los más notables de ellos son el Salmo 119 y el poema referente a la mujer virtuosa que se encuentra en los versículos del 10 al 31 del último capítulo de los Proverbios. Al considerar este libro, debemos notar la palabra clave de cada versículo, que es la palabra alfabética. Esto nos ayudará a comprender más claramente el mensaje de cada capítulo. El poema es en parte una expresión del dolor de Jeremías, y en parte una personificación de la ciudad de Jerusalén, que yace en ruinas después de su caída en manos de los babilonios. Cómo (alef), versículo 1. Esta palabra comienza todo el poema. Expresa el terrible sentimiento de desespero que tuvo Jeremías cuando miró a esta ciudad, desolada como una viuda abandonada. Llora (beth), versículo 2. Esta palabra clave expresa el sentimiento de la ciudad personificada, y de todos los hijos de Dios, quienes ven a la ciudad destruida y que la aman. Por supuesto que la mención de sus amantes nos recuerda el mensaje de Oseas. Cautiverio (gimel); versículo 3. Esta palabra transmite por sí sola todo el sufrimiento de Judá. El pueblo ya no está libre para servir a Dios. La ciudad está vacía, porque todo su pueblo ha sido llevado lejos.

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Calzadas (daleth), versículo 4. Hasta los caminos que conducen al templo y la ciudad misma están vacíos. Nadie pasa por sus puertas. Han sido, versículo 5. Aquí el verbo «ser», usado con los enemigos de Jerusalén como sujeto, es un resumen de la situación. Ya no es el pueblo de Dios el que gobierna la ciudad, sino sus enemigos. Los niños pequeños llevados en cautividad nos recuerdan a gente como Daniel y sus tres amigos, o a Ezequiel. Y, versículo 6. La conjunción añade pena a las penas. No solamente está desolada sino que toda su belleza ha desaparecido. Sus gobernantes del pasado todos han sido hechos huir avergonzados. Se acordó, versículo 7. En un momento como este el pueblo de Dios recuerda la buena vida que una vez tuvo. Las penurias actuales por las que está pasando sirven para despertarlo del estupor del pecado bajo el cual había perdido las bendiciones de Dios. Pecado, versículo 8. De nuevo, al estilo de la profecía de Oseas, el pecado y sus consecuencias vienen a la mente. La única explicación clara para su situación actual es su pasada persistencia en el pecado. Inmundicia, versículo 9. Además del pecado, están sus efectos en la vida de Jerusalén. Está manchada, y no hay nadie que la consuele. Mano, versículo 10. La mano del enemigo está contra la ciudad y su gente. Aquellos a quienes Dios derrotó anteriormente ante Israel, ahora han destruido la ciudad, e incluso el templo. Todo, versículo 11. Nadie está inmune al sufrimiento y a las penurias de entre todos los ciudadanos de Jerusalén, ni aun los justos como Jeremías. Nada, versículo 12. Mientras que el pueblo de Dios en Jerusalén, personificado aquí, sufre tamaña aflicción, los extranjeros pasarán por su lado y no sentirán lástima.

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Desde lo alto, versículo 13. El pueblo de Dios tiene que reconocer que esta aflicción que ahora sufre no es un accidente de la historia sino el castigo de Dios a un pueblo desobediente. Vino de Dios, desde lo alto, y no de los hombres. Ha sido atado, versículo 14. La voz pasiva de este verbo expresa la triste condición del criminal en las manos del que lo ha de castigar. Dios ha puesto a Israel como un prisionero en manos de sus enemigos. Será llevado a donde les plazca a esos enemigos. A nada, versículo 15. Sus hombres poderosos, todo aquello en lo que Israel había puesto su confianza, todo es nada ahora. Todo aquello que Jerusalén atesoraba, y de lo que estaba orgulloso, ha sido reducido a cero. Por, versículo 16. Ahora es evidente cuál es la causa del llanto. Aquí la preposición simplemente enfoca la atención sobre el motivo de la pena de Jerusalén y de Jeremías. El consuelo prometido a Israel (Is 40) está lejos del pueblo ahora. Aquellos que confiados en la promesa de Dios (Gn 3.15) habían esperado tener victoria sobre sus enemigos estaban al contrario siendo vencidos en ese momento. Extendió, versículo 17. Aunque el pueblo ore pidiendo ayuda, no hay nadie que venga a consolarlo. Como ya les había advertido Isaías, sus oraciones no les servirían de nada, debido a su condición pecadora (Is 1.15). Justo, versículo 18. Sin embargo, nada de esto indica que Dios haya sido infiel en cuanto a guardar su Palabra. Todo se debe a que el pueblo ha venido desobedeciendo e ignorando a Dios por demasiado tiempo. Di voces, versículo 19. La perfidia de Jerusalén queda de manifiesto aquí en que, mientras estaba en su aflicción, no llamó a Dios sino a humanos que la ayudaran y la consolaran. Sin embargo, estos no la ayudaron porque estaban demasiado ocupados cuidando de sí mismos.

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Mira, versículo 20. Ahora Jeremías, quizá por compasión con Jerusalén, llama al Señor pidiéndole ayuda. Oyeron, versículo 21. Los enemigos oyeron de los problemas por que atravesaba Jerusalén y se sintieron contentos. Esto concuerda con lo que hemos visto a través de toda la revelación de Dios. El enemigo de Dios y de su pueblo siempre se alegra con la caída del pueblo de Dios. Por tanto, los enemigos también desagradan a Dios y serán juzgados (cf. Is 14.5,6; Jer 30.16). Venga, versículo 22. La súplica del profeta es a favor del pueblo de Dios, para que la justicia de Dios sea hecha también con aquellos enemigos, así como su justicia había caído ya sobre su ciudad, Jerusalén. En el capítulo 2, comenzando de nuevo al principio del alfabeto hebreo, el profeta expresa a través de las palabras clave alfabéticas el juicio de Dios contra Jerusalén. Comenzando de nuevo con la palabra «cómo», se siente estremecido por la ira de Dios hacia su pueblo (v. 1). Expresa por medio de las palabras clave de estos versos cómo ha caído la ira de Dios sobre Israel y Jerusalén. El Señor destruyó (v. 2), cortó (v. 3), y entesó su arco contra ellos (v. 4) como un enemigo. La realidad es que el Señor llegó a ser como un enemigo para Israel (v. 5; cf. Jr 30.14). Y (v. 6), además de esto, ha quitado su santuario (símbolo de su presencia) de Jerusalén, tal como Oseas había advertido contra Israel (ver Os 9). Por lo tanto, Dios ha desechado su altar (el medio de reconciliación; v. 7) y determinado hasta la destrucción de sus muros (v. 8). Mientras sus puertas son echadas por tierra (v. 9), y los ancianos se sientan (v. 10) en silencio sobre la tierra, solo queda el desánimo en los corazones de los que han quedado. Ha sucedido lo que Oseas había advertido que pasaría (v. 9; cf. Os 3.4). Los versículos del 11 al 19 siguen expresando en orden alfabético las reacciones variadas de los ciudadanos y de los enemigos de Jeru388

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salén al lamento de Jeremías por la ciudad. El desfallecimiento de los ojos de Jeremías (v. 11) y los ruegos de los niños a sus madres para que les den comida (v. 12) nos dan una imagen muy conmovedora de lo que sucedía en aquel día triste de la caída de Jerusalén. Notemos el gran contraste entre la angustia abrumadora de la Jerusalén de ese momento y sus pasadas alabanzas de la insuperable gloria de su Dios (v. 13). Recordamos las palabras anteriores de Jeremías cuando leemos aquí sobre las heridas de Jerusalén (Jer 30.12-15). En el versículo 14 culpa en gran parte a los falsos profetas de Jerusalén de su actual situación lamentable, porque en sus últimos días dieron esperanzas falsas e infundadas a los ciudadanos. Las reacciones de los enemigos de Jerusalén son descritas por medio de los versos «batir manos» (v. 15), y «abrir su boca» (v. 16). Mientras que los hijos de Dios se lamentan cuando la iglesia está en desgracia, los hijos de Satanás se regocijan. Sin embargo, no todo ha sucedido por accidente. El profeta sostiene su convicción de que a través de todo esto la soberanía de Dios permanece. Lo que ha sucedido, Dios había advertido que iba a suceder mucho tiempo antes (ver Dt 28.15ss). Por tanto, aunque los enemigos saqueen la ciudad ahora, todos deben saber que es Dios el que lo ha hecho (v. 17). Los versículos 18 y 19 exhortan al pueblo a invocar ahora al Señor pidiendo ayuda. Lo que Dios quiere es un corazón arrepentido y quebrantado. Deben clamar (v. 18) y levantarse a dar más voces, hasta que Dios muestre su misericordia (v. 19). En estos versículos finales, completa la imagen triste del pueblo que yacía desolado en las calles (v. 21). Al llamar a Dios para que mire (v. 20), está implorando su misericordia ahora. Dios ha convocado el terror que ha golpeado el corazón del pueblo; quizá ahora derrame su misericordia sobre el remanente. El capítulo 3 es también un acróstico pero utiliza tres versículos sucesivos para cada letra del alfabeto, en lugar de uno solo. Por tanto, los versículos del 1 al 3 comienzan todos con alef, la primera
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letra del hebreo. En los versículos del 1 al 18, el profeta, hablando en nombre de toda Jerusalén, expresa el sentimiento de desvalimiento que hay en los corazones del pueblo, cuando se dan cuenta de que todo lo que ha sucedido ha sido intención de Dios. Sin embargo, en el 19 y siguientes trae a la memoria su aflicción y en la misma recuerda el amor y la fidelidad de Dios. De una manera similar a la de Isaías 1.9 se da cuenta de que si no fuera por el amor de Dios, ellos ya habrían sido destruidos totalmente: tan grande es su pecado y tan merecido el juicio (v. 22). Esto introduce el llamado exhortando a esperar en el Señor (a poner confianza y esperanza en él) de la misma manera en que lo habían hecho antes otros profetas (Amós, Oseas, Isaías). Todos ellos exhortan repetidamente al pueblo a poner su confianza en el Señor, es decir, a esperar en él, porque solo en el Señor está la respuesta a nuestras más grandes necesidades (v. 25). A continuación, durante el resto del capítulo, siguiendo con el tema de la bondad de Dios (v. 25), sigue la súplica de que hagan el bien como respuesta a la bondad de Dios (vv. 26,27). Lo que tenemos en los versículos siguientes es una verdadera teología de la crisis, que enseña al pueblo de Dios cómo ha de comportarse en los tiempos de angustia, mientras la ira de Dios se está derramando sobre la iglesia por causa de sus pecados. En tiempos así, los miembros del pueblo de Dios que pasan por la tribulación con los pecadores que no quieren arrepentirse deberán soportar lo que venga, confiando en que el Señor llevará a cabo sus propósitos, y sin desesperarse como si se tratara de que esta crisis fuera el final de todas las cosas. ¡No lo es (vv. 26-30)! El Señor tiene sus motivos para todas estas tribulaciones (vv. 31,32). Cuando Dios hace sufrir, la aflicción no es el fin sino disciplina con el fin de que su iglesia sea purificada y su verdadero pueblo fortalecido (vv. 32-36). El Señor hace mella tanto en los buenos como

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en los malos, pero siempre sigue dominando la situación, y todas las injusticias que se cometan serán castigadas (v. 36-39). Si esto es lo que el Señor quiere en una crisis, que pongamos nuestra mirada en él y esperemos en él, entonces lo que nos toca a nosotros es reconocerlo en medio de la tribulación, confesando nuestra culpa y suplicándole que tenga misericordia de nosotros (vv. 4054). El versículo 53 constituye de manera especial una reminiscencia de la experiencia personal de Jeremías (cf. Jer 37.16). Ahora, al recordar cómo Dios había librado en el pasado a su pueblo de otras angustias, Jeremías puede tener la seguridad de que esta crisis pasará también, y los enemigos de Dios y de su pueblo, serán castigados por Dios como se merecen (vv. 55-56). El capítulo 4, que también es un poema acróstico, recuerda nuevamente la angustia de Jerusalén, pero concluye de nuevo con la seguridad, en primer lugar, de que la ira de Dios tiene su fin (v. 11), y además, de que los enemigos de Dios serán castigados todos al final (vv. 21-22). En un estilo muy parecido al de Isaías 40.2 afirma que el final del castigo infligido a la iglesia está cerca por ahora (v. 22; cf. Jer 33.7,8). El final del sufrimiento de Jerusalén será un anuncio del castigo que recibirán sus enemigos (v. 22; cf. Jer 25.29; 1 P 4.17). El capítulo final no es un poema acróstico. Lo que hace es revisarlo todo de nuevo y concluir ofreciendo la única esperanza verdadera que existe para el pueblo de Dios de todos los tiempos. El versículo 7 refleja la desesperación del pueblo, que llega a la conclusión de que han sido los caminos de sus padres los que lo han conducido a las circunstancias trágicas en que ahora vive (cf. 14.20). Y sin embargo, no hay intención de disculparse a sí mismos o de echarle toda la culpa a los padres. Sencillamente, a través de esta tragedia el pueblo de Dios ha llegado a ver su propia falta con toda claridad (Jer 16.12; 31.29,30). Más tarde, cuando algunos vol-

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vieron a intentar poner toda la culpa en las actuaciones de los padres, Dios los reprendió duramente por boca de Ezequiel (Ez 18.2). El versículo 8 parece ser el reverso de la profecía dada por Noé tanto tiempo atrás. Ahora, en lugar de ser servido, el pueblo de Dios se ve en la necesidad de servir a aquellos que deberían haber sido sus servidores (cf. Gn 9.25-27). Este capítulo final ofrece también la única respuesta verdadera a la angustia de Judá, o a la angustia de cualquier pecador que se vea atrapado en su propio tejido de engaño y mentiras. «Vuélvenos, oh Jehová, a ti, y nos volveremos» (v. 21). El pueblo estaba tan sumergido en el pecado, que estaba cautivo y desamparado, sin poder ayudarse a sí mismo. Solo por la gracia y el poder de Dios le sería posible regresar al Señor (cf. Jer 31.18,19).

III. Sofonías
Hay otros cuatro profetas en Jerusalén cuyo ministerio es contemporáneo al de Jeremías: Sofonías, Nahum, Abdías, y Habacuc. A continuación veremos estos profetas y sus mensajes particulares, reconociendo que cada uno de ellos hablaba con el mismo trasfondo histórico que Jeremías. Sofonías repite muchas cosas que ya han sido dichas anteriormente, aunque en una forma muy propia suya. Primeramente trata del Día del Señor (1.2-18); después hace un llamado a los hombres a que busquen al Señor (2.1-3). Se extiende en el tema sobre el significado del Día del Señor como un día de ira para todos los pecadores (2.4—3.7). Finalmente, termina con un mensaje para los justos, quienes han de esperar en el Señor cuando lleguen esos días (3.8-20). Sofonías escribió en los días de Josías, quien, como recordaremos, intentó llevar al pueblo de vuelta al Señor (1.1). Sin embargo, ya Jeremías había declarado que el reavivamiento del pueblo sería un fracaso, porque su vuelta había sido solo fingida, y no con todo el corazón (Jer 3.6-10).
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Los profetas del siglo séptimo

El profeta personalmente nos da más detalles acerca de su herencia y su familia que los que la mayoría de ellos suelen dar. Es poco frecuente en un profeta recorrer su linaje hasta la cuarta generación, como lo hace Sofonías. La explicación más razonable es suponer que el Ezequías a que se hace referencia aquí (1.1) es el mismo rey Ezequías. O sea, que es un príncipe de la familia real de Judá, como Jeremías era de ascendencia sacerdotal. Es probable que Sofonías profetizara desde alrededor del 650 hasta el 600 A.C., hacia la última parte de este período. La profecía comienza con una denuncia muy completa de todos los pecadores: tanto los que lo son menos abiertamente como los más manifiestos. El Día de Ira será terrible para todos los pecadores (vv. 2-18). En los versículos del 2 al 6 alcanza un clímax de proporciones conmovedoras. A continuación desarrolla la afirmación del principio: «Destruiré por completo todas las cosas de sobre la paz de la tierra». Notemos que el orden de destrucción de las criaturas que hay en el versículo 3 es exactamente el opuesto al orden de la creación (cf. Gn 1), como si Dios estuviera diciendo: «Voy a deshacer todo lo que he hecho». Esto nos enseña nuevamente la lección de que cuando el hombre prospera, toda la creación prospera, pero cuando es maldecido, todo es maldito con él (así en Gn 3.17; Ro 8.20-22). La imagen de la mano de juicio de Dios extendida ya no es familiar en las Escrituras (cf. Jer 6.12; 15.6; Ez 6.14). Notamos una progresión en los objetivos de la ira de Dios, desde los más notorios, los adoradores de Baal y los adoradores de ídolos y estrellas, hasta aquellos que simplemente se han negado a seguir al Señor, e incluso los que se han descuidado y no han buscado su voluntad (vv. 4-6). No solamente los adoradores de ídolos, que hacían más ruido, sino también los que aún profesaban ser adoradores del Señor aunque no se interesaban por buscar al Señor en sus vidas: todos ellos sentirán la ira de Dios. Sabemos que en los días de
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Josías comenzó el juicio (1 R 23.4,5). Sabemos también que Dios sentía igual desagrado por los que con sus labios profesaban creer en él pero no se volvían a él (no lo buscaban) de corazón (Jer 3.10). La expresión «Día del Señor» fue presentada por Joel mucho tiempo antes. Desde entonces ha sido siempre descrita por los profetas como un día de terror para todos los pecadores que no se arrepientan. Sentimos el horror de ese día mientras el clamor de los que perecen resuena de un extremo a otro de la ciudad (vv. 9,10). Se retrata también la forma total en la que Dios escudriñará a los pecadores; en una forma gráfica (v. 12). Los hombres intentan esconder su pecado en el corazón pero no pueden esconderlo de Dios (cf. Jer 17.9,10). En los versículos del 14 al 18 Sofonías describe este día terrible que se aproxima de forma similar a Joel 2 y Amós 5.18ss. Las tinieblas prevalecerán en aquel día. Dios llevará a los pecadores de la tierra a su fin (v. 18). Sin duda está señalando a los tiempos de la caída de Jerusalén en el 586 A.C., pero esa caída y la tragedia con ella relacionada apuntan a su vez más allá: al juicio final que Dios hará sobre todos los pecadores de todas las naciones. Así vemos que en la historia hay muchos pequeños «Días del Señor», pero todos señalan hacia ese gran clímax de la historia: la derrota final de todo lo que es malvado y rebelde contra Dios. Es bastante común y de esperar, en el estilo de los profetas, que antes de que Sofonías siga exponiendo la doctrina del Día de la Ira se dirija a todos los pecadores para hacerles un llamado a buscar al Señor (2.1-3). Siguiendo el estilo de Amós, los llama a buscar al Señor (v. 3; ver Am 5.6). Siguiendo a Isaías 11.4, se dirige de forma especial a los humildes de la tierra, es decir, a los quebrantados de corazón y verdaderamente arrepentidos, que solo tienen puesta su esperanza en el Señor. La siguiente gran sección de esta profecía declara que vendrá el Día de la Ira sobre aquellos que no se han reconciliado con Dios,
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Los profetas del siglo séptimo

ya estén en las naciones del mundo, o en Judá (vv. 4-37). Después de haber pronunciado sus ayes sobre las naciones extranjeras — Filistea, Moab, Amón, Etiopía, Asiria— se vuelve a Judá con el estilo que encontramos en Amós, capítulos 1 y 2. El rebelde pueblo de Judá no quiso responder ni a la enseñanza de Dios, ni a su corrección (3.2). No supo confiar en su Dios. Los gobernantes, los profetas, y los sacerdotes son todos igualmente culpables (vv. 3,4). Pero ahora han de enfrentarse con un Dios justo que no pasará por alto la iniquidad (v. 5; cf. Éx 34.6,7). ¿Qué significa esto para los justos de la tierra, que sí buscan al Señor y confían en él? Sofonías lo atestigua en la parte final de su libro (vv. 8-20). La respuesta es que el pueblo de Dios debe esperar en medio de las pruebas que han de venir debido a los pecados y la desobediencia de Judá (v. 8). Al final, Dios hará justicia a todas las naciones. El llamado al remanente a que espere puede seguirse a través de todos los escritos de los profetas (Os 12.6; Is 8.17; 40.31; 49.23; Miq 7.7; Jer 14.22; Lam 3.25,26). Dios salvará a aquellos que lo miren a él con esperanza. El volverá hacia él los corazones (v. 9; cf. Jer 31.33,34). La purga de la iglesia debe venir (v. 11), pero cuando la iglesia sea purgada, Dios dejará a los pobres que han esperado, al remanente (vv. 12,13). Por eso es que el verdadero pueblo de Dios, aun en medio de las pruebas y de la aparente derrota, puede sin embargo seguirse regocijando (vv. 14ss). Aquí tenemos en esencia la respuesta a la tristeza manifestada en las Lamentaciones. Una vez más, como sucedió con Moisés tanto tiempo atrás (Éx 3), Dios consuela a su pueblo asegurándole que él estará con ellos (v. 17). Dios rescatará a sus afligidos, una promesa de que los que confían en él y por ello sufren en el mundo, al final serán vengados (vv. 19,20).

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

IV. Nahum
Aunque el profeta Nahum no nos da la fecha de su escrito, el hecho de que su primera preocupación sea predecir la caída de Nínive, lo sitúa alrededor del 630, y siempre antes del 612, fecha en que cayó Nínive. Esto lo haría contemporáneo de Jeremías y Sofonías. Comienza con una declaración general del juicio de Dios en contra de sus enemigos (cap. 1). El Señor puede ser visto desde dos puntos de vista, según se ha revelado a sí mismo en la historia. Primero, él es celoso, toma venganza y se llena de ira (v.2). Esta es la forma en que aparece siempre para sus enemigos, aquellos que no creen en él. Pero él es también lento para la ira. No se apresura a destruir. Dios ejerce una gran paciencia con sus enemigos (v. 3; cf. Éx 34.6,7). Cuando juzga a las naciones, por lo tanto, es porque los hombres y las naciones lo han estado rechazando durante un gran período de tiempo. Nadie podrá esperar entonces misericordia (v. 6). Pero para sus amigos, para aquellos que se refugian en Dios, es un pastor, un baluarte, un lugar de refugio, como vimos en Sofonías (v. 7). Por tanto, todos los hombres tienen que enfrentarse a Dios, ya sea como amigos o como enemigos (vv. 7,8). El balance del capítulo 1 muestra sencillamente que el juicio de Dios es completo. El purificará toda maldad, pero al mismo tiempo proclamará el mensaje de la paz para aquellos que lo buscan (vv. 915). En el versículo 15, cita a Isaías 40.9, que es el comienzo del mensaje de esperanza dado por Dios a través de Isaías. Después de haber pronunciado el juicio en general, ahora enfoca su atención sobre Nínive (caps. 2,3). Podemos ver, gracias al capítulo 1, en su trato con Nínive, capital de Asiria, cómo es aplicada la lentitud de Dios para la ira. Unos doscientos años antes, el Señor había visto la maldad de Nínive y había tenido compasión de ella. Por eso envió a Jonás para advertirla sobre el juicio y llevarla
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Los profetas del siglo séptimo

al arrepentimiento. Los pies que traían las buenas nuevas de paz ya habían en una ocasión caminado por las calles de Nínive. Pero Dios no será paciente para siempre. Ciertamente que les llega un tiempo de juicio a los que continúan rebeldes. Ahora le ha llegado su momento a Nínive. Recordamos las palabras de Isaías tiempo antes contra Jerusalén (3.1ss; cf. Is 1). Algunas de las palabras son semejantes a las que dice Dios a través de Oseas para Israel (3.4,5; cf. Os 2.2,3). El mismo tipo de juicios con los que se amenazó a los enemigos que Israel había tenido anteriormente es el que ahora está amenazando contra Nínive (vv. 13-15; cf. Am 1). En palabras que recuerdan la descripción que hace Joel del ejército del norte (Asiria), similar a langostas, así reconoce Nahum ahora también que en realidad Nínive ha sido como una plaga de langostas (3.16,17). Ahora el sol de la justicia de Dios se levantará, y todas esas langostas huirán (v.17). Habla de las dolorosas heridas de Nínive, como Isaías lo había hecho anteriormente hablando de Judá (Is 1). Pero el gran contraste entre los dos mensajes es que no se le ofrece esperanza alguna a Nínive, mientras que a Judá sí se le había ofrecido esperanza. Había llegado el tiempo de que Nínive fuera juzgada. No había escapatoria posible. Por lo tanto, vemos que el libro es un comentario de Génesis 3.15. Dios derrotará a todos los que sean enemigos suyos y nuestros, si confiamos en él y esperamos, como nos exhortaba también Sofonías.

V. Abdías
Podemos fechar este libro en el mismo período de Jeremías, especialmente por la evidencia interna. En el versículo 11 se menciona el día de la caída o cautividad de Jerusalén, y por tanto, el mensaje pertenece al período de derrota aparente para el pueblo de
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Dios. Es el más corto de los libros proféticos del Antiguo Testamento, y trata sobre el juicio de Dios que vendrá sobre Edom (v. 1). Los primeros nueve versículos especialmente hablan de la causa de ese juicio: el orgullo de Edom. Edom, al sudeste de Jerusalén, es la nación bíblica que descendía de Esaú, el primer hijo de Isaac que era gemelo con Jacob (Gn 25.19-26). Antes de que ambos nacieran, el Señor había predicho que Esaú y Jacob serían los padres de dos naciones. La lucha en el vientre de Rebeca era una figura de la lucha que tendría lugar entre ambas naciones a lo largo de su historia. Pero Jacob, el más joven, padre de los israelitas, prevalecería, y al final Esaú, padre de los edomitas, lo serviría. Pero aquí hay envuelto algo más que simplemente la historia de dos naciones. Vemos muy temprano que aunque nacidos de los mismos padres, e incluso de la misma concepción, Jacob y Esaú pertenecen a dos familias muy diferentes. Jacob es de la simiente de Dios, de los justos, mientras que Esaú pertenece a la simiente del maligno, de Satanás. Su naturaleza se revela muy temprano, como ya hicimos notar al estudiar el Génesis. Este hecho, de que ambos están determinados como por destino antes de haber nacido es traído por Dios a la atención de los judíos en el período postexílico, por boca del profeta Malaquías. Es una ilustración del amor de Dios por Jacob (Israel) (Mal 1.2,3). Así, el amor de Dios por Jacob, y la forma en que escoge sus descendientes, y no a los de Edom, muestra la manera en que funciona la elección divina, esto es, cómo él escoge de acuerdo con sus propias intenciones y su voluntad. Pablo, en Romanos 9, desarrolla esto más ampliamente. Nos muestra que, sobre la base de la misericordia de Dios en su elección, mientras que los dos niños aún no habían nacido ni habían hecho nada bueno o malo, la intención divina no se detuvo en la contingencia de lo que ellos pudieran llegar a hacer sino en la elección, la decisión y la acción de Dios (Ro 9.10-12). En el gran capí398

Los profetas del siglo séptimo

tulo de Pablo que trata sobre la elección (Ro 9), la ilustración de cómo Dios escogió a Jacob y rechazó a Esaú muestra claramente que la decisión definitiva sobre quiénes habrán de ser los hijos de Dios está en sus manos, y no en las del hombre. Por tanto, en Hebreos, cuando Jacob es mencionado como un hombre de fe (11.21), Esaú es al mismo tiempo llamado profano (12.16), esto es, impío y mundano. Más tarde, en Malaquías, cuando Dios instruye a Israel acerca de su amor por Jacob y su odio (rechazo) a Esaú, este se convierte en figura ilustrativa del trato y el juicio de Dios sobre las naciones que lo rechazan (Mal 1.3-5). Esto nos ayuda a ver por qué fue escrito el libro de Abdías. Esaú (Edom) es el pueblo profano que representa a todas las naciones que se exaltan a sí mismas contra el Señor. Edom es orgulloso, y autosuficiente, como lo era Esaú (v. 3). La referencia a que mora en las hendiduras de las peñas (v. 3) puede que tenga que ver con el antiguo emplazamiento de Sela, o Petra, como se le llamó más tarde, palabra que significa «roca». Este emplazamiento, desarrollado más tarde por los romanos, estaba en la tierra que en ese tiempo ocupaba Edom. Se menciona por primera vez en las Escrituras en 2 Reyes 14.7. Alrededor del año 300 A.C., el dominio de la plaza pasó de Edom a los árabes nabateos, y posteriormente, en el 105 D.C. a Roma. La mayoría de las hermosas ruinas que hoy en día se encuentran allí talladas en roca de color rosado datan de la época romana. Sin embargo, algunas cuevas de la roca, cavadas en los grandes riscos que son tan característicos del lugar, datan de los días antiguos, aun antes de Edom. Solo se podía entrar a la ciudad por el estrecho camino de entrada, que podía ser defendido con facilidad. Es fácil ver por qué los habitantes de Sela podían sentirse arrogantemente orgullosos y seguros de sí mismos, tal como lo estaban los edomitas (Ab 3). Pero Dios los derrotaría, y de hecho lo hizo, como hemos visto (vv. 4,8,9).
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

En los versículos del 10 al 16 se declaran las razones del juicio de Dios contra Edom. Primero están los juicios específicos en contra de Edom (vv. 10-14). Se trata precisamente de la violencia hecha a Jacob (Israel) por Edom (Esaú) (v.10). Esa violencia ya había sido mencionada anteriormente por los profetas (Jl 3.19; Am 1.11). A esa violencia le añade Dios ahora acusaciones contra sus hechos con ocasión de la caída y cautividad de Jerusalén (vv. 1112). No solo se detuvieron a mirar como si fuera un teatro (v. 11) sino que probablemente se regocijaron también con el sufrimiento de Israel (v. 12), ¡algo que Dios no toleraría! Se les amenaza advirtiéndoles que no han de regocijarse ni tomar parte en el saqueo, o bloquearles el camino a aquellos que intenten escapar (vv. 13,14), aunque Dios les había advertido a los que estaban en Jerusalén que no deberían intentar escapar (Jer 38.17,18; 39.4ss; 42.10-17). A continuación, se dan pronunciamientos generales contra todas las naciones (vv. 15,16). Esto nos muestra que la advertencia específica hecha contra Edom, tiene aplicación a todos los pueblos orgullosos y profanos de la tierra. El libro termina con una sección que exalta a Israel, al remanente, que es el auténtico pueblo de Dios (vv. 17-21). La mención del monte de Sión nos recuerda a Isaías 2.2ss y 4.2,3. Los que «se salvaron» aquí (v. 17) son el remanente mencionado en otros pasajes. Como había dicho Isaías, el remanente será santo, la simiente santa, la posesión del mismo Dios (cf. Is 6.13). En palabras similares a las del capítulo 2 de Amós ahora Jacob será en sí mismo un fuego, en lugar de ser consumido por el fuego (v. 18). La comparación de Esaú con la estopa, recuerda a Jeremías 5.14. En Esaú (Edom), el pueblo profano, no habrá remanente (v. 18), así como tampoco hay remanente de Nínive (cf. Nah 3).

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Los profetas del siglo séptimo

Al final, como Dios había dicho desde el principio, el pueblo de Dios será el que triunfará y llegará el reino de Dios (v. 21; cf. Gn 3.15).

VI. Habacuc
Este profeta escribió probablemente alrededor de la época de los últimos días de Jeremías en Jerusalén, justamente antes de la caída de Jerusalén. Deducimos esto debido a la mención que se hace de los caldeos en 1.6 describiéndolos como un ejército a punto de invadir la tierra. Este libro hace referencia a un problema que es común a los profetas del siglo octavo y el séptimo: el problema del pecado en la iglesia (Israel), y el aparente triunfo de la iniquidad en Israel. Habacuc hace la introducción a su libro, con una queja sobre esto (1.1-4). A esta queja sigue una respuesta de Dios (1.5-11). Sin embargo, la respuesta de Dios «suscita otro problema para Habacuc que lo preocupa aun más (1.12-21). Dios le da a Habacuc después de esto una respuesta para su segunda queja, y esa respuesta de Dios es el núcleo del libro (2.220). Finalmente, después de meditar en la respuesta de Dios, el profeta responde hermosamente con la alabanza y la entrega, sintiéndose seguro y consolado con la Palabra de Dios (3.1-19). A continuación, miraremos con más detalle el mensaje de Habacuc. El primer problema que plantea el profeta se expone en 1.1-4. Se siente confundido porque aunque ha clamado con frecuencia a Dios a favor de los justos de la tierra que están siendo oprimidos por los malvados, Dios ha dado la impresión de que no oye (v. 2). Todo a su alrededor es violencia, y sin embargo, Dios al parecer no hace nada por resolverla. Enumera los actos de violencia. Ve iniquidad y perversidad, destrucción y violencia, rivalidad y contienda (v. 3). La ley de Dios es ignorada y no se hace justicia (v. 4). Da la impresión de que por
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

todas partes de la tierra los malvados son los que dominan, y su tipo de justicia el que prevalece. Esta es la imagen típica que tenemos del estado de cosas en Israel y Judá, desde los tiempos de Amós hasta los de Jeremías. Habacuc es uno más en la serie de profetas que clamaron contra tal estado de maldad en la iglesia entre el pueblo de Israel. Como Jeremías y otros más, Habacuc estaba indignado con razón, y se lamentaba, como debe hacerlo todo creyente. Dios tenía una respuesta franca para esta queja (1.5-11). En esencia, le mostró al profeta que ya él había estado obrando para combatir la iniquidad en la tierra (v. 5). Específicamente, había levantado a los caldeos (babilonios) para castigar a su pueblo (v. 6). De modo que, en un estilo que nos recuerda a Joel, describió el temible carácter guerrero de esta gran máquina militar (vv. 6-11). En otras palabras, como lo había predicho a través de Isaías y Jeremías, Dios estaba levantando a los babilonios para que fueran el instrumento en sus manos para castigar a Judá y Jerusalén. Esto provocó otro problema en la mente de Habacuc (1.12— 2.1). Comenzó recitando el credo del pueblo de Dios: el Señor es desde siempre. Es Santo. Está por encima de los pequeños errores de los hombres. Dios le ha prometido vida a su pueblo. Nunca se retractará de su promesa. El grito «no moriremos» (v. 12) expresa la confianza que tienen los verdaderos hijos de Dios en su Señor. Pero Dios ve a los paganos, a pueblos como Babilonia, como reservados para el juicio (v. 12). Comenzando con los versículos 13-17, Habacuc describe a los paganos que obran traidoramente. Los llama malvados que se tragan a aquellos que son más justos que ellos (v. 13). A continuación sigue una descripción del pagano que adora a las obras de sus propias manos. Es descrito como un pescador que captura hombres en su red. Es orgulloso y vano, y les rinde culto a las cosas que

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Los profetas del siglo séptimo

lo hacen capaz de conquistar: su propio poder y su máquina militar. Va matando a las naciones una tras otra (v. 17). Habacuc está retratando en este pasaje al típico poder pagano que amenazaba al pueblo de Dios de cuando en cuando. ¡Seguramente que Dios no permitiría que estos poderes paganos dominaran a Israel, que era por lo menos más justo que los paganos (v. 13)! Habacuc pensó que había construido bien su argumento. Ahora esperaría para ver cómo el Dios Santo se lo podía responder (2.1). La respuesta que recibió fue clásica (2.2-20), y sirvió de base para el desarrollo posterior de la gran doctrina de la justificación solamente por la fe que hizo Pablo en el Nuevo Testamento. Primero, el Señor señaló la importancia de lo que estaba a punto de decir. Era tan importante que debería ser declarado en las tablas de aquellos días (v. 2). Sería una respuesta que había valido la pena esperar (v. 3). Comienza en el versículo 4. «Su alma» al parecer se refiere al alma del injusto que había sido mencionado anteriormente, es decir, de cualquiera que no sea recto. La característica de todos los injustos (los que no son rectos) es que son hinchados y soberbios. Esto es cierto en todos los malvados. Por contraste, los justos, los que son rectos ante Dios, viven ante él solo por fe. Por tanto, Dios dice aquí lo que las Escrituras repiten con tanta frecuencia: que solo existen dos clases de personas en el mundo, y ninguna más ni ninguna menos: los malvados, que no son rectos en lo absoluto ante Dios, y los justos, que son rectos por fe en Dios solamente, tal como lo había sido Abraham (Gn 15.6). La importancia de esto con respecto al problema de Habacuc estaba por tanto en que no hay tal cosa como los «más justos» o los «menos justos». ¡O se es justo por la fe en Dios, o no se es justo en lo absoluto! No hay grados de justicia. O nos es concedida por la fe, o no tenemos justicia en ninguna forma. Los orgullosos, que piensan que son justificados por sus obras, lo único que están es hinchados en
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su soberbia. Los que son así son como el borracho altanero, que va dando traspiés por la vida hasta llegar al mismo infierno (v. 5). Como respuesta a la súplica de Habacuc para que solo el pueblo de Dios que confiaba en él pudiera vivir (1.12), Dios está diciéndole: «¡Sí, por fe!» Comenzando con el versículo 6 y siguiendo hasta el final de este capítulo, encontramos un proverbio burlón que muestra que no importa que el injusto esté dentro de la iglesia (Israel) o fuera de ella (paganismo). Todos los injustos desagradan a Dios y serán castigados. Dios enseña esto en una serie de ayes (vv. 6-16). Ay de la nación pagana que saquea otras naciones y derrama violencia sobre las ciudades. Al final será ella la saqueada (vv. 6-8). Pero también, ay de aquel que codicia injusta ganancia para su casa. Está haciendo saqueo en pequeña escala, pero Dios no lo pasará por alto (vv. 9-11) . Ay de la nación que construye ciudades con sangre (los botines de guerra) y va de conquista en conquista sin pensar en la gloria de Dios (vv. 12-14). Pero ay también del hombre que le da de beber a su vecino para emborracharlo y actuar lascivamente. Sería lo mismo que fuera un incircunciso. ¡Con toda seguridad recibirá el castigo de Dios (vv. 15-17)! Es decir, que Dios juzgará toda violencia: la de la nación pagana, que tanto le había preocupado a Habacuc, pero también la de los pecadores que vivían en Jerusalén, que también le había preocupado al profeta. Toda injusticia, esté donde esté, será hallada por Dios y castigada. Toda idolatría pagana o israelita (vv. 18-19), es igualmente odiosa a la vista de Dios y será juzgada. Termina con una descripción de Dios en su santo templo, ante quien todo el mundo es culpable y por lo tanto puesto en vergüenza. Nadie en absoluto tiene justicia propia, con la cual pueda jactarse ante Dios. Todos son silenciados ante el Dios Santo (2.20; cf. Ro 3.19).
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Los profetas del siglo séptimo

Después de esta respuesta maravillosa dada por Dios, Habacuc replica con un gran himno de alabanza y entrega al Señor (cap. 3). Es el cántico del creyente, una afirmación de fe en el Dios que de esta manera se ha revelado a sí mismo a Habacuc como el Señor. Primeramente, el profeta contempla la gloria del Señor en la creación y en su providencia (vv. 1-11). Ve venir la ira de Dios por causa del pecado de Israel y suplica misericordia (v. 2). Por último, concluye que, tal como lo ha explicado Dios, va por toda la tierra juzgando una nación tras otra y destruyendo las plazas fuertes (v. 12). Pero lo hace con un propósito. El surgimiento y la caída de las naciones a lo largo de la historia tiene en sí un significado Dios hace todo ello en última instancia para la salvación de su pueblo, compuesto por aquellos que son justificados por la fe (v. 13). La última parte del versículo 13 tiene sin duda una referencia a Génesis 3.15, la victoria final sobre la serpiente (Satanás). Cuando Habacuc se dio cuenta de que el juicio terrible caería sobre Jerusalén, y de que hasta los justos han de pasar por él, tembló (v. 16). Pero también comprendió que debería aceptarlo y esperarlo con serenidad. Estaba resignado con respecto a la tribulación que vendría. ¡Aunque sufriera la pérdida de todas las cosas (v. 17), todavía podría seguir regocijándose! ¿Por qué ? ¡Porque sabe que Dios está con él y que al final le dará la victoria (vv. 18 y 19)! Esta es una gran afirmación de fe que tuvo su eco luego en Pablo, como vemos en Romanos 8.28. De esta forma se les enseña a todos los creyentes que si la iglesia peca tendrá después que pasar a través del juicio, y aunque los hijos de Dios han de compartir este juicio con los injustos, serán conservados y sobrevivirán. Así el remanente, que es el verdadero pueblo de Dios, podrá atravesar la tormenta con la confianza de que Dios está con él.

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CAPÍTULO

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EL TIEMPO DE EXPIACIÓN (586-400 A.C.)
I. La historia del período
Antes de continuar nuestro estudio de los profetas sería bueno mirar la historia del período de los escritos exílicos y postexílicos. Este período fue muy activo en la historia del mundo antiguo, y solo podemos ver brevemente algunos de los más importantes sucesos y actividades de aquel tiempo. Fue el momento en que se formaron algunas de las grandes religiones del mundo, cuyo efecto se deja sentir todavía. El zoroastrismo estaba en formación, dirigido por el gran profeta persa Zoroastro, del que se conoce muy poco. No se sabe exactamente cuál fue su período de actividad. Alrededor del mismo tiempo, Confucio en China y Buda en la India se estaban presentando para fundar las religiones que finalmente serían conocidas con sus nombres. Todo esto sucedió en la época de surgimiento del judaísmo entre los judíos de la cautividad, entre los cuales comenzaron a producirse cambios radicales debido a la destrucción del templo y a su dispersión en medio de las naciones. Con el fin de mantener sus tradiciones y su fe, la doctrina tradicional comenzó a ser enseñada, y posteriormente escrita, dándole estructura, unidad, y sentido al judaísmo mundial después del exilio. En el mundo político ya hemos visto cómo la hegemonía se movió desde Asiria hasta Babilonia. Durante este período, cambia407

El plan de Dios en el Antiguo Testamento

ría nuevamente, y por última vez serían pueblos semíticos, de la misma familia que los judíos, los que tendrían dominio sobre el mundo antiguo. Los babilonios fueron el último pueblo semita que dominó Mesopotamia. Los medos y los persas que vinieron después de ellos no eran semitas. A continuación llegaron los griegos y los romanos, quienes gobernaban en los tiempos de Cristo. Cuando termina nuestro período (400 A.C.), todavía eran los persas los que dominaban, pero los griegos, que después serían dirigidos por Alejandro Magno, dominarían la región antes del final del siglo siguiente. El imperio babilónico que causó la caída de Jerusalén fue sobre todo el imperio de Nabucodonosor. Este fue la figura dominante. En el 612 A.C. cayó Nínive, la capital de Asiria. Esta fue la primera gran campaña de Nabucodonosor, que había sido dirigida por su padre, al que sucedió al poco tiempo. Más tarde cayó Harán, la última plaza fuerte que se le oponía, en el 610 A.C. Cuando Nabucodonosor tomó el poder, el faraón Necao de Egipto, que también era ambicioso, salió a guerrear con él. Los dos ejércitos se encontraron y lucharon en Karkemish en 605. Esta fue una de las grandes batallas del mundo antiguo. Necao fue derrotado, y el dominio babilónico sobre todo el mundo de la Biblia quedó asegurado. Fue durante esta campaña, mientras Necao se dirigía hacia el norte para enfrentarse a Nabucodonosor, que Josías, el último rey bueno de Judá, salió a interceptar al faraón Necao y fue asesinado (ver 2 R 23.29). En esos mismos días, Nabucodonosor barrió la Palestina con su ejército, para demostrar que era él quien dominaba en la región. En esa ocasión tomó consigo algunos cautivos de entre los hijos de los hebreos, entre los que se hallaban Daniel y tres amigos (ver Dn 1.1-2). Esto sucedió alrededor del 605 A.C., durante el reinado de Joaquín en Jerusalén. Más tarde, en el 597 A.C., Nabucodonosor regresó nuevamente y tomó a Joaquín cautivo, junto un gran número de israelitas.
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El tiempo de la expiación

Entre los que fueron llevados en este momento se hallaba Ezequiel (Ez 1.1-3). Desde 588 hasta 586 A.C., Jerusalén y dos ciudades remotas, Azeca y Laquis, fueron todo lo que le quedó a Judá. Estas ciudades son mencionadas en Jeremías 34.6,7. En las llamadas «cartas de Laquis», descubiertas recientemente, los arqueólogos han sacado a la luz los intercambios entre estas ciudades y sus últimos días. Dan una descripción gráfica de cómo era la vida bajo el sitio de los babilonios. Jerusalén cayó en el 586 A.C. La última plaza fuerte que quedaba en aquella parte del mundo, Tiro, se sostuvo doce años más, pero cayó finalmente en 574, tal como Ezequiel y Jeremías habían predicho (Jer 27.1-11; Ez 26.1—28.19; 29.18-20). Llegados a este punto, volvamos a ver los últimos días de Judá. Joacaz, el hijo de Josías, reinó solamente tres meses, y fue depuesto por el faraón Necao (2 R 23.33). Su hermano mayor, Eliaquim (Joacim), fue nombrado por Necao y reinó en su lugar. Murió en su puesto mientras Jerusalén estaba sitiada. El siguiente rey, Joaquín, reinó tres meses, y fue llevado a Babilonia en el 597 A.C. Ezequiel fue también en esta primera fase de la cautividad . Joaquín permaneció prisionero en Babilonia hasta que fue liberado treinta y siete años después en los días de Evil-merodac (2 R 25.27-28). El último rey, Sedequías, tío de Joaquín, reinó once años. La mayor parte de este tiempo, Jerusalén estuvo bajo el virtual dominio de Babilonia, hasta que cayó definitivamente en el 586 A.C. El imperio babilónico prosperó bajo Nabucodonosor. Después de su muerte, el reino duró solamente veintitrés años. Fue sucedido por Amelmarduk (Evilmarduk en las Escrituras). Este fue asesinado por su cuñado en su segundo año de gobierno, el 650 A.C. Cuatro reyes gobernaron en rápida sucesión desde el 560 hasta el 539 A.C. Los dos últimos fueron padre e hijo y gobernaron parte de ese tiempo juntos. Nabonides comenzó a gobernar en 556 y su hijo Belsasar comenzó asociado a él en 553 A.C. Belsasar mandaba
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sobre la ciudad de Babilonia en 539, cuando cayó en manos de los persas, mientras su padre se hallaba fuera de la ciudad. En la época del poder babilónico los exiliados judíos vivieron en su mayor parte en Babilonia o cerca de ella. La historia de los judíos que quedaron en Jerusalén después de su caída es desconocida para nosotros. Toda la atención de las Escrituras se centra en los que vivieron en el exilio. En Babilonia, el problema que los exiliados enfrentaban era el reto a su fe que significaba la aparente derrota de su Dios por el ejército babilónico. La labor de los profetas que fueron a la cautividad fue demostrar que el final de Judá no significaba el final del pueblo de Dios, ni la derrota de su Dios. Daniel y Ezequiel fueron los voceros para el pueblo de Dios en el exilio, y por medio de su ejemplo y de su profecía, la fe verdadera fue enseñada y puesta en práctica para los judíos. Finalmente, como ya dijimos, Babilonia cayó en manos de los persas en el 539 A.C. Al año siguiente, Ciro, el gran rey de los medos y de los persas, promulgó decretos concediendo a los judíos el permiso para regresar a Jerusalén y reconstruir el templo destruido por Nabucodonosor. Sabemos que era política de Ciro repatriar a los que habían sido llevados cautivos y, que gracias a él, muchos pueblos pudieron regresar a sus tierras nativas. Sin embargo, era el Señor el que lo impulsaba a hacerlo, para que fuera cumplida su Palabra dicha a través de Jeremías. Los gastos del regreso corrieron por cuenta del tesoro persa. Todos los judíos que lo desearan podrían regresar. Los vasos sagrados que habían sido llevados por Nabucodonosor fueron devueltos a su legítimo lugar por una orden suya. El mando sobre los que regresaran a la tierra estuvo primero en manos de Sesbasar y después de Zorobabel. Alrededor de cincuenta mil regresaron en este primer grupo. La primera responsabilidad que tenían era la reconstrucción del
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templo. Encontraron la tierra desolada, y los samaritanos se les mostraron hostiles. Estos eran los descendientes de los que habían sido llevados allí por los asirios después de la caída de Samaria. En el entretanto, mientras luchaban por reconstruir el templo, hubo cataclismos políticos en Persia. Ciro fue asesinado en el 528, y dos años más tarde surgió Darío el Grande en el trono. El templo, debido a la oposición de los samaritanos y a la intranquilidad política, seguía sin terminar. Finalmente, Dios, a través de los profetas Hageo y Zacarías, sacudió al pueblo para que terminara el templo. Esto fue hecho en el 516. Hay unos cincuenta años de historia perdidos entre 516 y 457 A.C. Después de este período, Esdras, un levita y escriba de la época de Artajerjes de Persia, regresó para enseñarle la Ley al pueblo de Jerusalén. Unos 1.800 hombres lo acompañaban con sus familias. Encontró espiritualmente débiles a los que estaban en Jerusalén; se habían hecho mundanos y se habían casado con extranjeras. Los guió a confesar su pecado, y aunque muchos judíos se resintieron, le enseñó al pueblo una vez más el libro de la Ley de Moisés. Hizo que la ley fuera leída e interpretada para ellos. Los judíos, que ya no eran una nación, se convirtieron en el Pueblo del Libro. Entonces, en el 444, durante el reinado del mismo Artajerjes, Nehemías, habiendo oído noticias alarmantes procedentes de Jerusalén, consiguió permiso para regresar allí y construir las murallas de la ciudad para protegerla. Junto con Esdras, completó la tarea de devolverle al pueblo la conciencia de su relación con Dios. La vida religiosa fue restaurada sobre bases más bíblicas. Los ricos se habían aprovechado de los pobres, y Nehemías los forzó a corregir errores pasados. Luego que las murallas estuvieron terminadas, regresó a Persia por dos años. Cuando Nehemías regresó otra vez a Palestina, encontró que la situación se había deteriorado nuevamente, y junto con Esdras volvieron a traer al pueblo al Señor. Se detuvo el matrimonio con
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paganos. Se hizo obligatorio guardar el sábado. Los samaritanos fueron expulsados de sus puestos de control en Jerusalén. Mientras, en Persia, en la época de Jerjes (Asuero en la Biblia) 486-465, Ester, una judía, se convirtió en la esposa del rey Jerjes. Ella sirvió, junto con su primo Mardoqueo, para salvar a los judíos de ser extinguidos. En estos días del exilio y el regreso, los judíos se convirtieron, aunque lejos de Jerusalén, en una comunidad religiosa. Hubo un interés creciente y un estudio cada vez mayor de las Escrituras judías. Las Escrituras todas: la ley, los profetas, y los otros escritos, comenzaron a tomar forma como un solo Libro de Autoridad. Se levantaron las sinagogas, tanto en el exilio como en Judá, donde quiera que hubiera judíos creyentes. El arameo se convirtió en el lenguaje más usado de la época, en el ámbito internacional, y como consecuencia, el hebreo cayó gradualmente en un desuso general. Por esta razón se hicieron necesarias las traducciones y explicaciones de las Escrituras. Al principio eran orales. Andando el tiempo se pusieron por escrito y fueron conocidas como los Targums. Gradualmente, la religión judía comenzó a tener impacto en el mundo no judío. Ahora volveremos nuestra atención a las Escrituras que pertenecen a esta época.

II. Ezequiel
Ezequiel, al igual que Jeremías, escribió tanto antes como después de la caída de Jerusalén. Pero mientras Jeremías escribió desde Jerusalén, Ezequiel escribió en Babilonia. El libro se divide en dos partes principales: la escrita antes de la caída (caps. 1—33.20) y la escrita después de la caída (caps. 34— 48). Estas dos secciones están unidas por una breve narración de la llegada a Babilonia de las noticias acerca de la caída de Jerusalén (33.21-33).
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La primera sección, que contiene las revelaciones anteriores a la caída (1.1—33.20), es bastante diferente de la última. Habla sobre todo de los pecados de Israel que le están acarreando el juicio que se avecina. Estimamos que se puede fechar el comienzo de sus escritos en el año quinto de la cautividad de Joaquín (1.2), que sería alrededor del 592 A.C. Ezequiel nos dice que es en este momento cuando Dios comienza a hablar con él (v. 3). La primera división de esta primera sección se refiere a la gran visión de la gloria divina que fue mostrada a Ezequiel. Al parecer, es una visión de la actividad de Dios y de su interés por la historia del hombre (1.4-28). Procedente del norte (lugar de donde vienen todos los juicios de Dios contra Israel) viene una nube misteriosa con fuego (v. 4). Ve cuatro criaturas vivientes (v. 5). Por tanto, lo que ve es muy similar a lo que Juan diría haber visto mucho más tarde, cuando era también un exiliado en Patmos (Ap 4). Ambas visiones son descripciones del cielo y de la gloria celestial. Basados en el libro del Apocalipsis, podemos afirmar que las cuatro criaturas vivientes representan diversos aspectos de Cristo en su misión y su gloria. Aquí parecería que esta podría ser la explicación también. Sin embargo, se ve con más claridad en el Apocalipsis que en Ezequiel. Más tarde son identificados como querubines (10.15). Y sabemos que los querubines guardaban el camino al árbol de la vida (Gn 3.24), y en el tabernáculo se cernían sobre la misma arca (Éx 25.18-22). A partir del versículo 15, nos dice que las criaturas vivientes controlaban ruedas que se extendían a la tierra. Cuando las criaturas se movían, lo hacían también las ruedas (v. 19). El espíritu de las criaturas vivientes estaba en las ruedas (v. 20). Por esto podemos llegar a la conclusión de que la visión muestra que todo lo que está sucediendo en la tierra (las ruedas) está controlado por las
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criaturas vivientes en el cielo: la invasión procedente del norte, el fuego que viene y juzga a las naciones, alcanza hasta Jerusalén y Judá y está bajo el control de Dios. Por tanto, lo que sucede en la tierra es determinado en el cielo: la rueda que toca la tierra. Desde el versículo 22 hasta el final del capítulo, se nos da una rápida mirada de lo que es el mismo cielo. Nos muestra el trono de Dios con uno como hombre (¿Cristo?) sentado en él (v. 26). Se nos dice que Ezequiel vio la semejanza de la gloria del Señor (v. 28). Puesto que todo esto fue visto como por encima de las cabezas de las criaturas vivientes (v. 22), vemos aquí simbolizada la verdad de que Dios, que está por encima de todas las cosas, controla todo lo que está sucediendo en estos días, y todo es conforme a su plan y su propósito. Dios no está muerto. Él vive, y controla aún las cosas aun cuando su pueblo está pasando ahora por tiempos muy difíciles. Este es el mismo núcleo del mensaje que Dios le estaba enviando a su pueblo Israel en esos días difíciles por medio de Ezequiel, Daniel, y Jeremías. Los capítulos 2 y 3 hablan del llamado de Ezequiel. Después de la introducción sobre la visión que acaba de ver, Ezequiel recibe confirmación de que su ministerio es controlado por Dios en el cielo. Dios se dirige a Ezequiel llamándolo «hijo de hombre», un término usado solo por Ezequiel pero que después Cristo se aplicaría a sí mismo en el Nuevo Testamento (2.1). Su misión es ir a Israel, que es descrito como un pueblo rebelde (v. 3). Vemos una clara relación entre el llamado de Ezequiel y los de Isaías y Jeremías. En todos estos llamados se les advierte que los oyentes se rebelarán y que no recibirán con facilidad lo que ellos les digan. Ya sea que los lleguen a creer o no, al menos sabrán que un profeta estuvo en medio de ellos (v. 5). Ezequiel, igual que Jeremías, es consolado con las palabras «no temas» (vv. 6ss). Entonces, se le advierte a Ezequiel que no se vuelva él también un rebelde (vv. 8). Él ha de obedecer a Dios y no a los hombres, le escuchen estos o no.
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El incidente del rollo del libro que se come (2.9—3.3) es similar al narrado por Juan en Apocalipsis 5.1-10; 10.8-11. De nuevo, aquí podemos estar seguros de que el libro se refiere al mensaje de Dios para el mundo, un mensaje enviado al pueblo de Dios pero que tiene amargas repercusiones cuando es llevado a hombres que le son hostiles. Ezequiel es enviado especialmente a Israel (3.4-11). De haber sido como Jonás o Daniel, enviado a pueblos de lengua extraña, habría sido oído, pero va a Israel y, en contraste, no lo quieren oír (vv. 5,6). Su predicha (v. 7) resistencia a la Palabra de Dios nos recuerda la del pueblo al que se enfrentó Jeremías. En verdad iba a ser una labor difícil (cf. Jer 1.18). En el versículo 10 se le dice a Ezequiel que él también debe tomar la Palabra de Dios en el corazón. El mensajero debe creer el mensaje. La misión era dura, y las perspectivas que se abrían delante del profeta no eran agradables. No en balde regresó a su pueblo con amargura, sabiendo lo que le esperaba (vv. 14,15). De nuevo Dios le da ánimos a Ezequiel, luego de darle tiempo para reflexionar sobre su llamado (3.16-27). Él sería como un vigía con el oficio de advertir. Si el pueblo escuchaba, bien, pero si no, al menos él había cumplido con su deber. Fracasaría en su misión solo si no alertaba al pueblo (v. 21). Una vez más vio la gloria de Dios (v. 23) y después se le habló de las penalidades que sobre él caerían, como habían caído sobre Jeremías. Sin embargo, Dios le daría valor para hablar (v. 27). En el capítulo 4 empieza el mensaje propiamente dicho. Una característica de la predicación de Ezequiel sería que dramatizaría muchos de los mensajes de Dios delante del pueblo. Otros profetas hacían esto ocasionalmente, pero Ezequiel lo hacía con frecuencia. El primer mensaje fue una representación del sitio de Jerusalén (cap. 4). Debería tomar una plancha de hierro y levantarla como una muralla. Después, tendría que acostarse al lado de ella y represen415

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tar el sitio de una ciudad. Ya podremos imaginarnos lo asombrada que estaría la gente de ver algo así. Debería hacer esto cada día durante trescientos noventa días, acostado sobre su lado izquierdo, y cuarenta días sobre el derecho (4.4-7). ¡Suponemos que cada día saldría y dramatizaría esto durante cuatrocientos treinta días en total! Estos días, se nos dice, representan cada uno un año de la iniquidad de Israel (v. 5). Si calculamos hacia atrás a partir del año del llamado de Ezequiel, que es el 592 A.C., a los trescientos noventa años llegamos a una fecha del 900, o alrededor de la época de Salomón. Los cuarenta años añadidos quizá representen los años de desobediencia en el desierto. Esto no es seguro. Dios está diciendo con esto que mientras él ha sido paciente durante todos los años de la desobediencia de Israel, comenzada desde los tiempos de Salomón, ahora en cambio, traerá su juicio sobre la ciudad. Ezequiel dramatiza también el hambre y la escasez que sobrevendrán durante el sitio de la ciudad (4.9-17). Vemos en el capítulo 5 otro mensaje representado por medios visuales. Tomando su propio cabello, retrata gráficamente el juicio próximo de Dios: el fuego, la espada, y la cautividad (dispersión al viento; vv. 1,2). El horror de esos días que vendrán sobre Jerusalén (v. 10) nos recuerda el sitio de Samaria en la época de Eliseo (2 R 6.29; cf. Jer 19.9). Al igual que Jeremías, Ezequiel pronuncia la amenaza cuádruple del juicio de Dios sobre la tierra: peste, hambre, espada, y cautiverio (v. 12). Aquí podríamos referirnos también a Apocalipsis 6 y a los cuatro jinetes que representan las fuerzas que son desatadas sobre el hombre en la historia. El capítulo 6 es una profecía dirigida a las montañas de Israel. Recordaremos que en Miqueas 6 el Señor llamó a las montañas a juzgar entre él e Israel. Ahora les dirige una profecía a las montañas mismas, que es donde están los sitios de idolatría (6.3ss). Esto será comparado debidamente con otro mensaje a las montañas que

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aparece en el capítulo 36. Como Oseas, Ezequiel reprende al pueblo por no conocer al Señor (v. 7). Comenzando con el versículo 8, hallamos una nota de esperanza. Él dejará un remanente; habrá algunos que escaparán (vv. 8,9). Solo cuando en la presencia de Dios vean lo pecadores que son comenzarán de verdad a conocer al Señor (vv. 9,10). Ezequiel enfatiza este mensaje golpeando fuertemente con el pie (v. 11). Como era de esperar, Ezequiel concluye esta serie de profecías prediciendo el final seguro de Israel (7.2). Ya está cerca (7.8). Hay mucho del mensaje de Joel reflejado aquí (v. 14). La maldad de las naciones que ocuparán la tierra recuerda el problema de Habacuc (v. 24). En un tiempo así el pueblo deseará una palabra de Dios, y no le llegará ninguna. Recordemos que Jeremías, el profeta de aquel tiempo, había sido llevado a Egipto (cf. Am 8.11). Los tres capítulos siguientes, del 8 al 10, recogen una visión dada a Ezequiel de los pecados de Jerusalén. En esta visión es transportado espiritualmente desde Tel-abib, en Babilonia, hasta Jerusalén (8.3). Ve la imagen del celo en el templo (vv. 3,5,6), que está lleno de cosas abominables ante la presencia de Dios (vv. 911). Recordaremos que el Señor declaró que él es un Dios celoso, que tenía celo por su nombre y su verdad y no permitía rival alguno en los corazones de sus hijos (Éx 20.4-6; 34.12-17). ¿Qué era lo que Ezequiel estaba viendo realmente en este momento? Tenemos la respuesta en el versículo 12. Se le estaba dando espiritualmente en esta visión la posibilidad de mirar dentro de los mismos corazones de los que vivían en Jerusalén, en las cámaras de sus imágenes, es decir, sus corazones malvados, tal como Dios los veía. Esta vuelta por el templo de Jerusalén en los días de Ezequiel era en realidad una vuelta por los corazones de aquellos que adoraban allí. Se ve esto con claridad cuando leemos Ezequiel 14.4. Esta revelación es única en las Escrituras y nos da

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una visión de los corazones pecadores de los incrédulos que no tiene paralelo con ninguna otra cosa en las Escrituras. No es de maravillarse que Dios hable con tanta frecuencia del corazón pecador, y de la necesidad que tiene de ser purificado. En su viaje Ezequiel ve corazones llenos de idolatría y de vana adoración (8.14-18). Finalmente Dios declara que solo aquellos a quienes aflija esa situación serán salvados (9.4; cf. Ap 7.2,3). Nos trae a la mente las palabras de Jesús «bienaventurados los que lloran». El juicio deberá comenzar en la casa del Señor (v. 6), como leemos en otros lugares (Am 3.2; Jer 25.29; 1 P 4.17). Estas cosas llevan a Ezequiel a preocuparse profundamente por la suerte del pueblo (v. 8; cf. 11.13). Sin embargo, Dios le advirtió que esta vez su ira no sería retirada (9.9-11). Las visiones de los corazones del pueblo terminan la serie con una visión de la gloria de Dios (cap. 10) en una escena parecida a la que abre el libro en el capítulo 1. ¡La gloria de Dios no puede tolerar tal iniquidad en los corazones de los hombres! A continuación, en el capítulo 11, Ezequiel muestra la visión de los príncipes malvados. Sabemos que Jeremías tuvo que enfrentarse a estos hombres cuando intentaba decir la verdad (v. 2). Ezequiel es llamado a profetizar contra ellos (v. 4), y su juicio es severo (58). Como resultado de sus profecías, uno de aquellos que él vio en la visión, murió (vv. 13; cf. v. 1). Anteriormente, cuando comenzó el juicio, Ezequiel había pedido la misericordia de Dios (9.8). Ahora clama nuevamente a Dios (11.13). La primera vez Dios no le respondió; esta vez sí lo hizo. A partir del versículo 16, Dios declara que hay esperanza para Israel. Prometiendo que los protegerá mientras se hallen en cautividad, le asegura también a Ezequiel que los devolverá a sus hogares, luego de deshacerse de todo lo que hay de malvado en ellos (vv. 18ss). En palabras similares a las de Jeremías 31.31ss, Dios
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promete un nuevo espíritu y un nuevo corazón para el remanente (v. 19). Los propósitos de Dios, tal como se expresan en Éxodo 19, de llegar a tener un pueblo santo, se harán realidad (v. 20). Pero para aquellos que permanezcan en pecado no ofrece esperanza ninguna (v. 21; cf. Am 9.8ss; Is 66.24). Con esta nota tranquilizadora termina la serie de visiones que comenzó en el capítulo 8 (v. 24). Una vez más, en el capítulo 12, se le indica a Ezequiel que represente la cautividad de Jerusalén delante del pueblo (vv. 1-6). Al hacerlo deberá ser muy dramático, representando el temor que habrá en los corazones de los que estén en Jerusalén en aquel día (vv. 17ss). Al parecer, debido a que Dios se había tardado en cumplir las palabras que había enviado por profetas como Jeremías con respecto a la caída de Jerusalén, algunos hicieron un proverbio que hablaba de que las visiones de los profetas habían fracasado (vv. 22- 25). Pero ahora Dios ya no se demorará más (vv. 27,28). Los falsos profetas que consolaron falsamente al pueblo en los días de Jeremías, diciendo que el tiempo del juicio estaba lejano, se convirtieron ahora en el blanco de Ezequiel (cap. 13). Solo hay ayes acumulados para ellos (v. 3); Dios les declara la guerra (v. 8). Tendrán que comerse sus palabras de paz (v. 10; cf. Jer 8.11; 14.13). También, en forma similar a Amós, se vuelve a reprender a las mujeres vanidosas (vv. 17ss; cf. Am 4.1ss). Hasta los ancianos de la cautividad son reprendidos. De acuerdo con lo que vimos en 8.12, estos ancianos tienen ídolos en sus corazones (14.4). Dios reprende y castiga a todos los falsos líderes, a fin de que el verdadero pueblo suyo no se corrompa (vv. 9-11). Nada podrá desviar el juicio sobre la caída (vv. 13-14; cf. 2 R 23.26, 27). Ni aun grandes hombres de Dios como Noé, Daniel o Job podrían ayudarlos si estuvieran allí. Noé recuerda el gran juicio del diluvio, en la época en que él era el único justo. Job le recuerda
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al patriarca antiguo que era tan agradable a Dios que Satanás no pudo sacudirlo. Daniel fue, por supuesto, un contemporáneo de la generación de Ezequiel, y vivía en aquel momento en Babilonia. Todos tenían noticias directas sobre su piedad, pero ninguno de ellos podría ayudar a Jerusalén a salir de sus problemas (v. 14). La hipótesis de que el Daniel mencionado aquí no es el Daniel bíblico sino otro conocido en la literatura antigua de Ugarit, en la costa del Mediterráneo, es débil e improbable. No hay razón por la cual Ezequiel no pudiera hablar de aquel hebreo contemporáneo suyo, piadoso y bien conocido. De nuevo notamos el uso de cuatro clases de juicio: hambre, bestias salvajes, espada (guerra), y peste (vv. 12,20). Pero, como anteriormente, Dios ofrece una esperanza para el remanente final (vv. 22,23). En una forma similar a la de Isaías 5, Ezequiel habla de Israel como de una viña carente de valor (cap. 15). El capítulo 16 se dirige todavía a los ancianos sin fe y les recuerda que sus orígenes no son tan nobles (vv. 1-5). Sus orígenes como un pueblo identificable tuvieron lugar en Canaán, a la que Dios llamó a Abraham, para hacer de él una familia específica. La combinación del amorreo y la hetea (v. 3) seguramente se refiere a sus orígenes paganos (ver Jos 24.14,15). Los antepasados de Abraham eran amorreos, y quizá la palabra «hetea» haga referencia a Betsabé, la esposa de Urías, que llegó a ser esposa de David. La descripción de Israel como un hijo adoptado y como una esposa cuidada y amada recuerda las palabras de Oseas en los primeros capítulos de su profecía (vv. 6-14; cf. Os 1-3). La belleza que describe (v. 14) recuerda los buenos tiempos del reinado de Salomón, pero la prostitución que se desarrolló (vv. 15-29) recuerda los últimos días de su gobierno. Gran parte del resto del capítulo 16 tiene la intención sin duda de recordarles la acusación similar que Oseas había lanzado contra el reino de Israel al norte, en una época más temprana.
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Tampoco ahora puede Dios olvidar su promesa, que también era recordada en el mensaje de Oseas, es decir, que él no abandonaría a su pueblo. Dios establecerá al final un pacto perdurable (vv. 60-63). ¡Vendrá el día de la reconciliación! Los capítulos siguientes, 17 al 24, contienen varias parábolas que ilustran la otra forma en que el profeta comunicó la verdad de Dios al pueblo de Israel. En el capítulo 17 habla de la parábola de las dos águilas y la viña. La primera águila plantó una viña para que le diera fruto (vv. 1-6), pero vino otra águila y la viña dio fruto para ella y no para la primera (vv. 7,8). Por lo tanto, una viña así de traidora no podría permanecer; había sido infiel y debería ser arrancada de raíz (vv. 9,10). Dios explica la parábola como sigue: la primera águila representaba a Babilonia, que había hecho un trato con Jerusalén de que esta serviría al rey de Babilonia (vv. 11-14). Pero Judá traidoramente hizo otro tratado con Egipto (vv. 15), que es el águila segunda. Por lo tanto, Babilonia castigará con toda seguridad a Jerusalén (vv. 1518). El Señor está hablando aquí de sucesos que se recogen en 2 Reyes 24.1 a 25.7, en los días de Joaquín y Sedequías. Ahora el Señor aplicó toda esta parábola a su relación con Israel, que era su viña (vv. 19-24). Esto nos recuerda el capítulo 5 de Isaías, versículos 1 al 7. Israel, la viña de Dios, le había fallado. Con cuánta mayor razón debería ser castigada. El capítulo 18 contiene la parábola que se usaba con frecuencia en la época de Ezequiel: «Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera» (18.2). Vemos esta parábola mencionada en Jeremías 31.29,30 y quizá en Lamentaciones 5.7. Pero no era una parábola correcta. Dios había dicho con toda claridad que las cosas no eran así (Dt 24.16). Algunos podrían enfrentarse a las consecuencias de los pecados de sus padres, pero nunca serían considerados culpables por ellos (18.4).
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Así el Señor, a través de Ezequiel, dio una serie de ejemplos que demostraban que él llama a cuentas a cada generación por sus propios pecados (vv. 5-20). En los versículos del 21 al 24 introduce otro concepto afín al que acababa de decir, pero que en realidad es un resumen de la relación del hombre con Dios. Los malvados que se arrepientan y se vuelvan hacia Dios serán justificados en la presencia de Dios; han sido salvados por su fe en Dios (vv. 21-23). Sin embargo, Si alguno que confíe en su propia justicia peca, su maldad no será perdonada, porque ha confiado en esa pretendida justicia y no se ha arrepentido ante Dios (v. 24; cf. Is 64.6). Al parecer, muchos acusaban a Dios de contradicción aquí (v. 25), pero Dios enseña que ello se debe a que son las vidas de los hombres las que carecen de rectitud el que venga la tribulación (v. 29). En otras palabras, todos han pecado, luego todos son culpables. Nadie puede vivir rectamente en la presencia de Dios, por lo que todos deben arrepentirse (v. 31). Lo que Dios está pidiendo aquí, un corazón y un espíritu nuevos (v. 31), solo él mismo puede proporcionarlo. Y lo proporcionará, como había dicho en Jeremías 31.31ss, y como lo repetirá en Ezequiel 36.26ss. En la alimentación que aparece en el capítulo 19, un pasaje nos trae a la memoria Isaías (v. 23) nos recuerda a Oseas 2.2. Cuando vinieron los ancianos para inquirir de Dios a través de Ezequiel, el Señor se negó a responderles (20.1-3). Para ellos, las palabras de Amós 8.11 se harían pronto una realidad. Después en una revisión de su historia, y de cómo Dios los había tratado en el pasado, les mostró sus pasadas rebeliones (vv. 5-32). En medio de este largo resumen de historia, Dios les dejó entrever cuál era la intención del sábado que ellos habían ignorado: debería ser una señal de que Dios los estaba santificando (vv. 12,13). Les debería haber recordado que tenían que esforzarse para permanecer obedientes a Dios a través de cada semana, buscando su

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bien para sus vidas; pero ellos ignoraron las intenciones de Dios y siguieron adelante en su desobediencia. Mostrándoles en esta reprensión de tipo histórico que habían fallado con respecto a lo que Dios quería que llegaran a ser, ahora llama a una segunda experiencia de desierto y de cautiverio en medio de las naciones para que puedan aprender nuevamente a hacer la voluntad de Dios y que Dios podía purificar a su pueblo (vv. 33-39). En un estilo semejante al de Isaías en su capítulo 2, trae ahora esperanza al remanente de los que en la cautividad aprendan a confiar en el Señor y a obedecerle. Ellos serán su pueblo después que los demás hayan sido desechados (vv. 40-44). Después de haber explicado a los de Babilonia la necesidad del cautiverio y de la expiación en el exilio el profeta se vuelve ahora (de Babilonia) hacia el sur, y se dirige a los que aún están en Jerusalén (vv. 45; 21.2). Jerusalén estaba a punto de caer (v. 45— 22.31). El Señor mostró que Babilonia era el instrumento que había escogido para el juicio (21.24,25). Los pecados que estaban en los corazones del pueblo ahora estaban expuestos de tal manera, que hasta Ezequiel los había visto. El Señor nos muestra aquí que el propósito de su juicio era purificar al pueblo de toda culpa (22.1518). Simplemente, no había otra alternativa. No podría ser hallado hombre alguno que pudiera llenar el abismo que había entre Dios y su pueblo pecador. No se pudo encontrar mediador alguno (vv. 30,31). Aquí podemos comparar esta parte con Jeremías 15.1, donde se dice que ni tan siquiera Moisés o Samuel serían ahora suficientes como mediadores. Solo el Señor puede venir y pararse sobre el abismo; solo él puede traerle la salvación a su pueblo. La parábola de las dos mujeres, Aholiba y Ahola (cap. 23), es una parábola que expresa la condición grandemente pecadora de Israel y Judá a partir de la época de Egipto. Ahola, Israel, es llama-

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da así debido a que estableció su propio tabernáculo y su culto en los días de Jeroboam I (1 R 12.26-33). El nombre Ahola significa «su tabernáculo». Aholiba, Judá, significa «mi tabernáculo está en ella», y hace referencia al santuario verdadero, que aún se hallaba en Jerusalén (v. 4). Dios enseña que cada una de las dos hermanas había pecado y había disgustado a Dios, y así como una de ellas, Ahola, ya había sido castigada, así lo sería la otra. La parábola de la olla hirviente (cap. 24) señala nuevamente la importancia de la expiación que debe tener lugar ahora en Jerusalén, a manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia (v. 2). Es como una olla vaciada y quemada completamente con carbones encendidos (vv. 3,6, 11). Para enseñarle al pueblo que deberá aceptar este juicio de Dios sin lamentarse, Dios trajo en este momento una gran tristeza personal sobre la vida de Ezequiel. Le dijo a Ezequiel que su esposa moriría, y que no debería ni lamentarse por esta gran pérdida. Debería seguir profetizando (vv. 15-18). Ezequiel debería ser un ejemplo para los ciudadanos de Judá en la época del cautiverio, cuando se enteraran de la caída de Jerusalén. No deberán llevar luto por ella (vv. 22-24). Vemos, pues, una vez más, cómo Dios en ocasiones hacía pasar a sus siervos por experiencias muy difíciles para que pudieran comunicarle mejor su mensaje al pueblo (cf. el matrimonio trágico de Oseas, y las prisiones frecuentes de Jeremías). La última gran sección de la primera división de Ezequiel, trata de los mensajes a las naciones (caps. 25—32), tal como hemos visto también en Isaías, Jeremías, Amós, y Sofonías. Amón es juzgado por reírse en el día de la calamidad de Jerusalén (25.3). Moab es condenado por ridiculizar a Judá (v. 8); Edom, por su crueldad con Judá (v. 12); y Filistea por su continua enemistad contra el país (v. 15). A continuación, en los capítulos 26 al 28, el profeta presta atención especial a Fenicia. Tiro, su ciudad principal, alardeaba de ser
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invencible y se regocijaba cuando Jerusalén se hallaba sitiada (26.2). En realidad, Tiro pudo sostenerse doce años más contra Babilonia, pero cayó también, en el 574 A.C. Tiro había sido una ciudad orgullosa que había colonizado gran parte de las costas del Mediterráneo, incluyendo a Cartago en el norte de África. Debido a que era tan orgullosa y vanidosa, Dios la pone ahora por ejemplo (v. 3). Él lanzará a Nabucodonosor contra ella y caerá para no ser reconstruida (vv. 7,13,14). En medio de la larga lamentación que sigue por la ciudad de Tiro, encontramos que el enfoque está puesto en su rey (cap. 28). Por tener un corazón orgulloso y pensar de sí mismo como si fuera un dios (28.2), recibirá un juicio especial de parte de Dios. Su vanidad es tan grande que representa el orgullo del propio Satanás (vv. 12-19). Las palabras de esta lamentación dan la impresión de que se refieren a un ser mayor que el rey de Tiro, y aunque su nombre no sea mencionado, evidentemente es Satanás el objeto de la profecía (cf. Is 14.12ss; Lc 10.18). El objetivo del juicio de Dios contra Tiro y Sidón sería que las naciones conocieran que hay un Dios al cual todas han de rendirle cuentas (vv. 20-24). Así como hemos visto tantas profecías dirigidas contra las naciones, también hay aquí esperanza ofrecida al pueblo de Dios, al remanente (vv. 25ss). A continuación es condenado Egipto (caps. 29—32). También este juicio es para que las naciones sepan que tendrán que habérselas con Dios (29.6; 30.8). Pero aquí también hay esperanza que se promete al remanente de Dios (29.21). La caída de Asiria, antes poderosa, es presentada como una advertencia a Egipto sobre su fin inevitable (21.2ss) . En la parte final de la profecía, hay una especie de pase de lista del infierno. Egipto tendrá mucha compañía cuando baje para ser juzgado (32.18-32). Asur (Asiria) está allí (v. 22). Elam (v. 24) y
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toda una multitud (vv. 26ss) están también allí. El faraón estará muy acompañado (v. 31). La primera división del libro de Ezequiel termina con las afirmaciones relativas al deber del vigía (cap. 33), parecidas a la que aparece en 3.16-21. También aquí, mientras la ciudad de Jerusalén está a punto de caer, se le enseña a Ezequiel que su responsabilidad ante Dios es advertir al pueblo. Él es el vigía de Dios sobre la casa de Israel para alertarla (33.7). Por lo tanto, tenemos aquí una expresión de la responsabilidad que tiene todo testigo ante Dios. Todos hemos de ser testigos de la verdad de Dios. Es responsabilidad nuestra. Solo Dios puede hacer efectivo el mensaje para aquellos que lo oigan. Aquí se repite mucho de lo que había sido dicho en el capítulo 18 (vv. 2ss) . El resto del capítulo 33, versículos 21 al 33, narra el suceso de la caída de Jerusalén, que sería alrededor del 586 A.C. Comenzando con el capítulo 34 y llegando hasta el final del libro, el capítulo 48, tenemos la segunda gran división de la profecía. Contiene las profecías dadas después de la caída de Jerusalén. Después de que llegaron a Babilonia las nuevas de la caída de Jerusalén, los mensajes de Dios que dio Ezequiel cambiaron considerablemente. Pasó de las advertencias de juicio a los mensajes de esperanza. Pero antes, se dirige a los falsos profetas y falsos pastores de Israel que descarriaron al pueblo y lo llevaron a su triste final (v. 2). Estos se han alimentado a sí mismos en lugar de alimentar al rebaño de Dios. Usa aquí la imagen del pastor para señalarles su fracaso y al mismo tiempo mostrar qué hubiera hecho el buen pastor (vv. 4-6). Por tanto, vemos aquí un concepto del buen pastor similar al que encontramos en Isaías 40.11, y que fue cumplido a plenitud solamente en la persona de Jesucristo (ver Jn.10). Dios mismo tendrá que ser el pastor verdadero, puesto que todos sus pastores secundarios han fallado lastimosamente (vv. 11,15,16).
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Las palabras de los versículos 17-20 nos recuerdan Mateo 25.32ss, en que Cristo juzga a las ovejas. Estas palabras también recuerdan a Isaías 9.7; 55.3-5 y Jeremías 30.9, cuando hablan de las promesas hechas a David (el más grande de los hijos de David, a Jesús) de que sería ese pastor verdadero que Dios proporcionaría (vv. 22-24). Así las ovejas de Dios, el remanente salvado, conocerán al Señor que no han podido conocer en el pasado. Sabrán que él es su libertador (v. 27) y que ellos son su pueblo (sus ovejas) (v. 30). El juicio tan contrastante contra Edom que se encuentra en el capítulo siguiente (35) tiene sin duda por objeto recordarle al pueblo que Dios ha tratado a Edom (Esaú) de una manera diferente, en contraste con Israel (Jacob), según lo expresara posteriormente el profeta Malaquías (Mal 1.2-4). Edom es el enemigo perpetuo de Israel (35.5; cf. Am 1.11) y por tanto representa continuamente a ese elemento de la iglesia que es secular y está fuera de la gracia de Dios. Como lo hizo Abdías, Ezequiel también le advierte a Edom que recibirá juicio porque se ha regocijado con la tragedia de Israel (v. 15). Con el capítulo 36 Dios comienza un gran mensaje de esperanza para su pueblo. Se dirige a las montañas de Israel, como lo hizo en el capítulo 6, pero en forma diferente. En el capítulo 6 el Señor reprendió a las montañas (al pueblo de Israel) por su pecado, y las previno de juicio. Pero aquí trae el evangelio de la esperanza. La justicia y las obras de Israel se corrompieron cuando habitaba en la tierra (v. 17; cf. Is 64.6). Dios tenía que castigar y purificar a ese pueblo, pero cuando por causa de su sufrimiento las naciones ridiculizaron a Israel y a su Dios, el celo de Dios por su nombre prevaleció (vv. 20,21). Debido a ello, el Señor aclara aquí que salvará a Israel de su vergüenza, no porque lo merezca sino por su propio nombre, es decir, por su gloria ante las naciones (vv. 22-24).

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La palabra de salvación que Dios realizará habrá de rociar (limpiar) a su pueblo de sus pecados en sus corazones, como le había mostrado anteriormente a Ezequiel (36.25; cf. caps. 8 al 10). Esto está acorde con la promesa hecha a través de Isaías (Is 43.25). En palabras parecidas a Jeremías 31.33, el Señor promete que dará al pueblo un espíritu y un corazón nuevos (v. 26). Esto lo hará por medio de la obra de su Espíritu Santo en ellos (v. 27; cf. Jl 2.28,29). Entonces el pueblo obedecerá. Tendrá un corazón obediente a Dios cuando él haya hecho su gran obra en ellos (v. 27). Entonces habitarán en su lugar en paz y en bendiciones que no tendrán fin, y darán fruto (vv. 28ss). Esto no es otra cosa que la promesa del nuevo nacimiento por el Espíritu Santo de Dios. Vemos que la misma verdad es enseñada por Jesús a Nicodemo (Jn 3). Esta es también la doctrina expresada por Pablo en Tito 3.5. Este es el lavado de regeneración y renovación que es obra del Espíritu Santo. Les recuerda también que no es por ellos mismos (porque ellos se lo merecieran) por lo que los va a regenerar, sino por la gloria de Dios (36.32ss). El capítulo 37 es una visión en la que se ilustra la doctrina de la regeneración. Ezequiel ve un valle repleto de huesos secos (vv. 1,2). Hace notar su sequedad (muerte), y se le hace la pregunta: «¿Vivirán estos huesos?» (v. 3). Evidentemente, no pueden hacer nada por sí mismos. Están bien muertos. Ezequiel, prudentemente, contesta que solo Dios lo sabe (v. 3). Ahora Dios le ordena algo muy extraño. Ezequiel ha de predicarles a estos huesos muertos y llamarlos a oír la Palabra del Señor (v. 4). Lógicamente, esto carece de sentido desde el punto de vista humano. Si realmente están muertos, no pueden oír ni responder. Pero el Señor le revela a Ezequiel que cuando él predique, Dios hará que su Espíritu (la palabra usada en hebreo aquí es la misma
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de 36.27) entre en ellos y les dé vida (v. 5). Nuevamente vemos enseñar muy claramente la doctrina de la regeneración. Vivirán y sabrán que el Señor es Dios (v. 6). Así recordamos las palabras de Dios a Elías, después de ver fracasar sus esfuerzos para convencer a Israel de su pecado. Dios le mostró a Elías que los hombres solo podrían ser cambiados por la voz tranquila y delicada que es su Palabra, obrando en ellos por el Espíritu (ver comentario sobre 1 R 19.9-12; cf. Zac 4.6). Ezequiel obedeció al Señor, y el resultado fue exactamente lo que él había dicho que sucedería (37.7-10). Aquí hay palabras traducidas en ocasiones como viento o como aliento, y todas son la misma que aparece en 36.27, espíritu, y así debería ser traducida. Lo que se quiere presentar es que la nueva vida, la regeneración, es la obra del Espíritu Santo de Dios. La lección que se enseña en este texto es exactamente la misma que en Efesios 2.1-10. Todos estábamos muertos en el pecado por naturaleza (Ef 2.1-3), pero Dios en su misericordia y su amor nos hizo vivos cuando estábamos muertos y desamparados (Ef 2.49). Hizo esto para que pudiéramos vivir y glorificarle por la obra que ahora hacemos en su nombre (Ef 2.10; cf Ez 36.27). El Señor nos muestra que esta es la forma en que el Israel desesperanzado tendrá esperanza (vv. 11-13). ¡Vivirán porque Dios ha puesto su Espíritu en ellos, para que habite en ellos, que son el nuevo templo santo de Dios (ver Ef 2.21)! El resto del capítulo 37 ilustra cómo este plan de redención es el único mediante el cual todo el pueblo de Dios será reunido bajo una sola cabeza (vv. 15-28). Los dos palos representan a Israel y a Judá, todo el pueblo (vv. 15-19). Dios está diciendo en esencia que habrá solo una iglesia, un pueblo de Dios en toda la tierra. Pero los hijos de Israel, la simiente de Dios, serán reunidos de todas las naciones (v. 21). Esto armoniza con las palabras de Pablo en Efesios 2.11-22 de que Dios hará de gentiles y judíos una sola iglesia verda429

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dera. El verdadero Israel está compuesto por aquellos que en cualquier lugar de la tierra crean en el Señor, como también lo dice Pablo (Ro 4.1-17; 9.6-8; 11.25-32). De esa misma manera contempla Jesús a la única iglesia (Jn 17.20-24). La esperanza de un rey (v. 22) recuerda las palabras de Oseas (Os 1.11), y en el versículo 24 este rey es llamado David, señalando hacia la promesa hecha a David de que Dios establecería su trono para siempre (ver 2 S 7.10-16). Por lo tanto, la doctrina de un pastor señala su cumplimiento en Cristo (34.23; Is 40.10; cf. Is 9.7; Jer 30.9; 0s 3.5). El pacto perdurable, el que no fracasará (v. 26), es el nuevo pacto de Dios (pacto diferente), afirmado a través de Cristo y declarado en el tiempo de Cristo (Lc 22.20; cf. 1 Co 11.25; 2 Co 3.6; Heb 9.15). Es nuevo porque fue dado a conocer después de que el viejo fracasara (es decir, después que se había hecho evidente que Israel no podría permanecer en la tierra de la promesa porque no podía guardar la Ley de Dios), pero es el pacto antiguo (en verdad intemporal) porque en los propósitos de Dios es el pacto original, establecido antes de que el mundo fuera creado (Ef 1.4) . Los dos capítulos siguientes, 38 y 39, contienen profecías contra Gog, gobernante de Magog (38.2). No es posible identificarlo con ningún personaje conocido de la historia. En Apocalipsis 20.8 se lo identifica a él y a su tierra como representantes de los gobernantes y las naciones del mundo que están unidos bajo Satanás contra Dios y contra su pueblo. Las profecías de Ezequiel, pues, apropiadamente se vuelven ahora para considerar el mundo, el reino de Satanás, que está en enemistad con el reino de Dios y con sus propósitos. Puesto que el Señor acaba de mostrar cómo será establecido su reino, y cómo prevalecerá (caps. 36,37), ahora se ocupará del reino de Satanás y su destrucción.

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Dios se declara a sí mismo contra Gog y contra todos los gobernantes seculares del dominio de Satanás (38.3; cf. Ef 6.10-12). Como anunció Joel mucho tiempo antes el llamado de guerra de Dios contra las naciones de la tierra (Jl 3.9ss), ahora lo hace Ezequiel aquí (v. 7). La escena de batalla descrita (vv. 14-16) nos recuerda Apocalipsis 29.7-10, el ataque del mundo contra Dios y contra el pueblo de Dios. Es el clímax final de esa lucha abierta que Dios había predicho en Génesis 3.15. El Señor luchará a favor de su pueblo (38.18,21-22). Las imágenes de esta narración son similares a las del juicio divino contra Sodoma. Nuevamente Dios se declara en contra de Gog, los gobernantes del mundo (39.1). La caída de Gog y Magog se describe en términos que recuerdan Apocalipsis 19.17,18 (vv. 4-6; cf. vv. 17ss). El objetivo de esta gran derrota final es que el nombre de Dios pueda ser glorificado entre las naciones (vv. 7,8). La escena de los cuerpos muertos (vv. 11,12) recuerda las palabras de Isaías al final de su mensaje (Is 66.24). Cuando Dios haya destruido el reino de este mundo, entonces el pueblo de Dios (el verdadero Israel) conocerá que Dios es el Señor para siempre (vv. 21-29). Dios no los dejará solos. ¡Siempre y para siempre estarán con el Señor! La parte final del libro, capítulos 40 al 48, es una visión del nuevo templo. Recordaremos que en los capítulos 8 al 11 Ezequiel tuvo una visión del templo, el cual había sido profanado. Allí vimos que lo que Dios le había enseñado era en realidad los corazones del pueblo, es decir, el templo de sus cuerpos, que eran malos, y en los cuales Dios no podía habitar. Por lo tanto, este templo representa también los corazones de aquellos que forman el pueblo de Dios. Ezequiel recorre este nuevo templo y le mide cuidadosamente cada parte. Lo escudriña por completo, como escudriñaría Dios los corazones de los hombres.
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Todo es perfecto. No hay defecto alguno en él (caps. 40-42). Dios declara que este es el lugar de su trono, en el que habitará para siempre, en el que su gloria llena la casa, los corazones de su pueblo (43.1-9). Este templo es hechura de Dios, purificado por él, tal como le recordó a Ezequiel antes de mostrárselo (39.29). Dios estará en su trono en los corazones de su pueblo. Nunca volverán a mancharse de nuevo (43.7). Este concepto del corazón del creyente como el templo santo de Dios es desarrollado en el Nuevo Testamento (1 Co 3.16,17; 6.19; 2 Co 6.16). Por esta razón Jesús habla del día en que los hombres no adorarán en este o aquel edificio sino que realmente adorarán en espíritu y en verdad (Jn 4.23,24). Por esto leemos en Apocalipsis 21.22 con respecto al cielo que no hay templo ninguno en él. Cada uno de los hijos de Dios es el templo de Dios. Los templos de este mundo solo señalan hacia el templo definitivo de Dios con su pueblo. Cuando el pueblo vea el templo que Dios va a construir, se sentirá avergonzado de sí mismo por sus pecados actuales (43.10). Ninguna otra persona estará en el santuario de Dios más que sus hijos (44.9; cf. Ap 21.8,27). El templo no tiene defecto (caps. 43—48). Es santo, y el Señor habita en él para siempre (48.35). En este momento, y a manera de conclusión, sería de provecho reflexionar en lo que Dios nos ha mostrado simbólicamente tanto a Ezequiel como a nosotros. Distinguimos con claridad que la revelación de Dios a los santos del Antiguo Testamento es muy diferente a su revelación a los santos del Nuevo Testamento. Pero todos son verdaderos creyentes en el Señor. Difieren en que en el Antiguo Testamento, Dios habla en términos de lo que va a hacer. Pero en el Nuevo Testamento declara lo que ya ha hecho en Cristo.
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Tanto los santos del Antiguo Testamento como los del Nuevo son salvos todos por la fe en el mismo Señor. En el Antiguo Testamento el pueblo de Dios aprendía por medio de las señales simbólicas que Dios le daba, es decir, el tabernáculo, los sacrificios, etc., cómo aproximarse a Dios en fe, reconociendo su condición pecadora, y con corazones quebrantados, aprendiendo a confiar solo en él para su salvación. En el Nuevo Testamento el pueblo de Dios ve en Jesús el cumplimiento de todo lo que está simbolizado en las señales del Antiguo Testamento, la única vía verdadera hacia Dios, la única vida verdadera. En el Antiguo Testamento los hijos de Dios renacen por el Espíritu de Dios, igual que en el Nuevo. Esto está evidenciado por la fe que hay en ellos. Por fe, se les muestra simbólicamente lo que Dios hará, para su redención, y confían en que el Señor lo hará. En el Nuevo Testamento los hijos de Dios renacen por el Espíritu Santo de Dios, que se evidencia también en su fe en el Señor. Por su fe llegan al conocimiento de lo que Dios ha hecho ya realmente en Cristo para su redención y la redención de todos los hombres, y confían en el Señor que lo ha hecho. En el Antiguo Testamento los santos conocieron a Cristo (Dios, su Redentor) por la descripción verbal de sí mismo que les había dado a través de Moisés (Éx 34.6,7; repetido con frecuencia como ya hemos visto). En el Nuevo Testamento conocemos a Cristo en la carne, el Verbo hecho carne, manifestación viva de Dios. En el Antiguo Testamento los santos tenían realmente al Espíritu Santo que les daba sus dones en número limitado, y tenían también frutos del Espíritu. Pero en el Nuevo Testamento vemos al Espíritu Santo derramarse, dando dones y produciendo fruto en todos los creyentes a medida que el Espíritu Santo viene a habitar y permanecer en ellos. En el Antiguo Testamento la comisión de Dios a sus santos no tenía un alcance mundial, pero la anticipación de que el evangelio
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alcanzaría a todas las naciones se ve claramente desde el principio, por ejemplo, en la profecía de Noé (Gn 9.26,27; 12.3; 22.18). Pero al pueblo le faltaba poder espiritual para llevar el evangelio hasta los confines de la tierra. Fue el momento en que Dios estableció su cabeza de playa en el mundo de pecado de Satanás. En el Nuevo Testamento nuestra comisión llega hasta los confines de la tierra. Somos sus testigos. Tenemos el poder (Hch 1.8) y por lo tanto libramos la batalla contra Satanás. Dios, entretanto, va ganando del mundo a su pueblo y derrotando a Satanás a medida que lo va atando por la predicación de la Palabra. Dios deja así desarmado a Satanás para que no pueda contrarrestar la labor de salvación que Dios va haciendo en toda la tierra. Finalmente, en el Antiguo Testamento la herencia está expresada principalmente en términos de un área geográfica y de una tierra fértil, aunque Dios llama a producir fruto en la vida del pueblo, es decir, fruto de Justicia y juicio (Is 5.1-7) . Pero en el Nuevo Testamento se habla del fruto espiritual y de un nuevo cielo y una nueva tierra, así como de una herencia incorruptible y sin mancha que no se desvanecerá (1 P 1.4,5). Sin embargo, incluso en el Antiguo Testamento, los hijos de Dios comprendían que la herencia que esperaban no era de este mundo (ver Heb 11.8,10,16; 12.22; 13.14). La verdadera ciudad de Dios, que es la herencia de su pueblo, ha sido siempre el cielo, la nueva Jerusalén (Ap 21,22). Por eso Pablo les advierte a los Gálatas que no se dejen engañar y que no pongan su mirada atrás, en la Jerusalén terrena, poniendo en ella su esperanza (Gá 4.21-31). Nuestra Jerusalén también está arriba y es libre. ¡Nuestra esperanza está en la nueva Jerusalén, que está arriba, y no en la ciudad terrenal de este mundo!

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III. Daniel
El libro de Daniel fue escrito por el profeta Daniel durante el exilio en Babilonia. Se nos narra que en el tercer año de Joacim fueron llevados a Babilonia procedentes de Jerusalén algunos de los tesoreros de la Casa de Dios (Dn 1.1,2). Esto ha de haber sucedido alrededor del 605 A.C. Es de suponer que en este mismo momento algunos israelitas fueran llevados con ellos a Babilonia (vv. 3,4; ver también 2 R 24.1; 2 Cr 36.5,6). El libro de Daniel recoge en sus seis primeros capítulos varios sucesos de la vida de Daniel y sus tres amigos. Los mensajes que hay contenidos aquí se refieren sobre todo a la nación de Babilonia y al testimonio de Daniel y sus amigos, los hijos de Dios, para con esa nación en la que estaban cautivos. Los mensajes van dirigidos por lo tanto al mundo pagano. Pero están incluidos en el libro que Dios le dio a su pueblo, por lo que son también de provecho para nosotros, los que creemos. Los últimos seis capítulos contienen varias visiones y revelaciones que fueron dadas a Daniel, las cuales se extienden algo en lo que había sido revelado a los paganos y que se refiere sobre todo al triunfo final del reino de Dios y de su pueblo. Se encuentran aquí algunas profecías muy específicas sobre la venida de Cristo y la realización final de los propósitos de Dios. Algo más; en la porción que va de 2.4 hasta 7.28 el texto está en arameo, un lenguaje afín al hebreo que era el lenguaje principal utilizado para comunicarse en Babilonia por aquel tiempo. La razón por la que esta sección está en arameo es probablemente que el mensaje iba dirigido fundamentalmente al mundo babilónico y al mundo en general. Hasta el capítulo 7, en la segunda división, trata principalmente sobre el desarrollo del sueño de Nabucodonosor narrado en el capítulo 2. Veamos a continuación el mensaje de Daniel.

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El capítulo primero nos presenta a Daniel y sus amigos. Estaban entre los escogidos por Aspenaz, el siervo de Nabucodonosor, por su buena apariencia y sabiduría. O sea, que eran de lo más distinguido dentro del grupo de israelitas que había sido llevado cautivo a Babilonia (vv. 3,4). Ellos, junto con otros judíos y jóvenes de otras tierras, deberían ser enseñados en todos los conocimientos de Babilonia y en el lenguaje babilónico, que puede haber sido el lenguaje tan difícil de los acadios, con sus numerosas sílabas (v. 4). El curso tendría una duración de tres años, durante los cuales estos jóvenes serían favorecidos y alimentados. Se les deberían dar las comidas buenas y las golosinas que se servían en la propia mesa del rey (v. 5). Los cuatro jóvenes hebreos mencionados entre esos jóvenes llevaban todos unos nombres que glorificaban a Dios (vv. 6,7). El nombre de Daniel significa «Dios es mi juez», y fue cambiado al de Beltsasar, que significa «Bel proteja su vida». De igual manera, Ananías significa «El Señor ha sido dadivoso», y le fue cambiado por el de Sadrac, que significa «mandato de Aku (el dios luna)». El nombre de Misael significa «¿quién cómo Dios?» Fue cambiado por el de Mesac, que significa «¿quién como Aku?» Finalmente, el nombre de Azarías significa «el Señor ha ayudado», y fue cambiado por el de Abed-nego, que significa «siervo de Nebo». De todo esto deducimos, por lo tanto, que hubo un intento de babilonizar a estos jóvenes judíos, y quitarle al Dios verdadero la gloria que le daban sus nombres, para dársela a los dioses paganos de Babilonia. Esta fue la ocasión en la que Daniel y sus compañeros supieron mantenerse firmes, al ser colocados en una situación tal que constituía un reto a todo su fondo cultural como judíos y como hijos de Dios. Fueron fieles a Dios en la única manera en que podían serlo: tratando de mantener una dieta de acuerdo con la ley de Dios (v. 8). El jefe indiscutible era Daniel en este momento, y se entregó de corazón a buscar la manera de glorificar a su Señor. Quizá tenía
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en mente las palabras de Proverbios 23.3-6. Buscaba con toda claridad, no una simple conformidad externa con la Palabra de Dios sino una entrega de corazón al Señor. Como pudimos ver en José, en una relación similar con el faraón, ahora también Dios bendice a Daniel, que había puesto su confianza en él (v. 9). Le abrió la puerta a Daniel, quien permanecía firme en la fe, para llevarlo a un servicio mayor en su reino. Notemos cómo Daniel propuso que su fe y la de sus amigos fuera probada. Comerían solamente algunas hierbas y agua durante diez días. Si al final de ese tiempo no tenían mejor aspecto que los otros, entonces no resistirían más (v. 13). Podemos ver aquí dos cosas. Primera, en su propio gesto de fe, no quisieron causarles dificultades a otros, es decir, a Aspenaz (vv. 10ss). De igual forma, Abraham, cuando rechazó las recompensas del rey de Sodoma, no les impidió a otros que las aceptaran si querían (Gn 14.24). Nuestros propios actos de fe no pueden ser impuestos a los demás. Segundo, la prueba definiría quién tenía mejor aspecto, si Daniel y sus amigos, o el resto, que comían las golosinas del rey (v. 13). El término «aspecto» va mucho más allá de la gordura o la delgadez de la cara. Esto era secundario en sí mismo. El término se refiere en realidad a la actitud de la persona y la sensación general de felicidad o amargura, o cualquier cosa que haya en el corazón. Un aspecto agradable significa un corazón recto; un mal aspecto quiere decir que la maldad acecha en el corazón. Por eso Caín mostró ante Dios un aspecto malvado, caído, que tenía que ver con su actitud, y no con la gordura o la delgadez (Gn 4.5). Cuando fueron probados, resultó que los cuatro tenían mejor aspecto, es decir, mejores actitudes espirituales que el resto, y además, estaban hasta más robustos, o sea, tenían mejor apariencia (vv. 14-16).

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Al mantenerse firmes en algo tan pequeño demostraron ser fieles, por lo que Dios les encomendó mucho más. Como dijo Cristo, «El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel» (Lc 16.10). A muchos se les confía muy poco en el reino de Dios porque no han demostrado ser fieles en las pequeñas cosas (ver Lc 16.11,12; 19.17). Por ello Dios les dio a Daniel y a sus amigos mucho conocimiento y sabiduría, gracias a los cuales pudieran seguir glorificándole ante todo el mundo secular (vv. 17-21). La reputación de Daniel pronto fue conocida de tal manera que incluso en la época de Ezequiel, contemporáneo suyo, la sabiduría de Daniel era usada como una expresión superlativa de sabiduría entre los hombres (Ez 28.3), y Daniel era colocado junto a Noé y a Job por su fama y su justicia (Ez 14.14-20). El capítulo 2 habla de un sueño de Nabucodonosor y su interpretación por Daniel. Después de su sueño, el rey llamó a sus especialistas en interpretación de sueños (2.2). Puede que a esto se deba que Daniel y sus compañeros no fueran llamados. Aun no tenía reputación como intérprete. En el versículo 4, la narración pasa al arameo, y en este idioma se hace el resto del relato. No se ve con claridad en el relato arameo si Nabucodonosor había olvidado su sueño, o si simplemente quería estar seguro de que lo que los intérpretes le dijeran era lo correcto; lo más probable es esto último (vv. 5,7,8). La severidad del castigo indica que sospechaba que eran unos farsantes, que es lo que eran en realidad (v. 9). La respuesta de los caldeos a su extraña exigencia, le abrió bellamente el camino a la glorificación de Dios a través de Daniel: tal como ellos admitieron, solo Dios podría hacer lo que el rey exigía (vv. 10,11) . Es interesante que, aunque Daniel y sus amigos no habían sido llamados, cuando se dio orden de matar a todos los sabios de Babilonia los primeros en ser buscados fueron ellos (v. 12,13). Esto
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demuestra una vez más cómo la enemistad del mundo se dirige directamente contra los hijos de Dios. La bondad de Arioc con Daniel indica una vez más cómo Dios favorece a los suyos a los ojos de sus enemigos (vv. 14-16). Notemos que Daniel primero les dio a conocer el problema a sus amigos, y después, pidió oración. En los momentos de prueba, sabía a dónde volverse, como lo habían sabido David y Ezequías antes que él (vv. 17,18). Tan pronto como Dios le reveló a Daniel el sueño y su significado, Daniel respondió con alabanzas a Dios (vv. 19-23). Alabó el nombre de Dios, que era la esperanza de Israel, y la sabiduría y el poder de Dios (v. 20). Vio cómo en el sueño Dios revelaba que tenía control absoluto de todos los hombres y de los reinos (v. 21). El Dios de sabiduría y poder, ahora le había dado sabiduría y poder a Daniel (v. 23). También vemos cómo hubo otros que se beneficiaron de las bendiciones de Dios sobre sus hijos (v. 24). Daniel, tomando la situación donde la habían dejado los caldeos, mostró claramente que solo su Dios, el Dios verdadero, podría hacer lo que se exigía (vv. 27,28; cf. v. 10). Daniel se aseguró que solo el Señor recibiera la gloria por lo que él estaba a punto de hacer (v. 30). El sueño en sí mismo recuerda varios otros pasajes del Antiguo Testamento. La referencia a la piedra que aplastó a la imagen, recuerda tanto a Génesis 3.15, donde se representa el aplastamiento de Satanás, como Isaías 8.14,15 y 28.16. En esos pasajes Cristo es con toda claridad la Piedra que aplastará a Satanás y a su imperio. Los desechos que quedaron después del aplastamiento son descritos como tamo (v. 35). Esto trae a la mente el Salmo 1, y esa misma descripción hecha con respecto a los impíos. La montaña que crece (v. 35) señala a Isaías 2.2ss, el monte de Sión, la ciudad de Dios. Así podemos comprender que Daniel, una vez que Dios le había mostrado el sueño, pudiera deducir su significado basado solo
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en las Escrituras. Es importante ver que Dios revela la verdad a base de la verdad que ya ha sido revelada. Encontramos que la imagen tiene cinco partes: cabeza, pecho y brazos, vientre y muslos, piernas, y pies (vv. 32,33). En la interpretación, lo primero que Nabucodonosor aprendió fue que el reino que tenía, y su lugar a la cabeza de él (rey de reyes), se debían solo a un don de Dios (vv. 37,38). Como la cabeza de oro, el reino de Nabucodonosor representaba el primero de una serie de reinos sobre la tierra. Cada reino de los que se van sucediendo, es inferior en calidad (valor) pero mayor en fortaleza (vv. 38-40). La quinta parte de la imagen son los pies, es decir, el fundamento de todos los reinos de los hombres (v. 41). Esto apuntaría al hecho de que todos los reinos humanos descansan sobre una base que no puede sostenerse (la mezcla de hierro y arcilla, que no se sostiene unida). Al final se derrumbarán (vv. 42,43). Mientras tanto, Dios prepara su reino, que durará y perdurará más allá de los reinos humanos. Permanecerá para siempre (v. 44). Así se le muestra a Nabucodonosor lo que habrá de pasar con toda certeza. Su reino y los que lo sucedan, todos se derrumbarán, basados en un fundamento falso, y al final, el reino de Dios triunfará (v. 45). Con respecto a la identidad de los demás reinos, podemos suponer razonablemente que se trate del imperio medo-persa (plata), del imperio griego de Alejandro (bronce), y del imperio romano (hierro). Más tarde se identificará positivamente a dos de ellos (8.20,21), de manera que no estamos haciendo simples especulaciones. Por lo tanto, lo que estamos viendo aquí es la predicción hecha por Dios sobre los poderes que habrán de venir, y el triunfo final del reino de Cristo, que ya había sido predicho por los profetas anteriores. Por supuesto, todos los reinos humanos, que son de este mundo, son solo una manifestación del reino de Satanás. En algunos otros lugares de las Escrituras a Satanás se le describe como el
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dios de este mundo, o el príncipe de este mundo (Jn 12.31; 14.30; 16.11; 2 Co 4.4; Ef 2.2; 6.12). Pronto veremos cómo se les dice a los hombres aquí que sus reinos al final serán derrocados, porque Satanás caerá. Nabucodonosor quedó sumamente impresionado por la hazaña de Daniel y de su Dios (v. 47). Demostró sus sentimientos nombrando a Daniel para un puesto alto en el gobierno, junto con sus amigos (vv. 48,49). Pero aquí no se ve que Nabucodonosor comprendiera en realidad lo que Dios le estaba diciendo. Este sueño y su interpretación deberían haberlo puesto de rodillas ante Dios, pero como veremos en el próximo capítulo, no fue así. En el capítulo 3 tenemos una narración acerca de cierta estatua de oro erigida por Nabucodonosor. Al parecer, todo lo que dedujo del sueño fue que él era el más grande, y que su reino era el más grandioso, por lo que procedió a exigir a todos los hombres que adoraran su imagen de oro (sin duda, porque la cabeza de la imagen del sueño era de oro). Las dimensiones sugieren que esta no era la estatua de un hombre sino que simbolizaba claramente la grandeza de Nabucodonosor (vv. 1-5). La pena por no adorar la imagen al oír la señal era la muerte en el horno (v. 6). De esta manera estaba mostrando Nabucodonosor su orgullo vano. Con su injusticia aplastó la verdad, como suele hacer siempre el hombre natural (ver Ro 1). La conformidad que se exigía, y que demostraron la mayoría de las personas, nos recuerda Apocalipsis 13.14ss, y el día aún por venir en que los hombres se conformarían a las exigencias de los poderes paganos aliados con la falsa iglesia. Es posible que haya habido muchos que no se doblegaran. Sin embargo, como vimos en 2.13, los enemigos del pueblo de Dios buscaron rápidamente a aquellos miembros del pueblo de Dios contra los cuales estaban celosos, e intentaron matarlos (vv. 8ss).

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De nuevo vemos la vanidad de Nabucodonosor cuando supo que los tres amigos de Daniel no se doblegaron. No sabemos por qué Daniel no es mencionado. Quizá estuviera fuera de la ciudad en aquel momento (v. 13). El que Nabucodonosor les diera una segunda oportunidad nacía más de su orgullo que de ninguna bondad que hubiera en él (vv. 14,15). Su alarde (v. 15) nos recuerda el alarde del rey de Asiria en los días de Ezequías (Is 36.20). La respuesta de aquellos tres hombres valientes es clásica. Fue un verdadero despliegue de auténtica fe. Se sentían obligados y responsables en este asunto solo ante el Señor (v. 16). Sabían que su Dios podía salvarlos del horno, aunque no supieran si lo querría hacer o no (vv. 17,18). No les importó: nunca lo negarían. Después que Nabucodonosor llevó a cabo su amenaza (vv. 1923) vio a alguien con ellos, y los cuatro se hallaban caminando por todo el horno (vv. 24,25). La identidad de la cuarta persona es interesante. Nabucodonosor pensó que tenía un aspecto como el hijo de los dioses. ¿Era Cristo? No podemos saberlo. El juicio de que parecía como uno de los hijos de los dioses era una evaluación pagana. Al salir intactos los prisioneros, todos quedaron asombrados, y nuevamente Dios fue glorificado (v. 27). Una vez más Nabucodonosor no hizo profesión de fe en su Dios, sino que alabó la fe de ellos en su Dios (v. 28). No toleraría ya por más tiempo oposición alguna contra su Dios, lo que es un decreto notable proviniendo de un pagano de aquella época (v. 29). Dios elevaba a los que le eran fieles a una gran posición sobre sus enemigos, tal como era su agrado (v. 30). El capítulo 4 es el último sobre Nabucodonosor. En él vemos la humillación final del rey en su propia confesión de que hay un Dios soberano que gobierna y domina a los hombres y a los reinos, y que hace las cosas como a él le agrada.
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Primero tenemos su proclamación (vv. 1-3). En ella reconoce la grandeza y la superioridad del reino de Dios sobre todos, incluso el suyo propio. Después, en los versículos 4 a 36, relata cómo fue humillado por su orgullo después de haber rechazado la advertencia de Dios (v. 27). Estaba tan pagado de sí mismo que se tomó toda la gloria para sí (v. 30). Por ello, todo lo que el sueño había predicho se hizo realidad (vv. 20-26, 31-33). Después de su humillante prueba, en la que al parecer se volvió loco, Nabucodonosor se humilló ante Dios (v. 34). Supo reconocer la verdad que Dios le estaba exigiendo (ver los vv. 17,25,34). Cuando recuperó nuevamente la razón, Nabucodonosor no solo reconoció la grandeza de Dios sino que hizo proclamación de que todos deberían proclamarla igualmente (vv. 36,37). En todo esto notamos dos cosas más: la primera, que Daniel tuvo el valor de exhortar a este rey pagano para que viviera justamente. No tuvo miedo de hablar la verdad con amor ni aun a los poderes seculares (v. 27). Tampoco lo deberíamos tener nosotros. Dios exige de ellos justicia y misericordia, y les pide cuentas cuando fallan. Por lo tanto, es lo correcto que el pueblo de Dios hable contra las injusticias en las altas esferas. En realidad, es deber suyo. En segundo lugar, Nabucodonosor habló de Dios de una forma tal que al final parece haber sido creyente él mismo (v. 37). Lo que dijo aquí no es distinto de lo que Ana dijo del Señor en 1 Samuel 2. Si llegó a creer, no podemos saberlo ni debemos decidirlo. Eso queda en manos de Dios. El hecho de que la historia secular no registre ni la humillación de Nabucodonosor ni su alabanza del Dios de Israel no tiene por qué sorprendernos. Los registros humanos están borrando constantemente todo lo que hallan en ellos que pueda glorificar a Dios. El capítulo 5 habla de los últimos días del reino babilónico, el cual no duró mucho después de la muerte de Nabucodonosor. El mismo Belsasar no ha sido conocido de la historia secular sino has443

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ta hace poco. Durante muchos años los historiadores y los eruditos bíblicos de tendencia liberal consideraron que todo este capítulo era algo ficticio. Aseguraban que nunca hubo un Belsasar y que el último rey de Babilonia fue Nabonides. Fue entonces cuando se hallaron documentos de Nabonides en los que él mencionaba a su hijo Belsasar. Con toda seguridad, Belsasar fue segundo en el gobierno de su padre y corregente con él. En el momento de la caída, Nabonides se hallaba fuera de la ciudad de Babilonia y Belsasar estaba a cargo de todo. Esto pudo haber sido sobre el 539 A.C. Belsasar y sus invitados estaban una noche disfrutando de una gran fiesta. Para aumentar los festejos el rey ordenó que los vasos que había tomado Nabucodonosor del templo de Jerusalén fuesen traídos para que sirvieran para beber (v. 2; ver 2 R 24). Aquí el término «padre» aplicado a Nabucodonosor significa antepasado, y no padre en sentido literal, tal como Abraham podía ser llamado «padre» por los judíos muchos años después, o David «padre» de Ezequías, etc. El verdadero padre de Belsasar era Nabonides. Los babilonios profanaron los vasos santos del templo de Dios, y hasta alabaron a sus dioses mientras bebían. Sea lo que fuere, claramente se ve que lo que Nabucodonosor aprendió de Dios no fue comunicado a sus hijos y descendientes (v. 4). En este momento apareció una mano que escribió en la pared (vv. 5ss). Esto fue suficiente para llenar de terror el corazón del rey y de sus invitados. La oferta que hizo de recompensar al que leyera e interpretara el mensaje escrito incluía la de darle el tercer lugar en su reino (v. 7). Ofrecía el tercer lugar, por supuesto, porque su padre Nabonides era el primero, y él el segundo. Ofrecía el honor más alto que él podía conceder (v. 7). La reina mencionada en el versículo 10 era sin lugar a dudas su madre, la esposa de Nabonides. Seguramente recordaría a Daniel de los días de Nabucodonosor. La alabanza que hace de él pone en claro
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el impacto que él había tenido en aquella generación, aunque evidentemente ella estaba lejos de creer en el Dios de Daniel (vv. 11,12). Pero la oferta resultó ser ridícula (v. 16), ya que su reino habría de terminar esa misma noche. La negativa de Daniel nos recuerda la de Abraham ante la recompensa ofrecida por el rey de Sodoma (Gn 14). Una vez más Daniel mostró su fortaleza en la fe al aprovechar la oportunidad para reprender a Belsasar por no haber sido capaz de aprender de las experiencias de Nabucodonosor que todos los hombres y en especial los reyes deben honrar al Dios verdadero (vv. 18-24). El pecado particular de Belsasar estuvo en la profanación de los vasos del Dios Altísimo (v. 23). Como Dios había hecho anteriormente con los filisteos que habían profanado el arca, ahora también lo haría con estos babilonios que no honraban su nombre (cf. 1 S 5,6). Por primera vez se nos dice en el versículo 25 lo que había escrito por la mano en la pared. Estaba en arameo, y las palabras debieron haber sido comprensibles para el rey. Pero no así su significado. La escritura decía: «Contó, pesado, roto». La interpretación de Daniel simplemente reflejaba lo que había sido dicho anteriormente por Isaías y Jeremías, que el reino de Babilonia habría de caer. El siguiente reino del sueño de Nabucodonosor (los medos y los persas) estaba a punto de tomar el poder (v. 28). La palabra «Peres», que significaba «roto, división», es probable que fuera también un juego de palabras, puesto que prácticamente daba el nombre del conquistador, «Persia». La recompensa que el rey le ofreció a Daniel fue, como hemos dicho, ridícula. No era un gran honor ser tercero de un reino que caería pronto (vv. 29,30). La mención de Darío el Medo (v. 31) suscita algunos problemas. Su identidad es desconocida aun en las fuentes seculares. Era un hombre relativamente anciano en ese momento. Al parecer era medo, y ocupaba el cargo de general en el ejército persa.
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Ya en ese momento los medos y los persas, originalmente separados, eran un solo imperio. Al parecer este Darío tenía el mando del ejército que estaba tomando Babilonia, aunque Ciro era el verdadero rey de todos los persas. Por ello Darío actuó por algún tiempo como gobernador de la ciudad de Babilonia y de los distritos exteriores y los suburbios. El capítulo seis habla de la forma en que Darío honró a Daniel cuando reorganizó el gobierno de la ciudad. La organización que se describe aquí es la organización persa típica (vv. 1-3). La elevación de Daniel provocaría celos, naturalmente, tal como los había provocado en forma similar en los días de Nabucodonosor (v. 4). El tributo a Daniel, como a siervo fiel del rey, no significa en manera alguna que Daniel hubiera claudicado. En verdad, significa exactamente lo contrario. Sería acusado precisamente en aquellos aspectos en que su fidelidad a Dios sería probada sobre su fidelidad al rey (v. 5). Nadie pudo ponerse delante del Señor en la vida de Daniel, ni siquiera el rey. La reacción de Daniel fue seguir viviendo como siempre lo había hecho (v. 10). No hizo ninguna exhibición de religiosidad, pero los espías pronto descubrieron que todavía estaba adorando a Dios. Así es como lo hacía siempre (v. 10b). Cuando Darío supo la verdad de lo que había sucedido se lamentó amargamente, pero estaba atrapado por la complicación legal que había heredado. Darío no era la cabeza del imperio, y no podía cambiar las leyes; solo Ciro podía hacerlo (vv. 12-15). Sin embargo, Darío demostró una fe notable en el Dios de Daniel (v. 16). Y cuando Daniel fue protegido de los leones, Darío se sintió alegre. Así como Dios había visitado a los amigos de Daniel en el horno ardiente, ahora el ángel de Dios estaba en la guarida de los leones con Daniel (ver 3.25). La confianza de Daniel en Dios nunca se tambaleó, porque era un verdadero hijo de Dios (v. 23; cf. Is 12.2; 26.3).
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El castigo de los que habían intentado destruir a Daniel fue severo (v. 24), pero no tanto como lo fue el castigo de Coré en el desierto, cuando encabezó una rebelión contra el jefe escogido por Dios (Nm 16.28-35). De manera que Darío emitió un decreto similar al de Nabucodonosor (vv. 25-27; cf. 4.1ss). El honor de que fue objeto Daniel en los días de Darío muestra nuevamente cómo el Señor confía mucho a aquellos que le han sido fieles en lo poco. La mención de Ciro en el versículo 28 no significa que sucediera a Darío en el reinado sino que al mismo tiempo que Darío gobernaba sobre la ciudad de Babilonia, Ciro gobernaba sobre todo el imperio. Aquí termina la primera gran división del libro. Ahora proseguiremos a la división final, que está en los capítulos 7 al 12 y consiste en una serie de visiones y revelaciones hechas a Daniel durante los días de su actividad en Babilonia. La primera visión aparece en el capítulo 7 y está fechada en el primer año de Belsasar, por lo que ha de haber sucedido antes de los hechos narrados en el capítulo 5. El sueño de Daniel es similar al de Nabucodonosor, ya que evidentemente mostraba la misma verdad. Sin embargo, en lugar de ser representados por las cuatro partes de una imagen, los cuatro reinos fueron simbolizados por cuatro bestias (vv. 3-7). Se nos enseña aquí algo con respecto a la naturaleza de los cuatro reinos. El primero (Babilonia) era semejante a un león, que es la más majestuosa, la reina de las bestias (v. 4). El segundo (Persia) sería como un oso poderoso y temible (v. 5). El tercero (Grecia) sería como un leopardo (v. 6). Las cuatro cabezas representaban las cuatro divisiones de ese imperio después de la muerte de Alejandro. La cuarta bestia era muy terrible y espantosa (v. 7). La mención de los dientes de hierro identifica a esta bestia con la parte de hierro de la imagen del sueño de Nabucodonosor (cf. 2.40).

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La imagen de la bestia, usada para representar los poderes seculares de la tierra, será tomada posteriormente por el libro de Apocalipsis. En el Apocalipsis las fuerzas del mal sobre la tierra son simbolizadas con bestias (ver Ap 13). Los diez cuernos aquí (v. 7), al igual que en el Apocalipsis, al parecer representan los reinos sucesivos posteriores a Roma (Ap 12.3; 13.1). El resto de la visión de Daniel comienza en realidad donde terminaba la de Nabucodonosor, y se extiende sobre la caída de los reinos de este mundo y el triunfo del reino de Dios. Mucho de lo que aparece aquí será visto también posteriormente por Juan en el Apocalipsis. La descripción del anciano de días (v. 9) es muy similar a la descripción de Cristo en el primer capítulo del Apocalipsis. Las ruedas nos recuerdan la visión de Ezequiel (Ez 1). El libro abierto del juicio recuerda el capítulo 20 del Apocalipsis. La matanza de la bestia aparece también en el capítulo 20 de Apocalipsis (Dn 7.11). La visión nocturna de Daniel revelaba la venida del Hijo del Hombre, un término usado por Jesús aplicándoselo a sí mismo (v. 13). Jesús describe su propia venida exactamente en estos términos (Mt 26.64; cf. 1 Tes 4.17). Lo que Daniel vio en aquella visión fue una ilustración del tema del triunfo del reino de Dios, tema que había sido comenzado antes en el sueño de Nabucodonosor. Había incluidas varias visiones sobre la derrota del reino secular, el juicio de todos los hombres, y el regreso de Cristo. El versículo 14 tiene muchos similares en el Nuevo Testamento (1 Co 15; Ef 1.20ss; Flp 2.9,10). Aquí se muestra a Cristo como la piedra del sueño de Nabucodonosor; él será el que aplastará todos los poderes terrenales. En los versículos 17 y 18 se interpreta la visión y se pone un definido énfasis en el triunfo del reino de Dios y de sus santos. Enseña que en realidad solo hay dos reinos entre los hombres: el reino de Satanás (las cuatro bestias) y el reino de Dios. Todos los creyentes pertenecen al reino de Dios, y triunfarán con Cristo.
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Los cuernos descritos en los versículos del 19 al 21 representan a los sucesores humanos al reino de Roma; las cuatro bestias, los que les sucedieron en el dominio del mundo, todos bajo Satanás. Al final todos ellos intentarán destruir el reino de Dios y a sus santos. Es algo que llevan en su propia naturaleza (ver Ap 12.17; 17.13,14). La promesa de que al final los santos poseerán el reino (v. 22) es un anuncio de la revelación de Juan en Apocalipsis 20.7-9. En el ajuste de cuentas final, Satanás y su simiente son derrotados. La representación de Babilonia y Roma como las bestias, y como simbólicas de los reinos de este mundo que están en contra del reino de Dios, se ve también en el Apocalipsis del Nuevo Testamento. Los capítulos 17 y 18 hablan de Babilonia como representante del poder terrenal que debe ser derrocado. Y sin duda, con la bestia escarlata de Apocalipsis 17.3ss se trata de presentar a Roma con sus siete famosas colinas (17.3,9). La personalidad descrita en Daniel 7.25 suena muy parecida al hombre sin ley de 2 Tesalonicenses 2.3-12 (cf. Ap 13.7). La expresión «un tiempo y tiempos y un medio tiempo» (v. 25) se encuentra también en Apocalipsis 12.14, donde parece representar los años de la iglesia en la historia entre las dos venidas de Cristo, o sea, entre la ascensión de Jesús y su segunda venida. Todo el pensamiento de la visión del capítulo 7 se resume en el versículo 27, que declara el triunfo inevitable del reino de Dios. Sin duda, aún había en esto muchas cosas que Daniel no entendía, y que no se le permitió entender (v. 28), lo cual está de acuerdo con las palabras de Pedro (1 P 1.10-12). El capítulo 8, la visión tenida en el tercer año de Belsasar, es una ilustración del duelo entre la segunda y la tercera bestia (o nación). El carnero que se movía del este a oeste y de norte a sur (8.4) representaba a Persia (v. 20). El macho cabrío estaba en el oeste y se movía sobre la tierra (v. 15), y representaba a Grecia (v. 21).
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Sabemos de cierto que Jerjes de Persia intentó avanzar hacia el oeste donde estaba Grecia, pero fue detenido. Más tarde Alejandro Magno gobernó a Grecia y extendió su imperio sobre todo el mundo de aquel día, venciendo finalmente a Persia. La mención de la magnificencia del macho cabrío (v. 8) está de acuerdo con la exaltación de sí mismo al lugar de un dios que hizo Alejandro. La sustitución del imperio del macho cabrío por cuatro divisiones está también de acuerdo con lo que le sucedió al imperio de Alejandro cuando murió. Se dividió en cuatro reinos, cada uno de ellos gobernado por un general del ejército de Alejandro. Se le presta particular atención en esta visión a un pequeño cuerno (gobernante) que era pomposo y sacrílego (vv. 9ss). Se hacen notar especialmente sus atrocidades con respecto al santuario de Dios (vv. 11,12,24,25). La duración de su dominio sobre Jerusalén se da como unos tres años y medio, o mil ciento cincuenta días. Todo esto se ajusta muy bien al gobierno de Antíoco Epífanes, quien gobernó desde 175 hasta 163 A.C. una de las divisiones del imperio griego después de Alejandro. Durante su reino, intentó helenizar (convertir en griega) a Jerusalén. Saqueó el templo, y puso una estatua de Júpiter en el Lugar Santísimo. También ordenó que fueran sacrificados cerdos en los altares, y cualquier otra cosa que profanara el culto de Dios. Son tan exactas estas predicciones del capítulo 8 que los no creyentes y los eruditos bíblicos de tendencia liberal las han considerado escritas después del 163 A.C., y no en tiempos de Daniel (siglo VI A.C.). El capítulo 9 menciona el deseo de Daniel de comprender mejor el significado de los setenta años de que hablaba Jeremías (9.2; cf. Jer 25.11,12; 29.10). O sea, que tenemos aquí una oración de Daniel pidiendo mayor sabiduría. Evidentemente el número setenta significaba que los judíos estarían setenta años en el exilio, pero Daniel buscaba un significado mayor en el simbolismo del número setenta.
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El número siete lleva frecuentemente consigo en las Escrituras la idea de plenitud. Podemos ver aquí la vida de oración ferviente y devota que vivía Daniel (vv. 3ss). Vemos cómo está dispuesto a confesar su pecado y los de su pueblo (vv. 5,6,8-11). También, como David, anhelaba la misericordia y el perdón de Dios (v. 9). También muestra su fidelidad a la Ley de Moisés, que es la Palabra de Dios (vv. 11,13). Pronunció una gran oración de intercesión a favor de Jerusalén, a pesar de que se hallaba muy lejos de la ciudad (vv. 16-19). Oró en el primer año de Darío (9.1), que fue también el primero de Ciro. Por lo tanto, cuando en ese año (539 A.C.) Ciro decretó el regreso de los judíos a Jerusalén (ver Esd 1.1), bien puede ello haber sido una respuesta a la oración de Daniel. También notamos en su oración, cómo Daniel había captado el mensaje de la relación de Dios con nuestra justicia, y la necesidad que tenemos de la misericordia de Dios (9.18; cf. Jer 23.6; 33.16; Is 64.6). Dios respondió en ese momento a la oración de Daniel, enviándole a Gabriel, quien se le había aparecido anteriormente (9.21; 8.16). Este es el mismo Gabriel que se le aparecerá más tarde a Zacarías (Lc 1.19) y también a María (Lc 1.26) para anunciar el nacimiento de Jesús. Su aparición a Daniel en este momento, tuvo el mismo propósito. Gabriel mostró que el número setenta representaba también setenta semanas, o sea el tiempo para terminar la obra de Dios en la destrucción del pecado y el afianzamiento de la justicia, y para cumplir todas las profecías relativas al Cristo (v. 24). Las referencias sobre la salida de la orden para restaurar a Jerusalén (v. 25), parecerían primeramente significar el momento del decreto de Ciro (539 A.C.) o del primer regreso bajo Zorobabel, en el 538 A.C.

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Sabemos, gracias a Esdras y Nehemías, que hubo tres regresos. El primero tuvo lugar en el 538 bajo el mando de Zorobabel. El segundo en el 458 bajo las órdenes de Esdras, y el tercero en el 445, dirigido por Nehemías. Lo que quiere mostrar la profecía del versículo 25 es que han de transcurrir sesenta y nueve semanas entre el mandato de regresar y el tiempo del ungido, del Mesías. Si suponemos que en este momento está hablando de la venida de Cristo para cumplir su tarea redentora, entonces el tiempo sería de unos cuatrocientos años. Si tomamos los días de tal manera que cada cual represente un año, basándonos en Ezequiel 4.6, entonces se requerirían cuatrocientos ochenta y tres años (sesenta y nueve veces siete). En este caso, el 538 no podía ser el punto inicial, puesto que 483 años desde ese momento nos situarían en el 55 A.C. Esto sería demasiado temprano. Pero si el punto de referencia es el tiempo del regreso de Esdras, el 458 A.C., entonces llegaríamos al año 25 A.C., y en el tiempo adecuado del ministerio de Jesús. Hay mucho que decir sobre el establecimiento del momento del regreso de Esdras como el punto inicial para el recuento de los cuatrocientos ochenta y tres años requeridos. El regreso de Zorobabel careció de significado en cuanto a traer consigo un reavivamiento espiritual a la tierra. El de Esdras sí lo hizo. Fue un regreso espiritual, como veremos cuando estudiemos a Esdras. Fue el momento del regreso del pueblo a la Palabra de Dios, el verdadero regreso a Dios. La referencia a que se le quitará la vida al Mesías habla probablemente de su muerte (v. 26). Esta debe haber tenido lugar alrededor del año 25 A.C., puesto que Jesús nació en el año 7 A.C., y no en el año 1. El error en el recuento de los años del nacimiento de Jesús es algo conocido desde hace mucho tiempo. Herodes el grande, activo en los primeros años de la vida de Jesús, murió en el año 4 A.C. La referencia que se hace en el versículo 27 al cese del sistema de sacrificios podría referirse a la realización de todo lo que
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este sistema y los mismos sacrificios simbolizaban: la muerte de Cristo. Cuando el velo del templo se rasgó en el momento de la muerte de Jesús, estaba indicando el final de la utilidad del sistema de sacrificios, del templo, y de todo lo que simbolizaban. Todo había sido cumplido ya (Mt 27.51). Los capítulos 10 al 12 se refieren a la gran guerra entre Miguel y sus ángeles, y Satanás y los suyos (10.1). Sabemos más sobre esto gracias a Apocalipsis 12.7-9. Cuándo haya ocurrido, no estamos seguros. Puesto que esta revelación tiene lugar después de la referente a la obra de Cristo (cap. 9), podemos deducir que está relacionada con ese gran suceso. Apocalipsis 12.13 indica también que Satanás fue echado del cielo para ser confinado a la tierra después de la muerte y resurrección de Cristo (ver Ap 12.5). Judas 9 indica también que ha habido una larga contienda entre Miguel y Satanás. Jesús también habla del lanzamiento de Satanás en relación con su propia obra y su ministerio (Lc 10.18). Evidentemente Satanás tuvo acceso al cielo hasta que la obra de Cristo quedó terminada para acusar a los hijos de Dios y para pelear sobre los muertos (cf. Job 1,2), pero después de que Cristo terminó su tarea fue lanzado del cielo a la tierra. De manera que Miguel se le apareció a Daniel para darle seguridad con respecto a lo que Dios haría todavía por su pueblo que confiaba en él (10.12-14). El capítulo 11 es muy parecido al 8. Habla de las luchas entre Persia y Grecia (v. 2). Es un desarrollo de los capítulos 8, 9ss, en que se habla del pequeño cuerno (Antíoco Epífanes) que se hizo rey a sí mismo. En este lugar Antíoco Epífanes se convierte en un símbolo de todos los gobernantes que se alzan contra Dios y contra su pueblo (vv. 28-39). Encontramos aquí muchas alusiones a los últimos días y a las guerras y rumores de guerra que los precederán (v. 31; cf. Mt 24.15; 2 Tes 2). También habla de que muchos apostatarán de su fe (v. 34; cf. 2 Tim 3.1ss).
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La predicción de las penas que le sobrevendrán al pueblo de Dios (12.1) es paralela a la revelación del Nuevo Testamento (Mt 24.15-22). En los últimos días, antes de la llegada del Día del Señor, los tiempos serán difíciles para el pueblo de Dios. La referencia que se hace en el 11.31 a la abominación de la desolación que habría en los días de Antíoco Epífanes es usada por Cristo en Mateo 24.15 para que sirva de indicación de la corrupción pagana y de la profanación del pueblo de Dios por el mundo pagano. Las palabras finales de Daniel, en el capítulo 12, le dan gran esperanza al pueblo de Dios, tanto en los días del propio Daniel, mientras aún estaban en el exilio, como en el futuro, para que el pueblo de Dios pudiera confiar en el triunfo final de Dios. La promesa de liberación era para aquellos cuyos nombres estaban escritos en el Libro de Dios, el Libro de la Vida del Cordero (v. 1; cf. Ap 20.12; 3.5). La resurrección de todos los muertos, unos para ir a la vida eterna y otros para el castigo eterno (v. 2), está en total armonía con Isaías 66.22-24 y Apocalipsis 20.12-15. Lo que más se destaca aquí es que los hijos de Dios, mientras todo esto llega, deben estar ocupados en dar testimonio de la verdad proclamada por Dios, brillando como luces en medio de una generación en tinieblas (v. 3; ver Flp 2.15). En el versículo 4 se nos dice que han de pasar muchos años y mucha historia antes de que se realicen los propósitos de Dios. «Muchos correrán de acá para allá, y se aumentará la ciencia», es un buen resumen de la historia humana. Daniel, como todos los creyentes, quería saber el tiempo (v. 6). Dios nunca lo llega a decir. Su respuesta a Daniel es como la que luego dio a Juan (v. 7; Ap 12.14). Esto quiere decir simplemente que Dios no lo revelará. El versículo 10 presenta la historia del entretiempo como una época en la que muchos serán rescatados del pecado para entrar
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en el reino de Dios, mientras que otros seguirán viviendo en pecado y haciendo perversidades. Una vez más, Dios le dice a su pueblo que sea paciente y espere (v. 13).

IV. Ester
El libro de Ester narra la protección de Dios a su pueblo en la época de Asuero, conocido en la historia secular también con el nombre de Jerjes. Los sucesos que se relatan ocurrieron en la primera mitad del siglo V A.C., antes del regreso de Esdras, que tuvo lugar en el 458 A.C. (1.1). La característica inusitada del libro es que no registra el nombre de Dios en ningún lugar. Sin embargo, la actividad y el control de Dios sobre todo lo que relata es muy evidente. El capítulo 1 cuenta la deposición de Vasti, la esposa de Jerjes, de su puesto de reina. La ocasión fue una fiesta similar a otras que hemos visto en Daniel (1.3-7). Es evidente que había una libertad considerable en esa época (v. 8), lo cual se menciona aquí quizá en contraste con la costumbre ordinaria de los reyes. La orden del rey con respecto a Vasti estaba equivocada (v. 11). Debemos alabarla por su negativa. Pero gracias a ella, se abrió el camino para que Ester fuera hecha reina, puesto que el rey, siguiendo el consejo de sus consejeros, depuso a Vasti y comenzó a buscar otra reina (1.15-22). El capítulo 2 narra la forma en la que Ester fue elegida para ser la reina. Era judía, y esto debería haberla descalificado. Sin embargo, Dios era el que mandaba. Este capítulo lo deja ver con claridad. Mardoqueo, el tío y padre adoptivo de Ester, es presentado en 2.5. Sus antepasados habían estado entre los que fueron llevados a Babilonia en el reinado de Jeconías (Joaquín). Esto ha de haber sucedido en el 597 A.C., cuando Ezequiel fue también llevado cautivo (Ez 1.2).

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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Ester fue escogida entre las que habrían de competir por el honor de ser reina (2.8). Como sucedió con José y con Daniel, pasó también con Ester, que se ganó el favor de los que la atendían. Esta era la forma en que la gracia de Dios era con ella (v. 9). En este momento comenzaron a suceder una serie de hechos que no pueden ser atribuidos a la casualidad. Aunque no se menciona el nombre de Dios, es evidente que su mano guió toda esta larga cadena de sucesos hasta su culminación y la salvación de los judíos de manos de sus enemigos. 1. Ester no dio a conocer su procedencia judía (v. 10). Esto fue significativo para la historia posterior. 2. Cuando Ester apareció ante el rey, lo agradó grandemente (vv. 15-17). Esto la condujo a un puesto estratégico desde el cual podría ser de utilidad a Dios y a su pueblo. Vemos también que, aunque estaba en un lugar tan encumbrado, seguía sujeta a la guía espiritual de su tío Mardoqueo (v. 20). Esto también tendría importancia posteriormente. 3. Mardoqueo se enteró de una conspiración para matar al rey (vv. 21-23). Mardoqueo estaba en la puerta del rey, el centro de la actividad política. Tenía sus oídos abiertos, y pudo enterarse de la conspiración. La reportó, como era debido, y los hombres fueron castigados. 4. Estos sucesos fueron escritos, pero no recompensados (v. 23). Es extraño que, aunque se le concedió todo el crédito a Mardoqueo por la información que salvó la vida del rey, no se le recompensó en ese momento. Esto también tendría su significado posteriormente. Antes de seguir con la serie de sucesos que llevaron al rescate del pueblo de Dios, se nos dice cuál era el fondo de las amenazas contra el bienestar de los judíos. Un hombre llamado Amán fue engrandecido en el reino de Jerjes (3.1). Tenía la alabanza y la gloria de parte de todos
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excepto de Mardoqueo. Igual que Daniel, Mardoqueo amaba a Dios demasiado para inclinarse ante los hombres o mostrarles reverencia (v. 2). Aquí aunque el nombre de Dios no sea mencionado, el parecido entre estos sucesos y el capítulo 6 de Daniel es tan claro que se ve sin lugar a dudas que Mardoqueo honraba al mismo Dios que Daniel, y en la misma forma puesto que arriesgó en ello la vida. Esto llevó a Amán a odiar no solo a Mardoqueo sino también a todos los judíos (vv. 3-6), y maquinó su destrucción como lo han hecho muchos después de él, incluyendo a Hitler. Este fue el origen de la conspiración de Amán contra Mardoqueo y todos los judíos (vv. 8-15). La cooperación del rey en todo esto simplemente sigue el patrón de Nabucodonosor y Darío el medo, que pusieron demasiada confianza en sus consejeros. De manera que en el momento en que fue echada Pur (la suerte, v. 7), se lanzó un decreto a todo el reino, con la firma del rey, mandando que fueran asesinados todos los judíos (v. 13). Esto causó gran preocupación a los judíos (v. 15). Mardoqueo le envió recado a Ester (4.1-4), y luego le dijo que ayudara a su pueblo presentándose al rey para interceder por ellos (v. 8). La indecisión de Ester era comprensible. Se había alzado desde el nivel de cautiva hasta una posición elevada en el reino, como lo había hecho anteriormente José, o como Moisés en sus primeros cuarenta años en Egipto. Sabía que cualquier acto por parte suya podría precipitar su caída. Entonces sí que no podría ayudar a su pueblo. Es muy posible que haya razonado así (4.11). La réplica de Mardoqueo es clásica. Le demostró que su exaltación no había sido para provecho suyo propio sino de su pueblo. Actuar de modo egoísta no podría salvarla (v. 13). Más aun, Mardoqueo manifiesta aquí una gran fe en Dios al decla457

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rar que el pueblo sería liberado con o sin su consentimiento (v. 14). Las palabras «¿Quién sabe si para esta hora has llegado al reino?», expresaban la gran fe que tenía en Dios, que es soberano y dirige el camino de los hombres. De seguro que nada de lo que la llevó hasta la condición de reina había sido accidental. Ester es digna de encomio por su valiente resolución de tratar de salvar a su pueblo (vv. 15-17). Una vez más el llamado al ayuno indica que se trata de un pueblo de fe. Ahora seguimos nuevamente la serie de hechos que condujeron a la salvación de los judíos de manos de su enemigo Amán. La reina halló gracia ante los ojos del rey (5.2). El primer obstáculo estaba salvado, pero aún tenía que convencer al rey de la maldad de Amán, en el que confiaba, y en la justicia de su causa. Mostrando sabiduría, no atacó a Amán abiertamente, sino que buscó tiempo para poder llevar adelante un plan (v. 4). La invitación que le hizo al orgulloso Amán para comer con el rey y la reina, lo halagó y lo puso fuera de aviso. El rey estaba deseoso de complacer a Ester (vv. 5,6). Se ofreció a concederle su petición sin saber siquiera de qué se trataba. Ahora también ella procedió con cautela, con sabiduría, deliberadamente, dando tiempo a que la situación madurara. Aprendió a esperar en el Señor (5.7-8). Amán, complacido de sí mismo, aumentó su ira contra Mardoqueo, sintiéndose asegurado en su propio éxito (vv. 914). Animado por su esposa, Amán decidió prematuramente actuar contra Mardoqueo. Si los hijos de Dios aprendieran simplemente a ser pacientes, con cuánta frecuencia Dios trataría a sus enemigos en su propia forma. El rey no pudo dormir aquella misma noche (6.1). Mientras Amán planeaba la muerte de Mardoqueo, Dios le quitó el sueño al rey.

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9. El rey decidió remediar su insomnio haciendo que le leyeran las aburridas crónicas del reino (6.1). Este era el mismo tipo de acción que podría realizar hoy en día la persona que escogiera un libro aburrido para que le dé sueño si está teniendo dificultad para dormirse. 10. El lugar de las crónicas que se le leyó resultó ser aquel en que estaba escrita la buena acción de Mardoqueo en favor del rey anteriormente (6.1,2). Habiendo tantas páginas que podían haber sido leídas no era coincidencia que este fuera el lugar escogido. 11. Ahora también el hecho de que no se hubiera recompensado a Mardoqueo en ese momento, resultó significativo (v. 3). 12. Amán se estaba preparando para ver al rey y contarle sobre su intento contra Mardoqueo. Esto sucedía justo en el momento en el que el rey apreciaba más profundamente a Mardoqueo (vv. 4-7). 13. Amán, en su vanidad, pensó que el rey deseaba honrarlo (v. 6). Esto lo llevó a aconsejar que el hombre que el rey quería honrar fuera tan grandiosamente honrado como lo describió (vv. 8,9). Hubiera sido interesante ver la cara de Amán cuando supo que era Mardoqueo a quien el rey quería honrar, y no a él (v. 10). La profecía de su esposa y sus amigos resultó ser muy cierta (v. 13). Su mundo se hizo pedazos rápidamente. La narración del capítulo 7 es clásica. Contiene mucho de dramático, y es sumamente interesante. 14. La solicitud de Ester con respecto a su pueblo fue revelada (vv. 3-5). Abogó por sí misma y por su pueblo. Solo cuando el rey le preguntó por la identidad de su pueblo fue que ella se la dio a conocer (v. 6). 15. Amán, completamente frustrado, se vio tontamente en una posición comprometedora con respecto a Ester ante los ojos del rey (v. 8).
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16. Amán fue ejecutado en la horca que había construido para Mardoqueo (vv. 9,10). Vemos en esta larga cadena de sucesos que Dios lo controlaba todo, y que actuó a favor de su pueblo para salvarlo. Ninguno de estos sucesos puede ser llamado «simple coincidencia». Todo fue guiado por la mano del Salvador, el Señor. El resto del libro es un anticlímax. Relata cómo todos los judíos fueron aquel día librados de la destrucción, como Mardoqueo. El versículo 3 del capítulo 10 nos recuerda los últimos días de Daniel. Tanto en este libro, como en el de Daniel, el Señor le asegura a su pueblo que él sí es capaz de librarlo de sus enemigos, incluso estando en el exilio.

Ruinas que recuerdan la caída de Jerusalén

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CAPÍTULO

13

LA RESTAURACIÓN Y LA ESPERANZA FUTURA DEL PUEBLO DE DIOS
En el 530 A.C. Dios tocó el corazón de Ciro, rey de Persia, para que permitiera a su pueblo regresar a Jerusalén y reconstruir el templo de su Dios, así como asentarse nuevamente en la tierra de Canaán. Ya no seguirían siendo una nación independiente, ni tendrían tampoco un rey, pero estarían en su propia tierra. Este regreso fue sobre todo un regreso físico, porque la mayor parte del pueblo no había crecido espiritualmente en aquellos tiempos. Su primera tarea sería reconstruir el templo, y aun así no fue terminada sino muy lentamente, y luego que los profetas de Dios los espolearon para que lo hicieran. Todavía tenían el mundo demasiado dentro. El período que estudia este capítulo va desde el 538 A.C. hasta aproximadamente el 400 A.C., e incluye 1 y 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Hageo, Zacarías, y Malaquías.

I. 1 y 2 Crónicas
Cuando el pueblo estaba regresando a su tierra después de más de una generación en la cautividad, sus necesidades eran muchas. Habían vivido en medio del paganismo, y muchos de ellos habían nacido allí. Habían estado sin templo y sin el sistema de sacrificios. También, en su mayoría, habían vivido en aquellos tiempos sin jefatura alguna de entre su pueblo.
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Ya no había más reyes que los guiaran, y la mayoría de los profetas guardaban silencio ahora. El sacerdocio había caído en desgracia en los últimos días del reino, y la mayoría de los sacerdotes le habían fallado completamente a Dios. Por ello la gran necesidad que había mientras el pueblo preparaba su regreso era la de un renacimiento espiritual. Pero este tenía que venir acompañado de un nuevo auge del respeto al sacerdocio y una nueva comprensión del lugar y la importancia del templo y del sistema de sacrificios, pues todas esas cosas se habían deteriorado ante los ojos del pueblo en los últimos días de Judá. Los libros de Crónicas tienen como primer propósito recordarle al pueblo de Dios esas instituciones que Dios le había dado anteriormente, de modo que nuevamente pudiera ser un pueblo contrito de corazón que comprendiera la importancia de la santidad, la justicia, y el juicio. El pueblo tenía que comprender que necesitaba a Dios y saber en qué forma debía llegarse ante su presencia, tratando el pecado de la manera debida. Todo esto iba unido a una nueva comprensión del lugar del sacerdocio y del sistema de sacrificios y el templo en la vida del pueblo de Dios. Las Crónicas no son otra historia paralela a Samuel y Reyes, que simplemente dan otra narración, y tampoco deben ser leídas junto con Samuel y Reyes. Han sido escritas separadamente con el propósito de mostrar cómo, al tratar Dios con su pueblo, había puesto mucho énfasis en el sacerdocio, los sacrificios, y el templo. Por lo tanto, el hecho de que las Crónicas le presten una gran atención al interés de David en el templo pero que no mencionen su pecado con respecto a Betsabé no es falta de honradez, como han dicho algunos. No estaba en la intención del autor de las Crónicas simplemente contar otra historia. El pueblo ya había leído Samuel y Reyes; no había necesidad de repetir su contenido. Las Crónicas fueron escritas con otro propósito: hacer que el pueblo volviera a sentir respeto hacia los medios de dirección espiritual que Dios
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La restauración y la esperanza futura del pueblo de Dios

había establecido al principio, a saber, el sacerdocio y todo lo relacionado con él. Una vez que hubieran afianzado este respeto, el terreno para el reavivamiento espiritual que tanto se necesitaba habría quedado preparado, y se podría construir encima. El término «sacerdote» aparece en las Crónicas más de cien veces, más que en ningún otro libro excepto el Levítico. «Levita» aparece cerca de cien veces, más que en ningún otro libro sin excepción. Esto nos puede dar una idea del tema central del libro. 1 Crónicas comienza con una genealogía que se inicia en Adán (1.1). La genealogía cubre los primeros ocho capítulos. A continuación, el capítulo 9 trata sobre los residentes de Jerusalén después del exilio, especialmente los sacerdotes. El resto de 1 Crónicas habla de la vida de David desde que asumió el poder hasta su muerte. 2 Crónicas continúa la narración en este punto y presenta la vida de Salomón en los nueve primeros capítulos. El resto del libro sigue a los reyes de Judá, desde Roboam hasta la caída y el decreto de Ciro autorizando el regreso. Regresemos ahora a 1 Crónicas y veamos donde esta su mayor énfasis. El libro comienza con un registro de las genealogías de Israel (caps. 1—8). El primer nombre es el de Adán (1.1). Este es mencionado muy pocas veces en el Antiguo Testamento fuera de los capítulos del 2 al 5 del Génesis. Además de este pasaje, solo lo mencionan Deuteronomio 32.8 y Job 31.33, y posiblemente Oseas 6.7, aunque se discute si la palabra debería ser traducida «Adán» o bien «hombre». Su lugar aquí, al mismo tiempo que apoya su historicidad como persona, muestra que fue a través de él como comenzó la línea de la gracia que vino por medio de Set. El capítulo 1 sigue desde Adán a través de Set, Sem, Abraham, e Isaac, hasta Jacob, a quien se refiere llamándolo Israel. Además de esto, se sigue a los descendientes de Jafet y de Cam así como a los de Esaú durante varias generaciones, como en el Génesis.
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Del capítulo 2 al 4:23 se presta gran atención a las genealogías de los descendientes de Judá, uno de los hijos de Jacob, hasta David (3.1) y Salomón (3.10). Desde 4.24 a 5.26 se trazan las genealogías de Simeón, Rubén, y Gad, incluyendo una breve narración sobre la caída de las tribus norteñas de Rubén, Gad, y la media tribu de Manasés ante las fuerzas de Tiglat-Pilasar (5.25,26). El capítulo 6, que tiene ochenta y un versículos, se dedica exclusivamente a los descendientes de Leví, o sea, a la tribu sacerdotal, incluyendo sus deberes y las ciudades en las cuales ellos vivían en la tierra, fijando así el lugar que les tocaba por derecho entre el pueblo de Dios. El capítulo 7 traza brevemente la descendencia de Isacar, Benjamín, Neftalí, Manasés, y Aser. El capítulo 8 centra su atención exclusivamente en Benjamín, probablemente porque los benjaminitas terminaron uniéndose a Judá como un solo pueblo. El capítulo 9 trae los nombres de algunos de los que regresaron en el primer reasentamiento en Jerusalén después del exilio. La atención principal está dirigida en este momento a los sacerdotes que regresaron (vv. 10-44). El resto del libro está dedicado a la era de David (capítulos 10 al 29). Después de narrar brevemente el fracaso y la muerte de Saúl (cap. 10) se habla de David y sus seguidores (caps. 11,12). En los cuatro capítulos siguientes se relata en gran detalle la acción de David de traer el arca a Jerusalén (caps. 13-16). Se le presta considerable importancia a su atención por la Ley y a la parte de los levitas a través de este suceso (13.2,3; 15.2,15ss). En 16.1-6 se recuerda cómo se guardó la ley ceremonial y se nombraron levitas para que cuidaran del arca, una vez situada en Jerusalén. Entonces David elevó un himno de alabanza a Dios por medio de Asaf, el jefe de los sacerdotes que habían sido nombrados para
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cuidar del arca (16.7-36; cf. 16.5). En este himno se incluyen partes de los salmos 105 (8-22); 96 (23-33), y 106 (34-36). La responsabilidad principal por la custodia del arca fue dejada en manos de Asaf y sus hermanos (16.37-43) . El capítulo 17 habla del gran deseo de David de construir una casa permanente (templo) para el arca. El asunto tratado aquí es similar al de 2 Samuel. Los tres capítulos siguientes hacen un repaso de los éxitos de David en su reinado sobre Judá, sus victorias militares, y su rectorado espiritual. Después, en el capítulo 21, se nos habla del pecado de David, contando también en 2 Samuel 24.1-25, al querer enumerar al pueblo. El propósito principal de narrar este suceso en particular parece ser el de preparar el camino para el extenso relato de la atención de David a los preparativos para la construcción del templo más tarde por su hijo Salomón. Fue el pecado de hacer un censo del pueblo lo que llevó a David a comprar el lugar del templo (21.18—22.1). El lugar vino a ser conocido luego como Moria (2 Cr 3.1), donde Abraham había construido un altar para sacrificar sobre él a su hijo único, Isaac (Gn 22). Comenzando con el capítulo 22 de 1 Crónicas hasta el final del libro, se presta mucha atención a la preparación de David para el templo que construiría Salomón. La presentación del asunto se hace en 22.2-5. A continuación se habla de cómo se reunieron materiales y accesorios para el edificio. El resto del capítulo 22 contiene el encargo de David a Salomón con respecto a la construcción del templo. Le insiste grandemente en que se entregue totalmente a la obra. David la veía como el primer trabajo de Salomón en su reinado (22.9,10,14,19) . También le recomendó encarecidamente a Salomón que obedeciera la Ley dada por Dios a través de Moisés (22.12,13). En los capítulos siguientes, del 22 al 26, sigue una descripción detallada de los diversos oficios que les señaló David a los levitas
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dentro de sus obligaciones. Solo después de hecho esto se mencionó la organización política del pueblo (cap. 27). Esto demuestra dónde estaba el interés principal de David: en el templo y en las leyes levíticas a él referentes. Los capítulos 28 y 29 contienen discursos de David sobre el templo y sus instrucciones concretas a Salomón acerca de cómo construirlo, así como exhortaciones para que se comprometiera espiritualmente (28.9). Se tomaron ofrendas procedentes de las tribus para pagar la construcción (cap. 29), y finalmente David oró delante de todos sobre el trabajo que sería comenzado por Salomón (29.10-19). El libro se cierra con una nota sobre la muerte de David y el comienzo del gobierno de Salomón (29.22-28). Las historias mencionadas en 29.29,30 son probablemente lo que nosotros llamamos los libros de Samuel. 2 Crónicas sigue adelante recorriendo la situación después de David, prestando gran atención al reinado de Salomón (caps. 1—9) y en especial a sus esfuerzos en la construcción del templo. El capítulo 1 habla de su sabiduría y gloria, y después, en la parte central de esta sección, hasta 7.10, relata sus empeños en la construcción del templo. El resto del capítulo 7 y los capítulos 8 y 9 terminan la sección sobre Salomón, destacando el hecho de su fama. El resto del libro registra a los gobernantes de Judá, desde Roboam hasta el último. En todos estos capítulos vemos continuamente la importancia y la atención que se les da a los sacerdotes y al sistema de sacrificios, así como a su papel en la historia. En el capítulo 1 se nos cuenta la adoración de Salomón en Gabaón, donde estaba el tabernáculo de reunión, aunque el arca ya había sido trasladada a Jerusalén. Esa misma noche, el Señor se le apareció a Salomón para prometerle sabiduría (1.7-13). En el pasaje de 2.1 a 7.10 leemos de los preparativos que hizo Salomón para comenzar a construir el templo. Mucha atención se
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les dedica a los detalles de estructura y mobiliario. Finalmente, cuando el templo estuvo terminado, fue llevada a él el arca (5.2-10). El capítulo 6 contiene la oración de dedicación del templo hecha por Salomón, que aparece también en 1 Reyes capítulo 8. Luego que la gloria del Señor hubo llenado el templo (7.1-3), el pueblo adoró allí. Entonces el Señor se le apareció a Salomón, con promesas si obedecía y advertencias si no era fiel (vv. 11-22). Los capítulos 8 y 9 narran el resto de la vida de Salomón, y hacen notar especialmente su fama. No mencionan sus pecados, que acarrearon tanta desgracia en sus últimos años. La crónica de los últimos años de Salomón ya estaba bien clara en 1 Reyes. El propósito de este libro era señalar el motivo por el que se había construido el templo y todo lo relativo a él. El principal tema no era Salomón, sino el templo. Los capítulos siguientes, 10 a 36, relatan la sucesión de los reyes de Judá. Se nota que se concede la mayor importancia al papel de los sacerdotes en esta historia. En el reinado de Roboam, capítulos 10—12, se nos cuenta cómo los sacerdotes del norte huyeron al sur cuando Jeroboam se apartó del culto correcto. En realidad, los sacerdotes dirigieron el camino y sentaron ejemplo para los fieles que vivieran en el norte (11.13-17). En el reinado de Abías (cap. 13) los sacerdotes guiaron al pueblo en oración, consiguiendo su rescate de Dios cuando, en una ocasión, Judá era amenazado por Jeroboam de Israel (13.13-16). Durante el reinado de Asa (caps. 14—16) se hace notar la ausencia de sacerdotes en el reino del norte y la gran repercusión que esto tuvo sobre su estado espiritual (15.1-5). También durante el reinado de Josafat (caps. 17—20) tienen lugar un renacimiento espiritual y una vuelta a la fe bajo la dirección de los sacerdotes que iban por todas partes enseñando la Palabra de Dios (17.7-9).

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Cuando Josafat fue reprendido por el Señor a través del profeta Jehú por su alianza con Acab (19.1-3), se arrepintió y puso sacerdotes al frente de los asuntos de Jerusalén para darle una mejor orientación (19.8-11). Asimismo, más tarde, cuando el pueblo se vio amenazado por su enemigo Amón, Josafat les pidió que tuvieran mucha fe en el Señor y en sus siervos los profetas (20.20; cf. Is 7.9; Hab 2.4; 2 P 1.19). En este momento, fueron dos cantores (sacerdotes) los que los guiaron en la adoración y la alabanza a Dios (20.21). Luego, en el reinado de Joram, hijo de Josafat (cap. 21), comenzó una época de perversión. En un malvado acto, Joram asesinó a todos sus hermanos, que eran rivales en su aspiración al trono. Fue entonces cuando le llegó un mensaje de Elías advirtiéndole del juicio que habría de venir por causa de su pecado (21.1115). El Señor procedió a realizar los juicios que había predicho (21.18ss). No se hace mención alguna de los sacerdotes, o de su importancia en este período de maldad. Pero Dios estaba activo, destruyendo a los que se habían rebelado contra él y a los que estaban infectados con la sangre de la malvada Jezabel, la esposa de Acab. Recordemos que Joram se había casado con la hija de Jezabel y Acab, llamada Atalía (22.7,8; cf. 2 R 8.18). Atalía, hija de Jezabel y viuda del difunto Joram, intentó tomar el reino en sus manos. Para asegurarse su posición, trató de matar todos los rivales y posibles rivales (22.10). Sin embargo, una de las hijas de Joram, la esposa del sacerdote Joiada, se las arregló para esconder a un hijo de Joram llamado Joás (22.11). Cuando el niño tuvo siete años, Joiada el sacerdote lo presentó a los ancianos de la tierra, y Atalía fue derrocada (cap. 23). De esta manera vemos cómo Judá y la línea de David fueron salvados de la destrucción por medio de un sacerdote. El mismo Joás estuvo bajo bienhechora influencia mientras vivió el sacerdote Joiada (24.1,2). Joás restauró el templo (24.4) y recogió fondos para pagar su conservación (24.8).
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Sin embargo, después de la muerte de Joiada, Joás se volvió a los caminos malvados de su padre (24.17-19). Cuando Zacarías, hijo del sacerdote Joiada, le echó en cara su maldad al rey, este lo hizo matar (24.21). Este hecho fue tan miserable que Jesús lo mencionó en su discurso sobre las maldades de su tiempo (Lc 11.49-51). En su reinado, el hijo de Joás, Amasías (cap. 25), comenzó siendo un buen rey, pero más tarde indujo al pueblo a la idolatría (25.14ss). También él fue castigado con la muerte a manos de conspiradores (25.27). El reinado (cap. 26), de Uzías fue bueno. Este rey trató de agradar al Señor, siendo influido por la vida y el martirio de Zacarías, hijo de Joiada el sacerdote (26.5). Pero también él se volvió vanidoso y como lo había hecho Saúl, el primer rey, usurpó deberes sacerdotales (26.16). Por este motivo, fue castigado severamente. Notemos cómo los sacerdotes de esa época eran fieles guardianes de las cosas de Dios (26.17,18). Por causa de su pecado Uzías contrajo lepra para el resto de su vida (26.20). Jotam, el sucesor de Uzías, tenía miedo de entrar en el templo luego de la experiencia de su padre (27.2). Según parece, simplemente dejó todos los asuntos religiosos en manos de los sacerdotes. Por esta causa su hijo Acaz fue un escéptico en materia religiosa que no mostró deseo alguno de seguir al Señor (cap. 28). Durante su reinado llevó a cabo una alianza con Asiria y la contrató para combatir a Siria e Israel, el reino del norte, que eran sus enemigos (28.16ss). Por razón de su preocupación por las cosas del Señor, el reinado de Ezequías, el hijo de Acaz, ocupa los cuatro capítulos siguientes. Él fue el que llamó a los levitas para que limpiasen el templo (29.5), hecho que quedo debidamente anotado (29.12). El sistema de sacrificios fue restaurado (29.24), y los levitas fueron devueltos a sus deberes, como en los días de David (29.25,30). Fue una época de verdadero reavivamiento espiritual (29.31ss) y asimismo de
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evangelismo. En los días de Ezequías se envió un mensaje al norte, invitando a los que vivían en Israel a unirse a los de Judá en el verdadero culto al Señor (30.5,6). Esto sucedió poco antes de la caída de Samaria, y fue la última oportunidad que tuvieron los hijos de Dios que había en el reino del norte para unirse a los del sur (30.13-16). Aquí también observamos el papel clave que juegan los sacerdotes (30.26,27). Todo el capítulo 31 está dedicado a las leyes referentes a las ofrendas y los diezmos. Los reinados de Manasés y Amón fueron en su mayor parte malvados (cap. 33). Por ello, no se nota actividad sacerdotal durante ese período. Después, con los capítulos 34 y 35, tenemos nuevamente el reinado de un buen rey: Josías, el biznieto de Ezequías. Este también llamó a los levitas y sacerdotes para que ayudaran a limpiar y reparar el templo (34.9,12,14). Una vez más la atención vuelve a la Ley de Moisés, y es restaurada la rectoría espiritual que por derecho les correspondía a los sacerdotes (35.1-3,9,10,18). Después de la muerte prematura de Josías (35.24) se suceden cuatro reyes, todos los cuales hicieron el mal. Y no solo ellos sino que también los sacerdotes se apartaron de Dios (36.14). Con su caída comenzó la caída de toda la ciudad de Jerusalén y la cautividad de Babilonia (vv. 19,20). El libro termina hablando del decreto de Ciro que permitía a aquellos de Judá que lo quisieran regresar a Jerusalén para reconstruir el templo (36.22-23) . De manera que vemos que el mensaje central de las Crónicas es que cuando los sacerdotes son fieles, y los reyes y el pueblo siguen su dirección espiritual, el pueblo de Dios es bendecido. Pero en los años en que se descuidan los asuntos sacerdotales, o se es indiferente a la Ley de Moisés, surge el mal para causarle grandes sufrimientos al pueblo de Dios.

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Crónicas, pues, fue escrito para mover los corazones de los hijos de Judá a volver a los fundamentos antiguos que habían sido puestos por Moisés mucho tiempo atrás. Estos fundamentos están en la fe en la Palabra completa de Dios y siguen siendo el único medio válido por el que el pueblo de Dios podrá regresar verdaderamente a una relación correcta con su Dios.

II. Esdras
El libro de Esdras es una continuación de 1 y 2 Crónicas. Comienza donde Crónicas termina, en el decreto de Ciro, fechado en 539 A.C. (Esd 1.1; cf. 2 Cr 36.22-23). En Esdras 1.3,4 encontramos algunas palabras adicionales que no aparecen en la relación de Crónicas, y que nos hablan de la manera en que fueron cubiertos los gastos del regreso. Después de la relación del decreto dictado por Ciro, el libro de Esdras se divide fácilmente en dos partes básicas: el primer regreso, bajo las órdenes de Sesbasar y Zorobabel (1.5 a 6.22) y el segundo regreso, al mando de Esdras (caps. 7 a 10). Estos dos sucesos estuvieron separados entre sí por un período de unos ochenta años. En la relación del primer regreso se nos habla primeramente de la acogida favorable que el decreto de Ciro tuvo en el pueblo de Dios (1.5-11). También aquí notamos la importancia que se le da al sacerdocio y a su papel en el regreso (v. 5). La iniciativa, tanto para la proclamación de Ciro, como para la buena respuesta del pueblo partió del Señor (vv. 1,5). Entre las cosas que se llevaron de vuelta a Jerusalén estaban los vasos que Nabucodonosor había tomado del templo, y que Belsasar había profanado (v. 7; cf. Dn 5.2ss). Sesbasar, mencionado como el jefe del regreso (v. 8), fue rápidamente eclipsado por Zorobabel, ya sea porque muriera, o porque estaba anciano e incapacitado para gobernar. Desaparece rápidamente de la escena. En el capítulo 2 aparece una lista de las familias que regresaron. De nuevo podremos notar que se les presta
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considerable atención a los levitas (vv. 36ss). Algunos que afirmaban ser de familia sacerdotal no pudieron probarlo, por lo que no se les permitió ejercer las funciones sacerdotales (vv. 64,63). La lista de los que regresaron a Jerusalén comprende un total de 42.360, además de 7.337 sirvientes (vv. 64,65). Cuando llegaron, muchos de ellos entregaron gustosamente de sus posesiones para restaurar el templo (v. 68). Notamos aquí un espíritu favorable a la donación que es elogiado por Dios (cf. Éx 35.29; 2 Co 9.7). Una vez más los levitas aparecen como personas significativas entre los que regresan (v. 70). El capítulo 3 narra el reinicio del sistema sacrificial y otras leyes relativas a la Ley de Moisés (vv. 1-7). En al año segundo después del regreso comenzaron a reconstruir el templo. Esto tendría lugar sobre el 537 A.C. (v. 8). En ese momento ya se veía claramente a Zorobabel como el jefe. La supervisión de las labores de construcción corría a cargo de los levitas (v. 8). El sacerdote Jesuá estaba al frente de todo (v. 9). Todo fue hecho de acuerdo con la ley levítica y tal como había indicado David (v.10; cf. 1 Cr 6.31). Las emociones confusas de muchos, que notamos ahora al comenzar los trabajos, reflejan la preocupación de que esta casa no pudiera igualar la gloria del templo de Salomón (vv. 12-13). Más tarde Hageo se encargará de este pesimismo (Hag 2.3-9). En el capítulo 4 se empieza a ver cómo se levanta una oposición externa a la obra que los judíos estaban haciendo. Los que se oponían eran los habitantes de la tierra, los samaritanos que habían estado radicando en Canaán desde los días de la conquista de Samaria por los asirios (4.2). De estos pueblos se nos habla en 2 Reyes 17.24-41. Se los describe como personas que temían al Señor y servían a sus propios dioses (2 R 17.32,41). Se asentaron en aquella tierra con una religión sincrética: una amalgama de paganismo y culto a Jehová.
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Su oferta de ayudar a los judíos era en realidad la de llegar a una componenda. Zorobabel y Jesuá hicieron bien en rechazarlos (v. 3). Evitaron el error de Josué que llevó a tanta transigencia cuando Israel entró en Canaán (Jos 9.3-27; cf. Jue 1.27,28,32,33; 2.13). Sin embargo, el rechazar la componenda les costó que sus enemigos intentaran interferir en todo lo que hacían. Cuando nos ponemos firmes ante los enemigos de Dios, estamos atrayéndonos el fuego de Satanás y de su simiente (vv. 4-5). La mención del nombre de Asuero (v. 6) suscita un problema para nosotros. No está claro quién haya sido el Asuero que se menciona aquí. Las cronologías seculares nos dicen que Ciro gobernó hasta el 530 A.C. Después de él reinó Cambises hasta el 522, y más tarde Darío I hasta el 486 A.C. El Asuero que conocemos es el de Ester 1.1, que era conocido también como Jerjes. Este no gobernó sino hasta el 486 A.C. La mención de él que se hace aquí estaba simplemente relacionada con la resistencia continuada hasta los días de su reinado (486 A.C.), o sea, más de cincuenta años. El Artajerjes del versículo 7 es conocido en la historia secular como Cambises, y gobernó, como indicamos anteriormente, desde la muerte de Ciro en el 530 A.C. hasta el 522 A.C. Durante su reinado, los enemigos de los judíos que estaban en Jerusalén se hicieron lo suficientemente fuertes como para poder detener el trabajo en el templo. Le escribieron al rey Cambises (Artajerjes) en arameo (sirio), como se escribían todas las cartas oficiales (v. 7). Aquí las Escrituras citan extensamente la carta, y a partir de este punto, como en Daniel, están en arameo (vv. 8—6.18) . Puesto que toda esta sección contiene mucha correspondencia entre el rey y otros oficiales, y se refiere a los procedimientos oficiales con respecto a los judíos, es comprensible que toda la sección esté en arameo. Después, al comenzar a enfocar la atención una vez más en el culto y la conducta del pueblo de Dios, a partir de 6.19, se vuelve a usar el hebreo.
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La carta era una acusación contra los judíos. Torcía los hechos, acusándolos de ser rebeldes e intentar construir de nuevo los muros para tener independencia del rey de Persia. En resumen, se les acusaba de traición (4.12,13,16). Al insinuar que su interés estaba puesto en el rey, los escritores buscaban de él una respuesta favorable a su solicitud de que el trabajo en la ciudad fuese detenido (vv. 15,16). Aunque habían mentido respecto a la actividad de los judíos, sus mentiras tuvieron éxito y lograron que los trabajos del templo fueran detenidos (v. 24). En el 522 A.C. subió Darío al poder en Persia. Ya hacía algún tiempo que el trabajo en el templo había cesado. Allí permanecía inconcluso, mientras los judíos se ocupaban de sus propias casas y de sus asuntos. Era importante para la gloria de Dios que el templo fuera terminado, y también para el bien de los judíos. El templo representaba la presencia de Dios en su pueblo y señalaba el camino al trabajo acabado de Dios a favor del mismo. Dios a través de Ezequiel había prometido darles un nuevo templo (corazón), como recordaremos (Ez 36,37). Por tanto, la reconstrucción del templo simbolizaba la fe del pueblo en la fidelidad de Dios en el cumplimiento de sus promesas. Dejarlo sin terminar sería una expresión de indiferencia con respecto a la obra de Dios que tanto necesitaban. Aprovechando sin duda la ocasión de la muerte de Cambises, se levantaron dos profetas para instar al pueblo a seguir construyendo el templo. Hageo y Zacarías escribieron mensajes que estudiaremos posteriormente (5.1). Su labor fue efectiva, y Zorobabel y Jesuá comenzaron nuevamente el trabajo del templo (v. 2). Al ser interrogados por las autoridades sobre sus obras (vv. 3,9), contaron en detalle su historia y lo que había detrás de su esfuerzo (vv. 11-16). Se elevó una apelación a Darío para resolver el asunto (v. 17).
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Es evidente, según se desprende de la respuesta de Zorobabel y de los otros, que comprendían su historia pasada y su significado, y que habían sido debidamente humillados por la forma en que Dios los había tratado (vv. 11,12). Los hombres de Darío encontraron el decreto de Ciro relativo a la casa de Dios en Jerusalén (6.1-5). Por lo tanto, la respuesta de Darío a las autoridades de Jerusalén fue sumamente favorable a los judíos. No solo permitió que trabajaran nuevamente sino que ordenó que se les diera ayuda económica (vv. 7,8). El deseo de que oraran a favor del rey recuerda las palabras de Dios a Jeremías anteriormente, con respecto a los exiliados de Babilonia (Jer 29.7; cf. Esd 7.23; Ro 13.1-7; 1 Tim 2.1,2). La carta fue muy efectiva para detener a todos los enemigos de los judíos y hacer que no siguieran interfiriendo (v. 11) . Así fue terminada la obra por bendición de Dios y concluido el templo (v. 14). La fecha de su conclusión, año sexto de Darío (v. 15), ha de haber sido alrededor del 516 A.C. Les había tomado unos veinte años, y había sido la obra principal de la vida de Zorobabel y de Jesuá. Una vez más vemos centrar el interés en la rectoría del sacerdocio cuando los sacerdotes dirigen al pueblo en la adoración correcta, de acuerdo con la Ley de Dios (vv. 19-22). El uso del nombre Asiria (v. 22) refleja simplemente el hábito de llamar a la región por su antiguo nombre, como hoy en día nos pudiéramos referir a Zaire llamándolo «el Congo» Así termina la relación de la actividad de Zorobabel y de los que estaban con él. En el capítulo 7 comenzamos la segunda mitad del libro de Esdras acerca del trabajo del sacerdote Esdras al hacer que el pueblo regresara espiritualmente al Señor (caps. 7-10). Pasaron unos cincuenta y ocho años entre los sucesos del capítulo 6 y los del capítulo 7. En el entretiempo, es de suponer que todos los jefes espirituales de la época anterior hubieran muerto, y el pue475

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blo en su vida había regresado a la práctica de los matrimonios con extranjeros que amenazaba la misma continuidad de un pueblo de Dios identificable, como había pasado tantas veces anteriormente. En la época de Artajerjes de Persia, Dios levantó de entre los exiliados un grupo de creyentes dirigidos por Esdras, quien es descrito como un escriba conocedor de la Ley de Moisés (7.6). Era el año séptimo de Artajerjes, que sería alrededor del 458 A.C. (v. 7). Esdras puede ser comparado a Daniel en que dispuso su corazón para servir al Señor (v. 10; cf. Dn 1.8). Encontramos este propósito triple: buscar (aprender) la Ley de Dios; obedecerla, y enseñarla. También es Esdras comparado con frecuencia a Moisés, y en muchos aspectos es considerado como otro Moisés, por lo buen conocedor de la Ley que se había hecho y por su entrega a la misma. Su sometimiento a la Palabra de Dios es muy similar a lo que Pablo quería para la vida de Timoteo (2 Tim 2.2). La larga carta de Artajerjes está también en arameo (vv. 1226). Es una carta de recomendación que garantizaba a Esdras una libertad y un poder considerables (vv. 21,22). Nuevamente notamos el deseo del rey persa de ganarse el favor de todos los dioses (v. 23; cf. 6.10). Vemos también una vez más que se le concede gran importancia al sacerdocio en el regreso de Israel a su Dios. El propio Esdras era un sacerdote que descendía de la línea de Aarón, Eleazar, y Finées (vv. 1-5). Entre los que fueron con él se hallaban en primer lugar los sacerdotes (v. 7). Se les había prometido una protección especial a los sacerdotes que lo acompañaran (v. 24). En esta carta también se nos brinda una visión de la justicia persa y los niveles o grados de castigo que contemplaba: muerte, destierro, confiscación de bienes, o prisión (v. 26). Como sucede con los demás grandes guías espirituales, en el caso de Esdras también la gloria es dada toda al Señor por lo que se ha realizado (vv. 27ss).
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Después de una corta genealogía de las cabezas de familia que acompañaban a Esdras (8.1-14), tenemos una narración del propio Esdras sobre el viaje de regreso a Jerusalén. Cuando no encontró levitas entre los que iban con él, mandó a buscarlos (vv. 15-20). El deseo de Esdras de regresar sin escolta alguna de los hombres del rey era también un deseo de glorificar a Dios y expresar su gran fe en él (v. 22). Su fe fue recompensada (vv. 33,34). Después de su llegada, Esdras tuvo que enfrentarse inmediatamente con esa continua amenaza a la integridad del pueblo de Dios que eran los matrimonios con extranjeras (9.1,2). La reacción de Esdras fue la de un hombre auténticamente devoto que se lamentaba de los pecados del pueblo (v. 3; cf. Mt 5.4). Discurriendo sabiamente, no comenzó con una reprensión abierta sino por averiguar quiénes estaban sujetos a la autoridad de la Palabra de Dios y quiénes deseaban obedecer al Señor (v. 4). Con estos se reunió para orar (vv. 5ss). Esdras no actuó en forma santurrona en este asunto sino que en sus oraciones se incluyó a sí mismo en el pecado y la culpa de su pueblo al hablar «nuestras iniquidades» (v. 6). Reconoció que la supervivencia de un remanente hasta ese momento de la historia, se debía únicamente a la misericordia de Dios, y no a sus merecimientos (v. 8; cf. Is 1.9). Expresó después su profundo agradecimiento al Señor por todo lo que había hecho por aquel pueblo (v. 9). En medio del desánimo, era capaz de ver muchas cosas por las que había que estar agradecidos. Su motivo principal de preocupación eran los matrimonios con extranjeras, y en ellos se centró su petición: que el mal que había sido hecho fuera ahora deshecho (vv. 13-15). En esta acción y oración de Esdras podemos ver un ejemplo excelente de conductor espiritual. Los pastores de las congregaciones podrían aprender mucho imitando la paciencia, la mansedumbre, y la humildad de este hombre. Esto les serviría para ir muy lejos en la erradicación de la maldad que haya en cualquier congregación.
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Cuando Esdras y aquel grupito de devotos se reunieron en oración, hubo otros que se les unieron (10.1). El verdadero renacimiento espiritual estaba comenzando a hacer efectos. El pueblo era guiado al arrepentimiento (vv. 2,3). Primeramente, los guías espirituales se comprometieron a obedecer a Dios (v. 5); y después llamaron al pueblo para que rectificara las equivocaciones cometidas (vv. 6ss). Cuando el pueblo se reunió, su fe fue probada. Se enfrentó con cambios grandes y radicales que lo hicieron temblar en su interior. Después de esto, comenzó a llover mientras esperaban las orientaciones de Esdras (v. 9). Esdras llamó a una decisión que estuviera de acuerdo con la confesión de sus pecados. Deberían separarse de sus esposas extranjeras (v. 11). Si esto parece radical es porque lo que estaba en juego era la continuidad misma de la simiente sana. Dios les había advertido siempre contra el matrimonio con los no creyentes. Siempre que esto había sido ignorado, habían caído consecuencias grandes y serias sobre el pueblo de Dios. Debido a la enormidad de la tarea y a la recia lluvia que caía, el pueblo decidió nombrar un comité para que estudiara todo el problema (vv. 12-14). Hasta donde yo haya podido averiguar, este es el único respaldo bíblico para la práctica tan extendida de los tribunales eclesiásticos de hoy día para nombrar y estudiar asuntos de negocios en comités. Entre los que estaban casados con extranjeras había numerosos sacerdotes y levitas. Con estos se trató primero el asunto (vv. 18-24), y después con los demás (vv. 25-44). El libro termina así con una relación expresa de la acción del pueblo para respaldar su compromiso verbal.

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III. Nehemías
Trece años después de que Esdras hubiera ido a Jerusalén, Nehemías recibió en Babilonia mensaje de que las cosas no estaban marchando bien entre los exiliados que habían regresado (1.1-3). Como lo había hecho Esdras, Nehemías hizo duelo por la situación y confesó sus pecados y los de ellos ante Dios (vv. 4,6,7). Al igual que muchos anteriormente, recordaba en esos momentos la gran revelación que Dios había hecho de sí mismo (Éx 34.6-7), y basado en ella, suplicaba la misericordia divina (vv. 5,8) . En forma especial, apelaba a las promesas del Deuteronomio (v. 9; cf. Dt 30.4). La posición de Nehemías en el gobierno persa era encumbrada. Como copero del rey (v. 11) debe haber sido uno de sus siervos de mayor confianza, y probablemente, uno de sus consejeros. La tristeza de su semblante fue notada por Artajerjes (2.2). Cuando Dios abrió la puerta, Nehemías estaba listo. Después de una rápida oración (v. 4) solicitó regresar por algún tiempo para ayudar a su pueblo. Evidentemente, a diferencia de la mayoría de los que regresaron, no tenía la intención de mudarse permanentemente sino de hacer un viaje, una misión para satisfacer una necesidad específica de Jerusalén. Una vez más notamos cómo Dios movía los corazones de los reyes para que hicieran su voluntad (v. 8; cf. Prv 21.1). Hay dos partes principales en el libro de Nehemías: la primera es la reconstrucción del muro, la gran necesidad que comprendió Nehemías cuando todavía estaba en Susa (v. 9; 6.19); y la segunda, la reconstrucción espiritual del pueblo, la gran necesidad que él, junto con Esdras, vio después de llegar a Jerusalén (caps. 8—10). El ministerio de Nehemías se centra en estas dos grandes obras. Como sucedió con Zorobabel en el primer regreso, pasó con Nehemías también; tan pronto como llegó, se alzaron enemigos que quisieron oponerse a sus esfuerzos (v. 10). Nehemías, al igual que Esdras, demostró ser un caudillo de calidad y sabiduría al no declarar abiertamente su actitud. Lo que hizo fue reunir a unos pocos
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con los cuales compartió su preocupación (vv. 11-12; cf. Esd 9.4). Dirigió a los hombres en el comienzo de la reconstrucción de las murallas (vv. 17,18). Nehemías demostró tener gran fe al comenzar la obra no obstante el ridículo que les lanzaban sus enemigos (vv. 19-20). El capítulo 3 relata los detalles de la construcción. Fue una obra bien planeada y sabiamente llevada a cabo, en la que cada hombre tenía que preparar la parte de muralla más cercana a su casa, con lo que se aseguraba que cada uno de los segmentos sería hecho cuidadosamente (3.28). Los capítulos del 4 al 6 detallan algunos de los problemas con los que se encontraron los decididos constructores. Los primeros problemas eran externos y provenían de sus enemigos (cap. 4). Primero fueron puestos en ridículo (vv. 1-3). Nehemías llevó todo esto a Dios en oración (vv. 4-5). El pueblo fue alentado por Dios, y continuó construyendo, a pesar del ridículo (v. 6). Después sus enemigos probaron con la fuerza y las amenazas (vv. 7-8). Nuevamente el pueblo oró (v. 9), y esta vez Nehemías contestó a la fuerza con la fuerza y armó a su gente para que se protegieran a sí mismos (vv. 10-14). Animó al pueblo a base de exhortaciones a no retroceder delante de los enemigos (vv. 14,20). También hubo problemas que surgieron en el interior del campamento de Israel (cap. 5). Entre los judíos, los ricos se estaban aprovechando de los pobres (vv. 1-5). Los pecados antiguos del siglo octavo y el séptimo estaban reapareciendo. Nehemías se sintió profundamente turbado (v. 6). Estos pecados estaban prohibidos estrictamente en la Ley de Dios (v. 7; cf. Éx 22.25; Lv 25.36). Vemos aquí la aplicación de la Ley de Dios a una situación muy real (v. 8). La decidida exhortación de Nehemías a obedecer a Dios obtuvo el efecto deseado (vv. 9-12). El pueblo se estaba volviendo ya más sumiso a la Ley de Dios.

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Es importante notar que Nehemías, quien había sido nombrado gobernador, supo dar en sí mismo ejemplo a su pueblo (vv. 10,1419). La oración que repite Nehemías de que Dios lo recordará por la justicia que había hecho, no era una expresión de justicia por obras sino de justicia que producía buenas obras (v. 19). Su continuo deseo, como en el caso de otros que hemos estudiado, era que Dios recibiera toda la gloria. Cuando las murallas estaban casi acabadas, los enemigos de los judíos intentaron una vez más detener la obra. Esta vez trataron de hacerlo por medio del engaño (6.1-14). Sanbalat intentó primeramente desviar a Nehemías de su labor para hacerle daño separado de los otros judíos (v. 2). La entrega de Nehemías a la obra que el Señor le había encargado que hiciera lo salvó de esta malvada maquinación (v. 3). Después, los enemigos amenazaron con hacer suspender la obra a base de cartas a los altos oficiales (vv. 6,7). Tampoco esto tuvo resultado (vv. 8,9). Por último trataron de llegar a Nehemías a través de un amigo convertido en traidor (vv. 10-14). Una vez más Nehemías, con sabiduría, evitó sus intentos de atraparlo en componendas, y las murallas fueron terminadas (v. 15). El impacto sobre todos sus enemigos fue grande, y para la gloria de Dios (v. 16). El capítulo 7 hace referencia a la genealogía, que es de suponer sea la mencionada en Esdras 2.1-70 (v.5). Habían pasado muchas décadas desde aquel primer regreso, y se imponía una renovación de la genealogía. Otra vez se puso de relieve en forma especial a los levitas y sacerdotes que se hallaban entre los que regresaron a Jerusalén (vv. 39-56,73). Después de terminar el trabajo, la preocupación se dirigió a la reconstrucción espiritual del pueblo (caps. 8—10). Esta vez el caudillo era Esdras (8.1). Esdras, el escriba conocedor de la Ley de

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Dios, estaba listo para esta ocasión, y leyó y enseñó al pueblo día tras día (vv. 2-8). Encontramos varias cosas interesantes aquí. Primero, vemos el respeto del pueblo por la Ley de Dios, en que permanecieron atentos escuchándola durante varias horas al día (vv. 3-5). Segundo, Esdras leyó y habló desde algo muy similar a los púlpitos nuestros de hoy en día (v. 4). Tercero, no solamente se leyó la Palabra sino que también fue explicada (v. 8). Aquí vemos lo que sin duda se convirtió en la práctica ordinaria de las sinagogas en aquellos días y posteriormente. En los tiempos de Jesús se seguía un esquema similar (Lc 4.16-22; cf. Hch 13.14-42). Como resultado de la enseñanza de la Palabra de Dios, el pueblo quiso ser hacedor de esa Palabra, guardando sus leyes (vv. 13,18). Finalmente, llegaron a un momento de confesión pública ante Dios (cap. 9). En este renacimiento, fueron los levitas los caudillos espirituales (vv. 4-5). Dirigieron al pueblo en grandes oraciones de confesión (vv. 5-38). Esta oración es digna de ser estudiada cuidadosamente, puesto que muestra cómo un pueblo de Dios, enseñado por la Palabra de Dios, llegó a tener un corazón quebrantado y contrito. Comenzaron alabando a Dios, de acuerdo con la revelación que había hecho de sí mismo: Creador y Vivificador (v. 6); el que escogió a su pueblo a través de Abraham (v. 7); el que hizo un pacto eterno con su pueblo (v. 8). A continuación sigue en la oración una larga revisión de la forma misericordiosa en que Dios trata a su pueblo, a pesar de su condición pecadora y su dureza de entendimiento (vv. 9ss). Su esperanza seguía descansando en la revelación que él había hecho de sí como dispuesto a perdonar y lleno de misericordia (vv. 17-31, cf. Éx 34.67). Al final hacían la petición de que Dios los ayudara, y se comprometían a un pacto firme con Dios, y a obedecerlo (v. 38). Nuevamente se destaca la rectoría de los levitas y sacerdotes (v. 38).
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El capítulo 10 contiene la lista de los que firmaron el pacto en representación de todo el pueblo (vv. 1-27) y el contenido de dicho pacto (vv. 28-31). Después de esto siguieron adelante con hechos que reflejan su intención de obedecer la Ley de Dios (vv. 32-39). Los capítulos 11 y 12 contienen principalmente el censo de los sacerdotes y su establecimiento en puestos de jefatura entre el pueblo, así como provisiones para su distribución. El capítulo 13 contiene el relato de la rectificación de cuantas prácticas seguían existiendo entre el pueblo que no estaban de acuerdo con la Ley de Dios. Un ejemplo es la disciplina impartida al sacerdote Eliasib por permitirle al amonita Tobías vivir en el patio del templo (v. 7). Otro ejemplo de abuso de la Ley estaba en los que no les entregaron a los levitas las porciones que se les debían (vv. 10-14). Aun otra violación: el sábado (vv. 15-22). Recordaremos cómo los profetas habían puesto énfasis en la importancia de observar esta ley (cf. Is 56.1ss; 58.13ss). Pero todavía quedaban algunos que se estaban casando con extranjeras (vv. 23-24). Nehemías los trató como una amenaza para el futuro del pueblo de Dios (v. 25). Les mostró a Salomón como un mal ejemplo en este asunto, que había acarreado mucho sufrimiento (vv. 26-27). Todos aquellos cuyo estilo de vida estaba descendiendo en alguna forma fueron disciplinados (v. 28). El trabajo de Nehemías había terminado. Ciertamente había sido fiel al Señor, y para Esdras el escriba había resultado un valioso aliado y un poderoso auxiliar en el cumplimiento de su tarea espiritual (vv. 29-31).

IV. Hageo
Hageo y Zacarías fueron dos profetas mencionados en Esdras 5.1 en la época de Zorobabel. Fueron levantados por Dios para sacudir al pueblo y hacerlo reiniciar la construcción del templo en
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los días de Darío I de Persia. El año segundo de Darío sería alrededor del 521 A.C. El mensaje del profeta va dirigido a los líderes responsables de la reconstrucción del templo: Zorobabel y Josué (1.1). Evidentemente, después de la muerte de Cambises, rey de Persia, quien había detenido la construcción, los judíos no volvieron a intentarla. En los años en los cuales les había sido prohibido construir se habían vuelto demasiado preocupados por otras cosas. Esta actitud los llevó a dejar la construcción indefinidamente pospuesta (v. 2). Pero era una deshonra para el nombre de Dios ante el mundo pagano que su pueblo viviera en hogares terminados mientras que la casa del Señor yacía en ruinas o sin terminar (v. 4). Por esto, el Señor le pide al pueblo que considere sus caminos (v. 5). Esta fue la base del mensaje de Hageo. El problema con el que se enfrentaba era que la casa de Dios seguía sin terminar. Día tras día, al ir los judíos a sus labores, a los campos o a sus casas, pasaban junto a los desechos del templo. Ese templo había significado para ellos la presencia misma de Dios, y la representación de cómo deberían ellos acercarse a él. ¿No les había prometido Dios por medio de Ezequiel que los traería de vuelta a un nuevo templo? ¿Importaba realmente que este templo permaneciera en ruinas? La respuesta estaba en que recapacitaran en su manera de vivir, sus caminos (vv. 5-7). ¡Ciertamente, el pueblo estaba trabajando duro en sus campos y en sus casas, pero esto no lo llevaba a ninguna parte (v. 6)! La solución a su problema estaba en poner a Dios primero en sus vidas. Si consentían en reiniciar su primera empresa, y el propósito principal por el que regresaron a Jerusalén (vv. 8-9), Dios los bendeciría y no les enviaría más sequías como las que tanto los habían dañado últimamente (vv. 10-11). Es la sencilla lección de aprender a poner a Dios en primer lugar (Mt 6.33).

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El mensaje de Hageo surtió efecto (vv. 12-15). El pueblo reanudó la construcción y el templo fue terminado. Este pueblo estuvo espiritualmente alerta a la voz de Dios, y obedeció. Y el Señor le aseguró una vez más que él estaba realmente con él (v. 13). El resultado de su empeño por poner a Dios y a su voluntad en primer lugar fue que el Señor fue glorificado (2.1-9). Hubo algunos que aún recordaban el antiguo templo (v. 3; cf. Esd 3.12). Sus emociones chocaban entre sí, puesto que el nuevo templo no podía igualarse en esplendor al anterior. El peligro esta a en que esta nueva casa fuera despreciada (v. 3). Sin embargo, así como sucede con los hombres, sucede con los templos: los hombres miran el exterior, pero Dios mira más adentro (ver 1 S 16.7). El Señor le aseguró a Zorobabel que él estaría con su pueblo (v. 4), y que llenaría su templo con gloria (v. 7). No fue la cantidad de plata ni de oro lo que lo hizo glorioso, sino la presencia y la bendición de Dios (v. 8; cf. Mt 23.16-22). En realidad, Dios prometió que este templo tendría mayor gloria que el anterior (v. 9). Esto decía mucho con respecto a Salomón y toda su gloria en comparación con la sencilla labor de unos sencillos hombres de fe (cf. Mt 6.28-29). Se le exigió al pueblo una vez más que aprendiera la lección de que a Dios no le glorificamos con nuestras buenas obras, es decir, con lo que podamos hacer por él. En realidad, nuestras obras y nuestros esfuerzos son totalmente ineficaces. Son impuros (vv. 1014; cf. Is 64.6). Lo que se requiere para glorificar a Dios es que su pueblo se arrepienta y se vuelva a él, poniéndolo en el primer lugar y reconociendo la necesidad que tiene de él (vv. 17,18). Solo entonces, cuando Dios sea el primero en sus corazones, las obras podrán ser llamadas buenas obras que dan gloria a Dios (ver Mt 5.16; Ef 2.8,9,10). Cuando el pueblo hubiera puesto a Dios primero, entonces Dios comenzaría a bendecirlos, y ciertamente el nombre de Dios sería glorificado ante todo (v. 19).
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El mensaje de Hageo concluye con una promesa relativa a Zorobabel (vv. 20-23). Aquí se ve a Zorobabel como un símbolo que hace Dios de la reconstrucción de su reino (v. 33). Al final, el Señor destruirá a todos los enemigos de Israel, a los reinos de este mundo (2.21-22), tal como había prometido a través de Daniel, y exaltará el remanente de su pueblo, personificado en la jefatura obediente de Zorobabel (cf. 1.14). Así, en el espacio de tres meses (ver 1.1,15—2.10,20), Hageo terminó su labor de profetizar la Palabra de Dios al pueblo, pero la Palabra fue efectiva para lograr que el templo fuera terminado y que el nombre de Dios fuera glorificado.

V. Zacarías
Zacarías fue contemporáneo de Zorobabel y de Hageo. También él fue suscitado para instar al pueblo a seguir reconstruyendo el templo en el año segundo de Darío (1.1). Sin embargo, su mensaje es bastante diferente en estilo y en contenido del de Hageo. Su escrito contiene mucho material apocalíptico (escritura simbólica), como sucede con los libros de Ezequiel y Daniel en el Antiguo Testamento y Apocalipsis en el Nuevo. Este libro se divide básicamente en dos partes. La primera contiene las visiones mostradas a Zacarías para que llame al pueblo a realizar la labor de la reconstrucción (1.7—6.8). A continuación, en la segunda mitad (6.9—14.21), encontramos sobre todo profecías dadas a Zacarías para que le diga al pueblo de Dios que tenga esperanza con respecto al futuro. El ministerio de Zacarías cubrió más tiempo que el de Hageo, pues llegó por lo menos al año cuarto de Darío (7.1). El mensaje de Zacarías comienza con una lección del pasado (1.2-6). Como había hecho Hageo, Zacarías llama al pueblo a regresar al Señor, es decir, a ponerlo en primer lugar en sus vidas (v. 3; cf. Hag 2.17-18). Antes del exilio, los padres no habían aprendi486

La restauración y la esperanza futura del pueblo de Dios

do esa lección (vv. 2,4) y habían sufrido amargas consecuencias (v. 6). Esencialmente, Zacarías, como Hageo, los estaba llamando a considerar sus caminos; él los trataría en consecuencia (v. 6). Después de esto Zacarías habla de una serie de visiones y revelaciones que se le dieron para conmover al pueblo y llevarlo a una entrega mayor al Señor (v. 7—6.8). La primera visión fue la de un hombre en un caballo alazán (vv. 7-17). El caballo alazán y los demás, explica el profeta, son enviados por el Señor para que caminen sobre la tierra (v. 10). En Apocalipsis 6.1-8 hay una visión similar de caballos. Allí el mensaje está relacionado aparentemente con las fuerzas de la historia desatadas sobre la tierra. Aquí podría significar lo mismo. Los caballos sugieren ejércitos conquistadores, como ya hemos visto en muchos profetas (cf. Jl 2.4ss). El ángel parece interpretar la visión como un símbolo de la aflicción que había oprimido a Israel en los últimos setenta años, esto es, en el período de la cautividad (v. 12). En este momento el Señor le presenta a Zacarías el mensaje tranquilizador de que ahora quería el bien para su pueblo (vv. 13ss). Al igual que había hecho por medio de otros profetas (Isaías, Jeremías, Ezequiel), ahora expresa también su disgusto con naciones como Asiria y Babilonia, Edom y Moab, y otras que no habían tenido misericordia en sus tratos con su pueblo, que él había querido que fuera castigado pero no con la severidad con que esos pueblos paganos habían tratado a Jerusalén. Por esta razón era ahora importante que Dios le mostrara su misericordia a su pueblo y lo restaurara a una relación correcta con él (v. 16). Por lo tanto, era también importante que el templo, el símbolo de la presencia y la bendición de Dios en medio de su pueblo, fuera terminado (v. 16). Una vez más el pueblo de Dios tendría una herencia (tal es el significado del «cordel colocado sobre Jerusalén»; cf. Jer 31.38-39). Las palabras dichas por Isaías al pueblo de Dios mucho tiempo antes serían hechas realidad (1.17; cf. Is 40).
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La segunda visión (vv. 18-21) es la de los cuatro cuernos y los cuatro carpinteros. Enseña prácticamente lo mismo que vimos en la primera. Dice claramente en forma simbólica que las fuerzas que trajeron la aflicción a Jerusalén serán destruidas (v. 21). La tercera visión es la de un hombre con un cordel de medir (2.1-13). Sin duda alguna, está relacionada con la visión de Ezequiel sobre la nueva Jerusalén (v. 2; Ez caps. 40—48). La promesa de Dios de que él sería la muralla y la gloria de Jerusalén está de acuerdo con el mensaje de Hageo 2.7 (v. 5; cf. Is 4.5). Es un desarrollo del tema de la primera y segunda visión, esto es, de que al final Dios bendecirá a su pueblo (vv. 6-10) . Junto a lo que dicen las otras visiones, esta atiende a los mensajes del pasado, que les prometían bendiciones también a las otras naciones si venían al Señor y al pueblo de Dios (v. 11; cf. Miq 4.2). Como ya había sido dicho por medio de Oseas, el Señor será conocido por su pueblo (v. 11). El pueblo de Dios será su herencia para siempre, como había dicho él por medio de Moisés (v. 12; cf. Dt 32.9). Como en Isaías, Miqueas, y Habacuc, Dios habla aquí desde su santo templo, haciendo que todos queden en silencio ante su santa presencia (v. 13; cf. Is 6.1-5; Miq 1.2; Hab 2.20). La cuarta visión es la del sumo sacerdote Josué (cap. 3). Este Josué fue el colaborador de Zorobabel cuando este trajo al pueblo de vuelta a Jerusalén para la reconstrucción (Esd 5.2; Hag 1.1). La presencia de Satanás como adversario suyo recuerda una escena parecida en los capítulos 1 y 2 de Job, que veremos posteriormente (cf. 1 Cr 21.1). Las frecuentes apariciones de Satanás en el cielo antes de que Cristo consumara su obra en la cruz y resucitara han sido ya comentadas (ver nuestras observaciones sobre Ez 28.11ss). Aquí Josué, el sumo sacerdote, representa claramente a todo el pueblo de Dios, el verdadero remanente, sacado como un tizón del incendio (v. 2; cf. Am 4.11). Como todos los hombres, Josué está vestido con ropas sucias: su propia justicia (v. 3; cf. Is 64.4).
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Dios en su misericordia, le quita a Josué sus ropajes sucios y lo viste con otros limpios: la justicia por la fe (v. 4; cf. Is 53; Ap 3.4-5; 4.4; 6.11; 7.9,13; 19.14). La restauración de Josué al sacerdocio (vv. 6ss) señala sin duda al deseo de Dios de que todos los creyentes ejercieran su sacerdocio (Éx 19.6; 1 P 2.5,9; Ap 1.6; 5.10). Así, el justo de los días de Josué es una señal del Cristo que habría de venir, que es el Renuevo (v. 8; cf. Is 11.1; Jer 33.15). La escena de paz del final es usada frecuentemente en las Escrituras con el fin de expresar la paz ideal en la tierra para el pueblo de Dios, el día en que todo lo malo haya pasado y solo permanezca el pueblo de Dios (v. 10; cf. 1 R 4.25; Is 36.16; Miq 4.4). Esta visión eleva al pueblo por encima de sus dificultades del momento y ayuda a aquella generación a ver lo que Dios ha planeado para su final definitivo. Esto también serviría para animarlos a reconstruir y a manifestar su fe en las promesas de Dios. La quinta visión es la de un candelero de oro y dos olivos (cap. 4). Zacarías vio un candelero de oro con siete lámparas, y al lado dos olivos (vv. 1-3). Esta visión comunicaba la verdad de que la obra de Dios sería cumplida, no por el poder y la fuerza de los hombres (es decir, las espadas), sino por el Espíritu de Dios (v. 6). Por lo tanto, esta verdad es la misma que fue revelada a Elías, como se ve en 1 Reyes 19; no en el terremoto, ni en el viento, ni en el fuego sino en la «voz suave y apacible». La lección fue aplicada inmediatamente a la construcción del templo en los días de Zorobabel (v. 9). Esta había sido comenzada por la actividad del Espíritu de Dios, que impulsó a Ciro a decretar la construcción y al remanente a regresar para construir (cf. Esd 1.1,5). No había fuerza humana que fuera capaz de detener ahora al Espíritu de Dios para que no fuera terminada. De modo que Dios suscitó a los dos olivos (los dos testigos, Hageo y Zacarías) para que indujeran a Zorobabel y a Josué a terminar la labor que habían comenzado (vv. 11,14).
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El plan de Dios en el Antiguo Testamento

Aquí se nota también la misma actitud que se pudo ver en el mensaje de Hageo. Hubo algunos que ridiculizaron los esfuerzos de estos judíos como algo pequeño e insignificante (v. 10). Pero si Dios lo ordenaba, no era insignificante, y Dios dispondría las cosas para que fuera terminado. (En el capítulo 11 de Apocalipsis hay una revelación similar.) La sexta visión es la de un rollo volante (cap. 5). El rollo en sí podría ser identificado con la Palabra de Dios escrita, o el Libro de Dios (cf. Jer 36.2; Ez 2.9). Dios le mostró a Zacarías que sus verdades eran aplicables a todos los hombres y que todos serían juzgados por él (vv. 3,4). Así, tal como a Habacuc, ahora se le muestra a Zacarías que las exigencias de Dios son aplicadas a todos y que la Ley de Dios buscará y juzgará a cada pecador sin importar dónde se encuentre. Como ilustración de lo escrutador de su juicio, Dios le muestra a Zacarías la visión de un efa (medida) gigantesco, lo suficientemente grande como para que una mujer se sentara dentro de él (v. 6-7). Amós había reprendido al pueblo por haber hecho pequeño el efa, engañando a sus hermanos con medidas no honradas (Am 8.5; cf. Os 12.7; Miq 6.11). Pero Dios tomaría el pecado secreto, lo engrandecería, y los metería en él, como hizo aquí simbólicamente con la mujer (vv. 7,8). Su traslado hasta Sinar (término usado algunas veces para designar a Mesopotamia y las regiones aun más allá), región que en estos momentos estaba controlada por Persia (vv. 9-11), señalaba a la deportación de los pecadores de Israel a Babilonia. Como segunda representación de la función escrutadora del juicio divino, Zacarías ve cuatro carros tirados por caballos de diversos colores, parecidos a los caballos descritos en 1.8ss (6.1-8). Aquí se describe a los caballos como los cuatro vientos que recorren toda la tierra (vv. 5-7). Con esto Dios está simbolizando simplemente el juicio escudriñador de Dios, el cual, como el viento,
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sopla en todas las direcciones sobre toda la tierra. Este parece ser también el significado de la visión similar que está en el libro de Apocalipsis (Ap 6.1-8; 7.1). A través de esta serie de visiones Dios le ha hablado a su pueblo mostrándole en forma simbólica el significado y el sentido de aquellos días. Dios estaba obrando para purificar a su pueblo y juzgar al mundo. El llamado a reconstruir el templo y terminarlo no provenía de los hombres sino de Dios, y por lo tanto era importante. Tenía que ser terminado. Con esto concluye la primera gran división de Zacarías. En la segunda parte Zacarías, en forma similar a otros profetas de Dios, recibe una serie de mensajes que señalaban a los juicios pasados que Dios había realizado sobre su pueblo y a la esperanza futura del remanente que busca a Dios para tener salvación (6.9—14.21). Primeramente, Dios ordenó la coronación de Josué, el sumo sacerdote (6.9-15). Podemos ahora hacer una comparación con el capítulo 3. Dios le da instrucciones a Zacarías para que haga coronar a Josué (v. 11), es de suponer que como símbolo de la exaltación que el mismo Dios hace de su pueblo a través del llamado Vástago o Retoño, el que surgirá para construir el Verdadero Templo de Dios (v. 12-13) . Varios pasajes vienen ahora a colación. Primeramente, el Cristo, el mayor de los hijos de David, es descrito como un Vástago en Isaías 11.1, que sería el vástago brotado del tronco de Isaí. Después, en Isaías 53.2, se describe en forma similar al Cristo, como una raíz nacida de la tierra seca. Aquí aparece como sacerdote y rey a un tiempo (v. 13). Como sacerdote, construirá el templo de Dios, y como rey, gobernará sobre el reino de Dios (cf. Is 9.6-7). En el Nuevo Testamento encontramos que las palabras referentes a Jesús señalan tanto hacia su misión de construir el Verdadero Templo de Dios (la Iglesia: Jn 2.19-21, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo) como de gobernar a las naciones (Hch 7.35; Mt 2.6; Ap 2.27; 12.5).
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Aquí, en Zacarías 6.13, su misión se describe como de paz, como lo fue en Isaías 9.6. Este pasaje (vv. 9-15) sirve por tanto a un doble propósito. Por un lado, animaría al pueblo a reconstruir el templo en sus días como expresión de su fe en las promesas de Dios respecto al templo glorioso de Dios al final de los tiempos (cf. el mensaje de Dios por medio de Ezequiel en la última parte de ese libro), y al mismo tiempo señalaría a la obra mucho mayor del Príncipe-Sacerdote (el Cristo) que habría de venir, para dar cumplimiento al propósito de Dios de construir un templo perdurable (la Iglesia de Cristo). El segundo mensaje (7.1-7) se refiere al verdadero ayuno del pueblo de Dios. Como había hecho Isaías (Is 58.3-7), ahora también Zacarías se preocupa con el auténtico ayuno para impedir que este acto religioso se convierta en un simple rito carente de significado. Es importante notar aquí que el Señor enseñó que nadie podía ayunar para Él, si no comía ni bebía también para Él (vv. 5-6; cf. 1 Co 10.31). ¡Todo lo que hacemos debería ser para la gloria de Dios! Por eso leemos frecuentemente en la Palabra de Dios que él está interesado en que todo culto, incluso el ayuno, sea para su gloria. Lo que le preocupa es la actitud del corazón, y no el acto en sí (ver Mt 6.16-18; Jn 4.23). El tercer mensaje se refiere al juicio de Dios en el pasado contra Judá por causa de sus pecados (vv. 8-14). Dios había esperado que hubiera justicia auténtica en los individuos de su pueblo (vv. 8-10; cf. Gn 18.19; Is 5.7), pero se habían negado (v. 11). Esta es la razón por la cual Dios había lanzado un duro juicio sobre la tierra (v. 14). Sin embargo, en el cuarto mensaje (8.1-17) Dios explica por qué él hizo que un remanente de Israel regresara a la tierra para reconstruir. En esta sección Dios expresa su determinación de que, a pesar de sus fallos anteriores, el suyo sea un pueblo obediente. Dios ha regresado, y por tanto, hay esperanza para su pueblo (v. 3). La montaña santa (la Iglesia de Dios) sobrevivirá, y se edificará
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sobre ella (v. 3; cf. Is 2.2-4). La descripción de una época de paz (v. 5) hace recordar la promesa de Dios que aparece en Apocalipsis 21 y 22 sobre la Nueva Jerusalén, que es la esperanza de todo el pueblo auténtico de Dios, formado por los sobrevivientes del juicio de Dios gracias a su fe (v. 6). Vemos también cómo este pasaje se dirige a animar al pueblo para que termine el templo como expresión de su fe en que Dios hará lo que ha prometido (v. 9). La viña que una vez había defraudado a Dios (Is 5), florecerá aún y llevará fruto (v. 12). Pero estas promesas eran solamente para el remanente compuesto por los verdaderos hijos de Dios (v. 12). Tomemos nota también de que Dios no cambia sus exigencias con respecto a la conducta de su pueblo (vv. 16-17; cf. 7.8-11). El quinto mensaje le promete a ese remanente una verdadera restauración de júbilo en el culto y la bendición (vv. 18-23). Ahora, debemos tener en mente que Joel había hablado mucho tiempo antes de la necesidad del gozo en el culto a Dios (Jl 1.16; 2.18-29). En aquellos días —la época en que Dios derramaría sus bendiciones sobre su Iglesia— muchos vendrían de los gentiles al pueblo de Dios para buscar esas mismas bendiciones (v. 23). El sexto mensaje abarca del capítulo 9 al 11 y habla del final seguro de los enemigos de Jerusalén y de la llegada de su Rey. Tiro simboliza en este momento a todos los enemigos de Dios. Será derrotada (9.3-4). En la misma forma tratará Dios a los filisteos y a todos los enemigos de él (vv. 5-8). El Señor hará esto por medio del Rey que habrá de venir (vv. 9-10). Aquí se describe al Cristo en términos que son a un tiempo relativos a su gloria y a su humildad. Este pasaje es aplicado a Jesús en el Nuevo Testamento (Mt 21.5). Él se sentará sobre un reino eterno que abarcará todo el mundo (v. 10; cf. Dn 2.44-45). El resto del capítulo señala hacia la gran victoria que será alcanzada a través del Cristo que vendrá: el Rey del Pueblo de Dios.
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Por medio de la sangre que derramará, que es la sangre del pacto, libertará a los que están en prisión (v. 11; ver aquí también en Gn 22 las promesas hechas por Dios de que proporcionaría un cordero para el sacrificio; Jn 1.29; Heb 10. 29; 1 Co 11). Dios habrá de proteger a su pueblo (v. 15). En el capítulo 10 se hacen alusiones al símbolo de Daniel de los machos cabríos: Grecia (ver Dn 8.21; 9.13) y los pastores, que le habían fallado todos a Dios (v. 3). Los pastores son una referencia a aquellos rectores de Israel que habían pecado (cf. Jer 50.6; Ez 34.10). Cuando los hombres fallan, la misericordia de Dios se pone en acción, y ahora será él quien guíe a su pueblo (v. 6). Será como un segundo éxodo para el remanente (vv. 8-12) . En el capítulo 11 Dios, como gran Pastor de su rebaño, alimentará a los dignos de compasión, quienes conocen su indigencia y su necesidad de Dios (vv. 4-10). Estos son las verdaderas ovejas de Dios —los pobres del rebaño— que conocerían y seguirían la voz de Dios (v. 11; cf. Jn 10.1-6). La alternativa a oír y obedecer al Verdadero Pastor es la de ser pastoreados por asalariados que no van a ayudar a las ovejas sino a hacerles daño (vv. 15-17). Son pastores como los que describe Ezequiel en 34.2-10 (cf. Jn 10.12-13). El séptimo y último mensaje se ocupa del sufrimiento y la muerte del Rey pero también de su triunfo final (caps. 12—14). Aquí habla el Señor como creador (12.1). Les permitirá a las naciones que se levanten contra su Iglesia (vv. 2-3; cf. Ap 20.7-9), pero Dios al final los destruirá (vv. 4-6; cf. Ap 20.9b) y salvará a su pueblo (12.7-9). Pero incluso en medio de esta representación del triunfo final, el Señor les recordará una vez más, como lo hizo en Isaías 53, lo costosa que le ha sido a él su salvación (vv. 10-14). Aquí habla con toda claridad de los sufrimientos y la muerte de su Salvador para mostrar su misericordia para con ellos (cf. Jn 19.37). Así, aquí como

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en 9.9, se les muestra que junto con la gloria habrá también sufrimiento antes del triunfo final del Salvador sobre sus enemigos. El capítulo 13 sigue hablando de la sangre derramada por el Redentor, que es una fuente en la que pueden limpiar su pecado y sus impurezas (v. 1). Se mencionan en forma específica las heridas de sus manos (cf. Lc 24.39,40; Jn 20.24-27). Profetizando nuevamente sobre los sufrimientos del Salvador, lo describe como el Pastor herido (v. 7; cf. Mt 26.31). En sus sufrimientos y en la vida dura de quienes lo sigan, serán expiadas las faltas, de tal manera que solo los purificados, el remanente, sobrevivirán y serán salvados: tal es el pueblo de Dios (vv. 8-9). El último capítulo regresa a las palabras de 12.1-3 y a la descripción de las naciones unidas contra la Iglesia de Dios (14.1-2). Dios declara además su intención de entrar en combate a favor de su pueblo y ganar la victoria para ellos (vv. 3-8; cf. Dn 12.1; Ap 20.7-9). La expresión «al caer la tarde habrá luz», del versículo 7, señala hacia la esperanza de que cuando las cosas parezcan más oscuras para el pueblo de Dios será cuando Dios regresará y convertirá la noche en día. Entonces Dios reinará como Rey de reyes (v. 9; cf Ap 1.5-6). Nuevamente vemos que todas las naciones serán juzgadas, pero será también salvado un remanente de ellas, que será el verdadero Israel, la verdadera simiente de Dios (vv. 12-16). La ciudad y el pueblo de Dios serán purificados por completo de todos los que no crean y de todos los pecadores en aquel día (vv. 17-21; cf. Ap 21.8,27). No habrá lugar en las tiendas de Sem para los cananeos en aquel día (v. 21; cf. Gn 9.25-27; Is 54.2-3; Jer 30.18; Zac 12.7). De manera que por medio de Hageo y de Zacarías hemos visto lo importante que era para el pueblo de Dios en aquel momento estar activos en la terminación del templo. En este templo se hallaban simbolizadas las promesas de Dios de permanecer con su pue-

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blo y de darle el triunfo final. En aquellos días la mejor expresión de su fe en el Señor y en sus promesas era el terminar la tarea que él les había encomendado.

VI. Malaquías
Los escritos del profeta Malaquías surgieron hacia el final de la revelación del Antiguo Testamento, probablemente una generación o dos después de los días de Esdras y Nehemías. A Malaquías generalmente se le sitúa alrededor del año 400 A.C. Por el contexto del mensaje de Malaquías es evidente que, desde las reformas de Esdras y Nehemías, a mediados del siglo V A.C., los judíos se habían deteriorado espiritualmente una vez más. Esto se refleja en especial en las preguntas que Dios responde tan pacientemente en el libro. Desde el primer capítulo hasta 3.15 encontramos una serie de preguntas hechas al parecer por los jefes del pueblo, los que no creían lo que Dios les había estado enseñando a través de su Palabra. Cada pregunta va precedida de una declaración de Dios sobre la situación espiritual del pueblo en aquellos días. A continuación sigue la pregunta llena de dudas del pueblo y finalmente la respuesta de Dios. Después de esta serie de preguntas y respuestas, el mensaje procede a hacer una clara distinción entre los justos y su futuro, por un lado, y los injustos y su futuro por otro (3.16—4.3). El libro termina con una exhortación final dirigida al pueblo de Dios (4.4-6). Dios comienza su mensaje declarando su amor por los judíos de aquella época post-exilio (1.25). Como había hecho al principio con Israel en el momento del éxodo, ahora también Dios muestra que los ama (v. 2; cf. Dt 4.37). Sin embargo ellos dudan de su amor y lo ponen entre interrogantes (v. 2). La respuesta de Dios es hacer que Israel mire a la historia. Jacob y Esaú eran hermanos de los mismos padres. Sin embargo, Dios no los trató de igual manera a ambos. Al escoger a Jacob,
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rechazó a Esaú. La decisión fue claramente suya. Como resultado, Esaú no pudo triunfar. Dejado en libertad para hacer todo el mal que se le antojase, se rebeló contra Dios; pero nunca pudo derrotar a Dios ni al pueblo de Dios (1.3-5). Si miramos al pasado, veremos que Esaú era un hombre carnal, completamente materialista (ver Gn caps. 25—27,33). Daba muestras de ser orgullosamente contrario a Dios. Más tarde, sus descendientes los edomitas también resistieron a Dios y fueron orgullosos ante los hombres. Por medio de Abdías Dios les predijo su caída (ver Abdías). Lo que Dios quiere demostrar aquí es que el hecho de que Israel siga siendo bendecido por Dios como su pueblo (mientras Esaú y sus descendientes están bajo maldición) prueba su amor por ellos. Aquí el amor de Dios significa que él ha escogido a Israel, y su odio que él ha rechazado a Esaú. Pablo usará luego este ejemplo al escribir a los Romanos. En los capítulos del 9 al 11 muestra que la salvación de todos los hombres depende de la gracia y la elección de Dios, y no de las obras (9.10-13). Ni Jacob ni Esaú merecían ser bendecidos. Si Dios lo hubiera dejado obrar a su antojo, Jacob hubiera terminado igual que Esaú. Esto es lo que quiere decir. No terminó como Esaú por la única razón de que Dios lo había amado. A continuación Dios reprende a los sacerdotes por no darle a él la gloria y el honor sino más bien despreciar su nombre (1.6—2.9) . Recordemos que los sacerdotes y el sacerdocio habían renacido después del exilio, y que este reavivamiento había sido el instrumento para la reforma del pueblo de Dios en los días de Esdras y Nehemías. Ahora, al parecer, los sacerdotes se estaban apartando una vez más de la Ley de Dios (v. 6). Se estaban dirigiendo hacia el mismo estado de cosas que se había desarrollado en el pasado en los días de Elí y de sus dos hijos malvados (cf. 1 S 2.12-17).

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Y sin embargo, los sacerdotes preguntaban: «¿En qué hemos menospreciado tu nombre?» (v. 6). La respuesta de Dios fue que, en primer lugar, le habían ofrecido a él las sobras, guardándose lo mejor para ellos (v. 7). ¡Su trato con Dios era contentarse con darle lo que no se hubieran atrevido a darle al gobernador de la tierra (vv. 7.8)! Dios rehusaba esos dones y los llamaba al arrepentimiento, y a que le ofrecieran verdaderas ofrendas (vv. 9-10). La situación se parecía mucho a la que había habido en los días de Isaías, cuando Dios había rehusado también el culto de los israelitas (Is 1.11-15). Dios tenía celo por su nombre y su gloria entre los gentiles, aunque los sacerdotes no lo tuvieran (vv. 11-12). Lo que es peor, encontraban aburrido y agotador todo el culto a Dios (v. 13) . Sus ofrendas deshonraban a Dios, y él les advirtió que esto no lo permitiría (v. 14). Les dijo que les enviaría una maldición, y los apartaría de su cargo de sacerdotes (2.1-3). En este punto Dios quiso expresar cuál era el sacerdocio ideal, en los términos de su pacto original con la tribu de Leví (2.4-7). Cuando Dios estableció inicialmente el sacerdocio, en la época del éxodo, eligió a la tribu de Leví, y en particular a Aarón y a sus hijos, para que fueran sacerdotes suyos. Los primeros sacerdotes reverenciaban a Dios y respetaban su nombre (v. 5). Sabían la Ley de Dios y la enseñaban, además de vivir de acuerdo con la justicia que Dios exigía (v. 6). Por lo tanto, eran guías espirituales efectivos que llevaban a muchos hasta Dios (v. 6). El versículo 7 expresa hermosamente lo que Dios había querido siempre que fueran los sacerdotes. Debían enseñar la Palabra de Dios y ser la fuente de la que aprendieran la Ley de Dios todos los hijos del pueblo. En resumen, eran los mensajeros de Dios y debían estar preparados para enseñar toda verdad espiritual procedente de Dios. El mejor ejemplo de esto lo encontramos en Esdras (Esd 7.6).
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En contraste con lo que debían ser, estos sacerdotes de la época de Malaquías se habían apartado de la voluntad de Dios. En lugar de ayudar al pueblo, habían sido motivo de tropiezo para él (2.8). En consecuencia estos sacerdotes habían perdido el respeto de todo el pueblo (v. 9). Después el Señor reprendió al pueblo por la alevosía con que se trataban unos a otros (vv. 10-16). Se esperaba de ellos que fueran hermanos espirituales de la misma familia divina (v. 10). Pero en lugar de eso, se habían tratado traidoramente unos a otros, por lo que habían profanado y deshonrado el pacto que Dios había hecho con las familias de Judá. El pueblo preguntó otra vez cómo era que se habían tratado con alevosía y habían profanado la santidad de Dios (vv. 11-14). La respuesta de Dios se contentó con señalar particularmente a sus matrimonios, sus relaciones familiares conforme al pacto. Era como si hubieran profanado la santidad de Dios al casarse con las hijas (adoradoras) de dioses extraños (v. 11). Por esta causa no podían adorar a Dios en forma aceptable (vv. 11-12) . Habían profanado la simiente del pacto, no teniendo miramientos con la santidad de Dios. Se habían casado con adoradoras de ídolos y no podían esperar que Dios aceptara sus ofrendas, ni aunque fueran acompañadas de lágrimas (v. 13). Evidentemente, el pueblo objeto de esta acusación se había divorciado de sus esposas creyentes para casarse con mujeres paganas (v. 14). Y Dios nunca había querido que pasara esto. Los había hecho hombre y mujer para que se casaran y se hicieran una sola carne (Gn 2.24). El hogar debería ser un lugar sólido en el que padres creyentes enseñen a sus hijos la Palabra y la voluntad de Dios (Gn 18.19), y ellos mismos vivan como un ejemplo de vida piadosa (Dt 6.4-9). Vemos cómo Dios buscaba en Abraham una simiente de creyentes, rechazando a Ismael y eligiendo a Isaac. Vemos también cómo Abraham, comprendiendo la voluntad de Dios
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de tener un pueblo santo y creyente, rechazó a las hijas de Canaán para el matrimonio de su hijo, y envió a su sirviente a buscarle esposa a Isaac de entre su propia familia (Gn 24). El Señor, como el mismo Jesús enseñó, nunca quiso que su pueblo destruyera sus matrimonios divorciándose de esposas creyentes. Dios contemplaba este rechazo de la propia esposa, como un acto de violencia, similar al de rasgar una vestidura cosida para permanecer en una sola pieza (v. 16; cf. Mt 19.3-9). Pasadas estas cosas, el Señor declaró que las palabras del pueblo ya lo estaban cansando (v. 17—3. 6). Pero ellos preguntan nuevamente: «¿En qué le hemos cansado?« (v. 17). Las palabras de las que Dios hablaba eran sus juicios morales, que no se basaban en la verdad de Dios y declaraban bueno el mal, profanando el nombre de Dios al enseñar que Dios aprobaría sus malas obras. En otras palabras, ellos en realidad, ¡habían llegado a dudar de la existencia de un Dios de justicia y de juicio (v. 17)! En este momento el Señor manifestó su intención de enviar un mensajero antes de venir él para realizar su temible juicio contra el pueblo (3.1-6). La venida de este mensajero precedería a la del mismo Señor. Pero su venida no sería agradable sino temible, porque vendría para convencer al pueblo de sus pecados, para que cuando el Señor viniera no fueran todos consumidos (v. 6). O sea, la venida del mensajero tenía por fin limpiar al pueblo a través de un llamado al arrepentimiento (vv. 2-3). Todos los que no se arrepintieran serían barridos en el juicio (v. 5) . Esta profecía se refiere a Juan el Bautista (Mt 11.7-19). Como antes el profeta Joel, Malaquías advierte sobre el día terrible del Señor que habría de venir (cf. Jl 1.15ss). El propósito mismo de la venida de Juan fue preparar al pueblo para recibir al Señor. Si él no hubiera venido y preparado al pueblo por el bautismo de arrepentimiento en aquellos días, al venir Jesús todos habrían sido juzgados y barridos. La misión de Juan era exclusiva y hacía mucha falta,
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La restauración y la esperanza futura del pueblo de Dios

porque sin ella todos hubieran sido consumidos (v. 6; cf. Mt 3.1-12; Lc 3.1-20). Solo el hecho de que Dios es bondadoso y lleno de misericordia podía salvar al pueblo (v.6; cf. Is 1.9). Entonces, el Señor reprende al pueblo por apartarse de él y no guardar sus ordenanzas (3.7-12). También tenían dudas sobre esta acusación, y decían: «¿En qué hemos de volvernos?» (v. 7). Dios les indicó un camino específico. Podrían regresar a Dios dándole nuevamente su diezmo. Le habían estado robando a Dios al negarle lo que le pertenecía por derecho (v. 8). Dios prometió una bendición misericordiosa para ellos si le mostraban el amor que le tenían dándole el diezmo (vv. 10-12). Su amor por el dinero les había acarreado una maldición, y les había impedido acercarse al Señor (v. 9; cf. Lc 18.18-25). Y sin embargo, en vez de responder a Dios como él les había indicado, el pueblo había sido violento contra Dios (vv. 13-15). Una vez más el pueblo preguntó con incredulidad: «¿Qué hemos hablado contra ti?» (v. 13). Dios les mostró cómo ellos habían murmurado en sus palabras contra él, como lo habían hecho los israelitas en el desierto (v. 14). Envidiaban al orgulloso y al malvado, suponiendo que gente así florece y prospera con su pecado (v. 15). Dios había llamado felices a los que le eran obedientes (v. 12), pero, echando a un lado el juicio de Dios, este pueblo había declarado que los pecadores y los hacedores de maldad eran los felices (v. 15). Con el versículo 15 termina la serie de preguntas y de respuestas de Dios. A continuación Malaquías pasa a destacar la clara distinción que hay entre los justos y los injustos, o sea, entre los bienaventurados y los malditos (v. 16—4.3). Como en otros lugares, los justos son descritos aquí como aquellos que temen al Señor (v. 16). Son los creyentes verdaderos (cf. Prv 1.7; 9.10; 19.23; Sal 34.9; 112.1). Sus nombres están escritos en el libro de memorias de Dios (v. 16; cf. Is 4.3; Dn 12.1; Ap 17.8; 21.27).
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Estos son los que Dios reclama como suyos; estos son su pueblo (v. 17). Al salvar a este remanente, Dios hará una distinción radical entre los justos y los malvados (v. 18). Como había declarado por medio del salmista (Sal 1.4-6), pone nuevamente en claro que todos los malvados que se han negado a creer en él serán destruidos (4.1). Por otra parte, los que han tenido temor del Señor, y han recibido la seguridad de la bendición de Dios, tienen al Sol de justicia brillando sobre sus cabezas para sanar sus pecados (v. 2). Esto señala sin duda a la obra de Cristo salvando a los que creen. Esta sección termina con la promesa de victoria sobre los enemigos, que son la simiente malvada de Satanás, la serpiente (v. 3; cf. Gn 3.15; Ro 16.20). El mensaje de Malaquías concluye con un llamado al pueblo de Dios para que siga obedeciendo la Ley dada por Dios a través de Moisés, y esperando anhelante la venida del Señor, que será precedido por Elías (Juan el Bautista) (v. 5; cf. Mt 11.14). Solo su venida salvará al pueblo de caer herido cuando venga el Señor (v. 6). Aquí termina la profecía en el Antiguo Testamento. Finaliza señalando hacia atrás, al fundamento de la fe en esa etapa, es decir, a la Ley de Moisés, y señalando hacia adelante, a la venida del Señor para salvar a su pueblo. Pasarán unos cuatrocientos años en silencio, sin que haya una palabra de Dios, hasta que repentinamente, en los días de Tiberio César de Roma y Poncio Pilato en Judea, Juan, el hijo de Zacarías, aparecerá como heraldo de la venida inminente del Señor Jesucristo.

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CAPÍTULO

14

LOS LIBROS DE DEVOCIÓN Y CONDUCTA DEL PUEBLO DE DIOS
Solo quedan tres libros del Antiguo Testamento por estudiar. Son Job, Salmos, y Proverbios. En los tres, podremos encontrar la fe y la vida del pueblo de Dios. Tratan sobre los grandes temas de la fe y la vida cristianas. Además, no pasan jamás de moda, porque la verdad que contienen trata problemas que la gente de todas las generaciones tiene que enfrentar. Comenzaremos con el libro de Job.

I. Job
Sabemos muy poco de Job fuera de lo que dice este libro. Se le menciona en Ezequiel como igual espiritualmente a Noé y Daniel (Ez 14.14,20). Los tres eran conocidos por su justicia. En el libro de Santiago, en el Nuevo Testamento, se presenta a Job como ejemplo de paciencia (Stg 5.11). Se supone que Job viviera por la misma época de los patriarcas Abraham, Isaac, y Jacob, aunque no se le identifica como hebreo sino como uno de los hijos del oriente (1.3), término aplicado en sentido amplio a todos los que vivían al este de Canaán. No se nos dice en qué ocasión fue escrito el libro; posiblemente fuera en una época de la historia israelita en la que se estaba escribiendo literatura sapiencial, porque el libro habla mucho de sabiduría. Podríamos fijarle una fecha algo posterior a la época de Salomón, pero probablemente alrededor de la época de Ezequías.
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Sin embargo, como ya dijimos, debido a sus grandes temas, el libro no pasa de moda jamás. Se divide en las siguientes partes principales: un prologo narrativo que habla de Job y su sufrimiento, en los capítulos 1 y 2; una presentación hecha por el mismo Job sobre su gran problema, en el capítulo 3; un largo diálogo entre Job y sus tres amigos, en los capítulos del 4 al 31; un largo monólogo de Eliú, el cuarto que reprende a Job, en los capítulos 32 al 37; la respuesta de Dios al problema de Job, en los capítulos 38 al 41; la respuesta de Job a la solución de Dios, en 42.1-6; y finalmente, una breve narración, hablando de las bendiciones que Dios derramó sobre Job en sus últimos días, en 42.7-16. La narración que hace de prólogo, capítulos 1 y 2, nos habla primeramente de quién era Job. Era de la tierra de Uz, de la cual sabemos muy poco, excepto que era un lugar conocido en los días de Jeremías ligado a las naciones de Filistea, de Edom, Moab, y Amón (Jer 25.20). Uz estaba especialmente relacionada con Edom, que se hallaba al sudeste de Israel y al sur de la región del mar Muerto. Job era bien visto por Dios. Se le describe como perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal (1.1). Era como fue Noé en su generación (Gn 6.9), y también vivía como Abraham había intentado vivir ante Dios (Gn 17.1). Job disfrutaba de prosperidad: tenía diez hijos y abundantes propiedades (1.2,3). Por sobre todo era un hombre devoto; no solamente fiel adorador de Dios sino muy cuidadoso y preocupado con respecto al estado espiritual de sus hijos (vv. 4,5). De pronto pasamos de la descripción de Job a una escena que se desarrolla en la presencia dc Dios (vv. 6-12). No se nos dice quiénes eran los hijos de Dios que se mencionan en el versículo 6. Muchos han deducido que eran algún tipo de seres angélicos. Sin embargo, el término «hijos de Dios» en las Escrituras se refiere
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generalmente a los que son creyentes dentro de la humanidad (Gn 6.2-4; Jn 1.12). Estos deben haber sido de los que ya habían muerto en la fe y que en algún sentido estaban en la presencia de Dios. Sorprende hallar a Satanás también en una reunión así. La Escritura parece admitir implícitamente que, de alguna manera, Satanás tenía acceso a la presencia de Dios antes de la obra redentora de Jesús. Después de esto, se dice de él que fue arrojado del cielo y confinado a la tierra (ver Lc 10.18; cf. Ap 12.7-9; Jn 12.31; Is 14.12-20; Ez 28.2-9). La actividad de Satanás incluía recorrer la tierra, tratando de acusar a los siervos de Dios que encontrara (v. 7; cf. Ap 12.10; Zac 3.1; Lc 22.31). Según entendemos, Satanás está ahora confinado a la tierra, pero sigue buscando la destrucción de los hijos de Dios que están aún en su vida terrenal (1 P 5.8). El Señor muestra su agrado por Job, y lo describe en términos que la Escritura aplica antes a los patriarcas Noé y Abraham. El reto de Satanás al juicio de Dios con respecto a Job dice en esencia que uno sirve a Dios solamente por lo que pueda conseguir para sí mismo en esta vida (v. 10). Satanás reta a Dios a que le retire sus bendiciones a Job, y predice que Job desertará de él si así lo hace. En respuesta, y para su propia gloria, el Señor le permitió a Satanás quitarle todo a Job. Sin embargo, en su soberanía, Dios no quiso permitir que Satanás hiciera daño al cuerpo de Job (v. 12). Las pruebas que le vinieron a Job procedentes de Satanás, con el consentimiento de Dios, se presentaron en forma de catástrofes naturales y atrocidades humanas: salteadores (vv. 15,17), rayos quizás (v. 16), y tormentos (v. 19). El control que Satanás tenía de estas fuerzas naturales solo puede ser entendido como una permisión divina, puesto que ordinariamente en las Escrituras aparecen bajo el control único de Dios. Los salteadores actuaban simplemente bajo las órdenes de su padre el diablo.

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La aceptación de estas tragedias por Job, aunque abatido por el dolor, le da el mentís a la acusación de Satanás (vv. 20-22). Job demostró a las claras que era un hijo fiel de Dios. En el capítulo 2 encontramos una narración similar, esta vez con respecto al sufrimiento físico de Job (vv. 1-8). Hasta su esposa hizo más duro su sufrimiento, instándolo a que maldijera a Dios y muriera (v. 9). Una vez más brillan la fe y la integridad de Job con toda claridad (v. 10). Acepta todo lo que le suceda, con un amor y una fe firmes hacia Dios. De todo esto podemos deducir con seguridad que el problema de este libro no es «¿por qué sufren los justos?», puesto que la pregunta ha sido respondida ya. Los justos sufren en este mundo para la gloria de Dios y para que demuestren la firmeza de su fe en él. No era este tampoco el problema que turbaba a Job. Se ve claramente que no le preguntó a Dios por qué permitía que sucedieran estas cosas. Reconocía voluntariamente el derecho de Dios de tratarlo como le pareciera. Ni sospechaba de Dios, ni lo acusaba por haber hecho mal en todo lo que le había sucedido. Para hallar la respuesta a la pregunta o preocupación principal de este libro debemos seguir adelante. Sin embargo, debemos reconocer que ya hemos ganado en profundidad con respecto a la forma en que Dios trata a sus hijos. De vez en cuando puede que les exija que sufran por su gloria. En esos momentos es posible que no les aclare por qué estas cosas están sucediendo, sino que espere que acepten lo que suceda sin acusarlo a él o quejarse, siguiendo el ejemplo de Job. También aprendemos mucho sobre la naturaleza de Satanás. En verdad es como un león rugiente que merodea buscando a quien devorar. Es un enemigo de Dios que trata de quitarle su gloria, y es el enemigo de todos los que creen en el Señor, pues busca destruirlos y desacreditarlos.

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El pasaje 2.11ss nos introduce a la escena en que se va a desarrollar el largo debate que sigue. Tres amigos de Job de lugares distantes se enteran de su tragedia y vienen a consolarlo (v. 11). Sin embargo, no hay duda de que no estaban preparados para lo que encontraron. Quedaron sorprendidos ante la desgracia de Job (v. 12). Tanto que se quedaron sin habla (v. 13). Sabemos que Ezequiel pasó por una circunstancia similar (Ez 3.15). El capítulo 3 contiene la queja de Job y con ello entramos al verdadero problema del libro. Pocos hombres han sufrido tanto y han sido tan probados en su fe como Job. La forma en que comenzó su discurso nos podrá parecer chocante, pero debemos recordar que no se estaba quejando por el sufrimiento. Esto ya ha quedado demostrado anteriormente. Su queja se debía a algo diferente. Las fuertes palabras de Job (3.3-19) solo son igualadas quizá una sola vez en las Escrituras por Jeremías (Jer 20.14-18). Job y Jeremías tienen mucho en común. Ambos sufrieron grandemente y sin quejarse por causa de su fe, y ambos estuvieron muy solitarios, sin ningún consuelo humano. Ambos fueron escarnecidos por sus amigos (cf. Jer 20.7-10). Ambos procuraron ver la mano de Dios en las cosas, como una seguridad de que todo estaba bien (cf Jer 20.12) . De manera que el deseo que tuvo Job de morir para escapar a sus pruebas no es único, pero le vino solo cuando su fe en Dios fue probada hasta el límite. Ni Job ni Jeremías negaron al Señor, sino que ambos le pidieron que los liberara de sus pruebas con la muerte. Entonces, ¿cuál era el verdadero problema de Job? Lo vemos presentado por primera vez en 3.20-26. Consideraba que su camino estaba escondido de Dios. Se sintió encerrado, separado de Dios (v. 23). Pudo soportar el sufrimiento físico, pero la pena espiritual de no tener amistad con Dios, o no poder sentir su presencia, era demasiado. Era un problema con el que no podía luchar. Toda su vida había tenido miedo de esa quiebra de su comunión y de no
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poder encontrar a Dios (v. 25; cf. 1.5). No tenía descanso ni paz espiritual; solamente un corazón turbado porque no podía encontrar al Señor en su momento de soledad, cuando todos lo habían desechado, o carecían de modos de consolarlo. En este tercer capítulo, Job estaba diciendo en resumen que si no podía tener amistad con Dios era mejor para él morirse. Y realmente, si los hombres son separados de su amistad con Dios, es mejor que estén muertos. En este momento comenzamos a los tres ciclos de debate entre Job y sus amigos: Elifaz, Bildad, y Zofar (caps. 4-31; cf. 2.11). El primer ciclo abarca los capítulos 4 al 14 e incluye declaraciones de los tres amigos, y de Job como respuesta a ellos. Elifaz es el primero que habla (caps. 4, 5). Él es también el que sienta la pauta para todos los discursos de los amigos. Aunque parece comenzar con una descripción elogiosa de Job (4.3,4), pronto empieza a reprenderlo y a desarrollar la acusación básica contra él, la que simplemente se repite y amplifica cada vez que habla uno de los amigos (vv. 5-9). En síntesis, lo que dicen todos es que solo los malvados sufren, y por lo tanto, si Job sufre, es porque ha pecado contra Dios y lo mejor que puede hacer es arreglar cuentas con él (vv. 7-9). Se puede notar cómo estos amigos dicen todos en esencia la misma cosa (cf. 5.6-8; 8.4-6,13,14,20; 11.2-6; 11.12,20). Mientras más protestaba Job de que era inocente ante Dios, más lo denunciaban y criticaban sus amigos. Vemos que muchas de sus afirmaciones con respecto a Dios y a la naturaleza del hombre eran ciertas (5.9-13,17), pero lo que buscaban era ponerse en el lugar de Dios para juzgar y condenar a Job, aplicando impropiamente su caudal teológico. En esto tenemos un ejemplo diáfano de alguien con una teología perfectamente sólida y ortodoxa que puede sin embargo estar muy equivocado en su manera de aplicarla a la vida. Su teología no le ha dado el don de la humildad. Tal persona es
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como Elifaz, Bildad, y Zofar: orgulloso y vano en su pensamiento y en su teología, pero muy equivocado en sus juicios sobre los demás e inútil para ayudarlos. Job también responde a sus amigos más o menos en la misma forma cada vez. Hay tres cosas dignas de atención en sus respuestas: (1) Es persistente en negar su culpa ante el Señor; no conoce pecado que no haya confesado y del que no haya sido perdonado. Cree firmemente en la justificación por la fe en el Señor, y no acepta el argumento de los amigos de que no todo anda bien entre él y Dios. (2) Vuelve una y otra vez a su queja inicial; quiere la amistad de Dios pero no la percibe. (3) Muestra señales de amargura creciente a medida que los tres «amigos» lo molestan inmisericordemente, pero nunca se deja vencer por la amargura. Mirando a cada uno de ellos, lo primero que notamos es lo firme que es Job declarándose inocente. Afirma con vehemencia no haber negado al Santo (6.10). Reta a sus amigos a mostrarle que hay injusticia en él (vv. 28-30). No se proclama carente de pecado pero sí afirma que todos sus pecados ya habían sido tratados con el Señor. Sabía que Dios había perdonado sus pecados y no se los tenía en cuenta (7.20,21). Afirmó con vigor su estado de justicia ante el Señor, que significaba, por supuesto, justicia por su fe en el Señor (13.18). También parecía estar lleno de confianza en que la preciosa doctrina de justicia a la que se estaba asiendo sería revindicada al final (17.9). También tenía confianza en que la posición de justicia que mantenía ante Dios en fe pasaría la prueba de Dios y sería probada cierta (23.10). Al final de todo Job sabía que la doctrina que lo sostenía, justificación por la fe, era correcta, y que no podía concederles a sus amigos que su fe en Dios careciera de valor (27.4-6). Job comprendió que había mucho más en juego aquí que el ganar un argumento: era toda la relación del hombre con Dios —lo justificado por la fe— lo que se habla con peligro.

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Job jamás cedió en esta convicción. Se negó a aceptar las acusaciones de sus amigos de que vivía una vida contraria a la voluntad de Dios. Exhibió justicia tanto como juicio en su forma de tratar con todos los hombres (29.12-14). No tenemos razones para dudar de Job, porque Dios ya había afirmado anteriormente su integridad (1.1,8; 2.3). Sus palabras finales fueron nuevamente una negación de los cargos lanzados contra él por los tres hombres que sin razón lo acusaban (cap. 31). No hay en realidad duda alguna, o al menos no debería haberla, de que Job estuviera en lo cierto y sus amigos estuvieran equivocados. Job no se estaba proclamando exento de pecado, sino que se consideraba en una relación correcta con Dios, como todo hijo auténtico de Dios que puede afirmar que ha sido justificado por la fe. Por su parte, los amigos aumentan su error al persistir en su acusación de que Job había disgustado a Dios y esta sufriendo por ese motivo. Por supuesto, sabemos, gracias a los dos primeros capítulos, que toda su teoría está equivocada. Y sin embargo, persisten en ella. Sus acusaciones se fueron gradualmente haciendo cada vez más crueles y erróneas. Bildad le lanzó a la cara a Job la muerte de sus hijos, tachándolo de no ser más que un viento recio (8.2-6). En realidad, estaba atacando la fe misma de Job (vv. 13,14). Zofar fue sentencioso y cruel en sus palabras (11.1-6). Pero fue Elifaz el que cambió más a lo largo del debate, desde un comienzo un tanto reservado, hasta una denuncia final de Job que desembocó en una lista de cargos falsos que no podían en absoluto ser sostenidos (15.16; 22.5-10). Sus últimas acusaciones (22.5-10) son mentiras claras, sin bases reales. Evidentemente, a medida que Elifaz hablaba, fue aumentando su frustración, y recurrió a todas las palabras que pudo encontrar para degradar a Job, reflejaran o no la verdad. Sus amigos nunca pudieron entender realmente cuál era el problema de Job, aunque él exteriorizaba persistentemente su sensa510

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ción de haber sido separado de Dios, de no poder hallar a Dios. Después de que así lo declaró en 3.23, lo vemos expresar la misma idea en otras palabras y de otras formas. Al no poder experimentar la proximidad de Dios, se sentía en la ignorancia y el desamparo (6.13). Sabía que Dios debía estar cerca, pero no podía encontrarlo (9.11). Una y otra vez rogaba que el Señor le enviara alguna palabra (10.2,3). Tenía la seguridad de que la respuesta a su problema estaba en Dios y en su Palabra, pero no podía alcanzar a Dios (10.12,13). Anteriormente había conocido lo que era tener una amistad estrecha con Dios, y cuando él llamaba, Dios siempre respondía, pero ahora era distinto, y Job estaba aturdido (12.4). Para él, lo horrible era que Dios parecía haber escondido de él su rostro, a pesar de que en el pasado había tenido una estrecha amistad con él (13.21-24). Añoraba los días del pasado, cuando oía a Dios y le respondía en una dulce comunión (14.15). Sabía que si Dios quería responderle, lo presentaría totalmente libre de culpa ante sus acusadores (16.19,20,21). Es lógico que Job se sintiera frustrado de que sus súplicas a Dios pidiéndole una respuesta al parecer no fueran atendidas en lo más mínimo por Dios (19.6-8). Parecía como si Dios hubiera levantado una pared entre los dos. Nadie lo comprendía, ni siquiera sus amigos que habían venido a consolarlo (19.13-22). Sin embargo, Job seguía afirmando que al final, Dios lo exculparía totalmente, y que puesto que él estaba en una relación correcta con Dios, al final triunfaría a pesar de que sus actuales circunstancias parecieran decir lo contrario (19.25-27). El gran problema de Job era que no sentía que Dios estuviera cerca. No sentía sensación alguna de amistad con Dios. No podía encontrar a su Señor (23.3-5,8-9). Añoraba aquellos días del pasado en los cuales había caminado con Dios y sentido su presencia, y sabido que Dios era su amigo y que siempre se hallaba cerca de él (29.2-5). En síntesis, el problema de Job era similar al de la mayoría
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de los creyentes en algún momento de su experiencia cristiana. Hay momentos en los cuales sentimos la presencia de Dios muy cerca de nosotros, y nuestra comunión con él es dulce y maravillosa. Pero a veces, sin ninguna advertencia previa, Dios parece estar muy lejos. Nuestras oraciones parecen regresar vacías a nosotros, sin haber llegado hasta él. Cuando leemos, su Palabra es como el bronce, y nos parece fría. Ni nos mueve ni nos da calor. Esta experiencia de no sentir a Dios cerca, es una experiencia común para los cristianos, no sabemos por qué. Este era el problema de Job. A medida que sus amigos continúan hostigándolo, notamos una amargura creciente en el ánimo de Job contra ellos e incluso contra Dios. Job sentía esa misma amargura dentro de sí (9.18-24,28-29). En ocasiones se preguntaba si era que no valía nada ser fiel, ya que los malvados parecen prosperar (12.6). Este sentimiento era para él una experiencia común con el salmista (ver Sal 73). Sin duda que cada creyente, a la luz de la prosperidad de los malvados, se pregunta en ocasiones si vale la pena sufrir por la justicia. Sin embargo, sentimientos así nos vienen cuando tenemos los ojos puestos en la tierra en lugar de en el cielo, cuando nuestra visión es temporal y no eterna. El salmista pasó por ello (Sal 73.17ss) y Job también. Aunque Job dijo muchas cosas nacidas en un corazón amargado y sus amigos continuaron hiriéndolo con palabras crueles, y aunque seguía frustrado y sin tener respuesta de Dios (13.21ss; 14.1ss; 16.9ss; 21.4-15), al final no quiso aceptar el camino de los malvados, y desechó todo pensamiento de llegar a ser como ellos (21.16). Aunque no podamos disculpar la amargura de Job, sí podemos entenderla. Al final, siguió creyendo que su causa era justa, y lo único que deseaba era una palabra de Dios que la confirmara. Después del largo período de debate entre Job y sus tres amigos, no habían llegado a ninguna conclusión. De pronto, sin haber sido presentado, aunque al parecer había escuchado toda su conversación, comenzó a hablar Eliú, el cuarto acusador de Job (caps.
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32—37). Ya había llegado a la conclusión de que tanto Job como sus amigos estaban equivocados, y prometió decir algo nuevo y significativo (32.1-10). Eliú era un joven impetuoso que creía saber todas las respuestas. Puso en ridículo a los otros (v. 15) y al mismo tiempo se burló de la declaración de inocencia de Job (33.8-12). Al parecer, creyó todo lo que Elifaz había dicho contra Job sin investigarlo (34.7-8). Hasta deseaba que le viniera más sufrimiento a Job para que aprendiera una lección, demostrando así que era por lo menos tan duro y cruel como los otros (vv. 35-37). En realidad, Eliú estaba revelando la magnitud de su arrogancia cuando se suponía a sí mismo hablando en nombre de Dios (36.2). Pero al final, no había dicho nada distinto de lo que los tres amigos ya habían dicho (36.11-13). En cuanto al anhelo que tenía Job de recibir una palabra de Dios, Eliú decía al parecer que Dios está por encima de todos y no necesita responderle a nadie (36.26ss). Se ve claramente que no conocía a Dios, y no había experimentado la amistad divina como lo había hecho Job. Cuando Eliú terminó su discurso largo e inútil, Dios deshizo rápidamente todo lo que había dicho, describiendo su consejo como oscuro y carente de conocimiento (38.2). Entonces fue Dios quien comenzó a responderle a Job (caps. 38—41). En síntesis, encontramos en la respuesta que Dios lleva consigo a Job a un viaje verbal a través del universo. Le enseña la creación y su providencia. Cuando le pregunta a Job si él podría proveer las necesidades diarias de todas estas criaturas, el Señor lo que está diciendo es que él sí puede hacerlo. Dios se preocupa por todas las criaturas, las grandes y las pequeñas, y sin la ayuda de Job, el Señor ha estado satisfaciendo todas sus necesidades, y lo seguirá haciendo. Job puede verlo con solo abrir los ojos. La respuesta de Dios dejó a Job sin habla (40.3-5). Cuando Dios terminó, Job afirmó que todo era de Dios, y ahora podía afir513

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mar que había visto claramente con sus ojos lo que antes solo había oído con sus oídos, esto es, la doctrina que tenía sobre Dios estaba ahora mucho más clara (42.1-5). Ante una evidencia tan abrumadora de la forma en que Dios cuida de todas sus criaturas, Job se sintió poseído por la sensación de su propia pequeñez, y no supo cómo pudo