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ES POSIBLE ALCANZAR LA RECONCILIACIÓN

Óscar Arias Sánchez


Presidente de la República de Costa Rica
Segunda ronda de diálogo en el conflicto hondureño
San José, Costa Rica
18 de julio de 2009

Amigas y amigos:

Hoy volvemos a sentarnos a la mesa de diálogo. Ha pasado una semana desde


nuestro primer encuentro, una semana en la que hemos mantenido intensas
conversaciones, con el fin de lograr una solución pacífica al conflicto hondureño. Ambos
sectores saben lo que está en juego, y saben que el tiempo apremia. Hay detalles mínimos
que requieren paciencia y podrían demorar en afinarse. Hay también acuerdos inmediatos
que permitirían dibujar los trazos de la reconciliación. Esos acuerdos deben adoptarse lo
antes posible. Porque cada día que pasa, se hace más pesada la carga sobre los hombros de
un pueblo inocente: sobre los hombros del campesino que no puede exportar sus
productos, sobre los hombros de la madre que no se siente tranquila enviando a sus hijos a
la escuela, sobre los hombros del funcionario que requiere la ayuda internacional para
sacar adelante sus proyectos sociales.
“Los príncipes me hacen mucho bien si no me hacen daño”, decía célebremente Michel
de Montaigne hace más de cuatro siglos. Al pueblo de Honduras se le hace daño en estos
momentos, aún pensando que se le hace bien. Sin ayuda económica, sin comercio exterior,
sin reconocimiento en los organismos internacionales, se condena a la soledad a una
población que marcha a tientas en la bruma de lo incierto. No tiene sentido seguir
discutiendo sobre las distintas formas de catalogar lo que ocurrió el 28 de junio. Debemos
recordar aquel viejo teorema que dice que las situaciones que se tienen por reales,
producen consecuencias reales. La comunidad internacional calificó lo que sucedió como
un golpe de Estado, y las consecuencias han sido las de un golpe de Estado. Luchar contra
eso es ladrarle al viento y es perder un tiempo valioso en la búsqueda de una salida.
Ahora lo que importa es lo que va a pasar. Hay que alejar la mirada de las razones
que llevaron al enfrentamiento, y volverla hacia los desafíos que pueden llevar a la
reconciliación. Más de siete millones de hondureños, que ya caminan por sendas
dolorosas, no merecen la angustia de ignorar qué será de su patria el día de mañana. Más
de siete millones de hondureños piden solamente siete acuerdos, para recobrar la fe
perdida y volver a transitar la democracia. Esos acuerdos son:
Primero, la legítima restitución de José Manuel Zelaya Rosales en la Presidencia de
la República, cargo en que permanecerá hasta el fin del periodo constitucional por el cual
fue electo, y que concluye el 27 de enero del próximo año, fecha en que entregará el poder
al candidato designado libre y democráticamente por el pueblo, en elecciones
supervisadas y reconocidas por la comunidad internacional.
Segundo, la conformación de un Gobierno de unidad y reconciliación nacional,
compuesto por representantes de los principales partidos políticos.
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Tercero, la declaración de una amnistía general exclusivamente para todos los


delitos políticos cometidos con ocasión de este conflicto, antes y después del 28 de junio
pasado.
Cuarto, la renuncia expresa del Presidente Zelaya, y de su Gobierno, de la
pretensión de colocar una “cuarta urna” en las próximas elecciones, o realizar cualquier
consulta popular no autorizada expresamente por la Constitución de la República de
Honduras.
Quinto, el adelantamiento de las elecciones nacionales del 29 de noviembre al
último domingo de octubre, y el adelantamiento de la campaña electoral de los primeros
días de septiembre a los primeros días de agosto.
Sexto, el traslado del comando de las Fuerzas Armadas del Poder Ejecutivo al
Tribunal Supremo Electoral, un mes antes de las elecciones, para efectos de garantizar la
transparencia y normalidad del sufragio, conforme con los términos de la Constitución de
la República de Honduras.
Séptimo, la integración de una comisión de verificación compuesta por hondureños
notables y miembros de organismos internacionales, en especial por representantes de la
Organización de Estados Americanos, que vigile el cumplimiento de estos acuerdos y
supervise el correcto retorno al orden constitucional.
Estos son los siete acuerdos que piden más de siete millones de hondureños. Si se
llegan a alcanzar, mi Gobierno se compromete a emplear todas las vías diplomáticas para
gestionar el retorno inmediato de Honduras a la Organización de Estados Americanos, y el
levantamiento de las sanciones impuestas por otros gobiernos y organismos
internacionales. Estoy convencido de que el mundo sabrá reconocer el vértice histórico que
significarían estos acuerdos. Porque si se concretan, si ustedes logran deponer sus
diferencias, entonces ésta sería la primera vez en la historia de América Latina, y
probablemente en la historia de la humanidad, en que un golpe de Estado se revierte por
la voluntad de las mismas partes. Sería la demostración más contundente de que las aguas
desbordadas pueden volver a su cauce, por el solo poder que tiene la voluntad de
rectificar, la voluntad que caracteriza a todo demócrata verdadero.
Hoy quiero decirles a los delegados que nos acompañan que no es grande el pueblo
que nunca se equivoca, sino el pueblo que sabe enmendar los errores. Tienen en sus manos
la posibilidad de convertir un desastre en un prodigio, un fracaso en una victoria. Están a
tiempo todavía de llegar al próximo 27 de enero como un grupo de personas que hizo
mucho por la democracia en Honduras. Un grupo de personas que supo decirles a las
generaciones posteriores que la democracia no es perfecta, que sus actores a veces se
equivocan, pero que es, y seguirá siendo, el mejor sistema para empezar de nuevo.

Amigas y amigos:

Quiero agradecer a todas las personas que nos han expresado su apoyo en este
proceso de mediación. A los presidentes de países hermanos que me llamaron para darme
unas palabras de aliento, así como a la señora de Comayagua de Honduras que me envió
una carta pidiéndole a Dios porque este proceso trajera calma a su patria. Agradezco a los
organismos internacionales, tanto como a los grupos de oración; a quienes dieron
declaraciones públicas, tanto como a quienes sencillamente se vistieron de blanco. En su
memoria guardarán por siempre la certeza de haber puesto la única piedra indispensable
de este edificio: la fe en que es posible alcanzar la reconciliación.
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Lo que sucedió en Honduras no constituye un blasón de honor para nadie. Ha


puesto en evidencia la crónica fragilidad de nuestras democracias, y la tentación siempre
presente de apelar a la fuerza en lugar de la ley. Ninguna nación en Latinoamérica está
exenta de beber el trago amargo de un golpe de Estado. Si queremos apartar para siempre
ese cáliz, nuestros gobiernos deben revisar con esmero las debilidades de sus propios
ordenamientos. Estos días de dolor dejan lecciones, ojalá que no las aprenda solamente el
pueblo hondureño.
La amnesia y la apatía salen caras. Se pagan con nuevos dolores y lamentos. Por
eso esta experiencia debe ser un signo admonitorio, una lámpara visible desde lejos por
todos los pueblos de nuestra América, que nos recuerde cuán delgada sigue siendo la línea
entre la civilización y la barbarie, y cuán fácil puede un pueblo cruzar al lado incorrecto. El
ideal que erigieron los filósofos de la Ilustración, el de que es posible gobernar con la razón
las relaciones humanas, requiere centinelas en cada puerta de nuestros sistemas
democráticos. Sólo así lograremos secar el pozo de violencia en donde tantas veces hemos
arrojado las monedas de nuestra esperanza. Sólo así lograremos convertir en realidad esta
promesa democrática, que espera aún el impulso para alcanzar el cenit del firmamento.
Muchas gracias.