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UNIVERSIDAD NACIONAL DE ROSARIO

UNIVERSIDAD NACIONAL DE ROSARIO MAESTRÍA EN LITERATURA ARGENTINA LOS LUGARES DE LA POESÍA EN LA LITERTURA

MAESTRÍA EN LITERATURA ARGENTINA

LOS LUGARES DE LA POESÍA EN LA LITERTURA NACIONAL MIRIAM CAIRO

Seminario: Problemas de la historiografía y de la historia de la literatura argentina. Área de formación específica

Tema: La historia de las historias de la literatura argentina

Profesor: MARTÍN PRIETO

Rosario, 29 de octubre de 2013

INTRODUCCIÓN

Que la poesía no encuentra un lugar de relevancia en las aulas de las escuelas medias no es ninguna novedad. Y si bien suelen advertirse ciertos síntomas de preocupación, en general no deja de ser un lamento de corto alcance y resultado improductivo porque la poesía sigue ocupando espacios eventuales que no consiguen promover el interés de los alumnos lectores ni mucho menos la pasión que el género demanda. Y aunque las aulas son la caja de resonancia donde retumba el silencio de esta omisión, convendría hacer un recorrido breve por algunas de las distintas historias de la literatura argentina hasta llegar a trabajos más recientes, para intentar construir una reflexión al respecto.

La

perspectiva pedagógica que aquí se anuncia, se plantea la

necesidad de explorar los respectivos textos que se abocan al recuento histórico del quehacer literario, con la intención de observar los modos en los que aparece la poesía en ellos y reflexionar acerca de las posibles consecuencias que esto trae en la formación profesional, lo cual repercute en la acción docente y por ende, en la formación del alumno lector.

Breve recorrido por las historias de la literatura argentina y textos afines

La primera de ellas, trascendental por la empresa y por ser la primera o, en términos del propio autor por haber penetrado “en los campos casi vírgenes de esta materia”, es sin dudas la Historia de la Literatura Argentina de Ricardo Rojas, de cuyo prefacio se han extraído las palabras aquí citadas. La enorme tarea de Rojas se orienta, entre otras cosas, en la necesidad de hacer un registro reflexivo de obras y autores. En este sentido, el discurso de Rafael Obligado, con motivo de la celebración de la apertura de la Cátedra de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires, en 1912, expresa la necesidad de reconocer la tarea de los “otros” próceres que acompañaron, desde el periódico, el gabinete y el libro, a los muy reconocidos de las acciones de Mayo en la primera mitad del siglo anterior.

El olvido con que la historia había signado a los escritores y

PAGÉS LARRAYA, Antonio, “Ricardo Rojas, fundador de los estudios universitarios sobre literatura argentina, Revista de la Universidad de Buenos Aires, Quinta época, a.III, n.3,

julio-septiembre 1958, p.352 “De la acción de los próceres de Mayo, de sus primeras asambleas, de sus grandes capitanes y victorias, todos lo sabemos, podríamos escalonar con justicia de arriba abajo, los méritos de cada uno; pero… ¿y los otros? ¿Los que le acompañaban y acaso dirigían desde el gabinete o el periódico y el libro en la primera mitad del siglo pasado. De ellos conocemos muchos nombres podríamos citar algunas obras, pero si alguien nos pidiera que fijáramos su colocación respectiva entre sus contemporáneos, seguramente la honradez nos sellaría los labios. Tribuna, púlpito, cátedra, poesía, novela, teatro, elocuencia popular, tuvieron un verbo encendido, apagado ya por la acción del tiempo y la indiferencia harto dolorosa de los países de aluvión. A reparar esta injusticia, a dispersar esta tiniebla, viene la luz de la cátedra de literatura argentina.”

pensadores de Mayo Rojas.

y a sus antecesores,

es conjurado por la

tarea de

Así, el fundador de la Cátedra de Literatura Argentina reconoce la poesía gauchesca de Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo, José Hernández, como el germen de “una sana y fuerte literatura nacional” (p.54). En la introducción de Historia de la Literatura Argentina manifiesta que se privilegia lo sustancial por sobre los recorridos cronológicos o, en términos propios del autor, por sobre la división en períodos. Desde esta perspectiva, la poesía gauchesca ocupa el atalaya a partir del cual se observan y se piensan las experiencias literarias que la preceden y las que la continúan. ¿Sería apropiado pensar que los vientos del olvido, después de Rojas, soplaron de manera sostenida en contra de la poesía, confinándola a un lugar de poco peso e interés para los críticos e historiadores?

En 1914, Enrique García Velloso, catedrático en el Colegio Nacional de Buenos Aires, aborda su Historia de la Literatura Argentina, haciendo un recorrido en el que la historia se antepone a la literatura. A diferencia de Rojas, Velloso propone la línea cronológica para estudiar los hombres y sus obras. Así, tanto el Siripo de Labardén, como los poetas de la La Lira Argentina, “Los triunfos líricos de Esteban de Luca” (según titula Velloso el

Capítulo XV en página 213), pasando por los poemas de Echeverría en el Capítulo XXI –que corresponde, obviamente al Romanticismo-, hasta llegar al apartado dedicado a “La poesía popular”, el cual comienza con Bartolomé Hidalgo, continúa con Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo y culmina con José Hernández, encuentran el orden temporal que su criterio demanda, a la vez que los textos históricos por momentos resultan más relevantes que la literatura misma, como se ha señalado anteriormente.

Por su parte, Emilio Alonso Criado (1916) en el prólogo de Literatura Argentina, expone que su trabajo atiende a la urgencia didáctica de facilitar la tarea a los estudiantes de los Colegios Nacionales y Escuelas Normales, lo que no hace más que ratificar la inquietud que mueve al presente trabajo por dilucidar en qué modos las diferentes historias de la literatura argentina y los textos afines, marcan el rumbo de las lecturas que luego los profesores de nivel medio propondrán a sus alumnos. Criado opta por la división en épocas y de este modo no se advierte una preponderancia y/o relegación de géneros. De todos modos, cabe destacar que tanto la obra de Criado como la de García Velloso, posiblemente no resulten nodales en las cátedras de literatura argentina de las instituciones formadoras actuales, en cambio sí lo son otros trabajos que endilgan a la novela el poder de dirimir en sus páginas la cuestión de la identidad nacional como fin primordial del texto

literario, como si la literatura argentina pudiera ser tal si, y sólo si, pone sobre relieve los conflictos políticos, sociales, culturales de la manera más evidente posible en sus relatos de largo aliento.

Más acá

en el tiempo, Ezequiel Martínez Estrada se propone una

revaluación de las letras argentinas, terreno en el cual “hay más por escardar que por sembrar”:

“Pues en este terreno más hay por escardar que por sembrar. Hemos comenzado

por la cosecha, el acopio y el banquete; y lo cierto es que lo hicimos con frutos

tan inmaduros que estamos desnutridos y con dentera. Hubo, naturalmente,

los expendedores de alimentos adulterados, y hoy puede afirmarse que casi

monopolizan el mercado literario los filibusteros y los mercaderes de

brujerías”. (p.11)

Con estas palabras, Estrada comienza su libro Para una revisión de las letras argentinas, editado por Losada en 1967, pero cuyo trabajo comenzó en 1959. Tal como queda expreso en la “Nota del compilador”, los trabajos presentados ya habían sido publicados en diferentes revistas latinoamericanas. El fragmento anteriormente citado, denuncia el carácter acomodaticio de las empresas que lo precedieron, donde el criterio de valoración de las obras poco tienen que ver con cuestiones literarias e incluso utilizando definiciones y taxonomías “de otras especies conocidas”.

Estrada califica de mediocre la producción literaria, por presuntuosa en sus aspiraciones de semejarse a modelos europeos y norteamericanos, y destaca su interés por las obras genuinamente populares, cuya aceptación masiva viene a ser “una reprobación en masa a nuestra literatura y nuestra cultura de cenáculo” (p.13).

Estrada afirma que la literatura argentina está torcida desde el origen porque se la ha considerado un auxiliar doméstico de programas políticos, pedagógicos y morales. Al compararla con otras literaturas, como la norteamericana, por ejemplo, sostiene que aquella tuvo escritores críticos sociales y de costumbres, sectarios y anarquistas metafísicos que generaron materia de discusión pública. Para Estrada, la literatura argentina careció de rebeldes (“que son la sal de la tierra, la levadura del pan”) a excepción de Almafuerte “pero lo expresó con un lenguaje de un fanático de púlpito” (p.21), cuestión que Estrada no soslaya porque considera que el modo en que se usa la palabra da cuenta también de la emancipación o el sometimiento a formas impuestas por convenciones literarias dominantes.

Es interesante la preocupación que el autor expresa por el lector, a

quien considera expulsado por la escasa sustancia de la literatura nacional a

las páginas de la novela policial traducida.

Incluso impreca contra la lectura

pasatista y de entretenimiento que se practica con los poemas gauchescos, los cuales, a diferencia de las novelas de imaginación -que se basan en el tabú étnico y la parcialidad ideológica- ponen sobre relieve la situación social del indio, del mestizo, del negro y del mulato “personajes importantísimos en el drama de la Emancipación y de la Organización nacional desaparecidos misteriosamente” (p.22), por ello puede decir que para el indio, la República fue más despiadada que la Colonia.

A la hora de pensar la cepa de la literatura argentina, Estrada reprueba el escaso valor otorgado al folklore, como raigambre del hombre en su tierra y germen su cultura. Desde este lugar afirma que la colonia ha sido más efectiva en la formación del gusto que en la producción literaria. El problema de la literatura nacional, diferenciada de la literatura patriótica, se da porque la primera es de cenáculo y la segunda es popular. “Las odas no llegan al pueblo porque no eran del pueblo ni para él; eran para el gobierno y el Estado argentinos” (p.56).

La poesía patriótica, brazo poético de la literatura ‘comprometida’ (el

encomillado es de Estrada, p.60) es reunida en La lira argentina, que para Estrada es la noción cabal de “una exaltación en frío, retórica y fonética, en que el énfasis y la hipérbole hablan en un lenguaje muerto (…) lenguaje que

pudo fascinar al oyente como las marchas militares, sin perdurar en su

sensibilidad (p.62)”. Este estado de exaltación, en muchas ocasiones, parece todavía vigente en el espíritu escolar, donde en cada efeméride se apela a la poesía para hacerle a la patria promesas neoclásicas, envueltas en un hipérbaton enmarañado, con endecasílabos endiablados y significaciones gélidas por lo artificiosas y lejanas.

El interés de Ezequiel Martínez Estrada por la poesía es relevante ya que la considera capaz de expresar la tragedia humana. Dicha relevancia se manifiesta tanto en la valoración de la poesía gauchesca, como en el reclamo que formula contra poetas tales como Andrade, ya que considera que sus versos no llegaron al pueblo y se enquistaron en las cátedras de preceptiva y en la historia literaria, entre otras cosas, porque al utilizar las viejas formas retóricas (hispánicas) trae consigo la vieja ideología de los patriotas de la Revolución. La mirada sobre la poesía, aunque en algunos puntos puede hoy considerarse discutible, es una mirada que da preponderancia al lenguaje (materia que exige toda la atención pues en la poesía la forma verbal es intrínseca a lo que la palabra dice), dado que considera la lengua como un fijador, un cristalizador de la vida psíquica del pueblo. Por lo mismo, dedica otro estudio a Almafuerte (“el poeta de los humillados y ofendidos) cuya crítica ha sido ya brevísimamente enunciada más arriba, y otro a Lugones, porque, ya se sabe, es insoslayable.

Noé Jitrikpublica en 1970 Ensayos y Estudios de Literatura Argentina, cuyas ideas centrales surgen a partir de su trabajo en la revista “Contorno”. Estos trabajos pretenden organizar

“un conocimiento de la literatura argentina pero no sólo eso sino también un

conocimiento crítico y no sólo eso sino también se trata de no descartar un orden de sentidos vigentes históricamente desde los cuales o en los cuales

pueden recortarse los sentidos que las obras principales de nuestra literatura

pone en movimiento” (p.8)

Se podría inferir, por ende, que el recorte al que es sometida la poesía correspondería a una deliberada construcción de sentido en el que no resulta el género prescripto sino más bien el género proscripto, salvo las obligadas referencias a los dos sobresalientes momentos, la gauchesca y el modernismo, que ponen a salvo a los historiadores de toda condena. Aunque dicha consideración pudiera resultar dramática, el espacio que Jitrik dedica a la poesía sigue siendo menor en relación a las sendas páginas que otorga a las expresiones literarias narrativas. En su ensayo, “Poesía argentina entre dos radicalismos”, a los consabidos nombres de siempre, Hernández, Echeverría, Rubén Darío, Lugones, agrega otros tales como Carriego, Almafuerte, Ghiraldo, pasando por Baldomero Fernández Moreno,

JITRIK, Noé, Enayos y Estudios de Literatura Argentina, Galerna, 1970, Buenos Aires.

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y Macedonio Fernández, por ejemplo, sin descuidar el martinfierrismo ni su contracara naturalista, Boedo.

Por su parte, a la generación del 40 le endilga la responsabilidad de no haber roto el epigonismo (que considera la gran mella de la poesía argentina) y de haber acentuado el encerramiento, aunque “dio muestras estimables de capacidad expresiva”. El ensayo, de Jitrik está orientado hacia el déficit: si bien algunos de “los elusivos cuarentistas fueron conmovidos por la irrupción peronista” en realidad “no encontraron en esa eclosión materia poética”. Más aún, “no sacaron de entre sus filas a un poeta que expresara el nuevo modo vital del país, a la manera de un Maiacovsky o un Esenin o de un Neruda” (p.215). Los ojos siempre están puestos afuera.

Algo en lo que tal vez podría ser necesario detenerse para tratar de comprender el aislamiento en el que se encuentra la poesía en la mayoría de los estudios que tratan sobre la literatura nacional, y en especial en éste ensayo de Jitrik, podría estar en el explícito que a continuación se transcribe:

Se me ocurre que el vanguardismo alentó una secreta esperanza aun en medio de las más abstrusas y específicas especulaciones sobre el oficio:

recuperar el don comunicativo, la función de la poesía (…) (p.218)”. Es necesario rebatir esta postura explícita con otra de igual condición: el utilitarismo (literario, social, político, moral) es incompatible con la poesía y

con la literatura en general.

En el fascículo número uno de “Historia de la literatura Argentina” Centro Editor de América Latina, titulado “Desde la Colonia hasta el Romanticismo”, se observa el siguiente orden de aparición de los temas a desglosar: “Panorama de la novela”, “Panorama del cuento”, “Panorama de la poesía”, “Panorama del teatro”, “Panorama del ensayo”. Y puesto que todo orden implica una jerarquía, redunda señalar que a la poesía se le ha concedido el tercer lugar en el escalafón. Situación llamativa si se tiene en cuenta que la obra a la que se le ha conferido carácter nacional es precisamente, un poema.

La cronología -sistema de referencias adoptado por Josefina Delgado, en “Panorama de la novela”- indica que la novela nace en la Argentina en 1851, con la publicación de Amalia, de José Mármol. En términos de Delgado (1980), “la novela es quizás el género que tiende a expresar con mayor fidelidad la madurez social de un país, y por ello es una de las manifestaciones más tardías.” Desde este punto de vista, el peso de la identidad nacional sólo puede ser sostenido por este género narrativo, y por ello se justifica el orden jerárquico anteriormente revelado.

El forzamiento de la literatura para que sea funcional a las necesidades identitarias de una nación, no sólo excede el justificativo de la ola inmigratoria de principios de siglo XX sino que continúa durante los primeros años de la década del 80, en la que el Centro Editor comienza a publicar su Historia de la Literatura Argentina. Dicho desempeño utilitario de la literatura no sólo queda expreso en el recorrido de nombres y obras que dan cuenta de la realidad política, que sostiene Josefina Delgado en el primer estamento que dedica la voluminosa empresa editorial, sino también en un mínimo apartado bajo el subtítulo de “La novela como negación de la historia”, donde hace mención explícita del caso de Bioy Casares, como un escritor despreocupado de la realidad social, lo cual se explicaría por su origen aristocrático.” (Delgado J. 1980, p.19) El interés unidireccional hacia un determinado modo de expresión es la forma que ha tomado el viento del olvido para relegar la poesía.

Sarlo en “El panorama del cuento”, señala El matadero como piedra inaugural de la mejor tradición de la literatura argentina, en el año 1838, pero sostiene que la poética de estos autores no se define en el campo específico de la literatura sino que le confieren un uso instrumental, ya que consideran que su función crítica y social es el rasgo más saliente.

DELGADO, J., “Panorama de la novela”, en “Desde la Colonia hasta el Romanticismo”, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980, P.19

La necesidad de hacer frente a la problemática de la identidad desde la literatura, continúa a lo largo de la historia y no sólo encuentra un telón de fondo en el género novela, sino que también llega al ámbito del cuento en el formato de antología, que permite reforzar el criterio de funcionalidad de la literatura con títulos tales como Mis montañas, que en 1893 publicara Joaquín V. González; o El país de la selva, del propio Ricardo Rojas, editado en 1907. Más adelante, entre 1952 y 1972, aparecen otros títulos que evidencian el propósito testimonial: 20 relatos argentinos, 1838-1887, antología de Antonio Pagés Larraya, para la “Serie Siglo y Medio” de Eudeba; 20 ficciones argentinas, 1900-1930 de Antonio Pagés Larraya, Buenos Aires, Eudeba, 1963, entre otros.

Como puede observarse, la cuestión de la identidad incluso se reduce a zonas geográficas, como si la literatura debiera formar parte del paisaje natural, de la flora y la fauna de una región, tal el caso de Cuentos del noroeste, antología de Aníbal Ford editada por el Centro Editor de América Latina en 1972. O bien, aquella compilación de Antonio Pagés Larraya de la editorial Raigal, quien edita en 1952 Cuentos de nuestra tierra, en la cual se infiere que el ámbito rural es el reservorio de las raíces de la identidad nacional.

Un caso interesante es el de la antología Los cuentistas de Rosario,

preparada por Gladys Onega y editada en Rosario por La Cachimba en 1975, ya que el comentario que la precede desnuda un problema intrínseco

a la necesidad de hacerle cumplir propósitos nacionales o regionales a la literatura, cuestión que a veces va en desmedro del valor: “es útil tanto por las interpretaciones de la nota preliminar como por la calidad de los textos

incluidos”.Podría parecer desmedido poner el acento en el orden de ambas proposiciones, pero no hacerlo sería, cuanto menos, un descuido para los fines de esta lectura que pretende dilucidad qué lugar se le confiere a la poesía en la historia de la literatura. Por lo tanto, resulta necesario corroborar que no es menor el problema de la calidad de los textos incluidos, ya que en ocasiones, la cuestión de lo regional, lo topográfico, lo autóctono han resultado prioritarios en desmedro de lo literario.

Alberto Perrone, en “Panorama de la poesía”, elige comenzar el camino de la poesía argentina con la Marcha Patriótica de Vicente López y Planes, del mismo modo que lo hiciera, en 1824, Ramón Díaz, compilador de La lira argentina, volumen que incluye a autores tales como Esteban de Luca (1786-1824), Cayetano Rodríguez (1761-1824), Juan Cruz Varela (1794- 1839), fray Francisco de Paula Castañeda, Juan Ramón Rojas (1784-1824) y Bartolomé Hidalgo (1788-1823), entre otros. El fervor de los poetas cívicos

“Vivir en la antología”, p.47, Historia de la literatura Argentina, Centro Editor de América Latina, “Desde la Colonia hasta el Romanticismo.

–López y Planes, Varela- cohabita con lo pastoril que se edifica en los ideales justos y del deber –Castañeda e Hidalgo-. En esta decisión expositiva, se podría entrever el indicio de una práctica que se ha cristalizado y sigue vigente en el ámbito educativo: la poesía suele encontrar una oportunidad de ser convocada en fechas patrias, para adornar efemérides y rellenar actos alusivos.

Así como Rojas coloca a la gauchesca como mojón, sea para la mirada retrospectiva como para la prospectiva de la poesía anterior y por venir, Perrone opta por la Marcha Patriótica, a partir de la cual retrocede hasta las primeras experiencias poéticas de Martín del Barco Centenera (1536-1615), Luis de Tejada (1604-1680) y José Manuel de Lavardén (1754-c. 1809) los que constituyen los antecedentes destacados del siglo XVIII. Este último, autor de la tragedia en verso endecasílabo, Siripo (1789). Como se sabe, en Siripo, Lavardén, entreteje con formas coloniales, no sólo los conflictos entre el blanco y el indio, sino también, la descripción de un paisaje que se le escapa a la lengua ibérica. Acaso sean estos los primeros pasos literarios del mestizaje del idioma en la arena literaria, que sin dudas encontrará su plenitud en la gauchesca. En tal sentido, resuenan las palabras de Ernesto Cardenal, en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, que se realizara en Rosario en el año 2004, cuando cita al gran poeta cubano,

Roberto Fernández Retamar, quien “ha dicho que no es la «pureza» sino el mestizaje del lenguaje la razón de ser de cada pueblo, porque toda cultura es una intercultura.

Ahora bien, así como el cuento y la novela han sido víctimas del fervor patriótico, como se viene exponiendo a lo largo de este recorrido, la poesía no resultó ajena a las embestidas cívico-literarias. Pero ayer y hoy, ésta siempre ha sido un animal difícil de domesticar. Los intentos por editar la Colección de Poetas Patrióticos, durante la gestión de Bernardino Rivadavia, no llegaron a buen término, ya que dichas tentativas de realizar una antología oficial con los textos líricos que la Revolución había impulsado, tropiezan con dificultades retóricas que se resolverán o bien, quedarán claras con el romanticismo, “estética que mostraría, por primera vez la existencia de una poesía culta y otra popular” (Perrone, 1980, p.51).

Aún más, Esteban Echeverría, autor sobresaliente de la primera generación de escritores argentinos, según Carlos Gamerro (2012, p.19), deja a las letras argentinas, “un ensayo, el ‘Dogma socialista’, un poema malo y un cuento bueno”. Esto le permite a Gamerro decir que la literatura argentina tiene dos comienzos y que, al mismo tiempo, empezó muy bien y

muy mal, a manos del mismo autor, porque si bien El matadero es uno de los mejores relatos de ficción, La cautiva, en cambio, “es pésimo”, y en su desperfecto podría ser útil para dilucidar “eso tan elusivo que es el valor literario. Pero este contraste entre un logro y otro, también permite profundizar sobre la poesía misma. Primero resulta claro que un gran escritor, no necesariamente es un buen poeta. En segundo término, a la especificidad de la literatura hay que sumarle la especificidad de la poesía.

Y, tal vez, el caso de La cautiva pueda ilustrar estos conceptos, ya que el propio Echeverría, imprime mil ejemplares del poema y adjunta una nota de advertencia en la que enuncia sus propósitos de “pintar algunos rasgos de la fisonomía poética del desierto²” a la vez que implanta en el paisaje a los personajes que no vienen a decir nada nuevo más allá de la necesidad de exterminar al indio, ideología en boga de aquella época (aunque el propio Gamerro advierte que no se puede justificar el punto de vista de Echeverría, alegando la cuestión del contexto ideológico del momento, porque La araucana, de Ercilia presenta al indio con toda su humanidad e, incluso, con rasgos heroicos). Esta es una cuestión insoslayable como criterio de lectura, e incluso de selección a la hora de hacer circular la poesía en el aula,

GAMERRO, C., El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos, Grupo Editorial Norma, 2012, Buenos Aires ² “La cautiva” de Esteban Echeverría, Historia de la literatura argentina, Centro Editor de América Latina, 1980, p.53

(considerando que es el aula el lugar de privilegio donde poner en marcha las pasión y el interés de los lectores), pues viene a decir lo que nadie dice, porque la poesía expone lo que los otros géneros no alcanzan a comunicar, abre la brecha de lo inexpresable. Y esto, es también propio de su especificidad. Pero desde este lugar, queda claro que toda época ha contado con poemas que, por razones ajenas a la poesía, han tenido su vigencia, su período de esplendor, y que, por las mismas razones, no alcanzaron un lugar de preeminencia en la memoria del lector.

Ya en el año 2006, el ensayista y poeta, profesor Martín Prieto, en su Breve historia de la literatura argentina, promueve un movimiento de reacomodación en el que reconoce “objetos nuevos y extraños al paisaje anterior, que aparecen en primer plano, mientras que los más familiares se desdibujan en el horizonte”, merced a una lectura personal desde una inquietante y lúcida perspectiva que, en lo que atañe a esta búsqueda, resulta casi justiciera, pues concede a la poesía un protagonismo que la historia de la literatura le estaba negando desde hacía mucho tiempo. Y dentro del mismo campo, produce un reordenamiento en el que, por ejemplo, la figura de Rubén Darío cobra relevancia por sobre la de Leopoldo Lugones amén del beneplácito que produce la inserción de Juana Bignozzi, Arturo

PRIETO, M., Breve historia de la literatura argentina, Ed. Taurus, Buenos Aires, 2006

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Carrera, Néstor Perlongher y Juanele Ortiz, por ejemplo como referentes de la poesía argentina. También resulta reconfortante el rescate del silencio de los tres poetas rosarinos: Felipe Aldana, Irma Peirano y Arturo Fruttero, como para mencionar sólo algunos nombres que todavía no pronuncia el canon escolar.

CONCLUSIÓN

Ariel Schettini, en El tesoro de la lengua. Una historia latinoamericana del yo, afirma que no hay nada más dañino para la literatura que las generalizaciones. Más aún, sostiene que el positivismo todavía tiene un considerable peso sobre las prácticas de lectura, que daña de manera particular la experiencia poética, ya que suele creerse todavía que reconocer un poema dentro de un período del arte es decir algo sobre él. Según Schettini, esto no sólo no es así, sino que además se aniquila todo el potencial que lo conforma.

Las generalizaciones han sido una constante en los trabajos atinentes a la historia de la literatura argentina, donde el canon siempre veló la

Schettini, Ariel, El tesoro de la lengua. Una historia latinoamericana del yo. Buenos Aires, Entropía, 2009

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permanencia de los mismos tranquilizadores nombres sobre los cuales se han recostado las prácticas docentes. Sería erróneo desconocer que dicho canon se construye, entre otros factores, desde los textos formadores de los estudios críticos y las historias de la literatura.

Si retomamos el ensayo de Carlos Gamerro, en éste se aborda, de manera tangencial e incluso algo jocosa, un tema que sin embargo no sólo tiene una comprometedora vigencia sino que, además, viene a coincidir con la búsqueda de este trabajo, o bien (jerarquizando de manera respetuosa la relevancia de uno y otro) esta exploración por los distintos textos que tratan sobre la historia de la literatura argentina, en búsqueda del lugar que se le ha otorgado a la poesía, acuerda con la apreciación de Gamerro:

“La cautiva es uno de esos textos que alejan a los adolescentes de la literatura: si no hay más remedio que incluirlo en el más contrahecho de los cánones, el de la escuela secundaria, y junto con El matadero, al menos que sea para señalar la diferencia entre mala y buena literatura, primero, y una vez establecido este punto fundamental, se puede pasar a la importancia histórica de ambas”.

La advertencia de Gamerro no sólo recae sobre el canon escolar sino también sobre la práctica docente. Cabría preguntarse si es habitual que un profesor de literatura de escuela secundaria, se detenga sobre las cuestiones poéticas además de las históricas. Pero no se responsabilice al mediador entre los bienes culturales y el alumno lector, puesto que ha quedado en evidencia que hay una manera de situar la poesía en lugares de

GAMERRO, C, op. cit, p.25

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desventaja a la hora de encarar un registro de la literatura nacional y no sería honesto pretender desconocer que, precisamente, esos trabajos son los que nutren la formación y el criterio docente.

La vigencia de esta problemática, compromete de manera ineludible la situación de la escuela, si la concebimos, en términos de Graciela Montes(2009) como una sociedad de lectura. Pero el lector escolar, subyugado por las ofertas mucho más digeribles y facilitadoras de los medios audiovisuales, no está al tanto de tales cuestiones y su formación (o, en algunos casos, su fundación) como lector, está en manos de los mediadores (docentes), los cuales, en palabras de Montes, podrán ser “mediadores encendidos o mediadores indiferentes”. Gamerro, desde su lugar, reclama mediadores encendidos que no sólo den de leer un texto porque el canon así lo exige sino, que a su vez, se ponga juego el espíritu crítico.

Pero para

complejizar aún

más

la

cuestión, y

por

lo

mismo, para

iluminar el problema aquí convocante, Jitrik (1996)² viene a decir que el canon “equivale a un conjunto de normas vinculado con una retórica, hay que empezar por reconocer en primer lugar que no hay un solo canon, que en muchos tramos de la historia literaria los cánones que han sido

MONTES, Graciela, M.E.C. y T.- DIRECCIÓN NACIONAL DE GESTIÓN CURRICULAR Y FORMACIÓN DOCENTE- PLAN NACIONAL DE LECTURA

2 JITRIK, Noé, Canónica, retórica y transgresiva, 1996, Orbis Tertius

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obedecidos no estaban ni siquiera escritos”. La escuela secundaria, si algo tiene, es que mantiene su obediencia al canon “contrahecho” del que habla Gamerro, aún cuando los nuevos diseños curriculares, de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, amplíen entusiastamente los márgenes de selección de lecturas.

Gustavo Bombini, a partir de investigaciones llevadas a cabo con profesores de la ciudad de Paraná y en la Universidad de Córdoba, específicamente en la carrera de especialización en la enseñanza de la lengua y literatura, observa que en el reconocimiento de diversos problemas, los docentes pueden tomar decisiones significativas sobre la práctica, que comienza desde el momento en que se selecciona un texto para llevar al aula.

En conclusión, si bien al recorrer las distintas historias de la literatura argentina ha quedado en evidencia que el espacio consagrado a la poesía siempre ha sido menor, en la actualidad, otros autores, como Prieto, Schettini y Gamerro, por ejemplo, proponen con sus trabajos un excelente material de información, análisis y reflexión para los profesores de literatura de las escuelas medias.

También es necesario explicitar que a lo largo del trabajo se ha hecho mención sobre la situación de los docentes, como principales afectados por

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los criterios de selección y jerarquización de los objetos literarios en las historias de literatura argentina y textos afines, ya que nuestra mirada viene orientada desde las experiencias desarrolladas en del Plan Provincial de Lectura en la Escuela, de la provincia de Buenos Aries, coordinado por el crítico y profesor Miguel Dalmaroni, en cuyos documentos se afirma que

Muchas veces la posibilidad de que los lectores no abandonen los textos (poéticos) ante la primera incomodidad está dada porque existe un mediador de lectura, un docente, que puede abrir una perspectiva interesante de lectura, que dice alguna palabra o trae al ruedo un concepto que ayuda a pensar alguna característica de ese poema.

La necesidad de encarar esta exploración radica en la convicción de que la escuela secundaria no está formando lectores. Peor aún: la escuela secundaria no está formando lectores de poesía, pero creemos que con este recorrido damos un modesto pero comprometido primer paso que nos ayude a visualizar de manera más abarcadora algunas de las razones por las cuales, la escuela secundaria opera como un Triángulo de las Bermudas donde los lectores de poesía desaparecen de la escena cultural.

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BIBLIOGRAFÍA

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