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Tribuna Roja Nº 101, diciembre 9 de 2005

EL RETROCESO AMBIENTAL BAJO EL GOBIERNO DE URIBE


Elizabeth Beaufort

Neoliberalismo y medio ambiente

Cada día es más ostensible la ligazón entre el grave deterioro del medio
ambiente que se registra en el mundo y las políticas neoliberales que en el
contexto de la globalización impulsa Estados Unidos. Lo cual no es de extrañar,
pues al dejar sin mayor control las fuerzas del mercado, ellas fomentan el
consumo desenfrenado de los recursos naturales y prácticas de producción
altamente contaminantes. A eso precisamente se entregan las multinacionales
en los poderosos países donde tienen su asiento y, al extender sus tentáculos
económicos y financieros, en los países menos desarrollados. Se generan
entonces crisis ambientales regionales que acrecientan la de carácter global.

Desde cuando fue adoptado por las Naciones Unidas en la Cumbre de Río de
1992, el desarrollo sostenible se ha convertido en una consigna de todos
aquellos que han querido defender unas mejores relaciones entre economía y
ecología. No obstante, contra este anhelo conspiran las políticas de ajuste
estructural que no cesan de impulsar el Banco Mundial y el FMI. El
neoliberalismo que las sustenta lleva a que poco o nada importe el medio
ambiente o que se cambie el desigual consumo de recursos naturales y a que
las instituciones estatales y financieras que lo abanderan conviertan los tres
componentes básicos del desarrollo sostenible –sostenibilidad económica,
social y ambiental – en una falacia. Por ejemplo, los tratados de libre comercio
consideran las normas ambientales como barreras no arancelarias para el
intercambio comercial, socavan el cumplimiento de los convenios
internacionales del medio ambiente, exigen que se extiendan patentes de
plantas y animales a favor de los monopolios de la biotecnología y promueven
el saqueo desaforado de los recursos naturales y la mercantilización de bienes
que por su naturaleza deben ser públicos. Se explica así que las laboriosas
gentes del campo, principales perdedores de estos tratados, no encuentren
salida distinta a colonizar y extraerles lo que puedan a más tierras y bosques
para poder sobrevivir, cuando no a emprender su forzado desplazamiento
hacia las ciudades creando mayores presiones ambientales y sociales.

Ante tales desastres y en contraposición con las políticas neoliberales, es


incontrastable que la protección del medio ambiente, con criterios de
sostenibilidad para las generaciones presentes y futuras, requiere de una activa
intervención estatal y del establecimiento de relaciones internacionales y
acuerdos económicos y comerciales en pie de igualdad entre las diferentes
naciones. El agotamiento de los recursos naturales y la generación de
contaminación constituyen factores negativos de la producción que el mercado
libre en boga intensifica, por lo que se impone la adopción de políticas públicas,
implementadas sobre bases científicas y democráticas y desarrolladas con
plena soberanía.
Las reformas antiambientalistas de Uribe Vélez

La ofensiva antiecológica internacional se traduce en Colombia en un retroceso


legislativo y financiero en la cuestión ambiental, ilustrado por el papel
secundario que a ella se le asigna al tratarla como un apéndice del Ministerio
de Desarrollo y Vivienda y disminuir las partidas presupuestales necesarias
para atender sus múltiples aspectos. El gobierno de Uribe está impulsando
aberrantes proyectos de ley destinados a facilitar la mercantilización y
privatización de recursos vitales como el agua y los bosques, la venta de
servicios ambientales, la expansión de los cultivos transgénicos y la
adecuación de la normatividad a las exigencias del TLC Andino con Estados
Unidos. Enunciemos algunos:

a) En Colombia, a pesar de tener abundantes fuentes hídricas, su población


afronta cada vez más dificultades para acceder al agua potable, al punto que
se calcula que para el año 2025, el 69% de la población podría enfrentar
desabastecimiento del líquido. El proyecto de ley de aguas constituye una
verdadera amenaza al consolidar y ampliar el sistema de concesiones que rige
en el país desde hace más de 30 años y que en el contexto actual de la
globalización equivale a privatizar este precioso recurso. El proyecto contempla
concesiones de las fuentes de agua hasta por cincuenta años para el caso de
los servicios públicos y la generación de energía, abre las puertas a las
concesiones marítimas y de fuentes subterráneas y considera la cesión de los
derechos a terceros.

El Banco Mundial argumenta que para aumentar su disponibilidad, el agua


debe tratarse como un producto más del suelo y del subsuelo que– al igual que
el cobre, el oro y el petróleo– debe ser explotado por capitales privados que
tengan la ganancia como aliciente para animarse a invertir. En contraposición
con tal aseveración, los desastrosos resultados de la entrega del agua al sector
privado están bien ilustrados: la privatización siempre concentra, no
democratiza; favorece el monopolio de los servicios de energía y acueducto;
desalienta la inversión para ampliar el servicio, y los usuarios experimentan el
alza de las tarifas y hasta la suspensión del servicio cuando hay mora en los
pagos.

b) Bajo el mismo subterfugio de que concesionar no es lo mismo que privatizar


–arguyendo que se refiere a los derechos de uso y no de propiedad- Uribe
empezó el proceso de otorgar en concesión parques nacionales como Isla
Gorgona, Amacayacu, Los Nevados y Tayrona. Frente a este designio, es
imperativo reafirmar que los parques nacionales son el patrimonio de nuestra
biodiversidad– 50 en total y 10 millones de hectáreas– y que constituyen el
banco genético de Colombia. Y, junto a rechazar su privatización, denunciar
que someterlos a las fumigaciones aéreas que asuelan otras regiones bajo los
dictados del Plan Colombia, es otro atentado propio de la barbarie que difunde
Uribe.

c) El proyecto de ley forestal coloca todo su énfasis en la explotación maderera


y en los incentivos de todo tipo para atraer la inversión privada y extranjera.
Así, elimina la autorización y el salvoconducto para el establecimiento de
plantaciones y el permiso para la movilización del producto maderable; otorga
créditos especiales y exenciones tributarias; introduce la figura del “vuelo
forestal como un derecho real autónomo con respecto del suelo” para facilitar
los contratos para la tala de bosques, y abre las puertas a la privatización de
los recursos genéticos y los contratos de bioprospección. A pesar de que
alrededor del 60% de los bosques naturales (entre 25 y 28 millones de
hectáreas) son de propiedad colectiva de las comunidades indígenas y negras,
la reforma desconoce sus derechos de manejo y aprovechamiento de los
recursos naturales en sus territorios (Ley 70 de 1993 y Ley 21 de 1991, que
ratifica el convenio 169 de la OIT).

d) Otra iniciativa del gobierno pretende eliminar la licencia ambiental para la


utilización y comercialización de organismos genéticamente modificados,
contraviniendo lo estipulado por el Consejo de Estado, la Ley 99/93 y la misma
Ley 740/2002, aprobatoria del Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad. No
nos oponemos a los avances de la ciencia y la tecnología, pero en el caso de
los transgénicos hay necesidad de tomar precauciones y evaluar, en cada
caso, los riesgos para el ambiente y la salud.

Para echar atrás todas estas medidas y pretensiones de Uribe, como ya se


logró con el proyecto de ley de páramos que pretendía expulsar a miles de
campesinos de su hábitat, es preciso alentar con pleno vigor las luchas de
resistencia que se vienen dando.

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