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Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 1 H abía una vez un dragoncito que se llamaba Artemio Pedro Eduardo Adalberto Josafat.

Había una vez un dragoncito que se llamaba Artemio Pedro

Eduardo Adalberto Josafat. Artemio por su padre, Pedro por su abuelo, Eduardo por su bisabuelo, Adalberto por su tatarabuelo y Josafat por el padre de su tatarabuelo. Pero su mamá le llamaba Artemito para abreviar.

Lo mismo hacía su papá, excepto cuando quería ser severo con él. Entonces le llamaba Artemio Pedro. Cuando se ponía más severo le llamaba Artemio Pedro Eduardo Adalberto, y cuando se enfadaba realmente le llamaba ¡Artemio Pedro Eduardo Adalberto Josafat!

Pero por lo general llamábale Artemito, pues era un papá bueno y afectuoso, y Artemito era su único hijo y la niña de sus ojos. Además, Artemito solía portarse casi siempre como un buen dragoncito.

Nuestro héroe sentíase bastante dichoso. Siendo pequeñito le agradaba tenderse sobre su lomo y agitar las patas, esforzándose por agarrar los rayos del sol que se filtraban por entre los altísimos árboles que crecían alrededor de su hogar, que era una caverna en lo más profundo de la selva.

Cuando aprendió a arrastrarse, encontró entre las hojas y musgo del piso de la selva muchas cosas interesantes con las cuales jugar. Había flores cuyos colores llamativos regalaban su vista y cuyo aroma

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era muy agradable para su olfato. Había plumas desprendidas del cuerpo de los pájaros, y le resultaba muy divertido soplarlas para que volaran por el aire y observarlas cuando descendían flotando con gran lentitud, posándose a veces sobre su naricita. Esto le hacía siempre cosquillas y provocaba sus carcajadas.

Además, había muchísimas cosas para ponerse en la boca y ver qué gusto tenían cuando las masticaba. Había guijarros redondos y muy bonitos, y trozos de piedras llenos de asperezas; estos últimos no le resultaban nada agradables.

También encontraba palillos y cortezas que se resquebrajaban y no eran nada buenos. Además estaban las raíces y plantas de gusto amargo, aunque las había también dulces; y bayas y hongos que eran deliciosos.

Cuando Artemito aprendió a caminar y correr inventó un juego con el que pasaba muchas horas; este juego consistía en perseguir a su cola alrededor del tronco de un árbol. A veces trataba de acercarse a ella con gran sigilo y lo más silenciosamente posible, fingiendo no mirar el extremo de su cola movediza, aunque en realidad la vigilaba con gran atención hasta que saltaba sobre ella sorpresivamente. Jamás logró capturarla. Esto le resultaba muy raro, pues cuando no la perseguía, la cola solía acercársele a menudo y enroscarse a su lado.

A medida que crecía, se fue cansando de este juego, de modo que su papá le enseñó otros que practicaban juntos. El dragoncito se ponía entonces muy contento. Lo malo era que nunca quería dejar de jugar, y a veces su padre se cansaba.

-¡Puf, puf!

– gruñía Papá Dragón, fatigado, después de una

... sesión de escondite o de mancha-. Me estoy poniendo demasiado

gordo para estas cosas.

Y dejábase caer en su sillón, enjugándose la cara y sacando su lengua a secar.

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-¡Una vez más, papá! – le rogaba Artemito, tirando de su cola. Su padre exhalaba entonces un suspiro y levantábase de su sillón para seguir jugando. Pero a veces cerraba los ojos y sacudía la cabeza negativamente, y Artemito no lograba hacerlo levantar. Se ponía entonces tan desconsolado que su madre le decía:

-Déjalo a papá, queridito. Está muy cansado. Ven y te contaré un cuento. Y el dragoncito acurrucábase al lado de ella para escucharla. Su madre le contaba siempre cuentos muy lindos. Pero al cabo de un rato, Mamá Dragón interrumpía la narración para decirle con gran suavidad:

-Ya es hora de que prepare la comida, querido. ¿Por qué no estudias tus lecciones? Artemito debía estudiar todas las mañanas. Le enseñaba su mamá porque no había escuela para dragones cerca de la caverna. Y el dragoncito replicaba entonces:

-Ya las he estudiado, mamá. Lo hice en seguida de comer. - Bueno; entonces, vete afuera, querido. ¿Por qué no juegas a perseguir tu cola? Suspiraba luego Mamá Dragón y decía a su esposo:

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-Necesita compañeros de juego de su misma edad. Eso es lo que pasa. Y Papá Dragón asentía y replicaba:

-Ya lo sé, querida. El pobrecillo se siente muy solitario aquí en la selva.

Capítulo 2

Artemito ignoraba lo que quería decir su padre con la palabra “solitario”. Tampoco sabía lo que eran “compañeros de juego de su misma edad”, pues jamás los había tenido. Pero, a medida que pasaban los días, se fue haciendo cargo de que anhelaba algo que no tenía. Y cada vez se fue acostumbrando más a alejarse solo cuando sus padres estaban ocupados. Se iba entonces a lo que él llamaba su Escondite Secreto, que era un árbol con un hueco lo bastante grande como para que cupiera su cuerpo. El hueco era oscuro y fresco, y allí podía pensar con tranquilidad. Artemito pensaba entonces: “¿Por qué tengo ese vacío que parece estar en mi estómago, pero que no puede estar allí? Acabo de comer y no tengo hambre… por lo menos en este momento”. Un día, mientras pensaba en esto, recordó la palabra “solitario” que solía mencionar su padre. “Quizá sea eso. Es algo parecido al hambre aunque diferente”. -Solitario - dijo Artemito para sí. Luego continuó meditando. “Bueno, cuando tengo hambre se lo digo a mamá y ella me da buñuelos o pan con dulce o una manzana”. Rápidamente corrió a su casa a buscar a su mamá. -¡Mamá, me siento solitario solitario! - anunció al verla. Ella le rodeó con sus garras y le dio un apretón y un largo beso. Y, ¡ah, maravilla de maravillas!, Artemito dejó de sentirse solitario. Poco después se sentaron a la mesa para cenar. La cena era abundante y de postre había pastel de fresas. Mientras comían, su papá contó cuentos graciosos que hicieron reír mucho al dragoncito. Y después, él y sus padres jugaron a las adivinanzas. Luego se acostó Artemito y su mamá le cantó una canción de cuna. Cubriole

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bien con las mantas y Artemito se quedó dormido, sintiéndose muy feliz y olvidando por completo su soledad.

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Pero al día siguiente, cuando el papá se hubo ido al trabajo y el dragoncito terminó de estudiar y su mamá se puso a limpiar la caverna, la soledad volvió a hacer presa de Artemito. Éste jugó un poco a perseguir su cola, pero no le entusiasmó mucho la ocupación… y por primera vez logró capturarla. Después ya no encontró nada que le gustara hacer, de modo que se sentó a pensar. Recordó entonces lo que había dicho su mamá respecto a los “compañeros de juegos de su misma edad”. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Tendría eso algo que ver con su soledad? Decidió preguntarle a la autora de sus días y entró apresuradamente en la casa. -Mamá, qué son “compañeros de juego de su misma edad? – inquirió. Su madre siempre respondía a sus preguntas lo mejor que le era posible. Ahora dejó de lado la escoba y la pala, tomó asiento y le dijo:

-Son niños, querido. Gente que no es mayor ni más grande que tú. Y les gusta jugar… y tienen mucho tiempo para hacerlo. Artemito meditó un momento. Luego dijo:

-Oye, mamá, hay algunos que no son más grandes que yo. Los pájaros y las ardillas y los conejos son aún más pequeños. Y juegan entre sí. Pero todos huyen cuando me acerco.

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-Es que son “demasiado” pequeños – expresó su madre. Artemito permaneció un rato largo sumido en profundas meditaciones.

-Pero los cachorros de oso son más o menos como yo – dijo al fin -. Y también los cervatos…, aunque no tan gordos. Pero ellos también escapan cuando me acerco. -Ya lo sé… - repuso Mamá Dragón en tono apesarado -. La selva ya no es como antes. Hubo un tiempo en que nuestra familia andaba por toda ella y era muy feliz. En aquellos días había muchos otros dragoncitos como tú… -¿Y dónde están ahora, mamá? – preguntó Artemito, saltando lleno de entusiasmo.

-No sé.

Ya no están en la selva.

Y ahora, ¿no quieres que te

cuente un lindo cuento, querido? Pero Artemito respondió quedamente:

-No, mamá, muchas gracias. Se fue a su Escondite Secreto en el árbol hueco y allí se puso a meditar. Al fin sabía que lo que tanto anhelaba era tener a alguien como él con quien jugar y hablar. ¿Habría alguien así? Hasta el momento nunca había visto a ninguno. Empero, su madre afirmaba que antes los había en la selva. Mas ignoraba dónde se habían ido… -¡Muy bien, iré a buscarlos! – decidió Artemito.

3

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Artemito salió corriendo del árbol hueco y miró a su alrededor. ¿Cuál sería el camino más corto para salir de la selva? Lo ignoraba. Los árboles eran muy altos y crecían uno junto al otro, extendiéndose

en todas direcciones. Decidió cerrarlos ojos, dar varias vueltas y abrir luego los ojos, para partir en la dirección hacia la que apuntara su nariz. Cerró, pues, los ojos y dio vueltas hasta sentirse mareado. Luego volvió a abrirlos y partió lo más rápidamente que pudo. Sorteaba los árboles que había a su paso, trepaba por sobre las rocas más grandes y se abría camino por entre los matorrales cuyas espinas lastimaban su cara y tironeaban de sus alas. Así continuó

mucho rato. Y todavía le rodeaba la selva y no veía sus límites.

Y

todo lo que le rodeaba era exactamente igual a lo que viera desde el

árbol hueco que fuera su punto de partida. Al cabo de mucho tiempo llegó a un río que corría por su lecho murmurando y levantando espuma a su paso. Entonces ya no supo qué hacer. Cerca de su cueva había un arroyuelo; pero no era tan ancho ni tan turbulento como esa corriente, que, sin duda alguna, también debía ser profunda. No supo cómo podría hacer para cruzarla. Mientras se hallaba allí parado, lleno de incertidumbre, oyó de pronto un chillido procedente de lo alto. Al levantar la cabeza vio a un grajo posado sobre una rama que se extendía sobre el agua.

-¡Ja, ja, ja! - rió el pájaro -.

De modo que no puedes cruzar el

arroyo, ¿eh? ¡Je, je, je! ¿Por qué no lo cruzas volando? ¿Para qué

tienes esas alas? ¿Eh? ... Artemito volvió la cabeza para mirarse las alitas que le salían de los omóplatos. Es verdad que no podía volar, e ignoraba para qué tenía las alas. Jamás había pensado en ellas hasta ese momento.

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Volvió a mirar al pájaro y le dijo: -No sé volar, señor. Ignoro para qué tengo

Volvió a mirar al pájaro y le dijo:

-No sé volar, señor. Ignoro para qué tengo estas alas. -¡Ja, ja, ja! - chilló el grajo con muy poca cortesía, y se alejó de

allí.

Habló entonces otra voz; pero ésta procedía del agua. Artemito bajó la vista y vio cerca de la superficie los ojos redondos de un pez que le contemplaba.

-¡Glug! - dijo el pez –. ¿Para qué tienes esa cola?

Si no puedes volar, ¿por qué no nadas?

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Artemito se miró la cola, que tenía curvada entre las patas. Antes le había divertido jugar con ella. Aparte de eso, jamás habíale prestado atención. Dijo entonces al pez:

-No sé nadar, señor. Ignoro para qué me sirve la cola. -¡Glug, glug, glug! - gruñó el pez con acento de disgusto, y alejose nadando. -¡Che, che, che, che! - chachareó alguien más, y el dragoncito levantó la vista y vio esta vez a una ardilla cómodamente instalada sobre la rama de un árbol. -¡Ajá!- gritó la ardilla -. De modo que no sabes volar ni nadar, ¿eh? Entonces, ¿por qué no saltas? ¿Para qué tienes esas patas tan largas? ¿Eh? ... El dragoncito se miró las patas…, y aunque no había pensado tampoco en ellas, sabía para qué eran.

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-¡Gracias, señor! – dijo -. Son para saltar y correr, naturalmente. Retrocedió unos pasos a fin

-¡Gracias, señor! – dijo -. Son para saltar y correr, naturalmente. Retrocedió unos pasos a fin de tomar impulso. Pero cuando volvió a mirar hacia la corriente, le pareció que ésta era muy ancha. Además, sospechó que sería profunda y fría…, y muy mojada, muy mojada realmente. -¡Bah! - dijo la ardilla en tono desdeñoso. Corrió por la rama hasta llegar a su extremo, que pendía sobre el agua, y desde allí dio un salto que la llevó hasta otra rama de la margen opuesta.

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Artemito se golpeó las manos a manera de aplauso. Luego inspiró profundamente, echó a correr y saltó al aire. El impulso lo llevó hacia arriba y adelante… Pero, ¡ay!, no muy lejos. Ya comenzaba a descender. Cada vez iba bajando más y más. ¡Caería en medio del agua! -¡Cielos! - se dijo. Y luego, sin pensarlo siquiera, hizo algo que no había hecho hasta entonces: extendió sus alitas todo lo que daban. Y, ¡oh, maravilla! Un momento más tarde había cruzado casi toda la corriente. Mas no lo consiguió del todo. De nuevo comenzó a caer. Desesperado, agitó las alas…, mas fue inútil que lo hiciera. Un instante después había caído al arroyo.

-¡Dios mío! ¡Oh….! ¡Glug, glug!

-

dijo Artemito al hundirse su

... cabeza en el agua. Comprobó ahora que había estado en lo cierto y que el agua estaba muy mojada. Luego, de manera completamente involuntaria, dio un coletazo… y su cabeza se fue elevando hasta salir a la superficie. Comenzó entones a agitar sus patas delanteras y mover la cola, y de pronto estaba del otro lado del arroyo y subiendo por la orilla. Pero estaba muy mojado, casi sin aliento y todavía un poco

asustado. Así, pues, primeramente se sacudió bien, agitando las orejas, las alas, la cola y las patas, de modo que las relucientes gotas volaron en todas direcciones. Después trepose a una gran roca plana y allí se tendió para descansar al sol.

Pronto dejó de jadear y el sol le secó y calentó.

Luego se puso a

pensar. “¡Vaya, sí puedo saltar…, y nadar…, y casi sé volar!”, pensó, sintiéndose asombrado y complacido. También sintió apetito, de modo que descendió de la roca para buscar algo que comer. Encontró algunas nueces, unos hongos y muchas bayas. Pronto emprendió de nuevo su camino. Así siguió avanzando mucho tiempo. Empero, la selva continuaba extendiéndose en todas direcciones. Súbitamente se dijo: “¡Quizá no termine nunca! ¡Quizá la selva sea el mundo entero!”. Pero recordó de nuevo los cuentos que le narrara su mamá. En esos cuentos habíale descrito otros lugares, colinas y valles con praderas floridas, montañas abruptas, pantanos y mares. -Pero, ¿y si todo fuera cosa de cuento? ¿Y si no existieran en realidad? - se dijo. Su voz se oyó apenas en el gran silencio de la selva. Sentíase muy fatigado y ya comenzaba a oscurecer. “¡Oh, cielos!”, pensó. “¿Qué puedo hacer?”. Luego vio un gran árbol con un profundo hueco que se parecía mucho a su Escondite Secreto. En seguida pensó:

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“Me meteré allí y cerraré los ojos muy fuerte como me dice mamá siempre que me acuesto. Y cuando vuelva a abrirlos ya habrá luz de nuevo y todo estará como siempre.” Introdújose en el hueco, se acurrucó bien y cerró los ojos…

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Capítulo 4

Cuando abrió los ojos brillaba el sol de nuevo. Al instante tuvo la seguridad de que antes de mucho llegaría al fin de la selva. Allí encontraría los compañeros de juego que buscaba y todo sería maravilloso. Para el desayuno recogió algunas bayas. No encontró hongos ni nueces, pero las bayas eran tan buenas que no echó de nada de menos. Después continuó su camino. Inmediatamente notó que la selva había cambiado. Los árboles eran más pequeños, estaban más separados entre sí, y…. -¡Vaya, creo que ya estoy llegando! - gritó Artemito, mientras echaba a correr.

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¡Y muy pronto llegó al linde de la selva! Se detuvo entonces. “Pero…, ¿dónde estoy?”, pensó.

¡Y muy pronto llegó al linde de la selva! Se detuvo entonces. “Pero…, ¿dónde estoy?”, pensó. Frente a él, en toda la extensión que alcanzaba su vista, tendíase un anchísimo espacio arenoso. No se parecía a ninguno de los lugares descritos en los cuentos de su madre, y no había ningún compañero de juego por los alrededores. No había nadie ni nada; sólo vio allí el amplio llano y el cielo azul en que refulgía el globo dorado del sol.

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“¿Qué haré ahora?”, preguntose el dragoncito. Y en seguida se

contestó a sí mismo: “En fin, no me queda otro remedio que seguir

adelante.

Al fin y al cabo, logré salir de la selva.”

“¿Qué haré ahora?”, preguntose el dragoncito. Y en seguida se contestó a sí mismo: “En fin,

Así, pues, continuó su camino, andando y andando y andando. El sol calentaba mucho y la arena estaba ardiente y áspera. Le hizo doler mucho los pies, a poco empezó a sentirse cansado, sediento y con mucha hambre. No había allí bayas, nueces ni hongos. Ni siquiera vio helechos, de los cuales decía su mamá que eran muy buenos, aunque a él no le gustaban mucho. ¡Cuánto se habría alegrado de encontrar algunos ahora! No había nada que beber… Sólo un par de gruesas lágrimas que salieron de sus ojos para correrle por las mejillas. Artemito las lamió en seguidas, pero no lograron mitigar su ardiente sed ni le gustaron poco ni mucho su sabor.

“¿Qué haré ahora?”, preguntose el dragoncito. Y en seguida se contestó a sí mismo: “En fin,

-Quizá no debí haber tratado de salir de la selva - gimió el dragoncito -. Y quizá mamá y papá están afligidos por mí.

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No había pensado en eso hasta entonces, pues estuvo absorto con la idea de encontrar compañeros con quienes jugar. ¿Cómo podía haber adivinado que iría tan lejos y estaría tanto tiempo alejado de su hogar…, y, por añadidura, sin hallar lo que buscaba? -¡Ah, ah, ah! - gimió Artemito. Súbitamente le fue imposible continuar avanzando y tuvo que sentarse. -¡Ay!- aulló, dando un salto. La arena estaba demasiado caliente y le había quemado. Todo lo que pudo hacer fue correr, y correr, y correr. No miró hacia dónde iba, pues no parecía que hubiera nada que mirar. Y fue entonces cuando de pronto tropezó con algo que le hizo detenerse bruscamente. Esta vez Artemito no dijo “¡Ay!”, pues no le quedaba suficiente aliento como para decir nada. Se restregó la cabeza en el lugar en que se la había golpeado…, y al fin levantó la vista. Frente a él había una pared rocosa que se elevaba tanto que parecía tocar el cielo. “¿Qué puede ser?”, se preguntó. “¿Será una montaña?”. No se asemejaba a las montañas de los cuentos de su mamá, pues aquéllas siempre tenían castillos en la cima. Esta pared tan alta no parecía tener arriba otra cosa que el cielo. Pues bien, seguramente sería más lindo estar en el cielo que allí abajo. Tal vez era allá arriba donde vivían los compañeros de juego. Fuera como fuese, no tenía otro sitio adonde ir. Así, pues, Artie emprendió el ascenso. Clavó sus garras en las ranuras de las de las rocas y empujó con su cola escamosa. Hasta entonces no lo había intentado antes, pero descubrió que sabía trepar muy bien. “Pero cuesta trabajo”, pensó al cabo de un rato. “Y parece que no llego a ninguna parte… aunque cada vez subo más. Claro que conseguí salir de la selva y crucé ese llano arenoso. Por eso estoy seguro de que llegaré a lo alto de la montaña. Lástima que el cielo parece muy vacío…” Empero, continuó ascendiendo cada vez más. Mas el cielo estaba muy vacío, de modo que dejó de mirarlo. Y así fue como llegó a la cima de la montaña casi sin darse cuenta. ¡Descubrió entonces que no estaba en el cielo!

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Capítulo 5

Artemito miró a su alrededor. Se hallaba entre hierbas muy altas, frescas y verdes, y vio que por todas partes crecían flores amarillas y blancas.

“¡Una pradera!”, se dijo. Y en el centro de la pradera había un lugar redondo y hermoso, brillante y azul, que parecía ser un trozo de cielo. Pero Artemito comprendió que no era tal cosa. -¡Un lago! - exclamó. Más allá vio una casa muy bonita y muy alta, rodeada de árboles y coronada por blancas nubes espumosas. La casa estaba construida con piedras de color rosa pálido y tenía torres, miradores y techos

terminados en punta.

El tejado de oro relucía a la luz del sol y sus

numerosos ventanales resplandecían como gemas. -¡Un castillo! - dijo Artemito, batiendo palmas lleno de entusiasmo. -¡Hola! - dijo una vocecilla muy suave. De entre las altas hierbas de los alrededores levantose una criatura de ojos azules, mejillas sonrosadas y trenzas rubias. Tenía puesto un vestido de color rosa y una corona de oro. Tenía la misma

estatura que Artemito – aunque no se le parecía en nada - y era lo más bonito que había visto nuestro héroe en toda su vida. Naturalmente, al instante se dio cuenta de que era una princesa. -Hola, princesa - saludó. La princesita restregose los ojos. Artemito se hizo cargo de que había estado dormida, y lo comprobó al decir ella:

-¿Eres verdadero? No eres un sueño… ¡Puedes hablar! -Claro que puedo hablar. ¡Claro que soy verdadero! - respondió el dragoncito. Recordó entonces todas las cosas extrañas que le habían sucedido y se dijo: “¡Quizá soy yo el que sueño!”. Tomó entonces el extremo de su cola y se lo pellizcó fuertemente.

-¡Ay! - gritó. De inmediato le dijo a la Princesa: -¿Ves? pellízcame tú y te asegurarás.

Ahora

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Así hablando le tendió una de sus patas. La tomó ella, mas en lugar de pellizcarla,

Así hablando le tendió una de sus patas.

La tomó ella, mas en lugar de pellizcarla, asintió sonriendo. -Sí, eres real- expresó-. Y me gustas mucho. Yo soy la princesa Ana, pero me llaman Pandy. ¿Cómo te llamas tú, dragoncito? -Mi nombre es Artemio Pedro Eduardo Adalberto Josafat Dragón…, Pero me llaman Artemito.

-¡Qué bien! - repuso la princesa Pandy -.

¿Quieres que

juguemos? -¡Oh, sería maravilloso!- afirmó el dragoncito. Y así fue, en efecto. Primero jugaron a las cosas que conocía Artemito: el salto, la mancha, y el escondite. Después le enseñó la princesa otros juegos nuevos: la piedra, el aro y la cuerda. Treparon a los árboles, hicieron botes con ramillas y los echaron al lago. Finalmente, cuando estaban muy fatigados y descansaban a la sombra de un árbol, la princesita preguntó tímidamente.

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-¿No querrías ver mis muñecas? -¡Claro que sí! - contestó él. No sabía lo que eran las muñecas, pero supuso que serían algo muy bonito. Pandy lo llevó a su casita de juegos. En el interior había muchas personas sentadas en sillas o descansando en cunitas llenas de encajes. Vestían de azul, verde, amarillo, rosa, púrpura y rojo, y eran todas muy bonitas…, aunque ninguna de ellas lo era tanto como Pandy, y todas eran más pequeñas. -¡Oh, son príncipes y princesas pequeñitos! - exclamó Artemito. -Sí, supongo que lo son, pues son mis muñecas- explicó Pandy -. Son lindas, ¿Verdad? Yo hago como si entendieran lo que digo y hablo y juego con ellas. Pero claro que no me contestan ni me oyen.

-¿No querrías ver mis muñecas? -¡Claro que sí! - contestó él. No sabía lo que eran

Artemito miró con más atención a las muñecas y tocó una de ellas. -¡Ah, ahora comprendo! Son como el dragoncito que me hizo papá con un pedazo de madera. También era muy bonito, pero… -Pero no son verdaderos compañeros de juego- manifestó la

princesita -.

Y eso es lo que yo quería.

Pero no los hay en la

montaña. -Tampoco los hay en la selva - dijo Artemito. -¡Cuánto me alegro que hayas venido! -Y yo también declaró el dragoncito con gran sinceridad. En ese momento se oyó una llamada clara y resonante. “Tut-tut-tuuuuuuutt”.

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Artemito levantó las orejas. -¡Escucha! - susurró entonces. Parecía algo alterado y temeroso. De puntillas acercose a la puerta de la casita de juegos y la cerró. -¿Qué pasa? - preguntole la Princesa. -¡Sssshhh! Es un cuerno de caza - expresó Artemito -. A veces lo oímos en la selva y papá y mamá me llaman en seguida y cierran la puerta de la caverna, y todos nos quedamos muy quietos hasta que oímos que se aleja el cuerno. -¿De veras? ¿Y por qué? - preguntó Pandy, rompiendo a reír -. No es más que el heraldo del castillo que nos avisa que está lista la comida. “¡Tut-tut-TUUUUUTTT!”, volvió a llamar la trompeta. -¡Vamos! - dijo la princesa, tomando a su nuevo amigo de una mano -. Apresurémonos. Yo tengo mucha hambre. ¿Y tú? -¡Sí! - respondió Artemito. No había pensado en ello mientras estuvo jugando con la princesa; pero ahora recordaba que no había comido porque a la hora del almuerzo estaba cruzando el llano arenoso donde no vio alimentos de ninguna especie. Tenía, realmente, mucho apetito. Salió con Pandy de la casita y, tomados de la mano, echaron a correr hacia el castillo. Cuando estaban muy cerca del mismo, Artemito llevose otra sorpresa. Alrededor de las murallas se extendía una cinta de agua mucho más ancha que el arroyo que cruzara en la selva. Además, parecía mucho más profunda. Como no vio otro medio de cruzar que el de hacerlo nadando, se dijo que sería una pena que la princesita se mojara sus bonitas ropas. Mientras se hallaba allí pensando en eso, y mirando el agua con fijeza, la Princesa gritó:

-¡Soldados de la guardia, bajad el puente! Entonces vio el dragoncito a dos soldados apostados en la amplia entrada del castillo. Supo que eran soldados porque llevaban armaduras como los de los cuentos de su mamá. También estaba allí el heraldo, con su larga trompeta adornada con un pendón. Él y los soldados se hablaban en susurro, mirando mientras tanto a Artemito y mostrándose muy intrigados. El dragoncito preguntose a qué se debería su sorpresa. La princesa Pandy comenzó a impacientarse y gritó en voz más alta:

-¿No me habéis oído? ¡Baja el puente, Bip! ¡Ayúdale tú, Bop! Los soldados volvieron a cambiar algunas palabras en voz muy baja. -¡Tenemos apetito! ¡Apresuraos! - ordenó Pandy. Bip y Bop sacudieron la cabeza, como si aún no supieran qué hacer. La princesita pateó entonces el suelo y ambos dieron un salto hacia delante y se pusieron a hacer girar una gran manivela. Lentamente descendió un larguísimo puente sobre el agua, y Artemito comprendió entonces que el agua era un foso para impedir

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que los enemigos llegaran hasta el castillo. Una vez habíale hablado su mamá de aquellas cosas. ¡Qué tonto era al haberlas olvidado!

que los enemigos llegaran hasta el castillo. Una vez habíale hablado su mamá de aquellas cosas.

Mientras él y Pandy aguardaban que terminara de bajar el puente, Artemito preguntó:

-¿Tienes muchos enemigos, princesa Pandy? Ella rompió a reír. -¡Por supuesto que no! Pero abuelo dice que nunca se saben esas cosas, y por eso no tenemos bajado el puente todo el tiempo…, aunque mamita opina que podría dar a Bip y a Bop otras ocupaciones mucho más útiles. En ese momento terminó de bajar el puente. Pandy tomó la mano de su nuevo amiguito y ambos cruzaron a todo correr. Al llegar al otro lado, pasaron junto a Bip y Bop, y la princesa les dijo:

-¡Dormilones! Pero pronunció esta palabra en son de broma; ya no estaba enfadada.

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Bip y Bop seguían mirando a Artemito con gran asombro. El primero quitose el yelmo para rascarse la cabeza. -¡Caramba! – exclamó -. Bop, no sé si hicimos bien en bajar el puente. -¿Qué otro remedio nos quedaba?- respondió Bop -. La princesa Pandy nos ordenó que lo hiciéramos. Pero él también se quitó el yelmo y se rascó la cabeza. El heraldo no dijo nada. Miraba a Artemito con tanta atención que

pisó el pendón de la trompeta y fue a dar con los huesos al suelo. El dragoncito preguntose por qué le mirarían todos así. Se dijo entonces que quizá tenía la cara sucia o algo por el estilo. Mas no tuvo tiempo para continuar pensando en eso, pues debió seguir apresuradamente a la princesa, que trasponía la puerta, cruzaba el patio y entraba en un gran vestíbulo. Éste era muchas veces más grande que su caverna y tenía el piso de mármol, cortinajes y hermosos cuadros pendientes de las paredes. En el otro extremo había cuatro tronos: uno bajo y ancho, uno alto y angosto, uno de tamaño mediano y otro pequeñito. Artemito apenas si tuvo tiempo para mirar estas cosas, pues la

princesa continuó llevándolo consigo a toda prisa.

Traspusieron otra

puerta y entraron en una cómoda salita donde se hallaba una

hermosa dama sentada en un sillón de alto respaldo. Estaba bordando y lucía una corona. Al instante comprendió el dragoncito que era la Reina.

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6

-¡Mamita! - exclamó la Princesa -. Te presento a mi nuevo amigo, Artemio Pedro Eduardo Adalberto Josafat Dragón. Lo llaman Artemito. Vive en la selva y ha venido a jugar conmigo. La Reina levantó la vista de su labor. -¡Qué bien! - dijo, mientras tomaba la mano de Artemito y le sonreía afablemente -. ¿Cómo estás Artemito? -Estoy muy bien, gracias, Reina Mamita, y tengo mucho gusto en conocerla - respondíó el dragoncito. -Y yo tengo mucho gusto en conocerte a ti. La Princesa Pandy necesitaba un compañero de juegos de su misma edad. Y ahora, queriditos, vayan a lavarse las manos y la cara, pues ya nos hemos demorado para la cena. Eso fastidia mucho a Petunia, especialmente en la época de las cerezas, cuando los mirlos la molestan tanto. -En seguida estaremos listos, mamita - prometió Pandy. Y así fue, en efecto. Cuando volvieron a la salita, la Reina Mamita se fijó si tenían las uñas limpias y si Artemito habíase lavado detrás de las orejas. -Bien, parece que están aceptables - expresó sonriendo. En ese momento entró un caballero alto y delgado. Tenía expresión distraída y llevaba puesto un manto adornado con pieles de armiño. Por este último detalle y por la corona, Artemito se dio cuenta que era el Rey. -Papá, te presento a mi amiguito Artemio Pedro Eduardo Adalberto Josafat. Lo llaman Artemito y ha venido a jugar conmigo. El rey los miró por sobre la armazón de sus anteojos y notó al dragoncito por primera vez. -Buenos días, Arturito - saludó cordialmente. Pandy sonrió alegremente. -No, papá, no se llama Arturito, sino Artemito. Y no es de mañana, sino… -¡La hora de la cena! - anunció entonces una voz alegre. Volviose Artemito y vio en la puerta a un hombrecillo muy obeso y de cara regordeta y sonrosada. Sobre su cabeza calva reposaba una corona, detalle por el cual comprendió el dragoncito que debía ser otro rey. -¡Abuelo!- gritó Pandy. Corrió entonces y saltó para echar los brazos al cuello del gordo rey, apretándolo tanto que el rostro del anciano se tornó aún más rojo y su corona se deslizó a un costado y estuvo a punto de caérsele. -¡Ten cuidado con mi corona, granujilla! - tronó el Rey Abuelo, frunciendo el ceño fieramente, aunque no por eso dejó de abrazar con gran cariño a la princesita.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Ella de dio un beso, soltose de sus brazos y se deslizó hacia el suelo por su protuberante abdomen, como si éste fuera un tobogán. Corrió entonces hacia su nuevo amigo y le hizo adelantarse. -Abuelo, aquí tienes a Artemito. Vino de la selva para jugar conmigo y conoce muchos juegos encantadores. Nos hemos divertido mucho, y mañana podrás jugar tú también con nosotros. -¿Qué es esto? ¿Qué es esto? - tronó el Rey Abuelo. Habló con voz tan alta y frunció sus espesas cejas con tanta fiereza que Artemito se llevó un susto. Dio un paso hacia atrás con demasiada rapidez, tropezó con su cola y sentose súbitamente. -¡Mira lo que has hecho, abuelo! - protestó la princesita, y corriendo hacia Artemito le echó los brazos al cuello. -¿Te hiciste daño? - inquirió con ansiedad. -No - repuso el dragoncito, y se puso de pie acariciándose la parte de su cuerpo que le servía para sentarse. El Rey Abuelo dejó escapar ruidosas carcajadas.

-¡Ja, ja, ja!

¡Jo, jo, jo!

Reía tanto que el abdomen le temblaba como si fuera un flan, y

sus mejillas se inflaron como dos globos pintados de rojo. Tanto rió que Artemito comenzó a sentirse algo ofendido y la princesita pateó el piso con cierta impaciencia. -¡Abuelo, me parece que eres muy poco afable! - le riñó. Al oír esto, el Rey Abuelo dejó de reír. -Perdona - le dijo al visitante. -Mucho gusto, señor - repuso Artemito. (Claro que debió haber dicho “No es nada, señor”, pero se confundió). -Bien, bien - expresó entonces el Rey Abuelo. -¿De modo que has venido desde la selva, jovencito? ¿Tuviste un buen viaje? Debes contarnos todos los detalles…

-¡Pero no antes de la cena, papá! - intervino la Reina -.

Ya hemos

hecho esperar demasiado a Petunia. Debe estar muy enfadada. -Además, tenemos mucho apetito - terció Pandy. -¡Caramba, y yo también! - declaró el Rey Abuelo. Tomó de la

mano a Artemito y a la princesita, y los tres se fueron saltando hacia

la mesa.

El Rey y la Reina les siguieron con menos

Apuro.

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Capítulo 7

Estuvo muy buena la cena. Primero sirvieron sopa, después zanahorias, espinacas, pan leche y puré de manzanas. Artemito y la princesa se sentaron el uno al lado del otro, y comieron todo lo que les servía y pidieron más. No hablaron mucho porque estaban muy ocupados comiendo. Pero Artemito no mudo menos que mirar con mucha fijeza a

Petunia, la doncella que acarreaba las fuentes y los platos de comida. Claro que trató de que ella no se diera cuenta de que la miraba, pues su mamá habíale enseñado que no es correcto hacer tal cosa. Además, Petunia parecía realmente enfadada, tal como lo predijera la

Reina.

Al fin, cuando la doncella se hubo ido a la cocina, el

dragoncito le susurró a su amiga:

-¿Por qué lleva Petunia ese parche tan raro en la nariz? La Princesa le respondió:

-Allí la picó un mirlo. Siempre la pican.

Resulta que el jardín

donde cuelga la ropa a secar está en la huerta de las cerezas, y es allí

donde viven los mirlos. -Pero, ¿por qué le pican la nariz? - quiso saber Artemito. El Rey Abuelo había oído esta conversación y fue él quien respondió a la pregunta:

-Porque su nariz es exactamente igual a las cerezas. ¡Ja, ja! ¡Jo, jo! ...

-Papá - intervino la Reina -.

Eso no tiene nada de gracioso. Estoy

segura de que no te reirías si los mirlos picotearan tus mejillas, y tus

mejillas son exactamente iguales a las manzanas rojas. La pobre Petunia…

Capítulo 7 Estuvo muy buena la cena. Primero sirvieron sopa, después zanahorias, espinacas, pan leche y

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

El Rey no había pronunciado una sola palabra durante la cena, pero ahora dijo:

-¿Por qué no usa esa jaula que hice para ella?

Me pasé todo un

domingo construyéndola, y le calzaba perfectamente en la cabeza. Tenía alambres de oro muy fuertes y ni un solo mirlo podría haberle llegado hasta la nariz… -Pero a ella no le gustó, querido – repuso la Reina. -¿Por qué no? -Porque cuando cuelga la ropa le gusta tener los palillos entre los

dientes…, y cuando se pone tu jaula no puede hacerlo. No pasan por entre los alambres ni por debajo…

-¡Hum! ...

murmuró el Rey -. Tendré que solucionar eso. Quizá se

me ocurra algo… Al instante su puso a pensar con tanto empeño que se olvidó de dónde tenía la boca y comenzó a llevarse una cucharada de puré de manzanas adonde no debía.

-¡Papá!

¡Esa no es la boca, sino la oreja! – le advirtió la Princesa

Pandy. -¡Caramba, así es! Gracias, querida – respondió el Rey, y llevó la cuchara a su lugar correspondiente. El Rey abuelo rompió a reír estentóreamente.

-¡Ja, ja, ja! ¡Jo, jo, jo!

Este hijo que tengo se olvidaría de

... dónde tiene la cabeza si no estuviera tan bien sujeta… -Pero la tiene sujeta y bastante bien afirmada, papá – terció la Reina. Luego volviéndose hacia Artemito -: Querido, cuéntanos algo de tu viaje y de tu hogar en la selva. Así, pues, Artemito les contó cómo había viajado por la selva,

cómo cruzó el llano arenoso y subió a la montaña. También les habló de su hogar en la caverna, de sus padres y de los cuentos maravillosos que le narraba su mamá. Les contó, además, otras cosas. Todos mostráronse muy interesados, lo cual le resultó agradable en extremo.

Pero

mientras hablaba de sus padres, Artemito comenzó a

echarlos de menos. Se dijo entonces: “Yo sé dónde están ellos, pero ellos no saben dónde estoy yo…” Como si hubiera adivinado lo que pensaba, la Reina comentó:

-¡Pobres tus padres! Temo que estén afligidos por ti. Dos lágrimas enormes afloraron a los ojos de Artemito y corrieron por sus mejillas. No deseaba llorar, mas no pudo evitarlo. No quería que vieran sus lágrimas, pero todos las vieron. El Rey Abuelo inclinose hacia él y le acarició la barbilla.

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-¡Vamos, jovencito, arriba ese ánimo! – le dijo. Después exclamó en alta voz -: Quiero mi

-¡Vamos, jovencito, arriba ese ánimo! – le dijo. Después exclamó

en alta voz -: Quiero mi pipa, mi tazón de bebida caliente y mis tres violinistas. ¡A ver Beppo, Bingo, Buzz! -No te aflijas, Arturito – dijo el Rey-. Mañana mandaremos un mensaje a tus padres diciéndoles donde estás. Estoy seguro de que me ocurrirá alguna manera… Y de nuevo se puso a pensar con empeño.

-Ya es hora de ir a la cama – anunció entonces la Reina -.

Venid,

pequeños. Así, pues, Artemito y la Princesa dieron las buenas noches al Rey y al Rey Abuelo, y se fueron a la cama. El dragoncito se alojó en un aposento contiguo al de Pandy. Ella le dio un beso y después la Reina le arropó bien. -Cierra los ojos, queridito – le dijo -. Cuando los abras de nuevo, ya brillará el sol y todo estará bien. Era lo mismo que le decía siempre su mamá. Artemito acurrucose entre las sábanas de seda y las mantas abrigadas y cerró los ojos…

8

Le pareció que no acababa de dormirse cuando oyó una voz que gritaba:

-¡Despierta, dormilón!

Artemito

abrió los ojos y vio que ya brillaba el sol y que la

Princesa Pandy se hallaba de pie al lado de su lecho.

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-Apúrate y ve a darte un baño, Artemito.

Yo ya me di el mío.

El

desayuno está listo y tengo mucho apetito. Artemito corrió entonces a darse el baño y luego bajó para tomar

el desayuno. Dio los buenos días al Rey, a la Reina y al Rey Abuelo, quienes ya estaban sentados a la mesa. Petunia les sirvió a todos tazones de gachas, duraznos y crema, platos con huevos y jamón y tostadas, y vasos llenos de leche. Finalizado el desayuno, dijo la Princesa:

-Artemito, vamos a jugar. Pero el dragoncito respondió:

-Princesa Pandy, tu papá dijo que idearía algún medio para enviar un mensaje a mis padres. Si no te incomoda, quisiera hacer eso primero. -¡Por supuesto! – accedió ella. Acto seguido, echó a correr en seguimiento de su papá y lo asió por el faldón de la capa en momentos en que estaba por salir. Cuando el Rey se hubo vuelto hacia ella, la niña le recordó su promesa.

-¡Es verdad, es verdad!

– dijo el Rey -.

¡Hum!

Déjame pensar.

... Se puso a pensar con gran concentración, desordenándose el

cabello y frunciendo el entrecejo mientras se paseaba de un lado a

otro.

Pensaba

en

voz alta,

y Artemito

y la Princesa se cuidaron

mucho de no interrumpirle. Aguardaron y le escucharon con gran

atención.

 
 

-¡Hum!

...

– murmuró

el

Rey

-.

Claro

que podría mandar a

Haroldo el heraldo, pero es un muchacho muy tímido que nunca ha

bajado de la montaña del castillo, y temo que se extravíe. él no puedo mandarlo. De nuevo pensó.

No, no, a

-¡Hum!

Si tuviera una cuerda lo bastante larga, podría atar un

mensaje a su extremo y arrojarlo por sobre el llano y la arena hasta la caverna donde viven Mamá y Papá Dragón. Pero no tengo ninguna cuerda lo bastante larga. No, eso tampoco sirve. Siguió pensando un poco más. -Si tuviera un tallo de alubias lo bastante alto, podría treparme por él hasta una nube y navegar en ella hasta la cueva con el mensaje. A menudo he querido navegar en una nube; pero hasta ahora no he podido cultivar un tallo de alubias lo bastante alto como para llegar hasta ellas, aunque, naturalmente, algún día podré hacerlo. Empero, como ahora tenemos prisa, eso no sirve. Continuó pensando:

-Si tuviera una alfombra mágica, podría sentarme en ella, decir “¡Abracadabra!” y volar hasta la caverna. Pero me he sentado en casi todas las alfombras del castillo diciendo esa palabra durante horas, y hasta este momento no se ha movido ninguna, aunque, claro está, algún día ocurrirá eso. Pero ahora no tengo tiempo para sentarme en las que todavía no he probado. No, no, eso no sirve tampoco.

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El Rey miró entonces las alas de Artemito.

Pero éste habíales

dicho que todavía no sabía volar mucho. Suspiró entonces el

soberano al tiempo que sacudía la cabeza. En voz alta pensó:

-Si hubiera terminado de construir “mis” alas, éstas me llevarían

volando hasta la cueva en un suspiro. Pero todavía no las he podido hacer funcionar, aunque, naturalmente, algún día lo conseguiré. Volviose hacia los dos amiguitos.

-Iré

a

trabajar

con

mis

alas.

terminarlas antes de mucho.

Estoy seguro de

que podré

Artemito no pudo menos que sentirse decepcionado y preguntó:

-¿Cuánto…, cuánto tiempo, Su Alteza Real?

-¡Hum!

Tal

vez

las tendré para mañana…, quizá la semana

próxima. Puede que el año próximo… -¡Oh, papá, es demasiado tiempo! – protestó la Princesa -. padres de Artemito deben estar afligidos por él…

Los

-¿Qué dices, qué dices?

– tronó el Rey Abuelo, avanzando a

... saltitos hacia ellos -. Nadie debe afligirse; las preocupaciones quitan el apetito. Hay que estar preparados para todo, pero nunca preocuparse por nada… Ese es mi lema… Ahora bien, ¿de qué se trata?

Artemito y la Princesa se lo dijeron. Mas antes de que el Rey Abuelo pudiera replicar, el Rey, que había estado pensando de nuevo – aunque esta vez para sus adentros- exclamó:

-¡Eureka! ¡Ya lo tengo!

Se me acaba de ocurrir una idea sobre

mis alas y estoy seguro de que podré hacerlas funcionar. Claro que

tendré que rehacerlas por completo, de modo que no tengo tiempo que perder.

-¡Muy bien, hijo mío! – le felicitó el Rey Abuelo -.

Si no tienes

éxito, prueba de nuevo. Estoy seguro de que triunfarás. Vete

corriendo. Así lo hizo su hijo, corriendo a todo lo que daban sus piernas.

El

Rey Abuelo rió entonces alegremente y volviose hacia los dos amiguitos. -Mientras tanto, el problema es muy sencillo – declaró -. Confíen en el abuelo. -Dinos qué vas a hacer – le rogó la Princesa Pandy, al tanto llena de entusiasmo. -¡Dígalo, por favor, Rey Abuelo! – pidió Artemito, agitando sus alas, lleno de excitación. -No os preocupéis. Esperad y ya veréis. La esperanza es la sal de la vida… Ese es mi lema. Seguidme. Y el Rey Abuelo rió misteriosamente. Alejose a saltitos y los dos amigos le siguieron de la misma manera.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

9

Cruzaron la huerta donde la doncella Petunia estaba colgando la ropa a secar. La cuerda estaba tendida entre los cerezos, y en las ramas de los árboles había numerosos mirlos que cantaban y comían cerezas. De vez en cuando, un pájaro más audaz que los otros se lanzaban hacia la nariz de Petunia. Esta había quitado el parche por la mañana y su nariz parecía realmente una cereza, tal como dijera el Rey Abuelo. La doncella tenía que espantar a las aves con su delantal a cada momento. -¿Cómo voy a terminar mi trabajo si me molestáis constantemente? – los reñía -. Si tuvierais que trabajar vosotros, no os portaríais así. ¡Pero ni siquiera os ganáis las cerezas que coméis, haraganes! ... -¡Al contrario, Petunia! – intervino el Rey Abuelo -. Mira cuan bonitos son. “Lo bonito vale mucho”, es mi lema. ¡Y oye cómo cantan! -“Hechos y no palabras”, ése es “mi” lema – replicó Petunia -. Los mimáis demasiado, Su Gordura Real. ¡Y estos pillos no me han dejado hoy cerezas suficientes para mi pastel. ¿Podéis decirme cómo he de solucionar el problema?

-Pues mételos a ellos en el pastel – rió el Rey Abuelo -.

¡Eso os

serviría de lección, bribonzuelos! – gritó a los mirlos que se habían apresurado a posarse sobre sus manos, hombros y corona tan pronto apareció y ahora cantaban a más y mejor. Por su parte, la Princesa Pandy estaba meditando. Artemito se dio cuenta al ver que fruncía el entrecejo tal como lo hacía su padre al pensar. De pronto dijo ella:

-¡Abuelo, se me ha ocurrido una idea! Los mirlos saben volar… y te quieren tanto que harán lo que les ordenes. ¿Por qué no mandas a uno de ellos con el mensaje para los padres de Artemito? -¡Qué buena idea, Pandy! – exclamó el obeso Rey -. Lo malo es que los pequeñitos nunca se han alejado de la huerta. ¿Cómo van a orientarse para ir a la caverna?

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-Es verdad; supongo que no podrían hacerlo – admitió Pandy. Ya para entonces habían salido de

-Es verdad; supongo que no podrían hacerlo – admitió Pandy. Ya para entonces habían salido de la huerta. El Rey Abuelo sacudió manos, hombros y cabeza. Voló su corona y lo mismo hicieron los mirlos. -¡Fuera! – gritó, y las aves alejáronse hacia los árboles. Artemito apresurose a recoger la corona del Rey Abuelo que había caído al pie de un pino. Cuando hizo esto, oyó una voz soñolienta que decía desde lo alto del árbol:

-¡Ju, ju! La Princesa levantó la vista y vio a un búho que había abierto un ojo y lo estaba cerrando de nuevo. -Abuelo – dijo entonces -, ¿por qué no puedes mandar al búho con el mensaje? Estoy segura de que él podrá llegar hasta la caverna.

-Buena idea, Pandy – repuso el anciano -.

Lo malo es que el búho

no ve de día, y no queremos que vaya a despertar a Mamá y Papá

Dragón durante la noche… ¿No es verdad?

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-Claro. Tienes razón. -Ajá. Entonces sigue confiando en tu abuelo – expresó él, y los condujo por entre los pinos hasta un jardincito rodeado por una

pared.

En el centro del jardín había un árbol de plata, en una de

cuyas ramas hallábase posada una hermosa ave de color gris. -Sir Halcón – dijo el Rey Abuelo -, os presento a nuestro nuevo amiguito, Artemio Pedro Eduardo Adalberto Josafat Dragón. Para abreviar lo llaman Artemito. -Mucho gusto, señor – dijo Artemito. Sir Halcón lo saludó con una orgullosa inclinación de cabeza.

El Rey Abuelo continuó entonces:

-Alberto… Perdonad, quise decir Sir Halcón. Siempre os quejáis de que lleváis una vida aburrida porque el decreto real no os permite ya luchar contra otras aves. Aunque ya no debéis usar vuestro capuchón sobre la cabeza y estáis libre de ir donde os guste, os quejáis de que no hay aventuras en vuestra vida. -Me criaron de otra manera, Su Gordura Real – respondió Sir Halcón -. Debo admitir que echo de menos mis días de aventuras. -Bien – expresó el Rey Abuelo -, ahora os encargaré una aventura. Podría resultar peligrosa; pero sé que sois valiente, veloz

y listo.

En verdad, juro por mis Estrellas y Ligas que sois el único a

quien puedo confiar esa misión. ¡No debéis fallarme! Sir Halcón se irguió entonces. Levantando su corvo pico y sacando pecho, saludó al soberano. -¡Ordenad, Su Gordura Real! – replicó con voz profunda, al tiempo que hacía una profunda reverencia. El Rey devolvió el saludo y dijo luego:

-Muchas gracias. Ahora bien, éstas son mis órdenes. Debéis cruzar volando el llano arenoso, entrar en la selva oscura y llegar hasta la caverna de los dragones. ¿Sabéis dónde está, Alberto? ... Perdonad, quise decir Sir Halcón. -¡Lo sé, Su Gordura Real!

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-Magnífico. Claro que en el camino podéis encontrar muchos peligros y numerosos enemigos. Pero recordad mi

-Magnífico. Claro que en el camino podéis encontrar muchos peligros y numerosos enemigos. Pero recordad mi lema: “Jamás temas y jamás luches, a menos que te ataquen”. Bueno; entonces, cuando lleguéis a la caverna de los dragones, debéis tener mucho cuidado. Mamá y Papá Dragón son muy feroces. Artemito había estado escuchando con gran atención. Al oír esas palabras quiso decir: “¡Pero si mamá y papá no son feroces!”, mas el Rey Abuelo le dio un codazo y le guiñó el ojo que no podía ver Sir Halcón. Luego prosiguió:

-Empero, Sir Halcón, confío en que seréis valiente y gentil y en que llevéis mi mensaje. Debéis decir a Mamá y Papá Dragón que Artemito está bien y se siente dichoso, y que ha encontrado una

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

compañerita de juegos. Les manda su cariño y volverá a su casa antes que pase mucho tiempo. Decidles que todos le queremos mucho y que le cuidaremos bien. Decidles que tendríamos mucho gusto en que vinieran a visitarnos. Esa es vuestra misión, Sir Halcón. Espero que la llevéis a cabo con buena fortuna y volváis al castillo sin demora. Sir Halcón saludó e inclinose nuevamente. -Volveré antes de la caída de la noche – respondió. Acto seguido, extendió sus alas y alejose velozmente. -Bien, ya está listo. Al fin he podido encontrar algo importante que encargar a mi buen Alberto – comentó el Rey Abuelo -. Y ahora, pequeños, ¿Qué les parece si vamos a nadar un ratito? La Princesa Pandy y el Rey Abuelo se pusieron sus trajes de baño. (Naturalmente, Artemito no necesitaba tal prenda.) Después bajaron el puente levadizo. Bip y Bop estaban ocupados ayudando a la Reina a plantar repollos y cebollas, de modo que ellos mismos tuvieron que bajar el puente, cosa que resultó muy divertida a nuestro héroe. Fueron a nadar en el lago de la pradera y estuvieron jugando mucho tiempo en el agua. Artemito descubrió que no le molestaba la mojadura. Por el contrario, le agradó mucho. Después se tendieron sobre la hierba para calentarse al sol, y el Rey Abuelo se quedó dormido. Artemito y la Princesa confeccionaron guirnaldas con las florecillas blancas que se llamaban margaritas, y las colgaron de sus respectivos cuellos… Después recogieron flores amarillas. Pandy dijo a su amiguito que si se ponía una de ellas debajo de la barbilla, la cara se iluminaba con reflejos amarillos, lo cual indicaba que era afecto a la manteca. (Claro que esto ya lo sabían ellos, pero se divirtieron mucho comprobándolo.) Después dijeron adivinanzas y pronto se quedaron dormidos ellos también.

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Los despertó la trompeta del heraldo que anunciaba la hora del almuerzo. Comieron pollo al horno,

Los despertó la trompeta del heraldo que anunciaba la hora del almuerzo.

Comieron pollo al horno, puré de patatas, arvejas, lechuga y tomates. La comida estuvo muy buena y Artemito tenía mucho apetito. Pero todo el tiempo que se halló sentado a la mesa notó que Petunia sonreía de manera muy extraña y se preguntó por qué sería eso. Cuando entró la doncella con el postre, sonreía aún más misteriosamente que antes. Y al colocar la profunda fuente de plata frente al Rey Abuelo, no pudo menos que dejar escapar una risita. -¡Qué bien! ¡Pastel de cerezas! – exclamó la Princesa Pandy batiendo palmas. -¡Eso creéis vos, Su Dulzura Real! – dijo Petunia, riendo más que antes.

-¡Qué corteza más bonita!

– comentó la Reina.

... El Rey Abuelo se puso de pie, tomó el largo cuchillo de plata e

hizo un largo corte en la corteza dorada del pastel. ¡De inmediato

salió del mismo un mirlo!

Y luego otro, y otro, y otro.

-¿Qué es esto? ¿Qué es esto? – tronó el Rey Abuelo. Ya para entonces habían salido veinticuatro mirlos del pastel y todos ellos se posaron sobre él, cantando a más y mejor. -¡Cielos, Petunia, ahora está vacío el pastel! – protestó la Reina. -De todos modos, no había ninguna cereza con qué rellenarlo, Vuestra Bondad Real – respondió Petunia, sin poder contener la risa. -¡Pero qué manera de tratar a esos pobres pajarillos! – dijo la Reina-. Estoy segura de que no les agradó estar así encerrados en el pastel.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-¡Se lo merecen esos pillastres!- declaró el Rey Abuelo -. Quizá ahora sepan portarse mejor. ¡Ja, ja, ja! ¡Jo, jo, jo! Cuando se hubo calmado su hilaridad, agitó los brazos y gritó:

-¡Fuera! Y todos los mirlos echaron a volar por la ventana. El Rey, que había estado pensando, comentó:

-Siempre pensé que me gustaría comer corteza de pastel sin nada dentro. Creo que me agradará el cambio. Así, pues, todos comieron la corteza sin nada dentro…, y a todos les gustó mucho.

10

Después del almuerzo, el Rey Abuelo durmió otra siesta, pero Artemito y la Princesa cruzaron el puente levadizo nuevamente y se fueron a jugar. Al cabo de un tiempo dijo el dragoncito que le agradaría explorar la montaña.

Empezaron en la pradera, justo en el sitio al que llegara Artemito la primera vez. Desde allí podían ver el llano arenoso hasta la selva. Les resultó extraño notar lo pequeños que parecían los árboles vistos desde arriba. -Jamás creería que son árboles si no lo supiera – declaró Artemito. -Yo pensaba antes que la selva era una alfombra de musgo, pero

Abuelo me explicó que no era tal cosa – manifestó Pandy -.

¡Y él me

dijo que allí vivían los dragones! Mamita afirmó que eso era hace

mucho tiempo y no estaba segura de que todavía siguieran viviendo

allí. Pero Abuelo dijo que eso nunca se sabe. ¡Y tenía razón! Abuelo siempre tiene razón. También la tiene mamita y papá, aunque sólo respecto a otras cosas. Después se tendieron los dos boca abajo para mirar por sobre el borde de la montaña.

-¡Oh, qué lejos está el llano arenoso! – dijo la Princesa -.

Y la

pared es muy empinada. No sé cómo pudiste treparte por ella, Artemito. -Y yo no sé cómo voy a bajar por ella cuando llegue el momento de volver a casa – expresó él, sintiéndose algo preocupado ante la idea. -No te aflijas. Abuelo, o mamita o papá encontrarán la manera de ayudarte. Siempre solucionan los problemas. Vamos ahora; exploraremos en otra parte. Así vagaron por el bosque que nacía en un extremo de la pradera y que era algo parecido a la selva, aunque los árboles no tenían tanta altura. Descubrieron una cueva algo semejante a la de Artemito, aunque mucho más pequeña y sin el moblaje y las comodidades de aquélla. Después vieron un árbol hueco, como el Escondite Secreto

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

de Artemito, pero algo más reducido y en cuyo interior vivía una familia de ardillas. Las ardillitas los recibieron con gran cordialidad y les dieron sabrosas nueces para que comieran.

de Artemito, pero algo más reducido y en cuyo interior vivía una familia de ardillas. Las

Después se fueron ambos del bosque y treparon algunas colinas bajas y vadearon un arroyuelo de aguas cantarinas. Al fin llegaron al otro lado de la montaña. Y allí, muy por debajo de ellos y extendiéndose hasta el horizonte, estaba el océano. -¡Qué hermoso! – exclamó Artemito -. Es tal como me lo describió mamá. ¿Hasta dónde llega? -No sé – repuso la Princesa. -Quizá llegue hasta el fin del mundo.

-No – dijo Pandy -.

Tengo un primo que vive al otro lado.

Es de

mi edad y se llama Príncipe Otto Adolfo Kerfoogalum Montmorency Hugo Gullup. -¿Y cómo le llaman para abreviar? -No sé porque nunca le he visto. Mamita dice que vive demasiado lejos para visitarnos, pero abuelo dice que eso nunca se sabe, y que es fácil que alguna mañana aparezca el príncipe Otto navegando por el océano en un gran barco con grandes velas hinchadas, para visitarnos.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Artemito miró por sobre el borde de la montaña. Era allí tan alta como del otro lado, igualmente empinada y mucho más resbaladiza. -Mucho temo que le resulte muy difícil treparse por aquí – comentó. -Sí, pero papá está tejiendo una cuerda muy larga para dejarla caer y subirlo por ella. Todavía no está terminada, pero ya la finalizará algún día. Además, ha dejado caer algunas alubias para

que mi primo pueda trepar por el tallo de una de las plantas.

El tallo

no ha crecido mucho todavía, pero abuelo dice que será tan alto como la montaña antes de que papá termine la cuerda. -Será muy lindo cuando llegue aquí el Príncipe, pues entonces podremos jugar los tres – expresó Artemito. -Es cierto – concordó Pandy -. Antes solía pedir a las estrellas fugaces que me lo trajeran. Me resultaba penoso esperar. Pero ahora que estás tú no me importa tanto. En ese momento sonó la trompeta que los llamaba para la cena. Artemito y la Princesa corrieron a todo lo que daban sus piernas, pues se hallaban muy lejos del castillo. No querían llegar tarde y volver a enfadar a Petunia. Además, tenían mucho apetito.

11

No llegaron tarde y Petunia no estaba enfadada. Hasta había hecho un helado de vainilla para el postre. Estaba delicioso y les agradó a todos, especialmente a Artemito, que jamás había probado un manjar semejante.

No obstante, ya comenzaba a preguntarse cuándo volvería Sir Halcón de su viaje a la caverna. Caía la tarde y oscurecería pronto. ¿Y si el ave se extraviaba al volver? Artemito no pudo menos que afligirse; mas no quiso decirlo, pues el lema del Abuelo era: “Jamás te aflijas”. En ese momento inquirió la Princesa Pandy:

-Abuelo, ¿no sabes por qué se demora tanto Sir Halcón?

-Eso no se sabe.

Quizá lo ha pasado tan bien con mamá y papá

Dragón que se olvidó de la hora. -Y ya es hora de ir a la cama – intervino la Reina -.

Vamos

pequeños. -¡Oh, mamita, queremos esperar a Sir Halcón! – protestó la Princesa -. ¡Déjanos quedarnos un poco más! -Bueno, un ratito nada más – accedió la Reina. -Y yo os diré lo que podemos hacer – manifestó el Rey Abuelo -. Iremos a sentarnos frente al fuego. Pediré mi pipa y mi bebida caliente, y Beppo, Bingo y Buzz cantarán y tocarán para todos nosotros.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Se fueron todos a la sala.

El Rey sentose en una silla alta,

sumiéndose en sus meditaciones, y la Reina ocupó una mecedora. Artemito, la Princesita y el Rey Abuelo se sentaron en el suelo, frente

al alegre fuego de leños. A poco entro Petunia con la pipa y la bebida caliente del Rey Abuelo, y en seguida aparecieron los músicos con sus violines, poniéndose a afinar sus instrumentos. Mientras tanto, el Rey Abuelo encendió su pipa y revolvió su bebida caliente. Después asintió con la cabeza, indicando así a los violinistas que comenzaran. Buzz y Bingo ejecutaban en sus instrumentos mientras Beppo cantaba:

Humpty Dumpty estaba en la pared, y de pronto cayó al suelo. Ni todos los hombres del Rey pudieron remendarlo de nuevo.

Artemito y la Princesa aplaudieron con entusiasmo. Pero la Reina exclamó:

-¡Pobre Humpty Dumpty! -¡Pero, mamita – protestó Pandy -, abuelo dice que es una adivinanza, y que Humpty Dumpty no es más que un huevo! -Pero debe haber sido un huevo muy bueno – manifestó la Reina -, pues de otro modo no habrían intentado pegarlo de nuevo. -Siempre he opinado que no supieron hacerlo bien – murmuró el Rey. -¡Bueno, a ver el otro verso! – pidió el Rey Abuelo. Y Beppo cantó entonces:

Al verlo así, el Rey manifestó:

“Creo que yo puedo remendarlo”. Tomó varias tachuelas, cintas y goma, ¡Y a Humpty Dumpty como nuevo lo dejó!

Esta vez aplaudieron todos. (Pero Artemito había comenzado a afligirse nuevamente. ¿Y si Sir Halcón no había hallado la caverna? Entonces sus padres debían seguir preocupados por su dragoncito.) La Princesita preguntó en ese momento:

-Abuelo, ¿y si le ha sucedido algo a Sir Halcón? Tú mismo dijiste que el viaje podía ser peligroso. -¡Bah! Eso se lo dije para darle ánimos – repuso el anciano -. Veamos ahora otra canción. A ti te toca, Bingo. Beppo y Buzz tocaron entonces, mientras Bingo cantaba:

La Reina de Corazones hizo algunas tartas, todas en un día de verano. La Sota de Corazones le robó las tartas,

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

y consigo se las llevó por el llano. El Rey de Corazones pidió las tartas. Y…

La Reina interrumpió:

-Bingo, haz el favor de no cantar el resto; nunca me gustó esa canción. La pobre Sota debe haber tenido mucho apetito. Fue cruel castigarla. Me apena al pensarlo. -Eso no está bien – manifestó entonces el Rey Abuelo -. Bingo, cántanos un final feliz. Así, pues, Bingo cantó:

El Rey de corazones pidió las tartas, y la Reina le hizo otras. Dijo el Rey: “¡Ah, estas tartas son mejores que las otras!

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Dieron a la Sota algunas tartas, y dijo la Reina: Sota, cuando quieras más, debes pedirlas

Dieron a la Sota algunas tartas,

y dijo la Reina:

Sota,

cuando quieras más, debes pedirlas por favor”

Y respondió la Sota:“¡Prometo portarme bien!

Aplaudieron todos y la Reina expresó:

-Eso sí que estuvo muy bien.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

(Pero Artemito se preocupaba de nuevo. Miró hacia la ventana y vio que había oscurecido mucho. Estaba seguro de que Sir Halcón no regresaría al castillo aquella noche.) La Princesa preguntó entonces:

-Dime, abuelo, ¿y si en lugar de animar a Sir Halcón lo asustaste

y…?

-¡Pamplinas!

Sir Halcón es muy valiente. Tened paciencia,

... pequeños – dijo el anciano. -Ahora te toca a ti, Buzz. Veamos si nos cantas algo nuevo…, ¡nuevo y divertido! Tocaron Beppo y Bingo, mientras Buzz cantaba:

El Rey estaba en la sala, su dinero contando, la Reina en la cocina , comiendo una raíz, la Doncella en la huerta, la ropa colgando, de pronto vino un mirlo y la picó en la nariz. Miró entonces a la Reina y agregó apresuradamente:

Pero sólo le dio un picotoncito…, muy pequeñito, muy pequeñito.

Aplaudieron todos menos el Rey, quien estaba meditando y dijo entonces:

-Pero creo que no estaba en la sala contando mi dinero. Nunca hago tal cosa. Me parece que estaba en mi taller, trabajando con mis alas. -Pero eso no rimaría, Alteza Real – expresó Buzz. -Además, creo que estabas regando tus tallos de alubias, papá – intervino Pandy -. Lo recuerdo porque yo estuve ayudando.

-¡Ah, sí, es verdad! Ahora que lo dices, lo recuerdo bien – admitió el Rey. -Pero eso tampoco rimaría – protestó el trovador. Parecía un tanto alicaído, y la Reina se apresuró a decirle:

-No importa, Buzz; ya sé que lo has hecho muy bien. fue realmente bonita.

Y la canción

Buzz se animó de inmediato. -Gracias, Su Bondad Real. En ese momento se oyó un ruido como de batir de alas y Artemito creyó por un momento que eran las de Sir Halcón. Mas sólo se trataba de cuco que había salido del reloj para dar la hora.

-¡Cielos! ...

– exclamó la Reina -.

Son las nueve.

Vamos, niños;

ya deberían estar acostados. (¡Caramba!, pensó Artemito. Ahora estaba seguro de que Sir Halcón no regresaría aquella noche. Tal vez no volvería nunca más. ¡Caramba! ¡Caramba!) No dijo nada, pero dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Y la Princesa exclamó:

-¡Mamita! Déjanos quedar un poco más… ¡Por favor! -¡A ver otra canción! – pidió de inmediato el Rey Abuelo.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-Bueno…, una sola – accedió la Reina. -Hay un verso más para la que acabo de cantar – manifestó en seguida Buzz, con gran entusiasmo -. Si Vuestras Majestades lo permiten… -¡Magnífico! – gritó el Rey Abuelo. Y así, Beppo y Bingo tocaron de nuevo, mientras Buzz cantaba:

Esta canción vamos a cantar. Veinticuatro mirlos, asados en un pastel. Cuando se abrió el pastel, los pájaros comenzaron a piar. ¡Qué plato para servir a un Rey!

Todos batieron palmas, y el Rey Abuelo gritó:

-¡Muy bien! ¡Magnífico! ¡Maravilloso! ¡Por mis Estrellas y Ligas, Buzz, es una canción muy buena! Rompió a reír y siguió riendo y aplaudiendo y diciendo a Buzz una y otra vez lo encantado que estaba con la canción. Artemito deseaba que no callara, pues comprendió que la Reina era demasiado bien educada para interrumpirle, de modo que él y la Princesa no podrían ser enviados a la cama mientras el Rey Abuelo continuara riendo. Mas al cabo de un rato el pobre anciano comenzó a quedarse sin aliento y saltó a la vista que no podría seguir riendo y aplaudiendo mucho tiempo más. Finalmente tuvo que cesar en sus manifestaciones. Y en ese mismo momento se oyó otro sonido de batir de alas…, y

esta vez sí eran las de Sir Halcón, el que entró en la sala volando. -¡Ah! ¡Justo a tiempo! – jadeó el Rey Abuelo, enjugándose el rostro, que se le había puesto muy rojo. Sir Halcón saludó haciendo una profunda reverencia. -Su Gordura Real, debo comunicaros que vuestras órdenes se han cumplido al pie de la letra. Después de ir directamente a la caverna de Lord y Lady Dragón, entregué vuestro mensaje, el que fue recibido con gran alegría. A su vez, ellos me pidieron que transmitiera otro mensaje para Su Gordura Real. Sir Halcón hizo otra reverencia. Artemito estaba deseoso de que continuara, y la Princesa batió palmas al tiempo que pedía:

-¡Oh, Sir Halcón!

¿Qué dijeron Mamá y Papá Dragón?

... El Halcón volvió a inclinarse con rapidez y se aclaró la garganta. -Ponte cómodo, Alberto…, quiero decir Sir Halcón – ordenó el Rey Abuelo -. Ahora cuéntanos el resto. Y Sir Halcón sentose cómodamente sobre la alfombra frente al hogar y les contó que los padres del dragoncito les mandaban su cariño. Decían que estaban encantados de que hubiera hallado una compañera de juegos de su misma edad, que debía portarse bien, recordar la educación que le dieran y divertirse lo más posible. Enviaban también cariños para la Princesa Pandy y sus saludos más

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cordiales para Su Gordura Real, Su Alteza Real y Su Bondad Real. Además, agradecían a todos por sus bondades para con Artemito.

-¡Espléndido! ...

– aprobó el Rey Abuelo, agregando -: Arturo,

debo aclarar que te demoraste bastante para volver. Sir Halcón pareció un tanto avergonzado.

-¡Hum!

– murmuró -. Pues…, veréis, señor… Lo siento mucho,

... Su Gordura Real. El caso es que Lord y Lady Dragón fueron tan

amables y descubrimos tantas cosas interesantes de qué hablar respecto a tiempos pasados, que debo confesar que me olvidé por completo del paso del tiempo. -No es nada, Alberto… Quiero decir que habéis hecho bien, Sir Halcón – respondió el Rey Abuelo. La Reina intervino entonces:

-Me alegro de recibir noticias de los padres de Artemito; tendrán que venir a visitarnos alguna vez. Pero ahora ya llegó el momento de ir a laz cama. Vamos, pequeños. Así, pues, Artemito y la Princesa dieron las buenas noches a todos y se fueron a acostar sintiéndose muy dichosos.

12

Al día siguiente, Sir Halcón contó a Artemito, la Princesa y el Rey Abuelo algunos detalles más respecto a su viaje, a su visita a la caverna y a lo que conversó con Papá y Mamá Dragón. Se había divertido tanto (lo mismo que Lord y Lady Dragón), que con mucho gusto iría a llevar otro mensaje cuando se lo ordenaran. El Rey Abuelo manifestó que volverían a enviarlo muy pronto. Después, él, Artemito y la Princesa Pandy se fueron a nadar al lago. Al salir del agua, el anciano se tendió para dormir una siesta, pero Artemito y la Princesa tenían apetito, de modo que fueron a la cocina y la Reina les dio a cada uno de los niños una gruesa rebanada de pan untada con mucha miel.

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Después ayudaron a Petunia a colgar la ropa. (Le ayudaron alejando a los mirlos, los que

Después ayudaron a Petunia a colgar la ropa. (Le ayudaron alejando a los mirlos, los que se mostraban tan traviesos como siempre.) Además, jugaron a muchas cosas, regaron las alubias del Rey y lo observaron mientras él trabajaba con sus alas. Artemito le prestó ayuda sosteniendo algunas herramientas y alcanzándole las tachuelas, el hilo y la goma de pegar cuando era necesario hacerlo. Esto le agradó mucho, mas no por eso se abstuvo de pensar que lo que el Rey estaba confeccionando no se parecía en nada a las alas…, por lo menos a las suyas. (Claro que no hizo comentario alguno al respecto, pues no hubiera sido cortés de su parte.) “Además”, se dijo, “mis alas no vuelan muy bien. Probablemente serán mucho mejores las del Rey. Desde entonces pensó cada vez más en sus alas. Y un día, cuando estaba así meditando, la Princesa le habló tres

veces seguidas antes que él le prestara atención. Al fin le tiró ella del brazo y dijo:

-¡Artemito! Ni siquiera oíste lo que te decía. ¡Estás igual que papá! -Estaba pensando. Perdóname. -Por supuesto. Pero, ¿en qué pensabas? -En mis alas. -¿Qué tienen? -Me preguntaba por qué no vuelan mejor. -A mí me gustan tus alas tal como son; me parecen muy bonitas – declaró la Princesa -. ¿Por qué quieres volar mejor, Artemito? -Creo que sería muy agradable.

-No sé por qué.

– La Princesa frunció los labios -.

Yo no tengo

alas y no me incomoda en absoluto. -Pero tú no necesitas volar, Princesa Pandy – explicó él -. Yo sí.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-¿Por qué? – quiso saber ella. -Porque tengo alas. Pandy estuvo meditando sobre esto. Artemito también se puso a pensar, mas esta vez lo hizo en alta voz. -Creí que tal vez mis alas fueran demasiado pequeñas – dijo -. Pero después me dije que no podía ser por eso, pues mi papá y mamá tienen alas muy grandes y no me parece que puedan volar. Por lo menos, nunca he visto que lo hagan, aunque a menudo les he oído hablar de ello y comentar los agradables viajes que solían hacer en otros tiempos. Pero siempre decían: “Las cosas han cambiado”. Por eso me figuro que ya no pueden volar más. -Quizá se hayan olvidado de cómo se hace – opinó la Princesa. -Supongo que así será, pues si pudieran me habrían enseñado – expresó Artemito. Miró luego hacia el llano arenoso y la selva, fijándose en el lugar donde estaba su cueva, aunque no podía verla por hallarse ésta tan lejos. Al fin exhaló un profundo suspiro. La Princesa le observaba y al cabo de un memento díjole con gran suavidad:

-Sientes nostalgia, ¿verdad, Artemito? Y él contestó con lentitud:

-Me gustaría mucho ver a papá y mamá, ¡pero están tan lejos! ... Además, también me gusta estar contigo, Princesa Pandy. -Pero si pudieras volar, irías volando hasta tu caverna y después volverías de la misma manera para jugar conmigo, ¿verdad? – dijo la princesita. -Sí. -Bueno, entonces tienes que aprender a usar tus alas – decidió Pandy. -Pero, ¿cómo? Ya lo he intentado. Las he agitado y sacudido; sin embargo, nunca me hacen volar muy lejos. -Pues bien, debes seguir intentando y triunfarás. Eso es lo que dice abuelo, y todo lo que él dice se realiza…, algún día. -Lo intentaré…,¡y volaré! – declaró Artemito.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

13

Así, pues, Artemito trató de volar todos los días. Probó a correr y

agitar las alas.

Pero éstas no lo llevaban muy lejos, a pesar de lo

mucho que las batía. Probó a saltar y moverlas. Esto tampoco le

sirvió. Probó a saltar desde la torre más alta del castillo. Esto atemorizó a la Princesa Pandy; pero Artemito tendió sus alas todo lo que daban y descendió flotando por el aire con gran suavidad.

-¡Pero todavía no puedo flotar hacia arriba! – protestaba Artemito. -Ya aprenderás, pequeño – le dijo el Rey Abuelo. El Rey, que observaba y pensaba, manifestó entonces:

-¡Hum! Me has dado una nueva idea para mis alas. Claro que tendré que rehacerlas por completo. Y partió rápidamente hacia su taller. -Artemito, estoy segura de que vuelas mejor y más lejos que antes – declaró Pandy. Y la Reina dijo:

-Claro que sí. Es cuestión de práctica.

Pero no hay que abusar. Y

ahora, ¿no quieren un poco de leche, pan y miel? Así fueron transcurriendo los días con gran rapidez. Diariamente practicaba Artemito con sus alas. El y la Princesa jugaban mucho y nadaban en el lago con el Rey Abuelo. Ayudaban a Petunia en la huerta y la cocina, y al Rey con sus cuerdas, alubias y alas. También jugaban a la guerra con Bip y Bop, los viejos soldados. Tocaban la trompeta del heraldo y cantaban con Beppo, Bingo y Buzz. Visitaban a las ardillas en su árbol hueco, hacían bromas a los atrevidos mirlos y escuchaban a Sir Halcón que les relataba sus aventuras de otros tiempos. Comían y bebían cosas deliciosas. Todas las noches los arropaba la Reina en cada una de sus camitas y se despedía de ellos con un beso. Artemito y la Princesa eran muy dichosos, y así fue como cada día era demasiado breve para todas las cosas encantadoras que deseaban hacer.

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14

Y luego, una mañana, mientras estaban jugando a la mancha en la pradera, oyeron la trompeta del heraldo. “¡Tut-tut-ttuuuuuuuut!” La Princesa Pandy se quedó inmóvil de la sorpresa, y Artemito, que la perseguía, pudo alcanzarla con toda facilidad. -¡Qué raro! – exclamó ella -. Acabamos de desayunarnos, de modo que no puede ser la hora del almuerzo. ¡Debe haber sucedido algo! Al instante echó a correr hacia el castillo, seguida por Artemito. Cuando llegaron al puente, Haroldo el heraldo seguía tocando la trompeta con todas sus fuerzas. “¡Tut-tut-tuuuuu!” -¿Qué pasa? Haroldo, ¿qué estás anunciando? – gritó la Princesa. -¡Un barco! ¡Viene un barco por el mar hacia nuestro castillo! – contestó el heraldo, y volvió a hacer sonar su trompeta. Artemito, la Princesa, el Rey Abuelo, el Rey, la Reina, Petunia, Beppo, Bingo, Buzz, Bip, Bop y Haroldo el heraldo corrieron hacia el lado de la montaña desde donde se podía ver el mar. En efecto, muy a lo lejos avistaron un barco con grandes velas blancas que se dirigía hacia el castillo. -¡Oh! Debe ser mi primo, el Príncipe Otto Adolfo Kerfoogalum Montmorency Hugo Gullup que viene a visitarnos – exclamó la Princesa -. Pero, ¿cómo va a subir por la montaña? -¡Hum! Tengo que pensar – murmuró el Rey-. Si hubiera terminado mis alas, podría volar hasta abajo para buscarlo. O si mi cuerda fuera lo bastante larga, podríamos bajarla y levantarlo. O si el tallo de las alubias hubiese crecido tan rápido como debía, él podría trepar. Pero todas esas cosas tardarán un tiempo antes que estén listas. ¡Hum! Será mejor que vuelva a trabajar en seguida con mis alas. Y alejóse hacia su taller, pensando con gran empeño. El barco se aproximaba cada vez más. -Temo que llegará antes que papá haya terminado sus alas – comentó la Reina -. Sería una pena hacer esperar al primo Otto ahora que viene desde tan lejos. -Quizá sea mejor si se vuelve y regresa de nuevo a su casa – murmuró el Rey Abuelo entre dientes. ¡Qué malo eres, abuelo! – exclamó Pandy. -¿Cómo puedes decir eso? El anciano miró a Artemito y, bajando la voz, le comentó:

-En tiempos pasados, los Gullup nunca se llevaron bien con la familia Dragón. -Pero los tiempos han cambiado, querido papá – intervino la Reina -. Estoy segura de que el primo Otto ha de ser un niñito bueno y bien educado.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-Eso nunca se sabe… - declaró el abuelo, agregando luego, en

tono más alegre -:

montaña.

De todos modos, no sé cómo va a subir la

El barco estaba ya muy cerca. Artemito lo observaba con fijeza. No había prestado atención a lo que decía el Rey Abuelo porque estaba pensando con gran concentración. Ahora dijo:

-Princesa Pandy, se me ocurre una idea. Ya sabes que hemos estado trabajando en la cuerda y regado las alubias diariamente,

mientras que el Rey Papá se ocupaba de sus alas.

El tallo de la alubia

ha crecido mucho y cubre ya la mitad de la distancia que hay desde el

pie de la montaña a la cima. Creo que la cuerda llegará desde aquí hasta esa mitad. De ese modo está solucionado el problema; tu primo puede trepar hasta lo alto del tallo, y nosotros podemos bajar la cuerda y subirle el resto del camino. -¡Qué idea maravillosa! – exclamó la Princesa. Volviéndose al heraldo, ordenó -: Haroldo, haz el favor de ir a buscar la cuerda. Haroldo corrió a cumplir la orden. Y ahora el barco habíase acercado a la costa tanto como era posible. Los que ocupaban su cubierta echaron un bote por su

costado.

Un niño bajó hasta él y se puso a remar.

Levaba una capa

adornada con piel de armiño y la corona que cubría su cabeza

indicaba que era un príncipe. -¡Qué bien rema! – dijo Artemito con gran admiración.

-¡Cuánto vamos a divertirnos los tres juntos! – exclamó la Princesa.

-¡Hum! – gruñó el Rey Abuelo -.

Ojalá que así sea.

Bueno, al mal

tiempo buena cara. En ese momento llegó el bote a la playa y el Príncipe saltó a tierra. Precisamente entonces regresó el heraldo con la cuerda, la que tenía el largo suficiente para llegar a lo alto del tallo de la alubia. Así, el Príncipe trepó y trepó por el tallo hasta su parte superior. Luego sentóse en el lazo que había al extremo de la cuerda, y Bip y Bop comenzaron a tirar de ella con todas sus fuerzas. Al cabo de un rato llegó el Príncipe a lo alto de la montaña.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

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15

La Reina estrechó la mano del Príncipe y le dijo:

-Estoy segura de que debes ser mi querido sobrinito, pues te pareces mucho a tu mamá y a tu papá, de modo que te reconocería en cualquier parte. Teníamos la esperanza de que vinieras a visitarnos. Bienvenido, Otto. Acto seguido, lo besó.

El Príncipe pasóse el dorso de la mano por la cara para borrarse el beso y respondió:

-¡No me llamo Otto! Soy el príncipe Otto Adolfo Kerfoogalum Montmorency Hugo Gullup. Pero como estáis emparentada conmigo os permito abreviar y dejar de lado el Gullup. -Para abreviar más, te llamaré Otto – manifestó la Reina en tono placentero. Entonces saludaron los demás al recién llegado. Después hicieron señas con la mano a la gente del barco y la embarcación partió a continuación. La Reina dijo que ella y Petunia tenían que preparar la comida, y el Rey Abuelo manifestó que debía terminar su siesta. A poco se retiraron todos los mayores para ocuparse de sus cosas. Cuando quedaron solos, la Princesa Pandy dijo:

-Me alegro mucho de que hayas venido a fin a visitarnos, primo Otto. Espero que te quedes mucho tiempo. -Mi madre me dijo que podía quedarme todo el tiempo que quisiera – respondió el príncipe. Luego hizo una mueca y señaló a Artemito - ¿Y eso qué es? -Es mi amigo. -¡Qué tontería! Es un dragón – declaró el príncipe. -Claro que lo es – admitió la Princesa -. Se llama Artemio Pedro Eduardo Adalberto Josafat Dragón, pero le llaman Artemito para abreviar.

-Lo llamaré como me dé la gana – dijo el Príncipe -.

Creo que es

un tonto, de modo que lo llamaré Tonto. ¿Qué dices tú, Tonto?

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-Pues, no es mi nombre, pero no me desagrada – contestó Artemito -. Pedes llamarme Tonto,

-Pues, no es mi nombre, pero no me desagrada – contestó Artemito -. Pedes llamarme Tonto, si quieres.

-¡Eres realmente un tonto, Tonto! – gritó el Príncipe -. ¡Bah, no te tengo miedo! ...

-¡Claro que no!

– intervino la Princesa echándose a reír.

... Artemito estaba tan sorprendido que no pudo decir nada. ¿Por qué iba a tenerle nadie miedo a él? Tanto se asombró que sus ojos se agrandaron y brillaron mucho más que de costumbre mientras contemplaba al Príncipe. El recién llegado retrocedió unos pasos al tiempo que desenvainaba su espada.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-¿Quién tiene miedo? – gritó. -Nadie – contestó Pandy -. ¿Qué es eso con lo que apuntas a Artemito? Es muy bonito. -No es “bonito”… ¡Es una espada! Parece que no sabes muchas cosas, ¿eh? -Así es… Pero sabré muchas más cuando crezca, según afirma mamita. Sin embargo, me alegro de no haber crecido todavía. Y ahora, juguemos a la mancha… o a cualquier otro juego que tú quieras, primo Otto. -Yo no juego a cosas tontas como la mancha –respondió el príncipe -. Pero te permitiré que me muestres tu montaña. Así, pues, ella y Artemito se dispusieron a mostrar al Príncipe Otto todos los lugares hermosos de la montaña. Primero llegaron a las colinas, que estaban cubiertas de rosas silvestres, campanillas y fresas.

-¿Quién tiene miedo? – gritó. -Nadie – contestó Pandy -. ¿Qué es eso con lo que

-¿Llamas colinas a estas lomitas? – exclamó Otto. -Sí – contestó la Princesa. -Pues yo no. -¿No? – Pandy recogió una fresa y se la dio.

-Las fresas de mi castillo son más grandes – declaró él, metiéndose la fruta en la boca.

-¿De veras?

¡Qué lindo!

-¡Son el doble de grandes!

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-Entonces puedes comer el doble de éstas – repuso ella, recogiendo más fresas para dárselas a su primo. Artemito la ayudó sin decir palabra hasta que el Príncipe hubo comido todas las que pudo tragar.

-Ahora basta – dijo al fin Otto -.

Si como más no tendré apetito

para el almuerzo. Poco después llegaron al arroyuelo. Pandy quitóse los zapatos y las medias, y ella y Artemito lo vadearon. El Príncipe Otto quedóse a la orilla, arrojando al agua palillos y guijarros. -¡Puedo arrojar las piedras mucho más lejos que ustedes! – les gritó a los dos amiguitos. -¿De veras? – dijo ella. -Es fácil que sí – admitió Artemito -. Yo no puedo arrojarlas muy lejos. -Prueba – lo desafió el Príncipe. Así lo hicieron. Pandy no llegó tan lejos como su primo, pero Artemito arrojó su piedra mucho más lejos que los dos.

-¡Eso no vale!

– gritó Otto -. ¡Hiciste trampas!

... El dragoncito estaba demasiado sorprendido para decir nada. Pero la Princesa se enfadó. -¡Malo! ¡Has dicho un embuste! – exclamó -. ¡Artemito jamás hace trampas! -Si ni siquiera sé cómo se hacen – declaró entonces Artemito. -Entonces eres más que tonto. ¡Tonto, tonto, tramposo, tramposo! – chilló Otto. -¡Calla, Otto! ¡Calla! – intervino Pandy.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Acto seguido pateó el suelo; pero se había olvidado de que no tenía puestos los zapatos

Acto seguido pateó el suelo; pero se había olvidado de que no tenía puestos los zapatos ni las medias. Golpeó contra una piedra y se hizo daño en un dedo. -¡Aaaayyy! – gritó. -¡Te lo tienes merecido! – rió el Príncipe. Rió tanto y con tantas ganas que Artemito comenzó a experimentar una sensación extraña en su interior. Nunca la había sentido y no sabía que era la rabia. Sólo sabía que no le agradaba que el Príncipe riera porque la Princesa Pandy se había hecho daño. En ese momento sonó la trompeta llamando para el almuerzo, de modo que los tres corrieron lo más rápidamente posible hacia el

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castillo. La Princesa iba saltando sobre un pie, porque el otro le dolía mucho. Artemito la ayudó y así pudieron avanzar con bastante rapidez. -¿Te duele mucho el dedo, Princesa Pandy? – preguntó. -No, y pronto se me pondrá bien – contestó ella -. Además, es muy divertido saltar así.

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16

Durante el almuerzo el Príncipe Otto se sirvió carne y pan con salsa tres veces seguidas. Luego apartó su plato sin tocar las legumbres. -No me gusta el zapallo ni la ensalada – declaró. -Quizá tampoco les gustes tú a ellos – repuso la Reina. Petunia entró entonces con una gran fuente llena de helado y torta de chocolate. -Tía Reina, supongo que ahora dirás que no puedo comer helado ni torta, ¿eh? -¿Y por qué supones eso? – inquirió su tía. -Porque cuando estoy en casa, mamá siempre dice que no puedo comer postre si no como las legumbres…,¡pero siempre como el postre aunque ella no quiera! -Puedes comer todo el postre que quieras, Otto – contestó la Reina. -¿”Todo” el que quiera? ¿Lo dices de veras? -Claro que sí. Por consiguiente, el Príncipe Otto se sirvió tres platos llenos de helado y cuatro pedazos muy grandes de torta. Comió los dos primeros platos de helados con gran rapidez; pero tardó bastante en terminar el tercero y los dos últimos trozos de torta. Todos esperaron

cortésmente a que terminara. Cuando se retiraron de la mesa y los tres pequeños se fueron de nuevo a jugar, la Princesa Pandy preguntó:

-¿Qué te gustaría hacer ahora, primo Otto? -Nada – repuso el aludido. -No sabemos cómo se hace eso. Lo siento, primo Otto. -¡Ay! – exclamó el Príncipe. Artemito le miró entonces. Otto tenía la cara fruncida, como si le doliera algo. -¿Te duele algo, Príncipe Otto? – preguntó entonces el dragoncito. -¡Ay! ¡Sí! – contestó Otto de mal talante.

-¡Cuánto lo siento, primo!

– exclamó la Princesa -. Vamos a ver

... Siempre me cura a mí.

a mamá y ella te curará.

-¡Ay! – exclamó el Príncipe. Pero dejó que la Princesa Pandy le acompañara hasta donde estaba la Reina, quien le dio un remedio y le acostó. Durante el resto del día, Pandy y Artemito lo pasaron muy bien.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

17

Al día siguiente, el Príncipe Otto ya estaba completamente repuesto. Después del desayuno, el Rey Abuelo, la Princesa y Artemito lo llevaron a nadar al lago. El Príncipe nadaba muy bien.

También sabía zambullirse y hacer toda clase de pruebas en el agua, cosa que hizo una y otra vez, gritando en todo momento:

-¡Mírenme! ¡Vean lo que sé hacer! Apuesto a que no pueden hacer esto! Artemito y la Princesa le aplaudían, pero el Rey Abuelo gruñía por lo bajo. Al fin le dijo el Príncipe al dragoncito:

-¡Te apuesto a que puedo nadar más rápido que tú!

¡Ven a

probar! Artemito no deseaba hacerlo. Sabía que era capaz de nadar más rápido y que eso disgustaría mucho al Príncipe Otto. Pero el Rey Abuelo tronó, ordenando:

-¡Ve, Artemito! ¡Prepárense los dos!

Acto seguido, se prepararon ambos. El Rey Abuelo contó:

-Uno para prepararse… Dos para alistarse…, ¡y tres para partir! Los dos se alejaron nadando y Artemito llegó al otro lado del lago antes de que el Príncipe hubiera recorrido la mitad de la distancia.

-¡Hurra! ...

– aprobó el Rey Abuelo -. ¡Muy bien, Artemito!

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Otto jadeaba y parecía muy enfadado. -No es justo – protestó de mal talante -. Me

Otto jadeaba y parecía muy enfadado. -No es justo – protestó de mal talante -. Me ganaste sólo porque tienes cola y yo no. -Ya lo sé. Sirve de mucho para nadar – asintió Artemito. (De paso pensó: “Quizá no sea justo, pero yo no soy el culpable de tenerla. ¡Además, es mía y me alegro de ello!”) Mientras él pesaba así, Otto le gritó:

-Oye, Tonto, ¿sabes volar? -No muy bien. -Entonces, ¿para qué tienes esas alas? – le preguntó el Príncipe. -Todavía no lo sé bien – dijo el dragoncito. Otto comenzó a reír y el Rey Abuelo lo miró con el ceño fruncido. -Jovencito, tú me hartas – declaró, y se fue a dormir su siesta. -Vamos, primo Otto – se apresuró a decir Pandy -. Todavía no has visto el bosque. Es muy bonito. Cuando llegaron al bosque, el Príncipe Otto miró los árboles y comentó:

-¡Los árboles de mi castillo son mucho más altos! -También lo son los que hay cerca de mi caverna – manifestó Artemito -. Estos son diferentes, pero no tienen nada que envidiarles en hermosura. En ese momento vio Otto el árbol hueco en que vivían las ardillas.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-¡Ahora sí que nos divertiremos!

– gritó, echando a correr hacia

... el hogar de las ardillas con la espada en alto. Los pobres animalitos

huyeron despavoridos en todas direcciones.

-¡Oh, Otto, las asustaste! – protestó Pandy. El Príncipe rompió a reír.

-¡Claro que sí!

Bueno, ¿qué otra cosa tienes para mostrarme?

... -No sé – dijo la Princesa, y agregó con lentitud -: Todavía no has

visto mi casita de juegos, pero no creo que te guste. -¿Dónde está? No tengo inconveniente en ir a mirarla – manifestó el Príncipe, como si hiciera a su prima un gran favor.

Partió luego con ella, todavía blandiendo su espada y riendo a más y mejor. -¡Cómo hice correr a esas ardillas! – gritó. –Sabían lo que iba a hacerles si no se quitaban de mi camino. -¿Qué, Otto? – inquirió la Princesa -. ¿Qué ibas a hacerles?

-¡Esto…, y esto…, y esto!

– contestó él, y levantando la espada

... para ilustrar lo que decía, cortó tres margaritas con otros tantos tajos. Pandy se detuvo y quedóse como convertida en piedra. -Otto, eres un niño malo – manifestó -. ¡No me gustas! -¿Y qué piensas hacer al respecto? – se burló él, riendo mas que antes. -Si no fueras mi primo, te diría que te fueras otra vez a tu casa – exclamó ella. -No me importa lo que me digas. Me quedaré todo el tiempo que quiera. Y ahora me estoy divirtiendo, de modo que me quedaré mucho tiempo. Artemito no dijo nada. Estaba pensando en las ardillitas que nunca habían hecho daño a nadie. Recordaba cómo se había reído el Príncipe de la Princesa Pandy cuando ésta se hizo daño al golpearse el pie con una piedra. De nuevo volvió a experimentar la extraña sensación desagradable que, aunque él no lo sabía, era de rabia. Esta vez la notó más fuerte que nunca.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

allí. No sabía qué hacer al respecto. Sólo supo que quería alejarse de Al fin pudo

allí.

No sabía qué hacer al respecto. Sólo supo que quería alejarse de Al fin pudo decir:

-Perdona, Princesa Pandy. – Y se retiró. Ella pareció a punto de seguirlo, pero Otto era su primo y estaba de visita. Además, ella era muy cortés, aunque él fuera un mal educado. Y en ese momento vio Otto la casita de juegos y echó a correr hacia ella. Lanzando un suspiro, la Princesa lo siguió. Por su parte, Artemito partió en la dirección opuesta. Al cabo de un rato tendióse en la hierba y se puso a pensar en esa sensación rara que tenía y preguntóse qué sería. ¿Por qué no la había sentido nunca hasta entonces? Deseó poder preguntárselo a su mamá. ¡Ah, si pudiera ir volando a su casa en ese mismo momento! Al pensar en esto recordó que no había practicado durante ese día. -Será mejor que lo haga ahora – se dijo en voz alta. Así lo hizo; mas por mucho que se esforzó, sólo pudo volar un poco más lejos de lo que saltaba. Le pareció que no volaba mejor que cuando había comenzado a esforzarse por aprender. -Me parece que ya no aprenderé nunca – murmuró -. Quizá mis alas no sirvan para nada. Sentóse entonces muy desanimado.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

En ese momento le sobresaltó un grito y una risotada que provenían de la casita de juegos. Artemito se puso de pie de un salto, y al mirar vio al Príncipe que salía corriendo por la puerta de la casita. La Princesa Pandy le seguía de cerca. La niña lloraba mientras hacía todo lo posible por alcanzar a su primo, quien reía a más y mejor mientras retrocedía para alejarse de ella. Empuñaba la espada en la diestra y en el extremo de la misma llevaba ensartada a Susie, la muñeca favorita de la Princesa Pandy. Esta vez la extraña sensación que experimentara Artemito se presentó con más fuerza que nunca. Súbitamente adivinó lo que era. -¡Estoy enfadado! – gritó -. Y sé muy bien lo que tengo que hacer. ¡Le enseñaré a Otto a comportarse! Acto seguido echó a correr por la pradera a todo lo que daban sus patas. Mas la pradera era muy ancha. Antes de que Artemito pudiera llegar hasta donde estaba el Príncipe Otto, la princesita ya lo había alcanzado.

-¡Dame a Susie, niño malvado!

...

mi Susie! ¡Le estás haciendo daño!

– gritaba ella -. ¡Devuélveme a

-¡Bah!

¡Si no es más que una muñeca, tonta! – se burló Otto, y al

mismo tiempo dio a su prima un empellón brutal.

-¡Oh! – exclamó Artemito. Luego gritó -: ¡Ya voy yo, Pandy! Y tendiendo las alas, voló hacia lo alto, cruzó la pradera y el lago y dirigióse adonde estaban los dos primos. Voló tan raudo que no lo vieron hasta que estuvo allí. Descendió frente al Príncipe y le dijo:

-¡Devuelve a Susie a la Princesa Pandy! ¡Inmediatamente! El príncipe Otto obedeció con presteza. -Y ahora voy a darte una lección de educación – declaró el dragoncito. -Apártate de mí – chilló el Príncipe -. Apártate o te clavo mi espada. -No harás tal cosa – repuso Artemito. Arrebató la espada de Otto, la rompió en dos y arrojó a un lado los pedazos. Después tendió sus garras hacia el príncipe. -¡No me hagas daño! – gimió Otto -. ¡No me hagas daño! -No te haré mucho – dijo Artemito. Puso a Otto sobre una de sus rodillas y le dio un azote donde mayor bien habría de hacerle. -¿Vas a hacer daño otra vez a la Princesa Pandy?

-¡Nunca, nunca!

– sollozó el Príncipe -. ¡Suéltame! ¡Aayyyy!

... El dragoncito le dio otra palmada. -¿Vas a reírte de ella cuando se lastime? -No, no… ¡Aayyyy! El dragoncito volvió a pegarle. -¿Vas a romper sus muñecas? ¿O a asustar a las ardillas? ¿O a cortar las margaritas?

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-¡No, no, no! Me portaré bien… ¡Buuubb! Artemito le dio el último azote como regalo y luego lo soltó. -Y no vuelvas a llamarme tonto. No me agrada. -¡Jamás volveré a llamarte tonto mientras viva! ¡Te lo prometo y te lo juro! – chilló Otto.

Mientras se alejaba retrocediendo, iba acariciándose el sitio dolorido. Parecía muy atemorizado y le castañeteaban los dientes. Cuando estuvo a distancia segura, giró sobre sus talones y echó a correr. La Princesa Pandy lo observó alejarse. Luego dijo:

-Quizá se porte bien después de esto. No hay duda que lo asustaste, Artemito.

-¿Verdad que sí? – repuso él.

No lo dijo con vanidad;

por el

contrario, sentíase muy sorprendido -. ¿Por qué será? ¡Al fin y al cabo es tan grande como yo! -Creo que debe haber sido por la forma en que lo mirabas – opinó la Princesa Pandy -. Te diré, realmente parecías muy furioso,

Artemito. Daba miedo ver el fuego que salía de tu boca y las nubes de humo que salían de tu nariz. -¿Qué? – exclamó Artemito. -Todavía te sale un poco, aunque no tanto como antes. Artemito notó entonces por primera vez que brillaban algunas llamas entre sus labios, y que de su nariz salía humo como de una chimenea. -Es muy bonito ahora que no te muestras enfadado – manifestó Pandy -. ¿Cómo lo haces?

-No…, no sé.

Jamás lo hice antes, y ahora no me di cuenta de

que estaba haciéndolo. De pronto le castañetearon los dientes con tanta fuerza como al Príncipe. Era tan fuerte el ruido que hacían que la Princesa preguntó:

-¿Qué te pasa, Artemito? -Es… estoy… asustado – contestó el dragoncito. -¿De qué? – preguntó ella, llena de sorpresa. -De… de… mí mismo. Artemito comenzó a estremecerse, y cuando le temblaron las piernas, comprendió que iban a echar a correr, llevándolo consigo. Apenas si tuvo tiempo de decir:

-¡Permiso…, Princesa! Y al instante se alejó a toda prisa.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

18

18 Artemito corrió y corrió y corrió. No se preguntó dónde iba, pues el detalle no

Artemito corrió y corrió y corrió. No se preguntó dónde iba, pues el detalle no tenía importancia; no iba a ningún sitio en especial. Sólo quería huir de sí mismo, cosa que nadie puede hacer, mas él lo ignoraba porque era la primera vez que lo intentaba. Corrió con tanta rapidez que pronto debió detenerse porque había

llegado al borde de la montaña. Estaba sin aliento y se dejó caer al suelo, respirando con dificultad. -Bueno, por lo menos ya no echo fuego y humo – dijo agradecido

-.

¿Cómo es que hice una cosa así?

¿Y si volviera a hacerlo de

nuevo? Todavía estoy asustado de mí mismo. Y parece que es inútil que lo intente; no puedo huir de mí mismo. ¡Ah, pero cuánto me gustaría estar con mamá en este momento! Miró por sobre el borde de la montaña y sobre el llano arenoso, para fijar la vista en la selva. -¡Qué lejos está! Tardaré muchísimo en llegar – murmuró -. ¡Caramba, caramba! Sentíase tan desalentado que continuó diciendo “Caramba” durante largo rato. De pronto calló. ¡Acababa de recordar que sabía volar! -¿Por qué no pensé antes en eso? – exclamó, agregando -:

Parece que soy un tonto, como dijo el Príncipe Otto. ¡Caramba, ahora puedo ir a casa en menos que canta un gallo! Y sin esperar un instante más tendió sus alas y echó a volar, alejándose de la montaña para cruzar el llano y llegar hasta la selva.

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Voló tan rápidamente que en muy poco tiempo había llegado a la caverna y estaba en su casa. ¡Cuánto se alegraron sus padres de verlo otra vez, y cuán feliz se sintió Artemito de estar con ellos! Sin la menor demora comenzó a contarles sus aventuras, y ellos se mostraron tan interesados que no pudieron abstenerse de formularle preguntas e interrumpirle. La historia se hizo entonces muy confusa hasta que dijo su papá:

-Mamá, debemos guardar silencio. Hijito, comienza de nuevo por el principio. Así pues, Artemito comenzó desde el principio; les dijo por qué habíase alejado de la cueva en busca de un compañero de juegos; les contó cómo había viajado largo tiempo por la selva; cómo cruzó el llano arenoso y ascendió la empinada montaña. Les habló de la Princesa Pandy, de lo bonita, alegre y bondadosa que era y de lo mucho que se divirtieron juntos. Describió al Rey Abuelo, a la Reina Mamita, al Rey papá, a Petunia, Beppo, Bingo, Buzz, Bip, Bop y Haroldo, Sir Halcón, las ardillas y los mirlos, el castillo, el foso y el puente levadizo, el jardín, la huerta, la pradera, el bosque y las colinas, el lago, el arroyuelo y el gran océano al otro lado de la montaña. Les enumeró todas las cosas buenas que había comido, les tarareó la música de los violinistas y les describió el taller del Rey Papá. Después les confió que todos los días había practicado el vuelo. Esto último interesó a su papá más que ninguna otra cosa. -Yo sabía volar, y tu mamá también, pero eso era hace mucho tiempo – expresó -. Ahora lo hemos olvidado. ¿Crees que nos podrías enseñar, hijito?

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

-No sé cómo lo hice, papá. De repente un día extendí las alas y volé. Había

-No sé cómo lo hice, papá.

De repente un día extendí las alas y

volé. Había llegado a la parte de su relato que no le agradaba recordar. Empero, la recordaba, y realmente deseaba hablar de ello con sus padres. Así, pues, habló de la visita del Príncipe Otto y de lo que sucedió después hasta el momento en que el Príncipe dio un empellón a la Princesa y él tuvo que volar para ir en su rescate.

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Luego, con más lentitud, contó cómo había decidido dar una lección a Otto, le rompió la espada y le dio de azotes y le asustó tanto que le hizo huir corriendo. -Pero no quise asustarlo tanto – agregó luego-. ¡Lo juro!

-¡Hum! ¿Y por qué no?

Al fin y al cabo era tan grande como tú –

manifestó su padre -. De otro modo no hubiera estado bien.

- Y no hay duda de que se merecía la paliza – declaró la mamá.

-La paliza se la di con toda intención

aclaró Artemito -. Pero no

quise asustarlo tanto. No sabía que estaba echando fuego y humo

por la nariz y la boca.

¡Y me asusté yo también! Todavía tengo

miedo. Se estremeció al pronunciar estas palabras y su mamá le tomó en sus brazos.

-¡Vamos, vamos! – le dijo -. No tienes por qué asustarte de eso, hijito Y su papá agregó:

-Es un talento especial de la familia Dragón. -¿Qué es “un talento”, papá? -Es algo que pueden hacer ciertas personas y no pueden otras – explicó papá Dragón -. Pero nunca debes ufanarte de ello.

-¡Oh! ...

– Artemito se sorprendió tanto que dejó de estremecerse

-. Parece algo bueno. -Lo es, siempre que seas cuidadoso. Pero debes aprender a

emplearlo, tal como aprendiste a emplear tus alas. Artemito pensó un rato en esto. Ya no tenía miedo, aunque estaba muy intrigado.

-Pero, papá, no aprendí a volar – exclamó -.

¡Lo hice un día sin

darme cuenta! -Estuviste aprendiendo todo el tiempo que practicabas – declaró papá Dragón. Artemito pensó un poco más y expresó al fin:

-Entonces aprenderé a echar fuego y humo cuando quiera y a no hacerlo sin intención. Y ya no tendré miedo de mí mismo, así podré volver a visitar algún día a la Princesa Pandy. Su mamá lo abrazó con fuerza. -¡Así me gusta, queridito! Y su papá declaró:

-Pero antes debes enseñarnos a volar. No podemos permitir que te alejes nuevamente de casa, a menos que podamos ir a buscarte a toda prisa si llega a ser necesario.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

19

Después, su mamá y su papá le observaron volar todos los días a fin de aprender cómo lo hacía. Pero por más que extendieron las alas y las batieron y las agitaron, no pudieron aprender. -Me he olvidado de todo lo que sabía – suspiró el papá. -Dicen que siempre se recobra la habilidad – dijo la madre, también suspirando -, pero conmigo no ocurre tal cosa. -Ya llegará, mamá – exclamó Artemito -. No te desanimes, papá. Y así, sus padres continuaron practicando. Pero a veces el mismo Artemito se desanimaba, pues, aunque lo intentaba todos los días, no podía aprender a echar fuego y humo en el momento en que se le ocurría hacerlo. Empero, cierta vez que estaba durmiendo y no pensaba hacerlo (soñaba que el Príncipe Otto le tiraba del pelo a la Princesa Pandy), despertó echando enormes llamas por la boca y grandes nubes de humo por la nariz. En seguida se contuvo. Pero de nuevo volvió a asustarse de sí mismo. Además, sintiese muy apenado, pues parecía que no podría volver a visitar a la Princesa Pandy, y a medida que pasaba el tiempo la echaba de menos cada vez más. -Ni siquiera me despedí – se dijo, y dos grandes lágrimas asomaron a sus ojos para correrle por las mejillas. Al llegar a su nariz, comenzaron a bullir como gotas de agua sobre una plancha caliente -. ¡Oh! – exclamó -. ¡Qué difícil resulta aprender las cosas y cuánto tiempo se tarda! ... Mas no cejó en su empeño, y sus padres también continuaron decididos a aprender a volar.

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20

Un día, mientras estaban descansando unos minutos en el claro donde practicaban, oyeron un sonido distante: “¡Tut-tut-tuuuuuut!” -¡El cuerno del cazador! – exclamó el papá. Y la mamá dijo:

-Vamos, Artemito, tenemos que volver a la caverna. Pero Artemito gritó:

-¡Mamá, papá, no son los cazadores! ¡Escuchen! ¡Escuchen! Escucharon ellos y volvieron a oírlo. Esta vez estaba mucho más cerca y provenía de lo alto. -Es la trompeta del heraldo – dijo Artemito. Todos miraron hacia arriba. Poco después apareció en el cielo un puntito que parecía ser un pájaro que volaba. Pero cuando el puntito se fue acercando, vieron que era demasiado grande para ser un pájaro. Cada vez se aproximaba más. El papá de Artemito estaba demasiado interesado para hablar. -¿Qué puede ser? – dijo la mamá.

-¡Son la Princesa Pandy y el Rey! ¡Al fin ha terminado sus alas! ...

– gritó el dragoncito -. ¿Ven ese canasto que cuelga de las alas?

En

él está el Rey y la Princesa. Ella hace sonar la trompeta del heraldo

para avisarnos que llega. Un momento más tarde, el canasto volador aterrizó suavemente sobre el suelo cubierto de musgo. Saltó de él la Princesa y corrió hacia Artemito, echándole los brazos al cuello. -¡Oh, Artemito, no sabes cuánto te he echado de menos! – exclamó. -No más que yo a ti, Pandy – repuso él, devolviéndole el abrazo. El Rey estaba estrechando la mano de mamá y papá Dragón, mientras que éstos le decían lo mucho que se alegraban de conocerlo. Después saludaron a la Princesa con grandes muestras de cariño. -¿Y cómo está tu querida mamita? – le preguntó mamá Dragón.

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-Muy bien, gracias – repuso la Princesa -. Les envía cariños y espera que vayan pronto

-Muy bien, gracias – repuso la Princesa -. Les envía cariños y espera que vayan pronto al castillo. -Lo haremos con mucho gusto… - comenzó mamá Dragón. -…tan pronto aprendamos a volar – terció papá Dragón. Luego interesose tanto en las alas del Rey, y éste se mostró tan dispuesto a explicar cómo funcionaban, que mamá Dragón dijo:

-Bueno, tengo que preparar la comida. Perdonen Uds. Y estoy segura de que los niños deben tener muchas cosas de que hablar a solas. Vayan Ustedes. Ya los llamaré cuando esté lista la comida.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Artemito y la Princesa corrieron al Escondite Secreto en el árbol hueco y se instalaron allí muy cómodamente. Tenían tanto que contarse que casi no sabían cómo empezar.

Artemito contó cómo había volado hasta su casa y dijo cuánto le había gustado volver a ver a sus padres y cómo se alegraron ellos también con su regreso. Explicó que se estaban esforzando mucho por aprender a volar para así poder visitar la montaña con él. Además, dijo que estaba tratando de dominar su talento especial. -Porque no está bien lanzar fuego y humo cuando uno no piensa

hacerlo – dijo -. Princesa Pandy. Sonrió ella.

¿Y si te lo hiciera a ti?

Eso me dolería mucho,

Artemito y la Princesa corrieron al Escondite Secreto en el árbol hueco y se instalaron allí

-Pero nunca lo harías – expresó -. Estoy segura de que lo haces sólo cuando te enfadas con alguien, y conmigo no podrías enfadarte. -¡Claro que no! Entonces la Princesa le contó cómo lo habían buscado todos cuando no regresó al castillo. -Pero cuando no pudimos encontrarte, comprendimos que habrías

regresado a tu casa…

Abuelo y yo sabíamos que volverías otra vez

a la montaña, pero nos resultó muy penosa la espera. Por eso ayudé

a papá a terminar sus alas y de repente las tuvo listas un día…, ¡y

funcionaban! ..

¡Y aquí estamos!

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

Luego le contó a su amiguito muchas otras cosas que habían sucedido durante su ausencia. Finalmente dijo:

-Todavía no te he dicho nada respecto al primo Otto. Verás:

después que tú le diste la paliza, mamita lo acostó y le puso una bolsa de hielo donde más falta le hacía. Después se portó bien durante un tiempo. Abuelo dijo que le convenía marchar derecho, pues de otro modo volverías tú a darle otra lección. Pero como no volvías tú, Otto dijo entonces que él te había asustado y que tú no te atrevías a regresar. De nuevo se volvió vanidoso, molesto y malo. Un día me pellizcó. Artemito sintió que se le calentaba la nariz. No dijo nada, y la Princesa prosiguió:

-Claro que no dije nada; pero Abuelo vio el magullón y dijo que si Otto volvía a hacerme daño, él mismo le daría una paliza peor de la que le habías dado tú. Otto le contestó que si no podía divertirse, se volvería a su casa. Abuelo manifestó que la idea le parecía muy buena y mandó a Sir Halcón con un mensaje para los padres de Otto. Fue entonces el barco a buscarlo y emprendió viaje. Dijo que nos denunciaría a su padre y que su padre iría para hacernos la guerra .. Artemito respiraba con fuerza. La Princesa lo miró y dijo:

-¿Qué pasa, Artemito? -Estoy… muy… enfadado. Pero… trato de… no… echar… fuego… y humo. Siguió esforzándose, y la nariz se le fue poniendo cada vez más caliente. ¡Pero esta vez no lanzó ni una chispita ni un poquito de humo siquiera! Y pronto comenzó a calmarse. Al fin dijo:

-Bueno, parece que estoy aprendiendo. -¡Qué bien! – aprobó ella -. Ahora mira si puedes hacerlo cuando quieres. Hazlo por mí, Artemito. Lo intentó él…, ¡y lo consiguió! -¡Qué lindo! – exclamó Pandy -. Le estuvo mirando y luego pidió -: Ahora intenta parar. Así lo hizo él, y logró interrumpir el fuego. -¡Maravilloso! - lo felicitó Pandy. En ese momento los llamó mamá Dragón y corrieron a cenar, sintiéndose alegres y dichosos. Mamá y papá Dragón también se alegraron al enterarse de que al fin aprendía a gobernar su talento. Y el Rey, mostrándose muy interesado, preguntó si también Lord y Lady Dragón poseían el mismo don. Ambos le respondieron con gran modestia que así era, en efecto. -Si no es mucha molestia, ¿podrían mostrarme cómo lo hacen? – pidió entonces el soberano. Así lo hicieron. -¡Maravilloso! – exclamó el Rey -. Y también debe ser muy útil. -Lo era en otros tiempos – repuso Lord Dragón.

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-Pero todo ha cambiado – terció su esposa -. Hace muchos años que no necesitamos nuestro talento. Probablemente no volvamos a emplearlo nunca más. -Abuelo dice que eso nunca se sabe – intervino Pandy. El Rey estaba pensando con gran concentración. -Si vivieran ustedes en nuestra montaña… - expresó. -¡Qué lindo sería! – exclamó la Princesa, batiendo palmas. -Claro que sería mucho pedir – observó el Rey -. Sólo pensaba… Todos esperaron que continuara. Al fin dijo el papá de Artemito:

-¿Sí, Alteza Real? ¿Pensabais…? -Pues verán… - manifestó el Rey -. Vivíamos muy felices en nuestra montaña hasta que vino a visitarnos nuestro sobrino, el Príncipe Otto Gullup. Me duele decirlo, pero no se portó bien. Y cuando emprendió el regreso, declaró que su padre vendría a hacernos la guerra. Eso preocupa mucho a la Reina, pues a los Gullup les gusta guerrear y a nosotros no. El papá de Artemito se irguió en toda su estatura, que era considerable. El dragoncito jamás lo había visto tan serio. -¡Si yo estuviera allí no se atrevería a molestarlos! – declaró papá Dragón -. A mí tampoco me gusta guerrear, pero no tendría necesidad de hacerlo. ¡De un susto los pondría en fuga! -En eso pensaba – expresó el Rey. -¡Oh, papá y mamá Dragón! – intervino la Princesa Pandy -. ¿Vendrán ustedes? ¡Nos divertiríamos tanto! -Sería muy agradable, queridita. Me gustaría mucho conocer a tu mamita – contestó la mamá de Artemito -. Debo confesar que la vida social de la selva no es lo que era antes, y mucho me agradaría ver a otra dama. Iremos tan pronto hayamos aprendido a volar de nuevo…, si es que alguna vez lo conseguimos. Finalizó la frase con un suspiro. -Tenemos que aprender – declaró papá Dragón -. Ven, vamos a probar ahora mismo. En seguida fueron todos al claro. El Rey, Artemito y la Princesa observaron con gran interés y luego con ansiedad, mientras papá y mamá Dragón practicaban una y otra vez. Empero, sólo podían volar unos metros y al final les flaqueaban las alas y caían al suelo. Al fin dijo papá Dragón:

-Bueno, entonces viajaremos a pie. Artemito lo hizo y nosotros también podremos hacerlo. Partiremos cuanto antes. -Muy bien, Artemio – asintió su esposa -. Pero primero empaquetaré algunas cosas que vamos a llevar. -Haz el favor de apresurarte, Milicenta. Tardaremos bastante en llegar a la montaña, y no sabemos si nos necesitan en este momento. Precisamente entonces se oyó un batir de alas en lo alto. Todos levantaron la vista. -¡Es Sir Halcón! – exclamó la Princesa.

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Sir Halcón descendió con gran rapidez, saludó al Rey y dijo casi sin aliento:

-Majestad, os traigo un mensaje de Su Gordura Real. ¡Los Gullup nos atacan! Han venido en tres barcos grandes, con cañones que arrojan rocas hasta el castillo. Tienen escaleras que los soldados están colocando contra el costado de la montaña. ¡Hay centenares! Pero Su Gordura Real afirma que no nos rendiremos. Lucharemos hasta el último hombre y hasta el último mirlo! -¿Qué dice el Rey Gullup? – preguntó el Rey. -Se ríe de manera desagradable y dice que somos tontos. Jura

que nos vencerá en menos que canta un gallo y se apoderará del castillo. Después nos gobernará por siempre jamás, y nosotros tendremos que hacer lo que él ordene.

-Eso no me parece bien – declaró el Rey -.

No creo que las cosas

que nos ordene sean cosas buenas. Además, no queremos que nadie

nos dé órdenes. Mientras hablaba, marchó rápidamente hacia sus alas y se instaló

en el canasto que pendía de ellas.

La Princesa Pandy se puso a su

lado. -Adiós, queridos amigos – dijo el Rey. Pandy saludó a Artemito con la mano mientras se elevaban acompañados por Sir Halcón. Artemito ya había extendido sus alas. -Papá, mamá, debo ir con ellos – gritó -. Yo asusté al Príncipe Otto. Ahora trataré de asustar al Rey Gullup. -Ve, hijito – respondió papá Dragón con voz profunda. El también había extendido sus grandes alas. Luego miró a su esposa. Ella no dijo nada, pero también se preparó para volar.

Y un instante después, Artemito, su papá y su mamá se elevaban por el aire sin la menor dificultad. Muy pronto estaban junto a sus amigos, los que se sintieron llenos de júbilo al verlos. Así volaron muy por encima de las copas de los árboles, pasando por el llano arenoso, en dirección de la montaña. La cruzaron a gran altura, dirigiéndose hacia el lado que daba al océano, desde donde resonaban los cañonazos. Muy por debajo de ellos vieron tres barcos, cuyos cañones arrojaban rocas contra el castillo. El Rey Gullup, que se hallaba sobre la cubierta del más grande, gritaba a más y mejor, mientras sacudía los puños. Junto a él, el Príncipe Otto blandía su espada y gritaba también.

¡Ya les advertí!

¡Ya les dije que volvería a darles una lección! –

aullaba. Y luego, dirigiéndose a los soldados que ascendían por la montaña, ordenó -: ¡Más rápido! Yo puedo hacerlo mejor que vosotros. ¡Apuraos o iré a clavaros mi espada! Los soldados trepaban lo más rápidamente que podían. Estaban ya casi en los últimos peldaños de sus escaleras, sobre las cuales montaban la guardia el Rey Abuelo, Bip, Bop, Beppo, Bingo, Buzz y Haroldo, y hasta los mirlos. Precisamente cuando asomaban las

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cabezas por sobre el borde de la montaña, el Rey descendió volando hacia ellos. -¡Váyanse! ¡No los queremos aquí! – gritó -. Y no queremos guerrear con ustedes. ¡PERO VAYANSE EN SEGUIDA! Los soldados no hicieron más que reír. El Rey Gullup y su hijo estallaron en desagradables carcajadas.

cabezas por sobre el borde de la montaña, el Rey descendió volando hacia ellos. -¡Váyanse! ¡No

Y entonces, desde muy arriba, descendieron velozmente Artemito, su mamá y su papá, agitando las colas, con los ojos relucientes y arrojando llamas por la boca y humo por la nariz.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

¡Cómo aullaron los soldados al deslizarse por el costado de la montaña! ¡Cómo corrieron por la playa y nadaron o remaron con

todas sus fuerzas para volver a sus barcos!

...

Apenas si llegaron a

tiempo, pues los barcos también habían virado y se alejaban a toda vela. El del Rey Gullup fue el primero en emprender la retirada y el que más rápido se alejaba. Cuando los tres dragones los siguieron, el Príncipe gimió:

-¡No me hagan daño, no me hagan daño!

...

¡Les juro que no

quise hacer nada malo! El papá de Artemito acercose volando hasta el Rey Gullup, quien se acurrucó temblando al proyectarse sobre él la sombra de las alas de Lord Dragón. -Rey Gullup – expresó severamente papá Dragón -, jamás volváis por aquí. Y le asestó un coletazo donde más efecto le haría. -Eso es para que lo recordéis – agregó. -Sí, no… ¡AAYYYY! – chilló el Rey Gullup, acariciándose la parte trasera de su ropón de terciopelo -. ¡Sí, lo recordaré… y NO volveré nunca más! ... Y jamás volvió.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

21

Después de aquella aventura, Artemito y sus padres vivieron en la montaña. Artemito y la Princesa Pandy jugaban, aprendían sus lecciones, ayudaban a sus padres y tenían muchas aventuras maravillosas.

Y todas las mañanas, los tres dragones practicaban el vuelo, cosa que les agradaba mucho. Por la noche, hacían su práctica de lanzar fuego y humo. A sus amigos les agradaba ver las llamas relucientes, las bocanadas de humo y la lluvia de chispas que parecían fuegos artificiales.

-Es un talento muy interesante – comentaba la Reina Mamita.

-Gracias – respondía mamá Dragón con gran alegría.

-Y muy útil – manifestaba el Rey papá.

-Jamás debemos olvidarlo, como nos olvidamos de volar – dijo Artemito a su padre en cierta ocasión -. ¿Quién sabe cuándo podemos volver a necesitarlo?

-Nunca se sabe – declaró el Rey Abuelo -.

¡Ese es mi lema!

-¡Cuántos lemas tienes Abuelo! – observó la Princesa Pandy.

Rió Pandy al tiempo que lo abrazaba. Después abrazó a Artemito.

-Mi lema favorito es: “Está bien todo lo que bien empieza” – manifestó.

-Muchas cosas buenas empezaron cuando partí en busca de compañeros de juego y te encontré a ti y a esta montaña tan hermosa – declaró Artemito.

-Eso es precisamente lo que quería decir, Artemito – respondió ella.

Autora: Marjorie Turrey / Traducción: Julio Vacarezza / Digitalización: MQC

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