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“MATRIMONIO” GAY

¿POR QUÉ NO?

En nuestro País existe un proyecto de ley en revisión, que pretende reformar el régimen
matrimonial argentino, incluyendo las uniones homosexuales, con derecho a la
adopción.

Es importante a este respecto tener en cuenta que se trata de una cuestión de orden legal,
que ciertamente responde a una visión antropológica. Sin embargo lo que se debate no
es la visión del hombre, sino un reordenamiento jurídico. No hay que perder de vista
este detalle para no extraviarnos en una maraña de razonamientos que pueden resultar
distractivos.

La comprensión de la realidad humana y su abordaje filosófico es importantísima y


necesaria. Más todavía, debería haber sido preliminar al proyecto de reconsideración del
matrimonio civil, pero en los hechos ésta no se produjo. La pretendida reforma legal no
partió de una reflexión sobre el hombre, sino que directamente fue presentada para ser
aprobada. Por este motivo el presente artículo quiere abordar el tema desde este punto
de vista, dejando para después la cuestión antropológica; ciertamente no porque carezca
de importancia, sino por la urgencia que el caso lo requiere.

Comencemos por lo primero: la legislación de nuestro País, incluida la Constitución


Nacional, tiene como antecedente el Derecho Romano. Allí es donde se plantea el
matrimonio. Claro está, que antes de que se formara este derecho, ya existía el
matrimonio.

En la antigua Roma matrimonio designaba el oficio de la madre (matri munus) y se


refería al derecho de ésta a que los hijos fueran reconocidos y tutelados por el padre, en
una convivencia estable y monógama con ella. Desde el origen legal es claro y evidente
que el Matrimonio implica dos personas de sexo complementario, varón y mujer. A
razón de ello el Estado adquiría la obligación de tutelar esa unión de heterosexual, que
originaba la familia. Lo llamativo del caso es que en Roma no era desconocida la
homosexualidad. Sin embargo, la práctica y la existencia de parejas homosexuales tanto
en ella como en Grecia, no dieron lugar a “matrimonios” de personas del mismo sexo.
Así, pretender una reforma que atente contra este concepto básico (unión de hombre y
mujer), contradice la esencia legal del matrimonio. En una pareja homosexual hay dos
del mismo sexo, no dos de sexo complementario con deseo y posibilidad de engendrar,
por eso no le corresponde el concepto de matrimonio.

Las personas que adhieren a la reforma invocan los afectos existentes en las parejas
homosexuales. A este respecto conviene aclarar que los sentimientos no caen bajo el
dominio de las leyes. No pueden ser base, ni razón para la promulgación de ninguna ley
y no pueden hacerlo, por el hecho de que están fuera de su alcance, son materia
extrajudicial.

Por otro lado, si en este caso se pretendiera tutelar los sentimientos de las personas
homosexuales, se caería en una discriminación hacia las parejas heterosexuales cuyos
afectos no estarían protegidos por la ley, como estarían los de los gays. Peor todavía, los
únicos sentimientos reconocidos por la legislación serían los homosexuales quedando
fuera los afectos de padres, amigos, hermanos, etc… de personas heterosexuales. La
discriminación hacia estas últimas sería evidente.
Por tanto, no se puede invocar jurídicamente los sentimientos como base para legalizar
un “matrimonio” entre personas del mismo sexo.

Hay quienes piensan que no hay problema en realizar matrimonios homosexuales,


siempre que con ello, los interesados sean felices. Es importante saber dos cosas: la
primera, relacionada con lo anterior, es que la felicidad no es objeto de derecho, no es
objeto de legislación. La segunda: que la felicidad es una forma de realización del
hombre dentro de una sociedad, de manera tal que hace auténticamente feliz a un ser
humano aquello que no sólo no daña al tejido social que lo circunda, sino también
aquello que lo beneficia (como formar una familia engendrando hijos). Si la felicidad
fuera considerada solamente a nivel individual, pronto tendríamos que propugnar una
ley que no castigue, ni prevenga los asesinatos seriales, o las violaciones sexuales. Si
realizar tales crímenes hace sentir felices a los malhechores, entonces deberíamos
permitirles que delincan legalmente. El delito los hace felices

Existen personas que aluden que siempre hubo homosexualidad, y es verdad. Como ya
se dijo más arriba, Roma y Grecia conocían sobradamente estas prácticas entre sus
ciudadanos y no en vano se la llama sodomía en alusión a las ciudades de Sodoma y
Gomorra, ambas destruidas, según los relatos bíblicos. Pero eso tampoco es una razón
valedera para denominar legalmente matrimonio a una unión de personas del mismo
sexo. Con el mismo criterio podríamos decir que desde el principio de la historia
existieron ladrones y no por eso podemos legalizar el robo, aún cuando se tratara de
cleptomanía. A raíz de que hayan existido y existan comportamientos indebidos, no se
puede sacar como conclusión que las leyes deben ampararlos y promoverlos o
equipararlos a conductas constructivas y buenas.

Puede pensarse que no permitir a dos personas del mismo sexo casarse es coartar su
libertad. En primer lugar no otorgar el estatuto legal de matrimonio a una pareja
homosexual, no implica una prohibición a que ésta se forme. En segundo lugar, se es
libre para elegir lo elegible y para aceptar lo inelegible. Uno puede elegir un par de
zapatillas, una profesión; pero no puede elegir, sino aceptar, el lugar de nacimiento, la
época, la familia, el cuerpo (con su genitalidad), la sensibilidad psicológica (masculina
o femenina), la eticidad de los propios actos (éstos son éticamente correctos o
incorrectos). Así pues, la libertad no es solamente elegir, sino también aceptar y, en
último término, obliga a obrar de manera conveniente, dentro de un todo social.

Es verdad que los homosexuales necesitan de prestaciones sociales. La legislación


argentina les da la posibilidad de acceder a ellas y por eso mismo, no es necesario que
recurran a la declaración de matrimonio con una pareja del mismo sexo para acceder a
dichos beneficios. Bien lo expresan los Obispos de San Justo en su misiva del 24 de
Junio de 2010, a los Señores Senadores: “Las reglas del condominio y de las
sociedades son suficientes para la adquisición, administración y disposición de sus
bienes” Dicho de otra forma, no es absolutamente necesario ser declarados civilmente
marido y marido o esposa y esposa, para poder acceder y manejar bienes en común.

La imposibilidad de engendrar hijos mediante actos homosexuales es una de las causas


fundamentales por las que no pueden considerarse jurídicamente matrimonio. En efecto,
los hombres y las mujeres cuando se casan tienen como finalidad, no sólo la mutua
convivencia estable, ni el goce erótico en una vida íntima, sino la procreación de los
hijos. Si bien es cierto que no todas las parejas pueden procrear por motivos clínicos, es
de necesidad reconocer que tales situaciones, no son las pretendidas por los esposos. Un
matrimonio se constituye (entre otras cosas) para procrear, si eso no es posible, tal
situación no es que haya sido objeto de elección de los consortes. No se casaron para ser
estériles, sino para fundar familia mediante la generación de los hijos. El no conseguir
esto no es fruto de la voluntad de los contrayentes, sino más bien una circunstancia
contraria a sus deseos y propósitos. Por el contrario, una pareja homosexual se
constituye sabiendo desde el principio que no podrán procrear nunca, mediante el
ejercicio de sus genitalidades. De forma que no cumplen con una de las finalidades
propias del matrimonio jurídicamente hablando. De allí que no les corresponde el
estatuto jurídico de matrimonio.

La adopción por parte de los esposos que no pueden engendrar por motivos clínicos, no
por una inadecuación morfológica y fisiológica (propia y típica en las parejas
homosexuales), ni por una decisión voluntaria, pueden recurrir a la adopción, como una
forma de realizar su paternidad. Sin embargo este derecho no constituye una obligación
legal que sí o sí deban poner por obra. Pueden llevar a cabo esa paternidad de muchas
formas y maneras que no sean necesariamente la de la adopción.

Más todavía, la adopción de niños por parte de los matrimonios, debe cumplir con una
serie de requisitos legales que tienen como finalidad proteger al huérfano o abandónico.
De forma tal que el recurso a la adopción no es indiscriminado, como si se tratase de un
capricho que la sociedad está obligada a satisfacer de cualquier modo. La razón es muy
simple: en la adopción no sólo entra en juego el derecho de los padres, sino
principalmente el derecho del niño.

Cuando la ley regula la adopción lo hace atendiendo al estatuto humano del goza quien
va a ser recibido por una familia.

Por lo tanto, el deseo y el derecho de adopción tienen como eje no la satisfacción


personal de quien adopta, sino la promoción humana de alguien privado de sus
progenitores. Si no fuera así, la adopción se vería reducida a la satisfacción de un
instinto paternal y no la decisión ponderada y responsable de beneficiar a un hijo.

Vistas así las cosas, no cualquier grupo humano deseoso de sentirse padre es
jurídicamente hábil para realizar una adopción. Si ese grupo (pareja) tiene en su
dinámica interna algún aspecto que contradiga el derecho del niño, ese grupo no puede
ser habilitado para adoptar.

Las personas humanas para crecer sanas psicológica y socialmente necesitan de dos
figuras referenciales a partir de las cuales van descubriendo su identidad. Estas figuras
son necesariamente sexuadas como varón y mujer, con todas las especificidades y
complementariedades que entre ambas existen. Si se priva de ello a un niño se está
atentando contra su derecho. Es evidente que entregar en adopción a una pareja donde
esa doble referencialidad, no existe es algo que atenta contra cualquier legislación de
adopción que se precie de ser justa.

Que existen niños adoptados y criados por homosexuales desde hace un tiempo, es
verdad. Pero tenemos que aclarar varias cosas al respecto:
En primer término que tales adopciones fueron dadas a personas en situación de
soltería. Si esa soltería, no era cierta porque quien adoptó convivía de hecho con una
persona del mismo sexo, tal adopción es fruto de un engaño al sistema jurídico y legal
de nuestra Nación. Se mintió.

En segundo término el hecho de que los niños criados en un ambiente homosexual,


parezcan no tener conflictos en su personalidad, no quiere decir que carezcan de ellos.
De hecho, los problemas de identidad se camuflan perfectamente como un mecanismo
de defensa por parte de la psicología traumatizada. En último caso un análisis profundo
de las personas criadas así y su desarrollo en el tiempo pondrán de manifiesto los
problemas que dicha crianza produjo. A demás es claro que el impacto de un ambiente
homosexual en la personalidad de un niño es distinto cuando éste es adoptado después
de varios años de vida, que cuando lo es recién nacido.

Lamentablemente la pareja homosexual no ofrece un ambiente propicio para el


desarrollo del niño y por ello no debería otorgársele el derecho de adopción.

Por último es una nota distintiva del matrimonio la complementariedad recíproca entre
los contrayentes en todos los niveles de su personalidad. Tal complementariedad que da
incluso la posibilidad de procrear mediante la sexualidad, no es posible en la pareja
homosexual, razón por la cual no es factible otorgarle el estatuto de matrimonio.

Por otro lado existen una serie de legislaciones internacionales a las cuales adhiere
nuestra Constitución Nacional que reconocen la unión entre varón y mujer como
verdadero matrimonio.

Para concluir, el verdadero matrimonio, el realizado por un hombre y una mujer, no


depende de legislación alguna, más bien es lo contrario. Las leyes deben desprenderse
de esta realidad tan secular como la humanidad misma y a quien la humanidad le debe
su existencia y desarrollo. Por más que una mal fraguada legislación le otorgue a la
pareja homosexual el estatuto de matrimonio, eso jamás cambiará el hecho incontestable
de que, al no ser complementarios (varón-mujer), sus integrantes, no constituyen
matrimonio. Aunque les pongan un cartel que los declare marido y marido o esposa y
esposa, eso no cambiará la realidad de que no son lo que no son, no son matrimonio. Un
varón es un varón, por más que se trasvista u opere, jamás podrá ser mujer. Nunca podrá
quedar embarazado. Una mujer es una mujer y haga lo que haga jamás podrá aportar el
elemento necesario para la generación de un hijo por sí misma o por sí sola o en
conjunto con otra mujer. Esto es una realidad incontestable y evidente. Pues bien de esta
realidad depende que la unión entre el varón y la mujer, reciba la denominación, el
reconocimiento y la dignidad de matrimonio.