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El nombre del Perú

Antonio Zapata
14.11.2012

Pocas veces se reflexiona sobre el origen de nuestro nombre. ¿Era un vocablo indígena? ¿De dónde lo tomaron los
conquistadores? Incluso, uno podría interrogarse ¿si el nombre contiene algún mensaje, si acaso muestra una seña sobre el
destino del país? Con estas preguntas en mente, Raúl Porras Barrenechea escribió un pequeño y enjundioso libro, recogiendo
ponencias y debates que se habían producido en los congresos de americanistas de los años cincuenta.

Según Porras, el nombre del Perú proviene de una deformación del cacique del Birú, cuyos reducidos dominios se hallaban en la
costa del Darién, en la frontera entre las actuales Panamá y Colombia. Hasta ahí llegaron los conquistadores en su primer viaje y
regresaron con las manos vacías. La tierra era pobre y los indios de guerra.

En efecto, en medio de una vegetación de intrincados manglares, una reducida hueste española había combatido contra indios
bravos alistados por el cacique del Birú. Lo limitado de sus medios y lo rudo del sitio hicieron ver al astuto Pizarro que mejor era
regresar para armar una expedición bien pertrechada.

No era la primera vez que los españoles chocaban con el cacique del Birú. Anteriormente, Pascual de Andagoya había intentado
penetrar en sus tierras e igualmente había desistido de una conquista poco prometedora y muy desgastante. El caso es que el
Birú tenía cierto nombre entre estos primeros conquistadores, que saliendo de Panamá se dirigían hacia la entonces desconocida
Sudamérica.

Cuando las tropas de Pizarro retornaron del primer viaje, en forma inconsciente generaron un nuevo uso para el nombre del
cacique del Birú. En esta oportunidad, Birú simbolizaba en general a las tierras al sur de Panamá, en cuya búsqueda y conquista
se habían embarcado infructuosamente.

La soldadesca popularizó la voz “Birú” y la hizo sinónimo de un horizonte geográfico situado al sur y aún por conocer. Así, el
nombre del Perú surgió de la deformación castellana de un vocablo indígena. Como palabra es mestiza, porque no es ni española
ni india, sino que surge producto de una mezcla.

Cuando los conquistadores salieron en su segundo viaje estaban decididos a avanzar mucho más lejos que en la primera
expedición. En efecto, en esta oportunidad llegaron a la costa actualmente colombiana del Pacífico. Ahí queda la Isla del Gallo,
donde un reducido grupo resistió en aislamiento hasta que llegaron refuerzos, que habían sido embarcados por el gerente logístico
que era Almagro. Entonces siguieron viaje y lograron un primer contacto con el Tawantinsuyu.

Esa segunda expedición se topó con la balsa tumbesina y raptó a los jóvenes que luego serían intérpretes, Felipillo y Martinillo;
desembarcó en Tumbes y luego siguió por mar hasta que avistó Chan Chan, donde los españoles tomaron conciencia de la
magnitud del reino al que habían arribado. Con esa información decidieron regresar. Esta vez, Pizarro retornó hasta la misma
España. Iba a firmar un acuerdo con el Rey y a reclutar una tropa considerable. Ya sabía que estaba ante uno de los grandes
imperios de la antigüedad americana.

En ese segundo regreso se consolidó el nombre del Perú. Ahora toda la tierra recién descubierta llevaba ese nombre, popularizado
por los españoles de la plebe. Los indígenas andinos rechazaron el nombre del Perú y nunca lo usaron. Los españoles de la Corte
quisieron cambiarlo y adoptar un título más elegante, llamando Nueva Castilla a la gobernación de Pizarro. Pero, nada pudo
cambiar el curso ya definitivo y las nuevas tierras fueron bautizadas con un nombre plebeyo creado para la ocasión.

Ese nuevo nombre sería Perú, habiendo nacido del encuentro entre civilizaciones y resistido todos los intentos por modificarlo. Su
perdurabilidad evidenciaría la ruta mestiza del Perú. Ese era el mensaje de la generación de Porras, cuyo libro representa un
momento elevado del esfuerzo por pensar en forma optimista la clave del país, animando una fusión feliz entre Occidente y el
mundo andino.

Fuente: La República (14/11/2012)