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La política de Beatriz González

LA POLÍTICA DE BEATRIZ GONZÁLEZ


Por: Antonio Caballero

Hace unas cuantas semanas el Magazín Dominical de este periódico reprodujo un grabado o
litografía de la pintora Beatriz González: tres presidentes colombianos tocados con un penacho de
plumas de "indio amazónico", y otro "indio amazónico" más, igualmente inauténtico, que al
parecer sabe curar todas las cosas. Era un cuadro que casi contado suena muy literario, y sobre
todo muy político. Todo está dicho ahí. Y no sólo dicho, sino -lo que es peor- denunciado; ajá,
vean aquí a Turbay, vean a Lleras, vean a Belisario disfrazados de indios, vean al indio amazónico
disfrazado de indio amazónico. Y veánlos, además, perfectamente ridículos (porque sus figuras,
tomadas por la pintora de fotografías de prensa, eran perfectamente ridículas). Como encima, era
obvio que esos distinguidos hombres públicos se habían encasquetado ese ridículo disfraz con una
intención desvergonzadamente política, se podía pensar que la de Beatriz González también lo
era. Y sin embargo bastaba con mirar el grabado para darse cuenta de que en realidad toda esa
carga política no tenía la menor importancia: venía apenas de ñapa; un guiño cómplice, una
referencia culta. Beatriz González, que es más sabia, no estaba haciendo política.

Y eso es, muy de agradecer, y muy de señalar con el dedo. Porque la tendencia natural y casi
siempre incontenible de todo artista colombiano -y de todo colombiano a secas- es la de hacer
política. Deja uno sueltos al clavecinista Rafael Puyana o a los gaiteros de San Jacinto, o al poeta
Eduardo Carranza, o a la cantante Carmiña Gallo, o al novelista García Márquez, o al
escultor Fernando Botero, a quién la conciencia de su status internacional le suele sofrenar los
instintos. Deja uno suelto a cualquiera, digo, y antes que cante un gallo está haciendo ya política.
(Como San Pedro, diría el doctorcito Alberto Santofimio). Y lo mismo pasa con los teatreros, con
los bailarines, con los ceramistas, con los cineastas, con los arquitectos. Y también desde luego con
los ganaderos y los guaqueros y los galleros y los banqueros y los coqueros y los obreros portuarios,
para no hablar siquiera de los militares. Todo el mundo, hasta los indios amazónicos auténticos,
hasta los presidentes que se disfrazan de indios amazónicos, hace política en Colombia. Salvo
Beatriz González, que es pintora, y hace pintura inclusive cuando lo que se le ocurre pintar son tres
presidentes haciendo política.

Un momento, compañero -se dirá-: todo es política. Y sí, claro. Hasta Beatriz González, cuando
bien se la mira, está haciendo política al pintar. No sin saberlo (porque es muy sabia), pero al menos
sin quererlo. Y en eso, hay que repetirlo, constituye un caso excepcional en la vida colombiana
(digámoslo sin rodeos, en la vida política colombiana), en donde quien no hace política es porque
no lo dejan y no porque no quiera. Nadie está nunca "retirado de la política", como suelen
proclamar con obscena coquetería los políticos colombianos cada vez que hacen una declaración
política. Solo hay gente a quien no dejan hacer política (y es la mayor parte de la gente). Pero
inclusive esa es carne de política, en el mismo sentido en que se habla de "carne de
Cañón" para referirse a todos los que no son dueños de los cañones.

No es el caso de Beatriz González, que empezó a hacer política, queriéndolo o no, pero
estruendosamente, por lo menos desde que pintó su cuadro de los "Suicidas del Salto", hace ya
años. Ese cuadro (aunque no fue el único) marcó un momento políticamente fundamental en la
historia del arte colombiano: el momento en que Colombia empezó a ser el tema de las artes
plásticas colombianas. No ya de una manera ingenua, como siempre lo fue en la pintura de los
pintores ingenuos (que ni siquiera saben que son carne de política, y a veces hasta
creen que no). Ni de una manera literal, como lo era en la de los paisajistas sabaneros. Ni
literaria, como en la de esos señores que pintaban frescos en el Capitolio Nacional. Ni deliberada,
como en la "Violencia" de Obregón. Ni deliberadamente literal, deliberadamente literaria,
deliberadamente ingenua, como en la pintura irónica de Fernando Botero. Con los "Suicidas del
Salto" Colombia empezó a ser tema del arte colombiano de un modo, al mismo tiempo consciente e
inocente: simplemente porque Colombia estaba ahí. Sin dramatismo, sin polémica, sin ostentación,
sin ironía. Casi sin humor: o sin más humor que el que le imprime, se diría que contra la voluntad
expresa de la artista, la distancia provocada por su propio exceso de sabiduría (y a veces de
pedantería) pictórica. Los "Suicidas del Salto" de Beatriz González no era un cuadro de denuncia
social: era un tema plástico. Como no son una denuncia social tampoco, ni política, sus presidentes
de la República tocados con sus gorros de plumas improbablemente amazónico -o bien sólo
"amazónico" en el sentido más estrechamente político del adjetivo-. Porque es un gorro inventado
por algún intendente, que aspiraba a ser gobernador: "En Antioquia va un presidente y le cuelgan
su carriel, y va a la Costa y le chantan su corrosca de franjas blancas y negras. ¿Y nosotros no
vamos o a ser capaces de inventarnos alguna vaina aquí en Leticia? Esos presidentes grotescos
de Beatriz González no son una denuncia. Significan simplemente que la realidad colombiana es
así, y eso es lo que ella pinta. Y la realidad es siempre política.

(Este artículo, sin ir más lejos, empezó con la intención o tal vez la esperanza de no hablar de
política).

Pero otra cosa es la manipulación política de la realidad que un pintor no "hace" política cuando
pinta (si es pintor, como lo es Beatriz González), sino que, lo que pinta es siempre inevitablemente,
la materia de la política. (Esto es así también con los abstractos, aunque sería un poco largo de
explicar). Y a la inversa: el pintor que intenta manipular deliberadamente su pintura para "hacer"
política acaba casi siempre haciendo otra cosa: haciendo propaganda, o haciendo plata (o inclusive,
si de verdad es pintor, haciendo pintura). Plata, pues, o propaganda, o hasta pintura: pero nunca
política, que es una cosa mucho más seria y exigente y profunda.

Claro: también puede hacer decoración. Que es, pensándolo bien, el verdadero peligro que corren
todos los pintores que tratan de hacer política, o de hacer propaganda, o de hacer plata.

CABALLERO, ANTONIO. "LA POLÍTICA DE BEATRIZ GONZÁLEZ". EN: EL TIEMPO.


BOGOTÁ, JUNIO 27 DE 1983. P. 3A

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-10784524