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TEMAS Y TÓPICOS EN LA POESÍA DE QUEVEDO

Juan José Fernández Morales

<< ¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde? >>

QUEVEDO

La poesía de Quevedo está marcada por una serie de temas y de tópicos literarios que
responden, como no puede ser de otra manera, al siglo XVII, cuando el madrileño
peleaba por la hegemonía poética con otros dos grandes de la literatura del Siglo de
Oro: Lope de Vega y Góngora. Esta guerra literaria ha quedado recogida en poemas
de aquella época, y el enfrentamiento llegó incluso a lo personal entre Quevedo y
Góngora, los dos colosos que luchaban por el cetro poético español en el siglo XVII.
Lope de Vega congenió con Quevedo, fue <<campeón>> de los corrales de comedias,
y tenía bastante con atacar a Cervantes con golpes bajos, como el apócrifo de
Avellaneda que salió de sus cenáculos. Por tanto, la guerra poética y personal la
dirimieron Quevedo y Góngora, como se aprecia en este soneto donde el poeta
madrileño se despacha a gusto con el cordobés por su ascendencia judaica y el
culteranismo que profesaba:

<<Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas, Gongorilla,

perro de los ingenios de Castilla,

docto en pullas, cual mozo de camino;

Apenas hombre, sacerdote indino,

que aprendiste sin cristus la carilla;

chocarrero de Córdoba y Sevilla,

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y en la Corte bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega

siendo sólo rabí de la judía,

cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;

aunque aquesto de escribas se te pega,

por tener de sayón la rebeldía.>>

(Quevedo, 1996a: 554-555).

La diferencia entre conceptismo y culteranismo establecida por la crítica se ha


mantenido, a pesar de las reticencias de Dámaso Alonso y Alexander A. Parker. En
esa lucha literaria entre conceptismo, que contaba con Quevedo como principal
abanderado, y culteranismo, cuyo representante era Góngora, el poeta madrileño no
se preocupó demasiado de sus poesías que <<pasaban>> de unos lectores a otros en
<<copias manuscritas>> (pág. 20); en cambio, sí editó los poemas de Fray Luis de
León y de Francisco de la Torre como modelos frente al lenguaje poético propio que
pretendía crear Góngora, cargado de latinismos, cultismos e hipérbatos. Aunque la
guerra literaria y personal entre Quevedo y Góngora existió de cara al público y a
seguidores ávidos de carnaza, parece ser que esa enemistad enquistada de la que
tanto se habla fue, en realidad, más bien una leyenda urbana como otras que se han
convertido con el paso de los años en tópicos de los manuales de literatura al uso,
porque Quevedo <<admiró –como advierte Pablo Jauralde– secretamente al poeta
cordobés>> y en <<algunos poemas>> <<la huella de su enemigo literario es bastante
clara>> (1979: 189). Algo que también ha señalado la crítica estilística de la mano de
Dámaso Alonso (1971: 565).

Otro tópico, en este caso literario, que recorre los versos de Quevedo, es el
denominado menosprecio de corte y alabanza de aldea. Un tópico que legitima el
ámbito rural y censura el urbano, surgido de las nuevas relaciones sociales burguesas.
Asimismo, este tópico reivindica el saber natural, la pobreza y la vida retirada, y
desaprueba el poder del dinero. Sin ir demasiado lejos y vinculado con este tópico, se
localiza el tópico aurea mediocritas, cuyo ideal de vida interior consiste en vivir con lo
que se tiene, como se observa en este soneto: <<A un amigo que retirado de la corte
pasó su edad>>

<<Dichoso tú, que alegre en tu cabaña,

Mozo y viejo espiraste la aura pura,

Y te sirven de cuna y sepultura,

De paja el techo, el suelo de espadaña.

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En esa soledad, que libre baña

Callado Sol con lumbre más segura,

La vida al día más espacio dura,

Y la hora sin voz te desengaña.

No cuentas por los Cónsules los años;

Hacen tu calendario tus cosechas;

Pisas todo tu mundo sin engaños.

De todo lo que ignoras te aprovechas;

Ni anhelas premios ni padeces daños,

Y te dilatas cuanto más te estrechas.>>

(Quevedo, 1996a: 154-155).

En la edición de James O. Crosby para Cátedra, que hemos utilizado en este trabajo,
el hispanista norteamericano ha preferido mantener las mayúsculas porque, a su
juicio, <<señalan a veces las palabras importantes>> y <<ofrecen alguna idea del
aspecto tipográfico de los impresos poéticos contemporáneos del autor>> (pág. 23).
Crosby ha esbozado también los problemas editoriales que presentan los textos de
Quevedo en Poesía original completa, (1963), elaborada por José Manuel Blecua
(1966: 328-337).

Como hemos adelantado, los versos de Quevedo están marcados también por el
tópico literario aurea mediocritas que sostiene un ideal de vida austera para alcanzar
la felicidad, porque no es, según este tópico, más rico el que tiene mayor poder
económico, sino el que codicia menos: <<Quitar codicia no añadir dinero, / Hace ricos
los hombres, Casimiro: / Puedes arder en púrpura de Tiro, / Y no alcanzar descanso
verdadero>> (Quevedo, 1996a: 147). El tópico literario beatus ille, que defiende la vida
retirada, lejos de las asechanzas de la corte, y que se relaciona con los otros dos
tópicos anteriores, se manifiesta también en el soneto <<A un amigo que retirado de la
corte pasó su edad>>: <<Dichoso tú, que alegre en tu cabaña>> (pág. 154). Y en los
siguientes versos, surge el tópico la cuna y la sepultura, donde lo único cierto es la
muerte: <<Mozo y viejo espiraste la aura pura, / Y te sirven de cuna y sepultura, / De
paja el techo, el suelo de espadaña>> (ibid.). Quevedo cuenta, además, con un tratado
moral titulado La cuna y la sepultura (1634). Sin embargo, al poeta madrileño le queda
<<el refugio –según Francisco Ynduráin– de su estoicismo cristiano>> (1969: 185). Un
estoicismo cristiano que ha señalado también Pedro Laín (1948: 66).

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Uno de los tópicos literarios de Quevedo que no deja indiferente a nadie es, sin lugar a
dudas, el tópico amor post mortem del soneto <<Amor constante más allá de la
muerte>>. El soneto de amor más importante de Quevedo, o, como ha escrito Dámaso
Alonso, <<probablemente el mejor de la literatura española>> (1971: 526), porque
Quevedo domina –como ha destacado José Manuel Blecua– <<todos los recursos
poéticos habidos y por haber>> en un poema donde el alma deja el cuerpo, o se libera
de él, para atravesar la laguna Estigia y <<pasar a mejor vida>> (Quevedo, 1996b: XV):

<<Cerrar podrá mis ojos la postrera

Sombra que me llevare el blanco día,

Y podrá desatar esta alma mía

Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera

Dejará la memoria, en donde ardía:

Nadar sabe mi llama el agua fría,

Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,

Venas, que humor a tanto fuego han dado,

Medulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, mas polvo enamorado.>>

(Quevedo, 1996a: 255-256).

En este soneto Borges ha observado que <<la memorable línea: <<polvo serán, mas
polvo enamorado>> es una recreación, una exaltación, de una de Propercio: <<Ut meus
oblito pulvis amore vacet>> >> (1952: 49). Pero aparte de esta interesante aportación
sobre el origen de este soneto, fruto de la vasta cultura borgiana, lo importante es la
lógica interna organicista que determina el texto. Una lógica interna organicista que
determina, por otra parte, la producción poética de Quevedo, aunque en este caso el
poema contiene una temática animista, porque existen, como ha demostrado Juan
Carlos Rodríguez, <<dos matrices productivas desde las que se generan los diversos
tipos de discursos ideológicos>> en esa época (1990: 115); y este poema en concreto,
determinado por la matriz organicista, que se fundamenta en la noción de sangre, no
puede desprenderse de la noción de alma, propia de la matriz animista que ha

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aparecido con las nuevas relaciones sociales burguesas: <<Y podrá desatar esta alma
mía […] Venas, que humor a tanto fuego han dado, / Medulas, que han gloriosamente
ardido […] Polvo serán, mas polvo enamorado>> (Quevedo, 1996a: 255-256).

Otro tópico literario, que atraviesa los versos de Quevedo, es el tópico tempus fugit, el
tiempo huye, se escapa, vuela. Este tópico invita a aprovechar el tiempo, el momento
presente, y conduce al tópico carpe diem. Sin embargo, en los poemas de Quevedo no
tiene este significado. En sus versos el tópico tempus fugit significa aceptar que la vida
es corta y, por tanto, prepararse para <<la otra>>, porque eso es lo verdaderamente
importante en el organicismo, como se observa en el salmo XIX: <<Cualquier instante
de la Vida Humana/ Es nueva ejecución con que me advierte/ Cuán frágil es, cuán
mísera, cuán vana>> (pág. 120). Miguel Ángel García ha diferenciado este soneto de
Quevedo (el salmo XIX), determinado por la lógica organicista, de otro similar de
Francisco de Aldana (el poema LXI), pero producido desde el animismo cristiano,
porque los dos sonetos pertenecen a <<dos lógicas diferentes como son la
inequívocamente organicista de Quevedo y la animista cristiana de Aldana. Tales
lógicas se fundamentan en supuestos comunes, pero pertenecientes a infraestructuras
ideológicas distintas>> (2010: 649). El tópico tempus fugit en los versos de Quevedo
se vincula con el tópico vanitas vanitatum (vanidad de vanidades), o sea, los bienes
materiales, terrenales, son perecederos, desaparecen, y lo único tangible es la muerte
que todo lo iguala: << ¡Cómo de entre mis manos te resbalas!/ ¡Oh cómo te deslizas,
Edad mía!/ ¡Qué mudos pasos traes, o Muerte fría, / Pues con callado pie todo lo
igualas!>> (Quevedo, 1996a: 120). Es decir, aunque sea un poco tarde, la muerte
iguala las clases sociales, pero eso no era nuevo. Jorge Manrique ya lo había dicho,
meritoriamente, en las Coplas a la muerte de su padre desde el mismo horizonte
ideológico feudal: <<allí los ríos caudales, / allí los otros medianos/ y más chicos, / y
llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos>> (Manrique,
1981:116).

Por tanto, el tópico tempus fugit significa aceptar, desde la lógica organicista que
determina los poemas de Quevedo, que la vida de aquí es corta y que se escapa con
rapidez entre las manos, tanto para la clase dominada como para la nobleza y la
burguesía (la dos clases que luchaban por imponerse desde el siglo XVI): <<Bien te
veo correr, Tiempo ligero, / cual por mar ancho despalmada nave>> (pág. 517). En
resumidas cuentas, los versos de Quevedo, determinados por el organicismo,
reivindican, con esta poesía de <<consuelo>> para ricos y pobres, el horizonte
ideológico feudal, donde la vida es una peregrinación del homo viator (hombre viajero)
hacia la <<otra vida>>: <<Si soy pobre en mi vivir/ y de mil males cautivo, / más pobre
nací que vivo, / y más pobre he de morir>> (pág. 516). Los versos lo dicen claramente:
de nada sirve ambicionar riquezas ni cambiar de clase social.

Pero además de esta poesía marcadamente organicista, Quevedo cuenta, a lo largo


de su trayectoria poética (aunque tuviera que depender del mecenazgo, fue sin duda
un profesional en el sentido amplio de la palabra, porque vivió, fundamentalmente, por
y para la poesía), con algunos poemas donde la influencia del animismo es evidente,
porque el animismo cuenta ya con una amplia trayectoria desde que irrumpiera con
Garcilaso en la poesía, como vimos en el soneto <<Amor constante más allá de la
muerte>> y atestiguan estos versos donde aparece el tópico literario carpe diem,
propio del animismo laico: <<Reprehensiones son, oh Flora, mudas/ De la Hermosura
y la Soberbia Humana, / Que a las leyes de flor está sujeta.// Tu edad se pasará

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mientras lo dudas; / De ayer te habrás de arrepentir mañana, / Y tarde, y con dolor,
serás discreta >> (págs. 214-215).

Quevedo cuenta también con poemas reseñables donde aparece su preocupación por
España (Ynduráin, 1969: 202). Quizá este soneto sea el más significativo de esta
temática, donde la preocupación por la decadencia de España se relaciona con el
deterioro del <<yo>> poético:

<<Miré los muros de la Patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía.

Salíme al Campo y vi que el Sol bebía

Los arroyos del hielo desatados,

y del Monte quejosos los ganados

Que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi Casa, vi que amancillada,

De anciana habitación era despojos.

Mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,

Y no hallé cosa en que poner los ojos

Que no fuese recuerdo de la muerte.>>

(Quevedo, 1996a: 116).

Los dos primeros cuartetos expresan un profundo sentimiento por la decadencia de


España: <<Miré los muros de la Patria mía […] por quien caduca ya su valentía>>
(ibid.). El poder de España está desapareciendo y se acerca el declive del país, es
decir, del esplendor del Imperio se ha pasado a un país lleno de sombras: <<Que con
sombras hurtó su luz al día>> (ibid.). En los dos tercetos siguientes, el <<yo poético>>
busca refugio en su casa, en la privacidad, para escapar de esa penosa imagen, pero
sólo encuentra deterioro y <<despojos>>; porque comprueba, nada más entrar, que no
existe escapatoria, que su casa, su refugio privado, sólo es una mera prolongación de
la decadencia de España: <<Entré en mi Casa, vi que amancillada, / De anciana
habitación era despojos>> (ibid.). El <<yo poético>> comprende que no le queda

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ningún sitio, ni siquiera donde <<poner los ojos>> (ibid.). El poema, organicista hasta
la <<medula>>, termina con este último verso, donde el personaje poético no
encuentra ningún lugar ni asidero <<Que no fuese recuerdo de la muerte>> (ibid.).

Quevedo se refugió en Italia porque había matado a un hombre que había golpeado a
una bella mujer un jueves santo en una iglesia. El poeta, que era, además de misógino
(otro tópico, de su vida en este caso), amigo de las tabernas y de los burdeles, hombre
de honor y consumado espadachín, acabó con él en la puerta del templo. <<Y ya
tenemos al caballeresco de Don Francisco –escribe Rafael Alberti–, recién salido de
aquellas tinieblas de muerte, en el claro azul del reino de Sicilia, del brazo de su amigo
el virrey don Pedro Girón, duque de Osuna, quien lo hace su diablo consejero, su
embajador, su confidente, su compadre de aventuras nocturnas por la ciudad>>
(Alberti, 1960: 14). Pero Quevedo es también un siervo fiel de su mecenas, del duque
de Osuna. No tenía otra opción. El mecenazgo era lo único que existía en aquella
época. No había instituciones, ni circuitos literarios, ni editoriales valientes, y ni
siquiera cabía la posibilidad de convertirse en un poeta maldito, o de las afueras,
dentro de esas relaciones sociales burguesas en su primera fase mercantil o
manufacturera. Por tanto, Quevedo se <<pegó>> a los mecenas, a los nobles, o, si se
quiere, a sus amigos protectores, y les dedicó versos de elogio, pero no porque se
sintiera en deuda con ellos por los favores recibidos, sino porque se sentía, desde su
horizonte ideológico feudal, determinado por la relación señor/ siervo, como un siervo
que debía rendir pleitesía a su señor, incluso después de la muerte de su señor, como
corroboran estos versos dedicados a la muerte del duque de Osuna: <<Estas armas,
vïudas de su Dueño, / Que visten de funesta valentía/ Este, si humilde, venturoso leño,
// Del grande Osuna son; Él las vestía, / Hasta que apresurado el poster sueño, / Le
ennegreció con Noche el blanco día >> (Quevedo, 1996a: 198).

El duque de Osuna murió en la cárcel, donde había sido enviado después de haber
caído en desgracia. Quevedo escribió cuatro sonetos muy sentidos cuando falleció
(Alonso, 1971: 557), como prueban estos versos, donde enaltece la figura del duque,
su amigo, su protector, su señor, que le había otorgado el hábito de la Orden de
Santiago por <<los servicios prestados>>. Un señor al que admiraba, al que sirvió de
confidente, de correveidile: <<Faltar pudo su Patria al grande Osuna, / Pero no a su
defensa sus hazañas; / Diéronle Muerte y Cárcel las Españas, / De quien él hizo
esclava la Fortuna>> (Quevedo, 1996a: 137). Aunque fue un fiel servidor del duque de
Osuna, eso no quiere decir que fuera el único noble al que le dedicara versos de
elogio. Hubo más. Pero tampoco Quevedo fue, obviamente, el único que escribió
versos de alabanza a los nobles. Era algo corriente en aquella época. Cuando muere
Felipe III, Quevedo regresa a Madrid y recupera su sitio en la Corte de Felipe IV, un
rey que se preocupa por el arte (nombra a Velázquez pintor de cámara). Quevedo
elogió a Felipe IV y lo exhortó en sus versos para que castigara a los rebeldes:
<<Pues tus Vasallos son el Etna ardiente, / Y todos los Incendios que a Vulcano/
Hacen el Metal rígido obediente, // Arma de Rayos la invencible mano: / Caiga roto y
deshecho el insolente/ Belga, el Francés, el Sueco y el Germano>> (págs. 85-86).
Pero el <<idilio poético>> entre Felipe IV y Quevedo se rompe por culpa de la política
centralizadora y modernizadora del valido del rey, el Conde-duque de Olivares, que
intenta socavar el poder de la nobleza, <<su clase amiga>>. Quevedo no se queda,
obviamente, cruzado de brazos, ni mira para otro lado, y esgrime la afilada punta de su
poesía satírica contra la política de Felipe IV y del Conde-duque: <<Toda España
están en un tris/ y a pique de dar un trás, / ya monta a caballo más// que monta a
maravedís>> (Alberti, 1960: 17). El afilado acero satírico de Quevedo se ceba,
principalmente, con el valido del rey, al que ataca sin piedad y responsabiliza de la

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decadencia de España; pero lo peor no era eso para Quevedo, sino que el Conde-
duque se hubiera atrevido, después de haber limpiado las cloacas del reino, a
imponerle impuestos a la nobleza parasitaria, a los señores, a sus amigos protectores.
Quevedo podía estar tranquilo. En España el poder nobiliario era fuerte como una roca,
y resistió las acometidas de la política del valido. El Conde-duque será derrotado. Era
cuestión de tiempo. Quevedo lo sabía. Por eso se atrevió a escribirle poemas satíricos
de este calibre:

<< ¿Qué culpa al Conde le dan,

sea verdad o sea patraña,

en la perdición de España?

La que al conde don Julián.

Muchos afirmado han,

en varios juicios severos,

que a España dos condes fieros

han causado eternos lloros,

uno metiendo los moros

y otro sacando dinero>> (ibid.).

Quizá Quevedo no midió bien sus fuerzas, o se arriesgó como un valiente, que lo era,
o se sentía seguro, o no temía las represalias, pero el caso es que el poeta madrileño
pasó dos años y medio en la cárcel por sus <<veleidades poéticas>> contra el valido.
Cuando cae el Conde-duque, el rey le otorga la libertad, pero esos dos años y medio
en prisión han minado seriamente su salud, y dos años después de haber sido puesto
en libertad Quevedo muere (Alberti, 1960: 20-22).

Pero han quedado sus textos impregnados de acerada crítica, fundamentalmente en


su poesía satírica y burlesca contra la vida urbana. Una vida urbana de la que
Quevedo es partícipe, testigo y juez implacable, porque, aunque sea tópico decirlo, la
poesía satírica y burlesca de Quevedo es probablemente la mejor de la literatura del
Siglo de Oro. Sus poemas critican ferozmente a los habitantes de la ciudad, sin una
mirada de comprensión para los oficios que desempeñan, ni un ápice de compasión,
desde el médico, <<que ha muerto más hombres vivos/ que mató el Cid Campeador
>> (Quevedo, 1996a: 492), hasta la alcahueta: <<Yace en esta tierra fría, / Digna de
toda crianza, / La vieja cuya alabanza/ Tantas plumas merecía>> (pág. 56). En la
poesía de Quevedo ningún oficio sale bien parado. No podía ser de otra manera. Para
el organicismo, la pequeña-burguesía de la ciudad había venido a usurpar el lugar a
los nobles, y el poeta madrileño era uno de sus mejores siervos. Por eso sus poemas
fustigan a los que trabajan con sus manos: <<De los oficios que canto/ Que ya no hay
oficio santo/ Sino el de la Inquisición. / Quien no es ladrillo, es ladrón: / Toda mi vida lo
oí, / Mas no ha de salir de aquí>> (pág. 281).

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Tampoco se le pasa por alto a Quevedo criticar los defectos físicos de los personas, ni
a los judíos, con Góngora a la cabeza: <<Érase un hombre a una nariz pegado, /
Érase una nariz superlativa, / Érase una alquitara medio viva, / Érase un peje espada
mal barbado>> (pág. 345). Incluso se burla de los eruditos que enamoran a mujeres
cultas, pero poco agraciadas físicamente, cuando él era un hombre culto y no
precisamente un portento de belleza. ¿Ironía u olvido?: <<Al que sabia y fea busca, /
El señor se la depare; / A malos conceptos muera, / Malos equívocos pase>> (pág.
452). Sin embargo, los dardos más envenenados de sus poemas satíricos y burlescos
van dirigidos contra las mujeres, desde las flacas (aunque hoy en día parezca mentira)
hasta las adúlteras (págs. 66-71). Así, se convierte en el <<campeón>> poético de la
misoginia, pero muchos de estos poemas son meros juegos de artificio: <<Viénense a
diferenciar/ La gallina y la mujer, / En que ellas saben poner, / Nosotras sólo quitar; / Y
en lo que es cacarear, / El mismo tono tenemos. / Todas ponemos, / Unas cuernos y
otras huevos >> (pág. 267).

En sus poemas satíricos y burlescos no se salvan ni las fábulas mitológicas, como la


de Apolo y Dafne. Cuando el dios del sol persigue a la ninfa, el consejo, sarcástico, es
demoledor: <<Si la quieres gozar, paga y no alumbres>> (pág. 363). Es decir,
<<paga>> porque el dinero lo puede todo. El interés económico es algo con lo que no
contaba el organicismo, por eso los poemas de Quevedo arremeten contra él, porque
en ese momento es lo importante; y los viejos valores feudales, como la fidelidad, el
honor y la pureza de sangre, están siendo arrinconados. En suma, el mundo feudal se
está desmoronando por culpa de las nuevas relaciones sociales burguesas, donde lo
importante es el interés económico. <<El vil metal>> lo está <<distorsionando>> todo:

<<Es galán, y es como un oro,

Tiene quebrado el color,

Persona de gran valor,

Tan cristiano como Moro,

Pues que da y quita el decoro,

Y quebranta cualquier fuero,

Poderoso Caballero

Es don Dinero.

Son sus padres principales,

Y es de nobles descendiente,

Porque en las venas de Oriente

Todas las sangres son Reales.

Y pues es quien hace iguales

Al Duque y al ganadero,

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Poderoso Caballero

Es Don Dinero>> (págs. 90-91).

Este poema popular critica el poder del dinero, pero desde un horizonte ideológico
feudal: <<Pues que da y quita el decoro >> y <<es quien hace iguales/ Al Duque y al
ganadero>> (pág. 91). El problema es que haya aparecido ese mercado que <<hace
iguales/ Al Duque y al ganadero>> (ibid.), es decir, el noble con su sangre azul no es
nadie sin dinero. Por tanto, el tema del dinero es capital en los poemas de Quevedo,
porque es capaz de comprar cualquier voluntad, incluso la de los jueces: <<Pues
untándolos las manos/ Los ablanda el corazón?/ ¿Quién gasta su opilación/ Con oro y
no con acero?/ El dinero. >> (pág. 276).

Temas literarios de unos poemas organicistas que critican con virulencia los nuevos y
viejos oficios urbanos y a quienes los desempeñan, y tópicos literarios que legitiman
una vuelta atrás, una regresión, a los modos de producción feudales cuando el siervo
sólo tenía que prestarle fidelidad a su señor y no existía el interés económico. Temas y
tópicos literarios de unos poemas perfectos y certeros porque, en componer versos y
en el manejo de la espada, Quevedo era un maestro.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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