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ANTONIO MACHADO Y LA TEMPORALIDAD

La poesía de Machado está vertebrada sobre un eje de una idea y un sentimiento esenciales: la
temporalidad, poeta del tiempo.
Su poesía busca intemporalizar el propio tiempo vital del poeta, eternizar la brevedad de sus
instantes, de ahí la definición de su poesía como “diálogo de un hombre, de un hombre con su
tiempo”, ya que el poeta “no es fuera del tiempo, absolutamente nada”. Espiritualmente la poesía
es, en su esencia, un acontecimiento inefable. El poeta a lo que aspira es a la esfera de lo eterno,
pero es su propio tiempo, sus vivencias, “la conciencia integral”, lo que debe eternizar.
El tiempo o la temporalidad es tema fundamental en su lírica de Soledades como se aprecia
también en el Poema II, el yo lírico es el viajero. Parte de una vivencia personal del poeta pero
apunta también a lo colectivo.
El poema se estructura sobre la base de ocho estrofas, de versos octosílabos y rima asonante en
los versos pares. Así el ritmo se aproxima al del romance. El tema es la temporalidad del viajero y
la finalidad que es el viaje mismo. Ese tema central se ve en el símbolo que escoge para
representarlo: el del camino. Gracias a la carga simbólica todo el paisaje machadiano trasciende el
mero realismo. Por el símbolo se carga de trascendencia lo que de otro modo sería mera realidad
y las cosas más elementales se transforman en espíritu.
El símbolo machadiano es bisémico, un solo significante conlleva simultáneamente dos
significados, como se ve con el término camino, “he andado muchos caminos”.
Como vimos la poesía de Machado está vertebrada sobre el eje de la temporalidad, preocupación
que había de ser llevada también a un planteamiento temporalista del paisaje y del espacio. Pero
había sobre todo que encontrar un símbolo especialmente expresivo de la temporalidad esencial.
Ese símbolo Machado lo halló principalmente en el camino y sus derivados: caminante, caminar.
Para Machado el mundo es el camino, vivir es caminar, los caminos los vamos haciendo con
nuestro propio vivir.
Todo lo que contempla le sugiere esta idea de fluir y de pasar. Siente que no hay nada quieto y
estable. Vivir y caminar se identifican quizá en un sentido pesimista pero no angustiado, como se
ve en este poema, “en todas partes he visto/ caravanas de tristeza,… Mala gente que camina/ y va
apestando la tierra…” a la que se contraponen “gentes que danzan o juegan, /…/Donde hay vino,
beben vino; / donde no hay vino, agua fresca”
El camino se corresponde al caminante que lo va haciendo. Los hombres caminan, hacen el
camino, van haciendo su vida y el contraste se establece entre aquellas “malas gentes”, definidas
tan esencial, sencilla y sobriamente, y los que buscan la salvación pero aceptando la vida tal cual
es, refugiándose en las pequeñas cosas.
Conjugado con el paisaje como presencia aparece el paisaje como escenario, y en éste el poeta
enfoca la mirada hacia el entorno que lo rodea. Hay una actitud de piedad, de acercamiento
amoroso, que luego se va a ver en Campos de Castilla.
También en este poema se aprecia otro símbolo, el del mar, emparentado con el símbolo del
camino, “He navegado en cien mares”. Aparece en su lírica no sólo como metáfora del morir, en
el sistema espiritual manriqueño, sino también como expresión del mundo en el sentido de futuro
y destino del hombre. En el mar no hay senda, sólo la que deja la nave al abrirse paso por el agua.
Así ha de ir el hombre por el mundo: abriendo y soñando caminos, “he abierto muchas veredas”.
Lo importante que ya se avizora en este poema es que no es él solo quien camina, la suma de
otros que se van uniendo, aspiración a un lirismo colectivo, a un arte coral.
Esto se verá más claramente en su poesía de Campos de Castilla.
El camino es así el lugar, el escenario donde ha de desarrollarse la vida del hombre. No sólo es el
símbolo de ella en su esencia del transcurso, sino que es el marco espacial donde han de
sucederse la vida y la muerte. Machado es poeta del recuerdo, el presente sirve para reactualizar
su pasado, (vivido como duración concreta), o para volver a lo que soñó entonces.
El sueño también se puede producir en el presente: “Yo voy soñando caminos/ de la tarde”
(poema XI)
Se puede tomar este poema en el sentido del viajero que fue siempre Antonio Machado, pero
también se puede interpretar en el sentido que le da Manrique. El sueño es dinámico, el se integra
al paisaje, pero el campo se subjetiviza porque él está proyectando sus sentimientos.
La idea de temporalidad está dada a través de distintos recursos: en primer lugar a través del
verbo en gerundio (en la perífrasis) se da una idea de continuidad, de dinamismo, casi de
circularidad; en definitiva de vida. Este verbo de la primer estrofa se corresponde con el de la
segunda, “Yo voy soñando caminos”, “Yo voy cantando viajero”. Se enlazan aquí dos símbolos
machadianos fundamentales, el camino y la tarde. Sus símbolos surgen de lo que vive y siente el
poeta cotidianamente, pertenecen a su mundo familiar. Se unen, decíamos, un símbolo “espacial”:
el camino (realidad objetiva que se ofrece a la contemplación) y uno “temporal”: la tarde (realidad
que vive desde el comienzo en el tiempo). Nace este símbolo con la meditación, el sueño y la
evocación. El sueño es dinámico, se integra al paisaje. Pero el campo se subjetiviza, el poeta está
proyectando sus sentimientos. Lo soñado lo constituyen los “caminos de la tarde”. El momento es
el cercano a la noche, el del paso del día. La tarde tiene una carga muy peculiar: es la metáfora de
la plenitud, (la efusividad del mediodía ha pasado). La tarde es otro tipo de plenitud, es un
momento melancólico. En este poema la tarde es recurrente, aparece como uno de los símbolos
machadianos más importantes. En verdad no sé puede separar de otras objetivaciones
temporales: el día, la mañana, y aunque sólo se la sienta llegar sin nombrarla, la noche. En parte se
da la sucesión temporal (tiempo físico), “-la tarde cayendo está-“, aunque siempre dentro del
tiempo evocado, interior del poeta, “voy soñando”.

Finalmente en el XXXVIII, vemos que el poeta se entiende a solas con el tiempo, y en la obra trata
de lograr su eternidad.
Es, como ya dijimos, el tiempo humano, existencial, no el tiempo como medida, el de los relojes. El
tiempo se desrealiza en el ser humano, y al paso que lo va enriqueciendo con la experiencia, lo va
aproximando a la muerte. Pero este es el único modo de avanzar. El hombre muere, mientras que
el tiempo y la vida permanecen. Nuevamente aparece aquí la contraposición entre el tiempo del
hombre y el tiempo biológico de la naturaleza, en un poema de gran sugerencia y ritmo. Su poesía
sugiere la fugacidad que significa para el tiempo del hombre, vamos llenando el hueco del tiempo
con los hechos que forman nuestra vida y nos vamos colmando de recuerdo. De él está tejido casi
todo el tiempo de Antonio Machado, “Abril florecía/ frente a mi ventana”. Para evocar el recuerdo
prefiere el imperfecto, que al rimar en ia –a – a, le va dando un ritmo muy especial, como un aire
infantil. En este poema se contraponen dos tiempos, el de las hermanas que van a desaparecer y
el de la naturaleza, cíclico, a través de la tarde de abril. “La menor cosía/ la mayor hilaba…”, los
puntos suspensivos van enlazando los tiempos. Para el hombre el tiempo se da una sola vez, la
tarde en cambio se repite, pero sin los mismos personajes, “una clara tarde/ la mayor lloraba”.
El poema destaca la impasibilidad de la naturaleza frente al ser humano, que trabaja, envejece y
muere, e incluso a veces no llega a cumplir su ciclo vital como ocurrió con la hermana menor,
“Señaló a la tarde/ de abril que soñaba,/ …/ Y en la clara tarde/ me enseñó sus lágrimas…” la
tarde personificada da cuenta de la diferencia entre su tiempo y el del ser humano.
Las meditaciones del ser humano sobre el tiempo están en función de su vida pasajera, su vida de
viajero, pero también en función del tiempo de su tierra.
El tiempo de España, poema XCVIII. Como integrante de la generación del 98, Antonio Machado
sintió la temporalidad en la historia de su país. Vivió épocas de profunda crisis, en relación a esto
escribió “A orillas del Duero”.
A partir de aquí el poeta no sólo mira hacia adentro, sino que sabrá mirar hacia afuera. El camino
aquí es la región. Se siente conmovido de fervor ante el paisaje de Castilla, que al final del poema
se agranda –magnificado- hasta devenir paisaje total de España. Pero aquí Machado no se
propone presentarnos un poema de concentrada sugerencia, sino que se integra a la
pormenorizada descripción y rebasa los límites paisajísticos para saltar al ámbito de la historia de
España, lo espacial entra en la dimensión temporal histórica, en la intrahistoria. El paisaje se asocia
a viejos instrumentos bélicos, “harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra”. La guerra, el
tiempo, han cosificado este paisaje de Castilla, como si hubiera estado al servicio de los ideales del
hombre del pasado.
Comienza el poema con la descripción del paisaje, “Yo, solo , por las piedras del pedregal subía,/
buscando los recodos de sombra, lentamente”, pero no es una descripción simplemente objetiva,
sino que este paisaje tiene un alma, está integrado con la personalidad del poeta.
Hay en Antonio Machado, como en todos los contemporáneos de la Generación del 98, una
preocupación por el paisaje, no sólo de índole estética sino también historicista. Es decir que
Machado descubre en el paisaje una comunicación directa con el ser de España. Correspondiendo
con el temple vital machadiano, el paisaje se da siempre con dimensiones concretas y profundas,
se trata de un paisaje recortado en el espacio, pero de intensa hendidura en su dimensión interior.
El paisaje es abierto, desolado y pobre, “¡Oh triste y noble,/ la de los altos llanos y yermos y
roquedas,/ de campos sin arados, regatos ni arboledas;/ decrépitas ciudades, caminos sin
mesones”, y con esto no se está refiriendo solamente a un paisaje particular, sino que está
poniendo de manifiesto, indirectamente, características de la España de la época, de su época. El
eje del poema está dado por el Río Duero, que es el corazón de Iberia y de Castilla; “El Duero
cruza el corazón de roble/ de Iberia y de Castilla”; es una descripción dolorida de esa región
castellana por donde corre este río, nos pinta el abandono de España, “envuelta en sus andrajos
desprecia cuanto ignora”.
Aparece la diatriba noventaiochista, que no excluye sin embargo, un acento de reverencia y de
asombro, “Castilla miserable, ayer dominadora”. Aquí cobran fundamental importancia los verbos
y adverbios, no sólo se contrasta en forma implícita el ayer con el hoy, sino que se señala la
presencia del pasado en el presente. Es la contraposición de dos Españas, y la búsqueda dolorida y
temerosa del espíritu de la España de ayer en la España de hoy.
En la última etapa de su producción, no está exenta en Machado la preocupación por el futuro de
su tierra. Así lo vemos en “Meditación del día” :

Frente a la palma de fuego


que deja el sol que se va
en la tarde silenciosa
y en este jardín de paz,
mientras Valencia florida
se bebe el Guadalaviar
—Valencia de finas torres
en el lírico cielo de Ausias March,
trocando su río en rosas
antes que llegue a la mar—,
pienso en la guerra. La guerra
viene como un huracán
por los páramos del Alto Duero,
por las llanuras de pan llevar,
desde la fértil Extremadura
a estos jardines de limonar,
desde los grises cielos astures
a las marismas de luz y sal.
Pienso en España vendida toda
de río a río, de monte a monte
de mar a mar.

«Por fortuna la venta se ha realizado en falso, como siempre que el vendedor no dispone de la
mercancía que ofrece. Porque a España, hoy como ayer, la defiende el pueblo, es el pueblo mismo,
algo muy difícil de enajenar. Porque por encima y por debajo y a través de la truhanería inagotable
de la política internacional burguesa, vigila la conciencia universal de los trabajadores.»

Pertenece a las últimas composiciones que compuso cuando la Guerra Civil española. El momento
que para entonces vivía España, marcaba para él “la hora de una esperanza y una desesperación”.
Lo que llama la atención es que aquí se intercalan en primera persona el género lírico y luego el
género narrativo, que lo amalgama absolutamente. Es ésta una descripción de tipo impresionista,
con elementos subjetivos, un instante, tal el sentido del tiempo, “…La guerra viene como un
huracán (…) Pienso en España, vendida toda/ de río a río, de monte a monte, de mar a mar”. Es un
momento muy especial: el crepúsculo vespertino, “Frente a la palma de fuego/ que deja el sol que
se va”. El último verso es suscitador de la reflexión, en tono muy distinto, en prosa. El tiempo aquí
está en la dimensión de la cotidianeidad, lo cotidiano es pensar en España, cuestión que se integra
en forma perfecta con respecto al título. Por eso en el Discurso a los jóvenes socialistas, aquellos
que están en la Primavera, hace una invocación y manifiesta su respeto porque se preocupan por
su tierra. Ellos son los que están llamados a hacerlo porque de alguna manera, si son jóvenes son
eternos, el tiempo está casi superado. Aparece así una versión más realista del tiempo en una
verdad común, no desaprovechar el tiempo, puesto que existe un momento para todo. Por eso en
él no se encuentra sólo la visión (tópico constante) del tiempo como desgaste sino también del
tiempo renovador, visión que se amalgama profundamente con la concepción del tiempo en
Antonio Machado.

“Acaso el mejor consejo que puede darse a un joven es que lo sea realmente. Ya sé que a muchos
parecerá superfluo este consejo. A mi juicio, no lo es. Porque siempre puede servir para
contrarrestar el consejo contrario, implícito en una educación perversa: procura ser viejo lo antes
posible.

Se vela por la pureza de la niñez; se la defiende, sobre todo, de los peligros de una pubescencia
anticipada. Muy pocos velan por la pureza de la juventud; a muy pocos inquieta el peligro, no
menos grave, de una vejez prematura. Sabemos ya, y acaso lo hemos creído siempre, que la
infancia no se enturbia a sí misma, y hemos adquirido un respeto al niño, loable, en verdad, si no
alcanzase los linderos de la idolatría. Se sigue creyendo, en cambio, que toda la turbulencia que
advertimos en los jóvenes es de fuente juvenil, y que al joven sólo puede curarle la vejez. Yo he
pensado siempre lo contrario. Por ello he dicho siempre a los jóvenes: adelante con vuestra
juventud. No que ella se extienda más allá de sus naturales límites en el tiempo, sino que, dentro
de ellos, la viváis plenamente. Adelante, sobre todo, con vuestra faena juvenil: ella es
absolutamente intransferible; nadie la hará, si vosotros no la hacéis.
Uno de los graves pecados de España, tal vez el más grave, acaso el que hoy purgamos con la
tragedia de nuestra patria, es el que pudiéramos llamar «gran pecado de las juventudes viejas». Yo
las conozco bien, amigos queridos, perdonadme esta pequeña jactancia. En mi ya larga vida, he
visto desfilar varias promociones y diversos equipos de jóvenes pervertidos por la vejez: ratas de
sacristía, flores de patinillo, repugnantes lombrices de caño sucio. Los conozco bien. Y son esos
mismos jóvenes sin juventud los que hoy, ya maduros, mejor diré, ya podridos, levantan, en la
retaguardia de sus ejércitos mercenarios, los estandartes de la reacción, los mismos que
decidieron, fría y cobardemente, vender a su patria y traicionar el porvenir de su pueblo. Son esos
mismos también, aunque no siempre lo parezcan, los que hoy quisieran corromperos, sembrar la
confusión y el desorden en vuestras filas, los enemigos de vuestra disciplina, en suma,
cualesquiera que sean los ideales que digan profesar.

¡La disciplina!... He aquí una palabra, que vosotros, jóvenes socialistas unificados, no necesitáis,
por fortuna, que yo os recuerde. Porque vosotros sabéis que la disciplina, útil para el logro de
todas las empresas humanas, es imprescindible en tiempos de guerra. De disciplina sabéis
vosotros, por jóvenes, mucho más que nosotros, los viejos, pudiéramos enseñaros. Contra lo que
se cree, o afecta creerse, también la disciplina es una virtud esencialmente juvenil, que muy rara
vez alcanza a los viejos. Sólo la edad generosa, abierta a todas las posibilidades del porvenir,
realiza gustosa el sacrificio de todo lo mezquinamente individual a las férreas normas colectivas
que el ideal impone. Sólo los jóvenes verdaderos saben obedecer sin humillación a sus capitanes,
velar por el prestigio, sin sombra de adulación, de los hombres que, en los momentos de peligro,
manejan el timón de nuestras naves; sólo ellos saben que en tiempo de guerra y de tempestad los
capitanes y los pilotos, cuando están en sus puestos, son sagrados.

Nada temo de la indisciplina juvenil, porque nunca he creído en ella. Mucho temo, mucho he
temido siempre de la mansa indisciplina de la vejez, de esa vejez anárquica, en el sentido
peyorativo de estas dos palabras —un hombre encanecido en actividades heroicas sabe guardar
como un tesoro la llama íntegra de su juventud, y un anarquista verdadero puede ser un santo—
de ese espíritu díscolo y rebelde a toda idealidad, siempre avaro de bienes materiales, codicioso
de mando para imponer la servidumbre, que, en suma, sólo obedece a lo más groseramente
individual: los humores, y apetitos de su cuerpo averiado, sus rencores más turbios, sus lujurias
más extemporáneas. A eso, que es la vejez misma, he temido siempre.

Si repasáis la breve historia de nuestra República, que se inaugura magníficamente con signo
juvenil, dominada por hombres que gobiernan y legislan atentos al porvenir de su pueblo, veréis
que es un hombre profundamente viejo, un alma decrépita de ramera averiada y reblandecida, el
llamado Lerroux, quien se encarga de acarrear a ella, de amontonar sobre ella —¡nuestra noble
República!— todos los escombros de la rancia política en derribo, toda la cochambre de la
inagotable picaresca española. A esto llamaba él ensanchar la base de la República.

Yo os saludo, pues, jóvenes socialistas unificados, con un respeto que no siempre pude sentir por
los ancianos de mi tiempo, porque muchos de ellos estaban deshaciendo a España, y vosotros
pretendéis hacerla. Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es
muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la ruta que desciende de Hegel a
Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por el influjo, acaso, de una educación
demasiado idealista, me falta simpatía por la idea central del marxismo; me resisto a creer que el
factor económico, cuya enorme importancia no desconozco, sea el más esencial de la vida humana
y el gran motor de la historia. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el Socialismo, en cuanto
supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios
concedidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa
inexcusable en el camino de la justicia; veo claramente que es ésa la gran experiencia humana de
nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir. Ella coincide plenamente con
vuestra juventud, y es una tarea magnífica, no lo dudéis. De modo que, no sólo por jóvenes
verdaderos, sino también por socialistas, yo os saludo con entera cordialidad. Y en cuanto habéis
sabido unificaros, que es mucho más que uniros, o juntaros para hacer ruido, contáis con toda mi
simpatía y con mi más sincera admiración.1 mayo 1937.”