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Las formas complejas de la acción política:

justicia corporativa, faccionalismo y redes


sociales (Buenos Aires, 1750–1760)

por Zacarías Moutoukias

Abstract. – The analysis of a local conflict concerning the control of comercial justice in
Buenos Aires during the mid XVIIIth century reveals that the emergence of the different
urban factions of residents and merchants can not simply be explained using terms of
social structure, as there was no obvious social difference between these elites. In adition
to macrostructures it is foremost necessary to take personal networks into account, in
order to explain political behaviour, and thus test the bigger structures by microanalysis.

En las secciones que componen este texto se intentará desgranar los


diferentes elementos de un conflicto archibanal: en 1756, la elección
en Buenos Aires de un juez del comercio, diputado del Consulado de
Lima, dio lugar a un áspero enfrentamiento entre facciones, una de
vecinos y otra de forasteros. Ninguno de los bandos cuestionaba la
calificación que recibían del otro, mas los primeros reclamaban el
derecho exclusivo a elegir y ser elegidos. El objetivo de semejante
ejercicio es demostrar que la acción colectiva se articula en una multi-
plicidad de ámbitos simultáneos y hace emerger una configuración
compleja, cuya forma y dinámica no está necesariamente contenida en
el discurso y las identidades de cada uno de los actores.
Estos objetivos exigen, evidentemente, recurrir al tratamiento in-
tensivo propio del microanálisis, lo cual sin duda recuerda las propue-
stas de la microhistoria. Como se sabe, desde principios de los ’80,
este calificativo reúne una serie bastante heterogénea de enfoques,
desde los trabajos de González y González hasta las propuestas de
Levi y Ginzburg.1 El paradigme indiciaire de este último en realidad
no corresponde con los propósitos del presente trabajo; mientras que
el libro de González y González presenta un modelo de determinación

Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas 39


© Böhlau Verlag Köln/Weimar/Wien 2002

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de lo “micro” por lo “macro” – usando la descripción de aquel para


“ilustrar” a este –, que frecuentemente encontramos en los análisis
socioculturales de lo político, cuya crítica se intentará a lo largo de todo
el texto. Queda la propuesta de Levi por reconstruir la articulación ínti-
ma de los mecanismos sociales, inspirado en la antropología de F.
Barth. Sin embargo, el termino microhistoria se ha ido desvirtuando,
hasta utilizarse para cualquier descripción de detalle, sin definir ninguna
estrategia explicativa. Por otra parte, la opción por el microanálisis se
inspira aquí en una tradición de concepciones según la cual los equili-
brios sociales y las configuraciones institucionales son producto de la
acción de los actores, pero no de sus designios.2 Entonces, se puede
simplemente decir que aquí se recurrirá a una forma de microanálisis
adaptada a los objetivos del texto, que son mostrar la compleja articula-
ción de la acción política en una pluralidad de planos simultáneos.

I. CONFIGURACIÓN INSTITUCIONAL Y DINÁMICA POLÍTICA

La elección en 1756 del juez diputado de comercio de Buenos Aires


provocó, entonces, la oposición entre dos grupos, cada uno de los cua-
les designó al otro usando unas apelaciones – vecinos y forasteros –

1
Luis González y González, Pueblo en vilo (México 1968); Idem, Otra invitación
a la microhistoria (México 1997); Carlo Ginzburg, Miti Emblemi Spie. Morfologia e sto-
ria (Turín 1986); Giovanni Levi, “On microhistory”: Peter Burke (ed.), New Perspec-
tives on Historical Writing (Pennsylvania 1991); Maurizio Gribaudi, “Echelle, pertinan-
ce, configuration”: J. Revel (ed.), Jeux d’écheles. La micro-analyse à l’expérience (Paris
1996); Frederik Barth, “Models of social organization I”: Idem, Process and form in so-
cial live (Londres 1981).
2
Fredrik Hayek, “Rules, Perception and Intelligibility” y “The Result of Human
Action but not of Human Design”: Idem, Studies in Philosophy, Politics and Economics,
(Chicago 1967), pp. 23–42 y 111–137; Idem, Law, Legislation & Liberty. Vol. 1, Rules &
Order (London 1973); ver también Franco Ramella, “Por un uso fuerte del concepto de
red en los estudios migratorios” y Zacarías Moutoukias, “Narración y análisis en la ob-
servación de vínculos y dinámicas sociales. El concepto de red personal en historia so-
cial y económica”: María Bjerg/Hernán Otero (ed.), Inmigración y redes sociales en la
Argentina moderna (Tandil 1995), pp. 9–21 y 221–241; Zacarías Moutoukias, “Familia
patriarca o redes sociales. Balance de una imagen de la estratificación social”: Anuario
del IEHS 15 (Tandil 2000), pp. 133–151; Idem, “Réseaux et parcours. La construction
ordinaire d’un tissue de liens personells à Madrid”: Maurizio Gribaudi (ed.), Espaces,
temporalités, stratifications. Exercises sur les résaux sociaux (Paris 1998), pp. 255–288.

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que ambos aceptaron. Como se acaba de decir, el punto en discordia


era acerca de si uno de los antagonistas, los vecinos, podía reclamar el
derecho exclusivo a elegir y ser elegido como titular de la nueva
magistratura. Así, esa recíproca manera de calificar – la cual, como
veremos, era asimismo un modo de clasificar derechos – constituye en
teoría un instrumento para interpretar dicho conflicto y ubicarlo en un
contexto de prácticas y significados sociales. A su vez, estos últimos
estarían vinculados a las identidades de vecinos y forasteros como
grupos sociales. Sin embargo, este aspecto de la retórica de los actores
está lejos de ser suficiente pues en ésta, como en casi todas las quere-
llas, se cruzaban varias secuencias de acción y los individuos actuaron
en ella con estrategias y por medio de coaliciones que se situaban
sobre una pluralidad de contextos.
Una de la más importante de aquellas secuencias de acción fue la
que construyó el equilibrio local entre las distintas instituciones. En si
misma, la creación de un nuevo tribunal trastocaba considerablemente
la escena local al producir una obvia redefinición de las competencias
del gobernador y del cabildo en el ámbito de la justicia comercial. A
su vez, dicha redefinición originó una previsible cadena de tensiones
y negociaciones que ponían en evidencia la importancia de los aspec-
tos jurisdiccionales en las relaciones políticas entre la corporación
municipal y los agentes de la monarquía. Se trata entonces de un
acontecimiento absolutamente banal y al mismo tiempo sintomático
de los mecanismos sociales que aseguraban el funcionamiento del
poder y la autoridad locales, cuya inteligencia requiere comenzar por
la descripción de las principales reglas de organización de dicha auto-
ridad.

Gobierno y justicia
Hacia mediados del siglo XVIII, y desde los orígenes mismos de
Buenos Aires, las causas comerciales eran competencia de los tribuna-
les ordinarios. O sea, que
“[…] las causas de los comerciantes de aquella ciudad corrían baxo la jurisdicción de
los Alcaldes ordinarios, otorgandose las apelaciones en la forma regular, y quando en
alguna deellas ocurría punto de comercio, mandaba el Juez que las partes nombrasen
peritos que hiciesen el reconocimiento, regulación ó diligencia que pedía la materia,
y en su vista sentenciaba definitivamente […]”

El comentario merece que nos detengamos un instante. Estas líneas, to-


madas de un informe del Consejo de Indias, resumen cartas anteriores

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del virrey del Perú y de dos gobernadores del Río de la Plata3 y, por lo
demás, coinciden con la imagen que nos hacemos leyendo juicios, co-
rrespondencias publicadas o las conocidas recopilaciones de leyes.
Para los argumentos de este texto interesa destacar de ellas un aspecto
que, por lo obvio, los autores del informe no lo señalan o sólo lo hacen
al pasar: el reconocimiento implícito de un ámbito específico a la jus-
ticia comercial, aún cuando ésta esté incluida dentro de las competen-
cias de los tribunales ordinarios. Además, – como el propio goberna-
dor Cevallos lo indicaba entre otros muchos testigos de la época – los
dos alcaldes del tribunal del cabildo de Buenos Aires “regularmente
son comerciantes de la primera distinción“. Esto delimitaba una suerte
de constitución consuetudinaria de la corporación mercantil y su jus-
ticia. En otro orden de cosas, “la forma regular de las apelaciones”,
naturalmente se refiere a los recursos ante el mismo tribunal del gober-
nador o de la Audiencia de Charcas según la naturaleza de las instruc-
ciones y fallos del cabildo. Si bien iremos viendo la vigencia de esos
esquemas, también podremos constatar que debe evitarse toda lectura
rápida de los textos normativos.
Las competencias de la justicia capitular se extendían a todos los
asuntos civiles y criminales, con exclusión, tanto de las “materias de
gobierno” como de las concernientes a los fueros especiales, o sea, el
militar y el religioso. Su jurisdicción era acumulativa, es decir, que
otros jueces podían actuar en las mismas causas, en acuerdo recíproco.
En el caso de Buenos Aires se trataba exclusivamente del gobernador,
quien por lo demás tenía la obligación de guardar y hacer respetar el
equilibrio entre ambos tribunales según la costumbre. De modo que
los mismos asuntos civiles y criminales, entre los cuales se encontra-
ban los comerciales, caían también dentro de las competencias del
gobernador quien, como se sabe, recibía el título de primer magistrado
o justicia mayor de la gobernación. En esa función lo asistía el teniente
del rey y auditor de guerra, cuyo titular era, por esa época, cuanto
menos perito en temas forenses. La jurisdicción de su tribunal tenía
prioridad en los temas relativos al comercio atlántico, a saber, todo lo
concerniente a la legislación que regulaba las relaciones comerciales
entre España y América, así como las derogaciones que afectaban al

3
Archivo General de Indias (en adelante AGI), Charcas 199, Consejo 12/VIII/1758;
ver también cartas del virrey Superunda y los gobernadores Andonaegui y Cevallos, res-
pectivamente 20/VII/1755, 3/VIII/1752 y 18/12/1756, en el mismo legajo.

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Río de la Plata – mercedes y autorizaciones comerciales otorgadas a la


ciudad de Buenos Aires, licencias de navíos de registro, licencias o
asientos para importar esclavos, etc. Como justicia mayor, el goberna-
dor decidía asimismo sobre el tribunal en el cual se apelaban sus fa-
llos, la Audiencia de Charcas, la Casa de Contratación o el Consulado
de Cádiz. Sin embargo, los jueces capitulares también intervenían en
éste ámbito, tanto cuando se producía un contencioso entre el capitán
o sobrecargo de un navío y un comerciante local, o cuando consideraban
que un arbitraje del gobernador o una disposición real lesionaba los
derechos consuetudinarios de los comerciantes.
En estos asuntos del comercio ultramarino, el gobernador o la per-
sona en quien delegaba su función como magistrado – o sea el teniente
del rey – podían, según la naturaleza de los casos, actuar solos o con-
stituyéndose en el tribunal de real hacienda, junto con los oficiales de
ésta. Con esta conformación entendían, sobre todo en las entradas
legales o fraudulentas de navíos y sus tripulaciones, constituyéndose
entonces el gobernador en juez de arribadas. Por su parte los oficiales
reales tenían, en cuanto a temas estrictamente comerciales, obvias
competencias en todo lo relativo al contrabando – por lo que dicho
fenómeno conllevaba la violación de los derechos del monarca – aun-
que en posición subordinada a la del gobernador.
Entonces, como era de esperar, el equilibrio entre los ámbitos del
capítulo municipal y el gobernador constituían la clave del funcio-
namiento local de las instituciones político-judiciales. Sin embargo,
esta tediosa descripción es excesivamente formal y estática. Resume
rápidamente la imagen que surge de la lectura de la documentación
publicada y de los estudios dedicados al dispositivo institucional en su
conjunto.4 En realidad conocemos bastante mal su funcionamiento y
los equilibrios políticos que resultaban de la acción de los grupos
implicados. Por ejemplo, es más o menos evidente que la prioridad del
gobernador en los asuntos relativos al funcionamiento del comercio
4
Ver Roberto Levillier, Antecedentes de la política económica en el Río de la Plata,
2 tomos (Madrid/Buenos Aires 1915); Correspondencia de la ciudad de Buenos Aires con
los Reyes de España, 3 tomos (Madrid/Buenos Aires 1918); Correspondencia de los ofi-
ciales reales de hacienda del Río de la Plata con los Reyes de España (Madrid/Buenos
Aires 1918); Facultad de Filosofía y Letras, Documentos para la Historia Argentina,
tomo V, El comercio de Indias. Antecedentes legales (1717–1778) (Buenos Aires 1915),
Introducción de Ricardo Levene; ver también Ricardo Zorraquín Becú, La organización
judicial argentina en el período hispano (Buenos Aires 1952), en particular pp. 51–60,
81–90, 95–98.

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atlántico proviene, en principio, de la tradicional definición, tanto del


cargo mismo como de sus relaciones con los otros dos pilares de la au-
toridad formalmente constituida, los oficiales reales y el capítulo mu-
nicipal. No obstante, dicha prioridad también resultó de una larga evo-
lución local. Todo parece indicar que el primer magistrado se fue
afirmando sobre los oficiales de la real hacienda – a pesar de las
amplias competencias que estos habían recibido originalmente – tras
el fracaso de la primer Audiencia de Buenos Aires (1664–1674) y
como consecuencia de la excesivamente frecuente implicación de
dichos oficiales en casos de contrabando. A esto se agregaban las dis-
posiciones que consolidaban la posición del gobernador al habilitarlo
a entender exclusivamente en la trata de esclavos, desde los dos asien-
tos de Reynal a partir de 1595 hasta los asientos francés e inglés, res-
pectivamente en 1703–1713 y 1714–1740.
Por otra parte, las frecuentemente tensas relaciones entre el gober-
nador y los oficiales de la real hacienda comprendían conflictos y ne-
gociaciones en los cuales estaban en juego cierta distribución local de
recursos y un aspecto fundamental de las relaciones políticas. Respec-
to a lo primero, se trataba de un porcentaje del valor de las mercancías
secuestradas que recibían en recompensa quienes actuaban como jue-
ces en las causas de contrabando, a cuyo producto los oficiales reales
pretendían tener derecho exclusivo, mientras que el gobernador solía
reclamar su parte como titular del tribunal de real hacienda. Lo segundo
afecta de manera más sustantiva los mecanismos que aseguraban el
funcionamiento local de la autoridad. En otro lugar he tenido ocasión
de extenderme sobre la manera como los agentes de la monarquía cons-
truían cadenas de mando político gracias a las alianzas locales de los
miembros de su séquito. Un aspecto de esta manera de organizar las
relaciones de poder era la práctica – tan frecuentemente señalada en la
documentación de toda América castellana – de ubicar allegados en las
principales magistraturas locales. Entre éstas, las de la hacienda real
eran particularmente disputadas, pues poca cosa más había en una aldea
como Buenos Aires. Entre 1750 y 1770, los tres gobernadores del
período – Andonaegui, Cevallos y Bucareli – intervinieron directa-
mente para colocar a sus hombres en esos cargos.5

5
Zacarías Moutoukias, “Réseaux personnels et autorité coloniale. Les négociants
de Buenos Aires au XVIIIe siècle”: Annales ESC, juillet-octobre 1992, n° 4–5,
pp. 889–915, aquí: pp. 892–893.

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En suma, la descripción precedente deja entrever las interdepen-


dencias entre organización judicial y acción política. En cuya configu-
ración intervinieron tanto los recursos alternativos de cierta cultura
institucional, como los resultados imprevistos de las formas de coope-
ración y conflicto. De modo que, para comprender la dinámica de esas
relaciones políticas, estas no pueden reducirse a una hermenéutica del
discurso de los actores. Como quiera que fuese, la imagen rápidamente
esbozada de dichas relaciones políticas, aunque obviamente incom-
pleta, nos muestra algo del contexto en el cual en 1752/53 se creó la
diputación de comercio en Buenos Aires y se nombró al primer juez.
Sus actuaciones generaron rápidamente nuevas tensiones políticas,
provocando en particular “la discordia entre tribunales”.

Jurisdicción y conflicto
Si la superposición de jurisdicciones y las formas de conflicto que
generaba es un tema trillado de la historia del derecho hispanoameri-
cano6 no menos constituye un aspecto central del juego político que
requiere que nos detengamos sobre un ejemplo. Estos conflictos no
eran inherentes a las instituciones judiciales.7 Mas ponían en evidencia
los márgenes de libertad de los actores y su capacidad para manipular
su propia retórica, así como las normas que ellos construyeron, lo cual
plantea toda la complejidad de las relaciones entre acción y discurso.8
Por razones y en circunstancias que veremos abajo, fue el goberna-
dor del Río de la Plata Joseph de Andonaegui quien en 1752 solicitó al
virrey del Perú la creación en Buenos Aires de una magistratura que
entendiera en los asuntos entre comerciantes. Tras las acostumbradas
consultas, en este caso a la Audiencia y al Consulado de Lima, el vi-
rrey Conde de Superunda accedió al pedido del gobernador, pero según
los términos propuestos por dicho consulado, que obtuvo en particular
satisfacción sobre dos importantes disposiciones, reclamadas en nom-
bre de las “leyes de este reyno”. En primer lugar obtuvo la facultad de
nombrar al juez – que actuaba entonces como su diputado –, aun si de-

6
J. M. Ots Capdequí, El Estado español en las Indias (México 1941), capítulo IV.
7
Ver ejemplos de esto en Tamar Herzog, La administración como fenómeno social.
La jusiticia penal de la ciudad de Quito (1650–1750) (Madrid 1995), pp. 46–47.
8
Y más en general, plantea el problema de las explicaciones de la acción política
basados en una relación heterónoma entre “mentalidad” y comportamiento. Para una
crítica de los modelos heterónomos, ver Norbert Elias, Qu’est–ce que la sociologie?
(Paris 1991), introducción y capítulo III.

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bía elegirlo entre la lista de personas “más principales e idóneas”, pre-


sentada por el gobernador en su carta de solicitud. La segunda disposi-
ción se refería al tribunal ante el cual dicho juez habría de conceder las
apelaciones, que era el propio consulado limeño, lo cual naturalmente
quebraba un orden de jerarquías bien establecidas. En cuanto a las fun-
ciones del nuevo juez, debía conocer “[…] privativamente de las causas
de mercaderes en primera instancia, arreglándose al estilo del comercio
[…]”, para lo cual se ajustaba a los reglamentos, leyes y prácticas de las
diputaciones de Panamá, Santiago de Chile y Potosí.9 Los miembros fir-
mantes del consulado no mencionan que en realidad los diputados de
dichas ciudades eran elegidos por los comerciantes locales.
Así nombrado, don Antonio de Larrazabal, un distinguido comer-
ciante – aunque no de los más poderosos – nacido en Portugalete y
casado en Buenos Aires en 1702, comenzó a ejercer su flamante
magistratura hacia principios de 1753. Y las querellas con otros tribu-
nales no tardaron en aparecer, en particular con el de la real hacienda,
que reunía, como vimos, a los oficiales reales y al justicia mayor ejer-
cido por el gobernador o su delegado. También el alcalde de primer
voto, actuando conjuntamente con el gobernador, se vio envuelto en
estas disputas. Un caso entre varios, relativo a los albaceas de una
testamentaria acreedora de la compañía formada por los armadores de
un navío de registro que naufragó en Montevideo en 1752, revela la
real dificultad para delimitar los ámbitos. En efecto, por un lado, el
gobernador y el tribunal de la real hacienda tenían, como vimos, compe-
tencia prioritaria en estos casos – que debían apelarse en España –,
pero por otro lado no resulta difícil de justificar la intervención del
juez de comercio.10 En ese caso la disputa jurisdiccional se combinaba
con un enfrentamiento entre camarillas de comerciantes que compe-
tían por la primacía en un ámbito de negocios, cuya dimensión se nos
escapa si nos atenemos a un solo tipo de documentación. No se trata
evidentemente de afirmar que una de ambas dimensiones, la querella

9
AGI, Charcas 199, Consulta del Consulado, 20/XII/1752, fol. 34 y ss; y el co-
rrespondiente decreto del virrey.
10
AGI, Charcas 199, Cartas del Gobernador Andonaegui y del teniente del Rey
Alonso de la Vega, respectivamente 30/XII/1755 y 18/XII/1756. En realidad el navío,
Nta. Sra de la Luz, mencionado en esta documentación como del registro de Cádiz, en
los papeles del pleito aparece como una embarcación portuguesa. Ver Autos de Don
Agustín Garfias c/Francisco Rodriguez de Vida, Archivo Historico Nacional, Madrid (en
adelante AHN (M)), Consejos 20378.

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de jurisdicción o la competencia entre grupos rivales, constituya la


“verdadera” naturaleza del conflicto. Sin embargo, circunscribirnos a
las interpretaciones que puedan surgir del tratamiento aislado de la
retórica tampoco permite reconstruir la dinámica de la acción política.
Una buena ilustración de las dificultades que plantea la compleja arti-
culación de estos enfrentamientos nos la brinda el caso más mencio-
nado por quienes criticaron las actuaciones del juez Antonio de La-
rrazabal. Se trató de la querella en la cual este último se enfrentó a don
Bartolomé de Quiroga, un comerciante y capitán de milicias, coman-
dante de la compañía de forasteros, quien como tal se acogió al fuero
militar. El contencioso se extendió entre 1754 y 1756 y comenzó con
una remisión de 8500 ps. en metálico realizadas por un comerciante de
Potosí, Francisco Froylán Soutiño. Los mismos fueron confiados al
apoderado del mencionado capitán Quiroga, Domingo de Azcuenaga,
un negociante de Buenos Aires encargado de transportar el situado,
quien debía entregar los fondos a Quiroga en Buenos Aires. Pero se
negó a hacerlo pretextando la intervención del juez de comercio. Este
actuó aduciendo una provisión de la Audiencia de Charcas, obtenida
por otro comerciante de Buenos Aires, Julián Gregorio de Espinosa,
según el cual en realidad los fondos pertenecían a Francisco Alvarez
Campana, su deudor por un monto mucho más importante. El destina-
tario original del dinero, el capitán Quiroga, reaccionó impugnando la
competencia del juez de comercio y amparándose en el fuero militar,
según el privilegio obtenido por las milicias por las ordenanzas de
1736. Sin embargo de lo cual, reconocía los eventuales derechos que
reclamaba Gregorio Espinosa, o al menos no se pronunciaba sobre
ellos. El Consulado de Lima – y algunos comerciantes de Buenos
Aires – sostuvieron la acción del juez. Mientras que el teniente del rey,
que en ese momento ejercía como gobernador por ausencia de este,11
apoyó la actitud del capitán Quiroga. Lo mismo hizo un oidor de la
Audiencia de Charcas, que en ese momento actuaba temporalmente
como auditor de guerra en Buenos Aires, negando al juez Larrazabal
la facultad de actuar como comisionado de su propia audiencia (cuya
provisión Larrazabal invocaba). Todo lo cual dio lugar a un confuso
cruce de autos, apercibimientos y medidas cautelares entre el juez de
comercio y el teniente del gobernador, que paralizaron cualquier movi-

11
Andonaegui participaba entonces en las operaciones militares de la llamada
“Guerra Guaranítica”.

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miento, mientras Azcuenaga apoyaba la acción del primero escon-


diéndose para evitar los requerimientos del segundo. Finalmente, a
finales de 1755 el teniente del rey usó de la fuerza y la amenaza de
prisión para forzar la entrega del dinero, que el capitán Quiroga reci-
bió a titulo de ley de depósito, hasta que se resolviera a quien per-
tenecían. Pero tres meses más tarde, cuando Larrazabal ya no era juez
de comercio, dicho capitán (y comerciante, no hay que olvidarlo) soli-
citó autorización para disponer de 5000 ps. y entregar a Álvarez Cam-
pana lo restante en pago de una escritura precedente. El nuevo juez de
comercio finalmente acordó lo pedido, pues, el comerciante que había
originado el embargo de los fondos había llegado a un acuerdo con su
deudor, además de otras razones más directamente facciosas. Lo cual
hace pensar que si hubiese prevalecido la posición sustentada por La-
rrazabal, en realidad el resultado habría sido el mismo.
Las incidencias del juicio se cruzan hasta desdibujar el hilo prin-
cipal. No obstante, me ha parecido importante volcar esos detalles,
pues son sumamente elocuentes sobre la dificultad de formular una
síntesis adecuada de las relaciones entre la administración de justicia,
el estatuto de los implicados y la acción o el conflicto políticos. Los
argumentos esgrimidos por el juez Larrazabal y el Consulado de Lima
se limitaban, por lo esencial, a afirmar la competencia privativa de su
diputado en la ciudad en materias comerciales, así como el hecho que
“[...] por las leyes del Reyno [del Perú], es notoria la jurisdicción del Consulado de
esta Capital [de Lima] en todo lo que comprende las Provincias de este Reyno y la
facultad que le compete para nombrar su diputado […]”12

Sobre la importancia de este último punto se volverá más abajo. Por su


parte, el teniente del gobernador sostenía que, en casos similares la
juridicción privativa no podía considerarse como exclusiva, quedando
en manos de quien ejercía como “cabeza de mando” la potestad de
corregir eventuales injusticias. Más interesante resulta la posición sos-
tenida por el capitán Quiroga, pues se deducía de un reconocimiento
explícito de su doble condición de comerciante y miembro de las
milicias, que le permitía naturalmente gozar de la doble jurisdicción.
Que se optara por una u otra dependía, en consecuencia, tanto de la

12
Memorial del Consulado de Lima 13/XI/1753; todo lo relativo a este caso se en-
cuentra en distintas partes de la carpeta del Expediente n° 36, “Elección del Diputado de
comercio de Buenos Aires” en el legajo citado AGI, Charcas 199; sería demasiado fa-
rragoso remitir al origen preciso de los diferentes aspectos resumidos.

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calidad de la persona como de la naturaleza de la causa y – en este


caso preciso – esta última estaba subordinada a las características del
contrato que, como propietario del dinero en cuestión, unía a Quiroga
con Azcuenaga, en tanto conductor del mismo; recayendo entonces en
el primero la facultad de elegir tribunal. Como Quiroga lo afirma en su
propio escrito, seguramente de la mano del letrado que lo asistía:
“[…] sin embargo de que sea comerciante, me compete a mi como dueño del caudal,
la elección de juez y gozando al mismo tiempo del fuero militar […] no es razón bas-
tante que se escuse, al reconocimiento ni a la entrega, el dezir que es comerciante,
maior mte. quando la materia no es puram.te de comercio, porque el aver echo con-
fiaza de dho Azquenaga, para que me entregase aquella cantidad no es contrato que
lo devan decidir puramente los comerciantes […]“

Pero no se trata de utilizar las incidencias del juicio para realizar un


análisis de las nociones jurídicas evocadas por los querellantes, lo cual
excedería los objetivos del texto y las posibilidades del material utili-
zado. Poco importa aquí si finalmente el Consejo de Indias acabaría
fallando en favor del negociante y capitán Quiroga, entre otras cosas
porque eso no significó pronunciarse sobre la totalidad de sus argu-
mentos. La larga descripción de las circunstancias y argumentos de las
partes sirven en cambio para ilustrar dos aspectos importantes de los
temas aquí tratados. Por un lado, el evidente contraste entre una des-
cripción formal del dispositivo institucional y el uso cotidiano de la jus-
ticia que aparece en los procesos. Y, por el otro, la capacidad de los
actores de formular en derecho la justificación de acciones contradic-
torias, que – en estos ejemplos – vinculan la acción política y la pre-
servación de privilegios.
Por otra parte, se ha interpretado este tipo de litigios como enfren-
tamientos por la preeminencia entre actores movidos por cierta con-
cepción del honor.13 El hecho que, desde el punto de vista del destino

13
Si difícilmente puede negarse la importancia de las concepciones relativas al
honor en las sociedades hispanoamericanas, más difícil es mostrar su pertinencia como
clave de análisis de los conflictos que aquí nos interesan; no parece necesario citar aquí
los trabajos de Peristiany y Pitt-Rivers cuyos análisis constituyen aún el cuadro de
referéncia de la problemática. El segundo organizó un número especial de la revista
Autrement 3 (1991), donde se encuentran útiles referencias. La vigencia del horizonte
teórico definido por dichos antropólogos se ve en el libro de Lyman L. Johnson/Sonya
Lipsett-Rivera (ed.), The Faces of Honor. Sex, Shame and Violence in Colonial Latin
America (Albuquerque 1998); más recientemente Sandra Gayol organizó una sección es-
pecial del Anuario del IEHS 14 (Tandil 1999), sugestivamente titulada “Pluralidad del
honor y diversidad de los honores”.

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de los fondos, aparentemente se habría llegado al mismo resultado con


ambas jurisdicciones, puede hacernos pensar en ese tipo de interpreta-
ciones. Pero, aun cuando el papel de dichas concepciones sobre el
honor es incontestable, no logran explicar la dinámica de un conflicto
en el cual intervenían mecanismos menos ritualizados de acción políti-
ca y donde los agentes se mostraban compitiendo por cierta definición
de espacios corporativos asociados a los privilegios. Durante la dispu-
ta, los oficiales de la compañía de comerciantes forasteros apoyaron
públicamente la actitud de Quiroga. Lo cual era elocuente sobre su ca-
pacidad para movilizar a sus pares, aunque sea difícil atribuirla sólo a
la adhesión a las nociones que evocaba. Como quiera que fuere, lo que
sin duda todos compartían era el principio según el cual
“[…] cuando se forma competencia de jurisdicción del fuero militar con otro fuero,
la jurisdicción militar deve ser amparada interin se disputa y decide el punto […]”

Lo cual no deja de sorprender, que lo afirmase un grupo de comer-


ciantes, a menos que se piense en una deliberada voluntad por mante-
ner un espacio de indefinición que aumentaba los márgenes de mani-
pulación institucional. Lo que también está claro es que los privilegios –
que son jurisdicciones – se defendían, cualesquiera que fueran; y que
dicha defensa tenía poco que ver con lo que los historiadores de la cul-
tura llaman – abusando de la imprecisión conceptual propia del sector –
identidades sociales.
Esas aparentes paradojas no eran peculiares a dichos comerciantes;
también las encontramos entre las principales autoridades. En 1754 el
Consulado de Lima aprobó una declaración en la cual se afirmaba que
los alcaldes y gobernador de Buenos Aires habían cometido exceso al
impedir al diputado el ejercicio de su jurisdicción, obteniendo además
la confirmación de la audiencia con voto consultivo del real acuerdo.
Como consecuencia de lo cual el virrey dirigió el escrito a las autori-
dades correspondientes. Entretanto, el Consejo de Indias informaba al
mismo virrey, como gobernador de Lima, acerca de la irregularidad
con la que había actuado dicho diputado Larrazabal al querer privar
del fuero militar a Quiroga y al obstaculizar al teniente del gobernador
en el uso de su jurisdicción. De modo que más tarde el mismo virrey
envió a dicho teniente una carta con contenido opuesto, pues lo amo-
nestaba por la tibieza con la cual había actuado frente a Larrazabal. Le
reprochaba por esa vía el no haber mantenido “las preeminencias del
empleo” al mostrarse incapaz de

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Las formas complejas de la acción política 81

“[…] no solo hacerse obedecer sino ygualmente correjir el ynconsiderado arrojo con
que [Larrazabal] yntento bulnerar el fuero militar y la especial representación y
facultades del Gobierno y Capitanía General de esas Provincias […]”

Nadie, y menos que todos el primer interesado, parece sorprenderse de


esas idas y venidas; lo que seguramente expresaba un sobreentendido
compartido sobre esa situación, en la cual los representantes local y
virreinal de la autoridad real actuaban evidentemente en una multipli-
cidad de contextos, cuya articulación se nos escapa.
Como podemos apreciar, el análisis de los conflictos que nos inte-
resan, efectivamente requería una presentación de los aspectos orga-
nizativos de la vida política y judicial, aunque de todo lo dicho, sea
bastante retener las líneas generales. A condición, sin embargo, de no
olvidar que la primera imagen, excesivamente formal, se ha matizado
gracias a los detalles descritos. Estos muestran, sobre todo, que las ins-
tituciones locales no pueden considerarse como el conjunto de leyes,
de reglamentos administrativos y de convenciones – escritas o con-
suetudinarias – que fijaban la organización de un sector de la vida púb-
lica. Al contrario, dichas instituciones se realizaban por la acción de
sus agentes, cuyas estrategias y motivaciones – distintas, claro, de los
objetivos de la institución – se combinaban con las de otros actores en
la construcción de un espacio más amplio de acción colectiva. Como
se ha dicho, la creación de la diputación de comercio en Buenos Aires
provocó las tensiones mencionadas, ante las cuales las autoridades no
sólo no actuaron según un solo esquema coherente, sino que – como
veremos – lo hicieron en el interior de una configuración de relaciones
que trascendían el ámbito que tradicionalmente les asignan los histo-
riadores. Por otra parte, dichas tensiones ponían de manifiesto el vín-
culo entre la preeminencia social, el control de una jurisdicción y la
construcción de un espacio de autonomía corporativa.
Sin embargo, dicho vínculo no aparece donde uno más se lo espera.
Como vimos, un grupo de comerciantes buscaba preservar o adquirir
ciertas prerrogativas recurriendo no a los privilegios de su cuerpo –
¿pero cuál era su cuerpo, si se reclamaban de dos fueros? – sino a
la defensa de los del militar. Este juego de apariencias paradójicas se
completa si tenemos en cuenta que protegían dicho militar en nombre
de un servicio – el militar precisamente – por excelencia asociado a
la vecindad, mientras que integraban la compañía de forasteros, cuya
condición, como vimos asumían. La condición de vecinos y forasteros
no remitía entonces a contenidos sociales concretos, sino a ciertos

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82 Zacarías Moutoukias

principios cognitivos con arreglo a los cuales los actores calificaban


y ordenaban los datos de una situación dada; y en cuyos términos
podían expresar la posición que adoptaban en dicha situación. Estas
afirmaciones requieren un examen adicional de las relaciones cons-
truidas alrededor del fenómeno corporativo para comprender un poco
mejor de que estaban hablando los agentes cuando se referían a esos
temas. De lo que no cabe duda es que, para entenderlo, nada justifica
recurrir a la improbable hipótesis de un imaginario único y coherente.

Corporación y privilegio
En uno de los escritos producidos para este largo expediente, el fiscal
del Consejo de Indias aplicaba ciertas nociones concernientes a las
mencionadas relaciones entre, por un lado, las competencias de un tri-
bunal corporativo y, por el otro, el ejercicio de un dominio y autoridad
sobre un ámbito de actividad comercial. Se trataba de principios
abstractos – surgidos las más de las veces de la experiencia – que, apli-
cados a la evaluación de una situación concreta, eran por lo mismo
contradictorios entre sí. Constituían, sin embargo, una gama de nocio-
nes compartidas o reconocidas por los agentes como pertinentes a la
situación evaluada. El escrito en cuestión era una respuesta a la men-
cionada declaración del Consulado que condenaba, con el voto con-
sultivo de la Audiencia de Lima, las actitudes del alcalde ordinario y
del gobernador de Buenos Aires. En 1755 dicha documentación fue
también sometida, como memorial, a la aprobación del Consejo de In-
dias, cuyo fiscal se negó a confirmar lo solicitado. Según su principal
argumento, la existencia misma de un juez de comercio en Buenos Ai-
res con apelación ante el tribunal consular de Lima era incompatible
con la actitud que este había tenido respecto a la actividad mercantil
en el Río de la Plata. Se refería al “[…] eficaz empeño con que el mis-
mo Consulado avía pretendido siempre impedir el comercio por el Río
dela Plata […]”
Como se sabe, desde la fundación de Buenos Aires, el Consulado de
Lima se opuso a que esa aldea portuaria fuese utilizada como base re-
gular de un comercio entre el mundo atlántico y el interior sudameri-
cano y, si esto no se podía evitar, buscó limitar su alcance. En claro, se
trataba de impedir que se introdujesen hasta Potosí y el mundo andino
en general, mercancías importadas por el Río de la Plata; y, en el otro
sentido, se intentaba reducir la salida de metales preciosos desde las
regiones productoras hacia Buenos Aires y hacia el Tucumán. Las me-

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Las formas complejas de la acción política 83

didas inspiradas por el consulado y dictadas por la corona en el con-


texto del monopolio andaluz son bien conocidas: prohibición de nave-
gar a Buenos Aires en 1595, creación de una aduana seca en 1622 –
para limitar las transgresiones a las prohibiciones o controlar las dero-
gaciones a las mismas – , cláusulas que limitaban la entrada de mer-
cancías o la salida de metales preciosos cuando se otorgaban licencias
de navíos de registro, etc. Las medidas derogatorias a dichas prohibi-
ciones ya han sido mencionadas y a continuación se volverá sobre
ellas. En cualquier caso es igualmente conocido que dichas medidas
no impidieron el funcionamiento desde finales del siglo XVI y hasta
entrado el XIX de una ruta Potosí-Buenos Aires, fuertemente articu-
lada – legal o clandestinamente – al tráfico intercolonial del Atlántico
sur y al comercio directo de las potencias europeas. Esas tensiones ins-
titucionales entre comerciantes de Lima y de Buenos Aires han sido
interpretadas, con razón, como competencias por los mercados situa-
dos en el espacio Andino.14 Lo interesante aquí es que esa competen-
cia se expresaba en los términos de una disputa por delimitar el terri-
torio y el ámbito de actuación entre negociantes, entendidos estos
como cuerpo del comercio.
En efecto – y volviendo al citado dictamen – el fiscal del Consejo
de Indias recordaba las afirmaciones del Consulado de Lima cuando
se oponía a que los mercaderes de Buenos Aires pudiesen actuar en su
propio ámbito. Por lo general, el tribunal limeño aseguraba que la con-
cesión a estos comerciantes, autorizándolos a operar en el Alto Perú
con bienes importados, provocaría la unión de ambos cuerpos de co-
mercio, de lo cual seguiría “la ruina del suyo [o sea, del de Lima]”. En
consecuencia – siempre según el fiscal – era absurdo pretender

14
Para la circulación de metales preciosos, la referencia es Carlo Sempat Assadou-
rian, El sistema de la economía colonial (Lima 1983); en cuanto a las tensiones entre
Lima y Buenos Aires nada ha habido después de Guillermo Céspedes de Castillo, Lima
y Buenos Aires. Repercusiones económicas y políticas de la creación del vireinato de la
Plata (Sevilla 1947). El funcionamiento de la ruta Potosí-Buenos Aires se analiza en
Zacarías Moutoukias, Contrabando y control colonial. Buenos Aires, el Atlántico y el
espacio peruano en el siglo XVII (Buenos Aires 1988); para una vista general, ver idem,
“Comercio y producción. Siglos XVI al XVIII”: Historia de la Nación Argentina, tomo
IV (Buenos Aires 2000), pp. 51–103.

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84 Zacarías Moutoukias

“[…] que siendo cuerpos diversos, tuviese el consulado [de Lima] en Buenos Aires
un juez que conociese de las causas de los comerciantes que residian allí con las ape-
laciones para ante su tribunal […]”15

A estas objeciones, el fiscal agregaba el clásico argumento de los in-


convenientes provocados por la distancia de más de mil leguas entre
ambas ciudades que entorpecía la pronta expedición de los asuntos, lo
cual constituía uno de los principales objetivos de la justicia comer-
cial. Poco interesa aquí – una vez más – la evaluación de las posiciones
de cada una de las partes. Importa en cambio destacar el común recur-
so a una noción implícita de los comerciantes como un cuerpo dotado
de un espacio propio de actuación, así como de ciertos atributos o pri-
vilegios.
¿Cuales eran esos privilegios y cómo se fueron constituyendo? La
real cédula que en 1595 “cerró” el puerto de Buenos Aires – prohibien-
do que se navegase al Río de la Plata directamente desde España – im-
puso dos principios, cuyos efectos se dejarían sentir más fuertemente
sobre la disposición local de las instituciones que sobre una actividad
comercial dominada por el contrabando. Según el primero y más
obvio, el Río de la Plata quedaba fuera del régimen de flotas y galeo-
nes, debiendo sus habitantes recurrir a Lima o a “su” comercio para
abastecerse de mercancías importadas. El segundo de los principios
era que las autorizaciones a navegar hacia o desde la región, se otor-
gaban como una merced o privilegio por la exclusiva voluntad de la
Corona. Estos fueron de dos clases, por un lado las autorizaciones de
1602 y 1622 a comerciar con Brasil y Guinea en navíos locales, con-
cedidas a la ciudad de Buenos Aires, cuyos vecinos y comerciantes
recibían un estatuto particular a cambio del “servir a Su Majestad” en
mantener poblada y defender la región; y, por el otro, los asientos y las
licencias de navíos de registro otorgadas a cambio de un servicio – en
general en metálico –, cuyas correspondientes reales cédulas con-
tenían disposiciones que se fueron decantando, y que serían regular-
mente recogidas para ratificarlas o conceder la dispensa de su cumpli-
miento. Por ejemplo, en 1744, las condiciones de una licencia de navío
de registro a Buenos Aires provocaron la protesta del Consulado de
Lima, que solicitaba al virrey que suspendiese la cuarta cláusula de
dicho asiento, que autorizaba a sus beneficiarios a introducir mercan-

15
Dictamen del fiscal en AGI, Charcas 199, legajo citado.

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Las formas complejas de la acción política 85

cías en el Alto Perú y Chile a cambio de la conducción de tropas. Para


sustentar la petición, se pasaba revista a la alambicada legislación se-
dimentada desde el siglo XVII. Otro ejemplo en el que se remite a ese
conjunto de normas fue la reacción hostil, de una parte de los vecinos
de Buenos Aires, a los privilegios otorgados a mediados del siglo
XVIII a la compañía de Mendinueta a cambio de la importación de
esclavos.16 Ambos muestran la vigencia de un cuerpo de privilegios,
normas y costumbres creados por el mecanismo, imaginario o efec-
tivo, de intercambiar servicios contra derechos y que suponían un lazo
entre los vecinos y la monarquía.
En cuanto a los comerciantes como cuerpo, algunas de las implica-
ciones de esta noción aparecen claramente en el curso de los expe-
dientes sobre quien debía percibir la avería por los metales preciosos
expedidos desde Potosí. Respecto a ese arbitrio, aquí basta con recor-
dar que, desde principios del siglo XVIII, se gravaba la exportación de
metales preciosos – con un 3% la plata y 1% el oro – y que el comer-
cio de Lima asignaba esos recursos a la defensa del tráfico atlántico,
así como a la Armada del Mar del Sur.17 En 1747, una partida de efec-
tos de Castilla conducidas a Potosí por Domingo de Lajarrota, un
prominente comerciante de Buenos Aires, provocó una consulta a la
Audiencia de Charcas sobre los derechos correspondientes a la plata
que aquel habría de extraer. El fiscal dictaminó que la percepción de la
avería competía a los oficiales de las cajas de Potosí y el caso sirvió de
antecedente, cuando, en 1752, se repitió la situación con otro merca-
der, resolviéndose nuevamente a favor de los oficiales de Potosí, pero
enlazando ahora la cuestión con la instalación del nuevo diputado en

16
Facultad de Filosofía y Letras, Documentos para la Historia Argentina, tomo V,
Comercio de Indias (nota 4), introducción, pp. XLI ss. pp. 312–353; AGI, Charcas 43 y
304, en particular el memorial de la ciudad de Buenos Aires de 1760.
17
Guillermo Céspedes del Castillo, La avería en el comercio de Indias (Sevilla
1944); para la defensa de las flotas y galeones, hasta la década de 1660 los costos se dis-
tribuían a prorrata entre los mercaderes que registraban sus cargas. Ante la debacle del
sistema provocado por la generalización del fraude y la consiguiente reducción de la ba-
se imponible, este fue reemplazado en 1662 por una contribución fija de los Consulados
de Sevilla, México y Lima. En este último caso, entonces, el nombre avería se aplicaba
tanto a dicho aporte del gremio mercantil, como a los fondos asignados a la Armada del
Mar del Sur; ver Pablo E. Perez-Mallaina Bueno y Bibiano Torres Ramírez, La Armada
del Mar del Sur (Sevilla 1987), pp. 153–174.

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86 Zacarías Moutoukias

Buenos Aires. Este y un sector del comercio local se opusieron argu-


mentando que, en realidad, de los metales remitidos desde Potosí hacia
las provincias de abajo, una parte se usaba en el comercio de produc-
tos de la tierra, otra se remitía a Buenos Aires para cancelar los fiados
en mercancías adelantadas por sus comerciantes y que sólo los restantes
eran conducidos para embarcarlos directamente con destino a España.
Estos serían los únicos que – según ellos – debían pagar la avería, pues
dicho derecho estaba destinado a sostener la seguridad en los mares y
no en los tráficos terrestres, correspondiendo por lo tanto su recauda-
ción a los oficiales de Buenos Aires. Con la instalación del juez diputa-
do en Buenos Aires, la cuestión se tornó todavía más compleja, pues a
la avería propiamente dicha se agregó otro 2% sobre los mismos meta-
les, destinado al consulado mismo.
El expediente siguió un trámite complicado y en octubre de 1753 se
reiteró la orden de cobrar aquellos gravámenes en Potosí, conforme a
la proposición de los oficiales potosinos, el Consulado de Lima y el
propio virrey, quienes sostenían que aun si la plata fuera usada en el
comercio de efectos de la tierra o para cancelar deudas, todo iba a
España o la colonia, en consecuencia, debía contribuir con los esfuer-
zos de aquella capital en el servicio de su majestad; y – sobre todo –
consideraban que el comercio de la ciudad minera formaba parte del
de Lima. Finalmente prevaleció el punto de vista contrario y en
noviembre de 1753 la Audiencia de Charcas mandó a los oficiales rea-
les de Buenos Aires que recaudasen la avería, en particular los de-
rechos debidos por 1.138.029 ps. ya embarcados en el navío San
Jorge. La reacción hostil de una parte del comercio de Buenos Aires –
diferente a la anterior – se dirigió, primero, contra la aplicación retro-
activa de las disposiciones sobre el metálico ya embarcado en la men-
cionada nave y, luego, contra el principio mismo, afirmando que el
comercio de Buenos Aires no dependía (!) del de Lima y que los cau-
dales de la avería estaban asignados a la defensa del Mar del Sur. El
derecho efectivamente se cobró en Buenos Aires entre 1756 y 1768,
mientras el expediente seguía su crecientemente complicado curso, a
pesar de la mencionada oposición, cuya posición resumía el goberna-
dor Cevallos:
“[…] también debo exponer a V.E. que el 2% para el Consulado de Lima y 3% para
guarda costas de la Mar del Sur últimamente impuestos […] sobre la plata que se em-
barca en Buenos Aires para esos reinos, parece que seria muy conveniente quitarlos,
el primero porque el comercio de estos puertos no debe depender [!] del de Lima, que

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Las formas complejas de la acción política 87

tira su utilidad en deshacer este, y el segundo porque el que haya o no guarda costas
en el Mar del Sur no cede en beneficio de este comercio […]”18

Las alternativas por las que atravesó el problema del cobro de la avería
ponen claramente de manifiesto distintos aspectos de la competencia
entre corporaciones, así como la relación entre la configuración de los
diferentes grupos y la estructura de los intercambios y los problemas
fiscales. Es igualmente obvio que al discutirse sobre quien debía
recaudarla, se intentaba establecer a quien “pertenecía” la actividad
mercantil de una ciudad – otro cuerpo –, como si se tratara de una
persona, cuyos vínculos con otras se expresaban por analogía a las
relaciones señoriales. Lo cual implicaba también una relación entre
fiscalidad, orden jerárquico y jurisdicción, propio de un lenguaje feudo-
estamental. Así, en 1756, el mencionado capitán y negociante Barto-
lomé Jacinto de Quiroga elevó al Consulado de Cádiz y al Consejo de
Indias una representación igualmente suscrita por otros 17 comercian-
tes, en el cual se reunían todos los agravios mencionados – la nomina-
ción del juez de comercio de Buenos Aires por el Consulado de Lima
y las apelaciones de aquel en este tribunal, las actuaciones del primer
juez y la imposición de los gravámenes – como parte de una misma
tentativa del comercio de Lima por dominar al de Buenos Aires. De
dicho juez Larrazabal decía que actuó según los
“[…] deseos de los de Lima, estableciendo y defendiendo sus ideas […] de modo que
a cualquiera yndividuo de los matriculados de ese comercio [de Buenos Aires] que
intentaba respirar lo oprimia con multas y violencias y informaba contra sus opera-
ciones à Lima […]”

Por lo demás, el juez estaba coligado a los “vecinos casados”, de


quienes advertía
“[…] que si la Diputación recayese en los Vecinos naturales casados y está sugeta al
Tribunal de Lima es preciso se aian de sufrir todos los gravámenes y cargos de 3 y 2
por ciento y demás que quieran alla imponer siguiendo los recursos de apelación pa-
ra aquel Consulado y arruinandose enteramente nuestro comercio […]”

Algunas de estas acusaciones son verificables, aunque de la misma


manera actuaba la facción de los “forasteros solteros”, como se auto-

18
Para los aspectos evocados de la avería ver los expedientes concernientes en: AGI,
Charcas 369; Archivo General de la Nación, Buenos Aires (en adelante AGN), Sala XIII,
42-1-18, Caja de Buenos Aires, Derecho de Avería y legajos 14-1-5, 14-1-6, 14-2-1, Car-
tas Cuenta; AGI, Buenos Aires 43, carta del gobernador de Buenos Aires 20/XI/1762.

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88 Zacarías Moutoukias

designaban a pesar del sonoro apellido de alguna de sus esposas. En


cualquier caso, los agravios eran verosímiles a los ojos de otros acto-
res y el Consulado de Cádiz las recogió en una carta dirigida al Con-
sejo de Indias.19
Lo cual estaría indicando que, para algunos, la hostilidad a la “suje-
ción” al Consulado de Lima traducía intereses favorables a relaciones
más estrechas con el comercio español. En su ya citada carta de 1755,
el gobernador recogía un esquema, también formulado por los comer-
ciantes, cuya aplicación habría aumentado tanto la presencia del
comercio de Cádiz como el papel de la gobernación y del tribunal de
la real hacienda, que, como vimos, aquel presidía. Para superar los
conflictos creados por el diputado delegado, sugería la constitución de
un padrón de comerciantes, quienes elegían por un año al juez que se
ocupaba de las diferencias entre mercaderes en sus operaciones con el
interior, el Perú y Cádiz, mientras el tribunal de la real hacienda
entendía en todo lo relativo a los navíos de registro y sus tripulaciones.
Las apelaciones corrían, para el primero, en el Consulado de Cádiz o
en el tribunal del gobernador asistido por dos comerciantes, mientras
que el segundo lo hacía en la Casa de Contratación.
Sin embargo, esto no debe conducirnos a pensar solamente en fac-
ciones, estructurada una en relación a la preeminencia del Consulado
de Lima, y la otra en la del de Cádiz y de la Casa de Contración como
tribunal de apelación, y las dos últimas declarándose a favor de la
autonomía del comercio de Buenos Aires. Todo esto desempeñaba sin
duda un papel importante en la articulación de las relaciones políticas,
pero no explica la formación de las facciones que reclamaban ambas
más o menos lo mismo en relación a los gravámenes y demás temas
institucionales, aunque en momentos diferentes.
En suma, en ciertas circunstancias, el cuerpo aparecía representado
como análogo a la persona y sus relaciones jerárquicas y estaba dotado
de privilegios, que eran un determinado espacio jurisdiccional y
suponían una relación imaginaria con la monarquía.20 Sin embargo
estas nociones explican poco en si mismas, pues, no formaban parte de

19
Representación de la ciudad de Buenos Aires 24/IX/1756, AGI, Charcas 206 y
carta del Consulado de Cádiz, 27/VIII/1757, AGI, Charcas 199.
20
Más bien corresponde decir que en la metáfora del cuerpo como persona, los vín-
culos jeráquicos de ésta servían de modelo a los del primero como una especie de rela-
ción homotética.

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Las formas complejas de la acción política 89

un conjunto coherente de representaciones sobre el orden social, mas


constituían – como se ha dicho – principios abstractos sobre lo parti-
cular. Aparecían formulados, de manera frecuentemente contradicto-
ria, por actores que intervenían, en situaciones singulares, con un
conocimiento fragmentario de sus contextos locales y la incertidumbre
generada por la incapacidad cognitiva de abarcar todos los datos de su
propia acción. Es por eso, que las implicaciones de dichas nociones no
han sido presentadas recurriendo a textos generales, sino por medio de
trazos sucesivos extraídos de farragosos ejemplos.
Esas ideas sobre el cuerpo y sus privilegios obviamente implicaban
una forma institucional más amplia. Si recordamos lo dicho sobre el
reconocimiento de un ámbito específico a la justicia comercial, inde-
pendientemente de los tribunales competentes, esto suponía admitir,
para quienes participaban de la actividad, distintos grados de auto-or-
ganización – si se me permite la expresión anacrónica –, cuyo máximo
nivel se alcanzaba al dotarlo de un tribunal propio, controlado por los
miembros – notables – del cuerpo comercial. Lo cual remite a un sim-
ple diagrama morfológico que se repite, aunque conjugado con diver-
sas variantes alternativas: el cuerpo y sus privilegios cristalizaban en
la justicia ejercida por los pares, apelable ante un tribunal real.21 Era lo
que, más o menos, ocurría en Buenos Aires antes de la creación de la
diputación pues, como todos lo admitían, los “del comercio” controla-
ban el cabildo; no estaba lejos de lo que el Consulado de Lima logró
imponer, ni tampoco de lo propuesto por Anzoategui para favorecer a
los de Cádiz; de manera que en ambos casos se introducía entre la
justicia local del cuerpo y la del tribunal real, un grado intermedio de
apelación en los respectivos consulados. Lo mismo aparecería en
1794, con la creación del Consulado de Buenos Aires, como en tantos
otros consulados creados en la época por delegación real.
Poco importan, de momento, los factores que explican su formación
y persistencia. Para comenzar a analizar las elecciones de juez en
1756, cuya interpretación constituye el objetivo de este texto, basta
con retener que aquella estilizada matriz institucional organizaba los
juegos e interacciones recíprocas de los actores, pues, contribuía a de-
finir lo que se podía ganar o perder. O, dicho de otro modo, definía una

21
Lo cual se articulaba con el papel de los consejos y agentes del rey como tribunal
o magistrados.

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90 Zacarías Moutoukias

parte del repertorio y jerarquía de las metas pertinentes, así como la de


las recompensas o sanciones. Desde el punto de vista del funcio-
namiento de la corporación, el control de la justicia por una u otra de
las coaliciones rivales, constituía una de las más importantes de dichas
metas. No tanto por lo que dicho control pudiera significar en el plano
del reconocimiento público del honor y la preeminencia; como por las
formas específicas de dominio político que confería.22 A su vez, los
agentes reproducían esas formas específicas de supremacía política,
pues, permitían articular o estabilizar la competencia por recursos
económicos, que tomaba la forma de un juego de suma nula. En efecto,
la larga contienda entre negociantes de Lima y Buenos Aires por
determinados mercados concernía sobre todo a los mercados de bienes,
pues la asignación de factores de producción se aseguraba sobre todo
por mecanismos políticos; entre los cuales los privilegios y mercedes
mencionados, cuya relación con la justicia corporativa era evidente.
Entonces, el lenguaje corporativo expresaba competencias por
recursos económicos, en particular el control de mercados de bienes.
Pero también organizaba tanto las relaciones de poder como los con-
flictos entre individuos y coaliciones, cuyos vínculos atravesaban el
ámbito supuestamente delimitado por el segmento del cuerpo, o divi-
dían a este en grupos rivales. En este contexto – y dada la asociación
entre cuerpo y jurisdicción – el control de la justicia aseguraba la su-
premacía política de una de las coaliciones rivales, fueran estas inter-
nas a un solo segmento o constituidas atravesando a más de uno, como
sin duda, ocurría entre comerciantes de Lima, Potosí, Buenos Aires o
de esta última y Cádiz. En consecuencia, las disputas entre jurisdic-
ciones, como la utilización del fuero militar en el juego descrito, am-
pliaban los márgenes de libertad de los agentes así como su capacidad
de manipulación de las normas implícitas en esos principios. Dicho en
otros términos, a partir de una matriz que asociaba corporación y pri-
vilegio, la acción de los actores construía un ámbito propio de la justi-
cia comercial y generaba formas de rivalidad y cooperación. Uno de
cuyos aspectos era el control de esa misma justicia.

22
Como se sabe, ambos aspectos – honor y control político – eran inseparables.

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Las formas complejas de la acción política 91

II. ACTORES, CATEGORÍAS Y REDES SOCIALES

La elección del juez diputado del comercio


Como se ha dicho, la instauración en Buenos Aires de una magistratu-
ra que entendiera en los litigios entre comerciantes fue solicitada, en
1752, al virrey del Perú por el gobernador del Río de la Plata Joseph
de Andonaegui, quien sostenía que así se agilizaría la administración
de la justicia mercantil. A su vez éste había iniciado el expediente a
pedido de cierto número de comerciantes, aunque no está claro si éstos
constituían un grupo o facción claramente distinguible. Poco se puede
deducir al respecto de la lista de quince destacados comerciantes de
Buenos Aires idóneos para ocupar el cargo de juez de comercio,
adjunta a la mencionada carta con la cual el gobernador inició el trá-
mite. Contiene algunos de los nombres de quienes serían más tarde
acusados por el capitán Quiroga y sus partidarios de actuar por cuenta
del Consulado de Lima o de representar su política en Buenos Aires,
como Domingo Basavilbaso, Juan de Lezica y el propio juez Larraza-
bal. Pero en la lista también figuraban algunos de los acusadores,
como el propio capitán Bartolomé Jacinto de Quiroga, Manuel de Es-
calada y otros. ¿Quería esto decir que la acción del gobernador resul-
tó de un acuerdo más o menos concensuado entre comerciantes? Otros
indicios estarían mostrando que en realidad no todos compartían esa
iniciativa; y la presencia en una misma lista de personas que luego
adoptarían posiciones encontradas estaría más bien expresando la
facilidad con la cual se recomponían las coaliciones entre individuos.
Otra pregunta sin respuesta es si la solución finalmente adoptada
por el virrey – que el mismo consulado nombrase, de entre los de
aquella lista, a un juez vitalicio que actuaría como su diputado y cuyos
fallos eran apelables ante el consulado – realmente obtuvo la adhesión
de alguno de los que solicitaron la creación de la nueva magistratura.
Está claro que no fue el caso del gobernador ni de su teniente, llegan-
do el primero a afirmar haberse equivocado esa iniciativa, mientras
que los comerciantes tuvieron actitudes más dispares. La misma am-
bigüedad encontramos en el cabildo, que en 1752 solo se quejó de no
haber sido consultado, aunque más tarde algunos de sus miembros
estarían envueltos en los mencionados conflictos de jurisdicción. Lo
que si sabemos es que unos comerciantes apoyaron la acción del juez
Larrazabal entre 1753 y 1755, otros se opusieron fuertemente y que
entre los unos y los otros había integrantes del cabildo en esos años.

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92 Zacarías Moutoukias

Finalmente se resolvió destituir a Larrazabal, producto de las oposi-


ciones de algunos comerciantes y del gobernador y su teniente, así
como de los propios dictámenes del Consejo de Indias. Los argumen-
tos contra él eran el exceso de querellas provocadas por su actuación,
los cuales se sumaban a las mencionadas objeciones generales a la
configuración del cargo: excesiva distancia entre Buenos Aires y Lima
que entorpecía los trámites y los inevitables problemas que creaba un
cargo vitalicio. Se decidió entonces reemplazarlo por un juez elegido
todos los años, aunque se mantenía el consulado como principal vía de
recurso.
Para ello se organizó un llamado a elecciones el 17 de enero de
1756, en cuyo decreto de convocatoria se contemplaba la constitución
de dos colegios de quince electores, uno por los vecinos y otro por los
forasteros.23 Hasta ese momento los conflictos parecían reconfigurar
constantemente a los antagonistas, o al menos nada indica en la docu-
mentación que hasta ese momento se hubiesen cristalizado facciones
estables alrededor de estos temas, y aún menos que fuera excluyente
la pertenencia a uno de los partidos más o menos temporarios. En
cambio, a partir de entonces la acción política iría transformando a las
coaliciones movilizadas por la elección en bandos cada vez más exclu-
sivos. El cabildo comenzó a oponerse a los términos de la convocato-
ria y, tras su acuerdo del 15 de enero de 1756 – dos días antes de las
elecciones –, pidió al teniente del gobernador que los comerciantes
forasteros no pudiesen participar en ella de ningún modo, o sea ni
activa ni pasivamente. Adelantaban para ello dos clases de argumen-
tos: la primera remitía a los estatutos y leyes relativos al funcio-
namiento del Consulado de Lima y de sus diputaciones, que daban
prioridad a los vecinos; aun si, en el caso de Potosí se autorizaba a los
forasteros a participar activamente como candidatos, esto se debía a
que el número de los primeros era insuficiente. Ya se volverá sobre
este sorprendente argumento, constantemente repetido. El segundo
tipo de argumentos se refería al perjuicio que la participación de los
forasteros ocasionaba a los privilegios de los vecinos. Estos en reali-
dad nunca se especificaban, lo que equivalía a decir que el principal

23
Como se ha dicho, todo esto se encuentra en los legajos ya citados AGI, Charcas
199 y Buenos Aires 42; ver también AGN, Sala IX, 4-1-22; José Torre Revello, La so-
ciedad colonial (Buenos Aires 1970), pp. 106–107, Enrique Barba, Don Pedro de Ce-
vallos, 2a edición, (Madrid 1988), p. 95 y todo el capítulo VI.

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Las formas complejas de la acción política 93

privilegio al cual se refieren era el de reservar a los vecinos la adminis-


tración local de la justicia comercial.
Así, junto a aquel escrito dirigido al teniente del gobernador se in-
cluía una nómina de sesenta vecinos aptos a votar y a ser elegidos,
acompañado de consideraciones que delimitan vagos criterios de defi-
nición de la vecindad:
“[...] es cierto que todaz las personas de dha memoria o lista son vesinos y mercade-
res de esta ciudad así estantes como avitantez y que tienen casa y manejo [...] especi-
ficando los muchos sujetos que en ella se expresan aber obtenido los empleos públi-
cos y onoríficos de esta república [...]“24

Aparentemente, junto a estos dos criterios – “casa y manejo” y cierta


forma de notabilidad que incluía el ejercicio de empleos honrosos – la
condición de vecino suponía estar casado en la ciudad, según se insis-
tía en toda la documentación citada. Por obvio contraste, se llamaba
forasteros “[…] a los Comerciantes naturales de los Reynos de España,
que aunque tengan larga residencia en esta Ciudad no se hallan casados
en ella […]” Dichos forasteros aceptan los términos de la distinción
entre ambas calificaciones – como vimos con la representación del
capitán Quiroga donde se refiere a los “vecinos casados” – y en reali-
dad eran quienes más frecuentemente la expresaban. Recientemente se
ha estudiado el recurso a la noción de vecino, analizándola como una
categoría legal de fuerte contenido social. Flexible y polisémica, dicha
categoría sería utilizada por los actores en un contexto de permanente
renegociación. De modo que la noción de vecino se aplicaría a aquellas
personas cuyos modo de vida y tejido social expresaban tanto una
posición social como una voluntad de integración en una comunidad de
referencia.25 Sin embargo, la imposibilidad de identificar a “vecinos y
forasteros” con grupos distinguibles requerirá volver sobre este punto.
De momento retomemos la elección del juez diputado. El cabildo se
opuso con fuerza al teniente del gobernador, a quien acusaba de tras-
pasar sus competencias al fijar las condiciones de la convocatoria.
Pero, a pesar de ello, este la mantuvo en sus términos originales y el
17 de enero de 1756 los colegios formados a tal efecto eligieron como

24
AGN, Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires, série III, T. II (en ade-
lante Acuerdos, III–II), p. 5, acuerdo del 26/I/1756.
25
Ver el excelente trabajo de Tamar Herzog, “La vecindad. Entre condición formal
y negociación continua. Reflexiones en torno a las categorías sociales y las redes perso-
nales”: Anuario del IEHS 15 (Tandil 2000), p. 130.

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94 Zacarías Moutoukias

juez diputado del comercio a don Francisco Pérez de Saravia, un anti-


guo secretario del gobernador Andonaegui, oficial de milicias y desta-
cado comerciante, casado entonces con un peculiar personaje de la
ciudad, doña Sabina Sorarte. Lo cual no impidió al cabildo tildarlo de
forastero para oponerse a su nominación con un recurso al virrey del
Perú, quien dictó un real despacho anulando la elección y llamando a
una nueva. Cuando el cabildo recibió la comunicación comenzó un
trajín de escritos entre este y el teniente del rey, buscando el primero
la rápida ejecución de la orden del virrey mientras el segundo trataba
de esquivarla hasta obtener una contra medida de la misma autori-
dad.26 Entre tanto, también se había formado la coalición que sostenía
al electo Pérez de Saravia – manifestándose a través de la comentada
representación del capitán Quiroga –, cuya voluntad por acusar a sus
adversarios de estar enfeudados al Consulado de Lima, reforzaba la
cristalización de las facciones.
La intensidad de la desavenencia no debe ocultarnos la evocada
noción sobre la cual todos están de acuerdo, tan obvia que nadie nece-
sita formularla: el derecho a reclamar que los comerciantes puedan
resolver los litigios producidos por su propia actividad, ante tribunales
surgidos de dicha comunidad profesional, cuya constitución forma
parte de los estatutos y privilegios del cuerpo. Como vimos, en reali-
dad se trataba más de una disposición natural de las cosas que de un
derecho. Aparentemente, tampoco había desacuerdo sobre el contorno
de los grupos que se enfrentaban. En particular nadie buscaba definir
la condición de vecino y los forasteros no cuestionaban este califica-
tivo ni reclamaban los privilegios de aquellos. Los antagonistas se dis-
putaban sobre la definición de un orden de prioridad entre unos privi-
legios que se combinaban o coexistían conflictivamente. El conjunto
de familias notables cuyos jefes se dedicaban al comercio – y ejercían
empleos honrosos – constituía un universo relativamente homogéneo,
donde era difícil distinguir las personas por el tipo de negocio o el grado
de integración en el segmento dominante de la minúscula sociedad
local. Asociar la condición de comerciante a la categoría de vecino o
de forastero carecía completamente de contenido social, pero permitía
diferenciar redes efectivas de personas que competían por el control de
la justicia, expresando dicha distinción en los términos del dispositivo
institucional arriba analizado.

26
Acuerdos, III–II (nota 24), pp. 15–21, 121–133 y 139–144.

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En esta interpretación hace pensar el hecho que, en sus repetidas


tomas de posición sobre este conflicto, el cabildo afirmaba encarnar “a
quien principalmente le toca ver, guardar y observar los privilegios de
Su Vesindario”,27 pero sin enumerar cual de ellos se veía afectado en la
situación creada por el conflicto en curso, fuera de la aspiración gene-
ral a controlar la administración de la justicia comercial. Es lo que
también sugiere la continuación de la disputa. A principios de diciem-
bre del mismo año de 1756, el gobernador Andonaegui recibió a su re-
emplazante, don Pedro de Cevallos, quien meses más tarde afirmaría
haber llegado en medio de
“[...] la mayor agitación por los partidos y controversias de ánimo que ha suscitado la
ruidosa disputa entre vecinos y forasteros sobre la nueva creación de juez de comer-
cio”.28

Tras los acostumbrados rituales de recepción, Cevallos participó en


una sesión del consejo capitular el 16 de diciembre, en el curso de la
cual este último afirmó – en respuesta a una pregunta del gobernador –
que consideraba inútil la existencia del juez de comercio, cuya reins-
talación acababa de aprobar el virrey del Perú. Cevallos adoptaría
inmediatamente esa posición, y así aparecían en sucesivas cartas ex-
presiones como “eran suficientes los jueces ordinarios” o “las causas
de los comerciantes se trataban y corrían por la jurisdicción ordinaria
del Cabildo”.29
A continuación Cevallos realizó las consultas a las diferentes partes,
cuyas posiciones resumía de la siguiente manera en la documentación
ya citada:
“Por la mayor parte se eligió diputado [en Pérez de Saravia] pero los comerciantes
vecinos pretendieron que la voz activa debía residir únicamente en ellos, con exclu-
sión absoluta de los comerciantes forasteros”.

27
Acuerdos, III–II (nota 24), p. 122.
28
P. Pastells/F. Mateos, Historia de la Compañía de Jesus, tomo III, 1a parte (Mad-
rid 1949), p. 295.
29
Para la posición del Cabildo ver, Acuerdos, III-II (nota 24), pp. 160–161: „[…]
mediante a los disturbios discordiaz y disinsionez de que Se alla informado Estan suse-
dienddo, todo ello Cauzado de la diputasion de Comezrsio que nuebamente Se a Exta-
blesido, por el Cosulado de la Ciudad de los Reyez Aprobada por El ex.mo Se.r Virey de
estos Reynos – y pedido Su Ex.a que los Seno.rs de Este Iltre. Cavildo, le informen si
Concoviene o no Conviene Al vien de la causa publica el que aia tal diputasion […]
dijeron no Conviene de que En esta Ciud. Aia tal diputasion […]”. Cartas de Cevallos
del 21 y 22/XII/1756, en AGI, Buenos Aires 42.

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96 Zacarías Moutoukias

Mientras estos últimos pretendían que:


“[...] el principal ramo del comercio de esta ciudad consiste en las ropas y merca-
derías que vienen por la vía de Cádiz a este puerto, y que la mayor parte deste co-
mercio esta al cargo, manejo y consignación de ellos y que por consiguiente no pue-
den dejar de considerarse interesados y deben tener voz activa y pasiva en la elección
de un Juez, en cuyo tribunal el mayor golpe de dependencia es perteneciente a los ne-
gocios que ellos manejan”.

A pesar de las recomendaciones y pedidos de volver a la situación an-


terior, la magistratura comercial creada en 1752 permaneció al menos
durante el tiempo de vigencia de la avería, pero siguiendo unas inci-
dencias cuyo comentario escapa a los propósitos del presente texto.
Como se puede ver, a los derechos de los negociantes se oponía la
prioridad de los privilegios de quienes también podían reclamar la
vecindad. Pero ¿quiénes eran esos vecinos al mismo tiempo comer-
ciantes? Ya se ha dicho que socialmente no se los puede distinguir de
los forasteros, lo cual no quería decir que los calificativos fueran inter-
cambiables, pues designaban agrupamientos políticos crecientemente
exclusivos. Sobre los aspectos sociales volveremos en el acápite si-
guiente, mas antes conviene subrayar las incongruencias en la forma de
usar esas calificaciones políticas. El uso de la expresión “casa y manejo”
puede hacernos pensar en una red de comerciantes cuyos negocios
estaban más fuertemente centrados en Buenos Aires, en oposición a
supuestos representantes de negociantes de otras ciudades. Además,
quienes se embanderaban como vecinos trataban a los forasteros de
transeúntes y por lo mismo poco interesados en el bien de la república.
Sin embargo, nadie consideraba de manera literal los términos de esa
retórica, ni siquiera los que la enunciaban; además, o sobre todo, con-
signador y consignatario no correspondían a grupos especializados en
dichas funciones, sino a formas alternativas de organizar las operacio-
nes entre los mismos agentes. O, dicho de otro modo, un mismo
comerciante desempeñaba ambas funciones y todos tenían “casa y
manejo”. En estas circunstancias, el uso de aquellas categorías servía
para reservar a un conjunto preciso de jefes de familia el derecho a
constituir el colegio electoral creando así una jerarquía interna y un
instrumento adicional de control político. En efecto, cuando los lla-
mados vecinos de Buenos Aires mencionaban el papel de sus homólo-
gos de Potosí en la elección del correspondiente juez de comercio, no
se referían al vecindario como comunidad – real o imaginaria –, mas
remitían a ciertas disposiciones precisas de las ordenanzas. Las cuales

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Las formas complejas de la acción política 97

preveían la designación de un colegio por parte de los agentes locales de


la monarquía, entre un conjunto bien específico de personas, quienes
debían reunir “las calidades que requieren las ordenanzas de Comercio”
y cuya posición notable se reconocía y consolidaba con dicha nomina-
ción.30
En algunos de sus escritos, Andonaegui y Cevallos mostraban que
no se tomaban al pie de la letra el discurso de las facciones, o al me-
nos manifestaban reservas sobre el modo como éstas – en particular
los vecinos – calificaban y clasificaban al adversario. Pues,
“[…] siendo todos Comerciantes, tienen frecuentes motivos para proceder de mala fe
animados solamente del espíritu de facción, y buscando de proposito las ocasiones
de perjudicarse no sólo en sus intereses mas también en el credito de sus familias
[…]”

Lo más importante era que expresaban públicamente esa distancia, an-


te actores que la compartían o la consideraban verosímil. De hecho,
eran numerosos los ejemplos de la extrema manipulación de la retó-
rica. Uno de ellos fue la acusación de amancebamiento contra el juez
electo Pérez de Saravia, y que acompañaba otros cargos de contrabando
y apropiación de bienes ajenos. A su legítima esposa Sabina Sorarte no
le fue obviamente difícil probar su condición y retornar el juicio con-
tra quienes lo instruyeron, pero la acusación servía para descalificar su
actuación como juez, pues era la de un no-vecino “casado”.31
En realidad, los dos gobernadores consideraban a vecinos y foras-
teros como parte de un mismo cuerpo, preocupándose por la intensi-
dad de un faccionalismo que, pensaban, ponía en peligro la prosperi-
dad del comercio local y, por lo tanto, el servicio a su majestad. Este
último aspecto era fundamental en las relaciones entre, por un lado, las
diferentes estructuras formales de la autoridad local – gobernación, ca-
bildo, real hacienda y guarnición militar – y, por el otro, los distintos
sectores sociales; vínculos que a su vez articulaban la vida política y la
configuración social de la ciudad. Los principales servicios colectiva-
mente ofrecidos al monarca eran las contribuciones en metálico y la
participación en las milicias locales. Ambos revestían particular im-
portancia en la época, respondiendo a un mismo problema, las necesi-

30
Carta del Gobernador Cevallos, 18/XII/1756 y „Ordenanza para la errección de
Diputado en el Comercio de la Villa Imperíal de Potosí”, AGI, Charcas 199.
31
AGI, Buenos Aires 178, Dictámen del Fiscal, 9/X/1766.

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dades – desproporcionadas para los modestos recursos económicos de


la región – de la movilización militar provocada por la negociación de
límites con las posesiones portuguesas, las operaciones de la “Guerra
Guaraní” y la ocupación de la Colonia del Sacramento. Respecto del
servicio militar ya se ha hecho alguna mención y, evidentemente, lo
cumplían vecinos y forasteros; es probable que los segundos fueran
proporcionalmente más numerosos y más activos. En cuanto a las con-
tribuciones, como decía Cevallos en 1756 – refiriéndose a los argu-
mentos de los forasteros – “[…] quando se ofrece urgencia en que es
menester hacer algún suplemento al real Herario, nunca ha habido esta
distinción de vecinos y forasteros […]”.
En otros términos, la instalación del juez diputado en 1752 desarti-
culó los mecanismos por los cuales hasta entonces se dirimían las pu-
jas por la supremacía política, necesaria al buen funcionamiento de los
negocios. Esto desencadenó una secuencia de conflictos que desem-
bocaron en un faccionalismo abierto con la nueva elección de 1756. A
su vez, este último se expresó en unos términos – oposición entre
vecinos y forasteros – que nos devuelven a las conclusiones de la sec-
ción anterior: la competencia por el control de la justicia comercial –
fuente de supremacía política – nacida de un dispositivo institucional
que asociaba cuerpo, privilegio y jurisdicción. La traducción del con-
flicto político en un idioma corporativo excluía que dichas categorías
de vecinos y forasteros remitiesen a algún contenido social preciso.
Por un lado, los antagonistas se disputaban por el orden de prioridad
de unos privilegios que coexistían conflictivamente y, por el otro, los
agentes manipulaban dichas categorías según los requerimientos de la
secuencia de situaciones por las cuales esa competencia iba tomando
forma. Los vecinos trataban a los forasteros de meros transeúntes, po-
co interesados en el bienestar de la república; mientras que los segun-
dos afirmaban que del centenar, poco más o menos, de vecinos y co-
merciantes, sólo unos diez correspondían con los cánones habituales
del comercio para participar en la elección del juez. Sin embargo, a la
cabeza de ambos bandos se encontraba un reducido núcleo de familias
notables, socialmente homólogas, lo cual no significaba que fuesen
idénticas por su poder y sus recursos.

Facciones, agentes de la monarquía y redes sociales


El análisis social de los sectores comprendidos por los bandos men-
cionados, obviamente requiere un estudio propio, que excedería los lí-

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Las formas complejas de la acción política 99

mites del presente. Sin embargo, si se quiere explicar la múltiple arti-


culación de la acción política, no se puede dejar de hacer unas rápidas
referencias al tema, por lo esencial basadas en trabajos precedentes. Si
confrontamos las mutuas y trilladas acusaciones y las firmas al pie de
las peticiones, rápidamente aparecen esos apellidos de familias en-
cumbradas, presentes en ambas facciones, tales como Domingo de Ba-
savilbaso, Antonio Warnes, Francisco Rodríguez de Vida y Juan de
Lezica, entre los vecinos, y Manuel de Escalada, Manuel del Arco,
Francisco Álvarez Campana y Eugenio Lerdo de Tejada, entre los
forasteros. Al lado de estos nombres de linajes bien enraizados, apa-
recían otros de gente más joven o de presencia más reciente en el gran
comercio, aunque algunos destinados a seguir importantes carreras.
Como vemos, la aplicación de esas categorías difícilmente podía iden-
tificarse con características sociales que expresasen una mayor o me-
nor integración en la comunidad local. No obstante, entre los demás
que se reconocían como forasteros, parecía más importante la presen-
cia de hombres nuevos. Lo cual no significaba que sus relaciones con
el exterior, en particular con el comercio de Cádiz, fuesen más fuertes,
pues dichas relaciones requerían fuertes vínculos locales. Por otra
parte, en toda Hispanoamérica era frecuente la formación de facciones
socialmente homólogas, pero identificadas una con los pobladores de
más asentado abolengo y la otra con aquellos de presencia más reciente
en el estrecho círculo de la oligarquía citadina. Los enfrentamientos, en
la sucinta aldea que era el Buenos Aires del siglo XVIII, entre be-
neméritos y confederados, constituía un ejemplo entre muchos.
Las observaciones de arriba son bien elocuentes sobre la imposibi-
lidad de explicar la dinámica de los conflictos analizados con las cate-
gorías utilizadas por los actores. Estas contienen una descripción de
las formas sociales, con las cuales aquellos podían percibir y organizar
las actitudes recíprocas. Pero dichas categorías carecían de toda refe-
rencia a la matriz de relaciones interpersonales que articulaban la
acción de los agentes. Pérez Saravia llegó al Río de la Plata en 1745
acompañando al gobernador José de Andonaegui, de quien fue secre-
tario desde que éste se desempeñaba como inspector en las Islas Cana-
rias. En Buenos Aires conservó por un tiempo dicha función, aban-
donándola al fracasar las gestiones con las que su protector procuraba
conseguirle un estatuto oficialmente reconocido con sueldo asignado.
Como vimos, en 1752 se casó con Sabina Sorarte, viuda de Pedro War-
nes, un comerciante de ramos legales y clandestinos, e hija de Diego

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100 Zacarías Moutoukias

Sorarte, un antiguo oficial de la real hacienda que había tenido bri-


llante actuación en el contrabando entre 1720 y 1740.32 Dueña de una
peculiar personalidad, ella misma era una importante empresaria. De
modo que este matrimonio significó para Pérez el comienzo de una
carrera que acabaría por colocarlo entre los principales mercaderes de
la ciudad; gracias, entre otras cosas, a la red de vínculos a la que lo
asociaba su esposa. Red que comprendía a personajes como Arcos y
Escalada y que lograría movilizar para fines políticos, como la elec-
ción de 1756. Por otra parte, durante la misma, los lazos de Pérez Sa-
ravia con Andonaegui no eran ajenos a la actitud favorable del tenien-
te del gobernador. Pero esos lazos también le valían enemistades,
como las del alcalde de primer voto Antonio Warnes, fiador del gober-
nador Cevallos y pariente del marido de su esposa Sorarte.
Entre los aliados de Pérez Saravia se encontraban otros partidarios de
la acción del gobernador Andonaegui y del obispo del Río de la Plata
Torre, cuya actitud contraria a los jesuitas lo enfrentaría con Cevallos.
Pero no se trataba de grupos de camarillas de seguidores claramente
delimitadas, sino de tramas de lealtades cruzadas, que cristalizaban de
diferente manera cuando los conflictos se radicalizaban. Para mante-
nernos en el ejemplo de Pérez Saravia, entre 1760 y 1765 fue nombra-
do teniente de infantería de las fuerzas organizadas por el gobernador
Cevallos, de cuyo favor al principio gozaba. Incluso su participación en
la ocupación de Colonia le valió para que aquel lo promoviera a capitán
en 1765. Pero entre tanto el conflicto entre el obispo y el gobernador se
iba agravando. En 1762 Torre se había opuesto a la reorganización de
las milicias y 1765 fue acusado de instigar unos sobrios tumultos de
contenido antijesuita que estallaron en Corrientes. Entonces Pérez
Saravia sufrió las consecuencias del clímax alcanzado por las tensiones
entre obispo y gobernador, y acabó en prisión.33
La descripción de la red de Pérez Saravia muestra que no podemos
comprender conflictos como los generados alrededor de la figura del
juez diputado de comercio si no reconstruimos los lazos que atrave-
saban grupos y actores. Sin duda, aquí se ha hecho sólo un uso meta-

32
AGI, Escribanía de Cámara 980A y 980B.
33
Todo lo relativo a Perez de Saravia en AGN, Sala IX, legs. 21-1-9 y 30-8-9; AHN,
Consejos 20.386, pza. 26, leg.12, pleitos de La Plata, n° 1; AGI, Buenos Aires 188 y 211;
ver también Moutoukias, “Réseaux personnels et autorité coloniale. Les négociants de
Buenos Aires au XVIIIe siècle”, (nota 5) pp. 895–896.

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Las formas complejas de la acción política 101

fórico de la noción de red social. Una presentación analítica habría


cuanto menos exigido detenernos sobre las relaciones entre estructura
de las redes ego-centradas y los mecanismos de la mediación política.
No obstante, esa descripción permite sostener la idea, según la cual
aquellos actores actuaban en el interior de una configuración de rela-
ciones interpersonales, que definían un sistema de posiciones relativas
y de interacciones recíprocas, por un lado, y por el otro, suponían la
gestión simultánea de diversos mundos normativos. Estos últimos
iban, en nuestro caso, desde los objetivos políticos de los agentes de la
monarquía y su implementación, hasta los mecanismos domésticos de
la lealtad personal y la mediación política, pasando por los dispositi-
vos institucionales descritos en la primera sección.
Entonces, aunque somera, la reconstrucción de los lazos entre per-
sonas modifica considerablemente nuestra percepción de la acción
política y del funcionamiento de las instituciones. Esta manera de
explicar difiere de la que habitualmente se practica en los enfoques
socioculturales de la política. En estos, se interpretan las actitudes de
los actores a partir de modelos heterónomos, propios de la tradición
estructuralista. O sea, modelos que suponen una relación directa entre
representaciones, comportamientos y orden social. Aún cuando se
considera a dichas representaciones como valores o pautas culturales
flexibles, que pueden adquirir significados diversos y contradictorios
en diferentes contextos de negociación, permanece siempre la noción
de una estructura de significados exterior a los actores, cuyo compor-
tamiento se explicaría en términos análogos a la relación entre habla y
gramática. Serían los términos de un mundo de agentes sin estrategias
ni incertidumbres, actuando conforme a lógicas homogéneas para
todos los espacios sociales. Dicho en otros términos, se trata de expli-
caciones que van de la macroestructura a los microcomportamientos.
No parece necesario insistir demasiado en que aquí se ha seguido el
camino inverso: se ha partido de los mecanismos por los cuales se
articulaban los juegos y las estrategias de los actores – únicamente
aprehensibles a través del microanálisis –, cuya acción hace emerger
un orden social y configuraciones políticas no contenidas en sus desig-
nios y discursos. Hemos visto en la primera sección como un simple
dispositivo institucional definía objetivos pertinentes – como el con-
trol de la justicia – hacia el cual convergían y se articulaban estrategias
diversas: aventajar al comercio de Lima o al de Cádiz, asegurar la pri-
macía política de un grupo de familias definidas como del vecindario

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102 Zacarías Moutoukias

o forasteras y el etcétera que se ha ido indicando. Un aspecto central


de estas estrategias era la capacidad de los agentes para manipular las
pautas de ese dispositivo institucional. Obviamente, los conflictos se
percibían y se clasificaban en los términos de una cultura institucional
y jurídica, pero esa capacidad de manipulación nos indica que los
recursos conceptuales de dicha cultura no permiten prever la dinámica
de las configuraciones políticas.
Un comentario adicional merece en cambio la descripción del uni-
verso relacional de Pérez de Saravia. Los fenómenos señalados – y los
que sugieren como mecanismos sociales – se comprenden en la medi-
da en que esas redes constituían, para los miembros de los grupos
dominantes, el principal recurso con el cual organizaban sus negocios.
O mejor dicho, la propia organización de sus empresas. Paralelamen-
te, esas mismas redes efectivamente conectadas eran el instrumento
con el que los representantes de la Corona organizaban cadenas de
mando político y militar, indispensables al funcionamiento de las
instituciones locales de la Corona. El consenso colonial se alimentaba
en la medida en que dichas instituciones locales eran fuente de autori-
dad y prestigio, que ampliaba la capacidad de los miembros de la oli-
garquía indiana por construir y movilizar redes y parentelas, las cuales
eran cooptadas por los agentes de la monarquía. Este esquema supone
la coexistencia de al menos dos universos normativos o – dicho en
otros términos – dos ámbitos de justificación y de coordinación de la
acción: por un lado, los mecanismos de la lealtad personal, con sus
asimetrías domésticas, por el otro, el lenguaje de la jerarquía, el servi-
cio al Rey y la notabilidad que ambos conferían.34 Los dos universos
aparecen claramente en las acciones de Pérez de Saravia. Esto no sig-
nifica que la formación de las facciones de vecinos y forasteros cons-
tituyese un subconjunto de las redes que apoyaban y daban cohesión a
la actividad de los gobernadores. Sino que la acción se articulaba en
una multiplicidad de planos, desde los objetivos locales de la Corona
y sus agentes, hasta las formas de competencia de los comerciantes,
pasando por la lógica de la fidelidad personal. El análisis de redes
sociales permite reconstruir esta diversidad, no porque suponga otra
improbable forma de coherencia, sino porque quienes actuaban eran
hombres y mujeres vinculados unos con otros.

34
Laurent Thévenot/Luc Botansky, De la Justification. Les économies de la gran-
deur (Paris 1997).

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