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Consuelo para los afligidos

Charles F. Stanley - Ministerios En Contacto


Para cada cosa,
un momento,
y en cada cosa,
oración.

Tiempos de oración
01

ENTRE LA MUERTE Y LA ESPERANZA


“Jesús lloró” ( Jn 11.35). No hay dos palabras que tengan una verdad más poderosa: Dios conoce el profundo do-
lor que causa la muerte. Lázaro, el amigo del Señor, había fallecido mientras Él estaba fuera de la ciudad. La
familia de Lázaro estaba enojada con Jesús por no haber llegado antes; ya que sin duda podría haber evitado
que la muerte se llevara a su ser querido tan pronto.

Pero “detener la muerte” no era parte del plan de Dios para Lázaro. El Señor iba a realizar un milagro más
grande que solo sanarlo. Lázaro pasaría por la muerte y saldría vivo. Sin embargo, en ese momento, entre la
muerte y la resurrección de su amigo, Jesucristo lloró. A pesar de saber lo que ocurriría y de entender que la
muerte de su amigo era solo temporal, sintió la pérdida de su amigo y el dolor de la separación.

Una cosa es saber que Dios tiene todo bajo control, y otra pasar por el valle de muerte. Este folleto lleno de las
enseñanzas del Dr. Stanley ha sido diseñado para acompañarle en tiempos de duelo. Ya sea que se encuentre
afligido por el fallecimiento de un ser querido o por un sueño hecho pedazos, esperamos que este folleto le
brinde consuelo y esperanza mientras ora en momentos de aflicción.

De sus amigos de
Ministerios En Contacto

SALMO 16

Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado.


Oh alma mía, dijiste a Jehová: Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti.
Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia.
Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios.
No ofreceré yo sus libaciones de sangre, ni en mis labios tomaré sus nombres.
Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte.
Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado.
Bendeciré a Jehová que me aconseja; aun en las noches me enseña mi conciencia.
A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido.
Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente;
Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción.
Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.

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02

EL DIOS DE TODA CONSOLACIÓN


Muchas personas claman por consuelo, pero no saben dónde encontrarlo o
cómo recibirlo. Los momentos de duelo y pérdida pueden hacer que se sientan
confundidos, deprimidos o desilusionados. En lugar de volverse en oración a Dios,
quien es la única fuente de consuelo verdadero y duradero, es posible que hayan
perdido toda esperanza en Él.

Desear alivio del dolor y las dificultades es algo natural, pero la mejor manera de
encontrar nuestro camino de regreso a la paz y el gozo es buscar al Señor y recibir
su aliento.

En Isaías 40, el Señor consuela a su pueblo al recordarles sus promesas, atributos


y amor:


AUNQUE LAS SITUACIONES CAMBIAN A MENUDO, LA PALABRA DE DIOS PERMANECE
PARA SIEMPRE (v. 8).


AL IGUAL QUE UN PASTOR, EL SEÑOR ATIENDE, REÚNE, LLEVA Y CONDUCE
A SU PUEBLO (v. 11).


LA GRANDEZA DEL PODER Y CONOCIMIENTO DE DIOS SE HACE EVIDENTE
EN SU CREACIÓN (vv. 12, 13).


DIOS ES SOBERANO SOBRE TODOS LOS EVENTOS EN LA TIERRA (vv. 21-23).


DIOS FORTALECE A LOS QUE ESTÁN CANSADOS (vv. 29-31).

Aunque el apóstol Pablo soportó grandes dificultades y dolor, también experimentó


el asombroso consuelo de Dios en medio de su sufrimiento. En el breve pasaje de
2 Corintios 1.1-7, usa la palabra consuelo 10 veces y describe al Señor como “Padre
de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras
tribulaciones” (vv. 3, 4).

En el Nuevo Testamento, la palabra traducida como consuelo significa “alentar”


o “acercarse”. Cuando Jesús estaba llegando al final de su ministerio terrenal,
prometió enviar otro Consolador que sería como Él ( Jn 14.16, 26). En el momento

Bienaventurados los que lloran, porque


ellos recibirán consolación (Mt 5.4).

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de nuestra salvación, el Espíritu Santo viene a vivir en
nosotros y a caminar a nuestro lado cuando enfrentemos
los desafíos de la vida. Está junto a nosotros cuando lo
necesitamos para aligerar nuestra carga, calmar nuestros
temores, levantar nuestro espíritu, aliviar nuestro dolor
o fortalecernos. Él tiene el poder de Dios Todopoderoso
porque es el tercer miembro de la Trinidad. Cada aspecto
de nuestra vida está incluido en el ministerio del Espíritu.
Aunque no podamos sentir su presencia, siempre nos
enseña, guía, conduce, fortalece y alienta.

¿Cuál es la fuente de nuestro consuelo?


Cristo, a través del Espíritu Santo, es el Consolador. Él no
solo tiene el poder de cambiar nuestras circunstancias, sino
que también puede darnos la fortaleza para soportarlas.
Dios ha puesto un límite a lo que permite que suframos y
promete que no nos dejará ser tentados más allá de lo que
podamos soportar (1 Co 10.13). Además, Él prometió hacer
que todo obrara para nuestro bien si lo amamos y somos
llamados de acuerdo con su propósito (Ro 8.28). Y cuando
sufrimos, el Espíritu Santo nos da el consuelo genuino y
duradero de Dios.

Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y


03 salva a los contritos de espíritu (Sal 34.18).

LA PALABRA DE DIOS
Sin importar qué forma tome nuestro luto, podemos refugiarnos en la Palabra de Dios. Sin embargo, a menudo
acudir a su Palabra es lo último que queremos hacer cuando nos sentimos abrumados. Con frecuencia
preferimos buscar a nuestros amigos, aunque su capacidad de consolarnos y conocimientos sean limitados. En
cambio, la verdad eterna, el conocimiento y la sabiduría se encuentran en las Sagradas Escrituras.

Cuando comenzamos nuestro día leyendo la Palabra, ganaremos fuerzas para enfrentar cualquier circunstancia.
Pero si descuidamos la lectura de la Biblia, nuestro dolor nos golpeará como un peso abrumador.

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Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón
y mi porción es Dios para siempre.
SAL 73.26

Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas, porque ha inclinado a


mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días.
SAL 116.1, 2

Ella es mi consuelo en mi aflicción, porque tu dicho me ha vivificado.


SAL 119.50

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá
más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
AP 21.4

04

NUESTRO HOGAR CELESTIAL


Cuando los seres queridos mueren, nos afligimos. Pero si eran creyentes, también celebramos porque están
con Cristo. Un día, los veremos de nuevo en el cielo. Los creyentes podemos tener paz, sabiendo que la
muerte es el medio por el cual somos llevados al cielo. Sin embargo, aquellos que no han aceptado a Cristo
como Salvador tienen buenas razones para temer a la muerte: enfrentarán una eternidad de sufrimiento si
no buscan a Dios para salvarlos.

Aunque Dios no nos ha revelado todo lo que tiene que ver con el cielo, la Biblia provee información que nos
da esperanza más allá de esta existencia terrenal. Para quienes hemos perdido seres queridos, esto puede
darnos consuelo o impulsarnos a compartir el evangelio. Esto es lo que sabemos:

Nuestro Padre celestial está allí.


En el Sermón del monte (Mt 5-7), el Señor a menudo hablaba de su Padre “que está en los cielos” (5.16).
En lugar de especular sobre dónde está el cielo, podemos decir que está donde sea que esté Dios. Nuestro
Salvador, el Señor Jesucristo, está allí.
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Cuando Jesucristo ascendió al cielo en Hechos 1.11, dos ángeles les dijeron a los discípulos: “Este mismo Jesús,
que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Ascendió a su Padre y ahora
está “sentado a la diestra de Dios” (Col 3.1). Desde allí, Cristo intercede por nosotros (Ro 8.34).

El cielo es un lugar preparado.


No es una niebla etérea en la que flotamos, sino un lugar preparado para los hijos de Dios. Cristo dijo: “En la
casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para
vosotros” ( Jn 14.2). Apocalipsis 21.27 dice: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación
y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero”.

Nuestra ciudadanía en el cielo.


Un antiguo himno dice: “Este mundo no es mi hogar. Solo estoy de paso. Mis tesoros están almacenados
en algún lugar más allá del azul”. Este mundo es solo nuestro hogar temporal, así que debemos cuidarnos
de apegarnos demasiado a las cosas terrenales. Tener una comprensión correcta del cielo cambia nuestra
perspectiva y prioridades en esta vida, lo que nos lleva a acumular tesoros en el cielo en lugar de en la Tierra.

Según Filipenses 3.20, 21, “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador,
al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al
cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”. Estos
cuerpos terrenales no son aptos para la vida en el cielo.

Por lo tanto, cuando Cristo regrese por nosotros, transformará nuestro cuerpo en un cuerpo como el suyo.
Aunque no sabemos con exactitud cómo nos veremos, podemos estar seguros de que nuestro cuerpo celestial
será mucho más glorioso y saludable que el que tenemos ahora.

Los nombres de los que son salvos quedan anotados en el cielo como
ciudadanos del reino de Dios.
Cuando Cristo envió a 70 discípulos a sanar y proclamar el reino de Dios, estos regresaron diciendo: “Señor,
aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lc 10.17). Pero, aunque este despliegue de poder fuera muy
impresionante, el Señor les dijo: “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de
que vuestros nombres están escritos en los cielos” (v. 20). Cada vez que alguien se aparta del pecado y cree en
Cristo para salvación, el nombre de esa persona queda anotado para siempre en el cielo. Desde el punto de
vista espiritual, los creyentes ya están en el cielo.

Dios nos ve a la luz de nuestra relación con su Hijo, quien tomó nuestros pecados sobre Sí y nos dio su

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ejemplo perfecto de rectitud. Él “nos dio vida juntamente con Cristo...
y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los
lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef 2.5, 6). Para Dios es como si
ya estuviéramos allí. Como una garantía adicional de nuestra posición
espiritual en el cielo, los que ya hemos creído en Cristo hemos sido
“sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de
nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para
alabanza de su gloria” (Ef 1.13,14).

No importa lo que enfrentemos ahora, nuestra esperanza eterna es


segura, y en la presencia de Dios todo será perfecto. Cuando la vida
es agobiante, encontramos esperanza al saber lo que el Señor nos
tiene reservado en el cielo. Aunque nuestros deseos no se cumplan
en esta vida, en la eternidad todos nuestros anhelos serán satisfechos.
Conocer nuestra posición celestial también aumenta nuestro deseo de
vivir en obediencia ahora ya que ese es nuestro destino. Una vez que
ingresemos al cielo, seremos libres del pecado y santos por completo.

El cielo es donde está nuestro tesoro.


Cristo exhortó a sus seguidores a no acumular bienes terrenales que no
perduran, más bien “haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el
orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan, porque donde
esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt 6.20, 21).
Nuestra seguridad no se encuentra en el dinero o las propiedades.
Todo lo que se puede comprar también se puede perder, y nada que
acumulemos vendrá con nosotros cuando muramos. Lo único que
durará es nuestra relación con Cristo y nuestros tesoros celestiales son
nuestras buenas obras, obediencia, santidad y actos de amor, bondad
y perdón.

Nuestra herencia y recompensa están en el cielo.


La salvación es por fe no por obras, pero una vez que somos salvos,
realizamos buenas obras porque somos hijos de Dios. Y cuando
lleguemos al cielo, seremos recompensados por lo que hemos hecho. En
el Sermón del monte, Cristo les dijo a aquellos que fueron perseguidos,
insultados y calumniados por causa de Él: “Gozaos y alegraos, porque
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vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”
(Mt 5.12). Pedro también dice que tenemos “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible,
reservada en los cielos para vosotros” (1 P 1.4).

Nuestros seres queridos y amigos salvos están allí.


Cuando el creyente muere, va de inmediato a la presencia del Señor en el cielo (2 Co 5.8). Sin embargo, un
día Cristo regresará por su Iglesia y traerá consigo a los que antes de morir confiaron en Él (1 Ts 4.13-17).
Estos serán los primeros en resucitar: “Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos
arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con
el Señor” (v. 17). ¡Qué gran celebración será cuando estemos todos reunidos en nuestro hogar celestial!

05

LA TRAGEDIA DEL SUICIDIO


A veces las personas sufren de dolores, penas, rechazos o sufrimientos devastadores que los hacen considerar
el quitarse la vida. Lo más probable es que usted conozca a alguien que haya pensado en el suicidio o
haya tenido éxito en conseguirlo. Quizás lo haya considerado usted mismo. A menudo, la depresión es la
causa principal y puede requerir intervención médica. Sin embargo, a pesar de la terapia y la medicación,
innumerables personas siguen viviendo al borde de la vida y la muerte, abrumadas por la desesperación, la
desesperanza, la soledad e incluso el dolor físico. Por esto, debemos también fortalecer nuestras mentes con
la Palabra de Dios, porque sin este fundamento, somos incapaces de manejar todo lo que la vida nos arroja.

¿Cómo pueden los cristianos ayudar a alguien que esté


considerando el suicidio?
Debido a que muchas personas luchan con pensamientos suicidas, como creyentes necesitamos saber qué
decir para ayudar a aquellos que estén considerando esta opción. Si ellos han aceptado a Jesucristo como
Señor y Salvador, entonces usted puede recordarles que Él ha perdonado todos sus pecados, y es su amigo y
compañero incondicional. Dios sabe todo acerca de sus circunstancias y está dispuesto a caminar con ellos
paso a paso a través de su dolor, sufrimiento, fracaso o soledad. Dios puede incluso guiarlos a otras personas,
como un amigo, pastor, doctor, o consejero cristiano para apoyarlos durante sus dificultades. El Señor a
menudo usa a otras personas para renovar nuestra esperanza y reanimar nuestro espíritu, así que asegúreles
que es bueno pedir ayuda.

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¿Es el suicidio un pecado imperdonable?
Hay un pecado imperdonable, pero no es el suicidio. Mateo 12.32 dice: “al que hable contra el Espíritu Santo,
no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero”. Como el Espíritu Santo es el que convence a una
persona de pecado, revela la verdad del evangelio y lo ayuda a creer en Jesucristo como Salvador personal,
cualquiera que rechace su exhortación no puede ser salvo. Ese es el pecado imperdonable, no el suicidio. Un
cristiano que acaba con su propia vida irá al cielo. Perderá algunas recompensas eternas debido a su acción,
pero su salvación permanecerá segura por la eternidad.

06

NUESTRO DESTINO ETERNO


Dado que nuestro destino eterno se determina mientras vivimos en este mundo, todos debemos prepararnos
para el día de nuestra muerte. Ir a la iglesia, leer la Biblia y orar es importante, pero no es suficiente. Incluso
nuestras buenas obras no sirven de nada si no hemos aceptado el pago de Cristo por nuestros pecados. Cada
persona debe pedir perdón a Cristo y aceptar su oferta de salvación. Este simple acto de fe garantiza que,
cuando muramos, ingresaremos a la presencia del Señor donde nos regocijaremos por toda la eternidad. No
postergue esta decisión crucial por más tiempo; nada es más importante que su destino eterno.

UNA ORACIÓN
QUERIDO PADRE CELESTIAL:
Te agradecemos por caminar con nosotros a través de nuestro dolor. Sabemos que no es tu voluntad que
las personas mueran, sino que experimenten la vida eterna (Jn 3.16). Viste a Tu propio Hijo sufrir y morir
para hacer que eso fuera posible. Como dijo el profeta, “gracias a sus heridas fuimos sanados” (Is 53.5 NVI).
Sananos hoy, Señor. Alivia nuestras heridas con el reconfortante bálsamo de tu amor y cuidado. Te alabamos
por tu promesa de terminar con el sufrimiento y la paz que solo Tú puedes proporcionar. Esperamos tu regreso
inminente y el cumplimiento de todas tus promesas. “Ven, Señor Jesús” (Ap 22.20). Amén.

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El texto Bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades
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