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LA MORAL CRISTIANA ANTE EL MISTERIO DE LA VIDA

“Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia”


Jn 10,10

Esta cita del evangelio de Juan podría ser considerado como un lema de lo
que la Iglesia está llamada a ofrecer constantemente al mundo. Ella, al igual que
Jesucristo, está en el mundo para que los hombres y mujeres “tengan vida y vida en
abundancia”.

1. El cristianismo es, ante todo y principalmente, evangelio: la “Buena Noticia”


de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre por amor al mundo, para que todo “el que
cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16). A este mundo en el que
vivimos Dios lo amó entrañablemente, y a él envió a su Hijo, para que todos por Él
tengamos vida. Nuestros obispos, en Navega mar adentro nos dicen que “el
contenido de la Nueva Evangelización es Jesucristo, Evangelio del Padre...”
Contemplándolo a Él, que es “el centro de nuestra fe”... “podremos comunicar la feliz
noticia del amor de Dios que brilla en su rostro. Cristo es la imagen del Dios invisible
(Col 1,15). En Él, sobre todo en la Eucaristía, la gloria de Dios se hace cercana (...)
Jesucristo es nuestra Buena Noticia. Él mismo nos dice: Yo hago nuevas todas las
cosas (Ap 21,5), y nos trae la novedad del Reino de Dios. Por eso, la Nueva
Evangelización ha de conducir a un encuentro con la eterna novedad de Cristo vivo
para alcanzar en Él vida eterna. La Iglesia en América necesita hablar cada vez más
de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, y prolongar sus
actitudes” (NMA 52). Antes que ser una moral, el cristianismo es “evangelio”: la
Buena Noticia de Dios al hombre, que le revela en Jesucristo su amor y le ofrece,
por el don del Espíritu Santo, la comunión con su propia Vida en la Iglesia; el hombre
la acoge mediante la fe, que funda la esperanza y lo compromete a vivir en el amor;
virtudes teologales, fundamentales, “arquitectónicas”, que dan unidad y sentido a
toda la vida del cristiano, y que expresan el encuentro entre el don, la gracia, de Dios
y la respuesta libre del hombre. Por eso, el recordado Papa Juan Pablo II, comenzó
su Encíclica “sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana” precisamente,
con la palabra “evangelio”. En ella, el Papa considera gravísimos problemas actuales
relativos al valor de la vida humana, pero comienza diciendo: “evangelio”, buena
noticia; así nos enseña una pedagogía, cómo hemos de presentar el mensaje
cristiano sobre la vida humana. Estas son sus palabras: “El Evangelio de la vida está
en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es
anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las
épocas y culturas” (EV 1).

El cristianismo, decíamos, es también una moral, o sea un nuevo modo de


vida que encuentra su fuente inspiradora y su expresión máxima en la misma
persona de Jesús y que abre a todos los hombres las posibilidades de la verdadera
libertad, que sirviendo a la verdad, reconoce las exigencias de la justicia y se
plenifica en el amor. Jesús se presenta a sí mismo como “el camino” (Jn 14,6), y a
los primeros cristianos se los identificaba como “los del camino” (Hch 9,2; cf. 19,9).
La imagen del “camino” alude al nuevo modo de vida inaugurado por Jesucristo. Él
vino a abrirle al hombre “un camino nuevo” por el cual transitar; es decir, nos hace
posible un nuevo modo de vida, una moral nueva. Jesucristo revela al hombre su
propia dignidad y la grandeza de su vocación, y le capacita mediante el don pascual
del Espíritu Santo para realizar plenamente su vida. Jesucristo le dice a cada
hombre: “Tú eres precioso a los ojos de Dios (cf. Is 43,4), vales mucho a sus ojos,
no eres una partícula anónima de la creación, sino su hijo muy querido (cf. Ef 1,5;
Gál 4,4-7). Lo primero, pues, es el don de Dios, la gracia. En el hombre, creado a
imagen suya, dotado de libertad, ser responsorial, el don convoca a la tarea, a la
responsable respuesta del hombre.

La moral cristiana es una propuesta fundamentalmente positiva y así hemos


de acogerla y presentarla: “Para ser libres nos libertó“ Cristo (Gál 5,1). La
constitución Gozo y esperanza del Concilio Vaticano II, del cual este año se cumplen
40 años de su clausura, nos dice: “La verdadera libertad es signo eminente de la
imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia
decisión (cf. Eclo 15,14) para que así busque espontáneamente a su Creador y,
adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La
dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y
libre elección, es decir, movido por convicción interna personal y no bajo la presión
de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta
dignidad cuando, liberado totalmente del sometimiento de las pasiones, tiende a su
fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con
eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la
máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la
gracia de Dios” (GS 17).

El mensaje moral cristiano y sus exigencias manifiestan una profunda


coherencia con las aspiraciones más hondas del hombre; el “camino” propuesto por
Jesucristo es el camino del hombre, el camino de su progresiva humanización. No
se le impone desde fuera, como si fuera un conjunto de normas que lo mortifican,
sino como revelación de las posibilidades de desarrollo contenidas en su mismo ser,
creado y redimido por el amor de Dios. Como enseña el Concilio Vaticano II:
“Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir,
de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le
descubre la grandeza de su vocación (...) Él, que es imagen de Dios invisible (Col
1,15) es el hombre perfecto que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina...”
(GS 22). Cristo nos dice a los hombres quiénes somos y qué estamos llamados a
ser, por lo tanto, cómo hemos de vivir. Fiel a su Maestro, la moral cristiana ha de
prestar especial atención al tema de la dignidad de la persona humana, en el cual
convergen diversas líneas del pensamiento actual; que aparece como un concepto
central en la enseñanza de los Padres de la Iglesia; y que hunde sus raíces en la
idea bíblica del hombre creado “a imagen de Dios” (Gn 1,26-27); el pasaje citado de
Gaudium et spes lo refiere a Jesucristo mismo.
Cuando los cristianos hablamos de la dignidad humana, miramos a
Jesucristo. En Él esa dignidad resplandece. Por eso, Jesucristo, en su humanidad
perfectamente realizada, constituye la norma moral concreta que se nos propone a
todos y a la que hemos de procurar configurarnos, bajo el influjo constante de la
gracia, que se ofrece a todo hombre de buena voluntad.

Por otra parte, el mensaje moral cristiano se dirige al hombre en todas sus
dimensiones: personal, religioso-trascendente, social, cósmica. Las múltiples
exigencias morales deben integrarse en la unidad de la persona, en su justo orden.
El Concilio Vaticano II pidió que la moral cristiana superara una presentación
individualista y prestara más atención a la dimensión social del evangelio: “... que
nadie, por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con
una ética meramente individualista... cuanto más se unifica el mundo, tanto más los
deberes del hombre rebasan los límites de los grupos particulares y se extienden
poco a poco al universo entero” (GS 30).

La moral cristiana se afirma como “objetiva”, desde el momento en que


considera esencial la vinculación entre libertad y verdad. No es la conciencia
humana quien crea los valores ni las leyes morales, sino que estos son anteriores a
ella. Es un punto particularmente sensible en el diálogo de los cristianos con el
hombre y la cultura actuales. “La cuestión fundamental.... –nos decía el Papa Juan
Pablo en la Encíclica Veritatis Splendor - es la relación entre la libertad del hombre y
la ley de Dios, es decir, la cuestión de la relación entre libertad y verdad“ (n. 84).
“Cristo manifiesta, ante todo, que el reconocimiento honesto y abierto de la verdad
es condición para la auténtica libertad: ‘Conocerán la verdad y la verdad los hará
libres’ (Jn 8,32)... Jesús muestra, además, con su misma vida y no sólo con
palabras, que la libertad se realiza en el amor, es decir, en el don de uno mismo...
Jesús es la síntesis viviente y personal de la perfecta libertad en la obediencia total a
la voluntad de Dios. Su carne crucificada es la plena revelación del vínculo
indisoluble entre libertad y verdad, así como su resurrección de la muerte es la
exaltación suprema de la fecundidad y de la fuerza salvífica de una libertad vivida en
la verdad” (n. 87).

A partir de lo dicho se comprende la importancia de la formación de la


conciencia, tarea compleja que implica tanto el conocimiento de las exigencias
morales cuanto una ejercitación en la práctica del bien. En las condiciones actuales,
frente a los complejos problemas que se nos presentan, despreocuparse por la
formación de la conciencia significa renunciar en los hechos a la conciencia misma.
Particularmente importante será educarnos para el discernimiento moral.

2. Según la Revelación, la vida -toda vida- procede de Dios, que es por


excelencia el Viviente. Todo lo que vive, vive por Él. Consecuencia del origen divino
de la vida es su indisponibilidad. Dios es el Señor de la vida (Dt 32,39; Sal 104,29;
Job 12,10; 34,14). El hombre posee la vida en préstamo y no puede disponer de ella
a su antojo. Lo formula como precepto: "No matarás" (Ex 20,13); y con la indicación:
"No hagas morir al inocente ni al justo, puesto que yo no absolveré al malvado" (Ex
23,7). Dios es el "vengador" de toda vida truncada (cf. Gn 9,5; Is 41,14).
El mensaje esencial de la Escritura sobre la vida humana nos dice que, a
diferencia del resto de la creación, los hombres y mujeres hemos sido creados “a
imagen y semejanza” (Gn 1,26-27) de Dios. El hombre y la mujer, todos los seres
humanos hemos sido creados a imagen de Dios; no sólo el espíritu, también el
cuerpo, el hombre entero lleva en sí el reflejo de esa imagen; quien hiere el cuerpo,
hiere la imagen de Dios.

Aquí radica el valor incomparable de cada persona humana. Don de Dios, la


vida humana es la vida del hombre en su totalidad e integridad. Por tener su origen
en Dios, es sagrada, un “misterio” (no en el sentido de algo oculto, escondido, sino
en el de algo tan desbordante de luz que los hombres no alcanzamos a verlo en toda
su magnitud, a abarcarlo) ante el cual los hombres hemos de inclinarnos. De aquí se
derivan importantes consecuencias éticas: Si sólo Dios es Señor de la vida (Dt
32,39; Sal 104,29); el hombre es administrador de tan gran don, que ha de acoger,
respetar, promover, sabiamente, reconociendo la “indisponibilidad” de la vida
humana, propia y ajena. El “no matarás” (Ex 20,13) refleja esta concepción sagrada
de la vida humana y expresa el derecho fundamental a la vida, sobre el cual se
apoyan todos los otros derechos y obligaciones. De esta concepción no se siguen
sólo preceptos “negativos”, sino también una infinidad de indicaciones de
crecimiento contenidas en el precepto “positivo”: “¡Vive!”. Este es el mandamiento, el
precepto fundamental: “¡Vive!”. Dios nos creó para que viviéramos y nos redimió
para que viviéramos plenamente. Nos cuesta naturalmente menos estar atentos a
los preceptos negativos (lo que “no” hemos de hacer), y más responder a las
exigencias del precepto positivo, que abre una multitud de posibilidades que hemos
de explicitar con humildad, con interés, con creatividad, con diligencia. ¿Qué
significa que Dios nos haya creado para la vida y en Jesucristo nos llame a una vida
cada vez más plena? Cuando el Señor nos dice “Ámense como yo los he amado”
(Jn 13,34) nos abre un horizonte inmenso en el cual será el Espíritu Santo, que
como el viento “sopla donde quiere” (Jn 3,8), el que nos indicará por dónde hemos
de ir. Todos, personal y comunitariamente, hemos de hacer la hermenéutica, la
interpretación del “¡vive!” contenido en el acto creador y redentor de Dios. El Papa
Juan Pablo II ha querido proponernos esto al encomendarnos la tarea compleja de
construir lo que él ha llamado “la cultura de la vida”, en el corazón de la historia en la
que estamos insertos (cf. EV n. 6).

3. Jesucristo lleva a plenitud la revelación sobre la vida humana mediante su


encarnación, muerte y resurrección: “El hombre está llamado a una plenitud de vida
que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la
participación de la vida misma de Dios” (EV 2). La proclamación del Reino como
realidad absoluta, y la esperanza de la Vida Eterna presentes en los evangelios, no
disminuyen, sino que, al contrario, ponen de relieve “la grandeza y el valor de la vida
humana”, ya desde este mundo. Jesús lo manifestó de muchas maneras: profundizó
el mandamiento “no matarás”, interiorizándolo y universalizándolo (cf. Mt 5,20-26).
Mostró así que la vida humana es una realidad sagrada, siempre y en todos. Nos
enseñó que la vida nos fue dada para amar. Muriendo en la cruz compartió la suerte
de todos los que ven pisoteado su derecho a la vida, y por su entrega de amor al
Padre, destruyó el poder de la muerte y nos devolvió la vida. Jesús proclama el
Reino como valor absoluto, ante el cual incluso la vida presente debe ceder, pues es
preferible perder la vida antes que la participación en el Reino (cf. Mt 6,33; 10,28; Lc
12,4-5; Flp 1,20-21). Sin embargo, esta vida temporal es un bien precioso que nos
permite acceder a aquel bien superior. Nadie puede con razón argumentar desde el
Evangelio contra el valor de la vida humana en este mundo; lejos de disminuir su
importancia, la perspectiva de lo definitivo escatológico, el carácter absoluto del
Reino, afirma y garantiza el valor de la vida temporal del hombre.

4. Los cristianos, discípulos de Jesús formamos la “Iglesia, pueblo de la vida y


para la vida”. “La Iglesia –dice el Papa Juan Pablo II- descubre con renovado
asombro este valor y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los
tiempos este ‘evangelio’, fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría
para cada época de la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el
Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e
indivisible Evangelio. Por ello el hombre viviente, constituye el camino primero y
fundamental de la Iglesia” (EV n. 2).

Con estas convicciones y en este espíritu, los cristianos afirmamos el valor


sagrado de toda vida humana desde su inicio hasta su término. Con claridad afirma
el Papa Juan Pablo II: “La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente
de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni
como fin ni como medio para un fin bueno... es una desobediencia grave a la ley
moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante; contradice las virtudes
fundamentales de la justicia y la caridad: ‘Nada ni nadie puede autorizar la muerte de
un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo
incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí
mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o
implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo’
(Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona, II). “

Y continúa: “Cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los


demás en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación
social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia,
reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como
una cosa de la que se puede disponer. Ante la norma moral que prohíbe la
eliminación directa de un ser humano inocente ‘no hay privilegios ni excepciones
para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de
los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente
iguales’ (VS 96)” (EV 57).

Los cristianos proclamamos -desde la Revelación que funda nuestra fe,


ciertamente, pero también desde una racionalidad que puede ser compartida con
aquellos que no comparten nuestra confesión religiosa- el carácter fundamental del
derecho a la vida, anterior a todo ordenamiento socio-político, fundado en la
dignidad de cada ser humano, sin discriminaciones; y exigimos, en virtud de la
justicia, que sea reconocido, respetado, defendido y promovido, por ser el más
fundamental de los derechos humanos. Proféticamente alzamos nuestra voz y
comprometemos nuestra acción para reafirmar este derecho, allí donde es más fácil
y generalmente conculcado, en los hermanos “más pequeños”, aquellos que son
sacramento de Cristo crucificado (Mt 25,31-46): los débiles, los pobres, las personas
por nacer, los ancianos, las personas “especiales”... La afirmación del derecho de
todo ser humano inocente a la vida, del carácter inviolable de la misma, nos lleva a
rechazar clara y firmemente las prácticas del aborto y de la eutanasia. La misma
afirmación nos lleva a rechazar todas las formas de injusticia social que condicionan
situaciones que afectan y atentan gravemente contra la vida humana: la marginación
y, peor aún, la exclusión social de muchos -cada vez más- hermanos en nuestra
Patria y en el mundo, la pobreza y la miseria extrema que introducen muerte en la
vida de tantos hombres; todos los modos de violación de los derechos humanos; las
diversas manifestaciones de discriminación injusta; las guerras... en una palabra,
todo lo que ofende la dignidad de las personas humanas provoca y compromete a
los cristianos a proclamar con energía el Evangelio de la vida, buscando junto con
todos los hombres de buena voluntad el modo de erradicar las causas de aquellas
injusticias que impiden que se realice en nuestro tiempo, para todos, el proyecto del
Padre en Jesucristo: “que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
El Hijo de Dios se hizo hombre para introducir vida en la vida de los hombres. Nos lo
recuerda constantemente la Eucaristía, el sacramento por el cual el Señor comunica
vida a nuestra vida. No se trata, pues, sólo de rechazar aquello que contradice a la
vida; se trata, más bien, de acoger creativamente el desafío de amar como Cristo
amó y de servir al Evangelio de la vida, poniendo las bases de una civilización
nueva, donde la vida sea verdaderamente honrada y promovida.

5. El compromiso con el Evangelio de la vida nos atañe a todos en la Iglesia y


en la sociedad. Nadie debería “lavarse las manos” frente a esta tarea. En la medida
en que el Evangelio de la vida es percibido por todo hombre de buena voluntad, se
constituye en tarea ética. Una misión particular le corresponde a la familia, como
ámbito en el cual los hombres estamos llamados a comunicar la vida. La familia,
“pequeña Iglesia doméstica, auténtica escuela de humanidad”, está llamada a
acoger, celebrar, testimoniar el evangelio de la vida, en el corazón del mundo, a
favor de la nueva cultura del amor y la solidaridad, para el verdadero bien de todos
los hombres. No se trata de defender un bien sectorial, de un grupo, sino de hacer
más humana la vida de los hombres. Este es un desafío fundamental para la familia
hoy.
La Nueva Evangelización en nuestra Patria requiere que reconozcamos y
revaloricemos a la familia y el aporte que está llamada a realizar a toda la sociedad.
“Cumpliendo su vocación y misión puede educar en las virtudes el corazón de los
hijos. Aún golpeada, la familia sigue siendo un ámbito de contención y apoyo ante el
dolor de sus miembros (...)”, nos dicen nuestros obispos en NMA n. 97; una realidad
que también nosotros, desde la experiencia, constatamos. Y añaden: “Se habrá de
velar para que siga siendo el lugar más apto donde educar en la pasión por la paz”.
La paz ciertamente exige como condición fundamental que el valor inestimable de la
vida humana sea claramente afirmado y defendido, siempre, en todas partes y para
todos.

Pbro. Félix Daniel Blanco.


11.06.05