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LOS SHYRIS EN EL CENEPA

CAPÍTULO I
Siempre listos, al llamado de la Patria

Habían transcurrido exactamente nueve días desde que el primer ataque peruano se produjo
sobre nuestros destacamentos de frontera pertenecientes a la Brigada de Selva N o 21
“CONDOR”.

El 4 de febrero de 1995 fui destinado a la “Brigada Movilizada CENEPA”, concentrada en


Riobamba. Me incorporé a ella junto con un grupo de oficiales pertenecientes a la Comandancia
General de la Fuerza Terrestre (CGFT). Entre ellos estaba mi compañero y amigo el mayor de
Caballería Blindada José Núñez M., el mayor de Infantería Manuel Rivadeneira y el mayor de
Artillería Manolo Cruz, oficiales de la Dirección de Educación de la Fuerza Terrestre, a la que
pertenecíamos.

El miércoles 8 de febrero de 1995, atendiendo a la demanda de las tropas entrenadas, formadas


y profesionales de Fuerzas Especiales, por iniciativa del Jefe del Departamento de Personal de
Topa de la Fuerza Terrestre (F.T) teniente coronel de Estado Mayor Paracaidista Juan E.
Palacios, y con autorización del Director de Personal de la F.T, se convocó a través de
memorandos, a todos los miembros militares de Fuerzas Especiales que nos encontrábamos
prestando servicios en unidades y organizaciones militares ajenas a dicha especialidad y que
conformaríamos, a partir de esta fecha, el Grupo de Fuerzas Especiales “ECUADOR” que,
posteriormente, se llamaría Brigada de Fuerzas Especiales “ELOY ALFARO”, cuyo comandante
fue el señor coronel de Estado Mayor Conjunto Paracaidista Carlos Vasco con su Estado Mayor.
Conformaron esta Brigada, entre oros brillantes jefes, el señor teniente coronel de Estado Mayor
Jorge Luis Brito A., el señor teniente coronel de Estado Mayor Jorge Acosta, el señor teniente
coronel de Estado Mayor Paracaidista Juan E Palacios, el señor teniente coronel de Infantería
Paracaidista Wandemberg Villamarín, el señor teniente coronel de Infantería Fabián Enríquez,
los señores mayores de Comunicación Paracaidistas Edison Patricio Gallardo B. y Hugo M.
Villegas T. Como comandantes de Patrulla, inicialmente: el señor mayor de Infantería
Paracaidista Diego E. Albán Noboa, el señor mayor de Infantería Paracaidista Hegel Xavier
Peñaherrera Z., el señor mayor de Infantería Paracaidista Ramón Alcides Enríquez S, y el señor
mayor de Comunicaciones Paracaidista Gustavo R. Salazar C.

Ciento ochenta voluntarios (clases y soldados), se pusieron a nuestras órdenes, y todos nos
reunimos en la Comandancia General de la Fuerza Terrestre, a fin de recibir las disposiciones
correspondientes.

Una vez recibidas las instrucciones y elaborada la planificación inicial, se procedió a organizar
las patrullas. Allí nació la “PATRULLA SHYRI”, con un jefe, tres oficiales y treinta voluntarios.
Comenzamos el proceso de integración con estoicismo, profesionalismo y patriotismo,
fundamentándolo en el entrenamiento físico, militar y en el acondicionamiento psicológico, para
un óptimo y valiente desempeño en combate, en caso de que se presentase una confrontación
con el enemigo. Afloraron sentimientos humanos como la euforia.
El sábado 11 de febrero de 1995, salimos hacia la región Oriental. La permanencia de dos días
en el Comando de la Brigada de Selva No 17 "PASTAZA" en la Shell, nos permitió un primer
contacto con el medio selvático, parecido al escenario del conflicto en la Cordillera de El Cóndor,
y un reentrenamiento para el combate, en las pistas y polígonos de tiro de dicha brigada, bajo la
supervisión y control de todos los comandantes de patrulla y centralizado por el comandante de
la novel Brigada de Fuerzas Especiales "ALFARO", donde también el humor militar calificó de
"alfaristas" a los miembros y que, ahora sí, "ALFARO VIVE, CARAJO". Todo esto, a fin de ir
alcanzando rápidamente el nivel combativo que teníamos en los inicios de nuestras vidas
profesionales. La mayoría de combatientes tenía no menos de 15 años de servicio y no menos
de 35 años de edad. Era necesario recurrir a aquella formación férrea, ruda y especial de
comandos-paracaidistas "VIEJOS": entrenamiento y espíritu de combate agresivo, casi
deshumanizado, latente y arraigado en las profundidades del espíritu guerrero de un soldado de
Fuerzas Especiales ecuatoriano, gracias a la preparación militar científicamente estructurada y
basada en el conductismo; en el Condicionamiento Clásico y en el Condicionamiento Operante,
encuadrados en las teorías del aprendizaje que nuestro ejército utiliza en su sistema educativo
militar, en el entrenamiento de óptimos y valientes profesionales de las armas.

En la madrugada del 13 de febrero, a las 05h00, un grupo de combatientes de la Brigada


"ALFARO" fuimos trasladados en helicópteros Super Puma y en aviones logísticos, hasta el
comando de la Brigada "CÓNDOR", en Patuca, acercándonos poco a poco al área del conflicto.
El contacto con los compañeros combatientes, conocidos y desconocidos, que salían relevados
luego de intensas jornadas de combate, nos permitió y ayudó a "entrar en situación", como se
dice en nuestro argot militar. En Shell Mera quedó entretanto, a la espera, un contingente de
aproximadamente seiscientos hombres, al mando de sus instructores (oficiales y voluntarios)
preparándose y entrenando en tácticas y técnicas de patrullaje, tiro y combate en selva, que
pronto lo necesitarían. Eran jóvenes ecuatorianos que se encontraban en proceso de formación
como soldados en la Escuela de Formación de Soldados del Ejército (ESFORSE).

Aquella área se convirtió en mudo testigo de las imperfecciones y degradaciones humanas que
tanto nos hacían pensar y soñar en diferentes situaciones hipotéticas: desde el temor de
enfrentamos a letales y mortíferos bombardeos de morteros, artillería y aviación, o en engañados
y manipulados combatientes adversarios, igualmente profesionales y valientes que tenían sus
respectivas misiones de combate, o también en inhóspitos y agrestes terrenos selváticos, llenos
de campos minados, trampas, patrullas enemigas y nada fáciles para un desenvolvimiento
humano; hasta pensar en la oportunidad de frenar y terminar con constantes atropellos y abusos
que, a lo largo de varios años, se han venido cometiendo contra nuestro país y que habían
llegado al límite de una paciente espera de una solución civilizada, humana y consciente al
diferendo territorial existente.

La alegría y emoción al saludar con amigos y compañeros que partían, esos instantes, hacia el
área de combate a quienes les deseábamos buena suerte y éxito, como al mayor de Infantería
Ramiro “Chiche” Cáceres, amigo de muchos años, un valiente y gran oficial de nuestras Fuerzas
Especiales, quien partía rumbo a "Base Sur", conjuntamente con su aguerrida y decidida unidad
de combatientes, a cumplir con honor su sagrada misión de defender, con su vida, a nuestra
querida Patria.
"El entrenamiento debe ser tan fuerte y riguroso, de tal manera que la guerra sea un descanso".
Es un lema que el comando paracaidista ecuatoriano tiene enraizado. Así fue como la Patrulla
Shyri, al igual que todas las otras patrullas ("Atahualpa '. "Centauros", la del "Che" Albán...), fue
sometida a un reentrenamiento cada vez más riguroso e intensivo, tendiente a preparar física,
psicológica y tácticamente a los combatientes que pronto partiríamos al área de combate, de
acuerdo con el sistema de rotación establecido por el Teatro de Operaciones Terrestres (TOT),
cuyo Comandante era el señor general de división Paco Moncayo Gallegos, carismático líder y
Comandante de nuestra Fuerza.

El 14 de febrero, luego de la jornada de entrenamiento y preparación para el combate, los


"Shyris” y demás combatientes no desaprovecharon la oportunidad de enviar sus mensajes de
amor de esposo, de padre, de hijo, de hermano, de amigo, a través de ese mimado y querido
medio de comunicación: el teléfono, que de alguna forma permitió cierto bienestar, alivio y
felicidad en aquellos momentos de tensión, presión, preocupación, patriotismo y fervor cívico
evidentes.

Poco a poco, el reentrenamiento y el diario convivir con mi patrulla, me permitieron ir conociendo


las capacidades, limitaciones, habilidades, reacciones y actitudes de todos y cada uno de mis
hombres.

También ellos empezaron a definir la personalidad y a conocer mejor a su comandante "Shyri",


para poder sentir confianza, seguridad y fe en un efectivo liderazgo y en una conducción táctica
acertada. Durante la organización de mi patrulla para el combate, designé a mis oficiales como
comandantes de los elementos de asalto, apoyo y seguridad. A falta de enfermero, confié el
auxilio médico inmediato de mi gente a "Chuqui Segundo", compañero del XXVIII curso de
Comandos - allá por el año de 1981 -valiente, presto y decidido combatiente. Y seguro estaba
que en algún momento del combate se lo necesitaría; aunque deseaba que nunca nos
ocurriesen situaciones difíciles que pusieran a mis hombres en condiciones traumatizantes y
desesperadas, al margen de toda posibilidad de vida.

El Comandante de la Brigada, con su Estado Mayor, continuaba la planificación táctica que se


ejecutaría a futuro, mientras que las patrullas alternaban el entrenamiento con actividades de
completamiento de munición armas y equipo, con actividades de descanso, recreación y
acciones psicológicas.

Posiblemente no disponíamos de todos los recursos y equipo militar individual necesario para
combatir en óptimas condiciones, como los combatientes de otros países con mejores
posibilidades económicas que el nuestro. Teníamos muchas limitaciones; sin embargo,
contábamos con los medios básicos y fundamentales que nuestra nación y gobierno nos habían
podido entregar, de acuerdo con las posibilidades nacionales. Estos recursos tenían que ser
óptimamente empleados por todos y cada uno de nosotros, explotando al máximo sus
capacidades, características técnicas y multiplicando su efectividad con el empleo de mucha
iniciativa, conocimientos, capacidades, destrezas y habilidades de soldados obligados a rendir
más allá de los límites posibles. El entrenamiento y concientización de poder actuar con los
limitados recursos y medios disponibles, en pos de la victoria, es fundamental en un ejército
económicamente limitado.
El grupo de oficiales comandantes de patrulla de la Brigada "ALFARO", planificábamos y
coordinábamos día a día la instrucción y las actividades administrativas. Nos preocupábamos por
poner listos y a punto nuestros repartos, en la medida que el tiempo y las circunstancias nos lo
permitían, toda vez que el proceso de ambientación, preparación y condicionamiento de las
tropas, debían ser equilibrado y adecuado para que no produjera efectos negativos en todos
nosotros, que podrían incidir en la voluntad de lucha que un combatiente debe tener cuando se
encuentre en combate. Dialogábamos, bromeábamos y comentábamos acerca de la situación
reinante en aquellos días, especialmente la llegada de los observadores internacionales,
miembros de los ejércitos de los países grandes del Tratado de Río de Janeiro, que estaban
próximos a arribar al país. También acerca de los acontecimientos de las negociaciones
diplomáticas en Brasilia, el cese de fuego y la iniciación del camino hacia una paz definitiva y una
posible solución al diferendo territorial existente.

Los medios de comunicación social nos mantenían informados sobre todos los acontecimientos y
de acuerdo con su enfoque y óptica, nos recordaban y hacían llegar el incondicional apoyo
moral, material, espiritual de nuestros compatriotas, quienes son nuestra razón existencia!, por
quienes juramos un día defender su integridad, su suelo, su bandera, su libertad, su paz, su
desarrollo, pues dichas categorías son las nuestras.

CAPITULO II
Al encuentro con nuestro destino

Llegó al fin el momento crucial y esperado. Aquel sentimiento humano que estremece el espíritu
y la conciencia quiere aflorar; mas la personalidad, el profesionalismo, el entrenamiento riguroso
asimilado, la responsabilidad, el deber y especialmente el sentimiento patriótico y cívico con los
cuales estábamos todos compenetrados, hicieron que el miedo, la euforia, el temor cedieran,
quedaran controlados.

Iniciamos el día con un acto litúrgico, celebrado para pedir a Dios por los combatientes que
estábamos próximos a salir al área del frente de combate. El sábado 18 de febrero a las 09h00
horas. El Arzobispo de Zamora con un grupo de eclesiásticos, ofició la Eucaristía, y tuvimos la
oportunidad de acercarnos, una vez más, al Creador, por medio de nuestras plegarias y ora-
ciones, en una comunicación etérea que había sido constante desde que se inició el conflicto. No
podíamos olvidar ni soslayar, en dichos momentos, una relación divina que nos recuerda la
naturaleza, también divina, del ser humano; sin embargo limitada y débil.

La noche anterior nos habíamos regocijado ante la noticia de que la Declaración de Paz en
Itamaraty entre nuestro país y el Perú, había sido firmada; sin embargo, el escepticismo, la
desconfianza, la duda nacieron en nuestros mandos, debido a que la historia nos ha demostrado
que el Perú, no es de fiar: siempre ha hecho caso omiso de sus compromisos internacionales
con nuestro país y no los ha observado. Fue entonces cuando el Comandante del Teatro de
Operaciones Terrestre, mi general de división Paco Moncayo Gallegos, dispuso que se reforzara
el sector de Tiwintsa con personal de la Brigada de Fuerzas Especiales "ELOYALFARO".
Que se reúnan los Comandantes de patrulla de la Brigada ¡ALFARO! -fue la orden- instantes
después de finalizada la misa y recibido la comunión y un librito del Nuevo Testamento, la
mayoría de miembros de nuestra Brigada. Sabíamos lo que acontecería y nos reunimos inme-
diatamente con mi coronel Carlos Vasco, Comandante de la Brigada y su Estado Mayor para
recibir disposiciones.

Comentarios y rumores se diseminaron entre todo el personal qué aún se encontraba en el patio
de formación de la Brigada "CÓNDOR".

"¡Bueno, señores!", dijo el Comandante, "¡Llegó la hora! Va a salir un escuadrón de tres


patrullas, dentro de una hora, a Tiwintsa, y vamos a ver quiénes son los que lo conformarán". Mi
teniente coronel Jorge Luis Brito trajo los famosos "palitos" en el número de ocho, para el sorteo,
pues es un procedimiento muy familiar en la jerga de los paracaidistas, (quienes tengan los tres
palitos más largos serán quienes conformen dicho escuadrón). Todos estábamos en condiciones
de conformar el escuadrón y deseosos de ir al frente. Por eso mi coronel Vasco prefirió dejar que
el método aleatorio fuera el que designase a quienes habían de ir a la misión. Uno a uno fuimos
tomando nuestro respectivo palito, de la mano cerrada de mi teniente coronel Brito (la
democracia, de la cual el Ejército también es partidario, quedó evidenciada).

La suerte recayó sobre la patrulla del "Che" Albán, la "Atahualpa" y la "Shyri". Debían partir.

Comenzaban los "Shyris" a hacer sentir su presencia en aquella región del Cenepa.
Inmediatamente se nos impartió la misión y nos fue entregada una carta topográfica del sector a
cada uno de los tres comandantes, a fin de proceder a actualizarlas y hacer constar el dispositivo
propio y el del enemigo. Simultáneamente dispuse a mis oficiales que preparasen a la patrulla
Shyri para que estuviera lista para ser trasladada, conjuntamente con el resto del escuadrón,
hasta Tiwintsa

Al ver la mencionada carta topográfica e iniciar un rápido estudio del terreno en ella
representado, e ir ubicando el dispositivo de nuestras propias fuerzas y las del enemigo, me
asusté un poco, mi corazón se aceleró, no lo niego, me turbé unos instantes; sin embargo,
mientras iba actualizando la carta, me auto motivaba y tranquilizaba. Eso solo yo lo sabía. Y
proseguí planificando con ideas claras y pensando profundamente en la gran responsabilidad
adquirida y en la oportunidad que se me presentaba y que todo soldado anhela y espera para
poder alcanzar la plena realización en su carrera profesional.

En la cabecera de la pista de Patuca nos encontrábamos los tres Equipos de Combate del
Escuadrón de Fuerzas Especiales del "Che" Albán, listos para embarcarnos en los Superpumas
que nos trasladarían hasta Tiwintsa y poder reforzar dicho "Punto fuerte" al substituir al Es-
cuadrón de mi mayor de Caballería Blindada Edgar Narváez G. a quien con cariño conocemos
como "LOCO" Narváez, quien tenía que salir a nuestro arribo, a cumplir misiones de
Reconocimiento delante de Tiwintsa.

Salió el primer vuelo con la mitad del escuadrón y a la patrulla SHYRI le tocó esperar al segundo
viaje de los helicópteros. Mientras esperábamos, conversábamos, reíamos, pensábamos. Las
fotos también eran oportunas; un predicador evangélico vino a dirigirnos algunas palabras de
aliento y a desearnos buena suerte.
Como comandante de los SHYRIS organizaba mentalmente a mi patrulla y pensaba en como
estaría la situación allá, recordaba a mis hijos y a mi esposa, a mis padres y hermanos, y
considero que los mismos pensamientos, la mayoría de mis hombres los estaban viviendo. Sin
embargo de ello, el comportamiento y ánimo de todos era tranquilo, entusiasta.

Yo bromeaba con la mayoría de ellos y les recordaba procedimientos de seguridad al momento


de llegar al "punto". Trataba de infundir, una vez más, confianza en nuestras capacidades de
hombres de Fuerzas Especiales, y que ahora debíamos poner a prueba todos nuestros conoci-
mientos y entrenamiento recibidos en los diferentes cursos.

Llegaron los helicópteros y procedimos a embarcarnos a toda prisa. Llego la hora de la verdad.
"¡Mi Dios!" -me dije- y abordé al último, luego de comprobar que todos mis hombres habían
embarcado.

Se inició el viaje, un poco apretados, acalorados, con las incomodidades por el equipo, armas y
demás medios que transportaba la nave, propios de una situación como ésta. Me venían a la
memoria aquellos momentos vividos en cursos militares pasados, cuando era alumno.

Saludé con los pilotos mayor Hugo Villacís, y capitán John Del Pozo. Les pregunte como estaba
la situación en Tiwintsa. El ruido del helicóptero no permitía escuchar nada. Con señas el
capitán me hizo saber que habían combates pequeños cerca de Tiwintsa y que no sería posible
desembarcar allá; sin embargo, era factible hacerlo en el helipuerto alterno, en El Maizal, un
poco más a la retaguardia.

CAPITULO III

Contacto con aquel distante pedazo de suelo patrio

A través de la ventana del helicóptero podía ver cómo montañas, ríos, quebradas y selva iban
quedando atrás. Luego de treinta minutos de vuelo -aproximadamente- el helicóptero hizo un
giro brusco a la izquierda y empezó a descender en un pequeño claro de la selva, en el que
estaba el helipuerto, junto a un peñasco y en medio de grandes árboles.

Ya "en estacionario" y a tres metros de altura empezamos a saltar -uno por uno- los
combatientes. Yo lancé mi mochila y luego salté con mi fusil en posición de asalto. Nos recibió
un suelo lodoso y anegado con ramas y carrizales que amortiguaban la caída, y fue en ese
preciso instante que los Shyris tuvimos nuestro primer contacto con aquel distante pedazo de
suelo patrio, al que teníamos que defender a costa de nuestras vidas, si era preciso: lo único
que estaba claro para todos nosotros.

Nuestra primera impresión fue que estábamos entrando directamente al combate, desorientados
totalmente en cuanto al lugar de desembarque en que nos encontrábamos. Rápidamente fuimos
conducidos a un lugar cercano a la reserva del dispositivo y tomamos contacto con los
miembros del escuadrón que vinieron en el primer vuelo y con las fuerzas del "LOCO" Narváez
cuyo nominativo de combate, nos enteramos inmediatamente, era "PAPA OSO", quien en ese
momento se encontraba coordinando en el Puesto de Mando de Tiwintsa. Tuvimos que esperar
a que llegara para efectuar coordinaciones y proceder al relevo planificado: hombre por hombre,
de puesto en puesto, unidad por unidad.
Saludamos con algunos oficiales y combatientes conocidos, desconocidos, amigos, que en ese
momento se encontraban en el lugar, quienes inmediatamente nos dieron una breve orientación
sobre la situación y especialmente sobre el terreno, sobre las últimas actividades de nuestras
tropas y las del adversario. Nos recibieron alegres, contentos y más motivados, toda vez que
llegábamos como refuerzos, y eso era lo que ellos estaban esperando, a pesar de conocer de la
firma de la Declaración de Paz de Itamaraty, del día anterior. Sin embargo, la desconfianza que
todos sentimos sobre el comportamiento de ROJOS, a quienes considerábamos como
traicioneros, poco confiables, mentirosos, hacía que nos mantuviéramos siempre alertas y
vigilantes.

Pude percibir la confianza y serenidad que tenían los combatientes de ese sector, pues llevaban
cerca de un mes en el área y los considerábamos, ya, como veteranos. Permanecer por lo
menos una semana en el frente de combate permite a la tropa adaptarse rápidamente a la situa-
ción, a la cercanía del enemigo, al terreno aliado del soldado, y desarrollar un importante control
emocional que le permitirá permanecer preparado para combatir. Mientras que nosotros, recién
llegados, empezábamos con ese proceso de adaptación y acondicionamiento a la situación real
de combate lo más pronto posible, puesto que ya no se trataba de un entrenamiento. Con razón
noté en algunos de mis hombres, y en mí mismo, ciertas alteraciones psicológicas, y sabía que
tenía que someterlas, controlarlas, luchar interiormente, a fin de poder incidir positivamente en
mis hombres y, por ende, en el combate.

Tenía que seguir ejerciendo mi liderazgo con el ejemplo para mantener a mis Shyris en óptimas
condiciones de empleo. Empecé a auto-prepararme psicológicamente en forma más constante y
profunda que cuando estaba en PATUCA, para poder enfrentar de la mejor manera la situación.
Se escuchaban de vez en cuando explosiones y disparos a lo lejos y el ambiente de guerra lo
empezábamos a vivir, de a poco. Debíamos organizamos interiormente, y comenzábamos a
hacerlo.

Más tarde llegó un helicóptero a El Maizal, con varios diputados: de las provincias de Morona
Santiago, Zamora, Ñapo, Imbabura; un embajador del Ecuador y otras personalidades; y
algunos señores oficiales que fungían de asistentes de dichos personajes, entre ellos pude
reconocer al señor teniente coronel de Estado Mayor Gustavo Tapia, al señor teniente coronel
de Estado Mayor Carlos Suárez; además a mi teniente coronel de Estado Mayor Jorge Luis
Brito, quien había aprovechado la oportunidad para ir a verificar y comprobar la situación del
"Escuadrón de Alfaros", que horas antes había llegado al área. Los acompañaban periodistas y
gente de la televisión; deseaban confirmar la ubicación exacta de Tiwintsa. Aprovecharon para
saludar y felicitar a las tropas del sector y después continuaron para Tiwintsa que estaba a
pocos minutos de El Maizal.

Con "Che" Albán y otros oficiales decidimos unirnos a los visitantes y así poder también conocer
Tiwintsa, mientras que nuestro personal debió permanecer en el sector obteniendo información,
ambientándose y preparándose para el relevo.

Nos encaminamos por la pica, típica vía de la selva que cruza riachuelos, quebradas, lodo hasta
los pelos. Los diputados, con botas de caucho e impermeables, disfrutaban de su caminata a
través de la selva: reían, comentaban, bromeaban, resbalaban y caían, todo era alegría: se
confirmaba que la paz y el cese de fuego había llegado; sin embargo -repito- nos manteníamos
desconfiados e incrédulos y con el "Che" Albán íbamos observando el terreno desde el punto de
vista táctico: cómo estaban los centinelas, los límites y marcaciones de los campos minados a
los costados de la pica, las posiciones de las tropas, las posiciones de las ametralladoras y
demás armas, el abrigo y el encubrimiento, etc., así nos hacíamos una idea de cómo estaba el
dispositivo defensivo en el sector.

Saludamos de vez en cuando con conocidos y combatientes con quienes nos topábamos en los
diferentes puntos de control y vigilancia, y con un apretón de manos y una sonrisa nos
comunicábamos todo ese "espíritu de cuerpo" en el que tanto se insiste durante el
entrenamiento en tiempo de paz y que en todo soldado existe.

Mientras caminaba por aquella pica vino a mi memoria la vez en que, durante el XXVIII Curso
de Comandos, en 1981, tuvimos que realizar una misión de escudriñamiento y combate desde
Mayaycu a Paquisha, que nos tomó una semana de subir y bajar lomas interminables, más de
"mil" cruces de un tal Río Blanco, caídas, resbalones, insultos y demás. Todo aquello era tan
solo un recuerdo; sin embargo en esos momentos - después de 14 años- lo volví a revivir en
una situación no ya de entrenamiento sino de real combate.

Luego de caminar durante treinta minutos, aproximadamente, al ritmo de los visitantes y por las
condiciones del camino, llegamos a un lugar en donde había un puesto de vigilancia y un puente
improvisado (dos árboles derribados) sobre un río, y al otro lado flameaba ondeando en una
asta, también improvisada, nuestro TRICOLOR NACIONAL, libre, soberano, al vaivén del viento
de aquellas estribaciones, junto a un helipuerto, una vieja choza y un coloso talado que servía
de apoyo a los curiosos y alegres combatientes que a nuestra vista se presentaron: unos pe-
ludos, mojados, enlodados, otros demacrados, delgados, ojerosos, todos con pañuelos negros,
verdes, camuflados, ciñendo sus cabezas al estilo Tiwintsa; todos irradiaban seguridad,
fortaleza y una moral muy alta: su apariencia más de mercenarios que de soldados
profesionales, no era más que "novelería", era el nuevo "look" que el combate había impuesto a
nuestros soldados, y que psicológicamente había incidido positivamente en la moral y ánimo de
nuestra tropa. Mi general Moncayo ya lo había percibido y autorizó que se mantuviera la nueva
apariencia y se siguiera combatiendo con denuedo, como se lo estaba haciendo hasta el
momento.

Habíamos llegado a la famosa Tiwintsa, aquel rinconcito de Patria que se había constituido en el
soporte del honor y de la dignidad de nuestra nación y al que teníamos que defender y
mantener hasta la muerte.

Los diputados saludaban con todos, preguntaban, tomaban y se tomaban fotos con los
combatientes -en varios lugares, junto a las armas, etc.- conversaban, prometían, juraban, y lo
más importante: al final comprobaron la ubicación exacta de Tiwintsa y pletóricos de patriotismo
y orgullosos de sus Fuerzas Armadas nos invitaron a cantar el Himno Nacional.

Nosotros nos confundimos en un cálido abrazo con compañeros y amigos de Fuerzas


Especiales y de la Escuela de Selva que se encontraban allí: mi teniente coronel de Estado
Mayor Eduardo Vergara B., mayor de Caballería Blindada Ángel "Ch" Proaño, mayor de Artillería
Patricio Terán, capitán Gonzalo Olmedo, capitán Matías Villalva, capitán Johnny Amores,
teniente Geovanny Calles, teniente Xavier Martínez, subteniente Roberto Frías, y otros, quienes
se alegraban de vernos y preguntaban por la situación que se vivía en el resto del país, por los
observadores de los países amigos que debían entrar e iniciar el proceso de pacificación.
Retornarnos luego hacia El Maizal -ya enterados de muchas cosas y situaciones de interés para
nuestra planificación- junto a los diputados. Estos iban contentos y orgullosos de haber
permanecido compartiendo por pocos momentos con sus soldados y compatriotas militares, en
aquel lugar que estaba escribiendo las nuevas páginas de gloria para nuestra Historia.

Llegamos al Maizal y despedimos a los visitantes. Se alejaron, seguramente para jamás volver.
Continuamos reconociendo el lugar y obteniendo informaciones hasta que llegó "PAPA OSO",
enlodado y mojado hasta los pelos, y entre manifestaciones de alegría y amistad nos saludamos
e inmediatamente comenzamos a coordinar. Al tiempo que el "Loco" en su Puesto de Mando nos
contaba sus aventuras, nos brindaba café caliente y pasamos a su "bunker", ya que empezaba a
caer esa llovizna constante que cae en las estribaciones de la cordillera.

Fue muy agradable el encuentro, toda vez que, al conocernos todos los comandantes que
estábamos ahí, pudimos recordar y comparar aquellas experiencias vividas cuando éramos
subtenientes y tenientes, y que ahora, al cabo de tanto tiempo, revivíamos pero en una situación
muy diferente: esta era una situación real. Para ella nos habíamos pasado una buena parte de
nuestra vida entrenándonos y preparándonos.

Las escenas y experiencias de contacto con el enemigo narradas por Edgar, nos hacían estar
atentos y pensar en las decisiones que habría que tomar en un determinado momento. La lluvia
continuaba, hacía frío y el agua empezaba a filtrar e inundarlo todo. Sin embargo se llevaban a
cabo con precisión las coordinaciones sobre el relevo en los diferentes puestos de vigilancia y
seguridad avanzados y de protección de armas de apoyo de combate, que permitían mantener
un dispositivo defensivo adecuado de este "Centro de Resistencia" en el que se estaba
convirtiendo Tiwintsa

En la carta topográfica y en los pequeños croquis del sector, empezamos a identificar el


dispositivo ROJO y el que al momento tenían nuestras tropas. Comenzamos a analizar el terreno
circundante: elevaciones, ríos, quebradas, accidentes característicos, picas y rutas principales
que empleaba el "ENE" y que constituían sus avenidas de aproximación hacia nuestro
dispositivo defensivo. Reconocíamos en la carta la ubicación de los campos minados,
obstáculos, etc. Simultáneamente identificábamos las regiones ocupadas por ROJOS y la
magnitud de las fuerzas que las ocupaban, y así, luego del estudio minucioso y pormenorizado
de la situación que se estaba viviendo, quedamos orientados sobre el área que, en breve,
pasaría a estar bajo nuestra responsabilidad. Identificamos: Tiwintsa, El Maizal, Baigón, Trueno
Uno, Trueno Dos, La Piedra, Montañita, La Emboscada, Coangos, La "Y", Base Sur, Cueva de
los Tayos, Base Norte, helipuertos, diferentes elevaciones importantes que ocupaba el enemigo;
otras en el mismo sector las ocupaban nuestras tropas.

Las picas que subían desde el Sur, desde el Río Cenepa al Oeste, desde el Este y desde el
Norte, todas convergían en Tiwintsa, y sabíamos que teníamos que bloquear el paso del
enemigo, en todas las rutas, en los 360 grados.

A nuestro Escuadrón le correspondía hacerse cargo del sector Norte de Tiwintsa que
comprendía El Maizal, Trueno Uno, Trueno Dos, Baigón, picas que conducían desde el Cenepa.
Sobre este terreno, el escuadrón debía dislocar sus Fuerzas y a la Patrulla SHYRI le
correspondió bloquear la pica que conducía desde el Cenepa hacia la elevación 1277, proteger a
Baigón y a Trueno Uno, a fin de evitar que el enemigo pudiera ingresar por dicho sector a
nuestro dispositivo defensivo. Las otras dos patrullas restantes debían proteger el helipuerto
alterno, Trueno Dos, El Maizal y las diferentes picas existentes en cada sector de
responsabilidad.

Luego de las coordinaciones y aclaraciones del caso nos dirigimos a nuestros respectivos
sectores procediendo luego de hacernos cargo de ellos y a relevar a quienes debían salir a
cumplir otras misiones. Tuve que dejar a unos de mis elementos de combate al mando del señor
teniente Ernesto Muñoz, reforzando el dispositivo de El Maizal y alrededor de las cuatro y media
de la tarde, con una pertinaz llovizna, iniciamos el ascenso hacia Trueno Uno y Baigón.
Debíamos hacerlos de prisa, toda vez que, en la selva por su espesura y naturaleza suele
obscurecer más temprano, y apenas se ve nada a ras del suelo, y no quería que la noche nos
sorprendiera en medio camino.

En seguida empezamos a subir. El suelo lodoso y resbaladizo, las ramas, palos e insectos,
propios del medio selvático, empezaron a hacerse sentir; sin embargo, la instrucción y el
entrenamiento recibidos en la pequeña fase de preparación que tuvimos y, más que todo, la
formación de Comandos-Paracaidistas y de soldados ecuatorianos hicieron que se pusiera de
manifiesto la fundamental importancia de estos aspectos para el cumplimiento adecuado de la
misión asignada, es decir, en función del entrenamiento y preparación para el combate, de los
soldados en tiempo de paz.

Al llegar al sector de Trueno Uno (posición de morteros de 81 mm.) designé a un elemento de mi


Patrulla para que se hiciera cargo de la seguridad y procediera al relevo respectivo, luego de eso
continuamos más "hacia arriba, hasta Baigón. Nuestras pesadas mochilas con todos los
abastecimientos, munición y pertrechos individuales nos acariciaban la espalda y los hombros.
Estas disfrutaban de su paseo en selva, a cambio del servicio prestado. Llegamos a Baigón
(posición de misiles anti-aéreos IGLA), tomé contacto con el comandante y su personal y
procedía la reorganización de la seguridad de tan importante puesto y le pedí al teniente Marcelo
Urbina, comandante de Baigón, qué me orientara sobre la situación y sobre sus experiencias en
dicho sector.

Los Shyris estábamos cubriendo la pica que venía desde el Cenepa y teníamos al teniente
Xavier Ortiz, con aproximadamente treinta hombres, bloqueando esta pica, en su inicio, a orillas
del río, constituyéndose en el Escalón de Seguridad de nuestra recientemente asignada
posición.

Desde Baigón se dominaba todo, se veía tan abajo a Tiwintsa... Se presentaba tan vulnerable e
indefensa, que si el enemigo llegase hasta allí, sería fatal para nuestro bastión defensivo. Por lo
tanto era imperioso mantener y defender este sitio, especialmente porque permitía desarrollar
una defensa contra aéreos enemigos.

Al siguiente día, domingo 19 de febrero, luego de nuestra primera noche en el área, reconocí el
sector y pude determinar que existían dos picas que conducían desde el Río Cenepa hasta ese
lugar. Reorganicé a mis Shyris, ubiqué a mis armas colectivas (ametralladoras MAG y RPG-7)
bloqueando dichas picas, lo más adelante posible. Ese día lo pasamos preparándonos para
cualquier situación imprevista.
Conversaba con mis hombres, me fijaba en el comportamiento de cada uno de ellos, y pude ver
cómo, poco a poco, la situación reinante iba incidiendo en la moral de mi gente: la mayoría
estaban tranquilos, alegres, bromeaban, se dedicaban a actividades como preparación de las
posiciones, alimentación, búsqueda del agua para beber, mantenimiento óptimo de las armas y
especialmente cuidado de aseo y salud personal, toda vez que si algún combatiente se
enfermara, no solo sería una baja, sino que produciría también efectos negativos en toda la
unidad a la que pertenece. Sin embargo, yo sabía que al menos tres de mis Shyris necesitaban
que les hablase, que les tranquilizase un poco a fin de bajarles la tensión y el miedo natural que
todo ser humano siente en esas circunstancias. Es que no todos tenemos las mismas
condiciones para controlar el miedo, reponernos y adaptarnos rápidamente a dicha difícil
situación. Los conocimientos sobre psicología militar y liderazgo me permitían adoptar ciertas
actitudes, disposiciones, dar consejos, y como es obvio, dar ejemplo. Consideré que ayudarían a
mantener una moral y espíritu combativo aceptables en mi gente; sin embargo de ello, el día
lunes, por la tarde, uno de mis Shyris vino con un corte en su pierna, a la altura de la rodilla,
producto de un machetazo que por descuido se había ocasionado. Hice llamar al enfermero para
que lo atendiese, mientras en mi posición analizaba su herida, escuchaba su relato sobre cómo
había sucedido el accidente, lo tranquilizaba y le daba ánimos. Yo entendía a mi soldado y sabía
que tenía que ayudarle a sobreponerse. Firmemente le dije que iba a ser trasladado hasta Él
Maizal, para que fuera atendido por él medico y, una vez recuperado, se incorpore inmedia-
tamente a la patrulla. Me di cuenta de que estaba frente a un problema de personal y, que
tendría que realizar un poco más de esfuerzo para poder cimentar la confianza y seguridad que
mis hombres se deberían tener, que el trabajo en grupo y el espíritu de cuerpo debía seguir
fortaleciéndose, pues todos dependíamos de todos, formábamos un solo engranaje, nos
necesitábamos los unos a los cumplir óptimamente nuestra misión.

Esa noche la "chicharra" del teléfono de campaña me distrae de mis pensamientos: a las 23:30
horas aproximadamente, el "Che" Albán me llamó y me ordenó que bajara con toda mi gente al
El Maizal, para que a las cinco de la mañana me trasladase a reforzar a Tiwintsa por orden del
escalón superior y que dejara a pocos hombres como seguridad en aquel sitio. Di las
disposiciones pertinentes y ordené que cuatro de mis hombres se quedasen a cumplir la misión
de seguir bloqueando las picas, conjuntamente con el personal de Baigón.

A las tres de la mañana iniciamos el movimiento. Todo era obscuridad total. Dispuse la
seguridad de luces y que todos debíamos encolumnarnos, agarrados de la mochila del
compañero de adelante; avanzábamos despacio, con muchos resbalones, caídas y palos
atravesados. Al llegar me presenté y di "parte" de que estábamos listos para continuar a
Tiwintsa; empero, debíamos esperar hasta que las "puertas sean abiertas" a las seis de la
mañana, es decir cuando fueran levantadas y desactivadas las minas, trampas y granadas en
los diferentes puestos de vigilancia que existían hasta ; mientras tanto esperaríamos al mayor
Carlos Miño R., con su patrulla, para que se nos uniera e ir juntos.

Llegué al puesto de mando con mi patrulla y me presenté a mi teniente coronel Eduardo


Vergara, comandante de TÍwintsa, quien en ese momento dispuso que me trasladará a reforzar
al puesto de " La Piedra", una posición que estaba bloqueando la pica que venía desde el Río
Cenepa y desde la "Y". Eran aproximadamente las 06:30 horas y sólo esperábamos a los guías
que había designado para partir rumbo a La Piedra y empecé a organizar a mi patrulla para el
movimiento: designé a los punteros, al elemento de asalto, de apoyo, de seguridad. Pensaba en
cómo debíamos desplazarnos; ya que habíamos ensayado situaciones como éstas durante el
entrenamiento y los Shyris ya sabíamos como teníamos que ejecutar los diversos pasos del
procedimiento, especialmente en un combate de encuentro durante el movimiento, cómo
tendríamos que reaccionar en caso de una emboscada, etc..

Estábamos preparándonos y ultimando detalles para el movimiento. Yo me encontraba


conversando y obteniendo información de mi teniente coronel Eduardo Vergara y otros oficiales
presentes, sobre el lugar al que me dirigiría, cuando de pronto llegó, un poco agitado y alterado,
un combatiente "arutam", a dar parte de que una columna de hombres se estaba acercando por
el río, y querían saber los del Puesto Avanzado de Combate (PAC), se trataba de algún personal
nuestro que venía de las posiciones adelantadas o que venía de patrullar. Inmediatamente mi te-
niente coronel Vergara ordenó al mayor Ángel "Ch" Proaño que fuera a verificar dicha situación.
Rápidamente corrieron con él, el capitán Gonzalo Olmedo, el teniente Geovanny Calles y el
sargento segundo Grefa hacia el lugar indicado. Mientras tanto yo, sin prestar mucha atención al
mencionado suceso, me dirigí hacia mi personal para iniciar el movimiento hacia aquella posición
desconocida para nosotros, llamada "La Piedra". De pronto se escucharon explosiones, ráfagas
de ametralladora, disparos, gritos...

Mi patrulla se desplegó, inmediatamente, en el lugar, aprovechando todo tronco, hueco y árbol


grueso existente.

¿Qué había ocurrido?

Aproximadamente a las 06:35 horas, el mayor Ángel Proaño acompañado por el capitán Gonzalo
Olmedo y el teniente Geovanny Calles, acudieron al puesto de vigilancia que se encontraba a
unos 200 m, al sur de la Posición de Resistencia, en el sitio identificado como el riachuelo del
"Plástico Azul", (desde el cual se cubría el Río Tiwintsa y la pica que conducía desde Base Sur-
El Risco-Montañita-Tiwintsa, a constatar la información y alerta proporcionada por el mensajero
arutam.

Al llegar al mencionado sitio verificaron que estaban utilizando el procedimiento que se usa para
identificar a fuerzas militares que pretenden ingresar a propias líneas: el santo y seña. En esta
ocasión fue el cabo Rosendo Rodríguez, miembro del puesto de vigilancia, quien lo solicitó a la
tropa que avanzaba. El personal que avanzaba -aparentemente ecuatoriano, por vestir uniforme
camuflado de nuestro ejército- se vio sorprendido y descubierto. Sin embargo, el mayor Proaño
ya se había percatado de que se trataba de elementos peruanos que se ocultaban vistiendo uni-
formes ecuatorianos, a lo que gritó bajo su responsabilidad, al cabo primero Rodríguez,
ordenándole reiteradamente que activara las trampas de seguridad y de protección inmediata.

El mencionado clase no obedecía la orden, porque se encontraba confundido respecto de los


combatientes que tenían frente así: los consideraba compañeros nuestros y no quería cometer
ningún error. Hasta que la primera granada de mano enemiga cayó en las proximidades del
puesto de vigilancia. El teniente Calles, al darse cuenta de esto, alertó inmediatamente al resto
de oficiales y tropa sobre el mortal peligro. Todos procedieron entonces felinamente a buscar un
abrigo improvisado, debido al pequeñísimo tiempo disponible para reaccionar y protegerse de la
letalidad de una granada de mano, toda vez que ésta explota entre cinco y seis segundos
después de ser lanzada.

Fue tarde cuando quisieron activar las trampas y dispositivos de protección inmediata, utilizados
en dichas posiciones: el enemigo había cortado las líneas de conexión eléctricas.

El mayor Proaño, y el capitán Gonzalo Olmedo, lograron protegerse entre los árboles y troncos,
al costado derecho del lugar; el combatiente arutam lo hizo en un pequeño agujero del arroyo,
entre unas raíces de la flora del sector, donde se mantendría oculto hasta el siguiente día,
debido a que no pudo replegar a retaguardia, por lo difícil y confuso de la situación y tuvo que
esperar a ser rescatado al día siguiente, por la mañana, por una patrulla de escudriñamiento y
rescate, que lo encontró entumecido y un tanto impresionado por lo que había presenciado
durante todo el tiempo que había permanecido mimetizado y en silencio en dicho lugar, mientras
que muy cerca de él, las tropas invasoras enemigas, pasaban en su afán de conquistar Tiwintsa
y, al no haberlo logrado en los primeros combates, se replegaban y eran relevadas por otras
unidades de combate que eran igualmente rechazadas y desgastadas por la valerosa y
aguerrida defensa ecuatoriana. En su repliege, el enemigo había aprovechado la noche y la
madrugada para evacuar a sus muertos y heridos, caídos en los primeros intentos por alcanzar
lo que no era suyo.

Los otros combatientes del puesto de vigilancia -el cabo primero Rodríguez, cabo segundo
Zurita, sargento primero Jorge Guevara, y otros- se protegieron en sus respectivas posiciones,
mientras que el teniente Geovanny Calles, se lanzó detrás de un tronco, al costado izquierdo del
puesto de vigilancia, dando las espaldas al río Tiwintsa, e inició el infernal combate con la
explosión de la mencionada granada.

Todos estos acontecimientos se desarrollaron en brevísimos y "cruciales momentos, en los que


la única garantía de sobrevivencia era la férrea preparación militar a la que un combatiente de
Selva y de Fuerzas Especiales es sometido durante su entrenamiento y preparación en tiempo
de paz.

Aquel fue el comienzo del ataque enemigo a Tiwintsa por todos los flancos, en los 360 grados.
La resistencia inicial del Puesto Avanzado de Combate (PAC) fue tenaz hasta que, por la fuerte
presión del enemigo, debió replegar hacia la Línea Principal de Resistencia (LPR) de la base.

Antes del repliege del PAC, el capitán Gonzalo Olmedo se adelantó a dar parte de lo sucedido al
comandante de la base, y posteriormente condujo a la patrulla "Shyri" a reforzar el flanco sur de
la LPR, debido a la fuerte amenaza y peligro que se presentaba."

Pasados aquellos angustiosos momentos, reflexioné en cómo se habría desarrollado el


inminente "combate de encuentro" entre los Shyris y las posibles patrullas enemigas
desplegadas para iniciar el ataque a Tiwintsa por dicha área, y sobre sus eventuales
consecuencias, de no haber sido por el retraso de los guías designados para conducirnos.

La patrulla habría podido iniciar el movimiento y salir de líneas amigas con dirección a "La
Piedra" unos cuantos minutos antes de iniciado el ataque, de no haber sido por dicho
inconveniente.

Se hubiese producido el típico combate de encuentro entre dos fuerzas que marchan en
direcciones contrarias, convergentes, sobre una misma ruta o quizá la posibilidad más aterradora
para toda patrulla que se encuentra en movimiento: el caer en una "zona de aniquilamiento", de
una emboscada enemiga, pues todo comando y patrullero sabe que, de acontecer dicha
situación, existen pocas posibilidades de salir con vida.

Dios y el destino estuvieron de nuestro lado. De no haber sido así, quizás el retorno a casa de
algunos Shyris hubiese sido en otras circunstancias y condiciones diferentes.
CAPITULO IV
Inmolación, sublime ofrenda a la Patria

Agazapados en nuestras improvisadas posiciones ordené que nadie disparase hasta no tener
clara la situación y poder determinar el mejor curso de acción que deberíamos seguir, pues, al
encontrarnos en el centro del dispositivo defensivo establecido, era muy peligroso realizar dis-
paros hacia cualquier dirección podíamos dar de baja a algún compañero de los combatientes
que se encontraban en primera línea. El ruido era intenso e impactante; de la inmediata y rápida
reacción adoptada ante dicha situación, nos encontrábamos cerca algunos Shyris: junto a mí
estaban el cabo José Jumho, de inteligencia, mi mensajero- radioperador, soldado Patricio Nole,
el teniente Nelson Ortega, el sargento Cesar Galárraga, y otros, aprovechando al máximo la
cobertura y el encubrimiento del sector.

Ordené que alimentasen las armas y quitaran los seguros: así se mantendrían nuestros fusiles
hasta varios días después del ataque enemigo. Todo pasó en pocos segundos. Tiwintsa era
atacada por sus cuatro flancos. Era el momento que de una u otra manera sabíamos que
llegaría. Realmente el ataque enemigo cogió desprevenidos a los Shyris. Vi cómo mis hombres
reptaban y se desplazaban de un abrigo a otro, hasta encontrar el mejor; las explosiones de
morteros y granadas exigían que así se lo hiciese. Una granada de fusil FAL enemiga cayó a
escasos cinco o seis metros de nosotros y no nos dimos cuenta sino hasta cuando la vimos. No
estalló, toda vez que cayó de costado y en suelo suave; un reservista que estaba cerca la cogió
y me la trajo a mostrar al instante que le señalaba un lugar en el que la debía depositar, con
cuidado. Yo sabía que no explotaría a no ser que recibiera un golpe en su espoleta; sin em-
bargo, no estaba de más extremar las medidas de seguridad, en dicho lugar: en el hueco de un
árbol la granada podría permanecer segura y no causar daño alguno. La desactivaríamos
después. Los que nos encontrábamos ahí nos reímos por la ingenuidad, despreocupación,
admiración y la cara que puso el joven reservista al coger la granada y traérmela como un trofeo,
un tanto peligroso.

Permanecimos aproximadamente unos cinco minutos protegidos durante el inicio del ataque
ROJO. Recuerdo que el cabo Jumbo, nos brindó unas cuantas galletas de aquellas que tienen
figura de animalitos, como desayuno de combate, con olor a pólvora, y en medio del fango. Este
detalle me demostró la tranquilidad y la serenidad de mis hombres. En ese momento se me
acercó Gonzalo Olmedo, capitán comando-paracaidista, instructor de nuestra Escuela de Selva y
me dijo apuradamente: ¡Venga, mi mayor! ¡Vamos hacia sector de responsabilidad del teniente
Geovanny Calles, y ordené a los pocos Shyris que estábamos reunidos (16 hombres), que nos
siguieran, y empezamos a subir rápidamente y agazapados por una ladera cercana de la
pequeña elevación que protegía parte del flanco sur y el flanco oeste del Puesto de Mando de
Tiwintsa. Al mismo tiempo que ascendíamos, fui designando, uno a uno, a mis hombres para
que fuesen reforzando a los pocos hombres de la Escuela de Selva que se encontraban
defendiendo dicho sector. El ataque continuaba, las ráfagas, disparos y explosiones
comenzaban a despertar en nosotros al combatiente que existía en lo más profundo de nuestra
psique. Al llegar a la parte más alta de la pequeña elevación (70 m. de altura), me encontré con
una ametralladora HK.33, operada por el sargento Zambrano David, ocho fusileros y un RPG.7,
cubriendo un frente de aproximadamente 150 m. que conformaba una saliente en el dispositivo
cuyo vértice bloqueaba una pica que conducía desde la elevación 1209 hasta nuestra posición.

Lo primero que hice, luego de tomar contacto con el más antiguo del sector, fue obtener
información y proceder a encuadrarme en la situación, lo más rápidamente posible, para poder
conducir el combate en la mejor forma. Me enteré de cómo estaba el dispositivo el número de
efectivos, de dónde estaban localizados los campos minados, las trampas; de cómo estaban las
posiciones y el nivel de preparación de estas; me percaté de la moral y nivel anímico de los
combatientes en dicho sector, sentí también que poco a poco el miedo iba cediendo y cómo el
control emocional alcanzaba un nivel en el que la serenidad era la más fiel demostración de su
presencia.

Estábamos recibiendo gran volumen de fuego de ametralladoras, morteros, granadas de fusil, de


RPG-7y fusiles; la situación era agitada y preocupante, toda vez que quienes llegamos a aquel
lugar no disponíamos de ninguna posición preparada para ocuparla ni abrigo alguno solo esa
formidable y bendita selva que, con sus majestuosos y nobles árboles, nos brindaba cobertura y
encubrimiento, protección. Muchas granadas de fusil enemigas, cuyo destino eran nuestras
posiciones, llegaban a su objetivo, sino que, después de varios rebotes, golpes y rozamientos
entre ramas, palos y árboles, caían, ventajosamente para nosotros, de costado y en terreno
suave, sin esparcir su acostumbrado y tenebroso manto de muerte y horror. Estas situaciones
hacían que todos nos desplazáramos con felinos movimientos de tronco en tronco, de árbol a
árbol, buscando protección. Algunos combatientes se acomodaron en las posiciones de los
compañeros a quienes fueron a apoyar con el fuego.

Conforme avanzaba la mañana el combate era más intenso. En toda Tiwintsa se escuchaban los
enfrentamientos y el fragor de la batalla. Todos disparábamos. Sin embargo, la espesura de la
selva y los campos de tiro que habían sido limpiados por los combatientes de dicho sector de de-
fensa, no eran suficientes y no permitían tener una buena observación para poder disparar con
una disciplina de fuego. El consumo de munición era abrumador de parte y parte.

Eso sí que era muy preocupante porque los Shyris entramos a combatir con fusiles PARA-FAL
calibre 7.62, y todas las tropas en Tiwintsa disponían de fusiles HK.33 calibre 5.56, así que el
abastecimiento de nuestro tipo de munición posiblemente iba a demorar un poco, por lo tanto
tenía que recordarles a mis hombres que debían observar una estricta disciplina de fuego, que
no desperdiciasen la munición ni disparasen hasta no identificar perfectamente el blanco.

El gran volumen de fuego desencadenado en las primeras horas del combate sirvió para que los
Shyris nos templáranos y nos fogueáramos, como se dice comúnmente. Además permitió que
controláramos los nervios y nos sintiéramos con mayor confianza. Daba disposiciones a todos y
cada uno de los hombres de mi sector: "¡ubícate en tal parte! ¡No dispares sin ver a dónde!
¡ponte más adelante! ¡saca la cabeza para que puedas ver a dónde disparas! ¡no disparen!
¡ponte acá y cubre este sector! ¡disciplina de fuego!, etc. "

Realmente el entrenamiento recibido en los diferentes cursos militares y la preparación previa a


nuestra entrada al área de combate, fueron fundamentales;"la situación que estábamos viviendo
en esos momentos era totalmente semejante a las situaciones de entrenamiento; el ambiente
que se crea en dichas situaciones erijas, que los Comandos aprenden las tácticas y técnicas de
combate especial lo estábamos reviviendo en esta ocasión: es que el entrenamiento debe ser en
situaciones de combate lo más parecidas a la realidad: el fuego de todo tipo de armas, las ex-
plosiones, los movimientos violentos de los combatientes, el lanzamiento de granadas de mano,
el disparar los cohetes LAW, el silbido e impactos de los proyectiles enemigos muy cerca de uno,
son como en los entrenamientos; solo que, en esta ocasión, existía una diferencia: estos
proyectiles que estábamos recibiendo nos buscaban a nosotros, estaban dirigidos
intencionalmente sobre nosotros para aniquilarnos, eliminarnos, matarnos, ganarnos el combate
y no como en aquellas pistas de entrenamiento militar: de infiltración, de reacción, de tiro
instintivo, de tiro de combate, de explosivos, de lanzamiento de granadas. En fin, en las que el
combatiente se da gusto disparando sin correr mayores riesgos, como en esta ocasión; sin
embargo consideré que el ser, la mayoría de tos combatientes que estábamos ahí', profesionales
-casi no habían conscriptos- el proceso de adaptación psicológica para el combate
probablemente sería alcanzado rápida y adecuadamente, lo que incidiría positivamente en el
cumplimiento de nuestra misión.

Había momentos en los que el enemigo gritaba, nos insultaba, vociferaba v desencadenaba un
mayor volumen de fuego. Vi cómo gruesos árboles saltaban por los aires, partidos en dos y
caían parados junto a su otra mitad de la cual eran separados increíblemente por el impacto de
cohetes RPG-7. El enemigo disparaba sus granadas de fusil contra la parte más alta de gruesos
árboles para que al hacer impacto, las esquirlas cayeran sobre nosotros "Era lo más peligroso.

Hacia el medio día todos ya estábamos "en situación" el combate era tomado con más calma y
visión, el miedo cedía poco a poco, nos habíamos bautizado con el fuego de Marte y Júpiter y
tendríamos, ahora, que dejar a nuestro guerrero interior salir con toda su furia, decisión, valentía,
astucia, heroísmo, que salga a matar! Es que era el enemigo o nosotros. Aunque parezcan
cosas que solo se leen en los libros épicos de antaño, realmente están vigentes en todos los
tiempos y espacios, mientras el hombre se enfrente, a muerte, contra su prójimo, contra su
hermano. Considero que todos teníamos un conflicto interior: el de disparar y matar a tu primer
adversario. Pensaba en Dios.

Sabía que era mi responsabilidad, al igual que el resto de los comandantes el evitar que el
enemigo rompa nuestro dispositivo, especialmente por mi sector, e ingrese al interior de nuestro
Centro de Resistencia en el que se había convertido Tiwintsa, y ponga en peligro el honor y la
dignidad de nuestro Ecuador. Sublime y honrosa responsabilidad.

Recuerdo que me tendí al pie de un árbol y escogí cinco direcciones de tiro y cadenciadamente
empecé a disparar hacia cada una de ellas. El enemigo no nos veía ni nosotros a él; sin
embargo, ambos sabíamos que estábamos a una distancia no mayor de 30 m, y que por la
espesura de la vegetación era muy difícil la observación. Se me estaba haciendo familiar el
escuchar los impactos de los proyectiles enemigos en mi rededor. En un momento percibí que el
enemigo se estaba lanzando al asalto de nuestra posición y ordené que aumentaran el volumen
de fuego, lancé cinco granadas de mano y en eso sentí en mi espalda un sinnúmero de
partículas como si fueran esquirlas, y me quedé frío. Inmediatamente pensé; ¡Dios mío, me
hirieron!; pero no había escuchado ninguna explosión sobre mí. Inmediatamente me topé con la
mano tratando de encontrar alguna herida y algo de sangre, pues los nervios le hacen a uno
imaginar cosas; sin embargo a unos 30 cm. sobre mí, el árbol que me protegía estaba totalmente
astillado por causa de dos impactos y las astillas fueron las que impactaron en mi espalda, lo
que me tranquilizó; sin embargo, al determinar la posición de los impactos en el árbol me avisó
que había sido localizado por el enemigo, y que tenía que salir inmediatamente de dicha posición
y buscar otra si no quería que los próximos impactos me causaran un mayor susto, y así lo hice
como si fuera en cangrejo, desplazándome rápidamente hacia atrás y cambiando de puesto.

Pasado el medio día, y en pleno combate, llegó un grupo de combatientes jóvenes a reforzar el
sector de mi responsabilidad, y supe que había llegado el personal de aspirantes a soldados de
la Escuela de Formación de Soldados del Ejército (ESFORSE), quienes habían entrado por la
pica desde Montúfar; pude identificar y saludar a algunos oficiales y voluntarios conocidos que
habían llegado en dicho grupo.
Distribuí a los recién llegados, completé las posiciones y ubiqué como mínimo a dos y tres
combatientes en cada una de ellas, cuidando de poner a los jóvenes soldados con clases
antiguos (cabos y sargentos), por obvias razones.

Pasaba el día y teníamos largos ratos de relativa calma, pues no se pasa todo el tiempo
combatiendo sino que el atacante, al no poder lograr y conquistar su objetivo, tiene que re
planificar y tomar otro curso de acción que le dé resultados, y cumplir con la misión asignada.

Hice colocar trampas con granadas de mano delante de cada posición aprovechando la
presencia de personal experto en selva, instructores de nuestra Escuela de Selva a fin de
proporcionarnos seguridad en caso de que el enemigo intentara infiltrarse durante la noche en
nuestras posiciones.

Cuando no existían enfrentamientos, me dirigía hacia las posiciones a controlar y a verificar si


las cosas estaban bien o si existía alguna novedad en el personal que ocupaba la loma, a la que
bautizamos como Loma Shyri.

Coordinaba y conversaba con mis oficiales: con el teniente Fabricio Várela, que disponía de 12
hombres en su frente y cubría la pica que venía desde la elevación 1209; con el teniente Nelson
Ortega, quien cubría el frente oeste de la Loma Shyri, con aproximadamente 15 hombres; con el
subteniente de comunicaciones Diego Vallejo, oficial de la patrulla del mayor Carlos Miño, que
había subido por la ladera este de la Loma, a quien le responsabilicé del personal y de dicho
frente, con aproximadamente 18 hombres.

El cabo Tito Guerrero, hombre intrépido y valiente de nuestra Escuela de Selva, quien llevaba
algo más de 15 días en el área y su experiencia era muy importante, me pidió autorización para
ir a reconocer el área, pues como posiblemente el enemigo podía haber intentado asaltar nues-
tra posición y no lo había logrado, debíamos obtener cualquier información sobre éste. Al retorno
me informaron que el enemigo se encontraba en la quebrada y en media ladera de la loma frente
a la nuestra; además, que había al menos cuatro cuerpos de combatientes enemigos a los que
no pudieron aproximarse, por seguridad.

Al atardecer nos enteramos de la desaparición del señor teniente Geovanny Calles, comandante
del personal que ocupaba el sector en el que, al momento, yo era el comandante. Fue claro el
impacto psicológico sobre los combatientes de la Escuela de Selva, específicamente en el
sargento David Zambrano, responsable de la ametralladora, a quien le afectó profundamente la
noticia, y tuvimos que brindarle todo el apoyo moral que necesitaba en tan duro momento. El
grupo comando de la Patrulla Shyri se responsabilizó de la ametralladora y del frente asignado al
sargento Zambrano.

Los jóvenes soldados recién llegados, muchachos bachilleres, en formación en una de nuestras
escuelas (ESFORSE), estaban visiblemente impresionados; sin embargo demostraban valentía
a pesar de que, por su inexperiencia y juventud, unos disparaban desmedidamente, sin ver a
dónde, con la cabeza escondida y solo con el fusil sobre el parapeto de la posición: otros se
encogían y agazapaban lo más que podían en sus posiciones. Tenían miedo.

Todo ese sinnúmero de experiencias forman parte de un combate que va forjando poco a poco a
un joven combatiente que, luego de algunas horas de combate, alcanzaría un buen nivel de
adaptación a la situación, convirtiéndose en un verdadero veterano de guerra.
Vi el miedo reflejado en los rostros de muchos combatientes; posiblemente yo particularmente
me sentía muy sereno con mucha confianza en mí mismo y en lo que hacía. La serenidad y
control emocional de un comandante, durante la conducción del combate, es fundamental.
Todos miran al rostro del comandante, en busca de algún rasgo que comunique el estado de
tensión, de miedo, tranquilidad, preocupación o cualquier manifestación que les produzca
igualmente el mismo estado que su comandante experimenta y emite. Esto incide
poderosamente en el comportamiento de los combatientes. Mantener un adecuado liderazgo
sobre mis hombres era mi obligación, así como preocuparme del bienestar, en aquellas
circunstancias, reflejado en el abastecimiento de las raciones, agua, vituallas, munición,
granadas y demás material necesario para combatir y sobre vivir.

El cabo José Jumbo, me proporcionaba agua, caramelos, galletas, chicles, etc., mientras yo me
encontraba en el ejercicio del mando.

La preocupación y concentración en el combate nos quitó el apetito: pasaríamos tres días sin
comer; sin embargo, la situación nos producía muchísima sed. Tratábamos de apagarla tomando
aquella fresca y cristalina agua de nuestro Río Tiwintsa, purificada con unas cuantas gotas de
cloro.

En la tarde llegó mi teniente coronel Jorge Costa, a reconocer mi sector, y me comunicó que era
quien estaba al mando del Centro de Resistencia Tiwintsa. Estaba visiblemente agitado,
cansado, un tanto pálido y preocupado: es que no es para menos ante tal responsabilidad.
Procedí a proporcionarle una orientación sobre la situación existente en uno de los principales
sectores del dispositivo defensivo, pues estábamos bloqueando las avenidas de aproximación
del enemigo que conducían desde el sur hacia Tiwintsa. Le expliqué el dispositivo que habíamos
adoptado, cómo estaban distribuidos los hombres y las armas colectivas, en donde estaban las
trampas explosivas y los campos minados, etc., a fin de que se enterase y se asegurase de que
por el flanco de la Loma Shyri, así como por los otros flancos, el enemigo tropezaría con una
muralla y muchas dificultades para romper nuestro dispositivo y tratar de conquistar Tiwintsa.

Al llegar la noche las explosiones, ráfagas y disparos, en distintos frentes, eran permanentes, y
nos mantenían siempre alertas. Los fuegos de hostigamiento de morteros y granadas de fusil
que recibíamos permitían evaluar nuestras posiciones, adaptación cada vez más rápida del
personal al ambiente de combate, adquirir mayor confianza, etc.; eso hacía que el personal se
mantuviera en sus posiciones y listo para enfrentar y rechazar. en cualquier momento, los
ataques del enemigo que se encontraba al frente y a quien escuchábamos conversar, reírse,
gritar, hacer algazara, si cabe el término, mientras nosotros nos manteníamos en silencio y
alertas.

Nuestros morteros de 81 mm también hacían sentir su presencia desencadenando su máximo


poder de fuego para apoyar las acciones de defensa y hostigar igualmente al enemigo, a fin de
quebrar su voluntad de lucha. En cada núcleo de posiciones, ordené que se mantenga un
combatiente de seguridad y vigilancia, durante la noche. Yo mismo me incorporé a los turnos de
guardia de mi núcleo formado por cinco hombres, para la vigilancia nocturna, establecimos un
sistema en que cada hombre hacía una hora de vigilancia y descansaba cuatro, siendo
nuevamente relevado cuando se terminaba la ronda de los cinco, y así sucesivamente hasta el
siguiente día; rotábamos los turnos todos los días, para que todos estuviésemos en iguales con-
diciones. Desde ese día el sistema se mantuvo hasta cuando fuimos relevados del área, a los 41
días. En dichas circunstancias consideré y sabía que el ejemplo que da un comandante a sus
hombres, aun en aquellos pequeños detalles, y compartir responsabilidades en las tropas de
primer escalón o primera línea, permitía un eficiente ejercicio del mando para mantener la moral
elevada, la tranquilidad en los subordinados y motivar su deseo de continuar combatiendo.

Conejo era el nominativo con el cual identificaban a Geovanny Calles. Le dije al soldado Patricio
Nole, mi radioperador, que indicase a Cóndor que Conejo ya no está y que "Demonio" o "Shiry"
estaba al mando, pues ese era mi nominativo de combate.

El primer día de combate lo habíamos pasado sin ninguna novedad, sin ningún herido ni
fallecido, gracias a Dios; esos resultados nos tranquilizaban y mantenían nuestra moral en alto
para seguir combatiendo y para enfrentarnos con lo que viniera. No descartaba la posibilidad de
que el enemigo emplease medios aéreos para bombardear nuestras posiciones; sin embargo
confiaba en nuestros IGLAS, en nuestra Fuerza Aérea.

Las condiciones atmosféricas especialmente el Frío durante las noches y los intensos aguaceros
ponían a prueba la Férrea Formación, entrenamiento y preparación de los comandos-
paracaidistas y de los soldados ecuatorianos.

Por los Fuertes aguaceros el Río Tiwintsa había crecido y se había llevado algunas minas de un
cercano campo minado. Ordené a mis hombre que se mantuvieran alertas y descansaran:
posiblemente el siguiente día iba a ser muy duro, nos lo imaginábamos. Los centinelas y
hombres de seguridad disparábamos, durante la noche obscura, en momentos en que algún
ruido sospechoso era percibido. El golpeteo de las hojas no permitía distinguir los ruidos por dife-
rentes causas, como por posibles infiltraciones de personal enemigo. El tiempo eran propicios
para ese tipo de acciones y por eso teníamos que disparar pequeñas ráfagas rasantes para
prevenir cualquier intento de infiltración nocturna enemiga.

Supongo que pocos Shyris podíamos dormir en dichas circunstancias. Durante toda la noche se
escuchaban explosiones, disparos, ráfagas, etc. Sin embargo, en la reducida e incómoda
posición que compartíamos tres de los miembros del núcleo comando durante la noche, mientras
uno cumplía su turno de guardia, dos dormíamos o descansábamos dentro de ella..

Recordaba entonces a los valerosos y estoicos soldados ecuatorianos de 1941, quienes en


reducidos grupos, de 20 y 30 hombres, defendieron hasta el fin de sus vidas sus posiciones en
recónditos, lejanos e inaccesibles destacamentos militares. Su misión era la de vigilar y proteger
nuestra línea de frontera. Murieron con honor y dignidad ante unidades enemigas
numéricamente superiores.

Hoy, nuevamente, el enemigo volvía a aplicar el mismo principio de la masa. Gran cantidad de
efectivos se estaban utilizando para tratar de conquistar lo que se les había vuelto una obsesión
¡Tiwintsa! los actuales Shyris, somos un tanto diferentes a los de aquella época, en cuanto a
formación y preparación profesional, disposición de armamento y recursos modernos; mejor
disponibilidad de los comandantes y de los líderes militares, y un contexto político favorable para
poder cumplir con nuestra sagrada misión.

Estoy seguro de que, actualmente, muchos de nuestros compatriotas desconocen estas gestas,
o no les interesa ni les provoca sentimiento alguno de reconocimiento y gratitud para con
aquellos ignorados hombres que día a día, y en silencio, justificaban su existencia sobre este
mundo y que, al igual que los de ahora, generosos, ofrendaron su vida. Mi eterno
agradecimiento, admiración, respeto y comprensión para ellos. ¡Viva la Patria!
Al siguiente día, el combate se inició en las primeras horas de la mañana; más violento que el de
el día anterior. El fuego especialmente de morteros, era nutrido y concentrado.

El tiempo transcurrido nos había permitido mejorar las pocas posiciones existentes y construir
otras que hacían falta. La munición, granadas de mano y de morteros de 60 mm y las raciones
de clase I (alimentos) eran suficientes.

El comportamiento de mis Shyris era un poco más tranquilo que el día anterior. Todos estaban
con más serenidad y confianza a pesar del fragor del combate y el éxito alcanzado hasta el
momento, al mantener nuestras posiciones sin haber sufrido ni una sola penetración enemiga,
motivaba y mantenía la moral de la gente en alto.

Constantemente tomaba contacto físico con mis oficiales y Shyris, especialmente con los
jóvenes aspirantes, a fin de irradiarles e infundirles tranquilidad y confianza, con mi presencia,
para que no se sintieran abandonados. Este es uno de los principios del Don de Mando que
debía aplicar para incidir positivamente en mis combatientes.

Daba gracias a nuestro Dios porque hasta el momento nos manteníamos relativamente bien y en
condiciones de continuar combatiendo, pues no habíamos sufrido ningún herido, ninguna baja;
tal vez uno que otro combatiente con miedo e impacto psicológico, sin mayor importancia.

No disponía de información sobre la situación que se estaba viviendo hasta esos momentos en
los otros frentes. El mantenimiento y limpieza de las armas, aprovechando los momentos de
relativa calma, era fundamental, a fin de garantizar su óptimo funcionamiento en aquellas
condiciones adversas para el material.

El cabo Tito Guerrero, me informó que dos o tres cuerpos de los combatientes enemigos dados
de baja, el día anterior, habían sido recuperados durante la noche por sus compañeros, así
como también su armamento individual, granadas, munición, que era lo que mis hombres
querían conseguir para posteriormente poderlo lucir como un "trofeo”. Uno de los soldados
enemigos fallecidos, no había podido ser recuperado por sus compañeros, por estar muy cerca a
nuestras posiciones y donde teníamos activadas varias trampas explosivas, siendo abandonado.
Posiblemente aquel combatiente enemigo caído en combate, había sido alcanzado por una de
nuestras granadas de mano mientras pretendía incursionar, conjuntamente con otros compañe-
ros, sobre nuestras posiciones. El cuadro que presentaba era muy desgarrador, pues tenía su
cabeza desprendida de su caja toráxica, en la parte anterior y, reposaba hacia atrás aplastada
por su cuerpo. En esos momentos no descarté la posibilidad de que el enemigo hubiera dejado
una trampa "caza bobos” por lo que ordené que no toparan dicho cuerpo, por ningún motivo,
hasta después, a fin de evitar posibles bajas en mi personal.

El volumen del fuego desencadenado por el enemigo sobre nuestras posiciones me llamó la
atención, debido a que era el mismo volumen y en ocasiones hasta mayor, en comparación con
el día anterior, cosa que no es normal para una sola fuerza que ataca en primer escalón,
preparada y abastecida para una sola jornada de combate; por tanto pensé que el enemigo que
nos estaba atacando eran los batallones anti-subversivos, que se conocía estaban operando en
el área y que son considerados como fuerzas de élite que aplican tácticas y técnicas propias, por
su naturaleza, solo que esta vez, lo hacían con un adversario equivocado, contra un ejército
profesional. Así también consideré que el enemigo podía estar empleando a sus fuerzas re-
gulares o de selva, por oleadas de ataque. Esto lo comprobaron nuestras tropas del Escalón de
Seguridad: las fuerzas enemigas atacaron efectivamente empleando el mencionado
procedimiento.

Aproximadamente a las once horas, el teniente Xavier Ortiz, y su patrulla "Gruta", que venía de
abastecer a los combatientes de los Puestos Avanzados de Combate, en Montañita y Base Sur,
al regresar y venir replegando hacia Tiwintsa, combatiendo bajo la presión de fuerzas enemigas,
numéricamente superiores, tuvieron combates de encuentro con otras fuerzas enemigas que
replegaban, con gran cantidad de bajas y heridos, luego del ataque inicial a nuestra base para
dar paso a sus fuerzas de la segunda oleada que venían presionando por dicha avenida de
aproximación a nuestra patrulla, la que al verse amenazada por los dos frentes, se vio obligada a
eludir al enemigo rompiendo el contacto al utilizar una quebrada, para luego bordear por el oeste
a Tiwintsa y salir al sector de La Emboscada.

Por situaciones del combate, alrededor de las trece horas, la patrulla "Gruta" que traía tres
combatientes heridos, producto de los combates ocurridos en Montañita (el soldado Lindao. el
cabo segundo Cabrera Jairo, y el cabo primero Solís Moreira Gabriel, éste último el más grave),
cayó en una trampa explosiva delante de uno de los frentes del puesto La Emboscada, que
ocasionó la muerte de cinco de sus combatientes. El cabo primero Solís Gabriel, fue
nuevamente herido. Moriría horas más tarde en Tiwintsa, el resto de la patrulla lograron ingresar
a nuestro dispositivo y recibir el auxilio y atención médica requeridos e inmediatos.

Nos enteramos de lo sucedido en El Maizal y Trueno Dos, siendo los resultados adversos para
nuestras tropas al sufrir varios muertos y heridos. Sin embargo, estábamos motivados para
continuar defendiendo nuestras posiciones, pues todo combate arroja resultados previstos.

Mi más sentido reconocimiento y homenaje a los valerosos y temerarios compañeros


combatientes que acabo de nombrar, quienes en cumplimiento de su deber, para garantizar la
Soberanía Nacional de nuestro país, ofrendaron sus vidas. Estamos en la obligación de
recordarlos por siempre, reservándoles un merecido lugar en la historia para que vivan eterna-
mente como los modernos héroes, defensores de la Patria.

A pesar de que el enemigo nos había golpeado duro en aquellos sectores, hasta esos momentos
no había logrado su propósito ni lo lograría, a pesar de su poderío bélico manifiesto.

En la noche del veintidós y madrugada del veintitrés de febrero de 1995, hizo su aparición en el
campo de batalla la poderosa y letal Artillería Ecuatoriana, con sus lanzadores múltiples BM-21,
cuyos efectos disuadieron definitivamente al adversario de pretender continuar con su plan de
conquistar Tiwintsa y tratar de imponernos sus condiciones para cerrar la frontera en el sector de
la Cordillera del Cóndor, de acuerdo con sus tesis y pretensiones que consideran suyo el gran
potencial de recursos naturales existentes en esta zona.

Mientras tanto los Shyris, en nuestras posiciones, nos manteníamos alertas, escuchando y
sintiendo las explosiones y detonaciones de aquellos mortíferos y devastadores cohetes que
estaban impactando en algún lugar ocupado por el enemigo. Sospechábamos de los electos que
dicho fuego estaría provocando en aquella área, destruyendo todo lo existente, sembrando
muerte, desolación y terror... Pensaba en nuestro adversario.

El temor nos hizo estremecer al recordar que las fuerzas adversarias disponían de un material
de iguales características que el que estábamos empleando en esos momentos. Nos
imaginábamos lo que podría acontecer, en el supuesto de que el enemigo llegase a emplearlo
sobre nuestras posiciones: sería un completo exterminio; sin embargo, conocíamos que el
enemigo no contaba, hasta ese entonces, con dicho mortífero armamento para emplearlo en la
zona, lo que nos proporcionaba una relativa tranquilidad.

Habíamos pasado otro día sin novedad en nuestro sector, sin ninguna baja en combate ni fuera
de él, al contrario: la adaptación al combate, por parte de los Shyris, era cada vez mejor y
tranquilizadora, pues estábamos cumpliendo adecuadamente la misión de negarle al enemigo la
posibilidad de romper nuestro sistema defensivo y conquistar Tiwintsa.

La intensidad del combate del veintitrés de febrero por la mañana fue realmente elevada, furiosa,
como si el enemigo tratara de aprovechar su última oportunidad de conquistar lo inconquistable,
agotando todos sus recursos bélicos disponibles y más que todo tratando de alcanzarlo con una
tropa psicológicamente disminuida y afectada, que no estaba adecuadamente preparada para
enfrentarse a un escenario adverso y cruel como ellos mismo lo catalogaron al compararlo con el
propio infierno.

Estábamos demostrando que el enemigo no pudo lograr su objetivo, y, lo que es más, tuvo que
retirarse sufriendo graves pérdidas y con la vergüenza de haber sido derrotado por un ejército al
que minimizó, subestimó, sin considerar que éste, aunque con recursos limitados y algunas
deficiencias, está sustentado en el profesionalismo y en la voluntad de sus miembros y, sobre
todo, en el apoyo incondicional de todo el pueblo ecuatoriano.

En la tarde disminuyó la intensidad del combate y bajé al Puesto de Mando (PM), para atender a
un llamado de mi teniente coronel de E.M.C. Jorge Costa, comandante de Tiwintsa: debía darle
parte personalmente sobre la situación en el sector de nuestra responsabilidad, y participar en
una reunión de comandantes subordinados para coordinar futuras acciones tácticas.

Mientras bajaba al Puesto de Mando, acompañado por dos de mis hombres: el sargento
segundo Galárraga César, y el cabo segundo Jumbo José, iba viendo y saludando a mis Shyris,
dándoles ánimo, seguridad y confianza; me sentía satisfecho por su rendimiento y valor que
hasta el momento habían demostrado.

Al terminar de bajar y aproximarme al Puesto de Mando, fue cuando realmente mi tranquilidad y


estado psicológico se estremecieron. Sentí que toda mi fortaleza anímica había sido lacerada al
pasar por el puesto de socorro y oír los quejidos y gritos de dolor de nuestros heridos, ver las
condiciones en que se encontraban: mojados, enlodados, ensangrentados, como el cabo
primero Agustín Anchico, robusto, valiente y temerario combatiente de nuestras Fuerzas
Especiales, quien con su desgarradora fractura expuesta en su pierna, su cara despedazada e
hinchada y su abdomen perforado por esquirlas, soportaba intensos dolores que horas más
tarde lo llevarían a la presencia del Creador. Así también el cabo primero Rodríguez, con una
fractura expuesta que al momento, estaba increíblemente agusanada y otros valientes
combatientes mal heridos, estaban siendo atendidos por nuestro valiente y eficiente personal de
sanidad militar, de acuerdo a las posibilidades existentes.

El punto de recolección de muertos se lo había improvisado cerca del puesto de socorro, junto al
Puesto de Mando. Allí se tuvo que enterrar provisionalmente, hasta que llegaran los helicópteros
a recogerlos, los cuerpos de nuestros combatientes fallecidos: el del teniente Geovanny Calles,
que había sido recuperado el día anterior por una de nuestras patrullas de reconocimiento y
combate. El enemigo le había despojado de su fusil lanzagranadas HK-33, su equipo individual,
su pistola y su casco; pertenencias bélicas que seguramente fueron consideradas como trofeos
de guerra y que orgullosamente poseía éste valiente y temerario héroe; el cuerpo del cabo
segundo Solís M. Gabriel, cabo primero Anchico M. Agustín, cabo primero Ángulo R. Fenicio,
cabo primero Villacís M. Alonso, cabo segundo Montesdeoca M. Gonzalo, y el de otros valientes
caídos, para evitar posibles epidemias y, más que todo, evitar el impacto psicológico, negativo
en las tropas.

Escenas desgarradoras e impactantes; sin embargo, esa era la dura realidad que se vive en
combate.

Cuadros deprimentes que me exigían recurrir a toda mi fortaleza y auto motivación para
sobreponerme y aceptar los horrores de una guerra. Sentí miedo, dolor, angustia, tristeza,
compasión, rebeldía, ira. Por primera vez me sentí tan contundido e impresionado.

Hasta entonces no había enfrentado momentos tan duros. Objetivamente comprendí el alto
costo de una guerra.

Los médicos y enfermeros, entre ellos el valiente y decidido Dr. Ernesto Salazar, ciudadano con
un alto sentido patriótico y cívico, hacían lo que podían para mantener con vida a aquellos
valerosos soldados heridos.

Pensé en cómo estaría afectando aquella realidad a la moral de los demás combatientes. Esas
son las heridas que marcan para siempre a un veterano y lo hacen especial e incomprendido,
porque llega a conocer realmente el misterio que existe en el interior de cada ser humano.

La visita al Puesto de Mando fue un tanto dura; sin embargo sabía que el impacto sufrido pasaría
con el tiempo.

Se realizarían reconocimientos hacia el frente en las primeras horas del siguiente día. El
sargento Segundo Guatatuca, el cabo primero Tito Guerrero, y cuatro arutams, todos hombres
expertos en selva, fueron designados para realizar un pequeño reconocimiento, para obtener
información sobre el adversario, debido al notorio descenso de intensidad del combate por parte
del enemigo. Se supo posteriormente que éste se había replegado.

Se escuchaban ráfagas, explosiones y disparos esporádicos, en la lejanía; sin embargo nos


manteníamos vigilantes y atentos, a fin de no dejarnos sorprender, una vez más, por alguna
artimaña enemiga.

Las muestras de cansancio y fatiga empezaban a aparecer en el rostro de los combatientes. Es-
tábamos demacrados, bajos de peso, un tanto cansados debido a las violentas jornadas de
combate pasadas, preocupados. El sargento segundo Zambrano David, se veía afectado todavía
por el impacto de la muerte de su comandante el teniente Geovanny Calles Lascano.
Tratábamos de ayudarle a superar la crisis que estaba atravesando; a pesar de ello cumplía con
todas las tareas asignadas; demostrando un alto sentido de responsabilidad. No queríamos que
se derrumbase anímicamente y lo reanimábamos constantemente.

Algunos de los pasajes descritos por Erick Mana Remarque, en su obra "Sin novedad en el
frente", se asemejaban a los que estábamos viviendo en estas circunstancias.

Las horas transcurrían en medio de una calma y silencio absolutos, pues temíamos que el
enemigo intentara otro sorpresivo ataque; sin embargo, aprovechamos para inmediatamente
reforzar y aumentar las alambradas, revisar y reemplazar las trampas activadas, con mucho
cuidado, pues no queríamos que se produjeran bajas en nuestros combatientes y menos en
tales condiciones.

Los combatientes se encontraban más tranquilos y relajados, continuaban fumando como que el
mundo se iba a acabar, pues la ansiedad y el nerviosismo que sentían aún no pasaban mientras
que aparecía el slogan, entre la gente, sobre el único cigarrillo que les acompañaba: "BELMONT.
auspiciante oficial de Tiwintsa 95". En esos momentos, el sentido del humor jugaba un papel
muy importante para ayudar a recuperar el buen ánimo de todos y mantener la moral siempre en
alto, como hasta entonces se la había mantenido.

La disciplina y el tesón puestos de manifiesto por los combatientes de nuestro Ejército son el
resultado de un sistema educativo militar adecuado, de un profesionalismo y una convicción
desarrollado y fomentado con mística militar, a lo largo de varios años en nuestros cuarteles,
dependencias e institutos.

Dialogaba con mis oficiales e intercambiábamos experiencias hasta esos momentos vividas por
cada uno de nosotros, comentábamos sobre el comportamiento y desempeño de nuestros
hombres durante los combates.

No descuidábamos la seguridad, y a cada momento recordábamos a la gente que debíamos


estar alerta y no confiarnos, porque todavía el enemigo podía reiniciar el ataque en cualquier
momento. Tampoco dejábamos de mejorar las posiciones así como de realizar los
reabastecimientos logísticos, a pesar de que los de clase I, casi no se habían consumido, pues
el hambre, en los días de combate, no tuvo cabida y se alejó para no formar parte de aquella
infernal contienda bélica.

El casco y fusil, nuestros más fieles e inseparables aliados, recibían tratamiento y cuidados
especiales; debían estar siempre listos y a punto, pues eran toda nuestra vida en ese mundo
hostil y terrible, donde la vida está constantemente en juego.

Nos preguntábamos sobre la Comisión de Observadores de los países garantes y el


cumplimiento de su misión de paz que aún no había empezado a desarrollarse, creando
incertidumbre, dudas y desconfianza en nosotros.

La tensión estaba cediendo poco a poco y las manifestaciones de relativa tranquilidad iban
apareciendo en los diferentes núcleos defensivos de los Shyris. Empezaron a preparar comida
caliente aprovechando la tapa más grande de la vajilla individual de cada combatiente o el
servicial jarro de combate, complementando el sistema culinario con aquellas codiciadas velas o
pastillas de carburo, para no producir humo, que traía cada ración de combate, y que permitieron
proporcionar unas exquisitas sopas maggis, calientes y reconfortantes cafés, suculento arroz un
tanto quemado o a veces falto de cocción y duro, en otras, acompañado con el infaltable dúo
marino: atún y sardina; hasta una espesa y blanca avena en leche, endulzada con trozos de
panela morena; en fin, un variado menú caliente, eso sí, luego de eterna espera; y si a las velas
no les entraban las ganas de esfumarse. Estos manjares nos producían un merecido bienestar
luego de tantos días de consumir galones diarios de agua, jugo yupi, caramelos, pinol, habas
tostadas, tostado y chicles.

La copiosa lluvia, como siempre, nos acompañaba. Cuando se consideraba que el encuentro
con patrullas enemigas ya no podría ser inminente, salió una patrulla de seguridad, al mando del
capitán Andrade Ger, con seis combatientes y aproximadamente quince compañeros heridos
que estaban en condiciones de ser evacuados a pie, hasta Montúfar.
Iban a necesitar de todas sus fuerzas y voluntad para vencer, en las precarias condiciones en
que se encontraban, a aquella inhóspita orografía, totalmente accidentada: picas que atraviesan
ríos, quebradas, áreas anegadas, inmensas rocas, soportando condiciones atmosféricas
adversas con intensas y continuas lluvias y la posibilidad de encuentro con patrullas enemigas
infiltradas que dificultarían o impedirían su penoso avance para lograr la distante área de
retaguardia y recibir la atención médica oportuna y necesaria.

Los demás heridos, los más graves y moribundos, debieron esperar que entraran nuestros va-
lientes pilotos: los mayores Jorge Villegas S., Fausto Peñaherrera C., Patricio Oña V.,
compañeros de la Promoción 76 y otros sobresalientes oficiales pilotos con sus helicópteros;
máquinas en armoniosa fusión con el espíritu intrépido del soldado del aire, convertidas en
mitológicos seres del avance tecnológico actual. Cumplieron con arrojo y gallardía sus misiones
de rescate y evacuación aeromédica: fueron evacuados además nuestros héroes inmolados.
Habían dejado su existencia en aquellos parajes, como testimonio de la grandeza y generosidad
de los soldados ecuatorianos, hijos de un pueblo noble, valiente y decidido. ¡Viva el Ecuador!

CAPITULO V
El honor y la dignidad a cualquier precio

De repente se empezó a percibir en la posición un olor fuerte, fétido y nauseabundo, producto de


la descomposición orgánica del cuerpo de aquel desdichado combatiente adversario caído en
combate. Por primera vez la mayoría de nosotros estábamos identificando y conociendo el olor
de la muerte en combare y desde ese momento quedó arraigado para siempre en lo más íntimo
y profundo de nuestro ser.

Las coordinaciones diarias realizadas en el Puesto de Mando, bajo la dirección de mi teniente


coronel Jorge Costa, sobre las actividades tácticas que habíamos de desarrollar se decidían con
el asesoramiento de la mayoría de los jefes de los diversos sectores de responsabilidad.

Las misiones de escudriñamiento y combate, que realizarían nuestras temerarias unidades de


operaciones especiales, como la Compañía de Operaciones Especiales No 17 al mando del
señor mayor de Caballería Edgar Narváez G. "Papá Oso", el Grupo Especial de Operaciones
"ECUADOR" al mando del señor mayor de Comunicaciones Eduardo Vaca, y del señor mayor de
Caballería Blindada Freddy Narváez G. "FROSNAGO", y otras patrullas, con la finalidad de reto-
mar el contacto con el enemigo y obtener información sobre las actividades de éste.

Conforme pasaban los días se iba aclarando la situación y se confirmaba la victoria militar de
nuestro país sobre los invasores. El enemigo se estaba replegando a su territorio; sin embargo,
teníamos que continuar alertas para evitar que otra vez nos volvieran a sorprender con una
nueva ofensiva. Una relativa tranquilidad, nos permitía a todos, recuperarnos física, anímica y
espiritualmente.

Explosiones, ráfagas y disparos se escuchaban en la lejanía, producto de combates de


encuentro entre el enemigo en retirada y nuestras patrullas de combate.
Los Shyris empezábamos a descongestionarnos. Las actividades de mejoramiento de las
posiciones, alambradas, mimetismo y bienestar del personal, recibieron mayor atención, para
elevar el valor defensivo de nuestra posición y estar en mejores condiciones para operar en el
futuro.

No nos habíamos equivocado al catalogar al Perú como no confiable, deshonesto, incumplidor


de los compromisos, pues el desleal y traicionero ataque luego de su "Declaratoria unilateral del
Cese de Fuego" y la firma de la "Declaración de Paz de Itamaraty", reafirmaban nuestras
sospechas, dudas y desconfianza. Sus acciones demostraban que hacían caso omiso a lo
estipulado en dichos documentos y transgredían el Derecho Internacional.

No sabía ni conocía de la suerte de mis otros compañeros de la Brigada de Fuerzas Especiales


"ELOY ALFARO", quienes habían sido enviados al sector oeste del Río Cenepa. En dicha área
se encontraban los mayores Hegel Peñaherrera, Gustavo Salazar , Hugo Villegas y otros
decididos y valientes oficiales y soldados que, muy probablemente, estarían combatiendo y
cumpliendo la misión de impedir más infiltraciones enemigas hacia las cabeceras del Alto
Cenepa.

Tampoco había tenido noticias sobre mis Shyris que se quedaron dispersos cuando comenzó el
ataque enemigo, ni sobre uno de mis elementos de combate que se quedaron reforzando en El
Maizal, al mando del teniente Ernesto Muñoz, ni de mis Shyris que dejé protegiendo a
"BAIGON", "TRUENO UNO" y cubriendo las picas que convergían en el sector de la elevación
1277.

Confiaba en la veteranía, preparación profesional y en todas aquellas capacidades y


potencialidades que, como combatientes, habían desarrollado a lo largo de toda una vida
dedicada a la milicia, que es una religión de hombres honrados.

El apoyo logístico, especialmente los abastecimientos a repartos y patrullas destacados en los


diferentes puestos avanzados del área de combate, empezaba a volverse crítico,por falta de
medios de transporte. Mi teniente coronel Jorge Costa, me solicitó que le proporcionara un oficial
y quince hombres para brindar seguridad a nuestros valientes y recios jóvenes abastecedores,
quienes, en número de 50, tenían que salir a dejar abastecimientos a las tropas al oeste de
nuestra base.

Partió la patrulla de abastecimientos y seguridad, al mando del teniente Nelson Ortega, con
dirección a: LA EMBOSCADA - LA PIEDRA - ELEVACIÓN 1212, llevando raciones de combate
para nuestros hombres de aquellos Puestos Avanzados. Me incorporé a la patrulla durante el
movimiento. Con mi hombre de inteligencia el cabo primero José Jumbo, y un hombre de
seguridad-mensajero, el sargento segundo César Galárraga "Guaracho", cerrábamos la columna
de marcha.

Avanzaba la patrulla, con todas las seguridades que se adoptan durante los movimientos y
desplazamientos por áreas peligrosas. Las posibles emboscadas, las minas o trampas
existentes, exigían que el personal fuera en alerta y en condiciones de reaccionar inmedia-
tamente ante cualquier situación de peligro.

El terreno selvático en dicho sector, con sus singulares picas y trochas, que serpenteando unas
veces, subiendo y bajando pequeñas elevaciones en otras, recorren paralelamente al Río
Tiwintsa.
Para los Shyris que íbamos por primera vez en dicha dirección a dejar abastecimientos a
compañeros combatientes de aquellos sectores, era la oportunidad para poner a prueba todo
nuestro entrenamiento y conocimientos en situaciones de combates de encuentro, durante un
movimiento. Sin embargo, lo peor para una patrulla, como dije anteriormente, es caer en una
emboscada enemiga, y de eso todos estábamos conscientes, por ello se adoptaron y ejecutaron
todas las medidas de seguridad durante el desplazamiento tanto de ida cuanto de retorno, a las
respectivas bases.

Cruzamos nuestro puesto avanzado de combate denominado "La Emboscada", debido a que la
pica estaba totalmente anegada, el movimiento era lento, todos íbamos muy atentos, en el
mayor silencio que la situación lo permitía, imaginando cosas y situaciones propias del momento.

Durante el trayecto, desde "La Emboscada" hasta "La Piedra", en algunos lugares de posibles
campos minados, reconocíamos e identificábamos claramente aquel penetrante e impactante
olor a muerte, seguramente de algunos valientes que pagaron el precio exige toda empresa
bélica y que pasarán, indudablemente, a formar parte de la lista de combatientes desaparecidos
en combate. Al llegar a un punto cercano al lugar donde creíamos que era el sitio denominado
"La Piedra", fuimos sorprendidos por un "¡ALTO, QUÍEN VIVE!". Era el puesto de seguridad de
aquella porción.

Al identificarnos como tropas propias y comprobar que todo estaba en orden, el personal de
dicho puesto de seguridad dejó pasar a la patrulla, de aproximadamente 70 hombres, hacia la
elevación 1212, para cumplir con su misión de abastecimiento.

Para el ascenso hacia la posición del capitán Jorge Merino, que se encontraba en la cima de la
anteriormente mencionada elevación, la patrulla hizo un giro de 90o a la izquierda. La subida fue
lenta y dura, especialmente para el personal de abastecedores.

Las condiciones de la pica, totalmente empinada, resbaladiza, eran muy adversas; a esto se
sumaba el peso de los abastecimientos, la incomodidad de éstos, el fusil de cada hombre, lo
cual exigía un gran esfuerzo físico por parte de los jóvenes reservistas.

Al llegar a las inmediaciones del sector de la posición del capitán Merino, igualmente se procedió
a la identificación de las tropas de ambos lados, mediante el uso del "santo y seña" y de la
"contraseña". Hecho esto procedimos a la entrega y recepción de los abastecimientos.

Con alegría y regocijo todos intercambiamos saludos, abrazos, sonrisas, gestos de camaradería,
noticias; en fin, un sin número de manifestaciones de afecto y solidaridad. Tomé contacto con los
oficiales de aquella posición.

Saludé con varios combatientes amigos, conocidos y desconocidos. Me informaban sobre las
últimas actividades nuestras y de "rojos", en el área; me enteré de los últimos combates en el
sector y de cómo fue herido en el brazo el comandante de la posición -capitán Jorge Merino-
quien al momento estaba recuperándose.

Esta posición disponía de un helipuerto improvisado y un gran dominio de observación,


especialmente para alertar sobre la aproximación de aéreos. El dispositivo de la base permitía
cubrir la avenida de aproximación que venía desde la "Y".

Luego de entregados los abastecimientos y de que el personal hubo descansado un poco, la


patrulla se reorganizó para retornar a Tiwintsa, con iguales precauciones que a la ida, todos nos
despedimos y nos deseamos buena suerte. El retorno fue más fácil y ligero, pues el peso inicial,
seguramente, ya estaba siendo muy bien aprovechado por los compañeros de la 1212 y
posteriormente lo sería por los otros puestos que se encontraban más adelante, a los que
abastecerían más tarde, desde dicha posición. El importantísimo papel que cumplían aquellos jó-
venes reservistas, los estaba convirtiendo en valientes y temerarios abastecedores, quienes, a
través de las escabrosas y peligrosas picas conducían los abastecimientos: raciones,
municiones, armas, pertrechos, el correo, periódicos y otras vituallas, a los combatientes de los
puestos adelantados que se mantenían valerosamente ocupando los diferentes puntos críticos
del sector.

Estos jóvenes abastecedores, a quienes cariñosamente conocíamos como "mulitas", fueron


emboscados en muchas ocasiones durante sus desplazamientos, y se veían forzados a combatir
con patrullas enemigas, mas su misión de mantener el flujo logístico, siempre fue cumplida. Por
tales razones, mi gratitud y reconocimiento, leal y sincero, por su valentía, arrojo y entrega. Una
demostración de heroísmo y patriotismo de nuestra juventud ecuatoriana, de nuestro pueblo.
Ciudadanos de los estratos sociales medios y bajos, muchachos de la calle, de los cordones de
miseria, que sintieron la necesidad de justificar mi existencia en este mundo, y ésta fue una
brillante oportunidad de demostrar su ejemplo, su ecuatorianidad su amor por esta tierra que los
maltrata, los descuida los margina y no los protege la mayor parte del tiempo

¿Dónde estaba nuestra juventud de las clases sociales media alta y alta? Gran parte de estos
compatriotas estuvieron ausentes del frente de combate, de las unidades de reservistas, de las
unidades movilizadas, de las fuerzas de resistencia y de cooperación cívica. No demostraron
una actitud guerrera adecuada y decidida para apoyar a sus Fuerzas Armadas y defender el
territorio nacional que es de todos. Los soldados arriesgamos y hasta entregamos nuestra vida
para que nuestros compatriotas vivan en paz y armonía.

Si todos los ecuatorianos nos esforzamos y contribuimos con lo que nos corresponde cumplir,
estoy seguro de que los soldados de la patria morirán tranquilos y con honor, y no vociferando,
maldiciendo y sintiéndose hábilmente utilizados.

Poquísimos jóvenes de las clases pudientes, infelizmente, se presentaron a ofrecer su


contingente e ir al frente a defender su Patria, por lo que quiero expresar mi repudio a dicha
actitud, como un soldado que se sintió un tanto abandonado por los miembros de uno de los
estratos sociales, que también integran la sociedad ecuatoriana.

Sin embargo, dejo sentado en estas líneas, con enorme y emocionado sentimiento de soldado,
el agradecimiento a aquellos jóvenes que, aunque deficientemente entrenados, pobremente
equipados y psicológicamente desatendidos, cumplieron con honor, valentía y patriotismo la
fundamental misión de mantener y agilitar, en muchas ocasiones, el vital flujo logístico para las
tropas que estaban en combate; para que las generaciones futuras los admiren, reconozcan e
imiten su ejemplo.

La llegada a Tiwintsa de un escuadrón de combatientes, procedentes de la Brigada de Selva N°


17, el 28 de febrero de 1995, al mando del señor teniente coronel de Estado Mayor Huberth de la
Rosa, y su inmediata distribución, tendiente a reforzar a los diferentes frentes, proporcionó
mayor confianza y seguridad.

En la noche de aquel día se desarrolló lo que parecería un verdadero combate como


consecuencia del estado de tensión de los combatientes recientemente llegados, produciéndose
lo que se dio por conocer como la "guerra de nervios" o "guerra de las luciérnagas", donde todo
mundo disparaba. El enemigo, en su retirada, también aprovechó las circunstancias para
emplear sus morteros sobre Tiwintsa.

Es que en la guerra todo puede pasar; solo una leve reacción equivocada de un centinela
nervioso, ante la sombra de un bulto, rama, arbusto, etc., en la obscuridad, es suficiente para
que se desate una verdadera batalla. Eso fue lo que aconteció en aquella noche; sin embargo, al
siguiente día, hasta con sonrisas en los labios, se comentaban los acontecimientos. Uno de los
sargentos nuevos, que había llegado a la "Loma Shyri" él solo, había consumido cuatro
alimentadoras de 30 cartuchos cada una y cinco granadas de mano en su combate individual,
ante un enemigo que tan solo en "su realidad" enfrentó.

Ventajosamente esta experiencia no ocasionó mayores inconvenientes, al contrario, permitió


sacar puntos de enseñanza en varios campos como en la coordinación y control, en la
preparación psicológica de las tropas para el combate, en el entrenamiento, etc.

Los pasajes de ciertas lecturas sobre la guerra en Vietnam, en Laos, en Camboya y otros sitios,
me hacían imaginar y comparar lo semejante de algunas experiencias que los Shyris estábamos
viviendo durante los desplazamientos por las picas y trochas y durante la permanencia en el
área de combate.

Las botas llaneras VENUS -"siete vidas"- que calzábamos todos los combatientes,
implementadas en dicha ocasión, realmente fueron un recurso totalmente positivo: nos protegían
de las condiciones del suelo que era extremadamente húmedo, anegado y fangoso; sin
embargo, para el comandante Shyri en particular, fueron el depositario secreto de su estado
psicológico controlado, materializado en abundante líquido láctico que se desprendía y eliminaba
de su estructura orgánica, en una simbiótica y sincrética relación psíquico-corpórea, que permitía
mantener su equilibrio y control emocional en un buen nivel, en momentos de gran presión psi-
cológica.

Se avizoraban tiempos de paz, de distensión. Sin embargo, nos sentíamos renuentes a creer y
aceptar que el adversario se hubiera retirado del área de combate, abandonando su arraigado
deseo expansionista, su actitud prepotente y arrogante; o es que, realmente, había sentido el pe-
so de la derrota. Una derrota cuya posibilidad nunca habían considerado en sus previsiones ni
en su planificación y conducción militar.

Una mañana, aprovechando que los ingenieros de combate, que estaban en apoyo en la base
Tiwintsa, iban a realizar la marcación del campo minado que teníamos activado frente al sector
de nuestra responsabilidad, desactivamos nuestras trampas explosivas, y pudimos bajar hasta
las posiciones donde el enemigo había llegado e intentado asaltar nuestra posición defensiva.

Nos acercamos hasta donde yacían los restos de aquel valiente soldado peruano que, en
cumplimiento de su misión, había entregado su vida, conjuntamente con la de otros compañeros
y que al momento estaría constando, ya, en las listas de desaparecidos o muertos en combate,
de su ejército.

Encontramos únicamente su uniforme, su mochila, muy pequeña, de asalto, en la que tenía un


par de zapatillas de lona un tanto usadas, un papel higiénico, un jabón de baño y mucha
munición calibre 7.62: tramos sus restos con sumo respeto. Ordené que se le cubriera
inmediatamente con tierra, se le pusiera una rústica cruz y como buen cristiano me atreví a darle
una temerosa bendición en nombre de Dios, y elevé una plegaria por el descanso de su alma.
Un héroe fútilmente sacrificado por su pueblo.

Llevo en mi conciencia un conflicto por no haber podido hacer un mayor esfuerzo para recuperar
el cuerpo de aquel soldado adversario que murió heroicamente por su Patria, para que fuera
evacuado y posteriormente entregado a su país. Sin embargo, reflexiono sobre la naturaleza y
complejidad de la guerra. Pienso en el Derecho Humanitario Internacional y sus preceptos.

Las experiencias alcanzadas en un combate, y su correlación con lo doctrinario y teórico fueron


extremadamente provechosas y significativas, militarmente hablando; mientras que en lo
personal y humano, todo combate, por pequeño e insignificante que parezca es totalmente
desgarrador, duro, brutal, degradante; empero, parte, al fin, del desarrollo de la imperfecta
sociedad humana.

El bajar al Puesto de Mando a dar parte personalmente sobre la situación que se vivía en la
"Loma Shyri", sea sobre el enemigo o sobre síntomas de fatiga de combate y estado de salud de
los combatientes Shyris o atendiendo a un llamado del comandante de la base para alguna
reunión de Plana Mayor y de comandantes subordinados, nos permitía, a más de enterarnos de
la situación táctica que se vivía al momento, el interrelacionarnos entre todos los comandantes
de los diferentes frentes y obtener e intercambiar noticias del "mundo exterior". Los periódicos y
diarios que con cinco, ocho, diez o más días de retraso nos llegaban, nos mantenían informados
sobre el acontecer nacional, la vida cotidiana de nuestro país y del mundo. Llegaba el correo
lleno de cartas personales, de encomiendas, paquetes, sobres, notas de solidaridad de
numerosas instituciones educativas, de nuestros niños y jóvenes ecuatorianos.

Candorosos e inocentes mensajes, evidenciando la gran unión e integración ecuatoriana con sus
soldados.

Agradezco, en esta oportunidad, a nombre de todos los Shyris, y de todos los combatientes en el
Alto Cenepa, a los centros educativos de mi Patria: Colegio Técnico del Ejército "Abdón
Calderón", Colegio "Sta. Mariana de Jesús", de Riobamba, Jardín de Infantes "La Condamine",
Universidad Católica "Santiago de Guayaquil", Colegio "María Auxiliadora de Quito", Pensionado
"Borja N° 3", Colegio "San Gabriel", Colegio Técnico "Hispano América" y Colegio Nacional
"Bolívar", de Ambato, y muchos otros que, con sus palabras de aliento, contribuyeron a mantener
muy en alto la moral de las tropas combatientes en el Alto Cenepa.

Transcurría el tiempo y ya disponíamos de espacios para leer algunas noticias y periódicos de


días pasados o una que otra revista nacional: Vistazo, Estadio, La Otra, que "caían" en nuestras
manos. En aquellos momentos en que el espíritu necesitaba revitalizarse y fortalecerse, la
lectura, por primera vez, del Nuevo Testamento, aquel librito que se nos entregó en Patuca,
resultó maravillosamente reconfortante. En la comunicación con Dios, en la lectura de su
Palabra, experimentaba lo débil, minúsculo e imperfecto que es el ser humano en su diminuta,
atómica y fugaz existencia. Mi ser se sentía afectado de alguna manera.

En una de las bajadas hasta el Puesto de Mando de Tiwintsa, conversaba con mi gran amigo y
compañero de promoción, mayor de Comunicaciones Patricio "Pollo" Gallardo B., oficial
responsable del sistema de comunicaciones de la base. También le pregunté si sería posible
enviar algún mensaje a mi recordada y querida familia. No lo niego: le pedí que lo intentara y
comunicara que estoy sin novedad, que no se preocupasen, que los amaba y recordaba mucho.
Era agradable y reconfortante en aquellos críticos momentos tener a un compañero, casi un
hermano, con quien conversar asuntos personales, familiares. Me relató la ocasión en que fue
emboscado por una patrulla enemiga, cuando se encontraba recorriendo y patrullando con tres o
cuatro hombres las líneas telefónicas que estaban instaladas desde Tiwintsa hasta la posición
del capitán Merino. Gracias a Dios lograron evitar el combate y salir de tan peligrosa situación
sin novedad.

Considero que no todo el sistema defensivo militar del área tenía un color de rosa: hubo también,
como en todo sistema y en su desarrollo, algunos problemas y deficiencias de diferente índole,
que se pudieron apreciar y que aparecieron -como es lógico suponer en tan compleja y delicada
actividad bélica- durante la permanencia de los Shyris en el área de combate. Se hicieron
evidentes las dificultades en la organización y manejo de los aspectos de personal; ciertos
aspectos de indisciplina, normales por cierto; problemas de adaptación y preparación psicológica
de las tropas para el combate; combatientes mutilados por minas de nuestros propios campos
minados; material y equipo de abastecimientos inapropiados; inadecuada orientación a los
nuevos combatientes que ingresaban al área de combate, sobre el escenario y las condiciones
meteorológicas. Estos entre otros problemas.

Los países garantes del Protocolo de Río de Janeiro: Estados Unidos, Brasil, Argentina y Chile;
sin embargo nos manteníamos escépticos.

Los días pasaban y se hacía cada vez más evidente la gran victoria militar obtenida por el
ejército ecuatoriano sobre las tropas invasoras sureñas; sin embargo, no debíamos descuidar la
seguridad y protección de las posiciones, áreas y bases en nuestro poder.

Sorpresivamente, un día vi llegar por la pica que conduce desde "La Piedra", a uno de mis
queridos compañeros de promoción, el mayor de Fuerzas Especiales Carlos A. Obando Ch. Fue
un momento emocionante al saludar con nuestro "Pastusito", quien venía desde su sector de
responsabilidad, en las inmediaciones de la elevación 1274, al oeste de la posición del capitán
Merino y al este del Río Cenepa. Llegó exhausto, luego de caminar todo el día bajo intensa
lluvia, empapado, enlodado hasta los ojos y en las condiciones en las que un combatiente se
encuentra luego de una jornada de marcha por aquel inhóspito y peligroso escenario selvático.
Mis Shyris se encontraban más tranquilos y relajados. Se nos habían incorporado, además de
uno de mis elementos que había quedado, días atrás en El Maizal, bajo el mando del teniente
Ernesto Muñoz, aquellos combatientes que dejé para que proporcionaran seguridad a "Baigón".
"Trueno Uno" y cubrieran las picas que convergían a la elevación 1277, al norte de Tiwintsa. Me
regocijé por su retorno sin novedad, y compartimos alegremente mutuas experiencias y de las
tristes circunstancias en que falleció aquel valiente joven reservista en "Baigón"; además me
informaron de su desempeño heroico y valiente en el puesto de combate, que les correspondió
defender con bravura.

Días más tarde tuvo que salir, con permiso, uno de mis Shyris, pues su padre, mientras aquel se
encontraba en combate, había fallecido, lo que provocó en todos nosotros una profunda tristeza.
Nos solidarizamos con nuestro valiente compañero, el cabo primero Trujillo A. Gilberto. Cosas y
coincidencias de la vida; es la típica "desgracia militar", como se dice en nuestra jerga.

Aterrizó, una tarde, un helicóptero. Pude ver que en él venía mi general Paco Moncayo G.,
Comandante del Ejército de Operaciones, mi general José Herrera, Jefe del Estado Mayor del
Ejército de Operaciones, mi coronel de Estado Mayor José Grijalva Palacios, comandante de la
Brigada de Selva N° 21 "Cóndor" y otros oficiales cuya visita de comando trataba además de
influir positivamente en la moral de sus tropas. Y lo consiguieron: Su presencia proporcionaba
tranquilidad y una cierta alegría, pues todos conocíamos la importancia de aquellos hombres en
la conducción de la guerra y en la valiosa victoria militar obtenida por nuestro ejército en esta
guerra focalizada en el Alto Cenepa.

Reflexionaba sobre el comentario de alguien que, según mi general Paco Moncayo, había dicho:
"Si es necesario, Tiwintsa se convertiría en un Camposanto". Y las fuerzas que la defendíamos
así lo habíamos asumido.

Nuestra ingeniería de combate, al mando del señor teniente coronel de Estado Mayor Mario
Morales, con su personal de oficiales y tropa (teniente Jimmy Mora, subteniente Juan Carlos
Checa, y otros), se encargaba de complementar y reforzar los trabajos de organización del terre-
no y en un determinado momento nadie podía ni entrar ni salir del sector.

La corta estadía de nuestros Mandos en la Base fue positiva: les permitió verificar el estado
anímico de los combatientes y compartir de cerca momentos, realmente históricos, con sus
subordinados. Mensajes, recomendaciones, órdenes, anécdotas, noticias, arengas, felicitacio-
nes, bromas, saludos y una serie de manifestaciones afloraron durante su estadía en el Puesto
de Mando de la Base.

CAPITULO VI
La Patria a salvo, misión cumplida

Recordaba aquella peculiar instalación sanitaria de recepción de excretas, mejor conocida como
letrina, construida a unos cincuenta metros detrás de las posiciones: se podría decir que era una
instalación de "lujo", dadas las condiciones de combate existentes.

Las condiciones de relativa calma permitieron que “acciones psicológicas" sobre nuestras tropas
fueran Positivas y oportunas. La llegada de los psicólogos de la Fuerza Terrestre. Dr. Freddy
Sandoval y Dr. Guillermo Esta vez, con aquellos ejercicios y procedimientos de respiración y
relajamiento, influyeron valiosamente en todos los combatientes. También la presencia de dos
gratos profesionales quiroprácticos, contribuyó grandemente con el proceso de mantenimiento y
elevación de la moral de nuestro personal y de todos nosotros.

El señor Carlos Michelena, actor ecuatoriano, a través de sus videos, con sus divertidas
manifestaciones populares artístico-callejeras deleitó y distendió un poco a los combatientes.

También las sesiones de preparación física, en el improvisado gimnasio <je los Shyris: barra,
planos inclinados, paralelas, pesas, gimnasia con maderos, con fusiles. El saludar un día de
esos, en que me encontraba por el helipuerto, luego de Un reconfortante baño en nuestro Río
Tiwintsa, con Martelo Bravo, mayor de Fuerza Especiales. Seguramente él tendrá su propia
historia y relato interesantes de las experiencias vividas con su unidad, desde el inicio de las
operaciones y combates, en los puestos más avanzados como Coangos, Cueva de los Tayos,
Base Sur, La "Y" y otros de la zona del Alto Cenepa.

El sistema de rotación de las fuerzas combatientes se estaba cumpliendo regularmente, de


acuerdo con lo planificado y con la situación imperante, correspondiéndole al personal de la
ESFORSE salir a retaguardia, luego de cumplir con su misión durante 29 días en el área de
combate: Los jóvenes soldados salían con alegría y con una experiencia militar para continuar
sus estudios y preparación para poder proseguir en la noble carrera de las armas. Los mu-
chachos que habían estado bajo mi responsabilidad en la "Loma Shyri" salieron satisfechos y
agradecidos, pues la función de todo comandante, en cualquier circunstancia, es la de velar por
el cumplimiento de la misión y por el bienestar de sus subordinados y que el ejercicio de su
liderazgo desarrolle en todos y cada uno de ellos un alto espíritu de cuerpo, de responsabilidad y
de auto seguridad en el cumplimiento de sus tareas específicas; además de cuidar que regresen,
en la medida de lo posible, sanos y salvos, como entraron, al cumplimiento de la sagrada misión
de defender el Territorio Nacional, con los riesgos que esto encierra, lo que se logró, felizmente,
para bien y alegría de todos.

Loor a aquellos héroes que, pasaron a la eternidad, donde permanecerán por siempre vigilantes
celosos de que su inmolación y sacrificio no haya sido stériles, vanos o inútiles.

Les llegó el momento del relevo a estas gallardas unidades de combate de nuestro Ejército. Sus
oficiales los mayores Edgar "Loco " Narváez, Ángel "Ch." Proaño, Patricio Terán. Los capitanes
Gonzalo Olmedo, Matías Villalva, Johnny Amores, el teniente Xavier Martínez, el subteniente
Roberto Frías y otros valientes oficiales y tropa que, ufanos y satisfechos, salían orgullosos de
haber defendido aquel pedazo de suelo patrio que misteriosamente encerraba todo el honor y
dignidad de nuestro pueblo.

Sabíamos que su ausencia sería muy corta y que pronto nos volveríamos nuevamente a
encontrar. Disponían a penas de ocho días para salir a visitar a sus seres queridos, retomar
fuerzas y renovar su espíritu, para luego continuar con el proceso de relevos, muy necesarios
para mantener en óptimas condiciones de combate a las tropas. Merecido descanso para estos
guerreros.

Días después, luego de entregar nuestras armas colectivas, munición, raciones, vituallas y
consignas, entregamos nuestras posiciones, nuestra "Loma Shyri", incólume, tal cual la
habíamos recibido: libre de todo atropello y ultraje, a los renovados combatientes de la Escuela
de Selva que retornaron a la zona de combate con nuevos bríos y dispuestos a seguir
defendiendo lo nuestro.

Llegó el día en que los Shyris abandonaríamos el área de combate, (primero de abril de 1995).
Habíamos cumplido con nuestra delicada misión de colaborar, conjuntamente con otros
combatientes del Ejército Ecuatoriano y FF.AA. en la defensa y mantenimiento del honor, dig-
nidad e integridad territorial de nuestro Ecuador.

Así fue como a las 18:00 horas, un helicóptero Super Puma nos exfiltró, en el último vuelo de
aquel día, a los últimos Shyris. Dimos gracias, en silencio, a nuestro Dios que nos había
permitido salir sanos y salvos.

Los días de permiso pasaron fugazmente, y los Shyris nos reagrupamos en las instalaciones del
Fuerte Militar "PATRIA” la Brigada de Fuerzas Especiales "ALFARO", y nos aprestábamos para
ser transportados a Patuca y, desde ahí, a cualquier punto del área del Alto Cenepa; sin
embargo, dadas las circunstancias, no fuimos trasladados a ninguna parte sino que nos mantu-
vimos en dichas instalaciones, preparándonos para cualquier eventualidad, hasta el 10 de mayo,
fecha en la cual nuestra Brigada "ELOY ALFARO" y otras unidades fueron desmovilizadas.

Sin tratar de sobrestimarnos, y sin exceso de optimismo, estoy convencido de que si los
"actuales Incas" pretenden nuevamente intentar alguna agresión armada contra nuestro suelo,
en términos de expansionismo, revancha o "hobby", tendrá primeramente que sumir a sus
compatriotas en una época de miseria, hambruna y sacrificio, por los ingentes gastos en
armamento y material bélico, y el malgasto de los recursos de todo un pueblo que no sabe
cuándo lo irán a sacar de la indigencia y global miseria en que se encuentra, en pago de
costosísimas máquinas de muerte y destrucción, para satisfacer mezquinos intereses personales
o minoritarios, a vista y paciencia de aquella engañada, el Perú deberá comprender, de una vez
por todas, que los Shyris, aunque en interioridad de condiciones, siempre hemos sido decididos
y valientes, y que estaremos "SIEMPRE LISTOS" para nuevamente cumplir heroicamente con
nuestra misión.

Considero que nuestro vecino del sur no ha podido ascender de nivel, dentro de la perfección
normal que todo ser humano, pueblo y sociedad va alcanzando a lo largo de su historia; y más
que aquello, intencionalmente viene incidiendo negativamente, en el desarrollo y evolución de
los demás pueblos de la región, causando un daño egoísta, ambicioso y maquiavélico..

Pienso que acaso el militarismo peruano, con sus cuadros de jefes y oficiales autoritarios,
despóticos e identificados como una casta privilegiada, prepotente -y no como pueblo en
uniforme- haya considerado al pueblo ecuatoriano, al pueblo Shyri, como un ingenuo útil; a fin de
perennizar su sobredimensionada existencia y organización, aprovechándose de su capacidad
provocadora y amenazante hacia todos los países de la región y justificar, ante su pobre pueblo,
su irresponsabilidad y sobrestimada presencia.

Me pregunto: ¿Necesitará ese pueblo hermano, atrasado, oprimido, pobre, marginado en su


mayoría, de la presencia de tan poderoso y desmesurado ejército?

La Seguridad Nacional para el desarrollo de un pueblo, conceptualizada como seguridad


equilibrada, de acuerdo con la magnitud y tipo de amenaza, requiere igualmente de un poder
militar coherente y en función de dichas amenazas, y no más que el necesario.

¿Quién les garantiza que, en un nuevo enfrentamiento bélico obtengan una victoria total, fácil y
contundente? Podrían obtenerla. ¿Será acaso tolerable que algún ser humano de este siglo
continúe conformista y en condiciones de soportar pasivamente ultrajes y comportamientos
infundados y de mala fe?

¿Hasta qué punto el pueblo ecuatoriano ha podido anteponer su desarrollo a su seguridad, y


dedicarse totalmente, en un ambiente armonioso y humano, a la búsqueda y logro de una vida
pacífica, digna, justa, feliz para todos sus ciudadanos, a tal punto que fuese sanamente envi-
diado e imitado por otros pueblos hermanos de la región y del mundo?.

Nos hemos visto obligados a realizar gastos, aunque pequeños, para seguridad extra. Nos
obligan y presionan a tener unas FF.AA. preparadas y alertas, acordes con el tamaño de la
amenaza creciente; cada vez más nos obligan a retrasarnos, nos impiden avanzar,
perfeccionarnos, ser felices. Niegan a nuestros hijos, como negaron a nuestra generación, la
tranquilidad y la paz, así, un sinnúmero de efectos negativos, causados por la actitud proterva,
astuta, prepotente, intransigente por parte de éste país llamado Perú. No pretendo expresar el
pensamiento militar ecuatoriano, sobre el tema sino el pensamiento de uno de los miembros de
esta gallarda y noble Institución.

Por último, me atrevería a decir que hasta ahora, el pueblo ecuatoriano y posiblemente una parte
de los miembros de la Institución Armada -ojalá me equivoque- no han logrado asimilar
plenamente el significado e importancia de los acontecimientos desarrollados en el sector del
Alto Cenepa, y la gran Victoria militar allí alcanzada por nuestro Ejército y F.F.A.A. en aquella
gesta se puso de manifiesto la preparación y la formación ético-militar el profesionalismo.

Mi reconocimiento sincero y admiración a la Aviación del Ejército, por el excelente desempeño


de sus intrépidos y valientes pilotos: a la Artillería de Campo y Antiaérea, por su intervención
oportuna y decisoria en el área de combate: a la Ingeniería de Combate, por su despliegue
protector en apoyo a las operaciones: a las Comunicaciones, por su brillante trabajo de enlace,
estructurado y mantenido durante la campaña: a Sanidad Militar, por su denodada y oportuna
actuación en beneficio de nuestros combatientes heridos: a los Servicios de nuestro Ejército y
sus valientes abastecedores, por su sacrificada, incansable y vital labor logística: a nuestras
Fuerzas Especiales que brillaron y pusieron de manifiesto el alto nivel profesional del
combatiente ecuatoriano, del Shyri contemporáneo: a la Fuerza Aérea Ecuatoriana que con su
profesionalismo y serenidad irradió la confianza y seguridad para el desarrollo de las
operaciones y acciones tácticas terrestres; a todo nuestro heroico y siempre preparado Ejército
Ecuatoriano; a nuestras disciplinadas y heroicas Fuerzas Armadas; a todo mi orgulloso, pacífico
y ancestral pueblo ecuatoriano, pueblo Shyri, que demostró al mundo entero ser un pueblo ínte-
gro, amante de la paz, con honor y dignidad; un "guerrero dormido".

¡TENDRÁN QUE ARRANCARNOS DE LA TIERRA, CON LA TIERRA QUE PRETENDEN

DESPOJARNOS!

Este lema acompaña la filosofía de los hombres que integran una nueva Brigada de Fuerzas
Especiales, contornada bajo el nombre de "ALFARO". El Ejército Ecuatoriano desde hacía dos
semanas aproximadamente en el sector de Coangos-Cenepa. Junto a otras dos brigadas de co-
mandos paracaidistas que habían defendido heroicamente las posiciones ecuatorianas.

Esta unidad lleva el nombre del hombre que representa la lucha, esperanza y libertad del pueblo
ecuatoriano, "EEOY AEFARO".

BRIGADA DE FUERZAS ESPECIAEES "ALFARO”

Sólo un soldado que ha visto a su enemigo y a sus compañeros morir a su rededor y luego
enterrarlos,

Sólo un soldado que ha visto a su enemigo y a sus compañeros mutilados y despedazados por
las minas y granadas,

Sólo un soldado que ha sentido los proyectiles sobre sí y cerca de sí,

Sólo un soldado que ha lanzado granadas, disparado y se ha enfrentado a su adversario.

Sólo un soldado que ha estado sometido al ensordecedor ambiente de explosiones, tableteo de


ametralladoras y fusiles, minas y granadas.

Sólo un soldado que ha sentido la presión psicológica del combate,

Puede anhelar tanto la paz.

No como aquellos ilusos burócratas, políticos y demagogos que, revestidos de un falso


patriotismo, quieren la guerra.

Sin embargo, si la guerra es inevitable,


Sólo un soldado que la sintió en carne viva nuevamente, volverá a convivir con la muerte.

Ramón A. Enríquez S.

Mayor de Infantería.