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A. K.

COOMARASWAMY, EL SIGNIFICADO DE LA MUERTE

EL SIGNIFICADO DE LA MUERTE∗

Ez ist nieman gotes r che wan der ze grunde t t ist


Maestro Eckhart (ed. Pfeiffer, p.600)

El significado de la muerte está inseparablemente ligado al significado de la vida.


Nuestra experiencia animal es solo de hoy, pero nuestra razón tiene en cuenta tam-
bién mañana; de aquí que, en la medida en que nuestra vida es intelectual, y no me-
ramente sensacional, nosotros estemos interesados inevitablemente en la pregunta,
¿Qué deviene de «nosotros» en el mañana de la muerte? Evidentemente, es una pre-
gunta que solo puede responderse en los términos de qué o de quién somos «noso-
tros» ahora, mortales o inmortales: una pregunta sobre la validez que nosotros atri-
buimos, por una parte, a nuestra convicción de ser «este hombre, Fulano», y, por
otra, a nuestra convicción de ser incondicionalmente.
Toda la tradición de la Philosophia Perennis, Oriental y Occidental, antigua y
moderna, hace una clara distinción entre existencia y esencia, devenir y ser. La exis-
tencia de este hombre Fulano, que habla de sí mismo como «yo», es una sucesión de
instantes de consciencia, de los cuales jamás hay dos que sean el mismo; en otras
palabras, este hombre jamás es el mismo hombre de un momento a otro. Nosotros
conocemos solo el pasado y el futuro, nunca un ahora, y así nunca hay un momento
con referencia al cual nosotros podamos decir de nuestro sí mismo, o de toda otra
presentación, que ello «es»; tan pronto como nosotros preguntamos qué es ello, ello
ha «devenido» otro; y se debe solo a que los cambios que tienen lugar en un periodo
breve son usualmente pequeños por lo que nosotros confundimos el incesante proce-
so con un ser efectivo.
Esto es válido tanto para el alma como para el cuerpo. Nuestra consciencia es una
corriente, todo fluye, y «tú nunca puedes meter tus pies dos veces en las mismas


[Las características del manuscrito y la ausencia de notas indican que este ensayo, compuesto a
finales de la década de 1930 o en 1940, era originalmente una conferencia o una carta formal escrita
para su publicación.—ED.]

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aguas». Por otra parte, considerada individualmente, cada corriente de consciencia


ha tenido un comienzo y, por consiguiente, debe tener un fin. Incluso si asumimos
que una continuidad de la consciencia individual puede sobrevivir a la disolución del
cuerpo (como no sería inconcebible si suponemos la existencia de una variedad de
soportes substanciales, no todos tan groseros, sino más bien más sutiles, que la «ma-
teria» que nuestros sentidos perciben normalmente), es evidente que una tal «super-
vivencia de la personalidad», al implicar todavía una duración, no aporta ninguna
prueba de que una tal existencia deba durar siempre. El universo, por muchos «mun-
dos» (es decir, lugares de composibles) diferentes que pueda considerarse abarcando,
no puede considerarse aparte del tiempo; por ejemplo, nosotros no podemos pregun-
tar, ¿Qué estaba haciendo Dios antes de crear el mundo? O, ¿Qué estará haciendo él
cuando el mundo acabe?, debido a que el mundo y el tiempo son concomitantes y no
pueden considerarse aparte. Si suponemos que el universo ha tenido un comienzo,
también suponemos que acabará cuando el tiempo y el espacio ya no sean; y eso sig-
nificará que todo lo que existe en el tiempo y el espacio debe acabar más pronto o
más tarde. Recalcamos este punto debido a que es importante comprender que las
«pruebas» espiritistas de la supervivencia de la personalidad, incluso en el caso de
que debiéramos aceptar su validez, no son pruebas de la inmortalidad, sino solo de
una prolongación de la existencia personal. Presuponer una supervivencia de la per-
sonalidad es solo posponer el problema del significado de la muerte.
Así pues, toda la tradición de la que estoy hablando asume, y a este respecto está
de acuerdo con la opinión del «materialista» o «positivista», que para este hombre,
Fulano, que tiene tal y cual nombre, apariencia y cualidades, no hay ninguna posibi-
lidad de una inmortalidad; su existencia, bajo las condiciones que sean, es una exis-
tencia siempre cambiante, y «todo cambio es un morir». Se sostiene, igualmente so-
bre los terrenos de la autoridad y de la razón, que «este hombre» es mortal, y que no
hay «ninguna consciencia después de la muerte». Todo lo que ha nacido debe morir,
todo lo que es compuesto debe descomponerse, y sería vano afligirse por lo que es
inherente a la naturaleza misma de las cosas.
Pero la cuestión no acaba aquí. Es cierto que nada mortal por naturaleza puede
devenir inmortal, no importa que sea mucho o poco el tiempo que ello pueda durar.
Sin embargo, la tradición insiste en que nosotros debemos «conocer nuestro sí mis-
mo», qué y Quién somos. Al confundir nuestra intuición-de-ser con nuestra cons-
ciencia-de-ser-Fulano, nos hemos olvidado de nosotros mismos. De hecho, se trata
de un caso de amnesia y de identidad equivocada. Recordemos que una «persona» es
primariamente una máscara y un disfraz asumido, que «todo el mundo es un escena-

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rio», y que puede haber sido un engaño más bien pueril haber asumido que las
dramatis personae eran las «personas verdaderas» de los actores mismos. Desde el
punto de vista de nuestra tradición, el cogito ergo sum cartesiano es un non sequitur
absoluto y un argumento circular. Pues yo no puedo decir cogito verdaderamente, si-
no solo cogitatur. «Yo» ni pienso ni veo, sino que hay Otro que es el solo en ver, oír
y pensar en mí y en actuar a través de mí; una Esencia, Fuego, Espíritu o Vida que
no es más ni menos «mío» que «vuestro», pero que él mismo jamás deviene alguien;
un principio que informa y vivifica un cuerpo tras otro, y que aparte del cual no hay
ningún otro que transmigre de un cuerpo a otro, un principio que jamás nace y jamás
muere, aunque preside en cada nacimiento y cada muerte («ni un gorrión cae al sue-
lo…»). Esta es una Vida que se vive dove s appunta ogni ubi de ogni quando, un lu-
gar sin dimensiones y un ahora sin duración, cuya experiencia empírica es imposible
y que solo puede conocerse in-mediatamente. Esta Vida es el «Espíritu» que noso-
tros «entregamos» cuando este hombre muere y el espíritu retorna a su fuente y el
polvo al polvo.
Toda nuestra tradición afirma por todas partes que «hay dos en nosotros»; las
«almas» mortal e inmortal platónicas, los nefesh (nafs) y ruaœ(ruœ) hebreos e islámi-
cos, el «alma» y el «Alma del alma» de Filón, el Faraón y su Ka egipcios, los Sabios
Exterior e Interior chinos, los Hombres Exterior e Interior, la Psique y el Pneuma
cristianos, y el «sí mismo» ( tman) y el «Sí mismo Inmortal del sí mismo» (asya
am¤ta tman, antaœpuru•a) vedánticos —uno el alma, el sí mismo o la vida que
Cristo nos pide que «odiemos» y «neguemos», si queremos seguirle, y el otro el alma
o el sí mismo que puede salvarse. Por una parte se nos manda, «Conoce tu sí mis-
mo», y por la otra se nos dice, «Eso (el Sí mismo inmortal del sí mismo) eres tú».
Entonces surge la pregunta, ¿En quién, cuando yo parta de aquí, estaré yo partiendo?
¿En mi sí mismo, o en el Sí mismo Inmortal de mi sí mismo?
De la respuesta a esta pregunta depende la respuesta a la pregunta, ¿Qué acontece
al hombre después de la muerte? Sin embargo, por lo que se ha dicho, es evidente
que esta es una pregunta ambigua. ¿Con referencia a quién se pregunta, a este hom-
bre o al Hombre? En el caso de este hombre, nosotros solo podemos responder pre-
guntando, ¿Qué hay de él que pueda sobrevivir de otro modo que como una herencia
en sus descendientes? y en el caso del Inmortal, solo preguntando, ¿Qué hay de él
que muera? Si en esta vida —y «una vez fuera del tiempo, vuestra oportunidad ha
pasado»— nosotros hemos recordado nuestro Sí mismo, entonces «Eso eres tú», pe-
ro si no, entonces «grande es la destrucción».

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Si nosotros hemos conocido a ese Hombre, nosotros podemos decir con S. Pablo,
«Vivo, pero no yo, sino Cristo en mí». Quienquiera que puede decir eso, o su equi-
valente en cualquier otro dialecto der einen Geistessprache, es lo que se llama en la
India un j·van-mukta, un «hombre liberado aquí y ahora». Este hombre, Pablo, anun-
ciaba así su propia muerte; las palabras «Contemplad a un hombre muerto andando»
podrían haberse dicho de él. ¿Qué quedó de él sobreviviendo cuando el cuerpo cesó
de respirar, sino Cristo? —ese Cristo que dijo, «¡Ningún hombre ha ascendido al
cielo salvo el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre, que está en el cielo!»
«El reino de Dios no es para nadie sino el completamente muerto» (Maestro
Eckhart, ed. Evans, I, 419). Así pues, en las mismas palabras del Maestro Eckhart,
«el alma debe entregarse a la muerte». ¿Pues qué más significa «odiarnos» y «negar-
nos» a nosotros mismos? ¿No es cierto que «toda la Escritura clama por la liberación
de sí mismo»?
¿Come l uomo s eterna? La respuesta tradicional puede darse en las palabras de
Yalålu-d-D¥n RËm¥ y Angelus Silesius: «Morid antes de que muráis». Solamente los
muertos pueden saber lo que significa estar muerto.

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