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R li l: L liX IO N liS Y R liC U liR D O S

Critica
P en sa r
HISTÓRICAMENTE
FIERRE VILAR

P en sa r
HISTÓRICAMENTE

R eflexiones y recuerdos

Edición preparada y anotada por


ROSA CONGOST

C r ít ic a
G riialbo M ondadori
é

Barcelona
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo
las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribu­
ción de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

Cubierta: Joan Batallé


Ilustración de la cubierta: Proclamación de la Segunda República. Manifestación de júbilo en
la Rambla de Barcelona. Dibujo de Tínez (Fototeca Index).
© 1997: Pierre Vilar, París
© 1997 de esta edición para España y América:
CRÍTICA (Grijalbo Mondadori, S. A.), Aragó, 385, 08013 Barcelona
ISBN: 84-7423-851-X
Depósito legal: B. 36.628-1997
Impreso en España
1997. — HUROPE, S. L., Lima, 3 bis, 08030 Barcelona
INTRODUCCION

La estructura de este libro requiere una explicación previa, que el lector


querrá perdonarme. A finales de la década de los ochenta, cuando el pro­
yecto de una Europa política empezaba a adquirir forma, cinco editores
europeos decidieron encargar, a diversos autores, la realización de peque­
ños libros de ensayo —que tenían que ser publicados en las cinco lenguas
europeas más habladas— capaces de iluminar aquel proyecto.1Acepté este
pequeño reto y propuse un título que pareció demasiado largo a los editores
(y lo entendí), pero que reflejaba de manera bastante clara la necesidad de
comprender bien, desde el primer momento, el sentido del vocabulario. No
hace falta añadir que me preocupaba, y mucho, el tema de la traducción.
Cuando se tratan problemas que giran en tomo a conceptos, es necesario
preguntarse, de entrada, qué palabras en una lengua corresponden a otras
palabras en una lengua vecina. Propuse, pues, este título: País, pueblo, pa­
tria, nación, estado, imperio, potencia... ¿qué vocabulario para Europa?12
Naturalmente, hubiera podido añadir aún etnia y raza, desde un punto de
vista antropológico, o federación y confederación, desde un punto de vista
más propiamente político. Y, para mayor facilidad, comunidad, sin indicar

1. Se trata de la colección «La construcción de Europa», dirigida por Jacques Le Goff. Las
editoriales que participan son Éditions du Seuil (Francia), Crítica (España), Laterza (Italia), Basil
Blackwell (Gran Bretaña) y C. H. Beck (Alemania). Hasta ahora los títulos aparecidos en la edi­
ción castellana de Crítica sorí: Michel Mollat du Jourdin, Europa y el mar (1993); Leonardo
Benévolo, La ciudad europea (1993); Massimo Montanari, El hambre y la abundancia (1993);
Ulrich Im Hof, La Europa de la Ilustración (1993); Josep Fontana, Europa ante el espejo
(1994) ; Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta (1994); Wemer Rósener, Los campe­
sinos en la historia europea (1995); Charles Tilly, Las revoluciones europeas, 1492-1992
(1995) ; Hagen Schulze, Estado y nación en Europa (1997); Aaron Gurevich, Los orígenes del
individualismo europeo (1997) y Peter Brown, El primer milenio de la cristiandad occidental
(1997).
2. El título fue propuesto, naturalmente, en francés: Pays, peuple, patrie, nation, état, em­
pire, puissance... quel vocabulaire pour une Europe? A pesar de la similitud de las palabras en
francés y en castellano, que ha hecho muy fácil esta traducción, a lo largo del texto se pondrán
en evidencia algunas diferencias de significado.
8 PENSAR HISTÓRICAMENTE

de qué tipo. Esta abundancia de términos ya es bastante significativa, y el


peligro mayor es el uso indistinto de unos y otros.
Había previsto, para el pequeño ensayo prometido, diversos tipos de re­
flexión. Escribí el primer capítulo, que concebí y organicé alrededor de
un título: «Lo común y lo sagrado». Su objetivo no era demostrar ni probar
—para ello habría necesitado mucho más espacio—, pero sí sugerir la idea
de una cierta continuidad histórica entre la noción primitiva de «comunidad
sacralizada» —pensemos en el hecho del tótem— y las formas más espec­
taculares de algunos hechos colectivos recientes. Por ejemplo, cuando el
papa Juan Pablo II besa el suelo de una comunidad extranjera, sin pre­
guntarse —y a veces equivocándose— si se trata de una comunidad políti­
ca, o de una comunidad psicológica constituida de otra forma por la histo­
ria; en definitiva, sin plantearse el problema que nosotros proponemos
como tema de estudio. Pero la misma Iglesia católica, al elegir a un papa
polaco, ¿no había legitimado nuestra problemática? Ofrezco, pues, en este
texto sobre «lo común y lo sagrado», no un estudio profundo, sino, así lo
espero, un pequeño ensayo sugerente.
Pero un proyecto de libro, como cualquier otro proyecto, puede topar
con la suerte. En 1991 un grave trastorno de salud interrumpió, no mis re­
flexiones, pero sí la posibilidad de orientarlas del modo previsto. La pérdi­
da definitiva de visión me impidió leer libros y documentos —que me habría
convenido leer— y escribir. Más tarde, la amistad, la dedicación y la pro­
funda comprensión de Rosa Congost, me han permitido exponer libremente,
ante un «micro», algunos de los problemas que yo tenía previsto tratar en
mi librito y, a la vez, responder a algunas preguntas que a lo largo de mi
carrera y de mi obra de historiador me han suscitado curiosidad. Este ejerci­
cio, que constituye la parte más extensa de este libro, se parece bastante a lo
que Pierre Nora un día denominó «egohistoria»? No se trata de vislumbrar
el perfil y el destino de un historiador a la luz de su obra. Es raro que un his­
toriador merezca tal atención y, en mi caso concreto, la idea de que alguien
pueda interesarse por mi persona me hace reír o llorar, según el humor del
momento. Por el contrario, el hecho de preguntarse por qué tal historiador
se decidió a ocuparse de un determinado tipo de problemas, y a plantearlos
de una determinada manera, me parece interesante. Y si estas preguntas el
historiador se las hace a sí mismo y sobre sí mismo, las respuestas pasan a
formar parte del «dossier» de los problemas estudiados por él. Decidí,
pues, reflexionar en voz alta sobre algunas cuestiones que me han sido
planteadas —y que yo mismo me he planteado— a lo largo de mi vida. No3

3. Pierre Nora, Essais d ’égo-histoire, Gallimard, París, 1987. Este libro recoge pequeños
artículos de los historiadores Maurice Agulhon, Pierre Chaunu, Georges Duby, Raoul Girardet,
Jacques Le Goff, Michelle Perrot y René Rémond.
INTRODUCCIÓN 9

pretendo haber respondido siempre con precisión y exactitud —soy dema­


siado viejo—, pero sentiría mucho que alguien dudara de la sinceridad de
mis palabras.

Advertido el lector de la peculiar estructura de este libro, en el que un


primer capítulo consagrado a reflexiones generales —prefiero no decir teó­
ricas, pues en ciencias humanas este adjetivo es siempre pretencioso— va
seguido por el dictado de unos recuerdos personales, entenderá que quiera
referirme, en esta introducción, al segundo capítulo de la obra interrumpida,
que había de titularse «Comunidad e identidad».4,5Rosa y yo, de común
acuerdo, juzgamos que las siete páginas que yo había escrito eran demasia­
do incompletas, y poco explícitas, para que su publicación resultara útil.
Pero no me parece inútil señalar, aquí y sin ninguna pretensión de profun­
dizar en ellos, algunos de los temas allí tratados, ya que se refieren a
problemáticas constantemente presentes en nuestro tiempo: la recepción de
los inmigrantes en los países desarrollados, las relaciones entre el fúndamen-
talismo religioso y las identidades nacionales, el fracaso, en grados diversos,
de las experiencias socialistas en el seno de las repúblicas del Este.
En 1991 me preguntaba si, en el tratamiento de estos problemas, somos
capaces de eliminar y de escapar de las confusiones en el uso de los térmi­
nos, del vocabulario. Es evidente, en todo caso, que es necesario esforzarse
en este sentido. Podemos ver el ejemplo de una palabra que nos resulta de lo
más familiar, la palabra «extranjero»: ¿qué pretendemos indicar con esta
palabra cuando la utilizamos para referimos a otros?, y ¿qué percibimos
cuando son otros los que nos la aplican a nosotros? La palabra, por la sim­
ple presencia del prefijo «ex», evoca una no aceptación, un rechazo de la
fraternidad. Estoy pensando en una canción española, presente en una se­
lección de canciones populares, No me llames extranjero. En mis reflexio­
nes escritas en 1991 tenía muy presentes dos libros, entonces de reciente
publicación, de dos autores, ambos búlgaros de origen, pero residentes en
Francia, y convertidos en figuras intelectuales de primer orden: Julia Kris-
teva y Tzvetan Todorov.5 La primera analizaba su caso personal, el segundo
planteaba el problema en términos más históricos, si bien se trataba en
ambos casos de analizar el contenido de la palabra «extranjero». Sin em­
bargo, estos dos autores no constituían el tipo ordinario de extranjero, ya
que se trataba de dos intelectuales universalmente reconocidos. Precisamen-

4. El libro previsto tenía que tener cuatro partes (sin tener en cuenta la pequeña Introducción
y las Conclusiones): I: «Lo común y lo sagrado»; II: «Comunidad e identidad»; III: «Comuni­
dades y sociedades»; y IV (seguramente la más larga): «Comunidades-sociedades: la evolución
histórica».
5. Julia Kristeva, Extranjeros para nosotros mismos, Plaza & Janés, Barcelona, 1991, y
Tzvetan Todorov, Nosotros y los otros, Siglo XXI, México, D.F., 1991.
10 PENSAR HISTÓRICAMENTE

te por esta razón, no puedo evitar plantearme este tipo de reflexión: el caso
de un profesor extranjero de gran prestigio que, mientras está dictando una
lección en el Collége de France, nota en el rostro de uno de sus oyentes un
esbozo de sonrisa irónica motivada por un pequeño fallo en la pronuncia­
ción del francés, ¿hasta qué punto puede ser asimilable al del infeliz basu­
rero, negro y africano, que experimenta un estremecimiento ante la sonrisa
o el comentario despectivo de una portera —perdón, de una responsable de
inmueble— que se siente parisiense a pesar de haber nacido entre Lisboa y
Oporto?
Estos choques son tan desiguales, en su nivel y en su naturaleza, que
quisiera poder sonreír a la manera de un Offenbach, pero ¿no se hallan
presentes en los orígenes mismos de todos los nacionalpopulismos? También
en los de aquel nacionalpopulismo que, hacia 1930, preparó tan bien en el
arte de la guerra a un metalúrgico de la cuenca del Ruhr o a un bebedor de
cerveza bávaro. El drama es que un Klaus Barbie acabara convirtiéndose en
un especialista de la tortura. De hecho, todos los fenómenos coloniales se
hallan repletos de reacciones de la misma naturaleza. Entre superioridades
afirmadas e inferioridades sentidas, el recurso a la violencia es un recurso
fácil. Y puede entablarse un complejo juego de compensaciones entre la
inferioridad sentida en el campo social, económico y cultural, y la sed de su­
perioridad que pueden despertar las pertenencias raciales o nacionales.
Los límites en los cuales un hombre se siente horsain —este era el autén­
tico nombre francés para decir extranjero— han variado a lo largo de la
historia. Citaré, en su momento, el curioso libro de un eclesiástico norman­
do que se sintió siempre horsain en su parroquia, a pesar de no haber tenido
ningún problema en el desempeño de su misión, por el simple hecho de que
su madre no había nacido en ella. Y también recordaré que pays, mucho an­
tes de que significara nación, y de un modo muy parecido al término inglés
country, tenía un significado mucho más conciso, bien estudiado en Francia,
similar al que tiene la palabra «comarca» en Cataluña. Que las nociones
de país, nación y patria han variado en el tiempo es evidente, pero la eviden­
cia no facilita siempre la comprensión de los fenómenos, sino más bien
al contrario.
En la primera parte del libro desarrollo una idea: durante demasiado
tiempo los historiadores y sociólogos se han limitado a plantear los proble­
mas de las colectividades en términos de conciencia. Conciencia de nación,
en el caso de los filósofos alemanes y en el de los historiadores franceses; en
España, es el caso de un Capmany. Conciencia de clase, en toda la literatura
marxista. Estas dos tradiciones han ocultado demasiado a menudo la revo­
lución intelectual que representó, en los años finales del siglo xixy de inicios
del xx, la introducción en el análisis psicológico de un concepto como el de
inconsciente, el superyó, la compensación. Pienso que la sociología y la psi-
INTRODUCCIÓN 11

cología se han desarrollado sin comprenderse demasiado bien entre sí. Freud,
leyendo a Durkheim, comprendió bien lo que podía representar un «tabú», lo
socialmente prohibido, pero seguramente no valoró suficientemente la im­
portancia del «tótem», es decir, de la identificación con el grupo, y de su
sacralización. También señalo el extraño encuentro, en 1921, entre la curio­
sidad de un Freud, la mediocridad de un Le Bon y la acumulación de odios
__ •

en un Hitler.
En la segunda parte de este libro, reservada a mis recuerdos personales,
se verá la importancia que tuvo para mí, a comienzos de los años treinta, mi
encuentro en Barcelona con Oliver Brachfeld, un joven intelectual húngaro
apasionado por la psicología individual de Alfred Adler, el discípulo de
Freud, que había desarrollado una original disidencia alrededor de la no­
ción, hoy demasiado vulgarizada, de «complejo de inferioridad». Sin embar­
go, en aquellos mismos años, en la gran crisis que preparaba los aconteci­
mientos de 1939-1940, este mismo psicoanálisis adleriano sugirió otro tipo
de tentaciones en ciertos espíritus. La lucha de clases, exasperada por la
crisis, ¿podía ser atenuada y compensada mediante el complejo de superio­
ridad nacional? Aquí podría hallarse una interpretación optimista para los
fenómenos nacionalsocialistas. Esta fue la actitud del sociólogo belga Henri
de Man, quien percibió, aunque un poco tarde, los peligros de esta interpre­
tación. Un ir y venir parecido puede verse en Jules Romains. Pero el soció­
logo francés Marcel Déat se comprometió hasta el crimen, en el curso de los
años cuarenta, con el nacionalsocialismo.
Todo esto se halla hoy bastante ignorado, o al menos olvidado, mientras
reaparecen, ante nuestros ojos, en algunos casos precisos, fenómenos com­
pensatorios de determinadas humillaciones sociales, que toman la forma de
exaltaciones fundamentalistas religiosas o nacionales. Algunas biografías
de jóvenes terroristas, como la del joven musulmán Jaled Khelkal en Francia,
son muy ilustrativas. Y convendría estudiar —una estudiante de mis semina­
rios lo hizo para el caso de Argelia— la utilización de una expresión como
«ces gens-lá» [esa gente] como signo de desprecio compensatorio hacia los
vecinos de piso o de autobús, juzgados a menudo a partir de su vestimenta y
de su lenguaje. Pero estas observaciones, ¿pueden ser formuladas en térmi­
nos científicos?, ¿pueden ser representadas mediante ecuaciones o curvas?
Sabemos ya que las ecuaciones y las curvas de aquello que llamamos la
ciencia económica son constantemente desmentidas por la imbricación de
lo económico con lo político y lo social. A lo largo de mi vida he confiado
plenamente —y no me arrepiento por ello— en una ciencia histórica que fun­
da su reflexión sobre la trilogía economía, sociedad y civilización, pero una
mejor comprensión de la historia no nos ha proporcionado, hasta ahora, los
instrumentos necesarios para preverla, y mucho menos para dominarla.
En cuanto a mi destino personal, me parece que es un fiel reflejo de la
12 PENSAR HISTÓRICAMENTE

existencia y de la fuerza de los fenómenos que acabo de enumerar. Mis pri­


meros ocho años, entre 1906 y 1914} los viví impregnado del fuerte comple­
jo de inferioridad francés desarrollado desde el día de la derrota de 1871.
Mi entrada en la adolescencia y mi primera iniciación a los grandes textos
clásicos, en 1916 y 1917, coincidieron con dos hechos históricos de gran
magnitud: la batalla de Verdún, y la Revolución rusa. Verdún grabó para
siempre en la mente de mi generación una imagen de masacre, el horror de
la guerra. La Revolución rusa significó una primera esperanza, la posibili­
dad de la confraternizadon, el ejemplo de los marineros del mar Negro.
Después, durante los años treinta, asistimos a un singular contraste. En el
mundo capitalista más desarrollado, la dialéctica entre productividad y em­
pleo conducía a este mundo absurdo que supieron recrear Charlie Chaplin
en Tiempos modernos y René Clair en ¡Viva la libertad! Durante este tiem­
po, la inmensa Unión Soviética pudo desarrollar, según sus planes quinque­
nales, una economía racional, planificada. No es extraño que muchos espí­
ritus de Occidente se sintieran tentados por el «planismo». Hubo muchos
proyectos de «plan» en Francia entre 1930 y la guerra.
Sé muy bien que en 1996 y 1997 el pensamiento único vuelve a ser «lais-
sez faire, laissez passer». Pero la caída del muro de Berlín no ha consegui­
do ciertamente racionalizar el mundo. Ni en Bosnia, ni en Ruanda, ni en las
*

«favelas» de Río de Janeiro, ni en los barrios de Los Angeles. No obstante,


el hombre ha ido a la Luna y ha sido capaz de desintegrar el átomo, hechos
ambos que hace cien años eran sinónimos de locura y de irracionalidad.
Nuestro tiempo parece ciertamente caracterizado por este abismo que sepa­
ra las posibilidades de las ciencias físicas y las capacidades de las cien­
cias humanas. El fracaso de las revoluciones no es lo más decepcionante en
este análisis. Me gusta recordar, como hace Josep Fontana, que en 1815 los
jóvenes que habían vivido con entusiasmo la Revolución francesa podían
creerla enterrada. Hoy los principios de aquella revolución significan la úl­
tima palabra en cuanto a las capacidades humanas.
Es necesario reconocer que, en materia de ciencias humanas, y sobre
todo en materia de ciencias políticas, nos hallamos en un estado parecido al
de la medicina en tiempos de Moliere. Coexistían entonces todo tipo de mé­
dicos. Los había que eran muy buenos observadores, y algunos curaban bas­
tante bien; sus prácticas podían ser más o menos honestas, pero todos igno­
raban la existencia de microbios y los principios de la genética. ¿Hemos de
desesperamos ante este retraso de las capacidades del hombre para conocer­
se a sí mismo y para saber organizarse en sociedad? Encuentro cierto con­
suelo en un terreno científico —que en cierto modo también es histórico— en
el que aprecio, a pesar de hallarme informado de forma muy incompleta,
cierta convergencia en este sentido. Las ciencias que estudian el pasado más
lejano, ciencias naturales más que ciencias humanas, nos dicen que la vida
INTRODUCCIÓN 13

apareció en la Tierra hace más de tres mil millones de años, y que los pri­
meros indicios de inteligencia humana datan de entre dos y cuatro millones
de años. El hombre neolítico se convierte casi en nuestro contemporáneo. El
cristianismo tiene dos mil años, la Revolución francesa tiene doscientos, y
yo soy más viejo que la Revolución rusa. No resisto la tentación de concluir
a la manera de Jules Romains: el hombre, aun sintiéndose el fin de un pro­
ceso evolutivo, y ya no hijo primogénito de un dios, no deja por ello de enal­
tecerse menos.
NOTA A ESTA EDICION

Este libro empezó a gestarse a principios de 1994. Fue entonces cuando,


estimulado por una propuesta del editor Eliseu Climent, Pierre Vilar, que
desde el verano de 1991 padecía graves problemas de visión, consideró la po­
sibilidad de «dictar» un libro. El 3 de mayo de 1994 —la fecha coincidía con
la de su ochenta y ocho cumpleaños— en París, discutimos, por primera vez,
acerca de su contenido. El 18 de junio Pierre Vilar me entregó la casete que
incluía las «Conclusiones». Se trataba de la séptima casete que había graba­
do —y me había entregado— en el corto espacio de un mes y medio.
No todas las páginas del presente libro corresponden a aquellas grabacio­
nes. En la entrevista del 3 de mayo decidimos que la primera parte del libro
la constituirían unas cuarenta páginas que Vilar había escrito poco antes del
verano de 1991. Estas páginas correspondían —como explica él mismo en
la Introducción— al primer capítulo de un libro que había quedado definiti­
vamente interrumpido. El texto de las grabaciones corresponde a la segunda
parte —la más extensa— en la que Vilar ordena cronológicamente algunos
recuerdos de su vida. Cada capítulo de esta segunda parte empieza con el
planteamiento de una pregunta. No descubro ningún secreto si revelo sus
orígenes, ya que las preguntas fueron publicadas hace ya bastantes años,
en 1982. Pero el texto probablemente no sea conocido por la mayoría de los
lectores. Se trata de una carta que Pierre Vilar envió a Frangís George, el
organizador de un congreso celebrado en París sobre el estalinismo francés,
que fue publicada junto a las actas.1 En ella Vilar lamentaba el tono que
había marcado el coloquio, en parte porque él era casi el único de los asis­
tentes de una cierta edad que había intentado examinar «desde fuera» el fe­
nómeno —el resto eran ex militantes del partido comunista que intentaban
ante todo justificarse y dejar clara su salida—, pero también porque los his­
toriadores más jóvenes parecían especialmente desorientados en su intento de
repensar, como historiadores, los problemas históricos.

_ 7

1. Natacha Dioujeva y Frangís George, Staline á París , Editions Ramsay, París, 1982,
p. 313.
NOTA A ESTA EDICIÓN 15

En aquella carta, Vilar expresaba que su participación en el coloquio sólo


habría podido resultar interesante —con vistas a entender el fenómeno del
comunismo— si hubiera dispuesto del tiempo suficiente para analizar con
profundidad seis puntos:

1. Mi toma de conciencia, en una adolescencia absolutamente aislada de


toda influencia revolucionaria, de «aquel gran resplandor» del Este.
2. Mi presencia y mis reacciones en un lugar y en un tiempo casi mitifi­
cados hoy: la École Nórmale de Sartre, Nizan, Aron, Friedmann, etc., donde
era muy grato realizar mi aprendizaje de historiador al lado de Jean Bruhat,
pero sin sentirme en absoluto atraído por Georges Cogniot.
3. Mi experiencia española de los años 1930-1936, ocasión única de ver
nacer y perecer una «democracia» bien intencionada en una brutal lucha de
clases, drama que se sitúa en relación continua con mis preocupaciones de his­
toriador, es decir, con el marxismo propiamente dicho.
4. La visión clara, en vísperas de 1939, de lo que había de ser el gran con­
flicto, visión que no me planteaba dudas en la interpretación de Munich, del
pacto germano-soviético, y de la dróle de guerre.
5. Una guerra y un cautiverio, las lecciones de los cuales no me harían
rectificar los análisis precedentes.
6. Un «día después» de la victoria en el que los comunistas franceses
(y sin duda el mismo Stalin) vivieron un momento de euforia ilusorio, que ha­
bría de endurecer su reacción obsidional cuando se vieron de nuevo —yo no
había dejado de preverlo— en el mundo hostil de la guerra fría.

Las cinco primeras preguntas sirvieron de guión a las grabaciones de


Pierre Vilar. Inmediatamente después de habérselas leído —en realidad, ya
que las había escrito él, de habérselas recordado— , Pierre Vilar vio claro
el camino para reordenar sus recuerdos —«las únicas fuentes de las que
dispongo en mis circunstancias», afirmó— de forma que le sirviesen para
continuar las reflexiones iniciadas en el proyecto inacabado. Este libro es
el resultado de la determinación con que decidió emprender este camino. El
lector podrá juzgar, en su momento, hasta qué punto podrían servir de resu­
men de las conclusiones de este libro las palabras que Pierre Vilar había es­
crito en 1991, pensando en las conclusiones del proyecto primitivo.

Conclusiones (lo más modestas y prudentes posible): pensar Europa es


difícil, precisamente a causa de un pasado en el que las nociones de p a tr ia ,
n ación , im perio , p o te n c ia , fu erza s arm adas , defen sa , am enazas , son raramen­
te explicitadas de forma convincente. Cf. discurso político, periodístico y len­
guaje cotidiano. La reflexión histórica propuesta no tiene otra ambición que la
de ayudar a no utilizar determinada palabra en determinado sentido.
16 PENSAR HISTÓRICAMENTE

El título, Pensar históricamente, resume y subraya el carácter unitario del


libro. La fórmula —que Vilar había desarrollado en una conferencia pronun­
ciada en el verano de 1987—2 define una manera de analizar los problemas
históricos, que es también —la segunda parte constituye una buena prueba de
ello— una manera de recordar. No obstante, era imposible unificar los
aspectos formales del libro. Pierre Vilar me ha pedido que insista en ello y
advierta al lector de las sorpresas que su lectura pueda depararle. La primera
parte es una reflexión escrita por el mismo Pierre Vilar: las cursivas y los
entrecomillados son suyos. Para algunos lectores constituirá la parte más
interesante del libro, pero otros —Vilar piensa sobre todo en el lector afi­
cionado a las memorias de lectura fácil— tal vez la hallen excesivamente
densa y difícil. La segunda parte consiste en la transcripción de un relato
oral. El estilo es, por esta razón, más coloquial. He procurado respetarlo en
la traducción. Si añadimos a este hecho las características de su contenido
—la narración de vivencias propias— es fácil adivinar que su lectura resulta­
rá más llana —para algunos, tal vez demasiado, piensa Vilar— y, sin duda al­
guna, más asequible.
De acuerdo con Pierre Vilar, he incorporado a pie de página algunas
notas —a veces se trata de la reproducción de textos del propio Vilar, otras
de aclaraciones sobre algunos nombres o algunas referencias— que pueden
servir, pensamos, de complemento. Se incluyen también tres «Notas adicio­
nales», más largas, que elaboré al hilo de las reflexiones de Pierre Vilar.
La lista de las personas que me han ayudado en la edición de este libro
es muy larga, pero hay cuatro nombres que me veo obligada a citar: Josep
Fontana, Joan-Lluís Marfany, y de una manera muy especial, Jean y Sylvia
Vilar. En la edición castellana, he contado también con la colaboración de
Ricard García Orallo.
R o sa C o ng o st

2. «Penser historiquement», conferencia pronunciada en la clausura de los cursos de verano


de la Fundación Sánchez Albornoz (Ávila) el 30 de julio de 1987. Ha sido publicada en castellano
en P. Vilar, Pensar la historia, México, 1992, pp. 20-52, y en catalán en P. Vilar, Reflexions d'un
historiador, Universitat de Valencia, Valencia, 1992, pp. 121-145.
Primera parte

LO COMÚN Y LO SAGRADO
INTRODUCCIÓN: UN ITIN ERA RIO 1

Mi vida cubre aproximadamente mi siglo. Tenía ocho años en 1914,


treinta y tres en 1939, treinta y nueve cuando salí de mi cautiverio, cincuenta
y cuatro cuando vi a mi hijo, de uniforme, partir hacia una Argelia en guerra.
¿Quién combate contra quiénl No pocas veces, siempre con angustia, me he
hecho esta pregunta.
En 1927, para un pequeño trabajo de joven geógrafo, visité Cataluña, y
allí encontré (en el sentido más fuerte del término, porque nada ni nadie me
había preparado para ello) una población entera que, de arriba abajo, en to­
das sus jerarquías sociales, se afirmaba nación frente al estado que la regía.
Ante este fenómeno, que me sorprendió, me hice, a partir de 1930, observa­
dor e historiador. Y en 193á, ante mis ojos^ estalló una guerra que ha sido
llamada «civil» porque españoles se enfrentaron a españoles, pero en la que
alemanes e italianos bombardeaban a catalanes y-vascovjiuentras^Qlnntarios
de setenta nacionalidades arriesgaban sus vidas^ unos en nombre de una «so-
lidaridad de clase»7 otros por «amor a la libertad». ¿Quién combatt contra
quiénl Menos implicado personalmente que en otras guerras, la pregunta no
provocaba en mí menor curiosidad ni menor ansiedad.
En 1962 publiqué los resultados de mi larga meditación sobre aquello que
podría llamarse, a la manera de los whigs ingleses de 1714, el caso de los
catalanes. La acogida que tuvo este trabajo me parece llena de sentido. En
Cataluña, significó la adquisición y la confirmación de numerosas amistades.
En Francia, si bien fueron destacados y valorados muchos de sus aspectos, la
obra interesó menos como forma de tratar un problema nacional; Femand
Braudel, en una reseña muy afectuosa, atribuyó mi interés por Cataluña a mis
orígenes.12 Lo hizo comparándome con Henri Pirenne y Lucien Febvre, cosa

1. Esta introducción estaba pensada y escrita como introducción al libro País, pueblo,
patria, nación, estado, imperio, potencia... ¿qué vocabulario para Europa?, del cual, como
Pierre Vilar explica en la introducción, «Lo común y lo sagrado» tenía que constituir el primer
capítulo.
2. Femand Braudel, «La Catalogne, plus l ’Espagne, de Pierre Vilar. Note critique», Anua­
les d ’Histoire Économique et Sociale, abril-junio de 1968, pp. 375-389.
20 PENSAR HISTÓRICAMENTE

que me complació, y no pude enfadarme. Pero ¡yo no soy catalán! El caso no


me había seducido por pertenencia [appartenance\, sino más bien, al contra­
rio, por extranjería [étrangeté]. En realidad, en estos primeros años sesenta,
Femand Braudel se interesaba sobre todo por los mares y por los océanos, por
los centros y por las periferias. No obstante, después de haber, también él,
atravesado su siglo, nos dejó una Identité de la France3como testamento. Al­
gún sentido deben de tener estos cruces de itinerarios. Para ayudar a com­
prenderlo, tendré que hablar de mí. Discretamente, pero advirtiéndolo. Nada
hay más irritante, en el tema que aquí se trata, que la exposición objetiva que
se alimenta, inconscientemente, de prejuicios seculares.
En la introducción metodológica a mi obra de 1962, no dudé en acusar a
los historiadores de haber favorecido, mediante el uso de un vocabulario tra­
dicional muy poco meditado, la confusión que asimila hipócritamente, en el
seno de las Naciones Unidas, la India a Islandia y Mayotte a los Estados
Unidos de América del Norte. Y acusaba a los sociólogos de haber contri­
buido muy poco a disipar esta confusión. Cité un pequeño tratado de socio­
logía política (Davy, 1950)345que pasaba, entre sus páginas 175 y 176, de la
noción de potlatch al discurso de Renán ¿Qué es una nación?5 Constaté
también que una definición de la personalidad de base individual (Kardiner)6
dejaba muy poco lugar para los fenómenos de pertenencia, para las relacio­
nes entre el individuo y los grupos que lo engloban y que lo modelan.
Un cuarto de siglo más tarde, no estoy demasiado seguro de que se hayan
realizado progresos decisivos, en la práctica del historiador, en cuanto al uso
apropiado de términos como nación y estado. Por el contrario, la reflexión
psicosociológica sobre la pertenencia, la extranjería, la identidad, el imagi­
nario, la sacralización y los símbolos ha causado, en los últimos tiempos,
un auténtico maremoto bibliográfico.
Ante la marea, la prudencia aconsejaría un cierto reflujo. Estoy pensando
en Pierre Nora, quien, en el acto de presentación de la obra colectiva que él
había impulsado, y que concierne a Francia,7 nos transmitió, a los que allí
estábamos presentes, su preocupación y su interés por examinar el hecho

3. Femand Braudel, L'ldentité de la France. 1. Espace et histoire. 2. Les hommes et les


choses, Flammarion, París, 1986.
4. George Davy, Elements de sociologie. 1. Sociologie politique, J. Vrin, París, 1950.
5. Emest Renán, Qu'est-ce qu'une nation, París, 1889. Hay diversas traducciones al caste­
llano: Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1957, y Alianza, Madrid, 1987.
6. Abraham Kardiner, The Individual and his Society. The Psychodynamics of Primitive
Social Organization , 1939. En la versión castellana (El individuo y su sociedad. La psicodiná-
mica de la organización social primitiva, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1945) se
habla de la estructura de la «personalidad básica del individuo».
7. Pierre Nora, dir., Les lieux de mémoire. I. La République. II. La Nation, Gallimard, Pa­
rís, 1986.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 21

nación como historiador; «es decir —precisó—, sin dejarse influir demasia­
do por Durkheim, Freud o Marx».
Allí mismo mostré mi desacuerdo. Desatender las lecciones de la etnolo­
gía, de la psicosociología y del análisis interno de las sociedades (y de sus
contradicciones), significaría prepararse mal para comprender (o criticar) el
contenido de las palabras que conforman —porque están allí— el discurso
histórico. Y es evidente que toda consideración general sobre este contenido
que evite situarlo en el tiempo es aún más peligrosa. El anacronismo en
el uso de las palabras: Luden Febvre siempre había denunciado ese pecado
mayor. _
Intentaré evitar tanto el culto al caso concreto como a la lógica de las for­
mas. Un tratado intentaría combinar ambas facetas, pero exigiría gruesos vo­
lúmenes. Un ensayo no tiene otra ambición que la de multiplicar los ángulos
de las tomas de posición. Este es, a la vez, el defecto y el mérito de los cor­
tometrajes.

I. En v ís p e r a s d e 1914: ¿dónde s e s it ú a l a r e f e r e n c ia

A LO SAGRADO?

1. La tendencia a la laicización de los poderes:


el caso extremo de Francia

Un rasgo cultural común a toda Europa occidental, pero particularmente


acentuado en Francia desde los inicios de los tiempos modernos, es la refe­
rencia constante a la Antigüedad clásica. En mi infancia, en mis dos pri­
meros años de enseñanza secundaria francesa, los programas de historia se
hallaban enteramente consagrados al antiguo Oriente, a Grecia, a Roma. Era
difícil que no nos transmitieran una impresión clara de unos lazos muy
estrechos, desde un lejano pasado, entre el hecho político y el hecho reli­
gioso. El faraón era rey y Dios a la vez. El monoteísmo hebreo hacía que
el destino y la suerte de un «pueblo» dependieran de la alianza con Dios,
o del hecho de haberjido objeto de su elección. Laciudad griega, inventora
de la democracia, también dependía de la protección de divinidades tute­
lares. Roma, nacida de una anécdota agreste y sagrada, había confiado final­
mente un inmenso imperio a un césar divinizado. En todas partes, también
entre los bárbaros, las castas teocráticas desempeñaban un papel importante.
Algunas veces, aunque más raramente, eran evocados tiempos más lejanos o
lugares más exóticos, pero también allí podíamos observar la presencia de lo
sagrado. A poco de ser descubiertas, las representaciones rupestres ya se in­
terpretaron como cargadas de intenciones mágicas. Y como el saber infantil
en etnología tenía como fuente principal El último de los mohicanos, cono-
22 PENSAR HISTÓRICAMENTE

ciamos las palabras tótem y tabú (eso no quiere decir que las comprendié­
ramos). Y ¿qué pasaba cuando se evocaban los tiempos y los lugares más
cercanos a nosotros? La Edad Media nos mostraba pugnas entre religiones
(reconquistas y cruzadas) y los reyes que encabezaban las feudalidades \féo-
dalités] regionales lo hacían en nombre de un «derecho divino» a veces cons­
truido, a menudo exaltado, siempre admitido, por los representantes de las
iglesias.
Se nos dirá que la educación clásica —e incluso la simple iniciación his­
tórica elemental— no llegaba a todas las capas de la sociedad. Pero la cultura
popular puede beber de otras fuentes. Alda, Norma, Lakmé han contribuido
más al prestigio de las sacerdotisas antiguas, primitivas o lejanas, que los ma­
nuales escolares. Y la industria cinematográfica produjo en 1912 su primer
peplum.
Estas miradas infantiles, embelesadas, a través del tiempo y del espacio,
sobre las viejas relaciones entre el hombre y lo sagrado, ¿qué papel podían
desempeñar, en aquellas mismas fechas, en la constitución de las imágenes
políticas más extendidas? Una investigación sobre el tema a escala europea
sería bien recibida. No sobre el pensamiento o los pensamientos inspirados
por el hecho nación —la investigación ya se ha hecho, como veremos en su
momento— , sino sobre lo que aún podían representar, en la esfera de lo sa­
grado, las monarquías inglesa, alemana, austríaca, rusa. Esos cuatro nombres
bastan para sugerir muchos matices distintos. Y en todas partes, no obs­
tante, había progresado y progresaba la preferencia por una designación
democrática de los poderes reales. En Francia, después de cuarenta años de
República, parecía del todo asumido que 1789 y 1793 habían condenado
definitivamente la noción de derecho divino. Si en la escuela pública se alu­
día al rito de la consagración de Reims, se hacía asimilando la naturaleza de
este acto a la recogida de muérdago por los sacerdotes galos. La misma Igle­
sia se había resignado al «Domine salvam fac rem publicam» —pensando
en el estado, pero ¿quién sabía suficiente latín para no entender república?—
En mi Midi languedociano, las pasiones realistas, que en algunos pueblos se
habían mantenido vivas durante mucho tiempo, ya tan sólo provocaban son­
risas. La laicización de los poderes públicos parecía una conquista definitiva
de la Razón. La gente creía de buena gana haber entrado (¡qué ilusión!) en la
«era positiva» de Auguste Comte. Mi última escuela primaria llevaba este
nombre. Y es oportuno citar aquí (creo) dos hechos de sociedad que dema­
siado a menudo olvidamos asociar a este tiempo de triunfo oficial de la
Razón sobre el oscurantismo:

1) El hecho colonial se hallaba en aquellos años muy presente, en la es­


cuela, en el ejército, en la prensa, en las relaciones cotidianas y familiares
(¿quién no tenía algún pariente, algún amigo, en las colonias?), y ¿con qué
LO COMÚN Y LO SAGRADO 23

derecho los franceses (y los ingleses debían pensar lo mismo) habían impues­
to su presencia en tantos pueblos lejanos, si no hubieran representado, frente
a ellos, un estadio más avanzado de la evolución humana? De la grandeza
de determinada religión asiática, de los valores del islam, de las lógicas del
pensamiento salvaje, que algunos especialistas saboreaban, el gran público no
sabía nada. La colonización generalizada parecía expresar, y verificar, la su­
perioridad de la modernidad de entonces (porque cada tiempo tiene la suya)
sobre las supervivencias de lo irracional.
2) Otro hecho de sociedad, que tres cuartos de siglo de evolución han
convertido en algo todavía más extraño hoy, se halla muy presente en mis re­
cuerdos de infancia, y viene confirmado por muchos testimonios y algunos
estudios. Entre 1900 y 1914, si bien la práctica católica era común en Fran­
cia, se podía constatar, en muchas regiones y círculos sociales, que los hom­
bres, inmediatamente después de su primera comunión, desaparecían de la
iglesia; la religión parecía así, casi por ley natural, cosa de mujeres y de
niños. También significaba convención social: los hombres reencontraban
el camino de la iglesia en los bautismos, los matrimonios y los entierros; y
a menudo lo hacían para complacer a sus madres o a sus esposas (es el
«complejo de Clotilde», según Gastón Bonheur).8 Lo importante, para nues­
tro propósito, es que a esta supuesta división de actitudes mentales entre se­
xos, correspondían otras divisiones, jurídicamente muy claras: las mujeres
no votaban, y no llevaban armas. Por un lado, la razón y la fuerza. Por otro,
la vieja canción evocada por Jaurés,9 sin desprecio, aunque con un punto de
condescendencia.

Ya he dicho que estos recuerdos tenían que ver con Francia, y en espe­
cial con algunas de sus regiones y con algunos de sus círculos sociales. Pero
se trataba de medios influyentes, de masas mayoritarias.

8. Gastón Bonheur, Qui a cassé le vase de Soissons? Lálbum de famille de tous les
frangais, Robert Laffont, París, 1963. Bonheur recrea la manera como era explicada en la escue­
la la conversión del rey Clodoveo al cristianismo y su posterior bautismo en Reims, hecho que era
considerado — y lo es todavía, como se ha podido comprobar en la conmemoración de sus mil
quinientos años— como una especie de acto fundacional de Francia. En los libros escolares se
explicaba que el rey, que intentaba contentar a la cristiana Clotilde, no había podido recuperar
el vase de Soissons, que formaba parte del botín tomado por los francos de la iglesia de Reims,
ya que un franco había preferido romperlo antes que devolverlo. Bonheur explica que, cuando el
maestro preguntaba «¿Quién rompió el vaso de Soissons?», siempre había un niño dispuesto a
responder: «Yo no, señor».
9. Referencia a un célebre discurso de Jaurés en la Cámara de Diputados, «L’universalité
du mouvement socialiste», pronunciado en 1893. Después de haber hecho referencia a las leyes
que habían significado la implantación de un sistema escolar laico y gratuito, dijo: «Vous avez in-
terrompu la vielle chanson qu’endormait la misére et la misére s’est réveillée avec cris» [Habéis
interrumpido la vieja canción que adormecía a la miseria, y la miseria se ha despertado a gritos].
24 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Fuera de Francia, estos hechos de mentalidad, por razones históricas, no


podían ser los mismos. Pero es fácil observar algunas convergencias. Quiero
apuntar que la obra de Tónnies Comunidad y sociedad10 obtuvo en la Alema­
nia de 1912 una audiencia que las décadas precedentes le habían denegado;
pero a Tónnies le gustaba citar a Auguste Comte, y cuando, en su libro, se
esfuerza en distinguir entre los diversos aspectos (individuales, sociales, etc.)
del hecho religioso, descubrimos esta frase: «La fe es esencialmente una
característica de las masas y de las clases inferiores; es más fuerte entre los
niños y las mujeres».11 Y podríamos considerar un auténtico homenaje a esta
fe popular el Gott mit uns de los cinturones militares alemanes, en cualquiera
de sus dos interpretaciones posibles: afirmación orgullosa y tranquilizadora, o
esperanza y plegaria. Pero hemos de reconocer que la expresión de Tónnies es
bastante despectiva para estas formas de lo popular. En los estados anglosa­
jones, y protestantes, el juramento sobre la Biblia, en ciertas circunstancias,
recuerda aún los lazos entre vida pública y religión oficial. Pero en América
Latina (Brasil, México) existen pequeñas iglesias positivistas, comtistas. Y el
libre pensamiento crea solidaridades internacionales: en 1909, la ejecución
en España de Francesc Ferrer i Guardia, por su influencia ideológica en una
insurrección popular (de hecho, por haber sido fundador de una escuela mo­
derna, digamos laica), despertó una emoción de ámbito universal, que muchos
españoles vivieron con rabia, como una condena del oscurantismo que aún
reinaba entre ellos.
Así pues, los viejos lazos entre creencia y poder, ¿se habían roto?, ¿ha­
bían pasado, en estos primeros años del siglo xx, a la categoría de los vesti­
gios, de las supervivencias? Así lo creían algunos hombres sinceros, que
no supieron discernir que, en el campo sociológico, la parte de lo sagrado no
había sido borrada, sino transferida. Alguna cosa exigía todavía un amor
sagrado. Era la patria.

2. «Vamour sacré de la Patrie»

No era un hecho fortuito —y observaremos, más adelante, qué vías his­


tóricas lo habían producido— que el estado en el cual había sido proclama­
do con mayor énfasis y eficacia el principio de la laicidad de los poderes tu­
viera un himno nacional que hablaba de la exigencia de amor sagrado. El10

10. Ferdinand Tónnies, Gemeinschaft und Gesellschafí, 1887. En francés el libro ha sido
traducido por Communauté et société. Son las palabras que Vilar utiliza en el texto original. El
hecho de que en castellano el título de la obra de Tónnies haya sido traducido por Comunidad y
asociación es comentado en la nota adicional número 1 (véase p. 208).
11. Ferdinand Tónnies, Comunidad y asociación , Ediciones Península, Barcelona, 1978,
p. 261.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 25

francés ya no pide God save the King o Boie tsara krany,12 pero se exige a sí
mismo dedicar a una madre-patria un amor no únicamente filial, sino sagra­
do. En la tradición de los maestros laicos —y es algo que también he vuelto
a comprobar con ocasión del bicentenario de 1789— la estrofa esencial de La
Marsellesa, la que enciende el fervor de los niños y de las grandes cantantes,
es la estrofa (iba a decir el salmo) «Amour sacré de la Patrie...». Al contrario,
casi nadie (lo constato a menudo) sabe el texto de la estrofa «Fra^ais, en
guerriers magnanimes portez ou retenez vos coups» [Franceses, como gue­
rreros magnánimos dad o retened vuestros golpes], que constituye una autén­
tica llamada a la confratemización revolucionaria. Esa especie de selección
natural en la suerte de un himno transformado en un lugar de memoria me­
recería estudiarse.
Para las cuestiones aquí tratadas, concedo menos importancia a un himno
oficial que a las quince o veinte canciones que canturreo aún de vez en cuan­
do, al evocar la época en que las cantaba mañana y tarde, en 1912, junto a mis
jóvenes compañeros de seis a ocho años, entre dos lecciones de lectura, de es­
critura, de cálculo o de moral. Sus letras hablaban de soldados, de banderas,
de fronteras, de batallas. Esta formación de espíritus por las escuelas de la Re­
pública es un fenómeno histórico que hoy día ha sido muy estudiado.13 Pero
quisiera insistir sobre algunos problemas de vocabulario particularmente típi­
cos de una sacralización.
Una de estas canciones de mi infancia decía: «Oü t’en vas-tu soldat de
France, tout équipé, prét au combat?» [¿Adonde vas, soldado de Francia, tan
equipado, preparado para combatir?]. No se ocultaba a este «soldadito», en
1912, que iba a combatir en una guerra colonial: «Crains le soleil, la nuit,
la fiévre, l’homme embusqué dans les taillis...» [Teme al sol, a la noche, a la
fiebre, al hombre escondido entre los arbustos]. Pero, al «adonde vas», seguía
esta respuesta: «C’est comme il plait á la Patrie. Je n’ai qu’á suivre les tam-
bours...» [Hago lo que complace a la Patria. Sólo tengo que seguir a los
tambores]. Extraña recomendación de obediencia pasiva a un «placer» que
ya no era el del rey, sino el de una entidad personalizada. Desde Michelet,
«Francia es una persona», a la que debemos amar y por quien, quizás, debe­
remos morir. La canción termina: «J’aimerais bien revoir la France, mais:
bravement mourir est beau» [Me gustaría mucho volver a ver Francia, pero
es bello morir con valentía].

12. «Dios salve al zar.» Himno oficial del Imperio ruso.


13. Véase, por ejemplo, el libro colectivo (bajo la dirección de Mona Ozouf), L'Ecole,
l ’Église et la République, 1871-1914 , Cana, París, 1982, y más recientemente, el libro de Yves
Déloye, École et citoyenneté. L ’individualisme républicain de Jules Ferry á Vichy: Controverses,
Presses de la Donation Nationale des Sciences Politiques, París, 1994. Sobre el tema concreto
de la educación en los años de la primera guerra mundial, véase Stéphane Audoin-Rouzeau, La
guerre des enfants, 1914-1918. Essai d ’histoire culturelle, Armand Colin, París, 1993.

\
26 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Hay sacralización, porque hay exigencia de sacrificio. Una exigencia ob­


sesiva en el cancionero escolar, y en las «páginas escogidas», literarias, que
lo acompañaban. En ellas se moría «por la patria» (no únicamente en Fran­
cia, los ejemplos subrayaban que se trataba de un deber universal). Y morir
así era «digno de envidia». La expresión merecería un estudio, una estima­
ción cuantitativa de su uso. Una especie de himno la consagró: «Mourir pour
la patrie, c’est le sort le plus beau, le plus digne d’envie» [Morir por la patria,
es el destino más glorioso, el más digno de envidia]. El Chant du Départ de­
cía: «De Bara, de Viala, le sort nous fait envie» [De Bara, de Viala, el desti­
no nos produce envidia]. Y Bara, un héroe casi niño, merecía estar en un
panteón escolar: «Ó noble enfant digne d’envie ... soit notre exemple pour
mourir» [Oh noble niño digno de envidia ... sé nuestro ejemplo para morir].
Hugo engrandecía el hecho: «Ceux qui pieusement sont morts pour la pa­
trie / on droit qu’á leur cercueil la foule vienne et prie...» [Aquellos que han
muerto piadosamente por la patria / merecen que la multitud visite su tumba
para rezar]. Y a menudo olvidamos (como olvidamos las circunstancias de
La Marsellesa) que el poema de Hugo se refería a los insurgentes de 1830, y
que Bara había caído en la Vendée; es decir, que «morir por la patria» podía
significar «morir por una cierta idea que uno puede hacerse de la patria».
El «digno de envidia» trae a mi memoria un recuerdo más emotivo. Mis
estudios primarios (1912-1916), que empezaron en años de paz, finalizaron
en medio del gran drama de la guerra. En 1915-1916, tuve por maestro a un
hombre de una calidad excepcional,14 a quien quería y admiraba; un día, nos
leyó el poema de Hugo: «lis glissent dans le champ fúnebre et solitaire»
[Ellos se deslizan por el campo fúnebre y solitario], que, después de una
atroz descripción de un campo de batalla, termina: «Ó morts pour mon pays,
je suis votre envieux» [Oh muertos por mi país, os envidio]. En ese momen­
to, al maestro se le quebró la voz, y abandonó el aula llorando; su hijo había
muerto en las primeras batallas de 1914. Había sido un normalien brillante,
historiador. Su primera investigación había tratado, me había dicho su padre,
sobre la batalla de Bouvines, de la cual se estaba celebrando el séptimo cen­
tenario, en 1914, ¡precisamente!
Este puñado de recuerdos, por su coherencia, podría alimentar nuevas re­
flexiones sobre «la identidad de Francia». Pero, desde 1919-1920, mi reacción
de adolescente ante la absurda masacre me llevó a rebelarme brutalmente con­
tra la educación «patriótica» que había recibido. Y la misma reacción carac­
terizó (es un fenómeno que hoy ha sido bien estudiado) a mi «generación
intelectual».15Dorgelés, Barbusse, Duhamel, Remarque, Glásser, Renn: leyén-

14 . Se llamaba Eugéne Reverdy.


15. Jean-Fran90is Sirinelli, Génération intellectuelle. Khágneux et normaliens dans l ’en-
tre-deux guerres, Fayard, París, 1988.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 27

dolos, ¿cómo no habíamos de encontrar en el «digne d’envíe» de nuestros re­


cuerdos escolares un sabor amargo, a la vez trágico e irrisorio? Y «Charlot
soldado» capturando en sueños al káiser desmitificaba de otro modo nuestra
imaginería de la guerra. Pero en nuestros juicios históricos sobre el aconteci­
miento, nuestros análisis eran muy parcos. La historiografía dominante nos
llevaba a buscar «las responsabilidades de la guerra» en el juego de los políti­
cos, en las intrigas de los diplomáticos, en la venalidad de los periodistas y en
la ambición de los estados mayores. Los «nacionalismos» sólo adquirían, ante
nuestros ojos, el estatus de «ideologías». No juzgábamos los intereses «impe­
rialistas» según Hobson, Hilferding o Lenin, pero citábamos, porque era de
Anatole France, esta afirmación simplista: «on croit morir pour la patrie, on
meurt pour les industriéis» [la gente cree morir por la patria, pero muere por
los industriales].
Esta condena, que puede tener una explicación sentimental, pero que des­
de el punto de vista intelectual tiene un fundamento muy mediocre, del episo­
dio bélico vivido por nuestros padres, conocería su apogeo entre 1925 y 1929,
en el corto episodio de «prosperidad» mundial y europea que hizo que el
mundo creyera, momentáneamente, en el «espíritu de Locamo» y que nos sin­
tiéramos escépticos ante la necesidad de una nueva ley sobre la organización
militar (la «ley Paul-Boncour»).16 Los años treinta nos obligarían a ver de un
modo radicalmente distinto las «relaciones internacionales». O, más exac­
tamente, a ver de otro modo la historia. No es una casualidad que fueran los
años 1929-1939 los que vieran nacer una nueva epistemología entre los histo­
riadores franceses. Henri Berr y Luden Febvre la habían anunciado; Marc
Bloch produjo entonces sus mejores obras; Emest Labrousse se unió al grupo.
Pero si todos ellos tuvieron eco, y si fueron tan comprendidos cuando defen­
dían la historia «total», fue porque la historia que entonces vivíamos no se
hacía (o, al menos, no se hacía únicamente) en los consejos de administración,
ni en los gabinetes ministeriales, ni en los estados mayores militares ni en los
salones de las embajadas. ¿Podían ser calificados de «ideológicos» los en­
frentamientos entre la expansión japonesa y la Revolución china, o el miedo
obsesivo de las clases acomodadas europeas ante la consolidación de la Revo­
lución soviética? Sobre todo, la «imputación a lo político» de las miserias sur­
gidas en la crisis económica creaba en todas partes una inestabilidad de los
poderes, y la imputación al extranjero por los vencidos y los insatisfechos

16. Por «espíritu de Locamo» se entiende el ambiente favorable a la cooperación intelectual


franco-alemana que se vivió en los años posteriores a los acuerdos de Locamo (que ratificaban las
fronteras establecidas en el tratado de Versalles). La ley Paul-Boncour, o ley para la organización
general de la nación en tiempo de guerra, fue presentada y votada en el Parlamento francés en
marzo de 1927. Los artículos referentes a la libertad de expresión intelectual fueron objeto
de contestación en los ambientes de la École Nórmale, tal como se explica en el capítulo 2 de la
segunda parte de este libro.
28 PENSAR HISTÓRICAMENTE

de 1918-1919 transformaba los viejos «nacionalismos» en reacciones colectivas


pasionales, capaces de resucitar, a escala de millones de hombres, el juego de
las «causalidades diabólicas», el mismo que había inspirado los «pogromos».17
Se produjeron entonces unos raros efectos especulares entre actualidad e
«historia». La obra erudita de Kantorowicz sobre Federico II, inventor, en el
siglo xm, de un aparato cargado de símbolos y de mitos, fue objeto del inter­
cambio de comentarios llenos de admiración entre Mussolini y Hitler. ¡Pero
Kantorowicz tuvo que exiliarse! Siempre he considerado significativo que,
en otro momento de su carrera, ese gran medievalista hubiera consagrado un
estudio (¡demasiado corto!) a la evolución histórica de las palabras «pro pa­
tria morí».18 En cierto sentido, consigue desmitificarlas, ya que sitúa su ori­
gen en la lengua del estado del imperio bizantino y es muy dudoso que este
imperio constituyera el marco de una «patria». Pero lo que interesa para
nuestro propósito es el punto de partida de la reflexión de Kantorowicz: él
constata que en 1914, con ocasión de la invasión de Bélgica por el ejército
alemán, un cardenal belga, en un texto de carácter pastoral, había afirmado
que cuando un soldado moría por su patria había asegurado la salvación de
su alma. Otro teólogo había protestado: ni los mártires de la fe habían disfru­
tado de semejante prerrogativa; la Iglesia siempre se había mostrado más exi­
gente. Pero a nosotros nos basta que el «pro patria mori» haya podido parecer
a un obispo cualificado, durante un instante, garantía de salvación, para con­
siderar la amplitud de aquello que hemos llamado «sacralización de la patria».
Y vuelven a afluir mis recuerdos de infancia; porque durante mi niñez (e in­
cluso antes de ir a la escuela) frecuenté la iglesia: guardo en mi memoria tan­
tos cánticos religiosos como canciones escolares. Cantaba, entre dos estrofas
del «Magnificat» (esta era la costumbre): «Vierge notre Espérance, étends
sur nous ton bras, Sauve, sauve la France, Ne l’abandonne pas» [Virgen Es­
peranza nuestra, / extiende tu brazo sobre nosotros, / salva, salva a Francia, /
no la abandones], y también: «Reine de France, priez pour nous, Notre espé­
rance, Venez et sauvez nous» [Reina de Francia, rogad por nosotros, es-
A

peranza nuestra, venid y salvadnos], y todavía: «O Marie, ó Mére chérie,


Garde au coeur des Fran$ais la foi des anciens jours —entends haut du Ciel

17. Vilar toma prestado el concepto «causalidades diabólicas» de Léon Poliakov, que
en 1981 escribió el primer volumen de La causalité diabolique, Calmann-Lévy, París, 1981
(hay traducción cast.: La causalidad diabólica. Ensayo sobre el origen de las persecuciones,
Muchnik Editores, Barcelona, 1982).
18. Emst H. Kantorowicz, Mourir pour la patrie et autres textes, PUF, París, 1984. El ar­
tículo se publicó por primera vez en American Historical Review, 56 (1951), pp. 472-492. Apa­
reció una nueva versión del trabajo en el libro The King's Two Bodies, Princeton University
Press, 1957, traducido al castellano como Los dos cuerpos del rey, Alianza, Madrid, 1985. Alain
Bourreau ha seguido la historia y las vicisitudes intelectuales del historiador en Histoires d'un
historien. Kantorowicz, Gallimard, París, 1990.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 29

ce cri de la Patrie: Catholique et fran^aise toujours» [Oh María, oh Madre


amada, / guarda en el corazón de los franceses la fe de los tiempos antiguos /
escucha en el cielo este grito de la Patria: católica y francesa siempre]. Así,
Francia, la «sembradora» de ideas con la cabeza cubierta por el gorro frigio
en la imaginería republicana, se convertía también en una persona cuando era
encomendada a la Virgen protectora. Dos «ideologías» se oponían, pero
compartían un mismo tipo de demagogia patriótica. Debemos precisar: no se
difundían falsas propagandas, ni se abusaba de la mística gesticulante. Esto
ocurrirá más tarde. Se trataba más bien de una especie de impregnación, de
una lección de moral cotidiana: amarás a tu patria como amas a papá y a
mamá; hay que ser buen soldado, hoy en el cuartel, mañana quizás en la gue­
rra, como en la iglesia hay que ser buen cristiano, y en la escuela alumno
aplicado. La moral infantil impregna más que constriñe. El sacrificio por la
sociedad se sugiere como una eventualidad «normal»; el premio consiste
en la gloria. Jules Romains, en Verdun,19 planteó muy bien el problema que
hemos percibido, y que fue, en sus diversos grados de conciencia, el de
su generación: la contradicción entre un pensamiento político que se pro­
clama racional, y una exigencia de sacrificio demasiado desprovista de ra­
cionalidad:

Hacía ya bastantes años que se había anunciado a los hombres que la so­
ciedad había renunciado a ejercer sobre ellos un poder mágico, que ellos tenían
derechos absolutos, y que ya sólo podría exigírseles cosas razonables desde el
punto de vista individual. Ahora bien, parece poco razonable, desde el punto de
vista individual, que un hombre pueda perder su vida, es decir, todo, para de­
fender la parte a menudo bastante pequeña que le corresponde en los intereses
colectivos ... Pero el miedo que tiene a la sociedad es más fuerte que el miedo
a los obuses ... No se trata de un miedo físico, sino místico ... El hombre está
hecho de una manera que en él un miedo físico es siempre menos fuerte que un
miedo místico.

Escrito en el curso de los años treinta, este texto puede parecer un juicio
a posteriori. Pero Jules Romains, nacido en 1886, había vivido intensamente
la preguerra de 1900-1914. A los veinte años, había desempeñado un papel
nada despreciable, como veremos más adelante, en la «coyuntura mental» de
aquellos tiempos. Esta coyuntura, como la de los años 1929-1939, expresa
una conciencia confusa del drama que se prepara. En Francia se traduce en la
exaltación de un Péguy, en la inquietud de un Jaurés (también cuando se afe-
rra a la esperanza). En todo el mundo, en diversos grados, se extiende la pre-

19. Verdun es el título de una de las novelas de Jules Romains que forma parte de la exten­
sa obra Les hommes de bonne volonté, y que hace referencia a la dramática y larga batalla vivida
en la primera guerra mundial. La nota adicional número 4 se refiere a Jules Romains (p. 220).
30 PENSAR HISTÓRICAMENTE

ocupación por los hechos «nacionales», «coloniales», la mayoría de las veces


para juzgarlos políticamente, en sus orígenes y en sus consecuencias. Pero al­
gunos espíritus, conmovidos por el declive de las religiones tradicionales en
las sociedades más «evolucionadas», se preguntan si no hay nuevas maneras
de «buscar a Dios».

II. D u r k h e im : u n a r e v o l u c ió n c o p e r n ic a n a e n l a c ie n c ia s o c ia l ;

LA INVERSIÓN DE LAS RELACIONES ENTRE LO COMÚN Y LO SAGRADO

Ante la evidencia de los estrechos lazos que unen hecho religioso y vida
social, el hábito de atribuir a «la idea» el poder de conformar lo real hizo
creer, y decir, durante siglos: la religión forma, la sociedad viene después.
Pero he aquí que, siguiendo a la vez las lecciones de su tiempo y las de su
disciplina, el etnólogo Émile Durkheim propuso invertir los términos: la reli­
gión, ¿no podría ser precisamente la expresión, la creación misma de la so­
ciedad?
No es este el momento para meditar sobre los orígenes, los precedentes y
el destino ulterior de esta visión de las cosas, y de las discusiones que ha sus­
citado. Pero me gustaría poder establecer los lazos que unen esta revolución
del pensamiento, por un lado al pensamiento sociológico y, por el otro, al
tiempo histórico en el que surgió. Porque me parece que con ello podremos
contribuir a esclarecer las definiciones que nos interesan («pueblos», «pa­
trias», «naciones», etc.). No porque Durkheim las abordase directamente,
sino porque su problemática no le resultaba extraña.
Durkheim es, ante todo, un positivista de su tiempo, que admite que
existen leyes naturales a las que es imposible no obedecer. Pero sabe que la
aplicación de este esquema a las sociedades choca con algunos hábitos:

Sólo un pequeño número de inteligencias está firmemente convencido de


la idea de que las sociedades están sometidas a leyes necesarias y constituyen
un reino natural.20

Este vocabulario —los «reinos»— podría parecer anticuado en los tiem­


pos en que Durkheim lo utiliza para sus propuestas innovadoras, pero expre­
sa con claridad la voluntad de especificidad de la «sociología».
De hecho, la auténtica innovación se halla en la relación que propone es­
tablecer entre lo común y lo sagrado, entre la conciencia colectiva del grupo
y su sacralización. Citemos las fórmulas más significativas:


20. Emile Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa , Alianza Editorial,
Madrid, 1993, pp. 67-68.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 31

Es indudable que una sociedad posee todo aquello que se precisa para
despertar en los espíritus, por la mera acción que se ejerce sobre ellos, la sen­
sación de lo divino, pues ella es para sus miembros lo que un dios para sus
fieles.21

Las representaciones religiosas son representaciones colectivas que expre­


san realidades colectivas.22

Y todavía este otro párrafo, que responde a los interrogantes que había­
mos encontrado en el Verdun de Romains, sobre el misterio de la aceptación
del sacrificio:

Por eso, cuando, incluso en nuestro fuero interno, intentamos liberamos de


estas nociones fundamentales, sentimos que no somos completamente libres
de hacerlo, que hay algo que se nos resiste, en nosotros y fuera de nosotros ...
como la sociedad también está representada en nosotros, se opone, desde nues­
tro propio interior, a estas veleidades revolucionarias.23

El uso de esta palabra —«revolucionarias»— sugiere que Durkheim no


pretendía, aquí, referirse al rechazo de las simples obligaciones de la moral
corriente («rebeldes» hubiera sido suficiente), sino plantear la hipótesis de
una negación más global, más política, de las exigencias de la sociedad. Pu­
blicado en 1912, este texto analiza con antelación el fenómeno que a menu­
do ha intrigado a los historiadores sobre los acontecimientos del mes de
agosto de 1914: ¿cómo se volatilizó, cómo se redujo a la nada, la espera­
da resistencia a aceptar la guerra? El carnet B, que preveía, en Francia, en
caso de movilización, el arresto de un buen número de «revolucionarios»,
posiblemente fue tirado a la papelera.24 Podemos decir que Durkheim lo
había previsto. Ello tiene su importancia. Pero esta «sociedad hipostasiada
y transfigurada», capaz de imponerse a las conciencias individuales, deja de
ser una abstracción cuando se decreta una «movilización general». Adquiere
entonces un cuerpo concreto, territorialmente localizado, jurídicamente defi­
nido. «El francés» que se alza contra «el alemán», «el alemán» que se alza
contra «el francés». Es una formación social estructurada la que se impone
y obliga a los individuos, y estamos tratando de encontrar un nombre ade­
cuado para denominarla. El aparato capaz de imponerse al individuo tiene
uno: el estado.

21. Ibid., p. 342.


22. Ibid., p. 41.
23. Ibid., p. 53.
24. El tema del carnet B ha sido tratado por Jean-Jacques Becker, Le Carnet B. Les Pou-
voirs Publics et l'Antimilitarisme avant la guerre de 1914, Éditions Klincksieck, París, 1973. La
lista del carnet B había estado constituida por unos 2.500 nombres.
32 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Es el estado el que «moviliza», el que da a cada uno de sus administra­


dos [ressortissants] en edad militar la orden de «reunirse con su cuerpo», y
el que, si no es obedecido, lo hará buscar por el «gendarme» de su pueblo.
Del mismo modo que, si otro de los administrados muere por la patria, el es­
tado irá, «con delicadeza», a avisar a sus allegados. Porque uno no muere
«por el estado», sino «por la patria». ¿Es «el miedo al gendarme» el factor
determinante? El soldado de Erich María Remarque que, exhausto y desen­
cantado, exclama: «¡Si fuésemos héroes estaríamos en casa!», se engaña, ya
que una rebeldía individual no puede tener éxito, y una revuelta colectiva
triunfante exigiría otros deberes, y otros enrolamientos. Conseguir «volver a
casa» de una forma individual supone cometer un fraude, y, en consecuen­
cia, tener mala conciencia. Volvamos a Durkheim, y a aquello que él llama
«una clase particular de necesidad moral» impuesta por la sociedad al indi­
viduo. A partir de sus referencias etnológicas, Durkheim ve en esta necesi­
dad lazos religiosos. Pero al mismo tiempo nos pone en guardia contra todo
«comparativismo» simplificador. La monogamia de las tribus australianas,
nos dice, tiene muy poco que ver con el Código Civil. Y es aquí cuando
llama «historia» —hecho que nos interesa particularmente—, a la ciencia
que convendría crear: «hay que observar la historia, hay que fundar toda una
ciencia, ciencia compleja...».25
Este llamamiento, en 1912, empezaba a comprenderse; no lo será del todo
hasta 1929, con Luden Febvre y Marc Bloch. En el esfuerzo que se auto-
impone Durkheim para no pasar demasiado rápidamente del tótem a los
símbolos nacionales (como más tarde Davy pasará del potlatch a Emest
Renán), algunos malentendidos resultan especialmente esclarecedores e
ilustrativos.
Tomemos, por ejemplo, uno de los términos cuyo contenido nos inte­
resa de un modo especial: la palabra «nación». Durkheim no la utiliza en
sus comparaciones con los grupos primitivos; es demasiado consciente de la
distancia que les separa. Pero en determinados momentos, como sin darse
cuenta (lo que es más significativo), se sirve de palabras derivadas, que sólo
pueden ser entendidas por aquel lector que tenga una conciencia clara de
lo que implica el radical «nación». Así, para indicar que la magia no es una
religión, Durkheim nos dice que se apoya tanto sobre dioses extranjeros
como sobre dioses nacionales. Esto significa dar a «nación» un valor su-
prahistórico. Lo mismo sucede cuando esboza una crítica del concepto de
«antropología», que percibe como una búsqueda de lo universal, «más allá
de las diferencias nacionales e históricas». «Nacional», aquí, parece referir­
se a cualquier tipo de agrupamiento. Y es el lenguaje de lo cotidiano. Pero
¿cotidiano desde cuándo?

25. Émile Durkheim, op. cit., p. 55.


LO COMÚN Y LO SAGRADO 33

La atención del historiador de hoy se siente atraída, cada vez más, por los
hechos de «mentalidad». Nos interesamos por el papel desempeñado, también
en la vida moderna, por los «símbolos». En Les lieux de mémoire, hay un capí­
tulo legítimamente consagrado a la bandera, donde se trata sobre lo que repre­
senta, todavía, para los franceses.26 Durkheim parece saberlo bien cuando,
para hacer comprender al lector lo que era un «tótem», escribe: «El tótem es
la bandera del clan».27 Aquí, la explicación, a través de la comparación,
apela a la experiencia de nuestro presente. Pero unas líneas después Durk­
heim nos dice que «el clan no tiene base territorial»;28 ello dificultará la com­
paración con la bandera. Durkheim cita entonces a otro etnólogo, que ha
preferido, para hacer comprender el sentido del «tótem», evocar «los blaso­
nes heráldicos» ¡en las «naciones civilizadas»! Al leer «blasones» —y todo
el léxico de los «emblemas»— el historiador pensará sobre todo en las dis­
putas dinásticas que desmembraron, en los siglos xvi y xvn, un Occidente
europeo aún muy poco «nacional» y muy desigualmente «civilizado». Así
pues, si los historiadores corren a menudo el riesgo de utilizar incorrecta­
mente el lenguaje de los etnólogos, estos no les van a la zaga.
Un último ejemplo. Hay palabras que son tan familiares que su uso no
parece comprometer ninguna concepción particular de grupo. Estoy pensan­
do en «país» y en «pueblo». Durkheim no utiliza la primera, que no evoca
nada referente a lo social. Pero no puede evitar escribir «pueblo»:

Además de hombres, la sociedad consagra cosas, y sobre todo ideas. Basta


con que una creencia sea unánimemente compartida por unp u e b lo para que, por
las razones expuestas más arriba, quede prohibido ya tocarla, es decir, negarla o
incluso ponerla en duda. Ahora bien, la prohibición de la crítica es como cual­
quier otra prohibición, y prueba que nos encontramos ante algo sagrado. Inclu­
so hoy, por grande que sea la libertad que nos concedemos recíprocamente, un
hombre que negase totalmente el progreso, que ultrajara el ideal moderno con el
que están comprometidas las sociedades modernas, parecería un sacrilego. Hay
al menos un principio que hasta los p u e b lo s más adictos al libre examen tienden
a colocar por encima de toda réplica y a considerar como intangible: el propio
principio del libre examen . 2 9

Estas frases de 1912 dejan hoy un sabor amargo. Tres cuartos de siglo
nos han enseñado que las «sociedades modernas» no se encontraban al abri­
go de nuevas recaídas en la irracionalidad. Tendemos, sobre todo, a distin­

26. «Les trois couleurs», por Raoul Girardet, en Pierre Nora, dir., Les lieux de mémoire. /. La
République, Gallimard, París, 1986.
/

27. Emile Durkheim, op. cit., p. 363.


28. Ibid., p. 382.
29. Ibid., p. 353. La cursiva es de Vilar. El texto francés habla de «peuples épris de libre
examen».
34 PENSAR HISTÓRICAMENTE

guir mejor entre las «sacralizaciones» propiamente dichas y las simples «ideo­
logías dominantes», que a menudo son «hegemonías de estado» o, en los
tiempos actuales, efecto de la era de la comunicación; pero la expresión de
Durkheim «los pueblos adictos al...» (al progreso, al ideal, a la libertad, etc.)
suena demasiado a palabrería, a pura retórica.
Cuando un texto de 1912 dice «los pueblos...», sabemos muy bien que es
lo que entendía el gran público: Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Ru­
sia... Pero estas palabras abarcaban realidades bien distintas, estructuras
complejas, socialmente contradictorias, étnicamente abigarradas. Utilizando
este vocabulario, Durkheim se inscribía en un mundo de creencias. Segura­
mente lo hubiera reconocido, puesto que esbozó una teoría al respecto. Durk­
heim expresaba una «coyuntura mental» a la que uno se siente tentado de dar
su nombre.

III. La coyuntura D u r k h e im . U n a preguerra.

¿ C o n v ie n e d iv in iz a r l o u n á n i m e ?

El testimonio más significativo que autoriza a hablar de una «coyuntura


Durkheim» es el de Jules Romains, en el prefacio que escribió, en 1925, para
la reedición de su libro de poemas La vie unánime,™ que había publicado por
primera vez, a sus veintidós años, en 1908. Es sorprendente observar que este
libro, hoy casi olvidado, una obra de juventud no demasiado lograda, infe­
rior a otros libros de poemas de Jules Romains que tratan sobre nuestro tema
de estudio (Europe, L'homme blanc...), fue recibido en 1908 con interés,
como manifiesto importante de una escuela poética naciente. Sin duda eso
también forma parte de la «coyuntura mental» de estos primeros años del
siglo. Se esperaba «alguna cosa», y los críticos relacionaron las disposicio­
nes «unanimistas» con las proposiciones de Émile Durkheim; uno de ellos
llegó a ver en La vie unánime «el loable esfuerzo de un joven espíritu para
revestir de lirismo la enseñanza de sus profesores», ya que Jules Romains era
normalien y Durkheim un pontífice universitario. Retrospectivamente vejado
con esta calificación —no buscada— de «notable», Romains, en 1925, res­
pondió, sin ocultar sus pretensiones pero con humor, que Polyeucte, Phédre
y Tartufe no habían sido escritas a partir de los apuntes tomados en las cla­
ses de Descartes y, sobre todo, que La vie unánime había sido enteramente
escrita antes de que el autor hubiera leído una sola palabra de Durkheim. Ro­
mains confiesa haber sentido por la sociología una aversión espontánea, y
sólo reconoce como maestros, de Homero a Hugo, a los poetas. Su encuen-30

30. Jules Romains, La vie unánime, Gallimard, París, 1925. El prefacio se ha reproducido
en las nuevas reediciones (incluso las más recientes) que Gallimard ha hecho del libro.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 35

tro con Durkheim había sido inconsciente, y es esto lo que define la «coyun­
tura» de su tiempo. Romains reprocha a los críticos no haber sabido percibir,
en La vie unánime, «a un niño estremecido por la religión, que había enfer­
mado por la religión, a un hombre joven sacudido por el ejército, que había
enfermado por el ejército».31
He aquí, para nosotros, el testigo de esta sociedad que convertía la reli­
gión en un atributo de la infancia, y la condición de soldado en un signo de
virilidad. Entre los «unánimes» (lugares y momentos en los que puede surgir
el alma colectiva) el poema evoca la iglesia, en un momento de exaltación
fugitiva, y el cuartel, en su pesada continuidad.
Entrevemos la nostalgia de lo divino: «¡Qué felices seríamos si tuviéra­
mos un dios!». Pero no uno de esos dioses abstractos «que jamás han ha­
blado desde la montaña, y que no mueren después de haber llorado ... Ay,
¡esos dioses ya no volverán!».32 El grupo consumido, envejecido, de la misa
de los domingos sabe que ya no es «el más grande de los seres unánimes».
Entre el humo del incienso y el tañido de las campanas, el «unánime» crea­
do por el fervor de los votos de cada uno, «sueña en voz alta que Dios
es él».33 El cuartel es grávido, mórbido, desgraciado, ávido de morir para
devolver al individuo su libertad y su alegría cotidiana. Pero es el estado (la
palabra ha sido escrita) el que ordena su continuidad y supervivencia, y
«lo llena de juventud nueva cada año».34

Después, una mañana, la guerra.


El cuartel, que no sabe nada,
no sabrá nada. Se le dirá
que salga de sus muros

31. «Comme n’ont-ils pas sentí que l’auteur de la Vie Unánime avait été un enfant boule-
versé par la religión, rendu malade par la religión, et plus tard un jeune homme bouleversé, ren-
du malade par l’armée» (Jules Romains, op. cit., p. 15).
32. Son versos extraídos del poema «Je cherche»: «Comme on serait contení si Con avait
un dieu!». Los otros versos han sido extraídos de la última estrofa del mismo poema: «Hélas\ des
dieux pareils, il n'en passera plus\ / lis ont peur de montrer leur costume trop simple / Et d’en-
tailer sur quelque tesson leurs pieds ñus. / Mais les autres, les dieux abstraits qu’on n’a pas vus, /
Ceux que le souffle á peine chaud de la raison / Mit comme une buée aux vitres du destín, / Les
dieux abstraits qui s’evaporent en divin, / Les dieux qui n'ont jamais parlé sur la montagne, / Et
qui ne sont pas morts aprés avoir pleuré, / lis peuvent exister, nos coeurs n’en veulent point».
33. Vilar cita dos versos del largo poema «L’Église». El primero corresponde a este frag­
mento: «Autrefois, / Dans la ville, C'était lui le plus grand des étres unánimes, / Et toute la cité
se transfusait en lui. / Mais maintenant elles ont surgí, les usines, / Les jeunes usines!». El se­
gundo verso citado corresponde al verso final del poema: «Le groupe si vieux, si petit, / Qui
séche, qui ne vit plus guére, / Reve tout haut que Dieu, c'est lui».
34. «L'État ordonne qu'elle y reste, qu'elle y dure. / Chaqué jour il lui passe un peu de
nourriture, / Et l ’emplit de jeunesse neuve chaqué année», del poema «La cáseme».
36 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Y más tarde, no mucho más tarde,


• • •

saldrá, y será asesinado


por los cañones 35

Según estos versos, el cuartel tiene conciencia. Se sabe, se siente «fecun­


do de miles de muertes futuras en su vientre».36 Este verso, en el «poema del
vigésimo año» de un «joven sacudido por el ejército, que había enfermado
por el ejército», indica la presciencia, casi la presencia, del «futuro 1914» en
los espíritus de los primeros años del siglo. Citaremos, en el momento ade­
cuado, a Jaurés y a Péguy. Aquí, en nuestra búsqueda de la definición de lo
«común» y de la intervención de lo «sagrado», el encuentro entre el «cons­
cripto» Romains y el sexagenario Durkheim, gran autoridad moral en la
III República francesa, próximo a publicar (lo hará en 1912) Las formas ele­
mentales de la vida religiosa, me parece lleno de sentido. Dos conclusiones
que Durkheim cree poder extraer de su reflexión científica podrían servir de
exergo a la intuición «unanimista» de Romains:

Por lo que concierne a los hechos sociales, todavía tenemos una mentali­
dad de primitivos . 3 7

Un dios no es sólo una autoridad de la que dependemos; también es una


fuerza sobre la que se apoya nuestra fuerza . 3 8

Aplicado a los años 1905-1920 y 1930-1945, el contenido de estas frases


es inquietante. Algunas masas humanas se enfrentaron, y fueron divinizadas
como grupos solidarios para darse más fuerza. Y los millares de muertos de
los que la cáseme se sentía embarazada se convirtieron en millones.
La naturaleza de estos grupos solidarios continúa siendo oscura. Durk­
heim habla de «la sociedad», Romains de «lo unánime». Como si no se atre­
vieran a escribir (si lo hacen es de un modo inconsciente) «patria», «nación» o
«potencia». ¿No tendrían miedo de reconocer que no encontraban diferencias

35. «Puis, un matin, la guerre. / La cáseme, qui ne sait ríen, / Ne saura ríen. On lui dirá / De
se glisser hors de ses murs / [De marcher, de suivre une me, / Et de monter dans un train noir.] /
Et plus tard, pas beaucoup plus tard, / [Ne sachant pas oú les wagons / L’auront menée; / Ne sa-
chant rien de tout, sinon / Qu’il faut tuer; / S’aplatissant, faisant des bonds. / Et voulant vivre alors
d’un désir forcené, / Dans la boue et dans la fumée, / Saignant, rageant, ratatinée,] / Elle ira, et sera
tuée / Par les canons».
36. La traducción se resiente aquí del hecho de que a la palabra cáseme en francés no le
corresponda en castellano otra palabra de género femenino. Estos son los tres versos finales de
«La cáseme»: «Elle est feconde. Elle a de quoi créer, portant, / Comme un ovaire lourd qui pal­
pite et qui s’enfile, / Des morís futures par milliers aprés son ventre».
37. Emile Durkheim, op. cit., p. 68.
38. Ibid., p. 346.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 37

de naturaleza entre un enfrentamiento entre dos tribus primitivas y un en­


frentamiento Francia-Alemania o Rusia-Austria?
Durkheim se tranquiliza cuando admite algo que para los europeos de su
tiempo debía ser percibido como una evidencia: la existencia de «sociedades
modernas», «naciones civilizadas», «pueblos adictos al libre examen». El
joven Romains lanzaba fórmulas más inquietantes:

Queremos libremente que nos esclavicen,


tener un dios vale más que tener la libertad.
Nuestras almas, que tanto tiempo han tardado en ser esculpidas,
y que adornos suntuosos enriquecen,
las lanzamos, sin una lágrima, al precipicio
de la ciudad.39

Y todavía: «Quiero ahogarme lanzándome a los hombres».40 Perdura, a


pesar de todo, una nostalgia —aunque abstracta y lejana— de lo universal:
«Será necesario que un día seamos la humanidad».41
Romains, entre los años 1920 y 1930, conseguirá hacer vivir a los peque­
ños grupos (copains, calles de París, manifestaciones), cantará y exaltará a
las grandes ciudades (París, Londres, Génova, Niza), satirizará —de un modo
divertido, pero feroz— cómo puede ser construido, sobre una idea fija im­
puesta, un totalitarismo provinciano (Knock), querrá apasionadamente una
Europa (tendremos que continuar hablando sobre él, pues, en este libro), se
interrogará sobre el destino del «hombre blanco»; en los límites del racismo,
rehusará traspasarlos, y el intelectual «occidental» volverá a Victor Hugo
(«Oh República universal») y al ideal republicano de su infancia («La escue­
la es nueva en el flanco de la montaña...»).42 Es el itinerario incierto, entre
1906 y 1934, de muchos «hombres de buena voluntad».43 Depositaron mu­

39. «Nous voulons librement que Ton nous asservisse, / Avoir un dieu vaut plus qu’avoir
la liberté, / Nos ames qu’on a mis tant de jours á sculpter, / Et que des omements somptueux
enrichissent, / Nous les jetons, sans une larme, au précipice / De la cité». Versos extraídos del
poema «Nous».
40. «Je veux bien me noyer en me jetant aux hommes...».
41. «II faudra qu’un jour on soit Lhumanité». Es el último verso del poema «Si Ton avait
un dieu», del grupo de doce poemas que aparecen bajo el título «Pendant une guerre» en La vie
unánime.
42. Referencia a los versos finales del poema «Hymne» que concluye la recopilación
L ’homme blanc publicada en 1937. El poema comienza: «L’école est neuve au flanc de la mon-
tagne». Y esta es la estrofa final: «Instituteur, c ’est toi, maítre d’école, / Que 1’homme blanc
charge de son dessein; / Et ton soldat, ton calme fantassin, / C'est lui, ó république universelle».
43. Todo el párrafo está lleno de referencias a las obras de Jules Romains: la novela Les
Copains (1913), los libros de poemas Europe (1916) y L ’homme blanc (1937), la obra de teatro
Knock ou le triomphe de la médecine (1927), y la extensa obra — veintisiete novelas— Les hom­
mes de bonne volonté (1932-1946).
38 PENSAR HISTÓRICAMENTE

chas esperanzas, y sufrieron por ello, en una definición clara de las comuni­
dades de las que dependían, y que (pero ¿por qué mecanismos?) dependían
de ellos. Esta fue su gran dificultad, y ello constituye la justificación de este
ensayo. Y también la conveniencia de señalar aún algunos puntos oscuros en
la formación del pensamiento sociológico.

IV. C o n f u s io n e s e n l o s o r íg e n e s d e u n a s o c io l o g ía d e g r u p o s .

«PSYCHOLOGIE DES FOULES» Y «VÓLKERPSYCHOLOGIE»

Hemos visto que Jules Romains, reflexionando sobre los orígenes de su


poema La vieunánime

(1908), rechazó la idea de la más mínima influencia
del pensamiento de Emile Durkheim; veía en los sociólogos a una especie de
demonios,

Creo recordar haber enviado un ejemplar de L a v ie u n á n im e al doctor


Gustave Le Bon, de quien había evitado leer una sola línea. Tan sólo el título
P s y c h o lo g ie d e s f o u le s me producía escalofríos.

Vemos así que en 1908, en el horizonte de la sociología naciente, Gusta-


ve Le Bon era más «indiscutible» que Émile Durkheim. Durante muchos
años esto me sorprendió. A lo largo de mi formación universitaria, oír decir
de un texto, de un libro: «es de Le Bon», y sonaba en mis oídos como una
condena definitiva, sin posibilidad alguna de perdón.44
Sin embargo, en los años ochenta, por razones no muy difíciles de descu­
brir, Le Bon ha reaparecido en la historia del pensamiento del siglo xx, y lo
ha hecho en posición de faro avanzado. No debemos pasar por alto este hecho.
Porque las imágenes fijadas por los sociólogos vulgares no importan menos al
historiador que las construcciones de los sabios. Sobre las relaciones entre lo
«común» y lo «sagrado», entre las estructuras internas de las sociedades y
la solidaridad de los grupos observables en el espacio, ¿qué sugería Le Bon?,
y ¿quién le escuchaba?
En Francia, hacia 1981, fecha de un giro político que aterrorizó a más de
un alma ingenua, pudo parecer juicioso resucitar a Le Bon. Otto Klineberg,
en el prefacio de una reedición de Psychologie des foules, pensó que era con­
veniente prevenir al lector: iba a encontrar en el libro una «mística racial»
(es más amable que «racista»), algunas «anécdotas», una etnología «un poco
simplista», e incluso dos fórmulas que hoy ya no forman parte de los «lu­

44. Gustave Le Bon (1841-1931). Médico de formación, ¿us libros sobre etnología y psico­
logía conocieron un gran éxito en todo el mundo. He intentado situar su importancia en Cataluña
y en España en la nota adicional número 2. La reflexión de Romains se encuentra en el Prefacio
de la edición de La vie unánime de 1925.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 39

gares comunes» y, por lo tanto, ya no pueden ser aceptadas: Le Bon hace «de
la intolerancia y del fanatismo el resultado lógico de los sentimientos religio­
sos», lo que no le impide experimentar inquietud ante la escuela republicana,
porque «la educación actual recluta muchos discípulos para las peores for­
mas del socialismo».
«Esta opinión ... es discutible», piensa Klineberg. Digamos más bien que
un lenguaje como este ayuda a fechar un texto y a situar un hombre. Leá­
moslo, no «con espíritu crítico», sino simplemente como historiadores.4546
Todo «librito» muy leído afirma y condensa lo que piensan, temen, desean y
esperan determinadas capas de la sociedad, determinadas categorías de inte­
lectuales. En 1895, entre la Comuna —un gran temor— y el proceso Dreyfus
—una gran división—, Psychologie des foules resulta un gran texto. Como
documento. ¿Sentó las bases de una sociología útil para nuestra problemáti­
ca? Es necesario que nos lo preguntemos. A

Serge Moscovici, en 1981, en un voluminoso libro, L ’Age des foules* con­


virtió a Le Bon en «el Maquiavelo de la sociedad de masas», lo que plantea un
primer problema: «foule» y «masse», ¿pueden confundirse estos dos concep­
tos?47 Pero podemos seguir a Moscovici cuando opone el eco universal del best-
seller de Le Bon al «silencio» (de hecho, al desprecio) que caracterizó, sobre
todo en Francia, la acogida de Le Bon por parte de la naciente ciencia socioló­
gica. Moscovici nos propone cuatro razones para explicar este «silencio»:

1) La «mediocre calidad» de sus libros: «observaciones pobres», «desenca­


denamiento de prejuicios y de odio contra aquello que, en otras partes, fascina».
Y la verdad es que queriendo inspirar «el miedo de las multitudes», juzgán­
dolas manipulables, se está sugiriendo la esperanza, y el sueño, de manejarlas.
2) Le Bon, dice Moscovici, fue un burgués liberal; por esta razón, el
mundo ha preferido a «los Weber, los Durkheim, los Parsons, los Skinner...»,
inventores de un saber «más cosmético y, para decirlo todo, más ideológico».
Ciertamente, toda sociedad puede segregar a la vez varias ideologías. ¿Es una
razón suficiente para igualar Le Bon a Weber?
3) Los políticos y los medios de comunicación no han dejado de aplicar
«las recetas y los trucos» del doctor Le Bon, pero no conviene decirlo. ¿Inven­
tó una teoría de la comunicación? Horkheimer y Adorno quizás lo presintieron.

45. Gustave Le Bon, Psychologie des foules, PUF, París, 1981. En el prólogo, Klineberg
dice «hay que leer el libro con espíritu crítico». En la edición castellana Psicología de las masas
(Ediciones Morata, Madrid, 1983), Florencio Jiménez Burillo, en el prólogo, acaba precisamen­
te recogiendo estas palabras de Klineberg.
A

46. Serge Moscovici, L'Age des foules. Un traité historique de psychologie des masses,
Fayard, París, 1981. Traducido al castellano como La era de las multitudes. Un tratado histórico
de psicología de las masas, FCE, México, 1985.
47. En el texto, traduciremos siempre foule por «multitud» y masse por «masa».
40 PENSAR HISTÓRICAMENTE

4) Hitler y Mussolini se arrogaron formalmente el pensamiento de Le


Bon, y esto habría hecho que las referencias a su obra hubieran dejado de ser
oportunas.

Es este último punto, naturalmente, el que más interesa al historiador.


Pero Le Bon no había sido el único que había evocado la fascinación de los
líderes sobre las multitudes. Sobre todo, no había dicho, o lo había dicho
mal, qué tipo de comunidades mitificadas serían invocadas por esta fascina­
ción. Había publicado, en 1894, un año antes de Psychologie des foules, otro
libro también muy leído, Les lois psychologiques de l 'évolution des peuples,
donde planteaba el problema de las razas. Pero Le Bon no es Gobineau.48 No
teoriza; vulgariza. Se interesa por las «razas» por causa de las colonias: hay
mestizajes buenos y mestizajes malos. Pensando en Europa, aunque ya había
quien se interrogaba, entre 1890 y 1910, sobre la diferencia entre «naciones»
y «etnias», Le Bon, a propósito de los enfrentamientos entre «estados», de
incidentes en el auge de las «potencias», evoca los trastornos y la crispación
de las multitudes, los contrastes entre comportamientos colectivos: un fra­
caso colonial («importante», dice) en Jartum, en 1885, no comportó la dimi­
sión del gabinete británico, mientras que el fracaso («insignificante», dice)
de Langson, en Tonkin, resultó fatal para el ministerio francés. Y es que «las
multitudes son, en todas partes, femeninas, pero las más femeninas son
las latinas».
Otro ejemplo: la «terrible guerra» de 1870 «surgió inmediatamente» tras
«la explosión de cólera» francesa al conocerse la noticia del «telegrama de
Ems». Recordemos que Bismarck lo había despachado para excitar «al toro
galo». ¡Muy «femenino» y muy «latino»! Este era el nivel de los lenguajes
del siglo pasado. Michelet, haciendo de Francia «una persona» y jugando con
el doble sentido de la palabra «pueblo», resultaba más grave y magnánimo,
pero no era mejor analista. ¿Cuándo exigiría alguien una aproximación menos
superficial a la naturaleza de los grupos, a las características de sus compor­
tamientos? En este terreno, Le Bon ¿había tenido «el talento de los descubri­
mientos pero no el genio de explotarlos?».49 Sus banalidades solemnes, por la
misma reacción que provocan, señalan con claridad la necesidad de tres ám­
bitos de estudio: será necesario fundar una psicología diferenciada de los di­
ferentes grupos; será conveniente introducir la noción de «inconsciente», ya
que el racionalismo del siglo xix ha razonado demasiado en términos de
«conciencia» («conciencia nacional» o «conciencia de clase»); no puede elu­
dirse la dimensión religiosa de los fenómenos.

48. Arthur Gobineau, conde de Gobineau, Ensayo sobre la desigualdad de las razas hu­
manas (1853-1855).
49. La frase es de Serge Moscovici, op. cit., p. 94.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 41

Hacia una sociología diferenciada de los grupos humanos. En 1895,


Le Bon, «liberal-conservador» (como se decía entonces en España), traducía
el miedo que sentía hacia la calle, hacia lo numeroso, hacia lo anónimo,
agrupando bajo el nombre de «foules» las más dispares categorías de los
grupos humanos: tribunales, foules electorales, asambleas parlamentarias,
sindicatos, las emociones de la calle, que expresaban «el alma de una raza».
La sociología insiste hoy sobre la especificidad de cada tipo de agrupación,
minúsculo, multitudinario, efímero, duradero, ocasional, institucional: cada
« « i# »

uno tiene sus características, si no sus propias leyes. Por otro lado, para Le
Bon, la «era de las multitudes» era su tiempo. Como si no hubieran existido
revueltas de esclavos y juegos de circo, migraciones-invasiones, cruzadas,
peregrinaciones, grandes peurs, pogromos, así como fiestas y carnavales,
procesiones, «sociabilidades» de todo tipo. Desde hace medio siglo, los his­
toriadores han dado lecciones a los sociólogos. En relación a las tempo­
ralidades sobre todo: instantaneidad de los pánicos, tiempos cortos de los
rumores que se extienden, tiempos medios de la prosperidad y de las crisis,
tiempos largos de la mentalidad y de las religiones. ¿Qué tipo de tiempo
conviene a la observación de los grupos humanos sobre los diversos territo­
rios? El interés durante tanto tiempo exclusivo de la historiografía por los
poderes, las batallas y los tratados, hace que tendamos a ver cómo combaten
y se reconcilian, a través del tiempo, grupos que, aparentemente, están mejor
definidos si tienen un nombre. «Francia», «Alemania», «España», ¿quién no
cree saber de qué se trata, sea cual sea el instante rememorado? Para los si­
glos en los que es difícil ver «estados», se suele esquivar el problema (hasta
Seignobos) escribiendo «pueblos». Sólo Lucien Febvre se atrevió a afirmar
que «el mayor problema» que se plantea al historiador no es otro, ante las
grandes «naciones» modernas, que el de su existencia y el de su naturaleza.
No ha sido demasiado comprendido. De ahí la dificultad de nuestra empre­
sa. Y su justificación.
La aparición del inconsciente. En la terminología de Le Bon, la palabra
«inconsciente» aparece con frecuencia. Hoy la palabra tiene un sentido muy
preciso en el ejercicio del psicoanálisis, y un sentido a menudo muy vago en el
uso cotidiano. Ahora bien, Psychologie des foules (1895) es casi contemporá­
nea de lo se que se ha denominado «el nacimiento del psicoanálisis». Esta cir­
cunstancia, ¿es suficiente para relacionar dos fenómenos de características, y
de futuro, tan distintos? No nos atreveríamos a hacerlo si el mismo Freud, tar­
díamente, pero de forma clara, no hubiera planteado el problema: en 1921 pu­
blicó Massenpsychologie und Ichanalyse que, en Viena, revelaría Le Bon a
Adolfo Hitler. No queremos dar una importancia excesiva al suceso (el nazismo
tiene otras dimensiones, otros orígenes), pero el encuentro es muy sugestivo.
Convertir al doctor Freud en el mejor discípulo del doctor Le Bon es es­
candaloso e inexacto; Freud, ciertamente, cita largos párrafos de Le Bon,
42 PENSAR HISTÓRICAMENTE

suficientes para «revelarlo» a un lector perseguidor de sus fantasmas. Pero


se crítica a Le Bon en las citas, y se le relega, en la parte constructiva del
opúsculo, a la categoría de simple divulgador, que utiliza la palabra «in­
consciente» sin la precisión del concepto psicoanalítico.
Sólo falta decir que Freud, en 1921 (como ya lo había hecho en 1912 y
1915), se preguntó si no hubiera sido conveniente, después de haber privile­
giado, en el análisis del «yo», los contactos familiares inmediatos, intentar
penetrar en la esfera de las pertenencias más amplias. Y, aquí, su posición
vacila: ¿se trataría de estudiar los tipos de grupos capaces de dejar huella en
un individuo (la multitud de un día, los contactos cotidianos, las asambleas
ocasionales o regulares...) o más bien, las pertenencias involuntarias más o
menos coactivas (religiones, lenguas, estatus jurídicos, clases sociales even­
tualmente «conscientes y organizadas»...)? Pero no podemos decir, como
han dicho sus traductores franceses, que Freud no había distinguido entre
«foule» y «masse», cuando había escrito:

solange sich keine Bin-


E in e b lo s s e M e n sc h e n m e n g e n och k ein e M a s s e ist,
dungen in ihr nicht hergestellt haben, hátte aber das Zugestandnis zu machen
dass in e in e r b e lie b ig e n M e n sc h e n m e n g e sehh le ic h t d ie T endenz zu r B ildu n g
e in e r p s y c h o lo g is c h e n M a s se h e r v o r tr itt . 5 0

La distinción es neta. Pero si se traduce el final de la frase por «dans la


premié re multitude d ’hommes venue, la tendance áformer une foule psycho-
logique apparaít»,51 se elimina el matiz introducido por Freud, y se enfatizan
los efectos de la extraña transferencia que había empezado en 1912, cuando
Psychologie des foules había sido traducida al alemán con el título Psycholo-
gie der Massen. En 1912 una transferencia de este tipo, incluso —o sobre
todo— si era involuntaria, no era inocente. Pero invierte el sentido de «la
operación Le Bon».
Denomino así el golpe mediático exitoso (que no hay que confundir con
«éxito científico») que representó Psychologie des foules. La diana fue una
burguesía francesa conservadora y racionalista, que se asustaba ante eventua­
les manifestaciones irracionales producidas en el seno de las democracias: la
crispación en las asambleas, las manifestaciones en la calle. «Communards»,
«septembristas», exaltaciones «femeninas» del «chovinismo», papel de los

50. La cursiva es de Vilar. En la edición castellana del libro de Freud, Psicología de las
masas (Alianza, Madrid, 1969) este párrafo ha sido traducido: « ... una simple reunión de hom­
bres no constituye una masa, mientras no se den en ella los lazos antes mencionados, si bien ten­
dríamos que confesar, al mismo tiempo, que en toda reunión del hombre surge muy fácilmente
la tendencia a la formación de una masa psicológica » (p. 38).
51. He reproducido la traducción francesa tal como la cita Vilar. Los problemas de las tra­
ducciones de Le Bon y Freud son objeto de comentario en la nota adicional número 2.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 43

«meneurs»: las evocaciones son inquietantes, el vocabulario, peyorativo. Pero


si se traduce <<foules» por «Massen», y «meneur» por «Führer», las connota­
ciones cambian. Mein Kampf, ¿surgió de un escrúpulo bibliográfico de Freud
(largas citas) y de dos palabras que la traducción había hecho cambiar de sen­
tido? La conjunción Le Bon-Freud-Hitler es fascinante. No nos dejemos fas­
cinar. Pero conozcamos sus ambigüedades.
Y mucho más cuando es el mismo Freud quien nos facilita su análisis. Lo
hace refiriéndose únicamente a dos ejemplos: la Iglesia y el ejército. Son las
«künstliche Massen».52 Los traductores franceses escriben «foules artificie-
lles». De nuevo, dos palabras con connotaciones desfavorables. Pero ni la
Iglesia ni el ejército son multitudes (aunque a veces las utilicen). Son obras
del arte, muy antiguo, de modelar la materia humana, de estructurarla. Freud
descubre en su análisis la utilización de «la identificación con el padre» (el
jefe en el ejército, Dios en la Iglesia). La indicación del psicólogo puede ser
útil para el historiador. Pero éste conoce la diversidad de casos: la Iglesia ro­
mana de 1990 no es la del concilio de Trento; el ejército francés de 1914 no
es el de Fontenoy. Y la historia ofrece combinaciones sólidamente pensadas
de los dos modelos, ejército e Iglesia. La Compañía de Jesús difícilmente ad­
mite la definición de «foule artificielle», pero puede ser estudiada como
«künstliche Masse».
¿Cómo y dónde la multitud-materia engendra la masa-útil? Las iglesias
tienen fuertes implantaciones regionales, vocaciones misioneras y conquista­
doras. Los ejércitos se sirven de poderes territorialmente asentados; y ello
puede valer «desde los clanes hasta los imperios». Durkheim tenía razón: es
la historia de estos conjuntos lo que hace falta construir.
Con este objetivo, algunos textos, convenientemente fechados, merecen ser
analizados. Estoy pensando, una vez más, en una obra de juventud de Jules
Romains (Sur les quais de la villette, 1913). Sabemos que en 1906 había co­
nocido el cuartel, «unánime» negligente, descontento de sí mismo, deseoso
de explotar, ignorante e ignorado por sus jefes. Pero se anuncia en París un
primero de mayo revolucionario. Y se convoca el regimiento. Todo cambia:
órdenes rápidas, gestos comunes dan forma al grupo; de pronto, el rostro de
los jefes se ha transformado, ahora es paternal (¡oh! Freud); cuando se distribu­
yen los cartuchos con balas reales, la sorpresa rápidamente cede el paso a una
orgullosa embriaguez. Después vendrá la promiscuidad del transporte durante
la noche; y, por la mañana la organización, la reglamentación, la puesta en
marcha. Tambores y clarines a la cabeza, nos adentramos en el París popular:

¡Por fin! Puedo hacer la guerra, entrar en Berlín en medio de la tropa. Ya


sé en qué consiste esto. Y os aseguro que es agradable.

52. En la traducción castellana de Alianza: «masas artificiales».


44 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Este relato, publicado varias veces antes de 1914 por un joven intelectual
socializante, quiere evidentemente poner en guardia contra la mutación del
«hombre de la calle» en soldado, del «contingente» indiferenciado que trans­
forma un «grupo de edad» en instrumento de represión del estado. El proble­
ma era profundamente vivido en la Francia de aquellos años. Aún lo es en
muchas partes del mundo. Y el «modelo» presenta diversos resultados: en Pa­
rís, en 1906, la intimidación basta; en 1907, en el Midi francés, un regimien­
to enfrentado a una rebelión campesina tira sus armas y confraterniza con los
rebeldes. Existe, pues, un problema complejo en tomo al ejército, y en tomo
a la relación del ejército con la población. Pero el texto de Jules Romains, en
su evocación de la entrada en Berlín, presenta e incorpora la otra imaginería,
el otro imaginario: la proyección del grupo estructurado por el estado, utili­
zado por el ejército, frente a otros grupos que también tienen sus fronteras y
sus territorios: dos nuevas palabras que implican y sugieren obligaciones de
defender y tentaciones de invadir.
No pensemos, de ningún modo, que en vísperas de 1914 no se discutían
todas estas nociones. Nunca como entonces se ha reflexionado, escrito y pu­
blicado tanto sobre la «cuestión nacional», el «imperialismo», la condición
militar o la solidaridad «internacional» (de intereses, de clases, de ideologías).
Pero llegaron las movilizaciones generales (observemos una vez más la fuer­
za de las palabras).
En Francia, el cartel que anunciaba esta movilización decía que «no se tra­
taba de la guerra». Aún me parece verlo en una pared de mi pueblo. El prego­
nero público había gritado en un principio, en lengua de oc, «se ha declarado
la guerra», y la gente sensata había protestado, el cartel decía lo contrario. Pero
el instinto popular no se había engañado. Y sucedió, a escala de millones de
hombres, la mutación antes descrita para el pequeño cuartel de 1906: órdenes
anhelantes, gestos y desplazamientos comunes, angustia y orgullo del portador
de armas mortales, transferencia de los afectos familiares a aquellas pequeñas
formaciones. Y no olvidemos las certidumbres de los grandes: el concepto de
Alemania no plantea mayores problemas a Max Weber que el de Francia a
Marc Bloch.
Hay, es cierto, la excepción de Romain Rolland: Por encima del conflicto,53
Marcó demasiado mi adolescencia para que yo haya podido olvidarlo. Pero el
hombre Rolland vivía en Suiza y no tenía ninguna «obligación militar». No lo
hago notar para devaluar la nobleza del rechazo, sino para no olvidar que en
territorio «movilizado», el gesto habría sido materialmente prohibido, más aún,

53. En francés, Au dessus de la mélée es el título de una recopilación de artículos perio­


dísticos pacifistas publicado por Romain Rolland en 1915. El libro se convirtió en una especie
de manifiesto de todos los pacifistas. Vilar ha recordado varias veces su descubrimiento del
libro en la Biblioteca de Montpellier.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 45

sin duda, moralmente impensable. Lo que tampoco equivale a decir que el pa­
triotismo de Marc Bloch fuese conformista. ¡No! era una moral: el imperativo
categórico del grupo. Durkheim lo había comprendido, admitido, previsto. Para
él, el estado-nación de tipo francés era un dato, no un problema.
Podemos preguntamos si existieron, en el gran enfrentamiento de los ini­
cios de nuestro siglo, entre los compromisos conscientes y las soledades
orgullosas, algunos observatorios privilegiados, y algunos observadores inde­
pendientes. Ciertamente, el «unanimismo» de las «movilizaciones» se fractu­
ra a partir de 1915; Heinrich Mann rompe con su hermano Thomas a causa
de la guerra. Se proyectan congresos y, ya, alguna revolución, pero la hora no
sonará hasta 1917. Encuentro más reveladores, desde los primeros meses
de 1915, los dos artículos sobre la guerra escritos por Freud, el primero de
los cuales se titula «Die Enttaüschung des Krieges»: la guerra es una «desi­
lusión».54 Es decir, el sabio que había modificado tan profundamente las
formas de penetración en el alma individual, reconocía que se había hecho
«ilusiones» sobre las estructuras del mundo. Y volvería a hacerlo en el pe­
ríodo de entreguerras.
En 1915 Freud es casi sexagenario, y es médico. Por estas razones, nos
dice, ha escapado a la suerte del combatiente, «simple molécula en una in­
mensa máquina», aunque no sin experimentar el malestar interior de todo no
combatiente que pertenece a una comunidad en guerra. Pero ¿de qué comu­
nidad se trata? Freud es vienés, y judío, dos pertenencias que han jugado un
gran papel en su destino personal, y en el de su escuela. Anotemos que él no
nombra «Austria» o el «imperio austrohúngaro», de donde dependía jurídi­
camente. Al contrario, afirma en voz bien alta, y seguramente así lo siente, su
pertenencia al grupo lingüístico y cultural alemán; y se entristece cuando ve
acusada a la comunidad que lleva este nombre de toda suerte de atentados al
derecho, de conductas inhumanas (sin duda piensa en la prensa inglesa y nor­
teamericana).
Estos textos de 1915 nos ofrecen otras lecciones. Lecciones luminosas
cuando Freud (en su terreno) señala ciertos efectos psíquicos que la guerra
produce en los combatientes: caída de las grandes prohibiciones (matar, ro­
bar), actitudes inhabituales ante la muerte. Lecciones emotivas cuando expre­
san la nostalgia de una «ciudadanía del mundo», donde todo hombre cultiva­
do tendría su patria, sin renunciar a la ternura por el lugar de nacimiento y la
querida Muttersprache. Pero lecciones sorprendentes (y más cargadas de sen­

54. La lectura de la versión castellana de este artículo, «La desilusión provocada por la gue­
rra» (Sigmund Freud, Obras completas, vol. 14, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, pp. 277-289)
revela los mismos problemas de vocabulario comentados por Vilar y añade nuevos problemas de
traducción. Por ejemplo, Kulturstaat ha sido traducido estado civilizado, pero Kultumation y
Kulturvolk han sido traducidos como nación culta y pueblo culto, y Muttersprache, como madre
tierra.
46 PENSAR HISTÓRICAMENTE

tido, esta vez, ya que son involuntarias) cuando vemos que Freud, este con­
temporáneo de Meinecke, este compatriota de Otto Bauer, distingue tan mal
entre Staatnation y Kultumation que utiliza indiscriminadamente, al azar, en
el corto espacio de una página, los términos Kulturstaat, Kultumation, Kul-
turvolk y Kulturland.
Volk es la palabra que, con diferencia, más veces sale espontáneamente
de su pluma. En el sentido vago que otorgaba a esta palabra, la Vólkerpsy-
chologie, podía referirse a la más lejana tribu primitiva y, al mismo tiempo, a
«Alemania» o a «Inglaterra» ¡y nadie parecía preguntarse si el término con­
venía también al Brasil o a China! Nation, mucho menos empleado, ha sido
reservado, por Freud, a las

grandes naciones de raza blanca que reinan en el mundo, las que tienen desti­
nada la dirección del género humano [Grossen verherrschenden Nationen weis-
ser Rasse, deren die Führung des Menschengeschlechts zugefallen ist].

Pero la palabra «raza», a pesar de la alusión al color, tiene para Freud un


sentido muy poco meditado; relatando una conversación sobre un tema psico-
analítico, explica que uno de sus amigos se había atrevido a contradecir a una
«dama» norteamericana, «aunque pertenecía como ella a la raza inglesa»
(englischen Rasse).
En todo caso, queda claro que son las formaciones superiores, responsa­
bles del destino del género humano, las que han creado la «desilusión» en el
espíritu del sabio independiente, ya que no han hallado otra solución que la
guerra para sus «disputas de intereses». Freud admite, pues, que estas dispu­
tas existen. ¿Cómo es posible que no haya percibido que se derivan preci­
samente de la pretensión de los «civilizados» de repartirse el mundo? Esta
pretensión le parece normal: las guerras son inevitables entre grupos huma­
nos desigualmente evolucionados, como lo son entre los grupos poco evolu­
cionados. Lo que provoca en él desconcierto es que, en las relaciones entre
las Kultumationen, no haya sido posible establecer reglas de derecho, inclu­
so en caso de guerra. Y aquí vemos una referencia frecuente en la historia de
las ideologías nacionales: la impronta de la cultura clásica. Los griegos cons­
tituían un mundo civilizado. Fuera de su territorio, acampaban los «bárba­
ros». Ciertamente, las ciudades griegas combatían entre ellas. Pero habían
bosquejado algunas reglas de conducta: Freud cita las anfictionías. Recorde­
mos que veinte años antes de 1914 los Juegos Olímpicos habían sido recu­
perados. ¡Y habría que celebrarlos en Berlín en 1936! ¡Qué extraño irrealis­
mo en la reinvención de los símbolos!
Pero ¿dónde hay que situar, en 1914, los límites de la «comunidad civiliza­
da»? Freud, súbdito austríaco, no podía pasar por alto el papel de las disputas
balcánicas en el desencadenamiento de la guerra. Percibe, en plena Europa,
LO COMÚN Y LO SAGRADO 47

algunos «pueblos poco desarrollados» (wenig entwickelte) e incluso algunos


que se hallan en franco retroceso en el camino de la civilización (verwilder-
te\ no he querido escribir, con algunos traductores franceses, nuevamente
salvajes,55 porque, ¿qué querría decir esto?). Utiliza una perífrasis comple­
ja, amarga, para referirse a la minoría judía: es un vólkerrest, esparcido (ein-
gesprengst) en el seno de las Kultumationen\ poco amado (allgemein un-
liebsam), asociado de mala gana (widerwillig) a la obra de civilización por
la que, a pesar de todo, ha demostrado algunas aptitudes. Pero esta diáspora
no tiene nombre. Tampoco lo tienen los «pueblos» «atrasados» o «en retro­
ceso». Ni las grandes Kultumationen. Seguramente, Freud quiso ser pru­
dente. Pero ello no facilita la interpretación de una palabra que constante­
mente es utilizada: Volkindividu.
«Estos grandes individuos que son los pueblos y los estados», nos dice.
Y nuestra confusión aumenta, porque hay pueblos sin estado y cabe pregun­
tarse si todos los estados representan pueblos. Anticipándose a la crisis de
conciencia, que será la propia de mi generación, el mismo Freud deja entre­
ver una duda: los hombres pueden ser inducidos a consentir y aprobar por
«patriotismo» (el contenido de esta palabra, para Freud, parece no necesitar
explicación) algunas políticas de estado que tal vez no sean más que «rapa­
cidad», «sed de potencia». Decir esto es, ya, contraponer «imperialismo» y
«patriotismo». Pero, en el vocabulario de Freud, «patria» casi no aparece,
y menos aún «potencia» e «imperio». La palabra utilizada, Volkindividu, en
cambio, sugiere la íntima cohesión de los grupos en guerra. Y su uso no hace
sino reforzar la tendencia, innegablemente popular, a personalizarlos.
Tenemos que insistir en este fenómeno. Permanece con toda claridad en
mis recuerdos de 1915. Para mí, «la heroica pequeña Bélgica» era una Cape-
rucita Roja en las manos de un lobo feroz. Un príncipe bello y joven la defen­
día, como en las novelas de caballerías. El lobo había sido encamado por un
personaje lúgubre, un káiser envejecido, y resultaba más tranquilizador cari­
caturizar su físico y sus palabras: las botas, el casco de punta a la prusiana,
el bigote de guías, los brazos demasiado cortos, las invocaciones al «buen
viejo Dios» (¡como si Dios pudiese ser viejo!), las pretensiones de Kultur
(¡como si bastara poner una K mayúscula a la palabra «cultura» para que sig­
nificara civilización!). La noción Volkindividu sugiere una representación
que pronto se convierte en estereotipo.
Ver, en el mundo y en la historia, únicamente enfrentamientos entre
«pueblos» personalizados, es una constante del espíritu. Pero, si atravesamos
continentes y siglos, ¡cuántos modelos diversos aparecen! Modelos de en­
frentamientos y modelos de «pueblos». Etnólogos, geógrafos e historiadores

55. Vilar parte de la traducción francesa: «redevenus sauvages». En la versión castellana


citada en la nota anterior, se puede leer «naciones caídas en el salvajismo».
48 PENSAR HISTÓRICAMENTE

tienen la tarea de reconstruirlos sin privilegiar ninguno de ellos. Pero, sobre


todo, ¡no privilegiemos el último!
Lo cierto es que, a pesar de las grandes transformaciones de nuestro
siglo, el modelo «Europa 1914» permanece presente en los espíritus de hoy.
Leemos y oímos continuamente expresiones como «Inglaterra piensa...»,
«Alemania querría...», «Francia decide...», cuando no se trata sino de sus
gobiernos. Todo buen profesor de historia, ante sus alumnos, se prohíbe, y
prohíbe, este lenguaje. Pero es aún el lenguaje de los políticos, de los perio­
distas, de los divulgadores. Y aquellos que practican otras ciencias humanas,
si se improvisan historiadores, se dejan convencer demasiado rápidamente
por las palabras de sus fuentes. Elisabeth Roudinesco, historiadora del psi­
coanálisis en Francia, distingue, en tomo de 1900, entre un «inconsciente a
la francesa» (que encama Gustave Le Bon), un «inconsciente a la alemana»
(que expresa Freud) y un «inconsciente a la inglesa» (que habría que descu­
brir en Conan Doyle). ¿Por qué no? Doy del todo la razón a Elisabeth Rou­
dinesco cuando dice que el rechazo de Freud por la escuela francesa de psi­
cología revelaba ante todo la germanofobia latente. Pero pienso que exagera
cuando bautiza el episodio del Congreso de Londres de 1913, donde Janet
masacró a los seguidores de Freud, como la batalla de Bouvines Aunque . 5 6

esto nos recuerda oportunamente algo que ya habíamos anotado: se acercaba


el año, 1914, del séptimo centenario de Bouvines. ¡Es casi demasiado bello!
No es ilegítimo evocar estas cohesiones, estos encuentros. Siempre que
sepamos situarlos, fecharlos y definirlos como productos —no sólo como
factores— de la historia. No sugerimos ninguna continuidad entre Bouvines
y Mame. Nos preguntamos por qué los hombres de 1914 la establecían, y
la veían.
El lenguaje de Freud en 1915 revela hasta qué punto la gente, en esas fe­
chas, acostumbraba a ver en «los pueblos» (concepto muy mal definido) unos
individuos, unos personajes de drama. La historia, modo de saber tradicional,
había informado mal a una psicología y a una sociología nacientes.
Volvamos a 1912. En Alemania se redescubre a Tónnies, y se traduce a
Le Bon (ya sabemos de qué modo); Wundt publica el segundo volumen de
Vólkerpsychologie. Y Freud, Tótem y tabú. En Francia es el año de Las for­
mas elementales de la vida religiosa de Durkheim. Se piensa mucho, pero
se comprenden mal los unos a los otros. Freud, en Tótem y tabú reconocía
honestamente que leyendo a los etnólogos (sobre todo a Frazer) se sentía
muy cómodo ante el tabú, pero no ante el tótem. Es una confesión importan­
te. El psicólogo, atento al conflicto entre los impulsos del yo y las lógicas de
la sociedad (es el dominio de lo prohibido) lo ha sido mucho menos a las

56. Elisabeth Roudinesco, Histoire de la psychanalyse en France: la bataille de cent ans,


vol. I, 1885-1939 , Ramsay, París, 1982.
LO COMÚN Y LO SAGRADO 49

presiones sobre el individuo de la comunidad, del grupo concreto y cercano


(es el dominio de lo impuesto). Con su desfile de símbolos: Durkheim rela­
cionó «tótem» y bandera. Freud cita, en 1912, Las formas elementales de la
vida religiosa, una última referencia bibliográfica. Pero clasifica la obra
como «teoría sociológica» y parece así alejarla de su horizonte. Y, en cam­
bio, el futuro autor de Moisés podría haber sido menos insensible a la pro­
blemática de las relaciones entre destinos, individuales, exigencias de grupo y
surgimiento de mitos y de religiones.
Regresamos así a las entrañas de nuestro primer tema de reflexión: la di­
vinización del grupo, los lazos entre lo común y lo sagrado. El recorrido por
Le Bon y Freud nos ha mostrado el embarazo, la sorpresa, la estupefacción de
los intelectuales de Europa occidental a comienzos de nuestro siglo: raciona­
listas, hombres de «luces», difícilmente podían admitir que aún había algo de
«primitivo», de irracional, en las relaciones y en los enfrentamientos entre los
«pueblos». En Francia, en agosto de 1914, la imagen que emparejaba Patria
y República reencontraba la imagen de la pareja Francia-Virgen María. Es la
«unión sagrada»: la palabra sirve de testimonio, una vez más. Y veremos de
nuevo, en el curso de los años cuarenta, a «aquel que creía en el cielo, aquel
que no creía en él, los dos amaban a la bella prisionera de los soldados».57
Dicho de otro modo, en determinadas circunstancias, que el historiador debe
analizar, la creencia patriótica domina o consigue combinar al resto de creen­
cias. Y sucede también que se oponen dos intereses de clase y dos formacio­
nes de espíritu, que pretenden encamar, unos contra otros, el interés co­
mún, la legitimidad histórica: en la España de 1936-1939, no conozco nada
I

más patriótico, ni más representativo de los valores comunes y de la historia,


que la revista Hora de España, de gran nivel literario, y el romancero popu­
lar de los combatientes, todo esto en el campo republicano; pero el 3 de abril
de 1939, el cardenal Goma, portavoz de la Iglesia de España, escribía al ge­
neral Franco, vencedor de esta «guerra civil»: «Dios ha encontrado en Vues­
tra Excelencia un digno instrumento de su Divina Providencia para nuestra
Patria».
En 1984, Jerzy Poppielusszko, sacerdote polaco, celebraba, arriesgando
su vida, una «misa por la Patria» periódica, institucionalizada. Veamos una
muestra de su lenguaje:

Virgen Santísima, nos reunimos todos los meses, en esta iglesia de Zoli-
broz, para celebrar una santa misa por la patria, y a la intención de los que

57. «Celui qui croyait au ciel / Celui qui n’y croyait pas / Tous deux adoraient la belle /
Prisonniére des soldats». Son los versos iniciales del poema «La rose et le réséda», de Aragón
(publicado por primera vez el 11 de marzo de 1943), que forma parte de la recopilación La Dia-
ne frangaise (1945).
50 PENSAR HISTÓRICAMENTE

sufren por ella. Hoy el Santo Padre Juan Pablo II Te confía el mundo entero,
los pueblos y las naciones. Y nosotros, ponemos en Tus manos benditas, ¡oh!
Tú la mejor de las madres, todos los problemas de nuestra patria.

Volveremos a hablar de estas relaciones complejas entre maternidad y pa­


tria. Pero Juan Pablo II, a pesar de su preferencia mañana, refuerza también el
mito del «suelo sagrado». Lo besa, en el cemento de los aeropuertos, en cada
uno de los «países» donde lo conducen sus viajes. ¿Ha distinguido bien en­
tre «estados» y «patrias»? Por haber besado el suelo a su llegada a España, y
no haberlo hecho a su llegada a Cataluña y a Euskadi, el pontífice viajero per­
dió parte de su popularidad entre las masas católicas. No es fácil saber con­
ciliar lo diplomático y lo sagrado. Por esta razón, la historia llamada «de las
relaciones internacionales» no puede limitarse a ser «historia diplomática».
Y su estudio no puede limitarse al estudio de juegos sabios inspirados por es­
tados mayores. ¿Qué coeficiente otorgaríamos, en estos cálculos, a la Virgen
de Cestachowa, al árbol de Guernica, al Muro de las Lamentaciones, a la
kaaba de la Meca? Soy la última persona interesada en reducir los enfrenta­
mientos que he conocido a sus componentes míticos, o místicos. Pero cuan­
do oigo repetir, de manera cada vez más irritante, las palabras de Malraux:
«El siglo xxi será religioso o no será», me pregunto qué racionalidad cabe
atribuir al siglo xx. Cabe hablar, con Freud, de «desilusión».
Segunda parte

HISTORIA E IDENTIDAD
Una experiencia
Capítulo 1

A lo largo de esta segunda parte intentaré reflexionar sobre algunas etapas


de mi vida. Empezaré intentando dar respuesta a una pregunta muy concreta,
que —como muchas otras que irán apareciendo a lo largo del relato— me ha
sido formulada desde el exterior, mucho más que por mí mismo: «¿En su infan­
cia, y en su adolescencia, cómo tomó usted conciencia de “este gran resplandor
del Este”, como ha sido llamado, es decir, de los hechos revolucionarios rusos?».1
No es una pregunta absurda. E históricamente se halla bien fundada. Ima­
ginemos que estamos leyendo a un autor, y aún más particularmente a un his­
toriador alemán, polaco o austríaco, nacido once años antes de 1789. No sería
extraño que se le preguntara: «¿Cómo tomó usted conciencia, a los once años
(y naturalmente en los años sucesivos), de “este gran resplandor del Oeste”
que fue la Revolución francesa?». Démonos cuenta de que, para un mucha­
cho nacido en 1906 en Francia, el gran momento de su vida, el momento de
ruptura, no podía ser un hecho lejano acaecido en Rusia en 1917. Su prime­
ra gran ruptura había sido 1914 y la segunda habría de ser 1918.
Sin embargo, y es curioso, recuerdo perfectamente la noticia de la Revo­
lución rusa. La de marzo, no la de octubre. Es posible que la persistencia de
este recuerdo se halle asociada a las circunstancias particularmente difíciles
de un momento de mi infancia.12 Había perdido a mi madre, brutalmente, des­

1. En francés, «Cette grande lueur á l’Est». La expresión es el título de uno de los libros
de la extensa obra de Jules Romains, Les hommes de bonne volonté, que abarca, en un total de
27 volúmenes — publicados entre 1932 y 1947— la Francia del período 1908-1933. Es el nú­
mero 19 de la colección y se sitúa en el año 1922. «Cette grande lueur á l’Est» es también el tí­
tulo de uno de los epígrafes del artículo de Vilar «Reflexions sur les années 20», en Piero Gobetti
e la Francia, Piero Angeli, Milán, 1985 (hay traducción catalana en P. Vilar, L ’historiador i les
guerres, Eumo, Vic, 1991, pp. 71-83). Este artículo, al referirse también a recuerdos autobiográ­
ficos, puede servir de complemento a este capítulo y al siguiente. La idea de una iluminación es­
pecial provocada por la Revolución rusa fue una idea extendida entre los contemporáneos, y
puede ser testimonio de ello el movimiento y la revista Clarté , fundada en 1919, con Barbusse
— uno de los autores que también cita Vilar— al frente.
2. Sobre los orígenes sociales (por tanto, sobre las condiciones de la infancia de Pierre
Vilar que, recordémoslo, nació en el pueblo occitano de Frontinhan en 1906), véase como él
54 PENSAR HISTÓRICAMENTE

pués de una corta enfermedad, en enero de 1917, y las condiciones de mi


vida material habían cambiado bruscamente. No era muy infeliz, porque ha­
bía ido a vivir con una tía a la que quería mucho, pero los cambios de orden
material no me dejaban demasiado tiempo para ocuparme de las noticias y de
los periódicos.
Una mañana de marzo, tal vez justamente a causa de ese cambio de cir­
cunstancias y de hábitos, me había retrasado y estaba llegando tarde al lycée.
Tenía miedo de que me riñesen y de apenar a mi joven profesora de fran­
cés,*3 una mujer que me había demostrado, tras la muerte de mi madre, mucho
cariño, y por la cual yo sentía un gran afecto. Pero, al llegar al lycée, nada es­
taba en orden, los profesores hablaban en los pasillos, los alumnos estaban
sentados encima de las mesas. Me estaba preguntando por qué, cuando nues­
tra profesora consiguió imponer el silencio y nos dijo: «Comprendo vuestra
excitación, han pasado cosas importantes: ha estallado una revolución en

mismo los resumió: «Mi familia, hace dos generaciones, es decir, la generación de mis abuelos,
estaba formada por pequeños viticultores meridionales [aquí hay referencias a los trabajos de
Labrousse sobre los viticultores]. Mis abuelos tenían algunas fanegas de tierra y producían al­
gunas decenas de hectolitros de vino. Una cosa interesante, que ya constituía un avance social,
es que uno de mis abuelos, arruinado por la plaga de la filoxera en los años setenta, tuvo que ha­
cerse peón en la construcción de ferrocarriles y a partir de aquí se convirtió en ferroviario. Por
otra parte, mi abuelo paterno también sufrió, como todos los viticultores, las repercusiones de la
crisis de 1907, pero no se arruinó. Como mi padre era el primogénito, le pagaron los estudios,
con lo que se consideraba que ya le habían dado lo que le tocaba. Uno de sus hermanos heredó
las viñas. Yo me he convertido en lo que soy porque soy un tipo social muy común en Francia
entre los intelectuales: hijo de maestro y maestra, sobrino de maestra [referencias a los trabajos
de Agulhon]. Se trataba de personas que, procedentes de familias campesinas modestas, tenían
la impresión de haber superado una barrera social por el simple hecho de vestir como señores,
de llevar sombrero rígido. En el pueblo, al maestro le llamaban “señor”; a la maestra, “señora”;
se había superado, efectivamente, una especie de barrera social y la satisfacción que sentían por
este hecho les vinculaba fuertemente a la república. De hecho, era gente republicana. Durante mi
infancia lo que distinguía fundamentalmente a las personas era que fuesen republicanas o que no
lo fuesen. En mi pueblo la mayoría eran republicanos. Los “reaccionarios”, que era como se lla­
maba a los otros, eran pocos. He crecido, pues, en un ambiente republicano del sur»; entrevista
de Marina Cedronio, «Uno storico e le crisi del mondo moderno: a colloquio con Pierre Vilar»,
Studici Storici, n.° 2 (1990), pp. 325-326 (hay traducción catalana en Reflexions d ’un historia­
dor , Universitat de Valencia, Valencia, 1992, pp. 97-120).
3. El texto no parece, en principio, tener ningún secreto, pero esconde una referencia li­
teraria que quizás valga la pena indicar. Vilar dictó, en francés, casi con exactitud, las palabras
iniciales de uno de los Contes du lundi de Daudet que más aprecia, el titulado «La demiére
classe. Récit d’un petit alsacien», que constituía una de las lecturas escogidas habituales en los
manuales de la escuela primaria; en la línea de la educación patriótica que se explica en
«Lo común y lo sagrado». Este es el comienzo: «Ce matin-lá, j ’étais tres en retard pour aller á
l’école, et j ’avais grand-peur d’étre grondé, d’autant que M. Hamel nous avait dit qu’il nous in-
terrogerait sur les participes...». La narración, que describe una situación totalmente inversa a
la vivida por el niño Vilar — en la escuela todo estaba en orden— , acaba con la llegada de las
tropas alemanas al pueblo y con un Vive la Franee! escrito por M. Hamel en la pizarra.
HISTORIA E IDENTIDAD 55

Rusia, el zar ha sido depuesto y se ha proclamado la República; estamos


seguros de que esto no va a dañar la causa de los aliados».
He dicho que el recuerdo de aquella mañana tal vez pudo permanecer en
mi espíritu a causa de circunstancias particulares, personales. Pero imagine­
mos lo que podía significar aquel instante en la transmisión de una visión ofi­
cial de las cosas. Desde 1914 nos habían obligado a cantar al mismo tiempo
que La Marsellesa y el God save the King el Boie tsara krany. Y he aquí que
teníamos que sustituir, de repente, la imaginería monárquica por una imagi­
nería calcada sobre la republicana francesa.
Lo que me sorprende es que en el mes de octubre siguiente o más exac­
tamente, entre nosotros, a principios del mes de noviembre, no supe exacta­
mente nada acerca de la Revolución rusa de Lenin y de los bolcheviques, la
que tomaría el nombre de Revolución de Octubre y que el filme de Eisenstein
nos describiría de forma genial. Sin embargo, para entonces el orden material
ya había sido restablecido en mi vida de niño, y los periódicos estaban enci­
ma de la mesa. Pero la revolución de Petrogrado —nadie decía de San Pe-
tersburgo— no ocupó ciertamente las primeras páginas de los diarios.
En 1918, después del triunfo de los aliados, la Revolución rusa fue con­
siderada un hecho de importancia secundaria. Me parece que la elimina­
ción de los revolucionarios alemanes Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht,
llevada a cabo por los socialdemócratas, mereció mucha más atención en
Francia. Se presentó como una noticia tranquilizadora. También es cierto que
desde 1918 hubo en Francia entusiastas de la Revolución rusa y que en 1920
los socialistas franceses, en el Congreso de Tours, se pronunciaron mayorita-
riamente por la imitación de esa revolución, pero sobre este punto mi testi­
monio es muy claro: a los catorce años no sabía nada sobre el Congreso de
Tours. A mediados de 1921, el hambre en Rusia se nos describía con toda
suerte de detalles, y era unánimemente presentada como una consecuencia
directa de la revolución social.
¿Cómo, por qué, en qué medida, puedo decir que mi adolescencia, mi ju­
ventud, entre 1918 y 1924, entre mis doce y dieciocho años, estuvo marcada,
a pesar de todo, por los acontecimientos del Este de Europa? Fue, creo, por­
que mis jóvenes anhelos estuvieron muy pronto marcados por una reacción
contra la guerra y contra el espíritu de la guerra.
En este mismo libro explico, en mis reflexiones sobre «Lo común y lo sa­
grado», lo que había significado la educación de mi primera infancia en las
escuelas primarias de la República: una sacralización de la patria, una acep­
tación del sacrificio de la patria que, bajo otra forma, había sido igualmente
predicada por la Iglesia. El unanimismo de la movilización, el «gran miedo»
de otoño de 1914, y el alivio de la batalla del Mame, habían sido plenamen­
te sentidos en el seno de mi familia a pesar de, o tal vez a causa de, no tener
ningún miembro próximo entre los que arriesgaban diariamente su vida.
56 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Conservo un recuerdo, sin embargo, que me permite fechar un cierto giro en


la unanimidad de la opinión francesa ante la guerra. Fue en 1916, en Mont-
pellier. Al entrar en la panadería de nuestro barrio encontramos a la vende­
dora de pan, una mujer por lo general muy tranquila, en un estado de exci­
tación rayano en la histeria. Sin duda acababa de recibir una noticia trágica
para su familia o para alguien de su entorno, y ella denunciaba el sacrificio
exigido a toda una juventud: ¿por qué?, ¿para quién? ¿No bastaría —decía
ella— con que Guillermo II y Raymond Poincaré se batiesen entre ellos? Mi
tía y mi madre, maestras las dos, que me acompañaban, no sabían qué acti­
tud tomar. ¿Había que sonreír o indignarse? Ya no estábamos en el tiempo
de los torneos, y ni siquiera en la Edad Media se habían dirimido así las di­
ferencias entre los grupos históricos. Sin embargo, percibía de forma clara que
mi madre y mi tía no condenaban a la panadera. Compartían su indignación
frente al sacrificio de toda una juventud. En esto consistía el giro. La guerra
continuaba, pero algunos empezaban a preguntarse si no era una estupidez.
En Francia, si bien la victoria de 1918 alivió a todos, también es cierto
que dividió el país: por una parte, antiguos combatientes orgullosos de sí
mismos, políticos decididos a capitalizar la victoria y, por otra, antiguos com­
batientes avergonzados de todos los horrores que habían tenido que vivir y
que predicaban el rechazo anarquizante de la guerra o la confratemización de
las clases populares contra sus dirigentes. Ahí, en esa encrucijada de opcio­
nes, se sitúa mi adolescencia.
Un nacionalismo exaltado por la victoria, un pacifismo exaltado por los
recuerdos de cuatro años de horrores. No tuve ninguna duda, y muy pronto
me hallé en el campo exaltado de los pacifistas. Esta división aparentemente
ideológica, pero de hecho producto de los inconscientes individual y colecti­
vo, fue la de mi generación.
En aquellos años prácticamente sólo mantuve contactos, entre los de mi
generación, con mis compañeros de lycée. No puedo decir, en consecuencia,
que mi testimonio sea sociológicamente muy válido. En una escuela de en­
señanza secundaria privada, dominada por una burguesía católica, es proba­
ble que mi testimonio hubiera sido cuantitativamente distinto, como tampoco
habría sido el mismo si yo hubiera pertenecido a un medio realmente popu­
lar, a un medio de obreros o de aprendices. El medio de mi lycée mantenía
alguna relación con la burguesía de la llamada la HSP, la alta [haute] socie­
dad protestante, pero sus miembros eran minoría enfrente de una mayoría
constituida por una muy pequeña burguesía comercial y funcionarios.4

4. «... en 1916 “entrar en el lycée”, para un hijo de maestro, era “cambiar de mundo”. Quizás
mucho más en la imaginación de la gente de “primaria” que en la realidad, porque las clases pre­
tenciosas (si no el conjunto de las clases dirigentes) de aquel tiempo se educaban, mucho más que
en el instituto, con los hermanos jesuítas» (Prefacio de Pierre Vilar a Héléne Desbrousses, Institu-
teurs et Professeurs. Matériauxpour l ’analyse d'un groupe social, Edires, Roubaix, 1982, pp. 7-8).
HISTORIA E IDENTIDAD 57

En mi lycée nos dividíamos entre pacifistas y nacionalistas, pero con una


gran mayoría de pacifistas. Comencé a percibirlo en la clase de troisiéme, en el
curso académico 1919-1920, es decir, mientras se estaba discutiendo el tratado
que había de organizar la Europa de entreguerras. Aquel año tuvimos a un pro­
fesor de francés muy influido por la filosofía mística, pero políticamente do­
minado por el nacionalismo; era el producto resultante, a la vez, de una forma­
ción clásica y de la tradición católica. Se trataba, si no me equivoco, del padre
de un hombre que habría de desempeñar un papel destacado en la generación
intelectual de entreguerras y de la posguerra después de 1945: Thierry Maul-
nier. La discusión empezó a partir del comentario de Horacio de Comeille:
«Albe vous a nommé: je ne vous connais plus» [Alba os ha nombrado: ya no
os conozco]; esta ruptura de toda comunicación amistosa o amorosa a causa de
la oposición patriótica, por el simple hecho de la ruptura entre dos realidades
de grupos políticamente organizados, nosotros, jóvenes estudiantes de lycée, ya
la condenábamos. Estábamos del lado de Curiado: «Je vous connais encore et
c’est-ce qui me tue» [Os conozco todavía y esto es lo que me mata] y también
del lado de las imprecaciones de Camila rebelándose en nombre de su amor
contra su patria: «Rome, l’unique objet de mon resentiment! Rome, á qui vient
ton bras d’immoler mon amant!» [Roma, el único objeto de mi resentimiento,
Roma, a quien tu brazo acaba de inmolar a mi amante]. Estábamos, mayorita-
riamente, contra la humanidad del viejo Horacio, viejo predicador patriota, y
contra la inhumanidad del joven Horacio, que combatía sin piedad.5
La discusión, muy pacífica, de ningún modo violenta, entre patriotis­
mo y pacifismo, prosiguió y se concretó en 1920-1921, en mi clase de deu-
xiéme, bajo la influencia de otro profesor, un gran helenista esta vez, que
había vivido los últimos años de la guerra cerca de los hospitales improvisa­
dos en la retaguardia inmediata del frente. Nos hizo leer La vie des martyrs
de Georges Duhamel, que describía su propia experiencia.6 Este contacto

5. Horacio , escrita en 1640, basada en el relato de Tito Livio, expresa el enfrentamiento


personal entre los Horacios y los Curiados, que representaban respectivamente los intereses de
las ciudades rivales de Roma (que emergía con fuerza) y Alba (fundada, según el mito, por el
hijo de Eneas). Ha sido vista como la tragedia que refleja el conflicto entre el deber patriótico y
la pasión. Camila, hermana del Horacio vencedor, estaba prometida con uno de los Curiados.
Los dos primeros versos corresponden a un largo diálogo entre Horacio y Curiado (acto II, es­
cena III). El verso que pronuncia Camila corresponde al diálogo entre ella y Horacio, que acaba
de matar a Curiado (acto IV, escena V).
6. El escritor Georges Duhamel (París, 1884-Valmondois, 1966), después de haber formado
parte, en 1908, con Jules Romains, del «grupo de la Abadía de Créteil» (donde se establecieron las
bases del unanimismo), fue profundamente marcado por la guerra de 1914. Con formación de ciru­
jano, ejerció como tal durante la guerra. Es esta experiencia la que inspira La vie des martyrs
(1917) y Civilisation (1914-1918). En la primera de estas obras describe el mundo de las enferme­
rías y los hospitales del frente; los «mártires» son los pacientes. En 1949 Duhamel publicó conjun­
tamente sus seis novelas referentes a las dos guerras con el título de Récits des temps de guerre.
58 PENSAR HISTÓRICAMENTE

con un hombre eminente que nos transmitía un testimonio directo fue de­
cisivo.7
El año siguiente, otro profesor, también buen lingüista, pero incapaz de
asegurar la disciplina en su aula, nos ofrecía, los sábados por la tarde, la po­
sibilidad de combatir intelectualmente los unos con los otros a golpes de tex­
tos y de poesías. Revivimos la querella de 1840. Al Rhin allemand de Becker
respondía el desafío de Musset: «Nous l’avons eu, votre Rhin allemand! II a
tenu dans notre verre...» [¡Lo hemos tenido, vuestro Rin alemán! Ha cabido
en nuestro vaso...]. Y Lamartine respondía con La Marsellaise de la paix:
«Je suis concitoyen de tout homme qui pense / La vérité, c’est mon pays!»
[Soy conciudadano de todo hombre que piensa. / ¡La verdad es mi país!].8
A setenta y cinco años de distancia, hallo una cierta grandeza en este diá­
logo entre adolescentes mediante textos literarios. El año siguiente descubrí
en la Biblioteca Municipal de Montpellier el Romain Rolland de Por encima
del conflicto.9 Es fácil ver que todo esto se halla muy lejos de la problemáti­
ca revolución o conservación, del ejemplo de Rusia, o de la resistencia occi­
dental. Pero el problema la paz o la guerra no dejaba de estar relacionado
con el problema la revolución o la contrarrevolución.

7. Se trataba de Louis Séchan, que más tarde sería profesor de la Sorbona y un importan­
te helenista. En el seminario del Instituí d’Histoire du Temps Présent (1985) Pierre Vilar habló
de Séchan en estos términos: «Me fascinaban sus cualidades en el terreno literario. Sobre este
aspecto de los campos de influencias, hay todavía que tener en cuenta los temperamentos indi­
viduales. Conocí más tarde a un amigo, ingeniero, matemático, de un alto nivel, que me dijo:
“Fui alumno de Séchan: ¡cómo me aburría en sus clases!”. Yo me aburría en las clases de mate­
máticas, que para él habían sido decisivas. No es que yo detestase las matemáticas; tengo mi bac
Mat. Elém y entré en la École en la sección C. Pero el profesor que el otro admiraba me parecía
pesado, pedante, y no me enseñó nada sobre los caminos del mundo. Séchan, aunque aburriera
a algunos de sus alumnos, me parecía, en cambio, un testigo de lo real, de lo social: salía de la
guerra, y no podía hablar de ella sin que le vinieran las lágrimas a los ojos. Nos leía a Duhamel
— La vie des martyrs— y Le feu de Barbusse. Y a mí estos textos me parecían esenciales».
8. Los manuales de historia de la literatura francesa hablan, efectivamente, de «querella» al
referirse a la reacción que provocó el poema patriótico del poeta renano Nicolás Becker (1809-
1845), publicado en septiembre de 1840. El poema es conocido en alemán con su primer verso:
«Sie Sollen ihn nicht haben, den freien deutschen Rhein» (No lo conseguirán, el libre Rin ale­
mán). Correspondía a los ideales de «La Joven Alemania» y recibió críticas de Heine. Becker
envió un ejemplar a Lamartine, quien respondió, en mayo de 1841, con La Marseillaise de la
paix , concebido como un himno a la fraternización universal, que se publicó en junio de 1841
en la Revue des Deux-Mondes. Musset, que había encontrado la respuesta de Lamartine dema­
siado «idealista», improvisó en algunas horas, un día de junio, una canción que recordaba — y
se recreaba recordando— las humillaciones sufridas por Alemania. El poema, como la traduc­
ción que el mismo poeta había hecho del poema alemán, apareció en la Revue de París ; fue mu-
sicado y tuvo mucho éxito.
9. En sus «Reflexions sur les années 20», Vilar había sido un poco más explícito: «Me
veo leyendo en la Biblioteca Municipal de Montpellier Por encima del conflicto de Romain Ro­
lland: ¡qué entusiasmo! ¡Un hombre, pues, había intentado y había podido eludir la absurda
aceptación de la matanza!».
HISTORIA E IDENTIDAD 59

La Revolución rusa había comportado episodios de confratemización en­


tre combatientes rusos y combatientes alemanes. En Brest-Litovsk había sido
firmada la paz entre el gobierno alemán y el gobierno revolucionario ruso;
para unos se trataba de una traición, para otros de un ejemplo. Había habido,
también, el proyecto de intervención militar de los aliados occidentales con­
tra la Revolución rusa, y la revuelta de unos marinos franceses, en el mar
Negro, contra esa intervención. Los llamados «amotinados del mar Negro»,
con André Marty al frente, en Francia eran vistos como traidores por unos, y
por otros como héroes.101Estaban en la cárcel, ¿hasta cuándo? He ahí el pro­
blema. Un problema paz-guerra más que un problema revolución-contrarre­
volución.
Creo que mi primera toma de posición, de adolescente, ante los proble­
mas políticos fue el interés que despertó en mí el semanario satírico Le Ca­
nard Enchainé, cuyo primer número apareció en 1917. Políticamente se tra­
taba de un órgano anarquizante, en modo alguno comunista. Sólo defendía a
los comunistas cuando éstos dirigían campañas contra el gobierno, sobre
todo en materia militar y diplomática. Y fue por esta vía, la vía del pacifis­
mo anarquizante, que empecé a leer —al principio sólo los titulares— L'Hu-
manité, diario comunista.11 No viví, pues, ningún fenómeno de conversión,
ningún fenómeno de creencia. Simplemente, sentía preferencia, y era normal
en un adolescente, por las soluciones radicales y no por las opciones tímidas
y moderadas. Y fue entonces cuando —en materia de paz, no aún en materia
social— empecé a decirme: los revolucionarios ¿no han obtenido mejores re­
sultados que los diplomáticos? Los métodos parlamentarios son impotentes,
¿por qué no la agitación en las calles?
La primera vez que me dejé convencer por un orador comunista fue, cu­
riosamente, por una oradora. Yo había acompañado a mi hermana a una reu­
nión a favor del voto de las mujeres. La última oradora representaba al Par­

10. André Marty (Perpiñán, 1886-Toulouse, 1956) lideró la rebelión de los miembros de
la tripulación de un barco de guerra francés, en abril de 1919, que se negó a atacar a los bol­
cheviques en el mar Negro. Fue condenado, si bien la protesta popular consiguió la amnistía en
1923. Ese mismo año entró en el Partido Comunista Francés. Durante la guerra civil española
fue inspector general de las Brigadas Internacionales.
11. En el seminario de historiadores del Instituí d’Histoire du Temps Présent (1985), Vilar
afirmó: «Mi conciencia política, entre los 13 y los 17 años, fue despertada por el Canard. Nega­
tivamente. Poincaré, “el hombre que ríe en los cementerios”; Clemenceau, “primer policía de
Francia”, Barres y su “movimiento de barbilla”. Fue a partir de estas visiones negativas que em­
pecé a leer (ocasionalmente) L ’Humanité. De forma espontánea, porque en mi casa no lo leían.
Nadie me lo había aconsejado. Pero, a partir de las denuncias negativas del Canard, era lógico
preguntarse: ¿se pueden encontrar otras explicaciones, se pueden mantener posiciones diferen­
tes? La posición comunista se me hizo visible en aquellos momentos. Pero también quiero pre­
cisar: en 1920, el Congreso de Tours me pasó totalmente desapercibido. Tenía catorce años.
Quizás empezara a comprar L ’Humanité a los quince».
60 PENSAR HISTÓRICAMENTE

tido Comunista y dijo: «Nosotras también estamos a favor del voto de las
mujeres, pero la primera cosa que hay que hacer, si pensamos en lo que está
pasando hoy, en la ocupación del Ruhr, en el riesgo de un nuevo deterioro de
las relaciones entre franceses y alemanes, en el riesgo de una nueva guerra
a la que serían arrastrados franceses y alemanes, las mujeres podemos hacer­
nos oír más y mejor a través de grandes manifestaciones populares que a tra­
vés de los votos». La oradora hablaba bien y me convenció. Es fácil ver que
no se trataba en absoluto de los efectos sobre una joven imaginación del
«gran resplandor del Este».
¿Cuándo y de qué modo tomé conciencia de los problemas sociales, de
los problemas de la política interior? Recuerdo perfectamente que fue en el
curso de aquellos mismos años, 1920-1924, cuando percibí por primera vez
en mi entorno la realidad de los problemas de orden material en la vida diaria.
«El franco —se decía— tan sólo vale cuatro sueldos», pero los salarios de )
los funcionarios no se habían quintuplicado.12 Al mismo tiempo, se estaban
constituyendo visiblemente, a nuestro alrededor, enormes fortunas. Se habla­
ba de los nuevos ricos. Entre nuestras amistades más próximas había un
maestro, ya mayor, que había sido durante toda su vida sindicalista y socia­
lista a la manera de Jaurés, su ídolo de antes de la guerra. Le oí muchas ve­
ces tratar de lo que entonces se llamaba la perecuación, es decir, el deseo de
la gente, y de los funcionarios en particular, de no perder sus ingresos reales )
en tiempos de subida incesante de los precios. Al mismo tiempo veíamos
también con regularidad a una amiga de mi tía procedente del mundo de la
pequeña empresa que nos repetía siempre que la causa de todos los males era
la ley de las ocho horas.13 Creo que fue entonces cuando empecé a pregun- '

12. Desde 1803 (ley de Germinal) y hasta 1914, el franco (equivalente a 20 sueldos) se
había mantenido estable. La frase que cita Vilar fue pronunciada muchas veces en los debates
parlamentarios entre 1918 y 1928. Ese último año, con Poincaré, se dictó una nueva definición
del franco francés (1 franco nuevo equivalía a 5 francos antiguos). Alfred Sauvy reflexiona so­
bre la obsesión monetaria de aquellos años en Histoire économique de la France entre les deux
guerres, vol. I, Económica, París, 1965, capítulos II, III y IV. .
13. Sobre aquellos años, Vilar ha escrito: «Recuerdo las huelgas de 1920, la de los ferro­
carriles sobre todo, que siguieron a subidas de precios del orden del nueve por ciento mensual,
hecho que a veces se olvida en los estudios históricos. Lo que indignaba, en mi casa y a mi
alrededor, era ver jóvenes estudiantes elegantes que hacían ostensiblemente de esquiroles, ¡y que
lo hacían en nombre de “la acción cívica”! Me parece significativo señalar que recuerdo inten- 1
sámente aquel episodio, mientras que el Congreso de Tours, la escisión del Partido Socialista,
parecen habérseme escapado. En la vida de un adolescente los hechos sociales pueden conmo­
ver mucho más que los políticos. Creo que desde entonces he tenido siempre la vaga sensa­
ción de que no era suficiente conseguir victorias electorales o parlamentarias, sino que era la »
sociedad entera, en sus principios, la que tenía que cambiar» («Reflexions sur les années 20»,
p. 20). Según estas palabras, Vilar descubrió, ya en su adolescencia, las trampas de la fórmu­
la «la política, primero» (atribuida al líder de Action Fransaise, Charles Maurras), que sería
repetidamente denunciada por Labrousse, cuando condenaba «los peligros de la imputación ai

t
HISTORIA E IDENTIDAD 61

tarme sobre el precio y el tiempo del trabajo, la subida de precios, la com­


paración entre salarios y precios. No digo que lo comprendiera todo, pero
este tipo de problemas ya no dejaría de interesarme.
En aquellos años, y hasta 1924, el poder parlamentario se hallaba consti­
tuido por la llamada «Chambre Bleu-Horizon», es decir, una Cámara domi­
nada por el espíritu de los antiguos combatientes,*14que había llevado a cabo,
por ejemplo en 1921, una represión muy dura contra toda manifestación
obrera. Pienso en la huelga de los cheminots, que constituye un auténtico hito
en materia social. Y del mismo modo que había empezado a decirme: «Des­
pués de todo, en Rusia, han hecho bien en firmar la paz», empecé a decirme:
«Después de todo, en Rusia han hecho bien en hacer la revolución». Insisto.
Fue una resolución, no una pasión. Y si yo transmitía este pensamiento a mi
padre, él me respondía: «¿Y tú crees que ellos están mejor ahora?». Ya he di­
cho que se hablaba mucho del hambre en Rusia. Creo que ya desde entonces
opuse al «ellos» de mi padre esta pregunta: «¿Es posible pensar en los rusos
en su conjunto?». Es más probable que, después de una revolución, unos
sientan que la situación ha mejorado, al menos relativamente, y otros, que
han perdido sus privilegios. Es lo que me habían enseñado en la escuela a
propósito de la Revolución francesa.15
Pero sólo recuerdo todo esto como deducciones, como razonamientos, no
como anhelos de orden pasional. De hecho, no sentí una curiosidad ávida por

lo político [au politique ]» en la interpretación histórica. La «vaga sensación» de que habla


el texto se erigiría pronto en constatación. Véase la nota 17 de este mismo capítulo.
14. En palabras del mismo Vilar: «El sufragio universal, en la Francia de 1919, acababa
de enviar al Palais-Bourbon la Chambre Bleu-Horizon, hecho que defraudó muchas esperan­
zas de futuro que se habían hecho los combatientes más sinceros. Jules Romains, en el capítulo de
Les hommes de bonne volonté, donde se esfuerza por reconstruir las reacciones vacilantes de un
joven intelectual francés ante el naciente fascismo italiano, esboza una comparación entre este
fascismo y la versión francesa poincarista del nacionalismo. No fue en los métodos, natural­
mente, sino en la forma en que ambos movimientos consiguieron responder, paralelamente, al
peligro que corrieron los responsables de la guerra de ser barridos por una ola de impopularidad.
Su habilidad fue asumir cínicamente, espectacularmente, en los discursos y en los actos, el or­
gullo por las actitudes de guerra, prometer que llegaría un día en que con esto se saldría ga­
nando, convertir los antiguos combatientes en una fuerza de conservación social, impedir que
sus rencores adquiriesen un verdadero sentido revolucionario» («Reflexions sur les années 20»,
pp. 20-21).
15. En la entrevista con Marina Cedronio, Vilar comenta: «Aunque yo era muy joven, ya
hacía la objeción que más tarde hizo Labrousse y pensaba: “Tal vez haya gente que esté peor que
antes, pero también debe de haber quien esté mejor”». En su artículo «Emest Labrousse et le sa-
voir historique», publicado en un número de la revista Armales Historiques de la Révolution
Frangaise (1989) (hay traducción castellana en P. Vilar, Pensar la historia, México, 1992), de­
dicado al maestro poco después de su muerte, Vilar vuelve a reconocer esta idea como una idea
fundamental en la forma de trabajar el «análisis diferencial», es decir, «de clase», de Labrousse:
«Le gustaba mucho recordar las evidencias. Cuando una verdadera revolución tiene lugar, nos
decía, ¡recuerden que hay gentes descontentas!» (p. 67).
62 PENSAR HISTÓRICAMENTE

conocer lo que sucedía realmente en Rusia; en mi entorno inmediato, las in­


fluencias eran exclusivamente reformistas, siempre antirrevolucionarias. Ju-
les Romains, en su serie de novelas Les hommes de bonne volonté, que
intenta cubrir el primer tercio de siglo, sitúa alrededor de 1920 el episodio
Cette grande lueur á VEst. Lo estudia notablemente, tanto en los medios
obreros como en el medio modesto de maestros y pequeños funcionarios,
pero sobre todo en París. En mi juventud en Montpellier mi curiosidad por el
Este no fue jamás de tipo pasional, sino básicamente inspirada por un razo­
namiento a contrario, en particular en materia de guerra.
En mis años de lycée en Montpellier sólo conocí a un profesor con la re­
putación de comunista. Se convirtió más tarde en un gran especialista del
África del Norte y coincidiría con él a menudo después de los años cincuen­
ta. Ya no era comunista, pero le gustaba recordar que en su juventud había
conocido a Lenin. En mis recuerdos de adolescencia,

él es sobre todo el hom-
bre que yo había oído en una sala de la Opera de Montpellier, en una confe­
rencia sobre la historia de la canción francesa, desde la Edad Media hasta los
últimos aires musicales de moda. El profesor universitario que lo había pre­
sentado, mi profesor de historia, concluyó el acto diciendo: «Nos habían
anunciado un orador con un cuchillo entre los dientes, pero se trataba tan
sólo de una flauta».16
Es evidente que hasta 1924 «este gran resplandor del Este» no me había
iluminado demasiado. El 11 de mayo de 1924 compartí la alegría de toda la
gente de izquierda por la victoria de la alianza electoral llamada Cartel des
Gauches. Acudí, entre la multitud, a llevar flores ante un busto de Jaurés. Po­
cos días después, sin embargo, el Cartel des Gauches no conseguiría elevar a
la presidencia de la República al candidato deseado, y leí con interés la críti­
ca de L'Humanité que analizaba este primer paso en falso del reformismo.17

16. Se trataba de Charles-André Julien, futuro profesor de historia de Africa y de la colo­


nización en la Sorbona. Autor de Histoire de i Afrique (París, 1941) y de numerosas obras de
historia del África del Norte. Uno de los carteles de la derecha representaba al comunista como

un hombre con el cuchillo entre los dientes. Le couteau entre les dents (Editions Clarté, París,
1921) era también el título de una obra de Henri Barbusse dedicada a los intelectuales.
17. Después de las elecciones, Millerand, el presidente de la República, dimitió. Pero
cuando hubo que elegir a su sucesor, las fuerzas moderadas del Congreso no aceptaron al can­
didato propuesto por las izquierdas. Vilar ha explicado en alguna ocasión que el fracaso del Car­
tel des Gauches le proporcionó el primer ejemplo — decisivo— de un fracaso de democracia
parlamentaria: «Hasta 1926 no nos dábamos cuenta de que todos los problemas, incluidos los re­
lativos al gasto público, a la moneda, etc., eran resueltos de manera contraria al programa y a las
esperanzas de 1924. Nos encontramos con lo que Sauvy ha llamado la “regla de los dos años”;
en 1924 teníamos un Parlamento de izquierda y en 1926 se llevaba a cabo una política de dere­
cha» (entrevista con Marina Cedronio, 1990). En el Seminario del Instituí d’Histoire du Temps
Présent (1985) Vilar reflexiona sobre las críticas que algunos historiadores han hecho a Herriot
— el político radical que lideró el cártel— de no «entender de economía»: «Pienso en el libro de
HISTORIA E IDENTIDAD 63

Algunos días más tarde un primer éxito importante en mi carrera universi­


taria, la admisión inesperada en el concurso de la École Nórmale Supérieu-
re, me hizo partir para París.18 Significaba el fin de mi modesta experiencia
provinciana.

Jean Noel Jeanneney [Legón d'histoire pour une gauche au pouvoir , Seuil, París, 1977], sólido
como todo lo que él ha escrito, pero que sugiere más o menos que Herriot no sabía nada de cien­
cia económica y que fue por eso que la experiencia fracasó. No. Fracasó porque la realidad del
poder, en la totalidad que representa el régimen económico-social, no se encuentra en manos de
los políticos. La economía sólo puede funcionar en determinadas condiciones; proponer medidas
que la contradigan está fuera de discusión: la moneda se hunde, las inversiones se detienen, etc.
Pienso que esta constatación desempeñó un gran papel en la formación de mi visión marxista de
las cosas». Vilar también habla del fracaso de Herriot y del retomo de Poincaré en «Reflexions
sur les années 20»: «[estos hechos] están, ciertamente, en el origen de una crítica marxista de la
democracia ... que incluso se traslució por un momento en Nizan y, de forma pasajera, en Bruhat,
a través de su condena de las democracias formales, no simpatía, ciertamente, pero sí una cierta
indulgencia hacia el fascismo teórico». De Nizan, de Bruhat y de las tentaciones del fascismo,
Vilar hablará en los capítulos siguientes.
18. «Formalmente, si el hijo del maestro tiene éxito en la escuela, cosa nada extraña, se le
enviaba después al lycée con la intención de que acabase siendo profesor. Cuando digo profesor
exagero, porque yo podía haber sido ingeniero y quizás mis padres hubiesen estado más conten­
tos porque habría ganado más dinero. Pero esto, en realidad, no tenía demasiada importancia. En
realidad, pensaban: “Estudiará, tendrá éxito en los estudios, será el mejor”. Y llegar a la École
Nórmale Supérieure, verdaderamente, era lo mejor que podía soñarse. No tengo por qué quejar­
me del sistema social» (de la entrevista con Marina Cedronio, p. 236).
Capítulo 2

Hay otra pregunta que los que se interesan por mi itinerario personal
suelen hacerme. Es esta: «Entre 1925 y 1929, usted estuvo de forma cotidia­
na en contacto con la École Nórmale de Jean-Paul Sartre, de Paul-Yves Ni-
zan, de Raymond Aron, de Georges Canguilhem, de Maurice Merleau-Ponty,
de Robert Brasillach, de Simone Weil. ¿Cómo vivió usted esos contactos?,
¿qué le reportó esa proximidad?».1
Pero esta pregunta —que en Francia resulta muy clara— requiere en el ex­
tranjero algunas explicaciones previas. Es del todo legítimo que un lector y

extranjero no sepa, en primer lugar, qué era exactamente la Ecole Nórmale y


también que desconozca la identidad de alguno de los personajes que acabo de
citar. Lo que legitima aquí mi testimonio es que existen, sobre este tiempo y so­
bre este medio, no tan sólo los recuerdos de los interesados —Sartre, Aron,

1. El lector notará — en este capítulo más que en ningún otro— el esfuerzo de Pierre Vilar
para hacerse comprender por un público no francés. Siguiendo sus indicaciones, en las notas
a pie de página se ha procurado dar la máxima información sobre las personas, las institucio­
nes o las situaciones a las que Vilar hace referencia en el texto. Pueden ayudar al lector no ini­
ciado en el ambiente cultural francés, no sólo a aclarar el texto, sino también a recrear el am­
biente del París de los años veinte, sobre el que Vilar reflexiona. Respecto a los nombres citados
en la pregunta, desigualmente conocidos en España, también recibirán un tratamiento desi­
gual en el libro. No es necesario explicar, evidentemente, quién es Jean-Paul Sartre, pero quizás
sí haría falta dar alguna referencia sobre Nizan, o Brasillach, si Vilar no hablase de ellos
largamente. En cambio, apenas volverán a mencionarse en el texto los otros nombres aquí cita­
dos. El politólogo Raymond Aron ha representado a menudo un punto de referencia en las
posiciones de Vilar. Aron escribió en 1938 — es decir, en el período que abarca este libro—
Philosophie critique de l ’histoire; Vilar le opondrá su «crítica histórica de la filosofía». Merleau-
Ponty fue el fundador, con Sartre, de la revista Les Temps Modemes , si bien los dos filósofos se
distanciaron pronto. Muerto en 1961, había representado durante mucho tiempo la izquierda
no comunista. Georges Canguilhem ha sido uno de los filósofos franceses contemporáneos más
influyentes, especialista en filosofía de las ciencias. Vilar hace una rápida descripción de Simone
Weil (1909-1943) y de su pacifismo exaltado en la «Clóture du colloque» de Les frangais et la
guerre d'Espagne. El coloquio se celebró del 28 al 30 de septiembre de 1989, y sus actas fueron
editadas por Jean Sagnes y Sylvie Caucanas en Perpiñán, Centre de Recherches sur les problé-
mes de la frontiére/Université de Perpignan, 1990.
HISTORIA E IDENTIDAD 65

Brasillach, completados con los de Simone de Beauvoir—,2sino también verda­


deros estudios sistemáticos como el libro de Sirinelli Génération intellectuelle?
De hecho, hace algún tiempo, en el marco de un cuestionario de Sirinelli, res­
pondí en gran medida a la pregunta aquí planteada, si bien en aquella ocasión
no tuve necesidad de explicar cosas conocidas por todos los franceses.
Empezaremos por la pregunta más elemental. ¿Qué es exactamente la
Ecole Nórmale? En Francia, al menos en los medios intelectuales, si alguien
dice Ecole Nórmale y nada más, sin añadir Supérieure, pero dando a enten-
s *

der, con el tono, que escribiría con mayúsculas Ecole y Nórmale, todo el
mundo sabe que se trata de una institución única, situada en París, en la rué
d’Ulm, en la prolongación de una de las alas del Panthéon, en la ladera orien­
tal de la montaña Sainte Géneviéve. Precisamente se celebra este año,
en 1994, la fundación de esta Institución por la Convención Nacional, poco
antes de termidor.4 La Convención fundó, una al lado de otra, dos grandes
écoles. Una, la Ecole Polytechnique, tenía que formar a los oficiales de inge­
niería y de artillería, y a los grandes ingenieros.5 La École Nórmale tenía que
formar profesores de enseñanza secundaria, a partir de entonces nacional, y
debía proveer y tomar a su cargo, para todas las grandes ciudades francesas,
la formación de las clases dirigentes, sustituyendo en esta misión a los cole­
gios religiosos, y en particular a los jesuitas, que la habían llevado a cabo
hasta 1761. ✓
Esta gran Ecole, pues, fundada en París por la Convención, fue organi­
zada a la manera napoleónica: laica, pero un poco convento y un poco cuar-

2. De Sartre, Cahiers de la dróle de guerre, Gallimard, París, 1983 (traducidos al castella­


no como Cuadernos de guerra, Edhasa, Barcelona, 1983). De Aron, Mémoires. 50 ans de réfle-
xion politique, 2 vols., Julliard, París, 1983. De Brasillach, Notre avant-guerre, Pión, París, 1941.
De Simone de Beauvoir, Mémoires d'une jeune filie rangée, Gallimard, París, 1958, y La forcé
de l ’age, Gallimard, París, 1960 (traducidas al castellano como Memorias de una joven formal
y La plenitud de la vida, Edhasa, Barcelona, 1987 y 1982). Podemos añadir las memorias de un
compañero de estudios de Vilar, el historiador y militante comunista Jean Bruhat, II n ’est jamais
trop tard, Albin Michel, París, 1983.
3. Jean-Fran90is Sirinelli, Génération intellectuelle. Khagneux et normaliens dans Ventre-
deux guerres, Fayard, París, 1988. El libro contiene una extensa bibliografía de otros estudios
sobre la Ecole Nórmale y sobre el París de entreguerras. Muchas de las noticias que aparecerán
a pie de página han sido extraídas de este libro.
A

4. La Ecole Nórmale Supérieure fue fundada exactamente el 10 de octubre de 1794 (19


vendimiario del año II). Se ha celebrado recientemente el bicentenario, con motivo del cual se *

han publicado diferentes estudios: Jean-Fran^ois Sirinelli, dir., Le livre du Bicentenaire. Ecole
Nórmale Supérieure, PUF, París, 1994; Eric Méchoulan y Pierre-Frani^ois Mounier, Nórmale Sup.
Des élites pour quoi faire?, Editions de l’Aube, París, 1994, y Daniel Nordman, dir., L ’Ecole
Nórmale de l ’an III, Dunod, París, 1994. También puede consultarse el catálogo de la exposición

L ’Ecole Nórmale Supérieure, Archives Nationales, París, 1994.


5. El 22 de octubre de 1794 (1 brumario del año III) se creó la École Céntrale des Travaux

Publics, futura Ecole Polytechnique.


66 PENSAR HISTÓRICAMENTE

tel. Cada año entraban en ella entre quince y treinta normaliens de ciencias y
entre quince y treinta normaliens de letras. Durante mucho tiempo constitu­
yeron un número suficiente para la provisión de profesores para una enseñan­
za secundaria muy elitista.
En el último tercio del siglo xix, algunos de los nombres más ilustres de
la cultura fueron responsables de la dirección de la École Nórmale. En letras,
Fustel de Coulanges, Emest Lavisse.6 En ciencias Louis Pasteur. El pequeño
edificio, bordeando la rué d’Ulm, que sirve —o que servía en mi tiempo—
de enfermería de la Ecole, había sido sede del laboratorio en el que Pasteur
había trabajado sobre la vacuna contra la rabia. Hay orgullos de cuerpo que
no son ilegítimos. A condición, naturalmente, de que todo normalien no se
crea un Pasteur. Del lado literario y filosófico también hubo promociones cé­
lebres, como la que contaba, entre unos veinte nombres, los de Jean Jaurés,
Henri Bergson y el cardenal Baudrillart. Son nombres que permiten subrayar
la variedad de espíritus y de carreras.7
Pero también puede adivinarse que a finales del siglo pasado, cuando la
enseñanza se extendió y se diversificó, aparecieron otras escuelas normales.
En primer lugar, una escuela normal superior para chicas, que fue emplazada

6. Algunas noticias sobre las actuaciones como directores de estos dos historiadores servi­
rán para ilustrar algunos aspectos concretos de la evolución histórica de la École Nórmale Su-
périeure. El historiador —medievalista y especialista de «la ciudad antigua»— Numa-Denis Fus­
tel de Coulanges fue el director de la École Nórmale de 1880 a 1883. Sus iniciativas significaron
un cambio importante en la historia del sistema normalien y el origen de las khágnes, es decir,
de las clases preparatorias para el concurso de la Nórmale (que ya existían en ciencias) a las cua­
les se referirá más adelante Vilar. El también historiador Emest Lavisse fue el director de la
École en 1903, otro año de reformas importantes. Se hicieron cambios en el contenido de los
exámenes del concurso de admisión (que se intentaron adecuar a los nuevos programas de ense­
ñanza secundaria de la reforma de 1902). Además de los ejercicios comunes (temas de francés,
de filosofía, de historia y latín) el candidato tenía tres opciones: a) traducción griega; b ) redac­
ción en una lengua viva; c) tema de ciencias. Se limitaba también el número de veces que un
candidato podía concursar a tres y la edad de los concursantes (entre 18 y 24 años). Vilar siguió
la opción c.
7. Eran de la promoción de 1878. Alfred Baudrillart (1859-1942), agregado de historia y
geografía, fue profesor de lycée hasta 1890, año en que fue ordenado sacerdote. A partir de 1890
enseñó en el Instituto Católico de París, y fue rector de este centro desde 1907. En 1918 entró
en la Académie Fran5aise y en 1935 fue nombrado cardenal. Henri Bergson (1859-1941), agre-

gado de filosofía, fue profesor de lycée de 1881 a 1897, maitre de conférences en la Ecole Nór­
male Supérieure de 1897 a 1900, profesor en el Collége de France desde 1900, miembro de la
Académie des Sciences Morales et Politiques en 1901 y de la Académie Fransaise en 1914, y
premio Nobel de literatura en 1928. El historiador Jean Jaurés (1858-1914) fue — según Sirine-
lli— el primer normalien convertido en un político de dimensión nacional, y el único que habría
seguido este camino antes de 1914. En los años veinte, sobre todo a raíz de la victoria del Car­
tel des Gauches, la situación cambiaría radicalmente. Pronto se hablará de la République des
professeurs. Este es el título del libro de Albert Thibaudet (París, 1927). Vilar entra en la École
en este nuevo contexto.
HISTORIA E IDENTIDAD 67

en un barrio de las afueras de París, en Sévres. Después, dos escuelas nor­


males de enseñanza primaria superior, en Fontenay para las mujeres y en
Saint-Cloud para los varones. Finalmente, ya en el siglo xx, una escuela nor­
mal superior de enseñanza técnica en la que eran admitidos muchachas y
muchachos a la vez. En su momento hablaré de los esfuerzos que realizamos
en nuestros años, de 1924 a 1929, para acercar entre sí a los alumnos de las
cinco escuelas normales. No tuvimos demasiado éxito. La fusión no se ha
realizado aún.
Durante demasiado tiempo la educación secundaria francesa fue una
educación de carácter burgués. Quiero decir que costaba dinero, excepto para
algunos hijos de funcionarios. Cuando esta educación se generalizó, una pro­
moción de normaliens que no contaba con más de veinte o treinta de cien­
cias, y con veinte o treinta de letras, no fue suficiente para asegurar la provi-
. « « « • ■ V - j . y, •’ '■

sión de todos los lycées. Así, la Ecole Nórmale de la rué d’Ulm se convirtió
básicamente en una cantera de profesores de enseñanza superior y de investi­
gadores, sin contar aquellos que se dedicarían a la política o a la empresa
privada. y
No pretendo hablar de la Ecole de hoy, que es muy diferente de la de mi
generación, y que conozco a través de mi nieto, que entró en ella exacta­
mente sesenta años después de mí. Quiero evocar, como el marco de un epi­
sodio de la historia, la École Nórmale de mi tiempo.
Se trataba de algo muy peculiar. Una escuela que no era una escuela, un
internado que no era un internado, con dormitorios que no eran dormitorios,
y con salas de estudio que tampoco eran salas de estudio. No tenía nada que
ver con un campus norteamericano, ni con un college británico. Se trataba de
algo muy original, que yo no había previsto.
He dicho que era una escuela que no era una escuela: no se impartían
cursos magistrales, no había aulas ni cátedras. Tan sólo se organizaban algu­
nos seminarios en pequeñas salas. Los de ciencias, al contrario, disponían de
numerosos laboratorios y centros de estudios, muy estrechos y muy cerrados.
Un internado que no era un intemado: porque podíamos entrar y salir en
cualquier momento del día o de la noche. Y si bien la comida común, en el
refectorio, como en un convento, solía ser frecuentada por todos los alumnos,
era porque en general tenían pocos recursos y porque a los que no tenían pro­
blemas económicos también les gustaba reunirse, cantar, hacer mido, gritar
«vivas» o silbar según la calidad de la comida, y meterse los unos con los
otros con canciones.
El edificio era de planta cuadrada, y se organizaba alrededor de un patio
interior bastante bello. Había pocos espacios verdes, tan sólo un pequeño jar­
dín, que daba a una calle pintoresca y muy antigua, con nombre pueblerino: la
me de Pot-de-Fer. No había habitaciones individuales, pero en los dormitorios
unos biombos separaban los compartimientos: una especie de celdas del ta-
68 PENSAR HISTÓRICAMENTE

maño de una cabina de paquebote. Los servicios comunes estaban abiertos


durante todo el día. Uno podía levantarse, tomar un baño a cualquier hora y
volver a dormir, siempre que tuviera el sueño fácil. Durante dos años, me
despertaba todos los días, entre las siete y media y las ocho de la mañana,
por los ruidos de las canciones de uno de mis vecinos, Paul Bénichou, uno
de nuestros bravos camaradas que se sentía próximo a los surrealistas. Sus
canciones eran estrafalarias, y sus letras siempre escandalosas y provocativas.
Bénichou sería profesor universitario en Estados Unidos, especialista en los
moralistas franceses del siglo xvn. Este tipo de carrera no será demasiado raro
entre los normaliens de letras.
La originalidad se hallaba, sobre todo para los de letras, en el sistema de
thumes. Este era el nombre que recibían las pequeñas salas de estudio que
los pequeños grupos de normaliens podían amueblar y decorar a su gusto.
Eran grupos de cinco o seis en el primer año, de tres o cuatro en el segundo,
y de dos o tres en los dos últimos años. En las thumes, naturalmente, empe­
zaba la selección y se reafirmaban las amistades más sólidas. En el primer
año el azar desempeñaba un papel importante, en los años siguientes se con­
firmaban las afinidades entre aquellos que eran llamados co-thumes8 —los
que compartían las pequeñas salas de trabajo— y también con los co-thumes
vecinos.
La manera de vestir, en los pasillos y en las salas de trabajo, era en gene­
ral bastante descuidada, sobre todo entre los de ciencias. Los físicos, quími­
cos y biólogos casi nunca se quitaban su bata de trabajo, que era el símbolo
de sus actividades de investigación. Algunos de letras aprovechaban esta cir­
cunstancia para imitar esta negligencia. Jean-Paul Sartre era uno de ellos.
También había normaliens parisinos y, por lo tanto, externos; todos tenían
una thume asignada, pero su utilización variaba según los gustos o el empla­
zamiento del domicilio de cada uno. En general destacaban por su corrección
en las formas de vestir. En cambio, los normaliens internos se paseaban a
menudo por el barrio con su ropa de trabajo.
Se trataba de un barrio de antiguos conventos. El nombre de las calles lo
delataba: Ursulines, Feuillentines (una calle muy querida por Victor Hugo
niño). La encrucijada entre las calles Gay-Lussac,

Claude Bemard, Feuillen-
tiñes y Ulm parecía a menudo el patio de la Ecole. El café más próximo, muy
pequeño, se llamaba Normale-Bar, pero nosotros decíamos, más corrientemen­
te, que íbamos «chez la Baronne», a casa de la baronesa. A menudo comprá­
bamos algo en la panadería y tomábamos el café «chez la Baronne» mientras
jugábamos al bridge, o a la belote9 con compañeros elegidos al azar. Años
más tarde, en los momentos y lugares menos pensados, he encontrado perso-89

8. El juego de palabras entre co-thume y cothume [coturno] es, naturalmente, intraducibie.


9. Juego de cartas.
HISTORIA E IDENTIDAD 69

ñas que me han dicho: ¿te acuerdas de nuestros bridges, «chez la Baronne»?
Me lo han preguntado un director de investigación espacial, o uno de los ini­
ciadores de la teoría matemática de conjuntos. No lo digo con vanidad. De
hecho, no debo nada a aquellos encuentros.
Algunos de nuestros camaradas filósofos se sintieron muy pronto atraí­
dos por las reflexiones sobre las ciencias. Pienso en Jean Cavadles, Albert
Lautman, Georges Canguilhem101o, más tarde, Michel Serres. No fue este mi
caso ni tampoco lo habitual. Es muy difícil exigirle a un joven espíritu, en el
momento en que empieza a especializarse, la realización de un sobreesfuer­
zo interdisciplinario. Pero no hacía ningún daño oír formular una gran varie­
dad de preguntas; era mucho mejor que encerrarse en una única problemáti­
ca. Hubo algunas amistades de la École célebres, como la de Luden Febvre y
Paul Langevin, que fueron fructíferas en el campo de las reflexiones sobre la
ciencia y la educación.11
Y si me pregunto, ahora,

cuáles fueron los frutos, y las enseñanzas, de
aquellos cuatro años de Ecole Nórmale, veo con claridad que tendré que dis­
tinguir entre aspectos muy diversos. ¿Me preparé suficientemente, universita­
riamente, para convertirme en el historiador que después he sido? ¿En qué
medida supe sacar provecho del París de los «años locos», como ha sido lla­
mado? En tercer lugar, ¿juzgué adecuadamente a los hombres que me rodea­
ban?, ¿adiviné o presentí el papel que algunos de ellos iban a desempeñar
en el futuro? Finalmente, ¿hasta qué punto nos preparamos social, política
e intelectualmente para las tragedias que nos reservaban los años centrales
del siglo?
¿Cómo viví, entre 1924 y 1929, mi preparación para la realización de mi
vocación de historiador? De hecho, cuando pensaba en mi futuro, no me
imaginaba historiador, sino geógrafo. También es verdad que por aquellas fe­
chas no había en Francia ninguna contradicción entre las dos vocaciones. En
secundaria, se enseñaba conjuntamente historia y geografía. Pienso que era
una buena opción. Las pruebas que tenían que superar los candidatos a pro­
fesores también incluían las dos disciplinas.

10. En 1937 Jean Cavaillés y Albert Lautman sostuvieron de muy jóvenes — tenían vein­
tinueve años— tesis sobre «las nociones de estructura y existencia en matemáticas» y sobre «el
desarrollo contemporáneo de las ciencias matemáticas». Georges Canguilhem presentó, en 1943,
su tesis de medicina en Clarmont-Ferrand: Essai sur quelques problémes concemant le normal
et la pathologique. Jean Cavaillés y Albert Lautman, buenos amigos, serían fusilados en plena
lucha de la Resistencia. Habían formado parte, como Vilar, del grupo de estudiantes socialistas
de la École Nórmale. Georges Canguilhem, uno de los grandes discípulos del filósofo pacifista
Alain, fue también un luchador importante de la Resistencia. En 1976 Canguilhem publicó el li­
bro Vie et morí de Jean Cavaillés.
11. Después de la guerra, el físico Paul Langevin y el historiador Lucien Febvre colabora­
ron en un proyecto de reforma de la enseñanza. Vilar hablará más adelante con admiración de
Paul Langevin (1872-1946) rememorando la fundación de La Pensée.
70 PENSAR HISTÓRICAMENTE

En Montpellier había conocido los trabajos, las tesis, de tres grandes geó­
grafos. Se trataba de tres estudios de la llamada «geografía regional». Inten­
taban describir la vida económica y social de las regiones, no únicamente a
partir del estudio de la tierra y de sus recursos, sino también del estudio de
un largo pasado que abarcaba desde la prehistoria hasta la modernización
del siglo xix. Eran los estudios de Jules Sion sobre Normandía, de Albert
Demangeon sobre Picardía y de Raoul Blanchard sobre Flandes.12 La asocia­
ción del estudio sobre la tierra con el estudio de los hombres significaba in­
teresarse, a la vez, por datos de orden científico, de orden económico, de
orden demográfico: lo que en años más recientes se ha llamado ecología.
Recuerdo que el hombre que me orientó hacia el estudio de Cataluña, Maxi-
milien Sorre, escribió en el curso de los años cuarenta un tratado de ecología
que pasó casi desapercibido.13
Ai pues, hacia 1925, eligiendo ser geógrafo, elegí ya aquello que se con­
vertiría en mí, más tarde, en una especie de obsesión: la historia total. Con la
esperanza, naturalmente, de una mejor comprensión del mundo contemporá­
neo. El maestro que había elegido en 1925, Albert Demangeon, acababa de
publicar un pequeño libro, Le Déclin de VEurope,14donde se veía con claridad
la decadencia relativa de Europa, en el conjunto de las actividades mundiales,
en relación con lo que había sido a principios de siglo. El mismo Demangeon,
cuando decidí seguir su seminario en el Institut de Géographie, dependiente
de la Sorbona, era conocido como un gran especialista del Imperio británico.
Fue consultado como experto sobre la utilidad eventual de una red ferrovia­
ria transahariana. También preparaba, en colaboración con el historiador Lu­
den Febvre, un libro titulado Le Rhin,15 en el que se analizaba el papel del

12. Jules Sion, Les Payscms de la Normandie oriéntale, Pays de Caux. Bray, Vexin Nor-
mand, Vallée de la Seine; étude géographique, París, 1909; Raoul Blanchard, La Flandre, París,
1906; Albert Demangeon, La Picardie et les régions voisines, Artois, Cambrésis, Beauvaisis,
París, 1905. Los tres autores pueden ser considerados de la escuela geográfica de Vidal de la
Blache.
13. Max Sorre, Les Fondements biologiques de la géographie humaine. Essai d'une éco-
logie de l ’homme, París, 1943 (hay edición castellana en Editorial Juventud). Es el primer volu­
men de Les Fondements de la géographie humaine, 3 vols., A. Colin, París, 1943-1952. Sobre la
obra de Max Sorre, véase el capítulo 9 de Anne Buttimer, Society and milieu in the French geo-
graphic tradition, Rand McNally/Association of the American Geographs, Chicago, 1971 (hay
traducción castellana: Sociedad y medio en la tradición geográfica francesa, Oikos-Tau, Vilas-
sar de Mar, 1980).
14. Albert Demangeon, Le Déclin de l'Europe, París, 1920.
15. Le Rhin, Societé Générale Alsacienne de Banque, Imprimerie Alsacienne, Estrasbur­
go, 1930. El libro reapareció en 1935 con el título Le Rhin, problémes d'histoire et d ’économie,
Armand Colin, París. Febvre se refiere a esta colaboración en «Deux amis géographes. Jules
Sion, Albert Demangeon», Anuales d'Histoire Sociale, III (1941), reproducido en Combats pour
Vhistoire.
HISTORIA E IDENTIDAD 71

gran río desde el punto de vista de sus particularidades geográficas y del de


su adscripción a la historia a la vez.
Recuerdo también que, a los pocos días de mi llegada a París, uno de mis
antiguos profesores de historia de Montpellier, a quien encontré en la galería
del teatro del Odéon —aquellos días una feria de libros—, me enseñó uno de
los primeros volúmenes aparecidos de la colección titulada L'Évolution de
l'humanité, que habría de convertirse en el gran proyecto de Lucien Febvre.16
El título me gustó. Resumía bien la materia de toda ciencia humana: pensar
históricamente la evolución de la humanidad.
Toda historia debe ser pensada sociológicamente, toda sociología debe
ser pensada históricamente. Esta era la forma de pensar de la que sería lla­
mada escuela de los Annales. Pero el primer número de los Annales d ’His-
..

toire Economique et Sociale, de Lucien Febvre y Marc Bloch, no apareció


hasta las últimas semanas de mi estancia en la École Nórmale. Apoyado en
el marco de una ventana de esta École, el gran historiador Jean Meuvret me
mostró un día el primer número de esta revista diciéndome: «Esto es lo que
he estado esperando».
¿Significa ello que no saqué ningún provecho de lo que llamábamos, en­
tre 1925 y 1929, de un modo más clásico, en la Sorbona, la enseñanza de la
historia? Más de una vez, hacia las dos de la tarde, me dormí durante alguna
clase aburrida. Mi primer año de estudios de historia en la Sorbona coincidió
con el último de enseñanza de Charles Seignobos, profesor de historia con­
temporánea, autor, con Charles-Victor Langlois, de un libro clásico de meto­
dología de la historia que se convertiría más tarde en la diana preferida de los
ataques de Lucien Febvre contra la historia évenementielle, la historia de
los acontecimientos, y la historia puramente política.
Ciertamente, el primer curso de orientación de Charles Seignobos, consi­
guió irritarme. «Jóvenes estudiantes —nos dijo— cuando elijan un tema de
investigación, no elijan nunca un tema que les interese, porque si les interesa
es que ya tienen una idea preconcebida y, si es así, no serán historiadores po­
sitivos, historiadores imparciales.» No todo es falso ni absurdo en esta ad­
vertencia. Es cierto que todos tenemos, en nuestro interior, alguna pasión
más o menos consciente, y es peligroso ceder a este sentimiento. Pero la idea
de elegir un tema que no me interesase a priori me parecía aún más absurda.
El problema del investigador es el de tener conciencia y conocer el porqué de
su propio interés.

16. La colección L'Évolution de l'humanité fue fundada en 1920 y dirigida en sus inicios
por Henri Berr, en la «Bibliothéque de Synthése historique». Lucien Febvre colaboró en el pro­
yecto y en 1922 publicó su obra La ierre et l'évolution humaine, que combatía el determinismo
geográfico. Febvre habla de su colaboración con Berr en «Hommage á Henri Berr. De la Revue
de Synthése aux Annales», Annales ESC, VII (1952), también reproducido en Combáis pour
l'histoire.
72 PENSAR HISTÓRICAMENTE

En cuanto a la preferencia de Seignobos por la historia puramente évene-


mentielle y política, que denunció Lucien Febvre, me permito ponerla en
duda. Era costumbre en 1925, para cada examen de graduación, movilizar a
tres profesores de la facultad. Pude ver y oír a Seignobos presidiendo uno de
esos tribunales. Cuando uno de sus colegas planteaba a un estudiante una
pregunta un tanto peliaguda sobre un hecho demasiado preciso, Seignobos
murmuraba de manera que todos pudiésemos oírlo: «Ch’sais pas, moi», yo
no lo sé. Y el candidato se tranquilizaba. No hay que caricaturizar a nadie.
Aprendí también que no había que caricaturizar, sobre todo —como al­
gunos aún hoy hacen con gusto—, al gran historiador Albert Mathiez, espe­
cialista de la Revolución francesa. Era considerado entonces, como aún lo es
hoy, una especie de romántico robespierrista. Advertí desde su primera lec­
ción que era el hombre que mejor conocía todos los mecanismos sociales, los
más profundos, del siglo xvm francés y de su gran transformación por la Re­
volución francesa. Un espíritu claramente inclinado hacia la historia total.
Recuerdo que un día, en una exposición sobre la política religiosa de Napo­
león, una de nuestras compañeras estudiantes, esperando complacerlo, le dijo
no comprender qué podía ser una «psicología colectiva religiosa popular».
Mathiez se irritó: «Mademoiselle, vous étes aussi béte que Napoléon» [Se­
ñorita, es usted tan estúpida como Napoleón]. Lo que no quería decir que
Mathiez considerase estúpido a Napoleón, sino que pensaba que el historia­
dor debía intentar comprender lo que los políticos demostraban, en la histo­
ria, no haber sabido comprender.
Algunas otras lecciones de historiadores no me dejaron indiferente. Hubo
profesores que me impresionaron por su elocuencia y su pasión. Una clase de
Jéróme Carcopino rememorando los grandes procesos de Cicerón era una
maravilla, en cuanto a la lengua y a la inteligencia. Una clase de Henri Fo-
cillon sobre los frescos románicos o sobre el tímpano de Conques era un au­
téntico regalo.17 Recuerdo que en una clase de Henri Focillon oí por primera
vez pronunciar —con dificultad, torpemente, pero ¡con qué sinceridad!— el
nombre, dijo él, de su amigo «Puiquicadafalq» (Puig i Cadafalch).
Es bueno saber distinguir entre la vocación que conduce a la compren­
sión y la comprensión que justifica y hace más profunda la vocación. Estos
recuerdos sobre la vieja Sorbona —no la medieval, la de mi juventud— me
sugieren que si bien todo dogmatismo debe ser sometido a la crítica, también
conviene evitar el dogmatismo en la crítica. Lucien Febvre y su escuela cari-

17. Jéróme Carcopino era especialista en historia romana y Focillon en historia del arte.
En otras ocasiones Vilar ha afirmado conservar buenos recuerdos de otros tres profesores de
aquella Sorbona: Henri Hauser, que ocupó la primera cátedra de historia económica de la Sor­
bona, y que fue el antecesor directo de Labrousse; Gustave Glotz, especialista en historia anti­
gua y de quien recordará siempre que les había hablado de «salarios» en la Grecia esclavista, y el
medievalista Ferdinand Lot.
HISTORIA E IDENTIDAD 73

caturizaron demasiado, sin duda, a figuras como las de Seignobos o Mathiez,


del mismo modo que la pequeña revolución de 1968 condenaría demasiado
globalmente la institución universitaria.
Me he preguntado más de una vez si no había tanto orgullo injustificado
en la insolencia de nuestra juventud, en la École Nórmale de 1925-1928,
como en el autoritarismo o la solemnidad de algunos cursos ex cathedra. En
cierto modo, nuestra insolencia y nuestra suficiencia hacia la vieja Sorbona
pueden ser explicadas por la conciencia que teníamos de participar, con ma­
yor o menor intensidad, en el París de los años locos, en el París de las gran­
des agitaciones, de las grandes propuestas renovadoras en la literatura, en la
música, en el teatro o en el cine.
No pretendo haber sabido distinguir, en cada uno de los jóvenes que co­
nocí, qué sabían exactamente sobre los medios parisinos y sobre la manera
de acceder a ellos y disfrutarlos. Me remito a lo que han escrito, cuando han
escrito algo sobre ello. Es cierto que la École Nórmale nos facilitaba el ac­
ceso a grandes cosas. Particularmente, yo sólo me aproveché de ello como
espectador, nunca como participante activo o actor, en los círculos, grandes
o pequeños, de la literatura o del teatro.
Conservo grandes recuerdos en dos campos: la música y el cine. En el
terreno musical, no dejaba pasar una semana sin asistir a un gran concierto
de música clásica y me acostumbré a escucharlos, si era posible, con la par­
titura en la mano. Me acuerdo especialmente de los conciertos Straram, una
institución de la que oigo hablar estos días [mayo de 1994] en la radio, en
France-Culture. Straram, director de orquesta norteamericano, se puso ente­
ramente a disposición de la juventud, y nos inició en Stravinski, Honegger y
Darius Milhaud. Cuando regresé de mi primer viaje a España, en 1927, me
interesé, naturalmente, por Albéniz, Granados y Falla. En la Ópera creo ha­
ber visto entonces lo esencial de Wagner, excepto Parsifal, si bien comple­
té la tetralogía en los Campos Elíseos, en 1929. Tampoco desconocía Pellé-
as y algunas óperas rusas.
En el mundo del teatro, estábamos en la época de Louis Jouvet, y fue
entonces cuando aprendí, en particular gracias a mi amigo Pierre Boivin,
hasta qué punto Knock no era —como a menudo parece entenderse— una
diatriba contra los médicos materialistas, sino que describía la constitución
voluntaria de una sociedad alrededor de una idea fija, es decir, que consti­
tuía un análisis sorprendentemente lúcido del totalitarismo.18 También era

18. El título completo de la obra es Knock ou le triomphe de la médecine. Estrenada en 1923,


significó el gran triunfo de Jules Romains como autor de teatro. Su gran intérprete, durante años,
será Jouvet. Puede ser oportuno reproducir algunas reflexiones del actor, en una conferencia pro­
nunciada en 1949, que corroboran, a posteriori, las impresiones de Vilar: «Hace veinticinco
años ... Jules Romains anunciaba, sin que todavía lo supiésemos, los mecanismos desaforados
que habrían de dominar el mundo, la sugestión y la autosugestión. A través de Knock, en un
74 PENSAR HISTÓRICAMENTE

fiel a Pitoéff,19 en su Hamlet, y en todos los Pirandello: Seis personajes en


busca de autor, Enrique IV, Cada cwa/ a sw manera. Pero jamás intenté,
como lo hizo Brasillach, entrar en la intimidad del matrimonio Pitoéff. Se­
guramente debido a mi modestia y a mi timidez, pero también, creo, porque
lo que me interesaba realmente era el teatro en sí mismo y no la anécdota
de sus actores.
El cine fue mi gran descubrimiento. Había sido un mundo desconocido
para mí hasta los dieciocho, diecinueve años, en Montpellier. Me divierte
mucho, últimamente, escuchar por la radio algunas versiones sobre los años
de mi juventud normalienne. Dos comentaristas se han atrevido a decir —no
consigo imaginarme a partir de qué fuente de información— hace muy pocos
días [mayo de 1994] que en la École Nórmale de aquellos años se descono­
cía el cine y que leyendo a Brasillach quedaba/
claro que había sido él quien
había introducido la moda del cine en la Ecole. Puedo asegurar que desde
1925 mis mejores amigos y yo pasábamos en el cine casi tres tardes por se­
mana. En un principio fueron los lunes, en el Vieux Colombier —«Le 'Vieux
Co» lo llamábamos—, donde casi siempre ponían filmes extranjeros revolu­
cionarios. Pienso en un filme mudo como Los tejedores20 acompañado al
piano por una anacrónica Internacional, y en muchos filmes soviéticos. Muy
pronto el miércoles se convirtió en el día del cine de las Ursulines, donde a
menudo coincidíamos con algún normalien de ciencias, con su bata de labo­
ratorio. Allí vi todo el cine de vanguardia, el primer René Clair —Les fiancés
de la Tour Eiffel—, los filmes de Mumau —Nosferatu—, La p }tite Lilie, Una
novia en cada puerto y La carreta fantasma.2' En 1928 se creó en Montmar-
tre —un poco lejos, es verdad— Studio 28. El nombre indica la fecha. Yo ya
había visto —en las Ursulines— Un perro andaluz. Conocía ya Barcelona y
había podido reconocer en el filme a Jaume Miravitlles.22 En Studio 28 vi el
último pase de La edad de oro, el día antes de su prohibición. Muchos años

anuncio de carácter profético, Jules Romains iluminaba de un trazo el poder, la trascendencia


de las ideas-fuerza y de las teorías colectivas» (son fragmentos del texto de la conferencia re­
producido por Olivier Rony, Jules Romains ou ia p p el au monde , Robert Laffont, París, 1993,
p. 575).
19. Georges Pitoéff (Tiflis, 1884-Ginebra, 1939) fue uno de los grandes actores y directo­
res del París de los años veinte. Con él actuaba su esposa, Ludmilla Pitoéff (Tiflis, 1895-Rueil,
1951).
20. Los tejedores, de Friedrich Zelnik (1927), versión cinematográfica del drama de Haupt-
mann.
21. La p ’tite Lilie es un film de Alberto Cavalcanti (con la colaboración de Jean Renoir).
Una novia en cada puerto fue dirigida por Howard Hawks (1928) y La carreta fantasma por el
director sueco Victor Sjóstróm (1920).
22. Jaume Miravitlles, en aquel tiempo, era militante independentista, y había tomado par­
te en los hechos de Prats de Molió en 1926. Estuvo exiliado en Francia hasta 1930. Brasillach
habla de él en el libro de recuerdos Notre avant-guerre (1941).
HISTORIA E IDENTIDAD 75

después, en los años 1945 o 1950, Pepito Llorens Artigas me explicaría al­
gunos secretos de esta filmación.23
Si reflexiono sobre Robert Brasillach, su amor por el cine es la única
cosa que me inclina a la indulgencia.24 Tan sólo compartí con él un año de
Ecole, y habría de coincidir con él más tarde, por azar, en algunas ocasiones.
Notre avant-guerre25 es el testimonio de una pretensión personal absurda e
Histoire de la guerre d'Espagne26 —donde niega pura y simplemente el
bombardeo de Guemica— anunciaba ya, en 1939, que Brasillach sería capaz
de grandes y aberrantes locuras políticas. No siento por él ninguna lástima.
Este caso excepcional, pero no del todo aislado, me ha hecho reflexionar mu-

23. Sobre las circunstancias de las películas Un perro andaluz y La edad de oro, de Bu-
ñuel, puede leerse lo que el mismo Buñuel explica en Mon dernier soupir, Robert Laffont,
París, 1982. Un perro andaluz, en 1929, fue concebido por Buñuel y Dalí, en perfecto acuerdo.
El filme fue rodado en París, en quince días, con dinero de la madre de Buñuel. El filme tuvo
éxito, y estuvo ocho meses en Studio 28, que lo había comprado. Hubo denuncias, pero no fue
prohibido. En la Navidad de 1929, Buñuel entró en contacto con el aristócrata Charles de Noai-
lles, quien se ofreció a financiar un nuevo filme. Para llevar el proyecto adelante Buñuel y Dalí
se instalaron en Cadaqués, pero — siempre según Buñuel— «ya no había entre ellos la magia
que había inspirado Un perro andaluz». La edad de oro es una obra enteramente de Buñuel, que
rodó los exteriores en los alrededores de París y cerca de Cadaqués. Pepito Llorens Artigas, el
ceramista amigo de Vilar — y de Picasso— aparece en el filme, como también aparecen Jacques
Prévert y Max Emst, entre otros. Y la voz de Paul Éluard pone sonido a algunas imágenes del
que era uno de los primeros filmes sonoros realizados en Francia. Después de una sesión par­
ticular en casa de los Noailles, el filme pudo verse en Studio 28. El séptimo día, grupos de ex­
trema derecha atacaron el cine, estropearon los cuadros de la exposición surrealista que había en
la entrada, lanzaron algunas bombas y rompieron las butacas. Una semana más tarde, la prefec­
tura de policía prohibió el filme. La prohibición duraría 50 años.
24. Robert Brasillach (Perpiñán, 1909-París, 1945), de la promoción normalienne de 1928,
sería fusilado en 1945 por sus actividades de colaboración con Alemania durante la segunda
guerra mundial. De hecho, sería el único intelectual ejecutado. Fran^ois Mauriac y otros inte­
lectuales intentaron evitarlo. Brasillach irá reapareciendo a lo largo del libro. Aquí sólo avanza­
mos que fue amigo personal de Pitoéff y gran amante del cine. En 1936 escribió (con su cuña­
do Maurice Bardéche) Histoire du Cinéma.
25. Robert Brasillach, Notre avant-guerre, Pión, París, 1941. En esta obra autobiográ­
fica Brasillach explica cómo conoció a Jaume Miravitlles en 1926, en Colliure. Explica que
«Jaumet» le impresionó sobre todo porque se trataba de un condenado a muerte: «Condenado a
muerte a los veinte años, ¿no era magnífico? Todos lo pensábamos». Brasillach cuenta también
que Miravitlles le enseñó canciones catalanas revolucionarias, como La Santa Espina y los «ad­
mirables Faucheurs», y reproduce una estrofa de La Internacional en catalán. Al cabo de quin­
ce años, estos recuerdos le merecían este comentario: «Todo eso constituía una visión romántica
de la rebelión y de la conspiración que es necesario que todo joven haya conocido algún día».
26. Robert Brasillach (con Maurice Bardéche), Histoire de la guerre d'Espagne, Pión,
París, 1939. En 1936 había publicado (con Henri Massin) Les cadets de / ’Alcázar, Pión, París,
y en 1939 publicó también Le siége de 1’Alcázar, Pión, París, con un prefacio del general Mos-
cardó. El libro sobre la guerra de España fue muy pronto traducido al italiano, alemán y por­
tugués, y al castellano en 1966 (Imprenta Romeu, Valencia, 1966), con prólogo de Adolfo
Porcar Gil.
76 PENSAR HISTÓRICAMENTE

cho. ¿Debo considerar que Notre avant-guerre de Brasillach es también «mi»


................... . - 4

avant-guerre] Más bien tiendo a pensar que mis años de Ecole Nórmale, es­
pecialmente los tres primeros, fueron ante todo, una posguerra. De hecho,
aún no habíamos dejado de reaccionar contra 1914-1918.
Estoy pensando en una de nuestras canciones de 1927. Para denunciar, a
los veinte años, un peligro de guerra, nos bastaba decir: «On se sent rajeuni
de treize ans!» [¡Nos sentimos trece años más jóvenes!].27 Tan sólo habían
transcurrido trece años desde 1914, y nueve desde 1918. Haber pasado de
nuestra posguerra a nuestra preguerra, tal vez este haya podido ser el senti­
do, en 1928, de la promoción Brasillach. No estoy seguro de que Sirinelli, en
Génération intellectuelle, haya visto de esta manera esa ruptura. Y ya no
estoy, ¡ay!, en condiciones de releerlo.28
Notre avant-guerre de Brasillach tiene, al menos, el mérito de describir­
nos la pasión de un joven normalien ávido de entrar lo más rápidamente po­
sible en el mundo del teatro, del cine y del periodismo. En las promociones
que lo precedieron tal vez este fuese también el caso de Nizan. No creo en
cambio que se tratase del de Sartre. Sartre pensaba en escribir, naturalmente:
era su profunda vocación. Y su manera de organizar, entre nosotros, la revis­
ta, revelaba su talento para las obras de teatro y dejaba entrever su futuro.
Pero no creo que en nuestros años comunes hubiera organizado su vida en
este sentido.

27. Este verso forma parte de la canción titulada Complainte du capitaine Cambusat (el
capitán Cambusat era el instructor militar de la École de aquellos años), que se cantó en la Re-
vue de 1927, claramente antimilitarista, y provocó un gran escándalo, tal como queda reflejado
en Sirinelli, Génération intellectuelle , pp. 322-343, y en Bruhat, II n ’est jamais trop tard , pp. 44-
50. La canción se iniciaba con los aires de La Marsellesa y estos versos: «Je suis entré dans la
carriére / Quand le métier avait du bon! / On pouvait espérer la guerre / et gagner pas mal de ga-
lons!». La sexta estrofa — que seguía la música de la canción «ElTressemble á sa mere...»—
decía: «En ce moment la Yougoslavie / Et l’Italie / sont en conflit / On pourra tirer de cette af-
faire / Un’petit’guerre / d’quatre ans et d’mi. / Les gens se disent tout bas: oü va-t-on en venir? /
De quelque chos’comme’9a j ’ai gardé le souv’nir! / Mais lá-dessus vous tourmentez pas plus
longtemps! / Ell’ressemble á sa mere, / Elle a tout, c ’est charmant / De sa mere, la grand’guerre /
On se sent rajeuni de treize ans / Si nous savons y faire, / Comm’la loi militaire / Sera done arri-
vée au bon moment! / Mais ce n’était qu’un reve...».
28. Vilar hace una crítica del libro de Sirinelli en «La fondation de La Pensée. Souvenirs
d’un historien», La Pensée, n.os 270-271 (juño-octubre de 1989), p. 14: «Sirinelli otorga un lugar
justificado, en su análisis, al movimiento pacifista ... pero periodiza mal los movimientos de
pensamiento de los grupos que estudia. Entre 1925 y 1929, tiempos del espíritu de Locamo y
de la prosperidad , ser de izquierda y ser pacifista eran sinónimos. Sólo los comunistas (y eran
una minoría) recomendaban no eludir la preparación militar (¡lo cierto es que automáticamente
eran suspendidos en el examen!). Pero después de 1931, con la crisis y el auge de los fascismos,
la línea divisoria se situó entre aquellos que veían claramente los peligros mayores y aquellos
que preferían cerrar los ojos, a menudo por anticomunismo existencial». El estudio de Sirinelli
abarca las promociones literarias de la École Nórmale Supérieure de 1920 a 1931. Sirinelli, efec­
tivamente, no señala con claridad el corte generacional que Vilar sugiere en el texto.
HISTORIA E IDENTIDAD 77

Sobre el París de los años locos, mi memoria se halla, pues, sobrecargada


de imágenes de teatro, de cine, de ballet, de conciertos; y en mi thume no
escaseaban las discusiones sobre literatura. Desconocía, en cambio, y era un
mundo desconocido también para los que me rodeaban, los pequeños círculos
creativos que se estaban fundando, o existían ya, no muy lejos de nosotros,
cerca del Odéon o en Montpamasse. No supe, y siento por ello cierta ver­
güenza retrospectiva, que los más grandes poetas franceses —Bretón, Aragón,
Eluard— se agrupaban o se dividían, en literatura como en política, y que He-
mingway frecuentaba las librerías de la rué de Toumon. Tal vez porque era un
joven provinciano, tímido y con demasiadas dudas acerca de su personalidad.
Si existían galerías de arte, cafés musicales donde Cocteau tocaba la batería,
casas editoriales grandes y pequeñas, nunca se me pasó por la cabeza que yo
pudiera serles útil en algo, ni intuí de qué manera podía yo sacar provecho de
su existencia. Dos o tres veces al año iba, por la noche, al Dome o a La Cou-
pole, los cafés de moda de Montpamasse, donde intentábamos descubrir algu­
nos nombres conocidos. Recuerdo especialmente el rostro de Fujita, el pintor
japonés, porque un japonés, en el París de aquellos tiempos, era algo raro. To­
mar un cóctel en los sótanos de la me Vavin era nuestro gran lujo.
Sabía muy bien que al mismo tiempo, y tal vez aún más unos años des­
pués, algunos jóvenes de provincias recién llegados a París no tardaban en
presentarse ante André Gide o Paul Léautaud.29 Ni mis amigos más cercanos
ni yo, tal vez porque no nos creíamos destinados a realizar grandes tareas in­
telectuales en la capital, soñábamos con semejante posibilidad. Nizan, antes
de aceptar la cuantiosa ayuda que le permitiría escribir Aden-Arabie30✓ fue a
pedir consejo a Georges Duhamel, un vecino, porque vivía cerca de la Ecole.
Pero si bien mi co-thume Pierre Boivin, convertido muy pronto en mi mejor
amigo, hizo nacer en mí una auténtica pasión por la literatura de Jules Ro-
mains, nunca se nos pasó por la cabeza la idea de acercamos hasta su casa
para decírselo. Seguramente por la simple razón de que no aspirábamos a en­
trar en el mundo de la literatura.
¿Abundaban este tipo de aspiraciones en la École? Sólo puedo dar al res­
pecto algunas impresiones. Antes de entrar en la École, en mis años de inter-

29. «La visite au gran écrivain» ha sido considerada lieu de mémoire en la obra dirigida
por Pierre Nora (Les lieux de mémoire. La Nation, III, 1986, pp. 563-587). Paul Léautaud (Pa­
rís, 1872-Robinson, Seine, 1956), periodista y crítico teatral, fue un personaje clave del París
intelectual de aquellos años. Sus Joumaux Littéraires, que empiezan en 1893, y que fueron pu­
blicados después de su muerte, han sido utilizados en muchos estudios como testimonio del
París intelectual de entreguerras.
30. El primer libro de Paul Nizan, publicado en 1932. Son célebres sus palabras iniciales
(que hacen referencia a la época que Vilar analiza, si bien se refieren a los veinte años de cual­
quier persona): «Tenía veinte años, no dejaré que nadie diga que es la edad más bonita de la

vida». En las primeras páginas describe el ambiente de la Ecole.

!
78 PENSAR HISTÓRICAMENTE

nado en el lycée Louis le Grand, ya pude observar que algunos jóvenes de


provincias soñaban con la literatura y el periodismo. Sirinelli,
/
para estudiar
nuestra generación intelectual, antes de situarse en la Ecole Nórmale, dedica
muchas páginas a las clases de preparación, llamadas khágnes en nuestro ar­
got.31 Tres lycées proporcionaban el más fuerte contingente de cada promo­
ción normalienne. Tenían características diferentes. El lycée Condorcet era el
lycée de la gran burguesía, y de allí salieron normaliens distinguidos. Pienso,
por ejemplo, en un Raymond Aron. La khágne del lycée Louis le Grand, que
durante un año fue el mío, reunía, al contrario, a un grupo numeroso de mo­
destos provincianos.32 Entre casi un centenar de jóvenes pude observar todo

31. Además de las referencias que aparecen en Génération intellectuelle, Sirinelli intenta
resumir los aspectos más característicos de esta institución — así como las distintas versiones
sobre el porqué de este nombre y de esta ortografía— en «La khágne», en Pierre Nora, dir., Les
lieux de mémoire. II. La Nation, pp. 589-624.
32. Vilar explica su experiencia como khágneux en «Témoignage: Un khágneux des
années 20», en C. Charle y Régine Ferré, eds., Le personnel de l ’enseignement supérieur en
Franee aux xix et xx siécles, CNRS, París, 1985. Este texto, de hecho, constituye una crítica
al sistema de enseñanza de estos cursos preparatorios, sobre todo del curso seguido en París, al
que contrapone la experiencia de Montpellier: «Se acababa de crear en Montpellier una clase
de preparación, hypokhágne y khágne a la vez. No éramos más de media docena, estudiantes
más que lycéens, y muy poco preocupados por el concurso. Ahora bien, puedo decir que, se­
guramente por eso, pasé en esta hypokhágne el mejor momento de mi formación. El profesor de
latín, que en premiére me había parecido el profesor más desgraciado y el más maltratado por
los alumnos del siglo, se reveló, ante un pequeño auditorio, un latinista extraordinariamente ca­
pacitado para transmitir su saber; el profesor de francés era un íntimo de Valéry; el profesor
de filosofía había sido cothume de Eduard Herriot; el profesor de alemán, cothurne de Jules
Romains; el profesor de historia era Jean-Rémy Palanque, también pedagogo inexperimentado
en premiére y maestro apasionado en un nivel superior. Además, tenía tiempo de ir a la facultad,
donde fui iniciado en Schopenhauer (lo cual no me marcó), pero también en Freud, lo que, en
1924, ¡no era tan habitual como ahora! No me sorprendo, ahora, de haber obtenido una buena
nota en el examen escrito de aquel primer año, cuando nadie, y yo el que menos, se lo espe­
raba. Me hundí en el oral. Me perdí en los pasillos de la École, y sólo me relacioné con otros
dos chicos de provincias poco familiarizados, como yo, con aquellos ambientes: eran Georges
Canguilhem y Alphonse Dupront. Recuerdo sobre todo la prueba de historia, ¡delante de mí, Lu­
d en Febvre! No sabía nada sobre él. Ni Jean-Rémy Palanque me había hablado de él. Me había
puesto muy buena nota en la prueba escrita; pero, en la oral, tenía que hablar de “la India inglesa
después de 1815” y no sabía absolutamente nada al respecto; me embarullé de una manera pe­
nosa; Lucien Febvre vacilaba entre la risa y la piedad; después de sesenta años, encuentro diver­
tido el recuerdo de ese primer encuentro». Vilar es mucho más severo en la valoración de su
experiencia de la khágne Louis le Grand de París: «Si se trata de juzgar las influencias en mi ju­
ventud, he de decir que en este año de khágne fueron casi nulas. No conservo ningún recuerdo
original de las clases de francés y latín. En filosofía, el desdichado Colonna de Istria se encon­
traba débil y enfermo; en lo alto de un inmenso anfiteatro, no escuché ni una palabra de su curso
durante un año y me dedicaba a jugar al ahorcado con mi compañero de mesa, un negro magní­
fico de Guadalupe de metro noventa, que se llamaba Lenis Blanche. Quedaba el célebre curso
de Alphonse Roubaud, que alguno de mis buenos amigos como Michel Foumiol todavía conside­
ran modélico; a mí, sus clases me aburrían, y cuando Roubaud, comentando uno de mis ejercí-
HISTORIA E IDENTIDAD 79

tipo de vocaciones. Vocaciones políticas, vocaciones periodísticas. La mayo­


ría fracasaron, pero no todas. Pienso en René Maheu, que sólo soñaba con
grandes entrevistas, artículos, comunicaciones, y que sería, en los años se­
senta, y durante mucho tiempo, director general de la UNESCO.33 Desapare­
ció de mi horizonte durante los años de la École.
Pero muy cerca de Louis le Grand había la khágne de Henri IV. Su prin­
cipal originalidad residía en el profesor que enseñaba filosofía: el escritor y
filósofo Chartier, que firmó siempre su obra con el simple nombre de pila
Alain.34 Se trataba de un filósofo anarquizante, más crítico que constructivo,
que inspiró a toda una generación de pacifistas del tipo objetor de concien­
cia, muy poco capaces de razonar históricamente. Pero la palabra de Alain
debía de ser fascinante, porque muy pocos de sus oyentes, de sus alumnos,
conseguían librarse de su influencia. Existían, pues, y de una forma muy par­
ticular en el interior de la École, discípulos de Alain. No constituían una or­
ganización estructurada, pero su comunión en el pensamiento creaba una
atmósfera especial y un difuso espíritu de clan. Dos hombres, que siempre
eran nombrados conjuntamente, simbolizaban, e inspiraban, al grupo: Sartre
y Nizan.
Tengo ganas de decir, el dúo Sartre-Nizan, porque los estoy viendo toda­
vía, en nuestro pequeño teatro, en la revista de 1927. Bailaban, al son de la
opereta Fifí, aquello que los musicólogos llamaban, entonces, una «danza des­
nuda», con un pequeño slip, un pequeño traje de baño. Pero Sartre cantaba:
«Ne vous inquietez pas, je porte la cravatte au cou» [No se inquieten, llevo la
corbata en el cuello] y, efectivamente, una «corbata» encamada rodeaba su
_________________________________ /

cios (amablemente, por otra parte), me decía: “Monsieur Vilar, vaya con cuidado, usted hace
historia a la manera de Guizot, o de Karl Marx...”, yo me permitía pensar ¡ojalá! Pero es cierto
que, sobre todo en el ejercicio oral, yo sabía más cosas que el año precedente. Mucho menos si­
tuado en el ejercicio escrito, remonté, afortunadamente para mí, en el oral. Todo esto es muy es­
colar, pero quizás merece un poco de atención. Entre iniciación cultural auténtica y obligado
ejercicio de concurso, ¿quién encontrará la buena combinación, la buena fórmula?». Contrasta
esta visión crítica con la de los demás testimonios recogidos por Charle y Sirinelli en sus estu­
dios, que sitúan a Roubaud como gran éveilleur de los jóvenes.
33. René Maheu (1905-1975) fue director general de la UNESCO de 1961 a 1974. René
Maheu es Herbaud en las Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir. Pronunció una
conferencia en el grupo de estudios socialistas de la École con el título: «Pourquoi je suis indi-
vidualiste», y Simone de Beauvoir también destaca esta misma faceta del personaje.
34. Se llamaba en realidad Émile Chartier (1868-1951). Una simple mirada al índice ono­
mástico del libro Génération intellectuelle deja entrever la importancia que Sirinelli otorga a este
personaje. El nombre de Alain figura en 130 páginas cuando ningún otro nombre supera las
65 referencias. Dos títulos de capítulos del libro incluyen el nombre de Alain, el capítulo XIII:
«Les éléves d’Alain» (pp. 427-496), y el capítulo XVII: «Les disciples d’Alain en guerre mon-
diale» (pp. 590-632). Vilar, en la misma crítica citada en la nota 29 de este capítulo, cree que
Sirinelli exagera la importancia de la influencia de Alain sobre su generación, fuera del ámbito
de los khágneux de Henri IV.

I
80 PENSAR HISTÓRICAMENTE

garganta: era la insignia de commandeur de la Légion d ’Honneur que acaba­


ba de recibir nuestro director Gustave

Lanson. Así eran objeto de burla, al
mismo tiempo, la autoridad en la Ecole y el orden nacional. Nizan, con el as­
pecto de una bailarina del✓ Folies-Bergéres, representaba una dama patrocina-
dora de las fiestas de la Ecole. Era una manera de burlarse de las pretensio­
nes mundanas, aunque modestas, de la familia de los enseñantes. Eran temas
bastante clásicos en toda revista de estudiantes, pero la forma adoptada aquel
año resultaba especialmente provocadora.
Las canciones de las revistas eran generalmente compuestas por peque­
ños grupos. Yo no rehusaba formar parte de ellos porque resultaba muy di­
vertido. Nueve de cada diez veces, las cosas sucedían así: uno de nosotros
proponía una estrofa de dos versos, generalmente muy sosa. Sartre fruncía el
entrecejo, reflexionaba un par de minutos y proponía una nueva versión del
texto, una combinación contundente de palabras, que evidenciaba y ponía
de manifiesto un talento excepcional. Tan sólo daré un ejemplo de ello, por­
que me permite ilustrar y prolongar algunos de los temas ya tratados: nuestro
antimilitarismo, nuestro nacionalismo, en la adolescencia, y también el re­
cuerdo próximo de la guerra de 1914.
Teníamos miedo, decíamos, de rejuvenecer trece años. Italia y Yugoslavia
discutían y se lanzaban amenazas de guerra a causa de Fiume, de Trieste. La
prensa nacionalista vulgar sugería cada día que era necesario pegar a los bo­
ches 35 y partir la cara a la Unión Soviética. Queríamos ridiculizar con un
aire patriótico lo que habíamos aprendido de niños, a los seis años: «En
avant soldats de la France» [Adelante, soldados de Francia], exponiendo, es­
trofa tras estrofa, lo que cada sabio francés debería enseñar: «Lévy-Bruhl
prouvera, en mesurant des cránes, / Que les Poméraniens sont des rétrogra-
dés, / Que les fils de la Louve ont des máchoires d’ánes. / Et qui’ils ont á
Moscou les neurones atrophiées!» [Lévy-Bruhl demostrará, midiendo crá­
neos, / que los pomeranios son unos retrasados, / que los hijos de la Loba
tienen mandíbulas de asno, / ¡y que en Moscú tienen atrofiadas las neuronas!].
A modo de estribillo, Sartre propuso decir a los profesores universitarios fran­
ceses: «Vous coupiez les ailes au génie, / Faudra les fair’ servir demain / Aux %

canards láchés en série / Sur Moscou, sur Berlín!» [Habéis cortado las alas
al genio, / será necesario utilizarlas mañana, / para los canards producidos en
serie, / ¡sobre Moscú, sobre Berlín!].36 Si estos recuerdos de juventud aún

35. Forma despectiva de referirse a los alemanes.


36. La canción era una clara referencia a la ley Paul-Boncour sobre «la organización ge­
neral de la nación en tiempo de guerra» (1927) aprobada por la Cámara de Diputados por 500
votos contra 31. El artículo 4 de esta ley preveía «en el orden intelectual, una orientación de los
recursos del país en el sentido de los intereses de la defensa nacional». La canción entera puede
encontrarse en Sirinelli, Génération intellectuelle, p. 326, y en Bruhat, II n ’est jamais trop tard ,
pp. 261-264, con muy pocas diferencias. Sirinelli, que investiga con todo lujo de detalles la
HISTORIA E IDENTIDAD 81

interpelan mi conciencia de historiador, es porque sugieren la necesidad de


fechar del modo más afinado posible las etapas de nuestro pasado. En 1927
todo belicismo francés se creía autorizado a desafiar a la vez a Moscú y a
Berlín, y tal vez incluso a Roma. En la década siguiente había que elegir,
y algunas elecciones serán inesperadas.
Había algunos aspectos que yo encontraba particularmente molestos. Sar­
tre tal vez tenía razón cuando decía a los catedráticos «Vous coupiez les
ailes au génie», pero yo era demasiado sensato para aplicarme la fórmula.
En 1968, siempre con el estímulo de Sartre, demasiada gente se creería con
el derecho de aplicársela. Además, la disciplina antropológica, ¿no ha pro­
porcionado los mejores argumentos contra el racismo? Y ¿era conveniente
sugerir la superioridad de la literatura respecto de la ciencia? Nadie discute
la genialidad de Louis-Ferdinand Céline.37
Se hace difícil, después de tantas cosas escritas sobre Sartre y por el mis­
mo Sartre, clasificar y ordenar cronológicamente los recuerdos lejanos que
conservo de él. En 1925-1926 no me gustó su actitud hacia mi compañero✓ de
promoción, el filósofo Jean Hyppolite.38 Hyppolite llegó muy joven a la Eco­
le y parecía muy tímido, muy asustado. Era costumbre, el primer día de cur­
so, conducir a los nuevos —los conscriptos, decíamos— al sótano sombrío y
laberíntico sobre el que se erigía el edificio de la École. No era nada terrible,
y nadie se lo tomaba demasiado en serio, pero Sartre, que había observado
los temblores de Jean Hyppolite, se divirtió particularmente asustándolo más
y más. Después, durante el curso, habiendo observado la extraordinaria lo­
cuacidad de Jean Hyppolite y su ligero defecto de habla —que no siempre
conseguía disimular en presencia de sus formales interlocutores—, Sartre le
dedicó una canción que pudo zaherirle.
Por otro lado, Sartre dio a lo largo de su carrera numerosas pruebas de su
generosidad, de su bondad, de su desinterés; no es casualidad que fuera el

autoría de la canción que él titula «Sur l’utilisation des Intellectuels en temps de guerre», se
decanta por atribuirla a Canguilhem. Bruhat piensa que los autores fueron Canguilhem y Sartre.
Otra puntualización: Canard [pato] en francés puede tener el sentido de bulo, de falsa noticia.
37. Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Seudónimo de Louis-Ferdinand Destouches, que
se dio a conocer como escritor de gran talento literario con la novela Voyage au bout de La nuil
(1932), recientemente reeditada en Francia (y traducida al castellano como Viaje al final de la
noche). Su antisemitismo violento se hizo evidente a partir de 1936 y en 1940 se adhirió al go­
bierno de Vichy. Al terminar la guerra no siguió la suerte de Brasillach (gracias al reconoci­
miento intelectual de su obra), pero vivió en una especie de exilio: primero, real, en Alemania y
en Dinamarca; y desde 1951, en la misma Francia.
38. Jean Hyppolite (Jonzac, 1907-París, 1968), es otro normalien ilustre de la promoción
de Vilar. En aquella época, según Sirinelli, asistía de oyente a las clases de Alain y empezó a
estudiar — bajo su influencia— a Hegel, de quien se convertiría en un gran especialista. Murió
en 1968 siendo profesor del Collége de France. Foucault siempre lo reconoció como a uno de
sus maestros.
82 PENSAR HISTÓRICAMENTE

autor de El muro, La náusea, respetuosa y A puerta cerrada, ni tam­


poco que rehusara el premio Nobel. Desde mi juventud me pareció percibir
en él las contradicciones profundas de su ser. Interpreté entonces que se tra­
taba de una reacción contra su físico. Más tarde, cuando leí Las palabras,
una de sus obras maestras, comprendí que se trataba también de una reacción
contra su infancia. Tengo que decir, sin embargo, que lo conocía bastante
mal. Los normaliens que cursábamos disciplinas distintas no nos tratábamos ✓
mucho. No recuerdo haber visto nunca, durante los cuatro años de la Ecole,
a Simone de Beauvoir. En 1928 mi amigo Boivin, con quien pasaba la mayor
parte del tiempo, superó la agregación de filosofía y se situó en tercer lugar,
inmediatamente después de Sartre y Simone de Beauvoir. Jamás me había
hablado de ella. El cotilleo no debía de ser nuestro fuerte.
Nizan había dado signos más evidentes que Sartre de su deseo de dedi­
carse a la literatura y a la política. En muchos aspectos podía oponerse a Sar­
tre. Por ejemplo, mientras que la negligencia en el vestir de Sartre era famo­
sa, Nizan destacaba por su elegancia afectada, parisina. Se sabía también
que, todavía muy joven, en la khágne, había buscado referencias políticas
originales, al lado de Georges Valois, por ejemplo, precursor de un socialis­
mo de derechas.39 Participó, durante sus años de École, en el proyecto de una
Revue Marxiste, oscura y efímera.40 Su estancia en Arabia y su libro sobre
Adén41 hicieron famosos nuestros años comunes en la École. Me pareció ver
en él, también, una reacción surgida de complejos bastante profundos, aun­
que menos individuales que en el caso de Sartre. Su primera novela, Antoine

39. Georges Valois lideró el movimiento de las Jeunesses Patriotes y fundó el Faisceau en
noviembre de 1925, que tendría una corta duración. Más tarde, se apartaría del fascismo y mo­
riría en Bergen-Belsen, donde había sido deportado por su participación en la Resistencia. Dife­
rentes testimonios, reproducidos por Sirinelli, coinciden en señalar que «un día» Nizan se vistió
con la camisa azul de las Jeunesses Patriotes (Sirinelli, Génération intellectuelle, pp. 408-419).
40. En sus memorias, Bruhat explica que se decidió crear la revista en el otoño de 1928
(en la habitación de su hotel) y que la iniciativa había sido aprobada por el PCF, si bien el par­
tido se desmarcó pronto del grupo y de los problemas de la revista (durante 1929). Sirinelli
dedica unas páginas especiales (el Anexo IV de su libro) a la historia de esta revista; de hecho,
las dedica a dos de sus protagonistas, Georges Friedmann y Brice Parain. Sólo aparecieron sie­
te números entre febrero y agosto de 1929.
41. P. Nizan, Aden-Arabie (1932). En el libro se pueden leer estas reflexiones sobre la
École Nórmale de aquellos años: «Allí va una parte de esa tropa orgullosa de magos que los que
pagan para formarla llaman la Elite y que tiene la misión de mantener al pueblo en el camino de
la complacencia y del respeto, virtudes que representan el Bien ... La mayoría de los normaliens
están convencidos de su pertenencia a la elite: elite cristiana, muchos de ellos van a misa. Elite
universitaria: preparan como si se tratara de un gran viaje las etapas de una bella carrera y pro­
yectan a los veinte años matrimonios con las hijas de los profesores más célebres. El Bulletin de
i École Nórmale publica orgullosas y risibles genealogías. Elite política: muchos de ellos nadan
en las aguas sucias de las secciones socialistas, de las ligas radicales con una habilidad de vie­
jos peces. Pero siempre elites del Espíritu».
HISTORIA E IDENTIDAD 83

Bloyé, es la historia de su padre, la de una conciencia desgraciada en un


hombre insatisfecho de su rango profesional.42
Otra obra de Nizan, también bastante precoz, publicada a comienzos de
los años treinta, me pareció un error psicosociológico grave, casi imperdona­
ble. Me refiero a la novela La conspiración.43 El protagonista es un joven in­
telectual, no un normalien, sino un alumno de la École des Chartes,44 lo que
sociológicamente resultaba demasiado increíble para poder engañar a nadie.
Escrito por Nizan, todo el mundo entendió que se trataba de un normalien.
Ejerciendo las funciones de secretario del coronel, en el curso de su servicio
militar, el joven consigue hallar entre sus papeles información suficiente para
preparar una revolución. La intriga era inverosímil, pero pude constatar en mi
propia piel, en 1939, que la novela había metido en la cabeza de muchos mi­
litares que un normalien era un revolucionario peligroso. Esto no era preo­
cupante entre los militares inteligentes. También los había, por suerte. Pero
incluso ante uno de éstos, cuando traté de convencerlo de que un intelectual
antimilitarista no era un peligro, me respondió: ¿y La conspiración?, ¿y Ni­
zan?45 El derecho a la ficción es evidente, pero un escritor es responsable del
imaginario de su público. Nizan, entre 1930 y 1939, tendría responsabilida­
des, y no de un rango inferior, en el Partido Comunista, en el campo del pe­
riodismo. Cuando se firmó el pacto germano-soviético, abandonó el partido
de una forma bastante ruidosa. Después participó en la guerra como intér­
prete del ejército británico y allí dejó la vida. El Partido Comunista quiso
convertir a Nizan en un simple policía, infiltrado en sus filas durante mucho
tiempo. Inversamente, un sector amplio de la opinión y del periodismo, en
el que destacarían algunos familiares de Nizan, y al que acabaría uniéndose el
mismo Sartre,46 quiso convertir a Nizan en el hombre de vocación revolucio-

42. Antoine Bloyé se publicó en 1933. El argumento, inspirado — parece— en la vida del
padre de Nizan, tiene relación con el sistema educativo francés. Antoine Bloyé, hijo de un obre­
ro y de una mujer que realizaba trabajos domésticos, consigue una beca de estudios que le per­
mite estudiar en una École d’Arts et Métiers y convertirse en «ingénieur aux chemins de fer
d’Orléans». Inicia así una ascensión social hacia la burguesía, a la que dedicará todos sus es­
fuerzos. La constatación del fracaso profesional — y social— precipitará su muerte.
43. P. Nizan, La conspiración, 1938. En la novela se vuelve a recrear el ambiente de la
École Nórmale. Por ejemplo, se describe la participación de los normaliens en el séquito del
ataúd de Jaurés a la que Vilar hará referencia pronto.
44. La École Nationale des Chartes prepara archiveros y está especializada en el estudio
de las ciencias auxiliares de la historia: paleografía, diplomática, arqueología, además de histo­
ria, literatura, lenguas vivas y muertas, etc. Creada en 1821, desde 1897 se encuentra situada en
la Sorbona. Gabrielle Berrogain, la futura esposa de Pierre Vilar, cursó sus estudios en esta
École.
45. Vilar hace referencia a este diálogo con un oficial militar más adelante, al iniciar el ca­
pítulo 5.
46. En marzo de 1960 Jean-Paul Sartre escribió un largo prefacio para una nueva edición
del libro (Maspéro, 1960), donde reivindicaba y exaltaba la personalidad de su antiguo amigo.
84 PENSAR HISTÓRICAMENTE

nana engañado, decepcionado, que finalmente había sabido encontrar el ca­


mino recto. A mí me pareció siempre —a partir de lo que había podido ob­
servar de él— el hombre de talento que sucumbe demasiado fácilmente a las
tentaciones de la moda, y que con demasiada rapidez realiza análisis muy su­
perficiales de la realidad.
Sobre el antimilitarismo de nuestros años normaliens, anteriores a la
elección comunista de Paul Nizan, mis recuerdos me sugieren todavía algu­
nas reflexiones. Se nos planteó entonces un problema de principios que se
parecía bastante a lo que hoy llamamos objeción de conciencia. Pero era ini­
maginable, en los años veinte, una objeción de conciencia a ser simple sol­
dado. Si alguien rehusaba hacer el servicio militar, ingresaba, pura y simple­
mente, en prisión. El problema, para los alumnos de una escuela normal y, en
esta ocasión me refiero a todos los niveles ✓ de las escuelas normales, desde las
escuelas normales para maestros hasta la Ecole Nórmale de la rué d’Ulm, era
otro. Los jóvenes estudiantes de estas escuelas, becados y pagados por el Es­
tado, eran considerados funcionarios. Se deducía de ello que tenían la obli­
gación no sólo de ser soldados, sino de ser oficiales.
El problema de conciencia radicaba ahí. La posición de los discípulos de
Alain, por ejemplo, era clara: «se nos puede obligar a ser soldados, pero no
a tomar responsabilidades de mando militar». En diversas ocasiones, en mis
años en la École Nórmale, vivimos el problema del rechazo a la✓ obligación
de ser oficial. Hubo un movimiento en este sentido en la misma Ecole, y más
tarde se recogieron firmas en solidaridad con algunos jóvenes alumnos de
una escuela normal primaria sancionados por la Administración por una pe­
tición del mismo signo. En los dos casos firmé la petición correspondiente.
Me parecía que el hecho de ofrecer a unos cuantos jóvenes algunas facilida­
des materiales —de las que se habían hecho merecedores a través de unos
exámenes— no debía de comportar obligaciones militares distintas de las de
derecho común. Para sus firmantes, aquellas peticiones tan sólo conllevaron
algunas sanciones puramente administrativas. No me considero un héroe por
haber sido uno de ellos.47
La posición del Partido Comunista ante el problema era diferente. El parti­
do aconsejaba a sus afiliados y simpatizantes que no rehusasen, si se les ofre­
cía, la posibilidad de una educación militar de un cierto nivel. Un comunista
podría ser llamado un día a responsabilidades de mando. Tampoco respecto a
esto yo me hacía ilusiones: nunca me imaginé general de un ejército rojo.
De hecho, en todo este asunto, la actitud de los mandos militares era la
más coherente. Si detectaban la presencia de un comunista inscrito en el par­
tido —cosa fácil, porque la policía en eso era bastante eficaz— entre los que

47. Sirinelli dedica el capítulo XIV de Génération intellectuelle a «L’affaire de la PMS»


(Préparation Militaire Supérieure).
HISTORIA E IDENTIDAD 85

se preparaban seriamente para la carrera militar, lo suspendían en los exáme­


nes. No querían comunistas en los cuadros. En el otro extremo, los objetores
de conciencia a la condición de oficial se hacían suspender en los exámenes.
Eran destinados, como simples soldados, al servicio meteorológico. Allí no
matarían a nadie, ni mandarían matar. Es cierto que, ante la proximidad de un
gran bombardeo, posiblemente autorizarían enormes masacres, pero de una
forma demasiado indirecta como para provocar remordimientos.
Firmante de las peticiones, y sin ser miembro del Partido Comunista,
pasé mis exámenes de oficial. En 1939, frente a los ejércitos de Hitler, co­
mandé una unidad de infantería. No combatí de mala gana, pero en mi inte­
rior lamentaba profundamente haber sido mal preparado, mal dirigido. El
historiador debe intentar desenmarañar el sentido de esta madeja de contra­
dicciones.48
Entre 1925 y 1929, ciertamente, no me planteaba los problemas de esta
manera. No tenía suficiente madurez, ni suficiente experiencia. Como en los
años de adolescencia de Montpellier, me dejé llevar sucesivamente —y algu­
nas veces simultáneamente— por determinada influencia o tentación, ✓
por
cierto sentimiento profundo, o por alguna crítica intelectual. La Ecole estaba
dividida, pero no rota. Las críticas se ejercían mediante la ironía, no median­
te la violencia. Seguramente porque era sentida desde su interior, y percibida
desde el exterior, como un ser histórico con una personalidad bien definida.
Había sido la casa de Jaurés. Había constituido un punto de encuentro de los
intelectuales defensores de Dreyfus. Y el unanimismo de 1914 permitía con­
fundir y mezclar, en el recuerdo, los sacrificios de Jaurés y Péguy, a pesar de
su dolorosa ruptura.49 El número de normaliens que habían muerto en la gue­
rra imponía respeto y parecía otorgar a la École el derecho de afirmarse
pacifista y socialista.
En noviembre de 1924, recién llegado a París, yo había desfilado entre
las delegaciones de las khágnes parisinas y de los normaliens, al lado de los

48. Vilar hablará en el capítulo 5 de su experiencia como oficial en el campo de batalla, y


volverá al tema planteado aquí. Sartre, soldado raso, confesó sus sentimientos contradictorios
durante la guerra, en 1961, recordando a su compañero Merleau-Ponty: «No sé si él lamentó, en
1939, con el contacto de los que sus jefes llamaban curiosamente hombres, la condición de sim­
ple soldado. Pero cuando yo vi a mis oficiales, aquellos ineptos, sentí remordimientos por mi
anarquismo de la preguerra: ya que había que batirse, nos habíamos equivocado al dejar el man­
do en las manos de aquellos imbéciles vanidosos» (texto reproducido por Sirinelli, Génération
intellectuelle, p. 14).
49. Vilar pensaba consagrar algunas páginas de su libro sobre Europa a esta ruptura. En la
École Nórmale, bajo la influencia del bibliotecario Lucien Herr (que a su vez había ejercido una
gran influencia sobre Jaurés), Péguy había sido socialista y jauresiano. Con otros compañeros,
entre ellos Mathiez, habían llamado a su thume Utopie. La evolución hacia el antisocialismo de
Péguy puede seguirse a través de los Cahiers de la Quinzaine, fundados en 1900. Las diferen­
cias con el líder socialista (y pacifista) estallaron con fuerza en el clima de preguerra.
86 PENSAR HISTÓRICAMENTE

mineros de Carmaux,50 entre el Palais Bourbon y el Panthéon, acompañando


el ataúd de Jaurés. Durante mi primer año de la École, un hombre reinaba to­
davía, solemnemente, en la Biblioteca. Era Lucien Herr, el germanista que
había ejercido su influencia a la vez sobre Jaurés y sobre Péguy.51 En 1924-
1925, en la imagen de los parisinos, siempre un poco simplista, la École
Nórmale era socialista —hoy diríamos de izquierdas—, como la Facultad de
Derecho, con sus manifestaciones con los bastones alzados, con sus corpora­
ciones estudiantiles, era globalmente asimilada a Action Fran^aise, antisemi­
tismo incluido.
Naturalmente, había excepciones. Había republicanos en la Facultad de
Derecho, y había militantes de Action Fransaise en la École. Entre los vein­
tiocho normaliens de mi promoción de Letras había dos de este partido, y to­
dos lo sabíamos. Pero las posiciones de izquierda eran claramente mayorita-
rias, sobre todo si también contábamos a los de ciencias, menos habladores,
menos activos, pero no necesariamente menos convencidos.
Ya he dicho que los discípulos de Alain formaban una especie de clan, no
organizado, pero reconocible. Era también el caso de los católicos, que lla­
mábamos tala. No he sabido nunca por qué. Algunos decían que era porque
iban a misa, «ils voní á la messe», pero no estoy seguro de ello.52 Se sabía
que a algunos filósofos importantes, católicos estrictos o simplemente espiri­
tualistas, les gustaba reunir a algunos normaliens. Otros, como el primero de
mi promoción —el cacique, Henri-Irénée Marrou—, iban cada domingo,
vestidos de scouts, a ayudar en la catcquesis de jóvenes de algunos barrios.53

50. Este episodio es explicado por Nizan en su novela La conspiración. Sirinelli le dedica
unas páginas de su estudio, contraponiendo diferentes testimonios que permiten discutir si los
normaliens se mezclaron o no con los mineros de Carmaux. Jaurés, profesor de la Universidad
de Toulouse, había apoyado la huelga de los mineros de Carmaux de 1892, y había sido diputa­
do por aquel distrito desde 1893.
51. Sobre la personalidad de Lucien Herr, véanse dos libros: Charles Andler, Vie de Lucien
Herr , Rieder, París, 1932 (reeditado por Maspéro, 1977), y Daniel Lindenberg y Pierre-André
Meyer, Le socialisme et son destín , Calmann-Lévy, París, 1977. Recientemente se han reeditado
algunos de sus escritos: Choix d ’écrits, vols. I y II, Éditions l’Harmattan, París, 1994.
52. Sirinelli, que da esta misma versión sobre los orígenes de la palabra, asimila tala a ca­
tólico practicante y encuentra normaliens tala en el seno de casi todas las tendencias políticas
que estudia en su libro.
53. Henri-Irénée Marrou (Marsella, 1904-Bourg-la-Reine, 1977) será titular de la cátedra
de historia del cristianismo en la Sorbona de 1945 a 1977. Vilar y Marrou, con Dupront y
Bruhat, los otros dos historiadores de su promoción, formaban un grupo de estudios peculiar:
«El trabajo en común con estas personas fue fundamental para mí. Lo que prueba que se pue­
de llegar a un entendimiento y que puede ser fructífera la colaboración con personas con las que
no se comparten ni todos los horizontes ideológicos ni todos los métodos de trabajo» (entrevis­
ta de Marina Cedronio, p. 328). Vilar vivirá un episodio intelectual un poco tenso con Marrou a
raíz del artículo «Défense de la paix et objectivité historique», publicado en 1953 en la revista
Trygée. En este artículo Vilar se había manifestado a favor de que el historiador definiese pre­
viamente sus posiciones teóricas. Marrou lo citará como un mal ejemplo de historia en las pri-
HISTORIA E IDENTIDAD 87

¿Hubofrealmente un grupo tala mínimamente organizado? Quizás sí, pero en


mi época no se hizo notar mucho. Más visibles se hicieron algunos proyec­
tos de un catolicismo de izquierda, republicano, sindicalista, e incluso socia­
lizante; un esbozo de democracia cristiana que me sedujo fugazmente, gra­
cias a la elocuencia de Henri Guillemin, y que me decepcionó muy pronto,
por el culto a la personalidad desarrollado en tomo a Marc Sangnier, líder de
la Jeune République.54
Mantuve largas conversaciones, favorecidas sin duda por nuestra común
ascendencia meridional —la comunidad de acento atrae siempre—, con dos
jóvenes políticamente muy activos. Paul Vignaux, un poco mayor que yo, fue
uno de los grandes impulsores en Francia del sindicalismo cristiano.55 Admira­
ba mucho en él su sensibilidad y su buena voluntad. Étienne Borne, más joven
que yo, natural de Montpellier, destacaba ya como joven líder de una demo­
cracia cristiana en germen.56 Simultaneaba las carreras universitaria y política.
Los observaría de un modo mucho más severo después de la guerra, cuando vi
en ellos el rostro francés del catolicismo político de Italia y Alemania.
En 1994 es chocante rebuscar, setenta años atrás, estos signos anuncia­
dores del futuro. Entonces todo el mundo pensaba que la École era una
cantera de socialistas. Socialismo
/
era la palabra más pronunciada en las dis-
cusiones políticas de la Ecole.57 En la promoción que precedió a la mía, se

.meras ediciones de su libro De la connaissance historique, si bien posteriormente (cuando fue


publicada Cataluña en la España moderna) rectificará y alabará los trabajos de investigación
histórica de Pierre Vilar. Los detalles del incidente Marrou-Vilar los explica Vilar en «Recuer­
dos y reflexiones sobre el oficio de un historiador», Manuscrits, n.° 7 (diciembre de 1988),
pp. 12-13.
54. Henri Guillemin, nacido en 1903, es conocido hoy sobre todo por sus biografías des-
mitificadoras de grandes personajes (Hugo, Chateaubriand, Zola, Jaurés, Péguy) y diversos tra­
bajos de historia y crítica literaria. En su juventud fue secretario particular de Marc Sangnier
(trabajo que le hizo fracasar en la agregación de letras en 1926), fundador en 1912 del grupo la
Jeune République y considerado el padre de la democracia cristiana francesa. Sangnier había
fundado la revista — en 1894— y el movimiento, de carácter religioso y social, llamados Sillón.
El movimiento se disolvió en 1910 a raíz de una condena del papa Pío X. En 1946 la Jeune
République se fusionaría con el MRP (Mouvement Républicain Populaire).
55. Paul Vignaux, de Burdeos, normalien de la promoción de 1927. Miembro de la Asso-
ciation Catholique de la Jeunesse Fran9aise, y de la JOC (Jeunesse Ouvriére Chrétienne). Vignaux
participa, con Marrou, en la creación de la JEC (Jeunesse Étudiante Chrétienne) en 1928, que
agrupará a partir de aquel año prácticamente a todos los normaliens tala (Sirinelli, Génération
intellectuelle, pp. 306-307). Agregado en filosofía, Vignaux será durante años director de la
École Pratique des Hautes Études de Burdeos. Murió en 1987.
56. Étienne Bome, de la promoción de 1926, agregado de filosofía y futuro inspector
general de la Instrucción Pública. Personaje importante en las filas de la democracia cristiana.
57. En 1928 Pierre Vilar escribió el artículo «Socialisme á l’École Nórmale Supérieure»
en La Vie Socialiste , donde consideraba a los socialistas el grupo mejor organizado de los es­
tudiantes de la École, si bien les reprochaba la falta de reflexión teórica (Sirinelli, Génération
intellectuelle, p. 416).
88 PENSAR HISTÓRICAMENTE

anunciaban dos líderes con futuro: Jean Le Bail,58 que no disimulaba su de­
seo de ser diputado lo más pronto posible, y Georges Lefranc, que parecía
más bien destinado, como líder y como historiador, al sindicalismo.59 En mi
promoción, Maurice Deixonne,60 como Le Bail, dejaba entrever con claridad
sus ansias de seguir una carrera política propiamente dicha. Mi amigo más
próximo, Pierre Boivin,61 no tenía ningún proyecto preciso, pero sí vocación
de sociólogo, y entendía la actividad de partido como un instrumento para el
progreso de la sociedad. Su sinceridad, su llaneza, la certeza que yo tenía de
que sus ambiciones no eran de orden personal ni de naturaleza vulgar, con­
solidaban día a día nuestra amistad. Pero ni las discusiones que yo sabía que
se celebraban en la Sección Socialista del barrio, en las reuniones de estu­
diantes socialistas, concernientes al partido, ni la política socialista que se
desarrollaba desde los poderes ministeriales o parlamentarios, despertaron
nunca mi interés. ✓
En realidad, en mi larga estancia en la Ecole, sólo me adherí una vez a
una organización que llevaba una etiqueta política y fue precisamente la de
socialista. Se denominaba Groupe d’Etudes Socialistes des Écoles Normales
Supérieures.62 No tenía fines políticos propiamente dichos: organizábamos
reuniones, una vez al mes, durante el curso, para oír tratar un tema determi­
nado por un personaje competente. Se trataba de reuniones de información,
no de acción. Estaban abiertas a todos, tanto a los discípulos de Alain, que no
asistían nunca, y a los católicos, que asistían muy poco, como a los comu­
nistas, lo que no gustaba nada a los líderes del Partido Socialista. Preci­
samente me gustaban por este carácter abierto. Y, si bien la idea de reunir las
escuelas normales superiores podía parecer estrecha de miras y pretenciosa,
me parecía útil y simpático que nos reuniéramos gente que teníamos pocas

58. Fue diputado socialista y profesor en el lycée de Limoges. Murió en 1965.


59. Georges Lefranc, de quien Vilar hablará en numerosas ocasiones, ha publicado di­
versas obras sobre la historia del socialismo francés, algunas traducidas al castellano. Fue pro­
fesor de lycée . Murió en 1985. De una gran actividad en el socialismo de los años treinta, es uno
de los principales protagonistas del libro de Sirinelli. Es evidente que su carrera política habría
sido otra si no hubiese sido acusado de colaboracionista después de la segunda guerra mundial.
60. También será diputado socialista. Murió en 1987.
61. Pierre Boivin (Orleans, 1906-París, 1937), hijo de Henri Boivin — un profesor agre­
gado de letras, socialista y fundador del Sindicato Nacional de profesores de lycée — , fue un
activo militante del Partido Socialista; cuando murió ocupaba un cargo importante — era el
responsable de la enseñanza secundaria— en el gabinete del ministro Jean Zay. Gran amigo de
Pierre Vilar, a lo largo del libro se encontrarán numerosas referencias a esta amistad.
62. Sirinelli dedica unas cuantas páginas (pp. 357-375) de Génération intellectuelle a ha­
blar del Groupe d’Études Socialistes des Écoles Normales Supérieures, si bien nunca menciona
a Vilar como miembro activo del grupo. Para Sirinelli el gran animador del grupo fue Georges
Lefranc. El grupo se creó en enero de 1925 y, como dice Vilar, permaneció siempre abierto a es­
tudiantes no socialistas. Hacían las reuniones los jueves por la tarde y cambiaron de lugar mu­
chas veces.
HISTORIA E IDENTIDAD 89

ocasiones de hacerlo. En primer lugar, porque nos reuníamos chicos y chicas.


Después, porque nos reuníamos alumnos de escuelas normales de diferentes
niveles que teníamos cierta tendencia a no hacemos caso y a miramos con
desconfianza a causa de complejos de orden diverso.
Reconozco que gracias a este grupo pude asistir a algunos espectáculos
aleccionadores. Explicaré, a modo de ejemplo, dos reuniones. En cada una
de ellas se enfrentaron dos visiones opuestas de un mismo problema. Un día,
el grupo había invitado al líder comunista Marcel Cachin.63 En el curso de la
discusión que siguió a su intervención, nuestro camarada Jean Le Bail, de
quien ya he comentado sus ambiciones políticas, quiso practicar su joven
elocuencia a costa del pasado de Marcel Cachin. Los asistentes eran jóvenes,
y era fácil imaginarlos antimilitaristas radicales. Le Bail reprochó a Marcel
Cachin haber llorado el día de 1918 en que los franceses habían entrado en
Estrasburgo. Había olvidado que Marcel Cachin, que no era de nuestra gene­
ración, había tenido como maestro a Jean Jaurés. Quiero decir que él sí sabía
hablar realmente con elocuencia. Su palabra sabía tocar la fibra sentimental
de sus oyentes. Cachin, que había seguido en el comunismo de la posguerra
las posiciones exaltadas de un Vaillant-Couturier64 o de un Henri Barbusse,
había guardado en el corazón lo que podía haber significado, para un hombre
de su generación, la entrada de los franceses en Estrasburgo. El tema era muy
jauresiano. No había contradicción absoluta entre cierto patriotismo y cierto
internacionalismo. Convenía saber revivir ciertos momentos. Pensaría en
aquella intervención de Marcel Cachin mucho más tarde, cuando de nuevo
los comunistas lograron conciliar La Internacional y La Marsellesa, y cuan­
do, en Aragón, los cantos de los partisanos reencontraron el vocabulario de la
Comuna. En 1927 yo no había empezado aún a reflexionar sobre las com­
plejidades de los problemas nacionales. Pero aquel día percibí lo superficial
que uno puede llegar a ser si desprecia las realidades profundas.
El Groupe d’Études también me iluminó sobre otro punto. Habíamos
invitado a Alexandre Varennes, un viejo político socialista, que había sido

63. Marcel Cachin (Paimpol, 1869-Choisy-le-Roy, 1958), licenciado en filosofía. Antiguo


militante del Partido Obrero de Jules Guesde, participó en el Congreso de Unidad Socialista que
significó el nacimiento del Partido Socialista, SFIO, del que fue diputado por París en 1914.
También participó activamente en el Congreso de Tours y desde entonces ocupó importantes
cargos en el Partido Comunista Francés. En 1923 fue encarcelado por su oposición a la ocupa­
ción del Ruhr, y en 1927 por su oposición a la guerra de Marruecos. Fue director de L'Humani-
té desde 1918 hasta su muerte.
64. Paul Vaillant-Couturier (París, 1892-1937), abogado. Afiliado al Partido Socialista,
SFIO, en 1916, fundó, después de la guerra, con Barbusse y otros, la Asociación Republicana de
Anciens Combattants y la revista Clarté, de carácter pacifista. Tuvo un papel importante en el
Congreso de Tours, fue diputado de 1919 a 1928 y de 1936 a 1937, y miembro del Comité Cen­
tral del PCF. Redactor jefe de L ’Humanité desde 1929 hasta su muerte. En 1931 participó en la
creación del AEAR (Association d’Ecrivains et Artistes Révolutionnaires).

i
90 PENSAR HISTÓRICAMENTE

nombrado, a raíz del éxito del cártel de las izquierdas de 1924, gobernador
general de Indochina. Nos dibujó un cuadro bastante idílico de su gobierno y
de sus logros. Pero algunos invitados inesperados se habían infiltrado entre
nosotros. Se trataba de jóvenes indochinos. Nos dieron otra imagen de la rea­
lidad de su tierra; nos hablaron, por ejemplo, de un alcoholismo cada vez más
extendido y sistemáticamente propiciado, para satisfacer sus intereses mate­
riales, por los colonos franceses. Algunos de estos jóvenes serían poco des­
pués encarcelados, y nos manifestamos para pedir su libertad. Más tarde, algu­
nos ocuparon altos cargos del nuevo gobierno vietnamita. De nuevo, el hecho
de hurgar en la memoria, a setenta años de distancia, me produce vértigo.
Pero un vértigo lleno de enseñanzas. Las nociones de revolución, de guerra,
de nación, martillean sin cesar. Nosotros, jóvenes intelectuales de 1927, ha­
bíamos creído entender algo.
Mis tentaciones del lado del comunismo no fueron necesariamente más
lúcidas. Como había sucedido en mi adolescencia en Montpellier, se alimen­
taban sobre todo de la crítica de los resultados negativos o insuficientes de
las políticas parlamentarias de la izquierda. Herriot había sido anulado por
Poincaré a causa de la crisis del franco. Los Estados Unidos de Wilson habían
abandonado Europa a su suerte. Se combatía a Abd-el-Krim, coincidiendo
con el dictador español Primo de Rivera. Era normal que un joven progre­
sista —como se dirá más tarde— prefiriese la sátira del Canard Enchainé o
las muestras de indignación de L ’Humanité a las crónicas populistas de Cle-
ment Vautel, autor de Mon curé chez les riches,65 o al conservadurismo de
Le Temps. Yo pensaba que Boivin y sus amigos socialistas no reaccionaban
con fuerza suficiente contra el embate de esta ola conservadora y, en cambio,
encontraba más combativos y convincentes los argumentos ✓
esgrimidos por
mi otro amigo, Jean Bruhat,66 a quien veía menos en la Ecole, pero con quien
coincidía en las clases de la Sorbona y del Institut de Géographie, ya que
cursábamos los mismos estudios.
Bruhat militaba en el Partido Comunista. Su buena fe, su entusiasmo y
la innegable inteligencia que manifestaba en las conversaciones cotidianas, lo
hacían extraordinariamente popular. Era el comunista, el único militante del
partido de toda la École. Sus argumentos me parecían sólidos. ¿Por qué no
me decidí a militar con él hasta el final? Intento volver a situarme en aquellos

65. Clément Vautel, seudónimo de Clément-Henri Vaulet (Bélgica, 1876-París, 1954), pe­
riodista y escritor francés. En el Journal, Vautel comentaba bajo el título «Mon film» las noti­
cias de cada día, erigiéndose en portavoz del francés medio y del buen sentido común. Escribió,
entre otras, las novelas Mon curé chez les riches (1920), Mon curé chez les pauvres (1921) y Je
suis un affreux bourgeois (1926).
66. Jean Bruhat (Pont-Saint-Esprit, 1906-París, 1983). Historiador especializado en la his­
toria del movimiento obrero. Profesor de la Universidad de París VIII. Poco antes de morir pu­
blicó sus memorias: II n'est jamais trop tard , Albin Michel, París, 1983.
HISTORIA E IDENTIDAD 91

años llamados locos y pienso que fueron, de hecho, demasiado poco dramá­
ticos, demasiado poco favorables al desarrollo de un pensamiento revolu­
cionario. Desde 1920, el año del Congreso de Tours en el que la mayoría
de militantes socialistas se habían declarado comunistas, el Partido Comu­
nista iba a la deriva. Minado por las continuas luchas en su cúpula, había sido
abandonado por los mejores intelectuales. Entre ellos —yo lo ignoraba en­
tonces, naturalmente— se hallaba mi futuro maestro Emest Labrousse. En
realidad, en las elecciones de 1928, el Partido Comunista no obtuvo resulta­
dos mejores, en porcentajes, de los que obtiene hoy día, cuando se le consi­
dera hundido del todo: menos del 10 por 100.
Respecto a las noticias sobre Moscú, después de 1924, tras la muerte de
Lenin, eran muy escasas. Un dí^ visitó el Instituí Océanographique, próximo
al Institut de Géographie, uno de los pocos personajes de la Unión Soviética
que cruzaban sus fronteras. Se trataba del comandante del navio rompehielos
que había salvado, en la soledad del Ártico, a los dirigibles italianos que ha­
bían pretendido conquistar el Polo Norte. No se trataba de un disidente, de
un enemigo del régimen, pero el panorama que nos describió de los años
terribles de la revolución impidió toda visión idílica.
Curiosamente, si tenemos en cuenta que mucho más tarde —en los años
sesenta— uno de los signos más manifiestos y reveladores del fracaso del sis­
tema soviético será su atraso en materia de arte contemporáneo, hacia 1925
mucha gente veía la Proletkul’t 67 como el último grito de la audacia espiritual.
En la Exposición Internacional de 1925 en París asistimos a la inauguración
del pabellón soviético. Nos impresionó por su audacia arquitectónica, pero
también nos llamó la atención la absurda timidez de las autoridades francesas
ante el hecho soviético. El himno oficial de la Unión era entonces La Interna-
cional. Era impensable que sonara al lado de La Marsellesa. La música final­
mente interpretada fue la obertura de Carmen. Nos reímos con ganas. Todo
ello constituía, a pesar de todo, un singular polo de atracción.
Pero el ejemplo de Jean Bruhat había de ser particularmente instructivo,
para mí, en el dominio teórico. Cursábamos los mismos estudios de geogra­
fía e historia, y él nos descubría los grandes textos sobre el imperialismo y
una buena parte de las obras históricas de Marx. No todas, ciertamente, pero
sí al menos las que concernían a Francia. No descubrí en aquellos años el
Manifiesto comunista, que había conocido en Montpellier —y que aún hoy
considero esencial—, pero Salario, precio y beneficio constituía una buena
introducción a la lectura de El capital, obra que sólo podía leerse en francés

67. Proletkul’t, abreviación de Proletar’skaja Kul’tura (Cultura Proletaria), era el nombre


de una organización creada en 1917 que tenia por objetivo crear un nuevo arte y una nueva cul­
tura, proletarios. El inspirador y teórico más importante del movimiento era Bogdanov. Sus mo­
mentos de auge se situaron entre 1917 y 1920.
92 PENSAR HISTÓRICAMENTE

a través de una traducción malísima. Aún recuerdo las reflexiones de uno de


nuestros jóvenes camaradas, André Kaan, militante del Partido Socialista,
que intentaba iniciarse en el estudio de Marx.68 Juntos tratamos de compren­
der el contenido de la teoría del valor. Conviene saber que en el terreno de la
edición de textos, el Partido Comunista realizó durante aquellos años un es­
timable trabajo, tanto en lo que se refiere a textos de carácter teórico como a
la difusión de obras literarias, de ensayos, de novelas populares, que habla­
ban de las miserias del mundo occidental, pero también de las de los países
del Este, antes y después de la revolución. Frente a las disputas elementales
y parlamentarias que dominaban en el Partido Socialista, esta visión amplia
del mundo que me abría la literatura comunista también me ayudó a elegir
entre ambas posiciones.
Volví a pensar en estos años veinte durante la década de los✓ sesenta, cuan-
do Louis Althusser, entonces rodeado de gran prestigio en la Ecole Nórmale,
intentaba persuadir a los jóvenes espíritus de que profundizaran en el estudio
de las aportaciones teóricas de Marx. En uno de sus seminarios, Althusser
citó a Sartre: «a los veinte años, yo había leído a Marx y no lo había com­
prendido». Yo respondí, no sin provocar cierto escándalo: «pues yo, a los
veinte años no había leído a Marx y lo había comprendido». Naturalmente,
hay que desconfiar de estas fórmulas. Sartre no había leído a Marx a los
veinte años, o sólo había leído aquello que los filósofos recomendaban, es
decir, casi nada. En cuanto a mí, lo había leído suficientemente como para
comprender la oposición fundamental, en el sistema capitalista, entre los in­
tereses del capital y los intereses del trabajo, contradicción que en los no­
venta continúa siendo el gran drama de nuestro mundo.
No creo haberme equivocado, pues, durante los años 1925-1930, por ha­
ber juzgado el mundo según la visión histórica que me sugería Bruhat, mu­
cho más que según la visión de Pierre Boivin, hombre de buena voluntad,
pero que no supo prever ninguno de los episodios dramáticos que su muerte
prematura le ahorrarían vivir. En los inicios de los años treinta, cuando ya
habíamos dejado la École pero manteníamos una relación epistolar bastante
fluida, Boivin me envió un libro de ensayo, Révolution constructive, donde
él, en compañía de algunos de sus viejos camaradas y en particular de Geor-
ges Lefranc, exponía sus planes de futuro.69 En el libro, Boivin venía a decir

68. André Kaan, filósofo de la promoción de 1926. Traductor de Hegel y profesor de lycée.
Hijo de una familia judía de Lorena, y miembro activo de la Resistencia, sobrevivirá — no así
sus padres y su hermano— después de ser capturado por la Gestapo. Murió en 1971.
69. Según Sirinelli, el libro Révolution constructive (Valois, 1932) pasó bastante desaper­
cibido, «pero es el testimonio de la voluntad de sus autores de actuar más como centro de in­
vestigación que como capilla política». Figuraban como editores del libro Boivin, Lefranc y
Deixonne. Firmaban los diferentes artículos del libro once autores. Révolution Constructive era
también el nombre de un grupo de personas que se había constituido de forma oficial en marzo
HISTORIA E IDENTIDAD 93

—estoy caricaturizando un poco— que las cooperativas artesanales de fabri­


cantes de pipas de la región del Jura constituían un fenómeno mucho más im­
portante que la Revolución soviética. Le envié una larga crítica, seguramente
menos teórica que histórica, sobre tan extrañas pretensiones. Y él me res­
pondió: «lo veo muy claro: un día tú serás profesor de la Sorbona y explica­
rás bellas visiones de la historia a tu auditorio, y mientras tanto yo habré mo­
dificado la estructura de nuestro sistema de educación secundaria». En cierto
sentido, él tenía razón: se puede preferir la acción modesta, pero eficaz, al
pensamiento teórico. I
Pero lo que vino después fue la crisis, el fascismo, la guerra, la invasión
alemana, el holocausto judío... en un primer momento con la bendición de
Georges Lefranc. Pierre Boivin no pudo ver nada de ello, pero su viuda, mi
vieja amiga Chenia, hija de un médico judío de Odessa, vivió los peligros
absurdos de su condición, mientras yo era prisionero en Alemania y mi mu­
jer participaba en la resistencia parisina.
Pero ¿acaso mi amigo Jean Bruhat, comunista militante en 1925-1930,
había previsto mejor las cosas? Recuerdo haberlo acompañado en el momen­
to de un escrutinio electoral en nuestro barrio, el Quartier Latín. Bruhat había
acudido como representante del Partido Comunista. Al cuestionarse una pa­
peleta de voto, Bruhat, después de una breve discusión, la tiró con desprecio
mientras declaraba: «¡Bah! Ya arreglaremos cuentas con las ametrallado­
ras». No fue un comentario muy oportuno. De hecho, no era del todo desca­
bellado (al menos, no más descabellado que la realidad). En 1944, en las
calles de París, habría algunos «arreglos» con ametralladoras. Y, sobre todo,
un año más tarde, el «arreglo» mundial se impondría por las armas atómicas.
De la tecnología dependen los grandes cambios. Y eso ya lo sabían Marx y
Engels.
A larga distancia puede parecer muy poco audaz por mi parte no haber
sabido, entre 1925 y 1930, tomar partido entre socialismo y comunismo, en­
tre mi amigo Boivin y mi amigo Bruhat. Pero mis vacilaciones tenían cier­
to sentido. Yo no me sentía lo suficientemente informado para tomar partido
y, cuando se me pide mi opinión sobre mi generación intelectual, pienso,
sinceramente, que no podemos sentirnos demasiado orgullosos de lo que

de 1931, con Claude Lévi-Strauss como presidente, Georges Lefranc como secretario y Pierre
Boivin como encargado de administración. El grupo ha sido objeto de un estudio exhaustivo:
Stéphane Clouet, De la rénovation á l ’utopie socialiste. Révolution Constructive, un groupe
d ’intellectuels socialistes des années 1930, Presses Universitaires de Nancy, Nancy, 1991. Inte­
resa subrayar dos aspectos. Por una parte, el hecho de que, en este y otros estudios, el grupo
Révolution Constructive sea visto como la continuación del Groupe d’Études Socialistes des
Écoles Normales Supérieures, del cual había formado parte Vilar; por otra, el hecho de que se
considere al grupo influido por las ideas que el socialista belga Henri de Man expone en Más
allá del marxismo (1927), libro que será comentado más adelante por Vilar.
94 PENSAR HISTÓRICAMENTE

fuimos durante los años 1925-1930. No había llegado aún el tiempo de la cri­
sis. Nos creíamos aún en la prosperidad. He recordado en una ocasión que
habíamos ignorado la muerte de Piero Gobetti, tan cercana.70 Nuestras bro­
mas anarquizantes, antimilitaristas, se nos pueden perdonar como pecados de
juventud. Los grandes problemas de la posguerra de 1914, los verdaderos
problemas de mediados de siglo, sólo se vislumbrarán con claridad con la
crisis, después de 1929.
En mi destino personal, y en mi visión personal, habrán cambiado ya
muchas cosas a partir de 1927, año de mi primer contacto con España, con
Barcelona. Me he preguntado muchas veces por las semejanzas y por las di­
ferencias entre la École Nórmale y la Residencia de Estudiantes de Madrid.
La generación del 27 ¿había conocido una experiencia parecida a nuestra
experiencia parisiense?

70. En las «Reflexions sur les années 20», en el marco de un homenaje a Piero Gobetti
(1901-1926), Vilar señala que la muerte, a consecuencia de las torturas de los fascistas, de este
joven periodista y crítico italiano, pasó casi desapercibida en los ambientes intelectuales fran­
ceses. Aunque largas, reproducimos aquí las palabras finales de aquel artículo, que incluyen un
párrafo de los Cuadernos de guerra de Sartre y el comentario correspondiente de Vilar: «Los
recuerdos de Jean Bruhat, poniendo de relieve (quizás en exceso) los rasgos bastante pueriles de
nuestra contestación, los Cuadernos de guerra de Jean-Paul Sartre y la relectura de viejas
correspondencias, me han confirmado el carácter coyuntural del optimismo de aquellos años, y
la relativa ceguera de nuestra juventud ante el infortunio de nuestros vecinos cercanos y ante los
avatares que el futuro podía reservamos. Es necesario decir esto porque una reciente mitificación
del caso Nizan, fundamentada en su célebre frase ‘Tenía veinte años, no dejaré que nadie diga
que es la edad más bonita de la vida” podría hacer creer que veíamos el mundo bajo una tonali­
dad trágica. Pero oigamos a Sartre: ‘‘En Francia, por lo menos, se podía conocer — conocí— ‘la
dulzura de la vida’. La felicidad era posible... Entre el 25 y el 33, fui a menudo feliz, conocí a
mi alrededor a una multitud de gente feliz, y no se trataba de una felicidad frenética y malsana.
Verdadera y tranquilamente feliz... ¿Hubo, antes de la guerra, muchos jóvenes más íntegros que
nosotros? ¿Más íntegros que Nizan, que Guille, que Aron, que el Castor? No pretendíamos ni
destruir ni procuramos éxtasis nerviosos e insensatos. Queríamos comprender el mundo sensata
y pacientemente, descubrirlo, hacemos un lugar en él... Aquellos de nosotros que querían cam­
biar el mundo y que fueron, por ejemplo, comunistas, decidieron serlo de un modo razonable,
después de haber sopesado los pros y los contras. Y aquello que recuerdo mejor, y que siempre
echaré de menos, es la atmósfera única de fuerza y de alegría intelectual que nos rodeaba”. Se
ha dicho que éramos demasiado inteligentes. ¿Por qué?... ‘‘¿Demasiado inteligentes?” De nin­
gún modo. Si lo hubiésemos sido, hubiéramos percibido mejor el sufrimiento de nuestros veci­
nos, la fragilidad del mundo. Demasiado intelectuales, sí. Y demasiado encerrados en nuestro
“mundo aparte”, en el que, un poco más lejos, Sartre confiesa que vivía encantado. Y Gobetti
había muerto, Gramsci estaba en la cárcel y Unamuno en el exilio. Mucho tiempo después de la
crisis, y del ascenso hitleriano, Sartre (y Aron) no descubrirán otra cosa en Alemania que sus
filósofos. Y los éxitos nazis tentarán a algunos de nuestros compañeros más jóvenes. En la his­
toria intelectual de los fascismos, como en la de los marxismos, quedan por precisar muchos
matices en la descripción pormenorizada de los medios y de las coyunturas de la época. El Go­
betti que me habéis descubierto me ha parecido excepcional, cosa que se explica por las fechas
próximas a las inquietudes de mi adolescencia. Ha hecho que sintiera un poco de vergüenza de
las despreocupaciones de mi juventud» (pp. 24-25).
HISTORIA E IDENTIDAD 95

En todo caso, en 1927, me «improvisé» barcelonés. Y este hecho condi­


cionó los años que siguieron. Es muy posible que estos años interesen más al
amigo lector. Sólo espero que esta excursión por el París intelectual de los
años locos, en un ambiente joven en el que ya descollaba la personalidad de
Jean-Paul Sartre, no le haya fatigado demasiado.
I

Capítulo 3

Ya he hablado de lo que un estudiante de 1925-1926 podía pedir a la


Sorbona mientras se hacía geógrafo. De entrada, una primera mirada sobre
las relaciones entre la tierra y los hombres. El procedimiento más apropiado
era lo que nosotros llamábamos «excursión geográfica», que podía durar al­
gunas horas o algunos días. A veces se trataba de simples salidas de estu­
diantes al campo, que constituían una buena ocasión para que chicos y chicas
pudiesen confraternizar en un marco menos rígido que el de la facultad. Pero
en las grandes excursiones nos acompañaban los maestros, los profesores; y
las clases ex cathedra eran reemplazadas por las lecciones que escuchábamos
en las orillas de los ríos, en las cimas de las montañas, con los pies pisando
el suelo. A veces, también, en los albergues.
En un rincón de una mesa de uno de estos albergues Maximilien Sorre me
dijo un día: «He estudiado Cataluña, sus montañas, sus campos. Pero entre
los Pirineos y el mar existe una Cataluña industrial. ¿Por qué usted, que está
buscando un tema de investigación, no estudia el sentido de esta industria?
Sus orígenes, sus causas, su situación actual. Nosotros le facilitaríamos los
medios para la investigación».1 Y así supe que pasaría el mes de septiembre
de 1927 entre el Mediterráneo y los Pirineos.
Mi horizonte se ampliaba mucho más de lo que había imaginado. Me
sentía feliz por ello, pero también lleno de inquietud. La investigación que
me disponía a realizar, ¿que sorpresas iba a depararme? No tenía ninguna idea
preconcebida al respecto. Desde entonces he atravesado demasiadas fronteras
para no sonreír ahora cuando pienso que el paso por Portbou me intimidó. En
aquellos tiempos había poco control por lo que se refiere a los documentos
de identidad, pero estábamos en pleno auge del proteccionismo y las maletas

1. En su tesis, Pyrénées méditerranéennes. Essai de géographie biologique (Armand Colín,


París, 1913), Max Sorre había insistido en los aspectos físicos y biológicos, y su investigación ha­
bía ido evolucionando hacia la geografía humana. El resultado de aquella primera visita de Vilar
a Barcelona será la mémoire de maitrise dirigida por Albert Demangeon, «La vie industrielle dans
la région de Barcelone», trabajo publicado en Annales de Géographie, vol. XXXVIII, n.° 214
(1929), pp. 339-365.
HISTORIA E IDENTIDAD 97

eran examinadas minuciosamente. El tren Portbou-Barcelona no me dio la


impresión de un gran exprés internacional. Los vagones de tercera poseían
una pequeña plataforma en la parte posterior, donde podía tomarse el aire,
como en un autobús. Y fue allí donde oí por primera vez conversaciones fa­
miliares en catalán, lo que contribuyó a aumentar mi inquietud, ya que no
entendí absolutamente nada.
En la estación de Barcelona, pude elegir entre coche de caballos y taxi.
Elegí el coche, e hice bien, porque la lenta subida desde la estación de Fran­
cia hasta el barrio de Gracia fue deliciosa. Parques, grandes avenidas, en­
crucijadas armoniosas. La Residencia d’Estudiants, donde tenía reservada
una habitación, estaba situada en la calle Ríos Rosas, y yo, que no sabía nada
sobre la existencia de este personaje, había asociado la calle a un nombre de
río. Me acogió un hombre que sabía unir el calor humano más profundo a la
reserva más tranquilizadora. Me refiero a Miquel Ferrá, el poeta mallorquín a
quien yo ya no perdería nunca de vista (Herminia Duran me contó que quiso
morir oyendo música de Bach).2 Ferrá me acompañó y me enseñó el edificio.
La visita empezó en la terraza, desde la cual se divisaba Barcelona entera,
entre el Tibidabo y el mar. Me sedujo al instante. Supe que sentiría una autén­
tica pasión por esta ciudad.
La Residencia d’Estudiants de Barcelona no tenía nada en común con la
Residencia de Madrid ni con la École Nórmale de donde yo procedía.3 Tan
sólo era una residencia que ofrecía alojamiento a intelectuales extranjeros en
sus cortas estancias en Barcelona. Desde los primeros encuentros informales,
a la hora del desayuno o del té, me sentí contento y un poco halagado de po­
der participar en conversaciones familiares —el francés era de forma natural
la lengua común— 4 con algunas extranjeras atractivas. Recuerdo, especialmen-

2. Miquel Ferrá (Palma de Mallorca, 1885-1947). Poeta, periodista y traductor. Fundó y


dirigió la Residencia d’Estudiants de Catalunya (1919-1936). Desde 1936 residió en Mallorca,
donde dirigió la Biblioteca Pública.
3. Sobre la Residencia d’Estudiants de Catalunya, véase M. Dolors Fulcará, «La Residen­
cia d’Estudiants de Catalunya (1921-1939)», Randa, 20 (1986), pp. 121-153. El artículo recoge
el testimonio de Pierre Vilar, que había recordado, en 1962, en la Introducción de Cataluña en
la España moderna aquella primera estancia: «Yo vivía en una “residencia de estudiantes” mo­
desta, no oficial, donde se alojaban muchos extranjeros, pero que constituía un buen centro de
observación para ver cómo vivía y pensaba la intelligentsia del país, por ser vestigio de las rea­
lizaciones de la Mancomunitat de 1912. Escritores, poetas, universitarios, mezclados o no en la
política, un Pompeu Fabra, renovador de la lengua catalana, un Nicolau d’Olwer, helenista, me-
dievalista y jefe de partido, un Millas Vallicrosa, historiador de la ciencia hebraica, frecuentaban
aquella casa, cuyo director era Miquel Ferrá, mallorquín erudito y poeta encantador. Allí se ini­
ciaba uno muy deprisa en la vida de algunos órganos esenciales de la Cataluña intelectual y des­
cubría uno en seguida la importancia casi exclusiva de la idea catalana como motor espiritual de
toda una colectividad» (Crítica, Barcelona, 1978, pp. 52-53).
4. En la Introducción de Cataluña en la España moderna, Vilar escribió: «en todos estos
medios el castellano era relegado voluntariamente, pero espontáneamente, con naturalidad, al
98 PENSAR HISTÓRICAMENTE

te, a dos pianistas norteamericanas alumnas de Blanche Selva,5 bastante ma­


yores que yo, y a una latinoamericana muy viva, de una fealdad simpática y
con muchas ganas de saber cosas sobre el París intelectual de donde yo proce­
día. Se trataba de Palma Guillén, amiga y acompañante de Gabriela Mistral,
premio Nobel de Literatura. En seguida me interrogó acerca del libro del que
más se hablaba entonces en París, La traición de los intelectuales, de Julien
Benda. Por suerte yo lo había leído y discutido.
De hecho, tendría ganas de volverlo a releer estos días [mayo de 1994];
Bosnia hace que vuelvan a aflorar los mismos problemas: ¿qué hay que
entender por intelectual, por clercl ¿Una determinada profesión, el clerc
en el sentido medieval de la palabra, es decir, el fabricante de pensamien­
tos al servicio de la clase social dominante? ¿O cabe entender por clerc
aquel cuya libertad y formación intelectual conducen a ser crítico con el
poder?
La misma Residencia de Barcelona de 1927 no era indiferente al pro­
blema que acabamos de plantear. Era frecuentada por intelectuales barcelo­
neses como Nicolau d’Olwer, helenista y futuro ministro de la República,6
que pronto se casaría con Palma Guillén; los reencontraría más tarde, a los
dos, en el exilio. Pero la Residencia, durante mi estancia, también dio hospi­
talidad, durante dos días, a Eugeni d’Ors, que regresaba de Roma convertido
al pensamiento mussoliniano. Habló y se le dejó hablar, en medio de un si­
lencio respetuoso pero desaprobador.7
Yo había vivido en París en medio de la confusión y los desórdenes pro­
pios de la juventud. Barcelona me ofrecía a menudo participar en discusiones

rango de lengua extranjera; en la residencia no se empleaba de buena gana más que con los
huéspedes iberoamericanos. Con los demás extranjeros se prefería el francés o el inglés como
lengua de relación común» (p. 53).
5. Blanche Selva (1884-1942) era una conocida pianista francesa. Residió en Barcelona de
1922 a 1937 e impulsó múltiples iniciativas de carácter pedagógico y musical.
6. La biografía de Lluís Nicolau d’Olwer (Barcelona, 1888-México, 1961) es densa y
ahora mismo es objeto de estudio por Eulália Duran. En los años a que se refiere Vilar, Nicolau
d’Olwer llegaba de Ginebra, donde se había instalado durante la dictadura de Primo de Rivera.
De nuevo en Cataluña, al producirse el alzamiento militar de Jaca (diciembre de 1930), tuvo que
huir a Francia; formó parte del primer gobierno provisional de la Segunda República con la car­
tera de Economía.
7. Vilar recuerda así aquella visita: «Recuerdo la frialdad, la ironía entristecidas con que fue
acogido en la residencia un célebre escritor, antaño amigo de la casa, pero cuya carrera intelec­
tual, inaugurada en las letras catalanas, acababa de hallar su coronación, bajo Primo de Rivera, en
la Academia de Madrid; “Xénius” ya no era más que don Eugenio d’Ors; durante cuatro días des­
plegó, ante un auditorio silencioso, brillantes paradojas sobre la Italia mussoliniana, de donde
acababa de llegar; desde su partida se sugirió que a su abandono del catalanismo seguirían otros
pecados contra el espíritu, ¡profecía que los acontecimientos de los años subsiguientes no me
hicieron olvidar!» (Cataluña en la España moderna, Introducción, p. 54).
HISTORIA E IDENTIDAD 99

políticas o intelectuales de gran altura. No había ido a estudiar a Cataluña


para esto, pero cuando explicaba a Miquel Ferrá mis visitas geográficas a las
fábricas textiles las encontraba poco interesantes, más bien banales. Yo inten­
taba, en silencio, relacionar mis observaciones de orden económico con las
discusiones más filosóficas, más políticas, nacionales e internacionales, que
la Residencia me ofrecía.
Sobre estas relaciones entre mi investigación económica y los descubri­
mientos políticos que hice en Barcelona, no quisiera repetir aquí lo que ya
dije en el esbozo de egohistoria propuesto en Cataluña en la España moder­
na, publicado en francés en 1962. Tan sólo añadiré algunos toques de carác­
ter personal.
Con los huéspedes más jóvenes de la Residencia, de. ambos y
sexos, y en-
tre los cuales se hallaban algunos antiguos compañeros de la Ecole Nórmale,
descubrí con alegría no sólo las playas llanas del Maresme, sino los lugares
más escarpados de la Costa Brava, entonces maravillosamente desierta, tras
cuyas rocas podíamos, en aquellos tiempos de pudor impuesto y aceptado,
desnudamos tranquilamente.
Sobre mi investigación propiamente dicha, y sobre aquellos que me
abrieron camino en ella, recuerdo algunos detalles especialmente divertidos y
emotivos. El primero en acogerme y en introducirme en los rincones históri­
cos de Barcelona fue el geógrafo Pau Vila.8 He estado a punto de decir el
viejo Pau Vila, porque conservo en mi interior la silueta del hombre que
reencontré en Caracas y en Barcelona. Pau Vila me hizo llegar unas pala­
bras, en catalán, invitándome a encontrarme con él en el Centre Excursio­
nista de Catalunya, es decir, entre las columnas del Templo de Augusto, en la

8. Medio siglo más tarde (1977), Pau Vila rememoró su amistad con Pierre Vilar y re­
construyó una biografía muy particular — del todo sincera, pero con algunos errores— del his­
toriador. Puede ser significativo reproducir aquí sus palabras: «Lo conocí en 1929 cuando vino
a Cataluña con la intención de realizar estudios sobre Barcelona y el país. Lo ayudé a trabajar
en los archivos y nos hicimos bastante amigos. También hice que entrase como profesor en la
Normal. Más tarde vino su mujer, que era una especialista interpretando todo tipo de documen­
tos: una cartista, dicen los franceses... Pierre Vilar es un caso curioso: el del hombre que se deja
seducir por un país que no es el suyo, y que llega a comprometerse totalmente hasta el punto de
escribir correctamente el catalán. Tan sólo hay que leer el libro Cataluña en la España moderna
para darse cuenta de su amor por Cataluña ... Lee a Marx durante la segunda guerra mundial.
Durante la guerra ya había colaborado contra el ejército franquista, y cuando terminó, mantuvo
también relación con los maquis. Después, participa en la resistencia contra los alemanes y es
detenido y confinado en un campo de concentración. Allí, como no sabía qué hacer, se puso
a estudiar a Marx y se convirtió en un eminente marxista ... La última vez que nos carteamos
fue con motivo de la muerte de su esposa. Me envió una participación de estas que hacen los
franceses, con unas pocas líneas escritas. Yo, para animarlo, le contesté que la muerte de nues­
tras mujeres, que nos han acompañado toda la vida, no deshace esta compañía, porque en cierta
manera siguen estando presentes. Me contestó que le parecía muy bien razonado» (Pau Vila,
«He viscut!». Converses amb Bru Rovira, La Campana, Barcelona, 1989, pp. 122-123).
100 PENSAR HISTÓRICAMENTE

calle Paradís, al lado de la catedral.9 No se trataba de un rincón cualquiera;


podía ser un lugar simbólico. Un geógrafo inteligente no se limita a estudiar
el presente; estudia todo lo que lo ha precedido en el tiempo. Había com­
prendido bien la carta en catalán de Pau Vila, pero una palabra se me había
resistido. La palabra Arxiu: A-r-x-i-u, no me decía nada, porque aún no sa­
bía pronunciarla. Pero también este dato era significativo. A mi maestro
Demangeon le gustaba definirse como «un geógrafo de archivo». Pau Vila
me mostró, después del templo romano, el Archivo de la Corona de Aragón,
el palacio medieval. Tras haber entrevisto Barcelona, fenómeno geográfico,
desde la falda del Tibidabo, tomaba contacto, de este modo, con veinte siglos
de historia.
Pau Vila me propuso

inmediatamente un apretado programa de visitas
fuera de la capital. El se encargaría de acompañarme en las visitas al mundo
rural; juntos visitaríamos las masías y yo conocería familias pageses. Las re­
cordaría siempre. Quiero decir que a los ochenta y ocho años aún me acuerdo
de estas visitas; percibí el grado de conocimiento del suelo, de los animales, de
los edificios, diverso, según el tipo de pagesia catalana, y me dejé impresionar
muy vivamente por la autoridad y la dignidad de las mestresses. Aunque había
ido a estudiar la Cataluña industrial, no me interesó menos esta Cataluña agrí­
cola. Pau Vila me enseñó que no era posible separarlas.
Visité numerosas colonias industriales, dispuestas a lo largo de los ríos; y
lo hice de la mano de un geógrafo tan joven como yo, Gordal de Reparaz.10
También había de reencontrarlo, a causa de los dramas de mediados de siglo,
al otro lado del mundo, a los pies de los templos incas. Si añado que Bosch
Gimpera, el gran arqueólogo especialista en las ruinas de Empúries, a quien

9. El Centre Excursionista de Catalunya se constituyó en Barcelona (1891), bajo la presi­


dencia de Antoni Rubio i Lluch, a partir de la fusión de las antiguas Associació Catalanista
d’Excursions Científiques (1876) y de la Associació Catalana d’Excursions (1878). Se instaló en
una buhardilla de la calle Paradís, en los locales de la primera de las entidades. Al querer
reconstruir el edificio, en 1905, quedaron al descubierto las columnas del templo romano a
las cuales hace referencia Vilar. Vilar mantendría contacto con el Centre. En los años treinta,
siendo presidente Pau Vila, pronunció allí una conferencia sobre «La rennaissance économique
du siécle xviii á la Catalogne». El mismo año Vilar publicó el artículo «L’obra de Capmany,
model de métode historie» en el Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya. Para una his­
toria del Centre y del excursionismo en Cataluña, véase Josep Iglésies y Martí Henneberg,
L'excursionisme científic. La seva contribució a les ciéncies naturals i a la geografía , Altafulla,
Barcelona, 1964.
10. Gon9al de Reparaz (Sévres, 1901-Lima, 1984) era hijo del geógrafo Gonzalo de Repa­
raz. Fue geógrafo e historiador. En 1928 publicó La plana de Vic (reeditado por Eumo en 1982).
Es considerado uno de los impulsores de la geografía moderna de Cataluña. Enríe Lluch y Oriol
Nel lo preparan ahora la edición de sus trabajos referentes a la historia de la cartografía ibérica,
con un estudio introductorio sobre el autor. El libro será publicado por el Instituí Cartográfic de
Catalunya. Después de la guerra, Gon^al de Reparaz vivió en Francia. Trabajó en la UNESCO
desde 1947. En 1951 se trasladó a Lima, donde residió hasta su muerte.
HISTORIA E IDENTIDAD 101

no puedo evitar llamar el rector —ya que lo conocí ejerciendo este cargo— ,
me acogió un día en México," puedo decir que mis amistades catalanas, en­
tabladas en 1930, incluso en 1927, se consolidaron y ampliaron por todo el
mundo. Me ha sido útil preguntarme por qué.
En primer lugar, sin duda, porque no tardé demasiado en identificarme
con los problemas que quería estudiar, y con el ser colectivo que me los plan-
teaba. Cuando regresé a la Ecole Nórmale, después de mi primer viaje de
1927, empecé a ser conocido ya como catalán, como catalanizante y un
poco, ¿por qué no?, como catalanista. Obsesionado por mis cifras y escon­
dido entre mis mapas, me olvidaba algunas veces, en mi tercer año de la Éco-
le, del bridge de «chez la Baronne». Y cuando alguien preguntaba a Boivin:
¿pero dónde está Vilar?, mi amigo respondía de forma burlona: «está haciendo
el mapa industrial de Cataluña».
Algunas preocupaciones, en 1929 y 1930, consiguieron distraerme del
tema catalán. Tuve que preparar el concurso de agregación112 y realizar el ser­
vicio militar. Y también, me permito contarlo aunque se trate de algo muy
personal —pero también forma parte de la historia de nuestro siglo— , viví en
aquellos años una gran aventura sentimental. Ella era una joven judía de la
Europa central, de Yugoslavia, que me fue súbitamente arrancada, invitus in-
vitam, como en Berenice, por su comunidad de origen, que no aprobó su di­
sidencia.13 Mi vida transcurrió por otros caminos, a la perfección. No puedo

11. «... veo a Pere Bosch Gimpera. La primera vez que lo vi bailaba, tan joven, tan rela­
jado, que uno no se atrevía a llamarlo “señor rector”. Y bien, a pesar de su enorme ciencia, de
sus pesadas responsabilidades sucesivas, y del exilio, siempre vi cómo renacía en él, en París,
en México, incluso en las horas cercanas a la muerte, la sonrisa de aquellas horas felices de Bar­
celona.» Vilar dedica estas palabras a Bosch Gimpera en el «Discurs de grácies» pronunciado
con motivo de su nombramiento como doctor honoris causa en la Universidad de Barcelona
(2 de octubre de 1979). Bosch Gimpera murió en 1974 en México.
12. Vilar recuerda el método intelectual seguido en la preparación del concurso: «Cuando
preparaba el concurso de la agregación formamos lo que llamábamos entonces un soviet ; éramos
cuatro (Henri-Irénée Marrou, Alphonse Dupront, Jean Bruhat y yo mismo) personalidades muy
diferentes: Bruhat, militante comunista y especialista del movimiento obrero; Dupront, uno de los
constructores de una historia del sagrado colectivo; Marrou, católico, historiador de talento de san
Agustín y de la Antigüedad tardía. Organizamos la preparación de una manera poco habitual.
Cada uno de nosotros exponía, no el problema que conocía mejor, sino el que menos conocía, y
los demás comentaban la exposición y le corregían. Trabajé durante dos o tres semanas sobre la
cuestión del sacerdocio y del imperio, bajo el ojo atento de Henri-Irénée Marrou y de Alphonse
Dupront, lo que constituye un recuerdo francamente original...» («La mémoire vive des histo-
riens», en Jean Boutier y Dominique Julia, eds., Passés recomposés. Champs et chantiers de
rhistoire , Éditions Autrement, París, Série Mutations n.os 150/151, 1995, pp. 268-269).
13. «Titus reginam Berenicem, cui etiam nuptias pollicitus ferebatur, statim ab Urbe di-
missit invitus invitam.» Es el pasaje de Suetonio que inspira a Racine para su tragedia Berenice
(1670). Racine mismo lo explica: «Es decir, que Tito, que amaba apasionadamente a Berenice y
a quien, él mismo, por lo que se cree, había prometido matrimonio, la obligó a irse de Roma,
a pesar de él , a pesar de ella , en los primeros días del Imperio». Tito era el emperador de
102 PENSAR HISTÓRICAMENTE

lamentarme. Pero cuando pienso en los crematorios, o en Israel, este recuerdo


participa también de las angustias de nuestro siglo, de nuestra historia.
Puedo fechar el 15 de diciembre de 1930 como el fin de una primera eta­
pa
/
de mi vida, de /
la etapa de formación, de aprendizaje. Contratado por la
Ecole des Hautes Etudes Hispaniques, con sede en Madrid, en la Casa de Ve-
lázquez, aquel día tomé el tren en el que había de atravesar Castilla por pri­
mera vez. Pude abordar el paisaje y la historia de España desde otro extremo.
Desde las ventanas, más rápidas, del París-Madrid, hacia las seis horas de la
mañana de un bonito día de invierno, divisé por primera vez las murallas de
Avila, después El Escorial. Una gran naturaleza, una gran historia, pero ¡qué
diferente de la imagen barcelonesa! Llegué a Madrid en plena revolución o,
al menos, en plena atmósfera revolucionaria. En mi primera visita a la Puer­
ta del Sol me encontré bajo una lluvia de octavillas, lanzadas desde su pe­
queño avión por el comandante de aviación Ramón Franco, que reclamaban
la República. En Francia, eran conocidas estas veleidades revolucionarias. En
París, poco antes de mi partida, el militante comunista George Cogniot,14 di­
rigente de una internacional sindical de la enseñanza, enterado de mi viaje,
había venido a verme para decirme que Rodolfo Llopis, el que habría de
ser un importante dirigente socialista en España, iba a dar una conferencia
en el Ateneo de Madrid sobre las impresiones recibidas en su reciente visita
a la URSS y en particular a las escuelas soviéticas.15También me dio, como si
se tratara de un gran secreto, la dirección de un estudiante militante. El secre­
to era del todo inútil. En Madrid todo el mundo hablaba de revolución. Rodol­
fo Llopis, a quien yo conocería más tarde como violento anticomunista, no
tenía elogios suficientes, en la tribuna del Ateneo, para el sistema de edu­
cación soviético. Y todo el mundo me recomendó, para el día siguiente, que
tuviera mucho cuidado en la calle. La revolución no estalló aquellos días.
Pero en la Casa de Velázquez, un bello castillo de estilo clásico español cons­
truido en la Moncloa,16los residentes franceses, estudiantes y administradores,

Roma; Berenice, la reina de Palestina. Después del sitio de Jerusalén (año 79) Tito se había lle­
vado a Berenice a Roma. No se casó con ella por miedo a disgustar al pueblo romano.
14. Georges Cogniot, de la promoción de letras de la École Nórmale de 1921, miembro del
Partido Comunista Francés (había intentado reclutar a Vilar para el partido en los años de la
École) había participado en la fundación en 1924 de la Internationale de Travailleurs de l’En-
seignement en Bruselas. Georges Cogniot tuvo un papel muy importante en las ediciones de
textos marxistas en Francia. El libro de Sirinelli aporta muchas noticias sobre el personaje, el
cual recuerda el período de entreguerras en el volumen I, D'une guerre mondiale á l'autre, de
sus memorias, Partí Pris (Éditions Sociales, París, 1976).
15. En aquel tiempo Rodolfo Llopis, profesor de escuela normal, era miembro de los or­
ganismos superiores de la internacional de la enseñanza. Dejó testimonio escrito de su viaje a
Rusia en el libro Cómo se forja un pueblo: la Rusia que yo he visto (1929).
16. La Casa de Velázquez había sido inaugurada en 1928. Se había construido un edificio
de estilo neoclásico en la Moncloa, en un terreno donado por Alfonso XIII. Estaba concebida
HISTORIA E IDENTIDAD 103

discutían mucho entre sí. Los primeros no escondían su deseo por asistir, por
fin, a una revolución; los segundos, en cambio, se sentían más próximos a las
viejas instituciones monárquicas.
Un día, al atardecer, mientras esperaba ante la estatua de Argüelles el pe­
queño tranvía que conducía a la Moncloa, coincidí con Gabriela Berrogain,17
una de mis compañeras de la Casa de Velázquez, a la que me habían presen­
tado hacía muy poco. Aquel día empezamos una conversación que ninguno
de los dos sabíamos que iba a durar cuarenta y cinco años; en nuestros re­
cuerdos, la estatua de Argüelles, la misma que cantaría Pablo Neruda en 1936,
nos sería siempre muy querida. Era uno de los últimos días de mi estancia en
Madrid. Yo ya había convenido con las autoridades de la Casa de Velázquez
que, sin dejar de formar parte de esta institución, iba a fijar mi residencia en
Barcelona.
Y fue en Barcelona donde, el 14 de abril, pude asistir a la revolución.18
Constituye, naturalmente, uno de mis grandes recuerdos. Me dejé llevar por la
multitud, que me condujo, pacíficamente, hasta la plaza de Sant Jaume. En­
tonces aún la llamaban plaza de la Constitución; no en la calle, naturalmente,
pero era su nombre oficial. Dos hombres se agitaban en los balcones de dos
edificios situados uno enfrente del otro, la Generalitat y el Consell de Cent. El
rostro de Maciá me resultaba familiar, pero no así el de Companys. No diré
que entendí cada una de las palabras pronunciadas en cada uno de los dis­

como residencia madrileña de los estudiantes de la École des Hautes Études Hispaniques y de
todos aquellos que obtuviesen becas de residencia de la Academia de Bellas Artes o de los ayun­
tamientos de París, Burdeos y Toulouse.
17. Gabriela Berrogain (Hasparren, 1904-Saint-Palais, 1976) había estudiado en Bur­
deos, y después en la École des Chartes de París. Cuando Pierre Vilar la conoció ya había pu­
blicado «Documentos para el estudio de las instituciones políticas de Navarra durante las dinas­
tías de Champagne y de Francia», Anuario de Historia del Derecho Español, 1930. De 1931 a
1936 y de 1945 a 1948 trabajó, comisionada por el gobierno francés, en el Archivo de la Coro­
na de Aragón, donde elaboró el inventario (depositado en los Archives Nationales de París) de
la documentación existente en el ACA relativa a la ocupación napoleónica. Citamos algunos tra­
bajos suyos: «Un document des Archives de la Couronne d’Aragon sur un episode militaire de
la guerre de cent ans», Homenatge a A. Rubio i Lluch. Miscel lánia d'estudis literaris, histories
i lingüístics, vol. III, pp. 475-479, Barcelona, 1936; Guide des recherches dans les fonds d ’en-
registrement sous VAnden Régime (Imprimerie Nationale, París, 1958), y «Jean II et le Mones-
tir de Montserrat au lendemain de la pacification de la C^talogne, 1474», Estudios dedicados a
Agustín Duran y Sampere en su LXXX aniversario, XIV, III, 1970.
18. Dos días antes Pierre Vilar había estado en Montpellier. En el Seminario del Instituí
d’Histoire du Temps Présent (1985) Vilar explicó: «El 12 de abril de 1931, en Montpellier, los
amigos me preguntaron: ¿Qué pasará en España? Yo les respondí: Absolutamente nada». Vilar
ilustraba así su manera de analizar los acontecimientos históricos: «Si digo: “me parece que tuve
una cierta lucidez, una cierta capacidad de previsión política”, la gente puede imaginarse que
quiero decir: «yo había previsto los acontecimientos”. Nada de eso. A corto plazo, ¡casi siempre
me he equivocado!».
104 PENSAR HISTÓRICAMENTE

cursos, pero todo el mundo había comprendido su significado y los aplausos


no se terminaban nunca. Había sido proclamada la República, aunque nadie
sabía exactamente bajo qué forma. Exhausto por tantas emociones, regresé
a la Residencia d’Estudiants, donde me había instalado tres meses antes.
Ya no se trataba de la misma Residencia de 1927; la de ahora se hallaba
situada en el edificio de la Universitat Industrial. Se trataba de un conjunto de
habitaciones para estudiantes que comían juntos, en mesas separadas, en un
gran comedor. Miquel Ferrá continuaba siendo, o era de nuevo, su director,
pero era fácil darse cuenta de que no se sentía demasiado cómodo en su car­
go. Ya no disfrutábamos del magnífico paisaje de Gracia y también se habían
terminado las reuniones con intelectuales selectos. Se trataba ahora de una
concurrencia bastante ruidosa de estudiantes procedentes de los más variados
lugares de España, junto a una minoría de extranjeros. Pasé allí, si exceptúo
los períodos de vacaciones, los años 1931 y 1932. Se trataba de un observa­
torio muy distinto del que había disfrutado en mi anterior estancia, pero no
resultaba menos instructivo.
En la calle Ríos Rosas yo había podido observar a la elite de intelectua­
les catalanes y a algunos huéspedes distinguidos, por no hablar de algunas in­
vitadas encantadoras. En la Universitat Industrial pude observar el impacto que
los grandes acontecimientos ejercían sobre algunos jóvenes que habían ido
a Barcelona para disfrutar de algunas de las ventajas que ofrecían sus carre­
ras universitarias; algunos de ellos habían empezado, también, una carrera
política.
Así, durante largos meses, pude compartir la mesa, a la vez, por ejemplo,
con Manolo Valdés, futuro secretario general de la Falange,19 y Antoni María
Sbert,20 líder histórico de los estudiantes republicanos de Madrid y, desde sus

19. Manolo Valdés Larrañaga, nacido en Bilbao en 1909, estudió arquitectura y ciencias
exactas en Barcelona. Participó en la fundación de Falange Española. En 1933 fue el primer jefe
provincial del Sindicato Español Universitario. Después de la guerra ocupó diversos cargos
(jefe provincial del Movimiento de Madrid, subsecretario de Trabajo, delegado nacional de sin­
dicatos, vicesecretario general de servicio del Movimiento, vicesecretario general de secciones
del Movimiento, consejero nacional del Movimiento). Procurador en Cortes hasta 1951, a partir
de este año ejerció de embajador en diferentes destinos (Santo Domingo, Venezuela, El Cairo,
Sudán, etc.). Como arquitecto fue decano del Colegio Superior de Arquitectos de Madrid y pre­
sidente decano de la junta del Colegio de Arquitectos de España. Casado con Piedad Colón de
Carvajal y Hurtado de Mendoza, marquesa de Abella, a su vez fue nombrado marqués en 1950.
20. Antoni María Sbert i Massanet (Palma de Mallorca, 1901-México, 1980) fue uno de
los líderes más conocidos del movimiento de estudiantes durante la dictadura de Primo de Rive­
ra. En 1927 fue uno de los organizadores de la Federación Universitaria Escolar de Madrid
(FUE), que presidió en 1928. En 1929 fue comisario presidente del Comité Pro Unión Federal
de Estudiantes Hispanos. Su detención en Madrid, en marzo de ese mismo año, provocó algara­
das universitarias de cierta gravedad y en verano fue confinado en Mallorca. En 1931 fue miem­
bro fundador de Esquerra Republicana de Catalunya y elegido diputado a Cortes por este par­
tido. Más adelante, durante la guerra, fue consejero de Cultura, de Gobernación y de Asistencia
HISTORIA E IDENTIDAD 105

inicios, persona muy cercana al gobierno de la República. Manolo Valdés era


entonces un joven estudiante preocupado ante todo por sus competiciones en
natación con las bellas mouettes [gaviotas] —como eran llamadas las cam­
peonas francesas de natación femenina—, pero pude oír de sus propios la­
bios, por primera vez, en qué consistía el proyecto de Falange y quién era
José Antonio Primo de Rivera. Asistí de ese modo, a partir de una fuente
directa, a los orígenes de una institución y de un pensamiento. No resultaba
nada tranquilizador.
Había podido observar, a partir del 14 de abril de 1931, la complejidad de
las esperanzas y de los temores en los tímidos espíritus de algunos intelec­
tuales. Miquel Ferrá, entusiasta de la proclamación de la República y de su
originalidad catalana, manifestó muy pronto una gran intranquilidad ante
algunas noticias —por otra parte mínimas— que hablaban de problemas de
inseguridad ciudadana.21 Era fácil adivinar las dificultades que para Antoni
María Sbert conllevaba el paso de una oposición ruidosa propia de la univer­
sidad a una construcción política sólida.
Era difícil ver, en la Residencia, a los grandes intelectuales catalanes,
como Valls i Tabemer, Puig i Cadafalch, Nicolau d’Olwer o Jordi Rubio. En
cambio, frecuentaba a algunos universitarios preocupados por la pedagogía
activa. Estoy pensando en los hermanos Xirau Palau, sobre todo en Joaquim,
que me hablaba de sus proyectos de una universidad moderna.22

Social de la Generalitat. Se exilió, primero en Francia y, después de la ocupación alemana, en


México. Pierre Vilar se referirá más adelante a Pepita Callao, su mujer, madrileña, que también
había militado en el movimiento estudiantil.
21. Las diferencias entre los puntos de vista de Miquel Ferrá, Bartomeu Rosselló-Pórcel y
Pierre Vilar quedan reflejadas en la carta que Rosselló-Pórcel envió a Pierre Vilar el 13 de agos­
to de 1931 desde Palma: «He visto hace unos días a D. Miguel Ferrá que pasa unas cortas vaca­
ciones en Mallorca. Hablamos de muchas cosas; de la Residencia también. Me parece que está
todavía muy lejos de pensar como Udes. sobre el problema que creaban los alborotadores. Al
contrario. Sigue más firme que nunca en sus opiniones, que, V. lo sabe, coinciden bastante con
las mías. Oui, malgré tout». La carta está reproducida en el artículo de Montserrat Prudon, «Le
poéte et l’historien. Bartomeu Rosselló-Pórcel et Pierre Vilar», Hommage á Pierre Vilar, Asso-
ciation Fran£aise des Catalanistes, París, 1994, p. 150. Vilar se refiere a todos los personajes
citados en este párrafo en el «Discurs de grácies» pronunciado con motivo de su nombramiento
como doctor honoris causa en la Universidad de Barcelona (2 de octubre de 1979).
22. Los hermanos Xirau Palau: Antoni (Figueres, 1898-Bagneux, 1976), Joaquim (Figue-
res, 1895-México, 1946) y Josep (Figueres, 1893). Antoni y Josep estudiaron derecho; Joaquim,
filosofía. Joaquim Xirau fue profesor de historia de la educación de la Escola Normal de la Ge­
neralitat y de la Universidad de Barcelona, de la que era director del Seminari de Pedagogía y
catedrático de filosofía. Dirigía, con Mira y López, la revista Psicología i Pedagogía. Sobre el
carácter múltiple de sus actividades, véase Jaume Carbonell, L'Escola Normal de la Generali­
tat (1931-1939), Edicions 62, Barcelona, 1977. En 1939 se exilió en México. En el discurso men­
cionado en la nota anterior, Vilar recuerda también las conversaciones con Joaquim Xirau. Sobre
este personaje, véase Irene de Puig i Oliver, «Aproximació bio-bibliográfica a Joaquim Xirau
i Palau», Annals deis Instituís d'Estudis Gironins, vol. XXVI (1982-1983), pp. 477-522.
106 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Del segundo año de mi estancia, recuerdo el curioso panorama que, a tra­


vés de tres personas muy diferentes, pudimos obtener de la sociedad mallor­
quína. El jovencísimo y gran poeta Bartomeu Rosselló,23 consciente y orgu­
lloso de su condición modesta y de su gran talento, discípulo y seguidor de
Gabriel Alomar en sus concepciones democráticas; su amigo Fuster, que
alardeaba de ser un xueta, descendiente de judíos mallorquines, y que por esa
misma razón se sentía excluido, a pesar de su fortuna, de la alta sociedad de
la isla; y por último, otro estudiante mallorquín que, al contrario, se enorgu­
llecía de formar parte de esa alta sociedad con el nombre pintoresco de bo-
tifarra. Un auténtico abanico social.
Un notable observador nos hablaba, con agudeza e ingenio, de otro rin­
cón de los Países Catalanes, no precisamente el menos interesante en el orden
intelectual: Figueres. Se trataba del arquitecto Claudi Díaz, uno de los hom­
bres más inteligentes que he conocido en mi vida.24 Con sus agudas observa­
ciones ponía punto final a las conversaciones más complejas. No ignoraba
nada de lo que podríamos llamar el mundo de Dalí, y comprendí mejor, con
él, los orígenes de La edad de oro. Nos explicaba que en Figueres los niños
roselloneses eran llamados espía-mamá, porque cuando atravesaban la fron­
tera creían que todo era diferente. Y también nos explicó que, después de ha­
ber iniciado un idilio con una guapa madrileña, ésta lo abandonó en el mismo
instante en que había sabido su identidad catalana. Son estas pequeñas cosas,
inteligentemente percibidas, las que revelan los grandes fenómenos. Recor­
demos que todo esto se nos explicaba, y revelaba, al mismo tiempo que otros
fenómenos de dimensión europea.
Fue durante mi segundo año de estancia cuando algunos de estos fenóme­
nos se hicieron más evidentes. A menudo teníamos sentados a nuestra mesa a
un joven alemán, que constituía —física y moralmente— el prototipo del jo-

23. Bartomeu Rosselló-Pórcel (Ciutat de Mallorca, 1913-el Brull, Osona, 1938). Había
sido discípulo de Gabriel Alomar en el instituto de Palma. Estudió filosofía y letras en Barcelo­
na. En la Residencia organizó la biblioteca y dirigió unas ediciones de poesía. En 1931 participó
como delegado en el Congreso de la Unión Federal de Estudiantes Hispánicos en Madrid. Mu­
rió de tuberculosis en el sanatorio del Brull. Su obra poética es breve: Quadems de sonets
(1934), Nou poemes (1935) e Imitado del foc (1938). Montserrat Prudon, estudiosa del poeta,
reproduce tres cartas enviadas a Vilar desde Palma durante el verano de 1931, que son testi­
monio de la amistad existente entre los dos jóvenes personajes (Rosselló-Pórcel tenía entonces
18 años) en «Le poete et l’historien. Bartomeu Rosselló-Pórcel et Pierre Vilar», Hommage á
Pierre Vilar, Association Fransaise des Catalanistes, París, 1994, pp. 137-153.
24. Claudi Díaz Pérez (Figueres, 1904-Barcelona, 1985). Díaz fue compañero de Dalí en
el instituto de Figueres, como se desprende del dietario del pintor, Un dietari: 1919-1920 , Edi-
cions 62, Barcelona, 1994, y volvió a coincidir con él en la Residencia de Estudiantes de Madrid,
donde trabó también una buena amistad con Lorca. Había ido a Madrid a preparar su ingreso
en la Escuela de Ingenieros. Obtuvo el título de arquitecto en diciembre de 1930 y ejerció como
tal hasta su muerte. Debo esta información a Enric Pujol.
HISTORIA E IDENTIDAD 107

ven nazi, y a un judío vienés refugiado en el extranjero, que había huido del
antisemitismo creciente. Se trataba de un hombre tímido, desprovisto de recur­
sos materiales,

y su rostro parecía reflejar el temor justificado ante un futuro
terrible. Eramos dos los franceses que les observábamos, y que nos equivo­
cábamos, sin duda, ya que nos sentíamos excesivamente tranquilos respecto
al futuro que nos esperaba en un tiempo medio. El otro francés era mi amigo
George Gaillard,25 un normalien de la rué d’Ulm, de la promoción anterior a
la mía, que se hallaba en Barcelona para realizar sus estudios arqueológicos
medievales. Era un gran amigo del arqueólogo y arquitecto Puig i Cadafalch.
Pero el personaje más curioso de todos y seguramente la persona que más
me ha ayudado en la interpretación de las psicologías —tanto de individuos
como de grupos— era Oliver Brachfeld.26 Voy a hablar de él. Hijo de un sastre
judío converso, de Budapest, había conseguido el título de doctor en historia
por la Universidad de Budapest con una pequeña tesis sobre una húngara que
había reinado en Cataluña.27 Gracias a este hecho podía firmar «doctor Oliver
Brachfeld», pero como siempre hablaba utilizando términos del lenguaje psi-
coanalítico todo el mundo lo tomaba por un doctor en medicina y él no hacía
nada para desmentir esta impresión.28 Pienso que en realidad se trataba de un
a

25. Georges Gaillard (Delfinat, 1900-Calvi, Córcega, 1967). De la promoción normalien-


ne de 1920. Durante unos años fue profesor en el Instituto Francés de Barcelona. Especialista en
arte románico y autor de Premiers essais de sculpture monumentale en Catalogne aux x et xi sié-
cles, París, 1938, fue después catedrático en la Sorbona.
26. Ferenc Oliver Brachfeld (?, Hungría-Quito, Ecuador, 1967). Algunas noticias sobre
sus actividades en Barcelona durante aquellos años: en el curso 1932-1933 impartió dos cursos
en la Escola Normal de la Generalitat, uno sobre «Introducción a la psicología adleriana», y otro
sobre «Psicología sexual». Brachfeld también aparece en los programas de la Normal como
miembro de la Sociedad Internacional de Psicología Individual (Carbonell, L’Escola Normal de
la Generalitat, p. 265). En 1936 firmó un libro como «profesor encargado de curso en el Insti­
tuí Psicotécnic de Barcelona», que dependía de la Generalitat, y como miembro de la Sociedad
Húngara de Psicología Individual.
27. Algunas referencias sobre trabajos relacionados con temas húngaros publicados por
Brachfeld. En la Biblioteca Nacional de Madrid hay dos ejemplares de un trabajo de cien páginas
publicado por la Biblioteca del Instituto Francés en la Universidad de Budapest, en 1930, con este
título: «Magyar vonatkozások á Regi Katalán irodalomban és katalán nepbsalladaban». La traduc­
ción que figura, en castellano, es: «Influencias húngaras en el antiguo Imperio catalán y la balada
popular catalana...». Más asequibles son los artículos «Una familia hongaresa a Catalunya al se-
gle XIII», publicado en el Homenatge a Antoni Rubio i Lluch. Miscellánia d'estudis literaris, histó-
rics i lingüístics, vol. III, Barcelona, 1936, pp. 599-606, y «“Nobilis domina tota”. Une catalane
mariée en Hongrie au xm siécle», Estudis Universitaris Catalans, vol. XVI, 15 pp. También escri­
bió el libro Doña Violante de Hungría. Reina de Aragón, La Gacela, Madrid, 1942 (128 pp.), ree­
ditado en 1952 en Horta, S.A., Barcelona. En el terreno de la historia publicó, además. La reina
más olvidada de la Historia, Victoria, Barcelona, 1947 (que es la historia de una «Clemencia de
Hungría», reina de Francia) y una Historia de Hungría, Surco, Barcelona, 1957.
28. Efectivamente, muchos de los trabajos consultados sobre temas de psicoanálisis están
firmados por el doctor Oliver Brachfeld. No así, curiosamente, los trabajos de historia. Sin em­
108 PENSAR HISTÓRICAMENTE

psicoanalista aficionado y no sé si sus obras sobre los complejos de inferio­


ridad individuales y sociales han sido apreciadas por los especialistas.*29 Sí sé
que sabía examinar al extraño público de la Residencia con un ojo muy pe­
netrante. Por eso le debo tanto. Tenía aproximadamente mi edad, pero habla­
ba doctamente, en particular de psicología vienesa, y se hacía pasar por un
buen discípulo del doctor Alfred Adler, un disidente de la escuela freudiana,
aunque yo no juraría que se hubiesen visto u oído nunca.
En todo caso, había leído a Adler y había sacado provecho de sus escri­
tos. Imbuido de su ciencia vienesa, Brachfeld combatía de buena gana los
trabajos españoles sobre psicología sexual, y publicó, cuando se encontraba
entre nosotros, un librito titulado Polémica contra Marañón, repleto de notas
y citas, y firmado por el doctor Oliver Brachfeld. Ya he dicho que no era más
que un doctor en historia medieval. El libro se hallaba en todos los escapara­
tes de las librerías de Barcelona, con esta presentación: «¿Violento? No, va­
liente». El doctor Marañón no desconocía las posiciones de Brachfeld, y el
libro incluía una réplica suya.30 No estoy del todo seguro que en estas mate­

bargo, en el libro Polémica contra Marañón, 1933, que más adelante Vilar comenta, bajo el
nombre «Oliver Brachfeld» figura la rúbrica «doctor en filosofía y letras». En la p. 68 del libro,
Oliver Brachfeld pone como ejemplo de la superficialidad de los análisis de Marañón el hecho
de que le haya llamado en una ocasión «psiquiatra austríaco»: «No soy austríaco ni psiquiatra.
Mi título de doctor es — solamente— en Filosofía y Letras». Sus artículos en Destino — donde
más tarde fue colaborador habitual— llevan a menudo el tratamiento de doctor delante del nom­
bre (que a veces aparece castellanizado, Francisco).
29. Hacemos constar aquí los títulos sobre temas psicológicos que aparecen en la Biblioteca
de Catalunya, a) Cinco artículos cortos en revistas especializadas, la mayoría en alemán. Todo pa­
rece indicar que Oliver Brachfeld regaló las separatas a la Biblioteca: 1) «Alfred Adler. Der Se-
xualpsychologie» (1930); 2) «Der Androgynenproblem in der Legenwart» (1931); 3) «M. Emest
Seilliére et l’Individualpsychologie adlerienne» (1929); 4) «Uber Glyptophilie» (1931); 5) «Uber
“gelenkte Tagtráume”» (1954). b ) Un libro en alemán publicado en Stuttgart, en 1953: Minder-
wertigkeitsgefühle beim Einzelnen und in der Gemeinschaft. c) Libros publicados directamente en
castellano (prácticamente todos se encuentran en la Biblioteca Nacional de Madrid): 1) Polémi­
ca contra Marañón, sobrinos de López Robert y Compañía, Barcelona, 1932; 2) Los sentimientos
de inferioridad, Apolo, Imp. Yuste, Barcelona, 1936 (258 pp.); 3) El examen de la inteligencia de
los niños, Dalmau Caries, Girona, 1936; 4) Hacia una nueva ética del trabajo, Imprenta Afrodisio
Aguado, Madrid, 1944 (57 pp.); 5) Cómo interpretar los sueños, José Janés, ed., Barcelona, 1949
(266 pp.); 6) Los complejos. Ensayo semántico de un concepto moderno seguido de un «Diccio­
nario de Complejos y Fobias», Talleres Gráficos Esparza, Caracas, 1951 (476 pp.); 7) Los com­
plejos de inferioridad de la mujer. Introducción a la psicología femenina, Horta, S.A., Barcelona,
1949 (es la 2.a edición) (254 pp.); 8) El Instituto de Psicosíntesis y Relaciones humanas de la Uni­
versidad de los Andes, Ediciones El Vigilante, Mérida, 1952 (42 pp.). De todos estos trabajos,
parece que el que obtuvo mayor difusión es el libro Los sentimientos de inferioridad. En la
Biblioteca de Catalunya hay 4 ejemplares. La segunda edición data de 1944. La tercera edición,
ampliada, de 1959, y la cuarta de 1970 (Editorial Luis Miracle, Barcelona).
30. El título completo del libro era Polémica contra Marañón con una Crítica de las teo­
rías sexuales de Marañón, una réplica del Dr. D. Gregorio Marañón, y un Epílogo. Y empeza­
HISTORIA E IDENTIDAD 109

rias Brachfeld tuviera realmente la razón, pero nos enseñó a mirar a las per­
sonalidades y a los grupos de nuestro entorno.
Uno de los problemas determinantes, según Adler, podía resumirse así:
«un hombre ante cualquier otro hombre», «un grupo ante cualquier otro gru­
po», y «un hombre de un grupo ante cualquier otro hombre de otro grupo»,
se siente o se cree en posición de superioridad o de inferioridad. Las reac­
ciones son múltiples y continuas, pueden ir del desprecio al resentimiento y
de la simple sonrisa irónica al odio más absurdo y visceral. Observábamos
este tipo de reacciones cada día. Entre estudiantes modestos y estudiantes ri­
cos, entre españoles y extranjeros, entre catalanes y castellanos, entre chue-
tas y botifarras, y no teníamos ninguna razón para no observar del mismo
modo las luchas de clase que se hacían cada vez más evidentes en la España
de los inicios de la República.
Descubrí entonces de un modo real lo que me parecerá, en todas las lu­
chas de mi siglo, la combinación determinante: lucha de clases por una par­
te, lucha nacional por otra. Quedé profundamente impresionado en 1931 a
raíz de la lectura de un libro firmado por un sociólogo belga, Henri de Man,
titulado Más allá del marxismo.3I Este libro proponía —¡casi nada!— reem­
plazar o atenuar la lucha de clases en el seno de una determinada comunidad
política mediante el cultivo y la organización de un complejo de superioridad
del grupo nacional frente a los grupos vecinos. Me pareció ver en él la mis­

ba así: «¡Es un trabajo violento! — me dijeron varios amigos, al publicar yo algo sobre Marañón
en un semanario barcelonés bien conocido— . ¿Violento? ¡No! ¡Valiente! — les replicó otro ami­
go mío, colaborador del mismo periódico. Recibí, al mismo tiempo, cartas de felicitación de
Gerona, de Tarragona, de Baleares». El libro incluye la reproducción del artículo «Crítica de las
teorías sexuales del Dr. Marañón», que había sido publicado en la Revista Médica de Barce­
lona , en diciembre de 1931, y en El Siglo Médico. Brachfeld explica que una primera versión
del trabajo había sido publicada en el fascículo 5 del volumen XVII de Zeitschrift für Sexual-
wissenschaft. de Berlín, en alemán. Marañón había respondido al artículo de Brachfeld con un
nuevo artículo: «Acerca del problema de la intersexualidad (Réplica a un artículo del Dr. Oli­
ver Brachfeld)», que también había sido publicado, en el mismo mes de diciembre de 1931, en
la Revista Médica de Barcelona y en El Siglo Médico. El artículo de Marañón ocupa 26 pági­
nas. En cuanto al resto del libro (unas cien páginas), se puede entrever el tono leyendo los tí­
tulos de los capítulos: «La traición de Marañón», «El enchufismo intelectual», «Fin de un mito
científico», «Apuntes subjetivos al margen de mi cuaderno sobre Marañón», «¿La educación de
Marañón?», «Marañón, tabú».
31. El libro de Henri de Man, socialista flamenco, se publicó por primera vez en ale­
mán con el título Zur Psychologie des Sozialismus (Diederichs, Jena, 1926). La traducción
al francés se hizo a partir de la segunda edición (diciembre de 1926) alemana. En 1926 apare­
ció una primera versión en francés en Bruselas que ya llevaba el título Au-delá du marxisme.
En 1929 Alean, de París, publicó una nueva versión del texto francés. Es posible que fuese esta
versión la que llegase a las manos de Vilar en 1931. En 1927 ya circulaba una versión castella­
na, Más allá del marxismo (Yagües, Madrid, 1927), que no sería la única (Aguilar, Madrid,
1933).
110 PENSAR HISTÓRICAMENTE

ma definición del fascismo, del nacionalsocialismo alemán.32 Redacté una re­


seña crítica del libro, donde intenté denunciar el peligro que preveía. Creo que
no llegó a publicarse nunca.33 El libro de De Man pasó relativamente inad­
vertido.34 El autor, sin embargo, al menos en una primera fase, se afilió, en

32. Como veremos en las notas siguientes, diversos estudios han subrayado la influencia
del libro de De Man en los medios socialistas franceses. Han destacado sobre todo la influen­
cia de la idea del plan de trabajo (si bien no todos los planistas eran seguidores de De Man).
Sin embargo, Vilar no fue el único que leyó con recelo el mensaje de De Man. En el «Avant-
Propos» de su libro Nationalisme et Socialisme (L’Énglantine, París-Bruselas, 1932), el mismo
autor hacía explícito ese recelo: «La Federación de Amberes del Partido Obrero belga me había
pedido que expusiese mis puntos de vista sobre la cuestión flamenca, considerada en el marco
de las relaciones entre nacionalismo y socialismo. Esta invitación fue argumentada de esta ma­
nera: “Muchos nacionalistas flamencos se apoyan en lo que usted, De Man, ha escrito en su li­
bro Más allá del marxismo sobre los vínculos entre el sentimiento nacional y el socialismo; se
declaran seguidores suyos para justificar un nacionalismo que adquiere, en algunos casos, ma­
tices fascistas. Por otra parte, muchos de nuestros camaradas socialistas, sobre todo entre los
jóvenes, se apoyan igualmente en sus escritos para reivindicar una acción socialista más neta­
mente intemacionalista, un rechazo más enérgico de toda clase de nacionalismo. ¿Querría preci­
samos su pensamiento, refiriéndose particularmente al problema de las lenguas y de las nacio­
nalidades en Bélgica?”». La cursiva es nuestra. En su libro Aprés coup, Éditions de la Toison
d’Or, Bruselas-París, 1941, De Man explica en el capítulo «Rupture avec le marxisme» el pun­
to de inflexión que representó Más allá del marxismo en la evolución de su pensamiento.
33. Vilar no recuerda dónde había pensado publicar la reseña en 1931, pero sabemos que
en 1939 había querido volver a hablar del libro de De Man. En «La fondation de La Pensée.
Souvenirs d’un historien», Vilar acaba con un párrafo que hace referencia al libro: «Un último re­
cuerdo; en 1931 [de hecho, en 1927] el socialista belga Henri de Man había publicado su libro ti­
tulado Más allá del marxismo. Redacté una extensa reseña crítica de su contenido, que nunca fue
publicada. Había tenido la suerte, aquel año, de frecuentar cotidianamente, en una residencia de
estudiantes barcelonesa, a un joven húngaro, a su vez historiador y psicoanalista, que me había re­
velado la “psicología individual” de Alfred Adler, que constituía el fundamento del libro de Henri
de Man. Este razonaba así: la conciencia de clase de los obreros, su aspiración revolucionaria, ex­
presan un complejo colectivo de inferioridad; este complejo se podría superar si se inculcase a las
masas un complejo de superioridad nacional. Exclamé: ¡es la operación Hitler! Y, en efecto,
Henri de Man, en 1940, fugaz, pero claramente, aplaudió a los nazis. Tenía la intención, en 1939,
de analizar el fenómeno en La Pensée. Los acontecimientos fueron demasiado deprisa. Pero cuan­
do volví a ver, en tiempos de la guerra fría, excusar, reeditar, reivindicar a De Man, como Déat,
antes, le había aplaudido, me dije que la tarea de “la pensée” (con o sin comillas y en mayúscula
o en minúscula) recuerda un poco la de Sísifo» (p. 19). Es curioso, sin embargo, que Sirinelli, en
su libro, argumente, de acuerdo con el mismo Aron, que en 1931 el normalien — y compañero de
promoción de Vilar— Raymond Aron «todavía» era socialista (de izquierda) por el hecho de que
hubiese publicado una reseña favorable al libro de De Man, en los Libres propos (p. 591).
34. Hemos decidido mantener esta frase porque refleja la impresión que Vilar conserva
sobre el impacto del libro de De Man. Pero ¿realmente pasó inadvertido? Una primera prueba de
la repercusión del libro de De Man en Francia es que en 1928 (cuando sólo existía la edición
de Bruselas, por lo que parece agotada pronto) ya había aparecido un libro que divulgaba sus
ideas: André Philip, Henri de Man et la crise doctrínale du Socialisme (Gamber, París, 1928), y
no podemos dejar de señalar que casi todos los libros de De Man fueron rápidamente traducidos
al castellano. Uno de ellos, Socialismo constructivo (Aguilar, Madrid, 1931), con un prólogo es-
HISTORIA E IDENTIDAD 111

Bélgica, al partido de los ocupantes nazis.35 Sin embargo, supo reconocer a


tiempo su error —quiero decir su error en el campo de las opciones políti­
cas— y fue redescubierto como sociólogo en el curso de los años cincuenta.

crito expresamente para la edición española. Sirinelli, en su libro, en una extensa nota a pie de pá­
gina (después de comentar que Geoiges Lefranc había dejado el libro Más allá del marxismo al bi­
bliotecario Lucien Herr en el verano de 1927), escribe: «Sin duda a causa de los estrechos lazos
establecidos, como se verá, con los estudiantes belgas, los estudiantes socialistas franceses pare­
cen haber otorgado una acogida atenta y precoz a las tesis de Henri de Man. L ’Étudiant Socialis-
te de marzo de 1928 reprodujo, por ejemplo, ocupando toda la página 3, “Marxisme et socialisme”
(que continúa en los números de abril y de junio), una conferencia dada por el socialista belga en
Bruselas y Lieja. Como la revista estaba en aquellos años controlada por los estudiantes belgas, la
iniciativa no era demasiado sorprendente; pero permite asegurar la penetración de las ideas del
autor de Más allá del marxismo en los jovenes socialistas franceses. Más aún, la página 12 de
L’Étudiant Socialiste del mismo mes señala: “... el camarada Henri de Man ha querido última­
mente venir a París para exponemos las ideas que ya ha desarrollado en su libro Más allá del mar­
xismo’’. Y un breve comentario de la página francesa del número de mayo de 1929 califica Más
allá del marxismo de “obra remarcable”» (p. 386, nota 96). Sirinelli no es el único que relaciona
a Henri de Man con Geoiges Lefranc. Jean Touchard, en su libro La gauche en France depuis
1900, señala que las ideas de la «planificación» de Henri de Man influyeron mucho en el grupo
Revolución Constructiva del cual era cabeza visible Lefranc, si bien considera que el hecho de que
el propio Lefranc se convirtiese en historiador del socialismo de aquellos años ha comportado
una sobrevaloración del papel de aquel grupo y, por lo tanto, de las ideas que influyeron en él.
Otro miembro del grupo Revolución Constructiva, Pierre Boivin, el mejor amigo de Vilar, reseñó
el libro de De Man en enero de 1933 en la revista Política, donde afirma: «De Man reclama una
fe religiosa en el socialismo». Todavía dos referencias bibliográficas más (y no hemos pretendido
hacer un estudio exhaustivo de la importancia otorgada a De Man). Jacques Donzelot, en L'inven-
tion du social. Essai sur le déclin des passions politiques (Fayard, París, 1984) considera a De Man
el «inspirador original» de la corriente neosocialista y del neocorporativismo (p. 166). Zeev Stem-
hell consagra todo un capítulo de su libro Ni Droite ni Gauche. L ’idéologie fasciste en France
(Seuil, París, 1983), al fenómeno De Man. El capítulo lleva este título: «La révision idéaliste du mar­
xisme: le socialisme éthique d’Henri de Man» (pp. 156-179). Algunos autores, entre ellos Winock,
habían criticado la «interpretación teleológica» de Stemhell, que «ya ve al De Man de 1927 en
el campo fascista» (Nationalisme, antisémitisme et fascisme en France, Seuil, París, 1982, p. 280).
35. Henri de Man fue vicepresidente del partido obrero belga y consiguió que el congreso
de este partido aprobase el «Plan de trabajo». Hay que evitar, sin embargo, como hacen algunos
autores, ver el planismo únicamente como fruto de las reflexiones de De Man. Una mémoire de
maitrise dirigida por Vilar pudo reseñar 35 proyectos de planes en la década de los años treinta.
Vilar lo explica en el Seminario del Instituí d’Histoire du Temps Présent (1985) donde hace este
comentario: «El planismo estaba entonces de moda como ahora lo está el liberalismo». El Plan
del 9 de julio de 1934 fue seguramente el más conocido. En la Comisión que lo elaboró tuvo un
papel importante el escritor Jules Romains. El escritor mantendría una buena relación con De
Man hasta 1939. De Man fue ministro en el gabinete de Van Zeeland de 1935 a 1937. Después
de la capitulación de mayo de 1940, se mostró favorable a la colaboración con la Alemania de
Hitler, y se mantuvo al lado del rey Leopoldo III, si bien renunció a toda actividad política. En
1946 fue condenado a veinte años de cárcel. Murió en 1953 en Suiza, a causa de un accidente de
automóvil. Las reflexiones finales de sus memorias, publicadas en 1941, dejan ver claramente su
esperanza en el nuevo «progreso social»: «Tal vez veré realizarse dos cosas que, no hace mucho
tiempo, me parecían más lejanas que hace treinta y cinco años: la unidad europea y el orden so­
cialista» (Henri de Man, Aprés coup, Éditions de la Toison d’Or, Bruselas-París, 1941, p. 323).
112 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Tengo la impresión de haber sido clarividente, en este asunto, gracias a Oli-


ver Brachfeld. Más tarde, cuando se pongan de moda algunas combinaciones
freudiano-marxistas, yo no las rechazaré frontalmente, pero pensaré siempre
que Adler es mejor complemento psicoanalítico del marxismo que Freud.
Brachfeld me animaba también a observar, a mi alrededor, las relaciones
entre vida privada y vida pública. En el destino y en la suerte de las perso­
nas, en las elecciones de una vida, en la constitución de cada personalidad
—los ejemplos se sucedían ante nuestros ojos—, Brachfeld me mostraba la
importancia de elegir un oficio y formar un hogar. Se me dirá que esto es de
sentido común, pero los grandes problemas, en los noventa, ¿no son preci­
samente el paro y la incertidumbre respecto a las estructuras familiares?
Brachfeld, y aquí ya no estoy nada seguro de cuáles eran sus fuentes, añadía:
«Todo hombre se siente obligado a construirse: primero, una vida personal o
familiar, entendiendo que deberá dedicarle un tercio de sus atenciones y de
su tiempo, ya sea a aventuras, ya sea a una familia; segundo, debe tener un
oficio, una profesión, consagrarse a ella y conseguir el éxito; en tercer lugar,
tiene que enfrentarse a los deberes sociales, que le imponen o le proponen
una serie de compromisos». Nadie, decía Brachfeld, puede satisfacer al mis­
mo tiempo estas tres vocaciones. Pueden combinarse de dos en dos, pero
nunca se llevan a cabo las tres. Si alguien lo intenta, el resultado es la dis­
persión y el fracaso. En los jóvenes destinos en formación, o en aquellos que
ya se habían puesto en marcha, podíamos observar que la regla se cumplía.
Y durante toda mi vida he seguido comprobando, a mi alrededor, su verifi­
cación: no he conocido a ninguna persona que haya llevado al mismo tiempo
una vida personal plena, exitosa, una vida profesional satisfactoria y una vida
pública suficientemente comprometida. En mi entorno y en las biografías co­
nocidas casi no he podido observar ninguna excepción a esta norma. Y mu­
cho me temo, desgraciadamente, que la carrera y la vida de Oliver Brachfeld
tampoco lo han sido. Los avatares del siglo no me han permitido seguirla de
una forma continuada; las cosas podrían haberle ido peor, pero sus méritos
intelectuales podrían haber recibido un reconocimiento mayor.36
Para abordar la observación sociológica o, simplemente, para hacerme his­
toriador de personalidades y de grupos, las sugerencias de la psicología adle-
riana, aun cuando ésta llegase a mí simplificada por Brachfeld, me han servi­
do siempre. Entre Cataluña y Castilla, entre Barcelona y Madrid, y sin duda
hoy, entre Sarajevo y Belgrado, las relaciones psicológicas, de inferioridad y
de superioridad, en el cruce entre política y economía, son los fenómenos que

36. Oliver Brachfeld murió en 1967 en Quito. Después de la guerra civil, en Barcelona,
ejerció una gran actividad como traductor de novelas y como director literario de la Editorial
Victoria. Fue, también, colaborador habitual de Destino sobre temas diversos, científicos y li­
terarios.
HISTORIA E IDENTIDAD 113

aparecen con más claridad. Lo mismo sucede entre las clases, y los dos fenó­
menos se entrecruzan. No sin conflicto.
Después de las observaciones que acabo de hacer, no quisiera que alguien
pudiese imaginar que a partir de las indicaciones —o, aún menos, de los con­
sejos— de Oliver Brachfeld, decidí, en 1933, formar un hogar. Ya he habla­
do de mi encuentro, en diciembre de 1930, frente a la estatua de Argüelles
en Madrid, con una de mis compañeras de la Casa de Velázquez, Gabriela
Berrogain. Nuestro encuentro no produjo chispas, no hubo flechazo; pero
sí, de inmediato, una convergencia de curiosidades, un mismo deseo de sor­
prenderse y dejarse sorprender, una sensibilidad común, una gran complici­
dad intelectual. Sobre todo, debíamos descubrimos el uno al otro. Esto dura­
ría algunos largos meses, pero fue un paseo maravilloso, perfecto, los dos al
mismo paso.
Gabriela, así la llamarían siempre sus amigos españoles, me sugirió, poco
después de conocemos, que participase en la excursión colectiva que Maurice
Legendre, geógrafo, descubridor de Las Hurdes,37 había organizado. Visitaría­
mos Salamanca, La Alberca, Las Batuecas y los lugares más escondidos de
«Tierra sin Pan», que también descubriría Buñuel. Habíamos decidido que,
con mi amigo normalien Adrien Bruhl,38 arqueólogo, visitaríamos, en Sala­
manca, a Unamuno. Yo ya había tenido ocasión de ver a Unamuno en la
École Nórmale, en mi thume, gracias a Jean Cassou,39 que había tenido la ini­
ciativa de invitarlo. Por aquel entonces Unamuno acababa de regresar de su
exilio en Fuerteventura, y Jean Cassou había pensado que podía ✓
apetecerle
entrar en contacto con una comunidad de jóvenes como era la Ecole Nórma­
le; pero los normaliens de aquellos años éramos muy poco sensibles al his­
panismo, y Unamuno, por su parte, vivió mal aquella, toma de contacto con
la juventud. No dejaba de sollozar.
En Salamanca nos recibió muy cordialmente y me sorprendió bastante su
preocupación por una novela francesa sobre España, Le pardon prématuré,

37. Maurice Legendre, normalien literario de la promoción de 1900, futuro director de la


Casa de Velázquez. Ya había publicado Las Jurdes. Étude de géographie humaine (Féret et fils,
Burdeos-De Boccard et Champion, París, 1927), además de otros libros sobre España. Vilar hará
referencia más adelante a las divergencias ideológicas con Legendre, con ocasión de la noticia
del 19 de julio de 1936.
38. Adrien Bruhl, de la promoción de 1923, es decir, dos anteriores a la de Pierre Vilar.
Murió en 1973, siendo profesor de la facultad de letras de Lyon. Vilar volverá a referirse a él en
el capítulo siguiente.
39. Importante hispanista, Jean Cassou (Deusto, 1897-París, 1986), poeta y crítico literario
y artístico. Publicó: Panorama de la littérature espagnole, 1929; Vie de Philippe //, 1929; Le
Gréco, 1931; y Cervantes, 1936. Tendrá un papel clave en la organización del exilio de intelec­
tuales españoles durante la guerra civil española y más tarde en la organización de la Resisten­
cia. Después de la segunda guerra mundial fue el director del Museo de Arte Moderno de París
hasta 1964.
114 PENSAR HISTÓRICAMENTE

de André Corthis, que yo encontraba muy convencional. Se mostró visible­


mente desconcertado por el descubrimiento de talento en una mujer.40 Cuan­
do se lo conté a Gabriela, me explicó que acababa de vivir una experiencia
parecida en la Casa de Velázquez con Franc^ois Mauriac.
En La Alberca, en Las Batuecas, ante las «cabras pintadas» prehistóricas,
y en los límites de Las Hurdes, yo había de descubrir todo un mundo. Nues­
tro guía, nuestro mulatero, el «tío Ignacio», era un hombre del siglo xm. Me
preguntó: «¿de dónde es usted?», y respondí: «de Montpellier». Inmediata­
mente, me contó una biografía de san Roque más completa que la que puede
escucharse en la misma casa del santo en Montpellier. Este descubrimien­
to de un mundo atrasado, pero aún capaz de maravillar, que nos desvelaba
con sus explicaciones Maurice Legendre, constituyó para mí una especie de
segunda parte de mi descubrimiento de España, después del de Barcelona,
en 1927.
Gabriela había seguido, con cierto divertimiento, esta aventura, y algunos
meses más tarde pude pagarle con la misma moneda, iniciándola en el Ar­
chivo de la Corona de Aragón y visitando Montserrat. Nuestro diálogo en
este primer año, 1931, había adquirido un poco la forma de un diálogo Cata-
luña-Castilla. En octubre de 1931 Gabriela aceptó una comisión de servicios
en el Archivo de la Corona de Aragón. Allí tenía su trabajo diario. Y yo iba
todos los días a trabajar a la Biblioteca de Catalunya, en los locales de la
Generalitat, de la Diputación, como decíamos entonces. A mediodía, cuando
sonaban las campanas de la catedral, sabíamos que íbamos a encontramos en
el claustro, y que recorreríamos juntos los rincones más movidos, los más vi­
brantes, del centro de Barcelona, entre la Rambla y la plaza de Catalunya.
El café Canaletas, el café del Brasil. Y la conversación continuaba.
A finales de 1932 sabíamos que estábamos ligados el uno al otro para el
resto de nuestras vidas y en 1933 instalamos nuestro hogar en la parte alta
de la calle Muntaner. Desde nuestro balcón se divisaba casi exactamente el
primer paisaje barcelonés que me había seducido. Y ya teníamos grandes
amigos a quienes invitar.
Mi estancia en la Residencia d’Estudiants se había visto completada, en
los mismos locales de la calle Urgell, en el complejo de la Universitat In­
dustrial, cuando había recibido y aceptado la oferta, inesperada, de impartir
clases en uno de sus centros. Se trataba de la Escola Normal d’Ensenyament
Priman, recién creada, que la Generalitat de Catalunya había decidido instituir
imitando, si no copiando, el modelo de educación francés, el sistema Jules

40. André Corthis es el seudónimo de la escritora Andrée Husson, autora de novelas de


notable éxito popular, algunas de ellas ambientadas en España. En Le pardon prématuré, un di­
plomático español, que se mueve en ambientes mundanos, abandona a su prometida después de
haber conseguido tener relaciones sexuales con ella.
HISTORIA E IDENTIDAD 115

Ferry.41 Me preguntaron si podría impartir allí clases de francés. Acepté, no


sin inquietud. Nunca había figurado entre mis planes la enseñanza de una len­
gua. Sabía que no podía enseñar francés a partir del español, y no sabía bas­
tante catalán, en todo caso no lo bastante para no sentirme ridículo ante mi
joven auditorio. Así que tomé una decisión un poco arriesgada. Dije a mis
alumnos que hablaríamos, desde el principio, en francés, y que ellos me com­
prenderían en seguida, porque yo simplificaría las frases que pronunciaría en
esta lengua. Los alumnos se sorprendieron, y noté ciertas resistencias. Pero
no tardaron en comprobar, contentos, que me comprendían mucho más de
lo que habían esperado. Sentí, muy pronto, que había conquistado a mi audi­
torio, pero en realidad él me había conquistado primero. Aquellos chicos y
chicas rivalizaban entre ellos en cuanto a curiosidad y celo. Muy pronto nos
sentimos capaces de abordar juntos algunos textos de poesía, y de poesía con­
temporánea. No llevábamos aún dos meses en nuestra tarea de aprendizaje,
cuando pedí a mis jóvenes alumnos, después de una rápida explicación y
comentario, en francés, que me tradujeran un fragmento de La vie unánime de
Jules Romains. El grupo de mis mejores alumnos me ofreció una traducción
bellísima, y he guardado cuidadosamente aquel manuscrito. Para mi gran
sorpresa y emoción, pude comprobar, a partir de 1950, después de todos los
dramas vividos, que mis antiguos alumnos tampoco habían olvidado aquel
emotivo encuentro. La asociación de antiguos alumnos de la Escola Normal
aún existe, en todo caso existía hace unos diez años, y siempre me ha tenido
en cuenta cuando ha recordado aquellos años iniciales.42
Más tarde, encontraría en México a una de mis mejores alumnas, que se
había exiliado en compañía de uno de sus profesores de filosofía. Porque
también se estudiaba filosofía en la Escola Normal de la Generalitat, y latín,
y literatura medieval. No sé exactamente bajo qué influencias, pero segu­
ramente no había sido ajeno a ellas Joaquim Xirau, la Escola Normal de la
Generalitat no se había limitado a copiar el modelo francés de educación pri­
maria, sino que había integrado una parte de su modelo de enseñanza secun­
daria. También había recogido, de una manera más o menos vaga, algunos

41. Jules Ferry, siendo ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes (1879-1883), realizó
reformas decisivas en el sistema de enseñanza francés: proclamación de la enseñanza primaria
gratuita, laica y obligatoria (1880-1882); reforma de la enseñanza secundaria (con la creación de
nuevos institutos y con el otorgamiento de mayores facilidades para que las chicas pudieran
tener acceso a ellos); y creación de una École Nórmale Supérieure para maestros. La legislación
significó un duro golpe para la enseñanza religiosa. Jules Ferry es considerado, por todo ello, el
creador del sistema de educación republicano moderno. Sobre la Escola Normal de la Genera­
litat, véase el estudio de Jaume Carbonell, L'Escola Normal de la Generalitat (1931-1939 ),
Edicions 62, Barcelona, 1977.
42. Uno de los alumnos que firman la traducción a la que hace referencia Vilar, Joan Cos­
ta, será durante años secretario de la Associació d’Antics Alumnes de l’Escola Normal, y man­
tendrá siempre estrechas relaciones con Vilar.
116 PENSAR HISTÓRICAMENTE

frutos de los ensayos de las escuelas libres laicas del tiempo de Ferrer i Guar­
dia,

modificadas, en los primeros años de siglo, por mi viejo amigo Pau Vila.
Este, sin duda, había tenido un papel importante en el hecho de que se me
hubiera llamado para dar clase en la Escola Normal, en la que él mismo en­
señaba geografía.43 El latín y la literatura antigua la enseñaban dos jóvenes y
brillantes universitarios, que habían estudiado en universidades francesas
y alemanas: Joan Petit y Margal Olivar.44 Muy pronto nos reconocimos, los
tres, en una comunidad de cultura, de curiosidad y de caracteres. Como en la
rué d’Ulm, yo no exigía a mis amistades la pertenencia a un partido determi­
nado, o a una determinada Iglesia, pero sabía reconocer cierto parentesco en
los espíritus que excluían ciertas pertenencias. No me preguntaba si Joan
Petit, Margal Olivar o Pere Bohigas45 se comprometerían algún día en deter­
minado combate político, pero sabía que no se hallarían nunca en el campo
de las estrecheces espirituales, de los intereses egoístas, de los apetitos de
poder y de las pretensiones de clase. ¿Es preferible hablar de familia espiri­
tual? Prefiero, de nuevo, la fórmula hombres de buena voluntad.
Y los veía seguir, paso a paso, el mismo camino que yo. Entre las tres
opciones que me había ayudado a distinguir Brachfeld, ninguno de mis ami­
gos más directos eligió la actividad pública. Pero sabían que sentirían pa­
sión por su trabajo intelectual, que no les haría ricos, y que fundarían un
hogar cuando encontraran la compañera, no de sus sueños, sino de sus rea­
lidades.
Precisamente había entonces en Barcelona una institución de enseñanza
de formación un poco comparable a la Escola Normal de la Generalitat, que
también dependía de las autoridades catalanas. Me refiero a la Escola de

43. Pau Vila dice, en el párrafo reproducido en la nota 8 de este capítulo: «Hice que en­
trase de maestro en la Normal».
44. Joan Petit (Barcelona, 1904-1964). Doctor en letras, formaba parte del consejo directivo
de la Fundació Bemat Metge, donde había traducido a Catulo y Lisias. Más tarde fue profesor de
filología clásica en la Universidad de Barcelona de 1952 a 1964. Reproducimos la semblanza
de Margal Olivar (Barcelona, 1900), escrita por Pere Bohigas (amigo común de Olivar, Petit y Vi-
lar) en la Gran Enciclopedia Catalana: «Estudió en la Universidad de Barcelona y siguió cursos
de literatura catalana con Antoni Rubio i Lluch y Jordi Rubio i Balaguer en los Estudis Universi-
taris Catalans. Amplió los estudios hechos en Barcelona con Joaquim Balcells, en la Universidad
de Berlín (1927-1928). En esos años ya se manifestó su vocación por los temas artísticos. Entre
1928 y 1930 ejerció el lectorado de castellano en la Universidad de Glasgow. De nuevo en Barce­
lona, fue profesor de lenguas clásicas en la Escola de Bibliotecáries y en la Universitat Autónoma
de Barcelona; cesó en estos cargos en 1939. En 1952 fue nombrado profesor de historia del arte en
la Escola d’Arts Aplicades i Oficis Artístics de Barcelona».
45. Pere Bohigas i Balaguer (Vilafranca del Penedés, 1901). Hasta 1939 fue profesor
de paleografía de la Universidad de Barcelona. Una vez acabada la guerra, fue conservador de
la sección de manuscritos de la Biblioteca de Catalunya y profesor de la Escola de Biblio­
tecáries de Barcelona. Ha publicado numerosos estudios y textos de literatura catalana y cas­
tellana.
HISTORIA E IDENTIDAD 117

Bibliotecáries.46 Reunía sobre todo, no sé si de forma exclusiva, a chicas jó­


venes, de un medio modesto —ya que tenían que ganarse la vida—, pero a
menudo de un buen nivel intelectual. Los máximos representantes de la intel-
ligentsia catalana, también en este caso, habían juzgado conveniente dar a
una Escola con fines relativamente modestos un alto nivel intelectual y cul­
tural. Mis tres amigos, Petit, Olivar y Bohigas, despertaron pronto admira­
ciones apasionadas, de manera que nuestras amistades individuales no tarda­
ron en convertirse en amistades entre parejas. Las amistades que había hecho
Gabriela en Madrid ya eran mías, y mis amistades barcelonesas serían tam­
bién, durante años, suyas.
Pero si bien es verdad que eligiendo oficio y hogar uno se obliga, lo que
no siempre constituye un gran sacrificio, a dedicar una parte muy pequeña
de su tiempo a las actividades públicas, también lo es que la historia sigue
adelante. El paso de mi período parisino a mi período barcelonés, digamos de
la década de 1920 a la década de 1930, fue también el paso de la prosperidad
a la crisis. Y no dudo en escribir crisis del capitalismo, particularmente pro­
funda cuando las crisis de ritmos decenales se añaden a las crisis de ritmos
interdecenales. Si comprendí y aprecié, un poco más tarde, los trabajos de
Simiand y Labrousse sobre las crisis, fue porque había vivido y conocido
su existencia real.47
Algunas viejas verdades se hicieron evidentes en Europa. Ya he hablado
de mi amigo Adrien Bruhl con ocasión de nuestra visita a Salamanca. Perte­
necía a una rica familia judía parisina, en la que coincidían, como era bas­
tante frecuente, vocaciones intelectuales y vocaciones financieras. Había de
encontrarlo de nuevo en París, hacia mediados de 1931. Me dijo, visiblemen­
te asustado: «la crisis es espantosa, incluso los Rothschild están amenaza­
dos». Me vinieron ganas de reír; no me sentía especialmente afectado por la
amenaza de ruina de Rothschild. Me equivocaba: cuando un sistema entra
en crisis, entra en crisis en su globalidad. El paro y la miseria se extendie­
ron, y muy pronto los grupos nacionales buscaron salidas en las denuncias

46. La Escola de Bibliotecáries había sido creada por la Mancomunitat de Catalunya


en 1915. Durante la dictadura de Primo de Rivera el profesorado había sido destituido y la es­
cuela se transformó en la Escola Superior per a la Dona en 1925. En 1930 la Escola fue resta­
blecida, con la mayoría del antiguo profesorado, y la dirección estuvo a cargo de Jordi Rubio i
Balaguer (véase Assumpció Estivill Rius, L'Escola de bibliotecáries: 1915-1939, Diputació de
Barcelona, Barcelona, 1992).
47. Sobre el impacto de la obra de Simiand y de Labrousse (y de Hamilton) en las refle­
xiones de Vilar sobre aquellos años (1932-1936), véanse las páginas que dedica a ello en el
«Prefacio» de Cataluña en la España moderna, en el apartado que lleva el significativo título de
«La exigencia de una historia coyuntural». Últimamente Vilar ha vuelto a reflexionar sobre el
impacto de los trabajos de Simiand en la coyuntura de los años treinta, en «Emest Labrousse
et le savoir historique».
118 PENSAR HISTÓRICAMENTE

europeas o en las aventuras africanas, complicándose así las combinaciones


entre luchas de clases y conflictos nacionales.
En España, una República creada en medio del entusiasmo popular topó
muy pronto con conflictos sociales y con conflictos entre el poder central y
las aspiraciones de las comunidades periféricas y, en su reacción, con los
ejemplos, las tentaciones y los apoyos de los fascismos extranjeros. El giro
político, en 1934, tenía que habernos producido una inquietud mayor. En
París, los movimientos contra la corrupción, pero a favor de una derecha
autoritaria.48 En Marsella, en octubre, el asesinato del rey Alejandro de Yu­
goslavia por un comando croata.49 En Viena, el levantamiento de la ciudad
Karl-Marx y su represión por un canciller democristiano autoritario.50 En Es­
paña, las violentas campañas electorales contra la izquierda republicana en
el poder, y la organización de manifestaciones que imitaban los ademanes de
las multitudes fascistas.
Feliz en el amor y en la amistad, interesado por mis investigaciones geo­
gráficas, cada vez más tentado por la mirada de la historia, yo observaba,
desde lo alto de mi observatorio barcelonés, esta Europa agitada. Me parecía
percibir bien los peligros de la agitación, pero no era consciente de su dimen­
sión real.’
, Intelectualmente, seguía siendo fiel a lo que yo creía que era mi voca­
ción, el estudio de las relaciones entre el hombre y la tierra y, en especial, del
desarrollo de la capacidad humana para manipular las fuerzas de la naturale­
za. En concreto, tenía en mente un estudio sobre los problemas de la utiliza­
ción del Ebro, a partir de los grandes planes hidráulicos del ingeniero Loren­
zo Pardo y de los esbozos de confederaciones hidrográficas para la regulación
y la utilización de otros grandes ríos.51 Era consciente de sus implicaciones

48. Vilar piensa sobre todo en el 6 de febrero de 1934, día en que tuvo lugar una gran ma­
nifestación en París contra la corrupción, que se convirtió en una manifestación antiparlamentaria
y fue claramente capitalizada por la extrema derecha. El balance fue de 29 muertos. Al día si­
guiente Daladier dimitió y se formó un gobierno (más derechista) llamado de Union Nationale.
49. Vilar ha recordado así el 9 de octubre de 1934: «No encontraba más tranquilizadora,
tres días después, la noticia del asesinato en Marsella del rey Alejandro de Yugoslavia, con la
aparición por primera vez en la prensa, de la palabra “oustachis” y el nombre de Ante Pavelic,
el futuro verdugo de Croacia, quien llegaría a coleccionar en tarros los globos oculares de sus
víctimas» («Quelques pensées sur 1936», en Cinquantenari de la Guerra Civil Espanyola , Cam­
bra de Córner^, Barcelona, 1986, p. 20).
50. «Tenía las mismas razones para inquietarme por ... “las jomadas de Viena”, entre el
11 y el 13 del mismo mes [febrero de 1934], cuando el canciller Dollfuss, socialcristiano, hizo
aplastar, sin duda “en nombre de Dios Todopoderoso” (como luego invocaría en su Constitu­
ción) a los socialdemócratas de la ciudad obrera Karl-Marx, a la espera de ser él mismo liqui­
dado físicamente por los hitlerianos, a los que también creía combatir» («Quelques pensées
sur 1936», p. 19).
51. Vilar habla de este proyecto en el «Prefacio» de Cataluña en la España moderna ,
p. 13, y mucho más extensamente en 1988, en la «Presentación» de un Congreso celebrado en
HISTORIA E IDENTIDAD 119

políticas y sociales. El proyecto había nacido bajo la dictadura de Primo de


Rivera. El gobierno de la República se preguntaba si era oportuno seguir en
ello o si convenía dejar funcionar de forma espontánea el capitalismo. La orga­
nización de la lucha contra la naturaleza, o a favor de la naturaleza, ¿puede
llegar hasta la planificación? Desde hacía tiempo, desde París, me gustaba leer
L ’URSS en construction, una revista magnífica. Demasiado, seguramente, pero
no más deformadora de la realidad que nuestra publicidad cotidiana.

Murcia (cuyas actas se encuentran publicadas con el título Agua y modos de producción , M.“ Te­
resa Pérez Picazo y Guy Lemeunier, eds., Crítica, Barcelona, 1990): «Los precitados problemas,
en su complejidad, me habían interesado hasta tal punto que he conservado durante mucho tiem­
po, entre mis proyectos, el de llevar a cabo un trabajo — se denominaba entonces “la segunda te­
sis”— sobre la utilización de las aguas del Ebro en todas sus formas. Albert Demangeon estaba
totalmente de acuerdo con la idea. Una circunstancia fortuita me animaba a ello: bajo Primo de
Rivera, entre los grandes planes del conde de Guadalhorce figuraban las confederaciones sindi­
cales hidrográficas. Todo el mundo sabía que la del Ebro era la más llena de proyectos, y que
sus publicaciones alcanzaban un volumen considerable, mientras que las demás parecían despe­
gar difícilmente; ignoro si existe un estudio de conjunto sobre este episodio o si se está elabo­
rando actualmente. Siempre refiriéndonos a la del Ebro, se pusieron en funcionamiento numero­
sos órganos de observación, se publicaron series climatológicas, se crearon granjas experimen­
tales en las zonas áridas que se pensaba regar en el futuro y se iniciaron grandes obras públicas
cerca de Reinosa, en las mismas fuentes del río, con el fin de construir un embalse de regula­
ción. Había, pues, materia suficiente para atraer a un geógrafo joven y ardiente. Durante el ve­
rano de 1931, visité los trabajos de la cuenca de Reinosa, en fase de ejecución bajo la dirección
de técnicos alemanes. Pero, sobre todo, fui amablemente recibido por don Manuel Lorenzo Par­
do, lo que constituye uno de mis mejores recuerdos. El hombre era fascinante: se adivinaba en
él la vocación de los grandes constructores, aunque de sus capacidades como técnico temía no
ser buen juez. Sin embargo, me parece que no era un simple soñador, un “proyectista”, sino un
“arbitrista” fuera de su tiempo. De todas formas, el proyecto ya estaba en marcha. Sólo que, des­
de abril, la República había sido proclamada y nadie ignoraba que si las confederaciones se
cuestionaban algún día ante el Parlamento, únicamente se vería en ellas las absurdas pretensio­
nes de la Dictadura, la ocasión de beneficios y de “latisueldos” injustificados. Además, la mayor
parte de dichos organismos eran aún inexistentes y la que funcionaba mejor, la del Ebro, parecía
afectada de megalomanía. La condenación del proyecto, pues, parecía haberse decidido de an­
temano. De todo ello resulta que, al recibirme, don Manuel Lorenzo Pardo más que del porvenir
me hablaba del pasado. Había sido, sinceramente, militante del Partido Socialista, y su héroe, su
santo, era Joaquín Costa. Yo no ignoraba quién era ese personaje histórico, pero no había ima­
ginado el papel que su figura y su obra había podido desempeñar en ciertos espíritus ... En
1931, la contradicción entre el Estado liberal y el Estado-contratista resultó tal y como lo había
previsto Pardo; el ministro Alvaro de Albornoz (pese a ser aragonés... ¿o precisamente por ser­
lo?) fue encargado de hacer la crítica a las confederaciones. Desde luego, todos sus argumentos
no fueron convincentes; por ejemplo, le parecía escandaloso que un ingeniero como don Manuel
tuviera mayor sueldo que un ministro. Ahora bien, los políticos que le siguieron no compartie­
ron sus puntos de vista. Así, el socialista Indalecio Prieto, más “moderno” que su predecesor,
reanudó con nuestro personaje los grandes proyectos hidráulicos: en 1935, un plan (la palabra
estaba entonces a la orden del día) preveía nada menos que la transferencia de las aguas atlánti­
cas a las llanuras sedientas de la España mediterránea ... En 1946, aunque de manera algo rápida,
volví a tomar contacto con un Lorenzo Pardo melancólico y decepcionado. ¡Habían pasado tan­
tas cosas entre 1935 y 1946!» (pp. 11-13).
120 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Desde Francia, mis maestros universitarios, próximos o lejanos, me pe­


dían reflexiones de carácter menos general: artículos sobre el ferrocarril y las
carreteras en España,52 la industria del corcho en Cataluña,53 Barcelona como
ciudad, Barcelona como puerto.54 En alguna ocasión, me encontré en la en­
crucijada de problemas políticos y problemas económicos, problemas france­
ses y problemas barceloneses. Los geógrafos de Toulouse me pidieron que
les describiera Barcelona desde lo alto del Tibidabo. El gran empresario del
transporte marítimo Georges Philippar,55 al frente de una comisión, me pidió
que le informara sobre el puerto de Barcelona, y una comisión parlamentaria
francesa, que vino a visitar este mismo puerto, me permitió disfrutar de algún
espectáculo pintoresco: la rápida dispersión de los parlamentarios ante la no­
ticia de que las tiendas del Puerto vendían Pemod de 45 grados, inexistente en
Francia, o, en el momento de la llegada de la delegación, la cara de estu­
pefacción de algunos amigos catalanes ante la persona que la presidía, el se­
nador Candace, un hombre de un bello color negro.56 Francia había realizado,
en materia colonial, algunos avances, que le habían costado muy poco, pero el
trato entre hombres de razas distintas aún resultaba extraño en Cataluña.
Quiero hacer notar también que no sólo recibía encargos de geógrafos:
también se pusieron en contacto conmigo algunos historiadores. Fue el tiem­
po en que Marc Bloch empezó a escribirme cartas muy amables para que yo
colaborara, desde Barcelona, en los Armales d'Histoire Economique et Socia-
le, que él dirigía junto a Lucien Febvre.57 Mis reflexiones sobre la rabassa

52. «Enquétes contemporaines. Le rail et la route en Espagne: leur role dans le probléme
général des transports en Espagne», Annales d ’Histoire Economique et Sociale, n.° 30 (1934),
pp. 571-580.
53. «L’Espagne et le commerce mondial du liége», Annales de Géographie , vol. XLIII
(1934), pp. 282-298.
54. «Le port de Barcelone», Annales de Géographie , XLIII, n.° 245 (septiembre de 1934),
pp. 489-511. El artículo empieza con una nota donde se informa de que la Comisión de Estudios
de la «Association des grands ports fran9ais» había visitado Barcelona el 1 de julio de 1933 y
que el texto que se reproduce fue presentado a la Asociación en la sesión del 3 de mayo de
1933: «Barcelone», Revue Géographique des Pyrenées et du Sud-Ouest, fascículo 1 (enero
de 1936), pp. 22-33. El mismo año apareció la traducción catalana en el Butlletí del Centre Ex­
cursionista de Catalunya, n.° 498 (noviembre de 1936), pp. 403-414.
55. Georges Philippar (1883-1959) ocupó a lo largo de su vida numerosos cargos relaciona­
dos con la vida marítima: fue presidente de las Sociedades Provenzales de Construcciones Aero­
náuticas y Marítimas, y administrador del Crédit Foncier de Madagascar, de la Compañía Univer­
sal del Canal de Suez y de la Compañía Marítima del África Oriental. De 1928 a 1943 ocupó la
presidencia del Comité Central de los Armadores de Francia.
56. Gratien Candace (1873, Baillif-Guadalupe, 1953). Hijo de propietarios de Guadalupe.
Discípulo de Jaurés en Toulouse, fue diputado socialista por Guadalupe de 1912 a 1937. Fundó
el Institut Colonial Franjáis y se preocupó de temas marítimos. En 1930 había publicado Marine
marchande frangaise et son importance dans la vie nationale. A

57. Lucien Febvre había escrito a Marc Bloch a principios de junio de 1933: «Etard me
dijo anteayer: “En España, pensad en el pequeño Vt/ar, geógrafo, que me ha parecido siem-
HISTORIA E IDENTIDAD 121

morta datan de aquellos años.*58 Empecé a ver con claridad que mis observa­
ciones y mis reflexiones de carácter teórico se hallaban íntimamente relacio­
nadas con el análisis cotidiano de los hechos y las ideas políticas, de modo
que intentaba aprovechar cualquier punto de observación.
El mundo de los archivos y de las bibliotecas nos proporcionaba, natural­
mente, los contactos más familiares, los más cotidianos, y nos permitía dife­
rentes niveles de observación y de reflexión. Digo «nos» porque Gabriela po­
seía, mucho más que yo, el don de animar las conversaciones ante todo tipo
de interlocutores, conocidos o espontáneos, y de arrancar de las personas más
solemnes las confidencias más íntimas. Estoy pensando en Ferran Valls i Ta-
bemer, director del Archivo de la Corona de Aragón, a quien todo el mundo
llamaba don Fernando. Amable y majestuoso a la vez, don Femando era un
personaje importante no sólo como director de la casa y como historiador
del derecho catalán, sino también como miembro de la alta burguesía catala­
na, como persona muy bien relacionada con las jerarquías eclesiásticas y,
finalmente, como hombre comprometido en la política, muy cercano a Fran-
cesc Cambó, en la cúspide de la Lliga Regionalista. En Francia, un hombre
de esta categoría —conocía algunos ejemplos— se habría mostrado altivo y
habría exigido todo un ceremonial a sus interlocutores. Ferran Valls i Taber-
ner no ponía barreras a sus colaboradores ni a jóvenes extranjeros como no­
sotros. Pude sostener con él, de forma improvisada, largas conversaciones en
las que habló de su familia, de sus relaciones con el mundo financiero, del
pasado y del presente de sus intereses, materiales y morales. Con menos fre­
cuencia, pero más de una vez, fuimos invitados a compartir su mesa, y allí
pudimos oírle exponer, espontáneamente, algunas de sus ideas, nada conven­
cionales, que más tarde retuve como históricamente significativas.

pre especialmente vivo”» {Marc Bloch-Lucien Febvre. Corre spondance, Edición establecida,
presentada y anotada por Bertrand Müller, /. La naissance des Annales, 1928-1933, Fayard, Pa­
rís, 1994, p. 383).
58. Las reflexiones de Vilar sobre la rabassa morta se hicieron explícitas con motivo de
una serie de conferencias sobre las variaciones locales del derecho civil catalán que organizó la
Académia de Jurisprudéncia i Legislado de Catalunya. Entre las conferencias había la de An-
guera de Sojo, «Dret especial de la comarca de Vic». Vilar piensa que Anguera de Sojo hace
aportaciones muy interesantes para la interpretación de la Sentencia de Guadalupe (lo manten­
drá al cabo de treinta años en Cataluña en la España moderna) y así lo destaca en el comen-
/

tario en francés «Sur l’histoire sociale de la Catalogne», Annales d'Histoire Economique et So-
ciale, n.° 33 (mayo de 1935), y en castellano en Anuario de Historia del Derecho Español, VII
(1935), pp. 314-318'. El texto es interesante también por los comentarios que Vilar hace sobre el
«movimiento agrario contemporáneo» y las discusiones sobre la ley de contratos de cultivo: «Su
fecha [de las conferencias] ha coincidido con la discusión sobre la ley de contratos agrarios, que
había de oponer el Parlament Catalá al gobierno de Madrid, hecho que muy pronto tendrá con­
secuencias...». Vilar ha explicado que Marc Bloch le hizo llegar una nota que hacía referencia a
este pequeño trabajo (que Vilar había enviado por iniciativa propia a la revista): «Calurosos
agradecimientos, comentarios agudos», en «Emest Labrousse et le savoir historique».
122 PENSAR HISTÓRICAMENTE

De un tipo social muy diferente era Emest Martínez Ferrando, un soltero


un poco encerrado en sí mismo, pero extraordinariamente simpático e intere­
sante. Novelista valenciano, que hablaba y, sobre todo, escribía en valencia­
no, nos reveló la complejidad del hecho catalán en el espacio. Tendría que
asumir la responsabilidad del Archivo de la Corona de Aragón durante la
guerra civil y por esta razón pasaría, después, largas semanas en la cárcel.
Valls i Tabemer utilizó su influencia política y consiguió su liberación. En 1945,
cuando supimos todo esto, intentamos reconstruir sus lógicas históricas y
humanas.59
No pretendo haber conocido, entre 1931 y 1936, a todo el mundo intelec­
tual. Nuestra relación con Ferran Soldevila y con Agustí Duran i Sampere se
iniciaría en una época posterior. Conocí, en cambio, en la Biblioteca de Ca­
talunya, a Jordi Rubio, otro patriarca, de un tipo social muy distinto. Here­
dero de una línea intelectual, pero no de una línea política, se mostraba un
poco altanero y miraba con cierta ironía —y con cierto desprecio— el mun­
do del funcionariado y el personal político sucesivo.
Para prever la violencia de las tempestades políticas que se avecinaban
tendría que haber prestado más atención a los signos de los inconscientes co­
lectivos, profundos. Recuerdo el entierro, en Navidad de 1933, de Francesc
Maciá. Había querido acompañar a mis colegas de la Escola Normal de la Ge-
neralitat, profundamente afectados y conmovidos por el suceso. Francesc
Cambó pasó ante nosotros con un traje negro impecable, muy espectacular.
Había publicado pocos días antes un artículo muy despectivo para todos los
que se dedicaban a la educación básica, que representaban la esperanza ideo­
lógica de la izquierda catalana. Yo sentí, en todos aquellos hombres y mujeres
que me rodeaban, el resentimiento profundo que les llevaba a rebelarse contra
el personaje de Francesc Cambó y contra todos los símbolos sociales que él
encamaba.
Los niveles materiales y los matices psicológicos, muy diversos y nume­
rosos, operan en el seno del conflicto fundamental entre salarios y beneficios,
entre trabajo y capital. Mis lecturas de Marx, a finales de 1933, aún eran en
muchos puntos elementales. No creo que fueran las lecturas de Marx las que
me llevaron a descubrir, al modo de Althusser, el «continente historia». Al
contrario, me dice mi experiencia, fue el descubrimiento del continente his­
toria, y la conciencia de/ vivir en él, lo que me llevó a medir la grandeza del
pensamiento de Marx. Este me hubiera dicho: «Observa a la clase obrera».
¿Lo hice suficientemente? No, sin duda. Y, no obstante, nadie puede dudar de

59. Contrasta esta versión con la que da la Gran Enciclopedia Catalana, donde se dice,
simplemente, que Martínez Ferrando fue director del Archivo de 1940 a 1961. Según la misma
Enciclopedia , Valls i Tabemer, que se había exiliado en Roma durante la guerra y había pasado
al campo franquista, reemprendió la dirección del Archivo a partir de 1939. Valls i Tabemer mu­
rió en 1942.
HISTORIA E IDENTIDAD 123

que la clase obrera desempeñaba, en esta Cataluña de mi juventud, un papel


muy importante. ¿Determinante? No estoy seguro de ello. En todo caso, no
exclusivo. Porque también estaban los campesinos. Y las clases medias. Pero
todos los días, para bien o para mal, oíamos hablar de las huelgas obreras,
comentábamos los manifiestos, veíamos distribuir en la calle los números de
Solidaridad Obrera, la Soli. No era posible en Barcelona subestimar el peso
de un pasado reciente, los recuerdos de muchos sacrificios.
Quise conocer a Ángel Pestaña, una figura histórica, pero la entrevista
que me concedió no superó el puro interés periodístico. Y no era eso lo que
yo deseaba. Solía citarse, ¿pero era auténtica?, una opinión de Lenin sobre
Pestaña: «Excelente militante, pero piensa demasiado en la libertad ... y es
la igualdad lo que importa». El problema es no sacrificar la una a la otra.
Nuestro siglo no ha sabido resolverlo.
Durante mis años s barceloneses, en la década de los treinta, no era preci-
sámente una visita a Angel Pestaña lo que podía representar, para mí, un con­
tacto más directo con la clase obrera catalana. Tengo conciencia de haberla
conocido muy mal. Visité algunas fábricas en compañía de sus dirigentes
económicos. Y esta era sin duda la peor manera de conocer al obrero. Algu­
nas visitas a ateneos obreros me impresionaron profundamente. Recuerdo es­
pecialmente el Ateneo de Igualada. El simple nombre de estas instituciones,
la unión de las dos palabras, ateneo y obrero, me conmovía. La cultura en su
expresión más clásica, junto a la realidad de clase.
Pero esta experiencia, estadísticamente, tampoco representaba a la clase
obrera. Tuve que limitarme a tomar la temperatura de la fiebre social a partir
de los empleados de los autobuses o del tren de Sarria y de las miradas que
intercambiaban con los guardias civiles. No era del todo tranquilizador, los
días de huelga o de amenaza de huelga, descender del tranvía, en la calle
Muntaner, bajo la mirada de los guardias civiles armados con máusers.
Pero si en París, cuando se percibía una agitación social extrema, en la
prensa y en la calle se decía: «los comunistas», en Barcelona se decía:
«la CNT, la FAI». Y, en las ocasiones en que se pensaba en los comunistas,
en Barcelona se pensaba en Joaquín Maurín, en Andreu Nin: es decir, en la
disidencia trotskista.
Me había interesado el pensamiento comunista en París, y empezaba a in­
teresarme lo suficiente, en Barcelona, la cuestión nacional, para resistir la ten­
tación de conocer a Andreu Nin. Lo visité dos veces, y pude conversar con él
larga y cómodamente, como me hubiera gustado hacerlo con Pestaña. Con­
fieso, sin embargo, mi profunda decepción: Nin se limitó a repetir, de mane­
ra bastante escolar, el artículo de Stalin, escrito en 1913, sobre la cuestión
nacional, aunque sin citar la fuente y atacando a su autor. La obra de Maurín
me parecía entonces más sólida.
Me había interesado más, entre enero y abril de 1931, el contacto cotidia­
124 PENSAR HISTÓRICAMENTE

no, en la Residencia d’Estudiants, con dos jóvenes militantes comunistas,


ambos maestros. Uno de ellos acababa de participar, al lado de los militares,
en la rebelión republicana de Jaca, de trágico fin. Se llamaba Enríe Adroher.
El otro era su amigo August Vidal.60 Siempre sentí haberlos perdido de vista
entre 1932 y 1936, y no volví a saber de ellos hasta 1936, en el curso de la
guerra civil. Entonces supe que Vidal militaba en las filas del Partido Comu­
nista, prosoviético, y Adroher en las filas trotskistas, donde dirigió con An-
dreu Nin el intento revolucionario de mayo de 1937. Ello le valdría, según el
tribunal republicano, una condena a quince años de cárcel,61 no la pena de
muerte, como explicó en un artículo necrológico Joan Reventós. Confieso que
la lectura de este artículo, una de las últimas que me permitieron mis ojos
ya ancianos, me inquietó, como signo de las imágenes fijadas, en el espíritu
de algunos hombres de buena voluntad, por la visión trotskista de la guerra de
España. Algunas veces, en el curso de las últimas décadas, he soñado con un
encuentro a tres bandas, como los que teníamos en enero de 1931. Enríe
Adroher, August Vidal y Pierre Vilar. Juntos habríamos realizado un buen
examen de conciencia y de historia. A esta reunión hubiera sido bienvenido un
militante obrero barcelonés, del sindicato de tranvías, que me reconoció en
Moscú en 1967, en el congreso de historiadores sobre la guerra de España.
Me contó su experiencia, también la de la gran guerra, la de Leningrado y la
de Stalingrado. Los horizontes se amplían.
El horizonte barcelonés, sin embargo, se oscureció en 1934. Hubo cam­
bios en la mayoría parlamentaria en Madrid, surgieron dudas sobre la apli­
cación del Estatut. Fueron nombrados ministros algunos diputados conside­
rados monárquicos. Y arriba, como árbitro del poder, Alejandro Lerroux, al
que todos los catalanistas, con razón, consideraban su mayor adversario.

60. August Vidal (Llagostera, 1909-Barcelona, 1976) estuvo exiliado en la URSS y, a su


vuelta, tradujo numerosas obras del ruso al castellano. Enric Adroher (Girona, 1908-Barcelona,
1987) fue conocido como «Gironella» en las filas del POUM. Murió siendo militante del Partit
Socialista de Catalunya.
61. Manuel Cruells explica así el desenlace del juicio: «El fiscal, en sus conclusiones pro­
visionales, calificó los hechos de delitos de espionaje militar amparándose en el artículo 223 del
Código de Justicia Militar, que señala para este delito la pena de muerte. No obstante, en sus
conclusiones definitivas, lamentando que no se hubiese presentado este juicio ante un Consejo
de Guerra, pidió por el crimen de “alta traición” la pena de treinta años de reclusión para “Gor-
kin”, Arquer, Andrade, “Gironella” y Bonet, como miembros del Comité Central del POUM,
cinco años de cárcel para Rebull y absolución para Escuder. Pese a todo, la sentencia pronun­
ciada contra los encartados abandonaba la acusación de espionaje y de alta traición y condena­
ba a Julia Gómez “Gorkin”, Juan Andrade, Enric Adroher “Gironella” y Pere Bonet a quince
años de separación de la comunidad social; condenaba a Jordi Arquer a once años y absolvía a
Josep Escuder y Daniel Rebull. Pese a todo, disolvía el POUM y su filial, la Federación Comu­
nista Ibérica, por el delito de “asociación secreta”» (Elsfets de maig, Barcelona, 1937, Joventut,
Barcelona, 1969, p. 122).
HISTORIA E IDENTIDAD 125

Estas amenazas ¿justificaban una revolución contra la sociedad en Asturias


y una revolución contra el estado en Barcelona? Nada me resulta más de­
sagradable, como historiador, que los juicios a posteriori sobre este o aquel
acontecimiento, sobre esta o aquella revolución. Si ha triunfado, es justifica­
ble; si ha fracasado, es condenable. El problema del historiador es otro: saber
examinar las causas de un fenómeno, en la apreciación de sus circunstancias
y en la observación de sus consecuencias.
Los recuerdos de octubre de 1934 continúan grabados en mi mente entre
los más emotivos y significativos de mi vida, llenos de enseñanzas. No se tra­
ta aquí de reconstruir la historia, sino de revivir algunas impresiones. El día
que precedió a los acontecimientos, oí al director del Instituto Francés, Jean-
Jacques-Achille Bertrand, hacer un pronóstico muy pesimista sobre el rumbo
que tomaban las cosas, y en el tranvía que me llevaba a casa un accidente pa­
reció confirmar este diagnóstico. Un grupo de jóvenes, visiblemente inexper­
tos, ordenaron al chófer y al revisor que dejaran de trabajar. Ellos se negaron
rotundamente: «Hoy —dijo el conductor— sólo los cobardes hacen huelga».
La frase resultaba dura en boca de un probable militante de la CNT para
quien la huelga siempre había sido un acto de valentía. Percibí así que, en el
movimiento que se avecinaba, el elemento social y el elemento nacional no
coincidirían.
En nuestro barrio de Muntaner, muy cerca de la plaza de la Bonanova,
ni lo social ni lo nacional parecían insinuar veleidades revolucionarias. Al
anochecer, tal vez, había un poco más de silencio que de costumbre, y sin
duda mayor tensipn. Durante toda la noche escuchamos la radio. El discurso
de Companys, naturalmente, pero también las llamadas, patéticas, dirigidas
sobre todo a las clases medias y al campesinado. Sólo el sindicalismo de los
dependientes de comercio se comprometió heroicamente. El recurso al fol­
klore, comprendido el folklore religioso, las sardanas y el Virolai a la More-
neta, resultaba emotivo, pero no demasiado combativo. Y no sabíamos cómo
había que interpretar la respuesta del ejército. La rendición de Companys no
nos sorprendió. Antes de ceder al sueño nos preguntamos sobre sus conse­
cuencias políticas. Cuando hubo amanecido, nuestra criada aragonesa fue a
buscar, como siempre, la leche para el desayuno. La esperamos impacientes,
ávidos de saber la opinión de la calle sobre los acontecimientos de la noche.
«¿Qué dicen en la calle?» «Dicen que han ganado los curas.» He relatado en
más de una ocasión esta respuesta ingenua y no dudo en reproducirla aquí
porque la considero una respuesta histórica.62

62. «“Dicen que han ganado los curas.” Tal era pues, para el hombre de la calle, la simpli­
ficación del imaginario. Pero es un imaginario históricamente construido. Y el historiador no
podía sino pensar en seguida: 1835, los amotinados catalanes queman conventos, asesinan mon­
jes, antes de asaltar, en Barcelona, la fábrica mecanizada que amenaza el mercado de trabajo.
¡Extraña amalgama! 1909, se protesta contra la movilización de reservistas para la guerra de
126 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Yo había conocido en Francia, en los años de mi infancia, una época en


la que, generalmente en tiempo de elecciones, el juego político parecía limi­
tarse a un enfrentamiento entre los curas y sus adversarios. En Francia, la
guerra de 1914 había modificado este vocabulario.63 Pero al percibir que, en
España, en la opinión popular, los curas habían ganado contra aquellos que
se habían sublevado cantando a la Moreneta, Gabriela y yo no pudimos evitar
una sonrisa. Habríamos llorado si hubiéramos sabido que cierto día de julio
de 1936 cuando se dijera: «han perdido los curas», muchos de ellos —tam­
bién algunos de los que habían cantado el Virolai— serían asesinados. No me
considero juez de los infiernos. Mi maestro historiador Lucien Febvre me lo
prohibió hace mucho tiempo.64 Pero es importante comprender bien los fenó­
menos colectivos, y saber descubrir sus signos. Las causalidades diabólicas,
las responsabilidades de los cuerpos sociales reconocibles, son factores de la
historia que a veces podrían ser desvelados con una sola palabra.
Tras las emociones de aquella noche, el día no había de ser menos agita­
do. Recibimos, muy de mañana, una llamada telefónica de nuestra vecina y
amiga Pepita Callao. Era madrileña, militante de los movimientos estudianti­
les, amiga de nuestros amigos castellanos y esposa de Antoni María Sbert, mi
antiguo amigo de la Residencia d’Estudiants, entonces personaje importan­
te de la República. Pepita trabajaba, como Gabriela, en el Archivo de la Co­
rona de Aragón. Por la radio las autoridades militares invitaban a todos los
trabajadores a ir a sus lugares de trabajo. No convenía dar la impresión de una

Marruecos, y se acaba incendiando iglesias y desenterrando monjas; aparentemente es incohe­


rente. 1931, poco después de la pacífica proclamación de la República, en Madrid, un incidente
político y periodístico da lugar a una quema de conventos. Es este automatismo lo que resulta
sorprendente. La “causalidad diabólica” creada como una especie de fuerza de la costumbre.
Mosén Sanabre, archivero del arzobispado de Barcelona, gran historiador de las guerras del si­
glo x v i i , intentó establecer el martirologio de los sacerdotes catalanes. Me explicó: “Llego a un
pueblo, pregunto: ¿hubo víctimas en 1936?”. “No, ninguna...” “Así, ¿el cura...?” “Ah, sí, el

cura, claro...” Mosén Sanabre añadía: “¡No servimos ni siquiera como mártires!”. El mismo
había sido detenido por el hecho de ser sacerdote, y amenazado de muerte por un “comité” anar­
quista; mostró su carnet de periodista, diciendo: “He ejercido mi derecho a la libertad de escri­
bir”. ¡Y lo dejaron marchar! En verdad, sin duda habrían podido considerar que sus artículos
eran más nocivos socialmente que su condición de sacerdote. Sin embargo, la sacralización de la
palabra “libertad” se había vuelto contra la condena global dirigida al conjunto de un cuerpo so­
cial», («Clóture du colloque», Lesfrangais et la guerre d'Espagne, p. 421). Más brevemente, Vi-
lar también comenta la frase «Han ganado los curas» en La guerra civil española, Crítica,
Barcelona, 1986, p. 33.
63. Véanse las reflexiones que Vilar hace en «Lo común y lo sagrado», en este mismo li­
bro, pero también en «Estat, Nació, Patria, a Espanya i Fran$a: 1870-1914», L ’Espill (1985), y
en «Recuerdos y reflexiones sobre el oficio de un historiador», Manuscrits, n.° 7 (diciembre de
1988), pp. 9-33.
64. Lucien Febvre, «Contre les juges suppléants de la vallée de Josaphat», Armales d ’His-
toire Sociale, VIII (1945). Reproducido en Combáis pour l'histoire.
HISTORIA E IDENTIDAD 127

huelga. Se habían recibido algunas amenazas. A Gabriela y a mí, como fran­


ceses, no nos concernía aquel llamamiento, pero Pepita nos pidió si podíamos
acompañarla al Archivo. Pensaba que su marido seguramente estaba en la cár­
cel, y no quería, en aquellas circunstancias, complicarle las cosas. Decidimos
acompañarla, descendimos por el barrio atravesando una Barcelona desierta
en la que, aún, el ruido de los fusiles se sentía un poco por todas partes.
En el Archivo iba a recibir otra lección de historia. Don Femando, siem­
pre tan dueño de sí mismo, se hallaba fuera de sí. Nos dijo (no me lo estoy
inventando): «Esta noche ha habido quinientos muertos en la plaza de Sant
Jaume». Nosotros acabábamos de atravesarla. Era imposible, en el poco
tiempo transcurrido, haber hecho desaparecer el rastro de medio millar de
muertos. Durante el día sabríamos que, si bien había habido un cierto número
de víctimas en la ciudad y en Cataluña, en la plaza de Sant Jaume había ha­
bido una sola muerte, por accidente. Yo ya sabía, antes de aquel incidente,
que el historiador necesita someter cualquier testimonio a la más rigurosa crí­
tica, pero pude medir la extraordinaria capacidad de deformación que pueden
provocar las emociones y las pasiones en el espíritu de un hombre cargado de
responsabilidades.
Nuestro regreso, entre el Archivo y el metro, por el barrio de la Mercé,
fue agitado. Fue la primera vez en mi vida que oí silbar algunas balas a mi
alrededor. Los tiros eran disparados por francotiradores escondidos en los te­
jados: la gente los llamaba «pacos». Es un fenómeno curioso esta práctica de
la guerra a título individual. George Orwell la describe en su libro, y él
mismo la practicó en 1937.65 Y hoy es noticia diaria en el Sarajevo ocupado.
Habrá que preguntar a nuestros estudiosos de la prehistoria si la caza fue an­
terior a la guerra.
En mis recuerdos de Barcelona, contrastan los años 1931-1934, hasta oc­
tubre, y el período transcurrido entre octubre de 1934 y julio de 1936, con
una atmósfera siempre cargada de tensiones y represiones. No me parece,
aunque difícilmente puedo fechar todos mis recuerdos, que la vida pública
de Barcelona, la vida comercial, la vida social, sus manifestaciones artísticas
—pienso sobre todo en el Liceo— 66 se vieran profundamente alteradas por el

65. George Orwell, Homenaje a Cataluña, Ariel, Barcelona, 19832, capítulo X.


66. Cuando Vilar dictó estas palabras habían transcurrido pocos días desde el incendio del
Liceo. En el «Discurs de grades» pronunciado en el acto de nombramiento como doctor hono-
ris causa en la Universidad de Barcelona (juntamente con Frederic Mompou y Joan Miró) Vilar
recrea el ambiente musical barcelonés de los primeros años treinta: «¿Cómo podría olvidar el
papel que representó la música, el Liceu, el Palau, el Orfeó Casals, el grupo de Música de Cam­
bra? Tanto como en París — más que en París, quiero decir de una manera más asequible— , Bar­
celona, el punto más alto de una gran tradición, hizo que pudiera embriagarme de Bach, de Wag-
ner, de Falla, de las óperas rusas, revelándome también su propia música, popular o erudita, en
realidad las dos conjuntamente, así en la interpretación como en la creación» (p. 74).
128 PENSAR HISTÓRICAMENTE

cambio de atmósfera política. El poder central ejerció la represión policial


sobre todo en Asturias. Y yo conocía demasiado poco el personal político del
entorno del presidente Companys para compartir las inquietudes familiares
de los encarcelados. Pero la atmósfera se había vuelto cargada y tensa en la
universidad, en el mundo de las bibliotecas y de los archivos. Y mis amigos
más directos no disimulaban su melancolía.
No obstante, tuvimos una alegría. Nuestro amigo don Claudio Sánchez
Albornoz, que en Madrid había perdido toda influencia política, había con­
servado, sin embargo, la suficiente autoridad universitaria para hacer nom­
brar en Barcelona, para una cátedra✓
de historia del derecho, a nuestro amigo
Luis García de Valdeavellano.67 Este fue recibido con frialdad en un campo
científico en el que reinaba Valls i Tabemer. Resultaba a la vez extraño, un
poco triste y muy instructivo, vivir día a día el cruce entre escuelas de
pensamiento histórico, profundas adscripciones políticas, inconscientes so­
ciales e inconscientes nacionales también profundos, en los amigos que
conocíamos bien. Si alguna vez nos atrevíamos a reunirlos, hablaban en
francés —y lo hacían muy bien—, pero aunque afirmaban hacerlo en nues­
tro honor nosotros sabíamos que no era exactamente así.
En julio de 1935, durante nuestras vacaciones en París, tuvimos un hijo.
Decíamos «el primero», ignorábamos que las penas y la guerra —es decir, la se­
paración— lo convertirían en «hijo único». Durante el invierno de 1935-1936,
en Barcelona, su salud nos dio muchos motivos de preocupación, y durante
algún tiempo los asuntos públicos nos parecieron irrelevantes. Pero los pro­
blemas familiares me obligaron a vivir una experiencia inolvidable. El pedia­
tra más moderno de Barcelona mostró la más completa indiferencia ante la
muerte o la supervivencia de un bebé de cuatro meses. Fuimos después a vi­
sitar a un médico de la vieja escuela, que alguien nos había recomendado. Su
diagnóstico fue claro: «Este niño ha tenido problemas en su alimentación
artificial. Si asimila bien la leche de una mujer se salvará». Era necesario,
pues, que yo le encontrase una nodriza. Me dieron una dirección que me
preocupó: estaba en el corazón del barrio Chino. Cuando llegué, me dieron
a elegir entre una decena de pobres mujeres, miserablemente vestidas, todas
ellas gallegas. Me señalaron la que daría más leche, y la condujeron ante mí.
Huí, no pude resistir aquel espectáculo. Así pues, ¿había en España regiones
así especializadas, en las que la pobreza imponía a sus mujeres jóvenes este
medio de vida? Algunas decenas de años después, demógrafos e historiado­
res se volcarán sobre este problema y seguiré con interés sus investigaciones.
Felizmente, aquel día de diciembre de 1935, cuando regresé, bastante deses­

67. Sobre las relaciones entre Vilar y García de Valdeavellano después de 1945, véase
Fabiá Estapé, «Presentado de Pierre Vilar», en el acto de nombramiento de Pierre Vilar como
doctor honoris causa de la Universidad de Barcelona en 1979.
HISTORIA E IDENTIDAD 129

perado, a casa, vi con alegría que el anciano médico nos había enviado a una
joven que acababa de dar a luz en su hospital. También era gallega, pero su
aventura, por clásica —una aventura con un soldado—, era menos deses­
perante. Cuando, después de la primera toma de leche, el buen médico y yo
pesamos al bebé, no conseguíamos hacer una simple resta. Pasada la emo­
ción, y siendo el resultado bueno, nuestra vida permaneció durante un año li­
gada a aquella que llamamos «el ama», a la manera castellana, ya que ella
usaba esta lengua.
Así, este episodio de mi vida, personal, se entrecruzó, una vez más, con
la historia social y nacional de los países que habitábamos y amábamos. Ce­
gados por nuestros problemas familiares, eso pasa a veces, apenas habíamos
observado los cambios profundos de la vida política española y las eleccio­
nes que bruscamente modificarían su rumbo. El primer día que pude aban­
donar a los míos con el espíritu un poco libre coincidió con el regreso a Bar­
celona de los presos políticos liberados. Y pude ver desfilar en la Diagonal,
entre aplausos, los coches del presidente Companys y de sus acompañantes.
En estas ocasiones es difícil reconocer a aquellos a quienes se desea volver
a ver de un modo especial. Yo buscaba sobre todo a quien mejor conocía, al
alcalde de Barcelona, Caries Pi Sunyer, que en 1927 había sido el primero en
iniciarme en las particularidades de la vida económica catalana.68 No habría
de reemprender algunas conversaciones familiares con él hasta mucho más
tarde, cuando lo reencontré en Caracas, donde su mujer y él nos relataron los
días de miseria que habían vivido en Londres durante la guerra mundial.69 La
revancha de julio de 1936, si es que puede dársele este nombre, no sería local
y pasajera. Lo sospeché, pero no supe prever el alcance de la tormenta.
Entre los meses de febrero y junio de 1936 —cuando partimos, por vaca­
ciones, hacia Francia— era posible adivinar, casi diariamente, que las con­
tradicciones intemas de la sociedad eran demasiado profundas para dar cre­
dibilidad a las soluciones pacíficas y democráticas. El tiempo —y, podría
añadir, el clima— implicaba un recurso cotidiano a la violencia. Me acuerdo
de un incidente pintoresco, afortunadamente más cómico que trágico, que
implicó nuestra vida familiar y cotidiana en este clima. Mi mujer tenía la cos­
tumbre, después de su sesión matinal de trabajo en el Archivo, de encontrar­
se con nuestro bebé y su nodriza en la plaza Adriano, en lo alto de la calle
Muntaner, una plaza con espacios ajardinados para niños, siempre ocupada,

68. En el artículo «La vie industrielle dans la région de Barcelone» (de hecho, su trabajo
de maitrise) Vilar manifiesta su agradecimiento a Caries Pi Sunyer, entonces secretario de la
Federació del Textil. En «Recuerdos y reflexiones sobre el oficio de un historiador», reflexiona
sobre el impacto de la lectura de L ’aptitud económica de Catalunya y sobre la personalidad de
Pi Sunyer.
69. Sobre el exilio de Caries Pi Sunyer, puede verse su libro Memóries de l ’exili, 2 vols..
Curial, Barcelona, 1978-1979.
130 PENSAR HISTÓRICAMENTE

siempre ruidosa. Un día encontró a nuestra pintoresca gallega con el bebé,


completamente solos, y en un total silencio. Estupefacta, Gabriela le preguntó
por qué. «Dicen que aquí hay una bomba», dijo la gallega señalándole con el
dedo un gran paquete situado a tres o cuatro metros de su banco. Es fácil ima­
ginar el sobresalto de Gabriela. Felizmente no era una bomba; pero que todo
el mundo hubiese creído que lo era, era lo propio del tiempo.
Algunos días después abandonamos nuestro piso del barrio de la Bona-
nova. Habíamos pasado en él los mejores momentos de nuestra juventud. No
sabíamos que lo estábamos abandonando para siempre. Pero siempre me
acordaría, en los años siguientes, de haber vivido allí, como presagio anun­
ciador del futuro, un instante de profunda inquietud. Teníamos entonces
como vecinos a una pareja alemana, bastante mayor que nosotros, muy dis­
tinguida, y con quien no intercambiábamos, cuando coincidíamos, más que
simples saludos, pero saludos llenos de respeto y simpatía. En mi adolescen­
cia y en mi juventud, por reacción frente a 1914, había sentido mucha sim­
patía por Alemania, la de Goethe y Heine. El día que el dirigible Graf Zep-
pelin, por aquel entonces el no va más de la técnica aérea, y orgullo de Ale­
mania, sobrevoló Barcelona, salimos al balcón. A pocos metros de nosotros,
se hallaba el matrimonio alemán, con lágrimas en los ojos y en posición de
firmes. Me estremecí; la imagen de aquel hombre mayor en postura militar
me recordaba demasiado la de algunos ex combatientes franceses fervorosos
de sus mariscales. Los viejos sentimientos, las viejas identificaciones no ha­
bían desaparecido. Esta inquietud no duró más que un segundo. Algunos años
después demasiadas cosas me la recordarían.
El 14 de julio de 1936 nos encontrábamos en París, en una atmósfera
llena de alegría, celebrando el triunfo del Frente Popular. Nuestra ama galle­
ga, que hasta entonces había encontrado París triste y negro, sintió un entu­
siasmo súbito por la ciudad de los bailes populares del 14 de julio. El 19 de
julio fuimos a visitar a Maurice Legendre, el hispanista que nos había acom­
pañado a Salamanca y a La Alberca. He tenido ocasión de explicar, en mi
pequeño libro sobre la guerra de España, cómo nos enteramos del alzamien­
to del ejército español en Marruecos. Legendre parecía satisfecho, si no en­
cantado, como si se tratara de una operación quirúrgica necesaria. Pronunció
las palabras, sin citar a Joaquín Costa. Pero cuando dijo: «es cosa de tres
días», nuestra gallega se echó a reír de un modo bastante insolente.70 Primi­

70. Reproducimos aquí los primeros párrafos del prólogo del libro La guerra civil espa­
ñola: «El 19 de julio de 1936, cuando me llegó, en Francia, la noticia de la sublevación militar
española, yo pasaba unos días en casa de Maurice Legendre, gran hispanista, a quien mi mujer
y yo debíamos una inolvidable iniciación a Castilla, a Extremadura, al Toledo de Marañón, a la
Salamanca de Unamuno. Sabíamos de su pasión exclusiva por la España católica y tradicional,
de su rechazo instintivo del episodio republicano. Hasta la fecha, entre nosotros, la cuestión no
había rebasado los límites de la amistosa controversia. Sin embargo, ante su evidente satisfac-
HISTORIA E IDENTIDAD 131

tiva y de carácter fuerte, era inteligente y había seguido bien nuestra conver­
sación. Me pareció, en aquel momento, que ella encamaba el sobresalto ins­
tintivo de la España popular. El 18 de julio de 1936 acababa de formarse el
nudo inextricable entre conflictos de comunidades, conflictos de potencias y
conflictos de clases.
En la historia de España —de Cataluña y de Barcelona— la guerra civil
significaba el fracaso de una democracia bienintencionada. ¿Qué combinación
dramática —entre oposiciones de comunidades y oposiciones de clases— ac­
tuó, entre 1930 y 1936, hasta conducir a España a una guerra civil? Temo ha­
ber intentado responder a esta pregunta con muchos detalles personales y con
evocaciones demasiado impresionistas. Pero no se me ha pedido un libro de
historia, sino un libro de recuerdos. Y aquellos tiempos, nunca los olvida­
ríamos. Más aún, creo que fueron años decisivos en la conformación de mi
visión de la historia. Los hechos, y la imagen de los hechos, sólo adquieren
importancia, para el historiador, si son interpretados como signos.

ción por la noticia de la sublevación militar, le objetamos, y esta vez seriamente, que iba a co­
rrer la sangre, quizá mucha sangre. Su respuesta fue: “Si vuestra madre tuviese un cáncer y se
le indicase una operación, ¿dudaríais en aceptarla?”. Cito aquí esta frase porque la imagen que
sugiere y el argumento que implica estuvieron presentes en muchas mentes — y en muchos es­
critos— de las capas altas de la sociedad española que se desgarró en 1936. Para ellas, la expe­
riencia democrática, desde 1931, no era más que una anomalía maligna que debía ser extirpada
quirúrgicamente. Pero quien dice cirugía dice rapidez. Legendre añadió: “Es cosa de tres días”.
En este momento, una carcajada inesperada, insolente, nos sorprendió. Habíamos olvidado la
presencia, a pocos pasos de nosotros, de la nodriza de mi hijo, una gallega analfabeta, totalmen­
te indiferente a la política, que, sin embargo, había seguido nuestra conversación con avidez. Era
la reacción popular instintiva ante el acontecimiento: “¡Ah!, ¿así que creen que van a acabar con
nosotros en tres días? Pues bien, ¡ya lo verán!”. Así se manifestaban, en julio de 1936, las pa­
siones y las ilusiones de clase en los dos extremos de la sociedad española» (pp. 7-8).
Capítulo 4

Intentaré responder a una nueva pregunta: ¿cómo viví, cómo interpreté


los años que separan el Frente Popular francés y los inicios de la guerra de
España del desencadenamiento de la guerra europea? 1936, 1939. El período
es corto, pero rico en episodios y en giros significativos. Muchos eran in­
quietantes, y con inquietud los viví.
Debo añadir que se combinaron con muchas preocupaciones personales
y familiares —que transformaron nuestra vida personal, profesional y co­
tidiana— y con problemas de salud y duelo en la familia y entre los ami­
gos. Felizmente, nada puso en peligro el entendimiento perfecto entre dos
seres. No hablo sólo de las penas y de las alegrías vividas en común, y de las
opiniones compartidas; pienso también en la separación impuesta por las cir­
cunstancias, en las experiencias vividas aisladamente, en la felicidad de des­
cubrir, en cada reencuentro, haber comprendido y haber sido comprendido.
Me gusta decir que toda vida puede ser feliz ya que la mía lo ha sido a pesar
de todo.
En 1936 supimos, antes de que terminara el mes de julio, que pasaríamos
mucho tiempo lejos de nuestra Barcelona querida. No sé qué opción habríamos
elegido si sólo hubiera dependido de nosotros. Probablemente no hubiéra­
mos permitido que nuestro hijito viviera los riesgos de una ciudad en revolu­
ción y en guerra. Pero yo podría haber permanecido allí, y visitar periódica­
mente a mi familia. No tuvimos que planteamos un caso de conciencia: todas
las comisiones, servicios y trabajos franceses en el campo de la cultura y de la
educación fueron inmediatamente suprimidos. No dejé de encontrar inquie­
tante esta decisión. La República francesa, con una mayoría parlamentaria
del Frente Popular, o bien consideraba la República española vecina —que
resistía un golpe de estado— abocada a una rápida derrota, o bien pensaba
que era poco conveniente tener tratos con ella.
No constituía un buen signo, ni para Francia, ni para España, ni para
Europa. Pero hay que recordar que en Francia las huelgas con ocupación de
fábricas del mes de junio habían conseguido que se diera un paso adelante
en favor de la igualdad en el orden social que, si bien había alegrado cier­
HISTORIA E IDENTIDAD 133

tamente a la mayoría popular, había instalado el miedo en el seno de las cla­


ses medias y en muchos centros administrativos y oficiales.1
En Francia yo tenía derecho a un puesto en la enseñanza secundaria, aun­
que el primer año tenía que ser «en provincias». Gaby —a partir de ahora la
llamaré así, porque era su nombre familiar en Francia y en mi interior nunca
la he llamado Gabrielle— tenía menos posibilidades de encontrar un trabajo
acorde con sus títulos. El mundo de los archivos por aquel entonces era aún
muy poco feminista. Afortunadamente, el Frente Popular había nombrado
por primera vez, en el ministerio, a una subsecretaría de Estado para la con­
dición femenina, una mujer muy distinguida, la esposa del filósofo Léon
Brunschvicg, que estuvo muy contenta de poder colocar en los Archives Na-
tionales a una archivera recién regresada de España. Yo fui destinado al lycée
de Sens, a aproximadamente una hora de tren de París. Alquilamos un piso
cuyo balcón daba al Sena y al Jardin des Plaintes. No era un horizonte cual­
quiera; podía suceder dignamente a nuestro horizonte barcelonés.
Pero teníamos una preocupación mayor. Habíamos dejado en nuestro
piso de Barcelona todas nuestras posesiones. Los muebles, los objetos que
con tanto cuidado habíamos elegido, y adquirido, en el viejo barrio barcelo­
nés de anticuarios, entre la catedral y la Boquería, en la calle de la Palla.12
Y, sobre todo, nuestra biblioteca y nuestros documentos, todo lo que había­
mos reunido durante cinco años de investigación y de trabajo. Decidí ir a
buscarlo todo y consulté aquella decisión, en términos de un traslado de do­
micilio, al servicio del Ministerio de Asuntos Exteriores. Me tacharon de loco

1. Vilar ha recordado otras veces el clima de aquellos años en Francia: «Los primeros meses
del Frente Popular, en 1936, habían desencadenado en Francia extraños fenómenos en la psicolo­
gía colectiva: por un lado, esperanzas excesivas, alegrías prematuras, una fe infantil ante las soli­
daridades internacionales; por otro, temor a un peligro revolucionario inmediato, el imaginario de
un complot amenazante: algunos oficiales me explicaron que tenían la orden, si no dormían en el
cuartel el sábado, de tener en su casa una pistola bajo la almohada; ¡la Gran Tarde (le Grand Soir)
podía estallar un fin de semana!» (Plages d'exil, pp. 13-14). Y también ha escrito sobre la reac­
ción de la sociedad francesa ante la guerra de España: «Indudablemente, la reacción primera, ins­
tintiva, ante el 18 de julio, fue en Francia una reacción de clase. Como en todas partes. Pero más
vivamente, ya que Francia acababa de salir de su propia conmoción del mes de junio: una asom­
brosa victoria obrera, que había remontado, con la ocupación pacífica de las empresas, una vic­
toria electoral de alcance inesperado. Reinaba el miedo en las clases conservadoras, el dinero
huía, se escondían las joyas. Las clases populares se preparaban con desbordante alegría para sus
primeras vacaciones pagadas. Desde febrero, con ocasión de la campaña electoral, la referencia a
España había sido continua. Los incidentes españoles habían sido utilizados sin grandes escrúpu­
los. He visto publicadas, en 1936, fotos de la “Semana trágica” como “actualidades”. Y se inven­
taron las palabras “frente crapular”» («A propósito de dos obras recientes. Guerra de España y
opinión internacional: a la búsqueda de un método», Historia 16, 22 (febrero de 1978), p. 127).
2. En la presentación de Plages d ’exil (París, 1989) Vilar comenta también el miedo que
había tenido de perder «las figuras de santos barrocos que con tanta satisfacción habíamos com­
prado, bien en el Rastro madrileño, bien en la calle de la Palla barcelonesa» (p. 14).
134 PENSAR HISTÓRICAMENTE

y declinaron cualquier responsabilidad sobre lo que pudiera sucederme. Supe


más tarde qué cuadros apocalípticos pintaban de España las colonias france­
sas de Madrid y de Barcelona.
Habían declinado toda responsabilidad en caso de desgracia. Pero para
mi gran sorpresa, el día antes de mi partida fui requerido urgentemente por
el ministerio. Una vez allí, me encontré con un representante de la banca
Louis Dreyfus. Yo sabía que este banco controlaba los Riegos de Levante,
empresa de regadío situada en la llanura de Murcia. En caso de sequía, ven­
día el agua muy cara, de manera que no debía de ser muy popular. Se temía,
pues, por la suerte de algunos de sus trabajadores —no por la del personal
francés, bien protegido—, en especial por la de un ingeniero español, presu­
miblemente refugiado en Barcelona. Pero el Consulado General de Barcelo­
na no quería saber nada sobre este caso e incluso había dejado de ponerse al
teléfono. Se me pidió que restableciera el contacto. Así lo prometí, y partí
para Barcelona.3
No puedo recordar sin emocionarme mi llegada a Portbou. Me pareció
entrar en otro mundo. Banderas rojas, banderas negras, banderas de todas las
naciones. La Internacional en todas las gargantas, no como canto de rebe­
lión, sino como canto de victoria, y sin contradicción con La Marsellesa y
Els Segadors. Mientras esperaba las maletas quise mostrar los documentos
justificativos de mi viaje, pero los supervisores apenas los miraron. Yo resi­
día en Barcelona y regresaba a Barcelona, era lo más normal. Aquellos hom­
bres eran, a simple vista, auténticos proletarios. Su falta de precaución ¿no
revelaba cierta imprudencia? Bien es verdad que aquellos que eran llamados
burgueses soñaban con dejar España mucho más que con entrar en el país.
Y tal vez era fácil adivinar en mi rostro que yo no rehusaba la «ilusión líri­
ca».4 En todas las estaciones —Figueres, Girona, Granollers, Monteada— oía

3. Vi lar comenta este episodio (y su desenlace final), así como su interés por el tema en la
«Presentación» del libro Agua y modos de producción , M.a Teresa Pérez Picazo y Guy Lemeu-
nier, eds., Crítica, Barcelona, 1990: «Esta curiosa mezcla de respeto por el capital extranjero y
de hipotético rencor hacia el técnico español, no dejaba de influir en mi análisis de los acon­
tecimientos, pero lo que más me preocupaba era salvar al pobre hombre. Sin embargo, tuve la
extraña sorpresa de escuchar, de la boca del cónsul general, la siguiente respuesta: “No me in­
tereso por las personas que recomiendan los judíos”. ¡A ese nivel se estaba en Francia en ciertos
medios! Pero esa es otra historia. Así pues, busqué ayuda en otra parte y el ingeniero pudo dejar
España. Cuando intenté informarme en la propia casa Louis Dreyfus acerca del funcionamiento
de Riegos de Levante me desanimaron con amabilidad. Pese a ello, hubiera querido saber cómo
y por qué una banca de negocios se había interesado por una empresa de acondicionamiento
fluvial y de regadío. Sus ganancias en este terreno podían ser el origen de la presunta impopu­
laridad que se le atribuía. ¿Pero impopularidad en qué medios? ¿Entre los regantes, o entre la
mano de obra? Desgraciadamente no tuve oportunidad de profundizar en la cuestión, que coin­
cidía con las planteadas por algunas de mis lecturas» (p. 15).
4. «L’Illusion lyrique» es el título de la primera parte de la novela L'Espoir de André Mal-
raux, donde Malraux se esfuerza por recrear un clima de gran esperanza y explosión de la liber­
HISTORIA E IDENTIDAD 135

La Internacional y La Marsellesa. Descubrí a la cabeza de una delegación a


una francesa, la esposa de Rodolfo Llopis, el socialista a quien había oído el
15 de diciembre de 1930 glorificar las escuelas soviéticas en el Ateneo de
Madrid. Como en la vigilia del 14 de abril, había que preguntarse si la «ilu­
sión lírica» iba a favorecer la unidad obrera y la fraternidad internacional. El
espíritu crítico, el espíritu histórico, mantenía sus dudas, pero el corazón que­
ría creer que sí.
En Barcelona tomé un taxi que, contra toda previsión, atravesó la ciudad,
hasta la Bonanova, a una velocidad increíble. No había agentes urbanos en
los cruces, ni semáforos en rojo. La embriaguez de la libertad permitía la
embriaguez de la velocidad. En la puerta de mi casa de la calle Muntaner mi
llegada sorprendió visiblemente a la portera, la Roseta, como era conocida en
el barrio. Era una mujer con mucha personalidad, respetada por todo el mun­
do, que nos había hecho muchos favores y se había mostrado muy compren­
siva durante la enfermedad de nuestro hijo. Para solucionar los pequeños
asuntos de orden material, Gabriela y Roseta se trataban, no diré que de igual
a igual, pero sí de poder a poder. Roseta me puso al corriente, rápidamente, con
absoluta franqueza, de los problemas vividos en la casa. Se había organizado
el exilio del propietario del inmueble, un médico muy rico, muy comprome­
tido con la política de derechas. Roseta había asistido a numerosos registros
en diversos pisos, que me fueron descritos con una finura psicológica que he
echado en falta en muchos historiadores. Era evidente que no estaba en el ban­
do revolucionario, pero no ignoraba las responsabilidades de los que habían
desencadenado los acontecimientos. Nada de pasión ciega, si no buena capa­
cidad de reflexión. Al lado de Roseta, había un marido tembloroso que apenas
articulaba palabra, y dos hijos que calculaban sus beneficios sobre la reventa
de algunas imágenes de santos y otras piezas escondidas en los garajes. Tres
reacciones características de ciertos medios populares —no digo proleta­
rios— en caso de revolución o, naturalmente, de contrarrevolución.
Roseta me dijo: «Su piso no corre ningún peligro, se halla bajo garantía
consular». La frase me recordó que debía una visita rápida al Consulado. El
cónsul general de Francia, a quien no conocía —ya que jamás se había inte­
resado por los problemas culturales— me recibió, de entrada, cordialmente,
pero cuando le expuse los motivos de mi visita y la petición del ministerio en
relación con el ingeniero de la casa Louis Dreyfus, me interrumpió brusca­
mente: «No me intereso por las personas que recomiendan los judíos». Debe­
ría haberme sobresaltado, escandalizado, debería haber telefoneado a París. Es
lo que habría hecho algunos meses más tarde. En agosto de 1936 conocíamos
muy mal lo que estaba sucediendo en Berlín y no podíamos prever lo que

tad. La expresión «ilusión lírica» se hizo popular en Francia. Raymond Aron titula el capítulo
— referente a la inmediata posguerra— de sus Mémoires: «L’Illusion sans lyrisme».
136 PENSAR HISTÓRICAMENTE

sucedería en Auschwitz. El antisemitismo de aquel diplomático me pareció


más ridículo que peligroso; sólo vi en él una secuela del racismo que había
estado de moda en las facultades de Derecho de mis tiempos de estudiante.
Pero aquel hombre permaneció en su puesto hasta 1944.5 Es fácil adivinar
qué papel pudo desempeñar en él. En 1936 el tráfico de visados de salida ya
era escandaloso. ¡Y Francia se enorgullece de haber salvado miles de vidas!
En la Rambla, la multitud era tan densa como siempre, pero iba vesti­
da de un modo extraño. Reconocí a uno de los miembros más ricos de la
colonia francesa, director de una gran compañía de seguros, vestido como
un proletario, sin ninguna posibilidad de que se le tomara por tal. En cambio,
mi viejo amigo el geógrafo Pau Vila, libertario de toda la vida, parecía más
cuidadoso que nunca de su sombrero y su corbata, accesorios que todo el
mundo se había creído en el deber de abandonar. Pau Vila me contó que
había recibido del geógrafo francés Emmanuel de Martonne una carta muy
desagradable en la que le responsabilizaba del hecho de que algunos univer­
sitarios franceses hubiesen gastado su dinero en un proyecto de excursión co­
lectiva a Cataluña que los acontecimientos habían frustrado. Pau Vila le había
respondido: «Si os creéis con derecho a una indemnización, escribid al ge­
neral Franco». Este era el problema.
Mis amigos más próximos, que no habían querido ni la revolución ni la
guerra, sabían que la responsabilidad última era de los militares y no podían
desear, conociendo las consecuencias que podían derivarse de ella, su victoria.
Estaba pensando en esto, cuando vi a alguien avanzar hacia mí con las manos
tendidas. Un proletario muy bien caracterizado esta vez; aunque lo reconocí
inmediatamente, de modo que exclamé imprudentemente: «¡Mosén Tarré!».
¡Qué error! Aún no había tomado conciencia de que reconocer a un eclesiás­
tico en Barcelona, aquellos días, podía significar conducirle a la muerte. Afor­
tunadamente, nadie me oyó y la conversación continuó en voz baja.
Ha llegado el momento de hablar de este hombre.6 Mosén Tarré era co­
nocido en París desde hacía muchos años en el medio de la École des Char-
tes, donde él había estudiado durante años. Hacía mucho tiempo, pues, que
Gaby lo conocía, y yo mismo, a principios de los años treinta, había traba­
do amistad con él a partir de una situación bastante divertida. Un día, en uno
de los pequeños círculos intelectuales que se reunían alrededor de Miquel

5. En el Seminario del Institut d’Histoire du Temps Présent, Vilar da algún detalle más so­
bre el personaje: «En los años cuarenta se mostró tan colaborador, tan antisemita, tan filonazi
que hubo que destituirlo».
6. Joan Tarré i Sans (Canet de Mar, 1882-París, 1969). Estudió en el seminario de Gerona
y fue ordenado sacerdote en 1916. Más tarde viajó a París y estudió en la École des Chartes. Su
tesis Les sources de la législation ecclésiastique dans la Provinee Tarraconaise depuis les ori­
gines jusqu'á Gratien permaneció inédita. En París fue también sacerdote de un orfanato y
bibliotecario del Institut Catholique de París.
HISTORIA E IDENTIDAD 137

Ferrá, mosén Tarré, que no me conocía, explicó, con su tono vehemente, que
«por fin, en el extranjero, alguien se había interesado por Cataluña», e hizo
saber a su auditorio que un joven geógrafo francés acababa de publicar en una
revista de París un artículo sobre la Cataluña industrial.7 Entre sus oyentes,
los que ya me conocían se sonreían y mosén Tarré y yo fuimos presentados.
Nuestra amistad nació en aquel mismo instante.
Mosén Tarré era hijo de una familia acomodada de Sant Pol de Mar, dos
de cuyos hijos habían seguido la vocación eclesiástica. Eso resultaba raro para
un francés. El hermano de mosén Tarré era bastante conocido en el mundo de
la Iglesia.8 El, que no había optado por ninguna congregación ni tampoco ha­
bía querido servir en una parroquia, era el intelectual por excelencia, el car-
tista siempre inmerso en los documentos. Se interesaba por la historia de los
concilios, y se había propuesto visitar todas las ciudades donde se hubiese
celebrado alguno. Pero, por encima de todo, amaba su Cataluña. Estudiaba
minuciosamente los límites de los obispados catalanes. Para vivir, se conten­
taba con muy poco, una beca de estudios por aquí, un secretariado por allá,
una capellanía en un convento. Como secretario del cardenal Baudrillart ha­
bía viajado a América Latina. Era imposible aburrirse con él. El día que
supo, por casualidad, que Gaby y yo partíamos a París para casamos, se pre­
sentó de pronto en la estación: «No hay nada que discutir: os caso yo», nos
dijo. Y, efectivamente, nos casó en una parroquia de Passy. En el sermón,
pronunciado en una mezcla de francés y catalán muy poco comprensible,
alternó alusiones emditas al mundo de chartes con alusiones modernas al
mundo de la geografía. Gaby sufrió un ataque de risa irreprimible, loca. No
era extraño en ella, pero yo era el único que lo sabía. Afortunadamente dába­
mos la espalda al público, y todos creyeron que se trataba de sollozos provo­
cados por un sermón emotivo.
¿Es necesario decir que aquellos días de agosto de 1936 puse mi piso a
disposición de mosén Tarré? La Roseta, que ya lo conocía, no se había atre­
vido a hacerlo en mi ausencia, y lo lamenté. Se instaló conmigo, sabiendo que
yo no permanecería en el piso más de dos semanas. Unos amigos, me expli­
có, podían ayudarlo a salir del país, pero él sólo quería salvarse con su her­
mano. Ambos atravesarían la frontera poco después de mi partida. Durante
su estancia en mi casa había seguido con pasión todas las noticias relativas a
la persecución de sacerdotes. Pero, en mis mapas de España, había clavado
pequeñas banderas que decían «no pasarán».

7. Se refería al artículo «La vie industrielle dans la région de Barcelona», Armales de Géo-
graphie , vol. XXXVIII, n ° 214 (1929), pp. 339-365.
8. Josep Tarré i Sans (1884-Vilassar de Mar, 1957). Dirigió La hormiga de Oro y la Fulla
Dominical de la diócesis barcelonesa (1907-1913), y fue redactor de Vida Cristiana. Tiene mu­
chas publicaciones sobre historia de la liturgia. Publicó una nueva versión de los Evangelis
(1926), el Missal roma (1926-1927), en dos volúmenes, y diversos estudios lulianos.
138 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Unas semanas después de mi regreso a París, recibí una invitación: el


abbé Tarré iba a hablar de la situación en Cataluña ante la Société des Anti-
quaires de France, una asociación de viejos eruditos reaccionarios, encerrada
en sí misma. El discurso de mosén Tarré no fue mucho más comprensible
que el sermón de nuestra boda, pero sí lo bastante para que, al cabo de poco
rato, mi vecino se inclinase hacia mí y me susurrase: «Pero, aquí hay un
error, ¡este hombre está en el lado malo!». El lado malo era la República y
Cataluña.9
Más tarde, durante la ocupación alemana, mosén Tarré no dejaría de llevar
siempre que pudiera a Gaby y a Jean todas las zanahorias y los puerros que
podía conseguir de las hermanas religiosas con las que vivía. Era como una
fábula de La Fontaine, el episodio de la ayuda del ciego al paralítico. Por eso
resultaba más emotivo. Y jamás, mientras vivió, mosén Tarré dejó de apa­
recer de vez en cuanto en mi biblioteca para comprobar en la geografía
de Carreras Candi este o aquel detalle sobre determinada parroquia. Ha sido
para mí un testigo de todos los momentos. Testigo erudito, naíf, de la tragedia
religiosa —«han perdido o han ganado los curas»— y de la identidad cata­
lana. Los testigos atípicos, por poco que perturben nuestra sensibilidad pro­
funda, pueden revelar muchas cosas.
Nuevamente instalado en París, frente a la esclusa donde el canal Saint
Martin alcanza el Sena, yo aún no sabía que iba a convertirme, para toda la
vida, en un parisiense de la Bastilla. No era la peor manera de vivir en París.
Nuestros primeros meses, entre octubre de 1936 y abril de 1937, fueron bas­
tante difíciles desde el punto de vista material, pero felices desde el punto de
vista moral, porque reencontramos a nuestros amigos parisinos, a nuestros
compañeros de estudios. Nuestro hijo iba a cumplir su segundo año y tenía
buena salud; lo cuidaba, durante nuestras ausencias, una vienesa muy distin­
guida, muy moderna, que interpretaba el papel de sirena en las transparentes
piscinas de un centro de cultura alemán. Cometimos el error de no tomarnos
en serio algunas de sus afirmaciones racistas, que considerábamos infantiles.
De hecho, todo en ella anunciaba el Anschluss.

9. Vilar había recordado ya esta conferencia en estos términos: «Al acabarse su conferencia,
mi vecino, un señor de avanzada edad, inclinándose hacia mí, me susurró: “¿He comprendido
bien? Me parece que está del lado de los m alos...”. Y, efectivamente, mosén Tarré se situaba
“del lado de los malos”. Republicano y catalanista de siempre, fue fiel a sus convicciones hasta
su muerte. Pero aquel día los que le escuchaban se aprovecharon de que su francés no era muy
claro para desentenderse. Les resultaba increíble que un sacerdote fuese “del lado malo”. De ahí
que, entre el canónigo Onaindía, que había vivido lo de Guemica y Bolín, que lo había negado ,
tantos católicos se inclinaran por Bolín. La masa de la gente espontáneamente, de manera irra­
cional. Los “directores de la orquesta” con perfecta conciencia de sus mentiras. Pero quizá con
buena conciencia. Defendían la visión del mundo de su clase. Pero se creían del bando de Dios»
(«Guerra de España y opinión internacional», p. 128).

t
HISTORIA E IDENTIDAD 139

Mi amigo Boivin se sentía feliz de poder compartir con nosotros su entu­


siasmo como reformador del sistema educativo junto al ministro Jean Zay,
futura víctima de los colaboracionistas de la ocupación alemana. Yo hacía
todo lo posible para que Boivin se diera cuenta de las dimensiones de la
guerra en España y de la necesidad de ayudar a nuestros verdaderos amigos,
pero desde hacía tiempo él nos consideraba afectados de «hispanomanía».10
En el tren que me conducía al lycée de Sens, me encontré varias veces
con Robert Brasillach, que hacía el mismo trayecto. En 1928-1929 había­
mos coincidido en la Ecole Nórmale, pero nos conocíamos muy poco. Com­
partía con él el entusiasmo por el cine, pero él preparaba ya, con la soberbia
tranquilidad del descubridor, un libro sobre la guerra de España. Sus héroes
eran los cadetes del Alcázar. Hablando del bombardeo de Guemica me dijo
que, naturalmente, había sido obra de los rojos. Aunque yo no podía imagi­
nar entonces a qué triste fin le conducirían estas certidumbres, este orgullo,
esta sed de poder y de notoriedad, puedo decir que no me sorprendió.
Pero entre mi cónsul barcelonés, mi canguro vienesa y Robert Brasillach,
no supe establecer las conexiones que me hubieran permitido detectar los
síntomas de una epidemia. Era importante saber advertir, en gente tan di­
versa, sus orígenes comunes.
El verano de 1937 empezó bien para nosotros. La reducida familia Vilar
pudo pasar dos semanas frente al Montblanc, en la alta montaña. Después, la
familia de Gaby tomó a su cargo al pequeño Jean y nosotros dos pudimos
permitimos un viaje a Italia. Soñábamos con él desde hacía tiempo. Venecia,
Ravena, Florencia, Pisa: la realidad no nos decepcionó. Italia nos conquistó
para toda la vida. Me refiero al paisaje y el arte italianos. Pero algunos sig­
nos del momento histórico nos llamaron especialmente la atención. Por
ejemplo, la altivez y la vulgaridad mostradas en los lugares públicos por los
jóvenes «camisas negras». Y también un incidente de tipo cotidiano. En el

10. La trayectoria ideológica de Pierre Boivin en los años treinta es objeto de análisis y de
discusión en Génération intellectuelle (pp. 570-574). En 1936 Boivin, del grupo Révolution
Constructive, se encontraba claramente alineado en las posiciones «pacifistas» y era favorable a
las posiciones del Comité de Vigilance des Intellectuels Antifascistes — del que se habían des­
marcado ya los comunistas— , que proponía una vigilancia exclusivamente «interna» — sin con­
ceder importancia a lo que pudiese hacer Hitler, por ejemplo— del problema fascista. Este era
el argumento principal de un texto pacifista de Boivin, escrito en abril de 1936, que fue publi­
cado postumamente en 1938 en el libro Choix d'Écrits, que recogía artículos suyos y artículos
que le recordaban (hay uno de Vilar que recuerda la época común «Á l’École Nórmale»). Le-
franc, que presentó la edición del libro, intentó justificar la publicación de aquel texto con estas
palabras: «El desencadenamiento de la guerra civil en España le había trastornado profunda­
mente; no lo disimulaba en agosto de 1936. Pero la evolución misma de la crisis española había
contribuido a hacerle volver a su posición anterior; los que más le conocían desde este punto de
vista pueden dar testimonio de ello». Pero el mismo Lefranc, en 1982, se pregunta: «¿Qué habría
pensado, qué habría dicho [Boivin] ante los sucesos que seguirían a su muerte?».
*
140 PENSAR HISTÓRICAMENTE

vaporetto de los grandes canales de Venecia, vi y oí a un niño de unos diez


años indicar a su hermano pequeño, sobre un mapa escolar, el Imperio ro­
mano: «Mira, todo esto ha sido nuestro. Es, pues, para nosotros (a noi)». No
deseé ningún mal a aquel muchacho, pero aquel «nosotros» me inquietó, y
aún más el «para nosotros», que significaba el paso de la identificación a la
posesión. Este vocabulario resulta inquietante incluso en el ámbito familiar.
En el nivel de las naciones, de la soberanía y de los medios militares, no hay
peor cosa que el a noi.
Encontrándome solo en París, algunos días después de aquel viaje, recibí
una noticia terrible. Murió mi amigo Pierre Boivin. Había sido operado aquel
mes de marzo. Nos habíamos dicho: «Tal vez sea cáncer», pero queríamos
creer que no. Y, bruscamente, el mal se generalizó. Yo quería mucho a la fa­
milia Boivin. La abuela, representante de una vieja línea republicana; el pa­
dre, de un socialismo virgiliano; la madre, digna traductora de Thomas Hardy;
Chenia, extranjera conquistadora y finalmente conquistada, y el niño de seis
años. Hacía doce años que Boivin me había enseñado su fórmula preferida:
ante cualquier circunstancia rara y divertida, decía, simplemente, «la vida es
bella». Treinta años más tarde, después de tantos dramas en el mundo, habría
aún ocasiones, en compañía de Chenia, de subrayar algunas situaciones de la
vida diciendo: «Pierre habría dicho la vida es bella». Así —el mérito era
suyo— conseguíamos que reviviera entre nosotros.
El entierro de Pierre Boivin, en el cementerio de Montpamasse, introdujo
nuevos matices en mi tristeza. Su amigo, el ministro Jean Zay, dijo algunas
palabras

sinceras y breves. Pero Georges Lefranc, nuestro camarada de la
Ecole Nórmale, pronunció un largo discurso doctrinario y pretencioso, en el
que no disimuló las ganas de capitalizar los méritos, intelectuales y morales
de Boivin en beneficio, ya no de un partido, sino de una tendencia dentro de
un partido. Yo conocía bien esa tendencia: anticomunismo, sindicalismo re­
formista, pacifismo a cualquier precio, incluso frente a Hitler. Esa tentación,
cinco años más tarde, habría de situar a Lefranc durante un tiempo cerca
de Pétain, al lado de Brasillach.11 En aquella triste ocasión el tono de Lefranc1

11. «L’affaire Lefranc» es extensamente comentado y analizado por Sirinelli (de hecho,
después de Alain, Lefranc es el personaje que más atención recibe a lo largo del libro, por delante
incluso de Sartre). Bajo el título «Georges Lefranc en 1944-1945: un “hiver glacial”» (Généra -
tion intellectuelle, pp. 574-585), Sirinelli reproduce diferentes testimonios (entre ellos, entrevis­
tas con el mismo Lefranc y el manuscrito L ’Affaire Lefranc escrito por el mismo protagonista)
sobre la acusación de «colaboracionista» de que fue objeto al acabar la segunda guerra mundial
y que le valió seis meses de reclusión, y la prohibición — dictada por una comisión académica—
de enseñar — en cualquier tipo de establecimiento— durante cinco años, a pesar de que el tribu­
nal de justicia había dicho, en marzo de aquel año, que no había encontrado en sus escritos in­
dicios de propaganda alemana. Los cinco años de «indignidad nacional» fueron reducidos por el
presidente Vincent Auriol, y en 1948 Lefranc reemprendió sus tareas docentes en un centro pri­
vado. Las acusaciones a Lefranc se basaban en los escritos publicados durante la ocupación en
HISTORIA E IDENTIDAD 141

me molestó especialmente. Es muy posible que el mismo Jean Zay también


se sintiera incómodo. Chenia adivinó mi irritación, porque al despedirme se
lanzó a mis brazos diciéndome: «Pierre, ¡tú eras su verdadero amigo!». El
instinto femenino había percibido con claridad el peligro de las ambiciones
partidistas.
Tres años fueron suficientes, entre aquel verano de 1937 y el de 1940, para
conducir a Francia hacia la derrota, y a la comunidad judía hacia Auschwitz.
Esta marcha hacia la guerra y hacia la derrota estuvo acompañada en mi caso
—quiero decir en mi entorno familiar— de enfermedades y de penas. No es­
toy seguro de poder reconstruir su calendario exacto. Nuestro hijo nos dio
nuevas preocupaciones: una pequeña operación, infección y osteomielitis;
temíamos lo peor. Del mismo modo que en Barcelona, vivimos la experiencia
de dos actitudes médicas: un gran médico, o un futuro gran médico, después de
la consulta, nos anunció que no había ninguna esperanza; otro médico, que
había de convertirse en un gran amigo, se propuso salvar al niño. Asistí a la
mayor experiencia científica y médica que me ha tocado vivir: ver introducir
en el cuerpo de mi hijo los primeros antibióticos químicos puestos en circula­
ción por el Instituto Pasteur.
El niño se salvó, pero la madre casi había agotado todas sus fuerzas. Las
penas no habían terminado. Pocos días después, Gaby perdería a su padre, que
vivía en Burdeos. Las exequias se celebraron en el País Vasco y aquella fue la
primera ocasión, triste, de ver este país, que tanto había amado Gaby duran­
te su infancia, pero que no había visitado desde 1929. Recuerdo que hacía
mucho frío en el cementerio del pueblo. Decidimos que mi suegra, triste y
también enferma, vendría a vivir con nosotros.
Entonces yo enseñaba en un lycée de París. En nuestra casa, cuando pare­
cía que las convalecencias habían sucedido a las enfermedades, de nuevo las
enfermedades tomaban el relevo de las convalecencias. Nuestro médico exigió
muy pronto que el niño y su madre abandonasen París para una estancia larga
en el campo. A principios de 1938 algunos amigos de la familia, que vivían en
Céret, la pequeña población catalana, nos encontraron un refugio en los anexos
de una casa de campo. Gaby y el niño vivieron allí hasta junio de 1938, y todos
los viernes yo iba a reunirme con ellos para pasar juntos el fin de semana. No
éramos infelices. Gaby, que había conseguido un permiso de trabajo de larga
duración por amenaza de enfermedad pulmonar, había reencontrado el cielo
catalán. Mi trabajo de investigación histórica se hallaba prácticamente parado,
pero me dedicaba satisfactoriamente a mi labor docente. Y vivía con intensidad,
o más bien con angustia, los acontecimientos políticos franceses y europeos.

los diarios L ’Oeuvre de Marcel Déat y Le Rouge et le Bleu de Charles Spinasse. Sirinelli coin­
cide con Vilar cuando destaca como elementos que pueden explicar el itinerario de Lefranc —y
de otros sindicalistas— su pacifismo y su anticomunismo.
:
142 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Me parece haber contado más de una vez la extraña experiencia que nos re­
portó nuestra vida en Céret. Una experiencia marginal de la guerra en Cataluña.
Desde Céret oíamos los bombardeos del otro lado de la frontera. Pero nuestros
vecinos labradores, aunque eran buenos catalanes, se preocupaban sobre todo
del precio de las cerezas en el mercado de París.12 Los gendarmes franceses
querían saber —aunque fuera interrogando a nuestro pequeño, que aún no
había

cumplido los tres años— por qué iba yo a Céret cada fin de semana.
Eramos sospechosos, eso era evidente, porque leíamos la prensa comunista y
republicana, y no la de Action Fransaise.13No digo que toda la administración
francesa, o que toda la prensa francesa, fueran hostiles a la España republica­
na. Pero sí que lo era la gran prensa. Y una parte activa de la administración,
sobre todo de la policía, actuaba espontáneamente, por una especie de reflejo
profundo, contra el bando republicano español. Eliminaban, la mayoría de las
veces por simple ignorancia, todos los matices. Comunismo, anarquismo, de­
mocracia; todo era malo. Así de simple.14 Quisiera remitir aquí a lo que dije
en el congreso de Perpiñán sobre la retirada republicana.15

12. «En Céret, nuestros vecinos campesinos, a pesar de ser catalanes, sentían caer las
bombas sobre Figueres con una indiferencia total; su gran preocupación era el precio de las ce­
rezas en el mercado de París. Se comprende así por qué, ante el éxodo de 1939, el municipio de
Argeles pensaría sobre todo en la obtención de una indemnización por los daños sufridos, y tam­
bién que, al llegar el otoño, más de un viticultor de nuestro Midi soñase con la posibilidad de
encontrar en los campos españoles una mano de obra poco exigente para la vendimia» {Plages
d ’exil, p. 15).
13. «Cada sábado me iba a Céret, con una maleta llena de libros para el trabajo, de revis­
tas y de periódicos para distraemos e informamos, de juguetes y golosinas para mi hijo (tenía dos
años). Un día, mi mujer me explicó riendo: “siento como si estuviera bajo vigilancia’’. Y algunos
días más tarde, en efecto, sorprendió a dos gendarmes interrogando al pequeño: “¿Qué lleva en
su maleta tu papá, los sábados?”. La respuesta, naturalmente, fue: “¡confituras!”. El episodio nos
divirtió. En realidad, se trataba de un signo inquietante. ¿Por qué resultábamos sospechosos?
Porque sabían que éramos lectores de Regarás, del Canard, de L'Humanité, y no de Je suis pa-
rout de Gringoire» (Plages d ’exil, p. 15).
14. Vilar había llevado esta reflexión un poco más allá en 1939, con motivo de una inves­
tigación bibliográfica en la Bibliothéque Nationale de París: «¿Por qué, en el catálogo de la Bi-
bliothéque Nationale, cualquier cosa publicada por los amigos de la España republicana figura
bajo la rúbrica “intervención comunista”? La palabra no quiere decir nada, y aún menos la cla­
sificación. Pero estos folletos, justamente, denuncian las intervenciones extranjeras fascistas.
Si hay mala voluntad, ha estado mal inspirada. Seguramente se trata tan sólo de un triste hábito
de espíritu. Pero el abuso del lenguaje, sistematizado por la prensa, ¿será adoptado también por
nuestras instituciones científicas?» (Nota introductoria al artículo «Histoires d’Espagne», La
Pensée (1939), p. 117).
15. «Clóture du colloque», Les Franjáis et la guerre d ’Espagne. Actes du Colloque de
Perpignan , J. Sagnes y S. Caucanas, eds., CREPF, 1990. Hay traducción al catalán en P. Vilar,
L ’historiador i les guerres, Eumo, Vic, 1991, pp. 85-109. «Los problemas de la acogida reser­
vada por la población de los Pirineos Orientales a los refugiados llegados en masa en enero-fe­
brero de 1939 son también complejos. Me conmovieron mucho, recientemente, en París, con
ocasión de la presentación de Plages d ’exil, algunos gritos de dolor que el recuerdo de la “reti-
HISTORIA E IDENTIDAD 143

Me preocupa especialmente, estos días [mayo de 1994], la comparación


que a veces oigo establecer entre los problemas yugoslavos de hoy, en los que
las organizaciones internacionales se revelan impotentes, y el Comité de No
Intervención en la guerra civil española de 1936-1939. Quisiera recordar que,
en aquellas fechas, el Comité de No Intervención era ridiculizado no porque
no interviniese, sino porque intervenía. Aviones militares alemanes, aviones
militares soviéticos, aviones militares italianos, efectivos militares con unifor­
me del ejército italiano. Lo absurdo era ignorarlo. En Vemet-les-Bains, donde
pasamos el verano de 1938, me parecía que los observadores del Comité de
No Intervención, con sus uniformes, constituían —aunque fuesen escandina­
vos— un insulto a los muertos de Barcelona y Granollers.
En París había reencontrado a Jean Cassou y a Marcel Bataillon en el
Comité Cervantes de ayuda a los intelectuales españoles. Habíamos reci­
bido algunos delegados, como el lingüista Navarro Tomás.16 Don Claudio
Sánchez Albornoz, con quien manteníamos relaciones personales, realizaba
a menudo el viaje entre Burdeos, París y Valencia. Conocíamos las dificul­
tades del gobierno republicano y no nos hacíamos demasiadas ilusiones
sobre sus posibilidades de victoria. Pero pensábamos que la situación in­
ternacional podía cambiar. Las democracias podían tomar conciencia del pe­
ligro. Pero sus gobiernos, inspirados por estados mayores diplomáticos y
militares, instintivamente hostiles a todo aquello que sugiriese la palabra
«revolución», sólo aspiraban al compromiso, a cualquier precio, con el eje
Roma-Berlín.
Fue en estas circunstancias, durante los años 1938 y 1939, cuando yo me
sentí más cercano a las posiciones del Partido Comunista. Cuando digo a sus
posiciones, quiero decir a las posiciones que reflejaba su prensa, y me refie­
ro sobre todo a sus posiciones en política exterior. Sigo pensando que había

rada” había despertado. Aquí las intervenciones más emotivas han sido las de los testimonios
que nos han dicho: “Yo tenía siete años...”; “Yo tenía diez años...”. Pero tal vez me impresionó
aún más el testimonio de Jacques Saquer que, adolescente, sin encontrarse en el lado de los refu­
giados, descubrió, en su pueblo-frontera, la fraternidad que lo unía al flujo inesperado de venci­
dos. Una parte de la “juventud” de este pueblo sintió sobre todo la frustración de la esperada fies­
ta del Carnaval, e incluso quería mantenerla; el joven sintió vergüenza. Esto no es una anécdota.
Aquí existe un problema, que planteé en Plages d ’exil, y que había descubierto, en 1938, en
Céret, en Vemet-les-Bains, donde mi mujer y mi hijo pasaron largas temporadas por motivos
de salud. Pude constatar, en el seno de la población de los Pirineos Orientales, algunos signos
no tanto, tal vez, de indiferencia, sino más bien de ignorancia ante lo que pasaba al otro lado de
la frontera. Como si esta “frontera” separase el mundo en compartimientos tan impermeables
que lo que pasaba en un lado no implicaba nada para quien se encontraba en el otro. Fue el
carácter masivo del “refugio”, en enero-febrero de 1939, lo que reveló a los franceses, próximos
o lejanos, la profundidad del drama español» (p. 423).
16. Tomás Navarro Tomás (La Roda, La Mancha, 1884-Northampton, Massachusetts, 1979),
discípulo de Menéndez Pidal. Miembro de la Academia Española desde 1935.
144 PENSAR HISTÓRICAMENTE

entonces en Francia un gran periodista, un gran editorialista y especialista en


política extranjera, que se llamaba Gabriel Péri. Sus artículos justificaban, por
sí solos, la compra diaria de L'Humanité, el órgano del partido que me había
tentado desde mi juventud.17
Algunos me preguntaban entonces, y de hecho todavía ahora es una pre­
gunta que a menudo se me hace, por qué no me afilié al partido, por qué no
milité.18 Es posible que fuese debido a la conciencia vagamente sentida,
cuyos orígenes ya he explicado, de la imposibilidad de llevar una vida fami­
liar, una vida profesional y una vida militante a la vez. Pero aún había otro
factor: mi temperamento y mi personalidad —en el supuesto de elegir la vida
militante— ¿se avenían a llevar una vida de partido? Ya he hablado, a pro­
pósito de Georges Lefranc, de la repugnancia que en mí provocaban las di­
visiones internas del Partido Socialista. También las había en el seno del
Partido Comunista. Por ejemplo, Jacques Doriot lo había abandonado para

17. Gabriel Péri (1902-1941), jefe de la sección de política internacional en L'Humanité


desde 1924, miembro del PCF desde 1929, y diputado de 1932 a 1940. Vilar explica que el his­
toriador Jean Meuvret le decía a menudo: «No soy comunista, pero soy perista», en «La fonda-
tion de La Pensée. Souvenirs d’un historien». La Pensée, 270-271 (julio-octubre de 1989), p. 19.
18. Vilar ha explicado con más detalles su actividad parisina de aquellos años: «Desde la
primavera de 1938 hasta el verano de 1939, estuve de profesor en el lycée Camot, y mis inves­
tigaciones sobre España habían quedado, naturalmente, interrumpidas; mi esposa, que se recu­
peraba de una grave pleuresía, tuvo que guardar reposo, durante largos meses, en la alta montaña.
Me encontraba, pues, con bastante tiempo libre durante la semana y fuera de París los fines de
semana. Participé con cierta frecuencia, pero de un modo irregular, en las campañas de opinión
del momento. Al margen de mis contactos (a menudo absorbentes) con mis amigos hispanistas
(pienso en Marcel Bataillon y en Jean Cassou, en el Círculo Cervantes), solían llegarme peticio­
nes de organizaciones próximas al Partido Comunista: artículos de revistas, conferencias o de­
bates. ¡No siempre era fácil dosificar de un modo razonable los argumentos en favor de un
papel activo de las fuerzas francesas en la coyuntura internacional, la crítica de los gobernantes
y la desconfianza hacia la noción “imperio” que Daladier había convertido en su último eslogan!
Recuerdo una conferencia en la Mutualité que había de dar junto a Pierre George; estaba encan­
tado de que fuese él quien tuviera que tratar los difíciles problemas mediterráneos. Porque, si
bien era necesario salvaguardar Túnez de las ambiciones de Mussolini, ¡había que decirlo sin uti­
lizar un vocabulario colonial! En el momento en que tenía que empezar a hablar, me sobresaltó
un murmullo inesperado: alguien anunció la presencia de la Pasionaria en una sala vecina: se tra­
taba de un falso rumor; pero la emoción unánime permitía medir adecuadamente — estábamos a
finales de enero de 1939— la dominante española de todas las preocupaciones. Unos días antes,
me habían pedido que expusiera los problemas españoles ante un grupo cultural de obreros de la
casa Renault. Uno de ellos me dijo: “La batalla militar republicana está perdida; ¿por qué Negrín
se empeña en que corra la sangre?”. Respondí (creo que fue una respuesta históricamente co­
rrecta): “Cree inevitable la guerra internacional; resiste con la esperanza de que pronto no va a
estar solo”. “¿Y usted cree — exclamó otro obrero— que Hitler desencadenará “la ofensiva” de­
cisiva antes de que el problema español se haya arreglado?” Abril confirmó este diagnóstico
popular. Mientras tanto, los periodistas y los diplomáticos parecían jugar al juego de los dispa­
rates. ¡Ah, si la palabra “democracia” tuviese un sentido!» («La fondation de La Pensée. Sou­
venirs d'un historien», pp. 16-17).
HISTORIA E IDENTIDAD 145

crear con sus gentes un partido orientado hacia el fascismo,19y el Partido So­
cialista lo había celebrado con el grito: «¡Adelante Saint-Denis!». Saint-Denis
era el barrio de Doriot.
En el Partido Comunista había hombres que me atraían, como Gabriel
Péri, pero también los había que no me atraían en absoluto, como Jacques
Duelos.20 Algunas de sus personalidades, como Maurice Thorez,21 constituían
para mí un enigma. Yo presentía que si entraba en el partido, también habría
de alinearme, si no entrar en un auténtico campo de batalla.
También estaba el problema de la Unión Soviética. ¿Qué sabíamos noso­
tros de lo que estaba ocurriendo allí? De entrada, que desde los primeros
años de la década de 1930 había realizado prodigiosos avances. Los planes
quinquenales estaban teniendo éxito, el pueblo estaba alimentado, se había
creado una industria, y militarmente su aviación estaba dando lecciones en
España a la aviación alemana. Estaban, era cierto, los procesos. Pero el único
que se conocía en Francia se había planteado en temas tan pasionales que
cabía preguntarse: ¿dónde está la razón? El antisovietismo en política exte­
rior era tan peligroso como el anticomunismo en política francesa. En cuan­
to a la guerra de España, los acontecimientos de 1937 y los comentarios de
la prensa trotskista y anarquista disiparon todas mis dudas. El Partido Co­
munista de Líster y de Dolores Ibárruri constituía el pilar más sólido de la
República.
Ante esta problemática, reflexionaba a menudo sobre mi condición de
intelectual y de historiador. Viví en este terreno dos tipos de experiencias li­
mitadas pero muy instructivas.
Habiendo dejado aparcadas mis investigaciones en los archivos, me dedi­
qué a estudiar más exhaustivamente la bibliografía existente sobre la historia
de España y descubrí a Marx como historiador de este país. Me pareció útil
editar en francés, en las circunstancias del momento, los estudios de Marx so-

19. Jacques Doriot (Bresles, Oise, 1898-Menningen, Badén, 1945). Importante miembro
del Partido Comunista Francés, y diputado y alcalde de Saint-Denis, Doriot había mostrado di­
vergencias con el partido desde 1930 y en 1934 lo abandonó. En 1936, siendo todavía diputado
y alcalde de Saint-Denis, fundó el Partido Popular Francés, de ideología fascista. Durante la gue­
rra combatió en el frente del este con uniforme alemán. Se discute si su coche fue ametrallado
por un avión aliado o un avión alemán.
20. Jacques Duelos (Lorez, Hautes-Pyrenées, 1896-Montreuil, Seine-Saint Denis, 1975).
Importante miembro del Partido Comunista Francés, del cual fue secretario de 1931 a 1964, y
miembro del comité central hasta su muerte.
21. Maurice Thorez (Noyelles-Godault, Pas-de-Calais, 1900-cerca del mar Negro, 1964).
Miembro fundador del Partido Comunista en 1920 (provenía de la SFIO). Encarcelado por
su antimilitarismo en los años 1929-1930. Secretario del partido desde 1930, Thorez sostuvo
lealmente al gobierno del Frente Popular, si bien se mostró favorable a la intervención en Es­
paña. Más tarde, en 1939, al ser movilizado, dejará el ejército francés. Será ministro de Estado
de 1945 a 1946 con De Gaulle. Fue el secretario general del PCF hasta 1964.
146 PENSAR HISTÓRICAMENTE

bre 1842 y 1854 en España, que sólo podían leerse en inglés. Comuniqué mi
proyecto a Georges Cogniot, con quien mantenía una relación cordial. Él lo
dispuso todo para la edición y me pidió que redactara una introducción.22
Cuando todo ya estaba preparado, Cogniot me dijo, para mi sorpresa: «Es
necesario que el texto sea aprobado en Moscú. Nuestra casa editorial lo con­
sidera necesario». El texto fue devuelto al cabo de tres meses. Había sido
aprobado casi en su totalidad, con sólo dos observaciones: un nombre de ciu­
dad y un apellido de un político mal escrito o mal interpretado. Desde Moscú
se me pedía que hiciera la corrección, pero sin poner una nota que dijera «aquí
Marx se equivocó». Esta forma de proceder digna de las tradiciones teocrá­
ticas más absurdas me irritó. El texto, sin embargo, no llegaría a publicarse.
Estaba en la imprenta cuando fue firmado el pacto germano-soviético. Aque­
lla misma noche la policía destruyó todo lo que había en la editorial, incluidos
el plomo y las planchas de imprenta. Todo estaba preparado para una opera­
ción de este género. Si el primer detalle me había revelado el dogmatismo
paralizador de un partido, este otro constituía la prueba de la violencia con­
tenida en el estado francés, que las apariencias democráticas disimulaban.23
El mismo año viví otra experiencia mucho más gratificadora en el terreno
intelectual. Participé en la creación de la revista La Pensée —una publicación
de influencia comunista— en casa de Paul Langevin, sabio eminente y ciuda­
dano intachable, al lado de su yerno, el físico Jacques Salomón, y del filósofo
Georges Politzer, hombres de quien uno puede sentirse orgulloso de haber
conocido.24

22. Vilar comenta que preparó la edición de estos textos en «Histoires d’Espagne», La
Pensée (1939). Georges Cogniot era uno de los responsables de las Éditions Sociales. Se trata de
los artículos que Marx había publicado en el New York Daily Tribune. Han sido traducidos al
castellano: K. Marx y F. Engels, Revolución en España (con prólogo de Manuel Sacristán),
Ariel, Barcelona, 1960, y, también, La revolución en España, Progreso, Moscú, 1980 (edición
revisada y ampliada).
23. Vilar explica en su artículo con motivo de los cincuenta años de La Pensée: «Me lo ex­
plicaron cuando volví del cautiverio. No me lo creí del todo, porque me pareció demasiado fuer­
te, y la desaparición del manuscrito podía explicarse, de hecho, por episodios posteriores. Pero en
“Le Monde des Livres” de esta última semana (26 de mayo de 1989) leí que una obra literaria de
Louis Parrot, hispanista de los años treinta, había desaparecido en aquella operación policial.
Pero, los historiadores, ¿han tenido en cuenta esta operación?» (p. 17).
24. Cincuenta años después, Vilar rememora esta primera reunión fundacional: «Apenas
puedo recrear algunos detalles de aquella reunión en mi memoria. No conocía, ni mucho menos,
a todos los asistentes. Y me parece que los amigos comunistas que más frecuentaba — Jean
Bruhat, Pierre George, Georges Cogniot— no estaban. Pero puedo equivocarme. En todo caso
es seguro que aquel día no figuraron — o no quisieron figurar— como los iniciadores o los pla­
nificadores de la empresa. En cambio, creo ver a Paul Langevin. Un poco, está claro, porque él
aparecía ante nosotros como el patriarca por excelencia, “el sabio, el hombre de progreso”. Pero
también porque él no dio de ningún modo la impresión del anciano que se limita a ceder su sa­
lón para una reunión simpática. Él presidió realmente. Podía adivinarse en él al auténtico inspi-
HISTORIA E IDENTIDAD 147

Publiqué en La Pensée dos artículos críticos, uno sobre las visiones de


España que se ofrecían en aquel momento a los franceses25 y otro sobre una
exposición que conmemoraba el 150 aniversario de la Revolución francesa.26
Esta Exposición presentaba la Revolución francesa bajo un único símbolo, la
guillotina, y en ella se sugería que la batalla de Valmy, manipulada, no mere­
cía el sentido simbólico que se le había otorgado. ¡Corrían malos tiempos
para la Francia de Goethe!27
Porque existía una atmósfera que, por odio al Frente Popular en Francia
—y al comunismo en el mundo—, rechazaba la tradición republicana en sí

rador del proyecto. Jacques Solomon, es cierto, expuso las intenciones de la revista en el terreno
de las ciencias matemáticas, físicas, biológicas; pero Langevin intervenía, precisaba, matizaba,
planteaba problemas. Con una sencillez y una cordialidad conmovedoras. Del lado de la filoso­
fía, y de las ciencias humanas, las directrices de la revista las anunció Georges Politzer. Le co­
nocía muy poco; no tenía la cordialidad espontánea de Langevin y de Solomon; su discurso fue
abierto, condenó los dogmatismos, pero con tono decisivo; ¿y cómo se lo íbamos a reprochar,
cuando había tantos peligros que denunciar, tantas tentaciones irracionales? ¡Langevin, Solo­
mon, Politzer! En el fondo, no me extraña que no vea a nadie más, cuando busco en mi memo­
ria el recuerdo de aquella sesión. Ellos la dominaron por entero. No obstante, hay otro rostro que
percibo con claridad: el de Léon Moussinac. Tal vez lo recuerde porque hacía de secretario de la
sesión, y estábamos sentados uno al lado del otro, y porque me pidió, al marchar, si yo acepta­
ría, eventualmente, encargarme del secretariado de la redacción de la nueva revista. Yo veía en
Moussinac al hombre que lo sabía todo sobre cine, particularmente el cine soviético, una de mis
pasiones desde hacía mucho tiempo. Su proposición me conmovió y me tentó, pero tuve miedo
de no saber estar a la altura de las circunstancias. El secretariado de redaccción fue confiado a
André Parreaux, anglicista, con quien debía haber coincidido en nuestros años comunes de la
École Nórmale (1927-1929), pero a quien conocía muy poco. Parreaux y yo volveríamos a en­
contramos, dos años más tarde, en un extraño cara a cara, a ambos lados de una alambrada»
(«La fondation de La Pensée. Souvenirs d’un historien», p. 13).
25. «Histoires d’Espagne», La Pensée (1939), pp. 108-117. Hay una crítica muy dura a la
Nouvelle histoire d ’Espagne (1938) de Maurice Legendre.
26. El artículo sobre la Revolución francesa fue publicado conjuntamente con Albert So-
boul: «La Révolution Fransaise vue á travers les expositions historiques», La Pensée (1939),
pp. 117-129. Vilar explicaba cincuenta años después (el año del bicentenario de la Revolución
francesa) las circunstancias de este artículo: «La Pensée me pidió si podía cubrir la información
sobre una de las exposiciones organizadas y me puso en contacto, en Camavalet, con un joven
colega. Era la primera vez que lo veía. Se llamaba Albert Soboul. Para todos, muy pronto, “Ma-
rius”. Los acontecimientos nos separarían, pero volveríamos a encontramos, a finales de los años
cuarenta, fieles a las mismas simpatías, a los mismos valores. En los archivos, en la Sorbona (la
del 68), en el congreso de Moscú, en 1970, rememoramos más de una vez nuestro primer en­
cuentro. En 1939, en Camavalet, la exposición “revolucionaria” empezaba bien: “ ¡se entraba
pasando bajo la guillotina!”. Quisiera poder decir (pero me temo que no es así) que, en 1989, las
presentaciones “revolucionarias” ya no proceden con la misma hipocresía. Soboul ya no está
para indignarse. Pero me alegro de haberme indignado con él, hace cincuenta años, de cosas pa­
recidas. ¡Gracias a La Penséel» («La fondation de La Pensée. Souvenirs d’un historien», p. 14).
27. Alusión a las palabras de Goethe, que había participado en esta batalla como oficial de las
tropas prusianas, dirigidas a sus soldados: «En este lugar y en este día empieza una era nueva en
la historia del mundo, y podréis decir: yo estaba allí». Goethe, Campaña de Francia (1827).
148 PENSAR HISTÓRICAMENTE

misma. Por todas estas razones me parecía difícil proclamarse en Francia, en


aquellas fechas, hombre de progreso y hombre de izquierdas a la vez, y, al
mismo tiempo, anticomunista.28 Como lo hacían de forma obsesiva los paci­
fistas a la manera de Alain, los socialistas a la manera de Marcel Déat29 o de
Georges Lefranc, los trotskistas y algunos anarquistas que exaltaban los
acontecimientos de mayo de 1937 en Barcelona y sólo hablaban de los pro­
cesos de Moscú. Para mí las cosas estaban claras, al menos desde Munich.30
Viví el acuerdo de Munich en septiembre de 1938 en Vemet-les-Bains,
donde pasaba, junto a mi mujer y mi hijo, los últimos días de vacaciones. La
larga estancia en el campo parecía haber devuelto la salud a mi familia. La no­
ticia de Munich nos pareció tan evidentemente catastrófica, tan anunciadora
de guerra, que Gaby experimentó un súbito aumento de fiebre, que no gustó
nada a su médico. Cuando ella le explicó la emoción que le había producido
la noticia, él exclamó: «Pero, vamos a ver, ¡Munich significa cien años de
paz!». Era un buen médico, un hombre simpático y el alcalde de Vemet-les-
Bains, pero de una formación muy reaccionaria. La derecha francesa, que no
quería a Daladier, le agradecía que se alineara con Chamberlain. Tan sólo
nuestro vecino comerciante en legumbres, un catalán procedente del otro
lado de la frontera y republicano de corazón, compartió nuestra angustia.

28. Vilar analiza así la evolución de los pacifistas de los años veinte: « ... después de 1931,
con la crisis y el auge de los fascismos, la línea divisoria se situó entre los que veían claramente
los peligros mayores, y los que preferían cerrar los ojos, a menudo llevados por un anticomunis­
mo existencial» («La fondation de La Pensée. Souvenirs d’un historien», p. 14). También ha ha­
blado de las discusiones en el seno del Comité de Intelectuales Antifascistas: «Pero hay que
tener en cuenta, en el mismo bando, la corriente pacifista, individualista, y a menudo apasiona­
damente anticomunista, cuya aspiración extrema podía encerrarse en el lema: antes la esclavitud
que la muerte, con la formulación más noble — aunque no más realista— de Simone Weil, que
podemos resumir así: si queréis demostrar que no sois cobardes, alistaos en el frente de Aragón,
pero no nos habléis de tanques, de cañones, de aviones y de alianzas; “ne graissez pas les go-
dillots” en vista del próximo conflicto internacional. ¡Como si el conflicto internacional no estu­
viese presente ya en la guerra de España, y como si ésta precisase hombres y no armamento!»
(«Guerra de España y opinión internacional», p. 128).
29. Marcel Déat (Guérigny, 1894-San Vito, cerca de Turín, 1955). Normalien de la pro­
moción de 1919, Sirinelli, en su libro, otorga mucha importancia a su influencia en el círculo
socialista de la École de la década de los veinte. En noviembre de 1933, con Pierre Renaudel
y Adrien Marquet, abandonaron la SFIO y fundaron el Partido Socialista de Francia (pronto
llamado “neosocialista”) en junio de 1934. Déat, con el Rassemblement National Populaire
(RNP), y Doriot, con el Partit Populaire Fransais (PPF), son considerados por muchos historia­
dores como los líderes reales del fascismo francés. Marcel Déat fue nombrado secretario de
Estado para el Trabajo y los Asuntos Sociales en el gobierno de Vichy (1944) y al acabar la gue­
rra se refugió en Italia.
30. La noche del 29 al 30 de septiembre de 1938, en Munich, los jefes de gobierno de Ale­
mania (Hitler), Italia (Mussolini), Francia (Daladier) y Gran Bretaña (Chamberlain) firmaron un
pacto que preveía la cesión de la región de los Sudetes al III Reich, después de la celebración de
un plebiscito popular. El ejército alemán ocupó el territorio el 1 de octubre de 1938.
HISTORIA E IDENTIDAD 149

La derrota republicana española se hallaba incluida en el tratado de Mu­


nich. Habíamos proyectado pasar el invierno de 1938-1939 en familia, pero
la salud de la madre no lo permitiría. No digo que Munich hubiera sido la
causa de la enfermedad, pero el golpe emotivo producido por la noticia había
señalado su recaída. El médico recetó a la convaleciente un nuevo invierno
en el campo, pero esta vez en la montaña, en la Alta Saboya. El pequeño
Jean y su abuela vivirían en casa de un tío, en Saint-Quentin, no muy lejos
de París, por suerte, y cada sábado mi hijo y yo iríamos a visitar a mamá al
país de la nieve. Era la ocasión, semana tras semana, de poner en común todo
lo que habíamos visto, oído y percibido del resto del mundo. Era maravillo­
so constatar que todo había sido visto, leído, oído y percibido del mismo
modo, pero era escalofriante prever, comprobar, que se avecinaba una ca­
tástrofe.
! Desde Munich ya no dudábamos de la derrota española. La derrota mili­
tar se anunció claramente en diciembre y se hizo definitiva en abril. El eje
Roma-Berlín dominaba Europa, y algunos ya sugerían que, después de todo,
Ucrania no era sino una gran llanura de trigo y Bakú un gran pozo de petró­
leo, para una Europa occidental que necesitaba hacerse más grande.
Las noticias que yo llevaba desde París tenían que ver, sobre todo, con las
dificultades de nuestros amigos españoles. El principal testimonio de estas di­
ficultades nos lo daba la multitud de refugiados llegados a Francia; era fácil
imaginar también las de los que se habían quedado. La «retirada catalana»
llevó hasta mi casa, a pesar de las prohibiciones que pesaban sobre París, a
algunos amigos que tenían mi dirección. Veo aún la figura destrozada de mi
amigo Pau Vila y de su hijo Marc Aureli. Sus sufrimientos y sus privaciones
habían superado todo lo que yo hubiera podido imaginar.
He olvidado muchos detalles de estos contactos improvisados con refu­
giados desconocidos. En el Congreso de Perpiñán,31 una colega me dijo que
cuando tenía diez años había visto una película de Femandel en el cine de La
Bastilla, y que era yo quien la había acompañado. No estoy seguro de que no
se trate de una confusión, pero en todo caso me alegro de que se me pueda
atribuir una alegría infantil en un momento de tristeza. En la primavera, des­
pués de la última derrota republicana, mi piso fue señalado, de boca en boca,
como una casa amiga, y pasé más de una noche escuchando los relatos de los
i últimos dramas vividos en las carreteras de Castilla o en las playas de Ali­
cante. Entre estos huéspedes improvisados, hubo muchos responsables, po­
líticos y militares, del Partido Comunista español. No conocía sus nombres,
nunca se los preguntaba, pero algunos de ellos me recordarían más tarde
1 algunas de aquellas veladas.

31. Les frangais et la guerre d ’Espagne, coloquio celebrado en Perpiñán del 28 al 30 de


* septiembre de 1989.

L
150 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Sólo me referiré a un hombre, una personalidad sin duda excepcional.


Como en el caso de mosén Tarré, pienso que es necesario tener en cuenta a
las personalidades atípicas. Estoy pensando ahora en Benigno Rodríguez,
que era en los últimos meses de la República el representante del Partido Co­
munista ante el presidente Negrín, y con quien habría de reencontrarme a me­
nudo, y durante mucho tiempo, después de 1945. Benigno es, creo, la única
personalidad del mundo político respecto a la cual no he oído jamás un co­
mentario hostil ni entre los amigos ni entre los adversarios. Uno podía estar
o no de acuerdo con él, pero todo el mundo respetaba su sinceridad, la pro­
fundidad de sus convicciones. Había en él, al mismo tiempo, una ausencia
total de malevolencia y de severidad inútil. Después de 1945, en tiempos más
calmados, se dedicaba sobre todo a profundizar intelectualmente sobre sus
convicciones. Ponía la misma pasión que Louis Althusser en interrogarse
sobre el contenido de los textos más difíciles de Marx.32
Recuerdo a Benigno Rodríguez, un día de 1939. Lo veo mirando, con un
aire naif y desconsolado, sobre una de las pequeñas camas de mi piso, un
esmoquin. Había tenido que procurárselo porque había de acompañar al pre­
sidente Negrín en un navio de lujo que viajaba a Estados Unidos. Nunca an­
tes había tenido que pasar por una de estas exigencias. Años más tarde, otro
gran amigo, de otros ambientes y en otras circunstancias, Pepito Llorens Ar­
tigas, me contaría asimismo los problemas que le causó su primer esmoquin.
Estos reencuentros, en los límites de mundos diversos, en el sentido socioló­
gico de la palabra «mundo», son fascinantes, por las rupturas que revelan y
por el simbolismo que en ellas adquieren los signos materiales. Es el traje de
Charlot.33 Y creo que sería útil para el historiador estudiar con rigor, en el de­
talle cronológico, con todos los matices sociológicos necesarios, los odios,
los desprecios, las desconfianzas o, por el contrario, las aceptaciones que pu­
dieron significar para un presidente Negrín, erudito respetable, el hecho de ha­
ber aceptado las alianzas comunistas. En este terreno, las continuidades o los

- 32. Se encuentran referencias a Benigno Rodríguez en Santiago Álvarez, Negrín, persona­


lidad histórica (Ediciones de La Torre, Madrid, 1994). En el segundo volumen, Documentos, se
encuentran reproducidos cartas e informes escritos por él (pp. 218-228).
33. Vilar ha utilizado en diferentes ocasiones la figura de Charlot como signo del tiempo
histórico. Así, en «El tiempo del Quijote» (Crecimiento y desarrollo , Ariel, Barcelona, 1964,
p. 337): «La tinta de quienes dan consejo corrió en la España de 1600 como correrá en los Es­
tados Unidos de 1930. En total, un fárrago enorme con algunas páginas luminosas. Y en fin de
cuentas, el verdadero intérprete es en un caso Cervantes, en el otro Charlie Chaplin. El arbitris­
ta corto de vista percibe la crisis a corto plazo, pero del naufragio de un mundo y de sus valores
surge una genial tragicomedia». El mismo artículo acaba: «He dicho 1605-1615, Cervantes, don
Quijote, la armadura y el almete. Igual hubiera podido decir 1929-1939, Charlie Chaplin, Charlot,
la chaqueta negra, el bombín y el bastón. Nunca dos obras han estado tan emparentadas. Las dos
grandes etapas de la historia moderna están en ellas captadas del mismo modo. Y admiraríamos
menos a Cervantes si no fuésemos hombres de la época de Charlie Chaplin».
HISTORIA E IDENTIDAD 151

cambios, en un Roosevelt, un Churchill, un Léon Blum, son buenos indica­


dores para la historia política. En mi historia personal, me gusta situar a Be­
nigno Rodríguez al lado de mosén Tarré, entre los santos de mi calendario.
En mi calendario de 1939, del mismo modo que Munich me había anun­
ciado la derrota española, la derrota española me hizo temer lo peor. No pre­
tendo haber previsto el pacto germano-soviético. No quiero hacerme pasar
por más listo de lo que soy. Hubo en marzo cierto discurso de Stalin —que,
evidentemente, no pudimos leer, pero del que oímos hablar— que nos de­
bería de haber abierto los ojos, porque constituía una especie de advertencia
dirigida a los occidentales. Pienso que Gabriel Péri debería haber juzgado
prudente advertir a la opinión francesa, pero, como otras veces, el cierre de
filas habitual en el lenguaje comunista no dejó vislumbrar nada que pudiese
cuestionar las líneas oficiales del partido, y esto obstaculizaba tanto las pre­
paraciones sutiles como las sutiles adaptaciones a los cambios imprevistos.
En las vacaciones del verano de 1939, pues, sólo llevé al chalet de Saint-
Nicolas-de-Véroce, donde se hallaba reunida mi familia, algunas noticias
poco preocupantes sobre mis huéspedes españoles del invierno y de la pri­
mavera. Expliqué que nuestra cama de matrimonio se había venido abajo por
el peso de cuatro o cinco huéspedes y que éstos, cuando yo les había dicho
«a Gaby no le va a gustar», me habían encargado que le trasmitiera este men­
saje: «un día os enviaremos la cama de Isabel la Católica, cuando hayamos
expulsado a Franco». Había que dar cabida a la esperanza y al humor.
Desde finales de julio estábamos bastante tranquilos respecto a los pro­
blemas familiares de salud. Dábamos, frente al Montblanc, largos paseos
bajo el sol. Un día de finales de agosto, cuando regresaba al chalet después
de haber realizado muy de mañana algunos pequeños encargos en el pueblo,
advertí con sorpresa la presencia de dos visitantes. Uno era Adrien Bruhl, el
viejo amigo de la École Nórmale y de la Casa de Velázquez, de quien ya he
hablado; el otro Louis Halphen, historiador medievalista, entonces profesor
de la Sorbona, que en Burdeos había sido profesor de mi mujer, a quien había
orientado hacia la École des Chartes. Habían leído la noticia en los periódicos
y venían a comunicárnosla: «Alemania y la URSS han firmado un pacto, lo que
constituye una amenaza para Polonia y deja las manos libres a Alemania en
el oeste». Gaby resumió en un grito la opinión que los dos compartíamos: «On
ne l’a pas volé» [Nos lo hemos buscado], y estalló en sollozos, porque sabía
que la noticia significaba la guerra. Los otros dos, probablemente lectores de
la gran prensa conservadora y burguesa, no compartían, ciertamente, la mis­
ma visión de las cosas, pero no debían estar menos angustiados que nosotros.
Como historiadores conocían Europa y no ignoraban el peligro que corría
la comunidad judía. Pero en Francia no faltarían los que, habiéndose resisti­
do a combatir a Hitler con el apoyo de Stalin, encontrarían tranquilizante el
hecho de combatir a la vez contra los dos. El 25 de agosto recibí la orden de
152 PENSAR HISTÓRICAMENTE

movilización. Apenas habíamos podido disfrutar de nuestra felicidad recién


recuperada.
En París dispuse de una tarde libre antes de entrar en el cuartel. La apro­
veché para tomar la temperatura del barrio. Tenía la costumbre de hacerlo a
través de la vendedora de periódicos, a escasos metros de mi casa. Sabía que
era comunista, más o menos militante, y me preguntaba sobre su reacción
ante los acontecimientos. La encontré acompañada de su marido, sin duda
también comunista, y de uno de nuestros vecinos, un gran matemático, pro­
fesor de la Ecole Polytechnique, con quien en alguna ocasión había coincidi­
do en las reuniones de intelectuales antifascistas y que debía estar haciéndo­
se las mismas preguntas que yo. No se hallaba en edad de ser movilizado, pero
evocó su pasado de oficial de artillería durante la guerra de 1914. En el inte­
rior de cada uno de nosotros latía el problema del pacto germano-soviético.
Yo había sentido siempre una gran simpatía por la sinceridad de mi vende­
dora de periódicos, que nos daría muestras de cariño durante la guerra, pero
sabía que nunca había demostrado una gran inteligencia. He aquí sus pala­
bras: «Después de todo, Hitler tal vez no era tan malo como creíamos». Era
lo que yo llamo la reacción posible del comunista creyente, pero no la del co­
munista capaz de razonar. Aquel comentario provocó, en los tres hombres allí
presentes, un sobresalto. El marido de la vendedora reaccionó duramente y
dijo, hablando como comunista e incluso en nombre del partido: «No se trata
de rehabilitar a Hitler, sino de proteger, durante un tiempo, a una Rusia ais­
lada». Más calmados, los dos intelectuales aprobamos con un movimiento de
cabeza este razonamiento. Imagino que aquellos días se reprodujeron muchas
discusiones de este tipo en el seno de las familias comunistas. Era mucho me­
nos probable que en los días siguientes, con el uniforme, pudiéramos revivir
discusiones parecidas. No me acuerdo si dormí bien aquella noche. Probable­
mente, no.
En Saboya la familia se había visto distraída de la gran tragedia por un
pequeño accidente. Mi hijo Jean, en medio del nerviosismo general, se ha­
bía tragado, por distracción, una horquilla. Examen, precaución, angustia. El
episodio terminó bien, pero cuando todo pasó, nadie había declarado, como
en 1914: «la movilización no es la guerra».34 Hicieron evacuar el chalet, que
se hallaba situado a pocos kilómetros de la frontera italiana. Francia podía ser
rodeada. París podía ser bombardeado. Mi familia de Montpellier ofreció su
casa a los parisinos expulsados de Saboya. Gaby pensó que aún podríamos
vemos en París. Cuando llegó, yo ya había partido hacia Alsacia.

34. Alusión a uno de los recuerdos de la infancia de Pierre Vilar, que se encuentra expli­
cado en «Lo común y lo sagrado» (véase p. 44).
Capítulo 5

Llego a la última pregunta de mi examen de conciencia. Una guerra, un


cautiverio, ¿cambiaron muchas cosas en el balance de mis interpretaciones?
Me inclino a pensar que no. La lucha de clases y la lucha de grupos, que ha­
bían llevado hasta el final la lógica del entrecruzamiento, aplicaron, hasta
el horror, la lógica de su imaginario. Por encima del bien y del mal. Cual­
quier medio era justificado. Si las causalidades diabólicas podían engendrar
Auschwitz, la conciencia del buen derecho justificaría Hiroshima. La evo­
lución de la humanidad no ha conllevado, de momento, una adecuación
correcta de la ciencia a la moral.
Yo había previsto algunos pasos en falso, pero no había imaginado la mag­
nitud de sus consecuencias. La mañana del 26 de agosto de 1939, en el metro
parisino en dirección Porte de Clignancourt, me dirigía a un cuartel descono­
cido. Un mes antes, trabajaba contento y me sentía feliz, tal vez un tanto egoís­
tamente, mientras los amigos Boivin estaban sumidos en la aflicción y mis
amigos españoles vivían en la tristeza, en el exilio, algunos tal vez en la cár­
cel. También yo tenía que pasar al campo de las incertidumbres.
Llevábamos con nosotros todas las imágenes de los bombardeos: Guemi-
ca, Málaga, Barcelona. También las imágenes de los desastres del gas de 1917
y 1918. Llevaríamos nuestra máscara en bandolera. Moralmente, ¿qué me
deparaba mi condición de oficial? ¿Y de oficial situado por azar en la infan­
tería colonial? Era un tipo de regimiento creado en el siglo xix para las expe­
diciones de ultramar. A los seis años, en la escuela laica republicana, yo
había cantado en el coro la gloria de esta infantería de marina, de estos sol­
dados que llamábamos marsouins y que, «en Tonkín como en Dahomey»,
habían combatido por Francia. Eso decían nuestras canciones.1En mi juven-1

1. «No afirmo que los valores de grandeza , de imperio, se inculcasen a los niños al igual
que los valores patria-república, pero la idea colonial estaba presente en las lecciones de geo­
grafía, de historia, y también en las canciones: el «soldadito» es a veces «soldado de marina»,
y sabe ser hijo de Francia, «en Tonkín como en Dahomey» («Estat, nació, patria, a Espanya i
Franca: 1870-1914», p. 44).
154 PENSAR HISTÓRICAMENTE

tud de lycée y normalienne yo no había sentido ninguna devoción hacia el


ejército y mucho menos, pienso, hacia un ejército colonial. No me hubiera
gustado nada que en 1930, el año de mi servicio militar, la suerte me hubie­
ra destinado a un regimiento de este tipo. En aquella ocasión, en París, yo ha­
bía tenido bajo mis órdenes al equipo de Francia de fútbol, con hombres que
entrenaban mientras hacían sus ejercicios. Sólo había tenido, entonces, algu­
nos escasos contactos con oficiales de mi rango, y algunos incidentes desa­
gradables, pero no graves, con los superiores. En cambio, en 1931, nueva­
mente vestido de paisano, me había irritado una nefasta exposición colonial
organizada a mayor gloria del imperio. Y en un viaje a Marruecos, si bien
me había dejado impresionar por sus paisajes, me habían resultado odiosos
aquellos militares franceses que vivían completamente al margen de la po­
blación nativa y que un día, para hacerme un sitio en el autobús donde
yo había llegado el último, hicieron bajar a un pobre chico marroquí que
había estado haciendo cola durante horas.
El fenómeno colonial ¿habría dejado huella en los mandos militares de
los que la guerra me hacía formar parte? En un principio, la manera desagra­
dable en que fui recibido por el coronel me hizo temer lo peor. Algunas
fichas sobre mi pasado normalien hacían que a priori inspirase desconfianza.
Me fue designada una compañía en la que tendría como superior inmediato a
un hombre más joven que yo, de muy buena presencia, procedente de la
Ecole de Saint-Cyr.2 Nuestro encuentro significaba el contacto entre dos es­
cuelas. Dos caras de una misma juventud. Cuando me presenté a mi joven
jefe, era la hora del almuerzo y me llevó a un restaurante vecino. Se produjo,
en pocos minutos, una especie de milagro: el encuentro entre dos hombres de
buena voluntad. Se inició en un momento de tristeza, cuando hablé de mi
mujer y de mi hijo. El teniente, que pronto sería capitán, me habló de su ma­
dre, viuda, que tenía tres hijos, los tres oficiales, con pocas posibilidades de
sobrevivir en los años venideros. Hablaba con lágrimas en los ojos. Me habló
de su profesión, de su amor por el desierto, de sus noches bajo la tienda, de
camellos y de su auténtica devoción hacia la comunidad de los tuaregs. Era
fácil adivinar su desprecio por la codicia de los colonos franceses y las pre­
tensiones de los estados mayores. Yo no le oculté mi pasado ni mis escrúpu­
los de intelectual. Él entendió perfectamente que antes de hacerse oficial uno
pudiera tener escrúpulos de conciencia. No todos los oficiales lo hubieran
admitido. Respecto a la reputación de los normaliens sólo me formuló obje­
ciones a partir de Nizan y de su novela La conspiración.3 Era un deportista

2. La escuela militar de Saint-Cyr, especializada, desde Napoleón, en la formación de los


oficiales del ejército de tierra.
3. En el Seminario del Instituí d’Histoire du Temps Présent, Vilar recuerda así la conver­
sación con el capitán y la referencia a Nizan: «Muy pronto nos sentimos compañeros, si bien él
HISTORIA E IDENTIDAD 155

apasionado, candidato a una medalla en los Juegos Olímpicos de 1940 al


decatlón. Yo le confié que ni tan sólo sabía montar en bicicleta, pero le tran­
quilicé respecto a mi resistencia al cansancio. En cuanto a nuestra concep­
ción de la autoridad sobre los hombres de nuestra compañía estuvimos en
seguida de acuerdo, y resultaba evidente que no le molestaba tener cerca de
él a un hombre un poco mayor y de una profesión respetable.
Volví tranquilizado al cuartel. Y me prometí proseguir mis observaciones
sociopsicológicas. Ya no se trataba de interrogar a la vendedora de periódi­
cos. El abanico de opiniones, del último soldado incorporado al más alto
rango de los responsables militares, debía de ser muy extenso. Pero la con­
signa era el silencio. Tan solo oí una reflexión irónica sobre la declaración de
guerra para la defensa de Polonia en boca de un cabo. Se trataba de un fun­
cionario de un ayuntamiento de barrio, probablemente comunista, pero de
donde había podido salir un Doriot, ya hitleriano, o un Gitton,*4 que estaba
a punto de seguir el mismo camino. En mi sección vi, o tendría oportunidad
de ver, la mayor diversidad social imaginable. Algunos robustos campesinos
del oeste de Francia me conmovieron por su gran inquietud por aquellos a
quienes denominaban «su familia del norte». Se referían a la gente del Nord
que se había refugiado en sus casas en 1914; aún les unían lazos fraternales.
Toda guerra evocaba 1914. Uno de mis sargentos, sólido, silencioso, era
obrero en el arsenal de Brest, es decir, en una fábrica de armamento. Era un
poco raro que lo hubieran sacado de allí. Pero su padre trabajaba en el mis­
mo sitio y pronto comprendí, por insinuaciones, que habían querido sancio­
nar o separar a dos militantes políticos. Podía imaginarme de qué color.
Mi sección me reservaba una sorpresa con sus dos componentes más
pintorescos: un delincuente de la rué de Lappe, conocido por sus camaradas

supo en seguida quién era yo, en qué marco ideológico me hallaba. Hablamos muy libremente,
y cuando le hice algunas objeciones sobre la manera en que su medio , y él mismo, podían ver la
situación, y el sentido de la guerra, me dijo: “Pero, en 1939, en vísperas de la guerra, ¿los co­
munistas no estaban preparando la revolución?”. La prueba, para él, había sido la orden que los
oficiales de servicio habían recibido de dormir todos los sábados con la pistola debajo de la
almohada, por si acaso estallara la revolución. Le pregunté: “Pero, ¿de dónde ha sacado esto?,
¿quién se lo ha explicado?”. “Supongo — me respondió— que los servicios de información fran­
ceses conocen bien su oficio.” Intenté hacerle comprender que era necesario hacer un análisis
histórico del momento y que, en este contexto, lo que parecía más adecuado y lo que se pedía a
los comunistas (españoles, franceses, etc.) era no hacer la revolución ... El capitán me dijo en­
tonces: “Me gustaría poder creerle, pero... ¿y Nizan?". Nizan era el gran argumento sobre el que
se apoyaban los militares».
4. Marcel Gitton, seudónimo de Marcel Giroux (Versalles, 1903-París, 1941). Miembro
desde 1920 del Partido Comunista, en el cual había ocupado cargos importantes desde 1928.
También era secretario general de la CGTU desde 1929. En la época del Frente Popular había
sido diputado. A finales de 1939 abandonó el PCF y constituyó un partido claramente colabora­
cionista con Alemania después del desastre de 1940. Murió en 1941, en una calle de París, aba­
tido (al parecer) por los resistentes.
156 PENSAR HISTÓRICAMENTE

como Apache, de físico atlético y de lenguaje argótico, a quien gustaba de­


masiado jugar con el arma; y un saltimbanqui y levantador de pesos que tenía
por costumbre actuar, ilegalmente, entre las multitudes de la Bastilla para ha­
cerse con algún dinero. Lo más curioso es que estos dos muchachos, cuando
supieron que yo vivía en su mismo barrio, me dieron grandes muestras de
amistad y me trataron casi como de la familia. El levantador de pesos me
envió, con motivo de un permiso, dos postales en ocho días. Si yo hubiera
podido explicárselo a Boivin, éste hubiera dicho «la vida es bella». Hay que
alegrarse por las sorpresas de la vida.
Un poco más tarde, cuando ya oíamos el ruido de los cañones, viví un
episodio más significativo. Cuando se hizo la composición definitiva de las
secciones, me di cuenta de que me había sido asignado un sargento que era
maestro de profesión. Mi capitán se apresuró a decirme: «se trata de una pe­
queña provocación por parte del coronel, quiere ver cómo se entenderán los
dos pacifistas». Cuando el sargento se presentó ante mí empecé a hablarle con
estas palabras: «creo que tenemos las mismas lecturas, digamos Le Canard
Enchainé». Tras una primera expresión de sorpresa, se rió. Le dije que contra
Hitler yo estaba dispuesto a combatir. El me respondió: «pues yo tengo mie­
do». Le dije que podía desertar aquella noche —yo pasaba revista—, pero
que él tendría que asumir la responsabilidad de sus actos. Naturalmente, se
quedó. Yo sabía que enfrentarse a la sociedad puede ser aún más temible que
enfrentarse a la guerra.5 Después del primer bombardeo me dijo: «¿sólo
eso?». Y, desde entonces, me inquietó sobre todo por sus imprudencias. Du­
rante poco tiempo: mi capitán consiguió hacer que le nombraran encargado
del correo en el regimiento. A partir de entonces recibía, clasificaba y distri­
buía la correspondencia. El capitán era, sin saberlo, un buen psicólogo.
En el nivel de los oficiales, tendría aún ocasión de hacer nuevas observa­
ciones. La sección más cercana a la mía había sido confiada a un suboficial
del regimiento de cierta edad que esperaba su promoción al cuerpo de oficia­
les. Sería mi compañero durante algún tiempo, ya que compartiríamos un pe­
ríodo bastante largo de cautividad. Tenía un carácter bastante difícil. Pronto
me di cuenta de que padecía un complejo de inferioridad; le pesaba, sin
duda, que la noción de ayudante-jefe de los coloniales evocase de forma
automática —era la opinión común— una imagen de mediocridad: ser jefe a
la manera de Courteline,6 o burócrata aficionado a los pequeños beneficios.
Apabullado por esta imagen, seguramente porque la consideraba justificada,

5. Véanse las reflexiones del texto «Lo común y lo sagrado», pp. 29 y 31.
6. Georges Courteline, seudónimo de Georges Moinaux (Tours, 1858-París, 1929). Autor
dramático francés. Entre sus obras, destacan tres sátiras sobre la vida de cuartel: Les Gaietés de
l'escadron (1886), Le train de huit heures quarante sept (1888) y Lidoire (1891). Parece que se
inspiraron en la experiencia del autor durante su servicio militar.
HISTORIA E IDENTIDAD 157

mi compañero miraba a su alrededor, y a la vida en general, con ironía y


amargura. Pronto me di cuenta de que era un hombre de una inteligencia
rara, especialmente agudo y lúcido en sus juicios. Al cabo de un tiempo bas­
tante largo, entendió que yo le comprendía bien y trabamos una sólida amis­
tad que tan sólo interrumpieron los avatares del cautiverio.
Pude, pues, deducir, de mi experiencia de 1939, que no debía juzgar glo­
balmente y de manera caricaturesca el mundo militar. En él descubrí gente
inteligente y gente generosa. El modelo que había intuido y que más había
temido encontrar —estrechez de juicio, autoritarismo pretencioso— lo hallé
sobre todo entre los oficiales de la reserva, pequeño-burgueses, pequeños co­
merciantes de barrio, que habían querido o creído cambiar el mundo con la
obtención de un galón de oficial. Una actitud de este tipo venía de más lejos,
de una vocación de jefe de banda dispuesto a trabajar para quien quisiera em­
plearle bajo cualquier causa, siendo su única regla de vida combatir y man­
dar. Seguramente siempre ha existido este tipo de guerrero.
Estos eran los hombres con los que iba a pasar casi un año; y con algu­
nos de ellos la convivencia se prolongaría aún más. Salimos muy pronto de
París. Nuestro recorrido por algunos de sus barrios recordaba un poco 1914,
sin flores en los fusiles y sin ramos de flores lanzados desde las aceras, pero
con grandes muestras de amistad y de comprensión populares. Barras de pan
fresco —o, más discretamente, barritas de Viena— se deslizaban entre las
manos. La fraternidad era grande. Pero a menudo había lágrimas en los ojos.
De hecho, los civiles no se sentirían mucho más seguros que los soldados en
los días que se avecinaban. España, tan próxima, nos había enseñado de lo
que eran capaces los aviones y las bombas. Y, a pesar de todo, nosotros par­
tíamos alineados, como en 1914, y precisamente hacia Alsacia.
Subimos al tren. Vagones de ganado — «cuarenta hombres, ocho caballos»,
decían sus rótulos— para los soldados; vagones de viajeros para los oficiales.
No siempre en primera, los galones eran respetados. Esta seña de jerarquía tra­
dicional, de viejas imágenes, parecía evocar más el siglo xix que el siglo xx.
Para mí, en todo caso, evocaba sobre todo mis primeros libros de escuela.
Nos detuvimos en plena noche y levantamos algunas tiendas. Fue la pri­
mera vez que dormí bajo una tienda; me gustaba la montaña, pero no el cam­
ping. El alba me despertó. Cuando quise ver el paisaje, las lágrimas empaña­
ron mi vista. Descubrí sólidas murallas antiguas, con sus firmes torres, y la
puerta de una ciudad. Murmuré: Phalsburg. Era la primera imagen del libro
más conocido de todos los niños de Francia antes de 1914 —e incluso mucho
tiempo después—, Le tour de la France par deux enfants.1 En las primeras7

7. El título completo del libro es: Le tour de la France par deux enfants: devoir et patrie,
livre de lecture courante. Cours moyen (1877). El autor era G. Bruno, seudónimo de Mme. Foui-
llée, mujer del filósofo Alfred Fouillée. Jacques y Mona Ozouf lo comentan en «Le Tour de la
158 PENSAR HISTÓRICAMENTE

páginas del libro, los niños André y Julien huían de una Alsacia recién con­
vertida en región alemana. Salían de Phalsburg, su ciudad natal. Me pareció,
mientras miraba la puerta de la ciudad, que pronto vería la silueta de los dos
niños. Pensé en Marcel Cachin, cuando nos había explicado, en una de las
sesiones del Groupe d’Études, que no sentía vergüenza de haber llorado el
día que los franceses habían entrado en Estrasburgo.
Yo había sentido demasiado profundamente en mi interior, a partir de mis
doce o trece años, la repulsión por la imaginería revanchista de mi infancia,
para no sentirme un poco humillado de haber dejado escapar una lágrima
ante Phalsburg. Pero, sobre todo, no me sentía nada seguro de tener la pre­
paración suficiente, al frente de mi sección, para evitar que otros André y
Julien tuviesen que volver a salir, una vez más, por aquella puerta.
Fronteras y patrias. La experiencia catalana y la guerra de España me ha­
bían enseñado a no tratar de forma simplista los problemas que se esconden
tras estas palabras. Yo iba a luchar contra la Alemania de Hitler. ¿Por qué?
¿Se trataba tan sólo de evitar que no volviera a ser suya esta Alsacia cuyo
símbolo estaba viendo? ¿No iba a combatir también por Barcelona, por Guer-
nica y por Madrid? Yo había gritado y oído gritar en las calles de París: avio­
nes para España. ¿Tendríamos ahora suficientes aviones para Francia? Sabía­
mos que las trincheras nos esperaban en la frontera norte de Francia, pero
¿para qué íbamos hacia allí?, ¿íbamos a defender Polonia? No se defiende una
nación amiga instalándose defensivamente en el propio territorio.
Que el lector se tranquilice. No pienso explicar la historia de mi campaña
militar. No tengo espíritu de ex combatiente. Y, dirigiéndome en esta ocasión
a un público no francés, no quiero exhibir ninguna alegría malsana al descri­
bir las humillaciones sufridas por Francia. Por Francia como estado, sin duda;
por Francia como nación, es más discutible. Pero, al fin y al cabo, en un régi­
men democrático, ¿una nación no es responsable de su estado?
El período transcurrido entre septiembre de 1939 y junio de 1940, me
dio, día a día, la oportunidad de reflexionar en tomo a estas nociones: na­
ción, estado, política, ejército. Sobre estos mismos meses, hay el testimonio
de Marc Bloch titulado L ’étrange défaite.8 No sé si este libro es demasiado
conocido en España. Marc Bloch es el hombre que, entre los de la generación

France par deux enfants», en Pierre Nora, dir., Les lieux de mémoire. 1. La République, Galli-
mard, París, 1986. El libro ha sido reeditado recientemente: Libraire classique Eugéne Belin,
París, 1994.
8. Marc Bloch, L ’étrange défaite. Témoignage écrit en 1940. Fue escrito entre julio y sep­
tiembre de 1940. Se han hecho de él diferentes ediciones. La primera apareció en 1946. Las
últimas ediciones, en Gallimard, incluyen, como anexos, documentos escritos por Marc Bloch
en el período de la Resistencia. Para una biografía del historiador, véase Carole Fink, Marc
Bloch: A Life in History, Cambridge University Press, Cambridge, 1989.
HISTORIA E IDENTIDAD 159

anterior a la mía, me ha inspirado mayor admiración intelectual y mayor ve­


neración moral. Me he preguntado siempre por qué misterioso juego de cir­
cunstancias el más grande de los historiadores medievalistas fue nombrado
para asegurar a los ejércitos del norte de Francia una distribución racional de
la gasolina entre los ingenios motorizados. Enrolado voluntariamente, a pesar
de su avanzada edad y de su numerosa familia, aceptó esta responsabilidad,
al principio con un poco de inquietud, después cada vez más convencido de
que su sentido común y su buen criterio podían ser útiles. Así pudo observar
en el más alto nivel del Estado Mayor, la sensacional falta de preparación de
lo que muy pronto fue denominado la «dróle de guerre».9 Ni traición ni des­
honestidad, sino caos de ignorancias y de prejuicios, de autosuficiencia y de
desconocimiento del adversario.
En las mismas circunstancias, pero en el otro extremo —quiero decir en
el nivel más bajo de la jerarquía militar—, yo no podía hacer el mismo tipo
de observaciones, pero sufrí sus consecuencias. Hay, al respecto, más de un
testimonio. Nada me impide aportar también el mío.
En los primeros momentos, la actitud de la población alsaciana no me pro­
vocó inquietud, pero sí tristeza. No manifestaban ningún tipo de hostilidad ha­
cia nosotros, más bien al contrario, pero la angustia se reflejaba en todas las
miradas. Para ellos, el sentido de la palabra nosotros podía cambiar una vez
más. Y no podían dejar de pensar en ello.
Después, en la marcha forzada que nos conducía, según el vocabulario
militar, «a primera línea», oímos por primera vez el mido del cañón, y de
un cañón que podía matar. Para distraerme de la fatiga y de la inquietud,
y solamente para mi entorno inmediato, empecé a entonar discretamente
La Carmagnole: «vive le son, ... vive le son du canon!»,101y en seguida vi
sonrisas en algunos rostros. Yo no había sido el único que había cantado La
Carmagnole en los desfiles parisinos de la Bastilla a la plaza de la Nation.
Las cosas eran así: el mido de los cañones podía tener sentidos diferentes se­
gún las imágenes históricas que evocaba.
Algunos días más tarde fueron las fechas de 1916 y 1917 las que acudie­
ron a nuestra mente, ya que tuvimos que escondemos, a la manera de Ver-
dún,11 en las trincheras, un poco menos profundas. Muy evocador, en todo

9. Expresión sin traducción posible. Se refiere a los primeros meses (de septiembre de 1939
a mayo de 1940) de la segunda guerra mundial, cuando Francia ya estaba en guerra, pero de
hecho no combatía.
10. La primera estrofa de La Carmagnole dice: «Madam’Veto avait promis / De faire égor-
ger tout Paris / Mais son coup a manqué / Gráce a nos canonniers». Y el estribillo es: «Dansons
la Carmagnole, / Vive le son / Dansons la Carmagnole, / Vive le son du canon!». Este canto re­
volucionario fue compuesto y difundido en París a partir de 1792.
11. Verdón es también un lugar de memoria en el libro dirigido por Pierre Nora, Les lieux
de mémoire. II. La Nation. En el artículo «Verdun» (pp. 111-141), el autor Antoine Prost conta-
160 PENSAR HISTÓRICAMENTE

caso. Oí a uno de mis sargentos que murmuraba: «mi padre me lo había


explicado muy bien». Yo, por mi parte, pensé en las predicciones de nuestras
revistas de la Ecole Nórmale; sólo se habían equivocado en doce años. De
nuevo, la guerra estaba allí, si bien de una manera muy extraña. A lo largo
de la frontera franco-alemana, en el norte de Alsacia, en los bosques de los
Vosgos, se había ordenado evacuar a los primeros pueblos del lado francés, y
sus casas y las cabañas de los pastores fueron destruidas. Empecé a reflexio­
nar sobre la noción de frontera.
A veces, durante la noche, algunas patrullas salían a verificar si deter­
minado rincón del bosque o determinada cima escarpada habían sido ocupa­
dos por el enemigo. Yo sólo salí una vez; sentí ganas de silbar Las valqui-
rias, pero fui lo bastante prudente para no hacerlo. Durante el día, en las
trincheras, éramos bombardeados de forma regular, siempre a la misma
hora, después de la comida, durante unos quince minutos. Este pequeño
juego significaba algunos muertos de vez en cuando. Después de mi partida,
el capitán que me reemplazó en mi refugio resultó muerto. Pero nos decía­
mos que no era más peligroso que el hecho de circular en coche por una
carretera.
Durante el invierno, mi formación fue trasladada al lado de Montmédy.
Ya no nos encontrábamos en la frontera franco-alemana y, por lo tanto, ya no
corríamos otros riesgos que el de los bombardeos. Construíamos redes de
alambre en los intervalos de la línea Maginot. La línea Maginot era un con­
junto defensivo inexpugnable, enterrado decenas de metros bajo tierra, equi­
pado con cañones ultramodernos.12 Nuestros camaradas artilleros llevaban allí
una vida más segura que la nuestra, pero yo no los envidiaba. Algunos me
confesaron más tarde que se había tratado de una experiencia horrible.
Pero no podíamos dejar de preguntamos por qué, si se trataba de una uni­
dad infranqueable, teníamos que construir las alambradas. Durante el mismo
período tuve otra experiencia que me abrió nuevos interrogantes de la mis­
ma naturaleza. Fui responsable, durante quince días, de la supervisión y de
la seguridad de una mina explosiva, una mina anticarro, en la frontera franco-
belga. En el caso de que los ejércitos alemanes atacasen Bélgica, la mina

biliza más de 125 títulos de obras sobre Verdún. En aquella larga batalla, en 1916 y 1917, los
franceses, dirigidos por Pétain — quien escribió su propia La bataille de Verdun en 1929— , re­
sistieron, en una guerra de trincheras que comportó numerosas víctimas, el ataque de los ale­
manes. Los libros 15 y 16 de la magna obra de Jules Romains Les hommes de bonne volonté,
titulados Prélude á Verdun y Verdun, evocan aquellos años. Habían sido publicados en 1938
y Sartre reproduce fragmentos de ellos en sus Cuadernos de guerra. Recordemos que Vilar tam­
bién lo ha hecho en «Lo común y lo sagrado».
12. La línea Maginot había sido construida — por iniciativa del ministro André Maginot—
entre 1927 y 1936 en la frontera franco-alemana. Abarcaba una extensión de 200 kilómetros de
largo por 15 de profundidad.
HISTORIA E IDENTIDAD 161

tenía que explotar, para hacer saltar una carretera asfaltada. Pero yo no veía
que los carros de combate alemanes, para atacar Bélgica, hubiesen de pasar
necesariamente por las carreteras asfaltadas y me preguntaba, en cambio, si
con la explosión de la mina no se obstaculizaría la huida, en coches civiles
o en asnos, de numerosas familias belgas. La noción de frontera, que esta vez
yo estaba encargado de materializar, me atormentaba de nuevo. Puigcerdá, el
Portús, Portbou me habían planteado ya los problemas de una retirada.
Estos quince días significaron para mí, también, la experiencia de vivir en
el ambiente de un regimiento de caballería. Era difícil pensar que la guerra
empezaría como en 1870. En cualquier caso, sin embargo, se respetaba la tra­
dición. Los oficiales de caballería eran reclutados entre la vieja nobleza fran­
cesa. Un día vi con sorpresa, después de la comida, cuando —como hacía­
mos habitualmente— comentábamos, señalándolas en el mapa, las últimas
noticias, que los oficiales franceses marcaban con satisfacción los éxitos ale­
manes y los fracasos ingleses en las costas de Noruega. ¿Nostalgia de antes
de la revolución? ¿Vestigios de antiguas rivalidades entre marinas reales?
Pronto vi que se trataba más bien de la satisfacción de constatar que —como
seguramente habían previsto— los regímenes autoritarios se hallaban mejor
preparados para la guerra que los regímenes constitucionales, incluso cuando
éstos eran del tipo Churchill. Yo podía también estar de acuerdo con esta per­
cepción, sobre todo si pensaba en Chamberlain, pero me parecía extremada­
mente peligroso que unos oficiales lo celebrasen.
En mi regimiento era necesario llegar hasta el coronel para advertir un
estado de espíritu parecido. Había rehusado tender la mano a un antiguo or­
denanza de Daladier que había sido asignado bajo su mando. Hacia mí mos­
tró, al principio, una gran desconfianza. En febrero cambió bruscamente de
actitud. El hermano de mi mujer —para mi hijo, al que tanto había cuidado,
el tío Gastón— murió de una apendicitis mal curada. Un general bastante
conocido telefoneó personalmente a mi coronel para que me concediera un
permiso de algunas horas. Desde entonces el coronel me trató de un modo
completamente distinto. No porque pensara sacar ningún provecho de ello,
sino porque creyó que antes no me había situado adecuadamente en su mun­
do. Se trata del problema de las pertenencias y del imaginario del medio.
Después del 10 de mayo de 1940, con la invasión alemana de Holanda y
Bélgica, fuimos invadidos por el imaginario de la historia. Se habló muy
pronto de la brecha de Sedan.13 En el recuerdo de nuestra infancia, la brecha
de Sedan significaba 1870 y la capitulación de Napoleón III ante Guiller­

13. La ciudad de Sedan, situada en la depresión preardenesa, tuvo que ser reconstruida
después de la segunda guerra mundial. La batalla de Sedan, en la que había participado — y per­
dido— el general Mac Mahon, había significado el fin de la guerra franco-prusiana y el inicio
de la III República.
162 PENSAR HISTÓRICAMENTE

mo I. Un día de otoño de 1918 —yo tenía doce años— había leído en un


quiosco un enorme título de diario: «La venganza de Sedan». Como buen
alumno de historia que era, corrí hacia mi casa para dar la noticia: Alemania
había capitulado. Aquel día se trataba tan sólo de la entrada de los france­
ses en la fortaleza; me había anticipado unos días. En 1940 yo vivía la
situación inversa. Mi compañía fue precipitada hacia la brecha de Sedan para
hacemos vivir, los únicos días de mi vida, unos diez, la guerra tal como ha­
bía sido vivida en 1916-1917. Una situación de derrota total, en la que uno
sabe, en el momento en que es relevado, que ha salido con vida, pero no sabe
exactamente por qué. O sabe que la razón es muy simple: las cargas alema­
nas se desviaron un poco, tan sólo un poco, de su objetivo.
Fuimos después transportados, en camiones, mucho más arriba, primero
del lado de Verdón, después del lado de Argonne. Eran nombres que en nues­
tra infancia habían sonado de un modo trágicamente familiar. Más agradables
eran algunos recuerdos que se cruzaban en nuestra marcha. Varennes: 1792, la
huida del rey. Valmy: «Vive la nation!». Otra vez me permitía dedicar un gui­
ño al buen alumno de historia que había sido de pequeño. Más trágicos para
mí tenían que ser en el futuro los nombres de las ciudades de Argonne, por­
que en esos lugares tuve que enfrentarme al problema de la muerte, no de la
mía, sino de las muertes que yo causaría; en el fondo, pues, el problema de
la objeción de conciencia. Había sido encargado, en los límites de un pueblo,
de protegerlo, y tenía a mi disposición suficientes ametralladoras. Vimos
avanzar hacia nosotros corriendo, gritando, cantando, a unos jóvenes; iban
desnudos de la cintura para arriba, armados hasta los dientes, parecían borra-
chos. Ordené disparar contra ellos. ¿Cuántos cayeron? ¿Diez, uno, treinta?
No lo sé. Al cabo de un tiempo, vinieron a buscar los heridos y los cadáve­
res. El ataque no se repitió. Tendría que haberme alegrado por ello. Los que
me rodeaban parecían contentos. Yo no podía dejar de revivir mi adolescen­
cia y mi juventud: Rolland, Remarque, Barbusse... Así pues, tampoco yo
había podido escapar de participar en la estupidez humana.
¿Y por qué? Recibimos la orden de evacuar el pueblo que, tras nosotros,
las bombas habían incendiado. Y entre las llamas, en las últimas casas, viví
un encuentro inolvidable. Lo he contado más de una vez: unos hombres con
uniforme difícil de reconocer, que hablaban en español. Sin duda se trataba
de un regimiento de trabajadores, no armados, que había sido reclutado entre
refugiados españoles. Les saludé en español y uno de ellos me dijo: «Ahora
os toca a vosotros». Exactamente la lección que a mí me parecía ver des­
prenderse de la lógica de los acontecimientos en el tiempo medio: la retirada
catalana, entre el Ebro y el Portús, había anunciado la nuestra.14

14. Vilar ha recordado la frase «Ahora os toca a vosotros» en diferentes ocasiones. En


el texto «Quelques pensées sur 1936», el orden de los hechos aparece invertido: «Cuando, un
HISTORIA E IDENTIDAD 163

Desde entonces, en cada punto que se nos señalaba para reunimos con
nuestros jefes, descubríamos al adversario. Y oíamos, bastante lejos, pero a
ambos flancos, el ruido de los carros alemanes. Con lágrimas en los ojos,
nuestro capitán decidió separamos en pequeños grupos; tal vez así consi­
guiéramos, a través del bosque, llegar a alguna zona libre. Al alba siguiente,
nuestro grupo fue sorprendido por la luz en medio de un campo alemán. He
contado en otro lugar las circunstancias de la captura.15 Aquí tan sólo quiero
recordar sus aspectos más aleccionadores.

día de junio de 1940, me encontré frente a la acometida salvaje de jóvenes alemanes, y tuve que
ordenar fuego contra ellos, me esforcé por no ver en ellos a alemanes — yo adoro una determi­
nada Alemania— , sino hitlerianos, quizá no responsables, pero sí solidarios de todo lo que es­
tuvo en el origen de los incendios de Barcelona y Guemica. (Y es que un instante antes), frente
a Villers-en-Argonne, bajo la lluvia de bombas incendiarias, un español de un “regimiento de
trabajadores” acababa de decirme: “Ahora os toca a vosotros”. He aquí por qué no he podido
jamás separar 1940 de 1936, y mi retirada hacia Bar-le-Duc de la retirada de Cataluña» (p. 27).
Vilar piensa ahora que esta versión está equivocada en su secuencia cronológica. En La guerra
civil española, Vilar incide en estos vínculos evocando otra frase clave: «Un oficial republicano
español, en retirada en la frontera de los Pirineos, le dijo a un oficial francés que lo trataba con
desprecio: “Oí deseo que resistáis tanto tiempo como nosotros”. En junio de 1940 tuve ocasión
de pensar largamente en él» (p. 145). Las dos frases son objeto de una reflexión común en la
«Presentació» del libro L'historiador i les guerres.
15. Fragmentos del discurso pronunciado en la fiesta del fin de curso 1945-1946 del Insti­
tuto Francés en Barcelona: «La mañana del 16 de junio de 1940. Habíamos luchado durante
cuatro días en los desfiladeros de Argonne, como en 1792. De mata en mata, como en 1870. En
trincheras improvisadas, como en agosto de 1914. Ingenuos, creíamos haber hecho bastante bien
nuestro trabajo de soldados, habíamos llevado a cabo las misiones encomendadas y obedecido
las órdenes. Y sólo nos sorprendía que la guerra moderna fuera tan sencilla. No obstante, a me­
dida que pasaban las horas, nuestras ilusiones se iban esfumando. El desenlace de la lucha no
había sido decidido por nuestros fusiles. Un aprovisionamiento frustrado, una comunicación cor­
tada, un oficial superior que dejaba de responder. Y sabíamos que veinte, cincuenta, cien kiló­
metros tras nosotros, por todos los caminos importantes, por todas las carreteras, desfilaban las
columnas motorizadas enemigas, dividiendo nuestras formaciones, riéndose de lo que dejaban
tras de sí. El batallón se fue quedando solo. Y más tarde la compañía. En grupos de seis o siete,
subrepticiamente, intentamos cruzar la inmensa red, en dirección a unas hipotéticas líneas orga­
nizadas. Y, de pronto, después de caminar toda una noche, en los linderos de un bosque se nos
vinieron encima, surgiendo de la niebla que los había escondido a nuestros ojos, doscientos gi­
gantes rubios, medio desnudos, como los que el mundo veía desfilar amenazadoramente en las
pantallas de los cines desde hacía siete años, blandiendo ametralladoras último modelo y bai­
lando una especie de danza del scalp. Buenos salvajes, no obstante, que nos decían, los pobres:
“Krieg fertig ”. “La guerra se ha terminado: para vosotros en seguida, para nosotros dentro de
tres semanas ... ¡el tiempo de obligar a Inglaterra a capitular!” Desde la distancia, intento re­
construir la humillación de aquel momento. Violenta, ciertamente, como un puñetazo en la cara,
pero sorpresa puramente física, puramente externa al fin y al cabo, como la del boxeador que cae
en la lona, sin saber aún si es para el último recuento. O como la del niño a quien un compañe­
ro más fuerte tira al suelo y oye en su interior una voz que le dice: “¡no llores!”. Así habría sido
la humillación de Francia en aquellos mismos días, si algunos franceses no se hubiesen empe­
ñado en interpretarla de otra manera».
164 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Mantuvimos, en primer lugar, algunos minutos de conversación con algu­


nos jóvenes, visiblemente de buena familia, sin duda muy relacionados con el
Estado Mayor del lugar.16 Una juventud civilizada, el vivo contraste de aque­
llos locos contra los que habíamos tenido que disparar. Estos jóvenes soña­
ban con Europa y se disponían a construirla: la fuerza de Alemania, la cultu­
ra de Francia, las artes de Italia, el sol y los naranjos de España. Si retengo
esto, en 1994, es porque a veces percibo, en algunos discursos sobre Europa,
más de un eco de este tipo de espejismo, que pudo ser lo bastante seductor en
los primeros años cuarenta para explicar determinadas conversiones.
Después de la conversación con estos jóvenes distinguidos y bien educa­
dos, tendría muy pronto, no diré otra imagen de Alemania —porque eso sig­
nificaría una vez más juzgarla como un todo— , pero sí la imagen de otra
Alemania, menos la de una clase que la de una casta: la de los mandos mili­
tares alemanes. No hay que olvidar a Hindenburg, al lado de Hitler.17
El coronel que me capturó parecía todo él una caricatura. No le faltaba
nada, ni el monóculo.18 Estoy seguro de que en su interior despreciaba las
arengas vulgares de Hitler, pero compartía con él el racismo. Me dijo, seña­
lando, entre mis soldados, a los de raza negra: «he aquí lo que os ha perdido,
habéis olvidado el orgullo de la raza».19 Estas imágenes y estas palabras las

16. Continúa el discurso de 1946: «Dos de los jóvenes vencedores, que se habían puesto la
guerrera en señal de respeto, vinieron a conversar conmigo. Habían sabido por mis hombres
que vivía en París y que era una especie de Herr Doktor. Así pues, venían a decirme, en un fran­
cés correcto, que habían interrumpido sus clases en la Sorbona en junio de 1939 y que esperaban
reanudarlas en octubre de 1940, en una Francia finalmente consciente de la posición espiritual
que le correspondía, debido a su pasado, en la Europa regenerada. Callé. ¿Era necesario, real­
mente, que nuestro hundimiento se viera acompañado de esta especie de coqueterías intelectua­
les? ¿Habría franceses que caerían en esta trampa, y esto sería el fin? ¿Nos convertiríamos en la
Grecia cautiva que intentaba estrechar entre su retórica al furioso vencedor? Desgraciadamente,
después de Corinto, Grecia había muerto. ¿Naciones de lujo? Rehusaba de antemano este con­
suelo literario. Pero la insolente condescendencia de aquel homenaje me había herido más pro­
fundamente que la derrota física y que la danza del scalp».
17. El mariscal Paul von Hindenburg (1847-1934), héroe de la primera guerra mundial,
presidente de la República de Weimar desde 1925, fue quien, ante el avance del nacionalsocia­
lismo, nombró canciller a Hitler, en 1933.
18. «Jamás un cineasta o un caricaturista soñaron nada tan magnífico. El cinturón enérgica­
mente abrochado sobre el vientre prominente, condecoraciones abundantes, monóculo irresistible,
cráneo brillante, silencio calculado y lleno de desprecio ... El coronel avanza hacia la entrada, en
el ojo el monóculo dominador. Miro a nuestros soldados y, de pronto, en sus miradas leo la ver­
dadera libertad. Está en ellos, en mí, a pesar de los guardianes armados, las manos desnudas,
los uniformes raídos, las caras sucias, el aspecto de derrota. La libertad está en nosotros. Porque
aquellos hombres rieron. Silenciosamente, sin escándalo. Pero rieron. Irrespetuosamente. Irreve­
rentemente. ¡Santa irreverencia de los franceses! ... con una sonrisa, me hacían partícipe de su
primer momento de alegría desde que habían sido hechos prisioneros: ‘Teniente, ¿qué le ha dicho
Eric von Stroheim?”.» (fragmentos del discurso de 1946).
19. En el mismo discurso de 1946, pronunciado en el Instituto Francés de Barcelona, Vilar
también recuerda las impresiones de aquella conversación con el coronel: «Ahora íbamos a ha-
HISTORIA E IDENTIDAD 165

guardé siempre en mi espíritu, durante mi cautiverio. Sirvieron para ponerme


en guardia contra cierta nostalgia que se expresa aún hoy en la loa del com­
plot un poco tardío de los coroneles alemanes contra la vida de Hitler.
La extrema corrección del cuerpo de los oficiales alemanes hacia los ofi­
ciales franceses prisioneros también me incomodó desde el primer momento.
Intuía que se trataba, con todos los matices que se quiera, de una solidaridad
de clase; capaz de manifestarse y actuar, como en 1918, contra toda revolu­
ción o contra los países que habían hecho la revolución. Sin embargo, an­
tes del interrogatorio del coronel, me habían encerrado en el presbiterio de
la iglesia del pueblo, donde me había estado vigilando un buen sargento
alemán, un superviviente de 1918, maestro de oficio. Había constatado con
alivio que podíamos entendemos. Así, también había una Alemania de Jean-
Christophe.*20 Era con esta Alemania con la que convenía construir Europa.
¿Pero cómo?
Muy pronto formé parte de las largas columnas de prisioneros; nuestra
marcha por las carreteras no fue particularmente terrible —cada vez estába­
mos más lejos del frente—, pero veíamos de cuando en cuando, en las zan­

blar de hombre a hombre. ¿Soy profesor de historia? Entonces, puedo medir la profundidad de
la derrota de mi país. Decisiva, esta vez, y definitiva. En este momento, pienso en el viejo sar­
gento de la sacristía que me ha dicho: cosas de la vida, a todos nos tiene que tocar un día u otro.
Los sargentos y los pobres maestros de escuela ¿tendrían, tal vez, un sentido de la historia más
preciso que los coroneles jefes de Estado Mayor, que disponían de radios y mapas? Me atrevo a
decir: “En historia, señor coronel, ¿hay derrotas definitivas?”. ¿Cómo? ¿Qué he dicho? ¿Me
atrevo a discutir? ¿Es que aún tengo esperanzas? ¿Es posible que aún ignore que mis hombres
no piensan como yo, que el pueblo francés no quiere luchar, que las doctrinas disolventes lo
han herido de muerte y que la elite francesa confraterniza con los vencedores, que Inglaterra está
exánime y es enemiga nuestra, que Rusia se ha comprometido definitivamente y que, en todo
caso, su peso militar es irrelevante? Y, por fin, el último ,argumento: me enseñan, a través de la
ventana, el patio de la casa de campo, y en él a los prisioneros que van llegando: tropas colo­
niales, negros mezclados con blancos, se reparten el pan, se ofrecen unos a otros cigarrillos.
¡Puah! ¡Qué mueca de desprecio! “Esto es lo que les ha perdido a ustedes, los franceses. Les ha
faltado el orgullo de raza”».
20. «Un viejo entraba en la sacristía de la iglesia del pueblo, tapiada y transformada en
celda en mi honor. Este hombre no tenía nada del atlético Siegfried. Viejo sargento, viejo com­
batiente del 14, viejo maestro de escuela de las orillas del Rin, podría haber sido el tío de Jean-
Christophe. Humanamente, sencillamente, venía a decirme: también él había sido un vencido, un
prisionero, un día de 1918. Estos malos momentos se superan. Son golpes del destino, cosas de
la vida ... Adivinando que el aburrimiento de las primeras soledades empezaba a pesar sobre
mis hombros, ponía a mi disposición la biblioteca del rector, ¡un sacerdote lorenés! Era la bi­
blioteca del día siguiente de una derrota, la de nuestros abuelos. Narraciones de cargas, pantalo­
nes encamados, “eran demasiado ... esperanzas de revancha”.» Jean-Christophe es el título de
la gran novela de Romain Rolland, considerada la primera gran novela cíclica francesa (17 vo­
lúmenes publicados entre 1904 y 1912). Su principal protagonista, Jean-Christophe, es un hijo
de músicos nacido en Renania, que de joven va a vivir a un París idealizado, y finalmente en­
cuentra la paz en la soledad de las montañas.
166 PENSAR HISTÓRICAMENTE

jas, un buen número de cadáveres, con la piel negra o morena, con uniforme
francés, símbolo de una conquista colonial, y con agujeros en los cráneos,
símbolo del racismo alemán. Nuestro destino era la ciudad de Bar-le-Duc;
allí nos encerraron en el edificio de la École Nórmale para chicas. Digo
«nos» porque reencontré a todos mis camaradas de regimiento, incluido mi
capitán. No digo que me alegrase, hubiera preferido que su huida hubiera
tenido éxito, pero experimenté cierto sentimiento de sosiego: yo no había
sido más torpe que los otros.
Después de la captura, empezó el cautiverio. Aquellos años habían de
darme muchas lecciones. Lecciones humanas, sin duda, pero no voy a escri­
bir una novela.21 Hablaré, sobre todo, de las lecciones sociales sobre las di­
versas pertenencias a las cuales se siente asociado un individuo. Observarlas
me ha servido de mucho en mi formación de historiador. Modestamente,
trataré de explicar cómo y por qué.
Fui capturado el 16 de junio; el 17 Pétain firmó el armisticio. No he ol­
vidado nunca de qué modo supimos la noticia. Estaba junto a una decena de
oficiales, y entre ellos no figuraban los que mejor conocía. Oíamos, a través
de una ventana abierta, una radio con el volumen particular y deliberada­
mente potente. Querían que la escuchásemos. Fuera de nuestra vista, pero no
muy lejos de nosotros, al alcance de nuestros oídos, estaba el campo de pri­
sioneros al aire libre que había sido reservado a los hombres de la tropa. La
noticia del armisticio pareció provocar allí un rumor, no de aclamación, pero
sí de evidente satisfacción: la guerra había terminado. Entre los oficiales tam­
bién noté más de un suspiro de alivio. Tan sólo tres no pudimos retener nues­
tras lágrimas. A partir de aquel momento, nació entre nosotros una sólida
amistad. Se trataba de dos hombres muy diferentes a mí y muy diferentes en­
tre ellos. Los dos eran militares de carrera, pero uno lo era por tradición de
familia rica, y el otro se había hecho suboficial de los coloniales obligado por
las circunstancias de una familia pobre.
No siento ninguna vergüenza de haber llorado con ellos. En primer lugar,
porque nadie puede evitar sentir en su interior el peso de la educación de toda
una infancia. Marcel Cachin nos lo había explicado a propósito de sus lágrimas
ante Estrasburgo. Después, porque todo hombre que haya combatido se siente
un poco responsable de la derrota de los suyos. Finalmente porque, al menos
para mí, pero sin duda no sólo para mí, el discurso de Pétain no había apenas
disimulado tras su balbuceo la secreta satisfacción de lo que iba a llamarse «una

21. Hay diferentes novelas basadas en las experiencias de los prisioneros de guerra. La
más conocida es la de Jacques Perret, Le caporal épinglé , que dará lugar a una película del
mismo título de Jean Renoir. Pero la novela que narra la experiencia más parecida a la de Vilar
— y que a Vilar le gusta recomendar por la capacidad de análisis sociológico de su autor— es la
de Armand Lanoux, Le commandant Watrin.
HISTORIA E IDENTIDAD 167

divina sorpresa», una venganza contra los años del Frente Popular, algo pareci­
do a la venganza contra la Comuna de Mac Mahon y del Sacré Coeur.22
No obstante, para el conjunto de los prisioneros, el armisticio había sig­
nificado ante todo la proximidad de la liberación. Nuestros guardianes hicie­
ron lo posible para mantener viva esa ilusión. Se anunció la liberación de los
agricultores antes de la cosecha, y también la de los enseñantes antes del ini­
cio del nuevo curso. Pero sólo fueron liberados los bretones. El mito étnico
prevaleció sobre el análisis histórico. Respecto a los alsacianos, su caso había
sido resuelto antes. En mi sección no había más que dos. Pude verlos, en los
pasillos, con el uniforme alemán; uno de ellos consiguió desaparecer.
Yo intentaba observarlo todo con ojos de historiador. El 18 de junio el
general De Gaulle había demostrado tener espíritu histórico en el discurso
pronunciado en la radio inglesa, pero no habíamos podido escucharlo.23
No me desagradaba saberme prisionero en una escuela normal para maes­
tras. Dos maestras de provincia habían presidido mi infancia: mi madre y su jo­
ven hermana, que la había reemplazado a mi lado. Pude así reconstruir una at­
mósfera que muy a menudo me había sido descrita. En la biblioteca, descubrí
con alegría la existencia de una colección entera de los Anuales d ’Histoire
Économique et Sociale desde 1929, pero constaté con cierta tristeza que nadie
había leído sus páginas, ya que ni siquiera habían sido separadas. Más consul­
tado había sido el semanario de información general LIllustration. Yo no lo
leía con regularidad, y me pregunté cómo había tratado la guerra de España. La
retirada catalana había sido perfectamente descrita con croquis de los despla­
zamientos de los carros de combate a los dos lados de cada posición sucesiva­
mente ocupada. Constituían una imagen extraordinariamente parecida a lo que
acabábamos de vivir. La mostré a mi capitán. Se sobresaltó: «Y no nos dijeron
nada. Todo el Estado Mayor francés merecería ser fusilado».
En cualquier caso, quedaba claro que la revista La Pensée no se había
equivocado al preocuparse por los carros de combate. El pacifista que, con

22. Mac Mahon (1808-1893) fue el general del ejército francés que perdió la guerra franco-
prusiana (en Sedan), pero también el del ejército que reprimió la Comuna. Tras la caída de
Thiers (que le había encomendado la represión) se convirtió en presidente de la República
(1873-1879). La construcción de la basílica del Sacré Coeur, en Montmartre, fue decidida por la
Asamblea Nacional en 1873, aunque no se acabó hasta 1912, para conmemorar la victoria sobre
los communards.
23. En el discurso del 18 de junio De Gaulle invitaba a los franceses a unirse a él en Lon­
dres: «Esta guerra no se encuentra limitada al territorio desdichado de nuestro país. Esta guerra
no ha sido decidida por la batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todos los de­
fectos, todos los retrasos, todos los sufrimientos, no pueden evitar que haya, en el universo, los
medios suficientes para abatir un día a nuestros enemigos. Fulminados hoy por la fuerza mecá­
nica, en el futuro venceremos por una fuerza mecánica superior. El destino del mundo está
aquí». El texto del discurso ha sido reproducido muchas veces; por ejemplo, en Maurice Agul-
hon, La République. 1932 á nos jours , Hachette, París, 1990, pp. 72-73.
168 PENSAR HISTÓRICAMENTE

desprecio, me había devuelto la revista por este motivo se había mantenido


fiel a su objeción de conciencia.24 Moriría solo en América del Sur. Bastante
tristemente, a decir verdad. La historia es trágica, pero es mejor dedicar nues­
tros esfuerzos a comprenderla que a intentar salir de ella.
Desde el otoño, nuestros mandos alemanes habían razonado como De
Gaulle: la guerra no se había terminado. Todos los prisioneros franceses,
jóvenes y viejos, activos o de la reserva, fueron conducidos hacia Alemania.
Yo sólo había atravesado una vez, casi sin pararme, esta Alemania con la que
había soñado en mi juventud. En las estaciones, las multitudes parecían feli­
ces. Muchachas uniformadas ofrecían imágenes refrescantes.25 Aún no po­
díamos saber que existirían un día, o tal vez existían ya, los trenes de la
muerte.
Fuimos instalados en un inmenso campo cerca de la ciudad de Nurem-
berg. Viví allí durante casi un año una experiencia sociológica clásica, pero
no siempre bien analizada. Y también un giro histórico cuyos ecos aún no se
han extinguido. La experiencia sociológica es la de los campos de prisione­
ros reservados a los oficiales en las guerras contemporáneas. En Alemania,
eran llamados Oflags. Su sola existencia constituía ya un fenómeno de clase.
Los prisioneros, simples soldados, obreros y campesinos, eran obligados a
trabajar. Los oficiales no. Y entre ellos, de hecho, se conservaba la jerarquía
interna de los cuadros de la sociedad, con algunos agolpamientos espontá­
neos, de signo fácilmente perceptible, pero también con otros reagrupamien-
tos también espontáneos que, en un momento determinado, con ocasión de
un pequeño acontecimiento interno o de un gran acontecimiento internacio­
nal rehacía de nuevo la unidad del grupo de prisioneros contra el grupo de
guardias, uniformes contra uniformes. Los grandes temas de esta experiencia
habían sido tratados, si bien para la guerra de 1914, en la obra maestra del
cine La gran ilusión.26

24. Vilar da más detalles sobre este episodio en «La fondation de La Pensée. Souvenirs
d’un historien», La Pensée, n.055 270-271 (julio-octubre de 1989): «Había conocido en Barcelona,
antes de 1936, a un joven politicólogo, autor de buenos trabajos sobre la ideología de la Ilustra­
ción. Le hice llegar los primeros números de La Pensée. Me fueron devueltos con esta nota: “esta
revista habla de carros de combate; ¿cómo podría interesarme?”. Este era el espíritu, el estilo,
de los pacifistas que teníamos que combatir, o tratar de convencer, en el Comité de intelectua­
les antifascistas» (p. 14). En el número de La Pensée del verano de 1939 había aparecido el
artículo «Le char de combat» bajo la rúbrica «Études militaires», pp. 118-125, firmado por Max
Barel. El pacifista del que habla Vilar es Roger Labrousse.
25. Referencia al filme alemán Mádchen in uniform, realizado en 1932 por Leontine Sa-
gan. Refleja la vida en un internado para hijas de oficiales, y quiere ser una crítica del espíritu
militarista prusiano.
26. La película La gran ilusión, pacifista, de Jean Renoir, se había estrenado en 1937. La
acción se desarrolla durante la primera guerra mundial en un campo de prisioneros franceses. En
el filme se establecen complicidades entre militares franceses y alemanes de la misma categoría.
Eric von Stroheim interpreta al coronel alemán.
HISTORIA E IDENTIDAD 169

El campo de Nuremberg hacía revivir las mismas situaciones, plantear los


mismos problemas, pero a una escala muy diferente y en una situación histó­
rica donde se entrecruzaban viejas costumbres con fenómenos nuevos, por su
naturaleza y por su dimensión. El campo era inmenso. Se hablaba de diez mil
oficiales prisioneros, en su gran mayoría franceses, pero no faltaban ingleses,
belgas, holandeses, daneses y polacos. Inmensas avenidas, rodeadas por los
pabellones, con habitaciones con literas sobrepuestas. El nivel de comodidad
se hallaba por debajo de la mediocridad, pero podíamos sonreír. No podía­
mos olvidar que este campamento inmenso había servido tres o cuatro años
antes para las grandes concentraciones de las juventudes hitlerianas. Allí se
había forjado el contingente humano lanzado sobre Europa. No pude dejar de
preguntarme, en más de una ocasión, si no estaba ocupando la litera de algu­
no de aquellos jóvenes enloquecidos que mi metralleta había abatido.
Y todo esto se hallaba asociado, al menos en el lenguaje cotidiano, al nom­
bre de una ciudad: Nuremberg. El Nuremberg de Alberto Durero y de los
maestros cantores. No podía dejar de pensar en ello. Significaba, de entrada,
una gran frustración para todos aquellos que habíamos amado a esta Alema­
nia. Recuerdo un breve poema de uno de nuestros camaradas: «Aquí no pintó
Durero ni suena San Sebaldo».27 Y, a pesar de todo, en aquel primer mes
de 1941, cuando la confianza en una rápida victoria podía llevar a la comuni­
dad alemana a creer justificado su régimen, la actitud hacia los oficiales fran­
ceses prisioneros era oficialmente de buena disposición. Aunque no estába­
mos autorizados a visitar Nuremberg, los editores de la ciudad nos enviaban su
catálogo y, como una parte de nuestro sueldo de oficial nos era obligatoria­
mente reintegrado en marcos —y no sabíamos qué hacer con ellos—, les com­
prábamos bellos libros. He llevado siempre conmigo uno de ellos, que aún con­
servo: se trata de un magnífico álbum sobre los caminos del imperio inca. En la
presentación, naturalmente, son comparados a las primeras autopistas, trazadas
por la Alemania de Hitler. Sin duda la comparación no era del todo absurda.
En la primavera, un gesto simbólico afectó muy de cerca a nuestra comu­
nidad. Se anunció la liberación de los prisioneros de la sección de reserva que
habían combatido en 1914-1918. Se trataba de un anuncio muy bien calcula­
do, que pretendía aumentar la confusión moral en el seno de una comunidad
de hombres que no tenía nada más que hacer que meditar y charlar sobre una
situación histórica aún confusa. Los antiguos combatientes de 1914-1918
eran sin duda aquellos de nosotros que más viva habían mantenido en su in­
terior la vieja llama patriótica. Nos solían recitar las poesías que ellos habían
compuesto en sus trincheras. Pero también eran los que mejor habían medido
lo absurdo de la querella franco-alemana. La promesa de su liberación les

27. Se refiere a las campanas de la iglesia de San Sebaldo (Sebalduskirche), edificio del si­
glo xiii, hoy reconstruido, en Nuremberg.
1 7 0 PENSAR HISTÓRICAMENTE

pareció un signo de felicidad y no querían que ningún incidente pudiese com­


prometerla. No resultaba menos humano, sin embargo, que los que no teníamos
ninguna posibilidad de ser liberados compusiéramos alguna canción antialema­
na. Pero se trataba de una satisfacción gratuita, fácil. Lo sabíamos bien.
La ideología oficial había sido impuesta y parecía admitida por todos: el
pensamiento del mariscal, la revolución nacional de Vichy.28 Nos era transmi­
tida por la radio oficial francesa que se nos permitía oír. y por las autoridades
militares francesas de cada fracción de campo, elegidas entre los oficiales más
antiguos y los de graduación más alta. Como todo era controlado por las auto­
ridades alemanas, uno podía preguntarse siempre por el grado de verosimilitud
de tantos comunicados oficiales. Pero era muy evidente que en estos medios de
oficiales y de burguesía media las tesis de Vichy habían sido aceptadas como
una especie de evidencia, producto resultante, a la vez, de la derrota militar y
de la abdicación de los parlamentarios. Se respiraba en el aire el sentimiento de
venganza de todos aquellos a quienes no había gustado el Frente Popular, e in­
cluso de aquellos que, desde hacía setenta años, rehusaban la misma idea de
república. Decir «trabajo, familia y patria», en lugar de «libertad, igualdad y
fraternidad», encantaba tanto a los tradicionalistas provincianos como a los an­
tiguos estudiantes de derecho de las ligas parisienses.
No todos pensaban igual. Los oficiales miembros del clero eran nume­
rosos y disponían de total libertad para organizar ceremonias y reuniones re­
ligiosas. Yo había notado desde Bar-le-Duc que al más eminente de estos
eclesiásticos le gustaba distanciarse del conformismo ambiental. Y era fácil
adivinar que, también entre los oficiales de la reserva, el grupo de los✓ en-
señantes, profesores y sobre todo maestros, detestaba ver la palabra «Etat»
reemplazar a la palabra «République» en el vocabulario oficial.29 Pero era
difícil que pudiéramos reunirnos.

28. La revolución nacional fue el nombre que adoptó el programa de Fétain en su pri­
mera etapa (hasta abril de 1942). Los partidos y los sindicatos fueron disueltos; se creó un sin­
dicato de patronos y un sindicato de obreros, que tenían que colaborar en los comités sociales
de empresa. Todos los cargos elegidos por sufragio universal desaparecieron. El gobierno los
reemplazó por hombres de confianza. Se dictaron leyes contra los judíos. No se hablaba de Re­
pública. sino de Estado. El lema era: trabajo, familia, patria. Durante años, el libro de Robert
O. Paxton, La Franee de Vichy, 1940-1944 (Seuil, París, 1973), ha sido prácticamente la única
referencia bibliográfica obligada. Últimamente, han proliferado los estudios sobre Vichy. Por
ejemplo, Henri Rousso, Le syndrome de Vichy de 1944 d nos jours , Seuil. París, 1987; Jean
Pierre Azéma y Fran^ois Bédarida, dirs., Vichy eí les Franjáis, Fayard. París, 1992: Eric Co-
nan y Henri Rousso. Vichy, un passé qui ne passe pas , Fayard. París, 1994; y Philippe Burrín,
La France á Fheure allemande. 1940-1944, Seuil. París, 1995. El libro de Sonia Combe, Ar­
chives inierdites, Albin Michel. París. 1994, que denuncia las dificultades para investigar sobre
la documentación de aquellos años, despertó una viva polémica en Francia.
29. Algunos ejemplos: el 4 de enero de 1941, el Journal Officiel de la République
Frangaise se convirtió en el Journal Officiel de l'État Frangais. En los sellos y los billetes tam­
bién desapareció la palabra «République».
HISTORIA E IDENTIDAD 171

En mi caso personal, el marco de la vida cotidiana continuaba siendo el de


mis camaradas de regimiento y de guerra; un buen clima de entendimiento,
pero con pocos intercambios intelectuales.
En Bar-le-Duc, sin embargo, había iniciado algunas relaciones de amis­
tad que yo adivinaba que serían duraderas y sólidas. Día a día se fortalecían,
y yo me sentía feliz por ello, en los largos paseos que realizábamos por las
grandes avenidas del campo. Solía encontrarme, tanto como me era posible,
con el capitán que el día del armisticio había llorado conmigo. Yo sabía que
él organizaba su evasión y que esperaba llegar a Londres.
Tenía otro amigo. La manera como lo había conocido en Bar-le-Duc tie­
ne bastante que ver con mis afinidades españolas. Unos eclesiásticos, que se
hallaban entre nosotros, habían juzgado útil organizar —era una manera de
combatir tanto ocio— algunos intercambios de opiniones y de conocimien­
tos. Sabían que yo era agregado de historia, y me preguntaron: ¿de qué quie­
re usted hablar? Yo les dije: ¿por qué no de mi experiencia española? Así
tuve ocasión de exponer, durante una hora, muchas de las cosas que he ex­
plicado aquí mismo respecto a mi experiencia y a mis contactos entre 1930
y 1939. Intenté ser objetivo y prudente, pero por el solo hecho de no haber
expuesto las tesis de Brasillach, suscité algunas reacciones adversas. No se
manifestaron aquel día, entre el público, pero sí más tarde, bajo la forma de
protestas escritas bastante insidiosas. Pero también suscité adhesiones. Al
terminar la conferencia, vino a saludarme un muchacho alto de sonrisa fran­
ca diciendo: «yo era maestro en Hendaya. Hice todo lo que pude para ayu­
dar a la República española. Soy miembro del Partido Comunista. No sé si
tú también lo eres, pero sobre España yo hubiera dicho exactamente las
mismas cosas que tú. Me llamo Pierre Clauzet». Pierre Clauzet se convirtió
desde entonces en mi amigo, y lo sitúo, junto a mosén Tarré y a Benigno Ro­
dríguez, entre mis santos. Su dedicación, su sencillez, su lucidez y su total
desinterés le valían la estima de todos. No estuvimos demasiado tiempo
juntos en cautiverio, pero lo reencontraría más tarde. Desgraciadamente
murió joven, como mi amigo Boivin, y en su entierro vi llorar al secretario
general del sindicato de los maestros, anticomunista violento y a menudo su
adversario. Existen personalidades indiscutibles.
Me apresuro a añadir que. si bien a raíz de mi exposición en Bar-le-Duc
mis ideas quedaron al descubierto, tanto ante mis amigos como ante mis ene­
migos, ello no me ocasionó ningún problema. Ni entre los franceses ni entre
los alemanes. Clauzet me explicó un episodio inquietante. Poco antes de su
llegada, siguiendo la carretera, como prisionero, a Bar-le-Duc, había sido abor­
dado por un oficial montado a caballo que le había dicho irónicamente: «Señor
Clauzet, ¿cómo está usted?». Pudo reconocer fácilmente a un personaje que
había visto en Hendaya durante los años de la guerra de España. Todos sos­
pechaban que se trataba de un agente franquista, pero nadie lo había identifi­
172 PENSAR HISTÓRICAMENTE

cado como alemán. No parece que denunciase a Clauzet ante los suyos. Era
una característica extraña del momento. Todos parecían creer que los comu­
nistas habían dejado de ser un problema desde el pacto germano-soviético.
Unos porque creían que habían vuelto la espalda a sus convicciones, otros
porque los veían atados de pies y manos por el pacto germano-soviético. No­
sotros tuvimos muy pronto la prueba de que nada de esto había pasado, al
menos en el caso de los comunistas alemanes. Dos camaradas que organiza­
ban algunos servicios del campo, y tenían por ello contactos con el exterior,
supieron muy pronto que los comunistas alemanes, aunque vivían bajo la
amenaza del arresto y de la persecución, proseguían su lucha y ayudaban a
los comunistas franceses en los planes de evasión. Este tipo de testimonios
pone en evidencia ciertos olvidos.
En Nuremberg, Clauzet y yo solíamos encontramos para pasear a lo largo
de las avenidas del campo. Nos contábamos nuestras experiencias. El no se
extrañaba de que yo no hubiese entrado en el partido. Admitía que no todo el
mundo tiene temperamento de militante. Yo le hacía partícipe de mis refle­
xiones, le hablaba de mis estudios, de mis investigaciones y de mis dudas po-

líticas. El me contaba las dificultades vividas en la base de los sindicatos de


enseñantes, que no conseguían desanimarlo.
Clauzet me dijo que había visto, en un campo vecino al nuestro, a un
suboficial encargado de servicios que había sido un antiguo combatiente de
las Brigadas Internacionales. Por mi parte, yo había encontrado, en nuestro
propio campo, a un secretario de redacción de la revista La Pensée, un anti­
guo normalien Había también otro antiguo normalien de letras bastante
- 3 0

excepcional: un coronel que se había mantenido como oficial desde la guerra


de 1914-1918 y que se había convertido en un importante personaje del ejér­
cito. Le gustaba reunir a su alrededor a antiguos alumnos de la Ecole para
contamos extrañas historias de estados mayores. Por ejemplo, que las cartas
del coronel Morel. destacado militar en la España republicana, iban directa­
mente a la papelera.31 cuando se sospechaba que no habían de complacer a
sus destinatarios.

30. Se trata de André Parreaux. «En Nuremberg. en un Oflag dividido, con estructuras de
alambre, en varios Unterlager. Durante algunos meses, nos reservamos diariamente algunos mo­
mentos, sentados uno enfrente del otro a cada lado de la alambrada, e intercambiamos opiniones
sobre el giro que tomaban las cosas (¡ah! ¡junio de 1941!)» (P. Vilar, «La fondation de La Pen­
sée. Souvenirs d'un historien», p. 13). Unterlager era el nombre que recibían los campos de
prisioneros de soldados.
31. Morel, antiguo militante de Action Fran^aise, era agregado militar francés ante la Re­
pública española. Vilar habla de él en La guerra civil española : «Nadie la había propuesto [la
intervención], aunque se atribuye al coronel Morel, agregado militar en Barcelona, la boutade:
“un rey de Francia haría la guerra”. Morel. de hecho, no preconizaba una intervención directa
(¡sobre todo de ninguna manera bajo la forma de “dos divisiones” !), pero ponía de relieve los
peligros de la presencia en España del “eje Roma-Berlín”, no creía en la solidez militar de Italia
HISTORIA E IDENTIDAD 173

Algunas veces celebrábamos coloquios intelectuales un poco más recon­


fortantes con algunos juristas ya destacados en su carrera, como Georges Ve-
del 3: y André Mathiot. y con dos hombres de letras, antiguos normaliens,
uno de los cuales sería un gran especialista en Balzac y el otro un crítico
acreditado del periódico Le Monde, Pierre-Henri Simón,3 233 el cual formaría
más tarde con el abogado Georges Izard y el cardenal Daniélou un trío muy
conocido en la Académie Frangaise. También reencontré allí a un hombre de
espíritu notable, el hispanista
/
Amédée Mas, que me recordó que había for-
mado parte del Groupe d'Etudes. Había militado en el Partido Comunista,
pero no había esperado al pacto germano-soviético para abandonarlo y com­
batirlo. Habría de ser un excelente comentarista de Quevedo. pero en el cam­
po discutíamos sobre García Lorca.34 Él consideraba el Romancero gitano una
«españolada». Yo mantenía una opinión muy distinta, quizás porque había
visto a Margarita Xirgu interpretar La zapatera prodigiosa y porque mi ami­
go Díaz de Figueres me había hablado mucho de Federico.
La actividad intelectual, pues, no era lo que más nos faltaba. Recibíamos
libros, y fue entonces cuando me hice enviar, para continuar reflexionando
sobre la historia de España, los tres volúmenes de Rafael Altamira.35

y pensaba que, mejor armada, la República española conservaría sus posibilidades de vencer.
¿Le comprendieron? En todo caso no fue atendido» (p. 166). Y también en «Guerra de España
y opinión internacional: a la búsqueda de un método»: «Morel, después del “milagro” de Ma­
drid y la masiva intervención italiana, siempre recomendó que se armase a los republicanos,
nunca que se interviniese a su lado. Lo importante, sin embargo, es saber que el Estado Mayor
francés siempre minusvaloró las informaciones de Morel sobre Italia y España porque contrade­
cían una doctrina establecida. Al cabo, Morel quedó reducido a informador personal de Dala-
dier. bestia negra — a su vez— de ciertos clanes militares. No podemos equiparar, por tanto, a
gobierno con poderes» (p. 132). Morel murió en la Resistencia
32. Georges Vedel (Auch, 1910), profesor de derecho público en Poitiers. Toulouse y Pa­
rís. Miembro del Consejo Constitucional desde 1980. Es autor de numerosos trabajos jurídicos,
entre los cuales destaca su Traité de droit administradf (1959).
33. Pierre-Henri Simón, que entrará en la Académie Fran^aise en 1966, había sido miem­
bro del grupo tala y también del grupo fascista (del faisceau de Valois) durante sus años nor­
maliens (era de la promoción de 1923). Sirinelli estudia su caso como excepcional, en Génération
intellectuelle (pp. 241-243 y 409), basándose en parte en el testimonio del mismo Simón. Ce que
je crois, Grasset. París, 1966.
34. Amédée Mas es autor de La caricature de la femme, du mariage et de l ’amour dans
l ’oeuvre de Quevedo , Hispano-Americana, París, 1957.
35. Vilar recordó este episodio en el texto que leyó con motivo del homenaje a Altamira
celebrado en Alicante en 1987: «Me permito demostraros aquí, con ocasión del coloquio, una
fotocopia de dos hojas de la Historia de España y de la civilización española. 4.a edición, Gili,
Barcelona, 1929. Se trata de la hoja de guarda del tomo III. y de la página i del tomo II (con el
título). En la primera, arriba y a la derecha, una indicación en lápiz satisface mi vieja manía
de historiador de precios: 6 volúmenes, 75 (hemos de entender 75 pesetas) ¡Felices tiempos! El
sello es el de la Librería Francesa de Barcelona. Seguramente compré allí los seis volúmenes
(comprendidos los dos de “historia contemporánea” de Zabala), en 1931. La inscripción manus-
174 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Pierre-Henri Simón consiguió redactar un periódico, que era copiado por


sus amigos devotos. Con Pierre Clauzet y sus amigos intentamos hacer
lo mismo, pero dudo que ejerciéramos alguna influencia.*36 Hubo también
un tercer periódico, que todos rompíamos con rabia, escrito por un grupo un
poco misterioso de colaboradores con el nazismo. Un grupo muy reducido
del que conocíamos bastante bien la identidad del inspirador principal, tal
vez el único, un teniente que tenía la especialidad de pronunciar conferencias
sobre la guerra ruso-japonesa de 1905, nombrando un número tan impresio­
nante de nombres de generales japoneses y rusos, que yo siempre sospeché
que se los iba inventando mientras hablaba. Me abordó más de una vez, a
pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Me contó que había pertenecido a los
servicios discretos o secretos del entorno del general Franco, sin que yo pu­
diera distinguir si se trataba de un agente francés para Franco, o de un agen­
te de Franco infiltrado en los servicios franceses. Poco importaba, y si lo que
buscaba era hacerme hablar, no lo conseguía. Después de la guerra me dije­
ron que había muerto fusilado por la Resistencia.
Pero quisiera añadir algunas reflexiones en torno a este extraño persona­
je. No combatimos suficientemente algunos de sus aspectos, que nos pare­
cían secundarios, pero que estaban anunciando los peores horrores del futuro
que se avecinaba. Me refiero, una vez más, al antisemitismo. Hubo en este
terreno un incidente que no puedo recordar muy bien porque no le concedí
ninguna importancia. Ese fue mi error. Conocía el proyecto —se hablaba

crita de rasgos gruesos — Lt (= teniente) Pierre Vilar, No 1417, Block III, Unterlager A. Oflag
XIII A— fue escrita por la mano de Gabriela Vilar ... Respecto al sello — Oflag XIII
A.A.O.Kgf.Geprüft— es el de la censura militar alemana. El Oflag XIII A se situaba cerca de
Nuremberg, nombre evocador para todo espíritu cultivado ... No todos los volúmenes me llega­
ron al mismo campo, y testimonio de ello es la segunda fotocopia, que lleva escrito “Oflag XXII
B". Y es que, una vez abierto el frente del Este, el gran campo de oficiales de Nuremberg había
sido suprimido. Mi grupo fue enviado a Polonia, al sur de Gdansk (entonces Danzig), cerca de
Bydgoszcz (entonces Bromberg), donde el frío, cuando se acercaba Navidad, alcanzó los vein­
ticinco grados bajo cero. Un día. para poder disponer de él más pronto, intenté substraer a la
censura un ejemplar de Altamira que yo ya sabía que había llegado. Fui inscrito en una lista
de sospechosos, que fuimos cambiados de campo» («Hommage á Rafael Altamira. Quelques
mots de Pierre Vilar». en Estudios sobre Rafael Altamira, Fundación Gil-Albert. Alicante, 1987,
pp. 425-426).
36. Con Parreaux «redactamos, y tratamos de difundir, un “diario de campo" que intenta­
ba ofrecer análisis correctos, con la ayuda de mi mejor amigo, el maestro Pierre Clauzet, y de
un soldado empleado en los servicios del campo, un antiguo miembro de las Brigadas Interna­
cionales. ¡Curioso final de una colaboración que se había iniciado en tomo a La Pensée ! ¡Pero
era tan lógico! Nuestro cautiverio era resultado de muchos errores acumulados, que La Pensée
había intentado denunciar y combatir. Y nuestro pobre diario, lleno de garabatos, mal reprodu­
cido, perseguía el mismo fin: intentar, en medios demasiado sometidos a las ideologías domi­
nantes, criticar las ideas recibidas, demostrar los peligros que escondían» («La fondation de la
Pensée. Souvenirs d'un historien», La Pensée, p. 13).
HISTORIA E IDENTIDAD 175

mucho de él— de la creación en el campo, para el conjunto de oficiales pri­


sioneros, de una gran universidad. Yo no formaba parte de los organizadores,
de manera que ignoro el carácter de las discusiones previas. Lo que sé es
que se había decidido proponer como autoridad principal de esta universidad
al más anciano de los universitarios presentes, al profesor Ascoli, titular de la
cátedra Victor Hugo en la Sorbona. No fue posible. ¿Por qué? Cuando supe
—más tarde— que el profesor Ascoli era judío, supuse que los militares ale­
manes se habían opuesto. Ser judío no había significado jamás un problema
en Francia, antes de la guerra. Recientemente he sabido que fueron unos per­
sonajes franceses —un coronel francés, me han dicho— los que le denuncia­
ron. Ascoli salió del campo de prisioneros con los antiguos combatientes; de
regreso a Francia, sería de nuevo detenido y acabaría sus días en un campo
de concentración.- Recordemos que por aquellas mismas fechas Marc Bloch
no solamente sería excluido de la Sorbona, sino que también tendría proble­
mas en provincias, cuando todo el mundo creía que la interdicción sobre los
judíos sólo afectaba a la zona ocupada.3738
Un incidente más, pues, pasaba a formar parte de la historia de nuestra
ceguera colectiva. Y la realidad es que el profesor Ascoli murió en un campo
de concentración. Ya lo he dicho: nuestra ceguera ante el antisemitismo fue
criminal.
Otra ceguera, si bien me inspira menos remordimientos, me provoca la
misma vergüenza intelectual. No supimos interpretar bien la oposición entre
De Gaulle y Pétain. De Gaulle. por su nombre, por su pasado militar, por sus
lazos familiares con la enseñanza católica, por el título de una de sus obras
— LArmée de métier—, nos parecía un poco la versión de Pétain en el cam­
po inglés.39 Más de un pequeño Maquiavelo sugería que era bueno tener un

37. En una primera versión del texto Vilar explicaba que creía que Ascoli había sido de­
nunciado y conducido a un campo de concentración por los alemanes. Fue una llamada reciente
del hijo del profesor Ascoli — que intenta recoger testimonios sobre el caso para reconstruir la
biografía de su padre— la que le reveló la verdadera historia.
38. Los textos de leyes de Vichy «portant statut des Juifs» se encuentran reproducidos y
son objeto de estudio en Juger sous Vichy. Le genre humaiti, 28 (noviembre de 1994). Sobre los
problemas de Marc Bloch, puede verse el libro de Carole Fink. Marc Bloch. A Life in History,
Cambridge, 1989. Bloch, obligado a marcharse de París, fue profesor primero de Clermont-
Ferrand (donde se había trasladado la Universidad de Estrasburgo en el exilio). Después, por
motivos familiares (la salud de su mujer) solicitó ir a Montpellier. El rector de la Universidad de
Montpellier hizo todo lo posible para evitar que Bloch entrase como profesor. El caso de Marc
Bloch es comentado también en el voluminoso trabajo de Renée Poznanski. Etre juifen France
pendant la Seconde Guerre Mondiale, Hachette, París, 1994, y en Claude Singer, Vichy, VUtii-
versité et les juifs, Les Belles Lettres. París, 1992.
39. La rivalidad entre Pétain v De Gaulle databa de muchos años atrás. Ambos habían
coincidido en la batalla de Verdón, si bien De Gaulle simplemente como oficial. De Gaulle ha­
bía criticado siempre el hecho de que el ejército viviese de los recuerdos del pasado.
176 PENSAR HISTÓRICAMENTE

francés en cada lado. Si yo hubiera conocido la proclama del 18 de junio,


creo que habría comprendido mejor las cualidades de De Gaulle, lo que yo
he denominado su espíritu histórico. Ni Estados Unidos ni la Unión Soviéti­
ca podrían permanecer al margen del conflicto, aunque en aquellas fechas la
Unión Soviética pareciese estar atada por el pacto y Estados Unidos mantu­
viera un embajador bajo Pétain. Eran tiempos de confusión.
La confusión se iría disipando. Algunos signos empezaron a anunciarlo
cuando nos acercábamos al verano de 1941. Por ejemplo, pudimos observar
algunos cambios de actitud en nuestros guardianes. Entre ellos, ya lo he dicho,
había diferencias sociales significativas. La corrección de los oficiales hacia
nosotros hacía que también nosotros fuéramos correctos con ellos. La bruta­
lidad de los guardias-soldados nos era indiferente. Pero detestábamos par­
ticularmente al elemento intermedio, el de los suboficiales intérpretes y de los
encargados de servicios, siempre ansiosos de poder conversar con nosotros. Su
amabilidad nos parecía simplemente policial. Pero hacia el mes de mayo
de 1941 estos guardias, con frases sibilinas y algunos guiños, nos hicieron sa­
ber que se iban a producir grandes cambios y nuevas victorias del Reich.
A partir del 21 de junio, todas nuestras miradas se dirigieron al Este.
Y de nuevo, los grandes reagrupamientos de espíritu cobraron su sentido.
El anticomunismo instintivo hacía pensar a una mayoría de oficiales que el
Ejército Rojo no duraría ni quince días. Y algunos lo deseaban. Recordemos
que durante la guerra de Finlandia muchos franceses, incluso franceses so­
cialistas, creyeron ver el campo de la libertad en Mannerheim.40 Curiosamen­
te, entre los oficiales prisioneros con uniforme francés, los primeros que pu­
sieron su esperanza y su simpatía en el campo de la Resistencia rusa fueron
los oficiales franceses de origen ruso. Eran bastante numerosos en nuestras
filas. Así pues, un espíritu nacional ¿podía ser más fuerte que el exilio polí­
tico? Del mismo modo que habíamos visto a franceses satisfechos por la re­
vancha política que había supuesto la ocupación alemana, ahora podíamos
constatar que algunos rusos preferían la Resistencia de su país a la eventual
contrarrevolución que hubiera significado su derrota. Aún una pequeña lec­
ción en mis reflexiones sobre los problemas de las pertenencias. Debo añadir
que entre los oficiales franceses, y particularmente entre los activos, muchos
sentimientos cambiaron. Desde entonces pudimos prever un cautiverio muy

40. En el seminario del Instituí d'Histoire du Temps Présent. Vilar explicó: «Durante la
guerra de Finlandia, me encontré un día con unos amigos socialistas que llevaban sus esquís
¡para ayudar a los finlandeses! Les pregunté: 1) ¿pensáis realmente que los finlandeses necesitan
esquís?, y 2) ¿creéis que el mariscal Mannerheim es un campeón de la democracia? Explico esto
con cierto escrúpulo: ¿se trata de una simple anécdota? Si reflexiono un poco, pienso que no. Es
el reflejo del anticomunismo continuo , como fondo psicológico, en la derecha francesa, y es el
anticomunismo recurrente en los socialistas. No olvidemos estos factores de historia».
HISTORIA E IDENTIDAD 177

largo, pero sabíamos que su fin ya no tenía que significar necesariamente


«derrota».
A medida que avanzaba el otoño se produjeron otros cambios. En nues­
tro campo de oficiales no faltaban los alimentos y podíamos vivir con aseo,
pero tuvimos noticias de otros campos improvisados a nuestro alrededor y
muy pronto supimos de su horror, directamente o a partir de rumores. Ya no
se trataba necesariamente de soldados, sino sobre todo de mujeres, de niños,
de ancianos. Expulsados de sus pueblos por las operaciones militares, a me­
nudo dormían al aire libre y se alimentaban con una o dos sopas al día, si
conseguían acceder a la cocina ambulante. Y muy pronto vimos pasar, muy
cerca de nosotros, carretas llenas de cadáveres. Las autoridades alemanas se
dieron cuenta de que el campo de oficiales de Nuremberg, símbolo de una
victoria inesperada, improvisada, sobre un ejército regular, ya no se corres­
pondía con la nueva situación. Volvieron a contarnos, a alinearnos, y fuimos
nuevamente conducidos —por fracciones— a unos vagones de ferrocarril.
Siempre con corrección. Dejaron que nos llevásemos todo nuestro equipaje.
Y fue una suerte, porque nuestro grupo fue a parar a la más siniestra de las
cárceles.
Esta constituyó la segunda etapa de mi experiencia. Llegamos al pueblo
polaco de Schubin, que situábamos vagamente

entre Poznan y Danzig. El
paso por el pueblo había sido terrible. Unicamente se veían mujeres y niños,
las iglesias se hallaban cerradas. Los hombres de más de trece años, estaba
claro, habían sido condenados a trabajos forzados; llevaban todos un braza­
lete con una gran inicial «P», de polaco. Si la ocupación en Francia había
querido ser correcta, con un espejismo de colaboración, en Polonia se trataba
de la ocupación despreciativa. Esta marginación de una nacionalidad —si
no de una raza— considerada inferior significaba probablemente también una
colaboración de clase. A veces, veíamos cabalgar, alrededor de los campos, a
impresionantes grupos de jinetes, oficiales alemanes y mujeres espectaculares,
probablemente hijas de familias nobles polacas. No me atrevo a afirmarlo por­
que no tengo pruebas. Tal vez se tratara de mujeres alemanas.
El campo era siniestro porque se trataba de una prisión, un auténtico lu­
gar de internamiento para jóvenes delincuentes. Tal vez era lo más conve­
niente para nuestra salud, porque la temperatura oscilaba entre los 30 y 25
grados bajo cero. Pero la impresión de cárcel era más dura que la de los ba­
rracones. Desde el punto de vista humano, permanecí junto a mis antiguos
camaradas de regimiento. Ya he dicho antes que entre nosotros reinaba una
buena camaradería, pero teníamos pocas afinidades intelectuales. Lo menos
decepcionante era la mayor proximidad del frente del Este. Percibíamos las
primeras vacilaciones, las primeras dudas. Con las primeras resistencias y
los primeros grandes fríos, los nombres de los generales soviéticos empeza­
ron a ser populares entre nosotros y esto constituía una gran novedad.
178 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Sólo voy a recordar, de aquella estancia, una anécdota emotiva. Uno de


mis camaradas de regimiento era un tipo social bastante raro, pero que exis­
te: el pequeño comerciante que sueña con la gloria militar. Se trataba del tipo
de hombre siempre dispuesto a entrar en no importa qué formación, de no
importa qué ideología, de no importa qué nacionalidad, con tal de que ello
le permitiera combatir. No era un mal hombre. Había capturado un pájaro
y lo había encerrado en una caja. Estaba observando con evidente placer la
agitación de sus alas, cuando uno de nuestros camaradas le dijo: «¿no sientes
vergüenza, tú, prisionero, de guardar de este modo prisionero a un pájaro?».
Fue una auténtica revelación para nuestro bravo guerrero: abrió la caja, abrió
la ventana y, con lágrimas en los ojos, dejó que el pájaro emprendiera el
vuelo. Este hecho significó, en mi cautiverio, un momento extraño, un mo­
mento humano, en el que situé la noción de libertad más allá de lo social,
de lo histórico: la «yegua salvaje» de Musset.41 Pero en mi interior más
íntimo, el literato y el filósofo no han podido nunca, más que momentánea­
mente, sobreponerse al historiador. Incluyendo, en el historiador, la capaci­
dad de sorprenderse ante el azar. En la Navidad de 1941, el azar había de
cambiar el curso de mi existencia.
Una comisión de la Cruz Roja, formada, creo, por médicos suizos, vino a
juzgar las condiciones de vida en el campo. Era una concesión de los alema­
nes a las convenciones internacionales. Se consideró que estaba demasiado
poblado, y se decidió que cien oficiales cambiasen de campo. Algunos se
ofrecieron voluntarios. Yo no, porque decidí quedarme junto a los compañe­
ros de guerra con los que compartía tantos recuerdos comunes. Pero fui de­
signado oficialmente, por haber cometido una falta —había intentado burlar
la censura de un libro— ,42 para ser trasladado a un nuevo campo.
Salvando todas las distancias, el cambio significó —en el orden mate­
rial— el paso del infierno al paraíso. Pasé de la Polonia llana y glacial, y en
condiciones de campo de concentración, a un campo de prisioneros france­
ses, muy bien organizado desde hacía tiempo —se trataba de un antiguo
campo de esquiadores relativamente confortable— en el Tirol, en el seno de
una Austria perfectamente adaptada a la manera hitleriana. Después de todo,
Hitler era austríaco.
La pequeña ciudad se llamaba Lienz; vivíamos en las afueras en unos
edificios hospitalarios con toda suerte de servicios. Los domingos oíamos los

41. Referencia a las dos últimas estrofas del canto II del poema «Rolla» de Alfred de
Musset. La cavale sauvage muere de sed en el desierto por no haber querido (o sabido) «baisser
le front». Los últimos versos son un canto a la libertad: «Cet étre, quel qu’il soit, ou l'aigle.
ou Fhirondelle. / Qui ne saurait plier ni son cou ni son aile, / Et qui n‘a pour tout bien qu*un
mot: la liberté».
42. Se trataba del libro de Altamira. Véase la nota 35.
HISTORIA E IDENTIDAD 179

ecos de los bailes y cantos del país. Se nos permitían visitas, acompañadas, a
las pequeñas iglesias austriacas. El campo tenía su teatro, donde se acababa
de representar, cuando llegamos, una obra de Claudel. Yo estaba estupefacto.
¿Habíamos sido conducidos a otro planeta? ¿Y las carretas de cadáveres de
Nuremberg? ¿Y los brazaletes de los polacos condenados a trabajos forza­
dos? Iba a pasar dos años de mi vida en este campo de Lienz y aún otro año
en Austria. Esta experiencia me daría menos lecciones sobre el momento his­
tórico que la vivida en el campo de Nuremberg o la que representaría el fin
de mi cautiverio, pero aquellos tres años me iluminaron sobre otros aspec­
tos de la condición humana.
Viví la experiencia de una comunidad humana privada de libertad, pero
constituida en la igualdad de un mínimo vital: una especie de fraternidad y
de mutua comprensión intelectual. La igualdad ¿es más creadora de fraterni­
dad que la libertad? Sí, siempre que añadamos en la inacción. Porque es la
acción la que también divide. Aquellos camaradas que en algún momento de
su vida habían pensado en hacerse monjes decían que no se hallaban lejos
de realizar su vocación: tiempo para rezar, para meditar, para cantar, para
leer, una vez satisfechas las mínimas necesidades vitales. Añoraba muchísimo
a mi mujer y a mi hijo, pero alguna vez pensé en ellos un poco avergonzado:
¿cómo vivían, qué sentían, qué hacían en el París de la ocupación, mientras
yo no sólo vivía con relativa comodidad en el campo de Lienz, sino que in­
cluso podía disfrutar de una compañía satisfactoria?
La vida común se organizaba en pequeñas unidades, stubbes, decíamos,
es decir, habitaciones, salas de estar; también las llamábamos popotes, las
cocinas comunes. Tuve que elegir una, y al cabo de pocas horas sabía que
había hecho una buena elección. No lo había pensado dos veces; me había
dejado llevar por mis afinidades de infancia. Una popote de maestros y, en su
mayoría, de maestros del Midi francés: el mundo de mi padre y el acento de
mi país. El acento e incluso la lengua, porque, si bien en mi familia desde ha­
cía tiempo ya no se hablaba de forma cotidiana la lengua de oc, se recurría
con frecuencia a algunas palabras, algunas frases, algunos refranes de esta
lengua. Presentía que para nosotros, prisioneros, regresar al país no signifi­
caba únicamente regresar a Francia. El país era algo más sensible, más vi­
sual. más auditivo. Había meditado sobre esto anteriormente, pero allí viví y
vi vivir esta referencia a una realidad profunda.
Socialmente, redescubrí un medio que sin duda yo había subestimado, tal
vez como reacción a mi infancia. En Barcelona, en la Escola Normal de la
Generalitat, yo había intuido en lo que podía llegar a convertirse un niño de
pueblo si desarrollaba su inteligencia al servicio de una obra de enseñanza.
En Lienz descubrí a Urbain Gibert, un maestro del Lauragais, que lo sabía
todo sobre su país, sobre su lengua, sobre su economía, su psicología, y que
no quería abandonar su pueblo. Otro maestro del sur era capaz de exponer
180 PENSAR HISTÓRICAMENTE

sus conocimientos cinéfilos en términos que yo no habría desaprobado en la


más exigente de las revistas especializadas de París. Finalmente estaba el res­
ponsable material de nuestra popote: un maestro, normando esta vez —no
tengo xenofobia regional—, que constituía el perfecto modelo de organiza­
ción, inteligencia, lucidez y honestidad. Su sentido de la organización nos
aseguraba, a partir de los paquetes que recibíamos, que no moriríamos de
hambre antes del día de nuestra liberación. La verdad es que no sé qué habría
sido de mí sin él.
Puedo decir, pues, que el cautiverio me reveló buenos modelos huma­
nos. En este cuadro amistoso, en seguida fui identificado como el trabajador
intelectual que se esforzaba, a partir de su oficio, en comprender mejor las
cosas. Y conté siempre con la maravillosa ayuda, en mi trabajo cotidiano, de
conversaciones familiares y de múltiples manifestaciones de la vida intelec­
tual del campo: teatro, música, clases y conferencias. Así intercambiába­
mos opiniones e impresiones sobre la guerra y también sobre la situación en
Francia.
Aunque el conjunto me recordaba, tal vez demasiado, mi experiencia en
Nuremberg, progresivamente se iba diferenciando más y más. Los mandos
del campo, que disponían de una sólida superestructura de propaganda, se
mantenían fieles a la revolución nacional, pero nosotros nos burlábamos
un tanto cruelmente de los jóvenes oficiales que, fieles a sus costumbres
de scout, cantaban Maréchal nous voilá (himno oficial de la Francia de
Vichy) sentados en círculo sobre el césped. Y el ministro de Pétain encar­
gado oficialmente de ocuparse de los prisioneros, el ciego Scapini, fue muy
mal recibido e incluso abucheado con ocasión de una visita. La prosa de
Brasillach, propagada por Le Trait d'Union, el periódico oficial de los ale­
manes, entre los prisioneros, provocaba un rumor unánime, que expresaba a
la vez deseo y predicción: «Brasillach será fusilado».
No creo que conociéramos mejor que en Nuremberg el pensamiento y los
proyectos del general De Gaulle. Nos reíamos un poco de los gaullistas apa­
sionados; a uno de ellos, un cura alsaciano, lo llamábamos «el primado de
De Gaulle». Un espíritu despierto tal vez hubiera podido distinguir el pro­
yecto demócrata-cristiano entre los eclesiásticos del campo. Nuestra stubbe
de maestros era contigua a la de los eclesiásticos, y nuestras relaciones eran
excelentes, con alguna diferencia significativa en cuanto a ceremonias. Des­
cubrimos en estos vecinos espíritus prudentes, espíritus brillantes. Entre ellos
había un futuro arzobispo, y también, durante algunos meses, un joven sacer­
dote con un apellido muy conocido en el catolicismo francés, que aceptó más
tarde el puesto de consiliario en un campo de soldados, donde sería fusilado
por haberse opuesto a algunas injusticias.
Esta complejidad —vivida en una situación de reclusión— prohibía todo
exceso de adhesión, todo exceso de admiración, pero también de rechazo y
HISTORIA E IDENTIDAD 181

de odio. Conseguí, el día de santa Juana de Arco, y bajo el retrato del maris­
cal, que el espíritu de resistencia fuera aclamado por una numerosa asisten­
cia de entre nuestros ocupantes. En la primera fila de mis auditores distinguí
a los tres militares holandeses más importantes, que habían sido capturados
en el mes de mayo de 1940 y que desde aquella fecha ocupaban una habita­
ción separada en el campo de Lienz. Después de mi conferencia me invitaron
a tomar el té con ellos, como muestra de agradecimiento por haber expresa­
do el sentir de todos.
He contado en otra parte que, a partir de fuentes extremadamente diver­
sas, pude reconstruir los textos esenciales para la comprensión de la obra de
Marx,43 y disfruté así del privilegio de leer íntegramente el Manifiesto comu­
nista a mis auditores, algunos de los cuales nunca habían oído hablar de él.
Cuando terminé, tuve la alegría de ver avanzar hacia mí a mi viejo amigo,
normalien y agregado de historia, Michel Foumiol, antiguo socialista, pero
ya entonces muy escéptico en política, diciéndome: «¡Qué texto! Nunca será
suficientemente leído». También en estos tiempos y en este lugar reuní y

43. «Tuve tiempo, por de pronto, de familiarizarme algo con el pensamiento económico
llamado “moderno”. No lo bastante como para tener un “conocimiento" — no tengo la menor
pretensión a este propósito— , pero sí, así lo espero, para un cierto “reconocimiento'’ del terre­
no, es decir, para distinguir los límites entre los cuales este pensamiento puede ser útil a la re­
flexión del historiador. Hasta entonces, lo confieso, mis maestros en economía habían sido antes
que nada algunos clásicos del siglo xvin, Marx y el Cours d'économie politique de Simiand, que
Luden Febvre había recomendado a los historiadores como “libro de cabecera”. Hoy sé, mucho
más que entonces, por qué no habría podido elegir mejores guías. No eran en absoluto los que
la universidad, antes de 1940, ofrecía a los estudiantes de economía. Ahora bien, no me gusta
despreciar lo que tengo consciencia de conocer insuficientemente. Y como se me presentaba la
ocasión, bien a pesar mío, de volver a ser estudiante, decidí aprovechar el hervidero de cursos y
de manuales que animó nuestros campos de oficiales desde las primeras semanas de cautiverio.
Quedé sorprendido del eclecticismo confuso, del dogmatismo ingenuo, corrientemente adminis­
trados a aquel nivel elemental de la formación económica: los clásicos invocados como siguiendo
un viejo rito. Marx refutado en una lección, los mecanismos económicos y monetarios práctica­
mente divorciados de la realidad histórica. Me instruí mucho más. naturalmente, cuando nos lle­
garon tratados de una mayor envergadura: pienso en los de Fran^ois Perroux sobre el valor y el
beneficio. Pero no pude captar realmente la medida de la ayuda dada al historiador por el pen­
samiento teórico hasta que no abordé, con la pluma en la mano (una pluma muy fina, por cier­
to, para ahorrar papel y burlar la censura), las grandes obras de Schumpeter y de Keynes. No
obstante, para comprenderlos y para situar a sus discípulos, me sentí tan vigorosamente ayuda­
do por las nociones bebidas en Marx, en Simiand, en los “primitivos” de la economía, que los
signos de desdén me resultaron definitivamente irrisorios. Respecto a Marx, autor prohibido,
tuve que recuperar el hilo de su pensamiento a partir de la obra de dos de sus adversarios, lo
suficientemente honestos como para citarlo extensamente: el economista belga Comelissen y
el padre Echeverry. De esta curiosa experiencia saqué el convencimiento de que el Marx eco­
nomista y filósofo, aun peor comprendido que el Marx sociólogo e historiador, no se situaba
por detrás, sino por delante de los análisis de Schumpeter y de Keynes» (Cataluña en la España
moderna. Prefacio, pp. 24-25).
182 PENSAR HISTÓRICAMENTE

pensé lo esencial de lo que constituiría más tarde mi pequeña Historia de


España.**
Y todo esto no me impedía asistir con placer a la representación de las
mejores obras de teatro parisino, interpretadas por un serio profesor de dere­
cho, o de una opereta de los años veinte montada por un vasco, futuro direc­
tor del casino de Biarritz; tampoco me perdía las partidas de petanca entre
miembros del clero y antiguos normaliens, entre los cuales se hallaba Jean
Favard, uno de los grandes matemáticos de nuestro tiempo. Siento un poco de
vergüenza por mostrar este cuadro idílico —una especie
/
de árbol de la paz—
en los tiempos de Pearl Harbour y Stalingrado. Eramos perfectamente cons­
cientes de que sin este sacrificio lejano no hubiéramos empezado a mirar a
nuestros guardianes con cierta ironía. A veces sentía mala conciencia.
Lienz me pareció también un lugar especialmente favorable para la eva­
sión. Mi amigo de Bar-le-Duc y de Nuremberg, el capitán Lejeune, había
conseguido evadirse en 1941. Desde París y desde Londres organizaba con­
tactos para la evasión de oficiales. Mi mujer consiguió introducir algunos pa­
peles en los paquetes que me enviaba, así como algunas piezas de ropa del
todo necesarias; también había conseguido explicarme en sus cartas el plan
de mi evasión. En una de nuestras sesiones semanales de duchas en los lo­
cales anejos al campo, conseguí salir vestido de paisano después de haber
entrado como militar. Alegremente atravesé la ciudad y pude tomar el tren.
Tenía un billete para Viena y confiaba poder luego proseguir el viaje hasta
París.
Mis papeles decían que yo era un obrero español que me hallaba traba­
jando para el Reich en tierra austríaca, pero no tenía que contarlo a mis ve­
cinos de compartimiento. No sabía hablar alemán —y no tenía que simular
hablarlo— , pero lo comprendía lo suficiente para hacer mis propias deduc­
ciones sobre la identidad de aquellos vecinos. En primer lugar, había dos4

44. Vilar ha explicado: «En alguna ocasión dije y escribí — incluso pensé, como pasa a
menudo en la elaboración de los recuerdos— que durante casi cinco años de cautiverio había
hablado de España e incluso concebido (y no redactado) mi pequeña Historia de España bajo la
influencia de mis simples recuerdos. Esto es cierto para el período 1927-1939. del que fui testi­
monio. Pero resulta menos cierto respecto al siglo xix, sobre el que Pío Zabala, pródigo en de­
talles (a veces superfluos, a veces sabrosos) referentes a los acontecimientos políticos, también
es fiel al plan de Altamira , en terrenos que las modas recientes presumen haber descubierto
como los de la vida privada o la fiesta. Pero fue Altamira quien definió el perfil de esta histo­
ria interna y quien privilegió sus dimensiones, en las fuentes que señala al historiador y en el
esfuerzo explicativo que recomienda al divulgador y al pedagogo. Así es que en todo lo que
concierne a la historia antigua y moderna de Iberia fue Altamira la fuente de donde tomé lo
esencial de lo que me parecía que tenía que decir a los franceses, siempre ignorantes y con fre­
cuencia despreciativos, respecto al pasado español» («Hommage á Rafael Altamira. Quelques
mots de Pierre Vilar», Estudios sobre Rafael Altamira , Fundación Gil-Albert, Alicante. 1987,
p. 426).
HISTORIA E IDENTIDAD 183

campesinas tirolesas que me tomaron por un civil alemán, de antes o de des­


pués del Anschluss, y hacían lo imposible para avergonzarme. ¿Por qué —
decían— yo no estaba en el Frente del Este? Pronto percibí qué podían sig­
nificar estas palabras, Ost< Front: el horror de Stalingrado para las tropas ale­
manas. Me parecía que las dos mujeres no cuestionaban la legitimidad del
Osí Front; se limitaban a constatar que algunos habían conseguido esquivar­
lo. Después se instalaron a mi lado dos jóvenes. Uno debía tener poco menos
de veinte años, y el otro no llegaba a los quince. Dos hermanos, dos mucha­
chos de aspecto magnífico, dos modelos de soldado del Reich, perfectos pro­
ductos del mecanismo nazi. El mayor explicaba al joven la alegría que expe­
rimentaba cuando combatía sobre un carro de guerra. Le deseaba, le aconse­
jaba, que entrase lo más rápido posible en la condición que le reservaba este
gozo.
Esta hora de tren fue suficiente para revelarme un mundo que, en nuestro
encierro, no había sospechado. En Lienz habíamos imaginado a nuestro alre­
dedor un Tirol de postal —con campesinos que bailaban y cantaban— y aho­
ra descubría un mundo de mujeres angustiadas y de jóvenes guerreros prefa­
bricados. Austria no era Polonia, sometida al III Reich por la violencia. Era
peor: Austria estaba de acuerdo. Me preguntaba si tenía alguna posibilidad
de atravesarla. Acababa de tener, en este mismo tren, un sobresalto que es­
peraba haber disimulado bien. El revisor del tren, un hombre tranquilo, me
había devuelto el billete diciendo: Viertzen, siebzen. Catorce, diecisiete. Era
la hora de partida del tren para Viena que debía tomar en la estación de en­
lace. Catorce, diecisiete, además de resumir las dos fechas más trágicas de mi
infancia, eran también los números de matrícula que yo llevaba en el campo
alrededor de mi brazo, grabados sobre una placa de hierro. Las cifras a veces
parecen hacernos extraños guiños.
En la estación de enlace no era el tren hacia Viena lo que me esperaba.
Había uniformes a ambos lados de la vía. Fui identificado. Me esperaba una
noche de cárcel entre dos borrachos. Un sargento del campo vino a recono­
cerme. Educadamente, se limitó a decirme: Pech. Es decir, ¡mala suerte!
A mi vuelta me sorprendió comprobar que el campo tenía un aspecto muy
diferente al del día anterior. Todos los oficiales se hallaban alineados, fuerte­
mente vigilados. No creía posible que hubieran otorgado tanta importancia a
mi evasión individual, pero no sabía qué pasaba. Sin ser informado, fui ence­
rrado en un sótano. Estaba bastante tranquilo, sabía que tan sólo permanece­
ría allí diez días. Era la sanción habitual en estos casos. Tan sólo habían trans­
currido unas pocas horas cuando vi llegar, empujado bruscamente, a un civil
bastante mal vestido, que al verme me dijo: «¡Mira, pero si tú ya estás aquí!».
Me explicó que veinte de nuestros camaradas se habían fugado aquella noche
a través de un túnel. Supe así que la pasividad del campo de Lienz era sólo
aparente. Pero el Tirol es un valle muy aislado y ninguno de los fugitivos
184 PENSAR HISTÓRICAMENTE

pudo llegar a Francia. Los que más suerte tuvieron se contentaron con una
larga excursión por Italia. Desgraciadamente hubo algunos heridos, e incluso
un muerto. La evasión había puesto en situación de alerta a los paracaidistas,
y los labradores, avisados, decidieron disparar indiscriminadamente contra
todos los sospechosos. No me había equivocado cuando había juzgado a Aus­
tria en guerra.
Aquellos días, en nuestra celda subterránea, un incidente nos revelaría to­
davía otro aspecto del nazismo. Puedo decir que fue el único día de la guerra
en el que sentí realmente, en el fondo de mis entrañas, miedo. La puerta de
nuestra celda se abrió bruscamente y ante nosotros apareció un auténtico
Estado Mayor, cinco o seis altos dignatarios del Reich. con sus uniformes de
gala y saludando: ¡heil. Hitler!, con una solemnidad inquietante. Me pregun­
té: ¿Qué van a hacemos?, ¿qué significa este espectáculo? Era difícil adivi­
narlo. Venían a liberar a uno de nuestros camaradas, a uno de los evadidos,
cumpliendo órdenes directas de Hitler. Lo liberaban porque era de Dieppe, y
porque los habitantes del puerto de Dieppe unos días antes no habían ayu­
dado a los ingleses en un desembarco. Evadido, apresado, encarcelado, libe­
rado, nuestro camarada se balanceaba sin saber qué decir. Esperaban sin
duda que diera las gracias. Me parece que no lo hizo. Había de morir, dos o
tres años después, en los combates de liberación. ¡Qué destino!
Había notado otro aspecto del III Reich: la esperanza depositada en las
grandes campañas de publicidad. En Alemania habían conseguido movilizar
a las multitudes en período de crisis, ¿conseguirían los mismos efectos en los
pueblos que intentaban dominar? La manipulación de las masas no depende
sólo de los procedimientos aplicados, sino también de la naturaleza de las
expectativas esperadas. El incidente de Dieppe y nuestras evasiones ocurrie­
ron en septiembre de 1942. En noviembre los ingleses y los norteamericanos
llegaron a Marruecos y a Argelia, y la ocupación alemana se extendió a todo
el territorio francés. Para Hitler, Italia había dejado de ser un aliado y se ha­
bía convertido en una apuesta. El cielo de Lienz recordaba demasiado el de
Venecia. Decidieron de nuevo que debían trasladarnos. No demasiado lejos,
sin embargo; seguiríamos en Austria. En Estiria, cerca de Graz, en un campo
improvisado, muy poco confortable, donde no pudimos recuperar ni todos
nuestros instrumentos de trabajo ni todas nuestras amistades. Allí vivimos los
años 1943 y 1944, entre el aburrimiento y la inquietud.
Quisiera referirme a un testimonio de excepción. Braudel ha dicho que la
vida de prisionero había determinado en él, en su visión de historiador, una
preferencia por los hechos de larga duración,45 Si entendemos por larga du-

45. Fernand Braudel: «Para esta época habían desaparecido todas mis vacilaciones. Toca-
A A

ba puerto; el año anterior había sido nombrado profesor en la Ecole des Hautes Etudes. El vera­
no de 1939. en el Souget. me disponía a iniciar la redacción de mi libro. Y estalló la guerra. La
HISTORIA E IDENTIDAD 185

ración los grandes hechos estructurales —étnicos, económicos, esencia polí­


tica o creencia religiosa—, estoy de acuerdo en que sólo cambian lentamen­
te. Pero en lo que se refiere al destino individual, pues cada hombre —si vive
prisionero— piensa en su destino cotidianamente, el hombre prisionero
depende del acontecimiento, del acontecimiento político y, ante todo, del
acontecimiento militar. El desembarco de los aliados del Oeste, en Norman-
día —el cincuentenario del cual se festeja estos días— significó para noso­
tros el signo de una esperanza más inmediata, pero nuestro más querido
camarada, el maestro normando del que he hablado, supo muy pronto que

hice en la frontera del Rin. Entre 1940 y 1945 estuve prisionero en Alemania, al principio en
Maguncia; luego, de 1942 a 1945, en el Sonderlager de Lübeck, a donde me llevaron mis rebel­
días de lorenés. Volví de esas largas pruebas sano y salvo, quejarme sería vano e incluso injusto:
hoy sólo acuden a la cita los buenos recuerdos. Porque la prisión puede ser buenísima escuela.
Enseña paciencia, tolerancia. Ver llegar a Lübeck a todos los oficiales franceses de origen judío
fue un estudio sociológico excepcional. Y más tarde, a sesenta y siete eclesiásticos de todos los
pelajes, considerados peligrosos en sus respectivos campos, ¡también que extraña experiencia!
La Iglesia francesa abría delante de mí su abanico, del cura rural al lazarista, del jesuíta al do­
minico. Otras alegrías, otras experiencias: Varsovia, entre ellos a Alexandre Gieysztor y a Wi-
told Kula, verse inundado una hermosa mañana por la llegada masiva de los pilotos de la Royal
Air Forcé, cohabitar con todos los especialistas franceses de la evasión enviados a nuestro cam­
po como penitencia: recuerdos todos tan pintorescos a menudo. Pero lo que realmente me hacía
compañía durante esos largos años, lo que me distraía, en el sentido etimológico del término, era
el Mediterráneo. Fue durante el cautiverio cuando escribí esa enorme obra que Lucien Febvre
fue recibiendo en un cuaderno escolar tras otro. Sólo mi memoria me permitió esa hazaña. Pero,
sin el cautiverio, a buen seguro mi libro hubiera sido totalmente distinto. Tomé conciencia de
ello hace uno o dos años, al encontrarme en Florencia con un joven filósofo italiano: “¿Escribió
ese libro en prisión? — me dijo— . Ah, claro, por eso siempre me dio la impresión de ser un libro
contemplativo”. Sí. durante años, a solas, contemplé, lejos de mí en el espacio y en el tiempo, el
Mediterráneo. Y entonces tomó su forma definitiva mi visión de la historia, sin que me diera
cuenta inmediatamente, en parte como la única respuesta intelectual a un espectáculo — el Me­
diterráneo— que ningún relato histórico tradicional me parecía capaz de captar, en parte como
la única respuesta existencial a los tiempos trágicos que yo atravesaba. Todos aquellos aconteci­
mientos que sobre nosotros derramaban la radio y los periódicos de nuestros enemigos, o inclu­
so las noticias de Londres que nos ofrecían las radios clandestinas: tenía que sobrepasarlos, re­
chazarlos, negarlos. ¡Abajo el acontecimiento, sobre todo llevándole la contraria! Tenía que
creer que la historia y el destino se escribían a una profundidad mucho mayor. Elegir un obser­
vatorio de tiempo largo era elegir como refugio la posición misma de Dios Padre. Muy lejos de
nuestras personas y de nuestras desgracias cotidianas, la historia iba escribiéndose, giraba lenta­
mente, tan despacio como aquella vista antigua del Mediterráneo cuya perennidad yo había sen­
tido tan a menudo y como la majestuosa inmovilidad. Así fue, como conscientemente, me dedi­
qué a la búsqueda del lenguaje histórico más profundo que podía captar, o inventar: el tiempo
inmóvil, o, por lo menos, lentísimo en su desarrollo, obstinado en repetirse. Mi libro se ordenó
entonces según varias líneas temporales diferentes, que iban de la inmovilidad a la brevedad del
acontecimiento. Todavía hoy se esbozan estas líneas y cruzan para mí cualquier paisaje históri­
co» («Mi formación como historiador», en Escritos sobre la historia . Alianza, Madrid. 1991,
pp. 17-18).
186 PENSAR HISTÓRICAMENTE

habían hallado a su padre y a su madre muertos entre los escombros de la


ciudad de Caen, e ignoraba la suerte que habían corrido su mujer y la hija
que aún no había podido conocer. Nos resultaba difícil a todos pensar que
sólo dependíamos de la larga duración. Y desde entonces, si bien sabíamos
que nuestras esperanzas ya no se contarían en años, sino en meses, y tal vez
en semanas, ignorábamos dónde, cuándo, ni por quién, íbamos a ser libera­
dos, o aplastados, que también entraba en nuestros cálculos.
Regresemos al campo de Wagna, en Estiria. a finales de 1944. Las con­
diciones materiales de vida empeoraban día a día. Yo trataba de no renunciar
a mi trabajo. Sentíamos un destino común, podíamos soñar un futuro. Con mis
amigos maestros formamos un grupo de reflexión laica y republicana del
que conservo un buen recuerdo, porque elaboramos un proyecto de organiza­
ción de la enseñanza que se correspondería casi punto por punto con el que,
después de la liberación, sería llamado el proyecto Langevin-Wallon,46 los
nombres de los dos sabios que lo habían inspirado; un proyecto nacido de los
medios enseñantes de la resistencia comunista. Nuestro grupo, espontánea­
mente, había desarrollado su mismo espíritu, el de una Internacional de la
Enseñanza de la que ya he hablado refiriéndome a 1930.
Para nuestros guardias alemanes, ciertamente, el comunismo era algo
más que un peligro intelectual. Cuando las tropas soviéticas se encontraron
muy cerca de Hungría, decidieron un nuevo viaje y volvieron a meternos en
un tren. Y durante un instante, en el trayecto, reviví mis impresiones de Nu-
remberg, aunque transformadas por las nuevas circunstancias. Hicimos un
largo alto en la estación de Salzburgo. Como antes en Nuremberg, pero más
cerca esta vez, vislumbré sin poder cruzarla una ciudad de mis sueños, la ciu­
dad de Mozart, la ciudad de la música. Pero esta vez Salzburgo no me son­
reía irónicamente, como había hecho Nuremberg, en una atmósfera victorio­
sa. Sentí miedo por ella. ¡La guerra había respetado tan pocas cosas! Esta
vez, ante Salzburgo, no me atreví a alegrarme de encontrarme en el campo de
los que ya nos sentíamos vencedores.
Desde Salzburgo, nuestro peligroso viaje hacia el norte se vio protegido
por las circunstancias. Durante algunos días, toda la aviación aliada había
sido movilizada para el intento de contraofensiva en las Ardenas y conse­
guimos llegar sin problemas al campo de Nienburg, en Hannover. Se trataba
de un campo situado en medio del bosque, bien protegido a causa de su ais­
lamiento. Tal vez había sido confortable en los inicios de la guerra; pero
ahora se concentraron en él prisioneros llegados de todas partes. Una vez
más viviría una experiencia humana positiva. Fuimos acogidos fraternal­
mente, a pesar de las incomodidades derivadas de un amontonamiento cada
*

46. Henri Wallon. conocido médico y psicólogo francés, fue secretario general del Minis­
terio de Enseñanza.
HISTORIA E IDENTIDAD 187

vez más excesivo de personas. Unos pocos meses fueron suficientes para
trabar nuevas amistades y para renovar algunas que databan de mis años
parisinos.
Quiero recordar en particular la amistad

con Arséne Alexandre,4 7 uno de
mis compañeros más queridos de la Ecole Nórmale y de la Sorbona, el que
me había hecho conocer, de vez en cuando, los cafés de Montparnasse. Se in­
teresó por mi mujer y mi hijo. Yo le pregunté por su mujer y su hija, también
residentes en París. Alexandre se mostraba mucho más ansioso que yo ante
el futuro del mundo. Tenía miedo del comunismo, que él veía ya instalado en
Francia. Yo veía las cosas con mayor lucidez y, a la vez, con mayor ilusión.
Era más lúcido respecto a Francia: yo no creía que una democracia pudiese
ser influida por la extrema izquierda. Pero ciertamente me había ilusionado
demasiado respecto al mundo: me parecía que la Unión Soviética y el Asia
comunista anunciaban una etapa nueva hacia una humanidad más racional­
mente organizada. Subestimaba la complejidad de las transformaciones. Pero
Beethoven. cuando había compuesto la sinfonía Heroica, en plena carrera del
ejército francés, ¿no había subestimado también la complejidad de las etapas
que habían de ser franqueadas? ¿Hay que reprocharle el haber confiado en la
inteligencia humana?
En el campo de Nienburg había un personaje que llamaba la atención.
Intercambié pocas

palabras con él, pero sabía que se trataba de un antiguo
alumno de la Ecole des Chartes que se había ordenado religioso —desconoz­
co de qué orden. Llevaba una vida de meditación; era un místico, algunos
decían «un santo». Veréis por qué hablo de él después de haber hablado de
Alexandre. El 4 de febrero de 1945, en los inicios de una agradable noche,
fuimos despertados por un inmenso resplandor y una enorme traca. Una
bomba había destruido una de las barracas del campo y había causado algu­
nos daños a otras. Todo estaba sumido en la oscuridad. Hubo que esperar a
que amaneciera para organizar el socorro. De Colas des Francs —así se deno­
minaba el hombre místico— no quedó ni rastro. Ni el cuerpo ni los objetos
personales: desaparición absoluta. Algunos quisieron ver en ello un signo
del cielo. Yo busqué a Alexandre. Conocía bien su rincón cotidiano. Encon­
tré su cuerpo separado de la cabeza. Es una visión que uno no olvida jamás.
También me veo acompañando a un camarada desconocido, desde el ser­
vicio, donde me había pedido que le acompañase, al camión que debía tras­
ladarlo. Se creía ciego para toda la vida. Había unos cien que se hallaban en
la misma circunstancia; el espectáculo era atroz, tal vez más que la misma
muerte. Afortunadamente, creo que todos recuperaron la vista. Al menos eso
me dijeron más tarde.

47. Arséne Alexandre. normalien de la promoción de 1924. Había sido profesor del lycée
de Dijon.
1 8 8 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Habíamos oído hablar del bombardeo de Londres; un testigo ocular nos


había contado los de Dresde y Hamburgo. Nuestro mejor camarada había su­
frido en su familia los bombardeos de Caen. Pero fue entonces cuando nos
dimos cuenta de lo que realmente podía provocar una desgraciada y solitaria
bomba. Yo había visto en París, en 1937, el Guernica de Picasso.4849Volví
a verlo, más tarde, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, como ob­
jeto de arte contemporáneo; no era su lugar adecuado. En el Prado, en un
aislamiento claramente estudiado, pero en la perspectiva del Tres de mayo de
Goya y de Las lanzas de Velázquez, Guernica adquirió todo su sentido en la
historia de nuestro siglo. Siento que haya vuelto a ser colocado en un museo
de Arte Contemporáneo. Pero tal vez no se trate de un gesto inocente. Apa­
rentemente, es una anécdota; de hecho, puede significar la huida ante un
símbolo.
La pequeña bomba del 4 de febrero de 1945 planteó más de un problema
general a nuestra conciencia de prisioneros. A nuestros guardias les hubiera
encantado oímos decir: ;ingleses de mierda! Un pequeño avión, tal vez el mis­
mo que había ocasionado el daño, sobrevoló el campo y lanzó flores a la me­
moria de nuestros muertos. Unos dijeron: ¡está bien! Otros: ¡qué mal gusto!
¡Qué extrañas responsabilidades adquiere un aviador que transporta bombas!
Es el problema que planteará Hiroshima.
Sentir, en la inacción forzada, acercarse el fin de la tragedia, provocaba
algunas alucinaciones. Entre los camaradas que nos acogieron había un raro
personaje, un empleado de comercio sin ambición, maníaco de la poesía de
Mallarmé. Para su gran alegría, yo disponía de los textos que él soñaba: «Un
coup de dés jamais n'abolirá le hasard»,4t) con los comentarios correspon­
dientes de Camille Soula. mallarmiano, tolosano y biólogo.50El cálculo de
probabilidades se había convertido en nuestra obsesión.
Un día iniciamos una marcha a pie de ochenta kilómetros hacia el norte.
Fue la ocasión de extraños encuentros y tuvo un final feliz, pero en una ve­
cindad aterradora. El primero de estos encuentros aún representa un misterio
para mí. Tuve la sorpresa de encontrarme, cara a cara, con un joven colega

48. Sobre el contexto de la exposición del Guernica en París en 1937: «Ese mismo año los
grandes artistas españoles dieron una especie de réplica a esta solidaridad internacional [Segun­
do Congreso de los Intelectuales para la Defensa de la Cultura]. En la exposición de Artes y
Técnicas de París, el pabellón español era modesto en sus dimensiones, pero concebido por
Josep Lluís Sert, albergaba el Guernica de Picasso, el Segador de Joan Miró y la Montserrat de
Julio González» (La guerra civil española , p. 149).
49. Mallarmé (1842-1898) escribió el poema «Un coup de dés jamais n'abolira le hasard»
en 1897. inspirado en la música wagneriana, que fue calificado por los contemporáneos y por los
críticos como uno de los más enigmáticos ejercicios poéticos.
50. Camille Soula, amigo de Pierre Vilar, era también amigo de Vincent Auriol, futuro
presidente de la República. Había organizado la ayuda a republicanos españoles durante la guerra
civil y después tuvo un papel importante en la Resistencia.
HISTORIA E IDENTIDAD 189

que no veía desde 1930, desde la época en que ambos impartíamos clases en
el lycée de Sens.51 Nos encontramos una tarde, en un campo improvisado,
bajo las tiendas, junto a otros campos de prisioneros en migración, unos que
venían del este, otros que venían del sur. En 1930 era un brillante joven filó­
sofo tentado por el marxismo y colaborador de La Pensée. En 1945 me llevó
a su tienda y me presentó a alguien que claramente se había convertido en su
maestro intelectual: se trataba de Paul Ricoeur.
Paul Ricoeur es hoy una autoridad reconocida de la filosofía francesa.
Merece serlo por la fuerza y por la diversidad de su pensamiento, y por la
perfección de su escritura. No he vuelto a tratar con él personalmente, pero
he tenido ocasión de leer y criticar sus escritos, al menos aquellos que se re­
fieren a la ciencia histórica.52 Es la viva encamación, desde mi punto de vista,
del concepto de filosofía: la capacidad del hombre de razonar de modo abs­
tracto y gratuito, un modo de pensar más cercano a la religión que a la cien­
cia. Basta razonar bien sobre una realidad mal conocida para seducir nuestro
deseo espontáneo de ordenar los mecanismos que nos gobiernan. Pero a par­
tir de esta ilusión uno puede pensar que los hombres son más fácilmente go­
bernables que las cosas. Me parece que el siglo que yo he vivido y que en
estos momentos me esfuerzo en revivir ha aportado pruebas suficientes de lo
contrario. Somos capaces de ir a la Luna, pero no sabemos detener la guerra
en Bosnia.
Sonrío cuando pienso que mi primer encuentro con Ricoeur coincidió,
más o menos, con una experiencia tragicómica. En uno de estos cruces de
campos improvisados coincidimos con prisioneros oficiales italianos que se
caracterizaban por no haber combatido. Los alemanes los habían considera­
do prisioneros a partir del giro político de Italia. El resultado era que estos
infelices, que habían sufrido hambre —y ello se reflejaba en su rostro— ,
tenían aún sus maletas llenas de camisas de seda, de calcetines finos, de za­

51. Se trataba de Mikel Dufrenne. autor de reseñas de filosofía en La Pensée.


52. Ricoeur y Vilar volverían a coincidir, al menos, una vez: «Era en Sévres, en 1950. Se
habían reunido profesores de historia y profesores de filosofía, para ayudarse a reflexionar sobre
sus distintos modos de pensamiento, y sobre la mutua ayuda que podían proponerse recíproca­
mente. Paul Ricoeur pronunció en esa ocasión una admirable exposición sobre la objetividad en
historia, que luego publicó como principio de su obra Histoire et Vérité ... la exposición de Ri­
coeur, apoyándose con fuerza en su inmensa cultura filosófica, y excelentemente informado
(aunque desde el exterior) de las más recientes y mejores formas de investigación histórica,
presentaba sin embargo a mis ojos dos lagunas inexplicables: parecía ignorar la obra de Emest
Labrousse, y ni siquiera había citado a Marx. Me extrañó ... Se lo pregunté a Ricoeur. Me res­
pondió algo secamente que Marx no le interesaba, por no ser un “filósofo crítico”. Intenté con­
testar. y el presidente de la sesión me interrumpió en seguida, diciendo (más bien gritando) que
no estábamos en Praga y que yo no iba a imponer la dictadura de un pensamiento», en «His­
toria social y filosofía de la historia», publicado por primera vez en 1964; en castellano en Eco­
nomía, derecho, historia , Ariel, 1983, p. 154).
190 PENSAR HISTORICAMENTE

patos que brillaban. Hubo entre ellos y nosotros algunos trueques espectacu­
lares —pequeñas latas de paté por pantalones impecables— que habrían
alucinado a cualquier economista matemático especializado en la teoría del
intercambio; un valor de cambio totalmente disociado de todo valor trabajo.
Humanamente, era bastante triste.
Nuestras relaciones con unos alemanes casi derrotados también eran tris­
tes, a pesar de la tentación de tomárnoslas con humor. Nuestros guardias
soldados, viejos y cansados, no deseaban otra cosa que dejamos libres. Pero
llegó una sección de las SS con la que era mejor no encararse. Dos inciden­
tes me divirtieron. Uno, a costa del amor propio de un alemán; otro, a costa
del amor propio de uno de nuestros camaradas. En una conversación de tono
bastante amistoso, uno de nosotros creyó poder ironizar sobre el Gott mit uns
de los cinturones alemanes: «¿Creéis realmente que Dios está con voso­
tros?». «¡No! Es un deseo. Sólo le pedimos que lo esté.» «¿Y os escucha?»
La fórmula podía ser ridiculizada en los dos sentidos. Pero también noso­
tros podíamos recibir lecciones. Habituados a cruzamos con auténticos niños
doce o trece años como máximo— armados con fusiles, una vez que
vimos a uno que no llevaba, uno de nosotros le dijo maliciosamente: «Has
du kein Gewehr?» (¿Tú no tienes fusil?). El niño respondió: «Und du?»
(¿y tú?). La lección del pequeño vencido de 1945 al grandullón vencido
de 1940 era una buena lección. Seguramente alemanes y franceses no habían
dejado de darse lecciones de este tipo desde 1914. Pero la perspectiva de ver
desfilar el próximo 14 de julio [19941 a alemanes armados en los Campos
Elíseos no me tranquiliza. ¿No será que ahora nos creemos capaces, fran­
ceses y alemanes juntos, de dar lecciones a los otros? Todo esto merece al
menos algunas reflexiones.
Proclamados libres por un coronel de Quebec —en francés, lo que resul­
tó agradable—, todavía tuvimos que andar algunos kilómetros antes de ser
albergados en un pueblo. En el camino vivimos algunos incidentes llenos de
significado. Llegamos a una rica granja —una casa impecable— donde rei­
naba el desorden en el corral y en los establos de los animales, y las mujeres
que nos recibieron lloraban. En seguida nos dieron a entender que nunca con­
fundirían a los oficiales franceses —gente civilizada— con los soldados po­
lacos y rusos —gente salvaje. Oyéndolas, creimos en un primer momento
que habían ocurrido cosas terribles: asesinatos, violaciones. Después supi­
mos que soldados rusos y polacos se habían comido la noche pasada dos cer­
dos de la granja. ¿Había que reír o llorar? Entre lo objetivo y lo subjetivo
puede haber un abismo.
Nos dijeron: seréis alojados en Bergen, un pueblo bastante grande. El
nombre no nos resultaba familiar. En la carretera nos cruzamos con un con­
voy de refugiados: mujeres, ancianos, niños, coches, muebles... De nuevo nos
invadió la tristeza. Dijimos a los oficiales ingleses responsables del sector:
HISTORIA E IDENTIDAD 191

«Pero ¿por qué los habéis expulsado de sus casas? Nosotros vivimos en cam­
pos desde hace cinco años. ¿Qué importan unos días más?». Nos respon­
dieron: «Si vierais lo que hay a pocos kilómetros de aquí, no tendríais estos
escrúpulos». Confieso que esta respuesta no me satisfizo. Aquella gente ¿era
responsable de lo que había ocurrido en su entorno? Todavía no he resuelto el
problema: ¿somos responsables de lo que dejamos hacer?
Sin embargo, algunos aspectos de la psicología de algunos pequeño-
burgueses de Bergen, que nos visitaron a menudo —de hecho, visitaban sus
casas— en los días siguientes, me parecieron especialmente inquietantes. En
especial, no me gustaba el tono con el que se dirigían a nosotros. Se sentían
de la misma raza, de la misma clase. Los otros —los que habían sido liqui­
dados en los campos vecinos— debían de ser delincuentes, extranjeros, te­
rroristas, comunistas. Este era el complejo de raza y de clase que intentaban
compartir con nosotros. Quiero añadir que las bodegas y los cajones se
hallaban repletos de objetos de consumo, de lujo y de semilujo. Habían sido
pagados, sin duda; no los habían robado y eso bastaba para mantener tran­
quilas sus conciencias.
¿Cuáles son los tipos, cuáles son las clases de hombres y de mujeres que
se aprovechan de las victorias y de las ocupaciones militares? Conviene refle­
xionar sobre ello para saber de qué hablamos cuando decimos el pueblo.
El campo vecino, el que había horrorizado a los ingleses, llevaba el nom­
bre de Bergen-Belsen. Y creo que constituía el horror absoluto. Digo «creo»
porque no lo visitamos. Pero uno de nuestros camaradas prisioneros, un sacer­
dote polaco, que había sido solicitado para asistir a algunos moribundos,
cuando regresó permaneció postrado en lágrimas durante cuarenta y ocho
horas. No se trataba de una muerte industrializada, como en Auschwitz. Se
trataba de otra forma de horror. En Bergen-Belsen habían reunido a todos los
supervivientes de éxodos, prisiones políticas, persecuciones raciales, y se con­
tentaron con dejarlos morir, sin cuidarlos, sin alimentarlos. Se trataba de un
modelo de horror antiguo; es posible que durante la guerra de los Treinta Años
ya se hubieran dado este género de cosas. Entre la herencia del pasado y las
formas modernas, de ciencia ficción, del crimen colectivo, no sabría elegir.
La proximidad del campo de Bergen-Belsen nos resultó útil a nuestros
camaradas y a mí. Organizaron en Celle, una pequeña ciudad cercana, un rá­
pido puente aéreo. En cada avioneta iban dos o tres enfermos con esperanzas
de salvación y algunos oficiales prisioneros.

Mi viaje en avión por encima del oeste alemán me sugirió algunos nue­
vos interrogantes. Las ciudades, también las pequeñas, y con ellas evidentes
tesoros de arte y de historia, habían sido totalmente destruidas por los bom­
bardeos. Pero de vez en cuando, en las grandes encrucijadas de comunicacio­
nes, o en medio del campo, veíamos grandes conjuntos industriales, fábricas
192 PENSAR HISTÓRICAMENTE

imponentes, que la aviación sólo había podido salvaguardar cumpliendo ór­


denes estrictas. La Alemania de las catedrales y de los Meistersingers había
sido convertida en un cementerio, pero se había preservado para un futuro no
lejano la Alemania de la técnica y de la producción. Sin duda, hubiera resul­
tado imposible, y reconozco que ahistórico, hacer revivir a la primera; pero
¿era necesario destruir todos sus recuerdos? Y ¿a quién se deseaba dotar de
una conciencia de fuerza? Yo no podía imaginar, en Bruselas, la partición
de Alemania, ni Japón después de Hiroshima. En Bruselas, en el cine, la
gente aplaudía las películas soviéticas.
Llegué a París el primero de mayo de 1945, bajo la nieve, pero con la ale­
gría desbordada en las calles. Ante mis ojos, los meetings y los desfiles de
otras veces. Me pareció revivir 1936 más que 1939. Mi mujer y yo teníamos
la impresión de habernos dejado el uno a la otra el día antes. ¡Tan fuerte era
nuestra coincidencia en el pensamiento y en el sentimiento! ¡Pero cuántas co­
sas teníamos para explicarnos! Con un punto de interrogante común: ¿qué
había sido de nuestros amigos de España?
A principios de agosto tomaríamos el tren para Barcelona.
Guerra y cautiverio, me doy cuenta de que he otorgado a estos episodios
de mi vida mucho más espacio del que me había propuesto. Si reflexiono un
poco me parece bastante lógico. Este pequeño libro es la continuación de
un proyecto de ensayo que yo quería consagrar a algunas observaciones sobre
los conceptos de país, nación, estado, imperio. La guerra y el cautiverio son.
de una forma clara, consecuencias habituales de estas divisiones del mundo.
La experiencia vivida en este terreno bien merece ser objeto de reflexión.
CONCLUSIONES

Había pensado dedicar un capítulo de mi ensayo de la colección «La cons­


trucción de Europa» al problema de la complejidad de los diversos tipos de
pertenencias. He dicho «de la complejidad». No digo «de la jerarquía», porque
se trata, ante todo, de no sugerir ninguna. Si afirmáis: «lo que importa es el
lugar de origen», «es la religión», «es la nación», «es la conciencia de impe­
rio»; si decís: «lo que importa es esto» o «lo que importa es aquello», estáis
juzgando y dando por supuesta la importancia del fenómeno que queréis ana­
lizar, cuando lo que hay que hacer es someter el fenómeno a un examen cien­
tífico. Es lo que tanto temía Charles Seignobos.
De hecho, la importancia otorgada a cada sistema de pertenencia, en los
individuos como en los grupos, varía según los momentos y según las situa­
ciones. Y en este juego de modificación relativa radica el auténtico problema.
Todavía otra observación: ¿no hemos otorgado, hasta ahora —y en particular
los historiadores—, demasiada importancia a los fenómenos llamados de con­
ciencia: conciencia de grupo, conciencia nacional, conciencia de clase? ¿No
sena necesario hablar también, y tal vez más, de inconscientes? Porque ¿no es
sobre todo nuestro inconsciente el que se halla marcado por las pertenencias
de grupo? Conozco los peligros que corre un no especialista cuando recurre
a nociones que toma prestadas del psicoanalista. Pero también es peligroso
ignorarlas y pasarlas por alto. Es lícito utilizarlas, siempre que, naturalmen­
te, no confundamos el uso de una palabra con la solución de un problema.
Dicho esto —o sea, tomadas las precauciones necesarias— podemos exami­
nar de qué modo los problemas de pertenencias pueden ser iluminados por
las experiencias que he descrito.
Hay un primer problema, que no diré que no haya sido tratado, pero sí
que demasiado a menudo lo ha sido como una evocación de lo extraño, me­
diante recursos literarios o cinematográficos. Estoy pensando en la concien­
cia del mundo sentida en cada punto del globo en cada momento preciso. Si
nos interesamos por la evolución de la humanidad, no es inútil intentar repre­
sentamos, para cada momento de la prehistoria y de la historia, la conciencia
—fragmentada o global— que la humanidad podía tener de sí misma. El his­
194 PENSAR HISTÓRICAMENTE

toriador alemán Peters dibujó y publicó un cuadro sintético de corresponden­


cia cronológica,1que habría podido ser un instrumento de primer orden si hu­
biera conocido una mayor difusión. El quinto centenario del descubrimiento nos
ha recordado que hace sólo quinientos años —no es mucho— los occidentales
partieron a la búsqueda no sólo de El Dorado, sino del paraíso terrenal. Y en­
contraron testimonios de civilización tan impresionantes como las pirámides de
Egipto o las ruinas de Babilonia. No es, pues, inútil preguntamos, a nosotros y
a nuestros contemporáneos: ¿qué conciencia tenemos del mundo?
Los etnólogos, para comprender mejor la humanidad, intentan aproxi­
marse a los grupos humanos más aislados. Es una tarea legítima, pero no está
claro que este aislamiento nos permita aprehender las estructuras fundamen­
tales del espíritu humano. Sus capacidades de construcción gratuita, tal vez
sí; el análisis interno de los mitos siempre es interesante. Pero el punto de
interrogación, origen de todas las ciencias, sólo aparece ante el contacto con
otras realidades. En todo momento, en todo lugar, es preciso preguntarse:
¿cuál es la amplitud del mundo percibido por tal individuo o por tal grupo?
¿Cómo puede representarse?
Gracias al historiador Denis Richet contacté, en mis años de enseñanza

en Hautes Etudes, con un joven y brillante iraní que había estudiado la visión
de los occidentales en sus viajes al Oriente Próximo.12 No se trata, en este
caso, de la visión de los vencidos, sino de la visión de los vecinos. No es me­
nos interesante. De hecho, cada viajero traslada y nombra las instituciones
que él ve según el modelo de su propio país. Es el fenómeno de la «cámara
oscura». Nosotros nos creemos más avanzados. ¿Lo somos realmente? Haría
falta, como mínimo, verificarlo. Nos hemos sensibilizado, a causa del na­
zismo, por los problemas raciales; sabemos qué autores desarrollaron la
teoría de la desigualdad de las razas.3 Se trata de pretensiones falsamente
científicas y peligrosas por sí mismas. Pero ¿estamos seguros de que hace
ciento cincuenta años, o cien, la opinión común, la creencia espontánea en
Europa occidental, no consideraba la desigualdad de razas como una eviden­
cia? ¿Y como una evidencia que se imponía a los más grandes? Hay textos
de Marx, y he citado aquí mismo alguno de Freud, que ofrecen pocas dudas
al respecto.

1. Arno Peters, Synchronoptische Geschichte. Universum-Verlag, Munich-Solln, 1970.


2. Se trata de Hamed Fouladvind. autor de los libros: Introduction á Vétude de la révolution
iranienne, EMESS, París, 1980. y Auges des miroirs, André Biren, París, 1981.
3. Vilar se ha referido en «Lo común y lo sagrado» al libro de Arthur Gobineau, conde de
Gobineau, Ensayo sobre ¡a desigualdad de las razas humanas, 1835-1855. En la coyuntura
del cambio de siglo, algunos autores han considerado los postulados de Le Bon. a los cuales
también ha hecho referencia Vilar en la primera parte del libro, como signo de racismo contem­
poráneo. Véase, por ejemplo, el capítulo «Déterminisme. racisme el nationalisme», de Michel
Winock, Nationalisme. antisémitisme et fascisme en France, Seuil, París, 1982.
CONCLUSIONES 195

No puedo dejar de citar, como importante en su momento, el poema de


Jules Romains L'homme blanc que creo una última expresión del racismo
, 4

considerado como una evidencia. Con una mirada amable y paternalista sobre
los negros, y desconfiada, a la vez que admirativa, sobre los astutos amarillos.
El poema termina, afortunadamente, con un himno a la República Universal,
que logrará vencer un día a los ángeles subterráneos con el compás, la ba­
lanza y la lira.5 Pero fue escrito en vísperas del conflicto durante el cual, de
Auschwitz a Hiroshima, el hombre blanco no supo demostrar otra superiori­
dad que la técnica. Dicto esto un día [junio de 1994] que acabo de oír, como
noticias de actualidad, los posibles conocimientos de Corea del Norte sobre
la bomba atómica y la incapacidad para detener, en Ruanda, las luchas étni­
cas. ¿Quién se atreve hoy a hablar todavía —como en los sesenta y setenta—
de los valores intrínsecos de la negritud o de la evidente superioridad de las
sociedades campesinas?
He empezado diciendo que a menudo la conciencia del mundo ha estado
estimulada por procedimientos literarios o cinematográficos. En la segunda
mitad del siglo xx se ha dado un paso de gigante en el conocimiento de cual­
quier parte del mundo por el resto. Me refiero a la televisión. La televisión da
una imagen que fácilmente puede convertirse en la imagen dominante. Pero,
la imagen de la televisión, ¿quién la da realmente? Es uno de los grandes
interrogantes de nuestro tiempo. Y no el menos importante. La televisión
puede cambiar la naturaleza, el tipo o el grado de los diversos conocimientos,
de las diversas pertenencias al mundo. Se trata de un fenómeno histórica­
mente nuevo, y significa un reto para los sociólogos.
Además del sentimiento de pertenencia al mundo, que puede ser muy de­
sigual en grado y en calidad según las personas y los grupos, existe en cada
uno de nosotros o, en todo caso, en la gran mayoría de los individuos, la con­
ciencia más o menos clara —aquí se trata mucho menos de una cuestión de
inconsciente— de compartir con otros hombres, más allá de las fronteras
existentes, no un conocimiento, pero sí una visión y una interpretación co­
munes, ya sea respecto a cómo pensamos que el mundo debería ser, ya sea
respecto a lo que esperamos después de la muerte. ¿Comunidad de opinión,
comunidad de creencias? No me gusta demasiado la noción de «familia espi­
ritual», que sugiere admiraciones e implica al menos indulgencia.
0 ^ ^

Pero las comunidades de creencias han sido en la historia, más de una


vez, creadoras de peligros. Guerra santa del islam, cruzadas cristianas, gue­
rras de religión, evangelización forzada: constituyen, desgraciadamente, una

4. Jules Romains. L'homme blanc. Recopilación de poemas que aparece publicada en 1937.
5. El poema final se titula «Hymne» y acaba con esta estrofa: «Instituteur, c'est toi, maítre
d'école, / Que Thomme blanc charge de son dessein; / Et ton soldat. ton calme fantassin, / C’est
lui, ó république universelle!».
196 PENSAR HISTÓRICAMENTE

buena parte de la historia. Y, sin embargo, el cristianismo y el islam son en


principio religiones portadoras de paz. Conozco mal, como historiador, los
otros ejemplos.
Si observo la realidad actual, el fundamentalismo musulmán triunfante en
Irán, amenazador en Argelia y Egipto, no me tranquiliza. Se trata sobre todo,
en este caso, de otro fenómeno: el factor religioso como factor constitutivo de
la personalidad nacional. No me parece —pero habría de ser estudiado por es­
pecialistas de la diplomacia— que la comunidad sentida por los musulmanes
del mundo entero sea de orden religioso. Pero sí pienso que, a pesar de ello,
existe, en el marco de Bosnia, una llamada a la solidaridad islámica. Estas
llamadas ¿son capaces de suscitar respuestas lejanas? ¿Y es la mayoría la que
responde, o se trata tan sólo de minorías? También habría que estudiarlo.
Respecto al catolicismo, he aludido, en «Lo común y lo sagrado», a los
viajes de Juan Pablo II. Me parece haber constatado que este papa, de origen
polaco, aplica, en sus viajes, una visión del catolicismo que parece identifi­
carse más con una característica nacional de un determinado país que con
una búsqueda de solidaridad universal religiosa. En Francia, he podido ob­
servar, en el curso de mi vida, un fenómeno bastante curioso en el terreno de
las solidaridades católicas. Hubo un tiempo en que Quebec, considerado
como una especie de lugar de preservación del viejo catolicismo francés, era
citado constantemente como ejemplo y casi considerado como otra Francia;
pero cuando el fenómeno quebequés con sus tendencias independentistas se
convirtió, en un momento de su evolución, en un movimiento progresista,
casi izquierdista, las solidaridades se invirtieron.
Porque existen, al lado de las religiones, otras solidaridades. No las lla­
maré ideológicas, porque la palabra ha adquirido de un tiempo a esta parte un
sentido peyorativo, tanto en el marxismo como en la opinión conservadora;
pero las llamemos ideológicas o no, existen solidaridades espontáneas. El
presidente Clinton no es socialista, pero un socialista francés lo prefiere ins­
tintivamente al presidente Bush. René Rémond pretendió un día demostrar
que ya no existe ningún abismo entre la izquierda y la derecha. Emest La-
brousse, aquel día, en una intervención memorable, respondió que siempre
existiría en el mundo gente orientada hacia el pasado y gente orientada hacia
el futuro.6

6. Vilar hace referencia a este tema y a este episodio más de una vez: «Pues, en fin, la ge
te se pregunta cada vez más en España y en el mundo qué es lo que hay que entender por “iz­
quierda" y por “derecha”. Recibí hace varios años, de parte de una especie de sociedad de pen­
samiento entre jóvenes, fundada en Madrid, la recensión de un coloquio organizado sobre el
tema ¿qué es la “izquierda"?, ¿qué es la “derecha”? Y justo al mismo tiempo, la Sociedad de
Historia Moderna Francesa me invitaba a una conferencia de René Rémond. historiador dedi­
cado a la “politicología", que llevaba por título: “¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Distinción o pura vi­
sión del espíritu?”. La primera parte de esta conferencia, un estudio histórico, fue excelente (era
CONCLUSIONES 197

Han existido en este dominio, tal vez aún existan, solidaridades más pre­
cisas: «Proletarios de todos los países del mundo, unios». Esta fue durante
muchos años la fórmula y existe un himno en el mismo sentido: La Interna­
cional. André Wurmser explica, en sus memorias,7 que en el momento de la
derrota francesa bastaba que alguno de los prisioneros de un grupo vigilado
por guardias alemanes silbara alguna nota de La Internacional para observar
en el rostro de algunos de sus guardias signos inequívocos de simpatía. Yo
mismo constaté que, en un campo de oficiales, aquellos de nosotros que ha­
bían podido tomar contacto con el mundo exterior, si se daban a conocer
como comunistas, encontraban muy pronto no tan sólo signos de simpatía,
sino también ayuda, en particular para la evasión. Y creo haber dado algunos
ejemplos, en mis recuerdos, de intercambios de simpatías y antipatías espon­
táneas, en particular en tomo a los hechos españoles, en el seno de naciones
vecinas, y según las clases sociales. En la preguerra, durante la guerra y en el
momento de la liberación.
La complejidad de las pertenencias nos conduce a preguntamos también
sobre nuestros sentimientos más íntimos, más allá de nuestra conciencia del
mundo y de nuestra concepción del mundo: aquel que cree en el cielo, aquel
que no cree en él.8 En lo más profundo de nuestro ser, ¿a qué nos sentimos
ligados?, ¿de qué sentimos que formamos parte?
Me siento incómodo ante la palabra pueblo porque, si bien me inspira
una inmensa simpatía, sé que su uso permite disimular algunas trampas. En
el vocabulario de la última guerra, y en el de todas las ocupaciones y todas
las liberaciones, ha sido muy frecuente, en Francia, decir —y yo también me
lo he dicho a mí mismo— con una inmensa sinceridad: luchamos contra los
nazis, no contra el pueblo alemán. Muchos fusilados lo afirmaron ante su ver­

de esperar de René Rémond, autor de estudios muy buenos sobre “la derecha en Francia”). El
análisis de actualidad, que concluía en una casi indistinción, me convenció menos. El viejo
maestro Labrousse, siempre tan dinámico, protestó: la distinción, dijo, existe desde siempre:
puede perder en ciertos momentos una parle de su sentido en las clasificaciones partidistas: pero
permanece como orientación profunda en el sentimiento íntimo de cada hombre: “movimiento”
y “resistencia”, se decía en el lenguaje del siglo xix; instintivamente, siguiendo sus orígenes, su
formación, su temperamento, más que su “ideología”, un hombre desea ver cambiar las cosas,
otro tiene miedo de verlas cambiar. “Izquierda” y “derecha” existen y no son fruto de la imagi­
nación», «Recuerdos y reflexiones sobre el oficio de un historiador», Manuscrits, n.° 7 (diciem­
bre de 1988), p. 27. También se enfrenta a esta problemática en «Emest Labrousse et le savoir
historique». En cuanto a las posiciones de Rémond, se encuentran reafirmadas en su último tra­
bajo La politique n'est plus ce qu'elle éíait. Flammarion. París, 1994.
7. André Wurmser, Fidélement vótre (Soixante ans de vie littéraire et politique), Bernard
Grasset, París, 1979. Wurmser es conocido por sus escritos de crítica literaria.
8. «Celui qui croyait au ciel / Celui qui n’y croyait pas / Tous deux adoraient la belle / Pri-
sonniére des soldáis...» Vi lar ya ha hecho referencia a estos versos del poema «La rose et le ré-
séda» de Aragón en el capítulo «Lo común y lo sagrado».
198 PENSAR HISTÓRICAMENTE

dugo, como lo recordó Aragón en su poema «L'Affiche rouge».1" Mientras or­


denaba mis recuerdos, me he planteado el problema: ¿llegué a ver al pueblo
alemán? Quería creer que sí cada vez que encontraba algún signo de simpatía:
el sargento maestro que me vigiló durante mi primera noche de cautiverio en
Francia; el sargento que me dijo amablemente: pech\, cuando constató el fraca­
so de mi fuga. Se trataba, en los dos casos, de buena gente. ¿Es esta la defini­
ción de pueblo? Me gustaría poder decir que si yo hubiera silbado La Inter­
nacional ellos me hubieran sonreído. Pero no estoy seguro de ello.10
Ya he dicho que no me gustaba nada la corrección de los oficiales ale­
manes hacia nosotros, porque vislumbraba en ella un signo de solidaridad de
clase; y la brutalidad de los guardias, simples soldados, me parecía algunas
veces una especie de guiño a la «lucha de clases». Pero, incluso en el interior
de la clase, si no dominante al menos dirigente, que constituía un campo de
oficiales, se daban atracciones internas de distinto signo. Las llamaré simpa­
tías del «medio».11
A pesar de la fraternidad de las situaciones y de los hábitos cotidianos, al­
gunos medios se reconstituyeron en el mismo campo. Había una popote aris­
tocrática, una popote de jugadores de bridge; me uní, como por atavismo, a la

9. «L'Affiche rouge» es el título de una célebre canción de Léo Ferré sobre un texto de
Louis Aragón, que conmemora la ejecución en febrero de 1944 del grupo de resistentes extran­
jeros de Manouchian. anunciada a los parisienses mediante un llamativo cartel oficial de color
rojo.
10. En otro contexto, pero también reflexionando sobre la noción de pueblo, Vilar ha escri­
to: «Pueblo no había sido pronunciado aún. Al igual que país, es con frecuencia un término sen­
cillo y cómodo, particularmente cuando uno no se atreve a elegir entre nación y Estado. Pero un
país , es un espacio y un conjunto de paisajes. El pueblo son los hombres, un gran número de
hombres. Por consiguiente, pueblo evoca preferentemente la parte menos dirigente, la más hu­
milde, la que más sufre de la sociedad; de ahí las connotaciones de la palabra, con frecuencia
políticas, casi revolucionarias. Pero cuidado, puede suceder que la llamada al pueblo sea cesaris-
ta. De todas formas, en nuestro siglo xx, en el lenguaje político, el de las liberaciones naciona­
les, pueblo es altamente predominante. Se habla del pueblo cubano, del pueblo argelino. Y des­
de 1810, según la reciente tesis que he citado antes, parece factible estudiar a un personaje como
Mariano Moreno siguiendo la manera en que emplea la palabra pueblo. Al principio de su acción,
llama a los pueblos de América a emanciparse, y dicha llamada va dirigida a los diversos grupos
humanos que comparten el espacio colonial español; Moreno se percata en seguida de que sólo
obtendrá dicha emancipación de los pueblos si se apoya en el pueblo, incluidos los pobres, los es­
clavos, los negros, los indios. Es una gran lección. Pero ¿a quién se dirigen semejantes lecciones?
¿Al corazón? ¿Al espíritu? ¿Se fundamentan acaso sobre una personificación de los grupos? ¿O más
bien sobre sus problemas? Sería conveniente plantearse brevemente esta última pregunta: ¿qué es
hacer la historia de..., ya sea de un pueblo o bien de un país ?», «Recuerdos y reflexiones sobre el
oficio de un historiador», Manuscrits, n.° 7 (diciembre de 1988), pp. 18-19.
11. Tal vez la palabra castellana «medio» no ha adquirido el mismo sentido ni la misma
fuerza que la palabra francesa milieu, que tanto han utilizado algunos sociólogos franceses.
A menudo podría ser sustituida por «mundo»: el mundo de los maestros, por poner el mismo
ejemplo de Vilar.
CONCLUSIONES 199

popote de los maestros. Y me decía que mi primer guardia simpático también


era maestro. Más tarde, después de la guerra, establecí lazos de amistad con
maestros alemanes. Y sentí una gran decepción cuando supe —no he podido
verificarlo— que Klaus Barbie, el verdugo de Lyon, era hijo de maestro. Sé
muy bien que el medio no es más determinante que la clase; es necesario
estudiar también las circunstancias, el contexto. El trabajo del sociólogo es
también un trabajo de historiador.
Quiero terminar estas rápidas reflexiones, a pesar de todo, con una reco­
mendación: hay que tener siempre presentes las palabras, pero desconfiando
de ellas. Cuando decimos «pueblo» estamos, de hecho, sugiriendo una sim­
patía por la gran mayoría. Pero ¿cómo y cuándo puede expresarse la gran
mayoría? ¿A través de las mayorías electorales? Sabemos que cambian, y
que son capaces de elegir a un Hitler. Por ello me inquieta la expresión «el
derecho del pueblo a disponer de sí mismo», a la autodeterminación: ¿bajo
qué forma y dentro de qué límites un pueblo puede ser consultado? Y regreso
a la indicación, tal vez fundamental, de mis reflexiones globales. Es necesario
estudiar el vocabulario y, sobre todo, saber criticar su uso, su uso fácil, su
uso común.
Estos días —6 y 10 de junio de 1994— se conmemora el cincuentenario de
dos acontecimientos. Uno, glorioso: el desembarco exitoso de las tropas alia­
das —inglesas, canadienses, norteamericanas y francesas— en las costas de
Normandía. el 6 de junio de 1944. Cuatro días más tarde, el 10 de junio,
se produjo un hecho horrible, que puede relacionarse psicológicamente con el
desembarco, si bien tuvo lugar en otro escenario. En respuesta a un atentado
terrorista, por orden de dos oficiales alemanes, pero no en su presencia, una
sección del ejército alemán masacró enteramente a un pueblo de 640 habitan­
tes.12 Los hombres fueron fusilados, las mujeres y los niños murieron quema­
dos y asfixiados en la iglesia; sólo se salvaron, por azar, cinco de sus habitan­
tes. La conmemoración de este hecho me ha permitido oír estos días muchas
palabras, muchos textos; lamento como historiador no poder verificar sus fuen­
tes y comprobar algunos de sus detalles. Según los informadores, el mariscal
Pétain habría escrito a Hitler una carta acusando de crímenes de guerra a la
«nación alemana», y Hitler habría respondido citando una lista de horrores per­
petuados por «los Franceses». La palabra «nación», los nombres colectivos con
mayúscula, ¿son suficientes para delimitar una responsabilidad colectiva? Pero
la paradoja más espectacular, en la tragedia de Oradour, se reveló durante el
proceso que tuvo lugar después de la guerra. No se pudo encontrar a los ofi­

12. Con motivo del cincuentenario de este episodio se han publicado algunos trabajos:
Sarah Farmer, Oradour: arréi sur mémoire, Calmann-Lévy. París, 1994 (el original apareció en
inglés el mismo año), y Sylvain Joubert. Un crime de guerre. Oradour-sur-Glane, Flammarion.
París, 1994.
200 PENSAR HISTÓRICAMENTE

cíales responsables, y se supo que doce o trece de los soldados de la sección


organizadora de la masacre eran alsacianos. Alsacianos reclutados de oficio,
que dijeron haberlo sido a su pesar. Se les preguntó: ¿y no podíais desertar?
Respondieron: «es mucho más fácil decirlo que hacerlo». Como mi sargento
pacifista de 1939, y según la definición de Durkheim que he citado.1314
Una palabra —aún— puede servir para esclarecer algunas cosas. La divi­
sión alemana que destruyó Oradour-sur-Glane se llamaba «Das Reich», el Im­
perio. Y puede que se trate de la palabra más elocuente. El primer Imperio
francés cometió en España más de un crimen de la dimensión de Oradour. Se
cometieron otros, en Argelia, alrededor de 1960, en nombre de un imperio
francés moribundo. Atención, pues, al deseo de Imperio, de Reich. Los fenó­
menos de imperialismo de finales del siglo xix y principios del xx, nos han
sido descritos de una manera bastante convincente, y no sólo desde el marxis­
mo. Se han explicado sus causas, pero ¿han sido vistos en todas sus manifes­
taciones? Me parece que el imperialismo alemán —el que se expresa por la
palabra Reich—, incluida su última forma hitleriana, se explica ampliamente
por el complejo de inferioridad colectiva de la comunidad alemana ante los
imperios inglés y francés.
Pero me pregunto si no hay un término aún más significativo —aunque
menos usado— que las palabras imperio, nación, pueblo, etc. Me refiero a la
palabra potenciad Puede satisfacer perfectamente la necesidad de los orgu­
llos internos, también en el terreno individual, e incluso en los individuos
más pobres: «no soy nadie, pero soy francés», «pero soy alemán». Muchas
veces, también en estos últimos tiempos, en las discusiones sobre Europa,
para tranquilizarnos, se nos ha dicho: «Francia perderá importancia, ¡pero
Europa será una gran potencia!». Y los esfuerzos de Europa para constituir­
se son esfuerzos para constituir una potencia. La voluntad de actuar como
potencia se manifiesta, de hecho, en la estructura misma de las Naciones
Unidas.
Confieso que mi simpatía espontánea por los hechos soviéticos derivaba
en gran parte de que dejaran de definirse como Imperio, y pasaran a ser
Unión de Repúblicas; y pienso que, en los hechos ibéricos, una unión de re­
públicas socialistas ibéricas tal vez hubiera constituido la mejor solución
para los problemas llamados nacionales. Es necesario estudiar desde este

13. «Lo común y lo sagrado», p. 31.


14. Puissanee, en francés, puede tener sentidos diferentes y más amplios que los de la pa­
labra castellana potencia, que si bien tiene el sentido que aquí trata Vilar, no tiene el sentido de
«pujanza», de «potestad», o simplemente de «poder», que la palabra puissanee reúne. Esto pue­
de comportar algunos problemas de traducción. Por ejemplo, la fórmula nietzcheana Der Wille
zur Machi. que en castellano se ha traducido voluntad de poder, en francés se ha traducido vo-
lonté de puissanee y el título del libro de Elias Canetti Masse und Machí —traducido al castella­
no Masa y poder — en francés ha sido traducido Masse et puissanee.
CONCLUSIONES 201

punto de vista la historia de las repúblicas soviéticas y la historia de las re­


públicas yugoslavas en tiempos de Tito. Las conozco demasiado mal para
atreverme a juzgarlas. ¿He dicho juzgarlas? No debiera haber pronunciado
este verbo. Se trata de diagnosticar. Y, desgraciadamente, para dar un diag­
nóstico en materia de historia, y de una historia sociológicamente pensada,
nuestros instrumentos sólo pueden ser comparados a los de la mecánica ce­
leste del siglo xvi, o a los de la medicina del siglo xvn.
A menudo hemos de contentamos con aproximaciones, con fórmulas ca­
paces de sugerir. Una vez utilicé una que me permito reproducir: «la historia
humana es una combinación entre los males de la voluntad de actuar como
potencia, y la impotencia de las buenas voluntades».15 Acabo de cometer,
y pido perdón por ello, junto a la impudicia de citarme, la imprudencia de
repetir una fórmula que, aunque exprese una verdad, fácilmente puede pro­
vocar el desánimo, sin que aporte ninguna luz al problema. De hecho, se
limita a proponer su análisis. ¿Dónde, cómo, por qué se ejercen las volun­
tades de actuar como potencia? O ¿cómo, por qué fracasan las buenas vo­
luntades?
Aprendí un día de mi cautiverio —decididamente en cautividad se apren­
den muchas cosas, y esto es lo que justifica un gran número de estas páginas—
una fórmula que me impresionó. La enunció Georges Vedel: «El estado es el
que dispone de la fuerza armada». Sí, y no digo que las Naciones Unidas no
signifiquen una primera esperanza, un primer esbozo, de la República univer­
sal. Es fácil detectar, acá y acullá, la presencia de las llamadas fuerzas arma­
das de las Naciones Unidas. Más difícil es saber quién las dirige. El balbuceo
de las instituciones nos es revelado por el balbuceo del vocabulario. Con oca­
sión de la guerra del Golfo, el presidente de la República francesa se dirigió a
los franceses, diciéndoles: «Por primera vez va a ser ejercida una fuerza inter­
nacional en el sentido del derecho: un país no puede invadir otro país sin ser
sancionado». Y, en efecto, esto podría representar una premiere, una gran noti­
cia. Pero ¿qué significaba en aquel contexto la palabra «país»? El desierto de
Irak había invadido el desierto de Kuwait. Se trataba de dos estados cuyas

15. Vilar ha dictado: «Les méfaits de volontés de puissanee et I'échec des bonnes volon-
tés». Vilar ha utilizado esta fórmula, haciendo referencia a las reflexiones de Marc Bloch. «el día
siguiente a la éirange défaite». Según Vilar. Marc Bloch «se preguntaba si no había pecado de
imprudencia insistiendo, como había insistido, en los mecanismos básicos de los cambios a lar­
go plazo, cuando el destino de los hombres de carne y huesos se .juega, a corto plazo, entre la
locura de las voluntades de poder y el fracaso de las buenas voluntades» (¿ ’historiador i les gue-
rres, p. 19). Este párrafo se ha traducido directamente de la versión catalana, la única publicada.
Pero Vilar había escrito: «entre la folie des volontés de puissanee et Limpuissance des bonnes
volontés». En cualquiera de estos casos, si se respeta la traducción habitual al castellano de la
fórmula nietzcheana «voluntad de poder», se pierde el matiz (reflexión sobre los estados-poten­
cias) que Vilar ha querido introducir.
202 PENSAR HISTÓRICAMENTE

fronteras se habían constituido a partir de disputas imperialistas. Pero, país,


¿no era una comunidad de lengua?
Más tarde oí a un periodista francés —bastante importante— anunciar
solemnemente: «acaba de surgir un gran problema: el presidente Mitterrand
ha afirmado que los palestinos tienen derecho a un estado, y el presidente
Bush ha afirmado que los palestinos tenían derecho a una patria. Y —conti­
nuaba el periodista— me he precipitado sobre el diccionario Larousse para
saber la diferencia entre estado y patria». Pienso, sinceramente, que ha­
bría hecho mucho mejor recurriendo a un diccionario francés-inglés. Porque
es conveniente también tener en cuenta los problemas de la confusión en­
tre las lenguas, que datan de la Torre de Babel y que Pentecostés no pudo
resolver.
Imagino que los ingleses, en tomo a la palabra country, y los alemanes,
en tomo a la palabra laude, tendrían mucho que decir. En Francia, el en­
cuentro histórico entre las palabras patrie y pays fue muy bien evocado por
Victor Hugo, en El noventa y tres. Un sargento del ejército revolucionario,
del ejército de París, se encuentra con una campesina de la Vendée, postrada
en una zanja, tras el incendio de su pueblo, y le pregunta: «¿cuál es tu pa­
tria?». Pero ella no comprende. «¿Cuál es tu país?» Ella responde con el
nombre de su pueblo.16 El sargento se da cuenta de que la palabra patria, si
bien no acaba de ser, ciertamente, inventada, ha sido definida de un modo
nuevo por la Revolución de 1789 y los acontecimientos de 1792. Arrastraba
consigo la tradición clásica, la tradición romana. Patria, en el vocabulario de
Comedle, el vocabulario de los Horacios, es un objeto de sacralización. Para
la campesina, en cambio, el país era el pueblo, la realidad más próxima.
En Francia, esta noción de país, en el sentido de realidad próxima, ha
sido bien estudiada. Es la realidad prerromana que expresa la palabra pagus
para definir una muy antigua unidad de paisaje, de costumbres agrarias, de
formas de hábitat, tal vez de formas de lenguaje, que subsiste en el corazón
de las provincias más antiguas.17Por ejemplo, en Normandía, el Pays de Caux,

16. En francés, village. Otro ejemplo de sentidos diferentes de palabras aparentemente si­
milares.
17. Vilar había escrito en las primeras páginas del segundo capítulo — inacabado— del
proyecto inicial del libro sobre Europa: «En los tiempos remotos en que yo estudiaba en la Sor-
bona. un patriarca de la geografía, Lucien Gallois, nos comentaba su precioso libro sobre los
pays de Francia. La palabra pays viene del término latino pagus, con el que los romanos desig­
naban las pequeñas unidades territoriales fuertemente sentidas por la población autóctona, ante­
riores y subyacentes en las divisiones administrativas imperiales. ¿Hay que ver en ello una re­
sistencia. una permanencia, de las más antiguas realidades étnicas, tribales? Antropólogos y
prehistoriadores lo discutirán durante mucho tiempo. Sólo quería aquí, donde nos interrogamos
sobre las relaciones entre identidades de los hombres e identidades de los grupos, subrayar la
indiferencia generalizada de los franceses de hoy ante los problemas de ascendencia. Cuando
estaba en el cautiverio, hacia 1941-1942, la administración alemana nos hizo llenar un formula­
CONCLUSIONES 203

fe '

el Pays de Bray, el Pays cTAuge.18 La misma Francia era en sus orígenes un


país, cerca del Pays de Brie.1920
Me gustó mucho el libro de un eclesiástico, el padre Alexandre, titulado
Le horsain.2ÜHorsain, «en las afueras», forastero, extranjero. Cura de parro­
quia muy apreciado por sus parroquianos, el padre Alexandre no había deja­
do de ser considerado por ellos, sin embargo, como un horsain. Las nociones
de «adentro» y de «afuera» pueden, pues, ser observadas a diversas escalas de
un territorio. La Revolución francesa delimitó, a propósito y muy sistemáti­
camente, los cantones de los departamentos administrativos de manera que se
correspondieran lo menos posible con las viejas realidades sentidas. Cap-
many reprochó a los revolucionarios el haber actuado así. En el interior de
Cataluña el problema de este tipo de correspondencia ha girado en tomo a la
noción de comarca. Este problema de la correspondencia o no correspondencia
entre realidad sentida y realidad política y administrativamente reconocida
no es un problema menor. Entre los hombres enfrentados a la Revolución
francesa convertida en imperio francés —y en imperio conquistador— el de­
seo de sacralizar grupos de unidades territoriales se manifestó muy pronto.

rio donde se nos preguntaba: “¿A qué tribu pertenece?”. Nos divirtió. Uno de mis compañeros,
que recordó (pero mal) que habían existido en la provincia Narbonense los “tectosagos”, se de­
claró “tectófago”, y eso inspiró nuevas fantasías. ¡No! La tribu ya no funciona como marca de
identidad. Al menos en Francia, donde el pagus, al contrario, permanece como realidad viva».
Lucien Gallois (Metz, 1857-París, 1941), autor del libro Regions naturelles et noms de pays ,
profesor de la Sorbona, es el geógrafo que fundó con Vidal de la Blache la revista Armales de
Géographie.
18. «La Catalogne —escribe Vilar en la versión original de Cataluña en la España mo­
derna— est un complexe de “bons pays” et de pays médiocres qui volontiers se dédaignent
ou se jalousent...» Como dice Vilar más adelante, la palabra puede ser traducida por comarca.
Es cierto, también, que algunos autores catalanes, como por ejemplo Josep Pía, han utilizado con
frecuencia la palabra país con el mismo sentido señalado por Vilar.
19. A Vilar le gusta recordar que Roissy-en-France se llama así no porque esté situado allí
uno de los aeropuertos franceses más importantes, sino por estar situado en el pays de France y
para diferenciarse de Roissy-en-Bric.
20. Bemard Alexandre, Le horsain. Vivre et survivre en Pays de Canx, Pión, París, 1988.
Vilar también había escrito sobre este libro en el capítulo inacabado del libro sobre Europa:
«... no hace mucho, un sacerdote rural inteligente, el padre Alexandre, nos explicó su vida en su
parroquia de Normandía. Y su libro llevaba el título de Le horsain. La palabra es fuerte. Bas­
tante más que muchos de los signos de extranjería citados en las recientes obras consagradas a
la condición extranjera. Que un buen cura, después de treinta años de sacerdocio en el pueblo
donde había nacido su madre, a pesar de haberse sentido reconocido y respetado como sacerdo­
te y como hombre, se sintiera todavía forastero no es un testimonio despreciable en una re­
flexión sobre la identidad. ¡Atención! No se trata sólo de una mala forma de integración en el
pueblo: la parroquia de antes, el municipio de hoy, son comunidades de base con un fuerte corn-
ponente institucional. El no es del país excluye un espacio muy diferente, más amplio, pero bien
delimitado: misteriosa red de lazos y de afinidades, también de parentesco (¿hasta dónde se casa
la gente? Un terreno para explorar)».
204 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Capmany, en las Cortes de Cádiz, propuso definir España, no como la reu­


nión, sino como la comunión de todos los españoles.21 Bajo otra forma, esto
mismo proponían para la «nación alemana» sus filósofos.
Me pregunto si los historiadores no hemos estado sistematizando dema­
siado (a causa de las coincidencias cronológicas) la que a menudo ha sido
llamada «la era de las nacionalidades».2223Incluso en los últimos trabajos de
Eric Hobsbawm, teniendo en cuenta sus citas historiográficas, parece defen­
derse la imagen del estado-nación como una consecuencia normal de la his­
toria, es decir, como una necesidad histórica ineludible en el siglo xix.
Esta evidencia presenta algunos inconvenientes. Por una parte, y esta es una
práctica muy extendida en Francia, tendemos a buscar aquello que en los si­
glos xvi y xvn anunciaba los futuros estados-nación. Por otra, el modelo dado
al Tercer Mundo en el proceso de descolonización fue aún el modelo de estado-
nación, al cual todos nos referimos de un modo natural. Me pregunto, en cam­
bio. si reflexionamos bastante sobre el carácter espontáneo de ciertas visiones
sociopsicológicas. He visto citado un texto del siglo xv de una reunión de los

Etats Généraux del Condado de Comenges que habla del Condado como de
un Cuerpo Místico. Es bastante impresionante. No lo es menos que un mismo
autor, y un autor del siglo xvi, haya cantado su afecto por el país, por el paisa­
je inmediato —el pequeño Liré. la dulzura angevina— y haya escrito: «Francia,
madre de las artes, de las armas y de las leyes»; se trata de una personificación
muy anterior a la constitución definitiva del hexágono.2' El hexágono, la bota ita­
liana, la «piel de toro»; también sobre estas expresiones convendría reflexionar.

21. Vilar ha aludido más de una vez a este episodio: «En la primera sesión constitucional de
las Cortes, donde Capmany. en el momento de definir la nación española, propone reemplazar la
palabra reunión por comunión, ¿cómo podemos dejar de ver en él al precursor de la distinción
Gesellschaft-Gemeinschaft. que Tonnies, un siglo más tarde, haría célebre?». El artículo termina:
«Y cuando Capmany reprocha a los “filósofos” la utilización de la palabra pueblo con “énfasis”,
sin acompañarla de “una definición clara y exacta en sus escritos”, les reprocha igualmente el uso
de “la palabra patria sin definirla de independencia, sin explicarla de libertad, sin circunscribirla de
pueblo, y sin demarcarla de soberanía cuando menos dejan de ésta al soberano”. ¿Fórmula reac­
cionaria o fórmula revolucionaria? Fórmula de lucidez, histórica, simplemente». «Antonio de Cap­
many, des lumiéres et des ombres», pp. 193-194. Unas reflexiones parecidas ponen punto final al
artículo «Patrie et nation dans le vocabulaire de la guerre d'Independence espagnole».
22. Vilar ya se había manifestado crítico respecto a una visión excesivamente simple de la
«era de las nacionalidades» en la Introducción de Cataluña en la España moderna: «La “era de las
nacionalidades”, que había asistido a la realización de las unidades de Italia y Alemania, había
conmovido, por el contrario, una solidaridad española cuya existencia parecía haberse hecho pa­
tente de modo espectacular con el episodio antinapoleónico de la guerra de la Independencia. ¿Qué
luz podían arrojar sobre estas importantes cuestiones nuestros análisis económicos?» (p. 35).
23. Referencia a los dos sonetos de los Regrets de Joachim Du Bellay (Liré. Anjou, 1522-
Paris. 1560) que empiezan: «Heureux qui. comme Ulysse, a fait un bon voyage ... Plus (me
plaít] mon petit Liré que le mont Palatin, / Et plus que fair marin la douceur angevine», y
«France. mere des arts. des armes et des lois...».
CONCLUSIONES 205

Pero también es necesario, en el otro extremo, no confundir «el imaginario


de la patria» con «la patria imaginaria». Es lo que hizo un joven doctor de la
Universidad de Aix-en-Provence, catalán, creo, a propósito de La Patria de
Aribau.24 Para él, este texto de circunstancias se hallaría en el origen de toda
una corriente de pensamiento constructor de una patria imaginaria. A mí me
parece, al contrario, que el texto de Aribau, y tal vez precisamente porque se
trata de una obra de circunstancias, expresa claramente lo que para nosotros
significa un imaginario de la patria. Y el hecho de que fuera publicado al
lado de un comentario sobre Walter Scott ayuda a situar el poema en un con­
junto cronológico. El autor de este pequeño ensayo se adscribe a la escuela
más exigente en crítica de textos. Pero la crítica de textos no puede sustituir
ni la psicosociología de los imaginarios colectivos, ni las confrontaciones
cronológicas que exige la historia.25
Las imposibilidades derivadas de la edad han hecho que en este libro me
haya limitado a evocar ante todo recuerdos. Sé que muchos de mis amigos
catalanes se preguntarán —por lo tanto, me pedirán, o me pedirían si pudie­
ran— qué papel otorgo, en estos recuerdos, a mis orígenes geográficos per­
sonales. He explicado a menudo, con una sonrisa, que Fernand Braudel ha­
bía atribuido mi interés por Cataluña a mis orígenes, pero yo no soy catalán.26
El fenómeno nacional catalán me impresionó en su primer momento jus­
tamente porque lo percibí como un hecho extraño. Digo extraño, no necesa­
riamente extranjero. Lo que me pareció extraño, y que me gustaría explicar,
fue la diferencia entre el fenómeno catalán en el interior del estado español y
la gran debilidad —si no ausencia total— de fenómenos parecidos en el Lan-
guedoc e incluso en el Rosellón.
Naturalmente, me refiero al problema de la lengua. Sería necesario estu­
diar, y sería difícil hacerlo estadísticamente, según los lugares y las clases so­
ciales, la conservación, el abandono y eventualmente la reconquista de las
lenguas originales en relación a la lengua del estado. Así como la psicología

24. Antoni-Lluc Ferrer, La patrie imaginaire. La projection de «La Patria» de B. C. Ari­


bau (1832) dans la mentalité catalane eontemporaine, 2 vols., Université de Provence. Aix-en-
Provence, 1987.
25. Las reflexiones críticas sobre la tesis de Ferrer constituyeron el núcleo central de la con­
ferencia «L'Oda a la patria. La patria imaginaria?» pronunciada por Pierre Vilar el 5 de enero

de 1988 en el Centre d'Etudes Catalans de París, el texto de la cual fue publicado en El Contern-
porani, n.° 5 (enero-febrero de 1995). pp. 13-20, y también, en el mismo año 1988. de la «Con­
ferencia inaugural» publicada en Estudis. Actes del Col-loqui sobre Verdaguer. Anuari Verdaguer
1988. Eumo. Vic, 1989.
26. En la reseña publicada en los Armales d'Histoire Économique el Sociale, abril-junio
de 1968. Braudel escribió: «Pierre Vilar se ha vuelto tan ardientemente catalán como Lucien
Febvre lo ha sido del Franco Condado toda la vida». Vilar comenta esta frase —y reflexiona so­
bre las relaciones entre Febvre y el Franco Condado— en «Recuerdos y reflexiones sobre el ofi­
cio de un historiador», Manuscrits, n.° 7 (diciembre de 1988).
206 PENSAR HISTÓRICAMENTE

social de todos estos movimientos. Guardo en este aspecto un recuerdo fami­


liar bastante divertido. Mi abuela materna era hija de un artesano de Mont-
pellier bastante bien situado. Quiso que estudiara —debía ser en 1860— en
un externado anexo a un convento de la ciudad. La monja que les daba cla­
ses hablaba siempre en francés, pero cuando sus pequeñas alumnas no se
portaban bien, era fácil que montara en cólera y exclamara: «Mon Dieu,
donau-me la paciencia, un sac per la metre i un ase per la portar». No creo
que sea necesaria la traducción para los lectores que conozcan el catalán.
Pues bien, cuando la pequeña regresaba a casa, ella comentaba que su maes­
tra de escuela no destacaba precisamente por su distinción. En aquellos años,
según ella misma me contó, en la mesa de su casa se hablaba occitano. Ma­
dre de diez niños, creo que mi bisabuela no habló jamás otra lengua. Aquí se
sitúa el cambio.
Mis abuelos, paternos y matemos, hablaban en lengua de oc, pero decían
que hablaban en patois, y nadie se ofuscaba al oír este término. En mi infan­
cia, siempre encontré a mi abuela paterna extremadamente silenciosa. Y creo
que era porque tenía miedo de hablar demasiado mal el francés. Pero en la
generación de mi padre, de mi madre y de mi tía —la joven hermana de mi
madre— ya se hablaba exclusivamente en francés. Mi padre sabía bien el pa­
tois, porque lo hablaba con muchos hombres del pueblo. Enseñaba en fran­
cés a sus alumnos. En este terreno puedo aportar mi testimonio contra una
tradición de la historiografía y del periodismo que hubiera preferido que la
escuela primaria hubiera combatido por medios violentos las lenguas origi­
nales. Mi padre en su clase —soy testigo directo de ello— solía poner ejem­
plos de la lengua de oc en su enseñanza del francés. Pero decía el patois
cuando hacía tales referencias. Es un hecho que puede caracterizar el aban­
dono progresivo de las antiguas lenguas cotidianas.
A lo largo de mi vida, he podido observar otros aspectos relativos al mis­
mo proceso. En mi primera infancia, el uso en familia del patois se hallaba
reservado —de un modo natural— a las viejas canciones, las historietas, los
chistes, en el sentido vulgar y chabacano de estas palabras. Por el contrario,
cuando viví en la ciudad, durante mi adolescencia, alrededor de 1920, el oc­
citano se había convertido en una referencia directa a la tradición: de vez
en cuando en el teatro, y en los cantos de la iglesia, en los villancicos.27 Una

27. «Cuando yo era pequeño, en Montpellier, mi familia, un poco nostálgica del occitano,
me llevaba a escuchar, en un distinguido convento, villancicos cantados por niños endominga­
dos dirigidos por un prelado muy hombre-de-mundo. Pero también, cuando había ocasión de ha­
cerlo, a ver sainetes pseudopopulares con un vocabulario que “desafiaba a la honestidad", lo que
constituía la razón de su éxito porque entonces no se admitía un equivalente en francés en la es­
cena. “Culturalismo." “Chabacanería." La Renaixen^a evitó esta dicotomía. ¿Por qué? Es un
problema histórico.» «Procés historie i cultura catalana. Reflexions critiques sobre la cultura
catalana», Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, Barcelona. 1983. p. 38.
CONCLUSIONES 207

especie de esnobismo, ante todo bien visto por el clero. Mi padre no estaba
en absoluto de acuerdo. Lo encontraba reaccionario. En cambio, en mis años
de cautiverio vi que entre los maestros de mi generación la lengua de oc se
había convertido en una referencia popular apreciada.
Pero, en realidad, el hecho occitano no me ha parecido nunca política­
mente importante. El hecho lingüístico no se halla en el origen del hecho po­
lítico. Es la conciencia política la que comporta los fenómenos lingüísticos.28
En Cataluña esta conciencia empezó en el seno de las clases medias y supe­
riores. Me pregunté por qué. A mis amigos catalanes les corresponde decir si
les he ayudado a encontrar la respuesta.

28. Estas reflexiones recuerdan mucho las que Vilar hace explícitas en las páginas finales
de la Introducción de Cataluña en la España moderna. Por ejemplo: «Es aquí donde percibimos
el orden relativo existente entre hecho político y hecho lingüístico. Es sin duda porque los cata­
lanes hablaban catalán que los catalanes han conservado una consciencia de grupo. Pero ha sido
sobre todo cuando han sentido con mayor fuerza esta consciencia de grupo cuando se han nega­
do a olvidar el catalán...», y. más adelante: «Pero una tesis puramente lingüística no puede va­
ler para explicar los movimientos históricos profundos. El renacer del catalán en los siglos xix
y xx ha correspondido a una psicología de grupo renovada...». No es extraño, pues, que, final­
mente. Vilar remita a su obra.
R osa C o n g o st

NOTAS ADICIONALES

1. A lgunos problemas de traducción y de vocabulario

En la introducción, en el texto escrito de la primera parte, en el texto dictado de la


segunda parte, en las conclusiones de este libro, es decir, constantemente, Pierre Vilar
manifiesta su preocupación por los problemas de vocabulario y, de una forma derivada,
por los problemas de las traducciones. Las palabras de Vilar no podían dejar indiferen­
te a la persona encargada de traducirlas. En esta nota se van a ver algunos ejemplos de
traducción problemática que han podido condicionar la lectura del libro.
Empezaremos haciendo referencia a la obra de Tónnies, G em ein sch a ft und G e-
s e lls c h a ft , repetidamente citada en «Lo común y lo sagrado». De hecho, en el es­
quema que Vilar había elaborado del proyecto del libro sobre Europa figuraban dos
capítulos dedicados al tema «Comunidades y sociedades», y el primer epígrafe del
primero de ellos tenía como objetivo recordar y evaluar la distinción de Tónnies.
No era esta la primera vez que Pierre Vilar se referia a la obra del sociólogo ale­
mán, publicada por primera vez en 1887. Por ejemplo, en el análisis de las primeras
palabras discutidas en las Cortes de Cádiz, con motivo de la Constitución que había
de aprobarse definitivamente en 1812:

La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios. No. dice


Villanueva: hay que añadir «baxo unas mismas leyes», porque sin leyes no hay sociedad.
De acuerdo, dice Capmany. pero todavía será mejor decir «unión o comunión, así como
se dice la comunión de los fieles y no la reunión de los fieles...». ¿Sociedad o comuni­
dad? ¿ Ge sellschaft-Gemeinschaft?

Las referencias de Pierre Vilar, en «Lo común y lo sagrado», a la obra y a la in­


fluencia de Tónnies en la coyuntura Durkheim, como también, pienso, la reflexión del
párrafo aquí reproducido, serían difícilmente comprensibles si yo hubiese retraducido
el término s o c ié té , utilizado por Vilar, por el término a so c ia c ió n . Sin embargo, eso es
lo que hubiera tenido que hacer si hubiese sido fiel a las versiones castellana y cata­
lana del libro de Tónnies que aparecieron, respectivamente, en los años 1978 y 1984,
y en las cuales sistemáticamente el término G e se llsc h a ft aparece traducido por a s o ­
cia c ió n y a ss o c ia c ió .
NOTAS ADICIONALES 209

Para que el lector pueda entender el problema que estoy planteando, me limitaré
a transcribir algunos párrafos de la edición castellana. C om u n idad y a so c ia c ió n (Pe­
nínsula, Barcelona, 1978). Podría citar muchos más. Que el lector examine el efecto
que produce en la comprensión de su lectura la sustitución sistemática de a so c ia c ió n
por so c ie d a d .

Asociación significa vida pública, el mundo mismo (p. 27).


Para que algo posea un valor definitivo en la asociación es necesario que ese algo
pertenezca a una parte, con exclusión de la otra, y sea deseado por este o aquel individuo
perteneciente a esta última parte (p. 71).
La asociación no tiene en cuenta que algunos productores trabajan más rápido o con
mayor rendimiento que otros (p. 72).
La asociación es mera razón abstracta, cuya propia razón de ser participa de esta
idea... (p. 74).

Ver la sociedad humana moderna como una «asociación de hombres» puede pro­
ducir los efectos inversos a la observación del conjunto de individuos, que actúan se­
paradamente, y de una forma a menudo individualista, como sociedad. La definición
de s o c ie d a d que da el Diccionario de la Real Academia Española, en su primera acep­
ción, parece remitir al debate de las Cortes de 1810 citado por Vilar:

1. Reunión mayor o menor de personas, familias, pueblos o naciones.

La segunda acepción, sin embargo, engloba de una forma clara el concepto de


asociación:

2. Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de


cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos
o algunos de los fines de la vida. Se aplica también a los animales. Las abejas viven en
sociedad.

El concepto de a so c ia c ió n , en cambio, si bien puede ser también aplicado a una


reunión humana, remite a un objetivo concreto de la reunión: «conjunto de los aso­
ciados para un mismo fin y, en su caso, persona jurídica por ellos formada». La dife­
rencia, pues, no es sólo de matiz. El carácter histórico de la reflexión de Tónnies
queda perfectamente plasmado en la recensión que la obra merece, a principios del
siglo xx, en la G ran E n ciclo p ed ia E spasa:

El proceso histórico sociológico se presenta, según Tónnies, como la sucesiva susti­


tución de la comunidad por la sociedad. Comunidad es una naturaleza común de carácter
orgánico, en la cual se hallan compenetrados los individuos del modo más estrecho. So­
ciedad. en cambio, es una naturaleza de carácter mecánico y de sentido individualista. El
progreso se caracteriza por ser una marcha de la comunidad a la sociedad, o sea. una me­
canización de la vida, que tiene por objeto eliminar el último resto psíquico-social de
naturaleza orgánica.

La lectura de este párrafo resultaría poco comprensible si sustituyéramos, en esta


ocasión, «sociedad» por «asociación». Las reflexiones de Vilar en tomo a la influen­
210 PENSAR HISTÓRICAMENTE

cia del libro de Tónnies, situándola en la misma coyuntura en que el concepto de s o ­


c ie d a d era deificado por Durkheim, son igualmente difíciles de comprender para quien
entienda que Tónnies reflexiona sobre a so c ia c io n e s. Me he sentido obligada a hacer­
lo notar al lector. Sobre el porqué de la sorprendente opción asumida por los traduc­
tores españoles —las versiones francesas e inglesas no dudaron en traducir s o c ié té
y s o c ie ty — sólo me atrevo a apuntar una posibilidad: ¿no será que en la década de los
setenta los sociólogos —y entre ellos los más brillantes— habían perdido cierta se n ­
s ib ilid a d h is tó r ic a ?
Tratándose de una traducción tan tardía, el problema detectado no pudo afectar
a la valoración del impacto de la obra de Tónnies en el mundo intelectual español del
primer tercio de nuestro siglo, pero el ejemplo ha servido para ilustrar la necesidad
de situar el problema de las traducciones en el contexto histórico en que se producen.
Las reflexiones de Pierre Vilar en «Lo común y lo sagrado» sobre los problemas
que las nociones francesas de fo u le y m a sse comportaron para los traductores —ale­
manes— de Le Bon, así como para los traductores —franceses— de Freud, permiten
profundizar en esta línea de reflexión y prometen ser más fecundas. Vilar partió de la
versión original —en alemán— del libro de Freud para descubrir en ella la distinción
que el psiquiatra austríaco había establecido entre M en ge y M a sse. Para Vilar, la ver­
sión francesa contemporánea de la obra de Freud, que había traducido de forma sis­
temática M en ge por m u ltitu d e y M a sse porfo u le , dificultaba la comprensión de todos
los matices introducidos por Freud.
El libro de Freud crea, todavía ahora, muchos problemas a sus traductores. Tra­
ducir M a sse por fou le fue, efectivamente, la opción de los traductores franceses de
1924 (en Payot, con el título P sy c h o lo g ie c o lle c tiv e et a n a ly se du m o i) y también la
de los de 1981 (cuando apareció, una nueva versión, también en Payot, con el título
P sy c h o lo g ie d e s fo u le s ). Pero los mismos autores de esta última versión, en el volu­
men correspondiente de las obras completas de Freud publicadas pocos años después
en Gallimard, titularon el libro P sy c h o lo g ie d e s m a sses y optaron por traducir M en ge
por fo u le y M a sse por m a ssa .
En otro libro, T radu ire F reu d , publicado en 1989, estos traductores explicaron las
razones del cambio. No ven ninguna razón —escriben— para no utilizar el término
francés disponible de M a sse. Si en 1981 habían tomado otra opción era —dicen—
porque pensaban que*el término m a sse s tenía, en la atmosfera intelectual de la Fran­
cia de principios de siglo, demasiadas connotaciones sociopolíticas («les masses
populaires», concretan). Ahora —1989— admiten que este hecho sólo hubiera cons­
tituido una razón de peso para no utilizar m a sse en el texto francés, si el término
alemán M a sse hubiera estado libre de estas mismas connotaciones, y esto - argu-
mentan— era difícilmente sostenible.
Los traductores explican que, en realidad, se habían encontrado con un problema
de «retraducción» (Freud había citado a Le Bon a partir de una traducción alemana
que había convertido las fo u le s en M a sse n , y ello había dificultado la traducción al
francés de las M a ssen y M en gen de Freud). De hecho —advierten—, también los tra­
ductores ingleses se habían encontrado con problemas parecidos. Es fácil imaginarlo
si damos una simple ojeada a los títulos de las traducciones de los dos libros a los
cuales nos estamos refiriendo:
NOTAS ADICIONALES 211

Le Bon P sych o lo g ie d e s fo u le s
The C row d: A S tu dy o f the P o p u la r M ind
M a ssen p sych o lo g ie
P sic o lo g ía de las m u ltitu des

Freud M a ssen p sych o lo g ie und Ich an alyse


G rou p P sych o lo g y a n d the A n a ly sis o f the E go
P sych o lo g ie c o lle c tiv e et a n a ly se du m oi
P sic o lo g ía de las m asas

Sólo nos entretendremos en el caso castellano. En primer lugar, hay un problema


evidente en la traducción de Le Bon, porque es difícil hallar un término castellano
(también en catalán) equivalente al de fo u le —fo lla en italiano— e incluso al c ro w d
inglés. Todas estas nociones han sido habitualmente traducidas por m u ltitu d o m u ­
ch ed u m b re. Pero seguramente no me habría decidido a escribir esta nota si en una
traducción reciente al castellano del libro de Le Bon, la de 1981 —por lo tanto, en la
edición en estos momentos más accesible al lector español— el título del libro no
hubiera sido, por primera vez, el de P sic o lo g ía d e las m a sa s (!). En esta edición las
fo u le s (traducidas a principios de siglo por m u ltitu des y a veces por m u ch ed u m b res )
han sido traducidas sistemáticamente por m a sa s , y los m en eu rs (traducidos antes
como a g ita d o r e s , in stig a d o res y m a n g o n ea d o res) han sido ahora traducidos como
co n d u cto res y líd eres. Otro ejemplo de como el contexto histórico de las traducciones
—o, simplemente, el hecho de una mala traducción— puede hacer variar la percep­
ción del contenido original de un libro. Como en el caso de Tónnies, hay que andar
con cuidado.
Más allá del tema de las traducciones, está el tema del vocabulario y del sentido
de las palabras. Pierre Vilar ha señalado, como una de las características de la c o y u n ­
tura D u rk h eim , el despertar, entre los intelectuales franceses, del interés por el tema
de las fo u le s . Se ha referido al éxito de P sych o lo g ie d e s fo u le s de Le Bon, que vio
más de treinta ediciones en pocos años. De hecho, el año de su primera edición,
1895, permite datar el inicio del interés por el tema. Así parece desprenderse de una
exploración de los catálogos de la Bibliothéque Nationale de París. En su catálogo de
materias más antiguo, correspondiente al período 1882-1894, tan sólo hallamos la en­
trada «Foule criminelle» (con un solo título, La fo u le crim in e lie, una traducción del
libro L a f o lla d e lin q u e n te de Scipio Sighele) que remite a la materia «Psychologie
collective» (con el mismo y único título). Todo parece indicar, pues, que en aquellos
años los estudios sobre fo u le s aún no habían hecho correr demasiados ríos de tinta.
En el catálogo siguiente, correspondiente al período 1894-1925 —por lo tanto, el ca­
tálogo de la co yu n tu ra D u rkh eim —, que es un catálogo sistematizado en «grandes
temas», la materia «Foules», tal cual, presenta catorce entradas. Los títulos ingleses
que hablan de c ro w d constituyen algunas de ellas. Es interesante remarcar que ningu­
no de los títulos se refiere a libros publicados con posterioridad a 1916, y que tam­
poco son posteriores a esta fecha los libros clasificados en las materias «Psicología
colectiva» y «Psicología criminal».
Una mirada al tercer catálogo, correspondiente al período 1925-1935, nos confir­
ma en nuestra idea de que el interés por el fenómeno ha mermado considerablemen­
212 PENSAR HISTÓRICAMENTE

te. En la materia «Foule. Psychologie collective» tan sólo figura una referencia. Se
trata del libro colectivo L a f o u le , correspondiente a una de las famosas semanas de
estudios interdisciplinarios que organizaba cada año en Estrasburgo el historiador
Henri Berr. El tema de «La foule» había sido el tema elegido en 1934.
La simple consulta de los catálogos de materias de una biblioteca nos puede in­
formar más de las manías de los catalogadores que sobre el contenido real de los
libros. Por ello es interesante examinar otras noticias y, en la medida que sea posible,
otras relaciones bibliográficas de carácter temático. Nos facilita esta tarea la biblio­
grafía que acompañaba precisamente la edición de los trabajos de esta IV Semana
Interdisciplinaria de 1934 sobre el tema «La Foule». La bibliografía consta de 51 re­
ferencias: 29 con título en francés, 11 en italiano, 6 en inglés y 5 en alemán (en dos
de los cuales aparece la palabra M a ssen ). De estas 51 referencias, la mayoría, exacta­
mente 42 (27 de las 29 con título francés, 11 con título italiano), corresponden al pe­
riodo 1892-1911. Son también las únicas en las que aparece en el título la palabra
francesa fo u le (17 casos).
Estamos en 1934, y quien ha aportado los datos básicos de esta bibliografía ha
sido el sociólogo Dupréél. El contenido de su conferencia en aquellas jornadas inter­
disciplinarias nos interesa especialmente, porque Dupréel tiene interés en remarcar
que el tema de las fo u le s había interesado, de hecho, en un período muy acotado:

El tiempo mejor de esta corriente de ideas se encontraría situado entre 1890 y 1905.
Fue en aquellos años cuando apareció el mayor número de obras en las cuales los autores
pretendían inaugurar la psicología colectiva bajo la forma de una ciencia «des foules», y
que el gran público acogió sus proposiciones con fervor. Este movimiento fue sobre todo
italiano y francés.

En el diálogo que siguió a esa exposición, el antropólogo Lévy-Bruhl añade a la


tesis de Dupréel un ejemplo de orden lite r a r io , cuando dice: «El movimiento efíme­
ro del u n an im ism o de Jules Romains se aproxima en cierta medida a la tendencia ca­
racterística del período que se extiende entre 1890 y 1905». También Vilar ha asocia­
do Romains, a quien dedicaremos la última nota, a una coyuntura, a Durkheim, a Le
Bon. Coincide, pues, con Dupréel y con Lévy-Bruhl en señalar el carácter efímero de
la tendencia.
Dupréel, asumiendo su condición de sociólogo, se felicita por el hecho de que en
los años posteriores —estamos en 1934—, el tema de las fo u le s haya dejado de ser
considerado un factor explicativo, un objeto de estudio separado del resto de fenóme­
nos sociales. Esta reflexión de Dupréel nos muestra el camino que debemos seguir. La
abundancia de publicaciones francesas sobre las fo u le s en el período comprendido en­
tre 1892 y 1914, se ha revelado con claridad. No nos extraña que recientemente ya se
haya hablado de «la invención de las fo u le s » . Pero las «foules» no eran un fenómeno
nuevo. Para saber donde radicaba exactamente la novedad —mejor no abusar del tér­
mino invención— es necesario, ante todo, que el lector recuerde —Vilar se ha referi­
do a ella— la clasificación de fo u le s establecida, y aceptada por muchos, en 1895 por
el doctor Le Bon:
a ) F o u les heterogéneas: 1) anónimas (fou les en las calles, por ejemplo); 2) no
anónimas (jurados, asambleas parlamentarias, etc.).
NOTAS ADICIONALES 21 3

b ) F ou les homogéneas: 1) sectas (sectas políticas, sectas religiosas, etc.); 2) cas­


tas (casta militar, casta sacerdotal, casta obrera); 3) clases (clase burgesa, clase p a y -
sa n n e , etc.).
Para Le Bon, pues, hablar de sociedad significaba hablar defo u le s , y hablar de f o u ­
les significaba hablar de sociedad. En este contexto no es extraño que fo u le s y m a s se s
se confundan, y confundan a los traductores. El libro de Serge de Moscovici, publica­
do en 1981, arrastra en su mismo título esta confusión, como ya señala Vilar. Del títu­
lo se desprende también una voluntad de análisis histórico por parte del conocido psi-
A

cólogo: L 'Age d e s fo u les. Un traite h istoriqu e d e p sy c h o lo g ie d es m asses. Pero si en


algún campo de estudio parece mucho más clara, hoy, la diferenciación entre los con­
ceptos defo u le s , c ro w d s , m u ltitu des y el concepto moderno de m a sa s , pienso que es en
el campo histórico. Dicho en otras palabras, no es lo mismo —o no crea unas mismas
expectativas— el libro que habla de «las multitudes en la historia» que el libro que ha­
bla de «las masas en la historia».
Pongamos algunos ejemplos de trabajos de historiadores. En plena co yu n tu ra
D u rk h eim , en 1911, Henri Berr reflexionó sobre las multitudes y las masas (y como
reflexionaba en francés, lo hizo sobre las f o u le s ) y llegó a la conclusión de que los
italianos, cuando oponían las fo u le s éta tiq u es a las fo u le s d in a m iq u es , de hecho, esta­
ban llamandofo u le al pueblo [peuple] de Michelet. Berr opinaba que Le Bon daba al
concepto de fo u le una extensión demasiado amplia y, con Tarde, consideraba más
adecuado llamar p ú b lic o a las fo u le s d isp e rse s. La consideración de fo u le , para Berr,
había que restringirla a los estadios de exaltación y emoción colectivas, y era por esa
razón que el fenómeno adquiría una importancia histórica especial.
Fue bajo el patrocinio de Henri Berr que se organizaron, en 1934, las jomadas
interdisciplinarias sobre «La Foule» a las cuales ya hemos hecho referencia. El histo­
riador que en aquella ocasión habló de las «foules en la historia» fue Georges Le-
febvre. Hacía dos años que el historiador había publicado La G ra n d e P e u r d e 1 7 8 9 .
El trabajo que presentó en la semana de Estrasburgo, «Les foules historiques», ha
sido objeto de algunas reediciones (recientemente, en la última edición de La G ra n d e
P e u r , Armand Colin, París, 1988). Los m en eu rs , para Lefebvre, podían ser más o me­
nos honestos, pero para valorar su influencia hacía falta analizar si había un estado de
opinión, de m e n ta lid a d c o le c tiv a , predispuesta a escuchar determinados razonamien­
tos y determinadas consignas.
Los problemas de las traducciones y de vocabulario también se hacen presentes
en los trabajos de Rudé y de Thompson, dos historiadores que han hablado de c r o w d
en inglés, d e fo u le en francés, y de m u ltitu d en castellano, si hemos de hacer caso de
9

la mayoría de las traducciones. Pero también las versiones originales presentan pro­
blemas. Por ejemplo, la primera nota del libro de Rudé The C ro w d in H istory', tra­
ducido al castellano con el título de La m u ltitu d en la h isto ria , remite a los artículos
sobre c ro w d y m o b de la E n cyclo p a ed ia o f S o cia l S cien ces. Y aunque la traductora al
español no ha dudado en traducir m ob por tu rb a , la verdad es que, en el texto, sin que
explique por qué, ha preferido muchas veces m u ch edu m bre a m ultitud. En las prime­
ras páginas del libro de Rudé, se hacen visibles otros problemas de traducción, deri­
vados a veces de las versiones inglesas —las que ha leído Rudé— de algunas obras
extranjeras. Así, la percepción de la obra de Canetti por Rudé ha sido del todo condi­
214 PENSAR HISTÓRICAMENTE

cionada por el hecho de que M a sse und M a ch í (traducida al francés como M a sse el
p u issa n c e y al español como M a sa y p o d e r ) haya llegado al público inglés como
C ro w d s a n d P o w e r. Es evidente que no es lo mismo hablar de «símbolos nacionales
de multitudes» que de «símbolos de masa nacionales».

2. L a coyuntura D urkheim en E spaña y, en especial, en C ataluña

¿Es posible hablar de coyuntura Durkheim en Cataluña, en España? Seguiremos


con el mismo tipo de ejemplos (demasiado pobres para que se constituyan en demos­
traciones, pero lo suficientemente ilustrativos para sugerir nuevas investigaciones)
que hemos dado para el caso francés. No me referiré, pues, al tema de los discursos
sobre la nación, la patria, los nacionalismos. Remito, para ello, a un estudio compa­
rativo de Vilar: «Estat, nació, patria, a Espanya i Fran9a: 1870-1914», que ha pasado,
pienso, demasiado desapercibido en los ambientes académicos. Más modestamente, y
guiados por las palabras sugerentes de Pierre Vilar en este libro, nos hemos interro­
gado sobre la evolución del concepto m a sa s en la lengua castellana, sobre la influen­
cia de Le Bon en Cataluña y España, sobre el interés por las m u ltitu d es , especialmen­
te en Cataluña, y sobre la búsqueda de d io s por parte de algunos h om bres d e buena
vo lu n tad.
Veamos en primer lugar la evolución del concepto de m a sa , y m a sa s , en castella­
no. En el volumen de la G ran E n ciclo p ed ia E sp a sa correspondiente (estamos en 1922)
la palabra m a sa s es objeto de contestación:
Designa incorrectamente el verdadero pueblo o la clase jornalera y proletaria de una
nación. Los clásicos castellanos únicamente adoptaron para esta voz, en sentido figura­
do, las acepciones de junta ó concurrencia de cosas , pero jamás usaron el plural masas,
en significación de pueblo, vulgo, público, publicidad, turba, multitud, muchedumbre,
pandilla, cuerpo, turbamulta, mezcla, grueso y otras muchas, que pueden usarse en vez
de las exóticas é inadmisibles masas.

Es evidente que los redactores del artículo no aprobaban esta expresión. Decían
que no la aprobaban por su exotismo. Es difícil adivinar otro motivo. Entre las pala­
bras alternativas propuestas, algunas tienen un significado claramente despectivo (tu r­
b a , tu rb a m u lta , vu lg o ), pero también hay otras que parecen más neutrales (p ú b lic o ,
p u b lic id a d , m u ltitu d). Pero ¿tan exótica era la palabra? En 1857, en el N o vísim o D ic ­
c io n a rio d e la len gu a c a ste lla n a a rre g la d o a la o rto g ra fía d e la A c a d em ia E sp a ñ o la ,
firmado por una sociedad de literatos, las m a s a s , en plural, venían así definidas: «Ex­
presión con que se designa al verdadero pueblo ó sea la clase jornalera y proletaria de
una nación». Es verdad que esta definición no se encuentra en ninguna de las sucesi­
vas ediciones del D ic c io n a rio d e la R e a l A c a d e m ia E sp a ñ o la , que hasta los años cin­
cuenta de nuestro siglo no admite que m a sa s en plural designe «muchedumbre o con­
junto numeroso de personas». Y es en una edición muy reciente cuando se añade un
sentido al singular la m a sa , que reivindica de hecho su papel histórico: «gran conjun­
to de gente que por su número puede influir en la marcha de los acontecimientos».
Ahora bien, si lo único que hemos podido entrever con claridad de todo esto es
que la palabra m a sa era controvertida a principios del siglo xx, la misma E n c ic lo p e ­
NOTAS ADICIONALES 215

d ia E sp a sa nos proporciona otros signos sobre la preocupación de su tiempo por el


fenómeno de las m u ltitu d es. Es ya significativo que la voz m u ltitu d ocupe un espacio
mucho más extenso que la voz m asas. Y el contenido del largo artículo referido a la
m u ltitu d revela que esta palabra poseía en aquellos años fuertes connotaciones c ie n tí­
f ic a s que hoy pueden sorprender. El artículo en cuestión, después de indicar como si­
nónimo «Vulgo (plebe)», señala que los avances de la sociología (a partir de Comte)
y de la psicología colectiva habían permitido

formular principios y conclusiones que si pueden criticarse desde el punto de vista doc­
trinal, en el terreno de la ciencia constituyen un verdadero progreso y una base muy só­
lida para nuevas y sucesivas investigaciones. Estudiada la multitud, definida por Rossi
como una formación inestable y diferenciada, desde el punto de vista psicológico, se la
considera como formando un solo ser sometido á la ley fundamental de la unidad men­
tal. en la que se funden todas las voluntades individuales, y á partir de este momento
pierden los individuos su sentido propio y hasta la conciencia de su realidad (natural­
mente, sólo en cuanto á la acción y a la volición) comportándose la masa en su con­
junto de una manera bastante diferenciada de lo que haría cada uno de los elementos
integrantes formados por separado. Una vez admitida la realidad de la existencia de la
multitud como una entidad autónoma y con vida propia, procede considerar sus carac­
teres y las leyes á que obedecen su actividad y sus movimientos.
Supone Lebon que, además de los caracteres generales comunes a las multitudes
psicológicas, existen los caracteres particulares inherentes á las distintas colectivida­
des transformadas en muchedumbres, los cuales sirven para diferenciarlas o distinguirlas
de las demás.
Pero las multitudes por sí solas no pueden realizar ordenadamente plan alguno ni
coordinar sus movimientos, sin la suprema dirección de los llamados hombres-cumbre,
los cuales condensan en cierta manera la voluntad, la conciencia y el pensamiento de la
masa, poseen la virtualidad de hacer surgir en el seno de la comunidad nuevos deseos y
aspiraciones u la de expresar en forma sintética y determinada las voliciones y los im­
pulsos caóticos é indeferenciados de los grupos.

El artículo reproduce la división y las subdivisiones de las fo u le s de Le Bon y es­


tablece diferentes tipos de m u ch edu m bres (entre las cuales, evidentemente, también
aparecen los Parlamentos). Más adelante, el artículo enciclopédico habla de «los di­
rectores y conductores de las muchedumbres» (recordemos que las traducciones de
Le Bon que circulaban aquellos años habían traducido, tal vez más fieles a las opi­
niones del autor francés, m en eu r por in stig a d o r , a g ita d o r y m a n g o n ea d o r).
El contenido de este artículo revela, pues, que la influencia de Le Bon no debía ser
del todo insignificante en determinados ámbitos de nuestro país. Esta primera impre­
sión nos ha sido confirmada por una ojeada a los catálogos de la Biblioteca Nacional,
en Madrid, y de la Biblioteca de Catalunya, en Barcelona. En ambas bibliotecas el nú­
mero de ejemplares de obras de Le Bon es muy elevado y sobrepasa claramente el de
los libros de otros pensadores contemporáneos a los que, habitualmente, se ha con­
cedido mayor importancia y se ha supuesto mayor influencia. Queremos destacarlo
porque el nombre de Le Bon no se halla hoy recogido, por ejemplo, ni en la G ran E n ­
c ic lo p e d ia C a ta la n a ni en la versión castellana de la E n ciclo p ed ia L arou sse.
En el cuadro siguiente, aparecen, por un lado, el número total de ejemplares de
cada autor disponibles en cada Biblioteca (editados antes de 1936). Entre paréntesis.
216 PENSAR HISTÓRICAMENTE

figura el número de títulos de los cuales se encuentran un mínimo de tres ejemplares


en la Biblioteca (ya sea en una sola lengua, ya sea en lenguas diferentes). Pienso que
la adquisición de más de uno y más de dos ejemplares de un título puede ser tomada
como signo de interés:

Biblioteca Nacional Biblioteca de Catalunya

Durkheim 10(1) 17(1)


Ferri 18(1) 5(1)
Fouillée 34 (5) 10(1)
Garofalo 4(1) 9(1)
James 22(1) 21 (-)
Le Bon 81 (16) 42 (6)
Lombroso 37 (2) 11 (1)
Nietzsche 26(1) 23(1)
Nordau 47 (6) 17(1)
Novicov 13(1) 12(1)
Rossi 8 (-) 5 (-)
Schopenhauer 53 (3) 59(5)
Sighele 2 (-) 4 (-)
Spencer 42(3) 60 (4)
Tarde 6 (-) 16 (2)
Wundt 17 (-) 19 (-)

Si restringimos la lista a los títulos de estos autores que han merecido un mínimo
de cinco adquisiciones en cada una de las dos bibliotecas, esta es la relación re­
sultante:

Biblioteca Nacional de Madrid:


Fouillée: L a cie n c ia s o c ia l co n tem p o rá n ea
Le Bon: La c iv iliza c ió n d e los á ra b e s
P sic o lo g ía d e la s m u ltitu des
La p s ic o lo g ía p o lític a y la d efen sa s o c ia l
Nordau: L as m en tira s c o n v en cio n a les d e n u estra c iv iliza c ió n
Schopenhauer: A fo rism o so b re la sa b id u ría d e la vid a

Biblioteca de Catalunya:
Durkheim: E l so c ia lism o
Le Bon: P sy c h o lo g ie d e s fo u le s
L es lo is p sy c h o lo g iq u e s d e 1 évo lu tio n d e s p e u p le s
Spencer: E d u ca ció n in telectu al, m o ra l y físic a
L 'h om e co n tra l'e s ta t (4 cat., 1 cast., 1 francés)
Schopenhauer: El m undo co m o vo lu n ta d y rep resen ta ció n
NOTAS ADICIONALES 217

Dejando para otra ocasión otras sugerencias que nos pueda inspirar esta relación
de supuestos bestsellers en Barcelona y Madrid, el fenómeno Le Bon continúa lla­
mando la atención. El libro P sy c h o lo g ie d e s jb u le s es el único, además, que figura en
las dos relaciones. Presenta también la particularidad —tanto en Barcelona como en
Madrid— de tratarse siempre de ejemplares correspondientes a diferentes ediciones
(en ningún otro caso se da esta circunstancia). Es curioso, asimismo, que si bien en
Madrid los cinco ejemplares corresponden a cuatro ediciones castellanas (1903, 1911,
1921 y 1929, todas de un editor diferente) y tan sólo una edición —tardía, de 1925—
en francés, en Barcelona sólo hay un ejemplar en castellano (edición de 1911) y
cinco ejemplares en francés (correspondientes a las ediciones de 1895, 1896, 1900,
1911 y 1928).
En la elaboración de este cuadro, Durkheim, Nietzsche, Schopenhauer y Spencer
han sido elegidos por su relevancia universal indiscutible. El resto de los autores que han
sido consultados han sido elegidos por la importancia habitual que se les concede en
diferentes estudios sobre los ambientes intelectuales de la España del primer tercio de
siglo. Algunos de ellos ni siquiera citan a Le Bon entre los autores que consideran
más influyentes. Contrasta, pues, este silencio y la presencia indiscutible en las dos
bibliotecas consultadas.
El tema de las multitudes, además de interesar a los redactores de la G ran E n c i­
c lo p e d ia E sp a sa , la mayoría de ellos catalanes, parece haber obsesionado de una for­
ma particular en Cataluña. No nos atrevemos a hacer la misma observación para el
resto de España, pero el análisis del caso catalán puede animar a otros a explorar este
terreno. Sólo una advertencia. En esta investigación, no habría de ocupar el primer lu­
gar la lectura del libro L a rebelión d e las m a sa s de Ortega y Gasset. Es demasiado
tardío para ser situado en la coyuntura Durkheim. Mejor empezar por La so c io lo g ía
crim in a l de Azorín, publicada en 1899, y por la aún más desconocida tesis de docto­
rado de Azaña, L a re sp o n sa b ilid a d d e las m u ltitu d es , que data de 1900.
En Cataluña, es obligado referirse a Raimon Casellas, que tituló L es m u ltitu ds un
libro que apareció en plena coyu n tu ra D u rk h eim : en 1906. En el Proemio de la obra,
Casellas se refiere a la actualidad del tema y cita dos autores italianos, Sighele y Ferri
—dos criminalistas italianos considerados bastante más progresistas que Le Bon—
para subrayar la actualidad científica del tema, si bien:

... a mí, para las visiones humanas que me he propuesto evocar, el enigma no me estorba
ni tampoco me desespera; al contrario, como toda cosa arcana, me seduce y me atrae.
No pretendo averiguar sus causas, sino contemplar sus efectos. No quiero, a la manera de
un filósofo, reducir a leyes la complicación y la incoherencia de semejantes fenómenos;
sino, a la manera de un artista, anotar su gesto y, si puedo, mostrar su símbolo.

Según explica Jordi Castellanos en su estudio sobre Casellas, el libro ya había


sido planificado en 1897 con el título El llivre d e la g e n i , donde recogería «las mul­
titudes, la psicología de los pueblos, clases sociales y sus problemas». Sabemos tam­
bién que, antes de publicar el libro. Casellas había pensado dividir el material en dos
partes, la primera de las cuales se había de titular M u ltitu ds g ro sse s y había de tratar
de «grandes movimientos colectivos de la humanidad, de carácter bélico, político,
económico o social».
218 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Así pues, ¿podemos decir que el modernista Casellas es el escritor catalán de la


co yu n tu ra D u rk h e im l Estamos tentados de hacerlo. Pero la obsesión por la Ciudad
—escrita así. en mayúsculas— de los novecentistas catalanes, ¿no podría ser también
interpretada desde este punto de vista? La glosa de 1906, en la cual Eugeni d’Ors ex­
presa su deseo de que algún día «una reunión de muchos hombres será Ciudad», ha
sido vista por Castellanos como la expresión más u n an im ista de Cataluña. Quizás sí,
y quizás la sacralización de C iu ta t se podría ver como un aspecto de la b ú sq u ed a de
un d io s , que, según Vilar, caracteriza la coyuntura Durkheim. Pero el elitismo de los
novecentistas, ¿no ha sido visto también como una actitud refleja ante la emergencia
de unas masas cada vez más informadas?
Ya hemos hablado de Casellas y D'Ors. Una consulta rápida a otros autores reve­
la nuevas pistas a seguir. Pere Corominas, uno de los fundadores de la revista anar­
quizante C ien cia S o c ia l —la revista, que se publicaría a lo largo de 1896, ya era todo
un signo— podría representar nuestro máximo ejemplo de intelectual y político de la
coyu n tu ra D u rkh eim en Cataluña. El 1896 Pere Corominas escribía a su amigo Una-
muno, colaborador de la revista:

Ahora tengo la cabeza llena de planes de trabajo que me propongo realizar. Dos ar­
tículos para Ciencia Social, uno sobre estética de la acción y otro sobre los movimientos
de las multitudes, será lo que más pronto lleve a cabo ... Como quiero terminar pronto
el trabajo acerca de las multitudes (que he observado siempre que he podido, durante
mucho tiempo), estoy leyendo lo que acerca de este punto han escrito Tarde. Sighele, Le
Bon, Adam y otros, para asegurarme de no haber descubierto el Mediterráneo.

Podríamos pensar que la experiencia de la cárcel y la evolución de Pere Coromi­


nas hacia el republicanismo y hacia cargos de responsabilidad pública lo alejasen pro­
gresivamente de sus ideales de juventud. Es lo que parece que sucedió a uno de sus
amigos más íntimos, Amadeu Hurtado, que en 1897 le escribió:

Tu desgracia me ha influido mucho. Me ha arrancado de raíz, hasta hacerme daño


(te lo digo con absoluta sinceridad) uno de mis mayores afectos: el amor por el pueblo,
por la multitud. Hoy la aborrezco, la odio, la desprecio a esta multitud brutal, egoísta y
embustera, que me fascinó con falsas bellezas cuando dirigí al mundo las primeras mira­
das. No quiero darle nada, absolutamente nada, pues me ha hecho llorar con lágrimas del
alma y me ha robado todos los ideales que constituían la esencia de mi vida. Si encuen­
tro fuerzas para reconstruir otro mundo, habrá de ser para mí solo. Los beneficios que de
mí recoja la multitud serán las migajas que deje mi egoísmo satisfecho.

A pesar de estas palabras, escritas evidentemente en un momento de desazón, las


memorias de Hurtado, redactadas en la década de los cincuenta, revelan la pasión de
un «hombre de buena voluntad», que ve la historia de Cataluña del primer tercio del
siglo xx como la historia de la relación de sus masas con sus dirigentes, y permiten
suponer que hubo una generación de catalanes susceptibles de haber sido marcados
por la coyuntura Durkheim.
Hay razones para convertir a Pere Corominas en el digno representante de esta
generación. Él fue el autor, en 1906, del pequeño ensayo D i vid a a u stera . Aparecie­
ron diferentes ediciones en catalán (la tercera, en 1911) y fue traducido al castellano
NOTAS ADICIONALES 219

(1916), al francés (1923) y al italiano (1925). En la Introducción, «Historia de esta


obra», Pere Corominas indica:

Continuamente busco la Divinidad, espero sus señales en la Naturaleza, escucho sus


palpitaciones bajo el velo fugitivo de las maravillas del mundo. Y ni la encuentro, ni me
canso de buscarla, ni pierdo la creencia ni la confianza de que un día u otro la encontraré.

Y es en la última parte del libro, la titulada precisamente «La muerte austera»,


donde Corominas parece encontrar en las «multitudes», si no a dios, sí la idea de la
«inmortalidad»: «En el día de hoy son las multitudes ciudadanas las que se revisten
de esta gentil magnificencia, y afrontan victoriosamente la idea de la muerte». Antes
había explicado —observado— que las «multitudes obraban inmortalmente» y que
«parecían poseídas por una concepción filosófica de la vida inmortal».
Pero no se trataba sólo de Corominas. El mismo Maragall parece hallarse inmer­
so, a su pesar, en una realidad de «multitudes». El poeta, que cree en Dios —es fa­
moso su «pro on sou, qui ho sap? Tot lo que veig se vos assembla en mi...»—, en su
menos conocido E lo g i d e l p o b lé , escrito en 1907, se esfuerza en diferenciar «el pue­
blo» —«las clases altas, si se creen al margen del pueblo, se desnutren de humani­
dad»— del «amontonamiento de cuerpos con un solo espíritu abstracto» que des­
prende «vaho de bestialidad» y «tufo de rebaño»:

... yo a esto no lo llamo pueblo, sino turba; y sea cual sea la calidad de los hombres que
la forman, la desprecio, y no puedo amarla ni en su presencia física, que me repugna, ni
menos en la idea abstracta de su colectividad que se me representa como un estado infe­
rior de humanidad, amorfa, caótica aún.
I

Pero tanto como esos párrafos descalificadores nos interesan estos otros:

... es muy difícil amar de lejos o así, en masa: y los que dicen que aman a una masa, lo
que aman es una idea monstruosa que ponen encima de ella; es decir, que, en rigor, aman
una obra propia, se aman tan sólo a sí mismos. Así, de la abstracción y de la multitud no
puede nacer de una forma auténtica sino la guerra; y la piedad que pueda nacer de ella,
es falsa.

A lo largo del texto, las ideas de Maragall sobre el carácter destructivo de las mul­
titudes —claramente lebonianas, sin que con ello queramos sugerir que Maragall hu­
biese leído a Le Bon— son expuestas en forma de diálogo con —contra— los que pien­
san y afirman que «las turbas son las que han ayudado a conducir al mundo adelante».
Si sólo pensamos en las multitudes desde el punto de vista histórico, podríamos
pensar que los años de la coyu n tu ra D u rkh eim , en Cataluña, eran los años de un m e-
n eu r famoso. Lerroux, que culminarían con una gran semana en la que las m u ltitu d es
serían trá g ic a m e n te protagonistas. El año 1909 podría haber provocado el avance de
los acontecimientos y de los cambios de posición. Pero no podemos olvidar que poco
tiempo antes se había producido el movimiento —¿hasta qué punto podríamos lla­
marlo u n a n im ista l — de Solidaritat Catalana. Unos meses antes de escribir E lo g i d el
p o b lé , Maragall había intentado explicar la experiencia de Solidaritat Catalana a Una-
muno: «no me entenderá por reflexión, me entenderá por... incendio, ¡si yo lograse
220 PENSAR HISTÓRICAMENTE

comunicárselo!». En las páginas de El P o b lé C a ía la , asimismo. Pere Coraminas ha­


bía exaltado el mismo fenómeno a partir de la exaltación de las multitudes —«ayer
los hombres sentían un frío extraño cuando se encontraban solos...»—, pero es el
mismo Prat de la Riba, el autor de La n a cio n a lita r c a ta la n a , el que confiesa, en las
páginas de La Vea d e C a ta lu n y a , haber tomado prestado el término so lid a rita t —un
concepto bien durkheimiano— de la experiencia de las «manifestaciones obreras»:

Yo la he sentido siempre, la atracción de esta solidaridad que hermana a las multitudes


obreras, yo he estado con ellas, con todo el entusiasmo de la juventud, en la parada de la
Rambla el Primero de Mayo que celebramos en Barcelona, y siempre con intensa admira­
ción he contemplado esta solidandad viva, aún, heroica, que es su virtud, que es su fuerza.

De hecho, Prat de la Riba reclamaba una «solidaridad sagrada» —catalana— que


trascendiese la solidaridad de clase:

Sintámosla todos los catalanes, esta solidaridad sagrada : obreros, sabios, ricos, po­
bres, catalanes de todos los estamentos y condiciones; sintámosla más que cualquier
otra, esta solidaridad catalana; por encima de la solidaridad que nos liga al poder, a la
profesión, a la familia, por encima de la solidaridad que nos hace hombres de una cla­
se , por encima de la solidaridad que nos acerca a los otros hombres de un partido.

Pierre Vilar, en el Prefacio de C a ta lu ñ a en la E sp a ñ a m o d e r n a , ya había seña­


lado la necesidad de «colocar» la teoría catalana de Prat de la Riba «en un conjun­
to de obras y en una atmosfera intelectual en la que el grupo “nación” —y a veces
simplemente el “grupo”— se ve sometido unas veces a la mixtificación, otras al aná­
lisis histórico».

3. J ules R omains

Jules Romains merece una nota aparte. Con su teoría sobre el unanimismo, con
su M an u el d e d é ifica tio n (1910) no sólo participó de la co yu n tu ra D u rk h eim , sino que
Vilar lo convierte en su máximo exponente. ¿Quién era este autor? Su nombre real
era Louis Farigoule y había nacido en 1885 en el Pays de Velay, en Occitania. Una
biografía reciente, Ju les R o m a in s ou l'a p p e l au m on de (Laffont, 1993), escrita por
Olivier Rony, nos servirá de guía.
La primera vez que en esta biografía aparece el nombre de Barcelona es para co­
mentar el impacto producido por la noticia de la muerte de Ferrer i Guardia. Romains,
que aquellos días era profesor en un ly c é e de Bretaña, escribió a su antiguo maestro
Lévy-Bruhl una carta que refleja bien el carácter sincero, y urbano —parisiense—, de
su unanimismo:

No estar en París me ha pesado esta semana. La muerte de Ferrer me ha producido


una indignación que hubiera podido aliviar allí abajo, y que, aquí, ha sufrido de soledad.
He hecho el esfuerzo incluso de no decir ni una palabra a mis alumnos. Son todos ellos
hijos de capitán de fragata, como mínimo, y sus familias habrían creído ver, en la más
pequeña referencia a este acontecimiento, una llamada a la anarquía.
NOTAS ADICIONALES 221

En este fragmento, escrito en 1909, un año después de la publicación de La v ie uná­


n im e , tres años después de un célebre primero de mayo francés, vemos de una forma
clara la posición de Jules Romains frente a las multitudes, a lafou le. Vilar ha explica­
do, en este libro, que La vie unánim e había sido relacionada, desde su misma apari­
ción. con Durkheim. Y que años más tarde, en el prólogo de 1925, Romains confesaba
que no había leído ni una palabra del sociólogo. En este encuentro esp iritu a l , Vilar vio
el reflejo de la coyuntura D urkheim . En el coloquio «Jules Romains face aux historiens
contemporains», organizado por la Ecole Nórmale Supérieure en 1985 (las actas del co­
loquio fueron publicadas en 1990, Cahiers Jules Romains, 8, Flammarion), Marcel
Roncayolo aportó un fragmento de la carta que Durkheim envió en 1908 al joven poe­
ta después de haber recibido un ejemplar de La vie unánim e. En la carta, el sociólogo se
reconocía claramente en Romains, a quien concedía un «auténtico interés científico»:
«Desde hacía tiempo intuía que los misterios sociales podían inspirar a los poetas».
Ahora tenía pruebas de ello: «Podéis transmitir el sentimiento mucho mejor de como lo
hacemos nosotros, los sociólogos, con nuestras fórmulas abstractas y exiguas».
Pierre Vilar, presente en aquel coloquio, se mostró especialmente feliz cuando co­
noció la existencia de aquella carta («si me atrevo a decirlo, la había buscado siem­
pre») y reflexionó sobre la necesidad de estudiar la coyuntura de aquellos años:

Pienso que convendría ante todo reconstituir lo que a mí me gusta denominar la co­
yuntura intelectual y espiritual de los años 1905-1913, porque está la necesidad de crear
un dios — más tarde será la «búsqueda de una Iglesia»— , pero en un primer momento es
la búsqueda de un dios, y es mundial, es Bogdanov y es al mismo tiempo Durkheim.

es el título de una de las novelas de L es hom m es d e hon-


R ech erch e d 'u n e E g lise
ne vo lon té. Recordemos que se trataba de un conjunto de 27 novelas que intentaban
abarcar el período 1905-1933. En el coloquio de historiadores hay un recuerdo espe­
cial para los años en que describe la vida n o rm a lie n n e ; Sirinelli fue quien hizo la
exposición.

Jules Romains, n orm alien de la promoción de 1906, describe la vida en
la Ecole durante los años 1906-1908. El encuentro y las discusiones entre los amigos
Pierre Jallez y Jean Jerphanion son sus momentos más álgidos. «Incluso la descrip­
ción de esta vida es una descripción unanimista», dirá Vilar.
En Pierre Jallez es fácil reconocer al mismo Jules Romains. En Jean Jerphanion
muchos han visto a Yvon Delbos, futuro diputado radical y ministro de Asuntos Exte­
riores de Francia. Se pueden establecer otros paralelismos entre algunos de los protago­
nistas y algunos nombres famosos. El pintor Ortegal sería Picasso. El escritor Strigelius,
Valéry. El empresario Bertrand es claramente Renault, y Douvrin, el comunista que deja
de serlo, Doriot. Pero tendríamos una imagen muy pobre de la novela si sólo retuviéra­
mos estos nombres. Conviene citar algunos párrafos del «Prefacio» para entender los
objetivos del autor. Romains se sincera: «desde hace veinticinco años» ha estado dando
vueltas a su principal problema: «encontrar un modo de composición que nos permita
escapar a nuestras costumbres de visión cen trada sobre el individuo »:

La necesidad de relacionarlo todo con un personaje central se halla asociada a una


visión del universo social en la que el individuo es el centro, y más que individualista,
podemos llamarla con mayor precisión, centrada sobre el individuo (como había antes
222 PENSAR HISTÓRICAMENTE

una concepción geocéntrica del mundo solar). El procedimiento de composición que se


deriva de ello continúa siendo legítimo cuando se trata de expresar un alma y un destino
individuales; o incluso la vida de un grupo restringido; o aún la acción recíproca del
héroe y de su medio social. Pero se convierte en una supervivencia, cuando el sujeto
verdadero es la misma sociedad, o un vasto conjunto humano, con una diversidad de
destinos individuales que van cada uno por su lado, sin hacerse caso la mayor parte del
tiempo, y sin preguntarse si no sería mucho más cómodo para el novelista que todos
fuesen a encontrarse por azar en la misma encrucijada.

Este era el programa de Romains: una novela con la sociedad como protagonista
y como destinataria: «un esfuerzo como el que que intento hacer es una llamada a la
más vasta comunidad humana, a una inmensa camaradería...». Los críticos valorarán
de forma diferente sus resultados, pero habrá una relativa coincidencia en señalar
como libros más conseguidos las dos novelas — P réfa ce a Verdun y Verdun — que re­
flejan los sentimientos de las personas ante la guerra. Seguramente no es casualidad
que las situaciones de guerra sean las más sensibles al unanimismo.
De una obra de semejantes características, sería absurdo que intentásemos ofrecer
aquí el resumen. Los comentarios de Pierre Vilar en el Coloquio de Historiadores de
1985 pueden servir de botón de muestra de las características de la novela:

Pienso, por ejemplo, en este sindicalista revolucionario francés pacifista que recibe
a Michels, el sindicalista alemán. Cuando el sindicalista alemán le dice: «Nosotros los
alemanes os combatiremos», el sindicalista francés dice: «Oh. ¿es que ya es tan seguro
como eso?». Es la reacción patriótica por encima de la reacción sindicalista. Creo que
en 1914 la gente vio claramente de qué se trataba. Del mismo modo Maillecottin, un
obrero de la casa Bertrán (es decir, Renault) es anticomunista en su vida, pero cuando
su patrón trata de obligarle a pronunciar una frase anticomunista dice: «No, no me pida
demasiado, yo soy solidario con los Soviets». He aquí algunos rasgos esenciales. Hay
también una aventura que me pareció extraordinaria, la del joven Saint-Papoul, que co­
noció los barrios miserables de París por medio de Jerphanion y que se convierte en
trotskista. mientras Jerphanion deviene radical ... pero ¡este episodio es admirable! Hay
también todos los matices de estas gentes que se precipitaron en el partido comunista
o en su entorno en Cette grande lueur á l'Est, hacia 1920. Hay toda la tipología, des­
de el modelo Clanricard, de tendencia idealista, hasta el del pequeño periodista arri­
bista. Ello no impide que haya grandes tipos sociales, y Clanricard es tal vez el más
grande tipo social que se nos presenta, porque es el maestro, es decir, de un medio que
conoce bien Romains. Más aún, es pacifista, ante todo. Será el modelo del oficial de la
reserva, lo que es fundamental para comprender la Tercera República y la Gran Guerra:
el maestro pacifista se convierte en el oficial de la reserva por excelencia. Desde 1920,
vuelve a ser pacifista, naturalmente, pero con una especie de sueño por el «gran res­
plandor del Este». Al mismo tiempo, recibe a su antiguo alumno Louis Bastide que se
ha convertido en ingeniero en Marruecos. Está toda la sociedad francesa, allí. Me pa­
rece que valdría la pena subrayar mejor este género de análisis profundo que hace Jules
Romains algunas veces a través de un simple rasgo que intentar seguir las relaciones
que pudo tener con tal escuela, con tal revista o con tal partido. Esta especie de visión
extraordinariamente fuerte hace que yo considere que Romains tiene una capacidad de
análisis sociológico absolutamente única y que puede servir a los historiadores, natu­
ralmente.
NOTAS ADICIONALES 223

Y para poner algún ejemplo concreto, y verlo con mayor detalle, lo mejor que
podemos hacer es acudir al fragmento de C ette lu eu r a l'E st en el que aparece esta
expresión, que tanto éxito tuvo. Es el título de la novela número 19 de la serie y se si­
túa en el año 1922. Tres de los protagonistas, los maestros Clanricard y Laulerque y
el n o rm a lien Jerphanion, proyectan un viaje a Rusia. En el diálogo entre Clanricard
y Jerphanion, el primero explica que «él no es comunista», pero que se siente atraído
por la Revolución rusa. Jerphanion le responde que este es un fenómeno que pasa
en todas partes, que son muchos los que han percibido «cette grande lueur á l'Est».
A Clanricard le gusta la expresión: «Sí, este gran resplandor... Tal vez sea una auro­
ra; tal vez un incendio. Pero todos, tanto los que creen en la aurora como los que
creen en el incendio, empiezan a caminar...».
En 1919 Jules Romains se había dejado deslumbrar por Cataluña. Vilar vivirá un
fenómeno parecido ocho años más tarde. Los lectores de la Introducción de C a ta lu ñ a
en la E sp a ñ a m o d ern a recordarán el fragmento de un poema de Jules Romains sobre
la sardana. Es una de sus escasas licencias literarias. Pierre Vilar decidió transcribirlo
para reflejar el primer impacto recibido cuando, también él, creyó ver a las modes­
tas masas barcelonesas convertidas en «cantores de orfeones» y «bailadores de sar­
danas».
De la biografía de Oliver Rony podemos extraer otras impresiones de esta atrac­
ción que Barcelona (y no Madrid, por ejemplo) ejerció desde su primer viaje sobre
Jules Romains. Así, cuando en 1936 viaje por segunda vez a Nueva York —el primer
contacto con esta ciudad, en 1924, no le había complacido—, el redescubrimiento de
una «ciudad tumultuosa, exuberante, enfática, no demasiado disciplinada ... una ciu­
dad risueña, democrática, llena de luces, noctámbula y no sonámbula», le llevará a
concluir: «En resumen, la más grande ciudad meridional del mundo, una especie de
Barcelona multiplicada por diez en todos los sentidos».
El poema «La sardane» no fue el único fruto literario de aquel primer viaje de
Romains a la Cataluña de 1919. Pocos meses después, en el artículo «Le mouvement
des esprits en Catalogne». publicado en la N o u velle R evu e F ran^aise (enero-junio de
1920) intentaba exponer algunas de sus impresiones. Traduciremos algunos de sus pá­
rrafos. En sus inicios, señala que, a pesar de que los franceses, desde hacía algún
tiempo, son bastante expertos en el tema de los nacionalismos —sabían, por ejemplo,
que no había que confundir a los letones con los estonios— lo desconocen casi todo
sobre la vecina Cataluña. Romains quiere hacer pública la agradable sorpresa que ha
experimentado cuando ha conocido el nacionalismo catalán:

El nacionalismo no es una doctrina de catástrofe. No preparan metódicamente la


guerra civil, y dudo que nos proporcionen en 1950 la ocasión de una guerra mundial. He
podido ver de cerca cómo actuaban las instituciones autónomas de las que están orgullo­
sos y de las que esperan la gloria futura de su patria. No he visto desfiles de gimnastas,
ni sociedades de instrucción militar más o menos disimuladas. He visto una bella biblio­
teca, un museo, escuelas de tapicería, de cerámica, de metalurgia, de agricultura. Los
catalanes tienen la idea, que resulta paradójica en 1920. pero que tal vez tenga algún
futuro, de que una civilización elevada y armoniosa es un arma no mucho menos eficaz
que la artillería y pasa de moda menos deprisa.
224 PENSAR HISTÓRICAMENTE

No es extraño que el fundador de una escuela poética que quiere asumir la voz de
la colectividad se interese por el papel de la poesía en los países que visita. Romains
no puede reprimir, tampoco en este aspecto, su entusiasmo por el caso catalán:

Ellos veneran, aman en ella [la poesía] la llama central de su actividad, el origen de
sus pulsaciones. Recuerdo una palabra admirable de Miquel Ferrá. Como visitamos la­
boratorios de química, talleres de herrería, ebanistería, y yo disfrutaba del espectáculo de
un fervor a la vez tan uno y tan diverso, me dijo: «Aquí debajo, mire, está la lengua ca­
talana, la poesía catalana». Y Alexandre Plana ha escrito con exactitud: «Toda la evo­
lución reciente de nuestra poesía es una manifestación, la más alta y la más pura, de la
iniciación de la personalidad catalana al mundo armonioso y eternamente en formación
de la cultura. Es una iniciación que ha empezado en el orden de las letras para extender­
se, en un progreso lento y seguro, a cada una de las actividades sociales».

Romains asumía sin fisuras el discurso n o u cen tista de la complementariedad in-


telectualidad/mundo industrial, que seguramente encubría las dificultades reales de
profesionalización del intelectual en la Cataluña del primer tercio de siglo. De hecho,
Pierre Vilar tuvo una impresión parecida a la de Romains cuando llegó a la Barcelo­
na de 1927 y descubrió, por ejemplo, que el poeta Alexandre Plana era el secretario
de la Federación Metalúrgica y que el ensayista Caries Pi i Sunyer lo era de la Fede­
ración Textil:

Pues bien, entre los rasgos sorprendentes, divertidos a veces, de los medios econó­
micamente dirigentes, constaté los lazos continuamente perceptibles entre estos medios
y el movimiento intelectual. Entre los que visité, industriales, comerciantes de cierta
importancia, raros eran los que no fuesen poetas o folkloristas, escritores o pintores,
o los que no frecuentasen el Ateneu. Y como que estaban muy predispuestos a colocar
sus aficiones o su mecenazgo por encima de su actividad económica o de su técnica,
sus temas de conversación pronto coincidían con los de mis amigos universitarios o his­
toriadores. El secretario de la Unión Metalúrgica era el poeta Alexandre Plana; el de la
Federación Textil, Caries Pi i Sunyer, futuro ministro de la República y futuro alcalde
de Barcelona, escribía sus admirables ensayos sobre «las aptitudes económicas» de su
país, cuyas notas eruditas eran para mí valiosísimas. En la Cámara de Comercio, Barto-
meu Armengual entremezclaba citas románticas con sus pertinentes observaciones sobre
el Puerto Franco. Y a la inversa, yo sabía que el filólogo Pompeu Fabra tenía título de
ingeniero, que el arquitecto Puig i Cadafalch, arqueólogo de fama mundial, había pre­
sidido la Mancomunitat en nombre de un partido «regionalista» cuyos vínculos con la
alta burguesía no se ocultaban, que el historiador del derecho Valls i Taberner, director
del Archivo de la Corona de Aragón, político «regionalista» también, estaba ligado por
vínculos familiares a la industria de las zonas montañosas de Cataluña, de la que no
tenía a menos informarme. Así pues, el «catalanismo» intelectual no podía separarse de
la opinión, de la acción de las clases materialmente influyentes.

Mucho antes, mientras Jules Romains y unos cuantos amigos se encontraban en


la abadía de Creteil para fundar la escuela unanimista, Cataluña también había tenido
un poeta que había reflexionado sobre el papel de la poesía en la sociedad. En E lo g i
d e la p a r a u la , Maragall era consciente del fenómeno que más tarde señalarían Ro­
mains y Vilar:
NOTAS ADICIONALES 225

Aquí el comerciante busca a veces la palabra del poeta, y el artista escucha al inge­
niero, y el médico se deleita en lecturas literarias, y el abogado y el agricultor y todos
unos con los otros se encuentran y se entienden en la región serena de la palabra...

No es extraño que Romains, leyendo a Maragall, se sintiese turbado. Pero volva­


mos al artículo de Romains. El escritor francés, después de haber observado y haber
descrito la realidad observada, intentaba interpretar la situación e n v id ia b le de la poe­
sía en Cataluña:

Un pueblo acostumbrado desde siglos a una existencia incontestada se toma ingrato


hacia su poesía... Pero un pueblo mal conocido, negado, se agrupa en tomo a su centro
espiritual y se tranquiliza con el contacto de su poesía.

Y habiendo encontrado un terreno especialmente abonado y preparado para ex­


perimentar sus ideas sobre las posibilidades comunicativas de la poesía (el papel del
poeta capaz de expresar la voz colectiva), quiere que todos —o, como mínimo, los
franceses— participen del descubrimiento. La propuesta es clara:

Sena muy deseable que se tradujera al francés una antología de la poesía catalana.
Estos autores [ha citado a Maragall, Alcover, Ors, López-Picó, etc.], por su lenguaje
como por su inspiración, se hallan lo bastante cerca de nosotros para que el cambio de
idioma no los perjudique demasiado; y en cambio, todos juntos, constituirían a los ojos
del lector una tropa curiosa y alegre.

Los poetas catalanes darían a conocer así Cataluña a los franceses. Y el lector po­
dría sacar sus propias conclusiones sobre los catalanes. «¿Cómo —dirá—, hemos
podido tomar esta gente por españoles?» Toda Europa —«que esconde en su seno
fuerzas incoherentes, insumisas, hechas más para dispersarse o pelearse que para jun­
tarse»— se beneficiaría de este contacto con los catalanes:

Seny, optimismo, gusto por la vida, tienen todo esto, sin el énfasis ni la ligereza me­
ridionales tan odiosas justamente a los hombres del Norte. Que no sean invulnerables,
que las malas influencias un día les puedan afectar y corromper, es otra cosa. Pero los
podemos ayudar. Y ellos también, estad seguros que nos pueden ayudar.

Es difícil decir si el encuentro de Jules Romains con Cataluña tuvo unos efectos
recíprocos. Joan Estelrich parece insinuarlo en la presentación de una conferencia del
autor, en 1922, en el Instituto Francés de Barcelona: «En pocas ocasiones podrá re­
petirse, de un modo tan justamente aplicada, la frase banal: “el conferenciante no es
una persona desconocida entre nosotros”». Pere Corominas afirmó tomar por modelo
L ucienne de Jules Romains en la presentación de La m o rí d e Joan A p ó sto l. La obra
K n ock fue muy pronto traducida al catalán y representada en Barcelona. En la confe­
rencia de 1922 Estelrich citó a Maragall y a Casellas como «unanimistas» catalanes.
Y comentó que Romains había reconocido en las palabras de Maragall «La sociedad
de los hombres es el espacio del espíritu humano» una anticipada definición moral de
su unanimismo. Romains se interesará por la traducción al francés de La vid a a u s te ­
ra de Corominas.
226 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Los estudiosos de la literatura catalana apenas se refieren a Romains. Pero Jordi


Castellanos, en su estudio sobre Casellas (Curial, Edicions Catalanes, 1983), le dedi­
ca unas palabras, y considera que quien más se acercaba a su movimiento era Eugeni
d'Ors. Cita su glosa de 1906, escrita con motivo de la aparición de L es m u ltitu d s :

Por ventura la reunión de muchos hombres no es, todavía hoy, Ciudad ... Pero sien­
to, siento con todas mis fuerzas, que ella ya no es un Caos, que ni el verbo, con su nim­
bo de pasión, de entusiasmo y de gloria, articule.

Casellas, Maragall, D’Ors. Más adelante veremos a Rosselló-Pórcel. Todo sugie­


re que en Cataluña era muy fácil ser unanimista. La E n c ic lo p e d ia E sp a sa no duda en
dedicar un artículo al «unanimismo», en el que se reproducen algunas palabras de
la conferencia citada de Joan Estelrich. También es interesante el texto dedicado a
«Julio Romains». Quien lo escribe —seguramente catalán, con mucha probabilidad
Artur Masriera— parece tener una opinión muy formada del escritor (lo encuentra
«raro»), y reconoce su popularidad. Pienso que es interesante reproducir el texto, por­
que relaciona de una manera clara el escritor y las masas.

ROMAINS (Julio) Biog. Literato francés contemporáneo, uno de los espíritus más
interesantes y raros, y también más discutidos, de la moderna intelectualidad francesa.
Con Duhamel, Vildrac y Chenneviére fundó la llamada escuela unanimista, que lo reco­
noció como jefe; pero luego se separaron Duhamel y Vildrac para fundar a su vez otro
grupo que, sin perder sus antiguas características, han querido dar un paso más adelante.
Para Romains, unanimismo es la concepción de las grandes masas con una personalidad,
con una biología como las individualidades, pero diferentes y superiores a éstas. Según
esta concepción, el poeta se apodera de las grandes masas y las exprime para extraer de
ellas un alma única, llegando así a la anulación del individuo aislado. Por su técnica
y por la originalidad de su concepción, se comprende que Romains sea discutidísimo, y
mientras sus adeptos lo proclaman como el primer poeta de su época, otros le niegan
hasta las más elementales cualidades. De todos modos, sus obras son muy leídas, y en el
teatro ha alcanzado grandes triunfos. Romains es director del teatro Vieux Colombier, de
París, que representa uno de los esfuerzos más importantes realizados en Francia después
del célebre teatro libre de Antoine. En 1920 y en 1922 visitó Barcelona, habiendo dado
interesantes conferencias en el Ateneo y en el Instituto Francés, respectivamente.

Poco después de la aparición de los primeros libros de L es h o m m es d e bon tie vo-


lo n té, el poeta Bartomeu Rosselló-Pórcel, el joven amigo de Vilar del tiempo de la
Residencia d’Estudiants, escribirá sobre él una crítica entusiasta, y reivindicará su ca­
rácter unanimista en un artículo aparecido en M ira d o r: «Tal vez París ha sido hecho
—tan sólo— para que Romains pudiera cantarlo».
Hemos visto que el encuentro Romains-Cataluña presenta algunos puntos co­
munes con el encuentro Vilar-Cataluña. No podemos dar por acabada esta nota sin
preguntarnos directamente sobre la influencia de Jules Romains en la obra de Pierre
Vilar. Su última intervención en el coloquio anteriormente citado es bastante explí-
/

cita. René Rémond acababa de explicar que la Ecole des Sciences Politiques había
organizado un seminario sobre Romains. Vilar, que considera que en el coloquio «se
ha insistido demasiado en algunos aspectos del mundo político y del mundo diplo­
NOTAS ADICIONALES 227

mático», explica que sus seminarios de la Ecole des Hautes Etudes, «a menudo» han
sido «seminarios de Jules Romains»:

He insistido siempre en los aspectos sociales, en los tipos sociales, un Wazemmes


por ejemplo, o un Louis Bastide. Estudiar la sociedad francesa en Jules Romains es
estudiar — mejor que en muchos libros de historia— qué es el conjunto «nación». El
tema de mi seminario ha sido siempre «Las relaciones entre Estados-Nación y Patria».
Es en este terreno en particular que Jules Romains, a partir del unanimismo primitivo de
sus inicios, ha reconstruido Verdún. los cuadros de Francia, los cuadros de Europa, etc.

Para Pierre Vilar, pues, Jules Romains significa sobre todo la capacidad de re­
flexión sociológica sobre el tiempo histórico. El historiador —que no se ha sentido
nunca unanimista, pero que captó rayos de unanimismo en su llegada a Cataluña—
también encontró en Jules Romains la capacidad de descripción de un fenómeno que
puede darse en determinados momentos de la historia. Así lo explica en «Ocupación
y resistencia durante la Guerra Gran y en tiempos de Napoleón»:

Es necesario distinguir, todavía, entre aquello que puede ser llamado unanimidad y
aquello que convendría llamar unanimismo. En Cataluña, no había unanimidad, en el
sentido que no todo el mundo era de la misma opinión, que había probablemente fran­
cófilos, tal vez republicanos. Pero no eran suficientemente numerosos para evitar el fe­
nómeno del unanimismo. Entendemos por este fenómeno el hecho de que los días de la
declaración de guerra las voces disidentes no pudieran hacerse oír; hubieron de actuar
como si no pensaran nada y tal vez se pusieron a no pensar nada. Todos los catalanes
contra los franceses, contra la Revolución: esto, durante algunas semanas, no fue discu­
tido. También puede verse este fenómeno en el Dos de Mayo en Madrid. Y en aconteci­
mientos más recientes, a propósito de otras actitudes colectivas.

La última frase del párrafo puede adquirir un tono de advertencia. Todos podemos
estar afectados de unanim ism o , de «pensamiento único». Seguramente ha llegado el mo­
mento de recuperar las palabras que escribió Vilar en 1960 sobre el «unanimismo del
progreso». El hecho mismo de que pasaran desapercibidas en su momento, a pesar de
constituir el mensaje final de uno de los trabajos más difundidos de Vilar —el artículo
«Crecimiento económico y análisis histórico»—, es ya significativo. Escribe Vilar:

Entendemos por ideología del progreso el entusiasmo colectivo —fácil de descubrir


en los hechos, las actitudes, los textos— por un crecimiento cuantitativo de bienes ma­
teriales, considerado como condición del «progreso», noción más vasta, intelectual,
social, moral ... Por el contrario aún no se ha alcanzado a medir, aunque ya empieza a
ser perceptible, la aceleración que puede dar a la historia un unanimismo del progreso
científico y material comunicado a millones de hombres.

La noción de u n anim ism o revela aquí toda su fuerza, puesto que sirve a Pierre
Vilar para desvelar el carácter discutible de las ideas que dominaban el pensamiento en
la misma época en la que escribe (una época, por lo demás, en la que nadie hablaba
de «pensamiento único»). ¿Cuántos le comprendieron? Citar estas palabras de 1960
es, pues, seguramente, la mejor manera de invitar al lector a releer, en los noventa, la
obra de Vilar.
GUIA BIBLIOGRAFICA DE PIERRE VILAR*

1. R ela ció n d e los tra b a jo s p u b lic a d o s p o r F ierre Vitar a n tes d e 1945

«Socialisme á l’École Nórmale Supérieure», La vie so c ia liste , 1928 (87).


«La vie industrielle dans la région de Barcelone», A nuales d e G éo g ra p h ie , vol. XXXVIII,
n.° 214 (1929), pp. 339-365 (96, 129, 137).
«L'utilisation hydro-électrique des fleuves espagnols», C o m p te s rendus du C o n g rés
In tern a tio n a l d e G é o g r a p h ie , París, 1931, t. III, 1934, pp. 591-607.
«L'obra de Capmany, model de métode historie. La historia catalana al segle xvm»,
B u tlle tí d e l C en tre E x cu rsio n ista d e C a ta lu n y a , 1933. Reeditado en A ssa ig s so b re
la C atalu n ya d e l se g le x vm , Curial, Barcelona, 1973, con el título «Capmany i el
naixement del métode historie» (100).
«Enquétes contemporaines. Le rail et la route en Espagne: leur role dans le probléme
général des transports en Espagne», A rm ales d 'H isto ire É co n o m iq u e et S o c ia le ,
n.° 30 (1934), pp. 571-580 (120).
«L'Espagne et le commerce mondial du liége», A n n a les d e G é o g ra p h ie , vol. XLIII
(1934), pp. 282-298 (120).
«Le port de Barcelone», A n n a le s d e G é o g ra p h ie , vol. XLIII, n.° 245 (1934), pp. 489-
511 (120).
«Sur l’histoire sociale de la Catalogne», A n n a les d 'H isto ire É co n o m iq u e e t S o c ia le ,
n.° 33 (mayo de 1935); en castellano en A n u a rio d e H isto ria d e l D erec h o E sp a ­
ñol\ vol. VII (1935), pp. 314-318 (121).
«Barcelone», R evu e G é o g ra p h iq u e d e s P y ré n é e s et du S u d -O u e st , fascículo 1 (enero
de 1936), pp. 22-33. En el mismo año apareció la traducción catalana en el B u t­
lle tí d e l C entre E x cu rsio n ista d e C a ta lu n y a , n ° 498 (noviembre de 1936), pp. 403-
414(120).
«Discours. Lycée de Sens. Distribution solennelle des prix. 13 juillet 1937», Impri-
merie Emm. Duchemin. Sens, 1937, pp. 2-8. Traducido y reproducido con el títu­
lo de «L'ensenyament de la historia» en R eflexion s d'u n h is to r ia d o r , Universitat
de Valencia, Valencia, 1992, pp. 65-68.

* Se recogen los trabajos que tienen relación con el contenido de este libro. Para una rela­
ción de los trabajos publicados hasta 1990, véase Rosa Congost y Nuria Sales, «Bibliografía de
Pierre Vilar», Recerques, 23 (1990). Entre paréntesis figuran los números de las páginas de la
presente edición donde se hace referencia a ellos.
GUÍA BIBLIOGRÁFICA 229

✓ /
«A l’Ecole Nórmale», C h oix d 'E c r its , Centre confédéral d'education ouvriére, París,
1938 (libro dedicado a Pierre Boivin), pp. xxii-xxiv (139).
«Histoires d'Espagne», La P en sée (1939) (142, 146, 147).
(Con A. Soboul) «La Révolution Fran^aise vue á travers les expositions historiques»,
La P en sée (1939), pp. 117-129 (147).

2. P rin c ip a le s tra b a jo s d e P ierre Vilar que con tien en reflexiones a u to b io g rá fic a s o


que tra ta n esp ecífica m en te d e l p e r ío d o reco rd a d o en el libro

«Discurs de 1946 a Barcelona.» Discurso pronunciado en la fiesta de fin de curso del


Instituto Francés de Barcelona, en 1946. Traducido al catalán y reproducido en
V h is to r ia d o r i les g u e rre s , Eumo, Vic, 1991, pp. 13-21 (163. 164).
«Prefacio» e «Introducción», C ataluña en la E spaña m oderna: vol. I. E l m edio g e o g r á ­
fico, , Crítica, Barcelona, 1978, pp. 9-102. La edición original francesa (S.E.V.P.E.N.,
París) había aparecido en 1962 (97, 98, 117, 118, 181, 207, 220, 223).
«A propósito de dos obras recientes. Guerra de España y opinión internacional: a la
búsqueda de un método», H isto ria 16 , n.° 22 (febrero de 1978). Versión catalana
en L h is to r ia d o r i les g u e rre s , Eumo, Vic, 1991, pp. 37-57 (133, 138. 148, 173).
«Discurs de grácies.» Discursos pronunciados en el acto de nombramiento de Joan
Miró, Frederic Mompou y Pierre Vilar doctores h on oris cau sa de la Universidad
de Barcelona el 2 de octubre de 1979. Universitat de Barcelona (101, 105, 126).
«Quelques mots sur un témoignage.» Prefacio a R. Moral i Querol, J o u rn a l d 'E x ili,
1 9 3 8 -1 9 4 5 , Ed. Eole, París, 1982. El prefacio no figura en la versión catalana ori­
ginal: D ia r i d'u n exiliat. F ets viscu ts (1 9 3 6 -1 9 4 5 ), Publicacions de FAbadia de
Montserrat, 1979.
«Reflexions sur les années 20», en P iero G o b e tti e la F ra n cia , Piero Angelí, Milán,
1985, pp. 15-25. Versión catalana en L h is to r ia d o r i les g u e rre s , Eumo, Vic, 1991,
pp. 71-83 (53, 58. 60, 61, 63, 94).
«Témoignage: Un khágneux des années 20», en Le P erso n n el d e P én seig n em en t su-
p é r ie u r en F ran ee aux xix et xx sié c le s (dirección de C. Charle y Régine Ferré),
CNRS, París, 1985, pp. 131-133 (78).
«Quelques pensées sur 1936», en C in qu an ten ari d e la G u erra C iv il E sp a n y o la , Con-
solat de Mar, Cambra de Córner^. Exposición conmemorativa del centenario de la
Cambra Oficial de Córner^ Industria i Navegació de Barcelona, 1986, pp. 15-27.
Se ha traducido al catalán como «Algunes reflexions sobre 1936», en L 'h is to r ia ­
d o r i le s g u e rr e s , Eumo, Vic, 1991, pp. 59-69 (118, 162).
La g u erra c iv il e sp a ñ o la , Crítica, Barcelona, 1986 (126, 130, 163, 172, 188).
«Hommage á Rafael Altamira. Quelques mots de Pierre Vilar», en E stu d io s s o b r e R a ­
fa e l A lta m ira , Fundación Gil-Albert, Alicante, 1987, pp. 425-431 (174, 182).
«Recuerdos y reflexiones sobre el oficio de un historiador», M a n u scrits , n.° 7 (di­
ciembre de 1988), pp. 9-33. La versión catalana en R eflexions d'un h is to r ia d o r ,
Universitat de Valencia, Valencia, 1992, pp. 69-89 (87, 126. 129. 197, 198, 205).
«La fondation de La P en sée. Souvenirs d'un historien». La P en sée , n.os 270-271 (julio-
octubre de 1989), pp. 11-19 (76, 110, 144, 146, 147, 148, 168, 172, 174).
230 PENSAR HISTÓRICAMENTE

«Introduction», en P la g e s d 'ex il. L es c a m p s d e refu giés e sp a g n o ls en F r a n e e -1939,


BDIC-Centre Universitaire de Nanterre/Hispanistica XX-Université de Bourgogne,
1989, pp. 11-16 (133, 142).
«Clóture du colloque» del volumen L es fr a n já is e t la g u erre d 'E s p a g n e , pp. 417-432,
que reproduce las actas del coloquio celebrado en Perpiñán del 28 al 30 de sep­
tiembre de 1989, editadas por Jean Sagnes y Sylvie Caucanas en Perpiñán, Centre
de Recherches sur les problémes de la frontiére/Université de Perpignan, 1990. Hay
traducción catalana: «Els francesos i la guerra d'Espanya», en V h is to r ia d o r i les
g u e r r e s , Eumo, Vic, 1991, pp. 85-109 (64, 126, 142, 149).

3. E n trevista s a P ierre Vilar p u b lic a d a s (d e una exten sión su p e rio r a la s 5 p á g in a s.


N o n e c esa ria m e n te tienen co n ten id o b io g rá fic o )

«Pierre Vilar, observador de Catalunya», por Baltasar Porcel, S erra d ’O r (mayo de


1987), pp. 55-62. Existe versión castellana en C a ta lu ñ a vista d e s d e fu e r a , Llibres
de Sinera, Barcelona, 1970.
«Problémes théoriques de l'histoire économique.» Entrevista a Pierre Vilar por A. Ca-
sanova y F. Hincker, N o u velle C ritiq u e (enero de 1972), pp. 51-54. Reproducida
en el libro colectivo A u jo u rd 'h u i l'h is to ir e , Éditions Sociales, París, 1974. La ver­
sión castellana, L a H isto ria d e h o y , Avance, Barcelona. 1976, pp. 143-154.
«Entrevista a Pierre Vilar», D ia lé c tic a (1978), pp. 129-164.
«Fets nacionals i estats espanyols avui. Entrevista amb Pierre Vilar», N o u s H o ritzo n s
(junio de 1979), pp. 3-16.
«Una vida vinculada a la historia de Catalunya.» Entrevista de Zeneida Sarda, S erra
d 'O r (febrero de 1985), pp. 17-22.
«Entrevista sobre La g u erra c iv il e s p a n y o la », K o m m u n e , Forum für Politik-Ókono-
mie Kultur, 5 Jahrang - Nr.7/87. Juli. Reproducida en el libro L 'h isto ria d o r i les
g u e r r e s , Eumo, Vic, 1991, pp. 23-35.
«L‘historiador i les crisis del món modern: col loqui amb Pierre Vilar.» Entrevista
de Marina Cedronio reproducida en R eflexion s d'u n h is to r ia d o r , Universitat de
Valencia, Valencia, 1992, pp. 97-120. El texto en italiano, «Uno storico e le crisi
del mondo moderno: a colloquio con Pierre Vilar», S tu d ici S to r ic i , n.° 2 (1990),
pp. 325-348 (54,61,62, 63, 86).
Pierre Vilar, entrevistado por Josep Maria Solé Sabaté, E l Tem ps (enero de 1993),
pp. 68-80.
«Témoignage. La mémoire vive des historiens. Entretiep avec Pierre Vilar.» Entrevis­
ta realizada por Jean Boutier, P a ssé s reco m p o sés. C h a m p s et ch a n tie rs d e C his-
to ir e , dirigido por Jean Boutier y Dominique Julia, Editions Autrement, París,
1995, pp. 264-293 (101).

En p re n sa :
En portugués. Entrevista con Pierre Vilar realizada por la historiadora brasileña Mar-
cia d'Alessio (en el mismo libro aparecen entrevistas realizadas por la misma his­
toriadora a Madeleine Réberioux y a Michel Vovelle).
GUÍA BIBLIOGRÁFICA 231

4. M a te ria l in éd ito que ha sid o cita d o en a lg u n a s n o ta s a p ie d e p á g in a

Reproducción mecanografiada de las grabaciones de una sesión del Seminario del


Institut d'Histoire du Temps Présent, dirigido por Sirinelli (1985), donde Vilar
respondió a diferentes preguntas formuladas por los historiadores que se hallaban
presentes (58, 59, 62, 103, 111, 136, 154, 176, 222, 227).
«Communauté et Identité.» Páginas del segundo capítulo —inacabado— del libro que
Vilar había proyectado escribir sobre Europa (202, 203).

5. O tro s tra b a jo s d e P ierre Vilar cita d o s

«Le temps du Quichotte», E u ro p e , 1956, «El tiempo del Quijote», C re c im ie n to y


d e s a r r o llo , Ariel, Barcelona, 1964 (150).
«Presentació», L ’h isto ria d o r i les g u erres , Eumo, Vic, 1991, pp. 7-12 (163, 201).
«Histoire sociale et philosophie de l’histoire», en la obra colectiva L 'H is to ir e et
P H istorien . R ech erch es et d éb a ts du C entre ca th o liq u e d es in tellectu els fr a n g a is
(Fayard, París, 1964). Traducción castellana, «Historia social y filosofía de
la historia», en E co n o m ía , d erech o , h is to r ia , Ariel, Barcelona, 1983, pp. 141-
160 (189).
C atalu ñ a en la E spañ a m o d e rn a , Crítica, Barcelona, 1978; ed. catalana: C atalu n ya
dins l'E sp a n ya m o d ern a , Edicions 62, Barcelona, 1964-1968. La edición francesa
es de 1962 (87, 99, 121, 182, 203).
«Patrie et nation dans le vocabulaire de la guerre d’indépendance espagnole», A rm a­
les h isto riq u es d e la R evolu tion F ran gaise (octubre-diciembre de 1971), pp. 503-
534. Traducción catalana en A ssa ig s so b re la C atalu n ya d e l seg le xyin , Curial,
Barcelona, 1973, pp. 133-171 (204).
«Antonio de Capmany. des lumiéres et des ombres», en A c te s du IX C o n g rés d e s H is-
p a n iste s F ran gais d e V E n seignem en t S u p érieu r , Dijon, 1973 (204).
«Préface» en Héléne Desbrousses, Instituteurs et P rofesseurs. M atériau x p o u r V an aly-
se d'u n g ro a p e sociaU Edires, Roubaix, 1982, pp. 7-8 (56).
«Procés historie i cultura catalana. Reflexions critiques sobre la cultura catala­
na», Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, Barcelona, 1983
(206).
«Estat, nació, patria, a Espanya i Franca: 1870-1914», L 'E sp ill (1985), R eflexion s d'un
h isto ria d o r , Universitat de Valencia, Valencia, 1992 (126, 153, 214).
«Penser historiquement», conferencia pronunciada en la clausura de los cursos de ve­
rano de la Fundación Sánchez Albornoz (Ávila), 30 de julio de 1987. Se publicó
en castellano en P. Vilar, P en sa r la h isto ria , México, 1992, pp. 20-52, y en cata­
lán en P. Vilar, R eflexion s d'un h isto ria d o r , Universitat de Valencia, Valencia,
1992, pp. 121-145 (16).
«Conferencia inaugural», en E studis. A c te s d e l C ol-loqu i so b re V erdaguer A n u a n
V erdaguer 1 9 8 8 , Eumo, Vic, 1989 (205).
«Emest Labrousse et le savoir historique», A n u ales H isto riq u es de la R évo lu tio n
232 PENSAR HISTÓRICAMENTE

F ra n g a ise , 1989. Traducido al castellano, «Emest Labrousse y el saber histórico»,


P e n s a r la h is to r ia , México, 1992 (61, 117, 121, 197).
«Presentación», en M.aTeresa Pérez Picazo y Guy Lemeunier, eds., A g u a y m o d o s d e
p r o d u c c ió n , Crítica, Barcelona, 1990 (119, 134).
«Crecimiento económico y análisis histórico», C recim ien to y d e s a r r o llo , Ariel, Bar­
celona, 1964 (227).
INDICE ONOMASTICO

Abd-el-Krim, Mohamed ibn, 90 Bach, Johann Sebastian. 97, 127 n.


Adam, Paul, 218 Balcells, Joaquim, 116 n.
Adler, Alfred, 11, 108 y n., 109, 110 n., 112 Balzac, Honoré de, 173
Adorno, Theodor, 39 Bara, Joseph, 26
Adroher, Enric, «Gironella», 124 y n. Barbie, Klaus, 10, 199
Agulhon, Maurice, 8, 54 n., 167 n. Barbusse, Henri, 26, 53 n.. 58 n., 62 n., 89 y n.,
Agustín, san, 101 n. 162
Alain, seudónimo de Émile Chartier, 79 y n., Bardéche, Maurice, 75 n.
81 n., 84, 86, 88, 140 n., 148 Barel, Max, 168 n.
Albéniz, Isaac, 73 Barres, Maurice, 59 n.
Albornoz, Alvaro de, 119 n. Bataillon, Marcel, 143, 144 n.
Alcover, Joan, 225 Baudrillart. Alfred, 66 y n., 137
Alejandro I, rey de Yugoslavia, 118 y n. Bauer, Otto, 46
Alessio, Marcia d \ 230 Beauvoir, Simone de, 65 y n., 79 n., 82. 94 n.
Alexandre. Arséne, 187 y n. Becker, Jean-Jacques, 31 n.
Alexandre, Bemard, padre, 203 y n. Becker, Nicolás, 58 y n.
Alfonso XIII, rey de España, 102 n. Bédarida, Fran^ois, 170 n.
Alomar, Gabriel, 106 y n. Beethoven, Ludwig von, 187
Altamira, Rafael, 173 y n., 174 n., 178 y n., Benda. Julien, 98
182 n. Benévolo, Leonardo, 7 n.
Althusser, Louis, 92, 122, 150

Bénichou, Paul, 68
Alvarez, Santiago, 150 n. Benjumea, Rafael, conde de Guadalhorce,
Amengual. Bartomeu, 224 119 n.
Andler, Charles, 86 n. Berenice, reina de Palestina, 101 n.-102 n.
Andrade, Juan, 124 n. Bergson, Henri. 66 y n.
Anguera de Sojo, Oriol, 121 n. Berr, Henri, 27, 71 n., 212, 213
Antoine, André, 226 Berrogain, Gabriela, 83 n., 103 y n., 113,
Aragón, Louis, 77, 197 n., 198 y n. 114, 117, 121, 126-127, 130 y n., 133, 135,
Aribau, Bonaventura Caries, 205 136. 137, 138, 139, 141, 148, 149, 151,
Aron, Raymond, 15, 64 y n., 65 n., 78, 94 n., 152, 174 n.
110 n., 135 n. Bertrand, Jean-Jacques-Achille. 125
Arquer, Jordi, 124 n. Bismarck, Otto von, 40
Ascoli, profesor, 175 y n. Blanchard. Raoul, 70 y n.
Audoin-Rouzeau, Stéphane, 25 n. Blanche, Lenis, 78 n.
Auriol, Vincent, 140 n., 188 n. Bloch, Marc, 27, 32, 44, 45, 71, 120 y n.,
Azaña, Manuel. 217 121 n., 158 y n., 175 y n., 201 n.
Azéma, Jean-Pierre, 170 n. Blum, Léon, 151
Azorín, José Martínez Ruiz, 217 Bogdanov, A. A. Malinowskij, 91 n., 221
234 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Bohigas i Balaguer, Pere, 116 y n., 117 Cedronio, Marina, 54 n., 61 n., 62 n., 63 n.,
Boivin, Chenia, 93, 140-141, 153 86 n., 230
Boivin, Henri, 88 n. Céline, Louis-Ferdinand. seudónimo de L.-F.
Boivin. Pierre. 73, 77. 82, 88 y n., 90, 92 y n., Destouches, 81 y n.
93 y n., 101, 111 n., 139 y n., 140, 156, 171 Cervantes, Miguel de, 113 n., 150 n.
Bolín, Luis, 138 n. Chamberlain. Arthur Neville, 148 y n., 161
Bonet, Pere, 124 n. Chaplin, Charles, 12, 150 y n.
f

Bonheur, Gastón, 23 y n. Chartier, Emile, véase Alain


Borne, Etienne. 87 y n. Chaunu, Pierre, 8 n.


Bosch Gimpera, Pere, 100, 101 n. Chauteaubriand, Fran^ois René de, 87 n.
Bourreau. Alain, 28 n. Chenneviére, Georges, 226
Boutier, Jean, 101 n., 230 Churchill, Winston, 151, 161
Brachfeld. Ferenc Oliver, 11, 107 y n., 108 y Cicerón, 72
n.-109 y n., 112 y n., 113, 116 Clair, René, 12, 74
Brasillach. Robert, 64 y n., 65 y n., 74 y n., 75 Claudel, Paul, 179
y n ., 76,81 n., 139, 140, 171, 180 Clauzet, Pierre, 171-172, 174 y n.
Braudel, Femand, 19 y n., 20 y n., 184 y n.- Clemenceau, Georges, 59 n.
185 n., 205 y n. Clemencia de Hungría, reina de Francia, 107 n.
Bretón, André, 77 Climent, Eliseu, 14
Brown, Peter, 7 n. Clinton, Bill, presidente, 196
Bruhat, Jean. 15, 63 n., 76 n., 80 n., 81 n., 82 n.. Clodoveo I, rey, 23 n.
86 n., 90 y n., 91, 92, 93, 94 n., 101 n., Clotilde, santa, 23 n.
146 n. Clouet, Stéphane. 93 n.
Bruhl, Adrien, 113 y n., 117, 151 Cocteau, Jean, 77
Bruno, G., seudónimo de Mme. Fouillée, 157 n. Cogniot, Georges, 15, 102 n., 146 y n.
Brunschvicg, Léon, 133 Colas des Francs, hombre místico, 187
Buñuel, Luis, 75 n., 113 Colón de Carvajal y Hurtado de Mendoza.
Burrin, Philippe, 170 n. Piedad. 104 n.
Bush, George, presidente, 196, 202 Colonna de Istria, F., 78 n.
Buttimer, Anne, 70 n. Combe, Sonia, 170 n.
Companys, Lluís, 103, 125, 128, 129
Comte, Auguste, 22, 24, 215
Cachin, Marcel, 89 y n., 158, 166 Conan, Eric, 170 n.
Callao, Pepita, 105 n., 126-127 Congost, Rosa, 8, 16
Cambó, Francesc, 121, 122 Comedle, Pierre, 57, 202
Cambusat, capitán. 76 n. Coraminas, Pere, 218-219, 220, 225
Candace, Gratien, 120 y n. Corthis, André, seudónimo de Andrée Hus-
Canetti, Elias, 200 n., 213 son, 113-114 y n.
Canguilhem. Georges, 64 y n., 69 y n., 78 n., Costa, Joan, 115 n.
81 n. Costa, Joaquín. 119 n., 130
Capmany, Antoni de, 10. 203, 204 y n., 208 Courteline, Georges, seudónimo de Georges
Carbonell, Jaume, 105 n., 107 n., 115 n. Moinaux, 156 y n.
Carcopino. Jéróme, 72 y n. Cruells, Manuel, 124 n.
Carreras Candi, Francesc, 138
Casanova. A., 230
Casellas, Raimon, 217-218, 225-226 Daladier, Édouard, 118 n., 148 y n., 161, 173 n.
Cassou, Jean, 113 y n., 143, 144 n. Dalí, Salvador, 75 n., 106 y n.
Castellanos, Jordi, 217, 218, 226 Daniélou, Jean, cardenal. 173
Castor, véase Beauvoir. Simone de Daudet. Alphonse, 54 n.
Catulo, 116 n. Davy, Georges. 20 y n., 32
Caucanas, Sylvie, 64 n., 230 De Gaulle, Charles, general, 167 y n., 168,
Cavaillés, Jean, 69 y n. 175 y n.-176. 180
Cavalcanti, Alberto, 74 n. De Man, Henri, 11, 93 n., 109-111 y n.
ÍNDICE ONOMÁSTICO 235

Déat, Marcel, 11, 110 n., 141 n., 148 y n. Federico II, emperador, 28
Deixonne, Maurice, 88, 92 n. Felipe II, 113 n.
Delbos, Yvon, 221 Femandel (Femand Constantin), actor, 149
Déloye, Yves, 25 n. Ferrá. Miquel, 97 y n., 99, 104, 105 y n., 136-
Demangeon, Albert, 70 y n., 96 n., 100, 119 n. 137, 224
Desbrousses, Héléne, 56 n., 231 Ferré, Léo, 198 n.
Descartes, René, 34 Ferré, Régine, 78 n., 229
Díaz Pérez, Claudi, 106 y n., 173 Ferrer i Guardia, Francesc, 24, 116, 220
Dioujeva, Natacha, 14 n. Ferrer, Antoni-Lluc, 205 n.
Dollfuss, Engelbert, canciller, 118 n, Ferri, Enrico, 216, 217
Donzelot, Jacques, 111 n. Ferry, Jules, 25 n., 115 y n.
Dorgelés, Roland, 26 Fink, Carole, 158 n., 175 n.
Doriot, Jacques, 144, 145 y n., 148 n., 155, Focillon, Henri, 72 y n.
221 Fontana, Josep, 7 n., 12, 16
Doyle, Arthur Conan, 48 Foucault, Michel, 81 n.
Dreyfus, Alfred, 39, 85 Fouillée, Alfred, 157 n., 216
Du Bellay, Joachim, 204 n. Fouillée, Mme., véase Bruno, G.
Duby, Georges, 8 n. Fouladvind, Hamed, 194 n.
Duelos, Jacques, 145 y n. Foumiol, Michel, 78 n., 181
Dufrenne, Mikel, 189 n. France, Anatole, 27
Duhamel, Georges, 26, 57 y n., 58 n., 77, 226 Franco, Francisco, 49, 136,#151, 174
Dupréel, E., sociólogo, 212 Franco, Ramón, comandante, 102
Dupront, Alphonse, 78 n., 86 n., 101 n. Frazer, James George, 48
Duran i Sampere, Agustí, 103 n., 122 Freud, Sigmund. 11, 21,41-42 y n., 43, 45 y n.-
Duran, Eulalia, 98 n. 47, 48-49, 78 n„ 112, 194,210-211
Duran, Herminia, 97 Friedman, Georges, 15, 82 n.
Durero, Alberto, 169 Fujita. pintor japonés, 77
Durkheim, Émile, 11, 21, 30 y n.-34, 38, 43, Fulcará, M. Dolors, 97 n.
48, 49, 210, 216-217, 221; coyuntura, 34- Fustel de Coulanges, Numa-Denis, 66 y n.
38, 2 0 8 ,2 1 1 ,2 1 2,213,214-220, 221 Fuster, Gabriel, 106

Echeverry, padre, 181 n. Gaby, véase Berrogain, Gabriela


Eco, Umberto, 7 n. Gaillard, Georges, 107 y n.
Eisenstein, Sergei Mijailovich, 55 Gallois, Lucien, 202 n., 203 n.
Éluard, Paul, 75 n., 77 García de Valdeavellano, Luis, 128 y n.
Engels, Friedrich. 93, 146 n. García Lorca, Federico, 106 n., 173
Emst, Max, 75 n. García Orallo, Ricard, 16
Escuder, Josep, 124 n. Garofalo, R., 216
Estapé, Fabiá, 128 n. Gastón, tío, 161
Estelrich, Joan, 225, 226 George, Fran^ois, 14 y n.
Estivill Rius, Assumpció. 117 n. George, Pierre, 144 n., 146 n.
Étard. 120 n. Gibert. Urbain, 179
Gide, André, 77
Gieysztor, Alexandre, 185 n.
Fabra, Pompeu, 97 n., 224 Girardet, Raoul. 8 n., 33 n.
Falla. Manuel de, 73, 127 n. Gitton. Marcel, seudónimo de Marcel Giroux,
Farigoule. Louis, véase Romains, Jules 155 y n.
Farmer, Sarah, 199 n. Glásser, Emst, 26
Favard, Jean, 182 Glotz, Gustave, 72 n.
Febvre, Lucien, 19. 21, 27, 32, 41, 69 y n., 70, Gobetti, Piero, 94 y n.
71 y n., 72, 78 n., 120 y n., 126 y n., 181 n., Gobineau, Arthur, 40 y n., 194 n.
185 n., 205 n. Goethe, Johann Wolfgang, 130. 147 y n.
236 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Goma. Isidre, cardenal, 49 Isabel I, reina de Castilla, 151


Gómez, Julia, «Gorkin», 124 n. Izard. Georges, 173
González. Julio, 188 n.
Goya, Francisco, 188
Gramsci, Antonio, 94 n. James, William, 216
Granados, Enric, 73 Janet, Pierre. 48
Greco, el, Dominikos Theotokópoulos, 113 n. Jaurés, Jean, 23 y n., 29, 36, 60, 62, 66 y n.,
Guadalhorce, conde de, véase Benjumea, Ra­ 83 n., 85 y n., 86 y n., 87 n., 89, 120 n.
fael Jeanneney, Jean Noel, 63 n.
Guesde. Jules, 89 n. Jiménez Burillo, Florencio, 39 n.
Guille, 94 n. Joubert, Sylvain, 199 n.
Guillemin. Henri, 87 y n. Jouvet, Louis, 73 y n.
Guillén, Palma. 98 Juan II de Cataluña y Aragón, 103 n.
Guillermo I de Prusia, 161-162 Juan Pablo II, papa, 8, 50, 196
Guillermo II de Prusia, 56 Julia, Dominique, 101 n., 230
Guizot, F.-P-G., 79 n. Julien, Charles André, 62 n.
Gurevich. Aaron, 7 n.

Kaan, André, 92 v n.
Halphen, Louis, 151 Kantorowicz, Emst H., 28 y n.
Hamilton, John, 117 n. Kardiner, Abraham, 20 y n.
Hardy, Thomas, 140 Keynes, John Maynard, 181 n.
Hauptmann, Gerhart, 74 n. Khelkal, Jaled, terrorista musulmán, 11
Hauser, Henri, 72 n. Klineberg, Otto, 38, 39 y n.
Hawks. Howard, 74 n. Kristeva, Julia, 9 y n.
Hegel, G. W. F., 81 n„ 92 n. Kula, Witold, 185 n.
Heine, Heinrich, 58 n., 130
Hemingway, Emest, 77
Henneberg, Martí, 100 n. La Fontaine, Jean de, 138
Herr, Lucien, 85 n., 86 y n., 111 n, Labrousse, Emest. 27, 61 n., 72 n., 91, 117 y n..
Herriot, Édouard. 62 n., 63 n., 78 n., 90 121 n„ 189 n„ 196, 197 n., 231
Hilferding, Rudolf, 27 Labrousse, Roger, 54 n., 168 y n.
Hincker, F„ 230 Lamartine, Alphonse de, 58 y n.
Hindenburg. Paul von, mariscal, 164 y n. Langevin, Paul, 69 y n., 146 y n., 147 n„ 186
Hitler, Adolf, 11. 28, 40, 41, 43, 85, 110 n„ Langlois, Charles-Víctor, 71
111 n„ 139 n., 140, 144 n„ 148 n„ 152, Lanoux, Armand. 166 n.
156, 158, 164 y n„ 165, 169. 178, 184, Lanson, Gustave. 80
199 Lautman, Albert, 69 y n.
Hobsbawm, Eric, 204 Lavisse, Emest, 66 y n.
Hobson. John Atkinson, 27 Le Bail, Jean, 88, 89
Homero, 34 Le Bon, Gustave, 11, 38 y n„ 39 y n., 40, 41-
Honegger, Arthur, 73 42 y n„ 48, 49, 194 n„ 210-211, 213-219
Horkheimer, Max, 39 Le Goff, Jacques, 7 n., 8 n.
Hugo, Víctor, 26, 34, 37, 68. 87 n„ 202 Léautaud, Paul, 77 y n.
Hurtado, Amadeu, 218 Lefebvre, Georges, 213
Husson, Andrée. véase Corthis, André Lefranc, Georges, 88 y n., 92 y n., 93 y n.,
Hyppolite, Jean. 81 y n. 111 n„ 139 n„ 140 y n., 141 n„ 144, 148
Legendre, Maurice, 113 y n.. 114. 130 y n.-
131 n., 147 n.
Ibárruri, Dolores, La Pasionaria, 144 n., 145 Lejeune, capitán, 154-156, 182
Iglésies, Josep. 100 n. Lenin, Vladimir Ilich Ulianov, 27, 55, 62, 91,
Ignacio, «tío», guía y mulatero, 114 123
Im Hof, Ulrich, 7 n. Leopoldo III, rey de Bélgica. 111 n.
ÍNDICE ONOMÁSTICO 237

Lerroux, Alejandro, 124, 219 Meyer, Pierre-André, 86 n.


Lévi-Strauss, Claude, 92 n. Michelet, Jules, 25, 40, 213
Lévy-Bruhl, Émile, 80, 212, 220 Milhaud, Darius, 73
Liebknecht, Karl, 55 Millas i Vallicrosa, Josep Maria, 97 n.
Lindenberg, Daniel, 86 n. Millerand, Alexandre, 62 n.
Lisias, 116 n. Mira i López, Emili, 105 n.
Líster. Enrique. 145 Miravitlles, Jaume, 74 y n., 75 n.
Livio, Tito, 57 n. Miró, Joan, 127 n., 188 n„ 229
Llopis, Rodolfo, 102 n., 135 Mistral. Gabriela, 98
Llorens Artigas, Pepito, 75 y n., 150 Miterrand, Fran^ois, 202
Lluch. Enric, 100 n. Moinaux, Georges, véase Courteline, Georges
Lombroso, Cesare. 216 Mollat du Jourdin. Michel. 7 n.
López-Picó, Josep Maria, 225 Mompou. Frederic, 127 n„ 229
Lot, Ferdinand, 72 n. Montanari, Massimo, 7 n.
Luxemburgo, Rosa, 55 Moral i Querol, R., 229
Morel, coronel, 172 y n., 173 n.
Moreno, Mariano, 198 n.
Mac Mahon, M. E. P. M. de, general, 161 n„ Moscardó, José, general, 75 n.
167 y n. Moscovici, Serge de, 39 y n., 40 n„ 213
Maciá, Francesc, 103, 122 Mounier, Pierre-Fran^ois, 65 n.
Maginot, André, 160 n. Moussinac. Léon, 147 n.
Maheu, René, 79 y n. Mozart, Wolfgang Amadeus, 186
Mallarmé, Stéphane, 188 y n. Müller, Bertrand, 121 n.
Malraux, André, 50. 134 n. Murnau, Friedrich Wilhelm, 74
Mann, Heinrich, 45 Musset, Alfred de, 58, 178 y n.
Mann. Thomas, 45 Mussolini, Benito, 28, 40, 144 n., 148 n.
Mannerheim, Cari Gustav, mariscal. 176 n.
Manouchian, Missak, 198 n.
Maragall, Joan, 219, 224-225, 226 Napoleón I, 72, 154 n.
Marañón, Gregorio, doctor, 108 y n.-109 n., Napoleón III, 161
130 n. Navarro Tomás, Tomás, 143 y n.
Marfany, Joan-Lluís, 16 Negrin, Juan. 144 n„ 150
Marquet, Adrien, 148 n. Nel lo, Oriol, 100 n.
Marrou, Henri-Irénée, 86 y n.-87 n., 101 n. Neruda, Pablo, 103
Martínez Ferrando, Emest, 122 y n. Nicolau d'Olwer, Lluís, 97 n., 98 y n., 105
Martonne, Emmanuel de, 136 Nietzsche, Friedrich Wilhelm, 216-217
Marty, André, 59 y n. Nin, Andreu. 123, 124
Marx, Karl, 21, 79 n., 91, 92, 93, 99 n., 122, Nizan, Paul-lves, 15, 63 n., 64 y n., 76, 77 y n.,
145, 146 y n., 150. 181 y n., 189 n.. 194 79, 80, 82 y n., 83 y n„ 84, 86 n., 94 n.,
Mas, Amédée, hispanista, 173 y n. 154 y n., 155 n.
Masriera, Artur, 226 Noailles, Charles de, 75 n.
Massin, Henri, 75 n. Nora. Pierre, 8 y n., 20 y n., 33 n., 77 n.. 78
Mathiez, Albert, 72, 73, 85 n. n., 158 n„ 159 n.
Mathiot, André, 173 Nordau. Max, 216
Maulnier, Thierry, 57 Nordman, Daniel, 65 n.
Mauriac, Fran^ois, 75 n., 114 Novicov, Jacques, 216
Maurín, Joaquín, 123
Maurras, Charles, 60 n.
Méchoulan. Eric. 65 n. Offenbach. Jacques, 10
Meinecke, Friedrich, 46 Olivar, Margal, 116 y n., 117
Menéndez Pidal. Ramón. 143 n. Onaindía, Alberto de, canónigo, 138 n.
Merleau-Ponty, Maurice, 64 y n., 85 n. Ors, Eugeni d', Xénius, 98 y n„ 218, 225, 226
Meuvret, Jean, 71, 144 n. Ortega y Gasset, José, 217
238 PENSAR HISTÓRICAMENTE

Orwell, George, 127 y n. Puig i Oliver. Irene de, 105 n.


Ozouf, Jacques, 25 n., 157 n. Pujol, Enric, 106 n.
Ozouf, Mona, 25 n., 157 n.

Quevedo. Francisco de, 173


Palanque, Jean-Remy, 78 n.
Parain, Brice, 82 n.
Pardo, Manuel Lorenzo, ingeniero, 118, 119 n. Racine, Jean, 101 n.
Parreaux, André. 147 n., 172 n., 174 n. Revemos, Joan, 124
Parrot, Louis, 146 n. Réberioux, Madeleine, 230
Parsons, Talcott, 39 Rebull, Daniel, 124 n.
Pasteur, Louis, 66 Remarque, Erich María, 26. 32, 162
Paul-Boncour. Joseph, 27, 80 Rémond, René. 8 n., 196 y n.-197 n., 226
Pavelic, Ante, 118 n. Renán, Emest, 20 y n., 32
Paxton. Robert O., 170 n. Renaudel, Pierre, 148 n.
Péguy. Charles, 29, 36, 85 y n., 86, 87 n. Renault, Louis, 221
Péri. Gabriel, 144 y n„ 145, 151 Renn. Ludwig, 26
Perret, Jacques, 166 n. Renoir, Jean, 74 n.. 166 n., 168 n.
Perrot, Michelle, 8 n. Reparaz, Gon^al de. 100 y n.
Perroux, Fran^ois, 181 n. Reparaz, Gonzalo de, 100 n.
Pestaña, Angel, 123 Reverdy, Eugéne, 26 n.
Pétain, Philippe, 140, 160 n., 166, 170 n., Richet, Denis, 194
175 y n.-176, 180, 199 Ricoeur, Paul, 189 y n.
Peters, Amo, 194 y n, Rodríguez, Benigno, 150 y n., 151, 171
Petit, Joan, 116 y n., 117 Rolland, Romain, 44 y n., 58 y n., 162, 165 n.
Philip, André, 110 n. Romains, Jules, seudónimo de Louis Farigou-
Philippar. Georges, 120 y n. le, 11, 13, 29 y n., 31, 34 y n., 35 y n., 36.
Pi Sunyer, Caries, alcalde de Barcelona, 129 37 y n., 38 y n., 43, 44, 53, 57 n., 61 n., 62,
y n., 224 73 n., 74 n., 77, 78 n., 111 n., 115, 160 n„
Picasso, Pablo Ruiz, 75 n., 188 y n., 221 195 y n., 212, 220-227
Pío X, papa, 87 n. Roncayolo, Marcel, 221
Pirandello, Luigi, 74 Rony, Olivier, 74 n„ 220, 223
Pirenne, Henri, 19 Roosevelt, Franklin Delano, 151
Pitoéff, Georges, 74 y n., 75 n. Roque, san. 114
Pitoéff, Ludmilla. 74 n. Rósener. Wemer, 7 n.
Pía, Josep. 203 n. Roseta, portera del piso de Muntaner, 135, 137
Plana, Alexandre, 224 Rosselló-Pórcel, Bartomeu, 105 n., 106 y n„
Poliakov, Léon, 28 n. 226
Politzer, Georges, 146. 147 n. Rossi, Pasquale, 215. 216
Poincaré, Raymond, 56. 59 n., 60 n.. 63 n. Rothschild. familia, 117
Poppielusszko, Jerzy, 49 Roubaud, Alphonse, 78 n., 79 n.
Porcar Gil, Adolfo, 75 n. Roudinesco. Elisabeth, 48 y n.
Porcel. Baltasar, 230 Rousso, Henri, 170 n.
Poznanski, Renée, 175 n. Rovira. Bru, 99 n.
Prat de la Riba, Enric, 220 Rubio i Balaguer, Jordi, 105, 116 n.. 117 n., 122
Prévert, Jacques, 75 n. Rubio i Lluch. Antoni, 100 n., 103 n., 107 n„
Prieto, Indalecio, 119 n. 116 n.
Primo de Rivera. José Antonio, 105 Rudé. George. 213
Primo de Rivera, Miguel. 90, 98 n., 104 n.,
117 n., 119 y n.
Prost. Antoine. 159 n. Sacristán. Manuel, 146 n.
Prudon. Montserrat, 105 n„ 106 n. Sagan, Leontine, 168
Puig i Cadafalch, Josep. 72, 105, 107, 224 Sagnes, Jean. 64 n., 230
ÍNDICE ONOMÁSTICO 239

Salomón. Jacques, 146, 147 n. Tarré i Sans. Josep, 137 y n.


Sanabre, Josep, mosén, 126 n. Thibaudet. Albert, 66 n.
Sánchez Albornoz, Claudio, 128, 143 Thiers, Louis Adolphe, 167 n.
Sangnier. Marc, 87 y n. Thompson, Edward P, 213
Saquer. Jacques, 143 n. Thorez. Maurice, 145 y n.
Sarda, Zeneida, 230 Tilly, Charles, 7 n.
Sartre, Jean-Paul, 15, 64 y n.. 65 n.. 68, 76. Tito, emperador, 101 n.-102 n.
79, 80, 81 y n., 82, 83 y n„ 85 n., 92. 94 n„ Tito, Josip Broz, 201
95, 140 n., 160 n. Todorov, Tzvetan, 9 y n.
Sauvy. Alfred, 60 n., 62 n. Tonnies. Ferdinand, 24 y n., 48. 204 n., 208.
Sbert i Massanet, Antoni María, 104 y n., 105, 209-210, 211
126 Touchard, Jean. 111 n.
Scapini. ministro de Pétain, 180
Schopenhauer, Arthur, 78 n., 216-217
Schulze, Hagen, 7 n.
Unamuno, Miguel de, 94 n.. 113, 130 n.. 218,
Schumpeter, Joseph Alois, 181 n.
219
Scott, Walter, 205
Séchan. Louis. 58 n.
Seignobos, Charles. 41, 71, 72. 73, 193
Seilliére, Emest, 108 n. Vaillant-Couturier, Paul. 89 y n.
Selva, Blanche, 98 y n. Valdés Larrañaga. Manolo, 104 y n.-105
Serres, Michel, 69 Valéry. Paul, 78 n., 221
Sert, Josep Lluís, 188 n. Valls i Taberner, Ferran. 105, 121, 122 y n.,
Sighele, Scipio, 211, 216, 217, 218 127, 128, 224
Simiand. Fran^ois, 117 y n., 181 n. Valois. Georges, 82 y n.
Simón, Pierre-Henri, 173 y n., 174 Van Zeeland, Paul, 111 n.
Singer, Claude, 175 n. Varennes, Alexandre, 89
Sion, Jules, 70 y n. Vautel, Clément, seudónimo de Clément-
Sirinelli. Jean-Fran^ois, 26 n., 65 y n., 66 n., Henri Vaulet, 90 y n.
76 y n., 78 y n., 79 n„ 80 n., 81 n.. 82 n., Vedel. Georges, 173 y n., 201
84 n., 85 n., 86 n., 87 n., 88 n., 92 n., 102 n., Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y,
llO n .-lll n., 140 n., 141 n„ 148 n., 173 n., 188
221,231 Verdaguer, Jacint, 205 n., 231
Sjóstrom, Victor, 74 n. Viala. Joseph Agricol. 26
Skinner, Burrhus Frederic, 39 Vidal de la Blache, Paul. 70 n., 203 n.
Soboul. Albert, 147 n., 229 Vidal. August, 124 y n.
Soldevila, Ferran, 122 Vignaux. Paul, 87 y n.
Solé Sabaté, Josep Maria. 230 Vila, Marc-Aureli, 149
Sorre. Maximilien, 70 y n.. 96 y n. Vila. Pau, 99 y n., 100 y n.. 116 y n.. 136. 149
Soula. Camille, 188 y n. Vilar, Gabriela, véase Berrogain. Gabriela
Spencer, Herbert, 216-217 Vilar, Jean, 16. 128-130, 138. 139, 141. 142
Spinasse, Charles. 141 n. y n., 149, 152
Stalin, Josef, 15, 123, 151 Vilar, Sylvia, 16
Stemhell, Zeev, 111 n. Vildrac, Charles. 226
Straram. director de orquesta. 73 Villanueva, Jaume, 208
Stravinski, Igor, 73 Violante de Hungría, reina de Aragón. 107 n.
Stroheim. Eric von, 164 n., 168 n. Vovelle. Michel, 230
Suetonio, 101 n.

Wagner, Richard. 73, 127 n.


Tarde, Gabriel de, 213. 216, 218 Wallon. Henri, 186 y n.
Tarré i Sans. Joan, mosén, 136 y n.-137. Weber, Max, 39. 44
138 y n.. 150, 151. 171 Weil, Simone. 64 y n.. 148 n.
le llevase a continuarlo delante de una grabadora, ayudado por
Rosa Congost, y a convertirlo en un ejercicio de «egohistoria» en
que intenta contestar «algunas de las preguntas que me han sido
v • . . . • . . . . . . . • * * . ’ . •! !

planteadas, y que yo mismo me he planteado a lo largo de mi

a a■Ipartir dell marxismo, es buen ejemplo su obra máxiri

r Crítica

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788474 238518