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Gramática y cultura

La presencia de la gramática en los planes de estudio de la escuela


elemental y en el nivel medio puede defenderse o exigirse no sólo porque
tal disciplina ayuda no poco a la expresión clara y coherente de nuestras
ideas, ya sea en su manifestación oral o en la escrita, sino también por otras
razones no por poco pragmáticas menos apenas hechas, la audancia verbal,
las metáforas precisas y resplanción de la gramática (y, obviamente, de la
lingüística) está en el hecho de que mediante el conocimiento y la reflexión
sobre nuestro propio idioma se obtiene sin duda una conciencia más clara
de nosotros mismos como seres humanos, como elementos de una historia
y miembros de una enorme comunidad que haga una misma lengua y que
por ende conforma una sola cultura.
Muchos han visto en el lenguaje la peculiaridad que distingue a los seres
humanos de los animales. El lenguaje doblemente articulado de que habla
Martinet (combinación de fonemas para formar palabras y de palabras para
dar lugar a enunciados) es exclusivo de los seres pensantes. Resulta
inaceptable que en las escuelas primarias y secundarias se estudie con
bastante detalle cómo está constituido el cuerpo humano, con sus sistemas
y sus funciones, y se desconozca cómo es y para que sirve el lenguaje.
Ciertamente su estudio no compete estrictamente a la gramática sino a la
llamada lingüística general, que sólo tímidamente asoma en algunos temas
de la educación básica. Es necesario, creo yo, que los niños conozcan lo que
es el circuito del habla, lo que es un sistema de signos, en qué consiste la
creatividad del lenguaje humano, su carácter oral, la variedad de lenguas,
entre otros muchos tópicos. Haciéndolo no cabe duda de que los
estudiantes estarán en condiciones de apreciar su calidad humana y el lugar
tan especial que les corresponde ocupar entre los demás seres.
Como se sabe, si a la lingüística compete el estudio del lenguaje, a la
gramática corresponde el de la lengua. El lenguaje humano es uno solo,
entendido como capacidad de comunicación. Las lenguas, por lo contrario,
son tantas cuantos grupos humanos culturalmente diferenciados hay. A la
gramática española corresponde por tanto el estudio sistemático de la
lengua española. Conociendo a fondo nuestra lengua, estamos, qué duda
cabe, conociéndonos a nosotros mismos como producto y causa de
determinada cultura. Nuestra lengua es la peculiar manera como nosotros
vemos el mundo.
Imaginemos que, por una irresponsable medida burocrática, se suprimieran
de los planes de estudio los programas correspondientes a la historia y
geografía nacionales. En poco tiempo se habría perdido nuestra conciencia
como pueblo, como país, pues ignoraríamos nuestras raíces y las mínimas
características de nuestra propia casa. Independientemente de lo que la
gramática española puede reportar de manera práctica a la solución de
problemas muy particulares, aunque muy importantes, que pueden
resumirse quizá en saber hablar, leer y escribir bien, es decir
comprendiendo y explicando con precisión las ideas, es necesario concebirla
también como una necesaria reflexión sobre nuestras esencias. Así la
gramática no ayudara en nada para expresarnos con corrección y acierto,
bastaría como disciplina de autoconocimiento cultural para no sólo no
suprimirla de los programas sino para fortalecer su presencia.
Motivo de más especializadas explicaciones sería el ver cómo debe
enseñarse la gramática, qué tipo de gramática conviene impartir en cada
uno de los niveles educativos. Se tiende con frecuencia a identificar la
gramática con la mala gramática. No falta quien piense que se trata de una
disciplina estática, inmóvil, que viene repitiendo lo mismo de mismo desde
hace siglos. La gramática, como todas las ciencias, ha venido refinando sus
métodos de análisis; particularmente en el siglo XX se han producido
enormes avances. Son abundantísimas y diversas las concepciones y
escuelas gramaticales en el mundo. Mucho ha avanzado asimismo en
particular la lingüística aplicada a la enseñanza de la lengua materna. Hay
qu ser empero muy cautos para ir incorporando a los programas de manera
paulatina sólo los aspectos que han demostrado ya su eficacia y adaptarlos
cuidadosamente a la mentalidad infantil y juvenil.
De todo lo anterior no debe desprenderse que lo que se propone es regresar
a los sistemas de enseñanza decimonónicos, en que lo único que tenía
validez era la memorización de las reglas gramaticales.
Tampoco sería deseable que desapareciera la idea de taller de lectura y
escritura en las aulas escolares. Lo que creo que debe hacerse es revisar las
dosis de lingüística y gramática que actualmente perviven y conceder a
tales disciplinas teóricas un poco más de espacio y de atención,
modernizando de paso la presentación de los asuntos.
Ni siquiera propongo que se suprima o se reste importancia a la práctica de
la lengua, oral y escrita, sino simplemente que se haga convivir este tipo de
ejercicios con una más profunda reflexión sobre el lenguaje humano y sobre
nuestra lengua por medio de selectas nociones de lingüística general y de
gramática española; con ello además se contribuirá a eliminar la impresión,
cada vez más generalizada, de que nuestros niños y jóvenes egresan de las
escuelas con muy poca cultura, con muy escasos conocimientos.

Gramática y redacción

Ante la actual concepción que se tiene de la educación de los niños y


jóvenes, ante las presiones de la mal llamada crisis económica, que nos
llevan a intentar soluciones de carácter práctico e inmediato, no dejará de
parecer a muchos una posición francamente reaccionaria el que alguien
abogue por la restitución de los estudios gramaticales, sí, efectivamente,
casi como se estilaban en el siglo XIX y buena parte del siglo XX. Las clases
de español (lengua nacional, se le llamaba antes) son hoy reducidas a los
así denominados talleres de lectura. Los estudiantes ya no estudian
gramática. Quizá esto sea lo conveniente y recomendable; sin embargo me
interesa pergeñar aquí una desesperada defensa de la gramática, aunque
evidentemente no exista una razonable esperanza de éxito.
Primeramente valdría la pena demostrar que la gramática es algo útil,
porque de otra manera, al menos para la mayoría, se volvería algo
indefendible. Ojalá el estudio de las artes, su disfrute, no tenga ninguna
necesidad de una análoga demostración de utilidad práctica.
Ojalá a nuestras futuras juventudes se les sigan inculcando siempre
nociones de música, de artes plásticas, que sigamos enseñándoles a
apreciar la belleza, aunque de ello, en apariencia, no se desprenda un
beneficio tangible. Las ventajas de tales disciplinas son mucho más
importantes, pues sin duda contribuyen a formar seres más humanos, más
sensibles, y creo, más generosos y, definitivamente más felices.
Se me objetará de inmediato que no tengo derecho de ver en este dudoso
arte de la gramática las características de validez intrínseca de que gozan
las artes plásticas o la música. Será ciertamente difícil el razonamiento que
demuestre que la gramática hace feliz al que la estudia. No. Hay necesidad,
lo reconozco, de buscar justificaciones medianamente convincentes.
Antes de la avalancha del estructuralismo, del funcionalismo, del
generativismo y muchos otros ismos posteriores, se decía que la gramática
era el arte que nos enseñaba a leer, hablar y escribir con corrección un
idioma cualquiera. Esta definición no goza hoy de prestigio. Para los
lingüistas es muy poco técnica e imprecisa; para la mayoría de los mejores
escritores es simplemente falsa. El argumento en contrario es contundente:
los más admirados y a veces hasta leídos, los más premiados, no sólo no
estudiaron gramática sino que generalmente se expresan de ella, si no con
desprecio sí al menos con displicencia y no pocos con sorna y burla. Lo
contrario es una verdadera excepción. Más pareciera ir en desdoro de un
escritor de fama el que reconociera alguna utilidad que la gramática pudiera
haber reportado a su quehacer; si así lo fuera, más conveniente le parece
no decirlo. Lo que debe reconocerse es que los verdaderos buenos
escritores son los que, quizá a su pesar, en buena medida hacen l
gramática, pues regulan, fijan la lengua, la lengua escrita al menos. Las
grámaticas normativas no hacen otra cosa que observar, analizar, deducir
reglas, de conformidad con el uso que de la lengua hacen los buenos
escritores.
Se preguntará de inmediato por qué los escritores no requirieron de
gramática para su escritura. Yo diría que desarrollaron, apoyados en su
mayor o menor genialidad, su propia gramática, ésa que dice Chomsky que
todos traemos en el cerebro, con lecturas de otros escritores y con el
ejercicio tenaz y permanente.
Sin embargo, los que no somos escritores pero que por necesidad tenemos
que escribir algo, un informe, una tesis, un reporte técnico, una carta, un
reportaje, una entrevista, ¿podríamos obtener alguna ayuda en la
gramática? Creo honradamente que sí. De ninguna manera hará de
nosotros escritores célebres pero nos permitirá expresarnos con mayor
claridad y precisión.
Estoy convencido de que, si alguien distingue e identifica el sujeto y el
predicado, nunca los separará con una coma, error harto frecuente. El que
conozca cómo están constituidas las proposiciones adjetivas y cuáles son
sus clases no incurrirá en el uso indebido de un pronombre relativo por otro,
sabrá asimismo colocar la coma antes que las explicativas y la evitará ante
las especificativas.
Quien acuda, por ejemplo, a la sabia Gramática de Bello y a las utilísimas
notas de Cuervo, usará bien los gerundios, con lo que ganará no tanto en
elegancia como en transparencia en la transmisión de sus ideas. Cuando se
conoce la complejísima estructura de una oración compuesta es casi seguro
que se evitarán los párrafos enormes y confusos. Quien tenga la loable
costumbre de consultar el diccionario se informará sobre la corrección o
propiedad de determinado vocablo y tratará de no usar extranjerismos. Más
relacionado con la gramática está el conocimiento de nuestras estructuras
lingüísticas que permitirá al estudioso huir de los frecuentes calcos
semánticos y sintácticos de lenguas ajenas, que inadvertidamente se cuelan
con no poca frecuencia en los escritos de muchos que desdeñan toda
reflexión sobre nuestra propia lengua.
Finalmente conviene recordar que la gramática es, quizá más que otra cosa,
una espléndida disciplina mental, que nos enseña a ordenar nuestras ideas,
a jerarquizarlas, a relacionarlas. Estoy convencido de que, más que las
reglas sintácticas, más que las recetas de redacción, es el ejercicio de la
inteligencia, que está presente en todo estudio gramatical, el que más
ayuda a la expresión clara y precisa, a la comunicación oral o escrita
inteligible. Ojalá nuestros niños y jóvenes volvieran a estudiar rudimentos
de gramática no sólo española, sino latina y griega, pues le resultaría de
gran beneficio para el sano desarrollo de su inteligencia.

¿Hablamos español o castellano?


Hoy en México los manuales de gramática se publican generalmente
referidos a la lengua española y no a la castellana. Esto sin embargo no es
igualmente cierto en otros ámbitos geográficos y en otros tiempos. En
algunos países sudamericanos—quizá como restos de una actitud
nacionalista a ultranza—parece referirse la denominación de castellano o
lengua castellana para evitar la referencia a España. Aquí mismo en México,
pero en 1900, don Rafael Ángel de la Peña, un muy buen gramático
olvidado, publicó un libro importante con el título de Gramática teórica y
práctica de la lengua castellana, como lo había hecho antes don Andrés
Bello, entre muchos otros. Asimismo en México la designación oficial por
parte de la Secretaría de Educación Pública es español, aunque no hace
mucho se decía también lengua nacional. No recuerdo que se le haya
nombrado, recientemente, castellano por parte de las autoridades
educativas. Sin embargo en el habla coloquial no es raro oír expresiones
como "en México se habla muy buen castellano" o "el castellano debe
enseñarse en las escuelas". En nuestra Constitución Política no se hace
referencia a la lengua oficial, tal vez porque esto, por obvio, no resulta
necesario. En España, por lo contrario, hace poco, en 1978, los
constituyentes dejaron establecido, en el artículo tercero de la Constitución
Política no se hace referencia a la lengua oficial, tal vez porque esto, por
obvio, no resulta necesario. En España, por lo contrario, hace poco, en 1978,
los constituyentes dejaron establecido, en el artículo tercero de la
Constitución Española, que "el castellano es la lengua oficial del Estado". El
que tan importante documento determinara que la lengua que hablamos en
más de veinte países, incluido el que se denomina España, se llame
castellano y no español produjo y sigue produciendo enconadas
discusiones.
De lo que no puede caber duda es de que, en sus principios, la lengua que
hoy hablamos tantos millones de seres humanos no fue otra cosa que
castellano pues, aunque se considera caprichosamente como fecha de
"nacimiento" de nuestra lengua el año 978, cuando monjes del Monasterio
de San Millán de la Cogolla anotaron en los márgenes de algunas vidas de
santos y sermones agustinos, las "traducciones" de ciertas voces y giros
latinos a la lengua vulgar, que no era otra cosa que el dialecto navarro-
aragonés, lo cierto es que el castellano, nacido como dialecto histórico del
latín en las montañas cantábricas del norte de Burgos, en el Condado de
Fernán González, lo absorbió a partir del siglo XI, igual que al leonés, y
respetó sólo al catalán y al gallego. Andando el tiempo, con la alianza de
Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, el castellano dejará definitivamente
de ser lengua regional y pasará a constituirse en lengua verdaderamente
nacional. Será a partir de entonces cuando con toda justicia le convenga el
apelativo de lengua española, lengua de España. En 1535 escribe Juan de
Valdés: "La lengua castellana se habla no solamente por toda Castilla, pero
en el reino de Aragón, el de Murcia con toda el Andaluzía y en Galizia,
Asturias y Navarra; y esto aun hasta entre gente vulgar, porque entre la
gente noble tanto bien se habla en todo el resto de Spaña". Esta afirmación
de Valdés lleva a Rafael Lapesa, uno de los mejores historiadores de la
lengua española, a escribir: "El castellano se había convertido en idioma
nacional. Y el nombre de lengua española, empleado alguna vez en la Edad
Media con antonomasia demasiado exclusivista entonces, tiene desde el
siglo XVI absoluta justificación y se sobrepone al de lengua castellana".
Así que, a partir de entonces el castellano pasa a ser español y no dejará de
serlo, aunque cosa contraria diga la Constitución Española. Es
definitivamente más importante la tradición secular que la conveniencia
política. Quizá pretendieron salvaguardar el discutible derecho que otras
lenguas, como el catalán y el vasco, tienen de ser llamadas "españolas",
como deja verse en la segunda parte del artículo citado: "Las demás
lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades
Autónomas de acuerdo con sus Estatutos". En otras palabras, el catalán es,
según esto, tan español como el español (como el castellano, según la
Constitución Española).
Estoy plenamente convencido, como muchos otros, de que la lengua que
hablamos debe llamarse española porque, a las razones históricas que
aduje, habría que agregar otras muchas, como las que menciona Juan Lope
Blanch, en un artículo sobre este mismo tema: las instituciones culturales
españolas no se refieren al castellano sino al español ("de la lengua
española es la gramática y es el diccionario de la Real Academia Española");
la gran mayoría de nuestros gramáticos modernos la han denominado
española; en otras lenguas, así se le denomina (espagnole, spagnoula,
Spanish, Spanisch); el castellano, lingüísticamente hablando, hoy es sólo un
dialecto de la lengua española, es decir el español que se habla en Castilla.
Independientemente de que en España razones políticas llevaron a la
equivocada decisión de cambiar el nombre de nuestra lengua, en
Hispanoamérica, que no fue consultada para ello, no hay razón alguna para
dejar de denominarla española, como en efecto es desde el siglo XVI la
lengua que nos une.